ALBERT O. HIRSCHMAN (1915-2012): “EN CONTRA DE LA PARSIMONIA: tres formas fáciles para complicar algunas categorías del discurso económico”

ALBERT O. HIRSCHMAN

 

EN CONTRA DE LA PARSIMONIA: TRES FORMAS FÁCILES PARA COMPLICAR ALGUNAS CATEGORÍAS DEL DISCURSO ECONÓMICO *

ALBERT O. HIRSCHMAN **

ALBERT O. HIRSCHMAN
Albert Otto Hirschman (nacido como Otto-Albert Hirschmann; Berlín, Imperio alemán, 7 de abril de 1915 – fallecido en Nueva Jersey, Estados Unidos, el 10 de diciembre de 2012)​ fue un destacado economista y científico social, autor de varios libros sobre economía política. Estudió Economía en la London School of Economics, en la HEC Paris, en la Universidad de París y en la Universidad de Trieste.

 

SÍNTESIS

Sc desarrolla la tesis de que la teoría económica tradicional se ha basado en algunos postulados muy simplistas, entre los que están el principio de la maximización del interés individual, la escasez de recursos y la existencia de preferencias exógenas. Estos postulados excluyen aspectos centrales de la realidad humana y, por lo tanto, la teoría resulta incapaz de explicar muchos fenómenos económico-sociales. En este artículo se exploran algunas implicancias derivadas de la utilización de postulados más complejos. En particular, se introducen dos “recursos” del ser humano que no se agotan con su uso, sino más bien se acrecientan: la capacidad de autoevaluarse y discernir sobre las propias preferencias, reflexionando sobre ellas en base a valores prevalecientes; y en segundo lugar, el “recurso” del amor o del espíritu cívico, en contraposición al interés personal. De aquí surgen dos tensiones: una, al interior del ser humano, entre los “gustos espontáneos” y su discernimiento; y la segunda, entre las acciones instrumentales, destinadas a lograr resultados concretos y medibles, y las acciones no instrumentales, destinadas a expresar y a afirmar los valores en que se cree.

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INTRODUCCIÓN

 

La economía, en cuanto ciencia del comportamiento humano, se ha basado en un postulado extraordinariamente parsimonioso: el del individuo aislado y centrado en sus propios intereses, quien libre y racionalmente escoge entre diversas alternativas de acción luego de sopesar sus presuntos costos y beneficios. En décadas recientes ciertos economistas se han esforzado, con bastante ingenio, en aplicar esta misma fórmula a una serie de fenómenos evidentemente no-económicos, desde el crimen y la familia hasta la acción colectiva en pos de la democracia. El enfoque “económico” o del “actor racional” ha sido por cierto productivo, mas su generalización ha revelado también algunas dc sus debilidades intrínsecas, Al popularizarse esta perspectiva se ha hecho posible un análisis crítico de ella, que -irónicamente – cuestiona las bases mismas de la disciplina supuestamente conquistadora. La tesis básica de este trabajo es que el enfoque económico da cuenta en forma demasiado simplista aún de los procesos económicos más fundamentales, como son la producción y el consumo.

No estoy solo en esta posición. Thomas Schelling hace poco observó que

“la mente humana pareciera ser de alguna manera un estorbo para ciertas disciplinas, especialmente para la Economía… (las) que han descubierto que el modelo del consumidor racional es tremendamente productivo” (1984, p, 342).

 

Y, en un artículo bastante conocido, titulado significativamente: “Imbéciles racionales: una crítica a los fundamentos conductuales de la Teoría Económica”, Amartya Sen no hace mucho afirmó que: “la teoría (económica) tiene demasiado poca estructura” (1977, p. 335). Tomando en cuenta cl hecho de que las preferencias de los individuos y el comportamiento de las personas en el acto de escoger están lejos de ser idénticos a través del tiempo, él introduce nuevos conceptos, tales como el compromiso y las preferencias de segundo orden.

Pareciera decir que, como cualquiera otra virtud, la parsimonia, en lo que se refiere a la construcción de teorías, puede exagerarse y pudiera ser que a veces el complicar las cosas fuese más productivo. Me siento cada vez más inclinado a estar de acuerdo. Hace algunos años sugerí que la dirección de las empresas y organizaciones debiera reconocer la crítica que hacen los consumidores, o su “voz”, como una fuerza capaz de mantenerlos “con los pies en la tierra”, tal como reconocen que la competencia y el “abandono” cumplen esa función. Fue necesario escribir todo un libro (1970) para tratar adecuadamente las complicaciones resultantes de esa aseveración. 

Aquí trataré diversos otros campos de la investigación económica que también requieren de una mayor complejización. Finalmente, a manera de conclusión, consideraré si es que esas diversas complejizaciones tienen entre sí algún elemento en común, lo que a su vez permitiría unificarlas y volver a una mayor simplicidad.

 

I. DOS CLASES DE CAMBIOS EN LAS PREFERENCIAS

 

Sen y otros han hecho una distinción útil entre lo que ellos llaman preferencias de primer orden y de segundo orden; o entre preferencias y metapreferencias, respectivamente. La Economía, tradicionalmente, se ha ocupado sólo de las preferencias (de primer orden), o sea, de aquellas que se revelan como tales cuando los agentes compran bienes y servicios. Como norma general se ha considerado que es asunto dc psicólogos, sociólogos y antropólogos el tratar con los complejos procesos culturales y psicológicos que subyacen a las opciones observables en los mercados.

Había algunas buenas razones para sostener tal restricción del campo de lo económico propiamente tal. Sin embargo, en la medida en que el economista pretende ocuparse y comprender los procesos del cambio económico, hay un aspecto del proceso de formación de opciones y preferencias que sí debe ser objeto de su estudio. Dicho aspecto no tiene nada que ver con el condicionamiento cultural de los gustos y del comportamiento al escoger; al menos a un primer nivel de investigación. Su origen más bien está en una observación de orden muy general acerca de lo que es la naturaleza humana (y, por tanto, debiera congeniar con la economía y sus lazos con el pensamiento del siglo dieciocho).

Se trata de lo siguiente: los hombres y las mujeres tienen la habilidad de “tomar distancia” de sus deseos, de sus preferencias y de su voluntad “revelada”; de preguntarse a sí mismos si realmente desean tales deseos y prefieren tales preferencias y, consecuentemente, de formar metapreferencias que pueden diferir de sus preferencias. No debe sorprender que el primero que haya formulado esto así fuera un filósofo, Harry Frankfurt (1971). El sostuvo que esta habilidad de “tomar distancia” es única y propia de los humanos, si bien no está presente en todos ellos. A quienes carecen de esta habilidad él les llamó “sin discernimiento”: están total e irreflexivamente a merced de sus pasiones y deseos. (La terminología usada es bastante apropiada, ya que concuerda con el uso común: un homicidio “sin discernimiento” es precisamente el que se realiza “sin razón alguna”; o sea, el homicidio que no ha estado precedido de la formación de ningún tipo de metapreferencia hacia el homicidio).

Es fácil darse cuenta que hay una relación estrecha entre el cambio de preferencias y el concepto de metapreferencias; porque, como lo señalé con anterioridad (1982, p. 71), sólo puede tenerse la certeza de que existen las metapreferencias a través del cambio del comportamiento al escoger. Si las preferencias y las metapreferencias coinciden siempre, de manera que el agente está siempre en paz consigo mismo, no importa cuál sea la elección que haga, entonces las metapreferencias no son sino simples sombras de las preferencias y apenas sí puede decirse que tengan existencia propia.

Por otra parte, si estas dos clases de preferencias están siempre reñidas entre sí y el agente siempre actúa en contra de su juicio reflexivo, entonces otra vez tenemos que las metapreferencias pueden descartarse. Serían totalmente inefectivas y a la vez surgiría la duda acerca de si tienen existencia propia después de todo. 

En este último caso, la situación puede caracterizarse como de “compra atada”: junto con escoger el bien el consumidor insiste en adquirir también infelicidad, lamentación y culpa por haberlo preferido.

La noción de metapreferencia no es mucho lo que nos dice acerca del cambio mismo en la conducta electiva. La batalla por imponer la metapreferencia es un proceso dentro de uno mismo y se caracteriza por toda suerte de avances y retrocesos, tretas y recursos estratégicos. Pero no es este el tema que aquí me ocupa; tema que Thomas Schelling ha hecho suyo ahora último. Sólo quiero dejar en claro que para validar el concepto de metapreferencia es necesario que al menos en algunas ocasiones se dé el fenómeno del cambio exitoso de preferencias.

El concepto de metapreferencias es a la vez útil para iluminar la naturaleza variada del cambio de preferencias. Nos permite distinguir dos clases de preferencias. Una sería aquella clase que es reflexiva, hasta tortuosa, y que va precedida de la formación de una metapreferencia que está reñida con la preferencia hasta entonces observable como tal. La otra sería aquella que corresponde a cambios de preferencias que se dan sin que previamente haya la elaboración de una metapreferencia. Siguiendo la terminología de Frankfurt, tales cambios irreflexivos pueden llamarse “sin discernimiento. Los economistas se han centrado básicamente en este último tipo de cambios: cambios en los gustos, impulsivos, simples, al azar, inducidos por la publicidad y, como regla general, cambios de un orden menor (como ser el de peras por manzanas).

Muy por el contrario, los cambios de orden reflexivo o “con discernimiento” no son cambios de gustos, en ningún sentido. Un gusto es algo que se define en forma práctica como una preferencia respecto de la cual no cabe argumentación –de gustibus non est dispufandum. Un gusto respecto al que cabe argumentar -con otros o con uno mismo- deja ipso facto de ser un gusto -se vuelve un valor. Cuando el cambio en las preferencias ha sido precedido por la formación de una metapreferencia, es porque obviamente ya se han sopesado los pros y los contras dentro de un yo que se encuentra dividido; proceso que es típico del cambio de valores más que del cambio en los gustos.

Dado que los economistas se han concentrado y sesgado a favor de los cambios de preferencia del tipo “sin discernimiento”, los cambios de orden reflexivo han tendido a ser degradados a la categoría de los anteriores, asimilándoselos a un cambio de gustos. Es así como hemos visto, por ejemplo, que pautas discriminatorias en la contratación de personal han sido descritas como un “gusto por la discriminación” (Becker, 1957) o que el aumento del proteccionismo ha sido analizado como un fenómeno que refleja el renacimiento del “gusto por el nacionalismo” (Johnson, 1965).

Tales interpretaciones me parecen objetables por dos razones. En primer lugar, porque impiden que se realice un esfuerzo intelectual serio para comprender lo que de hecho son valores firmemente afianzados y, por lo tanto, cambios valóricos difíciles de lograr.

Y, en segundo lugar, porque con ello se alienta la ilusión de que la única herramienta de política pública -simple y soberana- con que se cuenta para obtener cambios en ese terreno sería el expediente de aumentar el costo de la discriminación (o del nacionalismo) y con ello se impediría que la gente siguiera inclinándose hacia “gustos” tan extraños.

 

Esto nos lleva a una cuestión más general. Los economistas proponen con frecuencia manejar el comportamiento antisocial o contrario a la moral mediante el aumento del costo de ese comportamiento y descartan absolutamente la posibilidad de intentar manejar tales asuntos estableciendo normas o reglas y mediante la imposición de prohibiciones y sanciones

 

Esto nos lleva a una cuestión más general. Los economistas proponen con frecuencia manejar el comportamiento antisocial o contrario a la moral mediante el aumento del costo de ese comportamiento y descartan absolutamente la posibilidad de intentar manejar tales asuntos estableciendo normas o reglas y mediante la imposición de prohibiciones y sanciones. Es probable que se deba a que conciben a los ciudadanos -las personas en cuanto se ocupan de los asuntos públicos- tal como conciben a los consumidores, los que de acuerdo a lo que es observable en el mercado supuestamente tienen gustos o bien inmutables o bien absolutamente arbitrarios. Esta perspectiva tiende a negar la posibilidad de que las personas sean capaces de cambiar sus valores.

Uno de los objetivos principales de las leyes y de los reglamentos es precisamente estigmatizar el comportamiento antisocial y a través de ello influir los valores y códigos de comportamiento de los individuos. Esta función educacional de la ley, en cuanto moldeadora de valores, es tan importante como su función represiva o preventiva. De aquí que, como ha observado Steven Kelman (1981), se vuelva comprensible, y hasta cierto punto también razonable, el que los legisladores se resistan a las propuestas de los economistas de tratar el problema de la contaminación ambiental mediante el cobro de multas u otros mecanismos semejantes como procedimientos de rutina.

La propensión a contaminar que demuestran las empresas e industrias no es necesariamente como una curva de demanda fija frente a la cual lo único que se puede hacer es hacerles pagar por la contaminación que se supone ellos no pueden evitar. Tal propensión sí pudiera verse afectada (la curva de demanda podría desplazarse) si hubiese un cambio general en el ambiente; cambio que, en parte, se reconoce por la proclamación de leyes y reglamentos contra la contaminación.

A la luz de la distinción entre preferencias con y sin discernimiento, o entre cambios en los valores y cambios en los gustos, es posible entender -y criticar- el intento reciente que hicieran Gary Becker y George Stigler (1977) de suprimir simplemente la noción de cambio en las preferencias para intentar entender los cambios de comportamiento. Ellos igualan los cambios de preferencias a cambios en los “gustos inescrutables, frecuentemente caprichosos” (p. 76); de ahí que, con bastante razón, deduzcan que cualquier cambio en este tipo de gustos (nuestros gustos sin discernimiento) sea de escaso interés analítico.

Con tal supuesto como punto de partida intentan explicarse todo cambio de comportamiento como debido a diferencias en los ingresos y en los precios, con lo que descuidan una fuente importante de cambio: el cambio autónomo y reflexivo de valores. Por ejemplo, al analizar la diferencia entre la “adicción beneficiosa’ y la “adicción dañina” consideran que la curva de demanda del individuo sea por música o por heroína es algo dado y, al parecer, inmutable. A mí me gustaría recordar que sí ocurren cambios de valores en la vida de las personas, aunque sea de vez en cuando; que sí ocurren estos cambios entre generaciones y que tales cambios y sus efectos sobre el comportamiento de las personas son algo que vale la pena explorar; en breve, que de valoribus est disputandum?

 

II. DOS CLASES DE ACTIVIDADES

 

Me alejare ahora del tema del consumo para centrarme en la producción y el trabajo y el esfuerzo que se requiere para lograr metas de producción. Desde el punto de vista de la empresa, en este tipo de actividad se puede diferenciar en forma clara lo que es el proceso de su resultado, lo que es insumo y lo que es producto, lo que es costo y lo que es ingreso. Desde el punto de vista del individuo que participa en el proceso se puede hacer una distinción similar, entre trabajo y salario, o entre esfuerzo y recompensa. Sin embargo, hay una diferencia bien conocida entre la empresa y el individuo; para la empresa cualquier desembolso inequívocamente ha de computarse al momento de las cuentas en la columna negativa. Para el individuo, en cambio, el trabajo puede ser algo más o menos placentero o cansador; aun un mismo trabajo puede ser sentido como más o menos placentero de un día a otro por el mismo individuo.

Este problema, y en particular sus consecuencias normativas y positivas en términos de ingresos diferenciales, ha llamado la atención de numerosos economistas, empezando por Adam Smith. En tiempos más recientes se ha diferenciado entre “utilidad en términos del proceso” y “utilidad en términos de las metas” (Winston 1982, pp. 193-97) dejando en claro que los medios para lograr las metas del esfuerzo productivo no han necesariamente de ser contabilizados en el lado negativo al hacerse un cálculo de la satisfacción. Tal distinción mantiene intacta la concepción del trabajo como algo instrumental, la dicotomía entre medios y fines sobre la cual se ha basado esencialmente nuestra comprensión de los procesos de trabajo y de producción, hasta cierto punto en forma ventajosa.

Es necesario ir más allá si queremos poder apreciar tanto la complejidad del quehacer humano como todo el espectro de las actividades humanas, sean productivas o de otro orden. Para ello, una vez más, sería útil contar con un mayor grado de estructuración.

El lenguaje cotidiano sugiere que existen actividades que son absolutamente no instrumentales; actividades que se realizan sin ningún propósito ulterior y que son “satisfactorias por sí mismas. Mas la terminología del lenguaje cotidiano también sugiere que éstas son frases trilladas, bastante poco convincentes; después de todo, cualquiera actividad que se sostenga a través del tiempo, con la posible excepción del hecho de jugar, se realiza con alguna idea en mente acerca de su resultado. Una persona que sostenga que trabaja exclusivamente para lograr la compensación que le produce el hecho mismo, normalmente será sospechosa de hipocresía. Uno supone que lo que realmente persigue es el dinero, hacer carrera o -al menos- la gloria que, después de todo, es algo tan instrumental como otros objetivos. Es posible avanzar en la comprensión de este tema si consideramos la predecibilidad variable del resultado buscado en las distintas actividades productivas.

Ciertas actividades, típicamente las de carácter rutinario, tienen resultados perfectamente predecibles. Frente a ese tipo de tareas el individuo no tiene dudas acerca de que el esfuerzo realizado producirá el resultado que espera; una hora de trabajo producirá un resultado que le es bien conocido y que puede visualizar por anticipado en forma total. A la vez, esto le dará al trabajador derecho a un salario -si es que ha sido contratado para ese trabajo- que puede usar para comprar los bienes deseados (usualmente bien conocidos). Bajo estas condiciones, la separación del proceso en medios y fines o en costos y beneficios se da en forma casi espontánea y el trabajo parece asumir un carácter enteramente instrumental.

Sin embargo, hay muchas clases de actividades cuyo resultado esperable no se puede confiar en que se materializará con algún grado de certeza, como ser la investigación científica la actividad del compositor o la del defensor de alguna Política pública. Entre ese tipo de actividades hay algunas, como la investigación aplicada de laboratorio, cuyo resultado es impredecible en cualquier momento determinado. No obstante. a medida en que se avanza en el trabajo, aumenta la probabilidad de lograr el resultado deseado. En este caso la incertidumbre es probabilística y podemos hablar de un equivalente de certeza, para cualquier período dado, respecto al resultado de la actividad. Nuevamente percibimos la separación entre medios y fines, y el trabajo reviste, en buena medida, un carácter instrumental. Esta particular combinación, de incertidumbre acerca del resultado del trabajo en cualquier momento específico con la casi certeza del logro si la actividad se mantiene por un período lo suficientemente extenso, le confiere a este tipo de actividades no rutinarias un atractivo especial, una cualidad “estimulante” que tiende a estar ausente en el caso de las actividades enteramente rutinarias -cuyo resultado nunca deja de concretarse- y también en ciertas actividades no rutinarias de muy distinto orden y de las que nos ocuparemos ahora.

Desde tiempos inmemoriales los hombres y las mujeres parecen haber dedicado una cantidad considerable de su tiempo a tareas cuyo resultado es simplemente impredecible. Me refiero a actividades tales como la búsqueda de la verdad, de la belleza, de la justicia, de la libertad, de la comunidad, de la amistad, del amor, la salvación, etc. Como regla general, esos esfuerzos se llevan a cabo a través de una variedad de tareas diversas y que persiguen objetivos aparentemente limitados y específicos (como escribir un libro, participar en una campaña política, etc.). Este tipo de actividades puede entenderse mejor si en vez de enfocarlas como trabajo lo hacemos atendiendo a un componente importante de él, que es el ufanarse, término que apunta precisamente a la falta de una relación confiable entre esfuerzo y resultado. Un cálculo de medios respecto afines o de costo-beneficio no tiene sentido bajo estas circunstancias.

Para diferenciar este tipo de actividades de las instrumentales se las ha llamado “afectivas” o “expresivas (Smelser, 1980; Parsons, 1949, 1960, citado ahí). Mas el ponerles otro nombre no contribuye mayormente a comprenderlas, porque la interrogante es precisamente el porqué se realizan tales actividades cuando la posibilidad de éxito es tan total y absolutamente incierta. Es importante señalar que estas actividades de ninguna manera son siempre placenteras; de hecho algunas de ellas son ciertamente bastante agotadoras y aún muy peligrosas. ¿Nos enfrentamos a una nueva paradoja referida ahora no solo al hecho de votar (¿por qué las personas racionales se molestan en votar?) sino a un grupo mucho más amplio y vital de actividades? Creo que sí, ya que desde el punto de vista de la razón instrumental la acción no instrumental es necesariamente misteriosa. Con anterioridad he propuesto (1982, pp. 84-91) una explicación al menos semirracional; estas actividades no instrumentales cuyo resultado es tan incierto se caracterizan extrañamente por una cierta fusión (y también una cierta confusión) entre afanarse y lograr.

De acuerdo a la forma de pensar tradicional de la economía, el individuo accede a la utilidad principalmente cuando consigue la meta de consumo; o sea, en el proceso mismo de consumir un bien o gozar de su uso. Mas, dada nuestra viva imaginación, resulta que las cosas son bastante más complicadas que eso. Cuando estamos seguros de que algún bien deseado será realmente nuestro o cuando algo que deseamos que ocurra está por concretarse –se trate de una buena comida. encontrarse con la persona amada o que nos confieran un honor- gustamos del bien conocido placer de saborear el hecho futuro por adelantado (el término saborear me lo sugirió George Lowenstein). Y esta satisfacción prematura de la utilidad no se limita sólo a situaciones donde el hecho futuro está por ocurrir ni a aquellas situaciones en que creemos que así será. Cuando la meta está distante y su logro es bastante problemático puede darse algo muy semejante a este saborear por anticipado la experiencia del resultado, siempre que haya habido una lucha personal definida y decidida. El que persigue la verdad (o la belleza) con frecuencia experimenta la convicción, no importa cuán pasajera, de que la ha encontrado. El que participa de un movimiento por la libertad o por la justicia, con frecuencia experimenta el hecho de haber puesto esos ideales a su alcance. Como dijera Pascal:

La esperanza que tienen los cristianos acerca de que poseerán un bien infinito está mezclada con un gozo actual…, porque (ellos) no son como aquellos que esperan un remo del cual, como sujetos de él, no tienen parte alguna en él; ellos más bien esperan la santidad y la liberación de la injusticia, y participan de ambas (Pensées, mi traducción, 540).

 

Esta fusión entre afanarse y lograr es un hecho de la experiencia que ventajosamente permite dar cuenta de la existencia e importancia de las actividades no instrumentales. Como si en compensación por la incertidumbre en el resultado y por lo agotador y peligroso de la actividad, el esfuerzo de la lucha se colorease del logro de la meta. Se conforma así una experiencia que difiere bastante de lo meramente agradable, de lo placentero o estimulante; y a pesar de que es una actividad frecuentemente penosa y reconocida como tal, tiene una cualidad intoxicante.

La interpretación que hemos hecho de la actividad no instrumental se complementa con una perspectiva alternativa que ha propuesto el sociólogo Alessandro Pizzorno. Para él la participación en política es algo que con frecuencia se realiza, por. que aumenta la sensación de pertenencia a un grupo. A ello yo añadiría que la acción no instrumental en general le hace a uno sentirse más humano. Tal tipo de acción, por lo tanto, puede considerarse en términos económicos, como una inversión en identidad individual y grupal.

Aquellos que adhieren a esta forma alternativa de explicarse la acción no instrumental en vez de citar a Pascal pueden invocar a Jean Paul Sartre como su patrono, si tomamos en cuenta que en el diario que llevaba durante la guerra y que se publicó en forma póstuma dijo:

A través de su quehacer (el hombre) busca no la preservación de su ser, como se ha dicho tan frecuentemente, ni tampoco el engrandecimiento personal; más bien, busca encontrase a sí mismo. Y como meta de cada una de estas actividades (al final), él se encuentra con que está donde empezó; sin objetivo, sin propósito, una y otra vez. De allí esos tan bien conocidos desengaños que vienen luego del esfuerzo, del triunfo, del amor (1983, p, 141, mi traducción y mi énfasis).

 

En otras palabras, la sensación de haber alcanzado el sentido de pertenencia y del ser persona parece ser tan efímera como la fusión entre el afanarse y el lograr que recalcaba anteriormente. Ambos enfoques son intentos relacionados entre sí por llegar a obtener conocimiento de algo particularmente difícil: pensar instrumentalmente acerca de lo no instrumental.

¿Pero por qué se preocupa la economía de todo esto? ¿Acaso no es suficiente para esta disciplina intentar dar cuenta adecuadamente de las actividades instrumentales del hombre -un área en efecto bastante amplia- dejando de lado las demás regiones algo obscuras? Hasta un cierto punto esa limitación tenía sentido. Sin embargo. a medida que la economía se ha tornado más ambiciosa se hace cada vez más importante reconocer que el modelo medios-fines, costo-beneficio está lejos de cubrir todos los aspectos de la actividad y la experiencia humana. Veamos. por ejemplo, el análisis de la acción política, un área que ha interesado a los economistas como extensión natural de su trabajo sobre los bienes públicos. En este terreno el no considerar el modo no instrumental de actuar fue responsable de la incapacidad del enfoque económico para comprender por qué la gente se molesta en votar y por qué de tanto en tanto se compromete en acciones colectivas.

 

el no considerar el modo no instrumental de actuar fue responsable de la incapacidad del enfoque económico para comprender por qué la gente se molesta en votar y por qué de tanto en tanto se compromete en acciones colectivas

 

El tomar en cuenta el modo no instrumental hace posible explicarse fenómenos que de otra forma resultan desconcertantes. La fusión entre afanarse y lograr tanto como la necesidad de invertir en identidad individual o grupa1 llevan a una conclusión exactamente opuesta al argumento del “viaje gratis” respecto de la acción colectiva: puesto que la producción y el objetivo de la acción colectiva son… un bien público disponible para todos, la única manera de que un individuo obtenga el beneficio que le corresponde de ella es aumentando SUS propios insumos, su esfuerzo en pro de la política pública que propugna. “Lejos de eludir y de intentar “viajar gratis” un individuo que verdaderamente se esfuerza por maximizar tratará de ser lo más activista que pueda…” (Hirschman, 1982, p. 86).

El argumento anterior por cierto no implica que los ciudadanos no adopten nunca el modo de acción instrumental al actuar en la cosa pública. Por el contrario, muchos de ellos pueden trasladarse bastante bien desde una modalidad a la otra, y ello ayuda a explicar la inestabilidad observada, tanto en el compromiso individual como de muchos movimientos sociales en general.

El comprender mejor la forma de acción colectiva no es en modo alguno el único beneficio que se obtiene de adoptar una actitud más abierta hacia la posibilidad de la acción no instrumental. Como se discutió anteriormente, existe una fuerte afinidad entre las actividades instrumentales y las rutinarias, por una parte, y entre las no instrumentales y las no rutinarias por la otra. Pero así como observé la existencia de actividades no rutinarias que son predominantemente instrumentales (en el caso de un laboratorio de investigación aplicada), también el trabajo rutinario puede tener un mayor o menor componente no instrumental, como lo enfatizó Veblen en Instinct of Workmunship. Últimamente ha ganado terreno la convicción de que serían las fluctuaciones en este componente las que darían cuenta de las variaciones en la productividad del trabajo y en los desplazamientos en el liderazgo industrial. Pareciera ser que el resultado es muy diferente si las personas consideran su trabajo como “sólo un trabajo” o también como parte de algún tipo de celebración colectiva.

Podemos ahora retomar nuestra demanda de complicar el análisis del comportamiento electivo a través del concepto de metapreferencias. Una aplicación importante de este concepto puede encontrarse precisamente en la deliberación individual sobre si dedicar más de su energía y de su tiempo personal a actividades instrumentales a expensas de las no instrumentales, y viceversa. Los desplazamientos de este tipo podrían de hecho significar un cambio de una de estas actividades a la otra (por ejemplo, de la acción pública a la búsqueda de fines personales). Con frecuencia estos cambios involucrarán una secuencia en dos etapas en la cual un actor decide primero mirar -por así decirlo- el compromiso público a través del lente instrumental más que no instrumental para luego llegar a sentir que debe reducir la actividad pública o terminarla del todo.

Es bastante posible que lo que estaba buscando en realidad en mi último libro (o debiera haber estado buscando) Shifring Involvements (1982) fuese describir una oscilación entre las modalidades instrumentales y no instrumentales de acción, en que la búsqueda de la felicidad pública y de la felicidad personal fuesen manifestaciones concretas de estas dos modalidades básicas.

 

III. “AMOR”: NI RECURSO ESCASO NI DESTREZA AUMENTABLE

 

El próximo elemento que consideraré en mi intento de complejizar el discurso económico se centra en la producción. Específicamente, en el rol que dentro de ella juega un ingrediente que es conocido bajo diversos nombres: espíritu cívico, confianza, moralidad, cumplimiento de las normas éticas elementales. etc. Es bien sabido que cualquier sistema económico que funcione necesita de este “insumo”. No obstante. no hay acuerdo acerca de lo que ocurre con este “insumo” a medida que se le usa.

Hay esencialmente dos modelos opuestos para explicar el uso de los factores productivos. Uno es el modelo tradicional, que parte de la base de que los recursos son escasos y que se consumen al ser incorporados al producto. Mientras más escaso el recurso más alto su precio y la empresa que busca economizar consecuentemente intentará usar menos de él en la combinación con otros insumos.

Hay otro modelo, más reciente, que reconoce la posibilidad de “aprender haciendo (Arrow, 1962). El uso de un recurso tal como una destreza tiene el efecto inmediato de mejorar la destreza, de aumentar (en vez de disminuir) su disponibilidad. El reconocimiento de este tipo de proceso contribuyó a una comprensión importante, aunque curiosamente bastante tardía de esta clase de fenómenos. Implica, también, ciertas conclusiones bastante poco ortodoxas en cuanto a políticas, como ser el plantearse como deseable el subsidiar ciertos recursos “escasos”, ya que un aumento en su uso, inducido por el subsidio, llevará a un aumento de la oferta, lo que de acuerdo al modelo tradicional sería esperable mediante la política contraria de elevar los precios.

Trataré ahora de demostrar que ninguno de estos dos modelos es capaz de considerar adecuadamente la naturaleza del factor de producción que está aquí en discusión. Debido a que el modelo de los “recursos escasos” ha sido el dominante por mucho tiempo, se ha extendido a otros terrenos en los que su validez es bastante dudosa. Hace cerca de 30 años, Dennis Robertson escribió un ensayo muy ingenioso titulado “¿Qué economiza el economista?” (1956). Su respuesta, frecuentemente citada, fue: Amor, que él denominó “ese recurso escaso” (p, 154).

Robertson explicó a través de diversas ilustraciones muy bien escogidas de la escena económica contemporánea que el trabajo del economista era crear un ambiente institucional y un patrón motivacional en el cual esa cosa llamada “amor” jugase un papel lo más pequeño posible. El usa el término “amor” como una abreviación para designar el espíritu cívico y la moralidad. Su postura coincide con la de Adam Smith, quien celebraba la habilidad de la sociedad para funcionar sin la “benevolencia” (del carnicero. del panadero, del viñatero) siempre que se le permitiese el más amplio desarrollo al “interés” individual.

Robertson no cita a Smith, sino una frase particularmente decidora de Alfred Marshall:

El progreso depende básicamente de la medida en que, para aumentar el bien común, puedan ser utilizadas no sólo las fuerzas humanas más elevadas, sino que las más fuertes” (p. 148).

 

Esto es otra manera de afirmar que el orden social está más seguro cuando se construye sobre el interés que cuando se construye sobre el amor o la benevolencia. Mas, la agudeza de la formulación de Robertson hace posible identificar la falla en este modelo recurrente de razonamiento.

Cuando se igualan el amor y la moralidad pública a un recurso escaso, se hace evidente que es necesario economizarlo. Mas, si reflexionamos un momento, veremos que esta analogía no es adecuada y que es incluso algo absurda y, por ello, cómica. Tomemos como ejemplo el caso de la persona que conduce su automóvil a la hora de mayor tránsito y que por cederle el paso a otro automovilista dice: “Ya hice mi buena acción diaria; por el resto del día me puedo portar ahora como un bastardo”. Lo que llama la atención aquí como absurdo y aún divertido es precisamente el supuesto, de parte del automovilista de nuestro ejemplo, de que él viene equipado con una cantidad limitada de oferta de buenas acciones; en otras palabras, el amor ha de ser tratado como un recurso escaso, tal como lo sostiene Robertson.

Sabemos instintivamente que la oferta de tales bienes, como el amor o el espíritu público, no es algo fijo y limitado, como pudieran ser otros factores de producción. La analogía es falaz por dos motivos: primero, se trata aquí de recursos que bien puede ser que aumenten en vez de disminuir con el uso; segundo, estos recursos no se mantienen intactos si no son utilizados; tal como la habilidad para hablar un idioma extranjero o para tocar el piano, estos recursos morales es probable que se agoten o aun atrofien si no se utilizan.

Después de una primera revisión, entonces, pareciera que la aseveración de Robertson estuviese basada en una confusión entre el uso de un recurso y la práctica de una destreza. Si bien las habilidades y destrezas humanas son recursos económicos valiosos, la mayoría de ellas responden positivamente con la práctica, en un proceso de aprender haciendo, y negativamente a la falta de práctica. (Hay solo unas pocas habilidades -nadar y andar en bicicleta me vienen a la mente- que pareciera que se mantienen en un mismo nivel a pesar de no ejercitarse por un largo período; una vez que se las adquiere es virtualmente imposible olvidarlas o perderlas. Como contraparte. esas habilidades no mejoran considerablemente más allá de un cierto nivel con la práctica).

Basándose en esta dinámica de la atrofia -mientras menos requiera el orden social del espíritu de servicio público, más se agotará la oferta de espíritu público- Richard Titmuss, el sociólogo británico, ha criticado el sistema vigente en los Estados Unidos para obtener una oferta adecuada de sangre para fines médicos, confiando sólo parcialmente en la contribución voluntaria. Y un economista político británico, Fred Hirsch, generalizó este punto: cuando un sistema social, como el capitalismo, convence a todo el mundo de que es posible prescindir de la moralidad y del espíritu público, ya que todo 10 que se necesita para un funcionamiento satisfactorio es que cada cual persiga su propio interés, entonces el sistema socavará su propia viabilidad. la que de hecho se basa en el respeto a ciertas normas morales en mucho mayor medida de lo que la ideología oficial del capitalismo reconoce.

 

cuando un sistema social, como el capitalismo, convence a todo el mundo de que es posible prescindir de la moralidad y del espíritu público, ya que todo 10 que se necesita para un funcionamiento satisfactorio es que cada cual persiga su propio interés, entonces el sistema socavará su propia viabilidad. la que de hecho se basa en el respeto a ciertas normas morales en mucho mayor medida de lo que la ideología oficial del capitalismo reconoce

 

¿Cómo se pueden reconciliar los argumentos de Titmuss y de Hirsch con aquellos aparentemente opuestos -si bien no sin base- de Robertson, Adam Smith y Alfred Marshall? La verdad es que con su afición por las paradojas, Robertson le hizo a su postura un flaco servicio: abrió el flanco al ataque fácil al asimilar el amor a un factor de producción, cuya oferta es estrictamente limitada y que necesita ser economizado.

Mas, ¿qué hay con la alternativa análoga, que iguala el amor, la benevolencia y el espíritu público con una destreza que se mejora con la práctica y que se atrofia sin ella? Si bien el espíritu público se atrofiará si se recurre demasiado poco a él, no es del todo cierto que la práctica de la benevolencia tendrá una retroalimentación positiva sobre la oferta de esta “destreza” indefinidamente. Es cierto que la práctica de la benevolencia da satisfacción (“lo hace a uno sentirse bien”) y que hasta cierto punto se nutre a sí misma, mas este proceso es muy diferente de practicar una habilidad manual (o intelectual): en este caso la práctica lleva a una mayor destreza, lo que usualmente es una adición neta a las habilidades que uno tiene; o sea, no se adquiere a expensas de otra habilidad o calificación. En el caso de la benevolencia, por otra parte, pronto se llega al punto en que un aumento de su práctica entra en conflicto con el interés propio y aun la autoconservación; nuestro automovilista del ejemplo no ha agotado su capacidad diaria de benevolencia por haberla practicado una vez, mas de seguro que hay algún límite a su conducir en forma benevolente en beneficio de sus propias necesidades de desplazamiento, las que pueden ser para él vitales o aún éticamente obligatorias.

Robertson estaba en lo correcto. por consiguiente, cuando sostenía que podía haber ordenamientos institucionales que hiciesen demasiadas demandas sobre el comportamiento cívico, tal como Titmuss y Hirsch también están en lo cierto cuando señalan el peligro opuesto: la posibilidad de que la sociedad no haga suficientes demandas sobre el espíritu cívico.

En ambos casos se produce una escasez de espíritu público, mas en los casos citados por Robertson et al. el remedio consiste en que las instituciones sociales demanden menos espíritu cívico y confíen más en el propio interés propio; en tanto en las situaciones que han llamado la atención de Titmuss e Hirsch, es necesario enfatizar y aumentar la práctica de los valores comunitarios y de la benevolencia. Si bien ambas partes argumentan tan exactamente lo contrario, ambas tienen en parte razón.

El amor, la benevolencia y el espíritu cívico no son ni factores escasos con una oferta fija ni tampoco son habilidades o destrezas que mejorarán y se expandirán indefinidamente con la práctica. Más bien esas cualidades muestran ser complejas: se atrofian cuando no se las practica adecuadamente y cuando no se apela a ellas de parte del sistema socioeconómico gobernante, mas, a su vez, se volverán escasas cuando se confía demasiado en ellas y se las requiere en exceso.

Para complicar aún más las cosas, la ubicación precisa de estas zonas de peligro -que, incidentalmente, puede que correspondan grosso modo a los males complementarios de las sociedades capitalistas y las de planificación centralizada actuales- no es conocida y ni siquiera son zonas estables.

Un régimen ideológico institucional que durante épocas de guerra o en algún otro momento de tensión y dc fervor público está idealmente dispuesto para hacer uso de las energías y 10s esfuerzos de la ciudadanía, haría bien en apelar más al interés privado y menos al espíritu cívico en un posterior período menos exaltado.

Por el contrario, un régimen de este último tipo puede que debido a la “atrofia del sentido de lo público” (Taylar, 1970. p. 123) genere anomia y falta de voluntad para sacrificar bajo ningún caso el interés privado en favor del bien público. En este caso un movimiento hacia un régimen más orientado a lo comunitario sería lo indicado.

 

CONCLUSION

 

Anteriormente prometí averiguar si las diversas complicaciones de los conceptos tradicionales que se han propuesto poseen alguna estructura común: todas estas complicaciones provienen dc una sola fuente, la increíble complejidad de la naturaleza humana desatendida por la teoría tradicional por muy buenas razones. pero que debe volver a alimentarse de los descubrimientos tradicionales en aras de un mayor realismo.

Una demanda para reconocer esta complejidad estaba implícita en mi anterior insistencia de que se le confiara un rol a “la voz” en algunos procesos económicos junto con el “abandono”, o la competencia. El agente económico eficiente de la teoría tradicional esencialmente es un explorador silencioso y un “estadístico connotado” (Arrow, 1978), en tanto que yo indicaba que la teoría también posee considerables dotes de comunicación y persuasión verbal y no verbal que le permitirán intervenir en los procesos económicos.

Otra característica fundamental de los humanos es que son seres autoevaluativos, tal vez los únicos entre los organismos vivientes. Este simple hecho forzó la intromisión de metapreferencias en la teoría de la elección del consumidor e hizo posible distinguir entre dos diferentes tipos de cambios de preferencia. La función autoevaluativa puede considerarse como una variante de la comunicación o de la función “voceadora”: también consiste en una persona que se dirige, critica o persuade a alguien, pero este alguien es más bien la persona misma y no el oferente o una organización a la cual se pertenece. Pero ¡cuidado con la excesiva parsimonia!

Además de estar dotada de tales capacidades como comunicación, persuasión y autoevaluación, la humanidad está afectada por muchas tensiones fundamentales no resueltas y tal vez imposibles de resolver. Una tensión de este tipo es la que existe entre los modos de comportamiento y acción instrumentales y no instrumentales. Por muy buenas razones, la Economía se ha concentrado totalmente en el modo instrumental. Abogué aquí por una relación con el modo opuesto (1) que no es totalmente impenetrable al razonamiento económico (2) que nos ayuda a entender asuntos que habían resultado incomprensibles, como la acción colectiva y los cambios en la productividad laboral.

Finalmente, he observado otra tensión básica con la cual la humanidad tiene que vivir, tensión resultante del hecho de que vivimos en sociedad. Es la tensión entre uno y los otros, entre el propio interés. por una parte, y la moralidad pública, el servicio a la comunidad o incluso el autosacrificio, por otra parte, o como Adam Smith expresó, entre “el interés” y la “caridad”. Nuevamente aquí la economía se ha concentrado abrumadoramente en un término de la dicotomía, al mismo tiempo que expone proposiciones simplistas y contradictorias sobre cómo manejar el otro. Esta contradicción puede solucionarse poniendo cuidadosa atención a la especial naturaleza de la moralidad pública como un “insumo”.

En resumen, he complicado el discurso económico intentando incorporarle dos recursos humanos y dos tensiones básicas que son parte de la condición humana. En mi opinión esto es sólo un comienzo.

 

Dostler (derecha) con su intérprete, Albert O. Hirschman, en su juicio (1945).

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Notas

* Primera versión en español, traducida por Isabel Gannon. Este articulo ha sido publicado en la revista Economics and Phi1osoph.y. 1985, 1, (7-21).

** Miembro del Consejo Asesor de CIEPLAN.

 

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RELACIONADOS:

SILVIO GESELL: Economía de Mercado sin Capitalismo

SOBRE LA EMPATÍA: «DE LA SIMPATÍA», por Adam Smith («La teoría de los sentimientos morales»).

«SOBRE LA LIBERTAD», de John Stuart Mill. «No hay mejor prueba del progreso de la civilización que el progreso del poder de cooperación».

PROHIBIDO PROHIBIR: INTRODUCCIÓN A «Sobre la Libertad», de John Stuart Mill

«LA FÁBULA DE LAS ABEJAS», de Bernard de Mandeville: «Los vicios privados hacen la prosperidad pública».

ANARQUISTAS SIN EMPATÍA: «El Único y su Propiedad», por Max Stirner (1.844). El pupilo de Hegel, que se fue al extremo de la Izquierda Hegeliana y cayó en el olvido, es quien hoy inspira la «Nueva Política». Los «Egoístas».

EL BANQUERO ANARQUISTA, por Fernando Pessoa. «¿Para quién quiere el anarquista la libertad? Para la humanidad entera».

The Trap 3 – We Will Force You to Be Free – Adam Curtis (documental con subtitulos) // ‘Dos conceptos de libertad’ (Isaiah Berlin), por Leonardo García Jaramillo

ISAIAH BERLIN: DOS CONCEPTOS DE LIBERTAD. «La Libertad de los lobos es la muerte para los corderos».

KANT Y ESPINOSA: DESEO PATOLÓGICO Y DESEO COMO ESENCIA HUMANA, por Francisco José MARTÍNEZ

LA RECTA CONDUCTA EN LA VIDA (II), por Baruch de Spinoza

«LAS CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DE LA PAZ», por John Maynard Keynes

CRÍTICA MARXISTA: KEYNES, LA CIVILIZACIÓN Y EL LARGO PLAZO