GABRIELE D’ANNUNZIO, EL NACIONALISMO Y EL FASCISMO: «D’Annunzio, El gran Depredador»: El peligro está en las personas

GABRIELE D’ANNUNZIO Y EL FASCISMO

 

El carnaval de D’Annunzio

El presente no ha sido generoso con Gabriele D’Annunzio, cuyo sensualismo decimonónico y registro de conquistas pueden hacerlo parecer caduco.
No obstante, una exhaustiva biografía escrita por Maurizio Serra nos invita a adentrarnos en este autor enigmático, que no solo encabezó un Estado independiente por quince meses, sino que supo fundir las armas con las letras en pleno siglo XX.

 

Con L’Imaginifico. Vita di Gabriele D’Annunzio (2018), Maurizio Serra –que escribe indistintamente en francés y en italiano– complementa un dueto estupendo, precedido de Malaparte. Vida y leyendas (2011), donde ese par inigualable de iconoclastas y réprobos italianos del siglo XX alcanzan una cima biográfica que difícilmente será superada.

Ello se debe al involucramiento casi íntimo que Serra tiene, precisamente, con quienes él ha llamado “los estetas armados” como Stefan George y Filippo Marinetti, con hermanos enemigos como Pierre Drieu la Rochelle y André Malraux y con otros estetas no tan belicosos como los hermanos Heinrich y Thomas Mann, o Italo Svevo.

Además, diplomático –antiguo embajador de Italia en la UNESCO–, Serra es autor de Il caso Mussolini y recientemente de Munich 1938. La paix impossible (2024).

Tanto se ha dicho y escrito de Gabriele D’Annunzio (1863-1938) que, ante una biografía como la de Serra, únicamente queda resaltar que un mundo como el suyo, aparentemente hecho todo de bisutería y armado de machismo, solo sobrevivió unas generaciones de más gracias a las grandes películas de Luchino Visconti donde siempre está, de alguna manera, presente.

 

Gabriele D’Annunzio, escritor italiano fascista, en una fotografía de 1937 (Imagno / Getty Images)

 

Y es que D’Annunzio tuvo un momento de fatal caducidad estética, cuando su sensualismo finisecular decimonónico, el de un hombre pequeño, feo, calvo y perfumadísimo con bien ganada fama de haber sido el más tóxico de los depredadores de mujeres, se vio eclipsado en pocos días.

Pese a que el arzobispo de la capital francesa amenazó a los espectadores con la excomunión, Le martyre de Saint Sébastien, creado para Ida Rubinstein y con música de Claude Debussy, nada menos, se convirtió en periódico de ayer en ese mismo año de 1913 con el escándalo de La consagración de la primavera, de Ígor Stravinski y coreografía de Vaslav Nijinsky, golpe de modernidad que mandó al rincón de la muñeca fea a toda la obra de D’Annunzio.

Fue una injusticia literaria, sin duda: quien lea Cento e cento e cento e cento pagine del libro segreto di Gabriele D’Annunzio tentato di morire o Libro segreto (1935, firmado bajo el pseudónimo de Angelo Cocles) se dará cuenta de que entre tanta filigrana y gobelinos, al parecer dignos de los llamados “mercados de pulgas”, palpita insomne, queriéndose tirar por la ventana y a veces haciéndolo, uno de los escritores más misteriosos de la historia. Digo yo.

 

 

Pero a D’Annunzio le llegó de inmediato la oportunidad de la revancha, esa Gran Guerra que tanto deseó y de la que fue, aunque anecdóticamente, protagonista en los anales de la petite histoire. Desde Francia, donde estaba autoexiliado aduciendo persecución fiscal, D’Annunzio militó ardorosamente para que Italia se aliase contra los imperios centrales.

Muy justificados temores tenían los gobernantes liberales de aquella modesta Italietta, de “ganar perdiendo”, como ocurrió. Serra explicita la paradoja:

entre los ganadores de 1914-1918, la península perdió la Primera Guerra porque dio a luz al fascismo en 1922 y solo fue entre los derrotados de 1939-1945, cuando ganó, al deshacerse del Duce.

 

 

No solo fue el marxista peruano José Carlos Mariátegui quien dijo que si el fascismo fue d’annunziano, D’Annunzio no fue fascista y esa afirmación es uno de los puntos nodulares de L’Imaginifico, de Serra.

Latinizante, cuando Mussolini, tras pagarle sus deudas, lo recluyó en un monumento –el Vittoriale degli Italiani, junto al lago de Garda–, D’Annunzio no se cansó de denunciar a Adolf Hitler y de prevenir a Italia de toda guerra contra Francia, su hermana de sangre.

Estéticamente disoluto, como lo era el poeta, el neoclasicismo fascista le daba horror, lo mismo que el antisemitismo del cual fue adversario. Su pecado fue el amor por la guerra (y por el parlamentarismo, tan impopular en ese entonces como ahora) y buena parte de su familia, proveniente de los Abruzos, se alistó, con numerosas pérdidas.

El extremo e histérico nacionalismo d’annunziano lo malquistó con sus amigos alemanes del círculo de Stefan George y Hugo von Hofmannsthal lo llamó “Pulcinella travestido de Tirteo(1), refiriéndose a un poeta espartano.

Como Ernst Jünger y tantos otros condotieros de la época, según la tipología de Serra, vieron (y vivieron) la guerra como la “higiene del mundo”.

 

Ernst Jünger y Carl Schmitt.

 

Es improbable que tras 1945 mudase de opinión quien en 1897 se había hecho elegir Diputado de la Belleza; lo eligió la derecha y un buen día, a media sesión, cruzó el hemiciclo para sentarse a la izquierda.

A nadie le queda mejor la frase de Walter Benjamin de haber estetizado la política que a D’Annunzio.

Pocos escritores se despreciaron tanto personalmente como Thomas Mann y D’Annunzio, nos cuenta Serra, lo cual es paradójico pues políticamente el Mann de las Consideraciones de un apolítico (1918) no estaba demasiado lejos ideológicamente del italiano y los autores de El placer (1889) y La muerte en Venecia (1912) fueron hijos de la misma Europa.

Esa identidad de origen solo la entendió Visconti, quien estetizó no solo la política sino lo antiguo y lo moderno.

Exhaustiva, la biografía de Serra, me lleva a concentrarme en un solo episodio. No en la vida erótica de D’Annunzio con su armorial de conquistas en todas las clases sociales y con todos los seres del sexo femenino; tampoco en ese amor verdadero, lleno de complicidad intelectual, que vivió con Eleonora Duse.

 

Gabriele D’Annunzio y Sarah Bernhardt, una relación entre el arte y la pasión

 

Ya se sabe lo suficiente de su pasión por el deporte y su consunción final en la cocaína, lo mismo que de la envidia temerosa con que Mussolini lo aisló del régimen fascista.

Sus aventuras como piloto de guerra le hicieron perder un ojo que, sustituido con uno falso, emanaba un brillo vítreo que ofuscó a la extrema derecha de los años treinta. ¡Ah! Y aquella hazaña aérea de bombardear Viena con una flotilla arrojando panfletos propagandísticos en agosto de 1918, tan inútil.

El D’Annunzio que tiene mucho que decirnos –y Serra lo subraya– es el loco que gobernó quince meses Fiume(actualmente la ciudad croata de Rijeka) del 12 de septiembre de 1919 a la Navidad de Sangre de 1920.

Un poeta se hacía cargo de una ciudad, que anticipaba –cita Serra a un colega– lo mismo a Charlie Chaplin que al Che Guevara, a la guerra de España, al 68, a Woodstock y a los hoy difuntos globalofóbicos, todo ello llevado de la mano de un temprano literato moderno que se conducía como un tribuno de la Baja Edad Media.

 

Eleonora Duse, por Franz von Lenbach. Eleonora Julia Amalia Duse, más conocida como Eleonora Duse, (1858-1924) fue la más célebre actriz de teatro italiana de finales del siglo XIX y principios del siglo XX

 

En una época en que simultáneamente se empoderaban el bolchevismo y el fascismo, Lenin observó con fascinación ese reino libre de Fiumey Mussolini, no sin reservas, aprendió mucho de un D’Annunzio pregonando todos los días desde el balcón ante una multitud

compuesta de anarquistas, futuristas (Marinetti y D’Annunzio se odiaban), practicantes del yoga, naturistas y vegetarianos, y homosexuales liberados de toda persecución legal por órdenes de un Comandante en jefe ansioso de imponer un orden lírico antes que un orden político (2).

 

Fotografía autografiada de Benito Mussolini en Villa Torlonia, Roma, 1938. Dice Calvino que el cuerpo del Duce es un auténtico sistema de signos (I ritratti del Duce, en Calvino, I.: ‘Saggi 1945-1958’, Mondadori, Milán, 1995), es decir, un collage futurista.

 

Fiume y su Comandante fueron alabados por los dadaístas y por el Partido Comunista Francés: venían de la Comuna de París y se dirigían a las comunas hippies, unidos por el odio al dinero y al orden establecido.

D’Annunzio, ciertamente, carecía de esas abominaciones: amaba el lujo y más aún a quienes se lo facilitaban, esos prestamistas de quienes naturalmente huía.

No amaba ese dinero que se le iba de las manos y Marx habría tenido dificultades para calificarlo como un burgués.

Y en cuanto al orden establecido, Serra concluye en que si hubo en el siglo XX un verdadero “anarquista conservador” ese fue D’Annunzio.

Mientras él fuera el garante de ese orden nuevo (y sus amigos, en su defecto), el poeta, dramaturgo y novelista no tenía inconveniente en que imperase el desorden organizado.

Lou Andreas-Salomé, el situacionista Guy Debord, Iván Illich en Cuernavaca, el antipsiquiatra David Cooper o el antiedípico Félix Guattari habrían hecho bien en mudarse al Fiume de D’Annunzio.

 

Primera edición en francés (1910).

 

Para que Fiumedurase lo que duró se necesitaban “fiumistas” y Serra los describe como los cuatro mosqueteros de nuestro D’Artagnan, todos ellos dignos de un retrato de Ramón Gómez de la Serna o de ser alguno de los hijos sin hijos de Enrique Vila-Matas.

Gracias a L’Imaginifico, los atisbamos: Guido Keller von Kellerer (1892-1929), as suizo de la aviación, amigo del nudismo y gustoso de dormir en los árboles, como el barón rampante de Italo Calvino.

El Athos de D’Annunzio fue Léon Kochnitzky (1892-1965), judío convertido al catolicismo y luego a la observación de las almas platónicas, poeta y políglota que escribió algo de lo que firmó D’Annunzio (los grandes no copian, roban, ya se sabe).

Su Aramis fue Henry Furst (1893-1967), nacido en los Estados Unidos pero italiano de adopción. Asiduo al box y a la literatura, se estableció en Liguria y recibía a sus amigos vestido de cardenal. 

Desde Fiume, políglota, traducía para el mundo los discursos del Comandante D’Annunzio. Se hizo corresponsal asiduo de Jünger. Y no faltaba a su lado el financiero judío Ludovico Toeplitz de Grand Ry (1893-1973), gerente de la aventura.

Finalmente, Porthos: Giovanni Comisso (1895-1969), epicúreo dedicado a la telegrafía, abandonó el ejército para unirse a los legionarios de Fiume.

 

“Formas únicas de la continuidad en el espacio”.

 

Y el sobreviviente entre los camaradas de D’Annunzio fue Giovanni Host-Venturi (1892-1980), de breve militancia fascista, quien se suicidó casi nonagenario al saber desaparecido a su hijo por los militares argentinos (3).

Antes de tomarse en serio la empresa de Fiume cabe citar un párrafo de La quinta stagione (1922 y 2013) de Kochnitzky:

“La gente bailaba por todas partes: en la plaza, en los cruces de caminos, en el muelle; día y noche, siempre había baile y canto; no era la voluptuosa suavidad de la barcarola veneciana, sino más bien en una bacanal desenfrenada.

Al ritmo de las fanfarrias marciales se veían soldados, marineros, mujeres, ciudadanos girando en bandas harapientas, redescubriendo la triple diversidad de las copias primitivas de las que se jacta Aristófanes.

Allá donde la mirada se posaba, se veía una danza. Danzas de frambuesas, de antorchas, de estrellas porque Fiume estaba hambriento, arruinado y angustiado, tal vez en vísperas de morir en el fuego, o bajo las granadas.

Por ello Fiume, agitando una antorcha, bailaba ante el mar” (4).

 

 

Pero el reino del Diputado de la Belleza tenía objetivos políticos que D’Annunzio se tomaba en serio:

groseramente, impedir que Fiume fuera anexionada por el nuevo reino, luego república federal de Yugoslavia (1945-1992), que Italia y Francia les habían ofrecido a los serbios, a espaldas de los italianos.

 

El Tratado de Rapallo, con la oposición del presidente Woodrow Wilson, se firmó en 1920, y Fiume quedó como ciudad independiente.

Mussolini la ocupó en 1922 y en 1947 la recuperaron los partisanos del mariscal Tito, ejerciendo una estricta limpieza étnica ante el silencio cómplice de los comunistas italianos y de los comunistas yugoslavos.

 

Proclamación Oficial de la Regencia

 

D’Annunzio, quien escribió una Carta de Carnaro para legislar sobre su ciudad adriática, no tenía fuelle para dar una batalla perdida por su propia, episódica e imaginaria obsesión, conformándose con que la retuviese Italia.

Pero lo intentó y en aquella Navidad de 1920 italianos fueron bombardeados por italianos. Había puesto una pica en Flandes muy cerca del corazón de ese odiado imperio de los Habsburgo, que odiaba por católico (el poeta era francmasón) y pacato.

El Comandante D’Annunzio fue advertido varias veces de que tenía que dejar Fiume, junto a su sueño de una república dalmática dentro de una monarquía, la italiana.

Los legionarios (liderados por Luigi Bakunin, un sobrino de Mijaíl) se prestaron a resistir –Mussolini se cruzó de brazos y aceptó el Tratado de Rapallo– pero, una vez que D’Annunzio decidió rehuir el martirio de san Sebastián, se retiraron malheridos.

 

 

Serra, en L’Imaginifico. Vita di Gabriele D’Annunzio se pregunta si Fiume fue un prototipo de Estado fascista. Sí y no.

Poseía esos elementos de caos voluntarista que generalmente aplaca un jefe como Mussolini, no como un D’Annunzio, quien pretendía, a la vez, un Estado corporativo y libérrimo, ultramoderno y medieval, en esos días tan confusos del Bienio Rojo (1919-1920) en que si la extrema izquierda hubiese reclutado a Mussolini, su victoria habría sido posible bajo esa bandera (5).

Finalmente, Gabriele D’Annunzio tenía demasiadas deudas, amantes que reencontrar o seducir por primera vez, versos y novelas pospuestas, muebles y baratijas que recuperar (hubo de ser Mussolini quien rescatara para él bibliotecas y gabinetes que le habían incautado por impecune).

Además de seguir coleccionando amores pasajeros y obras de arte dudosas, rodeado de sus lebreles, no tenía tiempo para ser, también, un utopista del Renacimiento.

Me permito reescribir un poco la cita del crítico francés André Suarès que Maurizio Serra utiliza como epígrafe de su biografía:

Tanto imaginó D’Annunzio, que todo lo echó a perder”. 

 

Maurizio Serra
L’Imaginifico. Vita di Gabriele D’Annunzio
Traducción del francés de Alberto Folin
Venecia, Neri Pozza, 2019, 736 pp.

 

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Notas

(1) Serra, L’Imaginifico. Vita di Gabriele D’Annunzio,p. 401.
(2) Ibid., p. 469.
(3)Ibid., pp. 476, 479-488.
(4) Ibid., p. 486.
(5) Ibid., p. 524. 

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GABRIELE D’ANNUNZIO: EL INEFABLE GOCE DE VIVIR

Durante los últimos meses de vida de un viejo y enfermo poeta, Mussolini envía a un joven secretario federal del régimen a espiarle. Teme las consecuencias de sus críticas a las alianzas con la Alemania nazi.

Esta podría ser la sinopsis de El espía y el poeta, la cinta italiana estrenada el 16 de junio sobre el poeta italiano Gabriele D’Annunzio.

Por Esperanza Ruiz Adsuar
Revista Centinela, 8 julio 2021
 
 
 

Según la crítica, una de sus virtudes, además de la magistral interpretación de Sergio Castellitto, es la de dejar al espectador con ganas de profundizar.

Si eso les ocurriera, la ensayista británica Lucy Hughes-Hallet (Londres, 1951) publicó en 2014 El gran depredador, una biografía exhaustiva -no había lugar a la fabulación, D’Annunzio (Pescara, 1863) tenía la obsesión de dejar constancia de cada paso que daba- que alcanzó el hito de ganar los tres premios más prestigiosos de ensayo en lengua inglesa: Samuel Johnson, Costa Book y Duff Cooper.

Casi 700 páginas para desentrañar la figura de Il vateel mejor poeta que ha dado Italia desde Dante o Petrarca.

Los recelos de Mussolini, por supuesto, no eran infundados. D’Annunzio nunca había sido un artista inofensivo y su biografía es fascinante y escalofriante a partes iguales. Su producción literaria y talento están alejados de toda discusión y su obra ha sido elogiada por Henry JamesProust o James Joyce, quien lo sitúa a la altura de Tolstói o Kipling.

Pero la megalomanía y la personalidad desbocada y delirante del poeta no tenían límites.

 

Rougena Zatkova, Retrato de F. T. Marinetti (1920).

 

Fue símbolo del decadentismo, entusiasta del movimiento futurista, Príncipe de Monteventoso, duque de Gallese, bizarro piloto de guerra, dandi, cocainómano, político, Nietzscheano, depredador sexual, precursor del fascismo italiano, hipocondríaco, esteta, Duce, alopécico y desdentado, hedonista, obsesionado con Napoleón Byron, poseedor de un enjuto y deplorable físico y a su vez dotado de gran carisma y magnetismo personal, coleccionista de telas, alfombras, perros de raza y enfermedades venéreas, sedicioso, sátrapa y autor de versos que, efectivamente, exaltarían la juventud del mismo modo en que sospechosamente lo hacen los fascismos

celebra el grande, el inefable goce/ de vivir, de ser joven, de ser fuerte/ de hincar los dientes ávidos y blancos/ en los más dulces frutos terrenales”.

 

Legionarios en el Corso a Fiume

 

Sin embargo, ninguno de los rasgos de uno de los hombres con más talento del siglo XX consigue definir su espíritu enajenado por la belleza y la violencia. Por la vida (su lema era “vivir, escribir”) y por la destrucción.

 

 

Vivir peligrosamente

Dos hitos nos dan idea del calibre de la audacia y del despropósito que caracteriza la biografía de D’Annunzio: el vuelo sobre Viena y la ocupación de Fiume.

El escritor, que a la edad de 48 años y con un divorcio, tres hijos y numerosas amantes en su haber, había huidoFrancia para esquivar a sus acreedores, decide volver a Italia ante la inminencia de la IGM. 

Previamente, y tras haber declarado que “el mundo debe convencerse de que soy capaz de cualquier cosa”, había sido elegido miembro de la Cámara de los Diputados, institución que despreciaba pero para la que se postuló como “el candidato de la belleza”.

Fue obligado a dimitir tres años después por su estilo de vida temerario.

Pronunció discursos incendiarios a favor de la participación del país alpino en el bando aliado. Manipulaba a las multitudes como seducía a las mujeres, con la vehemencia del que cree firmemente en la guerra como única forma de ruptura con el pasado y  de renovación espiritual posible.

De este modo, era capaz de conducir a un país débil económicamente y sin preparación marcial al último sacrificio en aras de la grandeza de la nación. Inflamaba a soldados -que no discernían- hablando de

“banderas ondeando al viento en toda Italia, de ríos de cadáveres, de tierra sedienta de sangre”.

 

Predicaba con el ejemplo, desde luego. Como piloto voluntario perdió la visión de un ojo. Bajo su mando el escuadrón La Serenissima culminó una de las hazañas de la Gran Guerra: nueve aviones volaron 1000 km hasta Viena, donde llenaron sus cielos de panfletos propagandísticos con los colores de la bandera italiana y escritos por D’Annunzio en los que conminaba a Austria a la rendición.

 

 

Fiume: la última utopía

Una vez finalizada la guerra, el Primer Ministro italiano, Orlando, reivindicó el Tratado de Londres y la ciudad portuaria de Fiume (actual Rijeka en Croacia) pero finalmente la ciudad fue cedida en la Conferencia de París y los italianos se sintieron engañados por los aliados.

 

Bandera (Free State of Fiume)

 

D’Annunzio encuentra el caldo de cultivo perfecto y calienta el ambiente con sentencias como “Huelo el hedor de la paz” o “Victoria nuestra, nadie podrá mutilarte”, en referencia al mito de la victoria mutilada e Italia como perdedora honorífica.

 

 

Tras el armisticio, D’Annunzio lidera a los nacionalistas italianos en Fiume desafiando a su gobierno, a las potencias aliadas, a la recién creada Yugoslavia y los propios fascistas. Ocupa la ciudad y la declara Estado Libre constitucionalmente independiente.

 

 

Se nombra a sí mismo Duce y redacta una Constitución junto a Alceste de Ambris, encargado de la parte legal. Él pone la poesía e instituye la música como principio fundamental del EstadoDurante quince meses regenta una ciudad-estado con un sistema corporativista-elitista que se convierte en el paraíso de prostitutas, drogas y vida depravada.

 

Coat of arms of the Free State of Fiume

 

Se llega incluso a crear un hospital para la atención exclusiva de enfermedades de transmisión sexual. El exceso era el latido de la ciudad; los jadeos de los amantes, su banda sonora.

Se dice que D’Annunzio abandona la morfina para frecuentar la cocaína y el ambiente dionisíaco atrae a periodistas, artistas, espías y hampa. Se llegó a organizar un simulacro de batalla amenizado por Toscanini, cuya orquesta interpretaba la Quinta Sinfonía de Beethoven.

En 1920, después de que el ejército italiano bombardeara la ciudad, se rindió y se retiró a una villa cercana al lago de Garda.  Se ponía fin así a la última gran aventura del poeta de los excesos.

 

 

Diletante y adicto al sexo

Que la biografía más premiada sobre D’Annunzio se titule El gran depredador, ya nos da una idea de que tímido, precisamente, no era. A los veinte años deja embarazada a la hija de un duque y se cuenta que tanto su mujer como la condesa siciliana por la que la abandonó trataron de suicidarse tras dejarlas.

Su mirada fría y de refinada sensualidad no deja indiferente ni a hombres ni a mujeres a los que atrae tanto por lo espantoso como por lo bucólico.

Él mismo cultiva la ambigüedad para acabar decantándose por mujeres bisexuales a las que encuentra “seguras de sí mismas”.

Sin embargo, cuenta que ama a la actriz Eleonora Duse porque no conoce nada más erógeno que “la blancura de su mano observada desde su monóculo”.

Su relación, que transcurrió entre 1894 y 1910, fue todo lo tempestuosa que cabía esperar de una diva y un megalómano talentoso bebiendo Mumm y con el mundo a sus pies.

Duse declaraba en un ejercicio de esquizofrenia que lo amaba, detestaba, odiaba y quería. D’Annunzio sentía pasión por lo novedoso y su voracidad sexual tomaba derivas escabrosas en muchas ocasiones.

 

Gabriele D’Annunzio, escritor italiano y fascista en una fotografía de 1937 (Imagno / Getty Images)

 

El poeta y el fascismo

El fascismo italiano vive deslumbrado por D’Annunzio: reproduce su universo, le seducen sus construcciones ideológicas; les ciega su talento literario, su escandalosa vida amorosa y sexual, su estética de camisas negras y saludo romano.

Él nunca llego a involucrarse en sus gobiernos, ellos, le copiaban en todo. Mussolini dijo de él que era “el Juan Bautista del fascismo”.

 

D’Annunzio entre los Arditi

 

D’Annunzio consideraba al dictador un vulgar imitador. Sin embargo, parece que también era partidario de las referencias bíblicas: a pesar de no ser religioso -y sí profundamente supersticioso- se comparaba a sí mismo con Jesús y con San Sebastián. 

Durante sus años en Francia colaboró con Debussy en la composición de la obra El martirio de San Sebastián.

Se dice que Mussolini inspiró su política en la puesta en escena de D’Annunzio. Tomó buena nota de su forma de provocar respuestas viscerales en la masa, de poner el acento en la heroicidad, el militarismo y la nación. 

Una vez adoptadas sus coreografías, D’Annuzio duró poco en el gobierno, il Duce profesional se dio cuenta de que il Duce de Fiume era de palo, un revolucionario amateur. La verdadera ideología de Gabriele D’Annunzio eran la exuberancia y la violencia.

 

Il Vittoriale (Gardone, Riviera. Italia). Tras la Primera Guerra Mundial, D’Annunzio se retiró al Vittoriale en Gardone Riviera, donde pasó sus últimos años, remodelando la propiedad en un memorial estético y mausoleo personal hasta su muerte en 1938.

 

Obra, legado y mito

Il poeta profeta, otro de sus muchos sobrenombres, publicó, con financiación paterna, su primer libro de poemas, Primo vere, a los 16 años. Cuando D’Annunzio realiza sus incursiones políticas es ya respetado en el mundo de las letras como dramaturgo, poeta, novelista y articulista.

Su novela El inocente fue llevada al cine por Visconti y su obra está influenciada por el simbolismo francés y el esteticismo británico. Plagada de magníficas escenas imaginarias y violencia, plasma como nadie estados mentales patológicos y supone una influencia para varias generaciones de escritores italianos. 

Sin embargo, su trascendencia literaria queda limitada y condenada al ostracismo por el sambenito de protofascista.

D’Annunzio murió a los 74 años en su villa Il Vittoriale, en la que había ordenado plantar diez mil rosales, víctima de un derrame cerebral. Mussolini le ofreció un funeral de Estado.

El lugar puede ser visitado y conserva intacta la excéntrica vida del escritor. El personal mantiene los arreglos florales que tanto le obsesionaban o las baldas del cuarto de baño rebosantes de frascos medicinales.

Asimismo, se puede acceder a la biblioteca, para cuya entrada D’Annunzio diseñó una puerta minúscula con el fin de obligar a traspasarla inclinado, rindiendo así los respetos que requiere un lugar de cultura. O el comedor donde invitaba a amigos, sin dejarse ver por ellos, para no exponer su deterioro físico.

Si la película de Gianluca Jodice consigue volver a poner en el punto de mira a Gabriele D’Annunzio, mucho nos tememos que es carne de cultura de la cancelación. El bardo -el amante de los helados, los opiáceos, la mitología clásica y el cunnilingus–  esté en el círculo del infierno que esté, se fumará… un puro, imaginamos.

 

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