LA ÉTICA DE SPINOZA, por Agapito Maestre

La Ética de Spinoza

Una verdad contada con mala intención
puede con todas las Mentiras que puedas inventar.

Es justo que así sea:
El Hombre fue hecho para la Alegría y la Tristeza, 

y cuando esto bien aprendemos
por el Mundo seguro caminamos.

William Blake

 

La teoría de las pasiones de Spinoza

La sangre del león verde, 22 Ene, 2012

 

En el trabajo de hoy trataremos someramente los fundamentos de la teoría de Spinoza sobre las pasiones. Esta teoría ocupa prácticamente toda la Parte III de la obra clave de este autor Ethica ordine geometrico demonstrata.

Lo interesante de la perspectiva de Spinoza es que partiendo desde unas premisas ontológicas concretas y explicitas y sacando “ordine geometrico” las conclusiones que se siguen de ellas obtiene una teoría psicológica de las pasiones llamativa por lo realista y sugerente.

En la proposición III.6 Spinoza sostiene:

Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”.

 

Esta idea viene a decir que cada realidad, desde un grano de arena o un planeta, tiene dentro de sí cierto ímpetu, cierto dinamismo que le lleva a existir y a perseverar en ese estado. Esta percepción muestra una visión de la realidad como dinamicidad o potencialidad continuamente latente.

Los entes no aparecen como “ya hechos” sino que se nos muestran como realidades que sólo perviven por cierta potencialidad de ser continuamente actualizada. Es algo así como la voluntad de supervivencia en el mundo animal pero desplazado a todos los seres y no únicamente aplicada a los seres vivos.

Obviamente esta “perseverancia en su ser” se muestra en los diferentes entes de diferentes maneras: en los animales es voluntad de supervivencia y en los entes inanimados es sencillamente ese “Conatus” por el que son y no se hunden en las profundidades de la nada.

Este impulso de perseverancia en la existencia lógicamente también se encuentra en el hombre. En el escolio de la proposición III.9 explica que ese Conatus en el alma se llama voluntad y cuando está en el alma y el cuerpo se llama apetito. El apetito es, por lo tanto, la esencia del hombre entendido como conjunto de alma y de cuerpo. En este contexto Spinoza introduce su famosa cita:

“nosotros no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos”.

 

Esta idea de que primero es el impulso de pervivencia (y en última instancia de conveniencia) y después el juicio moral fue, y es aún hoy, criticada como falacia naturalista sin embargo, debe tenerse en cuenta que esta idea es perfectamente coherente con la filosofía determinista del autor judío.

Todo acto humano ya sea un pensamiento o una acción tiene como fundamento este ímpetu de pervivir por lo que es perfectamente comprensible que el apetecer (impulso hacia la perseveración en el ser) fundamente algo tan abstracto como la moral, política o religión…

Spinoza pretende definir una serie de pasiones primarias para a partir de ellas elaborar su completa teoría. Las primeras pasiones de las que habla nuestro autor dependen directamente de ese esfuerzo de perseverar en su ser del que hablaba antes. Así define el deseo en III. 9 op. cit.

“es el apetito acompañado de la conciencia del mismo”.

 

El deseo es, entonces, ese ímpetu llevado al nivel de la conciencia; cuando nuestra mente capta ese apetito se transforma en anhelo, en deseo.

Existen otras dos pasiones primarias que fundamentarán todas las demás: la alegría, que se define como

una pasión por la que el alma pasa a una mayor perfección” (III. 11. op. cit);

 

Y la tristeza, definida como

una pasión por la que el alma pasa a una menor perfección” (III. 11. op. cit.).

 

La pasión de la alegría produce placer y regocijo, mientras que la tristeza produce dolor o melancolía. Podríamos decir que para Spinoza esa voluntad de perseverar en su ser del hombre puede o bien verse frustrada o verse realizada; en el primer caso estaremos hablando de tristeza y en el segundo de alegría.

Como el mismo Spinoza reconoce (ibidem) sólo existen estas tres pasiones primarias; a partir de ellas podremos sacar todas las demás pasiones secundarias. Aunque el número de las pasiones secundarias es grande me detendré en dos que a mi juicio son, de las secundarias, las imprescindibles para entender toda su teoría de los afectos posterior: el amor y el odio.

En III. 13 op. cit. el filósofo holandés define al amor como

alegría acompañada por la idea de una causa exterior”;

 

y odio como

tristeza acompañada de la idea de una causa exterior”.

 

Así el amor nace de la alegría y el odio de la tristeza; cuando experimentamos alegría y esa idea se asocia a una causa sentimos amor hacia esa causa, todo lo contrario pasa con el odio. El objeto amado es aquel objeto que nos permite perseverar e incrementar nuestra esencia, esa es la razón de nuestro amor: la alegría.

De esta concepción sobre el amor podemos sacar dos consecuencias: por un lado sólo amamos lo que nos alegra, lo que nos conviene; por otro, ¿no es el amor, en definitiva para Spinoza, el camino que nos conduce a nosotros mismos, a la perseveración en nuestra esencia?

 

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La Ética de Spinoza

Esta edición de la obra magna de Spinoza es todo un acontecimiento en el ámbito de la filosofía en lengua española.

El convencimiento de que la vida y la filosofía de Spinoza son inseparables es la coincidencia feliz de sus responsables.

Ésta quizá sea la principal razón que convierta a la edición de Tecnos en una referencia intelectual imprescindible a la hora de leer y estudiar a un filósofo esencial.

LA ÉTICA DE SPINOZA
 
 
Vidal Peña y Gabriel Albiac, dos especialistas ejemplares en Spinoza, han anotado la principal obra de este autor, que es uno de los paradigmas de la filosofía de todos los tiempos. La ayuda que ofrecen estas notas, en el caso de Albiac imposibles de separar de su vida, para comprender un texto «modelo» de filosofía «abstracta, austera y difícil» es inestimable para legos y especialistas.
 
Por suerte, la fidelidad al texto de los comentaristas no les impide filosofar, pensar, sobre las repercusiones del pensamiento de Spinoza para el aquí y ahora. El ejercicio de actualización de la filosofía de Spinoza realizado por Albiac y Peña en sus anotaciones constituye toda una filosofía sobre el poderío de la filosofía de la inmanencia, en realidad una «teoría» materialista y atea, para el mundo actual.
 
Continuadores de una tradición filosófica española, quizá llevada a su apogeo por Unamuno, los anotadores circunstancian la Ética en una sabiduría de salvación donde el pensamiento, la razón, está muy lejos de agotar la vida humana.
 
Por eso, precisamente, la crítica al racionalismo y al idealismo dominantes, desde Kant hasta hoy, a partir de Spinoza es una de las líneas maestras de esta edición. La Ética aún muestra que la psicología es metafísica, porque, como dijo la gran discípula de Unamuno, el estudio y la clasificación naturalista de las pasiones iban dirigidas hacia un saber superior sobre el hombre y su vida; era un mirar las pasiones para encontrar con ellas, como instrumento, una vida feliz, una vida en la eternidad.
 
Spinoza lo dice breve y bellamente:
 
«Y acerca del alma sólo hablaremos de aquellas cosas que nos pueden llevar por la mano al conocimiento de una vida feliz«.
 
 
Pensamiento y vida se entrecruzan permanentemente, entre otras razones, porque tanto la vida como la filosofía de Spinoza constituyen una genial meditatio mortis, seguramente insuperable, sobre todo si dejamos aparte las filosofías genuinamente partidarias de la grandiosa idea de salvación cristiana.
 
Las anotaciones de Vidal Peña y Gabriel Albiac son toda una lección académica al servicio de uno de los textos más prodigiosos de la historia de la filosofía moderna y contemporánea. Estos dos espadas consiguen una faena magistral de toreo al alimón y por separado de uno de los ejemplares filosóficos más complicados.
 
¿Qué es exactamente lo más vivo de esta obra? Todo y nada. Dependerá de quién la lea. El materialista quizá salve todo. Por el contrario, para un racionalista nada quedará, o peor, nada será plausible del elaborado materialismo de Spinoza; por ejemplo, su teoría del lenguaje, no digamos nada de su crítica a la libertad de conciencia: es la negación de la argumentación ilustrada que considera que la razón humana necesita, dicho sea con terminología de Kant y Arendt, comunicarse con los demás y, por tanto, ser pública.
 
Lejos de esa posición, Spinoza, tanto en la Ética como en su Tratado teológico-político, critica ferozmente la incapacidad que tienen los hombres para ocultar sus pensamientos y callar. La necesidad de comunicación del hombre es un error común:
 
La experiencia nos enseña sobradamente que los hombres no tienen sobre ninguna cosa menos poder que sobre su lengua, y para nada son más impotentes que para moderar sus apetitos; de donde resulta que los más creen que sólo hacemos libremente aquello que apetecemos escasamente (…) Así pues, quienes creen que hablan o callan, o hacen cualquier cosa, por libre decisión del alma, sueñan con los ojos abiertos.
 
 
Por si quedara alguna duda sobre ese sutil materialismo de Spinoza, aunque mejor sería hablar de una teoría de la corporeidad, hay una nota imprescindible de Albiac para hacerse cargo, o mejor, para profundizar sobre el irracionalismo metafísico, jamás metodológico, del marrano de la razón:
 
Lejos de cualquier visión idílica de la libertad y de la consciencia o de palabra, Spinoza subraya (…) que el lenguaje es la primera y más inexorable trampa del imaginario humano. Y que, tras esa imaginación que cree hablar por libre decreto, se oculta la dimensión esencial de la lengua: imponer a aquel que habla las representaciones imaginarias –y, como tales, materialmente determinadas–, que tallan a la medida del sujeto que ignora su génesis.
 
 
He aquí, concluye Albiac, condensada la paradoja spinozana de la libertad en los hombres.
 
En fin, mientras que el racionalista contemporáneo negará toda la ética, la razón de la sin-razón, de Spinoza, el optimista actual defenderá la concepción del amor como alegría; o sea, amor es la 
 
«alegría unida al conocimiento de su causa«.
 
Por el contrario, el pesimista no dejará de recordar, por un lado, que el amor, como diría San Agustín, es mi peso, o, por otro lado, como dijeron las grandes apasionadas del siglo XIX:
 
«Amo como hay que amar: con desesperación«.
 
Éste es otro ejemplo, otro asunto, para seguir pensando, o sea, para seguir discutiendo sobre las aportaciones del pensamiento de Spinoza para el aquí y ahora.
 
Pero, más allá del materialismo optimista de esta genial Ética, es obvia la actualidad de la filosofía de Spinoza. Su lectura nos atrapa. Acaso por eso sea verdad, según me sugiere Albiac, que sólo podemos hacer paradójicas anotaciones a lo perfecto. Sí es así, ahí va la mía. Está fechada en 1992, pero creo que todavía vale:
 
Digo que no bastan la «decisión» por la libertad ni la pura reflexión a favor de la misma. Se requiere «experimentarla».
La experiencia de la libertad sólo puede realizarse en la negatividad, o mejor dicho, a partir de su opuesto.
La «medida» de la libertad es una negación débilmente sustentada en un factor de difícil localización y complicada expresión: el impulso o, en términos psicoanalíticos, la pulsión de «no querer ser esclavos de lo que hay».
Esta provocación, aunque se manifiesta espontáneamente, emerge después de un trabajoso esfuerzo ante la carencia de «rectitud», es decir, de compasión.
Spinoza continúa, especialmente en la segunda parte de su sentencia, siendo horizonte de verdad:
«Quien no se sienta impulsado a prestar ayuda a los demás ni por la razón ni por la compasión, es llamado con justicia inhumano«.
 
«Quien no se sienta impulsado a prestar ayuda a los demás ni por la razón ni por la compasión, es llamado con justicia inhumano«
 
 
 
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