Nechaev

Nechaev

 

Revolucionarios: Definitivamente, ni liberales ni corazones sangrantes

Por Anarcófago, 2005

«Anarcófago no hace apología de las ideas y métodos de Nechaev»

Nechaev
Sergey Gennadiyevich Nechayev (Nechaev)

 

Bakunin advirtió de la incompatibilidad del jesuitismo («el fin justifica los medios») de Nechaev con el anarquismo y el socialismo

 

Sergei Nechaev (1847-1882), revolucionario ruso, fue el autor de Catecismo de un revolucionario (1868), donde esboza sus ideas para un movimiento altamente disciplinado y profesionalmente organizado. Nechaev afirma que, así como las monarquías europeas utilizan las ideas de Maquiavelo, o los jesuitas católicos practican la absoluta inmoralidad para lograr sus propósitos, así también puede hacerse eso mismo pero a favor de la revolución popular. Nechaev fundó un pequeño grupo revolucionario conocido como Narodnaya rasprava (La retribución del pueblo), que pasó a la ilegalidad en Rusia luego del asesinato de uno de sus propios miembros en 1869. Nechaev fue a prisión en 1872. Y murió ahí diez años más tarde.

Peter Marshall, en A History of Anarchism, describe el Catecismo de Nechaev como «uno de los documentos más repugnantes en la historia del terrorismo«.

El Catecismo refleja una parte significativa del pensamiento revolucionario ruso. V.I. Lenin admiraba el Catecismo (y fundamentó en él gran parte de su Lo que debe hacerse). Dostoevsky creó el personaje de Verkhovensky, en Los poseídos, basado en Nechaev.

Después de la revolución bolchevique, Nechaev aparecía como un héroe épico ruso en muchos libros y poemas. En los 1960’s el Catecismo fue revivido por los Panteras Negras, el grupo revolucionario afroamericano; y Eldridge Cleaver escribió en su favor en Soul on Ice.

«Lo importante en el pensamiento de Nechaev es su radical transmutación de los valores, en abierto desafío a la moralidad prevaleciente.

A primera vista las palabras de Nechaev pueden parecer repulsivas y amenazantes, pero hay un sentido más profundo capaz de inspirar la lucha revolucionaria.

Hay en él un coraje místico y una pasión religiosa por cambiar la realidad, algo no tan lejano a aquellos místicos medievales que se oponían a las religiones organizadas y leyes sociales.

Su aparente inmoralidad (más que amoralidad) proviene de la comprensión de que tanto Iglesia como Estado son cruelmente inmorales en su búsqueda del control total.

La lucha contra esos poderes debe realizarse, pues, utilizando todos los medios que sean necesarios«.

 

Eldridge Cleaver

El Catecismo de Nechaev, en un nivel más profundo, puede leerse como una denuncia de ese Sistema de Control que sólo puede cambiarse a través de la lucha incondicional y desgastante. Y aunque fue escrito en el siglo XIX, es todavía relevante. El Sistema de Control está aún en su lugar, sólo han cambiado sus formas. Se requiere, pues, un Centro secreto e invisible para la Nueva Resistencia, no organizado mediante estructuras rígidas, sino mediante vínculos sutiles y contactos ocultos. El Sistema utiliza conspiraciones, intrigas, desinformación y manipulación con el propósito de someter a los pueblos. Requerimos, entonces, volver las armas del Sistema contra sí mismo. Quizá podamos aprender algo del joven Sergei Nechaev.

 

Sergei Nechaev: un asceta revolucionario

Nechaev fue un fanático, y un héroe por naturaleza. Para realizar la revolución social, predicaba el engaño, el robo, el pillaje y el terror despiadado. Incluso estando en prisión, pudo utilizar a los guardianes para dictar sus instrucciones al movimiento revolucionario.

Estaba poseído por una sola idea, y en el nombre de esa idea exigía el sacrificio de todo. Su Catecismo del revolucionario es un libro único en cuanto a su ascetismo. Es una especie de instrucción para la vida espiritual del revolucionario, y sus exigencias son más severas que las del ascetismo sirio.

El revolucionario debe carecer de intereses privados, de negocio o sentimientos y conexiones personales; no debe tener nada para sí mismo, ni siquiera un nombre. Todo debe ser absorbido por un solo interés, una sola idea, una sola pasión: la revolución. Lo que sirve a la causa de la revolución es moral; ésta es el único criterio del bien y el mal. El resto debe sacrificarse en su nombre.

Éste es el principio del ascetismo. El hombre de carne y hueso es reprimido y privado de todo en nombre de la Revolución -el nuevo dios. Nechaev exigía una disciplina de hierro y una centralización extrema de todos los grupos revolucionarios -un antecedente del bolchevismo. Estas tácticas de Nechaev, que permitían los métodos más inmorales, ahuyentaron a la mayor parte de los revolucionarios rusos de persuasión narodnik; incluso Bakunin se sintió alarmado… (N. BerdyaevThe Russian Idea)

 

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CATECISMO DEL REVOLUCIONARIO

Por Sergei Nechaev

 

La actitud del revolucionario hacia sí mismo

1. El revolucionario es un hombre dedicado. No tiene intereses personales, no tiene relaciones, sentimientos, vínculos o propiedades, ni siquiera tiene un nombre. Todo en él se dirige hacia un solo fin, un solo pensamiento, una sola pasión: la revolución.

2. Dentro de lo más profundo de su ser, el revolucionario ha roto -y no sólo de palabra, sino con sus actos- toda relación con el orden social y con el mundo intelectual y todas sus leyes, reglas morales, costumbres y convenciones. Es un enemigo implacable de este mundo, y si continúa viviendo en él, es sólo para destruirlo más eficazmente.

3. El revolucionario desprecia todo doctrinarismo y rechaza las ciencias mundanas, dejándolas para las generaciones del futuro. Él conoce una sola ciencia: la ciencia de la destrucción. Para este fin, y sólo para este fin, estudia la mecánica, la física, la química y quizá también la medicina. Para este propósito, el revolucionario estudiará día y noche la ciencia de los hombres, sus características, posiciones y todas las circunstancias del orden presente en todos sus niveles. La meta es una sola: la más rápida y más segura destrucción de este sistema asqueroso.

4. El revolucionario desprecia la opinión pública. Desprecia y odia la actual moralidad pública en todos sus aspectos. Para él sólo es moral lo que contribuye al triunfo de la revolución. Todo lo que la obstruye es inmoral y criminal.

5. El revolucionario es un hombre condenado a muerte. No teniendo piedad hacia el estado ni hacia la sociedad educada, él a su vez no espera que ellos tengan piedad hacia él. Entre ellos y él hay una tácita, continua e irreconciliable guerra a muerte. Debe estar preparado para morir cualquier día. Y deberá entrenarse a sí mismo para resistir la tortura.

6. Siendo severo consigo mismo, el revolucionario deberá ser severo con los demás. Todos los tiernos y delicados sentimientos de parentesco, amistad, amor, gratitud e incluso el honor deben extinguirse en él por la sola y fría pasión por el triunfo revolucionario. Para él sólo debe existir un consuelo, una recompensa, un placer: el triunfo de la revolución. Día y noche tendrá un solo pensamiento y un solo propósito: la destrucción sin piedad. Manteniendo la sangre fría y trabajando sin descanso para esa meta, estará listo para morir y para destruir con sus propias manos todo lo que le estorbe.

7. La propia naturaleza del verdadero revolucionario excluye toda forma de romanticismo, así como toda clase de sentimientos, exaltaciones, vanidades, odios personales o deseos de venganza. La pasión revolucionaria debe combinarse con el cálculo frío. En todo tiempo y lugar, el revolucionario no debe ceder ante sus impulsos personales, sino ante los intereses de la revolución.

 

La relación del revolucionario con sus camaradas

8. Para un revolucionario, un amigo es sólo aquél que ha probado con sus actos que también él es un revolucionario. La amistad, dedicación u otras obligaciones hacia ese amigo depende de su utilidad para la causa revolucionaria.

9. La solidaridad entre los revolucionarios no requiere discusión. La fuerza del trabajo revolucionario depende de ella. Los camaradas que estén en el mismo nivel de comprensión y pasión revolucionaria deben, en la medida de lo posible, discutir juntos las principales acciones y alcanzar conclusiones unánimes. Sin embargo, durante la ejecución del plan cada uno debe confiar sólo en sí mismo. Al realizar las diversas acciones destructivas, cada uno deberá actuar solo, y buscará consejo o ayuda de sus amigos sólo si ello es necesario para el éxito.

10. Cada camarada tendrá a la mano a varios revolucionarios de segundo o tercer rango, no tan completamente dedicados como él. Debe considerarlos como parte del capital revolucionario puesto a su disposición, y procurará sacar de ellos la máxima utilidad posible. Debe considerarse a sí mismo como un capital condenado a ser invertido para el triunfo de la causa revolucionaria, pero no tendrá derecho a disponer personalmente de ese capital sin el consentimiento de otros camaradas plenamente iniciados en la causa revolucionaria.

11. Cuando un camarada tenga problemas, y haya que decidir si salvarlo o no, el revolucionario no se guiará por sus sentimientos personales, sino solamente por los intereses de la causa. Por tanto, debe sopesar cuidadosamente la utilidad del camarada en problemas contra el costo del esfuerzo necesario para salvarlo, y debe decidir qué tiene mayor peso.

 

La relación del revolucionario con la sociedad

12. La aceptación de un miembro nuevo dentro la organización, de alguno que haya probado su lealtad no mediante palabras sino mediante sus actos, es algo que sólo podrá decidirse por consentimiento unánime.

13. Un revolucionario entra al mundo del Estado y al llamado mundo intelectual, y vive dentro de ellos, con el solo propósito de su destrucción rápida y total. No será un revolucionario si experimenta alguna simpatía por algo de ese mundo, o si se detiene ante la destrucción de algún estado de cosas, relación o persona que pertenezca a ese mundo en el cual todo debe ser odiado igualmente. Peor para él si tiene familia, amigos o relaciones amorosas; no podrá ser un revolucionario si eso detiene su mano.

14. Con el propósito de la destrucción despiadada, el revolucionario puede, y frecuentemente debe, vivir en sociedad, simulando ser lo que no es. El revolucionario deber penetrarlo todo en todas partes: las clases más altas y medias; el almacén del mercader; la iglesia; la mansión del aristócrata; los mundos de la burocracia, el ejército, la literatura; la División Tercera (policía secreta); e incluso el Palacio de Invierno (del Zar).

15. Toda esta sucia sociedad tendrá que ser dividida en varias categorías. La primera categoría es la de aquéllos que deberán morir sin demora. La Organización de camaradas revolucionarios harás listas de los condenados, tomando en cuenta el daño potencial que puedan hacer a la revolución, y eliminarán en primer lugar a los primeros de la lista.

16. Al unir esas listas, y agrupar ordenadamente a los condenados, no se tomará en cuenta la maldad personal del hombre ni el odio que éste provoca entre los camaradas o el pueblo. Esa maldad y ese odio pueden servir temporalmente para provocar la sublevación de las masas. Es necesario tomar en cuenta el grado de utilidad que su muerte podría dar a la causa revolucionaria. Ante todo, debes destruir a aquellas personas que más daño pueden hacer a la Organización revolucionaria, o a aquellas otras cuya muerte súbita y violenta provocarán el mayor terror en el gobierno, debilitando su poder y privándolo de sus miembros más enérgicos e inteligentes.

17. El segundo grupo está compuesto por aquellas personas a quienes se les permite vivir temporalmente, porque sus actos terribles conducirán al pueblo a una sublevación inevitable.

18. La tercera categoría incluye una multitud de personas de posición alta, animales que no tienen gran inteligencia ni energía, pero poseen riqueza, posición social, conexiones, influencia y poder. Debes explotarlos de todas las maneras posibles, implicarles, confundirles, y conocer, hasta donde sea posible, sus secretos más sucios con el fin de esclavizarles. Su poder, influencia, conexiones y riqueza podrían llegar a ser un tesoro inagotable y de gran ayuda para muchas empresas revolucionarias.

19. La cuarta categoría es la de aquellos trepadores ambiciosos y liberales de diversos matices. Puedes conspirar junto con ellos, pretendiendo que les sigues ciegamente; pero a la vez debes ponerlos bajo control, conocer todos sus secretos, comprometerlos al máximo…, de tal modo que ellos mismos ensucien y corrompan al Estado con sus propias manos.

20. La quinta categoría está compuesta por doctrinarios, conspiradores y revolucionarios que sólo hablan inútilmente ante muchedumbres o sobre el papel. Debes impulsarlos hacia la acción, despedazando sus discursos, con lo cual destruirás a la mayoría pero lograrás unos cuantos revolucionarios verdaderos.

21. La sexta, y muy importante, categoría, son las mujeres. Éstas deben ser divididas en tres categorías. Primero, aquellas mujeres «cabeza hueca«, inconscientes y desalmadas, que pueden ser utilizadas de la misma manera que los hombres de las tercera y cuarta categorías. La siguiente categoría es la de aquellas mujeres que son apasionadas, devotas y talentosas, pero no son propiamente nuestras, ya que no poseen aún una comprensión cabal, austera y revolucionaria. Ellas deben ser utilizadas como los hombres de la quinta categoría. Finalmente, están aquellas mujeres completamente nuestras, es decir, aquéllas que han aceptado nuestro programa y están totalmente dedicadas a él. Ellas son nuestras camaradas, y deberemos considerarlas como nuestro tesoro más preciado sin cuya ayuda no podemos triunfar.

 

La actitud de la Organización hacia el Pueblo

22. La Organización no tiene otro objetivo que la liberación completa y la felicidad del pueblo, es decir, del trabajador común y ordinario. Pero, con la convicción de que la liberación y la obtención de la felicidad es posible solamente por el camino de una revolución popular totalmente destructiva, la Organización deberá alentar, con todos sus medios y recursos, el desarrollo e intensificación de aquellas calamidades y males que agoten la paciencia del pueblo y lo conduzcan a una sublevación total.

23. Por «Revolución» nuestra Organización no entiende un modelo o patrón en el sentido clásico occidental, un movimiento que siempre se detiene y se doblega ante los derechos de propiedad privada y ante las tradiciones del orden público y las, así llamadas, civilización y moralidad. Tampoco entiende por revolución una forma que hasta ahora se ha limitado a deponer un modelo político para reemplazarlo por otro que intenta crear un estado revolucionario, por llamarlo de algún modo. La única revolución que puede ser benéfica para el pueblo será la revolución que destruya de raíz todo componente del Estado y que pueda exterminar todas las instituciones tradicionales del Estado, el orden social y las clases en Rusia.

24. La Organización no intenta imponer desde arriba una nueva organización para el pueblo. La organización futura crecerá, sin duda, desde el movimiento popular y desde la vida, pero ésa será la tarea de las generaciones futuras. Nuestra tarea es la destrucción despiadada, terrible, completa y universal.

25. Por esto, para estar más cerca del pueblo, necesitamos unidad con aquellos elementos de la vida popular que, desde el principio del estado de poder de Moscú, no han dejado de protestar, no sólo de palabra, sino con acciones, en contra de todo aquello que está relacionado directa o indirectamente con el Estado: en contra de la nobleza, en contra de los burócratas, en contra del clero y en contra de los kulaks explotadores (campesinos ricos, dueños de plantaciones, que utilizan esclavos o siervos). Permítasenos unirnos con los bandidos audaces, los únicos revolucionarios verdaderos de Rusia.

26. Unir este mundo con una sola fuerza invencible e indoblegable: tal es el objetivo de nuestra Organización, tal es nuestra conspiración y nuestra tarea.

 

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Carta de Bakunin a Nechaev

 

Para empezar, mis puntos de vista son diferentes en tanto que no reconocen utilidad, ni aun la mera posibilidad , de cualquier revolución exceptuando una espontánea o una revolución social popular. Estoy profundamente convencido de que cualquier otra revolución es deshonesta, nociva y significa la muerte de la libertad y del pueblo. Lo condena a nuevas penurias y nueva esclavitud… (El gran aparato militar/policial) ha dado al estado tan enorme poder, que todas las conspiraciones secretas y atentados impopulares, los ataques y golpes súbitos y sorpresivos, están condenados a fracasar frente al estado. Éste sólo podrá ser vencido mediante una revolución popular espontánea.

De este modo, el único objetivo de una sociedad secreta debe ser no la creación de un poder artificial aparte del pueblo; sino el promover la unidad y la organización del poder espontáneo del pueblo; por ello, la única posibilidad, la única arma revolucionaria real no está fuera del pueblo, sino que es el pueblo mismo. Es imposible despertar al pueblo artificialmente. Las revoluciones populares nacen del curso de los acontecimientos… Hay periodos históricos en los que las revoluciones son simplemente imposibles; hay otros periodos en los que son inevitables… Sostengo que una revolución social popular es inevitable en cualquier lugar de Europa. ¿Arderá fuego pronto, y dónde lo hará en primer lugar? Nadie puede predecirlo. Quizás estallará en el lapso de un año, o incluso antes, o tal vez en diez o veinte años. Eso no importa, y la gente que intente servirla honestamente no lo hará por placer. Todas las sociedades secretas que deseen ser realmente ser útiles a la revolución, primero deben renunciar a todo nerviosismo, a toda impaciencia.

Si consideramos al pueblo como un ejercito o fuerza revolucionaria, he aquí el material valioso para una organización secreta. Pero este mundo debe ser verdaderamente organizado y moralizado, mientras que tu sistema lo pervierte y prepara en su interior traidores y explotadores del pueblo… Escoge cien personas de este mundo al azar y ponlas en una situación en la que les sea factible explotar y oprimir al pueblo -y podemos estar seguros de que lo explotarán y lo oprimirán. Hay en ellos muy poca virtud. Debemos aprovechar su condición de pobreza y sus heridas para hacerlos virtuosos a pesar de sí mismos, y mediante la propaganda constante y el poder de la organización, despertar en ellos esta virtud, educarla, afirmarla y hacerla apasionadamente consciente. Mientras que tú (Nechaev) haces lo opuesto: siguiendo el sistema de los jesuitas, matas sistemáticamente todo sentimiento humano en ellos, los educas en la mentira, en la desconfianza, el espionaje y la delación.

 

Mientras que tú (Nechaev) haces lo opuesto: siguiendo el sistema de los jesuitas, matas sistemáticamente todo sentimiento humano en ellos, los educas en la mentira, en la desconfianza, el espionaje y la delación

 

Ante todo definamos más exactamente el objetivo, el significado y la intención de esta organización (secreta). Como ya he mencionado varias veces arriba, de acuerdo con mi sistema, esta organización no será un ejercito revolucionario – tendremos sólo un ejercito revolucionario: el pueblo. La organización deberá ser sólo algo como el «estado mayor» o grupo de apoyo de este ejército, un organizador del poder del pueblo, no el ejercito mismo… Una idea revolucionaria se vuelve revolucionaria, vital, real y verdadera sólo si expresa, y sólo si representa, los instintos populares que son el resultado de la historia. Luchar por insertar en el pueblo tus propios pensamientos -ajenos a sus instintos- implica el deseo de convertirlo en siervo de un nuevo estado. La organización debe aceptar honestamente la idea de que es una servidora y una facilitadora, pero nunca un comandante del pueblo, nunca, y bajo ningún pretexto, su director, ni siquiera bajo el pretexto del bienestar del pueblo.

La organización enfrenta una tarea enorme: no sólo preparar el triunfo de la revolución popular a través de la propaganda y la unificación del poder popular; no sólo destruir totalmente, con el poder de la revolución, todo el orden económico, político y social; sino que además, hacer imposible, después de la victoria popular, la institucionalización de cualquier poder estatal sobre el pueblo – incluso el más revolucionario, incluso tu propio poder. Porque cualquier poder, como quiera que se llame a sí mismo, inevitablemente someterá al pueblo a la antigua esclavitud de una forma nueva. Por eso nuestra organización debe ser suficientemente fuerte y vital para sobrevivir a la primera victoria del pueblo, y debe estar tan profundamente imbuida en sus principios que podríamos esperar que incluso en medio de la revolución no cambie su pensamiento, ni el carácter ni la dirección -todo lo cual no es una tarea fácil.

¿Cuál debe ser, entonces, esta dirección? ¿Cuál debe ser el objetivo que se propone y la tarea de esta organización? Ayudar al pueblo a lograr la autodeterminación en base a la más completa y extensa libertad humana, sin que interfiera, ni siquiera mínimamente, su poder temporal y transitorio.

«Somos adversarios de todo poder oficial, incluso si fuera un poder ultra revolucionario. Somos enemigos de toda dictadura públicamente aceptada; somos revolucionarios sociales anarquistas. Pero me preguntarás: si somos anarquistas, ¿con qué derecho y con qué método podemos influenciar al pueblo? Si rechazamos todo poder ¿con qué poder, o mas bien con qué fuerza, dirigiremos la revolución popular? Una fuerza invisible -no reconocida por nadie, no impuesta por nadie- a través de la cual la dictadura colectiva de nuestra organización será más poderosa, y lo será más en tanto más invisible e irreconocida sea, o en tanto más permanezca fuera de la legalidad oficial».

Bakunin procede a describir esta «dictadura invisible«:

Imagina una organización secreta que ha diseminado a sus miembros en pequeños grupos a través de todo el territorio del Imperio, pero que está, no obstante, unida firmemente: inspirada por un ideal común, una organización que actúa en todo lados de acuerdo a un plan común. Estos grupos pequeños, desconocidos por todos en cuanto tales, no tienen poder reconocido oficialmente, pero son fuertes en sus ideales, los que expresan la verdadera esencia de los instintos del pueblo, sus deseos y demandas. Finalmente son fuertes en su solidaridad, lo que enlaza a todos estos grupos secretos en un todo orgánico. Estos grupos serán capaces de liderar el movimiento popular sin buscar para sí privilegios, honores o poder, en un desafío a todas las personas ambiciosas que estén divididas y peleando entre ellas. Y podrán guiar el movimiento popular a las mas altas realizaciones posibles del ideal socio-económico y a la organización de la libertad plena para el pueblo. Esto es lo que llamo la dictadura colectiva de una organización secreta.

Esta dictadura está libre de todo interés, vanidad o ambición personales, porque es anónima e invisible, y no da ninguna ventaja, honor o reconocimiento oficial de poder a ningún miembro del grupo ni a ningún grupo. No amenaza la libertad del pueblo porque está libre de todo carácter oficial.

 

La afirmación de que Bakunin compartía los métodos políticos y organizacionales de Nechaev es simplemente una calumnia.

Dice Bakunin:

Tú querías, y aún quieres, convertir tu propia crueldad y fanatismo extremista en una regla para la vida. Renuncia a tu sistema y llegarás a ser un hombre valioso; pero si no deseas renunciar a él, entonces ciertamente te convertirás en un militante nocivo y altamente destructivo, pero no del estado sino de la causa de la libertad.

 

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Bakunin y Nechaev

Por Ángel J. Cappelletti, 2012

 

Una imagen bastante difundida de Bakunin nos la presenta como un revolucionario vinculado al nihilismo y al terrorismo. La imagen es más bien una caricatura, pero como toda caricatura se basa en la deformación o, a veces se diría, en la sublimación de algunos rasgos reales. En este caso, uno de tales rasgos está dado en el hecho de que Bakunin mantuvo relaciones con un célebre terrorista ruso de su tiempo, llamado Nechaev.

Estas relaciones condujeron a una franca ruptura, que reveló un disenso ideológico bastante profundo.

Sergei Gennadievich Nechaev había nacido cerca de Moscú, en 1847, hijo de una costurera y de un pintor de brocha gorda. Trabajó como maestro en San Petersburgo e ingresó en la universidad de esa capital cuando tenía veintiún años. Entre sus condiscípulos había, sin duda, algunos que serían más tarde anarquistas, como Cherkesoff, amigo de Kropotkin y de Malatesta en Londres, pero sus ideas, durante el período universitario, no pueden calificarse precisamente de anarquistas. Todo nos inclina a creer que era un jacobino, que pretendía seguir el camino de Babeuf y de Blanqui.

 

«Aunque Nechaev todavía no sabía francés –dice Paul Avrich– participaba en discusiones sobre la historia de Buonarotti de La conspiración de los iguales de Babeuf, un libro que ayudó a encaminar toda una generación de rusos rebeldes, y sus sueños pronto estuvieron dominados por sociedades secretas y la vida conspirativa. Se encontró irresistiblemente atraído por el jacobinismo y el blanquismo y cuando más adelante visitó a Ralli en Suiza, llevaba libros de Rousseau y Robespierre, y sus tendencias autoritarias, su pretensión de conocer «el deseo general» y de «forzar al pueblo a ser libre» ya estaban bien desarrolladas»

(Bakunin y Nechaev, Ruta, Caracas, 1975 n.º 25, pp. 5-6).

 

 

En el joven Nechaev, que pronto se convirtió en líder de un grupo de estudiantes revolucionarios, pesaba especialmente la tradición del jacobinismo ruso (que, dicho sea de paso, se extiende desde el decembrista Pestel hasta el bolchevique Lenin, es decir, desde 1820 a 1920) y en particular las ideas de Zaichnevsky (autor de Joven Rusia, obra que evoca a los carbonarios, vinculados a Blanqui) y de Kachev, con quien colaboró en la elaboración del Programa de Acción Revolucionaria. Detenido e interrogado por la policía, Nechaev decidió exiliarse, no sin hacer creer a sus compañeros que había sido encerrado en la célebre fortaleza de Pedro y Pablo. De hecho, cruzó la frontera en marzo de 1869 y se dirigió a Suiza donde en seguida buscó a Bakunin y se presentó a él como delegado de una gran fuerza revolucionaria rusa.

 

Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), conocido como Auguste Blanqui, fue un periodista, escritor, activista político revolucionario y filósofo de ideología socialista que organizó el movimiento estudiantil parisino, y luchó en primer lugar por la instauración de la república contra la monarquía. En 1824, nada más terminar sus estudios, Blanqui adhiere a los Carbonarios, una sociedad secreta de origen italiano, auspiciada por la masonería republicana de Francia.

 

Bakunin lo recibió con entusiasmo, no sólo porque este «cachorro de tigre» renovó, como dice Carr, su esperanza revolucionaria, sino también porque confirmaba su fe en las ocultas y tremendas potencialidades del pueblo ruso.

El mismo Carr escribe:

«No fue pura coincidencia que la primera persona con quien Nechaev se encontró a su llegada a Ginebra fuera precisamente Bakunin. El prestigio del veterano revolucionario atrajo al ambicioso joven, quien esperaba conseguir también algún día su prestigio, pero ahora no tenía en su haber más que mucha energía, una fe desmesurada en sí mismo y una fértil imaginación.

Como todos los visitantes de Bakunin, Nechaev quedó impresionado por el aspecto gigantesco y la magnética personalidad del viejo luchador, y se propuso impresionarle. Le contó cómo acababa de escaparse de la fortaleza de Pedro y Pablo, donde había estado encerrado como cabecilla del movimiento revolucionario de los estudiantes. Había llegado a Suiza como delegado de un comité revolucionario ruso que tenía su dirección central en San Petersburgo, y estaba esparciendo un reguero de pólvora revolucionaria a través de todo el país…

El temperamento de Bakunin no tenía sitio para el escepticismo, por lo que se creyó a pie juntillas todo lo que le dijo Nechaev, y éste, lo mismo que Bakunin, poseía el don de ganarse la admiración y la confianza de sus nuevas amistades.

Desde el primer instante se entusiasmó con Nechaev, de la misma manera que tantos otros se habían entusiasmado con Bakunin».

(Carr)

 

Se estableció entre ambos una estrecha amistad que pronto se tradujo en actividad común. En los meses siguientes publicaron una serie de folletos destinados a la propaganda revolucionaria en Rusia. Entre ellos uno, que sin duda escribió el mismo Bakunin, se titula Una palabra a nuestros jóvenes hermanos de Rusia; otro, que es también una exhortación a la juventud estudiosa y se llama Estudiantes rusos, pertenece al poeta Ogarev, amigo de Herzen, que por entonces seguía viviendo con él en Londres; otro, que constituye igualmente un llamado a los estudiantes universitarios, aunque más violento y sanguinario que los anteriores, A los estudiantes de la Universidad, la Academia y el Instituto Técnico, lleva la firma del propio Nechaev, el cual parece ser también autor de otros dos panfletos anónimos: Principios de la Revolución y Cómo se presenta la cuestión revolucionaria (aunque este último bien pudiera ser de Bakunin).

En cuanto al Catecismo del revolucionario otro de los panfletos editados en este momento, su paternidad ha sido objeto de largas discusiones.

 

«Precedido por documentos anteriores del movimiento revolucionario europeo, expresa ideas y sentimientos que ya habían sido propuestos por Zichnevski e Ishutin en Rusia y por los carbonari y la Joven Italia en el Oeste. Pero al llevar hasta un último extremo la crueldad y la inmoralidad de sus predecesores, constituye la mayor declaración de un credo revolucionario que ha ocupado un puesto prominente en la historia revolucionaria por más de un siglo. En el Catecismo, el revolucionario es descrito como un completo inmoral, dispuesto a cometer cualquier crimen, cualquier traición, cualquier bajeza o engaño que pueda traer la destrucción del orden existente»

(P. Avrich, op. cit. p. 11).

 

Se trata, en verdad, como dice Nicolás Walter (citado por el mismo Avrich), de un «documento revoltoso en vez de revolucionario», que constituye la expresión de un «revolucionarismo puro, total, fanático, destructivo, nihilista y derrotista». Sin ninguna clase de vacilación o de escrúpulo, el Catecismo echa por la borda toda la moral de la sociedad contemporánea y sostiene que el revolucionario «sólo considera moral aquello que contribuye al triunfo de la revolución», con lo cual entroniza el principio que por entonces todo el mundo llamaba jesuítico, de que el fin justifica los medios. Según el autor del singular panfleto, quien quiera hacer la revolución debe ahogar en su corazón, con la fría pasión de la causa revolucionaria, «los sentimientos acomodaticios y enervantes de la familia, la amistad, el amor, la gratitud, el honor incluso», y «noche y día su único pensamiento, su meta invariable debe ser… la destrucción despiadada».

En vista de ello, no puede extrañar a nadie que en nuestros días el mencionado Catecismo haya sido leído con entusiasmo y reeditado por el grupo La Pantera Negra.

En cuanto el folleto apareció, los marxistas no tardaron en aprovecharlo como pieza de convicción dentro de su campaña antibakuninista.

Carr, cuyas simpatías por el marxismo corren parejas con su falta de comprensión y de simpatía por Bakunin, está convencido de que el Catecismo fue escrito por éste y que a pesar del desmentido de los anarquistas, en la controversia subsiguiente «el fallo ha sido favorable a los marxistas». He aquí sus argumentos:

«Es poco probable que Bakunin, que era un consumado autor de folletos, dejase en manos de un estudiante inexperto la exposición de sus ideas. La evidencia intrínseca de ello es además, concluyente. Los libelos están salpicados de efectos estilísticos y de juegos de palabras característicos de Bakunin («el revolucionario sin palabrería», «la ocasión está al alcance de la mano», etc.). 

El Catecismo revolucionario es un típico ejemplo de una de las formas de composición favoritas de Bakunin. Incluso en el folleto firmado con el nombre de Nechaev se nota su huella, porque en él aparece citado en alemán su favorito proverbio hegeliano de los tiempos de su juventud: «Lo que es racional es real; lo que es real es racional«. Y es muy dudoso que Nechaev conociera la filosofía de Hegel ni que entendiese el alemán» (op. cit. p. 408).

 

Si Bakunin no hubiera dejado en manos de Nechaev «estudiante inexperto» la exposición de las ideas sobre la revolución, éste no habría escrito ningún folleto sobre el tema, y sabemos positivamente que sí lo hizo. La evidencia intrínseca, contrariamente a lo que opina Carr está lejos de ser concluyente. El hecho de que en esos folletos aparezcan recursos estilísticos característicos de Bakunin puede significar que Nechaev estaba tan influido por él como para reproducir no sólo sus ideas sino también su modo peculiar de expresarlas.

El Catecismo, por lo demás, no es sólo una de las formas de composición favoritas de Bakunin sino también una de las formas de composición más usuales en la literatura doctrinaria (política, religiosa, etc.) de la época. El hecho de que en la obra se cite el famoso principio, «lo que es racional es real, lo que es real es racional», no significa ninguna especial versación en la filosofía de Hegel, ya que el mismo era ya un lugar común en la literatura filosófica y política de la época.

No es extraño que un marxista como B.P. Kozmin haya atribuido el Catecismo a Bakunin, ya que con ello pretendía desprestigiar al enemigo de Marx. Más raro resulta, en cambio, que también se lo atribuya Nettlau, gran admirador de Bakunin.

En efecto, si las razones internas de carácter estilístico con que se pretende demostrar que Bakunin fue el autor del famoso Catecismo no tienen valor, razones externas hay para demostrar por el contrario, sin dejar lugar a dudas, que no lo fue.

 

Si las razones internas de carácter estilístico con que se pretende demostrar que Bakunin fue el autor del famoso Catecismo no tienen valor, razones externas hay para demostrar por el contrario, sin dejar lugar a dudas, que no lo fue

 

Por una parte, Confino ha puesto de manifiesto, en un preciso análisis comparativo, que este Catecismo del revolucionario tiene un estilo y un lenguaje totalmente diferente del Catecismo revolucionario que Bakunin compuso en 1866.

Por otra parte –y esto es lo realmente decisivo– el mismo Confino ha publicado hace unos años (1966) una carta inédita de Bakunin a Nechaev (hallada en la Biblioteca Nacional de París) en la que aquél condena lo que denomina «tu catecismo» y rechaza taxativamente su concepción revolucionaria, que califica de «sistema jesuítico» (el fin justifica los medios) (Cfr. Avrich, op. cit., pp. 13-14).

 

No cabe hoy, por tanto, duda alguna al respecto: el famoso Catecismo, antianarquista por jacobino y por amoral, no fue escrito por Bakunin, sino por su ocasional socio Nechaev.

 

No cabe hoy, por tanto, duda alguna al respecto: el famoso Catecismo, antianarquista por jacobino y por amoral, no fue escrito por Bakunin, sino por su ocasional socio Nechaev.

Éste, al volver a Rusia, puso en práctica inmediatamente las ideas del Catecismo y comenzó a valerse del engaño, del chantaje, del terror, de todos los medios inmorales allí propiciados, a través de la sociedad secreta que fundó, La justicia del pueblo. Con la complicidad de algunos de los miembros de esta sociedad llegó hasta asesinar a un honesto estudiante de agronomía, enteramente dedicado a la causa popular, por el solo delito de haber cuestionado su omnímoda autoridad. Este hecho parece suficiente para demostrar que, si alguna ideología era ajena por completo a Nechaev, era precisamente el anarquismo, que no puede reconocer autoridad omnímoda ninguna ni como fin ni como medio.

Dostoievski retrata a Nechaev en el personaje del loco nihilista Verkhovenski, en su novela Los endemoniados. Nechaev consiguió escapar, aunque muchos de sus compañeros fueron apresados y condenados a severas penas. Llegó nuevamente a Suiza. Pero allí sus relaciones con Bakunin empeoraron pronto hasta llegar a una verdadera y franca ruptura. En una importante carta, fechada el 2 de junio de 1870, Bakunin reprocha a Nechaev su falta de sinceridad para con él; se opone terminantemente a sus posiciones jacobinas y blanquistas; rechaza su amoralismo y opina que, en el fondo, no está haciendo otra cosa sino preparando una nueva opresión y una nueva explotación para el pueblo; le exhorta, en fin a renunciar a un jesuitismo que considera fatal para la causa revolucionaria. En verdad, como anota Guillaume, Bakunin «había sido víctima de su confianza demasiado grande, y de la admiración que le había inspirado al comienzo la energía salvaje de Nechaev».

A partir de 1870, Bakunin no vio más a Nechaev. Éste vivió un tiempo en Londres, regresó luego a Suiza, donde la policía lo entregó a los agentes del zar. Trasladado a Rusia y juzgado en Moscú, a comienzos de 1873, fue encerrado en la célebre fortaleza de Pedro y Pablo. Allí murió diez años más tarde: el 21 de diciembre de 1882, carcomido por la tisis.

Nechaev fue el prototipo del revolucionario amoral, para el cual no sólo se justifica la violencia sino también cualquier recurso, por vil y repugnante que sea, para lograr los fines de la revolución. Su posición distó mucho hasta de las ideas de Johann Most, el autor de la Revolutionäre Kriegswissenschaft.

No se le puede negar una gran energía, una apasionada constancia y una dedicación absoluta a la causa que había abrazado. Pero es evidente que sus ideas y actitudes tienen muy poco que ver con el anarquismo.

Kropotkin y Malatesta rechazaron en su tiempo con toda energía, en nombre del ideal anarquista, actitudes análogas a las suyas.

El mismo Bakunin, que lo acogió con gran entusiasmo y simpatía y que aún después de la ruptura con él jamás dejó de reconocer su coraje y su fuerza revolucionaria, advirtió a tiempo la incompatibilidad de su jesuitismo (el fin justifica los medios) con el anarquismo y el socialismo.

 

Bakunin advirtió a tiempo la incompatibilidad de su jesuitismo (el fin justifica los medios) con el anarquismo y el socialismo

 

Si algo ha caracterizado siempre a todos los grandes pensadores anarquistas, y no sólo a Godwin y Proudhon, a Kropotkin y a Malatesta, a Rocker y a Landauer, sino también al mismo Bakunin (pese a su pasión por la destrucción) es un radical moralismo.

Nada más ajeno al anarquismo que la idea de que todos los medios quedan santificados por la santidad del fin. Por el contrario, una buena parte del esfuerzo intelectual de los anarquistas se ha empleado en demostrar, contra los bolcheviques, por ejemplo, que la perversidad de los medios pervierte el fin y que los ideales mismos de la revolución se pudren y corrompen cuando se aspira a concretarlos por medios podridos y corruptos.

De hecho, pese a su ocasional amistad con Bakunin, Nechaev estaba más cerca de los jacobinos y de los blanquistas que del anarquismo.

 

El proceso de Babeuf (Anónimo)

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