CAMBIAR TODO PARA QUE NADA CAMBIE
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En la noche del pasado lunes hemos vuelto a sentir el dolor de las catástrofes. Sólo que, esta, fue una catástrofe anunciada. Me trevo a afirmar que se debe a un deficiente -y prolongado- mantenimiento de las infraestructuras, ferroviarias en este caso.
Hoy sabemos que es en el mantenimiento dónde se producen constantes, ya no denuncias, sino condenas -siempre tardías- por muy variados Delitos (Delitos contra las Administraciones Públicas, Prevaricaciones administrativas, cohechos, Malversaciones, Tráfico de influencias, Negociaciones prohibidas, Delitos contra los Consumidores, contra el Mercado, y tantos otros más, como ya no es posible fingir ignorar) cuyos hechos afectan, en la generalidad de los casos, a materias tales como el fraude en la Contratación Pública o el otorgamiento de Concesiones Administrativas fraudulentas, con sus fraudulentas subcontrataciones de incompetentes afines.
Y, desde siempre, sabemos -o deberíamos de saber- que es en el mantenimiento de las infraestructuras dónde se da una mayor facilidad para la defraudación de Dinero Público, un enorme sumidero que engulle Fondos Públicos, dinero «que no es de nadie«, pero pagamos todos.
En el mantenimiento de las infraestructuras existe siempre un desacoplamiento entre el tiempo en que se produce la falta de inversión -que es a la vez, histórica y actual-, y el momento de las tragedias, en que se producirán los efectos, futuros y ciertos. Las deficiencias pasan inadvertidas, y sus vicios permanecen ocultos hasta que tiene lugar una tragedia imposible de ocultar.
¿Qué cabe esperar tras estas terribles muertes y lesiones? Impunidad, prescripción y, quizás alguna cabeza de turco con la que entretener a los adictos a la «actualidad» mediático-político-judicial. Y, luego, el olvido. Hasta la siguiente. Lo ya habitual. Que no mejora por sí mismo; con el paso del tiempo, el vicio oculto se agrava.

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CAMBIAR TODO PARA QUE NADA CAMBIE
El fin del sistema de partidos
La candidatura de Emmanuel Macron a la presidencia de Francia no busca crear un nuevo partido, algo como los demócratas ante los republicanos, como en Estados Unidos.
Lo que se busca es más bien crear lo que pudiéramos llamar un “movimientismo” sin objetivos definidos pero que permita preservar los intereses de la clase dirigente.
El partido francés de nueva creación, En marche!, trata de que los electores “marchen” hacia la disolución de la República Francesa en la globalización consumista.
Por Jean-Claude Paye, 2017
RED VOLTAIRE | BRUSELAS (BÉLGICA)
Emmanuel Macron o la “revolución” del agua tibia
La declaración de Emmanuel Macron presentándose como el candidato «antisistema» sorprendió a los franceses dado que Macron fue secretario general adjunto de la presidencia de la República, en 2012, y posteriormente ministro de Economía, Industria y Sector Numérico en el gobierno de Manuel Valls, en 2014. Y si dimitió de ese cargo de ministro fue sólo para poder actuar libremente y presentarse como candidato en la elección presidencial.
Esta autodesignación de Macron nos dice algo muy importante sobre la evolución de la estructura política. Es evidente que Macron se separa del régimen de los partidos políticos como modo de gobierno del país. Pero la adopción de esa posición hacia los partidos ya constituidos no lo convierte en candidato antisistema porque el «sistema» que se instala no es ya un sistema de partidos sino una forma de gobierno político directo ejercida sobre los Estados nacionales por los actores políticos dominantes y las estructuras políticas internacionales.
Lo cierto es que la intervención de lo que ha dado en llamarse «antisistema» se impone cada vez más en el desarrollo de las elecciones francesas. Se repite el escenario que inició Francois Hollande: una candidatura que al principio parece prematura y la posterior eliminación de su competidor, Dominique Strauss-Kahn, frente al cual [Hollande] no habría tenido ninguna posibilidad de ganar.
En el caso actual es el candidato de la derecha, Francois Fillon –inicialmente gran favorito a la elección presidencial– quien ve su enorme éxito súbitamente afectado por un escándalo desatado a partir de un caso de empleo presuntamente ficticio que duró décadas y que al parecer acaba de descubrirse ahora.
Tanto en este último caso como en el de Strauss-Kahn, las intervenciones de último minuto destinadas a defender la moral y las buenas costumbres –liquidando de paso al político– vuelven a poner en posición ventajosa a candidatos que no tienen ninguna intención de separarse ni un pelo de la política imperial. Los que se benefician con esos hechos aparentemente fortuitos son precisamente los candidatos más maleables. En el caso de Macron se trata incluso de un candidato perfectamente “líquido”, enteramente fabricado por los medios. El «antisistema» se ve así, ante todo, como una restructuración, realizada desde arriba, de la representación política.
Liquidación programada del Partido Socialista
El posicionamiento de Macron como candidato es parte de una fuerte tendencia, especialmente visible en el seno del Partido Socialista [de Francia] (PS): la tendencia a la auto-implosión. La candidatura de Macron, planteada desde el exterior de ese partido es sólo la más reciente de una serie de hechos que evidencian una voluntad interna de liquidación de esa formación política. El propio Francois Hollande ya decía en 2015:
«Hace falta un acto de liquidación. Hace falta un harakiri. Hay que liquidar el PS para crear el partido del Progreso.»
El primer ministro Manuel Valls también se presentó como partidario de un «frente republicano», de una fusión de listas electorales al nivel de las primarias en las circunscripciones donde el Frente Nacional tuviese posibilidades de ganar [1]. No es por tanto sorprendente su última declaración de que votaría por Emmanuel Macron para cerrarle el camino a la extrema derecha.
Como invitado de Matteo Renzi en la Festa de l’Unita, Manuel Valls declaró también: «No hay alternativa del lado de la izquierda. La única otra posibilidad es el Frente Nacional. Eso es lo único que deben tener en mente todos los socialistas.». Y, ante las cámaras de BFM-TV dijo: «Cada cual tiene que decirse a sí mismo: ¿Hay una política alternativa a lo que hacemos? Sí, la hay, es lo que propone la extrema derecha.»
La organización de la legitimación [de Macron] se basa en la demonización de un partido político: el Frente Nacional, que sin embargo se ha convertido en un partido similar a los demás desde su aggiornamento como partido fascista al de órgano del «mejor de los mundos». El programa ha dejado de tener importancia. Sólo cuenta la capacidad, autoproclamada y autentificada por los medios, de impedir que el Frente Nacional llegue al poder. Macron se inscribe en esa línea política, constituye su apogeo. Esta hipostasia le garantiza su legitimidad y resta toda credibilidad a cualquier otra candidatura.
El fin del sistema de los partidos
La tendencia a la desaparición del sistema de los partidos, especialmente evidente en lo que concierne al PS, puede verse también del lado del partido republicano, aunque el proceso de descomposición parece allí menos avanzado y ha necesitado ayuda externa, a través del oportuno «escándalo» Fillon. A pesar de todo, es un proceso ya bastante adelantado, como lo demuestra el sistema de las «primarias».
Ya no son los militantes de un partido quienes designan al candidato de su formación política. Cualquiera puede participar en ese proceso, incluso los miembros de un partido adversario. El designado ya no es candidato de un partido sino un candidato del conjunto de los franceses, incluyendo a sus propios adversarios. Ya no son las organizaciones las que se enfrentan sino simples personalidades, que ni siquiera defienden un programa sino que sólo cuentan con una imagen fabricada por los medios de difusión. Del enfrentamiento de ideas pasamos a la competición de las imágenes.
Nos encontramos ante una nueva configuración de la «escena política», del espacio de la representación política. Pasamos de un sistema organizado alrededor de un partido de masas dominante o de una estructura binaria de dos organizaciones «alternativas», izquierda y derecha, a un modo de gobierno que abandona el sistema de los partidos y que, tanto en los hechos como en materia de lenguaje, rechaza la política.
Una crisis de representación partidaria no es un fenómeno único en el paisaje político francés. Existen varias referencias históricas, como la del bonapartismo que instauró el Segundo Imperio o, más recientemente, la creación de la Quinta República, en 1958, por el general De Gaulle. Pero el problema actual es diferente. Los dos ejemplos que acabamos de citar tienen que ver con algo que forzó esa situación por causas externas ante el aparato legislativo. Hoy en día lo que estamos viendo es un proceso interno de autodesmantelamiento del conjunto de la estructura del Estado.
Si bien la crisis de representatividad de los partidos condujo en el pasado a un eficaz fortalecimiento del Ejecutivo, hoy en día el aumento de sus prerrogativas conduce a un acrecentamiento puramente formal de poder porque [el Ejecutivo] ya no trabaja por su cuenta sino para organizaciones supranacionales, para estructuras que fungen como intermediarias del Imperio, como la Unión Europea, el Consejo de Europa y la OTAN. El aparato ejecutivo nacional, en su constante violación de las prerrogativas del Parlamento, aparece como un simple repetidor. En esas circunstancias, ya no basta con hablar de crisis de representatividad de los partidos políticos. Ya no se trata de un hecho vinculado a una coyuntura política particular sino de un acontecimiento de tipo estructural.
Supremacía de la imagen
El fenómeno de la candidatura Macron es revelador de una mutación en el ejercicio del poder del Estado, que es el final de toda mediación con la sociedad civil. Los diferentes lobbys toman el lugar de los partidos. Las grandes empresas tienen la capacidad de defender directamente sus propios intereses en contra de la gran mayoría de la población, sin que la decisión tomada tenga que asumir la apariencia de una defensa del interés colectivo.
En otras palabras, la clase económica y políticamente dominante se convierte también en clase reinante, en la clase que ocupa la primera línea del «escenario político», del espacio de legitimación. La clase dominante maneja directamente sus intereses y promueve abiertamente a sus candidatos. El proceso de legitimación de este procedimiento ya no tiene nada que ver con la representación sino con el marketing ya que la escena política se confunde con la de los medios.
La candidatura Macron es entonces el síntoma de una sociedad capitalista avanzada, donde las relaciones sociales se han transformado por completo en relaciones entre cosas, entre mercancías. Las divergencias que expresan los diferentes candidatos se reducen a una competencia en materia de imágenes, a la competencia entre mercancías. Macron se sitúa así fuera del lenguaje. Cada cual puede entender lo que quiera en lo que dice Macron. Ni siquiera nos pide que estemos de acuerdo con su discurso sino que miremos su imagen y la adoptemos.
Ya no hay espacio para la política y el enfrentamiento entre puntos de vista divergentes sino una renuncia a la vida privada y pública para adaptarse a los constantes cambios de las relaciones de producción y el incremento de la fluidez de las fuerzas productivas, o sea a las exigencias, cada vez mayores, de la rentabilidad del capital.
En marche! nos lleva hacia una «sociedad moderna líquida»
Como un inventario al estilo de Prevert no constituye un programa, nada queda precisado. En nombre de la necesaria adaptación a la «modernidad», se promueve la propensión a aceptarlo todo, a renunciar a todo progreso social. Se abren así todas las expectativas a los promotores de esta nueva situación ya que no se define a priori ningún límite a sus futuras exigencias.
Macron se inscribe en una ideología de la «sociedad moderna líquida», como la entendió el sociólogo Zygmunt Bauman, la sociedad del cambio permanente para adaptarse a la fluidez de las cosas. La ausencia de coherencia interna del «programa» se presenta así como algo positivo, como una posibilidad de constante adaptabilidad, como una fluidez a priori preexistente en la conciencia de las cosas, que debe permitir integrar cualquier mutación.
Realizada bajo el mandato de Hollande, la reforma del Código Laboral es la condición previa para concretar la adaptabilidad permanente de los trabajadores a las exigencias de los patrones. Emmanuel Macron no sólo se inscribe en la continuidad de la acción del presidente saliente sino que incluso la magnifica, dándole con ello su verdadera dimensión, la de «sociedad líquida», que se caracteriza por la ausencia de proyectos precisos y por gobernar pragmáticamente.
Esa manera de gobernar sólo puede reservar todavía más espacio a los «expertos», reforzando la tendencia ya extremadamente fuerte a manejar los asuntos públicos mediante decretos y al empleo del artículo 49-3 de la Constitución francesa [2], ya ampliamente utilizado bajo la presidencia de Hollande.
De hecho, no hay alternativa, lo supuestamente situado «fuera del sistema» se limita a una reclamada capacidad de adaptabilidad a toda mutación social, sea cual sea esa mutación. La fluidez se refleja en el nombre mismo de su movimiento, «En marche!», una orden que ni siquiera precisa a quién se dirige pero que en todo caso nos advierte que tenemos que renunciar a toda forma de resistencia ante la máquina económico-política.
[1] El Frente Nacional, o FN, es el partido de la también candidata a la presidencia Marine Le Pen, clasificado como de extrema derecha. Nota de la Red Voltaire.
[2] El artículo 49 acápite 3 de la Constitución de Francia permite al gobierno imponer un texto sin someterlo a la votación de los parlamentarios. Sólo queda entonces a la oposición la posibilidad puramente formal de presentar una moción de censura, con pocas posibilidades de que esta prospere.

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POPULISMO: EL FRENTE DEL HOMBRE CUALQUIERA
GIANNINI, EL ABUELO POLÍTICO DE BEPPE GRILLO

¿HASTA QUÉ PUNTO BEPPE GRILLO ES UN FENÓMENO NUEVO EN LA POLÍTICA ITALIANA? El líder del Movimento 5 stelle [Movimiento 5 estrellas, M5S] (que obtuvo casi un tercio de votos en las elecciones del pasado 24-25 de febrero) ha centrado los focos mediáticos tras las elecciones italianas y su populismo netamente “antipolítico” ha causado gran sorpresa, notablemente por su lenguaje descarnado.
Así, cuando sus diputados -los grillini– negociaron un fallido acuerdo con Bersani, Grillo, explicó La Vanguardia (28/III/2013)–
“metió a todos los líderes políticos rivales en el mismo saco, calificándolos de ‘padres puteros’ que llevan años gobernando a expensas de la gente, sobre todo de los jóvenes. Esos ‘hijos de padre desconocido’ que han criado, que no tienen trabajo, ni casa, ni futuro, ‘los mandarán a todos a casa, de una forma u otra’.
Acusó a esos políticos de llevar veinte años
“dándonos por el culo y no tienen el pudor de quitar los cojones de manera espontánea”.
Giannini en un acto público de l’Uomo Qualunque.
¿Estamos ante una realidad novedosa de la política italiana ante este lenguaje descarnado y vulgar y los posicionamientos nihilistas del dirigente del M5S? Aunque en este blog ya hemos abordado el tema del M5S en algunas entradas (1 y 2) en esta ocasión nos interesa centrarnos en un antecedente histórico del grillismo: el llamado qualunquismo que lideró un comediógrafo y periodista italiano, Guglielmo Giannini (1891-1960).
Giannini, el antecedente de Grillo
Consideramos que el éxito del M5S en las elecciones italianas ha plasmado el ascenso de un populismo antiestablishment.
Ello no conforma un hecho aislado y, por ejemplo, en Francia, el líder de la coalición Front de Gauche [Frente de Izquierda] Jean-Luc Mélenchon empleó el lema “Que se vayan todos!”.
Si nos pedimos cuál es el punto de partida de este fenómeno, sus antecedentes primigenios hay que buscarlos en el qualunquismo italiano y el poujadismo francés.
A continuación nos interesa centrarnos en el primero. El término qualunquismo alude al Fronte dell’Uomo Qualunque [Frente del Hombre Cualquiera] (UQ), que conformó “un partido contra todos los partidos”.
Lo fundó el mencionado Giannini a finales del 1944 en la zona liberada de Italia. Cobró fama con el rotativo Uomo Qualunque, que pasó de 80.000 ejemplares a 850.000 el 1945, que Giannini definió así:
“Este es el diario del hombre cualquiera, harto de todo el mundo, el único deseo ardiente del cual es que nadie le toque las narices”.
Resumió el ideario en el explícito eslogan “Abbasso tutti” [Abajo todos]. Carente de programa, lanzó virulentas diatribas contra el Estado, la fiscalidad y la democracia.

Giannini denunció excesos en la depuración de exfascistas y criticó a los políticos profesionales alejados del “pueblo”. En 1946 el UQ logró el 5% de los votos (1.210.000 sufragios) y 30 escaños. Posteriormente exploró alianzas políticas y después de las elecciones del 1948 (a las cuales se unió el Partido Liberal) conoció un rápido declive.
La descripción de la UQ que el politólogo Marco Tarchi ha hecho en su sugerente estudio L’Italia populista (2003) recuerda los populismos actuales. Considera que el qualunquismo se presentó
“como la voz de la gente común, excluida del reparto del poder, irritada contra los políticos ‘ávidos y corruptos’, indiferente a las ideologías en las cuales ve tanto la cobertura de las ambiciones de dominio de las élites, escéptica frente a cualquier programa y desconfiada de las prometidas electorales, de las cuales prevé su sistemática traición por parte de los electos”.
Se mostró adverso
“tanto al fascismo como al antifascismo, a la derecha monárquica, clerical o conservadora como la izquierda republicana, socialista o comunista”, señalando “la distancia insalvable entre el pueblo […] y los políticos profesionales”.
En suma, antes del ascenso al firmamento político italiano de Grillo, lo hizo Giannini con un populismo antiestablishment igualmente vibrante y directo en la época. Véase una comparación entre ambos en italiano clicando aquí.
* Hemos reconstruido la trayectoria de Giannini en un artículo dedicado a los primeros modernos populistas europeos, Giannini y Pierre Poujade, publicado en el diario catalán Ara (2/III/2013), del que este perfil de Giannini forma parte. Puede accederse a su lectura previo registro clicando aquí.

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El Beppe Grillo de la posguerra
Decía Marx, parafraseando a Hegel, eso de que la historia tiende a repetirse, la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. Aunque cuando lo decía Marx todavía no sonaba a frase de repertorio para tertulianos pedantes.
En Italia, sin embargo, habría que reformular ligeramente esta regla, porque la historia se repite, cierto, pero a menudo aparece primero como farsa, para repetirse después de nuevo como farsa. Y lo decimos sin la connotación negativa que Marx —alemán al fin y al cabo— imprimía al término.
Tomemos a Beppe Grillo, por ejemplo. La suya es una historia que desde la España del consenso, el pacto y la cultura de la transición parece marciana: un cómico famoso que abre un blog, arrastra millones de lectores, y después crea un partido que pone en jaque a todo el mainstream político. Algo sin precedentes, dirán ustedes. Pues no.
En Italia todo tiene un precedente más o menos pintoresco. En este caso se trata de un comediógrafo y periodista, llamado Guglielmo Giannini, que a mediados de los 40 fundó el —hasta hoy— más impresionante y fugaz meteoro político de la historia republicana italiana, el Frente del Hombre Cualquiera.
Nos encontramos a finales de 1944, en Italia quedan por delante todavía cinco meses de guerra. 15 meses antes, con la caída de Mussolini primero y del fascismo después, Italia había cambiado de bando en plena guerra.
En el norte del país el ejército angloamericano y las brigadas partisanas continuaban combatiendo contra los alemanes en retirada y los residuos del antiguo régimen coagulados en torno a la República Social Italiana de Mussolini. Mientras tanto, Roma, que había sido liberada en junio, intentaba inventarse una nueva normalidad, después de 20 años de fascismo y cuatro de guerra.
Una explosión de nuevas publicaciones nacía con la recién reencontrada (y todavía parcial) libertad de prensa. En este contexto aparece, el 27 de diciembre de 1944, el primer número de un semanario llamado El Hombre Cualquiera. El éxito es inmediato: 10.000 copias del semanal llegan a las calles y se agotan en cuestión de horas. En los días siguientes el editor se ve obligado a sacar ediciones sucesivas hasta llegar a los 80.000 ejemplares.
El Hombre Cualquiera llegará a vender al cabo de pocos meses 800.000 ejemplares. El fundador y director de este fenómeno editorial, que se acabará convirtiendo como veremos en un fenómeno político, es Guglielmo Giannini, personaje singular y excéntrico: conocido sobre todo como autor y director teatral de obras ligeras, periodista especializado en crónica mundana e incluso letrista de cancioncillas populares.
Jamás se había ocupado de política y por lo demás no se le conocía ideología alguna, si dejamos aparte ese fondo anarcoide tan típicamente italiano. Y sin embargo, el fulminante éxito de El Hombre Cualquiera demuestra que supo llegar con fuerza a esa mayoría silenciosa y políticamente abúlica (“que se había opuesto silenciosamente al fascismo”, decía Giannini con cierta benevolencia), exasperada por la miseria de la guerra, que rechazaba el nuevo sistema democrático y partidista como un cuerpo extraño, considerándolo parte del problema y no de la solución.
Desde el primer número de El Hombre Común queda claro que Giannini no ha venido para hacer amigos entre la nueva clase política. En portada aparece una viñeta que es ya un manifiesto: en una pared en la que se lee “Abajo Hitler”, “Abajo Mussolini” y se leen vivas al dirigente comunista Togliatti y al futuro primer ministro democristiano De Gasperi, un hombre anónimo escribe, simple y llanamente, “Abajo todos”.
Por si pudieran caber dudas sobre la línea del nuevo semanario, el mismo Giannini escribe en el editorial de ese primer número:
“Todos [los partidos políticos] prometen generosamente libertad, prosperidad y justicia […]. En realidad asistimos al espectáculo innoble de un arribismo desvergonzado, al bullicio de una gusanera de ambiciones, a una pelea feroz por la conquista de puestos de poder y de prebendas, desde los que poder lucrarse cómodamente”.
Y acaba el editorial con un vibrante alegato contra toda la (entonces nueva) clase política:
“Desde hace más de medio siglo se vive en nuestro país una vida infernal a causa de la envidia entre políticos profesionales. Revueltas, atentados, huelgas, agitaciones, inflación, intervencionismo, crisis de posguerra, especulación con la crisis, fascismo, antifascismo, dictadura, guerras para consolidar la dictadura, catástrofe para librarnos de ella.
Estas son, para todos los italianos, las consecuencias de una rabiosa pelea entre 10.000 politicantes.”
Un discurso que en la Italia herida de aquellos años muchos estaban dispuestos a comprar. Y es que Giannini fue el genial creador de la retórica, tan en boga también en nuestros días, de “la sociedad civil”: un ente idealizado, depositario de la virtud popular, contrapuesta a los políticos, un cuerpo homogéneo en su vileza, en el que es inútil intentar encontrar diferencias entre unos y otros.
Precisamente este ha sido el núcleo del discurso de Beppe Grillo, que desde que apareciera en los márgenes de la política italiana allá por 2007, ha sido siempre tachado de “qualunquista” (que podríamos traducir como “cualquierista”) en referencia al nombre en italiano del movimiento de Giannini, el Fronte dell’Uomo Qualunque. Un término que los enemigos de Grillo siempre han usado con afán denigratorio, pero que no carece en absoluto de fundamento.
Analizándolos, el discurso y la trayectoria de Beppe Grillo parecen un remake con ambientación futurista de los de Giannini. Ambos atacaron desde un espacio mediático nuevo un sistema político en grave crisis de legitimidad. Giannini desde su popular semanal, Grillo desde su blog (que desde 2005 encabeza la lista de los blogs más leídos de Italia y se encuentra entre los diez más influyentes del mundo según Forbes).
Pero sobre todo se parecen porque los dos aprovecharon su éxito mediático para marchar sobre el palacio de la política institucional.
Ambos decidieron organizar políticamente la musculosa corriente de opinión que habían aglutinado y encabezar esa “sociedad civil”, que ambos imaginaron libre de conflictos y homogénea, sin contraposiciones de clase ni relaciones de poder (“no es una entidad única, está formada por individuos, (…) personas con sentido común, buen corazón y buena fe, gente normal, honrada trabajadora y pacífica”, escribía Giannini), en su cruzada contra los políticos.
Giannini anticipó el discurso de Grillo incluso en su tecnoutopismo, en la idea de que el progreso había convertido la democracia representativa en una tecnología obsoleta.
En 1944 Giannini escribía:
“el progreso técnico y científico ya permite a los hombres prescindir de los políticos y ver con claridad lo que es útil para la colectividad. Solo las ideologías, instrumento de los politicantes, esconden la evidencia: la multitud de hoy ya no es una rebaño de desorientados que necesitaba a Prometeo para encender el fuego”.
Unas palabras que recuerdan a las de Grillo cuando explica la nueva democracia digital y postideológica:
“Para qué quieres un político que te represente. Si yo, con un click, puedo decidir si hacer o no hacer la guerra, si hay que salir de la OTAN, si queremos que nos manden en nuestra propia casa o si hay que conservar la soberanía monetaria”.
Internet ha dado a Beppe Grillo lo que le faltó Giannini: la tecnología a través de la cual “el hombre cualquiera” podrá reconquistar, con un click, el poder usurpado por los políticos profesionales.
Porque idealmente, en el “qualunquismo” 2.0 de Beppe Grillo, el político tal y como lo conocemos desaparece. Deja de ser un representante de sus electores, para convertirse, usando su terminología, en un “terminal” de la “inteligencia colectiva de la Red”, cuya función dentro de las instituciones es recoger información, que la Red, a su vez, procesará y convertirá en un decisión que el terminal ejecutará.
Y sin embargo, a pesar de la retórica hiperdemocrática, de esta exaltación de la normalidad del hombre cualquiera, si los movimientos de Grillo y Giannini lograron, como veremos, resultados electorales tan extraordinarios, fue en gran parte gracias al nada ordinario carisma de sus dos líderes.
Lejos de quererse confundir en la multitud de hombres cualquiera, Grillo y Giannini usan su sentido del espectáculo, exhiben su excentricidad y su diferencia respecto a los grises políticos tradicionales. Porque lo peor que puede ocurrirle a un antipolítico es parecer un político. De esta manera usan un lenguaje hiperbólico e irreverente, se mofan de los políticos y sus liturgias.
En una ocasión Giannini amenazó con cantar canciones napolitanas en el Parlamento para protestar contra el excesivo formalismo; en sus mítines Grillo, después de gritar, sudar y gesticular como un loco, deja que el público lo levante en vilo y lo transporte como una estrella del punk.
Pero si Grillo ha tardado cinco años en construir su entrada en la política nacional, desde que en 2007 organizara el mítico Vaffanculo Day, Giannini tardó solo unos pocos meses.
En agosto de 1945 anunció desde las páginas de El Hombre Cualquiera, que por aquel entonces ya vendía más de 700.000 copias, su intención de
“dar una estructura no únicamente periodística a la CORRIENTE DEL HOMBRE CUALQUIERA, que nuestro periódico no ha creado pero sí ha indudablemente revelado”.
Giannini exhortó a sus seguidores a crear organizaciones locales autónomas (versiones analógicas de los MeetUp con que se organizan los seguidores de Grillo). De esta forma el Frente del Hombre Cualquiera llega a las primeras elecciones, en junio de 1946, en las que obtuvo un buen resultado, alrededor del 5% de los votos. Pero eso fue solo el principio.
Si el gobierno de Mario Monti, apoyado por la práctica totalidad de los partidos del Parlamento, ha permitido a Grillo capitalizar el descontento popular al grito de “todos los políticos son iguales”, de igual forma el gobierno de concentración nacional que surgió de las elecciones de junio del 46, en el que convivían comunistas y democristianos, fue un regalo para Giannini.
En pocos meses, la popularidad del Frente del Hombre Cualquiera creció rápidamente, para dar la campanada definitiva en las elecciones municipales de otoño del 46: en Roma obtuvo más del 20% de los votos, superando a la todopoderosa Democracia Cristiana, e incluso se convirtió en el primer partido en otras grandes ciudades del sur como Bari, Catania, Foggia, Lecce, Messina, Palermo o Salerno.
Y hasta aquí, culminada la transformación de medio de comunicación en movimiento político, en el ápice del éxito político, con todo el mainstream político arrinconado por el inesperado outsider, podemos seguir la trayectoria paralela de los dos cómicos-políticos y sus organizaciones.
No es fácil predecir cómo acabará la experiencia del Movimiento 5 Stelle. Sí sabemos en cambio cómo terminó la del Frente del Hombre Cualquiera: acabó dilapidando en poco más de un año todo el capital electoral que en tan poco tiempo había acumulado.
Las disputas internas, la ausencia de una ideología compartida, la volubilidad política del mismo Giannini y sobre todo la previsible (¿es que no aprenden nunca?) división entre maximalistas y posibilistas acabaron por alejar a los electores.
Lejos de confirmar los excelentes resultados de otoño del 46, en las elecciones del año siguiente el Frente obtuvo poco más de un 3% de los votos. Solo entraron en el Parlamento nueve diputados que, antes de que se acabara la legislatura, se disgregaron por los diferentes partidos conservadores.
En las pocas semanas que han transcurrido desde su clamoroso éxito electoral, Grillo ya ha empezado a encontrarse con los mismos problemas con que se enfrentó Giannini: criticar a las instituciones desde las instituciones no es fácil.
La realidad política es más compleja y difícil de gestionar de lo que parecía desde la barrera. Queda por ver cómo acabará esta historia, si se trata de un remake de esos tan literales o si se han permitido cambiar el final.
POPULISMO: UN ANÁLISIS MARXISTA
Punto Crítico, 2017
El Populismo, como “Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares” (RAE), no existe como ideología, sino como estrategia de acceso al poder político.
Cómo acertadamente señaló el profesor Pérez-Tapias, “MENOS SOCIALISTA CUANTO MÁS POPULISTA”.
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El mencionado libro del señor Struve es una crítica sistemática del populismo, tomada esta palabra en su sentido amplio, como doctrina teórica que resuelve de un modo determinado todos los problemas sociológicos y económicos más importantes, y como «sistema de dogmas de economía política» (pág. VII). El solo planteamiento de esta tarea podría conferir al libro un gran interés; pero en este aspecto es todavía más importante el punto de vista desde el cual se hace la crítica. De ello nos dice el autor en el prefacio:
«Aunque comparte en algunas cuestiones fundamentales los conceptos que han quedado totalmente definidos en la literatura, él [el autor] no se considera en absoluto atado a la letra y al código de doctrina alguna. No se ha contagiado de ortodoxia» (IX).
Todo el contenido del libro evidencia que por esos «conceptos que han quedado totalmente definidos en la literatura», se sobrentiende las concepciones marxistas. Cabe preguntarse: ¿cuáles son las premisas «fundamentales» del marxismo que el autor admite y cuáles las que rechaza? ¿Por qué? ¿En qué medida? El autor no responde de manera directa a la pregunta. Por ello se hace necesario analizar en detalle el libro para establecer qué hay en él de marxista, cuáles tesis de la doctrina acepta el autor y en qué medida las sostiene de modo consecuente, así como cuáles tesis rechaza y qué resulta en estos casos.
El contenido de la obra es extraordinariamente diverso: en primer lugar, el autor expone el «método subjetivo en sociología», admitido por nuestros populistas, lo critica y le opone el «método del materialismo histórico-económico». Después hace la crítica económica del populismo basándose, en primer lugar, en la » experiencia de la humanidad» (pág. IX) y, en segundo lugar, en datos de la historia económica y de la realidad rusas. También se someten a crítica, al mismo tiempo, los dogmas de la economía política populista. Esta diversidad del contenido (completamente inevitable cuando se critica una de las más importantes tendencias de nuestro pensamiento social) determina la manera en que se efectúa nuestro análisis: seguiremos, paso a paso, la exposición del autor, deteniéndonos en cada uno de sus argumentos.
Pero antes de pasar al análisis del libro, creo necesario detenerme para dar una explicación previa. El objetivo que en el presente artículo se persigue es la crítica del libro del señor Struve desde el punto de vista de un hombre que «comparte» en todas (y no sólo en «algunas») «las cuestiones fundamentales, los conceptos que han quedado totalmente definidos en la literatura».
Esos conceptos fueron expuestos reiteradas veces, para criticarlos, en las páginas de la prensa liberal y populista, embrollándolos de manera monstruosa; es más, desvirtuándolos, adulterándolos con el hegelianismo, con la «creencia de que cada país debe pasar ineludiblemente por la fase del capitalismo» y con otros muchos disparates puramente de Nóvoie Vremia (revista Nuevos tiempos), y que nada tienen que ver con dichos puntos de vista.
Se desvirtuó sobre todo el aspecto práctico de la doctrina, su aplicación a las condiciones de Rusia. Nuestros liberales y nuestros populistas, que no quieren comprender que el punto de partida de la doctrina del marxismo ruso es un enfoque de la realidad rusa completamente distinto del que ellos sustentan, compararon esa doctrina con, su vieja idea de dicha realidad y llegaron a conclusiones que, además de ser completamente incongruentes, constituyen monstruosas acusaciones a los marxistas.
Por ello me parece imposible comenzar el análisis del libro del señor Struve sin fijar antes con toda nitidez mi actitud hacia el populismo. Es más, una comparación previa de los puntos de vista populista y marxista es necesaria para aclarar muchos pasajes del libro que estudiamos, ya que se limita a tratar el lado objetivo de la doctrina y deja casi totalmente a un lado las conclusiones prácticas.
Esa comparación nos permitirá ver qué puntos de partida comunes tienen el populismo y el marxismo, y en qué consiste su diferencia esencial. Para hacer la comparación conviene más tomar el viejo populismo ruso, ya que, en primer lugar, es incomparablemente superior al contemporáneo (representado por publicaciones como Russkoie Bogatbtvo) por su coherencia y claridad, y en segundo lugar porque brinda una imagen más completa de las mejores características del populismo, admitidos en algunos aspectos por el marxismo.
Tomemos una de esas “prafession de foi” del viejo populismo ruso y sigamos al autor paso a paso.
(…)
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