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ATLAS SHRUGGED, (película basada en «La rebelón de Atlas», de Ayn Rand, 1957): «Ya está de vuelta el peor Capitalismo, el del Estado Profundo»

ATLAS SHRUGGED: «Solo nos salva el Egoísmo» 

El peor Capitalismo (el representado por el Estado Profundo -«Silicon Valley»), regresa fortalecido; gracias a los ansiosos y desinformados «consumidores de medios», en realidad, «consumidores de propaganda».

¿Qué significa «RESILIENCIA»?

Significa IMPUNIDAD.

¿Cómo consiguen la Impunidad?

Gracias al «RELATO».

Y, ¿qué es el Relato?

Es la mentira repetida, que así se impone a los débiles mentales y a los Desinformados, sustituyendo la realidad (la verdad según Goebbels).

 

 

 

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La rebelión de Atlas

(Novela de Ayn Rand)

El blog salmón, 30 MARZO 2012

 

La rebelión de Atlas, Atlas Shrugged, es la obra más popular de Ayn Rand, fundadora del objetivismo. Se trata de una novela, la última de Rand antes de centrarse al ensayo, pero va más allá de ser una mera obra de ficción. En La rebelión de Atlas Rand expone los fundamentos de su corriente ideológica de un modo descarnado. Los distintos niveles de lectura del texto explican en buena medida su éxito, al que ha escapado en países como España. Curiosamente, Rand tenía pensado como título La huelga, lo que sin duda establece una curiosa conexión con los días que vivimos, especialmente con días como ayer.

La novela de Rand es una distopia: unos EEUU de un futuro cercano (al año en que se publico la obra) donde el peso del intervencionismo es cada vez mayor, conduciendo al país hacia su destrucción, lenta e inexorablemente. En ese marco se enfrentan dos clases de personajes: los empresarios, profesionales y artistas que no están dispuestos a ver como otros se apropian de su trabajo, y los saqueadores, empresarios, políticos y funcionarios que, esgrimiendo el bien común y el altruismo buscan justamente lo contrario.

Entre los primeros esta Dagny Taggart, heredera de los ferrocarriles Taggart, Rearden, un industrial del metal, y muchos más, destacando sobre ellos el misterioso John Galt. Entre los más destacados del segundo grupo el hermano de Dagny, James, su amigo Boyle, otro empresario corrupto o Wesley Mouch, el burócrata que se vende al mejor postor. Todos ellos luchan de una u otra manera, pero, misteriosamente los del primer grupo van desapareciendo, abandonando tras de si sus fabricas, sus bienes, sus familias. Y hasta ahí puedo leer.

La novela es una de mis favoritas, pero desde luego no por su calidad literaria. Hay quien la critica por ser excesivamente larga, por no tener ritmo, por momentos-calzador como el monologo de Galt, por el carácter plano de sus personajes, etc. Tienen su parte de razón. Mucha. Uno diría que con Rand se cumple eso de que uno tiende a reproducir de alguna manera aquello contra lo que lucha. Resulta difícil no comparar el estilo de rand con las obras del realismo socialista. La rebelión de Atlas vendría a ser un reflejo de las mismas, una suerte de realismo capitalista (y no sería en la vida de Rand el único supuesto en que ello ocurriese).

Sin embargo esto no es suficiente para empañar las virtudes de la obra. Si la misión del libro era popularizar sus ideas, hacerlas atractivas y accesibles para el gran público, lo cumplió con creces. A los que se ríen por su baja capacidad de anticipación por las alusiones a las lineas férreas o a otras derivadas tecnológicas de la obra, cabría recordarles pasajes del libro que son clavados a la crisis que estamos viviendo actualmente (pero que no deján de ser parte de un eterno retorno en el que vivimos, un maldito día de la marmota):

  • La Disposición antiperjuicio-propio: autorregulación voluntaria para evitar la competencia destructiva.
  • La Ley de Igualación de Oportunidades: una suerte de reforma agraria trasladada al mundo industrial, de redistribución empresarial, financiada con dinero público.
  • La ley de emergencia económica, que combinada con jueces populistas, obligaba a las entidades financieras a dar soporte a quien carecía de garantías.
  • Disposiciones que reducen la velocidad y longitud de los ferrocarriles ante la ausencia de recursos para mantenerlos.
  • Congelación de la obligación de los ferroviarios en el pago de sus empréstitos. Y posterior descongelación selectiva.
  • Incremento de los impuestos sobre los territorios con mayor dinamismo empresarial.

Hay frases, afirmaciones en boca de políticos y empresarios afines a los mismos, tremendamente similares a las que escuchamos todos los días. Y como ocurre hoy en día, cada acción del gobierno, cada intento del lobby público-empresarial por mantener su poder genera una nueva vía de agua, hasta que el colapso es inevitable. Rand dice que la contradicción, ese principio que impulsa el análisis marxista no existe, apuesta por el principio de identidad, por el A es A. Sea uno u otro, cada acción de los intervencionistas, de los saqueadores, implica una espiral de autodestrucción.

El Hombre es un fin en sí mismo, no el medio para los fines de otros. Debe existir por su propio esfuerzo, sin sacrificarse a otros ni sacrificar a otros para sí mismo. La búsqueda de su propio interés racional y de su propia felicidad es el más alto propósito moral de su vida

Si quieres ver una visión de la crisis como no la encontrarás en los periódicos, La rebelión de Atlas es tu libro. Si buscas una buena novela de ciencia ficción, mejor en otro lado.

 

Ayn Rand (1905-1982), la defensora del ultraindividualismo que es ídolo de la derecha más recalcitrante.

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Atlas Shrugger

(un guion para «La Gran Renuncia»)

La historia de La rebelión de Atlas presenta el conflicto de dos antagonistas fundamentales, dos escuelas opuestas de filosofía, o dos actitudes opuestas hacia la vida. Como forma breve de identificarlas, las llamaré el eje «razón-individualismo-capitalismo» versus el eje «misticismo-altruismo-colectivismo».
 
Ayn Rand — Conferencia en el Ford Hall forum de 1964
 
Si viese usted a Atlas, el gigante que sostiene al mundo sobre sus hombros, si usted viese que él estuviese de pie, con la sangre latiendo en su pecho, con sus rodillas doblándose, con sus brazos temblando, pero todavía intentando mantener al mundo en lo alto con sus últimas fuerzas, y cuanto mayor sea su esfuerzo, mayor es el peso que el mundo carga sobre sus hombros, ¿qué le diría usted que hiciese? […] Que se rebele.
 
Ayn Rand, Barcelona, 1961
 
PSICOSIS DE FORMACIÓN MASIVA. COVID-19: «Como los medios corporativos, generando ansiedad, han formado masas que les creen sin cuestionar»
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ATLAS SHRUGGED

«La rebelón de Atlas»

 «Pornografía barata para el lado más perverso del capitalismo» (Giles Fraser)

Parte 1

 

 

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Ficha técnica

Dirección: Paul Johansson
Guion: John Aglialoro, Brian Patrick O’Toole. Novela: Ayn Rand
Reparto: Taylor Schilling, Edi Gathegi, Paul Johansson, Patrick Fischler, Matthew Marsden, Grant Bowler, Michael O’Keefe, Jon Polito y Geoff Pierson.
Música: Elia Cmiral
Fotografía: Ross Berryman
Compañías: Atlas Productions
Género: Drama. Ciencia ficción | Distopía. Trenes / Metros. Cine independiente USA
Grupos: Atlas Shrugged
Sinopsis:
Una poderosa ejecutiva de ferrocarriles, Dagny Taggart, lucha para salvaguardar su negocio con vida mientras la sociedad se derrumba a su alrededor. Basada en la novela del mismo nombre escrita en 1957 por Ayn Rand. (FILMAFFINITY)

 

ATLAS SHRUGGED I

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ATLAS SHRUGGED

Una mala digestión, tras una mala lectura de Max Stirner; pero, sorprendentemente, un debate muy actual

Parte 2

 

 

 

«El Único y su Propiedad», por Max Stirner (1.844)

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Ficha técnica

Título original: Atlas Shrugged: Part II 

Año: 2012

Duración: 112 min.

País: Estados Unidos

Dirección: John Putch

Guion: Duke Sandefur, Brian Patrick O’Toole, Duncan Scott. Novela: Ayn Rand

Reparto: Samantha Mathis, Jason Beghe, Esai Morales, Patrick Fabian, Kim Rhodes, John Rubinstein, Paul McCrane, D.B. Sweeney, Richard T. Jones, Ray Wise y Robert Picardo.

Música: Chris Bacon

Fotografía: Ross Berryman

Compañías: Atlas 2 Productions, Cinema Vehicle Services

Género: Ciencia ficción. Drama | Distopía. Secuela. Cine independiente USA

Grupos: Atlas Shrugged

Sinopsis

Secuela de «La rebelión de Atlas: Parte I» (John Putch, 2011) (FILMAFFINITY)

 

ATLAS SHRUGGED II

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ATLAS SHRUGGED

Su riqueza procede, no de su superioridad, sino del expolio de los muchos, que permitió la riqueza de los muy pocos, condición del Capitalismo (que sustituye al Estado sin sustituir al Estado, ¿todo claro?)

Parte 3

 

 

 

Los Barones Ladrones

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Ficha técnica

Título original: Atlas Shrugged: Part III

Año: 2014

Duración: 99 min.

País: Estados Unidos

Dirección: James Manera

Guion: James Manera, Harmon Kaslow

Reparto: Eric Allan Kramer, Rob Morrow, Stephen Tobolowsky, Kristoffer Polaha, Mark Moses, Joaquim de Almeida, Laura Regan, Greg Germann y Lew Temple.

Música: Elia Cmiral

Fotografía: Gale Tattersall

Compañías: Atlas 3 Productions

Género: Ciencia ficción. Drama. Intriga | Distopía. Secuela. Cine independiente USA

Grupos: Atlas Shrugged

Sinopsis

Al límite del colapso, la situación económica del país empeora por momentos. Apoyándose en la creciente delincuencia y miedo, el gobierno continúa oprimiendo a los más productivos del país, que misteriosamente desaparecen. Un hombre tiene la respuesta. Una mujer se encuentra en su camino. Algunos no pararán hasta detenerlo, y otros para salvarlo. Él juró por su vida, otros juraron para encontrarlo. ¿Quién es John Galt? (FILMAFFINITY)

 

ATLAS SHRUGGED III

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ATLAS EN PUERTO RICO: Cómo Estados Unidos «se robó» Puerto Rico 

El expolio y la violencia (y un FBI muy «soviético») 

Johnny Harris

 

 

Vigilancia, sabotaje y ataques aéreos contra sus propios ciudadanos.

Esta es la historia de cómo EE. UU. robó y mantuvo su preciada colonia en el Caribe, Puerto Rico.

 

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La novela más famosa de la autora nacida en Rusia glorifica una huelga de empresarios

Ayn Rand y «La rebelión de Atlas»: el culto al ultraindividualismo que marcó a la derecha

La escritora fue recomendada por Mauricio Macri. También, Hugo Biolcati la mencionó en una entrevista. Los randianos insisten con la noción de que escribió el libro más influyente después de la Biblia.

La ultraindividualista Rand, pasó sus últimos años dependiendo de Medicare y la Seguridad Social, o sea que puso su salud en manos de entes públicos, sostenidos a través de la recaudación de impuestos.

Página 12, 31 MAYO 2023

Por Juan Pablo Csipka
 
La rebelión de Atlas, que Ayn Rand escribió entre 1945 y 1957, se publicó en 1957
 

Consultado sobre sus lecturas, Mauricio Macri, que no destaca por comentarios que resalten una cultura libresca, nombró en 2007 a una escritoria rusa exiliada en Estados Unidos y recomendó sus obras. El entonces jefe de Gobierno se fanatizó con Ayn Rand. Poco meses más tarde, Hugo Biolcati llegó a la presidencia de la Sociedad Rural Argentina tras la crisis de la 125 y en una entrevista mencionó como libro de cabecera a una novela de Rand, de lectura compartida con Macri, uno de quienes apoyó el paro de la Mesa de Enlace. La novela, de algo más de mil páginas, trata de un paro empresarial llevado hasta sus últimas consecuencias contra el intervencionismo: La rebelión de Atlas

Alisa Zinovievna Rosenbaum nació en San Petersburgo el 2 de febrero de 1905. Su familia se instaló en Crimea cuando llegó la Revolución. De vuelta en su ciudad natal, estudió filosofía e historia. Por esos años, y espantada del comunismo, escribió su primera novela, Los que vivimos, que pudo publicar en 1936 cuando ya estaba instalada en Estados Unidos y había adoptado el seudónimo de Ayn Rand. Había emigrado en 1925 y no regresó más a la Unión Soviética.

Trabajó en Hollywood y allí conoció a su marido, el actor Frank O´Connor. En 1938 apareció su segunda novela, Himno, donde comenzó a tomar forma su ultraindividualismo. El momento de éxito llegó en 1943 con El manantial. El protagonista es un arquitecto, Howard Roark, que se revela contra la burocracia y demuele un complejo de edificios que había diseñado. Llevado a juicio, su alegato se convirtió en el medio a través del cual Rand sentó las bases del objetivismo, como denominó a su filosofía personal.

El manantial se convirtió en un best seller y le dio fama a su autora. Fue llevada al cine en 1949. Para entonces, Rand estaba enfrascada en la escritura del que sería su libro más conocido

Conviene detenerse en el argumento de La rebelión de Atlas, aparecida en 1957. Un repaso a su trama permite comprender por qué, amén de cuestiones de copyright, no llegó al cine o a la televisión en pleno apogeo de las ideas más aproximadas a las de Rand, en los ’80. El hueco lo llenaron series como Dallas Dinastía. Dicho de otra manera: J. R. Ewing y Alexis Carrington tienen más sustancia que los personajes de La rebelión de Atlas. A continuación, un resumen de la obra, que puede saltearse si hay intención de leer el libro.

 

 

Una antiutopía contemporánea

La historia de La rebelión de Atlas (Atlas Shrugged en su versión original) se ubica en un presente distópico en los Estados Unidos. La familia Taggart maneja una poderosa ferroviaria. La joya de la corona es el transporte de cobre desde unas minas en México, propiedad de un noble europeo, Francisco D´Anconia, que se exilió y, según cuenta Rand, inició su periplo latinoamericano en la Argentina. El aristócrata invirtió 15 millones de dólares. Semejante suma se convierte en la nada cuando el gobierno mexicano expropia las minas y el ferrocarril de los Taggart. El espejo de Rand es la nacionalización del petróleo por parte de Lázaro Cárdenas en 1938, que expulsó a los trusts estadounidenses. Lo curioso es que Rand corre al nacionalismo económico de Cárdenas y el PRI a la izquierda revolucionaria al hablar de “República Popular de México”, lo cual remite a la República Popular China. Lo mismo dice de Noruega y de Portugal, país que, al momento de publicarse la novela, todavía sufría la dictadura fascista de Salazar.

Los Taggart se quedan sin recursos tras la nacionalización mexicana y encima precisan expandir sus vías hacia otros puntos de los Estados Unidos. Entonces deciden apostar por una aleación diseñada por un empresario metalúrgico, Hank Rearden. El denominado “acero Rearden” parece algo novedoso y seguro, aunque hay estudios que dudan de su fiabilidad. Rearden sufre la presión del gobierno de los Estados Unidos, que quiere quedarse con su empresa a través de un ente llamado Instituto Científico del Estado. A esto se suma que toda iniciativa empresarial de Rearden y los Taggart se ve amenazada por una versión extrema de una ley antimonopolios que aprueba el Congreso. La ley de Igualación de Oportunidades establece que no se puede tener más que una sola empresa.

La ambiciosa Dagny Taggart convence a su hermano Jim de crear una empresa subsidiaria para burlar la ley, que ella dirigirá con el objeto de concretar una línea férrea hacia Colorado, que utilizará el cuestionado “acero Rearden”. Los sindicatos se oponen, por motivos de seguridad, y ella presiona con que no contratará a ningún trabajador sindicalizado. El tren de Dagny cruza sin problemas un puente diseñado con la aleación de Rearden.

Mientras, el Gobierno ordena racionalizar los recursos naturales y el Instituto Científico del Estado presiona a Rearden para comprarle su metal, al tiempo que amenaza con llevarlo a juicio por haberle vendido unas cuantas toneladas a un industrial. Dagny descubre en una fábrica abandonada un modelo de motor que podría ser revolucionario y se embarca en la búsqueda de su creador para poder desarrollarlo. El misterioso inventor sería un tal John Galt, cuyo nombre recorre la novela a través de la recurrente pregunta “¿Quién es John Galt?”, que se usa como latiguillo en varios diálogos.

A todo esto, sale una normativa gubernamental que prohíbe despidos, congela salarios, precios y dividendos y además fija cuotas básicas de producción. Por si fuera poco, se establece la cesión de la propiedad intelectual al Estado a través del Certificado de Otorgamiento Voluntario. Rearden acepta esto bajo el chantaje del Instituto Científico del Estado, que amenaza con hacer público el romance del empresario, un hombre casado, con Dagny Taggart. La heroína de la novela tiene que lidiar con un accidente de su ferrocarril, que le acarrea mala prensa.

En eso, entra en escena un pirata noruego llamado Ragnar Danneskjöld, perseguido por las autoridades. Se encuentra con Rearden y se solidariza con él. Le dice cuál es su objetivo: “Persigo a un hombre al que quiero destruir. Murió hace siglos, pero hasta que el último rastro de él haya desaparecido de la Tierra no tendremos un mundo decente donde vivir. La obsesión del noruego pasa por un personaje de ficción: Robin Hood. “El que se dedicó a robar a los ricos para dar a los pobres. Pues bien, yo soy el hombre que roba a los pobres y les da a los ricos… o para ser más exacto, el hombre que roba a ladrones pobres para darles a los ricos productivos”.

Dagny sale al mando de una avioneta en busca de Daniels, el científico al que encargó que investigue el motor atribuido a Galt. La avioneta cae en el desierto y es rescatada por el mismísimo Galt, que vive en comunidad con otros empresarios, con los que piensa vengarse de los saqueadores a través de un lock-out. Le confirma a Dagny que él creó el revolucionario motor y resulta que es amigo de D´Anconia y Danneskjöld. Al mismo tiempo, el Estado virtualmente nacionaliza el sistema ferroviario, con lo cual se hace del control de la empresa de los Daggart. Además, se planea la nacionalización de las minas de cobre de D´Anconia en todos los países donde se encuentra.

El día en que Chile se dispone a expropiar la producción de cobre de D´Anconia (paso previo para que lo haga la “República Popular de Argentina”) explotan todas las minas del empresario. Ya no hay cobre. Días más tarde, se rompe un cable de cobre en Minnesota y no hay repuesto. Se para toda la producción de granos. La falta de repuestos de cobre produce la parálisis en los Estados Unidos. Hay estados que piensan en separarse del resto del país e incluso hay linchamiento de cobradores de impuestos, los malos de la película, mientras se mantiene el paro patronal.

Galt sabotea una transmisión radial y televisiva de funcionarios del Gobierno. A lo largo de un extenso monólogo de 50 páginas, expone su defensa del individualismo. Las autoridades lo capturan y lo torturan con descargas eléctricas para que lidere la restauración del anterior orden económico. Se niega. El Gobierno cae y Galt celebra que sus ideas pueden refundar al mundo

 

 

Individuo vs. «saqueadores»

El tema central de la novela pasa por demostrar una frase atribuida a Churchill, según la cual «muchos miran al empresario como el lobo que hay que abatir, otros lo miran como la vaca que hay que ordeñar y muy pocos lo miran como el caballo que tira del carro«. Rand se propuso mostrar las consecuencias de un Estado saqueador (la palabra «saqueador» es una de las que más aparece en el libro) ante lo que es un lock-out patronal.

Los apologistas del neoliberalismo y los randianos suelen machacar con que países con alta carga impositiva se encaminan a un escenario como el de La rebelión de Atlas y dan por sentado que ocurriría lo que narra el libro. Esto trae aparejado dos corolarios: uno, que validan con carácter científico a una obra de ficción, cuando no hay antecedentes de algo similar en la vida real; dos, que las condiciones en que se produce el lock-out del libro no se condicen con las de un país como los Estados Unidos. Rand juega en su antiutopía a exacerbar el intervencionismo del New Deal y deformar así las políticas de Roosevelt. Lo que trasluce la novela (que nunca menciona al Presidente; el Estado es algo con una omnipresencia que para los parámetros de Rand y sus acólitos sería levemente inferior a la del 1984 orwellianoes la deriva a la que podrían llegar los Estados Unidos por esa senda.

Justamente, el modelo cambió en 1973 con la crisis del petróleo. El Estado de bienestar entró en crisis y se combinaron la alta inflación y el estancamiento económico. Para salir de la estanflación se cambió el paradigma y llegó el liberalismo recargado de Friedman, Hayek y Mises. Pero ni siquiera en esos años hubo algo similar a la ficción randiana. Más bien lo contrario: las grandes empresas (en especial automotrices) apostaron al salvataje del Estado, un anticipo de lo que sería el rescate a los bancos en la crisis de 2008.

Poco antes de morir, Rand quizás viera su sueño profético llegar a la realidad. En agosto de 1981, el gobierno de Ronald Reagan enfrentó una huelga de controladores aéreos. El exactor cruzó el Rubicón: enfrentó la medida de fuerza con personal jerárquico y esquiroles, declaró ilegal la huelga y despidió a 11 mil trabajadores. Ese mismo escenario se repetiría en 1985 con la derrota del sindicato minero inglés, que perdió su pulso contra Margaret Thatcher después de un año de conflicto.

Al momento de publicar la novela, en 1957, los Estados Unidos tenían bien aceitado el sistema del Welfare State. Tanto, que era una política que trascendía a los demócratas. Los republicanos (que todavía eran una derecha conservadora moderada) recuperaron el control de la Casa Blanca en 1952, después de dos décadas, y bajo la presidencia de Dwight Eisenhower desarrollaron una política impositiva que elevó los gravámenes a las grandes fortunas a un 90 por ciento. Mientras Eisenhower decía combatir al comunismo (de hecho lo hacía con el intervencionismo militar), las arcas públicas se engrosaron con impuestos a los ricos a una tasa inédita. En ese marco vio la luz La rebelión de Atlas.

 
 

Un mal intento por anticipar el futuro

La novela tiene una prosa sin vuelo, la acción se demora (lo cual la vuelve tan voluminosa) y el argumento es insostenible. Aun como obra de ficción, es imposible el correlato con la realidad que algunos exégetas plantean como si Rand hubiera sido una visionaria. Ejemplo concreto: el pasaje en que se narra la nacionalización del cobre en Chile, que determina la destrucción de las minas por parte de D´Anconia. Rand se anticipó más de diez años a una medida que concretó Salvado Allende. No solamente que ningún empresario destruyó sus propiedades, sino que, pequeño gran detalle, el cobre sigue en manos estatales desde entonces, incluso después del golpe de 1973.

Sumemos otro ejemplo, risible y grotesco. Se lee que durante la huelga empresarial «la República Popular de Guatemala rechaza el pedido de los Estados Unidos de un préstamo de mil toneladas de acero«. Rand pudo haber corregido algo que, probablemente, escribió tres años antes de la publicación del libro. La novela es de 1957; el golpe en Guatemala, que desalojó a Jacobo Árbenz acusándolo de comunista e instauró un régimen de derecha, ocurrió en 1954. Por lo demás, Guatemala ha sido siempre un país dependiente de la producción frutihortícola, y no parece sensato, aunque se trate de una ficción, mencionarla como una potencia metalúrgica, capaz de no venderle al primer país del mundo. Salvo que, de fondo, lo que trasluzca por parte de la autora sea un sentimiento supremacista.

 

Los randianos, entre cuyos cultores y lectores de la gurú de derecha hay hombres de negocios, insisten con la noción de que La rebelión de Atlas es el libro más influyente después de la Biblia, de acuerdo a un sondeo realizado a comienzos de los ’90 en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos

 

Los randianos, entre cuyos cultores y lectores de la gurú de derecha hay hombres de negocios, insisten con la noción de que La rebelión de Atlas es el libro más influyente después de la Biblia, de acuerdo a un sondeo realizado a comienzos de los ’90 en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. De ser así, se produce una paradoja. Porque Rand descreía de la religión y su obra se cita como una verdad revelada, con sus adoradores marcando su impacto casi al nivel del texto religioso más difundido del mundo.

Rand buscó tener incidencia política a partir de su obra. Varios think-tanks conservadores comenzaron a citarla al tiempo que ella editaba un boletín, The Objectivist Newsletter. Apoyó candidatos presidenciales republicanos, entre ellos, a Barry Goldwater. Fue este senador por Arizona quien sentó las bases del neoconservadurismo, que florecería con Reagan y luego llegaría al Tea Party y Donald TrumpGoldwater se atrevió a proponer el uso de armas nucleares y, en plena lucha por los Derechos Civiles, tuvo, además del apoyo de Rand, el del Ku Klux Klan.

La ultraindividualista Rand, la mujer que publicó un ensayo titulado La virtud del egoísmo y detestó siempre la acción del Estado en cuestiones básicas como salud y educación, padeció cáncer desde 1974 hasta su muerte, el 6 de marzo de 1982, a los 77 años. No se puede decir que haya muerto en su ley: pasó sus últimos años dependiendo de Medicare y la Seguridad Social, o sea que puso su salud en manos de entes públicos, sostenidos a través de la recaudación de impuestos. Lo que se dice un gaje del oficio.

 

La ultraindividualista Rand, pasó sus últimos años dependiendo de Medicare y la Seguridad Social, o sea que puso su salud en manos de entes públicos, sostenidos a través de la recaudación de impuestos

 
 
 
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La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, la novela de la filosofía objetivista

¿Por qué una novela antisistema de más de mil páginas sigue interesando hoy? “La rebelión de Atlas”, que desarrolla la filosofía objetivista, ha vendido treinta millones de ejemplares en el mundo y es uno de los libros más influyentes de la cultura americana en personalidades de la política, la ciencia, la empresa o el cine

Nueva revista, 17 de septiembre de 2019

Por Gabriela Bustelo

 

¿Qué motivo podría haber, cabe preguntarse, para que la editorial Deusto publique una nueva traducción española de un libro de mil doscientas páginas escrito por una autora ruso-americana en 1957? La respuesta es simple.

Se trata de La rebelión de Atlas de Ayn Rand, uno de los libros más influyentes del siglo XX. La obra de Rand se reedita en tiradas cada vez mayores en Estados Unidos, país que la adoptó cuando era una desconocida de 21 años llamada Alisa Zinovievna Rosenbaum.

Hoy se proclaman devotos randianos, entre otros muchos, los directores Oliver Stone y Steven Spielberg, los empresarios Elon Musk y Peter Thiel, los actores Angelina Jolie y Brad Pitt y los políticos Paul Ryan y Ted Cruz, por no hablar del actual presidente estadounidense Donald Trump, que cita a Ayn Rand como su autora preferida.

 

En “Mad Men” el publicista jefe recomienda a Don Draper usar unos dólares de su bonus salarial para comprar La rebelión de Atlas

 

En la serie Mad Men ―que narra la construcción de la identidad estadounidense en la década de 1960― el publicista jefe Bertram Cooper recomienda a Don Draper usar unos dólares de su bonus salarial para comprar La rebelión de Atlas.

El de Ayn Rand fue un caso de tantos en que Estados Unidos acoge a un talento extranjero, contribuyendo de paso a su propia riqueza cultural, como sucedió en el siglo XX con Joseph Brodsky (Nobel de Literatura), Vladimir Nabokov Hannah Arendt. Esta aculturación es lo único estereotipado de la trayectoria de Ayn Rand, que al despedirse aún veinteañera de su familia gritó desde el tren soviético que se alejaba de San Petersburgo: “¡Cuando vuelva seré famosa!”.

Jamás puso un pie en Rusia de nuevo, pero cuatro semanas después lloraba ‘lágrimas de esplendor’ a bordo del trasatlántico francés De Grasse al ver por primera vez la silueta de los rascacielos de Nueva York.

Aquella tarde invernal de febrero, tres años antes de la Crisis de 1929, mirando caer la nieve mientras las autoridades estadounidenses revisaban su visado temporal de ‘rusa blanca’, la joven expatriada decidió escribir una novela sobre arquitectura moderna. Lo cumplió diecisiete años después, previo paso por California, donde se ganó la vida pegando sobres y como camarera hasta que abordó al productor Cecil B. DeMille en un aparcamiento y consiguió un trabajo de extra en el docudrama bíblico Rey de reyes, en cuyo rodaje conocería al pintor Frank O’Connor, su futuro marido.

Durante casi una década vivió en Hollywood revisando guiones y escribiendo tramas para Universal, Paramount y Warner. En 1934, ya casada y con la nacionalidad estadounidense, se mudaría a Nueva York donde dedicó seis años a escribir un manuscrito de 728 páginas llamado ‘Vidas usadas’ que en mayo de 1943 se publicaría con el título de El manantial. Fue llevada al cine, con Gary Cooper como protagonista.

La paradoja de este superventas político-filosófico habría hecho gracia a una autora dotada de ese sentido del humor que Ayn Rand nunca tuvo. El manantial se vendió bien precisamente porque nadie lo entendió. William Finneran, jefe de ventas de la editorial Bobbs-Merrill, lo explicaba sin rodeos: “El libro despegó entre un público menor de treinta años y feliz de dejar atrás la crisis, pero si se cruzaran los datos de estas personas se descubriría que ninguna había leído más de tres libros en su vida, uno de ellos Lo que el viento se llevó”. La juventud estadounidense compraba el libro por la peregrina historia de amor entre Howard Roark y Dominique Francon, iniciada con una violación que ella disfruta ―acto políticamente incorrecto e impublicable hoy― y continuada con una transposición de los roles sexuales tradicionales. Recordemos que el acoso es el leitmotiv del renacido feminismo global, que Rand trata, al igual que Michael Crichton en su célebre novela Acoso (1994), no como un delito sexual, sino como una pugna entre dos poderes: femenino y masculino.

Ayn Rand tuvo que repetir la jugada, por tanto, con una novela tan contundente como para no dejar dudas sobre su función: revelar al mundo el dogma del objetivismo que supeditaba el bienestar social al provecho individual. La voluntariosa autora se encerró durante siete años y escribió una novela con quinientas páginas más que la anterior: La rebelión de Atlas. El público de 1960 ―inmerso en el Sueño Americano― respondió al desafío randiano de luchar por la individualidad en una sociedad multiétnica que exigía limar diferencias para integrarse en el paraíso de las oportunidades.

El capítulo siete de la tercera parte es una diatriba de setenta páginas que desarrolla la entraña del randismo y cuyo título This is John Galt speaking ―en esta versión de Deusto traducido por un desafinado ‘Soy John Galt quien habla’― es hoy célebre en el mundo. Si frases como “tu cuerpo es una máquina, pero tu mente es su conductor y debes conducir lo más lejos que tu mente te pueda llevar” pueden recordarnos hoy a un anuncio de zapatillas deportivas, a mediados del siglo XX eran una altisonante llamada a rebelarse contra la mediocridad. Esta incitación a la desobediencia captaba el espíritu de una época y cautivaba a la juventud inquieta de un país rico que entraba en la década de expansión económica más larga de su historia.

Una vez analizado el contexto, sin embargo, el enigma Rand persiste o incluso crece: ¿Por qué una novela de más de mil páginas que narra las peripecias de unos superhéroes maniqueos con un argumento bufo salpicado de arengas proselitistas sigue interesando a tantas personas hoy? La respuesta: El guiso estrafalario de cosmogonía, ego, anticomunismo, libre albedrío, autoayuda y economía primaria, como por arte de birlibirloque, funciona. Los intentos de apropiación política, en cambio, chocan una y otra vez con escollos insalvables para el orden mundial de la izquierda y la derecha: Rand era atea y proaborto, pero catalogó la homosexualidad de ‘repugnante’. Los nativos americanos se le antojaban unos ‘inútiles’ que, por no haber sabido crear una sociedad capitalista, merecían ser despojados de sus tierras. Las mujeres del planeta tenían como misión ser todas unas ‘adoradoras’ de seres heroicos, como los protagonistas de sus novelas, suponemos.

En el rompecabezas de este mundo nuevo, inquietante y caótico como un Picasso cubista, parece faltar una pieza. ¿Ubi sunt? ¿De dónde viene Ayn Rand? Es razonable plantearse que una niña precoz que conoce la Rusia prerrevolucionaria, la Rusia soviética y el capitalismo estadounidense antes de cumplir los veinticinco tenga la ambición eufórica de crear una cosmogonía inversa donde subyace un antagonismo moral.

 

El paraíso perdido de Rand fue su familia, un clan burgués y feliz que vivía en un caserón en San Petersburgo, con cocinera, niñera, institutriz y doncella

 

Si la literatura es añoranza del pasado, del presente o del futuro, el paraíso perdido de Rand fue su familia, un clan burgués y feliz que vivía en un caserón en San Petersburgo, con cocinera, niñera, institutriz y doncella. En la década de 1930 trató en vano de sacar a sus padres del infierno soviético, pero murieron durante el asedio nazi de Leningrado en la Segunda Guerra Mundial. La rebelión de Atlas es, en buena parte, una venganza literaria contra la historia y un paraíso recobrado en forma de utopía antisistema.

En el ensayo Agudas: Mujeres que hicieron de la opinión un arte (Turner, 2019) la periodista canadiense Michelle Dean estudia la influencia sobre el siglo XX de un grupo de mujeres estadounidenses encabezado por Dorothy Parker, Mary McCarthy y Hannah Arendt. No deja de ser curioso que Ayn Rand, cuya obra ha vendido treinta millones de ejemplares en el mundo, esté ausente de esta recopilación, sin duda por la ideología ultraconservadora que se le atribuye.

En su reseña de 1968 en el New York Times Book Review, Nora Ehpron escribía que le habría gustado preguntar a la autora de La rebelión de Atlas qué opinaba del prolongado éxito de sus novelas, de los editores que vaticinaron su fracaso y de los abultados cheques anuales por sus derechos de autor. Ella misma se contesta: “Presumiblemente, Ayn Rand se estará riendo todavía”.

 
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