HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA. CAPÍTULOS IX Y X: Primera campaña de Raimundo VII, contra Simón de Montfort. Reaparición de la herejía.

ÍNDICE: HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA

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CAPÍTULO IX

Simón de Montfort

 

Sumario

Primera campaña de Raimundo VII, contra Simón de Montfort.- Discordia producida por la ambición entre los cruzados.- Entusiasmo de los meridionales por Raimundo VII.- Su padre busca auxiliares en Españas.- Sitio de Beucaria por Raimundo.- Toma de la plaza, derrota y retirada de Simón sobre Tolosa.- Traición de Simón hecha a los tolosanos.- Consecuencias funestas para él.- Traición de Folquet.- Terribles persecuciones.- Nueva cruzada.- Rebelión de Tolosa.- Derrota de Guí de Montfort.- Los catalanes y aragoneses baten a Simón delante de Tolosa.-La gata .- Muerte de Simón.

Simón de Montfort

I

Apenas había vuelto de su viaje a Francia Simón, cuando tuvo que acudir a las armas para defender los estados que el Papa y su espada le habían conquistado. El heredero legítimo entraba en Provenza decidido a recobrar la herencia de sus mayores, sin cuidarse del Papa ni de sus excomuniones que creía injustas; porque siendo el menor de edad, no era responsable de que su padre no se hubiese prestado al exterminio de los herejes.

Raimundo VII encontraba sus enemigos descontentos unos de otros y divididos a causa de la repartición del botín.

Simón y Amauri, querían el ducado de Narbona. El primero entró en la capital a viva fuerza, porque los vecinos preferían el legado, y la desmanteló. El legado Arnaud Amauri se vengó excomulgándolo.

La Provenza propiamente dicha, recibió con entusiasmo a los dos Raimundos, padre e hijo. Marsella, que era entonces una república independiente, los recibió entregándoles las llaves de la ciudad y ofreciéndoles toda clase de auxilios en la primavera de 1216. Aviñón los invitó por la mediación de sus notables a que fuesen a visitarla y se entregó a ellos en cuerpo y alma, y el poeta Provenza que ha cantado aquellas guerras, supone que mil cumplidos caballeros y cien mil paisanos  se confederaron para reconquistar los estados de la casa de Tolosa.

Ni los marselleses, ni los aviñoneses, ni lo de tantos otros pueblos y comarcas, que generosa y espontáneamente tomaron partido por los Raimundos de Tolosa, eran herejes, y a pesar de las excomuniones y de los peligros y despojos a que se exponían, consideraban mejor sostener una causa que creían justa, que ver impasibles la iniquidad triunfante so pretexto de servir una religión que ellos profesaban, y a la que no creían sin duda faltar desobedeciendo al Papa y al concilio, que habían sancionado el despojo de los príncipes que no prestaron mano fuerte a la persecución de los herejes en sus tierras.

En verdad se equivocaban si pensaban así; porque la obediencia a los preceptos papales y a los de los concilios debe ser obligatoria para todo católico; ¿pero cuán grande no era la responsabilidad de los que, empleando medios violentos y dando ocasión a que se cometiesen las injusticias que estos llevan consigo, exponían a  tantos fieles a ponerse en lucha abierta con los mismos que consideraban jefes de sus iglesias?

 

Derrota de los aragoneses en Muret

II

Los vasallos del conde de Provenza corrieron por todas partes a alistarse en las banderas de Raimundo VII, y su padre fue a Barcelona en busca de auxilio, que no le negaron los ricos homes de Aragón y Cataluña, que no habían olvidado la muerte de su rey Pedro en Muret.

Raimundo VII entre tanto, después de rechazar la facción de los Baux, armada contra él por el de Orange, con gente de Nimes y alguna caballería, emprendió  directamente la guerra contra el conde Simón de Montfort.

Los caballeros proscritos salieron de los bosques y de las montañas para unirse al joven Raimundo a orillas del Ródano. El ejército libertador pasó el rio cerca de Tarascon, entró en Beaucaria y puso sitio al castillo, ocupado por el senescal y los mejores caballeros de Simón.

El de Montfort, que acababa de volver de Francia, al saber el peligro de su senescal, reunió a toda prisa el resto de su gente, marchó sobre Beaucaria y sitió a su turno a los que sitiaban el castillo.

De una y otra parte combatieron como si dependiese de la posesión de aquella plaza la suerte de toda la Provenza. Simón y los suyos se sobrepujaron a sí mismos; pero sus adversarios, dueños del curso del rio, y bien parapetados detrás de los muros de la plaza, tuvieron tiempo para recibir refuerzos y víveres, que abundaban en la plaza mientras escaseaban en el castillo.

Simón fue batido en varias salidas, y no pudo salvar a su senescal sino autorizándole a capitular, saliendo del castillo sin caballos, sin víveres y sin armas. El espadarte de Montfort, la terrible bandera del león, retrocedió por primera vez, y Simón emprendió su retirada sobre Tolosa a marchas forzadas, después de concluir una tregua con su enemigo el excomulgado Raimundo. Alas hubiera querido dar a sus soldados para llegar a Tolosa, que temía cayese antes de su arribo en manos del viejo Raimundo VI, que acudía a libertarla con gran golpe de gente de armas de Aragón y Cataluña. Simón llegó antes que su adversario, que se retiró al aproximarse el de Montfort, y los tolosanos aterrorizados le enviaron una comisión de ciudadanos, para suplicarle que no entrase como enemigo.

Gui de Montfort, hermano de Simón y los otros varones de su sequito, le dijeron que debía conceder gracia a los de Tolosa y contentarse con imponerles una contribución extraordinaria; pero el obispo Folquet fue de otro parecer, y dijo a Simón:

Una vez dentro de la ciudad, no deben respetarse vidas ni haciendas, sino tomar lo que se encuentre; y sabed, señor conde, que tendréis que arrepentiros si no lo haceís así.

El conde siguió el consejo del obispo por arrestar a los diputados que los tolosanos le habían enviado. Después Folquet entró en la ciudad, tratando de persuadir al pueblo a que saliera al encuentro de su Señor, para aplacar su enojo.

El pobre pueblo se dejo coger en la red. Salió en masa o recibir a Simón; pero a mediada que los notables se le aproximaban para saludarle, los hacía prender y amarrar. Algunos lograron escaparse y corrieron a decir lo que pasaba a la multitud que los seguía. El pueblo, lleno de furor, volvió a la ciudad, a tiempo que la vanguardia del ejercito del conde introducida por el obispo Folquet comenzaba a saquear las tiendas y a violar las mujeres, y corriendo a las armas, levantaron barricadas en las puertas de las casas y descargaron sobre las hordas de Simón, desde las ventanas y terrados, una lluvia de piedras, maderos, y cuantos proyectiles pudieron haber a las manos.

Gui de Montfort y el obispo Folquet, que habían entrado al frente de la vanguardia, fueron rechazados con grandes pérdidas, y el obispo hubiera sido muerto por sus mismas ovejas, si no se hubiera apresurado a buscar un asilo en el castillo Narbonés. Simón acudió con el grueso de su ejército al socorro de la vanguardia, y apoderándose de varios puestos ventajosos, puso fuego a la ciudad; mas los tolosanos apagaron el incendio, rechazaron dos ataques dirigidos por el conde en persona, y después de combatir un día entero, Simón tuvo que refugiarse con sus tropas al amparo del castillo, mientras los restos de la vanguardia mandada por su hermano Gui se encontraban bloqueados por los patriotas en el palacio del conde de Cominges.

 

Flagelación

III

Cuando el obispo y el conde vieron que no podrían reducir  y dominar a los de Tolosa a fuerza de armas, Folquet imaginó una grande traición. Envió el abad de San Cernin a los tolosanos para que les propusiera, que se entregasen a discreción, garantizándoles en nombre de Dios, del apostolado, y de todo el clero, que no perderían ni sus cuerpos, ni sus bienes, ni su libertad; pero, que si se negaban, los rehenes que Simón tenía en su poder morirían de mala muerte. Aunque conocían bien de lo que Folquet era capaz, los tolosanos no creyeron que faltase a los juramentos que les hacia en nombre de Dios, de la Virgen María y del Salvador, y prefirieron creerlo a permitir con su negativa el asesinato de ochenta o ciento de sus principales conciudadanos de que Simón se había apoderado por traición y que tenia bien guardados en el castillo Narbonés.

Los diputados de Tolosa vieron a Simón en su campamento, y consintieron en que los prisioneros que tenían en la ciudad fuesen devueltos al conde; este, en lugar de dar libertad a los que tenia en rehenes, mandó a los incautos diputados para que les hiciesen compañía en los calabozos del referido castillo. Ocupó la ciudad sin resistencia, prendió en sus casas a dos mil ciudadanos de los más influyentes, los reunió en el mercado y les obligó a declarar que renunciaban a las garantías dadas por el obispo. Todos los ciudadanos que no pudieron escapar en el primer tumulto fueron presos, y gran numero pereció en los calabozos de hambre y de miseria, sin que sus verdugos se tomasen la pena de separar los muertos de los vivos.

La ciudad se vio obligada a entregar las armas, y no pudo librarse de ser destruida sino pagando a sus opresores un rescate de treinta mil marcos de plata.

Las torres y fortalezas, las casas que tenían barbacanas o terrados almenados, y cuantos edificios fueron considerados como susceptibles de defensa menos las iglesias, fueron demolidos hasta los cimientos.

A este propósito se lee en las Cansos de la Cruzada, "Ricos y maravillosos palacios, suntuosos edificios, torres antiguas y construcciones modernas", cayeron bajo el martillo de los demoledores. Simón había ordenado en octubre de 1216 una leva de trabajadores en sus estados para destruir el "honor" de Tolosa.

 

Simón de Montfort

IV

El desastre de Tolosa devolvió por algún tiempo al de Montfort su prestigio comprometido, volvióse a predicar en Francia la cruzada, y en la primavera de 1217, el arzobispo de Bourges y el obispo de Clermont le llevaron numerosos cruzados, con cuyo auxilio obtuvo algunas ventajas sobre el conde de Foix. Después llevó la guerra a orillas del Ródano, que atravesó invadiendo gran parte del marquesado de Provenza; pero mientras él guerreaba  a la orilla izquierda del rio, la desgraciada Tolosa logró romper el Ferrero y yugo que la oprimía.

Al fin, el viejo Raimundo VI, el conde de Comminges y el hijo de Foix marcharon sobre Tolosa, arrojaron un cuerpo de tropas francesas que salía a cerrarles el paso, y aprovechándose de una espesa niebla, entraron en la ciudad, banderas desplegadas y al son de clarines y tambores: el pueblo se levantó  en masa al grito de "Viva el conde Ramón!". Armose de piedras, palos y cuchillos y mató cuántos soldados de Montfort no pudieron refugiarse en el castillo Narbonés.

Raimundo obtuvo esta fácil e inesperada victoria el 13 de septiembre de 1217.

 

V

Gui de Montfort acudió presuroso desde Carcasona con cuantos hombres del Norte había en el país. Los de Tolosa levantaron apresuradamente defensas provisionales, para reemplazar las murallas destruidas por Simón; pero Gui penetró en la ciudad salvando fácilmente aquellos débiles muros mal consolidados, si bien encontró en el interior tan vigorosa resistencia, que salió más de prisa que había entrado y con las manos en la cabeza, como se dice vulgarmente.

En cuanto supo Simón la derrota de su derrota y el peligro que corría su mujer, sitiado en el castillo Narbonés, abandonó el marquesado de Provenza, y tomó el camino de Tolosa acompañado del e gado del Papa, que no hablaba más que de destruir la ciudad con todos sus habitantes.

Todos los meridionales alistados por fuerza en el ejército de Simón desertaron en el camino: los tolosanos, por el contrario, recibieron numerosos refuerzos del Albigeois, de Querci, del Agenais y de los Pirineos.

Simón tentó apoderarse de la ciudad por asalto antes que hubiesen podido reconstruir las murallas; en la primera acometida, Gui de Montfort cayó atravesado de un dardo disparado por el conde de Comminges; un hijo de Simón, a quien su padre había hecho conde de Bigorre, fue también gravemente herido, y sus soldados fueron rechazados de tal suerte, que Simón tuvo que renunciar a tomar la ciudad por asalto. Emprendió el asedio en regla, formando a cada lado del Garona un campo atrincherado; dos ciudades contra la ciudad de los Raimundos, que los rechazaba, y juro por el Oleo Santo tomar la herética Tolosa, o perder la vida en la demanda.

La victoria parecía cada vez menos probable. Una "gran compañía" de Navarros, Aragoneses y Catalanes obligó a Simón a levantar el campo atrincherado de la orilla izquierda. Mientras su gente corría a las barcas que debía transportarla a la otra orilla, los tolosanos y sus aliados salieron de la ciudad y cayeron sobre los de Montfort con tal furia, que el mismo Simón estuvo a punto de perecer, su caballo se ahogó y el fue sacado del agua con mucha dificultad. Para llegar al campamento de la orilla derecha tuvo que retirarse hasta Muret y hacer un gran rodeo, perdiendo muchos de sus mejores soldados.

A pesar de su mala estrella, Simón guardó su juramento, y pasó el invierno encerrado con sus partidarios en el campamento que le quedaba, mientras su mujer, el obispo Folquet y Santiago de Vitrí, uno de los historiadores de la cruzada, recorrían la Francia excitando el celo de los católicos, ofreciendo indulgencias, botín y toda clase de bienes temporales y eternos a los que fuesen a combatir en el Mediodía por la causa de la Iglesia.

Considerablemente reforzado Simón pudo restablecer el campamento perdido, y la toma y saqueo de Montauban, que se había sublevado, reanimaron un poco el abatido espíritu de sus fatigadas huestes.

Los tolosanos, que habían recorrido sus fortificaciones, eran más bien sitiadores que sitiados, y no contentándose con batir con sus maquinas el castillo Narbonés, acometían con frecuencia el campamento de la orilla derecha. El joven Raimundo VII fue a la cabeza de sus provenzales a unirse a los tolosanos, y el día su llegada, por un accidente sin duda, cayó de la amena en que se apoyaba el estandarte de Simón, lo que tomaron por presagio de victoria los unos, de derrota los otros.

Nueve meses duraba ya aquel sitio homérico, señalado por cien combates. Simón sucumbía bajo el peso de su empresa: el desaliento se apoderó al fin de aquella alma indómita.

"Enfermo de fatiga y de aburrimiento -dice Guillermo de Puy Laurens-, arruinado por tantos gastos, concluyó por perder su antiguo ardor, y el legado le aguijoneaba sin descanso, acusándole de pereza y de imprevisión... y Simón solía rogar a Dios que le concediese la paz de la muerte".

 

VI

Habiendo abortado en todas sus tentativas para apoderarse del curso del rio y reducir por hambre la ciudad, el de Montfort recurrió a la fuerza abierta, y cifró todas sus esperanzas en una enorme gala de madera cubierta de hierro, destinada a derribar los nuevos muros de Tolosa, llevando en su seno la flor de los soldados franceses, que penetrarían por la brecha en la plaza. Aquella maquina terrible fue conducida hasta el foso; pero una mañana, antes que la pusieran en movimiento, los sitiados salieron en masa para apoderarse de ella, e hicieron gran destrozo en los soldados que la guardaban.

Cuando le llevaron esta noticia, Simón estaba oyendo misa y no quiso abandonar los divinos misterios. Un segunda mensajero llegó algunos momentos después diciendo:<! Apresuraos, apresuraos, señor, vuestra gente ya no puede sostenerse!!- No saldré de aquí, respondió Simón, hasta que vea a mi Salvador.> Y cuando el sacerdote el sacerdote elevaba la hostia, Simón se arrodilló exclamando: < ¡Ahora, señor, licenciad en paz a vuestro servidor, según vuestra palabra!>

Montó a caballo, corrió con todo el ejército al lugar del combate y arrolló  a los tolosanos al primer choque hasta los fosos de la plaza. Allí se hicieron firmes bajo la protección de sus arqueros y de sus maquinas de guerra, que desde lo alto de los muros descargaban un diluvio de flechas y de piedras sobre los cruzados. Gui de Montfort y su caballo cayeron heridos por dos flechas. Al aspecto de su hermano herido y rodando ensangrentado a sus pies, Simón se apeó diciendo con amargura:

- "Hermano, Dios está airado contra nosotros".

"Y en tanto que él conserva y se lamenta con él, he aquí que había en la ciudad un pedrero, cerca de San Cernin, y que las mujeres, y las hijas, y las esposas de los de la ciudad lo dispararon y la piedra fue derecha a donde convenía, (e vene lot dret la peria lai ou era menestiers). Dio al conde de Montfort sobre la rejilla de acero de su casco con tanta violencia que le aplastó los ojos y el cerebro y la frente, y las quijadas salieron a pedazos, y el cayó en tierra muerto. Esta tragedia ocurrió el 25 de junio de 1218".

 

 

VII

Cuando los de la ciudad supieron la muerte de Simón de Montfort, fueron tan contentos, que jamás se vio igual alegría. Campanas y esquilones se echaron a vuelo, toda la ciudad resonó con clarines y trompetas, tambores y gritos de júbilo. Todos, grades y pequeños salieron a pegar fuego a la gata, y después corrieron a dar gracias a Dios que los había librado del conde.

Los cruzados consternados levantaron el sitio de la otra parte del rio, y se concentraron en su principal campamento, donde permanecieron muchos días sin dar señales de vida. De repente salieron de sus pabellones y dieron una arremetida desesperada contra la plaza, mas fuera rechazados y perseguidos por los sitiados hasta sus trincheras.

 

Catapulta Medieval

 

CAPÍTULO X

Sumario

Proclamación de Amauri de Montfort.- Levantamiento del sitio de Tolosa el 25 de julio.- Sublevación general en el Mediodía.- Nueva cruzada.- Luis de Francia al frente de los cruzados.- Capitulación de Marmande.- Los cruzados violan la capitulación, ahorcan y queman a los vencidos en número de cinco mil.- Raimundo VII derrota a los cruzados en Bazieges.-Nuevo sitio de Tolosa.- Los Tolosanos obligan a los franceses a levantar el sitio y recobran gran número de plazas.- Sitio de Castelnaudari por Amauri de Montfort.- Inútiles esfuerzos del legado para levantar gente en el Mediodía a favor de su causa.- Amauri cede al rey de Francia sus derechos.- Muerte del Rey.- Reaparición de la herejía.

 

Muerte de Simón de Montfort

I

Con la muerte de Simón, los cruzados  perdieron la esperanza de triunfar. Aquellos hombres intrépidos no podían resolverse al abandono de la conquista de Tolosa y a dejar de vengar a su jefe. Amauri de Montfort fue proclamado conde de Tolosa y vizconde de Bezieres; y el 25 de julio, un mes después de la muerte de Simón, abandonaron su campamento y el castillo Narbonés, llevándose el cadáver de su antiguo jefe, que enterraron en la iglesia de San Nazario de Carcasona. Su epitafio dice, "que fue santo y mártir, que resucitará y heredará  el reino de los cielos".

La muerte de Simón fue la señal de una sublevación general: el Querci, el Agenais, el Rouergue, el Condomois, el Armagnac y Nimes se levantaron a la llamada del joven Raimundo,  y las guarniciones de una porción de plazas y castillos fueron arrojadas fuera del país o exterminadas. La Provenza volvió a tomar las armas.

Guilhem, príncipe de Orange, jefe de la casa de los Baux, fue despedazado por el pueblo de Aviñón, y sus partidarios perseguidos como enemigos de la patria y aliados de los tiranos extranjeros.

El poder de los Montfort cayó con la misma rapidez que se había  levantado, y la ruina de la dominación francesa en el Mediodía pareció consumada. Pero Roma no se dio por vencida.

Honorio III creyó ver la restauración de la herejía, que torrentes de sangre no habían bastado a extinguir; en la caída de los Montfort, y tomando al hijo de Simón bajo su protección, suplicó al rey de Francia que le ayudara eficazmente contra los herejes provenzales.

Predicose otra vez la cruzada: hicieronse nuevas concesiones a los que tomasen parte en ella, y parte del dinero que el clero francés daba para sostener la guerra contra los mahometanos en Asia, se consagró al exterminio de sus compatriotas del Mediodía. El rey Felipe no se cruzó; pero no queriendo indisponerse con el Papa, mandó a su hijo Luis con el duque de Bretaña, el senescal de Anjou, el conde de San Pol, otros treinta condes, veinte obispos, seiscientos caballeros y diez mil arqueros. Luis se unió con Amauri delante de Marmande, que este sitiaba en la primavera de 1219. La guarnición capituló; pero cuando el conde de Astaraz se entregó con su gente según el convenio para marcharse libremente, el obispo de Saintes y otros prelados lo reclamaron, "para que fuese quemado o ahorcado, y también la ciudad para ser destruida con sus habitantes, cuya mayor parte era herejes".

El anciano conde de San Pol, el héroe de Bovines y el arzobispo de Auch se opusieron a traición tan infame y salvaron al conde y a los caballeros cautivos; pero mientras pasaba esto en la tienda del hijo del rey de Francia, el ejercito de los cruzados, excitado por los obispos y por los frailes, se precipitó en desorden sobre la ciudad, la saqueó y pasó a cuchillo la mayor parte de los inermes habitantes, sin respetar sexo ni edad. Fue aquella carnicería una repetición de las iniquidades de Bezieres.

Cinco mil personas indefensas perecieron a manos de los cruzados.

 

II

Luis de Francia y el conde Amauri tomaron juntos el camino de Tolosa, que se había preparado para recibirlos dignamente.

Mientras los cruzados degollaban en Marmande una población indefensa, Raimundo VII y el conde de Foix destruían en Bazieges los principales lugartenientes de Amauri, y corrían después a encerarse en Tolosa, donde se supo a un mismo tiempo la victoria y la derrota.

Mas de mi caballeros acudieron de todo el Languedoc al llamamiento de Raimundo VII, y los bravos tolosanos guarnecieron sus casas de torres y aspilleras, de pedreros  y bombardas: "jóvenes  y jovencillas, niños y niñas trabajan a porfía en los fosos, en los puentes y murallas, y esperaron a pie firme al enemigo, que instigado por el legado Bertrand, había jurado no dejar alma viviente, ni piedra sobre piedra en venganza de la muerte del conde Simón, a quien llamaban el Macabeo, el héroe de Dios". 

 

Dibujo del siglo XIII que representa la muerte de un cátaro
(Archivos Nacionales, París)

III

Empezó el sitio el 16 de junio de 1219: un año después de la muerte de Simón.

Después de seis semanas de sangrientos combates, sin resultados, la mayor parte de los cruzados, la mayor parte de los cruzados que habían cumplido el tiempo de su voto, no quisieron continuar la empresa y el príncipe, obligado a levantar el sitio quemó sus maquinas de guerra, "y se fue como vino con gran confusión y perdida", el 1º de agosto de 1219.

Esta campaña tan gloriosa para los tolosanos dio al partido nacional una superioridad incontestable. Amauri perdió Montauban, Castelnaudari, casi todo el Albigeois, la provincia de Tolosa, y el Bedarrez: la bandera de Montfort dejó de flotar sobre las infortunadas ruinas de Bezieres y fue reemplazada por el estandarte de Trencabel.

El hijo, aun menor, del vizconde Raimundo Roger fue reinstalado en la señoría de su padre bajo la tutela del conde de Foix.

Amauri reunió los restos de sus fuerzas para recobrar a Castelnaudaria, y se obstino durante ocho meses en el bloqueos de la plaza, en el que vio morir a su lado a su hermano Gui conde de Bigorre, y a sus mas bravos soldados , viéndose por ultimo obligado a retirarse a Carcasona, única ciudad importante que en unión de Agde y Narbona le quedaban  de todas las conquistas de los cruzados del tiempo de su padre.

En vano el legado Bertrand fundó en Carcasona, bajo los auspicios del Papa, "la orden de la Santa Fe de Jesucristo", especie de milicia religiosa semejante a la antigua "Compañía Blanca", fundada en Tolosa por Folquet; en vano los frailes y los clérigos se consagraron a propagar entre franceses y provenzales esta institución, cuyo objeto era "ayudar a socorrer a Amauri de Montfort y los suyos, comprometerse a descubrir y destruir los herejes, los rebeldes a la Iglesia y todos los otros cristianos o infieles, que hicieran la guerra contra el dicho conde".

Todos los provenzales, sin distinción de creencias, manifestaron el mismo horror contra el hijo de Simón, y como la cruzada fue fríamente recibida en Francia, donde lo que pasaba en la Tierra Santa conmovía mucho mas profundamente los ánimos. Amauri desanimado, sintiéndose incapaz de reconquistar los dominios que la Iglesia dio a su padre, se decidió a enviar los obispos de Nimes y de Bezieres a Felipe Augusto, para ofrecerle la cesión de todos los dominios concedidos a Simón por el concilio de Letran.

El conde Amauri daba generosamente lo que no poseía; cedía lo que no les querían dar; y el Papa escribió al Rey de Francia para que aceptase para su gloria y su salvación, en 1222. Felipe pretextó la expiración de las treguas que tenía hechas con el joven rey de Inglaterra, y no aceptó. Agobiado de cuerpo  y de alma solo aspiraba a morir en paz. Guillermo de Puy Laurens, pretende que el Rey añadió a su negativa estas palabras proféticas:

<Yo se que, después de mi muerte, los clérigos, trabajaran con todo su poder para que mi hijo Luis se mezcle en los asuntos de los Albigenses; pero teniendo en cuenta que él es débil y de poca salud, no podrá soportar tanta fatiga y morirá bien pronto dejando el reinado en manos de una mujer y de niños, de modo que no se verá libre de peligros.

 

Beziers masacre

IV

En tanto que vivió el rey Felipe, el hijo de Simón se vio obligado a guardar, a pesar suyo, los títulos de conde de Tolosa y de vizconde de Bezieres, por cuya posesión cometió y autorizó su padre tantos desastres y devastaciones.

Podría decirse que había un castigo providencial en el abatimiento de un orgullo a tanta costa satisfecho. Solo faltaba que Simón hubiese vivido lo bastante para ver que su hijo daba y no querían recibir los títulos por cuya conservación él perdió la vida de un modo tan desastroso.

Amauri pasó su tiempo defendiendo como mejor podía los pocos castillos y plazas que le quedaban contra Raimundo VII y Roger Bernard, conde de Foix, que acababan de heredar los títulos de sus padres.

 El viejo Raimundo VI murió repentinamente en agosto de 1222, y aunque murió como católico, en los brazos de abad de San Cernin, y bajo el manto de los caballeros hospitalarios de San Juan, no fue enterrado, por estar bajo el peso de la excomunión, y su cuerpo permaneció insepulto en la casa de los hermanos hospitalarios de Tolosa trescientos años, en  un cofre de madera.

 

V

El porvenir parecía al fin presentarse risueño para las bellas comarcas del Languedoc tanto tiempo devastadas; y el joven héroe que había reconquistado la herencia de sus antepasados se prometía más felices destinos que su padre; pero desgraciadamente para el país y para su señor, la corte pontificia no podía sufrir impasible el restablecimiento en el poder de los que ella había anatematizado y derribado; porque además de comprometer su prestigio, la tolerancia de los antiguos señores y el gobierno popular de las ciudades dejaba impunes a los herejes, que volvían a practicar sus errores sin temor de ser perseguidos.

Con la independencia nacional reapareció la herejía, oculta bajo las cenizas amontonadas por la persecución romana pero no extinguida.

Los perfectos que pudieron escapar de la furia de los cruzados se habían ocultado, dispersándose en diversas naciones de Europa, sobre todo en los países eslavos que baña el Danubio, centro y punto de partida de su religión. A la noticia de la caída de los de Montfort, creyeron concluidos para siempre los días de la persecución, y volvieron a Provenza. Uno de sus principales doctores llamado Bartolomé de Carcasona, dicen que volvió desde los confines de la Bulgaria, la Dalmacia y la Croacia, con el titulo de servidor "de los servidores de la Santa Fe", y se propuso reorganizar las iglesias Catharas del Languedoc.

Otro jefe de la misma secta, llamado Gilaberto de Castres, secundaba a Bartolomé y ordenó un obispo de Rasez en una reunión de un centenar de perfectos, que tuvo lugar en un sitio llamado Pienssaut.

A pesar del misterio de que se rodeaban los maniqueos, el clero católico y sobre todo los frailes dominicos, tenían demasiado bien organizado su espionaje para ignorar los pasos que daban los herejes; e informado el Papa, reiteró sus demandas al rey de Francia para que tomase posesión del Languedoc, cuya investidura le ofrecía a condición de extirpar los herejes. El legado pontificio Conrad, convocó en Sens un concilio del clero galicano por medio de un circular, en que pintaba con los más vivos colores los peligros del catolicismo. El rey debía asistir y se esperaba aprovechar la ocasión para comprometerlo en la nueva lucha contra los infortunados provenzales.

Pero Felipe estaba materialmente imposibilitado de acceder a los deseos del Papa. Desde 1222, una fiebre lenta lo consumía, y viendo menguar cada día sus fuerzas, hizo testamento, y se dispuso a morir. Su último servicio a la causa del catolicismo fue un legado de veinte mil libras a Amauri de Montfort "para ayudarle a la extirpación de la herejía".

Muerto Felipe, la Iglesia volvió las miradas a su hijo Luis VIII, cifrando en él sus esperanzas de triunfo en el Languedoc.

 

 

FIN DEL CAPÍTULO X


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