EL REINO DE LA JUSTICIA ETERNA, por M. Robespierre

CONSTITUCIÓN Y GOBIERNO DE PARTIDO

Por Thomas Paine

 

 

“Todavía no ha habido una verdad o principio tan irresistiblemente obvio que todos los hombres lo creyeran a la par. El tiempo y la razón deben cooperar entre sí para el establecimiento final de cualquier principio, y, por consiguiente, aquellos a quienes les pueda ocurrir ser los primeros en convencerse no tienen el derecho de perseguir a otros en quienes la convicción opera más lentamente. El principio moral de las revoluciones es instruir, no destruir”.

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Concluiré este discurso con el ofrecimiento de algunas observaciones sobre los medios de preservar la libertad; porque no es solamente necesario que la establezcamos, sino que la preservemos.

 

HAY QUE DISTINGUIR ENTRE EL CAMINO QUE LLEVA AL ESTABLECIMIENTO DE LA LIBERTAD Y LOS MEDIOS PARA PRESERVARLA, UNA VEZ ESTABLECIDA

 

En primer lugar, es necesario que distingamos entre los medios utilizados para derrocar el despotismo, a fin de preparar el camino para el establecimiento de la libertad, y los medios que emplear después que el despotismo haya sido derrocado.

Los medios utilizados en el primer caso se justifican por la necesidad. Esos medios son, en general, las insurrecciones; pues, mientras el establecido gobierno del despotismo permanezca en algún país, es muy poco probable que cualquier otro medio se pueda utilizar. También es cierto que, al comienzo de una revolución, el partido revolucionario se permite un ejercicio discrecional del poder, regulado más por las circunstancias que por el principio; que, de continuar en la práctica, la libertad nunca sería instaurada o, si fuera establecida, pronto sería derrocada. Nunca se ha de esperar en una revolución que todos los hombres vayan a cambiar su opinión al mismo tiempo.

 

UNA CONSTITUCIÓN, VÍNCULO DE UNIÓN ENTRE LOS CIUDADANOS

 

Todavía no ha habido una verdad o principio tan irresistiblemente obvio que todos los hombres lo creyeran a la par. El tiempo y la razón deben cooperar entre sí para el establecimiento final de cualquier principio, y, por consiguiente, aquellos a quienes les pueda ocurrir ser los primeros en convencerse no tienen el derecho de perseguir a otros en quienes la convicción opera más lentamente. El principio moral de las revoluciones es intruir, no destruir.

De haberse establecido una Constitución hace dos años (como debería haberse hecho) las violencias que desde entonces han asolado Francia y ofendido el carácter de la revolución habrían sido, en mi opinión, prevenidas.

La nación habría tenido entonces un vínculo de unión, y todo individuo habría sabido la línea de conducta que había de seguir. Pero, en lugar de esto, un gobierno revolucionario, algo sin principio ni autoridad, fue puesto en su lugar; la virtud y el crimen dependieron de la casualidad, y lo que fue patriotismo un día se convirtió en traición al siguiente.

 

DICTADURA DE PARTIDO Y AVIDEZ POR CASTIGAR

 

Todas estas cosas han sucedido por la falta de una Constitución; porque la naturaleza y el propósito de una Constitución es prevenir el gobierno de partido, estableciendo un principio común que limite y controle el poder y el impulso del partido; y que diga a los partidos: hasta aquí habrás de llegar y no más allá. Sin embargo, en ausencia de una Constitución, los hombres dependen enteramente del partido; y, en lugar de gobernar el principio al partido, el partido gobierna al principio.

Una avidez por castigar es siempre peligrosa para la libertad. Ello conduce a los hombres a violentar, malinterpretar y abusar incluso de la mejor de las leyes. Aquel que asegura su propia libertad, debe proteger incluso a su enemigo de la opresión, porque, si viola este deber, establece un precedente que a él mismo le llegará.

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THOMAS PAINE, Disertación sobre los primeros principios del gobierno. París, julio de 1795. Tecnos, 1990. Filosofía Digital, 24/09/2006.

 

 

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EL REINO DE LA JUSTICIA ETERNA

Por M. Robespierre

“¿Cuál es el fin hacia el que nos dirigimos? El disfrute sosegado de la libertad y de la igualdad; el reino de esta justicia eterna, cuyas leyes han sido grabadas, no sobre mármol o sobre piedra, sino en los corazones de todos los hombres, incluso en el del esclavo que las olvida, y en el del tirano que las niega. Queremos que en nuestro país la moral sustituya al egoísmo, la integridad en el obrar al honor, los principios a los usos, los deberes a las conveniencias, el imperio de la razón a la tiranía de la moda, el desprecio del vicio al desprecio de la desgracia, el orgullo a la insolencia, la grandeza de ánimo a la vanidad, el amor a la gloria al amor al dinero, las buenas personas a la buena sociedad. Queremos, en una palabra, satisfacer los íntimos deseos de la naturaleza, realizar los destinos de la humanidad, cumplir las promesas de la filosofía, absolver a la providencia del largo reinado del crimen y de la tiranía. ¿Qué  clase de gobierno puede realizar estos prodigios? Únicamente el gobierno democrático o republicano. Estas dos palabras son sinónimas, a pesar de los abusos del lenguaje vulgar. La democracia es un Estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son obra suya, hace por sí mismo todo lo que puede hacer, y mediante delegados todo lo que no puede hacer por sí mismo. Por tanto, debéis buscar las reglas de vuestra conducta política en los principios del gobierno democrático.”

 

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Tras haber vagado durante largo tiempo al azar, y como arrastrados por el movimiento de facciones contrarias, los representantes del pueblo francés por fin han mostrado un carácter y un gobierno. Un súbito cambio en la fortuna de la nación anunció a Europa la regeneración que se estaba produciendo en la representación nacional.

 

GUIADOS POR AMOR AL BIEN Y LA INTUICIÓN DE LAS NECESIDADES DE LA PATRIA, MÁS QUE POR UNA TEORÍA EXACTA Y REGLAS PRECISAS

 

Pero, hasta el presente momento en el que hablo, hay que convenir que hemos sido guiados más bien, en estas circunstancias tan tempestuosas, por amor al bien y por la intuición de las necesidades de la patria, más que por una teoría exacta y por reglas precisas de conducta, que no habíamos tenido siquiera el tiempo suficiente para trazar.

Es hora de determinar con nitidez cuál es el fin de la revolución, y el plazo en el que nosotros queremos alcanzarlo; es hora de que nos demos cuenta de los obstáculos que aún nos alejan de él, y de los medios que debemos adoptar para alcanzarlo: idea simple e importante, que parece no haber sido advertida jamás. Pero, claro, ¿cómo hubiera podido osar realizarla un gobierno cobarde y corrupto?

Un rey, un senado, un César, un Cromwell deben ante todo recubrir sus proyectos con un velo religioso, transigir con todos los vicios, halagar a todos los partidos, aplastar al de las gentes de bien, oprimir o engañar al pueblo para alcanzar el fin perseguido por su pérfida ambición.

Si no hubiésemos tenido una tarea más importante que realizar, si tan sólo se hubiese tratado aquí de los intereses de una facción o de una nueva aristocracia, habríamos podido creer, al igual que ciertos escritores aún más ignorantes que perversos, que el plan de la revolución francesa estaba ya escrito con todas las letras en los libros de Tácito y de Maquiavelo, y que había que buscar en consecuencia los deberes propios de los representantes del pueblo en la historia de Augusto, de Tiberio o de Vespasiano, o incluso en la de ciertos legisladores franceses; puesto que, con la diferencia de ciertos matices mayores o menores, de perfidia o de crueldad, todos los tiranos se asemejan.

En cuanto a nosotros, venimos hoy para poner al mundo entero en conocimiento de vuestros secretos políticos, a fin de que todos los amigos de la patria puedan unirse a la voz de la nación y del interés público; a fin de que la nación francesa y sus representantes sean respetados en todos los países del orbe terrestre donde pueda alcanzar el conocimiento de sus verdaderos principios; a fin de que los intrigantes que no buscan siempre sino reemplazar a otros intrigantes, sean juzgados de acuerdo con reglas seguras y fáciles.

Es preciso tomar precauciones por anticipado, con el fin de poner el destino de la libertad en manos de la verdad que es eterna; mejor que encuentre la muerte tan sólo con pensar el crimen.

¡Feliz el pueblo que puede alcanzar ese punto! Pues, cualquiera que sean los nuevos ultrajes que se le deparen, ¡qué fuente de recursos no le ofrece un orden de cosas en el que la razón pública es la garantía de la libertad!

 

NUESTRO FIN ES EL DISFRUTE SOSEGADO DE LA LIBERTAD Y DE LA IGUALDAD

 

¿Cuál es el fin hacia el que nos dirigimos? El disfrute sosegado de la libertad y de la igualdad; el reino de esta justicia eterna, cuyas leyes han sido grabadas, no sobre mármol o sobre piedra, sino en los corazones de todos los hombres, incluso en el del esclavo que las olvida, y en el del tirano que las niega.

Queremos un orden de cosas en el que todas las pasiones bajas y crueles sean encadenadas, todas las pasiones bienhechoras y generosas sean avivadas por la ley; en el que la ambición consista en el deseo de merecer la gloria y de servir a la patria; en el que las distinciones no nazcan sino de la igualdad misma; en el que el ciudadano esté sometido al magistrado, el magistrado al pueblo, y el pueblo a la justicia; en el que la patria asegure el bienestar a todo individuo, y en el que cada individuo disfrute con orgullo de la prosperidad y de la gloria de la patria; en el que todos los espíritus se engrandezcan mediante la continua comunicación de los sentimientos republicanos, y mediante la necesidad de merecer la estima de un gran pueblo; en el que las artes sean el adorno de la libertad que las ennoblece, el comercio la fuente de la riqueza pública y no sólo de la opulencia monstruosa de algunas casas.

Queremos que en nuestro país la moral sustituya al egoísmo, la integridad en el obrar al honor, los principios a los usos, los deberes a las conveniencias, el imperio de la razón a la tiranía de la moda, el desprecio del vicio al desprecio de la desgracia, el orgullo a la insolencia, la grandeza de ánimo a la vanidad, el amor a la gloria al amor al dinero, las buenas personas a la buena sociedad, el mérito a la intriga, el talento a la agudeza, la verdad al relumbrón, el encanto de la felicidad al aburrimiento de la voluptuosidad, la grandeza del hombre a la pequeñez de los grandes, un pueblo magnánimo, poderoso, feliz, a un pueblo amable, frívolo y miserable; es decir, todas las virtudes y todos los milagros de la república a todos los vicios y a todas las ridiculeces de la monarquía.

Queremos, en una palabra, satisfacer los íntimos deseos de la naturaleza, realizar los destinos de la humanidad, cumplir las promesas de la filosofía, absolver a la providencia del largo reinado del crimen y de la tiranía. Que Francia, antaño ilustre entre los países esclavos, eclipsando la gloria de todos los pueblos libres que han existido se convierta en modelo de las naciones, espanto de los opresores, consuelo de los oprimidos, adorno del universo mundo, y que, al sellar nuestra obra con nuestra sangre, podamos al menos ver brillar la aurora de la felicidad universal. Ésta es nuestra ambición, éste es nuestro fin.

¿Qué  clase de gobierno puede realizar estos prodigios? Únicamente el gobierno democrático o republicano. Estas dos palabras son sinónimas, a pesar de los abusos del lenguaje vulgar; pues la aristocracia no es más democrática que la monarquía. La democracia no es un estado en el que el pueblo, continuamente congregado regule por sí mismo todos los asuntos públicos, aún menos aquél en el que cien mil fracciones del pueblo, mediante medidas aisladas, precipitadas y contradictorias, decidieran la suerte de la sociedad entera: un gobierno tal no ha existido jamás, y no podría existir sino para volver a llevar al pueblo al despotismo.

La democracia es un Estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son obra suya, hace por sí mismo todo lo que puede hacer, y mediante delegados todo lo que no puede hacer por sí mismo.

Por tanto, debéis buscar las reglas de vuestra conducta política en los principios del gobierno democrático.

 

TAN SÓLO EN LA DEMOCRACIA EL ESTADO ES VERDADERAMENTE LA PATRIA DE TODOS LOS INDIVIDUOS QUE LA COMPONEN

 

Pero, para fundar y consolidar entre nosotros la democracia, para llegar al reinado apacible de las leyes constitucionales, es preciso terminar la guerra de la libertad contra la tiranía y atravesar felizmente las tormentas de la revolución: tal es el fin del sistema revolucionario que habéis regularizado. Por tanto, todavía debéis ajustar vuestra conducta a las circunstancias tempestuosas en las que se encuentra la república; y el plan de vuestra administración debe ser el resultado del espíritu del gobierno revolucionario, combinado con los principios generales de la democracia.

Ahora bien, ¿cuál es el principio del gobierno democrático o popular, es decir, la energía esencial que lo sostiene y lo hace moverse? Es la virtud; hablo de la virtud pública que produjo tantos prodigios en Grecia y Roma, y que debe producirlos aún mucho más sorprendentes en la Francia republicana; de esa virtud que no es otra cosa que el amor a la patria y a sus leyes.

Pero como la esencia de la república o de la democracia es la igualdad, se concluye de ello que el amor a la patria abarca necesariamente el amor a la igualdad. Es verdad que este sentimiento sublime supone la prioridad del interés público sobre todos los intereses particulares; de lo que resulta que el amor a la patria supone también o produce todas las virtudes: pues ¿acaso son ellas otra cosa que la fuerza de ánimo que otorga la capacidad de hacer estos sacrificios? ¿Cómo iba a poder, por ejemplo, el esclavo de la avaricia o de la ambición, sacrificar su ídolo por la patria?

No sólo la virtud es el alma de la democracia, sino que tan sólo puede existir bajo este gobierno. En la monarquía, yo no conozco más que a un individuo que pueda amar a la patria, y que, por ello mismo, no tiene incluso necesidad de virtud; es el monarca. La razón estriba en que, de todos los habitantes de sus Estados, el monarca es el único que tiene una patria. ¿Acaso no es el soberano, como mínimo,  de hecho? ¿No ocupa él el lugar del pueblo? ¿Y qué otra cosa puede ser la patria si no es el país en que se es ciudadano y miembro del soberano?

Como consecuencia del mismo principio, en los estados aristocráticos la palabra patria no posee algún significado más que para las familias patricias que se han apoderado de la soberanía.

Tan sólo en la democracia el Estado es verdaderamente la patria de todos los individuos que la componen, y pude contar con tantos defensores interesados por su causa como ciudadanos contiene ella en su seno. Esta es la fuente de la superioridad de los pueblos libres sobre todos los demás. Si Atenas y Esparta triunfaron sobre los tiranos de Asia, y los suizos sobre los tiranos de España y de Austria, no hay que buscarle a ello ninguna otra causa.

Pero los franceses son el primer pueblo del mundo que ha instaurado la verdadera democracia, al convocar a todos los hombres a la igualdad y a la plenitud de los derechos de ciudadanía; y esta es, en mi opinión, la verdadera razón por la cual todos los tiranos coaligados contra la república serán vencidos. Hay que extraer, desde este momento, grandes consecuencias de los principios que acabamos de exponer.

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MAXIMILIEN ROBESPIERRESobre los principios de moral política que deben guiar a la Convención Nacional en la administración interior de la República, 5 de febrero de 1794, en la Convención (1ª parte). Discursos, El Viejo Topo.

 

 


IMAGEN PORTADA:

Ejecución de Luis XVI, rey de Francia, «el autómata coronado», en la Plaza de la Revolución, hoy Plaza de la Concordia, en París, Francia, el 21 de enero de 1793.

 

 

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