ROBOTS, AUTOMATIZACIÓN Y TRABAJO ASALARIADO, por Duval («Crónica de clase») – PARTE 2 de 2

ROBOTS, AUTOMATIZACIÓN Y TRABAJO ASALARIADO – PARTE 1

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ROBOTS, AUTOMATIZACIÓN Y TRABAJO ASALARIADO

Por Duval  para «Crónica de clase»

Robots, automatización y trabajo asalariado (parte II)

 

SEGUNDA PARTE

 

 

Los optimistas históricos (y los que solo les interesa la parte llena del vaso)

Ya informamos en la primera parte del artículo de que los documentos elaborados por organizaciones internacionales y empresas consultoras no eran precisamente textos escritos con la intención de tranquilizar. En los informes más benignos y en las condiciones más favorables, la estimación del impacto en el empleo de la nueva ola de automatización reforzada por la inteligencia artificial se compensa gracias a un trasvase de la actividad entre sectores u ocupaciones, lo que devuelve el nivel de empleo global a los niveles actuales, aunque con muchos trabajadores expulsados permanentemente del mercado laboral al no poder adaptarse al cambio tecnológico. Sin embargo, los informes que recogen escenarios de automatización masiva o muy rápida pintan las cosas mucho peor, sin atreverse a dar cifras concretas del paro posible. Más adelante -cuando manejemos más datos- podremos hacernos una idea del interés que puedan tener estas organizaciones en levantar la voz sobre un tema tan polémico. Pero antes de llegar a ese punto tenemos que valorar los factores que, según estos informes, pueden jugar a favor de la creación de puestos de trabajo, contrarrestando en distintos niveles el desempleo provocado por las nuevas tecnologías.

Por nuestra parte, no queremos negar que los cambios tecnológicos pueden abrir puertas a nuevas fuentes de empleo o a nuevas necesidades que el mercado se prestará gustoso a cubrir. Pero decir esa generalidad es como no decir nada. Nos están planteando la certeza de una pérdida en el número de horas laborales necesarias a nivel mundial en los trabajos actuales, así como de una pérdida de cualificación -y por tanto de nivel de vida- de quien conserve su empleo. Ante una amenaza así, no nos puede valer el deseo o la mera hipótesis de que los problemas podrían tener soluciones espontáneas, o de que lo que hay que hacer es tirarse de cabeza sin saber a qué profundidad está el fondo. Por eso los trabajadores tenemos la necesidad de analizar la fiabilidad de los factores contrarrestantes que se invocan y las supuestas soluciones que nos ofrecen para poder evaluar de forma autónoma la amenaza que tenemos ante nosotros y la respuesta que debemos organizar.

Desde este punto de vista, no vamos a entrar ni siquiera a evaluar las posturas que prefieren no pensar, aquellas a las que les basta con el convencimiento de que el capitalismo y/o la tecnología siempre consiguen encontrar una vía de salida a cualquier problema. Es increíble comprobar qué cantidad de gente -incluyendo economistas- se conforman con esta simpleza.

En el primer escalón en que se presentan argumentos se sitúan aquellos que defienden que la situación actual es comparable a la ocurrida en otros cambios de etapa dentro del capitalismo o en los momentos de transición hacia él, y que la “resolución” del problema en aquellas ocasiones es una prueba de que ahora puede ocurrir lo mismo, incluso de que habría que valorar si existe una enseñanza de aquel entonces que podamos aprovechar. Con este planteamiento, la mayoría de los informes sobre el tema destacan la relevancia del momento que estamos viviendo (al que llaman la Revolución Industrial 4.0), y buscan los ejemplos con los que comparar entre los momentos clave del desarrollo capitalista.

Así, en el informe del McKinsey Global Institute (MGI) se mencionan dos casos que a la institución le parecen representativos (y que se citan brevemente en el texto de la OCDE): uno es el paso de la sociedad agrícola a la industrial que tuvo lugar en el despegue del modo de producción capitalista (el Foro Económico Mundial coincide en esta misma comparación); el otro ejemplo se corresponde con la transición desde la etapa industrial a la etapa de los servicios, una transición interna dentro del capitalismo que empezó hace unos cincuenta años y que es difícil dar por concluida.

El problema con ambas comparaciones es que no se sabe muy bien qué quieren reflejar. Si lo que queremos dejar como moraleja final es que esas transiciones del pasado implicaron el cambio en el modo de vida de cientos de millones de personas, que supusieron alteraciones traumáticas en la organización social y laboral, que se transformaron por completo los patrones de producción y consumo, y que aún así salimos vivos de ambas, pues es verdad. Pero tomar una foto al principio y otra al final de un proceso que dura medio siglo o más no nos sirve de nada. Durante la transición de la agricultura a la industria se vivieron las terribles desposesiones forzadas y las leyes de pobres que cuenta Polanyi en La gran transformación, o Marx en el capítulo de la acumulación primitiva de El capital; una vez el capitalismo asentado se vivieron también las tremendas condiciones laborales que relatan los inspectores de fábrica y que recoge Marx en el mismo libro, o que Engels expuso en La situación de la clase obrera en Inglaterra, libro éste último que acepta como fuente el MGI. Decir que un proceso tan traumático, que en algunas sociedades se extendió a lo largo de un siglo antes de llegar a un punto de estabilidad social, valió la pena porque al final del mismo había subido el consumo de carne per cápita, parece una conclusión muy fácil de sacar desde la distancia que da el tiempo. Habría que preguntar a los trabajadores que entran ahora al mercado laboral si desean un infierno de vida laboral para sí mismos y sus hijos, antes de que sus nietos puedan levantar cabeza (si las condiciones lo permiten entonces). A ver cuántos trabajadores consideran aceptable una revolución productiva así.

 

Decir que un proceso tan traumático, que en algunas sociedades se extendió a lo largo de un siglo antes de llegar a un punto de estabilidad social, valió la pena porque al final del mismo había subido el consumo de carne per cápita, parece una conclusión muy fácil de sacar desde la distancia que da el tiempo

 

Pero aun sin ser un ejemplo que podamos considerar tranquilizador, la realidad es que no lo consideramos un ejemplo válido. La transición de la agricultura a la industria supuso el despegue del modo de producción capitalista. La esencia de ese momento fue que los trabajadores eran reclamados masivamente, primero en la manufactura y luego en la industria recién nacida, y debían ser arrebatados a un sector agrícola donde estaban sobrando debido a mejoras en la productividad. Es decir, es un momento en el que el trabajo asalariado comienza a subir desde cero, un momento en el que la producción de valor está reemplazando como objetivo a la producción de valores de uso. Sin embargo, lo que en estos momentos llaman cuarta revolución industrial tiene en común con ese momento solo el nombre que ellos mismos le han puesto. De lo que hablamos ahora es de que el trabajo asalariado supone los únicos ingresos vitales de más del ochenta por ciento de la población en las sociedades capitalistas avanzadas, y de que determinados avances tecnológicos ponen en cuestión que la fuerza de trabajo de toda esa gente siga siendo rentable (necesaria lo es siempre, como única fuente de plusvalía que es).

 

 

Así pues, si el cambio de la agricultura a la industria no nos parece un ejemplo ni tranquilizador ni adecuado, vamos a echar un vistazo a la segunda etapa que proponen como ejemplo: la de la transición de la industria a los servicios. Además, tiene la ventaja de que nos resulta mucho más cercana en el tiempo. De hecho, esa etapa la hemos vivido cualquiera de nosotros que tenga más de cuarenta años, y podemos decir que estamos experimentando ahora sus últimos coletazos antes de entrar en la nueva espiral que nos propone la automatización. Y el argumento con el que se propone el ejemplo vuelve a ser el mismo: en este tiempo se han reemplazado millones de empleos en la industria por empleos en el sector servicios, ¡y aquí estamos! Pero, a diferencia del otro ejemplo, donde ponernos a discutir sobre los cambios en las condiciones de vida de hace dos siglos puede ser algo difícil de seguir para mucha gente, no ocurre lo mismo en este caso, donde el lector tiene la experiencia directa de poder comparar el trabajo con el que él empezó o el que tenía su padre con los que ahora se pueden encontrar. ¿Estamos seguros de que el trabajador metalúrgico norteamericano de los años setenta está contento con que la industria se haya ido de su país y su hijo sea conductor de Uber? ¿Está convencido el trabajador alemán empleado en Thyssen hace cuarenta años de que su hija necesite ahora dos mini-jobs para llegar a fin de mes? Desde la España que vivió la reconversión industrial antes de entrar en la Unión Europea, ¿están conformes los antiguos trabajadores de las empresas del desarrollismo industrial de que sus nietos sean repartidores de Deliveroo o camareros de verano en Ibiza? Creemos sinceramente que este ejemplo que nos plantean los propios defensores de la nueva revolución tecnológica no demuestra en absoluto lo que ellos pretenden, y en realidad solo sirve para situarnos ante las contradicciones del capitalismo: el número de puestos de trabajo no tiene que ver con la calidad del mismo, igual que la facilidad de acceso a determinados bienes materiales propios de una época y un nivel tecnológico no tiene que ver con la calidad de vida de las personas tomando en consideración criterios de bienestar y seguridad más amplios.

 

 

¿Pueden aparecer otros tipos de trabajo que compensen las pérdidas provocadas por la automatización?

Volvamos a descartar de nuevo los mensajes que se repiten sin aportar razones. Así que ni oír hablar del típico ¡pero alguien tendrá que hacer los robots!

Primero, los robots ya se están haciendo. Si no nos damos cuenta es porque no nos vamos a encontrar con una nave con el cartel de “fábrica de robots” en la que entren tres mil obreros por turno. Los automatismos vienen de las mismas factorías donde se producen los teléfonos inteligentes que todos llevamos en el bolsillo, los drones con los que nos divertimos o los equipos de autoservicio en los que sacamos dinero, seleccionamos nuestra hamburguesa o compramos el tique del metro. Están controlados por programas de ordenador que pueden desarrollar y mantener pequeños grupos de informáticos en un tiempo récord. El hardware suele venir de fuera, el software puede estar desarrollado o personalizado aquí, aunque también ha podido ser desarrollado en la India. Se fabrican, al igual que el resto de productos, en cadenas de montaje, con lo cual su producción puede ser altamente automatizable; es decir, la fabricación de automatismos es un proceso tan automatizable como cualquier otro. Así que no podemos esperar un aumento del empleo debido a la automatización porque la automatización ya está aquí y apenas deja rastro.

Y es que, como vimos en la primera parte del artículo, precisamente esta es una de las razones de que la automatización se pueda extender. En ese momento analizamos cómo el capitalista, buscando una ganancia extraordinaria, solo invierte capital en tecnología -trabajo muerto o que ha tomado forma en máquinas- si la suma de éste con el capital gastado en salarios -trabajo vivo- hace descender el valor de cada producto. Y llegamos a ese punto porque la propia tecnología no es más que mercancía producida por un capital anterior sujeto al mismo proceso. El resultado acumulado es que el contenido de trabajo vivo neto de todas las fases descenderá a medio plazo en las ramas de producción ya existentes, incluso si el abaratamiento inicial de la producción hace incrementar su consumo.

Y nos damos cuenta de ello cuando vemos cómo los estudios de las organizaciones capitalistas son incapaces de convencer de que el propio proceso de automatización pueda compensar la pérdida de empleos que él mismo genera.

Si tomamos, por ejemplo, el informe de McKinsey veremos que el panorama de pérdida de empleos que dibujan es desolador. Sin embargo, ofrecen una lista de nuevas actividades que pueden despegar hasta 2030 y que, según ellos, puede compensar e incluso superar a los empleos perdidos.

¿Y cuales son esas actividades? ¿la fabricación de automatismos y robots, la programación de software? Nada de eso. Según la consultora, los factores que deben compensar la sangría de trabajo que se va a producir con la automatización son, de mayor a menor: 1) el poder de compra creciente de los consumidores con salarios en ascenso en las economías emergentes, 2) el negocio de los cuidados a las personas mayores, 3) el mayor gasto doméstico en tecnología, 4) la construcción y mejora de edificios, 5) la inversión en obras públicas y, por último, 6) la transición energética. Seguramente el lector se mostrará tan sorprendido como el que firma este artículo. ¿Por qué estos factores van a hacer crecer el empleo justo ahora? ¿Dónde se van a gastar sus salarios los trabajadores de China o India, en España? ¿Por qué de pronto se va a generar tal volumen de trabajo en cuidar de unos mayores a los que actualmente queremos quitar las pensiones? ¿De qué forma va a crecer la construcción en momento tan oportuno? ¿Va a aceptar la clase capitalista en general el incremento de impuestos necesario para financiar las obras públicas que beneficien solo a un grupo de ellos? ¿En qué se diferencia el mayor consumo en tecnología del que ya se viene sucediendo durante los últimos veinte años? ¿Qué impide que casi cualquiera de estos factores no se hayan desarrollado en los años anteriores, cuando tan necesarios hubieran sido en medio de la crisis, y lo vayan a hacer justo ahora?

Admitámoslo. Estos factores no son más que una recopilación inconexa de ideas bien sonantes con la que intentar justificar que se va a poder compensar el desempleo que anuncian. No se menciona ningún factor nuevo objetivo -y no se intenta aportar ninguno que proceda de la propia automatización- que haga pensar que estos sectores vayan a representar de repente una fuente de beneficios que estimulen la inversión y el empleo. De hecho, tampoco se intentan resolver las contradicciones que parecen derivarse de los propios estudios: si el trabajo en las cadenas de montaje de los países asiáticos va a ser uno de los más afectados por la automatización, ¿va a haber realmente una subida del poder adquisitivo entre los trabajadores de Asia, o al final va a haber más desempleo neto?

Tampoco resulta convincente la forma en la que se estudia la relación entre el grado de cualificación o estudios y la probabilidad de verse afectado por la automatización. En este aspecto, el análisis más concienzudo es el que realiza la OCDE en su documento Automation, skills use and training. Si el documento se lee en la dirección propuesta por los autores, parecería que el nivel de estudios de los trabajadores de un país marca la pauta del número de tareas que son automatizables. Así, al concentrarse las tareas más rutinarias en los trabajadores de menor nivel de estudios, también se ceba en ellos el posible desempleo causado por la tecnología. El resultado final parecería ser que la ineptitud de la gente para progresar en los estudios causa su ruina y la de su país. Por supuesto, los documentos del nivel que estamos comentando se cuidan mucho de expresar así el problema, pero es muy frecuente ver en columnas de periódico o en televisión cómo los portavoces del capital con menos necesidad de guardar las formas presentan el nivel medio de formación social como un fracaso que parte del individuo.

En realidad, si se lee la secuencia de acontecimientos recogida en los informes al revés, todo tiene más sentido, y no hay que recurrir a un hipotético gen de la torpeza académica para explicar la situación de una economía nacional. Y es que, en efecto, es la ubicación empresarial de un país en las cadenas globales de valor la que marca el perfil de estudios que se espera de su clase trabajadora. El Estado y el sistema educativo no hacen sino proveer (o escatimar) los medios para regular el flujo y la cualificación de los jóvenes que salen de cada nivel educativo según las necesidades empresariales. Así, el fracaso escolar no demuestra más que la falta de interés del capital nacional en invertir en salarios indirectos (los que cubren la etapa previa a la entrada al mundo laboral). Si nos atenemos a los datos, España es un país importador de mano de obra sin ninguna cualificación y exportador de técnicos medios y altamente cualificados. Es decir, si tuviéramos que medir la disponibilidad de las clases sociales para aportar al estado de desarrollo de su economía, podríamos decir que la clase trabajadora española está demasiado preparada para el nivel de sus capitalistas. Este es el desajuste real que se intenta cubrir con la promoción de los grados medios y superior de Formación Profesional en detrimento de la enseñanza universitaria. Un enfoque contrario al que los estudios que analizamos pronostican para las economías avanzadas, donde la formación universitaria del nivel del grado debería incrementar su porcentaje en la fuerza de trabajo.

 

El Estado y el sistema educativo no hacen sino proveer (o escatimar) los medios para regular el flujo y la cualificación de los jóvenes que salen de cada nivel educativo según las necesidades empresariales

 

Según esta argumentación, nos parece -una vez más- un brindis al sol el informe de COTEC La reinvención digital: una oportunidad para España, un refrito traducido al castellano de varios documentos de McKinsey relativos a tecnología, en el que se pone el énfasis en los “pronósticos” más optimistas tomados de aquí y de allá. Según las conclusiones de los autores-recopiladores, si el gobierno fomentara la educación técnico-digital de toda una generación, se podría aprovechar la oportunidad única que se da en estos momentos y convertir a España en una potencia en las tecnologías emergentes. Pero según el informe hay que hacerlo muy rápido, antes de que se den cuenta otros países y lo hagan antes que nosotros. Si el plan propuesto por COTEC puede parecer excesivamente “simple” -por decirlo suavemente- tampoco podemos ser muy duros con ellos, los portavoces de la progresía hacen lo mismo cuando afirman que convertirían a España en el mayor productor de tecnología asociada a las energías renovables por mera decisión administrativa.

 

 

La vía legislativa: ¿fuente de soluciones o punta de lanza de la amenaza?

Podemos ver que el panorama que se presenta da mucho miedo. Estamos inmersos en una ola de automatización de nuevo cuño en la que la incorporación de la inteligencia artificial puede multiplicar el tipo de actividades laborales en las que la máquina sustituya en mayor o menor grado a los humanos. Hemos visto que la amenaza no ha pasado inadvertida, ya que las propias organizaciones del capital se han encargado de divulgar la noticia.

El problema parece desbordar la capacidad de reacción de las organizaciones sindicales, que bastante tienen con permanecer calladitas y mantener su preciado papel como “interlocutores sociales” en medio de la situación de debilidad en la que las han colocado los diez años de crisis y la multiplicación del trabajo precario no sindicado.

Incapaces de enfrentar un planteamiento de clase -mucho menos una respuesta-, prácticamente asumen la situación en los términos planteados por los representantes de la burguesía, y su única aportación independiente al debate pasa por volverse hacia el legislador y reclamar un “impuesto a los robots”. En nuestra opinión, el impuesto a los robots es una petición desafortunada en varios aspectos. Por un lado, porque parece corroborar el discurso del capital, reclamando un impuesto por “desposesión” del trabajo en lugar de exigir una mayor retribución en función de una mayor explotación, que es lo que en realidad está ocurriendo. Por otro lado, intentando ser dialogante con el capital, en realidad se es idealista, cosa que ocurre cuando se solicita un “pacto” en unos términos que la otra parte no puede cumplir. Como decíamos unos párrafos atrás, el objetivo de la automatización es obtener una plusvalía extraordinaria al reducir el valor de cada unidad de producto generada en el proceso de producción capitalista. Para ello, la inversión en tecnología debe verse compensada con un ajuste en la inversión en mano de obra de acuerdo a la producción, incrementada o no. Es decir, el gasto en salarios sería la variable que habría que ajustar de una forma o de otra, y esto debe cumplirse sea cual sea la forma que demos al salario. Por eso, para el capital no sería una opción que, tras bajar el número de nóminas que tiene que pagar a final de mes, le apliquen posteriormente un incremento de impuestos, lo que no sería más que hacerle pagar salarios indirectos. Y lo que es más importante: el capital puede hacer efectivo su bloqueo a dicha imposición huyendo del país en el que se siga tal política. Estaría bien que los ingeniosos promotores del “impuesto a los robots” explicaran porqué no han solicitado hasta ahora impuestos a las cadena de montaje, a los atornilladores autónomos, a la pintura con pistola, a las pantallas de auto-pedido de las hamburgueserías o a las máquinas expendedoras del metro.

 

el objetivo de la automatización es obtener una plusvalía extraordinaria al reducir el valor de cada unidad de producto generada en el proceso de producción capitalista

 

Sin embargo, si desde el lado de los trabajadores la respuesta parece débil e improvisada, la gestión de la situación desde las filas del capital revela una intención de confrontación de mucho más largo alcance. De hecho, la aparente inconveniencia de que sean ellos mismos los que ponen sobre la mesa la gravedad de la situación que se avecina hace pensar que su intención es ir a por todas en un ataque en varios frentes. La amenaza del cambio tecnológico va a ser utilizada como un medio para quebrar la resistencia entre las “filas enemigas” y defender la aplicación de reformas excepcionales, una práctica a la que están acostumbrados con los ciclos crisis-ajuste-crisis consustanciales al capitalismo y que ahora van a intentar utilizar incluso adelantándose a la crisis.

Y es que todos los informes que advierten sobre los “retos” a los que se enfrenta la sociedad a partir de los nuevos avances tecnológicos incluyen la misma serie de consejos a los legisladores, y en la mayoría de los casos coinciden en todos:

  1. Eliminar de la legislación cualquier obstáculo que pueda frenar el tipo de cambio tecnológico que está por venir.

  2. Incorporar en la legislación laboral la máxima flexibilidad a la hora de contratar y prescindir de trabajadores según los ritmos del cambio tecnológico.

  3. Dar carta de naturaleza a las empresas de contratación de trabajadores autónomos por Internet.

  4. Adaptar los tipos y duración, así como las especialidades, de la educación posterior a la secundaria a las necesidades productivas cambiantes.

  5. Cerrar todas las protecciones sociales del nuevo trabajador flexible en un paquete de mínimos, llámese “renta básica” o “mochila austriaca” según sea usted progre o liberal.

  6. Crear un nuevo tipo de educación privada que gestione la formación de los trabajadores ya en activo cada vez que se queden sin trabajo y necesiten conocer un nuevo tipo de tecnología. El costo de dicha formación deberá cargarse -al menos en parte- contra el paquete social del trabajador.

 

 

Quizás se podría pensar que una cosa son las demandas de los grupos de presión empresariales (por mucho que se disfracen de estudios científicos) y otra muy distinta lo que la clase trabajadora permita. Puede haber incluso quien espere un papel de arbitraje por parte de los gobiernos. Pero a estas alturas ya deberíamos saber que el formato de los documentos tipo “estudio” es la manera en la que los gobiernos se van armando de justificaciones con las que, finalmente, hacer aparecer como científico, inevitable e incluso socialmente demandado el aplicar una serie de políticas que no reflejan más que los intereses de una clase concreta. En un momento dado, es el propio ejecutivo el que acaba solicitando el informe definitivo a un grupo de “expertos independientes” que rematan el proceso con la entrega de un documento que no es más que un refrito de lo que previamente habían dicho los grupos de presión. Estos grupos de expertos oficiales responden a los mismos intereses globales que las consultoras que lanzan los estudios iniciales. Ya hemos visto como la Comisión Europea convoca sus propios grupos según lo requiera un interés candente del mercado. Pero un invento aparentemente español como es la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (la famosa AIReF que tantos informes firma últimamente) no es más que la sucursal en nuestro país de la Red IFIS (Red de Instituciones Fiscales Independientes de la UE).

 

Pero a estas alturas ya deberíamos saber que el formato de los documentos tipo “estudio” es la manera en la que los gobiernos se van armando de justificaciones con las que, finalmente, hacer aparecer como científico, inevitable e incluso socialmente demandado el aplicar una serie de políticas que no reflejan más que los intereses de una clase concreta

 

Así, en un momento dado, un gobierno no tiene más que recoger este guión elaborado desde las consultoras, las organizaciones internacionales o los grupos de expertos, y lanzarlo como plan de acción propio avalado por la supuesta imparcialidad del estudio científico. Si en su momento el “No Hay Alternativa” de Margaret Thatcher necesitaba hacer patente la victoria aplastante de una clase sobre otra, una vez cautiva y desarmada la ideología roja el “no hay alternativa científica” de los expertos se dirige de forma aparentemente neutra a la ciudadanía. Nos encontramos así con que se legislan los intereses de una clase -algo por otro lado consustancial al estado burgués- pero la otra clase lo percibe como expresión de lo inevitable o, peor, como una expresión de intereses comunes.

Desde esta perspectiva podemos entender la presentación por parte del gobierno del PSOE del documento “Agenda del Cambio” en pleno período preelectoral. En un intermedio entre los “viernes sociales” en los que daban azucarillos a los trabajadores, el ejecutivo presenta este importante documento que establece una clarísima hoja de ruta dirigida al capital. Ante el silencio cómplice de sus supuestos socios de izquierdas, el recado a la patronal pasa sin levantar ningún debate público.

Pues bien, en su “Agenda del Cambio” el gobierno de Pedro Sánchez hace suyas de forma explícita las medidas 4, 5 y 6 expuestas más arriba, mientras que las tres primeras de la lista no pueden quedar descartadas, ya que está por ver cómo llevarán adelante la reforma del Estatuto de los Trabajadores y de las modalidades de contratación que prometen. No se entienda con esto que la “Agenda del Cambio” es una mera hoja de ruta de la automatización, el documento recoge otros ataques tan importantes como la reforma de las pensiones o la disciplina fiscal; pero está claro que las demandas de los grupos de presión han llegado a su destino.

Alguien habrá podido observar que en un artículo sobre cambio tecnológico y trabajo asalariado se hace poca mención a empresas como Uber, Deliveroo, etc. La realidad es que estas empresas no son sino la punta de lanza de un intento de cambio en la legislación laboral que va a afectar a sectores y profesiones que no imaginamos. Esto tiene que ver con el tercer punto de la lista y, por su importancia, hemos preferido un artículo independiente en el futuro.

Aquí cerramos la segunda parte del artículo, que quedará concluido en una tercera de próxima aparición. En ella abandonaremos los informes económicos burgueses y defenderemos un análisis económico y político propio.

por Duval para Crónica de Clase

 

 

 

TERCERA PARTE

 

 

Los límites a la revalorización del capital

Hasta este momento hemos estado siguiendo el hilo argumental de los encargados de publicitar la automatización; hemos expuesto sus advertencias (parte I) y sus soluciones (parte II) y les hemos hecho una crítica desde el punto de vista de los intereses de los asalariados.

Pero antes de terminar este artículo vamos a intentar averiguar si la teoría marxista pone límites o no a la progresiva sustitución de trabajo humano por máquinas y, en caso de haberlos, en qué punto podríamos encontrarnos en la actualidad.

Desde la perspectiva marxista existen dos fuerzas contradictorias operando en la transformación de trabajo humano en tecnología. Una de ellas es la del interés inmediato del capitalista, que es la que hemos esbozado varias veces en las dos partes anteriores de este texto. La segunda se deriva de la anterior, pero juega en contra de la obtención de beneficios. Dado que opera a un ritmo más lento que la anterior y además se puede ver retrasada por factores internos al propio proceso y por situaciones o eventos externos, es más difícil de identificar. Veamos ambas fuerzas brevemente.

Como decíamos, por un lado está el efecto inmediato buscado por el capitalista. Según lo expusimos en la parte I y II, cuando se invierte en medios tecnológicos es para conseguir que cada unidad de producto baje de valor. Para que ello ocurra, la nueva tecnología debe permitir aumentar la producción que genera cada trabajador, pero solo de tal forma que la parte de capital inicial que se invierte en tecnología (o trabajo muerto) por unidad de producto sea inferior al capital invertido en salarios (trabajo vivo) que desplaza. También explicamos cómo el primer capitalista que aplica la nueva técnica no persigue la bajada del valor del producto por sí misma, sino en función de que eso le permite obtener un beneficio extraordinario mientras los demás productores se ponen a su altura. El proceso completo se cierra, además, con un efecto adicional a largo plazo que beneficia a todos los capitalistas: cuando los productos que forman parte del consumo de los trabajadores van bajando debido a la incorporación de estas mejoras técnicas, a largo plazo esos trabajadores podrán vivir con un sueldo inferior, pues todo lo que necesitan comprar para reproducirse habrá bajado de precio. Ahora bien, dado que trabajan el mismo número de horas, las horas que ya no trabajan para su reproducción son horas de más que obtiene el capitalista. Es lo que se conoce como el aumento de la plusvalía relativa.

Pero por otro lado se produce un proceso en dirección contraria que dificulta nuevas subidas de beneficios posteriores. Con el paso del tiempo, la proporción de tecnología (la inversión en máquinas) va aumentando en cada producto a costa del trabajo añadido por los trabajadores (la inversión en salarios). Sin embargo, solo el trabajo vivo de los trabajadores produce valor, y por tanto solo él puede ser fuente de beneficios, ya que la parte correspondiente a las máquinas no hace más que trasladarse sin incremento al valor del producto final. Así pues, desde este segundo enfoque, el proceso es a largo plazo suicida para el capital, ya que está reduciendo de forma progresiva precisamente el componente de la inversión que crea valor nuevo.

 

 

Hay varios factores que intervienen para que estos dos movimientos opuestos se puedan reajustar durante años o décadas sin que el beneficio llegue a ser cero. Por ejemplo, el abaratamiento de los productos puede hacer que crezca su consumo, con lo que se compensa la proporción descendente de nuevo valor en cada unidad producida con la venta de muchas más unidades. O puede ocurrir que los productos que se abaratan sean a su vez la maquinaria que necesita otro capitalista, algo que hace que la inversión necesaria en tecnología no crezca a un ritmo insostenible. Por último, también ocurre un alivio del problema cuando el número de inversores en cada sector se va reduciendo debido a que cada vez hace falta una inversión mayor en maquinaria para poder competir. De esta manera, el capital se concentra en empresas más grandes que pueden optar a optimizar la producción y acceder a mercados ampliados.

Y si los factores contrarrestantes que hemos enumerado hasta ahora actúan desde dentro -desde el mismo nivel que la fuerza básica a la que frenan-, también pueden aparecer otros factores que ocasionalmente echan una mano desde fuera. Es lo que ocurrió, por ejemplo, cuando la incorporación en los últimos cuarenta años de los más de mil millones de trabajadores de China, India y del este de Europa al mercado mundial consiguió aumentar la masa de beneficios sin necesidad de nuevas tecnologías.

Pero lo importante es que, a largo plazo y superados los efectos de estos factores contrarrestantes y alteraciones ocasionales, el proceso de conversión de trabajo vivo en tecnología sigue actuando poquito a poco, haciendo más difícil sucesivamente que el inversor pueda incrementar su ganancia al mismo ritmo que su inversión. Esto es lo que se conoce con el nombre de descenso tendencial de la tasa de ganancia.

Pues bien, cuando tenemos en cuenta el descenso tendencial de la tasa de ganancia se explican gran parte de los preocupantes fenómenos económicos que hemos observado en la economía en las últimas décadas. Por ejemplo, entendemos que la crisis que se desató en los años setenta del pasado siglo no fue más que el primer aviso de este fenómeno, después de que la destrucción de la Segunda Guerra Mundial pusiera el contador a cero tras la Gran Depresión de 1929 e impulsara un período de crecimiento sostenido. Tras los años setenta, para poder compensar el efecto del descenso tendencial de la tasa de ganancia han hecho falta varios reajustes del sistema capitalista cuyo efecto era más o menos temporal, requiriendo siempre de nuevos ajustes posteriores. Podemos incluir en este apartado las bajadas de salarios (directos e indirectos) introducidos por el neoliberalismo a principios de los ochenta, la eclosión del capital financiero, la incorporación del Europa del Este, China e India al mercado mundial, o los incrementos de productividad debidos a los ordenadores y a Internet, etc.

En cualquier caso, cada uno de estos factores era absorbido insaciablemente por el sistema, y en cuestión de una década se pasaba su efecto, requiriéndose del siguiente. Los más de diez años transcurridos desde la gran crisis de 2008 ponen de manifiesto la ausencia de factores nuevos que sacrificar a mayor gloria del mercado, con lo que los bajos tipos de interés y la presión a la baja sobre salarios y condiciones laborales han sido el único respirador que ha mantenido con vida al maltrecho mercado durante estos diez años de parón.

Ahora podemos entender en qué contexto y con qué perspectivas aparece la nueva ola de automatización enriquecida con la inteligencia artificial. En ningún caso se busca una mejora en las condiciones de vida o una revolución que ponga en marcha de una vez por todas el motor del mercado. No se busca más que echar una nueva paletada de carbón a la caldera de la productividad, un revivir las llamas que permita aumentar todo lo posible la masa de ganancias, sin tener una idea clara de si esa paletada va a permitir renquear cinco años con un desempleo alto o si va a provocar una revitalización brillante antes de estallar en la forma de una nueva burbuja.

Lo único que podemos dar por seguro es que estas mejoras debidas a la nueva automatización se convertirán en el nuevo estándar de producción social, reduciendo las horas de trabajo socialmente necesario para que el sistema se reproduzca en cada ciclo. Si durante unos años estas mejoras insuflan un poco de aliento y permiten un pico de trabajo momentáneo, ese efecto será absorbido a medio plazo, con lo que el resultado neto será peor que el actual: menos personas trabajando menos tiempo serán suficientes para producir todo lo que el sistema puede consumir. Al mismo tiempo, una inversión creciente en maquinaria incrementará el capital mínimo necesario para obtener un beneficio proporcionalmente más difícil de conseguir. Esto acentuará la situación, ya detectable hoy día, de que el capital se quede bloqueado al no saber a dónde acudir a invertirse con el beneficio mínimo esperado. Se produce así la paradoja de capital inactivo y gente desempleada que no consigue vender su fuerza de trabajo ni actuar como consumidores.

Antes de cerrar este análisis, no queremos abandonar la sección sin intentar aclarar un nuevo malentendido que se difunde incluso desde posiciones progresistas. Nos estamos refiriendo a la afirmación, muy extendida a raíz de esta nueva ola tecnológica, de que el “el capital ya no necesita el trabajo humano”. Si seguimos la argumentación mantenida hasta ahora, veremos que esta afirmación no hace sino poner de manifiesto la incapacidad del reformismo para poder explicar lo que está pasando a nuestro alrededor y, como consecuencia inmediata, su imposibilidad de aportar soluciones.

 

 

De lo dicho hasta ahora es fácil deducir que nosotros no pensamos que el capital necesite el trabajo humano ni más ni menos que antes, sino que somos mucho más rotundos: el capital no tendría razón de ser sin trabajo humano vivo, ya que es la única fuente de creación de valor. La fracción de trabajo humano que un capitalista arrebata a sus asalariados es la materia que compone el plusvalor que eleva su capital, y el capital solo es capital si puede crecer. Si no hay trabajo asalariado, no hay plustrabajo, y sin él no hay plusvalía, con lo que las posesiones del capitalista no serían nada más que hierros oxidándose, algoritmos sin ejecutarse, terabytes de datos ocupando discos duros y dinero devaluándose. Y que quede claro, cuando hablamos de trabajo nos referimos, como no, a trabajo en una fábrica, sí, pero también en un invernadero, en un centro logístico o en el departamento de sistemas de la información de un banco. Lo mismo que por trabajo asalariado no nos limitamos a la definición del mismo que este mes decidan aplicar los jueces de lo laboral: partimos del concepto general de que asalariada es cualquier persona que no sea propietaria de los medios de producción que utiliza para trabajar. Y en esta definición entran los trabajadores por cuenta ajena, los falsos autónomos, los raiders o cualquier otra categoría con la que la picaresca patronal pretenda reducir su gasto en salarios directos o cotizaciones sociales.

Tal y como hemos explicado, no hay que confundir la proporción más pequeña de trabajo humano vivo en cada producto con que no sea precisamente esa proporción la que supone el beneficio del capitalista. La dificultad del capital para sostener sus beneficios se complementa con la necesidad de una mayor explotación, que a su vez se manifiesta en los menores salarios y la mayor precariedad que tiene que soportar la clase trabajadora. A diferencia del discurso reformista, el análisis marxista no necesita recurrir a la aparición sorpresiva de unos malvados ideólogos neoliberales o de una casta especial de capitalistas financieros para explicar los males de los trabajadores (ni nos basta con su desaparición para liberarnos). El capitalismo productor de bienes y servicios que tanto parecen añorar los reformistas, lleva dentro de sí la semilla que, a la larga, hace necesarias esas nuevas manifestaciones que tanto les horrorizan, así como la agudización de nuestra explotación.

 

 

La necesidad y la inevitabilidad de la lucha de los trabajadores

Hasta este momento hemos analizado desde una perspectiva crítica los informes elaborados por los distintos organismos que hemos utilizado como base. Hemos afirmado que su enfoque es ideológico y de clase; el nuestro también. Nosotros no lo escondemos, ellos sí. Pero ante los argumentos utilizados por su parte hemos intentado buscar si existe un soporte o no, y ver si nuestra teoría da una explicación más plausible que la aportada por ellos. Sin embargo, hay un aspecto en el que las afirmaciones que hacen no pueden ser consideradas más que mentiras. Y ello ocurre cada vez que entran a explicar las mejoras asentadas por la lucha de los trabajadores en las legislaciones laborales.

La primera mitad del siglo XIX supuso un incremento de la productividad mientras los salarios reales bajaban. Eran los momentos más crudos de las fábricas inglesas que relata Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra. Sin embargo, según el MGI, en 1850 se produjo un cambio de tendencia en un tiempo “de reformas substanciales, incluyendo el derecho a la sindicación, limitaciones al trabajo infantil, la introducción de centros de enseñanza media públicos […] y la extensión del derecho al voto a los trabajadores sin tierra”. El MGI no explica que en 1848 se produjo una violenta reacción revolucionaria a lo largo de toda Europa que solo terminó con la matanza de más de 3000 trabajadores durante las jornadas de junio en París (ver bibliografía de Marx y Hobsbawm). Los historiadores coinciden en señalar esa erupción paneuropea como la primera manifestación de un movimiento obrero organizado. Es decir, el período de 50 años de bajada de salarios no termina por una política altruista de “reformas”, sino por la presión de la lucha de clases, por primera vez organizada.

 

Es decir, el período de 50 años de bajada de salarios no termina por una política altruista de “reformas”, sino por la presión de la lucha de clases, por primera vez organizada

 

Vuelve a repetirse la interpretación tendenciosa cuando se entra a hablar de la instauración de la jornada de ocho horas, una sección que, en su documento, encabezan con una cita extemporánea de Keynes del año 1930 y finalizan con la afirmación de que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sancionó la jornada de ocho horas que hoy conocemos al convertirla en un estándar internacional. No menciona el informe que la reclamación de la jornada de ocho horas ya figura entre las demandas de la Primera Internacional en 1866, y que el “estándar” de la OIT solo se establece en 1919, dos años después de que la Unión Soviética hubiera establecido esa jornada laboral a los cuatro días del triunfo de la Revolución de Octubre y el mismo año en que el capital había vuelto a aplastar con sangre otra revolución, esta vez la Revolución Espartaquista en Alemania.

Por último, el informe tiene la desfachatez de afirmar que la jornada laboral sigue descendiendo como consecuencia de la automatización y del cambio de la sociedad industrial a la sociedad de los servicios. Solo después de soltar esa propaganda, el informe pasa a reconocer que en ese “descenso” de la jornada laboral están teniendo en cuenta los contratos a tiempo parcial, y que no todos los trabajadores que se rigen por ellos los han solicitado. De hecho, alrededor de un millón y medio de personas declaran trabajar a tiempo parcial en nuestro país solo por no poder encontrar un trabajo a jornada completa. Según los informes de los portavoces del capital están disfrutando de más tiempo libre.

El capital puede incrementar la plusvalía de dos formas. La primera es muy sencilla, basta con hacernos trabajar más horas o con más intensidad. Este método se puede aplicar con más facilidad cuando el miedo a perder el empleo es más alto. Es lo que ha estado ocurriendo durante los años de la crisis, y es el método barato (sin necesidad de invertir en tecnología) con el que las reformas de Zapatero y Rajoy han contribuido para sacar al capitalismo español de la crisis. Todos sabemos que este mecanismo irá fraguando en su interior las luchas para que esa sobreexplotación manifiesta se detenga.

 

 

La otra forma es la que hemos estado estudiando en este mismo artículo y que hemos identificado como incremento de la plusvalía relativa. Cuando el capital invierte en tecnología es para incrementar la producción por trabajador. Este aumento de productividad es más difícil de percibir, ya que los trabajadores que conservan su puesto de trabajo trabajan las mismas horas aunque produzcan más (sí que pueden darse cuenta de que menos compañeros producen tanto como la anterior plantilla más grande). Con el paso del tiempo, la bajada progresiva de todos los productos de consumo del mercado hará parecer a los trabajadores que sus sueldos rinden lo mismo -o más- aunque no les hayan subido el salario en varios años. Si el trabajador no reacciona de forma organizada, todo el incremento de la productividad se lo habrá llevado el empresario.

Cuando los trabajadores de la Europa de 1850 o del mundo a principios del siglo XX se enfrentaron organizados al capitalismo, consiguieron que este les restaurara parte de la productividad de la que se había estado apropiando en solitario en los períodos anteriores. Es decir, tanto frente a la sobreexplotación evidente como frente a los incrementos de la productividad perdidos, la única respuesta de la clase trabajadora es la confrontación. Mientras esta no tenga lugar se irán perdiendo posiciones. Como hemos visto al dar la vuelta a los ejemplos trucados que nos presentaban los documentos que estamos analizando, la credibilidad de la amenaza es fundamental para que el capital ceda. Un ejemplo cercano y relativamente reciente lo tenemos en nuestro país: nunca hemos tenido una legislación laboral más favorable a los trabajadores que la Ley de Relaciones Laborales de 1976, una ley arrancada a un criminal como Arias Navarro en un momento en que los sindicatos estaban ilegalizados. Pero para ello fue necesario que el sistema sintiera la amenaza, y no sin que antes respondiera con los asesinatos de Vitoria y de Basauri.

La amenaza actual de la automatización es muy grande. Los propios informes del capital así lo afirman. Y si lo hacen con tanto descaro es porque no temen una contestación al nivel que se merece, algo fácil de constatar con solo leer el texto de análisis de la UGT, que se limita a atestiguar lo que afirman los voceros del capital sin llevar a cabo un análisis crítico de clase.

 

Rechazamos totalmente la mochila austriaca o la Renta Básica; queremos servicios públicos y protecciones sociales garantizados mientras estemos estudiando, cuando estemos enfermos o cuando nos quedemos sin empleo

 

Desde el campo de la reivindicación sindical no tiene ningún sentido tratar de explicar al capital cómo podría conseguir compatibilizar su necesidad de beneficios con nuestra necesidad de supervivencia. Mucho menos enarbolando recomendaciones tales como el impuesto a los robots, la tasa Tobin, la emisión ilimitada de moneda o cualquier otra ocurrencia que prenda entre aquellos que todo lo arreglan con paños calientes. Lo que sí debemos tener claro es que no nos pueden valer las propuestas del capital. No nos vale con que nos ofrezcan unos estudios con los que “ser empleables”, ni másteres disponibles solo para quienes puedan pagárselos; queremos educación universitaria pública y gratuita hasta el último año que se pueda cursar. Rechazamos totalmente la mochila austriaca o la Renta Básica; queremos servicios públicos y protecciones sociales garantizados mientras estemos estudiando, cuando estemos enfermos o cuando nos quedemos sin empleo. No queremos que la formación de actualización durante nuestra vida laboral nos la tengamos que pagar nosotros mismos para ser rentables al siguiente capitalista; queremos que la formación necesaria durante la vida laboral sea, o bien pagada por el empresario, o tan gratuita y pública como la que exigimos antes de empezar a trabajar. No aceptamos recortes en las pensiones ni pactos en Toledo; ninguna pensión puede ser inferior al salario mínimo. No aceptamos que el trabajo sea un bien escaso; la duración de la vida y de la jornada laboral se ajustará para que haya trabajo para todos.

En el terreno de las luchas concretas va a hacer falta una atención especial a la posible expulsión del mercado laboral de un porcentaje alto de los trabajadores y trabajadoras con un nivel de estudios inferior a la Formación Profesional. Un problema que se acrecienta día a día cuando el nivel de fracaso educativo (no de fracaso escolar) se sitúa por encima de la media de los países capitalistas avanzados. En este sentido, no hay que olvidar la lucha por una enseñanza pública, de calidad, en todos los niveles académicos y con ingresos garantizados para el estudiante. Una educación que debe prestar atención también a aquellos que se quieren volver a incorporar más allá de la edad de enseñanza obligatoria.

 

 

El socialismo como único marco alternativo de relación con el trabajo

La sección anterior comenzaba explicando ciertas mentiras habituales con las que los portavoces del capitalismo intentan embellecer su pasado, disfrazando como concesiones de este modo de producción lo que no son más que derechos arrancados por los trabajadores con grandes sacrificios. Unos derechos que, con mucha frecuencia, se desdibujan con el paso del tiempo o que directamente llegan a perderse cuando la correlación de fuerzas o el castigo de la crisis hace retroceder a la clase trabajadora.

Pero la tergiversación del pasado tiene su proyección en las mentiras sobre el futuro. Los informes sobre la automatización -que no escatiman adjetivos sobre lo dura que puede llegar a ser la transición- no se olvidan nunca de recordar que el sacrificio tendrá su premio, pues la automatización de las tareas de menos valor añadido nos dejarán más tiempo para disfrutar de nuestras familias o para abordar trabajos mucho más gratificantes y creativos.

En realidad esto no ocurre así. Y podemos afirmar eso no porque lo demuestre el pasado, sino porque las reglas internas del capitalismo imposibilitan que esto ocurra. Si se consiguió mejorar las condiciones de explotación en los veinte años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, fue por la combinación excepcional de dos factores: 1) porque el capital podía (la facilidad del crecimiento de los beneficios empresariales fruto de la reconstrucción de la posguerra) y 2) por la fuerza de la que hacían gala los trabajadores (el nivel de conciencia, la organización partisana y el poder de los PCs respaldados por la URSS). Cuando los beneficios empezaron a menguar en la segunda mitad de los sesenta, el armisticio se rompió: la crisis del petróleo sirvió como detonante, y el cambio a las llamadas políticas neoliberales fue la respuesta de contraataque del capital. Un nombre, el de políticas neoliberales, que da apariencia de sistema de pensamiento a lo que no es más que una colección de teorías y de prácticas encaminadas a aumentar la explotación en extensión (tanto en territorios como en sectores) y en intensidad (incremento de la plusvalía absoluta). Desde entonces, la necesidad de que el capital crezca -algo que es el único motor del sistema- ha hecho necesario que los trabajadores vayamos perdiendo una tras otra lo que nunca dejaron de ser concesiones temporales.

Así, tras un paréntesis que no llegó a tres décadas, volvieron a actuar a pleno rendimiento dos fuerzas que son incompatibles con cualquier mejora en las condiciones de vida generalizadas. Por un lado, el mantenimiento de los beneficios absorbe todo el aumento de la productividad posible, lo que da lugar a que los salarios reales se estanquen, mientras que los salarios indirectos y diferidos -en forma de prestaciones sociales y pensiones- retroceden a pasos agigantados. Por otro lado, solo la demanda solvente es tenida en cuenta. Ello quiere decir que, habiendo un porcentaje muy alto de trabajadores deseando entrar al mercado laboral o trabajando en precario, no se cuenta con su participación como trabajadores ni como consumidores, ya que satisfacer sus necesidades no generaría los beneficios mínimos que justificarían la inversión de un capitalista. De esta forma se explica una situación tan frecuente en nuestros días: la convivencia de bolsas de paro o subempleo con capitales ociosos que no encuentran lo que ellos consideran inversiones suficientemente rentables.

Así pues, el capitalismo crea expectativas que es incapaz de cumplir. En el terreno político, se presentó como adalid de la democracia sin adjetivos, solo para acabar demostrando que no tenía nada más que ofrecer que la democracia burguesa; una democracia vacía cuando solo unos pocos son propietarios de los medios de producción y la inmensa mayoría depende para sobrevivir de la venta de su fuerza de trabajo. En palabras de Maxi Nieto: “Dado que la independencia material del individuo es condición de su libertad, en ausencia de aquella para esa mayoría de la población que necesita vender su fuerza de trabajo para poder subsistir, se imponen nuevas servidumbres de clase en sustitución de las feudales. De ese modo, el derecho y el Estado de todos los ciudadanos que proclama la teoría política moderna, resulta ser en la práctica el derecho y el Estado de una determinada clase. Pero aparte de esta obstrucción material, el principio democrático también se encuentra formalmente violado en los marcos jurídico-políticos actuales por todo tipo de fraudes y restricciones a las libertades y derechos. Esto obedece a la posición defensiva de la burguesía como nueva clase dominante frente al movimiento obrero; en el extremo, cuando la seguridad de la burguesía como clase no resulta compatible con el mantenimiento de ciertas libertades democráticas, procede a suspenderlas transitoriamente hasta que logre recomponer las bases de su dominio.

Y si el capitalismo defrauda las propias expectativas políticas que él mismo crea, también lo hace con las expectativas materiales. Esto es algo que queda oculto en el discurso de los publicistas de la automatización, al realizar su análisis sin ninguna referencia a un contexto histórico o social, dando a entender que las sombras del progreso tecnológico son consecuencias inevitables del mismo y no la forma de manifestarse éste dentro de unas relaciones de producción determinadas. Volviendo a Nieto: “Ciertamente el capital impulsa el desarrollo de las fuerzas productivas —promueve la tecnificación del proceso productivo y eleva la productividad general del trabajo—, pero lo hace de forma anárquica, a través de expansiones y crisis recurrentes, con un inmenso desperdicio de recursos materiales y humanos, y todo ello además sobre la base de la explotación del trabajo, de un modo, en definitiva, que impide el control social de esas fuerzas y la orientación del desarrollo económico hacia objetivos democráticamente establecidos, pues son las necesidades humanas las que se subordinan en todo momento a la lógica ciega de la valorización y la acumulación compulsiva.

 

 

En ningún momento hemos pretendido en este trabajo estar en contra de los avances productivos, pero sí que afirmamos que dichos avances no son en modo alguno garantía de una vida mejor para los trabajadores dentro del capitalismo. A corto y a medio plazo pueden ser el disparador de una nueva ola de paro y precariedad y, a largo plazo, suponer una vuelta de tuerca adicional a la dificultad para obtener beneficios, provocando así la siguiente ronda de crisis y sobreexplotación. Por eso mismo no podemos más que catalogar como publicidad, ignorancia o engaño a aquellos discursos que afirman que los avances tecnológicos abren el camino hacia un capitalismo mejor, ya vengan esos discursos del liberalismo, del reformismo o del utopismo conciliador que nunca ha dejado de existir -si es que no son la misma cosa-.

El socialismo se presenta así como la única posibilidad de hacer valer las promesas que la burguesía gusta de evocar cuando necesita del apoyo momentáneo de los que solo disponen de su fuerza de trabajo física e intelectual. Pero hacerlas efectivas requiere precisamente de la pérdida de los privilegios de clase de los capitalistas, algo que sólo podrá ocurrir como desposesión y nunca como renuncia, como superación del sistema y no como evolución del mismo. Hemos visto cómo el capitalismo incuba en su interior fuerzas contradictorias que, mientras le hacen extenderse y profundizar su dominio, le hacen cada vez más incapaz de satisfacer las expectativas que podría generar. No es fácil saber cómo y cuándo podrían alcanzar un punto de ruptura esas contradicciones materiales y sociales y, por desgracia, no hay ninguna ley que establezca que, en ese momento, el cambio deba ir dirigido hacia al socialismo o se desborde en la dirección de la reacción.

 

El socialismo se presenta así como la única posibilidad de hacer valer las promesas que la burguesía gusta de evocar cuando necesita del apoyo momentáneo de los que solo disponen de su fuerza de trabajo física e intelectual

 

Desde esta perspectiva es fundamental volver a pensar en el socialismo, a resituarlo como objetivo e ideal de los trabajadores. La historia del siglo XX llevó a que la clase trabajadora volcara sus esperanzas en un socialismo realmente existente, sin percibir en qué momento lo “realmente existente” se impuso sobre la esencia del socialismo. Curiosamente la lección se entendió al revés, y las sucesivas escaramuzas progresistas mantuvieron precisamente los componentes ajenos al socialismo y descartaron a este como causa de la derrota. Nos encontramos así con los socialismos de mercado, el socialismo del siglo XXI, los altermundismos, etc. como supuestos herederos cada vez más deformados de algo que nunca fue. En esta situación es aconsejable volver a pensar desde los orígenes, no para comenzar desde cero, sino para volver a empezar con todo un siglo de avances, experiencias y retrocesos en los que contrastar lo que hacemos. El socialismo siempre fue sinónimo de democracia, humanismo, conocimiento y progreso, y desde esos ejes sí es posible articular un mundo en el que los avances tecnológicos -mediados por su respeto a los límites del planeta- sean utilizados para que todos y todas trabajemos menos y vivamos mejor.

por Duval para Crónica de Clase

 

 

 


Bibliografía (para las tres partes)

 

Qué informes hemos tomado como referencia para las cifras

En los diez últimos años se han publicado muchos trabajos académicos, divulgativos y formadores de opinión sobre los posibles efectos de la automatización sobre el empleo. Algunos de ellos postulan nuevas metodologías y algunos las combinan, corrigiéndose así unos a otros en proporciones nada desdeñables.

Nuestro interés no está en la demagogia o el alarmismo, así que hemos optado por dar preferencia a los trabajos que ofrecen cifras más moderadas, o que presentan varios escenarios de distinta intensidad. También nos han interesado especialmente aquellos que brindan soluciones o consejos a los poderes públicos, pues creemos que una función nada desdeñable de estos trabajos está más volcada en crear opinión que en presentar datos neutros.

 

Informes:

– Comisión Europea; Report of the high-Level expert group on The Impact of the Digital Transformation on EU Labour Markets; Abril 2019

– McKinsey Global Institute; Jobs lost, jobs gained: workforce transitions in a time of automation; Diciembre 2017

– ; A future that works; Enero 2017

– ; Where machines could replace humans – and where they can’t (yet); Octubre 2016; https://public.tableau.com/en-us/s/gallery/where-machines-could-replace-humans

– Nedelkoska, Ljubica; Quintini, Glenda; OCDE – Automation, skills use and training; 2018

– World Economic Forum; The Future of Work Report 2018; 2018

– Unión General de Trabajadores; Impacto de la automatización en el empleo en España, 2018. Este documento de la UGT nos parece útil porque reúne un extenso listado de informes de organizaciones internacionales, creadores de opinión y grupos de presión del capital. Sin embargo, a nuestro parecer se limita a resumir sus puntos de vista y recomendaciones, sin oponerles la necesaria crítica.

Libros, artículos y enlaces de apoyo:

– Comisión Europea; Report of the high-Level expert group on The Impact of the Digital Transformation on EU Labour Markets; Abril 2019

– McKinsey Global Institute; Jobs lost, jobs gained: workforce transitions in a time of automation; Diciembre 2017

– ; A future that works; Enero 2017

– ; Where machines could replace humans – and where they can’t (yet); Octubre 2016; https://public.tableau.com/en-us/s/gallery/where-machines-could-replace-humans

– Nedelkoska, Ljubica; Quintini, Glenda; OCDE – Automation, skills use and training; 2018

– World Economic Forum; The Future of Work Report 2018; 2018

– Unión General de Trabajadores; Impacto de la automatización en el empleo en España, 2018. Este documento de la UGT nos parece útil porque reúne un extenso listado de informes de organizaciones internacionales, creadores de opinión y grupos de presión del capital. Sin embargo, a nuestro parecer se limita a resumir sus puntos de vista y recomendaciones, sin oponerles la necesaria crítica.

Libros, artículos y enlaces de apoyo:

– Astarita, Rolando; Plusvalía relativa e inflación; 2016. Aquí se puede consultar qué es la plusvalía extraordinaria que obtiene un capitalista cuando es el primero en adoptar una tecnología.

– Cibcom.org; Ciber-comunismo; Sitio web dedicado al estudio de la planificación socialista desde la perspectiva de las tecnologías actuales. https://cibcom.org/

– Engels, Friedrick; La situación de la clase obrera en Inglaterra; 1845; disponible en marxists.orghttps://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/situacion/index.htm

– Gobierno de España; Agenda del Cambio; Febrero 2019; http://www.mineco.gob.es/stfls/mineco/ministerio/ficheros/190208_agenda_del_cambio.pdf

– Marx, Karl; El Capital, libro primero; Ed. Siglo XXI, 2017

– ; Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/francia/index.htm

– ; El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. En este libro Marx retoma los acontecimientos de 1848 y continúa el análisis hasta finales de 1851. Como señaló Engels en un prólogo elaborado unos años más tarde, “Fue precisamente Marx el primero que descubrió […] la ley según la cual todas las luchas históricas, ya se desarrollen en el terreno político, en el religioso, en el filosófico o en otro terreno ideológico cualquiera, no son, en realidad, mas que la expresión más o menos clara de luchas entre clases sociales”. Un indispensable. Disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm

– Marx, Karl y Engels Friedrich; El Capital, libro tercero; Ed. Siglo XXI, 2017

– Nieto Fernández, Maxi; Cómo funciona la economía capitalista; Escolar y Mayo editores, 2015

– Polanyi, Karl; La gran transformación; Fondo de Cultura Económica, 2003

 

 

 

 

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