Utopía de un hombre que está cansado, por Jorge Luis Borges (1975): «Un día los hombres merecerán no tener gobiernos»

Utopía de un hombre que está cansado

 

La fase crítica de la humanidad

«Lo inquietante ya no es que la máquina nos imite, sino que nosotros aceptemos esa imitación como suficiente»

Por Jesús Ferrero

The Objective, 2 AGOSTO 2025

Sean Young y Harrison Ford en ‘Blade Runner’ (1982). | Warner Bros. Entertainment España

 

En el Libro de los pasajes, Walter Benjamin habla de un cuento chino en el que «un pintor acaba un paisaje, cruza un puente pintado y desaparece para siempre». La idea fue retomada por otros autores posteriores, entre ellos John Berger, como símbolo de la disolución de los límites entre realidad y representación, entre el hombre y sus inventos. Con cada avance técnico, el ser humano se ha ido retirando de su centro, desplazado por aquello que construyó sin comprender, sin prever, sin imaginar del todo, como si el pintor chino hubiese improvisado el cuadro donde se escondió de los pesares de la vida y de la muerte. Alguna vez el fuego fue mito, el arado abrió la tierra como se abre el porvenir, la palabra se hizo carne. Hoy, en cambio, la creación ha olvidado a su creador. El hombre ha producido más de lo que puede asumir, más de lo que puede ver sin estremecerse. Günther Anders lo llamó «desfase prometeico»: ese desfase creciente entre el poder de nuestras manos y la conciencia de nuestros actos.

Las máquinas ya no obedecen. No porque se hayan rebelado, sino porque nunca entendieron el verbo obedecer. Se limitan a ejecutar, a calcular, a replicar. Y nosotros, fascinados, permitimos que lo hagan por nosotros. La inteligencia artificial no es inteligente ni artificial; es una prolongación de nuestros deseos delegados, de nuestros miedos sistematizados. Crea imágenes que no ha visto, compone frases que no ha sentido, decide sin juicio, predice sin alma. Es la sombra exacta de nuestra potencia sin ética. Y en esa sombra habitamos.

Llegados a este punto del problema, ¿cómo no pensar en el concepto futurista el valle de la extrañeza: esa dimensión que, según los futurólogos, conoceremos cuando los robots se parezcan demasiado a nosotros? Será el momento en el que te vayas a un hotel con un amante circunstancial y en el alborozo sexual te darás cuenta, por algo en su mirada o en su voz, que es un robot, y sentirás inquietud y sensación de estafa. Veremos rostros humanos, pero sin nervios ni memoria; una voz suave, pero sin temblor ni historia. Lo que parece próximo nos inquieta porque carece de cicatriz y porque intuimos que la humanidad no se simula sin traicionar algo. Y sin embargo, poco a poco, dejamos que nos sustituya. Lo inquietante ya no es que la máquina nos imite, sino que nosotros aceptemos esa imitación como suficiente.

Vivimos en un mundo que ha perdido su centro moral. Nadie es ya culpable del todo. El programador no es responsable del algoritmo, el ingeniero no se pregunta por la muerte que habilita, el usuario no piensa en la estructura invisible que reproduce. Es una cadena sin sujeto, una culpa repartida hasta diluirse. Anders lo advirtió: el mayor peligro no es que la técnica falle, sino que funcione demasiado bien, y que nos volvamos incapaces de interrumpirla. Nos hemos habituado a no preguntar. Nos adaptamos a lo que nos supera, como si el hecho de que algo exista justificara su uso. La eficiencia ha suplantado a la justicia. La velocidad, a la verdad.

Y más allá aún, el transhumanismo nos promete una redención sin alma: cuerpos sin dolor, cerebros sin olvido, conciencia sin carne. Ya no se trata de asistir al hombre, sino de superarlo. No corregir su fragilidad, sino erradicarla. Lo humano, en esta lógica, es un error de diseño. La muerte, una anomalía. El límite, una molestia. ¿Pero qué queda del hombre si elimina lo que lo define? ¿Qué sentido tiene la vida sin pérdida, el amor sin miedo, la decisión sin riesgo?

 

«¿Somos todavía humanos? ¿O solo usuarios de una maquinaria que se mueve sin preguntarse hacia dónde?»

 

El transhumanismo no niega la obsolescencia del hombre: la celebra. Dice: «Sí, somos imperfectos, y eso debe ser superado». No hay en ello redención, sino una forma elegante de renuncia. Es el triunfo final del desfase prometeico: la aceptación de que somos inferiores a nuestras máquinas, no porque lo sean en realidad, sino porque hemos decidido medirnos con su vara. Y al hacerlo, hemos perdido nuestro ser, con sus limitaciones y su grandeza.

Lo más trágico no es la imaginación atrofiada que ya no se atreve a soñar lo que construye, lo más trágico es el hombre que deja de pensarse, fascinado por su reflejo sintético. Anders no fue un profeta del apocalipsis, sino un testigo de la renuncia. Nos habló de un tiempo en que el arte ya no sería creación, sino simulacro; en que la política ya no sería elección, sino algoritmo; en que el dolor sería visto como un problema técnico, y no como el misterio que nos hace hermanos.

¿Ya estamos ahí? ¿Hemos llegado? ¿Somos precisos, veloces, conectados? Pero ¿somos todavía humanos? ¿O solo usuarios de una maquinaria que se mueve sin preguntarse hacia dónde? ¿Qué resta de nosotros cuando todo puede replicarse sin vida?

La fase crítica no es un momento histórico: es una condición del alma. Es el instante en que el hombre deja de preguntarse quién es, porque ya no cree que importe. Es la sustitución del juicio por la estadística, del gesto por la función, del mundo por su representación, donde podemos perdernos como el pintor del cuento se perdió en su propia creación.

 

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Utopía de un hombre que está cansado

Jorge Luis Borges

Utopía de un hombre que está cansado

 

«Llamola utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar».

Quevedo

 

No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa. Ni a derecha ni a izquierda vi un alambrado. Como otras veces repetí despacio estas líneas, de Emilio Oribe:

En medio de la pánica llanura interminable
Y cerca del Brasil,

que van creciendo y agrandándose.

El camino era desparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta. Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del cielo raso una lámpara de luz amarillenta. La mesa, por alguna razón, me extrañó. En la mesa había una clepsidra, la primera que él vio, fuera de algún grabado en acero. El hombre me indicó una de las sillas.

 

En la antigua Roma, las clepsidras se utilizaban para medir el tiempo y regular la duración de los discursos en juicios y asambleas, así como para señalar las guardias nocturnas durante las campañas militares. Aunque el origen de la clepsidra se remonta a Egipto y Babilonia, los romanos adoptaron y adaptaron esta tecnología para diversas actividades

 

Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín. Junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo.

Por la ropa -me dijo-, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aún de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que me interesará.

No dije nada y agregó:

Si no te desagrada ver comer a otro ¿quieres acompañarme?

Comprendí que advertía mi zozobra y dije que sí.

Atravesamos un corredor con puertas laterales, que daba a una pequeña cocina en la que todo era de metal. Volvimos con la cena en una bandeja: boles con copos de maíz, un racimo de uvas, una fruta desconocida cuyo sabor me recordó el del higo, y una gran jarra de agua. Creo que no había pan. Los rasgos de mi anfitrión eran agudos y tenía algo singular en los ojos. No olvidaré ese rostro severo y pálido que no volverá a ver. No gesticulaba al hablar.

Me trababa la obligación del latín, pero finalmente le dije:

¿No te asombra mi súbita aparición?

No -me replicó-, cuentos visitas nos ocurren de siglo en siglo. No durarán mucho; a más tardar estarás mañana en tu casa.

La certidumbre de su voz me bastó. Juzgué prudente presentarme:

Soy Eudoro Acevedo. Nací en 1897, en la ciudad de Buenos Aires. He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos.

 

 

Recuerdo haber leído sin desagrado -me contestó- dos cuentos fantásticos. Los Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. Pero no sabemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local.

Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las precisiones inútiles. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; Yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien.

¿Y cómo se llamaba tu padre?

No se llamaba.

En una de las paredes vi un anaquel. Abrí un volumen al azar; las letras eran claras e indescifrables y trazadas a mano. Sus líneas angulares me recordaron el alfabeto rúnico, que, sin embargo, solo se empleó para la escritura epigráfica. Pensé que los hombres del porvenir no solo eran más altos sino más diestros. Instintivamente miré los largos y finos dedos del hombre.

 

Alfabeto rúnico

 

Este me dijo:

Ahora vas a ver algo que nunca has visto.

Me tendió con cuidado un ejemplar de la Utopíade More, impreso en Basilea en el año 1518 y en el que faltaban hojas y láminas.

No sin fatuidad repliqué:

Es un libro impreso. En casa habrá más de dos mil, aunque no tan antiguos ni tan preciosos.

Leí en voz alta el título.

El otro río.

Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido una de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.

En mi curioso ayer -contesté-, prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar. El planeta estaba poblado de espectros colectivos, el Canadá, el Brasil, el Congo Suizo y el Mercado Común. Casi nadie sabía la historia previa de esos entes platónicos, pero sí los más ínfimos pormenores del último congreso de pedagogos, la inminente ruptura de relaciones y los mensajes que los presidentes mandaban, elaborados por el secretario del secretario con la prudente imprecisión que era propia del género.

Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y guardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre.

 

Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas.

Solo lo publicado era verdadero. 

Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin nuestro de singular concepto del mundo.

 

Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Solo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin nuestro de singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; Creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.

¿Dinero? -repitió-. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio.

Como los rabinos -le dije.

Pareció no entender y prosiguió.

 

 

En Puán, localidad de 5 mil habitantes ubicada a 200 km de Bahía Blanca, se ubica un particular templo-mirador inaugurado en octubre de 2010. Se trata del Millenium, que se alza sobre el Cerro de la Paz, evocando la mítica Torre de Babel. 

 

Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo.

¿Un hijo? -pregunté.

-Si. Uno solo. No conviene fomentar el género humano. Hay quienes piensan que es un órgano de la divinidad para tener conciencia del universo, pero nadie sabe con certidumbre si hay tal divinidad. Creo que ahora se discuten las ventajas y desventajas de un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo. Pero volvamos a lo nuestro.

Asentí.

Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.

¿Se trata de una cita? -le preguntó.

Seguramente. Ya no nos quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas.

¿Y la gran aventura de mi tiempo, los viajes espaciales? -le dije.

Hace ya siglos que hemos renunciado a esas traslaciones, que fueron ciertamente admirables. Nunca pudimos evadirnos de un aquí y de un ahora.

Con una sonrisa agregó:

Además, todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial.

Así es -repliqué-. También se hablaba de sustancias químicas y de animales zoológicos.

El hombre ahora me daba la espalda y miraba por los cristales. Afuera, la llanura estaba blanca de silenciosa nieve y de luna.

Me atreví a preguntar:

¿Todavía hay museos y bibliotecas?

No. Queremos olvidar el ayer, salvo para la composición de elegías. No hay conmemoraciones ni centenarios ni efigies de hombres muertos. Cada cual debe producir por su cuenta las ciencias y las artes que necesita.

En tal caso, cada cual debe ser su propio Bernard Shaw, su propio Jesucristo y su propio Arquímedes.

 

 

Asintió sin una palabra. Pregunté:

¿Qué sucedió con los gobiernos?

Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen.

Cambió de tono y dijo:

He construido esta casa, que es igual a todas las otras. He labrado estos muebles y estos enseres. He trabajado el campo, que otros cuya cara no he visto, trabajarán mejor que yo. Puedo mostrarte algunas cosas.

Lo seguí a una pieza contigua. Encendió una lámpara, que también pendía del cielo raso. En un rincón vi un arpa de pocas cuerdas. En las paredes había telas rectangulares en las que predominaban los tonos del color amarillo. No parecía proceder de la misma mano.

Esta es mi obra -declaró.

Examiné las telas y me detuve ante la más pequeña, que figuraba o sugería una puesta de sol y que encerraba algo infinito.

Si te gusta puedes llevártela, como recuerdo de un amigo futuro -dijo con palabra tranquila. Le agradecí, pero otras telas me inquietaron. No diré que estaban en blanco, pero sí casi en blanco.

Están pintadas con colores que tus antiguos ojos no pueden ver.

Las delicadas manos tañeron las cuerdas del arpa y apenas percibí uno que otro sonido. Fue entonces cuando se oyeron los golpes.

Una alta mujer y tres o cuatro hombres entraron en la casa. Diríase que eran hermanos o que los había igualado el tiempo. Mi anfitrión habló primero con la mujer.

Sabía que esta noche no faltaría. ¿Lo has visto a Nils?

De tarde en tarde. Sigue siempre entregado a la pintura.

Esperamos que con mejor fortuna que su padre.

Manuscritos, cuadros, muebles, enseres; no dejes nada en la casa.

La mujer trabajó a la par de los hombres. Me avergoncé de mi flaqueza que casi no me permitiría ayudarte. Nadie cerró la puerta y salimos, cargados con las cosas. Note que el techo era a dos aguas.

A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una suerte de torre, coronada por una cúpula.

Es el crematorio -dijo alguien-. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.

 

Dachau, Alemania – 30 de julio de 2015: Hornos del ladrillo dentro del edificio del crematorio que muestra la realidad horrible de los campos de concentración

 

El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja.

Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un ademán.

La nieve seguirá -anunció la mujer.

En mi escritorio de la calle México guardo la tela que alguien pintará, dentro de millas de años, con materiales hoy dispersos en el planeta.

ALETA

El libro de arena, 1975

Ciudad Seva