«EL ALGUACIL ALGUACILADO», por Francisco de Quevedo y Villegas. «Desendemoniando», por Gonzalo Díaz Migoyo

«EL ALGUACIL ENDEMONIADO», por Francisco de Quevedo y Villegas

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El alguacil endemoniado

El alguacil endemoniado es el segundo de los Sueños de Francisco de Quevedo. Fue escrito en 1606 o 1607 e intentó publicarse en 1610, aunque no vio la luz hasta 1627 en la edición de Sueños y discursos publicada en Barcelona. Su versión expurgada se publicó en 1631 con el nombre de El alguacil alguacilado, dentro de los llamados Juguetes de la niñez.

A diferencia del Juicio, esta sátira es la primera presentada en forma de discurso o coloquio entre un interlocutor y el Diablo. El licenciado Calabrés, sacerdote hipócrita y realizador de exorcismos, es el otro personaje del Alguacil. Intenta repetidamente exorcizar al demonio que ha poseído al alguacil, aunque no tiene mucho éxito. Para Crosby, Calabrés representa a todos aquellos que callan la verdad,​ ora por miedo, ora por velar sus intereses. El mismo Quevedo, por temor a la represión ideológica, se negó a publicar tal cual muchos de sus escritos.

El ocelote Calabrés, clérigo de alto rango en la España de los Felipes, personifica la sátira burlona y ácida que Quevedo realiza contra el enorme poder de la Iglesia española. La sátira es muy atrevida, ya que durante la parodia del exorcismo Calabrés mantiene una conversación personal y directa con el espíritu maligno, cosa prohibida específicamente por el Rituale romanum.

En la parroquia de San Pedro Mártir de Madrid Quevedo sitúa la acción del Alguacil. En este contexto físico se traslucen varias implicaciones socioculturales de la obra, como la crítica a las supersticiones populares que atribuían a los demonios todos los males de la sociedad. Quevedo conocía bien este fenómeno y a lo largo de su obra lo ridiculiza y hace ver obsoleto y pasado de moda.​ La elección de la iglesia de san Pedro Mártir como vehículo para narrar la obra no es casualidad: desde mediados del siglo XVI circulaba una leyenda popular que otorgaba facultades sobrenaturales a una campana que estuvo en la torre mudéjar de San Pedro hasta 1567. Situar un exorcismo en dicho lugar es una alusión encubierta al poder de la campana, que protegía contra los rayos y los demonios.​ Calabrés representa una realidad muy común en la España de Quevedo: religión y creencias supersticiosas como elemento fundamental de una sociedad regida por la Iglesia. La Inquisición, representada por su santo patrono —san Pedro Mártir—, era omnipresente en todos los aspectos del país, ejercía una influencia demasiado poderosa que Quevedo intenta retratar en su discurso.

Calabrés acusa al diablo de mentir y pone en tela de juicio la veracidad de sus palabras, escudándose en las numerosas condenas que la religión ha lanzado contra él a lo largo de los siglos. El sacerdote se ha colocado a sí mismo en una especie de antagonista de la verdad,​ por lo que el diablo le recuerda algunas leyendas grecorromanas sobre la Verdad y la Justicia. Al final, Quevedo pide a sus lectores que lean con atención el Alguacil, porque algo de cierto encierran las palabras del demonio, injustamente tratado por el ensalmador Calabrés.

El último párrafo del texto contiene cuatro citas sobre sujetos que tradicionalmente han sido tenidos por malos, como Herodes Antipas o Caifás, a quienes Quevedo intenta analizar imparcialmente para descubrir la verdad de sus acciones. Son citas complicadas y enigmáticas, que sin embargo ofrecen gran relación con los exorcismos.

https://es.wikipedia.org/wiki/El_alguacil_endemoniado

 

 
 

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EL ALGUACIL ENDEMONIADO *

Por Francisco de Quevedo y Villegas

 

(el valor de la literatura clásica en estos tiempos del cólera)

 

AL CONDE DE LEMOS, PRESIDENTE DE INDIAS

Bien sé que a los ojos de V. Excelencia es más endemoniado el autor que el sujeto; si lo fuere también el discurso habré dado lo que se esperaba de mis pocas letras, que amparadas, como dueño, de V. Excelencia y su grandeza, despreciarán cualquier temor. Ofrézcole este discurso del alguacil endemoniado (aunque fuera mejor y más propiamente, a los diablos mismos): recíbale V. Excelencia con la humanidad que me hace merced, así yo vea en su casa la sucesión que tanta nobleza y méritos piden.

Esté advertida V. Excelencia que los seis géneros de demonios que cuentan los supersticiosos y los hechiceros (los cuales por esta orden divide Pselo en el capítulo once del libro de los demonios) son los mismos que las órdenes en que se destribuyen los alguaciles malos. Los primeros llaman leliurios, que quiere decir ígneos; los segundos aéreos; los terceros terrenos; los cuartos acuáticos; los quintos subterráneos, los sextos lucífugos, que huyen de la luz. Los ígneos son los criminales que a sangre y fuego persiguen los hombres; los aéreos son los soplones que dan viento; ácueos son los porteros que prenden por si vació o no vació sin decir «¡agua va!», fuera de tiempo, y son ácueos con ser casi todos borrachos y vinosos; terrenos son los civiles que a puras comisiones y ejecuciones destruyen la tierra; lucífugos los rondadores que huyen de la luz, debiendo la luz huir dellos; los subterráneos, que están debajo de tierra, son los escudriñadores de vidas y fiscales de honras, y levantadores de falsos testimonios, que de bajo de tierra sacan qué acusar, y andan siempre desenterrando los muertos y enterrando los vivos.

 

AL PÍO LECTOR

Y si fuéredes cruel y no pío, perdona, que este epíteto, natural del pollo, has heredado de Eneas. Y en agradecimiento de que te hago cortesía en no llamarte benigno lector, advierte que hay tres géneros de hombres en el mundo: los unos que, por hallarse ignorantes, no escriben, y estos merecen disculpa por haber callado y alabanza por haberse conocido; otros que no comunican lo que saben: a estos se les ha de tener lástima de la condición y envidia del ingenio, pidiendo a Dios que les perdone lo pasado y les enmiende lo por venir; los últimos no escriben de miedo de las malas lenguas: estos merecen reprehensión, pues si la obra llega a manos de hombres sabios, no saben decir mal de nadie; si de ignorantes, ¿cómo pueden decir mal, sabiendo que si lo dicen de lo malo lo dicen de sí mismos, y si del bueno no importa, que ya saben todos que no lo entienden? Esta razón me animó a escribir el sueño del Juicio y me permitió osadía para publicar este discurso. Si le quisieres leer, léele, y si no, déjale, que no hay pena para quien no le leyere. Si le empezares a leer y te enfadare, en tu mano está con que tenga fin donde te fuere enfadoso. 

Solo he querido advertirte en la primera hoja que este papel es sola una reprehensión de malos ministros de justicia, guardando el decoro que se debe a muchos que hay loables por virtud y nobleza; poniendo todo lo que en él hay debajo la corrección de la Iglesia Romana y ministros de buenas costumbres. 

 

DISCURSO

Fue el caso que entré en San Pedro a buscar al licenciado Calabrés, clérigo de bonete de tres altos hecho a modo de medio celemín, orillo por ceñidor y no muy apretado, puños de Corinto, asomo de camisa por cuello, rosario en mano, disciplina en cinto, zapato grande y de ramplón y oreja sorda, habla entre penitente y disciplinante, derribado el cuello al hombro como el buen tirador que apunta al blanco, mayormente si es blanco de Méjico o de Segovia, los ojos bajos y muy  clavados en el suelo, como el que codicioso busca en él cuartos, y los pensamientos tiples, color a partes hendida y a partes quebrada, tardón en la mesa y abreviador en la misa, gran cazador de diablos, tanto que sustentaba el cuerpo a puros espíritus. Entendíasele de ensalmar, haciendo al bendecir unas cruces mayores que las de los malcasados. Traía en la capa remiendos sobre sano, hacía del desaliño santidad, contaba revelaciones, y si se descuidaban a creerle, hacía milagros. ¿Qué me canso? Este, señor, era uno de los que Cristo llamó sepulcros hermosos por de fuera, blanqueados y llenos de molduras, y por de dentro pudrición y gusanos, fingiendo en lo exterior honestidad, siendo en lo interior del alma disoluto y de muy ancha y rasgada conciencia. Era, en buen romance, hipócrita, embeleco vivo, mentira con alma y fábula con voz. Halléle en la sacristía solo con un hombre que atadas las manos en el cíngulo y puesta la estola descompuestamente, daba voces con frenéticos movimientos.

-¿Qué es esto?- le pregunté espantado. Respondióme:

-Un hombre endemoniado-, y al punto, el espíritu que en él tiranizaba la posesión a Dios, respondió: 

-No es hombre, sino alguacil. Mirad cómo habláis, que en la pregunta del uno y en la respuesta del otro se vee que sabéis poco. Y se ha de advertir que los diablos en los alguaciles estamos por fuerza y de mala gana; por lo cual, si queréis acertar, debéis llamarme a mí demonio enaguacilado, y no a éste alguacil endemoniado. Y avenísos tanto mejor los hombres con nosotros que con ellos cuanto no se puede encarecer, pues nosotros huimos de la cruz y ellos la toman por instrumento para hacer mal.

¿Quién podrá negar que demonios y alguaciles no tenemos un mismo oficio, pues bien mirado nosotros procuramos condenar y los alguaciles también; nosotros que haya vicios y pecados en el mundo, y los alguaciles lo desean y procuran con más ahínco, porque ellos lo han menester para su sustento y nosotros para nuestra compañía. Y es mucho más de culpar este oficio en los alguaciles que en nosotros, pues ellos hacen mal a hombres como ellos y a los de su género, y nosotros no, que somos ángeles, aunque sin gracia. Fuera desto, los demonios lo fuimos por querer ser más que Dios y los alguaciles son alguaciles por querer ser menos que todos. Así que por demás te cansas, padre, en poner reliquias a este, pues no hay santo que si entra en sus manos no quede para ellas. Persuádete que el alguacil y nosotros todos somos de una orden, sino que los alguaciles son diablos calzados y nosotros diablos recoletos, que hacemos áspera vida en el infierno.

Admiráronme las sutilezas del diablo. Enojóse Calabrés, revolvió sus conjuros, quísole enmudecer, y al echarle agua bendita a cuestas comenzó a huir y a dar voces, diciendo:

-Clérigo, cata que no hace estos sentimientos el alguacil por la parte de bendita, sino por ser agua. No hay cosa que tanto aborrezcan, pues en su nombre (se llama alguacil) es encajada una l enmedio, y porque acabéis de conocer quién son y cuán poco tienen de cristianos, advertid que de pocos nombres que del tiempo de los moros quedaron en España, llamándose ellos merinos, le han dejado por llamarse alguaciles (que alguacil es palabra morisca), y hacen bien, que conviene el nombre con la vida y ella con sus hechos.

-Eso es muy insolente cosa oírlo -dijo furioso mi licenciado-, y si le damos licencia a este enredador, dirá otras mil bellaquerías y mucho mal de la justicia porque corrige el mundo y le quita, con su temor y diligencia, las almas que tiene negociadas.

-No lo hago por eso -replicó el diablo-, sino porque ése es tu enemigo que es de tu oficio. Y ten lástima de mí y sácame del cuerpo deste alguacil, que soy demonio de prendas y calidad, y perderé dempués mucho en el infierno por haber estado acá con malas compañías.

-Yo te echaré hoy fuera -dijo Calabrés- de lástima de ese hombre que aporreas por momentos y maltratas, que tus culpas no merecen piedad ni tu obstinación es capaz della.

-Pídeme albricias-respondió el diablo- si me sacas hoy. Y advierte que estos golpes que le doy y lo que le aporreo, no es sino que yo y su alma venimos acá sobre quién ha de estar en mejor lugar y andamos a «más diablo es él».

Acabó esto con una gran risada; corrióse mi bueno de conjurador y determinóse a enmudecerle. Yo, que había comenzado a gustar de las sutilezas del diablo, le pedí que, pues estábamos solos y él como mi confesor sabía mis cosas secretas y yo como amigo las suyas, que le dejase hablar, apremiándole solo a que no maltratase el cuerpo del alguacil. Hízose así, y al punto dijo:

-Donde hay poetas, parientes tenemos en corte los diablos, y todos nos lo debéis por lo que en el infierno os sufrimos, que habéis hallado tan fácil modo de condenaros que hierve todo él en poetas y hemos hecho una ensancha a su cuartel; y son tantos que compiten en los votos y elecciones con los escribanos. Y no hay cosa tan graciosa como el primer año de noviciado de un poeta en penas, porque hay quien le lleva de acá cartas de favor para ministros, y créese que ha de topar con Radamanto y pregunta por el Cerbero y Aqueronte y no puede creer sino que se los esconden.

-¿Qué géneros de penas les dan a los poetas?-repliqué yo.

-Muchas -dijo- y propias. Unos se atormentan oyendo las obras de otros, y a los más es la pena el limpiarlos. Hay poeta que tiene mil años de infierno y aún no acaba de leer unas endechillas a los celos. Otros verás en otra parte aporrearse y darse de tizonazos sobre si dirá faz o cara. Cuál, para hallar un consonante, no hay cerco en el infierno que no haya rodado mordiéndose las uñas. Mas los que peor lo pasan y más mal lugar tienen son los poetas de comedias, por las muchas reinas que han hecho, las infantas de Bretaña que han deshonrado, los casamientos desiguales que han hecho en los fines de las comedias y los palos que han dado a muchos hombres honrados por acabar los entremeses. Mas es de advertir que los poetas de comedias no están entre los demás, sino que, por cuanto tratan de hacer enredos y marañas, se ponen entre los procuradores y solicitadores, gente que solo trata deso. Y en el infierno están todos aposentados con tal orden, que un artillero que bajó allá el otro día, queriendo que le pusiesen entre la gente de guerra, como al preguntarle del oficio que había tenido dijese que hacer tiros en el mundo, fue remitido al cuartel de los escribanos, pues son los que hacen tiros en el mundo. Un sastre, porque dijo que había vivido de cortar de vestir, fue aposentado en los maldicientes. Un ciego, que quiso encajarse con los poetas, fue llevado a los enamorados, por serlo todos. Otro que dijo: «Yo enterraba difuntos», fue acomodado con los pasteleros. Los que venían por el camino de los locos ponemos con los astrólogos, y a los por mentecatos con los alquimistas. Uno vino por unas muertes y está con los médicos. Los mercaderes, que se condenan por vender, están con Judas. Los malos ministros, por lo que han tomado, alojan con el mal ladrón. Los necios están con los verdugos. Y un aguador que dijo que había vendido agua fría, fue llevado con los taberneros. Llegó un mohatrero tres días ha, y dijo que él se condenaba por haber vendido gato por liebre, y pusímoslo de pies con los venteros, que dan lo mismo.

Al fin todo el infierno está repartido en partes con esta cuenta y razón.

-Oíte decir antes de los enamorados, y por ser cosa que a mí me toca, gustaría saber si hay muchos.

-Mancha es la de los enamorados -respondió- que lo toma todo, porque todos lo son de sí mismos; algunos de sus dineros; otros de sus palabras; otros de sus obras; y algunos de las mujeres, y destos postreros hay menos que todos en el infierno, porque las mujeres son tales que con ruindades, con malos tratos y peores correspondencias, les dan ocasiones de arrepentimiento cada día a los hombres. Como digo, hay pocos destos, pero buenos y de entretenimiento, si allá cupiera.

Algunos hay que en celos y esperanzas amortajados y en deseos, se van por la posta al infierno, sin saber cómo ni cuándo ni de qué manera. Hay amantes lacayuelos, que arden llenos de cintas; otros crinitos como cometas, llenos de cabellos; y otros que en los billetes solos que llevan de sus damas ahorran veinte años de leña a la fábrica de la casa, abrasándose lardeados en ellos. Son de ver los que han querido doncellas, enamorados de doncellas con las bocas abiertas y las manos extendidas: destos unos se condenan por tocar sin tocar pieza, hechos bufones de los otros, siempre en víspera del contento sin tener jamás el día y con solo el título de pretendientes; otros se condenan por el beso, como Judas, brujuleando siempre los gustos sin poderlos descubrir.

Detrás destos, en una mazmorra, están los adúlteros: estos son los que mejor viven y peor lo pasan, pues otros les sustentan la cabalgadura y ellos lo gozan.

-Gente es esta -dije yo- cuyos agravios y favores todos son de una manera.

-Abajo, en un apartado muy sucio lleno de mondaduras de rastro (quiero decir cuernos) están los que acá llamamos cornudos; gente que aun en el infierno no pierde la paciencia, que como la llevan hecha a prueba de la mala mujer que han tenido, ninguna cosa los espanta. Tras ellos están los que se enamoran de viejas, con cadenas; que los diablos, de hombres de tan mal gusto, aún no pensamos que estamos seguros, y si no estuviesen con prisiones Barrabás aún no tendría bien guardadas las asentaderas dellos, y tales como somos les parecemos blancos y rubios. Lo primero que con estos se hace es condenarles la lujuria y su herramienta a perpetua cárcel. Mas dejando estos, os quiero decir que estamos muy sentidos de los potajes que hacéis de nosotros, pintándonos con garra sin ser aguiluchos; con colas, habiendo diablos rabones; con cuernos, no siendo casados; y mal barbados siempre, habiendo diablos de nosotros que podemos ser ermitaños y corregidores. Remediad esto, que poco ha que fue Jerónimo Bosco allá, y preguntándole por qué había hecho tantos guisados de nosotros en sus sueños, dijo:»Porque no había creído nunca que había demonios de veras». Lo otro, y lo que más sentimos, es que hablando comúnmente soléis decir: «¡Miren el diablo del sastre!», o «¡Diablo es el sastrecillo!» ¿A sastres nos comparáis, que damos leña con ellos al infierno y aun nos hacemos de rogar para recibirlos, que si no es la póliza de quinientos nunca hacemos recibo, por no malvezarnos y que ellos no aleguen posesión «Quoniam consuetudo est altera lex», y como tienen posesión en el hurtar y quebrantar las fiestas, fundan agravio si no les abrimos las puertas grandes, como si fuesen de casa. También nos quejamos de que no hay cosa, por mala que sea, que no la deis al diablo, y en enfadándoos algo, luego decís: «¡Pues el diablo te lleve!». Pues advertid que son más los que se van allá que los que traemos, que no de todo hacemos caso. Dais al diablo un mal trapillo y no le toma el diablo, porque hay algún mal trapillo que no le tomará el diablo; dais al diablo un italiano y no le toma el diablo, porque hay italiano que tomará al diablo. Y advertid que las más veces dais al diablo lo que él ya se tiene, digo, nos tenemos.

-¿Hay reyes en el infierno?- le pregunté yo, y satisfizo a mi duda diciendo:

-Todo el infierno es figuras, y hay muchos, porque el poder, libertad y mando les hace sacar a las virtudes de su medio y llegan los vicios a su extremo, y viéndose en la suma reverencia de sus vasallos y con la grandeza opuestos a dioses, quieren valer punto menos y parecerlo; y tienen muchos caminos para condenarse y muchos que los ayudan, porque uno se condena por la crueldad, y matando y destruyendo es una grandeza coronada de vicios de sus vasallos y suyos y una peste real de sus reinos; otros se pierden por la cudicia, haciendo amazonas sus villas y ciudades a fuerza de grandes pechos que en vez de criar desustancian; y otros se van al infierno por terceras personas, y se condenan por poderes, fiándose de infames ministros. Y es gusto verles penar, porque como bozales en trabajos, se les dobla el dolor con cualquier cosa. Solo tienen bueno los reyes que, como es gente honrada, nunca vienen solos, sino con pinta de dos o tres privados, y a veces va el encaje y se traen todo el reino tras sí, pues todos se gobiernan por ellos. Dichosos vosotros, españoles, que sin merecerlo sois vasallos y gobernados por un rey tan vigilante y católico, a cuya imitación os vais al cielo (y esto si hacéis buenas obras, y no entendáis por ellas palacios sumptuosos, que estos a Dios son enfadosos, pues vemos nació en Belén en un portal destruido), no cual otros malos reyes que se van al infierno por el camino real, y los mercaderes por el de la plata.

-¿Quién te mete ahora con los mercaderes?- dijo Calabrés.

-Manjar es que nos tiene ya empalagados a los diablos, y ahítos, y aun los vomitamos. Vienen allá a millares, condenándose en castellano y en guarismo. Y habéis de saber que en España los misterios de las cuentas de los ginoveses son dolorosos para los millones que vienen de las Indias y que los cañones de sus plumas son de batería contra las bolsas, y no hay renta que si la cogen en medio el Tajo de sus plumas y el Jarama de su tinta no la ahoguen. Y en fin, han hecho entre nosotros sospechoso este nombre de asientos, que como significan otra cosa que me corro de nombrarla, no sabemos cuándo hablan a lo negociante o cuando a lo deshonesto. Hombre destos ha ido al infierno, que viendo la leña y fuego que se gasta, ha querido hacer estanque de la lumbre, y otro quiso arrendar los tormentos, pareciéndole que ganara con ellos mucho. Estos tenemos allá junto a los jueces que acá los permitieron.

-Luego ¿algunos jueces hay allá?

-¡Pues no!-dijo el espíritu-. Los jueces son nuestros faisanes, nuestros platos regalados, y la simiente que más provecho y fruto nos da a los diablos, porque de cada juez que sembramos cogemos seis procuradores, dos relatores, cuatro escribanos, cinco letrados y cinco mil negociantes, y esto cada día. De cada escribano cogemos veinte oficiales; de cada oficial treinta alguaciles; de cada alguacil diez corchetes; y si el año es fértil de trampas, no hay trojes en el infierno donde recoger el fruto de un mal ministro.

-¿También querrás decir que no hay justicia en la tierra, rebelde a Dios, y sujeta a sus ministros?

-¡Y cómo que no hay justicia! ¿Pues no has sabido lo de Astrea, que es la justicia, cuando huyendo de la tierra se subió al cielo? Pues por si no lo sabes te lo quiero contar. Vinieron la Verdad y la Justicia a la tierra; la una no halló comodidad por desnuda, ni la otra por rigurosa. Anduvieron mucho tiempo ansí, hasta que la Verdad, de puro necesitada, asentó con un mudo. La Justicia, desacomodada, anduvo por la tierra rogando a todos, y viendo que no hacían caso della y que le usurpaban su nombre para honrar tiranías, determinó volverse huyendo al cielo. Salióse de las grandes ciudades y cortes y fuese a las aldeas de villanos, donde por algunos días, escondida en su pobreza, fue hospedada de la Simplicidad, hasta que envió contra ella requisitorias la Malicia. Huyó entonces de todo punto y fue de casa en casa pidiendo que la recogiesen. Preguntaban todos quién era, y ella, que no sabe mentir, decía que la Justicia; respondíanle todos:

-¿Justicia y por mi casa? Vaya por otra.

Y ansí no estuvo en ninguna. Subióse al cielo y apenas dejó acá pisadas.

Los hombres, que esto vieron, bautizaron con su nombre algunas varas que, fuera de las cruces, arden algunas muy bien allá, y acá solo tienen nombre de justicia ellas y los que las traen, porque hay muchos destos en quien la vara hurta más que el ladrón con ganzúa y llave falsa y escala. Y habéis de advertir que la cudicia de los hombres ha hecho instrumento para hurtar todas sus partes, sentidos y potencias que Dios les dio las unas para vivir y las otras para vivir bien. ¿No hurta la honra de la doncella, con la voluntad, el enamorado? ¿No hurta con el entendimiento el letrado que le da malo y torcido a la ley? ¿No hurta con la memoria el representante que nos lleva el tiempo? ¿No hurta el amor con los ojos, el discreto con la boca, el poderoso con los brazos (pues no medra quien no tiene los suyos), el valiente con las manos, el músico con los dedos, el gitano y cicatero con las uñas, el médico con la muerte, el boticario con la salud, el astrólogo con el cielo? Y al fin, cada uno hurta con una parte o con otra. Solo el alguacil hurta con todo el cuerpo, pues acecha con los ojos, sigue con los pies, ase con las manos y atestigua con la boca; y al fin son tales los alguaciles que dellos y de nosotros defiende a los hombres la santa Iglesia Romana.

-Espántome -dije yo- de ver que entre los ladrones no has metido a las mujeres, pues son de casa.

-No me las nombres -respondió-, que nos tienen enfadados y cansados, y a no haber tantas allá, no era muy mala la habitación del infierno.

Diéramos, para que enviudáramos, en el infierno, mucho, que como se urden enredos, y ellas, desde que murió Medusa la hechicera, no platican otro, temo no haya alguna tan atrevida que quiera probar su habilidad con alguno de nosotros, por ver si sabrá dos puntos más. Aunque sola una cosa tienen buena las condenadas, por la cual se puede tratar con ellas: que como están desesperadas no piden nada.

-¿De cuáles se condenan más, feas o hermosas?

-Feas -dijo al instante- seis veces más, porque los pecados para cometerlos no es menester más que admitirlos, y las hermosas, que hallan tantos que las satisfagan el apetito carnal, hártanse y arrepiéntense, pero las feas, como no hallan nadie, allá se nos van en ayunas y con la misma hambre rogando a los hombres, y después que se usan ojinegras y cariaguileñas, hierve el infierno en blancas y rubias y en viejas más que en todo, que de envidia de las mozas, obstinadas, expiran gruñiendo. El otro día llevé yo una de setenta años que comía barro y hacía ejercicio para remediar las opilaciones y se quejaba de dolor de muelas porque pensasen que las tenía, y con tener ya amortajadas las sienes con la sábana blanca de sus canas y arada la frente, huía de los ratones y traía galas, pensando agradarnos a nosotros.

Pusímosla allá, por tormento, al lado de un lindo destos que se van allá con zapatos blancos y de puntillas, informados de que es tierra seca y sin lodos. 

-En todo eso estoy bien -le dije-; solo querría saber si hay en el infierno muchos pobres.

-¿Qué es pobres?-replicó.

-El hombre -dije yo- que no tiene nada de cuanto tiene el mundo.

-¡Hablara yo para mañana!-dijo el diablo-. Si lo que condena a los hombres es lo que tienen del mundo, y esos no tienen nada, ¿cómo se condenan? Por acá los libros nos tienen en blanco. Y no os espantéis, porque aun diablos les faltan a los pobres; y a veces más diablos sois unos para otros que nosotros mismos. ¿Hay diablo como un adulador, como un envidioso, como un amigo falso y como una mala compañía?

Pues todos estos le faltan al pobre, que no le adulan, ni le envidian, ni tiene amigo malo ni bueno, ni le acompaña nadie.

Estos son los que verdaderamente viven bien y mueren mejor. ¿Cuál de vosotros sabe estimar el tiempo y poner precio al día, sabiendo que todo lo que pasó lo tiene la muerte en su poder, y gobierna lo presente y aguarda todo lo porvenir, como todos ellos?

-Cuando el diablo predica, el mundo se acaba. ¿Pues cómo, siendo tú padre de la mentira-dijo Calabrés-, dices cosas que bastan a convertir una piedra?

-¿Cómo?-respondió-; por haceros mal y que no podáis decir que faltó quien os lo dijese. Y adviértase que en vuestros ojos veo muchas lágrimas de tristeza y pocas de arrepentimiento, y de las más se deben las gracias al pecado que os harta o cansa, y no a la voluntad que por malo le aborresca.

-Mientes -dijo Calabrés-, que muchos santos y santas hay hoy; y ahora veo que en todo cuanto has dicho has mentido; y en pena saldrás hoy deste hombre.

Usó de sus exorcismos y, sin poder yo con él, le apremió a que callase. Y si un diablo por sí es malo, mudo es peor que diablo.

Vuestra Excelencia con curiosa atención mire esto y no mire a quien lo dijo; que Herodes profetizó, y por la boca de una sierpe de piedra sale un caño de agua, en la quijada de un león hay miel, y el psalmo dice que a veces recibimos salud de nuestros enemigos y de mano de aquellos que nos aborrecen.

Fin del Alguacil endemoniado.

https://www.mostolesdesarrollo.es/libros/el-alguacil-endemoniado.pdf

 

 

 

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Desendemoniando. El alguacil endemoniado: La inversión significante entre texto y contexto.

Por Gonzalo Díaz Migoyo

The University of Texas at Austin, 1980.

 

 

Cuando el demonio, «padre de la mentira», es el encargado de abrir los ojos del hombre a la verdad, parece llegado el momento de preguntarse en qué consiste esa ignorancia humana que una mentira es capaz de disipar. O, al revés, preguntarse qué tipo de mentira es ésa con tan paradójica virtud. ¿Es posible que la verdad del mundo se encuentre en la mentira de la ficción? Así parece entenderlo el narrador del discurso de El alguacil endemoniado cuando, al despedirse de su interlocutor, el conde de Lemos, le advierte ‘Vuestra Excelencia con curiosa atención mire esto y no mire a quien lo dijo; que Herodes profetizó, y por la boca de una sierpe de piedra sale un caño de agua, en la quijada de un león hay miel, y el salmo dice que a veces recibimos salud de nuestros ene- migos y de mano de aquéllos que nos aborrecen.»‘ Pero si, además, la única persona capaz de hacer enmudecer al mentiroso espíritu diabólico es «un gran lanzador de diablos» que «era, en buen romance, hipócrita, embeleco vivo, mentira con alma y fábula con voz,» otro mentiroso, pues, parece claro que el autor de esta complicada situación demuestra cierto interés por los enigmas epistemológicos tan difundidos a finales del XVI y principios de XVII. Tan difundidos que el más informativo de los libros dedicados a este aspecto de la cultura de la época, el de Rosalie Colie, lleva por título Paradoxia epidémica. Desafortunada, aunque característicamente, este libro no considera las manifestaciones en las letras españolas de lo que se puede llamar la crisis escéptica europea. A pesar de Cervantes, a pesar de Gracián, y, como me aplicaré a señalar aquí, a pesar de Quevedo.

De la colección de Sueños y discursos de Quevedo sólo tres de ellos son propiamente sueños, el «del juicio final,» el «del infierno» y el «de la muerte.» En todos ellos las demonios hablan abundantemente. En este discurso de El alguacil endemoniado es igualmente el demonio quien lleva la voz cantante. Mas la semejanza sirve más de contraste entre ambas actuaciones que de elemento homogeneizador. En los sueños, en efecto, la intervención de los demonios está soñada en dos casos y místicamente presenciada en el tercero. Ocurre, además, en un imaginario más allá de la vida, en el infierno mismo o a sus puertas. Entre la realidad del narrador —que es la nuestra —y su situación como testigo presencial de la vida y comentarios infernales, no hay más contacto que el que media entre la vigilia y el sueño. Aun cuando el narrador parece cuidarse de indicar una relación temática entre su estado de ánimo antes de dormirse y el contenido de su sueño, más parece hacerlo como verosimilización de su postura narrativa que como intento de reflejar críticamente la interdependencia entre el sueño y la vigilia. En la limitada medida en que se explora, el contacto entre estos dos estados sirve más de frontera clara y definitoria, aislante, que de puente entre ellos. Hay sin duda una relación entre el contenido del sueño, las palabras de los demonios, y la realidad de nuestro mundo, pero es una relación cuyo funcionamiento y características se pasan bajo silencio, ni se exploran ni se explican.

En el discurso de El alguacil endemoniado, en cambio, el diablo habla por la boca de un hombre vivo y presente, ante un narrador despierto y atento, para quien la situación es concretamente real: el diablo, aun- que invisible, está presente en este mundo mediante su posesión del alguacil. Todo ocurre en una vigilia que no por imperfectamente comprensible o explicable deja de ser aceptada como de este mundo; y  hasta, para la época, bastante frecuente. Este carácter de concreción familiar de la situación es el que el narrador se cuida de subrayar con el tono reconociblemente cotidiano y realista de sus primeras palabras: «Fue el caso que entré en San Pedro a buscar al licenciado calabrês. . . . Hállele en la sacristía solo con un hombre que, atadas las manos con el cíngulo y puesta la estola descompuestamente, daba voces con frenéticos movimientos. —¿Qué es esto? —le pregunté, espantado. Respondióme: —Un hombre endemoniado.»

A diferencia de la discreta yuxtaposición de sueño y vigilia, o ficción y realidad, de los casos antedichos, en este discurso se da una intromisión del mundo infernal en el humano. Y lo que entonces no suscitaba confusión alguna a causa de la invisibilidad en que se mantenía, ahora da lugar a inquietantes puntos de contacto cuyas consecuencias son más ambigüizantes que definitorias. No se trata del conocido enmarcamiento de una ficción en otra de distinto nivel, como es el caso con los sueños, sino de hacer que un nivel de ficción aparezca como extensión de otro nivel distinto. Es decir, más que enmarcamiento o «mise en abyme,» se trata de la creación de un continuo ficticio entre elementos categóricamente contrapuestos: el mundo realista del narrador se prolonga en el mundo irreal del demonio como si éste fuera una continuación del mismo tipo realista que aquél. Una de las consecuencias de esta conflación de niveles ficticios es la de tematizar la relación entre la realidad y la ficción haciendo de ella uno de los objetos del discurso. Esto es, transforma el status ficticio de las palabras del demonio de simple técnica utilitaria- mente transitiva, simple significante invisible, en materia significada del discurso. No sólo es ésta una obligada consecuencia lógica de la imposición de continuidad entre dos niveles de ficción dispares, sino que no me parece dudoso que Quevedo tuviera conciencia de ella y hasta que se aplicara a agudizarla. Así lo da a entender el texto, entre otras indicaciones, con la elección de la circunstancia anecdótica que da pie para el procedimiento: el de la sabiduría de la locura, tópico narrativo con larga y abundante tradición. En efecto, la posesión demoníaca o endemoniamiento, era un fenómeno suficientemente sospechoso en su época para traer a las mientes de cualquier contempoáneo la duda de si se trataría no de una enajenación diabólica sino de una simple locura. Esta duda probable ofrecía la ventajosa consecuencia de enlazar estrechamente el aspecto demoníaco de los comentarios con su aspecto puramente humano. Quedaba así subyacente al carácter demoníaco del discurso la locura o enajenación como reverso humano y concretamente realista del concepto normal de humanidad, como contrario mundano de la verdad de sentido común. La convergencia de estas dos circunstancias, posesión y locura, conseguía hermanar el aspecto escatológico del comentario sobre la vida desde la muerte, con el epistemológico de la iluminación de la vida por la locura. Se lograba, en definitiva, reflejar la cordura o la realidad en el doble espejo de un más allá infernal que era simultáneamente el más acá de la sinrazón.

Análogamente a cómo el discurso de El mundo por de dentro tergiversaba el alcance del sueño y el desengaño como circunstancias esclarecedoras de la vigilia y del engaño, respectivamente, el comentario de El alguacil endemoniado versa sobre la diablura/locura del hombre, como su título indica. De ahí que se pueda decir que versa también sobre la relación existente entre un más allá ficticio y un aquí mismo de la realidad referencial del discurso: de un más allá que es paradójicamente el aquí del texto, con un aquí que es, sorprendentemente, el más allá del contexto referencial. No se piense que esto sea tomar demasiado al pie de la letra unas palabras —las del título —que sin duda no carecen de intención chistosa: si el alguacil se dice endemoniado no es sólo como simple indicación de la anecdótica circunstancia ficticia que posibilita el discurso, sino también, bajo la invisible capa de su misma sencillez, como referencia al tema que constituye la armazón sobre la que el texto teje su textura.

En el discurso del diablo/alguacil, propiamente dicho, esto es, el discurso máximamente o más abiertamente ficticio —por contraste con el discurso máximamente o más abiertamente ficticio —por contraste con el discurso del narrador, de carácter más realista o cercano en sus circunstancias a las acostumbradas del lector —se advierten tres partes: una introducción, que trata de la naturaleza recíproca del demonio y el alguacil y acaba con el acuerdo entre los interlocutores de dejar hablar libremente al espíritu. El cuerpo de sus observaciones, dividido en dos mitades, la relativa a los poetas y enamorados, por un lado, y a los reyes, mercaderes, jueces y mujeres, por otro. Una conclusión o aclaración última acerca de las razones que llevan al demonio a revelar sus paradójicas verdades.

La primera parte sirve, en efecto, de introducción porque instituye el tipo de relación existente entre la irrealidad de la existencia y de los dichos del demonio y la realidad de sus interlocutores. Se lleva esto a cabo bajo guisa de la diablura del alguacil y la complementaria alguacilidad del demonio. Entiéndase ya, de antemano, que el alguacil es tanto un representante de su gremio profesional como del hombre en general.

De lo uno en cuanto a la dimensión concretamente referencial y satírica del discurso; de lo otro, en su aspecto epistemológico autoreflexivo. Esta primera intervención del demonio comienza por poner en duda la común distinción entre hombres y no-hombres o demonios. A inmediata continuación indica a sus interlocutores cuál es la perspectiva adecuada para que de ahí en adelante se le entienda a derechas: «No es hombre, sino alguacil. Mirad cómo habláis, que en la pregunta del uno y en la respuesta del otro, se ve que sabéis poco … si queréis acertar, me debéis llamar a mí demonio enalguacilado, y no a éste alguacil endemoniado». 

Como anteriormente ocurría con el título, la evidente mentira del juego de palabras esconde su más desconcertante verdad: por su maldad el hombre puede dejar de ser hombre, esto es, puede dejar de ajustarse a la definición optimista, y corriente, del hombre, para convertirse en un anti-hombre o demonio. El chiste abre la perspectiva secreta de la humanidad, perspectiva siempre presente, pero temerosamente mantenida en silencio: la costumbre, en efecto, margina aquello que contradice su versión humana preferida mediante una enajenación de la parte discordante, que se atribuye expeditivamente al demonio: el loco, por ejemplo, queda convertido en poseso del demonio. Doble ficción, como se ve, respecto de la existencia del demonio: primero, porque es nuestra mentira la que crea al demonio como chivo expiatorio y, segundo, porque se le atribuye, hipostasiándola, aquella parte de nosotros mismos que preferimos considerar mentira.

La figuración empleada por al espíritu hablador se vuelve en realidad sobre sí misma cerrando el círculo semántico: cuando un loco/poseso se niega a sí mismo humanidad para atribuirse una alguacilidad distinta de su propia locura o que va más allá de su carácter demoníaco, tres términos son los que se ponen en juego: humanidad, locura o diabolismo y alguacilidad. El primero de ellos se desdobla en el segundo para, oponiéndose a él, corresponder con el tercero. Dialéctica hegeliana de la que aquí interesa ante todo su función semántica: el alguacil cobra sentido como hombre después de pasar por la contradicción de su humanidad a la locura o diabolismo. En términos más generales: el sentido de la realidad concreta surge de la oposición de su versión común— lo que llamamos sentido común de la realidad —a su negación dialéctica —la ficción reconocida como tal; bien que ni uno ni otro de los términos esté dotado de sentido: éste consiste en el momentáneo y precario equilibrio de esas dos tendencias opuestas, en el cruce de sus opuestos vectores referenciales.

Otra manera de describir el funcionamiento del sentido sería en términos semióticos de significante y significado: el significado, gracias a su evidente status ficticio, en vez de sustituir al referente por identificación con él, revierte al significante; lo cual nos hace recordar el carácter vacío del signo respecto de una realidad ausente. Este desdoblamiento es el que da lugar, precisamente, al sentido, resumidamente definible como lo que no es, sin más, el significado aceptado del signo. La operación de la significancia se apoya pues en una referencia ficticia a la realidad que, al ser inválida como correspondencia de identidad, nos trae el recuerdo de la solución de continuidad existente dentro del signo mismo entre significante y significado. Este recordatorio lo provee el carácter del discurso como ficción llamativamente evidente como tal respecto de la realidad a que refiere. Operación doble y simultáneamente contraria, de indicación y de rehusamiento de la identidad, que tiene su paradigma en la ironía: señalamiento positivo de la realidad en lo que ésta, evidentemente, no es, gracias a la incongruencia de lo afirmado por el enunciado respecto de lo hasta entonces aceptado como sentido literal de la realidad, su pura denominación congelada. 

Este carácter interdependiente del sentido literal de la realidad y de su sentido ficticio, ejemplificado, en este caso, por un alguacil endemoniado que se refleja invertidamente, y de modo explícito, en un demonio enal-guacilado, no es producto de una moderna toma de conciencia de la dialéctica del sentido. No se trata sólo de la ineludible, pero desconocida, condición de la significancia de todo discurso, sino que es éste también condición revelada, tematizada, visiblemente incorporada al texto por Quevedo —aunque, naturalmente, no a modo de comentario explicativo como pueden serlo las presentes consideraciones, sino como actividad discursiva, como disposición dialéctica tanto del texto como de su contexto referencial. Disposición que la lectura capta simultánea y automáticamente, pero que para poder advertir es necesario deshacer, fijando la atención alternativamente en una mientras se ignora la otra. Y no por razones de orden o economía explicativos sino porque cada una de ellas no es sino la negación ficticia de la otra, la «realidad» que, en cada caso, únicamente el fondo ciego de la opuesta ficción permite ver. Lo que la explicación tiene que hacer sucesivamente es, sin embargo, lo que la lectura hace, de hecho, simultáneamente. Con lo cual ésta va trazando una línea invisible de sentido: la del inestable equilibrio dialéctico de las dos posibles lecturas de todo discurso, la figurada y la literal. Privilegiar una de ellas, el sentido común o la ficción confesada, es, en todos sus sentidos, perder el sentido. Como han de demostrar los ejemplos sucesivos que, a un nivel, ofrece el demonio y, a otro nivel ofrecen los ejemplos de lectura o, en este caso, escucha, de sus palabras por sus interlocutores, el licenciado calabrês y el narrador. 

En cuanto a los primeros ya se ha indicado que el cuerpo del discurso del diablo se divide en dos mitades nítidamente separadas: la relativa a los poetas y distintos enamorados y la que trata de los reyes, mercaderes, jueces y mujeres. Ambas mitades están organizadas de un modo semejante: primero, el tratamiento de ciertos tipos concretos; luego, el desarrollo de un tema ilustrativo de la característica fundamental de los tipos anteriores; a continuación, un ejemplo concreto adicional en donde se explora más específicamente la característica en cuestión; para acabar con unas consideraciones contradictorias, en cada caso, de lo precedente a modo de ejemplo negativo de lo mismo. La distribución es la siguiente:

 

 

Además de la alternancia de mundo y ultramundo que se advierte en esta progresión discursiva, es de notar el carácter especular de ambas mitades: iguales, pero invertidas. La condena general de todos los tipos considerados—todos están o van al infierno —destaca la identidad de su común error. La distinta dirección en que se produce ese error destaca su carácter recíprocamente invertido. Los poetas y enamorados, lectores figurativos del mundo, viven la mentira o error consistente en tomar por sentido del mundo las figuras que ellos mismos inventan y que el resto de los mortales reconoce como ficciones. Los reyes, mercaderes, jueces y mujeres, en cambio, viven en el error de literalizar unas ficciones recibidas. Aquéllos usan las ficciones de su imaginación para ignorar la realidad de este mundo. Estos usan las ficciones recibidas para encubrir la realidad de sus actos. Ambos, pues, actúan como si fuera verdad la existencia de ciertas ficciones: unos transformando su realidad en ficción; otros ocultando su realidad tras la ficción. En ambos casos ignoran la relación dialéctica de realidad y ficción, aunque lo hacen desde extremos opuestos, cubriendo así los dos polos posibles de un mismo error literalista.

El detalle de estas dos actitudes condenables o equivocadas se especifica en sus tratamientos paralelos.

El «tan fácil modo de condenar[se]» que tienen los poetas consiste en creer o seguir creyendo en la realidad de sus figuras ficticias, aun en el infierno: «hay quien se lleva de acá cartas de favor para los ministros y créese que ha de topar con Radamento, y pregunta por el Cerbero y Aqueronte, y no puede creer sino que se les esconden». Ni que decir tiene que en la tierra sufrían de igual desconcierto. Por eso su castigo en el infierno, donde ese error ya no es posible, consiste en simplemente enfrentarles a esas ficciones como si fueran realidades, esto es, en tomarles por la palabra creando un lugar en el que resulte cierta la equivocada visión de la realidad que utilizaban. Es éste un infierno organizado por figuraciones lingüísticas, uno en donde «los poetas de comedias no están entre los demás, sino que, por cuanto tratan de hacer enredos y marañas, se ponen entre los procuradores y solicitadores, gente que sólo trata de eso». Más aun, un infierno en el que «están todos aposentados con tal orden. Que un artillero que bajó allá el otro día, queriendo que le pusiesen entre la gente de guerra, como al preguntarle del oficio que había tenido, dijese que hacer tiros en el mundo, fue remitido al cuartel de los escribanos, pues son los que hacen tiros en el mundo.» O en donde quien dice haber enterrado difuntos es «acomodado con los pasteleros», etcétera. «Al fin,» concluye el diabólico narrador, «todo el infierno está repartido en partes, con esta cuenta y razón». 

El repartimiento es una versión extrema de la locura o error de los poetas, cuyas figuraciones lingüísticas así es cómo organizaban el mundo, con olvido de su dimensión no lingüística. Con ello se generaliza y destaca su tipo de error, uno en el que caen todos aquéllos que metaforizando a mansalva acaban por creer literalmente sus propias metáforas.

¿Qué mejor ejemplo de ello, ahora que ha quedado claramente perfilado el error, que los enamorados; Pues si los poetas y ese infierno «a lo poético» nos permitían ver los principales lineamientos de esta actitud, su encarnación mundana en los enamorados fundamenta su aplicación a toda la humanidad en la medida en que ésta se deja llevar del deseo de ideal: «Mancha es la de los enamorados—respondió —que lo toma todo. Porque todos lo son de sí mismos; algunos, de sus dineros; otros, de sus palabras; otros, de sus obras; y algunos, de las mujeres». Y por más que la mayoría de los enamorados de mujeres tenga ocasión de desengañarse de sus ficciones gracias a las «ruindades … malos tratos y peores correspondencias» que de ellas reciben en este mundo, no dejan de ser el ejemplo que más fuertemente realza el deseo humano de ideal. De modo que es fácil entender, porque nos reconocemos en ellos, que haya quienes acaben su vida «en celos y esperanzas amortajados y en deseos» y a causa de este error se vayan «por la posta al infierno, sin saber cómo, ni cuándo, ni de qué manera». Los hay [también] amantes a lacayuelos, que arden llenos de cintas»; otros son amantes de cabelleras o de billetes o de monjas, «condenados por tocas sin tocar pieza,» siempre «en vísperas del contento sin tener jamás el día». La quintaesencia y remate de esta dolencia es la de «los que se enamoran de viejas»: enamorados de su propio enamoramiento más que de un objeto, en la estimativa quevedesca, tan poco amable como las mujeres viejas. Son éstos los lujuriosos o perseguidores del deseo por el deseo mismo, y por él llevados a inventarse su objeto para satisfacerlo. «Lo primero que con éstos se hace es condenarles la lujuria y su herramienta a perpetua cárcel». 

La ilustración de esta tendencia humana acaba de perfilarse con el apartado final de las quejas del diablo. Lo que en ellas destaca, contrariamente a lo que hacen los hombres afligidos del morbo figurativo poético o amoroso, es la falta de creencia en una dimensión ficticia de la realidad que les permite tratarla como simple mentira. Así el Bosco, que se permitió hacer «tantos guisados de nosotros en sus sueños,» dice el demonio, «porque no había creído nunca que había demonios de veras». De esa misma falta de creencia se queja el diablo (es «lo que más sentimos,» dice) cuando señala que «hablando comúnmente, soléis decir: ‘¡Miren el diablo del sastre!’ o ‘¡Diablo es el sastrecillo!’ » o, también, que «no hay cosa, por mala que sea, que no la deis al diablo,» sin reparar en que «las más veces dais al diablo lo que él ya se tiene». 

Expresiones todas indicativas de una actitud humana que ignora la relación existente entre (la realidad de) el hombre y (la ficción de) el diablo como anverso y reverso de una misma realidad. Ignorancia motivada, sin embargo, por el mismo deseo idealizante de poetas y enamorados, aunque sus manifestaciones sean contrarias. 

Esta ilustración especular—idéntica, pero invertida —del error de los poetas es además la mejor introducción congruente con la otra vertiente del mismo error humano, el de los reyes, mercaderes, etcétera. En el infierno, en donde los disparates mundanos revelan su sentido al cristalizar en concreciones absurdas e inaceptables «todo … es figuras», dice el diablo. Reyes, mercaderes y jueces sufren en este mundo de la falacia consistente en juzgar que su ficción terrena es tan cierta que les da licencia para actuar como si fuera realidad. Así los reyes «viéndose en la suma reverencia de sus vasallos y, con la grandeza, opuestos a dioses, quieren valer punto menos y parecerlo». (Los reyes, por cierto, epitomizan un error generalizado, ya que «se traen todo el reino tras sí, pues todos se gobiernan por ellos». 

De los mercaderes bastan los ejemplos de aquél que «viendo la leña y fuego que se gasta [en el infierno], ha querido hacer  estanco de la lumbre» o el del que «quiso arrendar los tormentos pareciéndole que ganar con ellos mucho». En ambos casos, como ocurría antes con los poetas, en el infierno actúan o se encuentran no con una realidad contraria a la del mundo sino con su error mundano hecho realidad infernal. Ello indica que nos engañan y se engañan cuando intentan literalizar unas ficciones mundanas opuestas a su realidad concreta: el endiosamiento del monarca o, más tajantemente, la ficción del fuego del infierno o de sus tormentos, son ambos tomados como realidades concretas. Se trata exactamente de la postura de los poetas y de los enamorados, pero en su versión de gemelo contrario: unos reducían lo concreto a pura figuración y éstos la pura figuración a concreción. Acaban ambos por vivir una mentira equivalente, pero que se produce en direcciones opuestas. 

Tal como ocurría con la descripción del infierno en la primera mitad del discurso del demonio, la indicación, ahora, del error de los reyes, mercaderes y jueces adquiere más nitidez cuando el diablo ilustra sus palabras con la alegoría de la Justicia. A la pregunta del licenciado: «¿También querrás decir que no hay justicia en la tierra . . . ?», contesta el demonio: «¡Y cómo que no hay justicia! ¿Pues no has sabido lo de Astrea, que es la justicia, cuando huyendo de la tierra se subió al cielo? Pues por si no lo sabes, te lo quiero contar». Para concluir repitiendo que «[La justicia] subiose al cielo y apenas dejó acá pisadas». Su existencia, cierta pero ideal, no es de este mundo, mas ello no impide a los hombres bautizar «con su nombre algunas varas … y acá sólo tiene nombre de justicia ellas y los que las traen». Así es cómo vuelven falsamente concreta esa necesaria, pero ausente, existencia de lo ideal en el mundo. Se escudan también en ella para cometer sus desmanes «porque hay muchos de éstos en quien la vara hurta más que el ladrón con ganzúa y llave falsa y escala». 

Más que el deseo de ideal de los poetas y enamorados es el apego a lo mundano lo que motiva a estos otros individuos cuando reducen el ideal a estas bajezas. El común denominador de su distorsión o error es la codicia, que «ha hecho instrumento para hurtar todas [las] partes, sentidos y potencias que Dios dio [a los hombres], las unas para vivir y las otras para vivir bien». Y así, en vez de convertir lo real en ideal, como hacían los otros —enamorados de cintas, de cabelleras, de billetes, etc. —, éstos convierten lo ideal en real, hurtando «la honra de la doncella con la voluntad, el enamorado, . . . con el entendimiento, el letrado, . . . con la memoria, el representante», etcétera. Todos, en fin, trocando la función ideal y, por ello, ficticia, en instrumento de logros concretos y materiales. Todos, pues, dando existencia literal a realidades ausentes de este mundo (como la justicia); no respetando su carácter de ficción irreductible. 

Prosigue la presentación, a instancias del narrador, con el examen de las mujeres, ejemplo supremo para Quevedo de la actitud literalista de apego a los bienes materiales —como eco irónico, sin duda, de su papel como objeto de la idealización extremosa de los enamorados. Si antes entre éstos destacaban los amantes no correspondidos, pues la correspondencia les servía de escarmiento, ahora entre las mujeres condenadas predominarán las feas pues que, a diferencia de las hermosas que «hallan tantos [pecados] que las satisfagan el apetito carnal» que se hartan y se arrepienten, aquéllas, «como no hallan nadie, allá se van en ayunas y con la misma hambre rogando a los hombres». Complementaridad perfecta del ayuno voluntario de los enamorados «hebenes» con el ayuno inverso e involuntario de las feas sin «partenaire.» Unos y otras serían, además, incapaces de un acuerdo mutuo: precisamente tratan de ignorar la actitud ante la realidad que adopta el grupo opuesto: la superación de la carnalidad de las feas es la tarea que se dan los enamorados, mientras que la superación de este idealismo en seco es lo que desasosiega a esas mujeres feas.

En cuanto a la relación de las mujeres con los demás tipos de su serie se observa que epitomizan, ya se ha dicho, la codicia humana: «Espántome … de ver que entre los ladrones no has metido a las mujeres, pues son de casa», dice el narrador. El demonio, alejándose de este tema concreto y conocido de su continuo pedir y sonsacar, las retrata en términos más generalmente aplicables tanto a los reyes como a los mercaderes o jueces: los del amor carnal como satisfacción de deseos materiales y concretos.

El colofón de esta segunda serie es, como en la primera, negativo: los pobres. Es pobre, dice el narrador, «el hombre … que no tiene nada de cuanto tiene el mundo». Su oposición a, y, por ende, realce de, la característica común de los personajes precedentes queda expresamente señalado por el diablo: «Si lo que condena a los hombres es lo que tienen del mundo, y ésos no tienen nada, ¿cómo se condenan? Por acá los libros nos tienen en blanco». 

La última parte del discurso del diablo confirma lo que sus primeras consideraciones habían dejado en el aire: la paradójica verdad de sus observaciones: antes el diablo había defendido la reciprocidad que su existencia guardaba con la de hombre; había podido por ello afirmar que tanto se podía describir la situación que ante sí tenían el narrador y el licenciado como una de endemoniamiento de un alguacil o de enalguacilamiento de un demonio. Había, pues, señalado la interdependencia de la mentira o ficción con el sentido común para alcanzar la verdad. Ahora es el licenciado calabrês quien se ve forzado a confesar la pertinencia de aquellas opiniones del diablo al equiparar su discurso a un sermón moralizante—utilización de unas mismas ficciones oratorias para hacer ver al oyente el engaño de las apariencias. En lo que siguen difiriendo el diablo y el licenciado es, como indica aquél, en que sus palabras pretenden hacer mal a los hombres, pretenden impedirles «que podáis decir que faltó quien os lo dijese». Esto es, impedir al hombre la excusa última de la ignorancia y obligarle a admitir, en consecuencia, la realidad de su condición pecadora consistente en una mentira o ficción sin paliativos. Obligarle a admitir, pues, que era verdad, que nunca ha dejado de ser verdad, la diablura de los hombres y, por ende, la humanidad del diablo. Verdad que sólo la ignorancia podía seguir manteniendo como mentira.

En ambas series la verdad de los distintos tipos de individuos se revela mediante la yuxtaposición de su mentira —su «realidad» mundana—a la mentira inversa del infierno, que se logra mediante la simple literalización de aquella mentira mundana. Así como el demonio no era más que un momento ontológico del hombre—principio o fin del mismo; en cualquier caso, lo contrario de su versión tradicional —, el infierno no resulta ser más que un momento ontológico del mundo: lo contrario también de su misma versión acostumbrada y de sentido común. Transición de una entidad a otra, de la llamada realidad a la llamada ficción, que se logra en el lenguaje, único instrumento capaz de conseguir la síntesis de la oposición-identidad de los términos sin desvirtuar ninguno de los dos. Esta síntesis es, se repite, el sentido que conjuga el mundo ficticio del texto con un mundo concreto que se resiste a ser ficticio, el del contexto.

La actitud equivocada en que todos los personajes manejados por el diablo se encontraban, revelada por su contraste con la «realidad» infernal, cubría los dos polos del error posible: el literalista metafórico y el literalista realista. Se aplicaba, pues, tanto a aquéllos para quien el mundo no es realmente más que una metáfora como a aquéllos para quienes las metáforas no son sino mentiras. Ambas actitudes estaban equivocadas: llevaban al infierno o, más radicalmente, constituían, en su propia prolongación, el infierno: mundo e infierno unidos mediante el trazo de unión de la locura o endemoniamiento del hombre.

¿Es ésta únicamente una ficción huerística para el lector de carne y hueso? ¿Qué relación tiene la ficción de Quevedo con la realidad del lector, con la realidad de su texto para el lector? ¿Acaso una cuya configuración sea paralela a la existente entre los personajes y el infierno? El texto contesta a estas preguntas con unas figuras proyectadas en una pantalla intermedia entre los personajes y el lector: ejemplos, también ficticios, en todo análogos al de nuestra relación con el discurso de Quevedo; esto es, la relación existente entre el diablo y sus interlocutores, el licenciado y el narrador, a propósito del discurso de aquél. Los interlocutores actúan como intérpretes o escuchas del espíritu en la misma medida y posición en que nosotros lo somos de Quevedo cuyo espíritu nos habla también mediante la enajenada ficción de un narrador textualizado o enajenado (como un juego de palabras castellano-alemán sería capaz de insinuar). Son los interlocutores, pues, nuestros modelos de lectura o recepción de estas palabras. 

Se advierte inmediatamente que estos dos personajes adoptan actitudes contradictorias ante las palabras del demonio. El licenciado hace callar al espíritu (cierra el libro, se podría decir), mientras que el narrador intenta que siga hablando. Uno se opone a todas las afirmaciones e implicaciones de éste, mientras que el otro «gusta de sus sutilezas.» Además, uno  dialoga con el demonio en una parte de su discurso, mientras que el otro toma el relevo en otra: el narrador en lo relativo a los poetas y enamorados primero y luego respecto de las mujeres y los pobres; el licenciado respecto de los mercaderes y jueces. 

Veamos en su detalle la conducta interlocutiva de estos dos personajes.

Aunque hay más ejemplos de ella antes y después del discurso del diablo, como es natural, bastará con los que se producen a lo largo de éste, puntuándolo con intervenciones respectivas según el tema.

En cuanto al licenciado calabrês tiene el lector más datos expresos que respecto del narrador, cuya conducta narrativa misma ofrece la información adicional necesaria para comprender su actitud. Aquél, ante las primeras palabras del demonio sobre el carácter diabólico del alguacil, responde con enojo y con la determinación de acallar pronto al inquietante espíritu: «Enojose Calabrês, revolvió sus conjuros, quísole enmudecer». El demonio le contesta con una fantasiosa etimología de la palabra alguacil cuyo sentido es acusar a los de esta profesión de ser tan heréticos como los mahometanos mismos. Enfurece ello más aun al licenciado y le lleva a manifestar sus temores respecto al diablo: «Eso es muy insolente cosa oírlo —dijo furioso mi licenciado —; y si le damos licencia a este enredador, dirá otras mil bellaquerías y mucho mal de la justicia». A diferencia del narrador, cuya reacción a las palabras iniciales del demonio había sido la de admirarse de «las sutilezas del diablo,» el clérigo rehusa participar en sus ingeniosidades. Para él no se trata más que de enredos e insultos que atentan contra la integridad de la Justicia. Achaca al demonio unos motivos que no hacen sino reforzar la idea tradicional de la naturaleza diabólica, fingiendo no haber entendido o, cuando menos, aceptado, las insinuaciones anterior a del espíritu que, justamente, ponían en duda tan fácil delimitación de lo humano y lo demoníaco. Mas el demonio le rearguye que no es tal la razón de sus palabras e insiste en la conexión entre diablura y alguacilidad, vale decir, humanidad,: «No lo hago por eso —replicó el diablo— , sino porque ése es tu enemigo, que es de tu oficio». 

El licenciado se refugia entonces en una consideración con visos humanitarios: «Yo te echaré hoy fuera —dijo Calabrês —, de lástima de ese hombre que aporreas por momentos y maltratas», que, implícitamente, insiste en la insalvable distancia que separa al hombre del demonio. La contestación de éste es más inquietante todavía y más clara que las anteriores: «Pídeme albricias —respondió el diablo —, si me sacas hoy. Y advierte que estos golpes que le doy a lo que le aporreo, no es sino que yo y su alma reñimos acá sobre quién ha de estar en mejor lugar, y andamos a más diablo es él».  Nueva manera de señalar la inevitable dialéctica que une al hombre y al demonio. Tan falaz es la actitud del licenciado ante esta cuestión que el demonio no puede dejar de acabar sus concluyentes razones «con una gran risada,» subrayada por su burla al considerar que, si fuera posible separar ambas existencias, él sería el primero en agradecerlo: «Pídeme albricias … si me sacas hoy». 

Ante estas aplastantes razones, al clérigo no le cabe ya enfurecerse: acorralado en sus argumentos, se siente descubierto y no encuentra más solución que la definitiva de hacer callar al demonio en vez de continuar arguyéndole: «Corrióse mi bueno de conjurador, y determinóse a enmudecerle». Mas no ocurrirá ello todavía. El licenciado calabrês se aviene por un rato más a deponer su actitud de intransigente literalismo para continuar el juego de seguir dando beligerancia al peligroso espíritu. Es interesante señalar que las razones o, más bien, las circunstancias, en que el clérigo se aviene a no poner por efecto sus conjuros son las del secreto de confesión, las de falta de publicidad de las insinuaciones que haga el espíritu.

Prosigue, pues, éste, apurando la paciencia o la fortaleza dialéctica del conjurador, que no puede evitar tocar la misma tecla de sorpresa ofendida cuando oye criticar a los jueces: «¿También querrás decir que no hay justicia en la tierra, rebelde a Dios, y sujeta a sus ministros?». Hasta que se agota la benevolencia que llevó al clérigo a permitir la tregua dialéctica cuando las razones del diablo, de puro convincentes, hacen exclamar a aquél: «Cuando el diablo predica el mundo se acaba. ¿Pues cómo, siendo tú padre de la mentira —dijo Calabrês —, dices cosas que bastan a convertir una piedra?». Esto es, se agota su benevolencia e imparcialidad paciente cuando la situación se vuelve verdaderamente peligrosa. O bien es sólo en este momento cuando el clérigo toma completa conciencia de las temidas consecuencias de la maniobra retórica del diablo; o bien, como todo parece indicar, habiéndolas previsto y temido, siente que ahora han alcanzado su extremo intolerable. Su pregunta, en cualquier caso, refleja el momento en que sus creencias acerca de la jerarquía tradicional entre la verdad y la mentira, la realidad y la ficción, están al borde del abismo, alcanzan su límite de resistencia. La duda, una vez iniciada, está a punto de arrastrarle hacia una inversión, temida, pero inminente, en que lo verdadero resulte no sustituido por lo ficticio sino, más radicalmente todavía, dialécticamente dependiente de lo ficticio. De donde se seguiría la arbitrariedad y la contingencia de considerar un orden cualquiera de creencias como autónomamente válido. Posibilidad que asusta al licenciado con sus devastadoras consecuencias.

La que hubiera podido ser fructífera duda del clérigo no dura, sin embargo, más que el tiempo de la respuesta del espíritu. Pues éste saca las consecuencias de la posición que ha venido defendiendo y llega hasta a poner en tela de juicio la noción misma de santidad, aquello que el hombre llama santidad sin indagar demasiado, en sus motivos ni razones para esta calificación. Calabrês no está dispuesto a aceptar estas consecuencias. No sabe tampoco contestarlas. Decide, pues, no escuchar más peligrosas verdades: «Mientes —dijo Calabrês—; que muchos santos y santas hay hoy. Y ahora veo que en todo cuanto has dicho, has mentido; y en pena, saldrás hoy de este hombre. Usó de sus exorcismos y, sin poder yo con él, le apremió a que callase». 

De toda la intervención del licenciado se desprende el rasgo, una y otra vez repetido, de una intransigencia literalista que defiende la bondad de los valores recibidos y se niega a dudar: el momento de verdadera duda es, en efecto, el que le decide a poner fin al discurso. No se diferencia en ello gran cosa de la actitud de los personajes que había presentado el diablo: en una o en otra dirección insistían también en afirmar una verdad unitaria y monolítica, no dialéctica, de la realidad, bien ignorando su aspecto concreto en favor de unas ficciones que tomaban por realidades, bien ignorando su aspecto ficticio en favor de unas concreciones que resumían en sí toda la realidad. Su postura es precisamente equiparable a la de estos últimos, reyes, mercaderes, etcétera, y de ahí, sin duda, que sea al hablar de éstos el diablo cuando el clérigo se siente obligado a interpelarle. 

Pero el licenciado tiene además otro rasgo que no estaba señalado en los personajes. Un rasgo que afecta, directamente, al posible lector: el de rechazar las sutilezas del diablo y refugiarse en el sentido común o tradicional no por ignorancia, ni por cortedad de ingenio, ni siquiera por la fuerza de ciertas pasiones, sino voluntariamente, con plena conciencia de lo que hace; en una palabra, hipócritamente. Ahora se justifican plenamente aquel comienzo del discurso en donde Quevedo nos hace uno de sus inolvidables retratos grotescos de este licenciado calabrês. Un retrato que se resumía en estas palabras finales: «¿Qué me canso? Este, señor, era uno de los que Cristo llamó sepulcros hermosos: por defuera, blanqueados y llenos de molduras, y por dedentro, pudrición y gusanos. Fingiendo en lo exterior honestidad, siendo en lo interior del alma disoluto y de muy ancha y rasgada conciencia, era, en buen romance, hipócrita, embeleco vivo, mentira con alma y fábula con voz». Estas palabras, que en un principio sorprendían como fuera de lugar y aparentemente incongruentes con lo que prometía ser el discurso, adquieren ahora toda su pertinencia cuando el licenciado, descubierto en su entraña, afirma hipócritamente: «Ahora veo que en todo cuanto has dicho, has mentido» y pone así fin a la para él insoportable exposición usando sus exorcismos. 

Mas no lo hace tan a tiempo que sea capaz de evitar todo el mal que había temido de las razones del demonio. Ahí está el otro interlocutor para demostrarlo. Su actitud contrasta con la del clérigo en todos los puntos. Así lo da a entender expresamente al final del discurso cuando, con palabras dirigidas a su corresponsal, el conde de Lemos, contesta, se pudiera decir, a la paradoja que desasosiega al licenciado: «¿Pues cómo, siendo tú padre de la mentira, . . . dices cosas que bastan a convertir una piedra?», con la siguiente advertencia ya citada: «Vuestra Excelencia con curiosa atención mire esto y no mire a quien lo dijo; que Herodes profetizó, y por la boca de una sierpe de piedra sale un caño de agua, en la quijada de un león hay miel, y el salmo dice que a veces recibimos salud de nuestros enemigos y de mano de aquéllos que nos aborrecen». Esta respuesta no contesta, en realidad, a la pregunta del clérigo. Mas bien la resuelve, la desvirtúa, al aceptar como estado natural de cosas la aparente contradicción. En la aceptación de uno y el rechazo de otro está toda la problemática del caso que plantea el discurso, así como su solución: lo que para el clérigo es una disyuntiva irreconciliable, para el narrador resulta ser una conjunción o colaboración: el demonio es capaz de decir cosas que bastan a convertir una piedra precisamente porque es el padre de la mentira. Y la mentira, podría haber añadido paradójicamente el narrador, os hará libres.

En vez de oponer ficción a realidad, lo literalmente cierto a lo literalmente falso o figurado, como prefiere hacer el clérigo hipócritamente— y como hacían los personajes de que hablaba el demonio, ignorantemente: no han tenido ocasión, en efecto de beneficiarse de las palabras del demonio—, el narrador acepta el carácter dialéctico, figurado, del sentido. 

Así lo da a entender también en sus demás actuaciones como interlocutor del demonio. Por ejemplo, en su última lamentación, cuando el clérigo hace enmudecer al espíritu, al decir «que si un diablo por sí es malo, mudo es peor que diablo». Esto es: sin dejar de ser verdad lo que dice el diablo, por malo y dañino o desconsolador que sea, mucho peor es no querer saberlo, ignorarlo hipócritamente, como hace el licen- ciado, para engañar doblemente al mundo. 

Además es de advertir que el narrador personaliza las respuestas del demonio al preguntarle por aquellos tipos más directamente relacionados consigo mismo, poetas y enamorados. Con lo que demuestra entender la pertinencia real de las palabras del demonio. Es difícil, en vista de ello, no entender el alcance también personalizante que, por extrapolación, ha de tener el resto del discurso relativo a los gobernantes y autoridades civiles para el conde de Lemos a quien exhorta, como ya se ha dicho, en las últimas palabras del discurso a que no siga el hipócrita ejemplo del licenciado. No se trata, simplemente, de una atrevida desfachatez de Quevedo. Mas bien, de una indirecta, pero insoslayable, indicación al lector mismo insinuándole la manera de leer con provecho unas verdades que le atañen. Recuérdese, en efecto, que el conde de lemos no es sólo el personaje a quien está dedicado el discurso sino el hombre de carne y hueso a quien le es dirigido. La serie de paralelismos iniciada con esta interpelación alcanza en su último nivel al lector cuya posición ante el discurso es análoga a la que el narrador recomienda al conde y a la que él mismo mantiene ante las palabras del demonio. 

A diferencia del embaucador licenciado calabrês, que actúa como si la existencia del demonio en el alguacil no ofreciera duda alguna, y, por lo mismo, no ofreciera tampoco duda alguna su carácter mentiroso, para el narrador la existencia y veracidad del demonio están en relación dialéctica con la existencia y veracidad del hombre. Tan ciertas son unas como otras y no independientemente ciertas y existentes sino ciertas y existentes gracias a la mentira y no existencia de su contrario, intercambiablemente.

La actitud del narrador es, en realidad, la actitud normal del lector que acepta el enunciado ficticio como tal sin dejar por ello de darse cuenta de su pertinencia respecto de la realidad. Se trata fundamentalmente de la actitud obligada ante un enunciado irónico: enunciado coherente y comprensible que, sin embargo, no es directamente aplicable a la realidad a que refiere, al contexto que hace visible. Este enunciado irónico no viene a decir lo contrario de lo que dice: viene a insinuar —porque sólo cabe insinuarlo, así, indirectamente —el sentido de la reali- dad a la que refiere: el texto no tiene respecto del contexto por él señalado más que un valor instrumental de ausencia evidente, de inadecuación directa, que hace significante el contexto, pero que no lo describe o reproduce. Al mundo real, sin sentido y mudo, corresponde un texto, irreal y hablador, de cuya conjunción imposible surge el sentido de aquél. Sustitúyase mundo por personajes y texto por espíritu demoníaco y se verá lo ajustadamente que este discurso describe el proceso.

El discurso tiene, pues, un doble carácter de comentario y de modelo de lectura de sí mismo. Ello le da valor de piedra de toque para los demás discursos de la colección en la medida en que sus premisas epistemológicas son iguales: se repiten aquí contradictoria o irónicamente. Es el elemento infernal, el origen no mundano o ficticio de la perspectiva textual sobre el mundo o contexto de los demás sueños, el que resulta puesto en tela de juicio en este discurso. A ello contestaba el otro discurso de la serie, el de El mundo por de dentro, poniendo en entredicho el elemento onírico y desengañante de las demás obras. Y es de advertir la posición equidistante de ambos discursos en la colección: en segundo lugar El alguacil endemoniado, en cuarto lugar El mundo por de dentro; esto es, precedidos y seguidos, ellos que no son sueños, de sueños propiamente dichos. Con la salvedad, quizás, de que el sueño central más que sueño es una revelación divina y providencial que sintetiza la dialéctica de primero contra segundo y cuarto contra quinto, sin abandonar ninguno de los términos en juego. Ambas parejas, inicial y final, además de sus contrastes internos, contrastan con esa visión central de la que son la misma sustancia, invertida. Lo mismo que esta visión es la sustancia ironizada de aquéllos, naturalmente.

En todas estas correspondencias negativas y acerca de todas las posibles tomas de posición a que den lugar, la última palabra es, en todo caso, del lector. Bien que esa palabra no sea nunca exactamente suya sólo, sino la que le obliga a pronunciar la dialéctica del sentido del lenguaje.

 

 

 

 

 

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