LOS «OTROS» 40 AÑOS: DE LOS RICOS DE FRANCO, A LAS MAFIAS, LA DEMOCRACIA CORROMPIDA Y SUS PARTIDOS ABYECTOS (El Régimen del 78)

Los ricos de Franco

 

MAFIAS, CLUBES, PARTIDOS

A nadie extrañe que el cajero de la mafia haya advertido ya de que, en caso de ser asesinado, su documentación completa sobre la red delictiva, bien protegida ahora, saldrá a la luz automáticamente. No creo que Aldama bromee

 

Los ricos de Franco

 

Antes que los partidos, hubo los «clubes»; que, a partir del 1789 parisino, pusieron en movimiento la modernidad política. Antes de los clubes, las fratrías; que, en la Italia en donde fracasó el proyecto nacional del siglo XIX, suplieron al inexistente Estado, bajo nombres locales y pintorescos: Camorra en Nápoles, Cosa Nostra en Sicilia, ’Ndrangheta en Calabria. Cuando Benito Mussolini trató, por primera vez, de centralizar todo el poder en Roma, las únicas resistencias que halló fueron esos mini-Estados delictivos. Los aliados no desdeñaron negociar con ellos a la hora de preparar su desembarco en Sicilia o de recuperar a sus soldados prisioneros en Nápoles.

Entre mafia, partido y Estado ha existido siempre una filiación continua. En todas partes y en diverso grado: es uno de los precios a pagar por la democracia, ese sistema cuyas inestimable ventajas para el ciudadano deben ser pagadas atenuando la violencia de los delincuentes, y, cuando es preciso, integrándola en el vértice del Estado.

La historia de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista italianos tras la Segunda Guerra Mundial es ésa. Es ésa hoy, en España, la historia de un partido socialista que, salvo sus siglas, nada conserva que no sea la fidelidad a lo que sólo puede moralmente ser llamado un «Capo».

Ni siquiera en los más operísticos momentos de la Italia de Andreotti y Craxi, acumuló un gobierno tantas imputaciones judiciales como las que han empezado –sólo empezado– a rodear a la «famiglia» apadrinada por Pedro Sánchez. Y, cada vez más, vamos apercibiéndonos de que la comedia, sobre cuya escena el histriónico Zapatero ejerce de saltimbanqui, no es un chusco entremés político; es el turbulento decorado de una novela negra, en la tradición más sobriamente amarga de Raymond Chandler o de Dashiell Hammett. ¿Recuerdan –los de mi edad, seguro que sí– el cruce de mala uva entre el vapuleado Philip Marlowe y esa rara avis que era en su California un policía no demasiado corrupto?

«–El delito organizado no es más que el lado sucio de la lucha por el dólar.

–¿Cuál es el limpio?

–Nunca lo he visto«.

En España, el delito organizado no es más que el lado mugriento, esto es verdadero, de la escena Barbie en Falcon 900, cutis bien alisado y trajes caros, que gusta a nuestra dorada horda gobernante. En un fascinante retorno al pasado, los políticos sanchistas renuncian a encubrir las apariencias. Y, quizá porque el desprestigio de los partidos va infinitamente más allá que el de cualquier otra agrupación de cualquier tipo, prescinden los políticos de su disfraz y sus liturgias. Para adoptar disfraces y liturgias de camorristas de ínfimo grado. No es del todo nuevo, aunque sí lo sea bastante en Europa.

Pero el modelo está calcado del que el peronismo instauró sobre la entonces próspera Argentina, allá por 1943: las bandas de delincuentes se simbiotizaron con el poder político; y construyeron ese curioso monstruo de Estado gangsteril que ha sido el peronismo durante tres cuartos de siglo, agazapado ahora allí, veremos por cuanto tiempo. Sánchez es hoy Cristina Kirchner con menos silicona y no tantos abalorios. Y sin los mamporreros de las barras bravas. De momento. Y, de momento, ninguno de sus adversos jueces ha sido asesinado.

 

 

Los primeros documentos que ha entregado ese capataz de Moncloa que era Aldama, cierran un círculo de fuego en torno al presidente del gobierno. A nadie extrañe que el cajero de la mafia haya advertido ya de que, en caso de ser asesinado, su documentación completa sobre la red delictiva, bien protegida ahora, saldrá a la luz automáticamente. No creo que Aldama bromee: sabe cómo se las gasta nuestra desalmada variedad local del peronismo. Porque, si las cosas judiciales siguen avanzando al ritmo de estos dos últimos meses, no va a quedar nadie que haya rozado, de cerca o de lejos, a la pareja Sánchez-Gómez y no sea convocado por los jueces.

No, los cónyuges gubernamentales no se juegan sólo –ni siquiera fundamentalmente– su residencia presidencial en la Moncloa. Para ellos está en juego un complejo residencial muchísimo más oscuro. Y no creo que burlarse de la magistratura, respondiendo a sus requerimientos financieros con los certificados de 11 cuentas corrientes por un valor total de 40 euros, como lo ha hecho la milagrosa catedrática sin licenciatura, vaya a ayudarles demasiado a salir de eso. Todo sentido del humor tiene sus límites.

 
 
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Capitalizar el dolor (de los otros)

Lo divertido es que sean los herederos de esas siglas PSOE quienes armen el gran festival jubilatorio por la muerte de un dictador contra el que jamás movieron un dedo, porque moverlo hubiera podido hacerles pupa. Son, de verdad, divertidos

 
 
Medio siglo habrá pasado cuando llegue el próximo 20 de noviembre. Añorarán algunos lo de antes. Otros lo detestaremos. A los más, les será primorosamente indiferente. Debiéramos entender que no puede suceder de otra manera. En los afectos no hay verdad de lo contado. Hay proyección sentimental del que cuenta. Nuestro amor, nuestro odio, nuestra atracción, nuestra repugnancia o nuestra indiferencia nada dicen de aquello de lo que dicen estar hablando. Dicen todo de nosotros, los que hablamos. Y de ese decirlo todo de quien habla, lo real queda excluido.

Si juego limpio, habré de constatar que la muerte del general Franco me quitó una losa de encima. Es lo menos. Nací de pajolera chamba, hijo de un militar de carrera, a quien sus convicciones republicanas propiciaron una pena de muerte en el verano de 1939. No se ejecutó. Sólo unos cuantos años de presidio. Yo nací no demasiado después de su salida. Uno de los más viejos poetas líricos griegos había escrito, hace dos mil seiscientos años, que «lo mejor de esta vida es no haber nacido». Si el descomunal Teognis tiene razón, yo perdí la ocasión, que los vencedores del 36 estuvieron a punto de otorgarme, de permanecer en lo óptimo. Laberintos jurídicos y administrativos, que al cabo se resumen en la fórmula de Foxá, conforme a la cual el franquismo resultaba ser «una dictadura muy atenuada por la incompetencia», indujeron el imprevisto no-fusilamiento de mi padre y mi muy trivial llegada a un mundo de cuyos primeros años guardo una evocación más bien pesadillesca.

A los diecisiete y en la Universidad Complutense, transité al territorio de los movimientos clandestinos, que –¡oh, cuan ingenuamente!– fantaseaban el derrocamiento de la dictadura. Los únicos que iban más allá del huero verbalismo eran los diversos grupos comunistas. Allá que me fui. A los socialistas, por aquel final de los años sesenta, nadie los había visto. Ni nadie los esperaba en las modestas, pero nada cómodas, actividades contra un régimen que, en el fondo, sabíamos demasiado blindado como para hacernos ilusiones. La gente que pudiera haber en el PSOE –si es que alguna había, que yo no la vi jamás– tuvo la prudencia de preservarse en una retaguardia de la cual vinieron a sacarla los agentes del Departamento de Estado norteamericano, cuando quedó ya claro que el general se moría. Y, de manos del Departamento de Estado, esas gentes de González y Guerra recibieron formalmente la herencia del franquismo. Deberían haber quedado agradecidas. A los dos: al franquismo y al Departamento de Estado. Gracias a ambos, gentes sin entidad alguna hicieron muy ricas carreras y aún mejores fortunas.

Lo divertido es que sean los herederos de esas siglas PSOE quienes armen el gran festival jubilatorio por la muerte de un dictador contra el que jamás movieron un dedo, porque moverlo hubiera podido hacerles pupa. Son, de verdad, divertidos.

Tras una guerra, uno puede –si no es idiota– entender al enemigo vencedor, conmoverse ante el duro destino de los amigos derrotados… Pero despreciar… Despreciar, de verdad, sólo se desprecia a aquellos que se pusieron de perfil, a los que nunca corrieron riesgos. Y que emergieron sólo a la hora de repartir beneficios. ¿Juzgarían descortés decir que dan un poquitín de asco?

 
Demetrio Carceller, fue Ministro de Industria y Comercio desde el año 1940 hasta 1945. Sus descendientes se encuentran entre las familias más ricas de España. Todos ellos forman la clase social que nos expolia desde … siempre: Los Ricos de Franco
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LOS RICOS DE FRANCO: LAS GRANDES FORTUNAS DE LA DICTADURA QUE MOLDEARON LA ESPAÑA DE NUESTROS DÍAS

Del franquismo a la Monarquía: Las claves que permitieron a las grandes fortunas acumuladas durante la dictadura no solo mantenerlas intactas sino, además, multiplicarlas

Canarias-Semanal, 4 DIC 2024
 

 

Mariano Sánchez Soler, periodista, escritor y uno de los grandes cronistas de la reciente historia económica y política de España, nos ofrece en el libro «Los ricos de Franco» una investigación rigurosa y contundente sobre el poder económico que floreció durante los 40 años de dictadura franquista y su proyección y continuidad a través del sistema político de la Monarquía  hasta nuestros días .

 

 

Publicado en un contexto donde las desigualdades sociales y la concentración de riqueza son temas recurrentes, este libro arroja luz sobre cómo una elite de familias que se enriquecieron bajo el amparo del régimen dictatorial no solo contribuyeron al diseño de la denominada «Transición a la democracia» sino que, además, se adaptaron perfectamente al nuevo Régimen político resultante de la misma. A través de sus instituciones consolidaron aún más su control de sectores clave de la economía como la Banca, la Construcción, la Energía y los medios de comunicación, tal y como ya lo habían hecho durante la dictadura de Franco.

Sánchez Soler, autor también de obras como «La transición sangrienta» y «Ricos por la patria», ha dedicado su carrera a explorar las conexiones entre el poder político y el poder económico en la España contemporánea.

 

 

En el libro que hoy «entrevistamos», «Los ricos de Franco»Soler aplica su estilo característico de investigación exhaustiva y análisis crítico para desentrañar los mecanismos que permitieron a estas elites continuar manteniendo su posición dominante en la superestructura del país.

Este libro, pues, no solo es una crónica histórica, sino también una reflexión sobre el impacto del franquismo en la estructura económica actual y sobre la persistencia del lema lampedusiano de «cambiar algunas cosas, para que nada de lo esencial cambie».

 M. Medina

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LOS RICOS DE FRANCO (Entrevista)

 

PREGUNTA: ¿Cómo surgieron las grandes fortunas en los inicios del Régimen franquista, y qué papel jugaron en la economía de posguerra? ¿Cuál fue la relación directa de estas familias con Franco y su círculo cercano en la acumulación de riqueza?

RESPUESTA: Las grandes fortunas surgieron, básicamente, del caos. Imagine a una España devastada por la Guerra Civil, con un tejido económico quebrado, escasez absoluta de bienes básicos y una economía que debía ser reconstruida desde cero. En ese contexto, Franco otorgó privilegios extraordinarios a empresarios leales a su causa y que financiaron la insurrección militar contra la II República.

Estos personajes no eran desconocidos. La mayoría de ellos habían apoyado financieramente el golpe de Estado y recibieron su recompensa en forma de concesiones estatalescontratos públicosacceso privilegiado a sectores clave de la economía del país e, incluso, títulos nobiliarios.

El Régimen de posguerra fue un sistema clientelar puro y duro. Los negocios dependían de los contactos directos que se tuvieran con personajes integrantes del poder político, y eran Franco y su círculo cercano los que distribuían favores entre sus aliados.

 

 

Por ejemplo, figuras como Juan March, conocido como «el banquero de Franco», manejaron los hilos financieros desde los primeros años, controlando la Banca y obteniendo beneficios colosales del contrabando y la especulación.

Las expropiaciones también desempeñaron un papel importante. Tierras y bienes fueron confiscados a republicanos y redistribuidos entre los aliados del Régimen. Así, familias como los Banús o los Koplowitz se hicieron con recursos que les permitieron construir auténticos imperios empresariales.

Las familias más cercanas al Régimen franquista lograron amasar enormes fortunas en un país empobrecido y aislado gracias a una combinación de privilegios otorgados por la dictadura, ausencia de competencia y explotación de recursos públicos. 

Durante el franquismo, el Estado asignó recursos estratégicos a un pequeño grupo de familias leales al sistema, creando monopolios o concesiones exclusivas en sectores clave como la energía, el transporte y las comunicaciones. Estas concesiones proporcionaban beneficios garantizados y eliminaban cualquier posibilidad de competencia.

En la Banca y las finanzas figuras como Juan March obtuvieron el control sobre el sistema bancario, utilizando sus conexiones con el Régimen para poder monopolizar estos sectores financieros.

En la construcción, empresas como las de Banús se beneficiaron de enormes proyectos estatales de infraestructura, incluida la construcción de viviendas sociales y grandes autopistas.

 

P: ¿De qué manera contribuyó la autarquía económica a consolidar el poder de estas familias? ¿Qué sectores estratégicos (como la banca, la energía o la construcción) fueron clave para el crecimiento de estas elites durante los primeros años del régimen?

R:  Una vez acabada la guerra, entre 1939 y 1959,  Franco impuso un régimen económico autárquico, consistente en una suerte de «autosuficiencia económica». España se aisló del resto del mundo. Aquello resultó una verdadera bendición para las familias leales al Régimen. Al cerrar el país a cal y canto al comercio internacional, se crearon monopolios internos que beneficiaron a unas pocas manos. Si querías fabricar, importar o exportar algo, necesitabas el visto bueno del Estado.  Y fue ahí donde las familias de la elite económica se posicionaron como intermediarios clave.

La Banca fue uno de los sectores más estratégicos. Los banqueros franquistas, como los Fierro y los March, controlaron el acceso al crédito, algo imprescindible en una economía aislada. La energía también fue vital: empresas como Fenosa, controlada por la familia Barriémonopolizaron la distribución eléctrica, mientras que los Oriol hicieron lo mismo con el petróleo.

Y qué decir de la construcción. Familias como los Banús y los Koplowitz se beneficiaron enormemente de los proyectos de reconstrucción nacional. Desde viviendas sociales hasta grandes obras públicas, todo estaba perfectamente diseñado para que el Estado financiara la acumulación de riqueza de estas elites.

 

P: ¿Facilitó el hecho de que los sindicatos de clase estuvieran prohibidos la multiplicación de los beneficios empresariales para estas familias?

R: Rotundamente sí. ¡Y de qué manera! El Régimen no solo puso fuera de la ley a los sindicatos independientes. Se permitió también crear un sistema perfectamente diseñado para favorecer a los empresarios. Se implantó lo que llamaron el «sindicalismo vertical», controlado por el franquismo, que en teoría pretendía, paradógicamente, representar tanto a trabajadores como a empresarios. En la práctica, los trabajadores no tenían voz ni voto.

Esto significaba que los empresarios podían pagar salarios ínfimos sin temor a que se produjeran huelgas, reivindicaciones colectivas o cualquier otro tipo de agitación social. Tenían las manos libres para apretar los que desearan en cuestiones de salarios o en las horas de la jornada laboral. Además, la represión política mantenía a los trabajadores a raya. Cualquier intento de protesta podía ser aplastado con encarcelamientos o despidos masivos o, incluso, con  efectos peores.

El resultado fue, obviamente, una mano de obra barata y sumisa que engordaba de manera exponencial los márgenes de beneficio de estas empresas. Así, mientras los trabajadores malvivían con sueldos misérrimos, las familias de la elite acumulaban grandes cantidades de capital que luego reinvertían en sus negocios.

 

P: Durante el llamado «desarrollismo» de los años 60, ¿cómo aprovecharon estas familias las políticas estatales para expandir sus fortunas? ¿Qué papel desempeñaron los tecnócratas del Opus Dei en la transformación económica que favoreció a estas elites?

R: El desarrollismo de los años 60 fue la «época dorada» para todas estas familias. Las políticas estatales impulsadas por los tecnócratas del Opus Dei transformaron la economía autárquica en un modelo de crecimiento acelerado. El Estado invirtió en infraestructura, industria y turismo, y las elites franquistas estuvieron en primera fila a la hora recoger los beneficios.

Los tecnócratas, educados en instituciones como la Universidad de Deusto, promovieron planes como el de Estabilización de 1959, que atrajo inversión extranjera y modernizó la economía. Pero ese dinero y esas oportunidades no estaban al alcance de cualquiera: las familias bien conectadas, como los Oriol los Koplowitz, recibieron contratos estatales para llevar a cabo los grandes proyectos industriales y de construcción.

 

P: Cuando a finales de la década de los 50 , la economía española comenzó a perder sus rasgos autárquicos y se inicia su  enlazamiento con la economía europea, ¿no supone esa circunstancia un quiebro para un capitalismo como el español que no tropezaba con la competencia de la producción foránea?

R: Ni mucho menos. Sucedió justamente todo lo contrario. La liberalización económica de los años 70 y 80, junto con la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea), ofreció nuevas oportunidades para que estas elites consolidaran sus fortunas. Mientras tanto, la falta de una reforma fiscal redistributiva y de políticas para ampliar las posibilidades de acceso al capital no hicieron otra cosa que consolidar  las desigualdades sociales y económicas.

 

P. ¿Qué impacto tuvo la irrupción del turismo en la formacion de grandes fortunas, como las de la familia Meliá? ¿Cómo contribuyó la inversión masiva en infraestructuras públicas al enriquecimiento de familias constructoras como los Banús o los Koplowitz?

R: El turismo fue un catalizador tremendo para la economía de los años 60. España pasó de ser un país cerrado al mundo, a convertirse en uno de los destinos turísticos más importantes de Europa.

Familias como los Meliá se beneficiaron al adquirir terrenos estratégicos, muchas veces recalificados intencionadamente para que se les beneficiara, y luego emprendieron el negocio de la construcción de  hoteles que atrajeron a millones de turistas.

Paralelamente, la inversión pública en infraestructuras también engordó a muchas fortunas. Los Banús, por ejemplo, se especializaron en construir urbanizaciones masivas, desde viviendas sociales hasta lujosos complejos turísticos. Los Koplowitz, por su parte, aprovecharon los contratos estatales para construir carreteras, puentes y grandes edificios públicos.

 

 

LA TRANSICIÓN POLÍTICA: «CAMBIAR ALGUNAS COSAS PARA QUE TODO SIGA SIENDO ESENCIALMENTE IGUAL»

 

P: ¿Qué estrategias utilizaron esas elites franquistas para adaptarse a la Transición política? ¿Influyó el modelo de reforma pactada en la continuidad de las grandes fortunas acumuladas durante la dictadura?

 

R: La llamada «transición política española» fue un proceso pactado y no una ruptura total con el franquismo. Según el autor, ello permitió que las elites económicas conservaran su posición, adaptándose de manera clónica al nuevo contexto político. La falta de una depuración efectiva de las estructuras económicas y políticas del Régimen contribuyó a esta continuidad.

Bajo el lema lampedusiano de «cambiar todo para que nada cambie», las elites franquistas se reinventaron como «demócratas de toda la vida» y lograron así consolidar aún más su posición en la sociedad española.

Muchos de los antiguos ministros y altos cargos franquistas asumieron puestos de primer orden en las grandes empresas privadas y en sus Consejos de Administración, mientras sus descendientes se formaban para continuar manteniendo el control económico sobre el país.

Sucedió, además, que estas poderosas familias, al haber acumulado inmensas fortunas durante la dictadura, pudieron diversificar sus inversiones y garantizar la educación y preparación de sus descendientes en las mejores instituciones nacionales e internacionales. Esto permitió que los herederos no solo conservaran las empresas familiares, sino que también ocuparan nuevas posiciones de liderazgo en sectores emergentes.

Por ejemplo, los hijos y nietos de figuras clave del franquismo siguen visiblemente presentes en las empresas más emblemáticas del país y, también, en el conjunto de la Banca actual. Apellidos como los Cortina, Oriol, Koplowitz y Rato sirven para ilustrar cómo la riqueza y el poder han sido transmitidos de generación en generación.

La clave de su éxito fue adaptarse sin perder sus privilegios. Durante la «transición», estas familias se presentaron como «modernizadores», minimizando   su vínculo con el franquismo. Muchos de ellos contrataron asesores y  establecieron fuertes nexos con políticos emergentes para garantizar su continuidad.

El modelo de «reforma pactada» también jugó a su favor. Al evitar una ruptura drástica con el pasado, las estructuras económicas del franquismo permanecieron absolutamente intactas. Así que mientras el sistema político cambiaba, las elites económicas conservaron su control sobre sectores clave como la Banca y la Energía.

 

P. ¿Qué papel desempeñaron los exministros franquistas en lo que podíamos denominar la «transición económica» y en el consiguiente  reciclaje de las elites?

R: Los exministros franquistas fueron fundamentales en el reciclaje de las elites. Personas como Rodolfo Martín Villa, José María López de Letona y Fernando Suárez se movieron de los Ministerios franquistas a los Consejos de Administración de las mayores empresas del país. Esto les permitió mantener su influencia tanto en la política como en la economía.

Estos hombres actuaron como puentes entre las antiguas y nuevas estructuras de poder, facilitando que las familias franquistas se adaptaran al nuevo entorno político.

 

 

 

P: ¿Cómo lograron estas familias mantener el control de sectores estratégicos como la Energía, la Banca y las telecomunicaciones en el nuevo sistema político? ¿Podrías  proporcionarnos ejemplos concretos de la forma en la que  operaron.

R: ¿Quieres conocer ejemplos más concretos de cómo operaron? Aquí tienes una ristra de ejemplos concretos de cómo operaron las elites económicas vinculadas al franquismo para beneficiarse de las privatizaciones, consolidando su control en sectores estratégicos:

Telefónica, por ejemplo, la mayor compañía de telecomunicaciones en España, fue privatizada entre 1995 y 1999 durante el gobierno de José María Aznar. Esa operación estuvo marcada por una determinante influencia política.

Juan Villalonga, presidente de Telefónica (1996-2000) y amigo personal de Aznar desde la infancia, fue nombrado al frente de la empresa tras su privatización. Bajo su liderazgo, Telefónica no solo mantuvo su posición dominante en España, sino que se expandió agresivamente por América Latina. Familias como los March y grupos financieros aliados al Régimen franquista adquirieron importantes participaciones en la compañía. Usaron su poder económico para asegurar que Telefónica siguiera siendo un actor central en las telecomunicaciones.

Vayamos ahora con EndesaEndesa, una de las principales eléctricas de España, fue privatizada en varias fases entre 1988 y 1998. Las elites económicas franquistas aprovecharon esta oportunidad para reforzar su control sobre el sector energético.Los Oriol y los Aguirre, dos familias ya influyentes en la energía desde la época de la dictadura, jugaron un papel crucial en la adquisición de participaciones significativas en Endesa y otras compañías energéticas como Iberdrola.  Utilizaron su capacidad financiera para participar en procesos de fusión y adquisición dentro del sector, asegurándose un control estratégico a largo plazo.

Otra, Repsol. Fue privatizada en los años 90, pasó a manos de un reducido grupo de inversores con vínculos históricos con las antiguas elites franquistas. Bancos como el Banco Hispano Americano, controlado por familias próximas a la dictadura como los Fierro, actuaron como intermediarios en las adquisiciones de acciones de Repsol, asegurando que el control permaneciera dentro de su red de influencia. Una vez privatizada, Repsol se convirtió en una multinacional líder, reforzando la presencia de estas elites en mercados globales.

Pasemos ahora a referirnos a Argentaria. Como se sabe, Argentaria era un conglomerado de bancos públicos que fue privatizado en los años 90 y, posteriormente, integrado en el BBVA. Este proceso permitió que las familias más poderosas del franquismo consolidaran su influencia en el sector financiero. Los March y los Abelló adquirieron participaciones significativas en la entidad, utilizando su capital acumulado durante el franquismo para posicionarse en la nueva banca privada.

Tabacalera, la principal compañía de tabacos de España, fue igualmente privatizada en los años 90. Las elites franquistas, a través de redes financieras y contactos políticos, se beneficiaron de esta operación. Aunque ya no era una figura prominente en esta etapa, la participación histórica de José María Ruiz-Mateos en Rumasa marcó el camino para que otros empresarios franquistas se posicionaran en el sector privado. Tabacalera se fusionó con Seita (Francia), formando Altadis, una de las mayores compañías tabacaleras de Europa, y controlada por accionistas bien conectados.

¿Continúo? Esto va a terminar cansando a los lectores. Bien. Familias vinculadas al franquismo, como los Carceller, reforzaron su control en este sector gracias a la privatización de Gas Natural, un actor clave en el mercado energético.

Gracias a la riqueza acumulada durante el franquismo, estas familias poseían los recursos necesarios para adquirir acciones de las empresas privatizadas. Las conexiones políticas con los gobiernos encargados de las privatizaciones les garantizaron la información y las oportunidades exclusivas.  Una vez adquiridas las empresas, estas familias se aseguraron su control a través de la ocupación de puestos clave en los órganos de decisión, como son los Consejos de Administración.

 

P: ¿Cuáles han sido los resultados de estos procesos?

R: El resultado de estas privatizaciones fue la consolidación del poder de las elites económicas en sectores clave como la energía, la banca y las telecomunicaciones. Aunque las empresas dejaron de ser públicas, su control quedó en manos privadas que dinámicas oligárquicas, limitando la competencia y favoreciendo la inmensa concentración de la riqueza que existe hoy en España.

 

 

(*)  Manuel Medina es colaborador de Canarias Semanal, profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa materia.

 

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RIVERA Y LA CASTA

«Lo de Valencia no es el capítulo final de una larga serie de desdichas sino un primer aviso serio de lo que está por venir. Pero no sólo en España, sino en la UE»

Por Javier Benegas, 22 de noviembre de 2024

 Lo habitual es afirmar que la sociedad es estúpida, aunque eso implique asumir que uno mismo es idiota. Sin embargo, ha sido la sabiduría de la multitud, mediante la prueba y el error, lo que nos ha traído sanos y salvos hasta aquí. Y también será lo que evite el apocalipsis que los nuevos arúspices presagian.
 
La ministra Teresa Ribera. | Mariscal (EFE)

 

En 2007, los periodistas italianos Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella, popularizaron el término «casta», en referencia a los privilegios y la corrupción en la clase política italiana, con el libro titulado La Casta: Así trabajan los políticos italianos para arruinar el país. Sin embargo, la tesis de La Casta se popularizó en Europa porque, impulsada por las consecuencias de la Gran recesión, planteó (y plantea) una crítica general al alejamiento de las élites políticas de las necesidades reales de los ciudadanos, a través de un sistema que fomenta el privilegio, el abuso de poder y la ineficiencia. Tres factores que encajan perfectamente con la realidad de la política en España desde hace demasiado tiempo y que han cristalizado de forma apoteósica en el desastre de Valencia.

Rizzo y Stella retrataron a la casta política con precisión estableciendo una serie de actitudes y de características fácilmente comprobables. Señalaron la acumulación de privilegios económicos y sociales, sueldos elevados, pensiones exorbitantes tras periodos cortos de actividad política, uso personal de recursos públicos, como aviones, coches oficiales, viajes de lujo y personal asignado. Y denunciaron la tendencia de la clase política a gestionar el poder como un sistema cerrado y opaco, sin rendición de cuentas, donde se promueven las redes clientelares y el nepotismo, y se otorgan cargos y beneficios a familiares, amigos y aliados.

También pusieron énfasis en que, por fuerza, un sistema cerrado, infestado por las redes clientelares y el nepotismo, deviene en la ineficiencia y el despilfarro, lo que se traduce en más impuestos y abusos de poder. Un círculo vicioso infernal. Pero, sobre todo, Rizzo y Stella advirtieron de una peligrosa desconexión entre la clase política y la ciudadanía que parte a la sociedad en dos, colocando a un lado a los ciudadanos comunes, sometidos al estrés de crisis crónicas, y al otro a una élite política que tiene una vida muelle y es percibida como intocable y completamente ajena a ese estrés.

Lamentablemente, el concepto «casta», aunque desgastado por el mal uso (recordemos que, en España, el partido Podemos se lo apropió para acabar siendo casta), está más vigente que nunca. Y lo está no porque el populismo, arropado por las redes sociales, manipule a las personas, como gritan algunos —que más que la opinión, practican la doxa—, sino porque en España y también en Europa la clase política cumple cabalmente todos sus requisitos.

El ejemplo más reciente y descarnado lo tenemos en el nombramiento de Teresa Ribera como vicepresidenta de la Comisión Europea. La hasta ahora ministra responsable primero de la imprevisión, después de la inadvertencia y finalmente del mayor desastre de las últimas décadas en Españava a ser premiada en la Unión Europea con un salario mensual base de aproximadamente 29.700 euros, lo que suma un total de 356.400 euros anuales, además de beneficios adicionales, como aportaciones a planes de pensiones, seguros médicos, indemnizaciones por traslado o mudanza relacionadas con el ejercicio del cargo, etc.

 

«Los partidos europeos han pasado por encima de más de 200 muertos y 300.000 damnificados para repartirse cargos»

 

No ignoro que la política tiene sus servidumbres y que alcanzar acuerdos, guste o no, requiere de la transacción. Y en una Unión Europea fragmentada por la irrupción de una tercera agrupación conservadora que desafía a las tradicionales fuerzas hegemónicas de socialdemócratas y democristianos, los acuerdos se han vuelto si cabe todavía más difíciles. En este contexto, dinamitar el pacto previamente alcanzado entre populares, socialdemócratas y liberales para desbloquear la Comisión Europea y constituir el nuevo gobierno de la UE, excluyendo a última hora a la candidata acordada con el Partido Socialista español, era demasiado pedir.

Sin embargo, por más que se apele al pragmatismo y a la supuesta racionalidad política, lo que trasciende a la opinión pública es que los partidos europeos han pasado por encima de más de 200 muertos y 300.000 ciudadanos damnificados para repartirse cargos e influencias. Cabe preguntarse, además, si la supuesta racionalidad política es incompatible, también en Europa, con el criterio de selección más elemental. Porque no es sólo que Teresa Ribera haya demostrado una dejadez e incompetencia inauditos, probablemente hasta criminales; también ha evidenciado ante el Parlamento Europeo, con su comparecencia, una inmoralidad estomagante al responsabilizar a las víctimas de sus desgracias por ser poco diligentes a la hora de ponerse a salvo. Sólo le faltó acusar a los pobres valencianos, ante sus colegas europeos, de descuidar su forma física y no poder correr como gacelas.

En España son ya mayoría los ciudadanos para los que el concepto de «casta» está renaciendo de sus cenizas. Ni siquiera Podemos, con su mostrenca hipocresía, ha logrado echarlo a perder. Quedaba en algunos, si acaso, la esperanza del amparo de Europa frente a la indecente ralea de políticos autóctonos. Pero esa última esperanza ha acabado sucumbiendo ante el abyecto pasteleo de Ursula von der Leyen et al.

Denunciaba el líder del Partido Popular español, Alberto Núñez Feijóo, que Von der Leyen les había traicionado. Pero se equivoca. Los populares europeos, con su lideresa alemana al frente, no han traicionado a sus homólogos del PP, sino a todos los españoles, también a los que votan socialista o defienden a Ribera por puro y simple sectarismo. Circunscribir la traición al estrecho ámbito del partido pone de relieve la dolencia principal, la que hace que el concepto de «casta» esté más vivo que nunca: la incapacidad de ver más allá de los intereses de grupo y los propios. Algo que en su despedida Mariano Rajoy expresó de maravilla cuando dijo que se iba porque, primero, era lo mejor para él, después, para su partido y, ya si acaso, para España.

 

«La casta no se reduce a la clase política. Precisa, por ejemplo, de un conglomerado de medios y periodistas»

 

La casta, sin embargo, no se reduce a la clase política. Ahí discrepo de Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella. Es una gran industria mucho peor que improductiva, pero industria, al fin y al cabo. Y como toda gran industria, necesita industrias auxiliares. Precisa, por ejemplo, de un conglomerado de medios, comunicadores y periodistas que la sostengan distrayendo la atención del público con la impostada confrontación partidista y su más eficaz subproducto, la polarización. También necesita de una industria auxiliar de académicos, pseudo intelectuales, expertos y analistas que, con sus ocurrencias, diatribas, zascas e histrionismo nutran de forma artificial e interesada el tradicional antagonismo izquierda-derecha, para que los ciudadanos caigan en la trampa del voto cautivo una y otra vez. Y, por supuesto, necesita de un cartel de empresas y altos ejecutivos que, de forma pasiva o activa, y por su propio interés, la respalde.

Cuando descubrimos alarmados el nivel de incompetencia alcanzado en el desastre de Valencia, llegamos a la conclusión apresurada de que asistíamos al epítome, el aldabonazo final del desbarajuste político y administrativo que los estrechos intereses partidistas han incentivado durante décadas. La conclusión de que somos un Estado fallido se generalizó, aunque algunos realizaron piruetas legendarias para circunscribir la incompetencia a la clase política y mantener viva la ficción de que, pese a todo, la Administración es eficaz y que sólo necesita que la dejen trabajar. Como si el Estado pudiera ser inmune a lustros y lustros de injerencias políticas.

Sin embargo, visto con más calma, sospecho que lo de Valencia no es el capítulo final de una larga serie de desdichas. Al contrario, es un primer aviso serio de lo que puede estar por venir. Pero no sólo en España, sino en la UE. Entretanto se confirma o no mi sospecha, lo que es seguro es que Teresa Ribera vivirá a todo tren y que la casta seguirá cuidando de los suyos hasta que el cielo se desplome sobre Europa, porque, como en la metáfora del escorpión y la rana, es su naturaleza.

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CON SÁNCHEZ O SIN ÉL

«La clave de nuestra alarmante situación no está en la mente de un sociópata. Está en quienes con su pasividad y su silencio contribuyen a la banalización del mal»

Por Javier Benegas, 06 de diciembre de 2024
 
 
Ilustración de Alejandra Svriz

 

No sé a usted, querido lector, pero a mí me resulta muy irritante que la prensa califique como empresarios a personajes que no crean riqueza ni empleo, sino que, mediante la corrupción, se enriquecen. No es empresario quien, lejos de competir en un mercado abierto en igualdad de condiciones con el resto, se arrima al poder para obtener ventajas competitivas y hacer negocios sin más sacrificio que consentir las mordidas de los políticos.

Cada vez que leo el término empresario en referencia a este o aquel señor, pongamos un Aldama o un Rivas, que, según parece, se lo llevaron crudo en connivencia con el Gobierno socialista, me descompongo. Estos personajes no son empresarios. Son otra cosa muy distinta infinitamente peor.

Me disgusta especialmente porque la repetición de este error genera una confusión muy corrosiva. Se hace creer al público que ser empresario consiste en hacer negocios, de cualquier manera y a cualquier precio, que emprender no es más que una competición sin reglas reservada a ventajistas que a lo único que aspiran es a enriquecerse. Lo que significa que las cualidades necesarias para ser empresario ya no son una baja aversión al riesgo, capacidad de trabajo, liderazgo y creatividad, sino simplemente la falta de escrúpulos.

Tradicionalmente, la izquierda anticapitalista ha tratado al empresario como el enemigo. El empresario es un explotador, el hombre convertido en lobo para el hombre y, sobre todo, un emblema del odiado capitalismo. Pero más allá de esta izquierda, el empresario era reconocido como benefactor, un ciudadano cuya visión y asunción del riesgo generaba beneficios para la sociedad, lo que legitimaba su ambición y enriquecimiento. Tú ganas y está bien porque también ganamos los demás, esta era la lógica de la relación empresario- sociedad.

Al calificar de empresarios a vulgares ventajistas, esta lógica se pervierte o, mejor dicho, se invierte. Y aunque esta inversión, donde el supuesto empresario se llena los bolsillos perjudicando a la sociedad, provoque rechazo, la asociación con el término empresario y su repetición y normalización degenera en ejemplo. Se asume así tácitamente que, en la práctica, si quieres tener éxito, los escrúpulos son un estorbo. Y, aunque nos escandalicemos ante determinadas conductas, en nuestro fuero interno acabamos asumiendo las nuevas reglas y trasladándolas en mayor o menor medida a nuestro propio juicio, sin necesidad de ser unos corruptos.

 

«Descontamos que para ser político lo fundamental no es la vocación de servicio, la visión o las ideas, sino tener pocos escrúpulos»

 

En una sociedad donde los buenos ejemplos escasean o, cuando menos, apenas se difunden, la perversión del término empresario se reproduce en todo lo demás. Asociamos el término político a los sinvergüenzas porque, desgraciadamente, la tendencia es que los sinvergüenzas desembarquen en la política, a través de unos partidos que son el epítome de la selección adversa. También el éxito del político acabamos supeditándolo a las dotes ventajistas y la falta de remilgos. Sus fechorías pueden enervarnos, pero la repetición las normaliza. Descontamos así que para ser político lo fundamental no es la vocación de servicio, la visión o las ideas, sino tener pocos escrúpulos.

Lo mismo cabe decir de la universidad. Hemos normalizado su endogamia por la fuerza de la costumbre y la repetición de los casos de relaciones de parentesco, el enchufismo y la selección ad hoc. Sin embargo, las universidades públicas redactan solemnes comunicados para quejarse de la infradotación presupuestaria, mientras mantienen un estruendoso silencio sobre todo lo anterior, que es lo que las desacredita, desprestigia y devalúa sus títulos en perjuicio de los estudiantes. Para sus rectores, el escándalo de otorgar una cátedra por mero parentesco y sumisión al poder a la mujer del presidente del Gobierno no merece ningún solemne comunicado de denuncia porque, a lo que parece, este tipo de trato de favor se incardina en la costumbre. No hay nada, pues, que denunciar.

En este clima de extrema dependencia y de normalización de lo anormal, ha emergido una figura especialmente destructiva, Pedro Sánchez. El campeón de campeones en las prácticas y costumbres más dañinas. Un sociópata cuyas extraordinarias dotes para la mentira y el engaño resultan fascinantes, lo que nos induce a psicoanalizar al personaje para desentrañar la plástica de su patológico cerebro y, quizá, así desactivarlo.

 

«La conversión del mal en mera rutina es algo a lo que la gente ha acabado acostumbrándose y viendo como normal»

 

Error. La clave de nuestra alarmante situación no está en la mente de un sociópata. Está en la sociedad que lo tolera, en las prácticas y costumbres de las instituciones formales e informales, en quienes las ocupan y en todos aquellos que, con su pasividad, su silencio, su nulo pensamiento crítico han contribuido a la banalización del mal; es decir, a la conversión del mal en mera rutina, algo a lo que la gente ha acabado acostumbrándose y viendo como normal. Un proceso que no es nada nuevo ni exclusivo de nuestro país. La historia está llena de ejemplos de sociedades que consistieron en deslizarse por la resbaladiza pendiente de la banalidad del mal, a mayor gloria de sociópatas, incluso psicópatas que alcanzaron el poder.

Recientemente, el líder del partido mayoritario en la oposición declaraba que llamarán a Sánchez al Senado cuando sepan cuál es el «mapa que afecta a la corrupción». Y añadía: «Le vamos a llamar cuando nos interese […] Estamos al principio de los sumarios. No está en su fase final, está en su fase inicial». Esto supedita los tiempos políticos, mucho más apremiantes, a los plazos judiciales, que por su carácter garantista y las deficiencias seculares de nuestro sistema de justicia son demasiado dilatados.

El buen sentido y la decencia no necesitan mapas de la corrupción, tan sólo coordenadas morales para distinguir lo que está bien de lo que no. En consecuencia, el político y también la sociedad deben reaccionar con diligencia atendiendo a los principios, porque para las sentencias judiciales ya están los tribunales. Y estos, desgraciadamente, no restañarán el daño que la mala práctica política ocasiona a la sociedad. Si acaso juzgarán y castigarán a los culpables.

Sólo una sociedad beligerante con la corrupción de cualquier signo, que llame a las cosas por su nombre, encauzada por un liderazgo político armado de ideas y principios podrá no ya desalojar a Pedro Sánchez del poder, sino frenar el desmoronamiento de un país que sus pésimas costumbres vaticinan… con Sánchez o sin él.

 

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El muerto es un vivo

«Los sanchistas son los herederos históricos del modo de ejercer el poder de Franco. Están persuadidos de que a este país hay que gobernarlo con mentiras»

No había necesidad de corromper a la familia de Franco, porque estaba protegida por una recua de jueces, todos ellos puestos a dedo por el dictador y los adictos: ya se encargó él desde buen principio de tener a la judicatura atada y bien atada. Con Franco no hubo Poder Judicial, de hecho, sólo Poder Legislativo y Ejecutivo, pero eran todos lo mismo, o sea, él.

Por Félix de Azúa, 14 DIC 2024

 

En su obsesión por husmear en las tumbas, acaba Sánchez de abrir una que no le va a favorecer demasiado. Lo de convertir el año 25 en una sesión continua en blanco y negro sobre Franco, puede darles ideas a los votantes. Para empezar, puede que se comience a explicar quién y cómo era aquel señor. Veamos.

El general Franco fue un personaje de hace 100 años, que murió el siglo pasado y tuvo en un puño a España, por lo que se le considera un dictador. Era época de dictadores. Los había por todo Europa y por toda América. Y aunque el dictador español mantenía al país centralizado, mostraba mucho afecto por las identidades provinciales y protegió mucho los caracteres raciales. En el País Vasco, por ejemplo, siempre era recibido con danzas típicas y otras peculiaridades ancestrales. Lo mismo sucedía en Cataluña o Galicia y en todas las restantes provincias españolas.

Tenía una corte de incondicionales fanáticos que le aplaudían hasta despellejarse las manos y le veían todas las virtudes, le obedecían en todo sin la menor protesta o disidencia, como a un dios. Por eso se les llamaba «adictos al régimen», como los de la cocaína. Casi todos se dejaban corromper, pero Franco lo permitía porque sabía que era la manera de tenerlos bien sujetos.

Le irritaba la monarquía. Mantenía al heredero de la corona, pero procuraba que no se le viera mucho. Al final, uno se percataba de que él prefería las repúblicas antes que las monarquías, pero como no era tonto del todo sabía que la república, en sus dos intentos para adaptarse al carácter español, habían sido un desastre. Sin embargo, su dictadura estaba mucho más cerca de las repúblicas latinas que de las monarquías europeas.

En aquel siglo la dictadura más feroz era la comunista o bolchevique, ya que las fascistas y nazis habían sido derrotadas en la guerra. Pero su dictadura no, como la de Perón, por ejemplo, con quien se llevaba a partir un piñón. En la actualidad le habría gustado mucho la de Venezuela, porque le complacían los hombres fuertes, según se dice. Pero los comunistas eran gente peligrosa por su carácter secreto, criminal y conspirativo, parecidos a los masones, según creía, a quienes odiaba igualmente y los persiguió sin demasiado éxito. El caso era tener un enemigo claro y popular.

 

«No tenía ni doctrina ni ideario político. Todo lo que hizo se basaba en la mentira, el engaño y la alianza con lo que le conviniera»

 

Duró cuarenta años en el poder y habría durado más si no se le hubiera cruzado un adversario invencible, la muerte. Durante décadas tuvo como hostiles de verdad tan sólo a los comunistas, pero estos no pudieron hacer nada contra un personaje blindado por una fortaleza económica y otra militar y policial. En aquella época los militares aún mandaban bastante y de hecho estaban siempre detrás de todos los golpes de Estado latinos.

No tenía ni doctrina ni ideario político. Todo lo que hizo se basaba en la mentira, el engaño y la alianza con lo que se le pusiera a mano o le conviniera: primero Hitler, pero luego Eisenhower sin ningún problema, le daba igual un partido nazi que uno liberal con tal de que le sostuvieran en el poder. Eso sí, con los que mejor se llevó fue con los reyes de Marruecos.

Su vida personal fue siempre casta e intachable, nunca tuvo la menor denuncia o se le conoció escándalo personal alguno. No así sus familiares, y en especial su mujer, a la que llamaban «la Collares» porque tenía debilidad por los regalos que le hacían los joyeros más obsequiosos. No había necesidad de corromper a la familia porque estaba protegida por una recua de jueces todos ellos puestos a dedo por el dictador y los adictos: ya se encargó él desde buen principio de tener a la judicatura atada y bien atada. Con Franco no hubo Poder Judicial, de hecho, sólo Poder Legislativo y Ejecutivo, pero eran todos lo mismo, o sea, él.

 

No había necesidad de corromper a la familia porque estaba protegida por una recua de jueces todos ellos puestos a dedo por el dictador y los adictos: ya se encargó él desde buen principio de tener a la judicatura atada y bien atada. Con Franco no hubo Poder Judicial, de hecho, sólo Poder Legislativo y Ejecutivo, pero eran todos lo mismo, o sea, él.

 

También es cierto que metió a mucha gente en prisión y que al comienzo de su mandato fusiló a diestro y siniestro. Así se hacía en aquella época también en la América Latina, pero eran infamias que hoy resultan impensables y que ya no se estilan. Es decir, no son necesarias porque hay otros mecanismos para obtener la sumisión de los súbditos.

En fin, podríamos seguir enumerando sus caracteres, pero es innecesario, ya lo harán los sanchistas que son los herederos históricos de ese modo de ejercer el poder. Están persuadidos de que a este país hay que gobernarlo con mentiras, calumnias y engaños, aunque manteniendo y financiando sus diferencias regionales, míticas, raciales y folklóricas. Dentro de poco veremos a los ministros integrando los Coros y Danzas del sanchismo. De hecho, ya están integrados en ellos, pero en lugar de traje regional usan modas caras. Son como niños.

 

 

«TODA ESPAÑA ERA UNA CÁRCEL» (fragmento). «La construcción del Régimen del 78 empezó en Carabanchel, con la prisión light de los hijos del franquismo, que transmutó a la Falange en la Izquierda del nuevo Régimen».