LOS DESTRUCTORES DE HOMBRES (Jean Ziegler): «Capitalismo asesino». «Denuncias por racismo, acoso a mujeres y discriminación por edad: la verdad detrás de Klaus Schwab y el Foro de Davos»

LOS DESTRUCTORES DE HOMBRES

 

EL MUNDO DE LA SEGURIDAD, UN CASTILLO DE NAIPES

«Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad.

Nadie creía en las guerras, las revoluciones ni las subversiones. Dicho sentimiento de seguridad era la posesión más deseable de millones de personas, el ideal común de vida. 

El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacia «el mejor de los mundos». Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada.

Ahora, superar definitivamente los últimos restos de maldad y violencia sólo era cuestión de unas décadas, y esa fe en el «progreso» ininterrumpido e imparable tenía para aquel siglo la fuerza de una verdadera religión; la gente había llegado a creer más en dicho «progreso» que en la Biblia, y su evangelio parecía irrefutablemente probado por los nuevos milagros que diariamente ofrecían la ciencia y la técnica.

Nosotros que en el nuevo siglo hemos aprendido a no sorprendernos ante cualquier nuevo brote de bestialidad colectiva, nosotros, que todos los días esperábamos una atrocidad peor que la del día anterior, somos bastante más escépticos sobre la posibilidad de educar moralmente al hombre.

Hoy, cuando ya hace tiempo que la gran tempestad lo aniquiló, sabemos a ciencia cierta que aquel mundo de seguridad fue un castillo de naipes.

Por Stefan Zweig

Filosofía Digital

 

Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad. Todo en nuestra monarquía austríaca casi milenaria parecía asentarse sobre el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad.

 

PARA LA GENTE DEL SIGLO XIX, LA FE EN EL PROGRESO ININTERRUMPIDO E IMPARABLE TENÍA LA FUERZA DE UNA VERDADERA RELIGIÓN, PROBADA POR LOS MILAGROS QUE A DIARIO OFRECÍAN LA CIENCIA Y LA TÉCNICA

 

Los derechos que otorgaba a sus ciudadanos estaban garantizados por el Parlamento, representación del pueblo libremente elegida, y todos los deberes estaban exactamente delimitados. Nuestra moneda, la corona austríaca, circulaba en relucientes piezas de oro y garantizaba así su invariabilidad. Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados. Quien poseía una fortuna podía calcular exactamente el interés que le produciría al año; el funcionario o el militar, por su lado, con toda seguridad podía encontrar en el calendario el año en que ascendería o se jubilaría. Cada familia tenía un presupuesto fijo, sabía cuánto tenía que gastar en vivienda y comida, en las vacaciones de verano y en la ostentación y, además, sin falta reservaba cuidadosamente una pequeña cantidad para imprevistos, enfermedades y médicos. Quien tenía una casa la consideraba un hogar seguro para sus hijos y nietos; tierras y negocios se heredaban de generación en generación; cuando un lactante dormía aún en la cuna, le depositaban ya un óbolo en la hucha o en la caja de ahorros para su camino en la vida, una pequeña «reserva» para el futuro. En aquel vasto imperio todo ocupaba su lugar, firme e inmutable, y en el más alto de todos estaba el anciano emperador; y si éste se moría, se sabía (o se creía saber) que vendría otro y que nada cambiaría en el bien calculado orden. Nadie creía en las guerras, las revoluciones ni las subversiones. Todo lo radical y violento parecía imposible en aquella era de la razón.

Dicho sentimiento de seguridad era la posesión más deseable de millones de personas, el ideal común de vida. Sólo con esta seguridad valía la pena vivir y círculos cada vez más amplios codiciaban su parte de este bien precioso. Primero, sólo los terratenientes disfrutaban de tal privilegio, pero poco a poco se fueron esforzando por obtenerlo también las grandes masas; el siglo de la seguridad se convirtió en la edad de oro de las compañías de seguros. La gente aseguraba su casa contra los incendios y los robos, los campos contra el granizo y las tempestades, el cuerpo contra accidentes y enfermedades; suscribía rentas vitalicias para la vejez y depositaba en la cuna de sus hijos una póliza para la futura dote. Finalmente incluso los obreros se organizaron, consiguieron un salario estable y seguridad social; el servicio doméstico ahorraba para un seguro de previsión para la vejez y pagaba su entierro por adelantado, a plazos. Sólo aquel que podía mirar al futuro sin preocupaciones gozaba con buen ánimo del presente.

En esta conmovedora confianza en poder empalizar la vida hasta la última brecha, contra cualquier irrupción del destino, se escondía, a pesar de toda la solidez y la modestia de tal concepto de la vida, una gran y peligrosa arrogancia. El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacia «el mejor de los mundos». Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada. Ahora, en cambio, superar definitivamente los últimos restos de maldad y violencia sólo era cuestión de unas décadas, y esa fe en el «progreso» ininterrumpido e imparable tenía para aquel siglo la fuerza de una verdadera religión; la gente había llegado a creer más en dicho «progreso» que en la Biblia, y su evangelio parecía irrefutablemente probado por los nuevos milagros que diariamente ofrecían la ciencia y la técnica.

En efecto, hacia finales de aquel siglo pacífico, el progreso general se fue haciendo cada vez más visible, rápido y variado. De noche, en vez de luces mortecinas, alumbraban las calles lámparas eléctricas, las tiendas de las capitales llevaban su nuevo brillo seductor hasta los suburbios, uno podía hablar a distancia con quien quisiera gracias al teléfono, el hombre podía recorrer grandes trechos a nuevas velocidades en coches sin caballos y volaba por los aires, realizando así el sueño de Ícaro. El confort salió de las casas señoriales para entrar en las burguesas, ya no hacía falta ir a buscar agua a las fuentes o los pozos, ni encender fuego en los hogares a duras penas; la higiene se extendía, la suciedad desaparecía. Las personas se hicieron más bellas, más fuertes, más sanas, desde que el deporte aceró sus cuerpos; poco a poco, por las calles se fueron viendo menos lisiados, enfermos de bocio y mutilados, y todos esos milagros eran obra de la ciencia, el arcángel del progreso. También hubo avances en el ámbito social; año tras año, el individuo fue obteniendo nuevos derechos, la justicia procedía con más moderación y humanidad e incluso el problema de los problemas, la pobreza de las grandes masas, dejó de parecer insuperable. Se otorgó el derecho de voto a círculos cada vez más amplios y, con él, la posibilidad de defender legalmente sus intereses; sociólogos y catedráticos rivalizaban en el afán de hacer más sana e incluso más feliz la vida del proletariado…

 

LOS QUE EN EL SIGLO XX HEMOS APRENDIDO A NO SORPRENDERNOS ANTE CUALQUIER NUEVO BROTE DE BESTIALIDAD COLECTIVA, SOMOS BASTANTE MÁS ESCÉPTICOS SOBRE LA POSIBILIDAD DE EDUCAR MORALMENTE AL HOMBRE

 

¿Es de extrañar, pues, que aquel siglo se deleitara con sus propias conquistas y considerara cada década terminada como un mero peldaño hacia otra mejor? Se creía tan poco en recaídas en la barbarie -por ejemplo, guerras entre los pueblos de Europa- como en brujas y fantasmas; nuestros padres estaban plenamente imbuidos de la confianza en la fuerza infaliblemente aglutinadora de la tolerancia y la conciliación. Creían honradamente que las fronteras de las divergencias entre naciones y confesiones se fusionarían poco a poco en un humanismo común y que así la humanidad lograría la paz y la seguridad, esos bienes supremos.

Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra «seguridad» como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación, cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz. Nosotros que en el nuevo siglo hemos aprendido a no sorprendernos ante cualquier nuevo brote de bestialidad colectiva, nosotros, que todos los días esperábamos una atrocidad peor que la del día anterior, somos bastante más escépticos sobre la posibilidad de educar moralmente al hombre. Tuvimos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan sólo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno; hemos tenido que acostumbrarnos poco a poco a vivir sin el suelo bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad.

 

Alfred y Stefan Zweig, Viena 1900

 

Para salvaguardar nuestra propia existencia, renegamos ya hace tiempo de la religión de nuestros padres, de su fe en un progreso rápido y duradero de la humanidad; a quienes aprendimos con horror nos parece banal aquel optimismo precipitado a la vista de una catástrofe que, de un solo golpe, nos ha hecho retroceder mil años de esfuerzos humanos. Sin embargo, a pesar de que nuestros padres habías servido a una ilusión, se trataba de una ilusión magnífica y noble, mucho más humana y fecunda que las consignas de hoy. Y algo dentro de mí no puede desprenderse completamente de ella, por alguna razón misteriosa, a pesar de todas las experiencias y de todos los desengaños.

Lo que un hombre, durante su infancia, ha tomado de la atmósfera de la época y ha incorporado a su sangre, perdura en él y ya no se puede eliminar. Y, a pesar de todo lo que resuena en mis oídos todos los días, a pesar de todas las humillaciones y pruebas que yo y mis innumerables compañeros de destino hemos padecido, no puedo renegar del todo de la fe de ni juventud y dejar de creer que, a pesar de todo, volveremos a levantarnos un día.

Desde el abismo de horror en que hoy, medio ciegos, avanzamos a tientas con el alma turbada y rota, sigo mirando aún hacia arriba en busca de las viejas constelaciones que brillaban sobre mi infancia y me consuelo, con la confianza heredada, pensando que un día esta recaída aparecerá como un mero intervalo en el ritmo eterno del progreso incesante.

Hoy, cuando ya hace tiempo que la gran tempestad lo aniquiló, sabemos a ciencia cierta que aquel mundo de seguridad fue un castillo de naipes.

 

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STEFAN ZWEIGEl mundo de ayer-Memorias de un europeo. El Acantilado, 2002. Traducción de J. Fontcuberta y A. Orzeszek. FD, 21 de febrero de 2010.

 

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‘THE WALL STREET JOURNAL’ ACCEDE A LAS DENUNCIAS DE MÁS DE 80 EMPLEADOS

«Detrás de Davos, denuncias de un lugar de trabajo tóxico» (por Shalini Ramachandran y Khadeeja Safdar, 29 junio 2024)

A pesar de sus elevados objetivos, el Foro Económico Mundial ha enfrentado numerosas acusaciones de acoso sexual y discriminación contra mujeres y personas negras

DENUNCIAS POR RACISMO, ACOSO A MUJERES Y DISCRIMINACIÓN POR EDAD: LA VERDAD DETRÁS DE KLAUS SCHWAB Y EL FORO DE DAVOS

Por Rebeca Crespo

Gaceta, 4 JULIO 2024

LOS DESTRUCTORES DE HOMBRES (Jean Ziegler): "Denuncias por racismo, acoso a mujeres y discriminación por edad: la verdad detrás de Klaus Schwab y el Foro de Davos"
Klaus Schwab. Europa Press

 

El Foro Económico Mundial, la organización detrás de la reunión anual de Davos de líderes mundiales y directores ejecutivos, asegura que su misión principal es «mejorar el estado del mundo». Pero bajo la supervisión de Klaus Schwab durante décadas, el Foro ha permitido que se desarrolle una atmósfera hostil hacia las mujeres y hacia las personas negras en su propio lugar de trabajo, según quejas internas, correos electrónicos y testimonios de docenas de empleados.

Entre los episodios descritos por estas personas, se entremezclan denuncias por racismo, discriminación a personas mayores de 50 años y mujeres embarazadas, e incluso acoso sexual. Actitudes particularmente llamativas cuando provienen de una organización centrada en la «equidad, la diversidad y la inclusión».

El escándalo ha salido a la luz después de que The Wall Street Journal haya entrevistado a más de 80 empleados que han trabajado en la organización entre 1980 y la actualidad. Algunos de ellos incluso han creado un vínculo sobre lo que describen como un trauma compartido en un grupo de WhatsApp llamado WEFugees, que cuenta con cientos de exempleados.

«Lo más decepcionante fue ver la distancia que hay entre lo que el Foro aspira a ser y lo que sucede detrás de escena«, ha afirmado Cheryl Martin, exfuncionaria del Departamento de Energía de EE. UU. que trabajó como alta ejecutiva del Foro al citado diario.

«Fue angustiante presenciar cómo colegas cambiaban incluso su personalidad tras la avalancha de acoso a manos de personal de alto nivel, pasando de ser sociables y alegres a aislarse, evitando el contacto visual», ha detallado Farid Ben Amor, exejecutivo de medios de EE.UU. y trabajador del Foro durante más de un año antes de renunciar en 2019.

 

Talibanes azotando mujeres por hablar por teléfono

Mujeres ‘cosificadas’ en Davos

Klaus Schwab, un joven académico alemán, fundó la primera conferencia de Davos en 1971. Durante cinco décadas, transformó el evento en una importante cumbre global, con la que atrajo a líderes mundiales, multimillonarios y celebridades. Bajo el liderazgo de Schwab, el grupo pasó de ser una pequeña organización sin fines de lucro a una vasta entidad con ingresos anuales superiores a los 400 millones de dólares y alrededor de 1.000 empleados en Ginebra, Nueva York y otras ciudades.

Muchos jóvenes profesionales se unieron al Foro, ansiosos por marcar la diferencia en el mundo. Algunos de ellos sacaron beneficio de su tiempo en el Foro, otros han detallado al Journal un cuadro más oscuro, en el que, aseguran, las mujeres eran rutinariamente sexualizadas y cosificadas, una directriz que, según ellos, se establecía en la cima de la organización.

Veteranos del Foro han asegurado a este diario que a Schwab le gustaba contratar a «personas atractivas», quienes después trabajaban en el evento anual en Davos. «Varios empleados se han quejado sobre el comportamiento inapropiado de los socios. Incluso había un término para el contacto sexual entre VIPs y empleados del Foro: ‘acción blanca sobre azul’, por el color de las insignias identificativas que usaban las dos partes durante el evento», detalla este diario.

«Había mucha presión para ser atractiva y usar vestidos ajustados. Nunca en mi carrera he experimentado que la apariencia fuera un tema tan importante como en el Foro», ha asegurado una exempleada al medio. Según esta mujer, era común que los empleados más jóvenes recibieran propuestas de los asistentes a los eventos del Foro. En una cumbre del WEF en África, recuerda, un CEO le preguntó si quería regresar a su habitación y tomar un whisky japonés especial con él. Ella dijo que no. Otra empleada relata cómo tuvo que rechazar a un ministro de gobierno que la llamó con el pretexto de tener un problema en su habitación de hotel.

Cheryl Martin, ex alta ejecutiva de la organización, ha asegurado a este diario que buscó cambios internos para abordar el problema de acoso durante el tiempo en el que estuvo en la junta directiva. Asegura que presionó para fortalecer el código de conducta en Davos y alentar a los empleados a informar sobre cualquier acoso en el evento, pero Schwab y otros miembros de la junta directiva consideraron exagerada su propuesta. En 2018 Schwab decidió cambiarla de puesto quitándole responsabilidades, personal y recursos presupuestarios. Nunca le dijo por qué. Martin renunció unos meses más tarde. «Cambié lo que pude, y cuando me di cuenta de que realmente no podía hacer más, renuncié«, dijo.

El Foro mantuvo, y en algunos casos ascendió, a unos 12 gerentes contra quienes se habían presentado quejas específicas a lo largo de los años, según entrevistas con denunciantes y documentos enviados a Recursos Humanos a los que ha tenido acceso el Journal.

Por ejemplo, en 2018, Justyna Swiatkowska presentó una queja al departamento legal y al de Recursos Humanos sobre George Karam, un gerente que la había invitado a tomar algo después del trabajo y la había realizado tocamientos no deseados y besos forzados.

«También descubrí que no estaba sola, y que había otras mujeres con historias similares. El Foro tenía conocimiento institucional sobre el comportamiento depredador del Sr. Karam, al menos desde la primera queja, pero no hizo nada durante casi tres años para detener el acoso y cuidar a las víctimas», escribió Swiatkowska en otro correo electrónico al jefe de Recursos Humanos.

 

Discriminación a mujeres embarazadas

Después de quedar embarazadas o dar a luz, varias mujeres vieron cómo su suerte empeoró en el Foro, según el testimonio de varias empleadas. Algunas recibieron críticas sobre su labor o perdieron cargos específicos justo cuando regresaron de la baja por maternidad. Y esto pese a trabajar en una organización que ha publicado varios artículos y documentos técnicos destacando la importancia de apoyar a las nuevas madres en el ámbito laboral.

The Wall Street Journal se hace eco, entre otros, del caso de Topaz Smith, empleada en la oficina de Nueva York, quien se unió al Foro en 2022 y dio a luz gemelos en 2023. Una semana antes de regresar de la baja por maternidad en febrero, le informaron de que su puesto había sido eliminado y se le ofreció un puesto temporal de seis meses. Semanas después el Foro contrató a otra persona para ocupar un puesto con el mismo título de ‘responsable de socios’ que ella había tenido hasta el momento.

«Es una institución psicológicamente violenta y no entiendo cómo tienen la credibilidad para escribir informes sobre la brecha de género y dictar cómo se manejan globalmente las economías e industrias», ha asegurado Smith.

 

Varios grupos de ideólogos y políticos del partido nazi –por ejemplo el ministro de Agricultura Walther Darré, ideólogo del concepto de «sangre y tierra»– tenían concepciones diferentes de raza y cambio racial en la evolución humana que nunca llegaron a ser científicamente vinculantes. En la fotografía, Darré dando un discurso en un mitin en Goslar, con el lema «Blut und Boden» (“sangre y tierra”) de fondo./ Bundesarchiv, Bild 183-H1215-503-009 / CC-BY-SA 3.0

 

Discriminación racial

La discriminación hacia los negros es otro de los asuntos que destaca el reportaje. El Journal detalla cómo el Foro muestra dificultades para cumplir con los ideales que predica sobre la promoción de la diversidad, equidad e inclusión. «Empleados negros que han trabajado en el Foro describieron haber sido pasados por alto para promociones, excluidos del evento anual principal en Davos e incidentes donde los gerentes hicieron comentarios desde insensibles hasta abiertamente racistas», asegura el periódico.

Sobre este asunto, el periódico recoge, entre otros, el caso de Tiffany Hart, una empleada negra que detalla cómo uno de los jefes le preguntó «si podría prender fuego a su peluca» mientras le mostraba una caja de cerillas, y la denuncia de varios empleados negros contra altos ejecutivos que para referirse a ellos solían utilizar la palabra ‘nigga‘.

 

LA FÁBRICA DE NIÑES: Conductismo y Condicionamiento Operante.

 

Un octogenario a favor del ‘cambio generacional’

La discriminación de la organización también se extiende a los empleados más experimentados. Según asegura el Journal, Schwab decidió hace unos años que necesitaba un cambio generacional en el grupo. «Señaló a un grupo de empleados mayores de 50 años y ordenó al jefe de recursos humanos que los despidiera a todo», denuncia.

Esto, explicó, reduciría la edad promedio de la fuerza laboral. Quien recibió este encargo, un experimentado exejecutivo del Banco Mundial llamado Paolo Gallo, se negó, señalando que debe haber un motivo razonable para despedir a alguien. Poco después, Schwab le despidió.

El Foro ha negado poner a Schwab a disposición del Journal para una entrevista en la que responder a las acusaciones. Su portavoz, Yann Zopf, ha argumentado que eso «tergiversaría nuestra organización, cultura y colegas, incluido nuestro fundador».

La organización ha asegurado que tiene «tolerancia cero» para el acoso o la discriminación y asegura que ha respondido adecuadamente a cualquier queja recibida por parte de los empleados. Además, ha indicado que desde 2020 se han recogido tres denuncias por discriminación racial y que cada una ha sido investigada a fondo y se han tomado las medidas apropiadas.

El pasado 21 de mayo, Schwab anunció que planea dejar su puesto como presidente ejecutivo, como parte de una transición planificada desde hace mucho tiempo, aunque permanecerá como presidente no ejecutivo en el consejo de administración. Este anuncio se produjo después de que Schwab enviara una carta al editor del Journal para expresarle su disconformidad con la investigación de este periódico.

 

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LOS DESTRUCTORES DE HOMBRES

«Algunos economistas alemanes han forjado un concepto nuevo, el de capitalismo asesino

La maximización del beneficio, la acumulación acelerada de la plusvalía y la monopolización de la decisión económica son contrarias a las aspiraciones profundas y a los intereses singulares del mayor número.

La racionalidad comercial causa estragos en las conciencias, aliena al hombre y desvía a la multitud de un destino libremente debatido, escogido democráticamente. La lógica de la mercancía ahoga la libertad irreductible, imprevisible, siempre enigmática del individuo. El ser humano queda reducido a su mera funcionalidad mercantil. 

Max Weber escribió que «la riqueza es una cadena de hombres que crean valor». Nada semejante ocurre hoy en día. 

En nuestra época, la riqueza es el fruto de actuaciones imprevisibles de especuladores codiciosos y cínicos, obsesionados por la ganancia a cualquier precio y por maximizar los beneficios.

Ningún estado, por poderoso que sea, ninguna ley ni ninguna asamblea de ciudadanos pueden ya aspirar a controlar estos movimientos.

La burbuja especulativa cada vez se hincha más. La economía virtual gana la mano a la economía real»

Por Jean Ziegler

Filosofía Digital

Jean Ziegler

 

Los demógrafos evalúan de este modo los estragos causados por la Segunda Guerra Mundial: de 16 a 18 millones de hombres y mujeres murieron en los combates, decenas de millones de combatientes resultaron heridos o quedaron mutilados.

¿Cuántos civiles perdieron la vida? Entre 50 y 55 millones. En cuanto a los heridos civiles, su número ascendió a varios centenares de millones. Y se perdieron entre 12 y 13 millones de nuevos nacimientos a causa de la guerra. Estas cifras no tienen en cuenta la realidad en China debido a la ausencia de estadísticas. ¿En qué se ha convertido hoy este mundo liberado del nazismo, esta tierra de justicia, de seguridad y de dignidad, como pretendían quienes vencieron en la guerra de 1939-1945?

 

ALGUNOS ECONOMISTAS ALEMANES HAN FORJADO UN CONCEPTO NUEVO, EL DE CAPITALISMO ASESINO

 

Según las cifras publicadas por los organismos especializados de las Naciones Unidas, los decesos debidos al subdesarrollo económico y la miseria extrema en los 122 países del Tercer Mundo ascendían, en 2001, a poco más de 58 millones. En cuanto a la invalidez grave o permanente, consecuencia de la falta de ingresos, alimentos, agua potable, acceso a los medicamentos, afecta a más de mil millones de personas.

 

 

Dicho de otro modo, el hambre, la epidemia, la sed y los conflictos locales debidos a la miseria, aniquilan, cada año, a casi tantos hombres, niños y mujeres como destruyó la Segunda Guerra Mundial en seis años. En cuanto a los pueblos del Tercer Mundo, la Tercera Guerra Mundial hace tiempo que ya ha estallado.

Algunos economistas alemanes han forjado un concepto nuevo, el de «capitalismo asesino» (killerkapitalismus). Veamos a continuación cómo funciona este capitalismo de nuevo tipo:

1. Los Estados del Tercer Mundo se baten entre sí por atraer las inversiones productivas que controlan las empresas de servicios extranjeras. Para ganar esta batalla, no dudan en reducir la protección social, las libertades sindicales, el poder de negociación de los asalariados autóctonos de por sí ya particularmente débil.

2. En Europa, en particular, las empresas industriales, de gestión, etc. proceden cada vez más a la deslocalización de sus plantillas y maquinaria, de sus laboratorios y de sus centros de investigación. Esta deslocalización se efectúa a menudo en beneficio de «zonas especiales de producción» donde los salarios son miserables y la protección de los trabajadores inexistente. Por un efecto de reciprocidad singularmente perverso, la simple amenaza de deslocalización lleva a que el Estado de origen ceda cada vez más a las exigencias del capital, consienta una reducción de la protección social (despidos, desregulaciones, etc.), en resumen, a hacer más precario, más «fluido», el mercado local de trabajo.

3. Los trabajadores de todos los países entran de este modo en competición unos con otros. Se trata para cada uno de asegurar un empleo, unos ingresos para su familia. Esta situación causa la concurrencia desenfrenada entre las diferentes categorías de trabajadores, la desmovilización, la muerte del sindicalismo, en resumen, el consentimiento humillante, a menudo desesperado, del trabajador a la destrucción de su propia dignidad.

4. En el seno de las democracias europeas, se ha abierto la fractura entre los que tienen trabajo y los que intentan por todos los medios conservarlo batiéndose contra aquellos que no lo tienen y que, con toda probabilidad, no lo volverán a encontrar. Se ha roto la solidaridad entre los trabajadores. Otro fenómeno a destacar es que entre la función pública y el sector privado, se ha instalado una antinomia. Y un último fenómeno y el más grave: el trabajador autóctono, con frecuencia, acaba odiando al trabajador emigrado. La serpiente del racismo levanta ya su abominable cabeza.

 

 

LA RACIONALIDAD COMERCIAL ALIENA A LOS HOMBRES Y DESVÍA A LOS PUEBLOS DE UN DESTINO LIBREMENTE DEBATIDO Y DEMOCRÁTICAMENTE ELEGIDO

 

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) levanta por su parte el siguiente atestado: en los países del Tercer Mundo, 1,3 millones de seres humanos disponen de menos de un dólar diario para sobrevivir; 5oo millones de personas morirán antes de alcanzar los 40 años de edad. La distribución de la propiedad, sobre todo de la tierra cultivable, es escandalosa. En Brasil, por ejemplo, el 2 % de los propietarios controla el 43 % de las tierras cultivables; 153 millones de hectáreas se hallan en barbecho. Y, durante este tiempo, 4,5 millones de familias campesinas expoliadas y famélicas vagan por carreteras y caminos.

Marx utilizaba, al hablar en una carta del capital financiero y del capital industrial, una expresión curiosa: «potencias extranjeras», con lo cual quería dar cuenta de que, como si fueran ejércitos de ocupación, extranjeros al país que sojuzgan, estas potencias desnaturalizan y, con frecuencia incluso, neutralizan la libre voluntad de los hombres agredidos.

 

Temporeras contra la esclavitud (esclavizadas en Huelva). Los Tratantes han sido protegidos por TODAS las Autoridades (jueces, fiscales, guardia Civil, Inspección de Trabajo …)

 

La maximización del beneficio, la acumulación acelerada de la plusvalía y la monopolización de la decisión económica son contrarias a las aspiraciones profundas y a los intereses singulares del mayor número. La racionalidad comercial causa estragos en las conciencias, aliena al hombre y desvía a la multitud de un destino libremente debatido, escogido democráticamente. La lógica de la mercancía ahoga la libertad irreductible, imprevisible, siempre enigmática del individuo. El ser humano queda reducido a su mera funcionalidad mercantil. Las «potencias extranjeras» son los enemigos del país y del pueblo que ocupan.

Naomí Klein describe con agudeza las condiciones de trabajo de las jóvenes obreras filipinas reclutadas, en remotas zonas agrícolas, por los subencargados -coreanos y taiwaneses- de las multinacionales del textil, del equipamiento deportivo, de los componentes de ordenadores. Las obreras son encerradas en las naves prefabricadas de las «zonas especiales de producción» en las cercanías de Manila. Jornadas de 14 a 16 horas son moneda corriente. Los salarios son míseros. Las horas extras en contadas ocasiones se pagan. Los derechos de los trabajadores son ignorados con toda soberbia por los encargados y los guardias armados que se encargan de que reine el orden del empresario en la fábrica.

De China a Honduras, en México y en Guatemala, de Corea del Sur a Filipinas, a Sri Lanka y Santo Domingo, la esclavitud contemporánea azota hoy a cerca de 30 millones de seres humanos. La Organización Internacional del Trabajo  evalúa en 850 el número de las «zonas especiales» distribuidas en 70 países.

Las fábricas donde estos esclavos fabrican los productos destinados a las sociedades transcontinentales de marca se conocen en inglés con el término «maquilladoras». Se hallan situadas en las zonas francas donde el propietario de la fábrica no paga ni derechos de importación (para las materias primas) ni derechos de exportación (para los productos acabados que se expiden con destino a América del Norte y Europa), ni impuestos de ningún tipo.

En 2002, el 65 %  de todos los juguetes infantiles (muñecas, trenes en miniatura, pelotas, robots, Monopoly, etc.) importados por los quince países de la Unión Europea provienen de estas zonas. Las dos sociedades transcontinentales más importantes que controlan el mercado son Mattel (Barbie) y Hasbro (Monopoly). Estas sociedades aplican estrategias diferentes: Mattel instala sus propias fábricas en las zonas, Hasbro confía la fabricación de sus productos a contratistas (chinos, coreanos, etc.) que operan en las mismas zonas.

 

NINGÚN ESTADO, NINGUNA LEY NI NINGUNA ASAMBLEA DE CIUDADANOS PUEDEN YA ASPIRAR A CONTROLAR LOS MOVIMIENTOS DEL CAPITAL

 

China, como todo el mundo sabe, vive bajo un régimen de partido único. El sistema de explotación que los «aparatos» comunistas han puesto en marcha con la complicidad de las sociedades transnacionales del juguete es de una ferocidad implacable: en las «zonas especiales de producción» chinas, los obreros y las obreras trabajan hasta 16 horas diarias, los siete días de la semana. El salario medio por hora representa el equivalente de 50 céntimos suizos. El pago de las horas extras y del trabajo nocturno, el salario mínimo, son desconocidos en las zonas especiales de producción chinas. De los permisos por maternidad, las obreras de estas zonas ni siquiera saben qué son.

 

 

Las pausas están cronometradas. En numerosos talleres, no pasan de cinco minutos.

El sistema funciona de maravilla. Cuando los juguetes llegan a los grandes almacenes de Berlín, París, Roma o Ginebra, los costos salariales representan apenas el 6 % del precio de venta al público. Los trust internacionales del juguete hacen negocios espléndidos y los «aparatos» comunistas se llenan jubilosos los bolsillos.

Los obreros y las obreras chinas, por su parte, lo más seguro es que acaben muriendo de forma prematura, por las emanaciones tóxicas que inundan los talleres insalubres -los juguetes tienen hermosos colores-, por desnutrición y numerosas enfermedades causadas por la miseria.

En lo que respecta al capital industrial, la mundialización se halla mucho menos avanzada de lo que a menudo pensamos. Las empresas de producción y de servicios auténticamente globalizados son aún, en comparación, poco numerosas. Una red esquelética de centros de producción «mundializados» cubre el planeta. Alrededor de las sociedades mineras o de las instalaciones de producción que emplean costosas tecnologías punteras se extienden desiertos donde los hombres viven en una economía de subsistencia o se pudren en la miseria.

El capital financiero, por su parte, se ha liberado de los gravámenes del tiempo y del espacio. Se mueve en un mundo y en un ciberespacio que, a efectos prácticos, están unificados. Por otro lado, se ha ido haciendo cada vez más autónomo: miles de millones de dólares «flotan» sin amarras, en plena libertad. El proceso no data de hoy, pero se acelera a un ritmo sorprendente. La revolución en la telefonía, en la transmisión de datos en tiempo real, en la digitalización de los textos, de los sonidos y las imágenes, la miniaturización extrema de los ordenadores y la generalización de la informática hacen a efectos prácticos imposible el seguimiento de los movimientos de los capitales (más de mil millones de dólares diarios). Ningún estado, por poderoso que sea, ninguna ley ni ninguna asamblea de ciudadanos pueden ya aspirar a controlar estos movimientos.

La vitalidad y la inventiva de los mercados financieros sin duda fuerzan la admiración. Nuevos productos, todos más sofisticados, más complejos, más innovadores los unos que los otros, se suceden a un ritmo pasmoso. Tomemos la galaxia de los productos financieros conocidos como «derivados». Su monto asciende a más de 1700 millones de dólares. Todo es susceptible de ser objeto hoy de una especulación «derivada»: se concluye un contrato por la compra en una fecha y a un precio fijos de una carga de petróleo, de una remesa de divisas, de una cosecha de trigo, etc. Si, en esta fecha, la bolsa marca un precio inferior al precio con el que se cierra el negocio, se registran pérdidas. En el caso contrario, se gana.

 

LOS OPERADORES DE BOLSA CONSTITUYEN LA QUINTAESENCIA DEL CAPITALISMO FINANCIERO: LES MUEVE UNA PASIÓN DEMENTE POR EL PODER Y EL BENEFICIO

 

La locura radica en que cabe montar una operación de especulación sobre productos «derivados» invirtiendo sólo el 5 % con dinero del cliente. El resto es un crédito. Ahora bien, se puede especular sobre productos derivados de otros productos derivados, y así indefinidamente… Fragilidad extrema, así pues, de una interminable pirámide de créditos que crece sin cesar y se alza hacia el cielo.

 

 

Estos jóvenes genios (hombres y mujeres) que, mediante sus modelos matemáticos elaborados con ordenador, intentan anticipar los movimientos del mercado, dominar el azar y minimizar los riesgos, trabajan como si fueran pilotos de fórmula 1. Deben reaccionar en fracciones de segundo. Cualquier decisión errónea puede, sin embargo, llevar a una catástrofe. La tensión es enorme.

Los operadores de bolsa, precisamente, constituyen la quintaesencia del capitalismo financiero: les mueve una pasión demente por el poder y el beneficio, les devora una voluntad inagotable de aplastar al competidor. Las anfetaminas les mantienen despiertos. Convierten el aire que respiran en oro. En los grandes bancos multinacionales del mundo, estos jóvenes genios ganan entre dos y tres veces más que los PDG de su banco. Se embolsan astronómicas gratificaciones y participaciones sobre los beneficios que procuran a sus entidades. Son los Creso de nuestro tiempo. Su locura da dinero. Pero se producen catástrofes.

Una pesadilla atormenta a los responsables de los Bancos centrales de los diferentes países, a saber, que el sistema del capitalismo por sí mismo acabe un día siendo barrido por la reacción en cadena y los desplomes sucesivos de las pirámides de créditos, provocados por operadores de bolsa desafortunados o criminales…

Si algo gobierna el mundo, son las lóbregas angustias, las «intuiciones», los deseos, las «certezas», el gusto desenfrenado por el juego y el beneficio de los operadores de la Bolsa. En un intento por racionalizar todo eso, los banqueros ginebrinos contratan en particular a especialistas en física teórica, en general, formados en el CERN (Centro Europeo para la Investigación Nuclear, situado en Meyrin, Ginebra). Estos físicos elaboran modelos matemáticos complejos destinados a minimizar los riesgos vinculados a las decisiones de compra y venta que toman los operadores de la Bolsa. Pero es igual, los movimientos de la Bolsa se hallan vinculados directamente a las reacciones afectivas, a las «intuiciones», a los rumores que rigen el imaginario de los actores…

En su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, el sociólogo alemán Max Weber escribió en 1919: «La riqueza es una cadena de hombres que crean valor». Nada semejante ocurre hoy en día. En nuestra época, la riqueza es el fruto de actuaciones imprevisibles de especuladores codiciosos y cínicos, obsesionados por la ganancia a cualquier precio y por maximizar los beneficios.

La burbuja especulativa cada vez se hincha más. La economía virtual gana la mano a la economía real.

 

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JEAN ZIEGLER,  Los nuevos amos del mundo. Ediciones Destino, 2005. Traducción de Eduardo Gonzalo