CALÍGULA, de Albert Camus. «Y justamente, os odio porque no sois libres. En todo el Imperio romano soy el único libre».

CALÍGULA, de Albert Camus

 

Albert Camus y su noción del absurdo: un análisis de Calígula

Por María Araceli Laurence

Universidad Nacional de Lomas de Zamora

 

Introducción

Albert Camus es uno de los escritores y pensadores más representativos de Francia en el período de la segunda posguerra. Comenzó llamando la atención con una novela corta: El extranjero, y luego, La peste le daría fama internacional. Fue amigo durante mucho tiempo, y después enemigo, de Jean Paul Sartre. Pero, también, tenía grandes problemas. Su apoyo a causas pocos populares le generaban controversias; la guerra de Argelia le creaba dificultades personales. A todo esto hay que sumarle su propia enfermedad, la tuberculosis. Desde muy joven se dedicaría al teatro, en principio, adaptando textos clásicos (Aristófanes, Esquilo, el teatro isabelino, los clásicos españoles) y, luego, con sus propias obras: Calígula, El malentendido, El estado de sitio, Los justos.

La concepción del teatro que tiene Camus la podemos encontrar en el Manifiesto del primer grupo teatral del que formó parte, el Théâtre de l’Equipe:

El teatro es un arte de carne y hueso que otorga a cuerpos vivos el cuidado de traducir sus lecciones, un arte al mismo tiempo grosero y sutil, un entendimiento excepcional de los movimientos, de la voz y las luces. Pero, también, es la más convencional de las artes, existe por esa complicidad del actor y del espectador que le dan un consentimiento mutuo y tácito a la misma ilusión (Lottman, 1994, p. 202).

Cuando recibe el Premio Nobel en 1957, Camus explica:

Tenía un plan preciso cuando empecé mi obra: primero quería expresar la negación. Bajo tres formas: novelesca: El extranjero, dramática: Calígula y El malentendido. Ideológica: El mito de Sísifo. Preveía el ciclo positivo, también bajo tres formas: novelesca: La peste. Dramática: El estado de sitio y Los justos. Ideológica: El hombre rebelde. Entreveía una tercera capa alrededor del tema del amor” (2002, p. 12)

 

Etapas de su producción: ciclos temáticos.

Los textos de Albert Camus pueden dividirse en diferentes etapas que reflejan el pensamiento del autor ya que, tal como afirma el propio Camus, en El mito de Sísifo:

Está en continuo devenir (…) de la misma manera la creación única de un hombre se fortalece en sus otros rostros sucesivos y múltiples que son sus obras. Las unas completan las otras, las corrigen o las recuperan, y también las contradicen (1999, p. 147-148).

El primer público de Camus fueron sus amigos de Argel que, poco a poco, se fueron ampliando debido a la publicación de sus artículos en el periódico Argel Republicano y a la publicación de sus dos primeros libros: El revés y el derecho (1937) y Bodas (1939) en la Editorial Charlot. Ya en 1942 y, pese a que el mundo se encontraba en guerra, Editorial Gallimard decide publicar El extranjero que se convertiría en un referente para el público francés.

—El primer período de producción es denominado por la crítica: ‘la literatura solar’, incluye: El revés y el derecho (L’Envers et L’Endroit), escrita entre 1935 y 1936 cuando tenía veintidós años y vivía en Argel. Bodas (Noces), ensayo compuesto entre 1936 y 1937. El verano (L’Été) y tres recopilaciones periodísticas: Actuelles I (1950), Actuelles II (1953) y Actuelles III (1958).

—El ‘ciclo del absurdo’ conformado por: El extranjero (L’Étranger) de 1942. El mito de Sísifo (Le Mythe de Sisyphe), 1942. El malentendido (Le malentendu), cuya primera representación tuvo lugar en el Théâtre des Mathurins (París) el 24 de junio de 1944.Y Calígula (Caligula) escrita en 1937, estrenada en 1945.

—El tercer ciclo es el ‘ciclo de la rebeldía’: La peste (La Peste) publicada en 1947 y escrita entre 1940 y 1947. El estado de sitio (L’État de Siège) estrenada el 27 de octubre de 1948, un auto sacramental a partir de las lecturas de Calderón de la Barca y Lope de Vega con motivo de la traducción de sus respectivas piezas Devoción de la cruz y El caballero de Olmedo. Y Los justos (Les Justes) estrenada el 15 de diciembre de 1949 en el Théâtre Hebertat. El hombre rebelde (L’Homme révolté) publicado por Gallimard en octubre de 1951.

—La cuarta y última etapa recibe la designación: ‘de la soledad y de las dudas’ y está formada por los siguientes textos: La caída (La chute) redactada entre septiembre de 1955 y febrero de 1956, publicada por Gallimard el 16 de mayo de 1956. El exilio y el reino (L’Exil et le Royaume), publicado en marzo de 1957. Y El primer Hombre (Le Premier Homme) obra que Camus estaba escribiendo en el momento de su muerte (Cf. sobre esta periodización Florence Estrade, El lector de Albert Camus)

 

Una lectura de Calígula.

Calígula fue la primera pieza de teatro de Albert Camus. Escrita en 1937 con la finalidad de ser representada por el Teatro del Equipo de Argel, formado por un grupo de sus amigos. Sin embargo, fue estrenada recién en 1945 en el Teatro Hébertot en París. Camus fue modificando esta obra durante trece años hasta su versión definitiva para el Festival de Arte dramático de Angers en 1957.

Calígula corresponde al ciclo de la negación, más conocido como el ciclo del absurdo. Indaga sobre el destino del hombre que se encuentra tanto en comunión como en oposición con el mundo que lo rodea. El hombre es mortal, el mundo es eterno, a partir de la toma de consciencia de esta situación el hombre comienza a rebelarse contra su destino y desea, desesperadamente, encontrarle un sentido al mundo. Este ciclo se encuentra inscripto en el contexto de la segunda guerra mundial, de ahí que aparezca inmortalizada la angustia colectiva universal.

Frente a lo absurdo de la vida Camus propone la rebelión como una manera activa de combatir las injusticias. A partir de la rebelión (aún cuando se trate de un acto individual) la colectividad existe. Mediante una ética y una estética del rechazo y la contradicción el hombre se rebela contra el absurdo.

Camus, hasta este momento, había expresado a través de sus obras un sentimiento trágico de la vida y una gran desconfianza por todo intento de construcción de un sistema (Todd). Desde su conocimiento de la obra de Nietzsche, el autor sostiene una actitud de sospecha frente a la “moral tradicional”. Le interesa, fundamentalmente, la siguiente cuestión:

¿Cómo hay que comportarse en general y durante los años negros cuando uno no cree ni en Dios ni en la razón? (Todd, 1997, p. 299).

Sin embargo, Camus no está incluido dentro del denominado teatro del absurdo, el mismo Martin Esslin en su libro El teatro del absurdo, incluye dentro de esta categoría a autores tan disímiles como Beckett, Ionesco y Adamov, pero excluye a Camus de manera explícita:

Si Camus sostiene que en nuestra desilusionada época el mundo ha dejado de tener sentido, lo hace con el estilo racional, elegante y discursivo de un moralista del siglo XVIII, en obras cuidadas y de perfecta estructura (1966, p. 16)

Calígula se estrena el 26 de septiembre de 1945 con gran éxito. Obtiene críticas diversas, la peor es la de Kleber Haedems, hijo de un coronel de artilleros y autor de artículos aparecidos en publicaciones colaboracionistas.

Escribe en L’Epoque:

Son sombras que piensan, siluetas lisas..., que tratan de reunir los elementos dispersos de una filosofía (Lottman, 1994, p. 409)

Camus, quien conoce la fama por primera vez a los treinta años, dice en sus Cuadernos:

La razón de los elogios es tan mala como la de las críticas. Apenas una o dos voces auténticas o emocionadas. ¡La fama! En el mejor de los casos un malentendido (...) Ahora sé lo que es, poca cosa. (Lottman, 1994, p. 409)

Calígula es uno de los primeros proyectos de Albert Camus. Realizó distintas versiones de esta obra: la primera, publicada en 1944; la siguiente en 1947 y; nuevamente, la modificó en 1957. En las sucesivas versiones va cambiando a los personajes secundarios pero el emperador Calígula se mantiene en cuanto a las características de su carácter, su conducta y las motivaciones que lo guían.

Calígula es para Camus símbolo del absurdo en el ser humano y, también, de lo absurdo del mundo. Dice Camus “era un tirano inteligente cuyos móviles parecían a la vez singulares y profundos”. La obra tiene cuatro actos. La acción se desarrolla en el palacio del emperador en Roma. En el acto primero, el protagonista se transforma en un tirano cruel y despiadado, a partir de la muerte de su hermana y amante, Drusila. El imperio comienza a padecer el terror que imparte el emperador. En el acto segundo, la obra nos muestra cómo los senadores planean una conspiración contra Calígula. Hace su aparición Escipión, joven poeta y criado cuyo padre había sido asesinado por el soberano. Este personaje siente, a la vez, rechazo y amor por el tirano. Los senadores son obligados a adorar a Calígula como si fuese una divinidad. Helicón, su criado, le advierte de las maniobras en su contra. En el acto cuarto Calígula se burla de la danza:

Calígula con túnica corta de danzarina, con flores en la cabeza, aparece como sombra chinesca tras la cortina del fondo. Da algunos ridículos pasos de danza y se eclipsa. Inmediatamente después un guardia dice con voz solemne ‘el espectáculo ha terminado’ (1983, p. 472).

Para reafirmar su poder decide asesinar a Cesonia, su amante. Queda solo frente a sus enemigos y tiene tanto miedo como sus víctimas.

Tengo miedo. Qué rabia después de haber despreciado a los demás. Sentir la misma cobardía en el alma (1983, p. 481)

Muere asesinado a manos de patricios gritando “¡Aún vivo!” (1983, p. 482)

En este texto encontramos, por un lado, unidad de acción, de carácter y de lugar, siguiendo los preceptos de la tragedia clásica (Horacio y Aristóteles).

Dentro de estas características tradicionales, podemos mencionar:

—Relato cronológicamente lineal que presenta los rasgos aristotélicos de la narración “bien hecha”: introducción, nudo y desenlace.

—Condiciones de espacio y tiempo claramente especificadas.

—Se conocen los datos de los personajes: edad, prehistoria, lugar de nacimiento, hechos de la juventud, etc.

—Relaciones sociales abiertamente establecidas.

Por otro lado, encontramos, elementos que no responden a los cánones tradicionales:

—El número de actos, en este sentido recordemos que la estructura clásica recomienda cinco actos, esta obra tiene cuatro.

—El lenguaje utilizado, como ejemplo de esto podemos mencionar la escena I del Primer Acto:

 

PRIMER PATRICIO: Aún nada.

EL PATRICIO ANCIANO: Nada por la mañana, nada por la noche.

SEGUNDO PATRICIO: Nada desde hace tres días.

EL PATRICIO ANCIANO: Los correos van y vuelven. Mueven la cabeza y dicen: “Nada”.

SEGUNDO PATRICIO: Han mirado por todo el campo, no hay nada que hacer. (1983, p. 431)

 

—El efecto de teatralidad o “teatro dentro del teatro” presente en varias escenas de la obra: escena IV del acto cuarto, Calígula representa a una bailarina; escena I del acto tercero, interpreta a Venus y sus vasallos le rinden culto; escena XII del acto cuarto: el protagonista le habla al público:

 

CALÍGULA: (...) (Se planta frente al público, un poco inclinado hacia delante, olvidando a Cesonia) Ellos son auténticos. Son como yo. Me esperan y me acucian. (1983, p. 479).

 

- La escena V del Acto Segundo será representada por los personajes, excepto Calígula y Cesonia.como si fueran marionetas.

Camus consigue transgredir de manera consciente las reglas de los géneros literarios a partir de su dominio de dichas reglas.

El tema central planteado en Calígula es: cómo vivir. El protagonista dispone de un poder sin límites:

 

CALÍGULA: ¿Qué gano con una mano firme, de qué me sirve tan tremendo poder si no puedo cambiar el orden de las cosas, si no puedo hacer que se ponga el sol por el este, si no puedo evitar que haya tanto sufrimiento y que los seres mueran (...) (Acto I, esc. II)

 

Calígula cree que transformando las reglas establecidas y asesinando a los demás logrará reafirmar su libertad sin límites, a la que aspira para rebelarse contra el carácter absurdo de la condición humana. Hasta que advierte, después de asesinar a Cesonia, que la falta de límites en el ejercicio de la libertad conduce a la soledad y al fracaso.

La locura de Calígula para Camus implica un arrebato de sentimientos que se originan en nuestro ser y, al mismo tiempo, expresa una voluntad inquebrantable: los derechos de la moral individual, la moral colectiva, el derecho de matar, el derecho de revelar a los hombres su condición lamentable (Sartre).

 

A modo de cierre

Dice Susan Sontag:

Como contemporáneo tuvo que tratar todos los temas de dementes: suicidio, carencia de afecto, culpabilidad, terror absoluto. Pero lo hace con un aire de razonabilidad, mesura, fluidez, graciosa impersonalidad que lo sitúa aparte de los otros. Partiendo de las premisas de un nihilismo popular muestra al lector - con solo el poder de su voz y su tono sosegado- a sacar conclusiones humanistas y humanitarias que en nada derivan de sus premisas (2005, p. 87).

Podríamos relacionar a Calígula con las afirmaciones teóricas del autor. El absurdo es para Camus, según nos cuenta en El mito de Sísifo, un malestar moral y físico que proviene de la incapacidad para comprender el mundo que nos rodea.

El sentimiento del absurdo surge de la comparación entre una situación de hecho y el mundo que la supera. Es un divorcio. Surge de la confrontación entre estos dos elementos. Lo absurdo, así entendido, no está ni en el hombre ni en el mundo sino en su presencia común.

Dice Camus:

No sé si este mundo tiene un sentido que lo supera pero sé que no conozco ese sentido y que por el momento me es imposible conocerlo. ¿Qué significa para mí un significado fuera de mi condición? No puedo comprender sino es en términos humanos. Lo que toco, lo que me resiste, eso es lo que comprendo (1999, p. 61).

El absurdo no es para Camus, solamente, una estética sino que invade la existencia del hombre. Esto se manifiesta en:

—El reconocimiento del paso del tiempo.

—La conciencia de nuestra mortalidad que se expresa en el “horror a la muerte”.

—La existencia de un vacío entre nuestra subjetividad y la ajena.

—La “alienación” del yo.

Para Camus decir “esto es absurdo” equivale a decir “esto es imposible”, y también, “esto es contradictorio”. El absurdo es, asimismo, lo inadmisible, lo que no podemos comprender, lo que no podemos justificar.

En definitiva, Calígula aparece como el personaje indicado para exagerar y caricaturizar el concepto de lo absurdo. “En particular es el único (...) que ha vuelto ridículo el poder mismo” (Camus, 1999, p. 397). Las historias legendarias contadas sobre este emperador caprichoso y arbitrario que manipulaba a sus cortesanos y jugaba con ellos como el gato con el ratón, son ideales para ilustrar la concepción camusiana del absurdo.

 

***

Bibliografía

Camus. Albert, 1983, Narrativa y Teatro Completo, Editorial Seix Barral, Barcelona.

Camus, Albert, 1999, El mito de Sísifo, Editorial Losada, Buenos Aires.

Estrade, Florence, 2002, El lector de Albert Camus, Editorial Océano, Barcelona.

Lottman, Herbert R., 1994, Albert Camus, Taurus Pensamiento, Madrid.

Esslin, Martin, 1966, El teatro del absurdo, Seix Barral, Barcelona.

Pellettieri, Osvaldo, 1997, Una historia interrumpida, Editorial Galerna, Buenos Aires.

Sontag, Susan, 2005, “Los carnets de Camus” en Contra la interpretación, Editorial Alfaguara, Buenos Aires.

Todd, Olivier, 1997, Albert Camus. Una vida, Tusquets Editores, Barcelona.

 

 

© María Araceli Laurence 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero47/caligula.html

 

CALIGULA

*******

CALÍGULA (Teatro,  Estudio 1)

De Albert Camus

 

 
2001 Autor: Albert Camus Dirección: Eloy de la Iglesia, Armando Leal Guion: Eloy de la Iglesia, José Escué Porta. Reparto Assumpta Serna, Fernando Guillén Cuervo, Sancho Gracia, Juan Díaz, Ángel Pardo, José María Escuer, Valentín Paredes, Rafael Mendizábal, Paco Sagarzazu, Tony Fuentes, TVE, Luis Barbero, Roger Pera
 
Representación de la obra de Albert Camus, basada en la vida del emperador romano Calígula. Al enterarse de la súbita muerte de su muy amada hermana Drusilla, Calígula enloquece. Pretende cambiar toda la política económica del imperio: todas las personas con fortuna, grande o pequeña, deben desheredar a sus hijos y testar a favor del Estado; por si fuera poco, se hará morir a esas personas segun un orden de lista establecido arbitrariamente. Ante esta situación, los patricios urden un complot.

 

*******

CALÍGULA, el único hombre libre del imperio

 

HELICÓN (de un extremo a otro del escenario). Buenos días, Cayo.

CALÍGULA (con naturalidad). Buenos días, Helicón. Silencio

HELICÓN. Pareces fatigado.

CALÍGULA. He caminado mucho.

HELICÓN. Sí, tu ausencia duró largo tiempo. Silencio

CALÍGULA. Era difícil de encontrar.

HELICÓN. ¿Qué cosa?

CALÍGULA. Lo que yo quería.

HELICÓN. ¿Y qué querías?

CALÍGULA (siempre con naturalidad). La luna.

HELICÓN. ¿Qué?

CALÍGULA. Sí, quería la luna.

HELICÓN. ¡Ah! (Silencio. Helicón se acerca.) ¿Para qué?

CALÍGULA. Bueno... Es una de las cosas que no tengo.

HELICÓN. Claro. ¿Y ya se arregló todo?

CALÍGULA. No, no pude conseguirla.

HELICÓN. Qué fastidio.

CALÍGULA. Sí, por eso estoy cansado. (Pausa.) ¡Helicón!

HELICÓN. Sí, Cayo.

CALÍGULA. Piensas que estoy loco.

HELICÓN. Bien sabes que nunca pienso.

CALÍGULA. Sí. ¡En fin! Pero no estoy loco y aun más: nunca he sido tan razonable. Simplemente, sentí en mí de pronto una necesidad de imposible. (Pausa.) Las cosas tal como son, no me parecen satisfactorias.

HELICÓN. Es una opinión bastante difundida.

CALÍGULA. Es cierto. Pero antes no lo sabía. Ahora lo sé. (Siempre con naturalidad.) El mundo, tal como está, no es soportable. Por eso necesito la luna o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo.

HELICÓN. Es un razonamiento que se tiene en pie. Pero en general no es posible sostenerlo hasta el fin.

CALÍGULA (levantándose, pero con la misma sencillez). Tú no sabes nada. Las cosas no se consiguen porque nunca se las sostiene hasta el fin. Pero quizá baste permanecer lógico hasta el fin. (Mira a Helicón.) También sé lo que piensas. ¡Cuántas historias por la muerte de una mujer! Pero no es eso. Creo recordar, es cierto, que hace unos días murió una mujer a quien yo amaba. ¿Pero qué es el amor? Poca cosa. Esa muerte no significa nada, te lo juro; sólo es la señal de una verdad que me hace necesaria la luna. Es una verdad muy simple y muy clara, un poco tonta, pero difícil de descubrir y pesada de llevar.

HELICÓN. ¿Y cuál es la verdad?

CALÍGULA (apartado, en tono neutro). Los hombres mueren y no son felices.

HELICÓN (después de la pausa). Vamos, Cayo, es una verdad a la que nos acomodamos muy bien. Mira a tu alrededor. No es eso lo que les impide almorzar.

CALÍGULA (con súbito estallido). Entonces todo a mi alrededor es mentira, y yo quiero que vivamos en la verdad. Y justamente tengo los medios para hacerlos vivir en la verdad. Porque sé lo que les falta, Helicón. Están privados de conocimiento y les falta un profesor que sepa lo que dice.

HELICÓN. No te ofendas, Cayo, por lo que voy a decirte. Pero deberías descansar primero.

CALÍGULA (sentándose y con dulzura). No es posible, Helicón, ya nunca será posible.

HELICÓN. ¿Y por qué no?

CALÍGULA. Si duermo, ¿quién me dará la luna?

HELICÓN (después de un silencio). Eso es cierto. Calígula se levanta con visible esfuerzo.

CALÍGULA. Escucha, Helicón. Oigo pasos y rumor de voces. Guarda silencio y olvida que acabas de verme.

HELICÓN. He comprendido. Calígula se dirige hacia la salida. Se vuelve.

CALÍGULA. Y te lo ruego: en adelante ayúdame.

HELICÓN. No tengo razones para no hacerlo, Cayo. Pero sé pocas cosas y pocas cosas me interesan. ¿En qué puedo ayudarte?

CALÍGULA. En lo imposible.

HELICÓN. Haré lo que pueda. Calígula sale. Entran rápidamente Escipión y Cesonia.

 

***

Escúchame bien, imbécil. Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no la tiene. Está claro. Todos los que piensan como tú deben admitir este razonamiento y considerar que la vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo. Entretanto, yo he decidido ser lógico, y como tengo el poder, veréis lo que os costará la lógica. Exterminaré a los opositores y la oposición. Si es necesario, empezaré por ti.

 

EL INTENDENTE (con voz insegura). Te... te buscábamos, César.

CALÍGULA (con voz breve y cambiada). Ya lo veo.

EL INTENDENTE. Nosotros... es decir...

CALÍGULA (brutalmente). ¿Qué queréis?

EL INTENDENTE. Estábamos inquietos, César.

CALÍGULA (acercándose). ¿Con qué derecho?

EL INTENDENTE. ¡Oh!... (Súbitamente inspirado y muy rápido.) En fin, de todos modos, bien sabes que debes arreglar algunas cuestiones concernientes al Tesoro Público.

CALÍGULA (con un acceso de risa inextinguible). ¿El Tesoro? Pero es cierto, claro, el Tesoro; es fundamental.

EL INTENDENTE. Cierto, César.

 

***

CALÍGULA (siempre riendo, a Cesonia). ¿No es verdad, querida, que es muy importante el Tesoro?

CESONIA. No, Calígula, es una cuestión secundaria.

CALÍGULA. Pero es que tú no entiendes nada. El Tesoro tiene un poderoso interés. Todo es importante; ¡las finanzas, la moral pública, la política exterior, el abastecimiento del ejército y las leyes agrarias! Todo es fundamental. Todo está en el mismo plano: la grandeza de Roma y tus crisis de artritismo. ¡Ah! Me ocuparé de todo. Escúchame un poco, intendente.

EL INTENDENTE. Te escuchamos. Los Patricios se adelantan.

CALÍGULA. ¿Me eres fiel, verdad?

EL INTENDENTE (en tono de reproche). ¡César!

CALÍGULA. Bueno, pues tengo un plan que proponerte. Vamos a revolucionar la economía política en dos tiempos. Te lo explicaré, intendente..., cuando hayan salido los patricios.

Los Patricios salen.

 

***

Calígula se sienta junto a Cesonia.

CALÍGULA. Escúchame bien. Primer tiempo. Todos los patricios, todas las personas del Imperio que dispongan de cierta fortuna —pequeña o grande, es exactamente lo mismo— están obligados a desheredar a sus hijos y testar de inmediato a favor del Estado.

EL INTENDENTE. Pero César...

CALÍGULA. No te he concedido aún la palabra. Conforme a nuestras necesidades, haremos morir a esos personajes siguiendo el orden de una lista establecida arbitrariamente. Llegado el momento podremos modificar ese orden, siempre arbitrariamente. Y heredaremos.

CESONIA (apartándose). ¿Qué te pasa?

CALÍGULA (imperturbable). El orden de las ejecuciones no tiene, en efecto, ninguna importancia. O más bien, esas ejecuciones tienen todas la misma importancia, lo que demuestra que no la tienen. Por lo demás, son tan culpables unos como otros. (Al intendente, con rudeza.) Ejecutarás esas órdenes sin tardanza. Todos los habitantes de Roma firmarán los testamentos esta noche, en un mes a más tardar los de provincias. Envía correos.

EL INTENDENTE. César, no te das cuenta...

CALÍGULA. Escúchame bien, imbécil. Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no la tiene. Está claro. Todos los que piensan como tú deben admitir este razonamiento y considerar que la vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo. Entretanto, yo he decidido ser lógico, y como tengo el poder, veréis lo que os costará la lógica. Exterminaré a los opositores y la oposición. Si es necesario, empezaré por ti.

EL INTENDENTE. César, mi buena voluntad no admite duda, te lo juro.

CALÍGULA. Ni la mía, puedes creerme. La prueba es que consiente en adoptar tu punto de vista y considerar el Tesoro público como un objeto de meditación. En suma, agradéceme, pues intervengo en tu juego y utilizo tus cartas. (Pausa, luego, con calma.) Además mi plan, por su sencillez, es genial, lo cual cierra el debate. Tienes tres segundos para desaparecer. Cuento: uno... El intendente desaparece.

 

***

CESONIA. ¡No te reconozco! Es una broma, ¿verdad?

CALÍGULA. No es exactamente eso, Cesonia. Es pedagogía.

ESCIPIÓN. ¡No es posible, Cayo!

CALÍGULA. ¡Justamente!

ESCIPIÓN. No te comprendo.

CALÍGULA. ¡Justamente! Se trata de lo que no es posible, o más bien, de hacer posible lo que no lo es.

ESCIPIÓN. Pero ese juego no tiene límites. Es la diversión de un loco.

CALÍGULA. No, Escipión, es la virtud de un emperador. (Se echa hacia atrás con un gesto de fatiga.) ¡Ah, hijos míos! Acabo de comprender por fin la utilidad del poder. Da oportunidades a lo imposible. Hoy, y en los tiempos venideros, mi libertad no tendrá fronteras.

CESONIA (tristemente). No sé si hay que alegrarse, Cayo.

CALÍGULA. Tampoco yo lo sé. Pero supongo que de eso habrá que vivir.

 

***

Y justamente, os odio porque no sois libres. En todo el Imperio romano soy el único libre

 

QUEREAS. Supe tu regreso. Hago votos por tu salud.

CALÍGULA. Mi salud te lo agradece. (Pausa; de improviso.) Vete, Quereas, no quiero verte.

QUEREAS. Me sorprendes, Cayo.

CALÍGULA. No te sorprendas. No me gustan los literatos y no puedo soportar la mentira.

QUEREAS. Si mentimos, es sin saberlo muchas veces. No me considero culpable.

CALÍGULA. La mentira nunca es inocente. Y la vuestra da importancia a los seres y a las cosas. Eso es lo que no puedo perdonaros.

QUEREAS. Y sin embargo, no hay más remedio que abogar por este mundo, si queremos vivir en él.

CALÍGULA. No abogues, la causa está juzgada. Este mundo no tiene importancia, y quien así lo entienda conquista su libertad. (Se ha levantado.) Y justamente, os odio porque no sois libres. En todo el Imperio romano soy el único libre. Regocijaos, por fin ha llegado un emperador que os enseñará la libertad. Vete, Quereas, y tú también, Escipión, pues, ¿qué es la amistad? Id a anunciar a Roma que le ha sido restituida la libertad y que con ella empieza una gran prueba.

 

***

¡Ah, Cesonia, les mostraré lo que nunca han visto, el único hombre libre de este imperio!

 

CESONIA. ¿Lloras?

CALÍGULA. Sí, Cesonia.

CESONIA. Pero al fin, ¿qué ha cambiado? Si es cierto que amabas a Drusila, la amabas al mismo tiempo que a mí y a muchas otras. Eso no basta para que su muerte te arroje tres días y tres noches al campo y te devuelva con ese rostro enemigo.

CALÍGULA (se vuelve). ¿Quién te habla de Drusila, loca? ¿No puedes imaginar que un hombre llore por algo que no sea el amor?

CESONIA. Perdón, Cayo. Pero trato de comprender.

CALÍGULA. Los hombres lloran porque las cosas no son lo que deberían ser. (Ella se le acerca.) Deja, Cesonia. (Cesonia retrocede.) Pero quédate cerca.

CESONIA. Haré lo que quieras. (Se sienta.) A mi edad se sabe que la vida no es buena. Pero si hay mal en la tierra, ¿a qué querer aumentarlo?

CALÍGULA. Tú no puedes comprender. ¿Qué importa? Quizá salga de esto. Pero siento subir en mí seres sin nombre. ¿Qué haré con ellos? (Se vuelve hacia Cesonia.) ¡Oh, Cesonia! Yo sabía que era posible estar desesperado, pero ignoraba el significado de esta palabra. Creía, como todo el mundo, que era una enfermedad del alma. Pero no, el cuerpo es el que sufre. Me duelen la piel, el pecho, los miembros. Tengo la cabeza vacía y el estómago revuelto. Y lo más atroz es este gusto en la boca. Ni de sangre, ni de muerte, ni de fiebre, sino de todo a la vez. Basta que mueva la lengua para que todo se ponga negro y los seres me repugnen. ¡Qué duro, qué amargo es hacerse hombre!

CESONIA. Hay que dormir, dormir mucho, dejarse llevar y no cavilar más. Velaré tu sueño. Al despertar, el mundo recobrará su sabor para ti. Que tu poder sirva entonces para amar lo que aún puede ser amado. Lo posible también merece una oportunidad.

CALÍGULA. Pero para eso se necesita el sueño, la despreocupación. No es posible.

CESONIA. Es lo que uno cree cuando está rendido de fatiga. Llega el momento en que la mano vuelve a ser firme.

CALÍGULA. Pero hay que saber dónde posarla. ¿Y qué me importa una mano firme, de qué me sirve este asombroso poder si no puedo cambiar el orden de las cosas, si no puedo hacer que el sol se ponga por el este, que el sufrimiento decrezca y que los que nacen no mueran? No, Cesonia, es indiferente dormir o permanecer despierto si no tengo influencia sobre el orden de este mundo.

CESONIA. Pero eso es querer igualarse a los dioses. No conozco locura peor.

CALÍGULA. También tú me crees loco. Y sin embargo, ¿qué es un dios para que yo desee igualarme a él? Lo que deseo hoy con todas mis fuerzas está por encima de los dioses. Tomo a mi cargo un reino donde lo imposible es rey.

CESONIA. No podrás hacer que el cielo no sea cielo, que un rostro hermoso se vuelva feo, un corazón humano, insensible.

CALÍGULA (con exaltación creciente). Quiero mezclar el cielo con el mar, confundir fealdad y belleza, hacer brotar la risa del sufrimiento.

CESONIA (erguida delante de él y suplicante). Hay lo bueno y lo malo, lo grande y lo bajo, lo justo y lo injusto. Te aseguro que todo esto no cambiará.

CALÍGULA (en el mismo tono). Mi voluntad es cambiarlo. Haré a este siglo el don de la igualdad. Y cuando todo esté nivelado, lo imposible al fin en la tierra, la luna en mis manos, entonces quizá yo mismo esté transformado y el mundo conmigo; entonces, al fin, los hombres no morirán y serán dichosos.

CESONIA (en un grito). No podrás negar el amor.

CALÍGULA (estallando y con voz llena de rabia). ¡El amor, Cesonia! (La toma por los hombros y la sacude.) He aprendido que no es nada. El otro tiene razón: ¡el Tesoro público! Lo oíste, ¿verdad? Todo empieza con eso. ¡Ah, por fin voy a vivir ahora! Vivir, Cesonia, vivir es lo contrario de amar. Te lo digo yo y te invito a una fiesta sin medida, a un proceso general, al más bello de los espectáculos. Y necesito gente, espectadores, víctimas y culpables. Se precipita hacia el gong y empieza a darle, sin tregua, golpes redoblados.

CALÍGULA (sin dejar de golpear). Haced entrar a los culpables. Necesito culpables. Y todos lo son. (Siempre golpeando.) Quiero que entren los condenados a muerte. ¡Público, quiero tener público! ¡Jueces, testigos, acusados, todos condenados de antemano! ¡Ah, Cesonia, les mostraré lo que nunca han visto, el único hombre libre de este imperio! Al sonido del gong, el palacio se llena poco a poco de rumores que aumentan y se acercan. Voces, ruidos de armas, pasos y pataleos.

CALÍGULA ríe y sigue golpeando. Los Guardias entran y salen.

CALÍGULA (golpeando). Y tú, Cesonia, me obedecerás. Me ayudarás siempre. Será maravilloso. Jura que me ayudarás, Cesonia.

CESONIA (enajenada, entre dos golpes de gong). No necesito jurar, porque te amo. CALÍGULA (siempre golpeando). Harás todo lo que te diga.

CESONIA (en el mismo tono). Todo, Calígula, pero detente.

CALÍGULA (golpeando). Serás cruel.

CESONIA (llorando). Cruel.

CALÍGULA (golpeando). Fría e implacable.

CESONIA. Implacable.

CALÍGULA (siempre golpeando). También sufrirás.

CESONIA. Sí, Calígula, pero enloquezco. Entran Patricios estupefactos, y con ellos las gentes del palacio. Calígula da un último golpe, levanta el mazo, se vuelve hacia ellos y los llama.

CALÍGULA (fuera de sí). Venid todos. Acercaos. Mando que os acerquéis. (Patalea.) Un emperador exige que os acerquéis. (Todos avanzan, llenos de temor.) Venid en seguida. Y ahora acércate, Cesonia. (La toma de la mano, la lleva junto al espejo y con el mazo, borra frenéticamente una imagen sobre la superficie bruñida. Ríe.) Nada, ya ves. ¡Ni un recuerdo, todos los rostros han huido! ¡Nada, nada más! ¿Y sabes lo que queda? Acércate un poco más. Mira, Acercaos. Mirad. Se planta delante del espejo en una actitud demente.

CESONIA (mirando el espejo, con espanto). ¡Calígula! Calígula cambia de tono, apoya el dedo en el espejo y con la mirada súbitamente fija, dice con voz triunfante.

CALÍGULA. ¡Calígula!

 

 

 

 

 

 


Sé el primero en comentar

Deja tu opinión

Tu dirección de correo no será publicada.


*