JUECES: BORRACHERA DE PODER: «El juez de la horca» (The Life and Times of Judge Roy Bean), película de John Huston (1972).

El Juez de la horca, película 

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Paul Newman y el western: "El juez de la horca" (The Life and Times of Judge Roy Bean), de John Huston

Por Alberto Abuín

El juez de la horca

 

Paul Newman se puso a las órdenes de John Huston en ‘El juez de la horca’ (‘The Life and Times of Judge Roy Bean’, 1972), perteneciente a la etapa más interesante, para el que suscribe, de su director. El considerado por muchos como el director que mejor retrató a los perdedores, venía de filmar una de sus obras más representativas al respecto, ‘Fat City’ (id, 1972), y con un guion de John Milius, que realmente quería dirigir la película, hurgó en la mitología de uno de los personajes más carismáticos del universo del western: el juez Roy Bean.

El personaje ya había sido interpretado por otros, tanto en la pequeña como gran pantalla, siendo el compuesto por Walter Brennan en ‘El forastero’ (‘The Westerner’, 1940) el que está en la memoria colectiva como el más entrañable de todos. No obstante, las intenciones de Huston son muy diferentes a la de Wyler, aunque en cierto modo ‘El juez de la horca’ puede considerarse un remake de aquélla, pero con una mirada cínica y desmitificadora aprovechando el nuevo rumbo que había tomado el western con las novedades que Sam Peckinpah o el europeo habían instaurado.

‘El juez de la horca’ da comienzo con Roy Bean cruzando el río Pecos, la frontera entre ley y delincuencia, o como se apreciará según avanza el film, entre el mundo salvaje y el civilizado, entre lo antiguo y lo moderno. Hasta allí llega Roy Bean, huyendo de la ley, y a punto está de ser linchado por un grupo de desalmados perdidos en la vida. Una joven mexicana (Victoria principal) le salva la vida al darle un revólver con el que Bean despachará a todos los que intentaron matarle. Todo ello en una brillante secuencia de acción, dentro del limitado espacio de una taberna.

 

El juez de la horca

 

Leyenda y realidad

Allí se planta Bean, que desde entonces se hará llamar juez, y sólo con una pistola y una soga –más adelante con la ayuda de cinco comisarios nombrados por él mismo− impartirá la tan olvidada justicia. Un lugar que según irá creciendo llevará a distintos personajes, pasajeros en la fascinante vida de Bean. La mayor parte de ellos rompen la cuarta pared, a modo de testimonio, como si de un reportaje sobre la figura de Bean se tratase, con ánimo de elevar su retrato a la figura de leyenda. Ésta se apoya también en una mirada nostálgica por parte de Huston, llena de aristas y suciedad.

Hay cierto tono cómico en mucho del metraje de ‘El juez de la horca’, quizá con intención de repetir la fórmula de éxito de ‘Dos hombres y un destino’ (‘Butch Cassidy and the Sundance Kid’, George Roy Hill, 1969), pero lo que allí era un pequeño problema de cambio brusco de tonalidad, aquí, y en manos de un director mucho más experimentado en cuestiones vitales, termina de redondear una radiografía sobre el personaje central, con todas sus virtudes –lleva hasta las últimas consecuencias sus ideales de justicia− y defectos –en el fondo no deja de ser un pardillo, como bien muestra el episodio en la ciudad−.

Así pues, instantes como el de las prostitutas, o la fugaz visita de Bad Bob –un delirante Stacy Keach−, incluso la muy breve aparición de un predicador bajo la apariencia de Anthony Perkins, contrastan con otros más violentos y serios, en un film que además efectúa una nada disimulada crítica sobre el ansia de poder –el mezquino personaje al que da vida Roddy MacDowall− en una época de constante cambio y en el que la nación estaba sacudida por la contienda de Vietnam. Así mismo, ‘El juez de la horca’, al igual que ciertos films de John Ford, más tarde Clint Eastwood, vierte una profunda reflexión sobre lo que es realidad y lo que es leyenda.

 

 

La vida que pasa

Para ello Huston se sirve, como inteligente punto de apoyo, no sólo del personaje central, al que le da tiempo a vestir de gloria y de desgracia, sino de un personaje vital pero que no hace acto de aparición hasta los minutos finales, cuando Bean ya es historia. Una inmensa y controlada Ava Gardner da vida a Lily Gantry, la única mujer a la que amó de verdad Bean aún sin conocerla en persona, única verdadera motivación de todos sus actos, e incluso de su existencia. Un amor que alcanza cotas de fanatismo no muy alejadas de cualquier enamorado de una de sus estrellas preferidas. Admiración ciega, y pura.

Todo el elenco del film está espléndido, al fin y al cabo Huston era también un excelente director de actores, pero por encima de todos sobresale un Paul Newman seguro de sí mismo, ofreciendo todo un recital lleno de instantes muy divertidos, y sobre todo emotivos. Sirva como ejemplo, el plano sostenido de Bean tras la muerte de su oso mascota –regalado por un personaje efímero a cargo del propio director, al que apenas se le ve−, en el que Newman controla de forma envidiable su voz y gestos. Lo primero, una especie de desprecio hacia el animal, es falso, apariencia; lo segundo, a través de su semblante, con los ojos llorosos, es la dura realidad.

Y esa secuencia resume tal vez la esencia de un film triste y melancólico, violento y calmado, alegato sentido de una época lejana de libertad que se hunde ante la llegada imparable de la civilización –así lo muestra ese inmenso incendio final, alegoría no sólo del paso imparable del progreso, sino de que éste puede destruirse a sí mismo−, que funciona a modo de viaje circular culminando casi de la misma forma que comenzó, con la llegada de un personaje a un lugar, esta vez una leyenda auténtica –una estrella− que contemplará con contenida emoción lo que fue todo un santuario hacia su persona.

Una carta, con la voz en off de Newman, emociona a Gantry. La música de Maurice Jarre anima nuestras glándulas lacrimales, y Huston desenfoca la imagen de la actriz. La leyenda desaparece, y como dijo Bean en un momento dado, nadie se acordará.

 

El Juez Roy Bean, el verdadero juez de la horca, personaje histórico

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"El juez de la horca" (The Life and Times of Judge Roy Bean), de John Huston *

 

 

El director John Huston y el guionista John Milius ("Conan") crearon esta mezcla de western y comedia negra. Una película de culto con un reparto excepcional encabezado por Paul Newman, fantástico en su papel del singular juez. A finales del siglo XIX, un ladrón de bancos llamado Roy Bean (Paul Newman) busca refugio al oeste del río Pecos, que marcaba los límites de la civilización en Tejas. Tras presentarse como un ladrón de bancos en la cantina, será robado y linchado por los habitantes del pueblo. Pero no acaban con su vida y el enfurecido Roy acude a la misma cantina a buscar venganza. Después del merecido ajusticiamiento, Roy Bean se autoproclama juez, la única ley al oeste del río Pecos. Tomándose en serio su labor, adquiere aires de tirano y se vuelve el justiciero más duro e impredecible que se haya visto en lugar alguno, pero toda persona tiene alguna debilidad y el juez Roy Bean no será una excepción...
 

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Jueces: borrachera de poder

Intentar retratar el lado más oscuro de las togas siempre fue una tentación para cineastas de ayer y hoy. El paradigma de juez en el cine podría ser el interpretado por Charles Laughton en ‘El proceso Paradine’

Por Pilar Ruiz

CTXT, 17-10--2021

Charles Laughton (El proceso Paradine, 1947)

 

Para la ficción no es protagonista. En el llamado “cine de juicios” el abogado es la estrella principal y el juez queda relegado a Deus ex machina que sentencia la historia. Dios, sí. La mayor parte de la ciudadanía ignora hasta qué punto acumula poder un juez. Más que cualquier alcalde o diputado electo; más que un JEMAD, más que un ministro. Por si esto fuera poco, en los últimos tiempos ha quedado claro que algunos jueces están por encima de las reglas de todos, incluso de las sanitarias en una pandemia, incluso de la Constitución que rige un Estado de Derecho. Incluso de ellos mismos. Como dioses alejados de los mortales, estos seres viven en edificios de tribunales con aspecto dickensiano, se aparecen ante los mortales con vestuario propio de Halloween y usan un lenguaje privadísimo, de significante deliberadamente abstruso para mantener el significado en la oscuridad. Una suerte de jerga paralela a la de los mismos delincuentes que persiguen y, las más de las veces, jerigonza que se da de mamporros con otras leyes, como las de la sintaxis y la gramática. Quizá esta sea una de las razones de la inquina que tanto escritor o cineasta siente por la prosa jurídica y sus autores. Bueno, y porque la libertad de expresión nunca ha sido la libertad favorita de los togados en ninguna época o lugar.

Pero no solo ellos sienten esa inquina; el resto de la plebe sospecha que la Justicia no es igual para todos, que no tiene la intención de poner equilibrio entre partes ni de reparar a la víctima de un delito. Creen que está ahí para mantener los privilegios del poder. Tampoco sería ciega: la sensación general es que ve muy bien por el ojo derecho. Y hay unanimidad en que puede llegar a mostrar un rostro aterrador, corrupto, prevaricador y cruel, como el de Paul Scofield en El crisol (Hytner, 1996): solo un shakespeariano de pura cepa podía encarnar tan bien a un hipócrita puritano del siglo XVII.

 

Scofield, brujo y juez

 

Los llamados Procesos de Salem (1692-1693) dan nombre a una universal metáfora: la expresión caza de brujas. Un ejemplo paradigmático de la fuerza descomunal del abuso de poder cuando se basa en falsos testimonios, manipulación de la opinión pública, testigos dudosos, extremismo ideológico-religioso, intereses extrajudiciales y prevaricación. La intromisión del Estado en los derechos y libertades de los individuos creando histerismo, terror, víctimas. Resultado: fallo multiorgánico del sistema. Y si encima lo cuenta Arthur Miller sobre un escenario para denunciar la caza de brujas comunistas en 1952, el hedor a putrefacción llega hasta la pituitaria de la actualidad.

Intentar retratar el lado más oscuro de las togas siempre fue una tentación para cineastas de ayer y hoy. El paradigma de juez en el cine podría ser el interpretado por Charles Laughton en El proceso Paradine (1947). El colosal actor prestaba su aspecto más repulsivo a Hitchcock quien, en duelo con un genio a su altura, se declaró vencido con el famoso consejo para directores: “Ni perros ni niños ni Charles Laughton”. Pero, ¿material ficticio o basado en hechos reales? Kramer lo tuvo claro en Vencedores o vencidos (1961): el juez “malo” Burt Lancaster –excepcional– se enfrenta a un peso pesado de la interpretación como Spencer Tracy, el juez “bueno”.

A estas alturas ya sabemos que los juicios de Núremberg fueron una maniobra gigantesca de propaganda de guerra porque la desnazificación real y efectiva nunca tuvo lugar. Es más, el interés inmediato de los EE.UU. fue fichar a cascoporro a todos los nazis útiles para su lucha contra la Unión Soviética en la Guerra Fría. Por no hablar de países menos democráticos: en España los antiguos SS campaban a sus anchas y hacían negocios lucrativos con el gobierno, como Otto Skorzeny. Pero fueron muchos más y a pesar del caza nazis Wiesenthal, su presencia subterránea tiñe de negro los gobiernos, política y mundo empresarial de medio mundo durante el resto del siglo XX. Ni rastro de los juicios de Nuremberg. ¿Escándalo? Ni por asomo: era un secreto a voces en forma de novelas y películas. La ficción, ya se sabe, siempre paranoica.

¿Y qué me dicen de la pantomima grotesca de los juicios militares? Al menos así los retrata el cine en Salvador (Puig Antich) (Huerga, 2006), Algunos hombres buenos –¡¡¿Ordenó usted el código rojo?!!– (Reiner, 1992) y, sobre todo, Senderos de Gloria (Kubrick, 1957). Y está la filmografía sobre el affaire Dreyfus, claro. En Francia tienen tanta tradición de juicios infamantes como en eso de hacer cine: George Meliès filmó 11 cortos que contaban el asunto desde la óptica pro Dreyfus frente a la ola de antisemitismo. Y tiene el honor de ser la primera obra cinematográfica que sufre censura política en la historia, ya que su exhibición fue prohibida de inmediato por el gobierno de la época. Sorpréndanse: que el caso Dreyfus apareciera en una pantalla fue prohibido en Francia hasta 1950. Durante estas décadas, incluso se vetó el estreno de películas extranjeras como La vida de Zola (Dieterle, 1937). Vaya con el país de las libertades… Pero vano empeño: el juicio amañado contra el oficial judío y el escándalo del país repleto de patriotas nacionalistas y antisemitas cuenta desde entonces con varias adaptaciones más al cine, la última El oficial y el espía de Polanski (2020). Y por ahí colea la más que sospecha de que el “Yo acuso” costó la vida a Zola, quien antes de atufarse con la chimenea asesina fue enjuiciado por difamación y tuvo que exiliarse a Londres perseguido por togas y puñetas.

 

 

Puede ser que haya algunos hombres buenos, como el juez antimafia de la Audiencia de Palermo Giovanni Falcone, protagonista de varias películas de ficción no muy interesantes desde el punto de vista cinematográfico, pero sí como documentos de su heroísmo y sacrificio. Todas subrayan lo excepcional de su coraje, que le costó la vida: los Falcones son escasos y están en peligro de extinción. El juez héroe constituye una excepción en toda regla, porque la norma del cine pasa por desprestigiar a la profesión. Tanto como para parodiarla en el western con jueces borrachos, procaces o pendencieros a imagen y semejanza de Paul Newman en El juez de la horca (Huston, 1972). Pero es la realidad quien se parodia a sí misma: Roy Bean, “la ley al oeste del Pecos”, existió en la realidad.

Nada de parodia, sino zurriagazo es El juez y el asesino (1976) con Phillipe Noiret como magistrado perseguidor de un asesino en serie, mientras da buena cuenta de Isabelle Huppert –jovencísima–. Basándose en un caso real del siglo XIX, Tavernier se marca un análisis político-psicológico de estos seres sobrenaturales supuestamente capacitados para juzgar a los demás, afanosos por conseguir una Legión de Honor. Ahora la ambición se vende más barata y se conforman con calentar la silla sine die o una portada del Hola. Y hablando de la Huppert: el juez con el rostro de Laughton tiene réplica femenina –por una vez–. Ella es la jueza protagonista absoluta de Borrachera de Poder (2006) de Claude Chabrol, maestro en despellejar la realidad hasta dejarla en los huesos. La mejor actriz de su generación crea una de esas mujeres entre odiosas y fascinantes –sobre todo, para hombres de poco carácter– que son su especialidad. Y el director, un discurso sobre el poder real en democracia: “¿No dicen que mi puesto es el más poderoso de Francia?”. 

 

L'ivresse du pouvoir (2006).

 

En nuestro país las mujeres representan el 54% de los miembros de la carrera judicial, pero menos del 30% en los órganos del poder judicial. El 72,9% de las personas que entraron por oposición en la carrera judicial y fiscal en 2018 fueron mujeres, pero las cifras se desploman cuando se llega a los “nombramientos discrecionales”. El Tribunal Supremo está integrado por tan solo 14 mujeres frente a 61 hombres y ninguna señora ha ocupado nunca la presidencia ni la vicepresidencia del Alto Tribunal. Queda claro que en la judicatura hay demasiados hombres herederos directos de Dios Padre –o del TOP–. Algunos con aspiraciones a convertirse en Juez Dredd (Cannon, 1995), es decir, policía juez, jurado y verdugo, todo en uno. Pocas bromas con las togas, aunque en la memoria esté Juzgado de guardia, aquella sitcom ochentera que se mofaba de todo lo judicial. Estos americanos… Hollywood es culpable, sin eximente alguna, de que algunos españolitos intenten acogerse a la Quinta Enmienda en cualquier juicio o acto de conciliación. La ignorancia refuerza el poder absoluto. Entonces, ¿para cuándo una asignatura de Introducción al Derecho en el bachillerato? Nuestros legisladores consideran necesario enseñar en los colegios cómo emprender negocietes o invertir en bolsa, aunque la mayoría de los alumnos estén destinados a ser curritos mal pagados y no quieran o no puedan convertirse en accionistas del Ibex 35. Para lo del emprendimiento obvian que ciertos negocios necesitan de un colchoncito familiar y/o apellidos con solera. Meritocracia, ya tal. Quizá sea más útil aprender conocimientos básicos de Derecho, ya que todos y cada uno de los habitantes del planeta somos sujetos de Derecho desde el mismo momento en que nacemos, aunque puede que lo que se pretenda no sea tanto formar a ciudadanos responsables, conocedores del funcionamiento de las leyes y los procedimientos del poder judicial. Mejor que permanezcan ignorantes, ajenos, atrapados en un axioma básico con latinajo incorporado: Ignorantia juris non excusat, “La ignorancia de la Ley no exime de su cumplimiento”. Lawfare mediante.

 
 

 


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