HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA: LOS MANIQUEOS Y LOS ALBIGENSES: CAPÍTULOS I Y II.

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CAPÍTULO PRIMERO

Sea o no verdad la relajación que se imputa a los maniqueos, lo cierto es que escribieron contra ellos gran número de hombres doctos, seglares y eclesiásticos, y que llegaron a ser odiados y cruelmente perseguidos: pero el mas celebre entre sus adversarios fue San Agustín, que escribió mucho contra sus antiguos camaradas, en lo cual no encontramos mal alguno, antes por el contra los errores en que el mismo había estado sumido, para apartar de ellos a sus prójimos. Pero a los escritos de los Padres de la Iglesia siguieron las leyes de exterminio de los emperadores.

No obstante tantas persecuciones, no pudieron extirparlo, y el maniqueísmo subsistió, sobre todo en el Oriente, hasta que desbordado el mahometismo, destruyó, absorbió o hizo desaparecer de una u otra manera a todos sus rivales. En Europa, el fuego y el hierro concluyeron con la secta en los siglos posteriores, como veremos en el capitulo siguiente. Mas aunque concluyeron con el maniqueísmo, convirtiendo en humo y cenizas a sus fanáticos adeptos, no por eso concluyó la Iglesia con las herejías, que renacieron sucesivamente como el fénix de sus cenizas.

Veamos, entretanto, como el poder Real y el eclesiástico trataron a los maniqueos en Francia, preludiando la Inquisición y la regularidad de sus horrores jurídicos.

 

SUMARIO.

Origen de maniqueos.- Sus doctrinas.- Dualismo; el mal y el bien.- Los elegidos.- Crímenes imputados a los maniqueos.- Leyes de los emperadores romanos contra los maniqueos.- Persecuciones.

 

 

I

Piérdese en las profundas oscuridades de la mente del hombre el origen de las ideas que al producirse se formulan en doctrinas, en reglas a que somete su razón, y que engendran a su turno los actos de su vida. Así, cuando la idea primordial es falsa, lo son fatalmente todas sus consecuencias, y el absurdo es mayor a medida que se aparta de su origen. En las sectas religiosas es donde más terribles resultados dan los errores de la humana inteligencia.

Según las crónicas más autorizadas, el maniqueismo procede del Asia, cuyas religiones fatalistas quiso adaptar a la doctrina de Jesús, y se remonta a los primeros siglos de la Iglesia.

El nombre de esta secta proviene de Manes, su fundador, el cual primitivamente se llamó Cubricus, y que se supone era persa de nacimiento.

Extendiose desde el siglo III de nuestra Era, con gran inquietud de la Iglesia, por Asia, África y Europa, encontrándose sus partidarios hasta en la misma Roma.

Gnostismo o filosofía religiosa, no es más que un dualismo. Dios o reino de la luz, opuesto al demonio o reino de las tinieblas. Ellos llamaban a estos dos opuestos principios Horomazen al uno y Arimanes al otro. 

La luz, dispuesta a manifestarse, pero detenida por las tinieblas, se emancipa de ellas por la acción de la potencia celeste.

El hombre es una creación del demonio, un compuesto de tinieblas y de luz. La aparición de Cristo sobre la tierra tenía por objeto librar en el hombre la parte de luz de la acción de las tinieblas, dando a aquella el predominio sobre estas; pero la humanidad física de Cristo no era real, era solo una apariencia, un medio de hacerse visible a los humanos.

La redención se cumplía a la vez por la doctrina y la atracción de Jesucristo; mas desconocido y mal interpretado hasta por los mismos apóstoles, decían que añadieron a las doctrinas de Cristo los errores del judaísmo, y extraviaron a la humanidad, apartándola de la verdadera senda de la redención. Ellos solos, ni más ni menos, como han pretendido siempre todas las sectas, eran los verdaderos depositarios y poseedores de las doctrinas de la redención.

 

Maniqueimo en Persia

 

II

La iglesia de los maniqueos se dividía en dos categorías de adeptos: los Elegidos (Electi), a los cuales se ponía en posesión de todos los secretos de la secta, y los Auditores, a quienes podríamos llamar Legos.

De entro los elegidos escogió Manes los doce apóstoles que debían predicar por la tierra su doctrina.

También profesaba esta secta algunas ideas de los pitagóricos. Creían en la Metempsicosis: el alma humana podía habitar no solo en cuerpos de animales, sino en las plantas y hasta en los elementos, y en todas las cosas de este mundo, debiendo padecer en la otra vida, permaneciendo encerrada en los cuerpos de plantas o animales a quienes antes hiciera padecer.

Los cristianos llamaban Aplanarios a los que tales fabulas creían. A estos sectarios les estaba prohibido cuanto al reino animal pertenecía, debiendo cuidar de no lastimarlo en lo más mínimo, y lo mismo sucedía con platas y arboles: el respeto a estos últimos era todavía mayor, pues creían que la prisión de sus almas duraría tanto tiempo cuanto tuviese el árbol de la vida. ¿De qué se mantenían, pues, los maniqueos? De la fruta que caya de los arboles, o que ellos arrancaban cuando estaba muy madura, y que los  elegidos bendecían antes de comer.

De esta manera a los cristianos de ser los mayores enemigos de Jesucristo, cuando les veían comer y beber su cuerpo y su sangre en la Eucaristía.

A pesar de la sobriedad que parece la legítima consecuencia de sus ideas, se cuentan horrores de sus orgias, y se doce que sus mismas doctrinas los autorizaban a dar libre curso a todos los vicios. El mismo San Agustín, que fue maniqueo antes de su conversión, dice que si todos no llevaban una vida disoluta, entregábase a ella una parte a la que llama los Chataristas, los cuales creían que no podían mortificar la carne, sino por el ejercicio de todos la instintos y deseos sensuales,  pues que la carne procedía del demonio .  

 

 

III

No es la razón quien produce las acciones de los hombres: emanadas de las disposiciones de su misma naturaleza, modificadas, fortalecidas o debilitadas por las circunstancias exteriores y por la educación, determinadas por la posición de cada uno, es decir, por sus relaciones con cuanto le rodea en la sociedad de que es miembro, las acciones humanas son el resultado de las pasiones y de las causas externas; y la razón, inclinándose a favor de las mas dominantes, tiendes siempre a justificarlas después de pesar la importancia de cada una. Muchas veces la inteligencia no es llamada a juzgar, ni a iluminar ni dirigir las acciones humanas: hasta tal punto es forzado y violento el impulso que las mueve y se encuentra el hombre arrastrado por acontecimientos y causas que la inteligencia se cree incapaz de impedir o modificar.

De esta manera el hombre vive en perpetua contradicción entre sus principios y sus acciones, entre la perfección que se propone y los errores a que su naturaleza le arrastra; las faltas que sus pasiones comprimidas o abortadas y las incesantes provocaciones de los vicios de la organización social no cesan de impulsarle a cometer. Hasta cuando explota la mentira y medita la iniquidad, respeta en su fuero interno la verdad y rinde homenaje a la justicia. Y cuando parecen estar de acuerdo las doctrinas que profesa y su conducta, no es a aquellas sino a un conjunto de circunstancias, entre las que debe contarse la disposición nativa, a quienes corresponde la gloria.

La inteligencia, incapaz de dominar las pasiones, les ha servido de lógica; y su papel se ha reducido a justificar sus consecuencias deduciéndolas de una convicción nacida a posteriori.

Los sectarios de todas las escuelas más o menos heréticas, racionales o absurdas, han tenido siempre el instinto  de estas verdades cuando han querido fundar o propagar una religión, un dogma o una moral. Y en tesis general, con la historia en la mano, puede asegurarse, que al frente de todos los errores, absurdos y necedades han colocado la virtud más pura, más severa y hasta más exagerada. Todos los hombres aspiran a la perfección.

La mayoría, que apenas se preocupa de parecer consecuente consigo misma, sigue con tanto más entusiasmo al apóstol que le promete regenerarlo completamente, cuanto que no obedeciendo menos sus impulsos habituales, espera compensar por sus méritos en teoría la practica realidad de sus defectos y de sus vicios.

Simpleza grande seria pensar que la santidad es verdaderamente el patrimonio de todos los miembros de una asociación religiosa  o moral por el mero hecho de haber escrito la palabra santidad en su Código, de la misma manera que es absurdo suponer que puedan hacerse prosélitos predicando alta y abiertamente el crimen y la licencia. Nunca los fundadores o jefes de secta hicieron de la doctrina del crimen un instrumento de propaganda, ni obtuvieron partidarios predicando el desbordamiento y el desorden: por hipocresía o por buena fe, la moral y sus virtudes más o menos sabiamente interpretadas, han sido el cebo que ha atraído prosélitos al error, lo mismo que a la virtud.

Por otra parte, la historia de los vencidos, contada por los vencedores no ofrece las mayores garantías de imparcialidad, y este es justamente el caso de los maniqueos. Los errores de su doctrina, bajo cualquier punto de vista que se la considere son gravísimos y están juzgados; pero también lo están los excesos cometidos contra ellos por sus adversarios y las calumnias con que quisieron agravar sus herejías para hacerlos más odiosos y repugnantes. Las acusaciones de los cristianos contra los supuestos crímenes de los maniqueos son tan parecidas a las que los paganos dirigieron durante siglos a los discípulos de Jesús, que caen por su propia magnitud en la esfera de lo ridículo sin que por eso dejen de ser odiosas.

 

MANI, el Profeta

 

IV

Sea o no verdad la relajación que se imputa a los maniqueos, lo cierto es que escribieron contra ellos gran número de hombres doctos, seglares y eclesiásticos, y que llegaron a ser odiados y cruelmente perseguidos: pero el mas celebre entre sus adversarios fue San Agustín, que escribió mucho contra sus antiguos camaradas, en lo cual no encontramos mal alguno, antes por el contra los errores en que el mismo había estado sumido, para apartar de ellos a sus prójimos. Pero a los escritos de los Padres de la Iglesia siguieron las leyes de exterminio de los emperadores.

Los paganos, como Diocleciano, confundían a los maniqueos con los demás cristianos en sus persecuciones, y los emperadores cristianos, entre otros Teodosio, Honorio y Justiniano, se ensañaban cruelmente con ellos. El último añadió a su Código, libro 1º, titulo 5º, ley 11: "que si se encontrase un solo maniqueo en el suelo romano, fuese inmediatamente decapitado". Ya mucho tiempo antes, sus predecesores los habían declarado incapaces de servir de testigos ante la justicia y de hacer contratos legales, de ejercer ningún cargo público, civil o militar, imponiendo grandes penas a todo ciudadano romano que los ocultara o albergara.

No obstante tantas persecuciones, no pudieron extirparlo, y el maniqueísmo subsistió, sobre todo en el Oriente, hasta que desbordado el mahometismo, destruyó, absorbió o hizo desaparecer de una u otra manera a todos sus rivales. En Europa, el fuego y el hierro concluyeron con la secta en los siglos posteriores, como veremos en el capitulo siguiente. Mas aunque concluyeron con el maniqueísmo, convirtiendo en humo y cenizas a sus fanáticos adeptos, no por eso concluyó la Iglesia con las herejías, que renacieron sucesivamente como el fénix de sus cenizas.

Veamos, entretanto, como el poder Real y el eclesiástico trataron a los maniqueos en Francia, preludiando la Inquisición y la regularidad de sus horrores jurídicos.

 

 

CAPÍTULO SEGUNDO

Hombres de buena fe debieron de ser, cuando prefirieron los tormentos y la muerte a abjurar sus errores. Su fanatismo llegó hasta el punto de responder, cuando les amenazaron con quemarlos vivos por orden del Rey, si no querían volver al seno de la Iglesia, que ellos entrarían en el fuego sin miedo alguno.

No sabemos cuál era el fanatismo mas grande, si el de aquellos desgraciados que arrostraban una muerta tan horrible, por no retractarse, o el del Rey o de los obispos, que los quemaron vivos, cuando vieron que no podían convencerlos a que abandonasen sus errores. El de los maniqueos era no obstante más noble, como inspirado por un sentimiento de dignidad y de honor, y condenando por groseras y ridículas sus creencias, confesamos que nos inspiran más simpatías que sus perseguidores. Tenían el error por verdad, y sufrieron la muerte, según su conciencia, por la verdad, no por el error. Sus contrarios ¿hubieran hecho otro tanto, si se hubiesen cambiado los papeles? El fanatismo religioso conduce al hombre a los más deplorables excesos, y una de sus peores consecuencias es el extravío de la conciencia, que dejando de ser guiada por la sana razón, llega a encontrar cosa muy natural el ser juez y parte a un mismo tiempo.

 

SUMARIO.

Propaganda del Maniqueísmo en Orleans en 1022.- Esteban y Lisois.- Revelaciones del padre Heriberto.- Bajeza de la conducta del Rey y sus secuaces.- Firmeza de los sectarios.- Crueldad de la Reina Constanza.- Suplicio de catorce maniqueos en Orleans y de otros en Tolosa.

 

Manichaean Diagram of the Universe (Detail 15)

 

I

En tiempo del rey Roberto y de la reina Constanza, cuyo nombre, según  los cronistas e historiadores, bramaba de verse aplicado a mujer tan liviana, por los años de 1022, descubrióse en Orleans la existencia de una secta de maniqueos.

Cuenta la Crónica, que esta herejía se introdujo en Francia por una mujer procedente de Italia. Y parece que los sacerdotes de mas saber y reputados como más ortodoxos, no  estuvieron al abrigo de su propaganda. Durante su permanencia en Orleans, reclutó numerosos prosélitos, entre los cuales se contaban los hombres más eminentes del clero orleanés. Lisois, el más distinguido de los religiosos de Santa Cruz, y Esteban, escolar de San Pedro, se pusieron al frente de la secta.

Esteban había sido confesor de la reina Constanza. Lisois y Esteban eran muy queridos del Rey y de los oficiales de Palacio, y su alta posición, unida a sus introducción y a su elocuencia, no contribuyeron poco a facilitarles la propaganda de su herejía entre las gentes ignorantes, tanto de la corte como de la plebe.

 

Mani-Buddha (Maniqueísmo Islámico)

 

II

Quisieron ambos comunicar sus doctrinas al padre Heriberto, que había ido a Orleans a estudiar teología, y allí comenzó la serie de sus tribulaciones.

Reveló Heriberto cuanto le había pasado con los jefes de la nueva secta a un señor normando llamado Arefart, de quien era capellán, y este a su turno declaró el complot al piadoso duque Ricardo de Normandia. Hubiera este querido tomar la cosa por su cuenta y escarmentar por sí mismo a los que se atrevían a profesar otra fe que la suya; pero como esto tenía lugar en el dominio real, el duque Ricardo se apresuró a descubrirlo todo al rey Roberto para que detuviese el contagio que secretamente infestaba en su reino al rebaño de la Iglesia, ya que él no podía extirpar el mal por sí mismo, como era su deseo.

¡Grande fue la aflicción del bueno del rey Roberto!

Reuniéronse en secreto conciliábulo el Rey, el Duque, y el Obispo de Charles, ante quienes compareció Arefart y declaró cuanto le había ocurrido con los herejes; y aquellas tres dignidades del Estado acordaron, que no debía procederse inmediatamente contra los herejes, sino averiguar secreta y cautelosamente cuanto fuese posible acerca de su dogma y de su culto. Al efecto convirtieron al señor Arefart en espía, haciéndole seguir las lecciones de Esteban y de Lisois, a fin de conocer a fondo sus errores y denunciarlos a un concilio.

La táctica podía ser eficaz; pero de seguro era innoble, e iniciaba los medios inquisitoriales que no tardaron en ponerse por obra de una manera normal y jurídica.

Los maniqueos, que procedían de buena fe en medio de su fanatismo y de sus errores, cayeron fácilmente en el lazo que se les había tendido.

 

Mani

 

III

Cuando todo estuvo preparado, fue el Rey a Orleans: convocó los obispos, los abades y los señores que le parecieron más adictos a la Iglesia; y ordenó inmediatamente las persecuciones contra los autores y sectarios de opiniones tan perversas.

La primera medida fue prender a Lisois y Esteban.

Como a pesar de sus errores en materias teológicas, Lisois y Esteban gozaban de la mejor reputación, por la inocencia de sus costumbres, y la probidad de que siempre habían dado ejemplos, fueron ante todo interrogados por el Rey, el Arzobispo de Sens y otros prelados.

Ambos respondieron al principio con evasivas, temerosos sin duda de la mala voluntad de los que ellos consideraban jueces y partes. Pero cuando Arefart, el espía delator declaró en su presencia todo lo que ellos le habían enseñado, entonces, viendo que nada ganarían con sus respuestas evasivas, confesaron de plano, y muchos de los eclesiásticos que estaban presentes anunciaron que ellos también participaban de sus opiniones, y que estaban dispuestos a correr la suerte de sus maestros. Ejemplo patente del prestigio  que adquieren los hombres que tienen el valor de sus convicciones, falsas o verdaderas, benéficas o funestas; y de la confianza que inspiran hasta las supersticiones más groseras, las más absurdas creencias, cuando se emplean para extirparlas la violencia y la mala fe. A la conciencia, como a la inteligencia del hombre, le repugna la idea de que la verdad y la justicia tengan necesidad de recurrir a tales medios para destruir el error, dado que este no es más que una ilusión incapaz de convertirse en realidad, cuando se ve forzado a comparecer ante la verdad, cuya realidad es eterna.

 

San Agustín discutiendo con el maniqueo Fortunato

 

IV

Las opiniones de los herejes de Orleans eran las de los maniqueos, que las persecuciones del Bajo Imperio no habían podido sin duda destruir completamente, y que empezaban a propagarse de nuevo.

He aquí en resumen las doctrinas de Lisois y de Esteban de Orlans.

Pretendían, en primer lugar, que Dios no había creado el mundo.

Que el hijo de Dios solo en apariencia se había encarnado en el vientre de María.

Que un fantasma y no el verbo eterno habían sido crucificados.

Que Jesucristo no estaba presente en la Eucaristía.

Que invocar los confesores y los mártires era un acto de idolatría.

Que las obras no salvaban a los pecadores, sino la fe.

Que no debía comerse carne.

Y por último, condenaban el matrimonio.

Según el autor a que Fleury se refiere, la doctrina de los maniqueos de Orleans podía resumirse en las siguientes heréticas máximas, que pueden agregarse a las antes citadas:

"El bautismo no lava el pecado".

"El cuerpo y la sangre de Jesucristo no se hacen por la consagración del sacerdote".

"Es inútil rogar a los santos, sean o no mártires y confesores".

"Las obras piadosas son un trabajo inútil, del que no debe esperarse ninguna recompensa, ni hay pena alguna que temer por las voluptuosidades más criminales".

Natalis resume así los errores de estos herejes:

"Niegan el misterio del Santo Bautismo; los Sacramentos de la Eucaristía, de la penitencia y del matrimonio. No conceden ningún culto a los confesores, ninguna veneración a la Cruz del Señor, a las imágenes de las santos, a los templos, ni a los altares. Niegan el purgatorio, y dicen que una sepultura cristiana no es de utilidad alguna para los difuntos".

Dupin agrega a estas herejías imputadas a los maniqueos del siglo XI, "que no hacían caso de las campanas, de la Unción, ni del exorcismo".

No obstante, según dice Radulfo Ardeans, hablando de los maniqueos del Agennois:

"Ellos pretendían seguir la vía de los apóstoles, diciendo que no mentían ni juraban jamás".

Protestantes modernos pretenden que los maniqueos del siglo XI no eran tales maniqueos, o sea discípulos de las doctrinas de Manes, sino protestantes, o sectarios cristianos, procedentes de los Valdenses del Piamonte, cuya existencia hace remontar, como veremos en otro libro, al siglo de Constantino; pero esto, aunque importante para la historia del Cristianismo, no lo es para nosotros: fuesen maniqueos o sectarios más o menos extraviados del Evangelio, no por eso era justificable la crueldad con que los trataban sus adversarios, a causa de sus creencias religiosas.

 

Panteón Maniqueo

 

V

Fácilmente se comprende el escándalo que tales opiniones producirían entre los Católicos. La herejías no podía ser más manifiesta, ni los errores más groseros. Sin embargo, si aquellos fanáticos se hubiesen arrepentido y abjurado sus creencias, se hubieran librado de las persecuciones y de la muerte; pues, según cuenta la Crónica, se emplearon todos los medios que ofrece la persuasión para apartarlos de su funesta ceguedad.

Hombres de buena fe debieron de ser, cuando prefirieron los tormentos y la muerte a abjurar sus errores. Su fanatismo llegó hasta el punto de responder, cuando les amenazaron con quemarlos vivos por orden del Rey, si no querían volver al seno de la Iglesia, que ellos entrarían en el fuego sin miedo alguno.

No sabemos cuál era el fanatismo mas grande, si el de aquellos desgraciados que arrostraban una muerta tan horrible, por no retractarse, o el del Rey o de los obispos, que los quemaron vivos, cuando vieron que no podían convencerlos a que abandonasen sus errores. El de los maniqueos era no obstante más noble, como inspirado por un sentimiento de dignidad y de honor, y condenando por groseras y ridículas sus creencias, confesamos que nos inspiran más simpatías que sus perseguidores. Tenían el error por verdad, y sufrieron la muerte, según su conciencia, por la verdad, no por el error. Sus contrarios ¿hubieran hecho otro tanto, si se hubiesen cambiado los papeles? El fanatismo religioso conduce al hombre a los más deplorables excesos, y una de sus peores consecuencias es el extravío de la conciencia, que dejando de ser guiada por la sana razón, llega a encontrar cosa muy natural el ser juez y parte a un mismo tiempo.

 

 

VI

El Rey y sus asesores hicieron encender la hoguera delante de los sectarios de Manes. Esperaban que a su vista el temor triunfara de la dureza de los herejes.

- "Renunciad a vuestras diabólicas doctrinas, u os arrojaran a las llamas, les decían el Rey y los obispos; y ellos respondían:

- Arrojadnos enhorabuena". 

Y así diciendo, se adelantaban impasibles hacia la hoguera ...

El juicio había tenido lugar en la Catedral de Orleans: acto público en que tomaron parte como actores el clero, el rey Roberto y la reina Constanza, los duques y señores de la corte, y el pueblo como espectador.

Después de condenados los sectarios y entregados al brazo secular, el Rey, la Reina y la corte se colocaron en los pórticos del Palacio, para ver desfilar la lúgubre procesión.

Los condenados eran catorce y había entre ellos una mujer y seis canónigos: marchaban uno tras de otro entonando canticos con fervoroso acento. Cuando llegaron delante de los reyes, la reina Constanza reconoció a Esteban su antiguo confesor, y adelantándose en medio de la calle, levantó el bastón que habitualmente usaba y descargó en la cabeza del pobre Esteban tan terrible golpe, que le echó un ojo fuera.

La Crónica no dice si acto tan brutal recibió la reprobación o el aplauso del Rey y de su pueblo.

Siguió su carrera la procesión hasta el lugar del suplicio, donde fueron los catorce herejes amarrados a las estacas, en torno de las cuales habíase amontonado la leña, a la que prendieron fuego inmediatamente.

En cuanto las llamas empezaron su obra devoradora, aquellos infelices exhalaron lamentos desconsoladores y dieron gritos espantosos. Muchos pedían por piedad que les librasen del suplicio, prometiendo abjurar del demonio y de sus artificios: otros, como Lisois y Esteban, tenían la vista fija en el cielo, y parecían sordos a las exhortaciones de los sacerdotes para alcanzar perdón de Dios, ya que no lo habían logrado de los hombres.

Algunos espectadores, conmovidos a la vista de tan horrible espectáculo, al oír a los que pedían que los librasen de las llamas, ofreciendo arrepentirse, quisieron salvarlos; pero todo fue inútil: cuando puso extinguirse el fuego, los herejes habían dejado de existir!

 

Muerte de Esteban primer hereje quemado vivo en Orleans en 1022

 

VII

El sacrificio de aquellas victimas no fue solo obra del Rey, y del clero Católico; el fanatismo del pueblo tuvo no poca parte.

La ignorancia es el mayor enemigo de la justicia, y el ignorante está dispuesto a creer absurdos e imposibles, sobre todo, si se atribuyen a los que no participan de sus creencias. En aquella, como en otras muchas ocasiones, los que se creían más directamente interesados en la perdición de los maniqueos, esparcieron los mas funestos rumores entre la plebe.

He aquí como cuenta Fleury, el gran historiador de la Iglesia Católica, los horrores y misteriosos crímenes a que los maniqueos de Orleans se entregaban.

"Reuníanse ciertas noches en una casa destinada al efecto. Cada uno llevaba una lámpara en la mano, y recitaban los nombres de los demonios en forma de letanías, hasta que veían bajar de repente, en medio del círculo, a un demonio en forma de un animalucho inmundo. En seguida apagaban las luces, y cada uno echaba mano de la mujer que tenía a su lado y abusaba de ella, y el niño que nacía de este coito, lo llevaban en medio de ellos, ocho días después de su nacimiento; metianlo en una gran hoguera y reducianlo a cenizas. Estas cenizas eran recogidas y guardadas con tanta veneración como los cristianos guardan el cuerpo de Jesucristo para el viatico de los enfermos. Esta ceniza tenia tal virtud, que era cosa poco menos que imposible convertir al que hubiese tragado la partícula mas mínima".

Parece tan absurdo este cuento, que el mismo historiador católico añade:

"Esta relación se parece tanto a las calumnias con que cargaban a los primeros cristianos, que parece no ser más que una imitación; pero un autor de aquel tiempo lo refiere así. Otro autor contemporáneo dice solamente, que aquellos herejes llevaban consigo polvo de niños muertos, y que si podían hacerlo tomar a cualquiera, se convertía en seguida en maniqueo como ellos".

 

Nacimiento de Mani

 

VIII

Rara vez se ha perseguido a los hombres  por sus ideas, que no se hayan esparcido rumores semejantes, referentes a actos repugnantes y punibles. Parece como que los perseguidores comprendían la injusticia de perseguir a nadie por sus ideas, y que buscaban en supuestos hechos, más o menos horribles, la disculpa de su crueldad ante la opinión pública.

Según Ademar, citado por Fleury las hogueras de Orleans fueron reproducidas en Tolosa y otros puntos de Francia, donde parece que había echado raíces el maniqueísmo; y como dice muy bien un moderno historiador, aquellas hogueras "marcan una data fúnebre en nuestra historia. Es la apertura de la era sangrienta de las persecuciones y exterminios por causas religiosas".

También en Italia fueron perseguidos  los partidarios de esta secta y quemados los que no transigieron, reconciliándose por miedo a la hoguera con la Iglesia católica.

Cuenta Rodulpho Glaber, que en 1028 se había introducido en el castillo de Monteforte, de la diócesis de Asti, en el Piamonte, una secta que renovaba los votos judíos y paganos, o por mejor decir maniqueos, según Muratori.

El obispo de Asti y su hermano el marqués de Suse, reunidos con otros prelados y señores de la provincia, se armaron en guerra y fueron al castillo para exterminar a los herejes; pero estos se defendieron tan bien, que sus reiteradas acometidas no dieron el resultado que se prometían. Pero cuenta Landolfo el Mayor, que Aribert o Eribert, arzobispo de Milán, hizo prender, encontrándose en Turín, a un hereje, procedente de la secta que tenía su asiento en Monteforte, llamado Gerad, y habiendo sabido por el que se trataba de los dogmas del maniqueísmo, envió tropas en bastante numero para apoderarse del castillo y de sus moradores, lo que consiguieron. Algunos herejes abjuraron sus errores: la mayor parte fueron quemados vivos en la plaza de la catedral. Pocos años después, en 1046, otros cismáticos se descubrieron en Francia, en la diócesis de Chalons sobre el Marne, y según afirma Rogerio II, obispo de Chalons, seguían el dogma perverso de los maniqueos y tenían conventículos secretos. Asegura Rogerio II, que si hombres groseros e ignorantes entraban en esta secta, adquirían mayor elocuencia que los católicos instruidos, de manera que parece que su charlatanería llevaba ventajas a la verdadera elocuencia de los hombres doctos.

Más de doscientos años pasaron antes que la Iglesia católica ahogara en el humo de innumerables hogueras y de guerras sangrientas e interminables el maniqueísmo esparcido por Europa, mas no por eso se libró de herejías que le arrebataron la mitad de sus creyentes, cuando más segura era su victoria basada en el rigor de las persecuciones.

Pero volvamos la vista a los sangrientos dramas que comienzan en el Mediodía de Francia

 

 

La Masacre de San Bartolome, por Francois Dubois

FIN CAPÍTULO II

 

 

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