GOG (I). «La compra de la República», por Giovanni Papini.

Este mes he comprado una República. Capricho costoso. Era un deseo que tenía hace mucho tiempo. Me imaginaba que el ser dueño de un país daba más gusto. La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en pocos días. El presidente tenía el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto de clientes suyos, era un peligro. Las cajas de la República vacías; crear nuevos impuestos hubiera supuesto tal vez una revolución. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República, y además asigné al presidente, a todos los ministros unos emolumentos dobles de los que recibían del Estado. Me han dado en garantía -sin que el pueblo lo sepa- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un covenant (pacto) secreto que me concede el control sobre la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el dueño casi absoluto del país”.

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GOG

"La compra de la República"

Capítulo de "GOG"

Por Giovanni Papini.

Nueva York, 22 de marzo.

En este mes he comprado una República. Capricho costoso que no tendrá continuaciones. Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo y del que he querido librarme. Me imaginaba que eso de ser el amo de un país daba más gusto.

La ocasión era buena y el negocio quedó concluido en pocos días. Al presidente le llegaba el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto por paniaguados1 suyos, estaba en peligro. Las arcas de la República estaban vacías; imponer nuevos impuestos hubiera sido la señal para el derrocamiento de todo el clan que asumía el poder, tal vez de una revolución. Ya había un general que armaba bandas de rebeldes y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.

Un agente americano que estaba allí me advirtió. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos estipendios dobles que los que recibían del Estado. Me han dado en prenda -sin que lo sepa el pueblo- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un convenio secreto que, prácticamente, me da el control sobre toda la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el amo casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una nueva subvención, bastante fuerte, para la renovación del material del ejército y me he asegurado, a cambio de ello, nuevos privilegios.

El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las cámaras continúan legislando, en apariencia libremente; los ciudadanos siguen imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de los acontecimientos. No saben que todo lo que ellos creen poseer -vida, bienes, derechos civiles- penden, en última instancia, de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.

Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrantes. Podría, si quisiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar con ello al Gobierno, desde el presidente hasta el último secretario. No me sería imposible empujar al país que tengo en mis manos a declarar la guerra a una de las repúblicas limítrofes.

Esta potencia oculta e ilimitada, me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todas las molestias y servidumbre de la comedia política es una fatiga tremenda; pero ser el titiritero que, tras el telón, puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a sus movimientos es un oficio voluptuoso. Mi desprecio por los hombres encuentra aquí un sabroso alimento y miles de confirmaciones.

Yo no soy más que el rey de incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido adueñármela y el evidente interés de todos los enterados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y bastante más grandes e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una análoga dependencia de misteriosos soberanos extranjeros. Siendo necesario mucho más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.

Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son efectivamente gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan representando con naturalidad el papel de jefes legítimos.

FIN

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GOG

Nota Preliminar

Satanás será liberado de su cárcel para reducir a las naciones. Gog y Magog…
(Apocalipsis, XX, 7)

Todo mi ser -que ahora se ha renovado con mi retorno a la Verdad- no puede menos que aborrecer todo lo que Gog cree, dice o hace. Quien conozca mis libros, sobre todo los últimos, se dará cuenta de que no puede haber nada de común entre Gog y yo.  Muchísimos, en nuestro tiempo, se parecen en realidad a Gog. Pero Gog es, a mi juicio, un ejemplo particularmente instructivo y revelador, por dos razones. Primera, porque su riqueza le ha permitido realizar impunemente muchas extravagancias, idiotas o criminales, que sus semejantes deben contentarse con imaginar en sueños. Segunda, porque su sinceridad de primitivo le lleva a confesar sin rubor sus caprichos más repulsivos, es decir, aquello que los otros esconden y no se atreven a decir ni de sí mismos. Gog es, por decirlo con una sola palabra, un monstruo, y refleja por eso, exagerándolas, ciertas tendencias modernas. Pero esta misma exageración ayuda al fin que me propongo al publicar los fragmentos de su Diario, puesto que se perciben mejor, en esta ampliación grotesca, las enfermedades secretas (espirituales) de que sufre la presente civilización… Y ésta es una pequeña  libertad, en comparación con esa otra bastante mayor que me he permitido: la de hacer servir el mal de Gog para el bien común. (Giovanni Papini).

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Giovanni Papini

 

En 1931, Papini publica uno de sus libros más conocidos mundialmente: GOG, reanudado veinte años más tarde, en 1951, con EL LIBRO NEGRO.

En ambos libros, Papini hace una disección cruda y sin piedad de nuestra sociedad, exagerando hasta el máximo sus defectos para llamar más rudamente la atención sobre ellos. Constituyen los dos una antología de como una sociedad puede eludir los deberes a que la obligan las creencias que dicen profesar, refugiándose en la paradoja; de cómo la sociedad se deja arrastrar por instintos que debería contener; de cómo la sociedad se convierte en sierva de los malos intereses que dice querer anular. Todo a través del fantástico diario de un no menos fantástico millonario yanqui, pretendido prototipo de la sociedad producto de la guerra del 14 y desencadenadora de la del 39, y prescindiendo deliberadamente del progreso real operado en la Humanidad.

 

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Como conocí a Gog
I

Me avergüenza decir dónde conocí a Gog; en un manicomio particular.

Fui allí con objeto de hacer compañía a un joven poeta dálmata, a quien la pasión desesperada por una sombra -la amada era una «reina de la pantalla» y únicamente en la pantalla le había sonreído- condenaba al delirio. Como ordinariamente estaba tranquilo, el director de aquella casa para locos pensionistas -enano de estatura, pero elegante por su carnosidad- nos permitía estar juntos en el jardín. Aquí y allá, a la sombra de los cedros y de los castaños de Indias, había mesas redondas de hierro y sillas, como en los cafés. Enfermeros pálidos, vestidos de blanco, transcurrían por los paseos, disimulando su vigilancia.

Un día muy caluroso en que el poeta y yo estábamos hablando, se acercó a nuestro velador uno de los huéspedes. Era un monstruo que debía tener medio siglo, vestido de verde claro. Alto, pero mal garbado: no tenía ni un solo pelo en toda la cabeza; sin cabellos, sin cejas, sin bigotes, sin barba. Un informe bulbo de piel desnuda, con excrecencias coralinas. La cara era de un escarlata oscuro, casi pavonado, y anchísima. Uno de los ojos era de un bello celeste un poco ceniciento; el otro, casi verde con estrías de un amarillo de tortuga. Las mandíbulas eran cuadradas y potentes; los labios, macizos pero pálidos, se entreabrían en una sonrisa completamente metálica, de oro.

Saludó, sin hablar, al poeta y se sentó a nuestro lado. No abrió la boca, pero pareció que seguía atentamente nuestra conversación.

Me enteré después, por mi amigo, que éste era Gog.

Su verdadero nombre era, según parece, Goggins, pero desde joven le habían llamado siempre Gog, y este diminutivo le gustó porque le circundaba de una especie de aureola bíblica y fabulosa; Gog, rey de Magog. Había nacido en una de las islas Hawai, de una mujer indígena y de padre desconocido, pero seguramente de raza blanca. A los dieciséis años, embarcado como boy de cocina en un vapor americano, había llegado a San Francisco y vivido en varios puntos de California, a la ventura. Después de algunos años, no se sabe cómo, logró algunos millares de dólares y se trasladó a Chicago. Tenía el genio de business o un demonio de su parte, porque en poco tiempo su fortuna en dinero se hizo enorme, incluso para el Ohio. Al terminar la guerra era uno de los hombres más ricos de los Estados Unidos, es decir del planeta. En 1920 se retiró, sin grandes pérdidas, de todas sus empresas y depositó sus millones, unos aquí y otros allá, en todos los Bancos del mundo.

-Hasta ahora -decía- he sido un galeote del dinero; pero de hoy en adelante debe ser mi servidor. No quiero esperar, como mis semejantes, a quedarme chocho para descubrir los medios de gozar la vida.

Comenzó en aquel tiempo, para Gog, una vida nueva; investigaciones febriles, carreras a través de los continentes, sorpresas, locuras, fugas. No tenía mujer ni hijos, pero no le faltaban animadores, parásitos, ayudantes, consejeros, cómplices.

Es preciso tener en cuenta la peligrosa mezcla que había en él; un semisalvaje inquieto que tenía bajo su dominio las riquezas de un emperador. Un descendiente de caníbales que se había apoderado, permaneciendo bruto, del más espantoso instrumento de creación y de destrucción del mundo moderno.

Ignorantísimo, quiso ser iniciado en las más refinadas drogas de una cultura de putrefacción. Ya casi sedentario, quiso conocer todas las patrias -él, que no tenía patria verdadera-. Animalesco por el origen y la vocación, quiso proporcionarse todas las formas del epicureísmo cerebral de nuestros tiempos.

Me hace el efecto de que en esa dilapidación maniática adquirió un olfato perverso para las más radicales ideologías, pero reforzó al mismo tiempo su barbarie ingénita. Su cerebro era, en algunos momentos, capaz de rebasar los más exasperantes modernismos, pero su alma se había vuelto más árida y cruel que la de sus antepasados maternos.
Toda la inteligencia instintiva que le había ayudado para el saqueo legal de los millones, la empleaba ahora para el acaparamiento febril de las rarezas y de las voluptuosidades de toda especie, para satisfacer los más inverosímiles deseos, los caprichos más infames y fantásticos.

A los siete años de llevar esta vida gastó las tres cuartas partes de su capital y de su salud. Desde 1928 fue de sanatorio en sanatorio, siempre ansioso e impaciente, presa de frenesí de cambio y de novedad. Los médicos intentaban retener un huésped tan explotable, pero no lo conseguían. Ningún alienista pudo definir su enfermedad; quién hablaba de síndrome psicasténico, quién de una alteración de la personalidad, quién de locura moral; los más opinaban que tenía más de una tara, y de tal modo confundidas entre sí que no permitían más que simulacros de curación, a ciegas. Cuando había permanecido en uno de esos asilos tres o cuatro meses, quería ser transportado a otro -a aquél, el verdadero- y se ponía tan furioso que tenían que contentarle a la fuerza.

Cuando le conocí se hallaba allí desde hacía poco. Y todas las veces que fui a visitar a mi poeta le veía también a él. Comenzó a hablarme. De este modo pude saber, un poco por él y un poco por los médicos, su historia. Su conversación era singularísima; pasaba de un discurso paradójico, pero al mismo tiempo inteligente, a manifestaciones de una vulgaridad peor que plebeya, bestial. Parecía que estuviesen unidos en él Asmodeo, con su agudeza cínica, y Calibán, con su ciega torpeza de bruto.

Pero conmigo hablaba gustoso. He tenido siempre la virtud de aplacar a los agitados y de amansar a los locos. Un día, después de haber hablado más que de costumbre, se marchó a su habitación -vivía en una villa, toda para él, en el parque del manicomio- y volvió para entregarme un envoltorio de seda verde.

-Lea -me dijo-, son hojas que he salvado del último naufragio. Aquí dentro hay algo del viejo Gog. Ahora ha llegado para mí el día en que nace más de un sol, y cedo con la máxima despreocupación los harapos de la noche.

Encontré, dentro del envoltorio, un grueso paquete de hojas sueltas, escritas en tinta verde, con una caligrafía inexperta y pesada de muchacho. Las leí todas, a veces con una sonrisa, a veces con disgusto, a veces con horror, pero siempre, lo confieso, con avidez.

Eran apuntes sueltos, páginas de antiguos diarios, fragmentos de recuerdos, mezclados todos sin orden, sin fechas precisas, redactados en un inglés vulgar, pero bastante descifrable.

No pude volver a la mansión de los locos hasta muchos días después. Busqué a Gog para devolverle su manuscrito. Me dijeron que se había marchado después de un acceso terrible, y que no había dejado ningún recado para mí. Escribí a la casa de curación donde se había refugiado y no recibí contestación. Han pasado casi dos años y no sé si Gog sigue con vida o ha muerto.

Supuse, y a mi juicio atinadamente, que tuvo la intención de regalarme esas hojas, y tal fue también el parecer de los amigos a quienes consulté. Por eso me he decidido a traducirlas -excepto cinco o seis demasiado repugnantes- y a publicarlas.

 

II

No se trata, como el lector verá, ni de un libro de memorias, ni, mucho menos, de una obra de arte. Se trata, me parece, de un documento singular y sintomático; espantoso, tal vez, pero de un cierto valor para el estudio del hombre de nuestro siglo. Y como documento -y no con otra intención- publico esta serie de notas, con la esperanza de que, una vez reflexionado, se reconozca la utilidad de mi «abuso de confianza».

Huelga, creo, añadir que yo no puedo de ninguna manera aprobar los sentimientos y los pensamientos de Gog y de sus interlocutores. Todo mi ser- que ahora se ha renovado con mi retorno a la Verdad- no puede menos que aborrecer todo lo que Gog cree, dice o hace. Quien conozca mis libros, sobre todo los últimos, se dará cuenta de que no puede haber nada de común entre Gog y yo. Pero en ese cínico, sádico, maniático, hiperbólico semisalvaje, he visto una especie de símbolo de la falsa y bestial -para mí- civilización cosmopolita, y lo presento a los lectores de hoy con la misma intención con que los espartanos mostraban a sus hijos un ilota completamente borracho.

Muchísimos, en nuestro tiempo, se parecen en realidad a Gog. Pero Gog es, a mi juicio, un ejemplo particularmente instructivo y revelador, por dos razones. Primera, porque su riqueza le ha permitido realizar impunemente muchas extravagancias, idiotas o criminales, que sus semejantes deben contentarse con imaginar en sueños. Segunda, porque su sinceridad de primitivo le lleva a confesar sin rubor sus caprichos más repulsivos, es decir, aquello que los otros esconden y no se atreven a decir ni de sí mismos.

Gog es, por decirlo con una sola palabra, un monstruo, y refleja por eso, exagerándolas, ciertas tendencias modernas. Pero esta misma exageración ayuda al fin que me propongo al publicar los fragmentos de su Diario, puesto que se perciben mejor, en esta ampliación grotesca, las enfermedades secretas (espirituales) de que sufre la presente civilización. Y no habría publicado estas hojas si no hubiese creído hacer una cosa útil para aquellos que las lean.

Advierto finalmente que he traducido con fidelidad la prosa desaliñada y premiosa de Gog, sin añadir tilde, ni enmendar o embellecer. No es culpa mía, pues, si este libro no es un modelo de estilo.

El orden en que han sido dispuestos los capítulos es aproximado y conjetural, casi seguramente inexacto. Pero no he podido hacerlo de otra manera. Gog consignaba, generalmente, el lugar, el día y el mes, pero no el año, y me he tenido que contentar con una cronología puramente hipotética.

Y ésta es una pequeña libertad, en comparación con esa otra bastante mayor que me he permitido: la de hacer servir el mal de Gog para el bien común.

Giovanni Papini.

 

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Giovanni Papini

Cicutadry.es

 

Hay escritores que encuentran en la literatura el vehículo idóneo para expresar su particular ingenio, del que están especialmente dotados. Basta recordar los insignes ejemplos de Oscar Wilde o Chesterton, en los que tal vez no encontramos nunca el auténtico brillo de la inteligencia en sus tramas a veces superficiales, pero que sin duda llaman la atención del lector preparado para disfrutar de los chispazos deliciosos de sus historias alambicadas y originales. Giovanni Papini (1881-1956) fue uno de esos escritores ingeniosos que depara a sus lectores momentos de extraordinario entretenimiento y que merecen un lugar en la historia de la literatura, aunque sea dentro de esa categoría apartada y extraña que es la de los bichos raros.

Y pocos de sus libros son más representativos de esa peculiar forma tan suya de abordar la literatura que Gog (1931), una obra inclasificable que no puede entenderse plenamente como una novela ni como un conjunto de relatos, sino como una sucesión de momentos memorables, escritos con una exquisita prosa, especialmente dedicados a lectores inteligentes que no se conforman con una historia convencional. Lógicamente, para que el libro adquiriera una forma unitaria, Papini imaginó un hilo conductor, que si bien puede resultar débil, sirve de amalgama suficiente para seguir su lectura sin especiales dificultades.

En este caso, el escritor italiano se limita a presentar a los lectores un manuscrito abandonado por un estrafalario millonario llamado Gog, al que conoce en un manicomio. ¿Está loco Gog? Esa será la pregunta que puede hacerse el lector a lo largo de las páginas del libro, aunque pronto advertirá que, si se trata de una locura, no es una locura normal, sino un interés inusitado por ese lado oscuro de la realidad, por los aledaños de la vida, tan difíciles de transitar por el común de los mortales. En Gog se dan tres condiciones para ser considerado un hombre inusual: un patrimonio sin fondo, la ociosidad del que todo lo ha conseguido y una curiosidad insaciable por lo extraordinario. Gog quiere, ante todo, saber; conocer lo que aún no se encuentra escrito en los libros, indagar en las ideas de los más eminentes hombres del siglo: por las páginas de esta obra aparecen conversaciones con Gandhi, Einstein, Freud, Lenin o George Bernard Shaw, conversaciones por lo demás inauditas, que dan una vuelta de tuerca a sus pensamientos. Por ejemplo, la conversación con Gandhi, que no tiene desperdicio, nos presenta al líder político como el más británico de los indios, o a Freud como un novelista frustrado que tiene que resignarse a redactar los casos clínicos que ha conocido como si fueran mitos, para su mejor comprensión por los legos.

No hay una sola conversación en el libro que no sea ingeniosa, que no busque el envés de la realidad. Papini pensó que un hombre estrafalario sólo podía atraer a otros hombres estrafalarios, y así conoceremos las ideas más disparatadas que se puedan dar sobre el progreso o la técnica, pero siempre con un fondo de verdad o de razón que impide considerar a esta obra como una sucesión de situaciones inverosímiles. Generalmente, donde hay ingenio hay humor, y el libro puede también ser leído como una larga y deliciosa humorada que mantendrá una permanente sonrisa en el lector, y cuyo mérito sólo debe defenderse, puesto que no es fácil mantener durante más de 300 páginas el interés sin decaer un momento. En particular, su lectura me ha recordado mucho las novelas estrambóticas de Ramón Gómez de la Serna, al que sospechosamente también entrevista Gog en el café Pombo.

De esta manera conoceremos a músicos consagrados a la importancia del silencio hasta el punto de hacer de éste una obra de arte; descubriremos la existencia de una isla donde sólo pueden habitar un número determinado de personas, de modo que el difícil equilibrio entre natalidad y mortalidad se salda con continuos y obligados suicidios anuales para mantener el fatídico número de supervivientes; una organización que se encarga de remediar el hambre del mundo mediante la hábil eliminación de aquellas personas que no son deseables: los enfermos incurables, los viejos, los inmorales y los delincuentes, es decir, la eliminación de lo superfluo y la purificación de la sociedad; un médium que no evoca a los muertos, sino a los vivos, de manera que uno pueda conversar con las personas más importantes de la actualidad desde su propia habitación; un sistema de prevención de la delincuencia y la inmoralidad, no mediante el procesamiento de los culpables (que se hace sobre un hecho ya irremediable) sino a través de infinitos procesos a inocentes, hombres que parecen inofensivos a primera vista y que poco más tarde se sospecha que serán asesinos despiadados.

La lista de hechos insólitos sería interminable. Uno tras otro, Papini desgrana la existencia de oscuros proyectos para hacer mejor el mundo o desenmascara de él a los farsantes que la hacen menos habitable. Lo extraordinario de este libro es que algunos de esos proyectos se han hecho realidad con el tiempo, a lo largo del siglo XX, lo que no deja de asombrar dada las características meramente lúdicas de esta curiosa obra.

Pero no debemos dejar engañar por ese manoseado adagio que dice que la realidad supera a veces la ficción: una de las lecciones que se puede extraer de este libro es que la humanidad está lo suficientemente loca como para abordar lo estúpido o lo imposible, siempre que se den las circunstancias idóneas, por ejemplo, que haya un loco que sea capaz de hacerlas posible. Giovanni Papini no vivió lo suficiente para verlas, pero sí alcanzó el mínimo grado de sabiduría para comprender, como su admirado Einstein, que la estupidez humana es infinita.

 

 

Giovanni Papini

Actualmente, el italiano Giovanni Papini es un escritor casi olvidado, cuyas obras, muy populares en su momento, son difíciles de encontrar. Tal vez la heterodoxia de su labor literaria, que abarca desde la poesía al artículo periodístico, no haya ayudado a mantener la importancia que llego a tener como escritor. A este hecho hay que unirle, irremediablemente, esa tendencia tan extraña de ciertos humanos a ser inteligentes y plantearse el conocimiento, en toda su vastedad, como un reto y una meta, cuestión que no suele ser contagiosa. Baste leer estas palabras de Papini escritas en su primer libro: “En un mundo donde todos piensan únicamente en comer y en hacer cuartos, en divertirse y en mandar, es necesario que haya de cuando en cuando uno que refresque la visión de las cosas, que haga sentir lo extraordinario en las cosas ordinarias, el misterio en la vulgaridad, la belleza en la inmundicia”. En el siguiente enlace pueden leer un interesante acercamiento a este polémico escritor.  

 

 

 

 

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