LA VIDA DE DISRAELI, por André Maurois (Parte 7)

INDICE DE ENTRADAS DE "LA VIDA DE DISRAELI"

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William Ewart Gladstone (Liverpool, 29 de diciembre de 1809-Hawarden, 19 de mayo de 1898) fue un político liberal británico. Primero fue miembro de la Cámara de los Comunes del Reino Unido y luego ocupó varios cargos en el gobierno de Su Majestad. Fue líder del Partido Liberal en los periodos de 1866-1875 y 1880-1894, y llegó a ser Primer Ministro del Reino Unido en cuatro ocasiones: de 1868 a 1874, de 1880 a 1885, en 1886, y de 1892 a 1894. Fue uno de los estadistas más célebres de la época victoriana, rival de Disraeli, y aún se lo considera uno de los más importantes primeros ministros que ha tenido el Reino Unido; Winston Churchill lo citaba como inspirador suyo.Gladstone procedía de una familia adinerada, lo que le permitió educarse en el Eton College y en Oxford. Sus primeros pasos en la política los dio en 1832 como diputado del partido conservador, entonces llamado Partido Tory, en el gobierno bipartidista durante la época victoriana, pero años más tarde dejó de ser conservador para unirse al liberalismo (Whig), situándose a favor de libre cambio y acercándose más a la Iglesia.

 

El León y el Unicornio

Pedro Arturo Aguirre - 9/06/2008

 

Amo leer biografías. Es cierto que, en particular (y como lo decubrió Jorge Javier Romero), mucho disfruto leer biografías de sátrapas locos, mismas con las que estoy alimentando mi Historia Mundial de la Megalomanía. Reconozco que este gusto es quizá culpa de algún género de perversión o váyase a saber, pero también gozo enormemente de las biografías de grandes estadistas. Obviamente, la lectura de las Vidas Paralelas de Plutarco es una de mis lecturas de cabecera. De hecho, extrañaba yo que no se siguiera cultivando (o que se cultivara tan poco) la idea plutarquiana de contar vidas en paralelo de estadistas que, por alguna razón tuviesen una fuerte liga entre sí. Cuando leí la biografía de Disraeli de André Marois se me ocurrió que sería una buena idea escribir unas Vidas Paralelas comparando la trayectoria de este titán de la política universal frente a la de su gran rival, el no menos portentoso William Gladstone. Pues bien, hace poco mi deseo se cumplió. Escrita por Richard Aldous, El León y el Unicornio es una estupenda biografía comparada que enfatiza, como debe ser, en la historia de esta rivalidad política que cubrió buena parte de la época victoriana.

William Gladstone, el tótem del Partido Liberal, primer ministro y experto en el mundo clásico era también un odiador apasionado. Su enemistad abrumaba, y ésta no estaba confinada a enfocase a los temas que tanto detestaba como el político responsable, absolutamente incorruptible y de altas miras que era (la injusticia, la corrupción, el desperdicio gubernamental, el Imperio Otomano) sino que nadie fue objeto de su ira como su adversario, el líder Tory Benjamín Disraeli, quien además de ser un destacadísimo estadista  era un estupendo escritor y un gran dandy. ¡Qué tamaños dirigentes se dio el lujo de tener la Gran Bretaña para recoger la estafeta de los Pitt, los Peel y los Palmerston!  

Tanto los historiadores como la opinión pública en Inglaterra han tomado siempre partido por Disraeli, y no es para menos. Éste, quien fue el primer judío en ocupar la casona del 10 de Downing Street, era un amante de la vida que sabía viajar y había hecho fama de escritor de novelas muy exitosas.Los gustos caros de Disraeli y algunos desafortunados negocios lo llevarían a ser permanentemente perseguido por los acreedores, a los cuales logró eludir en gran medida por su facilidad de penetrar los círculos sociales gracias a sus publicaciones.

Disraeli mostró siempre la cualidad de ser agradable y extremadamente culto lo que le granjeó simpatías de, entre otros, Napoleón III y la familia Rothschild, amistades que resultarían sumamente útiles tanto en lo referente a solucionar sus problemas económicos como a su carrera política. Las novelas de Benjamín Disraeli constituyen descripciones de la sociedad británica y al mismo tiempo una expresión del pensamiento político y religioso de su autor. Entre las novelas más importantes de Benjamín Disraeli encontramos "Coningsby", "Cibyll" y las más conocida e importante de todas "Vivian Grey.

Por su parte, Gladstone era un anglicano austero que reprimía sus pasiones con una cara dura y desterrando cualquier destello de sentido del humor. Eso sí, fue dueño de una cultura clásica insuperable. Tuvo una batalla personal en contra de las tentaciones de la carne, pero muchas veces fue vencido. Estas debilidades lo han hecho aparecer como un hipócrita frente a un Disraeli que siempre fue fiel a si mismo.

Los duelos parlamentarios entre estos dos gigantes fueron legendarios. Eran dos políticos de gran factura, ambos abismalmente cultos, que tenían visiones contrastantes de la política basadas en las filosofías que alimentaban la raison  d’etre de sus partidos. Hoy sólo vemos estulticia y vacuidad en los parlamentos de todo el mundo. Ante los burdos payasos como Berluconi -cuya principal arma retórica es el insulto-  ignorantes monumentales como Bush Jr. –absoluto ignorante del idioma inglés- quien apenas conoce el idioma inglés- o la caterva de soeces politiquillos incultos y tabernarios que padecemos en México y el resto de América Latina, Disraeli y Gladstone parecerían ser de otro planeta o de una distinta dimensión.

Disraeli y Gladstone también son epítomes de dos maneras distintas de concebir y ejercer la política. Disraeli, sin por ello desertar del conservadurismo burkiano, era ante todo un realista que con su postulado de “conservadurismo de una sola nación” puso las bases del actual partido conservador como una organización multiclasista. A Disreali no se le escapó la realidad de que una nación que progresa experimenta un cambio constante, por lo que hizo que su partido supiera adaptarse a los cambios que traía el progreso sin por ello traicionar su esencia conservadora “Nuestra lucha no consiste en detener al cambio, al contrario, lo que queremos es propiciar un cambio respetuoso de las formas humnas, de nuestras tradiciones y costumbres y no uno dictado por fríos principios e ideologías abstractas”.

Gladstone era un moralista estricto muy apegado a la ideología y mucho menos pragmático que su rival. Se inició como diputado en las filas del partido Tory  con ideas extremadamente conservadoras, pero pronto se acercó al al liberalismo, centrándose en la defensa de una política librecambista y suavizando su anterior intolerancia religiosa anglicana. Fue un convencido impulsor la liberalización del comercio exterior. Como líder del Partido Liberal Gladstone reicalizó las posturas de su partido. Tras vencer a los conservadores de Disraeli en las elecciones de 1868, se convirtió en primer ministro (1868-74). Volvería a presidir el gabinete en 1880-85, 1886 y 1892-94. Su impresionante labor de gobierno incluye medidas modernizadoras como la apertura del ejército y de las universidades, eliminando de estas instituciones tradicionales privilegios y prejuicios religiosos; extendió el sistema de oposiciones para el acceso a la función pública; puso las bases de un sistema educativo nacional; introdujo el secreto de voto, etc.

La enemistad entre estos dos estadistas se dejo sentir sobre todo en los asuntos de política exterior. En lo relativo a la decadencia del Imperio Otomano, tema que domino la atención exterior de la Gran Bretaña en la década de los 1870s, Gladstone era partidario acérrimo de defender a las minorías cristianas búlgaras bosniacas de la feroz represión turca. También denunció el imperialismo de Disraeli y condenó con energía las campañas en tierra Zulu  y en Afganistán. Esta oposición al imperialismo tenía tintes claramente moralistas,  pero también reflejaba el sentimiento de muchos británicos de que los intereses estratégicos del país estaban más cerca de casa. Por ejemplo, en Irlanda, a la que Gladstone buscó, afanosamente, darle autonomía.

Disraeli era el clásico realista que rechazaba el intervencionismo por razones humanitarias de Gladsotone y priorizaba la necesidad de mantener la correlación de fuerzas y la estabilidad en Europa. Sí para Gladstone el Imperio Otomano era  el demonio del cual cuidarse, para Disraeli era Rusia.

Este libro muestra como muchos de los temas que encararon Disraeli y Gladstone en el siglo XIX se parecen mucho a los de nuestro tiempo, incluidas las guerras de religión e idelogía que involucran a musulmanes y cristianos y las pugnas entre realistas y moralistas presentes casi n todas las cancillerías importantes del mundo. Blair, por ejemplo, fue un personaje demasiado gladstoniano que gobernaba a base de principios morales. La paz en Irlanda e inclusive una intervención militar en Medio Oriente que no salió bien (en el caso de Gladstone fue en Egipto, en el de Blair, Irak) también son coincidencias a destacar entre ambos gobernantes.  

El actual líder conservador David Cameron, por su lado, parece más un conservador pragmático adscrito a la idea disrealiana de “una sola nación” (one-nation Conservative) que prefiere las consideraciones estratégicas al idealismo exacerbado. Habrá que ver cómo se comporta si es que llega al gobierno.

 

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LA VIDA DE DISRAELI

Por André Maurois*

PARTE 7

*Traducción del francés por Remee de Hernández 

 

 

SEGUNDA PARTE

 

...Aun cuando un hombre se convierta en rey o en mendigo, siempre tendrá los mismos ojos negros o grises, la misma boca prudente o indiscreta, la misma mano; entre la persistencia de la naturaleza en cada uno de nosotros y la variedad sin tasa de los encuentros, pasa nuestra historia como por una maquina laminadora, recibiendo a cada momento la doble huella...

...De modo que, si bien no es posible variar las naturalezas de igual manera que no se pueden alisar los cabellos rizados, puede uno, en cambio, fiarse de las naturalezas. Más aun: porque no es posible variarlas es por lo que se puede uno fiar de ellas.

Quien desciende hasta ahí, palpa rocas. Y el poder de un César o de un Alejandro, acaso naciera principalmente del agrado que sentían por las diferencias, no reprochándole nunca al peral el que no produjera ciruelas.

(ALAIN.)

 

 

I

THE MAIDEN SPEECH

 

En Bradenham era posible creer que toda Inglaterra se ocupaba del ingreso en el Parlamento de Benjamín Disraeli. En Londres se hablaba preferentemente de la joven reina, de su soltura, de su inteligencia, del afecto que demostraba sentir por su primer ministro Melbourne. Muchas personas, de vuelta de sus vacaciones, contaban también las impresiones que les produjo su primer viaje en ferrocarril. Al principio les asaltó un sentimiento de peligro; pero pronto dejaron de pensar en ello.

Disraeli se reunión en seguida con <sus colegas> y con Wyndham Lewis. La señora Wyndham, orgullosa de su protegido, lo llevó al teatro para que viese a Kean desde un palco bien caldeado. Fue a recibir las felicitaciones de Lyndhurst y a cumplimentarlo a su vez, pues aquel apuesto anciano acababa de contraer matrimonio con una muchacha y no hablaba ya más que de tener un hijo.

Wyndham Lewis le enseñó el Parlamento. Como el antiguo palacio de Westminster había sido en parte pasto de las llamas, los Lores y los Comunes actuaban en salones provisionales. Había que apretarse un poco; pero Disraeli pudo proporcionarse un asiento precisamente detrás de su jefe, sir Robert Peel. Este último se mostró cordial e invitó al nuevo miembro a una cena en el Carlton el jueves siguiente. <Una cena Cámara de los Comunes. Nadie más será admitido, ya para entonces conoceremos el estado de ánimo de esta nueva Cámara.> Aquel conoceremos era muy agradable. Wyndham Lewis, al volver a casa, le dijo a su mujer:

-Peel ha cogido a Disraeli de la mano del modo más franco.      

En las primeras votaciones se vió claramente que el Ministerio whig de lord Melbourne conservaría el Poder con el apoyo de los irlandeses. Durante quince días, Disraeli fue silencioso espectador en los debates. Sentía grandes deseos de hablar, pero su timidez era extraordinaria. Se veía rodeado de grandes hombres. Frente a él, en el banco de los ministros y ante la caja roja oficial, se encontraba el leader whig lord John Russell, insignificante en su levita negra de forma adecuada, el rostro medio oculto debajo del ala de un sombrero enorme, con aire desolado, él, que, perfecto símbolo de su partido, exponía las ideas más atrevidas con un estilo muy rancio y pronunciaba <democracia> con aristocrática voz. Junto a él estaba lord Palmerston, el ministro de Estado, con grandes patillas teñidas y cuidadosamente cepilladas; Palmerston, de quien decía Grandswille:<Parece un viejo croupier de Baden, retirado>, y que los whigs juzgaban vulgar, porque no demostraba aquel ceremonioso respeto por la Corona, del cual ellos siempre dieron prueba, sobre todo al destronar a los reyes.

Más cerca de él, destacándose sobre la mesa maciza que separaba a los ministros de la oposición, veía Disraeli por la espalda la forma imponente de sir Robert Peel, y de perfil, la nariz fina y curvada, la boca espiritual, los cabellos rizados y algo alborotados del brillante lord Stanley, tan indolente, tan desdeñoso, tan inteligente, vestido con estudiado abandono, lleno de enseñanzas para Dizzi. Cerca de la entrada, entre los radicales, estaba su amigo Bulwer, y en medio de las tropas irlandesas, su terrible enemigo O´Connel.

Lo que también le producía cierta turbación era la mezcla en aquella asamblea de la majestad de los trajes y el abandono en los modales. Se escuchaba mal, se charlaba durante los discursos, los diputados entraban y salían sin cesar; pero el speaker llevaba uniforme y peluca, los ujieres colocaban a los concurrentes y no se hablaba de un colega sino llamándolo <honorable gentleman.> Todos aquellos detalles encantaban a un neófito, que los contempló desde fuera durante mucho tiempo. Tenía la seguridad de no cometer ningún error el día en que tomase la palabra, de dirigirse al speaker según la ficción admitida en aquel lugar; de dar a todos los diputados abogados el tratamiento de <honorable y sabio gentleman>; a los diputados oficiales, <honorable y valiente gentleman>; llamar a sir Robert Peel <muy honorable barón>, y a lord John, <el noble lord apuesto>. Ya cuando pensaba fundía sus frases en el molde parlamentario. Si algún día fuera ministro, ¡como sabría golpear con su puño aquella caja encarnada, y tras un discurso que hubiese despertado el entusiasmo de la asamblea, sentarse indolentemente en el banco de la Tesorería, pasándose por los labios un pañuelo de hilo fino! Pero desde que había medido de cerca la potente inercia de aquel cuerpo, una extraña ansiedad se mezclaba a su impaciencia.

 

 

***

Al dar validez a los poderes de la Cámara se llegó a discutir una suscripción abierta por un tal Spottiswood para facilitar a los protestantes de Irlanda los fondos necesarios para poder luchar contra los católicos. Aquella suscripción disgustó mucho, no solo a los irlandeses, sino a los liberales, quienes la juzgaban contraria a la libertad de los electores. O´Connel acababa de hablar de ella con gran vehemencia, cuando Disraeli se levantó. Debía responder lord Stanley, en nombre de los conservadores; pero Disraeli fue a pedirle su turno, y Stanley, sorprendido, pero indiferente, se lo había cedido.

Irlandeses y conservadores miraron con igual curiosidad al nuevo orador que se alzaba frente  a ellos; muchos habían oído decir que era un charlatán, antiguo radical transformado en conservador, fabricante de novelas, orador pomposo; se sabía que había tenido una violenta disputa con O´Connel, y un numeroso grupo de amigos de su partido se habían agrupado en cuanto Disraeli se levantó a hablar. En los bancos conservadores, los gentiles hombres agrarios examinaban con inquietud aquella cara tan poco inglesa. Sus tirabuzones, como su traje, los ponían fuera de sí. Disraeli llevaba un traje verde botella, un chaleco blanco cubierto de cadenitas de oro (<¿Por qué tantas cadenas, Dizzi? -le había dicho Bulwer-. ¿Se está usted ensayando en el papel de alcalde presidente (lord maire) o qué?>), y una gran corbata negra que subrayaba la palidez de su cara. Estaba muy conmovido, era un momento grave, y mucho lo que se jugaba. Precisaba hacer ver a los liberales lo que habían perdido con perderlo a él; a los conversadores, que clase de  futuro estaba entre ellos, y a O´Connel, que había llegado ya el día de la expiación. Tenía motivos para estar confiado: su discurso; fuertemente preparado, contenía ciertas frases de seguro efecto, y era tradición en el Parlamento acoger los discursos de los principiantes con toda benevolencia.<Es el mejor discurso de principiante, después del de Pitt>, se decía de ordinario al orador. Por ejemplo, el que cinco años antes había pronunciado este joven Gladstone, ahora sentado en los bancos de la Cámara, en medio de la general simpatía de sus oyentes: <He hablado por primera vez durante cincuenta minutos -había escrito en su diario-. La Cámara me ha escuchado muy amablemente, y mis amigos se han quedado muy satisfechos. He tomado en seguida el té en el Carlton>. Pero Gladstone salía de Eton y de Oxford, tenía un bello rostro inglés, facciones energéticas, trajes oscuros y modales graves.

La voz, un tanto forzada, de Disraeli extrañó y desagradó. Trataba de probar que los irlandeses, y en particular O´Connel, habianse siempre aprovechando de suscripciones semejantes a las actuales. <Esta majestuosa mendicidad...>, hubo de decir. La Cámara tenía horror a las grandes frases, y se rió un poco. <No quiero - continuó el orador- afectar que soy insensible a la dificultad de mi posición. (Nuevas risas.) Estoy seguro de la indulgencia de los honorables gentlemen. (Risas y voces de < ¡al asunto!>) Les aseguro que si no quieren oírme, me sentaré de nuevo sin una queja.> (aplausos y risas.) Tras un minuto de calma relativa, una asociación de palabras un poco asombrosa hizo descargar la tormenta. Del grupo irlandés partieron los silbidos, el pateo y las imitaciones de los animales. Disraeli conservó su calma. <Desearía que la Cámara se decidiera a concederme cinco minutos más. (Risa general.) Soy ahora, señor, no formalmente, sino en cierto modo virtualmente, el representante de un gran número de miembros del Parlamento. (Carcajadas enormes.) ¿Por qué os sonreís? (Risas.) ¿Por qué me envidiáis? (Risa escandalosa y general.)

A partir de ese momento, el barullo se hizo tan grande, que no se oyeron más que algunas frases sueltas: <Señor, en el momento en que las campanas de nuestra catedral anunciaban la muerte del monarca... (<¡Oh! ¡Oh!,> y risas numerosas.) Leemos, pues, señor... (Gruñidos y gritos de < ¡Oh!>). Si los honorables miembros creen justo el interrumpirme así, me someto. (Destornillamiento de risa.) Todo cuanto puedo deciros que yo no me portaría así con nadie. (Más risas.) Pero quiero a toda costa pedir que... (Risas.) No hay cosa más fácil que reírse... (Risa loca.) Cuando nos acordamos de la égloga amorosa. (Nuevas risas) del antiguo y del nuevo amor que tuvo asiento entre el noble lord, el Tityre del banco de los ministros y...(risas continuas.) Al recordar que entre Irlanda emancipada e Inglaterra en la esclavitud, el noble lord, tranquilamente instalado en el pedestal de su poder, puede tener en una mano las llaves de San Pedro y agitar en la otra...> En este punto el honorable miembro fue interrumpido por tan escandalosas e incesantes carcajadas, que lo fue imposible saber cómo habría de acabar su frase interrumpida.

Al acabarse estas risas, reanudó: <Aquí vemos, señor speaker, los prejuicios filosóficos de los hombres (Risas y aplausos.) Respeto los aplausos, aunque vengan de mis adversarios. (Nuevas risas.) Yo creo, señor... (Gritos numerosos: <!al grano!>) No me sorprende en modo alguno la recepción que se me ha hecho, señor...(Risas.) Yo he empezado muchas veces la misma cosa (Mas risas), y casi siempre he acabado por triunfar (<¡Al grano!>), a pesar de que mucha gente me ha predicho que había de fracasar, como ellos habían fracasado antes que yo.> (<!Al grano!>

En aquel momento, con voz formidable, mirando a sus interruptores con indignación, alzando las manos y abriendo una boca enorme, gritó con voz casi aterradora y que dominó de pronto el tumulto: <Y ahora voy a sentarme; ¡pero día llegará en que ustedes me escuchen!>

Y calló. Sus adversarios siguieron riendo; sus amigos lo miraban entristecidos y sorprendidos. A lo largo de su suplicio, un hombre lo había sostenido con total firmeza; era el muy honorable barón sin Robert Peel. Sin Robert no tenía por costumbre aprobar ruidosamente a los oradores de su partido; los escuchaba con silencio casi hostil. Pero en este caso se había vuelto varias veces hacia el joven orador para decirle en voz alta: Hear! Hear! Y cuando miraba hacia la sala, no podía dejar de sonreír ligeramente.

 

Robert Peel

 

Lord Stanley se había levantado y, despreciativo, sin decir palabra ante la increíble acogida hecha a uno de sus colegas, había vuelto a la discusión del asunto con toda seriedad. Se le escuchaba con respeto. Disraeli, silencioso y sombrío, apoyaba su cabeza entre sus manos. Una vez más se hallaba ante el fracaso, ante el infierno. Jamás, desde que seguía los debates de la Cámara, había presenciado escena tan deshonrosa. ¿Empezaba de nuevo para él en el Parlamento la vida soportada en el colegio de Cogan? ¿Le sería necesario luchar también aquí y odiar, cuando tanto hubiera deseado amar y ser amado? ¿Por qué todo era para él más difícil que para los demás? ¿Pero por qué también desde su primer discurso había desafiado a O´Connel y a su banda? Ahora sí que le sería difícil ir contra la corriente. ¿Acaso le sería posible hacerlo? Había incluso perdido su crédito ante aquella asamblea. Pensaba con amargura en las ilusiones que se había hecho con respecto a su comienzo. Habíase imaginado una Cámara conquistada por sus frases, encantada de sus imágenes, cautivada por sus sarcasmos; prolongados aplausos, éxito inmediato y profundo... Y aquellas risas insultantes... La derrota... ¡Ay! !Refugiarse bajo las arboledas de Bradenham!...

Un voto lo obligó a levantarse. No había oído los debates. El excelente lord Chandos fue hacia él y lo felicitó. Respondió que no había motivo para ello, y murmuró:

-Es un fracaso...

-De ningún modo- dijo Chandos-; está usted muy equivocado. Acabo de ver a Peel y le he preguntado: <Ahora, dígame exactamente lo que piensa usted de Disraeli.> Y me respondió :<Algunos de entre mis amigos están un poco perplejos y hablan de fracaso. Yo digo precisamente lo contrario. Ha hecho lo único que podía en tales circunstancias. Yo opino que lo es todo menos un fracaso; es preciso que se abra camino.>

En los pasillos lo detuvo el discal de la Corona, liberal, y le dijo muy cordialmente:

-¿Podrá usted decirme ahora, señor Disraeli, cómo terminaba la frase de su discurso? Tenemos interés por saberlo: <En una mano, las llaves de San Pedro...> ¿Y en la otra?

- En la otra, el gorro de la libertad, sir John.

El otro sonrió respondiendo.

-Una figura muy exacta.

-Si- replicó Disraeli con un poco de amargura-; pero sus amigos no me permiten exponer figuras.

-Yo le aseguro -dijo el fiscal de la Corona- que teníamos mucho interés por oírlo. Fue un grupito no sometido a nuestra vigilancia el que alborotó; pero no tiene usted nada que temer.

De modo que en los demás no se había producido tan viva como en él la impresión de caída sin remedio. Como muchos nerviosos, Disraeli recuperaba la confianza con igual facilidad que la perdía. La desesperanza comenzaba a esfumarse. Al escribirle al día siguiente a Sara, limitó la extensión del desastre: <Como pretendo darte una idea exacta de lo ocurrido, comenzaré por decirte que mi primer discurso ha sido un fracaso, en el sentido de que no conseguí decir lo que me propuse; pero el fracaso no ha sido causado por mi caída o mi impotencia, sino sencillamente por la fuerza física de mis adversarios. No puedo describirte hasta qué punto se han mostrado agrios, facciosos, injustos. He combatido con un valor indomable y un humorismo inmutable, dando buenos golpes a diestro y siniestro cuando se producía algún silencio, y terminando cuando juzgué llegado el momento oportuno...> Y firmaba: <Tu D. muy decidido.>

 

 

***

Aquel mismo día, al entrar en el Atheneum, Bulwer vio al anciano Sheil, diputado irlandés, y al teniente O´Connell, rodeados por un grupo de jóvenes radicales, que se regocijaban por el incidente ocurrido a Disraeli. Bulwer se aproximó, guardando silencio. De pronto, Sheil arrojó su periódico y dijo con voz punzante:

-Gentleman, he oído todo lo que acaban de decir, y además he escuchado el discurso de Disraeli, y solo he de añadir esto: Si alguna vez  el soplo de la elocuencia ha anidado en un cerebro, es en el de ese hombre precisamente. Nada podrá impedirle que llegue a ser uno de los primeros oradores de la Cámara de los Comunes. Como lo oís. Creo tener motivos para conocer esa Cámara, y voy a añadir, además, que sin aquellas interrupciones hubiera podido fracasar el señor Disraeli; pero el incidente de ayer no es un fracaso, sino un aplastamiento. Mi comienzo fue un fracaso porque se me escuchó; pero fui tratado con desdén;  él ha sido abucheado con maldad... El comienzo ha de ser incoloro. La Cámara no le permite a ningún hombre ser espiritual y orador antes que ella misma le haya descubierto tales cualidades.

Causó extrañeza aquel discurso pronunciado por un adversario. Los diputados se dispersaron un poco confusos. Bulwer, aproximándose, le dijo a Sheil:

-Disraeli cena conmigo esta noche; ¿le agradaría verse con él?

-A pesar de mi gota -le respondió Sheil-, ardo en deseos de conocerlo y de decirle cuanto pienso.

Sheil  se mostró encantador durante la cena; se apartó un poco con Disraeli y le explicó que aquella ruidosa recepción había sido muy ventajosa para él.

-Porque- añadió- ¿Cuál hubiese sido el resultado si le hubieran prestado atención? Aun pronunciando el mejor discurso de su vida, se le hubiera acogido fríamente y usted mismo se hubiera desesperado. Por el contrario, ha demostrado usted a la Cámara que posee una hermosa voz, una perfecta facilidad de palabra, valor, carácter y vivacidad. Ahora, durante una sesión, es preciso que se desembarace de su ingenio. Hable con frecuencia para que no parezca que está usted asustado; pero hable sucintamente. Conserve su calma y procure ser fastidioso; razone usted mal, porque si lo hace con precisión, pensarán que pretende mostrarse espiritual. Sorpréndalos hablando de detalles, cite fechas, números. Al cabo de algún tiempo, toda la Cámara añorará la elocuencia que, en el fondo, ninguno le regatea a usted. Entonces lo animaran a usar de ella. Tendrá la atención de toda esa Cámara y se convertirá en su favorito.

Aquel inteligente consejo, que demuestra un perfecto conocimiento de los ingleses, iluminó el porvenir de Disraeli. Nadie estaba tan capacitado como él para comprender tal consejo y para seguirlo. Le agradaba moldearse a sí mismo, como una obra de arte. Siempre estaba dispuesto a retocar la figura. Había cometido una vez más el error que tanto le reprochara su padre: el andar demasiado de prisa, el pretender hacerse célebre de un solo golpe. Mas ya sabría avanzar lentamente.

Una semana después se levantó durante una discusión sobre los derechos de autor. Casi todo el mundo se hallaba dispuesto a acogerlo favorablemente. Tories y liberales pensaban que aquel hombre había sido tratado muy injustamente. Eso les desagradaba. Cazadores todos ellos, les complacía que el hombre, al igual que los animales, tuviera también su tanto por ciento de probabilidades. De aquella brutal sesión les quedó un recuerdo vergonzoso. Se encontraban dispuestos a sostener a aquel extraño muchacho si osaba emprender otra tentativa. Se soportarían imágenes; pero, con gran sorpresa del auditorio, no dijo sino trivialidades sobre un asunto que conocía muy bien, y se sentó entre la aprobación general. El autor del proyecto declaró que tendría muy en cuenta las excelentes observaciones del honorable miembro por Maidstone, uno de los más notables ornatos de la literatura moderna. Sir Robert Peel aprobó vehemente: Hear! Hear!..., y muchos miembros felicitaron a Disraeli. Un viejo coronel tory fue hacia él y le dijo, tras de un amable gruñido:

-¡Vamos!...Ya está usted de nuevo sobre el potro; ahora ya puede usted galopar.

Le escribió a Sara: <La próxima vez tomaré asiento entre salvas de aplausos.>

Lejos de perjudicarle aquel comienzo, lo rodeó del prestigio de la víctima. En tres semanas adquirió en aquella asamblea tan hermética una especial popularidad. Era valeroso y hablaba bien; parecía conocer a fondo los temas que abordaba...<¿Por qué?>, pensaban los gentlemen ingleses.

 

El Incendio del Parlamento del Reino Unido se produjo el 16 de octubre de 1834 en Londres, el Palacio de Westminster, el palacio real medieval utilizado como sede del parlamento británico, fue destruido en gran parte por este incendio, causado por la quema de pequeños palos de madera que habían sido utilizados como parte de los procedimientos contables del échiquier hasta 1826. Los palos se desecharon sin cuidado en los dos hornos de la Cámara de los Lores, lo que provocó un incendio de chimenea en las dos chimeneas que corrían debajo del piso de la cámara de los Lores y ascendían a través de las paredes. El incendio resultante se extendió rápidamente por todo el complejo y se convirtió en la mayor conflagración en Londres entre el Gran Incendio de 1666 y los blitz de la Segunda Guerra Mundial; el evento atrajo a grandes multitudes que incluyeron varios artistas que proporcionaron registros pictóricos del evento. El incendio duró la mayor parte de la noche y destruyó gran parte del palacio, incluida la convertida Capilla de San Esteban, el lugar de reunión de la Cámara de los Comunes, la Cámara de los Lores, la Cámara Pintada y las residencias oficiales del presidente y el secretario de la Cámara de los Comunes.

 

II

DESPOSORIOS

 

Al llegar enero, el éxito de Disraeli se afianzó en la Cámara. Había transcurrido el periodo de espera, de molesta gravedad, prescrita por Sheil. Tal como éste lo predijo, deseaban entonces que se mostrase brillante. Su hermano Jem, que acudió a presenciar una sesión, pudo contar a su regreso a Bradenham cómo al levantarse Ben todos los diputados se precipitaron en tropel, y cómo se produjo un silencio prodigioso para oírlo. El anciano Isaac escuchó enternecido aquel relato. Sara murmuró: <! Dios te bendiga, querido!> No ignoró nunca ella que su hermano era un gran hombre.

La política obligó a Disraeli a dedicar menos atención a la sociedad. Además, la vida había evolucionado para muchos amigos suyos. El frágil y brillante matrimonio Bulwer se había disuelto. Este llevó a su mujer a Italia para intentar un último esfuerzo; pero en Nápoles lo asaltó la idea de una novela y comenzó a escribir Los últimos días de Pompeya, abandonando a Rosina (lo mismo que en Londres). La pobre Poodle, perdida en aquel país extraño, separada hasta de sus perros favoritos, se dejó enamorar por un príncipe italiano. Bulwer despertó de su sueño para irritarse ante la realidad, y tras unos episodios por demás penosos, hubieron de separarse. Rosina Bulwer, pobre y agriada, dejó de frecuentar a los amigos de su marido, y sólo los veía para darles alguna queja de él. Bulwer sentía remordimientos y no era feliz. Disraeli halló en todo aquello motivos evidentes para justificar su temor a los casamientos por amor.

La linda Carolina Norton también había perdido su alegría. Su odioso marido, tras aprovecharse de la amistad de su mujer y lord Melbourne, intentó procesarlos por adulterio. Pudo ella demostrar que cien veces la condujo él mismo hasta las puertas del ministerio. Los jurados terminan por absolverla.

 

Pero no  por eso dejó Norton de abandonar a su mujer, llevándose a sus hijos, que la ley inglesa le entregaba sin permitirle a la madre reclamarlos. Esta suplicó a sus amigos Bulwer y Disraeli que hicieran modificar aquella ley. En el pisito de Storey Gate, el florido balcón y los cortinajes de gasa no escucharon ya más que quejas y ruegos.

Disraeli todavía pasaba algunas veces las veladas en casa de ladi Blessington, cuando no había sesión en la Cámara; mas también allí se había oscurecido el horizonte. Había vivido D´Orsay con tal boato y con tal tren de existencia, que empezaba a escasearle el dinero.

Todos los acreedores se agolpaban ante las puertas. La única casa donde se respiraba un ambiente tranquilo y acogedor era la de los Wyndham Lewis. Esta señora no tenía la gracia de las hermanas Sheridan, ni su talento; pero quizá fuera más necesario que la gracia y el talento un poco de cariño para un joven miembro del Parlamento; lo cierto era que aquella amistad fue preciosa para Disraeli.

***

 

 

Una mañana, seis meses aproximadamente después de su ingreso en el Parlamento, se enteró de la muerte de su colega y corrió a ver a la viuda, que encontró muy abatida.

 

DISRAELI  A LA VIUDA DE WYNDHAM LEWIS

Es natural que después de la prueba tan dura que acaba usted de sufrir se abandone a sentimientos de soledad y tristeza. Es natural e inevitable; pero no debe usted complacerse en ello; esforzándose por no pensar siempre en el pasado. El porvenir puede estar aun para usted lleno de esperanzas y de promesas de felicidad... Por mi parte, le puedo decir que la desgracia que la aflige y las cualidades tan notables e inesperadas, se lo confieso, con que lo ha soportado, su firmeza y la dulzura de su carácter, me han convertido en su más fiel amigo, y en la medida de mis fuerzas, si mis consejos, mi apoyo o mi presencia pueden contribuir a consolarla, cuente conmigo.

 

***

En efecto, siguió acudiendo asiduamente a aquella casa. Rosina Bulwer, amiga de la viuda, observaba con inquieto desprecio las visitas del compañero de su ex marido. Mary-Ann le había confesado que Disraeli sentía por ella más que amistad. Rosina había aprendido a desconfiar de los hombres de letras, y le aconsejaba una gran prudencia.  Para conmemorar la coronación de la reina, cada diputado recibió una medalla de oro. La suya la ofreció Disraeli a la señora de Wyndham, y no a Sara, como era de esperar. Por entonces fueron inflamándose las formulas finales de las cartas. De <Queda suyo afectísmo> pasaron al <Adiós. Soy feliz si usted lo es también.>Y, síntoma importante, comenzó a repartir entre ella y Sara sus relatos sobre sus éxitos, dejando al desnudo su orgullo. Ante ella también se despojaba de su careta. Abandonó la corza. <Todos los periódicos de Londres, whigs y tories, se han ocupado de mi último discurso, dirigiéndome los más calurosos elogios...> < Lord Chandos piensa ofrecerle n gran banquete al duque de Wellington. Todos los invitados son, por lo menos, ministros. Le sorprenderá seguramente el verme invitado con ellos; pero lord Chandos es un buen amigo y comparte mis triunfos en el Parlamento...> <Los de Londonderry van a dar un banquete a 150 personas, la elite de Londres. Fanny (1) me ha sido fiel y me ha invitado; por consiguiente, figuraré en el Morning Post... Considero que he recibido de su parte una gran prueba de gentileza, pero es verdaderamente inesperado.> La descripción de las habitaciones llenas de naranjas, de las mesas cubiertas de magnificas cristalerías, el salmón ahumado, el caviar y el foie-gras, fueron enviados al mismo tiempo a Sara y a la señora de Wyndham Lewis. Ya comenzaba a ser de la familia.

(1)Frances-Anne, lady Londonderry.

¿Pensó él acaso en el matrimonio? No había olvidado el consejo del conde D´Orsay: < Si encuentra usted una viuda...> Pero no afrontaba esa idea sin objeciones. Tenía treinta y tres años, y ella cuarenta y cinco; una situación mundana que no podía compararse a la de él. Las señoras que se disputaba a Disraeli no eran entusiastas de Mary-Ann. ¿Fortuna? Wyndham Lewis le dejó a su mujer el usufructo de la casa de Grosvenor´s Gate y cuatro mil libras de renta. Era lo suficiente para vivir y recibir decentemente, pero no era una fortuna. No existía ningún capital disponible con que poder pagar las deudas de Disraeli. No era, además, una fortuna transmisible, y como ella tenía más edad, era muy probable que él se viera, en medio de la vida, obligado a renunciar a su casa y a aquella existencia. Por otra parte, Mary-Ann no era un espíritu cultivado. Se la juzgaba bastante ridícula. Se decía que nunca pudo saber quien existió antes, si los griegos o los romanos. Después de una conversación sobre Swift, pidió unas señas para invitarlo a comer. Las demás mujeres la encontraban necia y frívola. Hablaba mucho, con temible exuberancia, y su  franqueza llegaba hasta la falta de tacto. Tenía un gusto detestable, ya fuese aplicado a muebles o a vestidos. Un joven escritor y futuro ministro podía encontrar una mujer más brillante.

Pero Disraeli no pensaba así. En contra de la opinión de todos, él no la encontraba necia. Era, en efecto, ignorante; pero ¿Qué importaba eso? La vio trabajar durante varias elecciones, y sabía que llegó a comprender a los hombres. Su juicio era sano, y pulía y remataba completamente todas sus obras. Sería una compañera útil. Sus frases frívolas divertían a Disraeli, lo reposaban. Había tenido ya demasiadas amigas brillantes, no deseaba encontrarse obligado a sostener en su propia casa un continuo asalto de agudezas. Y, sobre todo, le agradaba la admiración de Mary-Ann; comprendía que aquella mujer no vivía más que para él. En sus momentos de desanimo, que eran harto frecuentes, necesitaba ser consolado. Sus difíciles comienzos lo torturaron mucho más de lo que dejó adivinar su exterior frio. Encontrar otra Sara, una Sara que fuese al mismo tiempo hermana y esposa, fue el sueño de toda su vida. Algunos hombres sienten la necesidad de conservar su independencia para románticas aventuras. Disraeli probó el amor pasión, y en seguida lo encontró en desacuerdo con la ambición. El refugio de una eterna ternura era para él más tentador.

 

 

Siempre fue muy impulsivo. En cuanto estuvo persuadido de que Mary-Ann era la mujer que le convenía, se lo dijo sin ambages. Su declaración fue bien acogida. Estimaba ella en sumo grado su talento y tenia gran confianza en su porvenir; pero comedida y tranquila, quiso concederse tiempo para reflexionar y le pidió un año para estudiar su carácter.

El Parlamento estaba de vacaciones. Bradenham, apacible y tranquilo; Disraeli, enamorado... Comenzó a escribir una tragedia. Día por día, fue comunicándole a Mary-Ann el curso de su obra y de su amor:

<Progreso de un modo rápido y brillante. No ignora usted que me ocurre con poca frecuencia el estar satisfecho de mí y que no tengo costumbre de hablar con complacencia de mis escritos. Puede creerme, pues, si le digo que lo que estoy haciendo sobrepasará mucho de todo lo que espera usted de mi... Ya van quedando muy pocas flores aquí; sin embargo, le envió algunas...>

<Gozo de perfecta salud y de muy buen humor. Mi trabajo marcha bien; estoy satisfecho de lo que hago. Miro mi creación y veo que es buena. Con salud, el espíritu despejado y animado por nuestro amor, comprendo que puedo conquistar el mundo.>

Seis días después añadía:

<No puedo llegar a unir la idea del amor con la de la desesperación. No concibo el amor sino gozando perpetuamente de la presencia de la encantadora mujer a quien me he entregado, compartiendo con ella todos mis pensamientos y todas mis preocupaciones...lo que deseo es estar con usted, vivir con usted, no separarme jamás de su lado...; poco me importa el lugar: en el cielo, o en la tierra..., acaso debajo de las aguas>

Mas pronto van siendo más espaciadas y más frías las respuestas a las cartas de Disraeli. Un extraño y prolongado silencio lo intranquiliza sobre los sentimientos de Mary-Ann... ¿Qué podía ocurrir? Le pidió un año para estudiar su carácter; acaso el juicio definitivo había sido desfavorable. Solicitó una entrevista, la consiguió y se entabló entre ellos una conversación asaz penosa. La viuda de Wynsham Lewis estaba rodeada de amigos, que desaprobaban aquel casamiento. Todos sabían que Disraeli estaba cargado de deudas. ¿Quién podía creer en su amor por una mujer doce años mayor que él? Sin duda la cortejó para apaciguar a sus acreedores con la noticia de aquella boda. Rosina Bulwer hablaba a menudo del gran amor de Dizzi por las cuatro mil libras de renta de Mary-Ann. Eran los últimos toques para completar al retrato de aquel hermoso aventurero sin escrúpulo. Había halagado a todos los partidos para conseguir entrar en el Parlamento, y terminaba por contraer matrimonio con una vieja para tener una casa y disfrutar de sus rentas. Aquellos rumores llegaron hasta los oídos de Mary-Ann, consiguiendo inquietarla. Era mujer ordenada y que llevaba sus cuentas al día. Amaba, pero no consentiría ser burlada, y lo expuso bastante brutalmente. Al salir de su casa, le escribió Disraeli:

<...En lo que concierne a los intereses materiales, ese matrimonio no podía serme de ninguna utilidad, se lo juro. Poseo todo lo que el mundo puede ofrecer. No es la aparente posesión de una renta lo que aumenta el brillo de la posición de un hombre. Quiero vivir como hasta ahora con honor, hasta que la inevitable marcha de los acontecimientos me conceda la independencia, que es lo único que ambiciono. Hablo de estos detalles tan desagradables, porque usted me ha tachado de interesado. Mi condescendencia no llegaría nunca hasta convertirme en favorito de una princesa, y todo el oro de Ofir sería poco para conducirme al altar. Son muy diferentes las cualidades que busco en el dulce ser que compartirá mi existencia. Mi naturaleza exige que mi vida sea un perpetuo amor...

<Adiós. No afectaré anhelar para usted la felicidad, porque no es usted persona capaz de conseguirla. Durante algunos años se agitará en un ambiente superficial; pero llegará el día en que suspirará por el consuelo de un corazón amante, viendo con desconsuelo que no le es posible encontrar uno que pueda serle fiel. Esa será la hora del castigo. Entonces me recordará con remordimiento y desesperación. Entonces evocará el apasionado corazón que perdió y el genio a quien hizo traición.>

 

LA SEÑORA DE WYNDHAM LEWIS AI DISRAELI

¡Por Dios, le suplico que venga! Estoy enferma y medio loca. De viva voz contestaré a todas sus preguntas. Nunca desearé verle abandonar mi casa, jamás pretendía hablar de intereses... No hace aun un año que quedé viuda, y con frecuencia noto la aparente incorrección de mi actitud. No dude usted de mi amistad.

 

***

El 28 de agosto de 1839 contrajeron matrimonio en la iglesia de San Jorge. En su libro de cuentas apuntó Mary –Ann: <Guantes, 2/6. En caja, 300 libras. Casada el 28 de agosto de 1839. El querido Dizzi se convierte en mi esposo.>

<Ya sé -le escribió él unos días antes de la ceremonia- que jamás se ofrecieron a dos seres humanos mayores probabilidades de felicidad completa y permanente. Pienso en el día de nuestra unión como en la época de mi vida que sellará mi carrera. Nada de lo que pueda ya ocurrir, estoy seguro de ello, podrá trastornar mi alma, porque tendré el refugio de su corazón para las penas y las desilusiones, y para guiarme por las sendas de la prosperidad y el triunfo contaré con su buen sentido, tan justo y rápido.>

Esto reflejaba, en efecto, exactamente lo que él esperaba del matrimonio.

***

 

Aquel mismo año se celebraron, igualmente, las bodas de otro miembro del Parlamento, más joven aun y no menos brillante, aquel William Gladstone con quien cenó Disraeli en casa de Lyndhurst el día en que fue servido un cisne trufado. Fue un casamiento distinto por completo, del cual es interesante anotar brevemente las circunstancias.

Gladstone encontró a su novia durante un viaje por Italia. Era hija de lady Glinne y viajaba con su madre, su hermana y sus damas, en una berlina. En Florencia las saludó un muchacho de facciones regulares y bien trazadas, y hubo de preguntar Catalina Glynne:

-¿Quién es?

-¿No lo conoce usted? Es el joven Gladstone, el hombre que, según la opinión pública, ha de ser un día primer ministro de Inglaterra.

El joven político intimó en seguida con la bella y piadosa muchacha. Sostuvo con ella una conversación en Santa María Magione. Hablaron de la parsimonia de los ingleses aplicada a la ornamentación de sus iglesias, si se le compara  con el lujo con que viven. Ella le preguntó:

-¿Cree usted que tenemos derecho a vivir de ese modo?

El joven apuntó en su diario: <La he amado por esa pregunta! Que grato es pensar que su corazón y su voluntad están entre las manos de Dios! !Quiera El estar siempre con ella!> Le pidió su mano cuando los dos se hallaban en el Coliseo, en una de las incomparables noches romanas de luna. Ella titubeó; pero más tarde la volvió a ver en Inglaterra, y paseándose con ella por un jardín a las orillas de un riachuelo, le refirió la historia de su alma, sus deseos de ser sacerdote, la oposición de su padre, y de qué modo se consagró a la política, comprendiendo que un hombre de Estado puede consagrar su poder a la gloria de la Iglesia. Lo escuchó emocionada y consintió en ser su mujer.

-Fundaremos nuestra vida -le dijo él- sobre este verso de Dante:

In la sua voluntate é nostra pace.

Contrajeron matrimonio en una aldea decorada de flores por sus respetuosos habitantes, que cubrieron con sus pobres alfombras el camino que los novios habían de recorrer. Al atardecer de aquel mismo día leyeron juntos la Biblia.

-Confío en que esta práctica diaria durará tanto tiempo como nuestra vida en común.

La señora de Gladstone llevó un poco de fantasía a la vida austera de su esposo. El era metódico y puntual. Todo lo clasificaba, y ella todo lo perdía. Ella solía decirle, en broma, que era conveniente para él tener una mujer sin orden, porque eso lo hacia un poco más humano. El, por su parte, le enseñó a analizar sus sentimientos, a vigilar su alma y a escribir un diario. Entre otras cosas, se leía en él:<He contratado una cocinera tras una larga conversación sobre asuntos religiosos, sobre todo entre ella y William.> Catalina Gladstone era encantadora. 

 

 

 

 

 

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