EL PODER Y LA GRANDEZA, por Jesús Nava (Filosofía Digital)

«Una mente pura detesta imponerse a sus semejantes y, como diría Washington, considera que la honradez es la mejor política».

Con el paso de los años he observado que las personas más sabias, inteligentes y cultas son las más sencillas, humildes y de trato más cálido y humano. Y las menos inteligentes y sabias son las más soberbias y altaneras. Éstas últimas se creen superiores a sus semejantes y con derecho a dirigirlos y humillarlos venido el caso.

Es asqueante ver a ese tipo de personalidades en cualquier lugar, pero principalmente en la política y la educación. Son una lacra para nuestra sociedad,nuestro medio ambiente, nuestra evolución y nuestra dignidad.

He copiado en favoritos este texto, porque me parece magistral todo su contenido. Son pensamientos que siempre me han acompañado y ahora encuentran una forma de expresión sublime en este texto, que leeré una y mil veces. Y cada vez que me tope con algún personajillo, muy abundantes por desgracia, en nuestra actual sociedad, lo recordaré para no deprimirme y para sentirme menos sola.

También me voy a aprender de memoria este pasaje de la Biblia, para que jamás se me olvide y venido el caso recitárselo a quien corresponda:

«Fueron una vez los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros. Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros. Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.”

Porque de zarzas está plagada nuestra sociedad, y yo que, a estas alturas, de santa tengo muy poco y la lengua con el paso de los años se me está soltando, sin freno ni vergüenza, ante los personajillos, voy a pegar fuego a todas las zarzas del mundo con la palabra. Y voy a abrazar, cuidar y dar las gracias a los hermosos, humildes y útiles árboles que nos dan tan generosamente sus frutos, sombra y oxígeno, allí dónde estén.

Comentario de Mª Dolores

***

 

 

***

El poder y la grandeza

Por Jesús Nava

Filosofía Digital

 

“Como dijo Ibsen, hay lobos porque hay ovejas. Pues como unos no hallan sosiego si no son mandados, otros encuentran sumo placer en mandar. La necesidad de poder y la de seguridad, la de buscar amparo y la de amparar, se equilibran a la perfección, como uno de esos pares de opuestos de los que hablaba HeráclitoNo dudo ni un instante de lo dicho por Camus: “La política y la suerte de los hombres están en manos de hombres sin ideal y sin grandeza”. Los que llevan en sí una grandeza no hacen política, ni se consagran a ella, porque no teniendo necesidad de ser poderosos, tampoco podrían dejar de ser honrados. Una mente pura detesta imponerse a sus semejantes y, al igual que Washington, considera que la honradez es siempre la mejor política. La verdadera grandeza se muestra en el servicio, no en el mando. Y aunque es hermoso guiar e instruir a los hombres para que sean más felices, son muy pocos los que saben hacerlo con modestia y humanidad.” 

 

 

La Biblia es un libro impresionante por muchos conceptos, excepto por el único que los cristianos -haciendo causa común con los judíos en lo concerniente al Antiguo Testamento- le atribuyen gratuitamente, tal vez para poder creer en ella: haber sido redactada, según dicen, por sus más de cuarenta autores diferentes, al dictado de Dios. Plagada de inconsistencias, contradicciones, fantasías y errores -humanos, demasiado humanos, diría Nietzsche– también contiene, no obstante, excelentes y provechosas -por verdaderas- lecciones de religión, ética, política y, sin ir más lejos, de psicología individual o colectiva.

En algún sitio leí que hubo un tiempo, no tan lejano, en que nadie era considerado culto en Europa si no había leído la Biblia y a Shakespeare. Hoy, en cambio, para dárselas de culto basta con leer un periódico a la hora del café y hablar alguna lengua foránea, aunque sea muerta. Así de variables son las modas culturales y las caprichosas opiniones humanas.

CUANDO LOS ÁRBOLES QUISIERON ELEGIR UN REY SOBRE SÍ

Pues bien, uno de los pasajes más bellos y profundos que encontré en mi primera lectura juvenil del texto bíblico, y cuyo aroma de sabiduría guardé y aún conservo -espero que para siempre- en mi corazón, es la fábula de Jotam, escondida cual tesoro entre las ruinas del Antiguo Testamento, concretamente en el bélico libro de los Jueces (9: 8-15). La traducción de Casiodoro de Reina (1.569), revisada por Cipriano de Valera (1.602), considerada una joya de la literatura española clásica, vierte así el texto original:

Fueron una vez los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros. Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros. Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.”

Esta fábula de los árboles buscando un rey que reinara “sobre ellos”, la recitó Jotam, desde la cumbre del monte Gerizim, a todos los varones de Siquem, cuando eligieron como rey a Abimelec, una vez que éste hubo decapitado sobre una piedra a los setenta hijos de Gedeón, uno de los jueces más queridos de Israel. Sólo Jotam escapó a la matanza de su hermanastro. Abimelec se hizo con el poder precisamente cuando en Israel reinaba plácidamente la anarquía:“En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 21:25).

¿Qué mueve a un hombre a querer reinar sobre otros hombres? ¿Qué intención anida en el corazón del que manda o aspira a mandar? La respuesta de todos los filósofos y estudiosos de la conducta humana ha sido unánime: la soberbia y la ambición. ¿Qué induce a la muchedumbre a querer ser gobernada por individuos semejantes a ella? ¿Por qué los espíritus serviles “buscan abrigo” a la sombra de los que tienen dotes de mando o manías de poder? La respuesta es igualmente unívoca: a cambio de seguridad y cobijo.

¿Dónde está pues el enigma de la servidumbre voluntaria? ¿Dónde el mérito de los líderes y gobernantes que pastorean a los hombres cual simple rebaño administrado? ¿Qué hay de enigmático en esta indigna complicidad entre amos y esclavos, entre soberbios y abyectos? ¡Es todo tan evidente y vulgar!

 

 

 

LA ESENCIA DEL HOMBRE ES SU NECESIDAD

Decía Demócrito que cada cosa existe por una razón y por necesidad. El célebre biólogo francés Jacques Monod prefería creer que el ilustre filósofo de Abdera había dicho que el mundo estaba regido por el azar y la necesidad. Pero dudo que esa, con ser la más común, sea la versión correcta del fragmento citado. Porque el azar no existe; y, como afirmó Einstein“Dios no juega a los dados”.

La necesidad todo lo gobierna con mano de hierro y trata a los hombres como a perros de paja. La esencia de un hombre es su necesidad, sus deseos más apremiantes e insoslayables. La necesidad que nos viene impuesta por naturaleza, eso somos. Decía Nietzsche del apóstol Pablo que “su necesidad era el poder”. Tal vez. Esa es la necesidad común de todos los que se consagran a la tarea indecente de dominar a otros hombres, pues si fueran honestos reconocerían que su máximo deleite consiste en gobernar vidas ajenas. Se les conoce a la legua porque prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león. Son lobos en busca de presa.

Pero, como dijo Ibsen, hay lobos porque hay ovejas. Pues como unos no hallan sosiego si no son mandados, otros encuentran sumo placer en mandar. La necesidad de poder y la de seguridad, la de buscar amparo y la de amparar, se equilibran a la perfección, como uno de esos pares de opuestos de los que hablaba Heráclito.

Por eso es tan difícil encontrar la verdadera grandeza. Hoy, como ayer, ni con la linterna de Diógenes encontraríamos en la política -o en otras muchas profesiones copadas también por los más ambiciosos- a un ser humano auténtico, libre, íntegro, equilibrado, un verdadero Hombre en suma, que sea dueño de sus pasiones y no consienta que se adueñe de él ni la mezquina abyección ni la manía de grandeza.

No dudo ni un instante de lo dicho por Camus“Los que llevan en sí una grandeza, no hacen política. Y así en todo”. Los que son portadores de alguna grandeza no hacen hoy política (en el peor sentido del término) ni se consagran a ella, porque no teniendo necesidad de ser poderosos, tampoco podrían dejar de ser honrados. Una mente pura detesta imponerse a sus semejantes y, al igual que Washington, considera que la honradez es siempre la mejor política.

Ni el olivo ni la higuera ni la vid renunciaron a su naturaleza propia “para ir a ser grandes sobre los árboles”. El olivo prosiguió dando su aceite, la higuera su dulzura y la vid su mosto, honrando, endulzando y alegrando respectivamente con sus frutos naturales la vida de los hombres. Sólo la zarza, de aspecto desapacible y fruto despreciable, fue lo suficientemente soberbia como para dejarse seducir por la tentación de reinar.

 

 

LA VERDADERA GRANDEZA Y LA POLÍTICA

¿Para qué otra cosa sirve una zarza? ¿Y cómo podría encumbrarse a tal altura, incluso por encima de árboles mucho más nobles, sin un arrebato de soberbia y despotismo? “Si en verdad me elegís por rey, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano”. ¡La zarza, un simple arbusto, amenazando con calcinar, caso de que no aceptaren abrigarse “bajo su sombra”, incluso a los mismísimos cedros del Líbano, tal vez los árboles más majestuosos del mundo!

La verdadera grandeza se muestra en el servicio, no en el mando. Y aunque es hermoso guiar e instruir a los hombres, para que sean más felices, son muy pocos los que saben hacerlo con modestia y humanidad. El único fin legítimo del gobierno es la felicidad del pueblo. Si alguien se esmera en guiar a los demás racionalmente, obra movido por un sentimiento justo y consecuente que le convertirá en un buen gobernante, pues sólo él podría desarrollar una política con corazón: “Quien se esfuerza, no en virtud de la razón, sino empujado por la pasión, en que los demás amen lo que él ama, y en que los demás acomoden su vida a la forma de ser de él, actúa solo por impulso, y por ello se hace odioso… Pero quien se esfuerza en guiar a los demás racionalmente, no obra por impulso, sino con humanidad y benignidad, y es del todo consecuente consigo mismo”.

Spinoza, además de lo dicho, ya había observado, en su “Tratado político”, que“la característica de los que mandan es la soberbia”; mucho después, Montesquieu en “El espíritu de las leyes”, consideró que “es una experiencia eterna, que todo hombre que tiene poder siente la inclinación de abusar de él, yendo hasta donde encuentre límites”. De cuya verdad extrajo su famosa conclusión:“Para que no se pueda abusar del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”.

¡Cuánto más seguro sería para todos el “autogobierno”, y no “crear” la necesidad artificial de poder, ni para gobernar ni para ser gobernados! ¡Ojalá amanezca pronto el día en que los hombres comprendan que, incluso a los ojos de la democracia, como dijo Tocqueville“el gobierno es un mal necesario”! Entretanto, si sabemos lo que nos conviene, distingamos con claridad entre poder y grandeza, entre ansias de mando y espíritu servicial.

Hay razón suficiente para pensar que en ser fiel a su naturaleza íntima y en obrar conforme le dicta su peculiar forma de ser, radica la dicha y la gloria del Hombre. Hasta el que se cree superior a todos y se siente legitimado para cabalgar a lomos de otros hombres, si modera su ambición, podría encontrar su verdadero destino.

 

 

 

 

Sé el primero en comentar

Deja tu opinión

Tu dirección de correo no será publicada.


*