EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD, por Edgar Allan Poe, 1845 (Traducción de Julio Cortázar). «La pulsión inmotivada que nos empuja hacia la autodestrucción»
«La Metamorfosis de Narciso» (1937), de Salvador Dalí
‘El demonio de la perversidad’ es un relato breve de Edgar Allan Poe (1809-1849), escrito en 1845. De todos los relatos de Poe, este es uno de los que más prefiguran las ideas de Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis. Antes de proceder a un resumen y análisis de este relato.
‘El demonio de la perversidad’: sinopsis
La trama de “El duende de la perversidad” –si es que podemos describir los breves “acontecimientos” de la historia como si constituyeran una trama en sí– se puede resumir fácilmente. La historia está narrada por un hombre que comienza su relato comentando la perversidad de toda la humanidad. Luego nos dice que cometió un asesinato encendiendo una vela envenenada en la habitación del hombre al que asesinó, para poder heredar su patrimonio.
Nos confiesa que todo fue bien durante varios años: su crimen no fue descubierto y, a todos los efectos, se salió con la suya. De hecho, está convencido de que es invencible y que su culpabilidad nunca será descubierta.
Sin embargo, se envalentona tanto que empieza a cometer actos simplemente porque sabe que está mal hacerlo: se deja llevar por el «espíritu de lo perverso». Al final, termina proclamando su culpabilidad, no porque quiera liberarse de la carga de su culpa, sino porque quiere hacer público el hecho de que ha cometido un crimen tan perfecto.
‘El duende de lo perverso’: análisis
Como ocurre con muchos de los cuentos de Poe, ‘El demonio de lo perverso’ explora los aspectos más oscuros de la psique y esa pregunta que todos nos hemos hecho de vez en cuando: ¿por qué algunas personas, que son humanas como tú o yo, son capaces de cometer actos de una maldad atroz, cuya sola idea nos repele?
Una de las preguntas que solemos hacernos cuando nos enteramos de un asesinato terrible es: ¿cuál fue la motivación del asesino? Escuchar que conocía a la víctima, que había una historia entre ellos, que actuaba en defensa propia, etc., todo esto nos tranquiliza porque parece devolver cierto sentido de orden y razón a los acontecimientos. Nos tranquiliza y nos dice que la gente no comete crímenes horribles simplemente porque quiere hacerlo.
La historia de Poe, sin embargo, muestra que esta es la razón por la que anhelamos esas respuestas, esa seguridad: porque sabemos, en el fondo, que los humanos son capaces de lo que Coleridge llamó «malignidad sin motivo«.
Y ‘El duende de lo perverso’ nos muestra que todos lo sabemos, en el fondo, porque, en el fondo, todos tenemos ese impulso dentro de nosotros. Lo que pasa es que la mayoría de nosotros no lo ponemos en práctica.
Esto es lo que nos dice el narrador de Poe:
La inducción, a posteriori, habría llevado a la frenología a admitir, como principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podríamos llamar perversidad, a falta de un término más característico.
En el sentido que pretendo, es, de hecho, un móvil sin motivo, un motivo no motivirt [la errónea traducción alemana que hace Poe de la palabra «motiviert», que significa «motivado»].
Por sus impulsos actuamos sin un objeto comprensible; o, si esto se entiende como una contradicción en los términos, podemos modificar la proposición hasta el punto de decir que por sus impulsos actuamos por la razón de que no deberíamos hacerlo.
En teoría, ninguna razón puede ser más irrazonable, pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. En ciertas mentes, bajo ciertas condiciones, se vuelve absolutamente irresistible.
La idea de que «actuamos por la razón de que no deberíamos hacerlo» prefigura la idea de la psicología negativa , pero se puede decir que la historia de Poe en su conjunto anticipa la descripción de Sigmund Freud del papel del ello en la mente inconsciente.
El ello hace cosas simplemente porque quiere, y no piensa si son moralmente correctas o incorrectas. Si le parece bien, el ello piensa que debería hacerlo. Excepto, por supuesto, que el ello no piensa en absoluto, al menos no en ningún sentido significativo.
La frase citada anteriormente, «malignidad sin motivo», proviene de la descripción que hace Coleridgedel personaje de Yagoen Otelo. Yago es uno de los personajes malvados por excelencia de toda la literatura: ofrece tres o cuatro motivaciones distintas (lo que Coleridgellama «racionalizaciones») para sembrar las semillas de la duda en la mente de Otelosobre la fidelidad de su esposa y, por lo tanto, no ofrece ningún motivo, ya que está claramente impulsado por algo separado de una causa racional.
Esto, en esencia, es lo mismo que el narrador de ‘El duende de lo perverso’ identifica en la cita anterior.
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«El demonio de la perversidad», de Edgar Allan Poe
Perversidad, la pulsión inmotivada que empuja a la persona a empeñarse en la comisión de faltas, incluso en contra de sus propios intereses
Primera publicación del relato en la edición de julio de 1845 de Graham’s Magazine, Vol. XXVIII, Filadelfia.
El demonio de la perversidad (The Imp of the Perverse) es un relato corto del escritor y crítico estadounidense del siglo XIX Edgar Allan Poe. Comienza como un ensayo y trata de los impulsos autodestructivos del narrador, encarnados en la metáfora simbólica del demonio de la perversidad o diablillo perverso. El narrador describe a este espíritu como el agente que tienta a una persona a hacer cosas «simplemente porque sentimos que no deberíamos hacerlas». El espíritu de la perversidad, así, se representa como un demonio. La frase es hoy corriente en lengua inglesa, y se considera que este autor pudo estar en el origen de la misma.
En la historia, el narrador comete un asesinato para heredar los bienes de un hombre. Un forense atribuye la muerte a «la voluntad de Dios», y el narrador se beneficia de su crimen. Varios años después, el narrador empieza a obsesionarse con una posible confesión por su crimen. En un impulso autodestructivo, confiesa su crimen en público, lo que lleva a su rápido juicio y ejecución.
El demonio de la perversidad comienza como un ensayo más que como una obra de ficción, un formato que Poe utilizó anteriormente en El entierro prematuro. Por lo tanto, se trata menos de la trama y más de la teoría. Como Poe describe esta teoría:
Estamos al borde de un precipicio. Nos asomamos al abismo y nos mareamos. Nuestro primer impulso es alejarnos del peligro. Inexplicablemente nos quedamos… no es más que un pensamiento, aunque temible, y que hiela la médula de nuestros huesos con la ferocidad del deleite de su horror. No es más que la idea de cuáles serían nuestras sensaciones durante la precipitación arrolladora de una caída desde tal altura… por esta misma causa la deseamos ahora más vivamente.
La obra teoriza que todas las personas tienen tendencias autodestructivas, incluido el narrador. La confesión final del narrador como asesino no está inspirada por ningún sentimiento de culpa sino, por el contrario, por un deseo irrefrenable de dar a conocer sus actos a pesar de saber que no debería hacerlo.
El relato puede haberse inspirado en Idiosincracias de John Neal, un cuento similar al de Poe publicado dos años antes en el periódico literario Brother Jonathan.
El relato se ha destacado por su análisis psicológico del comportamiento y las motivaciones humanas, que presagia los conceptos de Sigmund Freud y Carl Jung y el psicoanálisis. «De todos los relatos de Poe, éste es uno de los que con más fuerza prefigura las ideas de Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis«. La teoría de Poe del diablillo perverso puede ser también una noción temprana del subconsciente y la represión, que no se teorizaría plenamente hasta Freud.
Ezechia Marco Lombroso (1835-1909), conocido con el pseudónimo Cesare Lombroso, fue un criminólogo y médico italiano, fundador de la escuela de criminología positivista, conocida en su tiempo también como la Nueva Escuela (Nuova Scuola).
Muchos de los personajes de Poe muestran una incapacidad para resistirse al «demonio de la perversidad» que anida en ellos, como el asesino de El gato negro y el narrador de El corazón delator. Lo contrario de este impulso se observa en el personaje de Poe, C. Auguste Dupin, que hace gala de razón y profundo análisis. Uno de los primeros ejemplos, anterior a El demonio de la perversidad, aparece en la novela de Poe La narración de Arthur Gordon Pym. En una escena, el personaje del título se ve invadido por un deseo irrefrenable de dejarse caer por un precipicio escarpado.
Además, estudiosos y críticos sugieren que Poe tenía su propio demonio de la perversidad. El biógrafo de Poe, Jeffrey Meyers, sugirió que Poe lo escribió para justificar sus propias acciones de autotormento y autodestrucción. James M. Hutchisson afirma que la obra refleja los celos y el sentimiento de traición de Poe que le llevaron a su enemistad pública con Henry Wadsworth Longfellow y la cultura literaria de Nueva Inglaterra; la llamada «Guerra de Longfellow» (Longfellow War), en la que Poe lo acusó de plagio, estaba teniendo lugar en la misma época en que Poe escribió El demonio de la perversidad.
Tres meses después de la publicación del relato, Poe arremetió contra el círculo literario de Boston intentando engañarlos con la lectura de su oscuro poema Al Aaraaf en una conferencia. El biógrafo Daniel Stashower sugiere que el intento deliberado de Poe de provocar a su público y alienarse aún más fue inspirado por sudemonio de la perversidad.
Una ilustración del siglo XIX típica sobre frenología. En la década de 1820, los frenólogos afirmaban que podían medir las «protuberancias» del cráneo de los individuos para predecir los rasgos de su personalidad. Desacreditada fuertemente en la década de 1840, fue la primera disciplina en ser llamada pseudociencia y es considerada como tal hasta el día de hoy.
El demonio de la perversidad
Poe emplea la mayor parte del cuento en exponer su teoría del «demonio de la perversidad«, aunque no está probado si fue él mismo quien creó el término. A través de la voz del narrador anónimo, Poe describe la ‘perversidad‘ (perverseness, con un sentido del que carece el vocablo en castellano) como una especie de impulso primitivo pasado por alto por los frenólogos y moralistas.
Se trata de una pulsión inmotivada que empuja a la persona a empeñarse en la comisión de faltas, incluso en contra de sus propios intereses.
Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que la demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces, energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea, y en la anticipación de su magnífico resultado nuestra alma se enardece. Debe, tiene que ser emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; y ¿por qué? No hay respuesta, salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del principio.
Julio Cortázar recuerda que, para el biógrafo francés de Poe, Émile Lauvrière, el sentido de la perverseness tampoco coincide con el sentido de la palabra en francés. En inglés es el «encarnizamiento en hacer lo que no se quisiera y no se debiera hacer». También apunta que Poe, que en general aceptaba los principios de la frenología, en este relato sin embargo parece considerarla como una pseudociencia.
En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma humana los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe como un sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron también habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan sólo por falta de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos ha ocurrido pensar en ella, simplemente por su gratuidad. No creímos que esa tendencia tuviera necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos entender, es decir, aunque la noción de este primum mobile se hubiera introducido por sí misma, no podíamos entender de qué modo era capaz de actuar para mover las cosas humanas, ya temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran medida toda la metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que el hombre que piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictarle propósitos. Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová, construyen sobre estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. En materia de frenología, por ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural hacerlo), que entre los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera. Asignamos, pues, a éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es el acicate con el cual la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo lugar, habiendo decidido que la voluntad de Dios quiere que el hombre propague la especie, descubrimos inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos con la combatividad, la idealidad, la casualidad, la constructividad, en una palabra, con todos los órganos que representan una tendencia, un sentimiento moral o una facultad del puro intelecto. Y en este ordenamiento de los principios de la acción humana, los spurzheimistas, con razón o sin ella, en parte o en su totalidad, no han hecho sino seguir en principio los pasos de sus predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir del destino preconcebido del hombre y tomando como fundamento los propósitos de su Creador.
Hubiera sido más prudente, hubiera sido más seguro fundar nuestra clasificación (puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en lo que siempre hace ocasionalmente, en cambio de fundarla en la hipótesis de lo que Dios pretende obligarle a hacer. Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras? Si no podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo hemos de comprenderlo en sus tendencias esenciales y en las fases de la creación?
La inducción a posteriori hubiera llevado a la frenología a admitir, como principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar perversidad a falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones accionamos sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos, podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones accionamos por la razón de que no deberíamos actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguno más fuerte. Para ciertos espíritus, en ciertas condiciones llega a ser absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en la seguridad de la equivocación o el error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza irresistible, la única que nos impele a su persecución. Esta invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo no admitirá análisis o resolución en elementos ulteriores. Es un impulso radical, primitivo, elemental. Se dirá, lo sé, que cuando persistimos en nuestros actos porque sabemos que no deberíamos hacerlo, nuestra conducta no es sino una modificación de la que combinada provoca la combatividad de la frenología. Pero una mirada mostrará la falacia de esta idea. La combatividad, a lo cual se refiere la frenología, tiene por esencia la necesidad de autodefensa. Es nuestra salvaguardia contra todo daño. Su principio concierne a nuestro bienestar, y así el deseo de estar bien es excitado al mismo tiempo que su desarrollo. Se sigue que el deseo de estar bien debe ser excitado al mismo tiempo por algún principio que será una simple modificación de la combatividad, pero en el caso de esto que llamamos perversidad el deseo de estar bien no sólo no se manifiesta, sino que existe un sentimiento fuertemente antagónico.
Ilustración para el relato por Arthur Rackham, 1935
Si se apela al propio corazón, se encontrará, después de todo, la mejor réplica a la sofistería que acaba de señalarse. Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical. No es más incomprensible que característica. No hay hombre viviente a quien en algún período no lo haya atormentado, por ejemplo, un vehemente deseo de torturar a su interlocutor con circunloquios. El que habla advierte el desagrado que causa; tiene toda la intención de agradar; por lo demás, es breve, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y más luminoso lucha por brotar de su boca; sólo con dificultad refrena su curso; teme y lamenta la cólera de aquel a quien se dirige; Sin embargo, se le ocurre la idea de que puede engendrar esa cólera con ciertos incisos y ciertos paréntesis. Este solo pensamiento es suficiente. El impulso crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo, el anhelo hasta un ansia incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando todas las consecuencias) es consentida.
Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que la demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces, energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea, y en la anticipación de su magnífico resultado nuestra alma se enardece. Debe, tiene que ser emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; y ¿por qué? No hay respuesta, salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del principio. El día siguiente llega, y con él una más impaciente por cumplir con nuestra ansiedad deber, pero con este verdadero aumento de ansiedad llega también un indecible anhelo de postergación realmente espantosa por lo insondable. Este anhelo cobra fuerzas a medida que pasa el tiempo. La última hora para la acción está al alcance de nuestra mano. Nos extremamos la violencia del conflicto interior, de lo definido con lo indefinido, de la sustancia con la sombra. Pero si la contienda ha llegado tan lejos, la sombra es la que vence, luchamos en vano. Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad. Al mismo tiempo es el canto del gallo para el fantasma que nos había atemorizado. Vuela, desaparece, somos libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es demasiado tarde!
Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una nube de sentimientos inefables. Por grados aún más imperceptibles esta nube cobra forma, como el vapor de la botella de donde surgió el genio en Las mil y una noches. Pero en esa nube nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho más terrible que cualquier genio o demonio de leyenda, y, sin embargo, es sólo un pensamiento, aunque temible, de esos que hielan hasta la médula de los huesos con la feroz delicia de su horror. Es simplemente la idea de lo que serán nuestras sensaciones durante la velocidad de caída desde semejante altura. Y esta caída, esta fulminante aniquilación, por la simple razón de que implica la más espantosa y la más abominable entre las más espantosas y abominables imágenes de la muerte y el sufrimiento que jamás se hayan presentado a nuestra imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y porque nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él con más ímpetu. No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoniaca como la del que, estremecido al borde de un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un instante cualquier atisbo de pensamiento significa la perdición inevitable, pues la reflexión no hace sino apremiarnos para que no lo hagamos, y justamente por eso, digo, no podemos hacerlo. Si no hay allí un brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en el súbito esfuerzo de echarnos atrás, nos arrojamos, nos destruimos.
Examinamos estas acciones y otras similares: encontraremos que resultan sólo del espíritu de perversidad. Las perpetramos simplemente porque sentimos que no deberíamos hacerlo. Más acá o más allá de esto no hay principio inteligible, y podríamos en verdad considerar su perversidad como una instigación directa del demonio si no supiéramos que a veces actúa en fomento del bien.
He hablado tanto que en cierta medida puedo responder a tu pregunta, puedo explicaros por qué estoy aquí, puedo mostraros algo que tendrá por lo menos una débil apariencia de justificación de estos grillos y esta celda de condenado que ocupo. Si no hubiera sido tan prolijo, o no me hubierais comprendido, o, como la chusma, me hubiera considerado loco. Ahora anunciaremos fácilmente que soy una de las innumerables víctimas del demonio de la perversidad.
Es imposible que acción alguna haya sido preparada con más perfecta deliberación. Semanas, meses enteros medité en los medios del asesinato. Rechacé mil aviones porque su realización implicaba una chance de ser descubierta. Por fin, leyendo algunas memorias francesas, encontré el relato de una enfermedad casi fatal sobrevenida a madamePilaupor obra de una vela accidentalmente envenenada. La idea impresionó de inmediato mi imaginación. Sabía que mi víctima tenía la costumbre de leer en la cama. Sabía también que su habitación era pequeña y mal ventilada. Pero no necesito fatigaros con detalles impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante los cuales sustituí, en el candelero de su dormitorio, la vela que allí encontré por otra de mi fabricación. A la mañana siguiente lo hallaron muerto en su lecho, y el veredicto del forense fue: «Muerto por la voluntad de Dios».
Heredé su fortuna y todo anduvo bien durante varios años. Ni una sola vez cruzó por mi cerebro la idea de ser descubierta. Yo mismo hice desaparecer los restos de la bujía fatal. No dejé huella de una pista por la cual fuera posible acusarme o siquiera hacerme sospechoso del crimen. Es inconcebible el magnífico sentimiento de satisfacción que nacía en mi pecho cuando reflexionaba en mi absoluta seguridad. Durante un período muy largo me acostumbré a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionaba un placer más real que las ventajas simplemente materiales derivados de mi crimen. Pero le sucedió, por fin, una época en que el sentimiento agradable llegó, en gradación casi imperceptible, a convertirse en una idea obsesiva, torturante. Torturante por lo obsesivo. Apenas podía librarme de ella por momentos. Es harto común que nos fastidie el oído, o más bien la memoria, el machacón estribillo de una canción vulgar o algunos compases triviales de una ópera. El martirio no sería menor si la canción en sí misma fuera buena o el aria de ópera meritoria. Así es como, al fin, me descubría permanentemente pensando en mi seguridad y repitiendo en voz baja la frase: «Estoy a salvo».
Un día, mientras vagabundeaba por las calles, me sorprendí en el momento de murmurar, casi en voz alta, las palabras acostumbradas. En un acceso de petulancia les di esta nueva forma: «Estoy a salvo, estoy a salvo si no soy lo bastante tonto para confesar abiertamente.»
No bien pronuncié estas palabras, sentí que un frío de hielo penetraba hasta mi corazón. Tenía ya alguna experiencia de estos accesos de perversidad (cuya naturaleza he explicado no sin cierto esfuerzo) y recordaba que en ningún caso había resistido con éxito sus embates. Y ahora, la casual insinuación de que podía ser lo bastante tonto para confesar el asesinato del cual era culpable se enfrentaba conmigo como la verdadera sombra de mi asesinado y me llamaba a la muerte.
Al principio hice un esfuerzo para sacudir esta pesadilla de mi alma. Caminé vigorosamente, más rápido, cada vez más rápido, para terminar corriendo. Sentía un deseo enloquecedor de gritar con todas mis fuerzas. Cada ola sucesiva de mi pensamiento me abrumaba de terror, pues, ay, yo sabía bien, demasiado bien, que pensar, en mi situación, era estar perdido. Aceleré aún más el paso. Salté como un loco por las calles atestadas. Al fin, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación de mi destino. Si hubiera podido arrancarme la lengua, lo habría hecho, pero una voz ruda resonó en mis oídos, una mano más ruda me aferró por el hombro. Me volví, abrí la boca para respirar. Por un momento experimenté todas las angustias del ahogo: estaba ciego, sordo, aturdido; y entonces algún demonio invisible -pensé- me golpeó con su ancha palma en la espalda. El secreto, largo tiempo prisionero, irrumpió de mi alma.
Dicen que hablé con una articulación clara, pero con marcado énfasis y apasionada prisa, como si temiera una interrupción antes de concluir las breves pero densas frases que me entregaban al verdugo y al infierno.
Después de relatar todo lo necesario para la plena acusación judicial, caí por tierra desmayado.
Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí ! ¡Mañana estará libre! Pero ¿dónde?
FIN
Ilustración para el relato por Arthur Rackham, 1935
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