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«Cuando la gente se moría por ser amiga de Hitler», por Emilio de Miguel Calabia

"Cuando la gente se moría por ser amiga de Hitler"

 

Colaboracionistas: la venganza contra el ejército oculto que ayudó a Hitler a conquistar Europa

En su nuevo ensayo histórico, David Alegre se adentra en las causas que llevaron a miles de civiles y soldados a apoyar al Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial

Por Manuel P. Villatoro

ABC, 26 ABRIL 2022

amiga de Hitler
Colaboracionistas ucranianos en la IIGM - ABC

 

El colaboracionismo emana el tufo acre y denso de la deslealtad; algo que pocos pueden perdonar. Si bien hoy existe cierto respeto hacia los alemanes que combatieron en la ' Wehrmacht' –las fuerzas armadas del Tercer Reich– por su relativa ideologización, no ocurre lo mismo con las unidades de voluntarios que lucharon en el lado del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Cuenta David Alegre, profesor en el Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona, que a ellos les esperaba «la reclusión, el procesamiento y la purga por traición a la patria» tras el conflicto. No tuvieron perdón ni piedad, como bien explica en su nuevo ensayo: 'Colaboracionistas' (Galaxia Gutenberg).

«El colaboracionismo se considera un anatema porque, a ojos de una parte importante de las sociedades europeas, suponía un cuestionamiento frontal de la idea misma de la soberanía nacional, de la independencia y de la ciudadanía tal y como se concebía desde la revolución francesa», explica a ABC Alegre.

Dos caras

Con todo, el fenómeno que analiza Alegre tiene dos caras. La más amable es la de algunas mujeres acusadas de colaboracionistas en la Francia liberada. Aquellas profesoras que acogieron a oficiales germanos en sus casas para ganar algún dinero fueron tildadas de 'colchón de boches', rapadas al cero delante de la muchedumbre enfervorecida y paseadas en camiones para escarnio de toda la población. Una injusticia. A cambio, el reverso más triste y habitual fueron las unidades de voluntarios que combatieron durante el conflicto aupadas por los fascismos locales con la anuencia de las autoridades del Tercer Reich. La mayoría, bajo el paraguas de la 'Wehrmacht' o de las temibles SS.

En su nuevo ensayo, concienzudo y extenso, Alegre se centra en esa cara más amarga de los colaboracionismos. Desde Francia a los Países Bajos, pasando por Dinamarca o Noruega, repasa las organizaciones que se pusieron del lado germano en la Segunda Guerra Mundial, tanto civiles como castrenses. Lo llamativo es que no lo hace desde una perspectiva revanchista o parcial, sino con el anhelo de zambullirse en las causas que llevaron a tal o cual grupo a ser partícipe de la barbarie. No busca excusar las tropelías; tampoco extender un velo de falsa bondad sobre ellos. Pero sí poner en contexto sus motivaciones.

Solo escapan a su lupa el complejo caso de Italia y el de los colaboracionistas de los territorios balcánicos y soviéticos bajo el control del Eje. Y no por falta de interés, sino porque, en sus palabras, requerirían una obra aparte. De momento, el centro de sus miradas es la Europa más occidental. «Mi objetivo ha sido iluminar los aspectos más destacados del colaboracionismo y las formas de dominación del Reich, junto con las políticas del fascismo europeo en su intento por hacer realidad sus proyectos», desvela. Todo, a través de pequeñas biografías que engarzan con la gran Historia, esa con H mayúscula.

Justificar la traición

Las razones de la traición se cuentan por decenas y dependen del país que se analice. Entre ellas se halla la máxima del Nuevo Orden. A saber: las reglas que establecería el Tercer Reich tras aplastar los viejos estados. Esa idea de que la maquinaria nazi era imparable empujó a muchos europeos a adherirse a los preceptos nazis. La generalización de los mandamientos fomentados por Adolf Hitler a través de sus organismos de prensa y de congresos colosales como el de Núremberg –a donde acudieron miles y miles de extranjeros– dio el empujón definitivo a los pequeños partidos nacionalistas y extremistas locales. El avance imparable de los carros de combate germanos a través de Polonia y Francia hizo el resto.

Aquello dio rienda suelta a la barbarie en países como Francia o Ucrania. En el primero, en su parte colaboracionista, el Gobierno de Pétain fomentó redadas como la del Velódromo de Invierno, en la que miles de mujeres y niños fueron deportados a los campos de concentración del Tercer Reich. En el segundo, las milicias locales protagonizaron una infinidad de matanzas como la de Maropol, al norte de Kiev. «Esto, en un momento que fue entendido por no pocos europeos como el más negro de sus respectivas historias nacionales, hizo que la colaboración con el ocupante fuera vista como el paradigma de la inmoralidad y la traición», afirma Alegre en declaraciones a ABC. A la mayoría, la justicia les estaba esperando tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

 

Pétain y Hitler, tras la invasión y derrota de Francia en 1940 - ABC

 

La respuesta de aquel ejército en la sombra fue variopinta. La excusa generalizada fue que poco podían hacer ante la maquinaria opresiva del Tercer Reich. «Muchos de los que colaboraron por motivos políticos, con la idea de aprovechar el paraguas alemán para relanzar sus proyectos, se justificaron afirmando que, gracias a su mediación, las políticas de ocupación fueron menos cruentas», añade Alegre. Un escudo como cualquier otro. En palabras del profesor español, fue algo parecido a lo que sostuvieron las élites tradicionales como argumento para mantener en marcha sus fábricas, las burocracias estatales y los tribunales nacionales al servicio de los nazis.

¿Qué tenían de verdad estas excusas? Según Alegre, poco: «La experiencia de los contemporáneos a los hechos y la documentación nos cuentan cosas diferentes: en muchos casos, los colaboracionistas aprovecharon sus posiciones de autoridad subsidiarias dentro de la maquinaria alemana para medrar, beneficiarse con el expolio de sus propios conciudadanos participando de él y ejercer un poder despótico y violento contra sus convecinos». Así se explica que la resistencia armada contra la ocupación hiciera de ellos y sus familias sus principales objetivos. «Sobre todo, porque eran conscientes de que a las fuerzas ocupantes no les podían crear grandes problemas y de que a estas las echaría de sus países el esfuerzo de guerra aliado».

Enemigo interior

Así, tras la Segunda Guerra Mundial, se inició una caza sin cuartel contra los viejos aliados de los germanos. «Se trataba de acabar con el enemigo doméstico con la vista puesta en el futuro orden de posguerra, también porque matar a un colaboracionista en lugar de a un alemán tenía un coste represivo mucho menor», desvela el autor a ABC. En palabras de Alegre, así se explica también la fractura que el colaboracionismo y la guerra dejaron tras de sí, con las comunidades locales rotas, el odio y los vastos procesos judiciales contra esos aliados político-militares en la posguerra.

Aunque esta caza tuvo otro objetivo: esconder los pecados individuales. Y es que, aunque se ha ocultado, fueron muchos los ciudadanos que no presentaron resistencia alguna a los preceptos nazis; ya fuera por miedo, por interés o, simplemente, por comodidad. «Estas prácticas sirvieron para crear una pantalla de humo con la que se pretendía ocultar o simplificar el alcance real de la colaboración a todos los niveles de la sociedad, sobre todo por parte de esas mismas viejas élites que, en muchos casos, volvieron a la política y necesitaron ocultar su responsabilidad en la derrota militar frente a la Alemania nazi y sus coqueteos con proyectos de reforma del estado en clave autoritaria», finaliza.

 

El 24 de noviembre de 1.941 salía desde la Estación del Norte de Madrid la primera expedición de «esclavos» para el III REICH: «Madrid les despide con toda cordialidad rindiendo homenaje a esos trabajadores cuya marcha contribuye de una manera positiva a aliviar el problema del paro (…) Van a mostrar su capacidad y la formación técnica que han logrado dentro de sus oficios (…) Todas las grandes ventajas que las leyes alemanas brindan a sus trabajadores van a ser percibidas por los productores alistados para servir a la gran industria alemana (…) decía un cínico y tramposo ministro de trabajo, GIRON DE VELASCO, en aquella despedida acompañada con los himnos y ladridos del ritual fascista.

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¿Cómo se hicieron nazis los alemanes de a pie?

Un periodista judío entrevisto en 1951 a una decena de alemanes corrientes que habían abrazado al nazismo

Por Grego Casanova

Vozpopuli, 29 ABRIL 2022

 

Conserje, soldado, ebanista, panadero, profesor, policía… La mayoría no eran “nazis convencidos” pero fueron tocando el veneno por diversos motivos. La afiliación al partido podía llegar por ventajas laborales como algunos profesores o por la “seguridad” y la estabilidad que buscaba Gustav Schwenke, que seguía mojando la cama a los 20 años, y que el uniforme de las SA le cayó como un regalo del cielo en el año 1932, después de estar años buscando un trabajo. El sueldo y uniforme pardo representaban todo lo que él ansiaba, empleo estatal fijo, salario y pensión. 

Gustav era el hijo del sastre Karl-Heinz, este sí un nacionalsocialista convencido. Cuando fue entrevistado más de un lustro después del colapso del Tercer Reich, Karl-Heinz seguía reprochando a Mayer los “atropellos” que las democracias habían infligido a Alemania. “Hasta mi uniforme del ejército estaba ajado. Mis medallas, vendidas. Yo no era nada. Luego, de repente, fui necesario. El nacionalsocialismo tenía un lugar para mí. No era nada… y luego fui necesario”, le espetaba a su interlocutor.

Pero, ¿cómo se hicieron nazis gente aparentemente normal y corriente? Un periodista estadounidense de 42 años decidió instalarse en 1951 con su mujer y sus hijos en la pequeña ciudad alemana de Marburgo y realizar una investigación para conocer cómo la gente normal fue capaz de abrazar el nazismo. Su objetivo era conocer las situaciones personales que empujaron al “alemán corriente” a apoyar la trituradora humana del régimen nazi. También le interesaba la forma en que estas personas aceptaron o eludieron su propia responsabilidad moral por el papel que jugaron en ello.

 

 

Comercio judío destrozado en Magdeburgo tras la Noche de los cristales rotos

"Amigos nazis"

Mayer, que no hablaba alemán, se presentó a esta decena de hombres junto a intérpretes, y durante paseos, comidas o cafés fue escarbando entre los recuerdos y sentimientos de los que llamó como sus “amigos nazis”. Mayer nunca desveló sus orígenes judíos, para evitar que esta condición impidiera a sus contertulios hablar abiertamente de antisemitismo.  El resultado fue publicado por primera vez en 1956 bajo el título Creían que eran libres. Los alemanes, 1933-1945que ahora ha publicado la Gatopardo Ediciones.  En la precaria situación de la posguerra alemana en la que fueron realizadas las entrevistas, Karl-Heinz el sastre nazi convencido mantenía los reproches a las potencias aliadas. Si en los años veinte el Tratado de Versalles era el culpable de todos los males alemanes, a comienzos de la década de 1950, el resentimiento seguía intacto: “Ya ha visto lo que sus ‘democracias’ hicieron con nosotros”, le reprochaba en uno de sus encuentros a Mayer. 

Además de los reproches a los vencedores de la guerra, también mantenía incólume su antisemitismo: “Dicen que mataron a seis millones de judíos, pero cuando uno ve cuántos sigue habiendo en todo el mundo, son tantos como siempre”, comentaba sin saber que tenía a uno de ellos delante. Mayer le destaca como el más primitivo y está convencido de que participó en el incendio de la sinagoga de la ciudad. Él, su hijo, el panadero y el cobrador mantuvieron durante las entrevistas que los judíos llevados a campos de concentración eran “traidores”, y solían acompañar sus discursos con la retahíla conspiranoica que posicionaba al judaísmo internacional al frente de todos los negocios y poderes mundiales.

 

Dicen que mataron a seis millones de judíos, pero cuando uno ve cuántos sigue habiendo en todo el mundo, son tantos como siempre

 

El resto de los testimonios muestran la total indiferencia de sus entrevistados ante las emigraciones y deportaciones masivas. Sus “amigos nazis” simplemente no se daban cuenta de que sus convecinos cruzaban el charco y dejaban su hogar porque llevaban años en los que no formaban parte de su misma comunidad. De niños no jugaban con ellos y de adultos, aunque tenían relaciones comerciales, simplemente se despreocupaban por el destino de aquel médico que un día se encontraron en una estación de tren cargado con maletas o de la familia que ostentaba una tienda que cerró. Simplemente se habían ido, se seguían autoconvenciendo años más tarde.

Castigo a los perdedores

Uno de las partes más interesantes del libro llega en el momento de la rendición de cuentas de Núremberg. Los juicios no convencieron a los amigos nazis de Mayer. El Tribunal Internacional condenó a la horca una docena de altos jerarcas del Tercer Reich, después del suicidio de algunos líderes como Hitler, Himmler, o Goebbels. “La nueva era de la moralidad internacional” como calificó The New York Times al cadalso de Núremberg representó una medicina muy amarga para los entrevistados por Mayer. El periodista señala las sentencias como un auténtico fracaso para convencer a estos alemanes de su culpabilidad. “Lo consideraron en su conjunto como un castigo adicional por ser los perdedores de la guerra”, apunta Mayer.

La edición de Gatopardo viene acompañada de un imprescindible epílogo del experto en la Alemania nazi Richard J. Evans que advierte que la muestra de Mayer resulta engañosa en varios aspectos. En primer lugar, las entrevistas no incluyen a mujeres y la ciudad presentaba distorsiones con respecto a otras urbes del Reich al tener un alto porcentaje de funcionarios, más del doble, que en el resto de Alemania. Además de una reducida población católica, generalmente menos partidaria del partido nazi que los protestantes. 

Evans comparte la sospecha con el entrevistador sobre si todos los protagonistas dijeron la verdad. En el momento en el que se realizó el trabajo todavía había causas pendientes como la quema de sinagogas y la la rotura de cristales de los comercios judíos. Evans también señala otros sesgos de la investigación de Mayer, pero concluye que las entrevistas resultan un útil testimonio de cómo personas comunes pueden ser seducidas por demagogos y populistas, y “cómo son capaces de apoyar a un régimen que comete más y más acciones criminales hasta acabar hundido en la guerra y genocidio”.

 

Operación Paperclip: los científicos nazis reclutados por Estados Unidos.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos llevó a trabajar a instituciones académicas y entidades militares estadounidenses a unos 1.600 científicos alemanes. Algunos de ellos habían tenido responsabilidad directa en las atrocidades del III Reich, incluso los hubo que fueron juzgados por crímenes de guerra y las autoridades estadounidenses procuraron su absolución.

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Cuando la gente se moría por ser amiga de Hitler (1)

Por Emilio de Miguel Calabia

Bukubuku (ABC), 10 ABRIL 2022

amiga de Hitler

He leído que estos días más de uno querría borrar de las hemerotecas las referencias a sus visitas a Moscú y todas las veces que habló en tono elogioso de Putin. La Historia se repite. Algo parecido ocurrió hace 90 años, sólo que entonces el personaje con el que había que borrar todas las trazas se llamaba Adolf Hitler.

Empecemos por las clases altas británicas. Hasta la anexión alemana de los Sudetes checos, le tenían más miedo al comunismo que al nazismo alemán. Muchos de ellos veían en Hitler a un hombre joven y enérgico, que había sacado a Alemania del marasmo de la República de Weimar (se olvidaban convenientemente de que él fue uno de los que creó ese marasmo en primer lugar), había salvado a Alemania de las garras del comunismo (la heterodoxia y violencia de los métodos eran indiferentes; dicho esto, tampoco es que los comunistas alemanes hubieran destacado por su pacifismo) y estaba reconstruyendo Alemania. A las clases altas británicas les dominaban además una mala conciencia por lo que había sido un injusto Tratado de Versalles y la sensación de que la I Guerra Mundial había enfrentado desastrosamente a primos de la misma estirpe germánica. Para rematar, no pocos de ellos podían entender el antisemitismo de Hitler, por la sencilla razón de que también lo compartían.

Uno de los simpatizantes hitlerianos más egregios fue el magnate de la prensa Lord Rothermere, que utilizó el principal de sus periódicos, el Daily Mail para difundir propaganda favorable al régimen nazi. Cuando los nazis lograron su primera gran victoria electoral en 1930, un entusiasta Rothermere escribió que los nazis “representaban el nacimiento de Alemania como nación”. Eso sólo fue el comienzo. Más tarde, cuando en 1933 los nazis consiguieron el 44% de los votos, Rothermere debió de tocar el cielo y escribió que si Hitler usaba su mayoría de forma prudente y pacífica, nadie vertería ninguna lágrima por la desaparición de la democracia alemana. Según sus propias palabras, la obra de Hitler era “grande y sobrehumana”. Cuando Hitler se anexionó Checoslovaquia,- algo que asqueó a casi toda la opinión pública europea-, Rothermere le felicitó y le animó a que invadiera Rumanía, ya que estaba en vena.

Un ejemplo de la adoración de Lord Rothermere por Hitler es este texto que el Daily Mail publicó el 13 de mayo de 1939, dos meses después de la anexión de Checoslovaquia: “(Hitler) es sumamente inteligente (…) Si le preguntas algo a Herr Hitler, al momento te da una respuesta llena de información y de un buen sentido eminente (…) Tiene un gran sentido de la santidad de la familia [es fácil santificar la familia cuando no se está casado ni se tienen hijos], de la que los comunistas son enemigos, y en Alemania ha parado la publicación de todos los libros indecentes, la producción de obras de teatro y películas provocativas, y ha limpiado totalmente la vida moral de la nación. A Herr Hitler le gusta mucho el pueblo inglés. Mira a los ingleses y los alemanes como una sola raza…

Que yo sepa Lord Rothermere ha aparecido dos veces en la literatura. La primera fue en la novela “Agosto negro” escrita por Dennis Wheatley en 1934. En ella los comunistas tratan de adueñarse de Gran Bretaña y Lord Badgerlake, trasunto de Lord Rothermere, utiliza a su fuerza paramilitar, los “camisas grises”, para apoyar al gobierno. La otra vez es en “Lo que queda del día” de Kazuo Ishiguro. En ella Lord Rothermere es uno de los invitados de Lord Darlington, el empleador del protagonista.

Un poco más complejo es el caso de Lord Londonderry, que después de haber abandonado el gobierno en 1935, quiso jugar al diplomático aficionado. Un juicio benévolo diría que creía en la política del apaciguamiento y en que era posible una aproximación entre las élites británicas y las alemanas que llevase a una alianza. Un juicio menos benévolo diría que compartía con los nazis el temor al peligro comunista y la convicción de que los judíos tenían una influencia excesiva en la vida política y económica inglesa y alemana. Aunque es cierto que deploró la brutalidad de la persecución antijudía nazi de los años 30, también lo es que una de sus motivaciones era el impacto desfavorable que tenía sobre la opinión pública inglesa y que admitía que los nazis podían tener agravios legítimos contra los judíos, aunque no contra todos ellos. Ian Kershaw ha escrito sobre él con no demasiada piedad en “Making friends with Hitler: Lord Londonderry, the Nazis and the Road to World War II”.

Más chusca fue la admiración por Hitler de Unity Valkyrie Mitford, quien por casualidad había nacido en Swastika, Ontario. A comienzos de los 30 ya se había hecho notar en Londres por su asistencia a manifestaciones de extrema derecha, su antisemitismo rabioso y su anticomunismo. Obsesionada con Hitler, se mudó a Berlín en 1933 con 19 años. Unity participó en las grandes manifestaciones nazis de Nuremberg con el mismo entusiasmo con que las groupis iban a los conciertos de los Rolling Stones. La cuestión es que los segundos son menos tóxicos.

Unity consiguió introducirse en el círculo de Hitler y conseguir una cercanía con él que ningún otro extranjero y pocas mujeres consiguieron. Hay quienes afirman que tuvieron un romance y hasta que Unity tuvo un hijo secreto con Hitler. Lo dudo mucho. Mi impresión es que Hitler era asexual y las mujeres sólo le interesaban como objetos decorativos. El estallido de la II Guerra Mundial le causó una angustia inmensa a Unity; de pronto su patria adoptiva estaba en guerra con su patria natal. Decidió solucionar su angustia a la tremenda: se pegó un tiro y su suicidio fue uno de los más lentos de la Historia. La bala no la mató, pero la incapacitó. Los médicos no se atrevieron a sacársela. Ocho años más tarde la bala le produjo una meningitis. Murió en 1949 a los 33 años.

La captura más gorda que consiguieron los nazis entre las élites británicas en esos años tumultuosos fue el Duque de Windsor, ese Eduardo VIII tan rarito que renunció al Trono para casarse con una divorciada norteamericana. El Duque de Windsor había visto los horrores de la I Guerra Mundial de primera mano y estaba decidido a que no se repitieran. Aparte de eso, intensamente conservador, anticomunista y antisemita, no le parecía demasiado mal lo que estaban haciendo los nazis en Alemania. A eso se añadía que adoraba la cultura alemana. Dos perlas de Eduardo VIII de la primera mitad de los 30: “No es asunto nuestro interferir en los asuntos internos de los alemanes, ya se trate de los judíos o de cualquier otra cosa” y “Los dictadores son muy populares estos días. Podríamos querer uno para Inglaterra dentro de poco.”

La abdicación le dejó bastante amargura y una vez que dejó de ser rey, su filonazismo aumentó. Sospecho que en parte era una reacción al sentirse maltratado por las élites británicas que habían forzado su abdicación. En octubre de 1937, cuatro meses después de su boda y a pesar de la oposición del gobierno británico, los Duques de Windsor viajaron a Alemania. Su objetivo era visitar las viviendas sociales y estudiar las condiciones laborales, dos temas que le apasionaban (ya dije que era un poco rarito). Seguramente había más cosas detrás de su viaje: verse agasajado y jugar al gran componedor de las relaciones anglo-germanas.

Los nazis cumplieron su parte. Le agasajaron a modo. A toro pasado podríamos decir que no paró de ver a un criminal de guerra tras otro. Hermann Göring, Joseph Goebbels, Rudolf Hess… La guinda fue el encuentro con el propio Hitler. El Duque y el Führer departieron durante una hora y luego tomaron té, como si fueran aristócratas ingleses. Los Duques quedaron fascinados con ese asesino tan simpático que les había ofrecido té con pastas. La opinión pública inglesa, bastante menos.

 

Los historiadores creen que fue Jorge VI quien animó a Isabel II a hacer el saludo nazi

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Cuando la gente se moría por ser amiga de Hitler (2)

Por Emilio de Miguel Calabia

Bukubuku (ABC), 12 ABRIL 2022

(El siglo XX nos ha proporcionado muchas imágenes chocantes. Una de ellas es la de un estandarte nazi al lado de una bandera norteamericana)

 

Hitler también tuvo sus admiradores en EEUU. Bradley W. Hart escribió en 2019 “Hitler’s American Friends: The Third Reich’s Supporters in the United States”, que muestra que en los años 30 en EEUU Hitler y los nazis tenían muchos más simpatizantes de los que ahora nos gusta recordar.

El más notorio fue Charles Lindbergh. Charles Lindbergh era en la década de los treinta un hombre muy popular en EEUU. Era el prototipo del héroe norteamericano. En 1927 había realizado el primer vuelo en solitario sin escalas entre Nueva York y París. Además le rodeaba el halo de una gran tragedia. En 1932 su hijo de 20 meses fue secuestrado en su casa y dos meses después fue encontrado su cadáver en descomposición.

Lindbergh hizo la ruta que todos los filonazis hacían. Visitó Alemania, donde fue agasajado y condecorado por Göring. Lindbergh tuvo palabras elogiosas para los diseños de cazas y bombarderos alemanes, los mismos que dos años después bombardearían Inglaterra. Lindbergh proclamó con alivio que “Europa y el mundo entero tienen la fortuna de que una Alemania nazi se interponga, en la actualidad, entre una Rusia comunista y una Francia desmoralizada.” Aun después de la invasión nazi de Francia, Lindbergh sostuvo que los ingleses, los judíos y la Administración Roosevelt estaban conspirando para empujar a EEUU a una guerra con Alemania.

El novelista Philip Roth escribió en 2004 una ucronía, “La conjura contra América”, en la que imagina que en las elecciones de 1940 Lindbergh derrotó a Roosevelt. Roth imagina un mundo en el que EEUU se hubiera abstenido de entrar en la II Guerra Mundial e incluso hubiera alcanzado una cierta entente con las potencias del Eje y el antisemitismo se hubiera normalizado en la vida norteamericana. Todo ello visto a través de los ojos de un Philip Roth niño (Philip Roth tenía 7 años en 1940).

Lindbergh no fue una anomalía en el panorama norteamericano. En aquellos años tuvo mucha importancia el grupo “América Primero” (por cierto, ¿resulta familiar el eslogan? Muchos años después un tan Donald lo retomó). Una de las ideas clave del grupo es que la guerra en Europa era un conflicto lejano y que a EEUU no le merecía la pena entrar en ella para defender a un Imperio británico decadente. Era un movimiento que agrupaba a tendencias muy diversas: aislacionistas, enemigos del New Deal Rooseveltiano, simpatizantes del nazismo… Una cosa que todos ellos compartían un fiero antisemitismo.

Uno de sus propagandistas más destacados fue el sacerdote católico Charles Coughlin. Coughlin, que en sus mejores momentos llegó a tener 30 millones de oyentes regulares, utilizaba el mismo tipo de retórica que había ayudado a los nazis a auparse en el poder. Defendía a los pobres, atacaba a las grandes corporaciones y denunciaba la indiferencia del gobierno ante los problemas económicos del ciudadano medio. Era un tipo de discurso que llegaba muy bien a la clase media baja norteamericana. Aunque inicialmente había apoyado las políticas de Roosevelt, con el tiempo se distanció de éste y fue adoptando posturas más derechistas. Hacia finales de los 30, derivó en un antisemitismo abierto. Como otros, interpretó la Noche de los Cristales Rotos como algo que los judíos alemanes se habían buscado.

Los de America First eran unos moderados comparados con la más pequeña German American Bund, creada en 1936 con ayuda de la Alemania nazi. La presidía Fritz Kuhn y sus miembros tenían que declarar que eran de ascendencia aria y que no tenían sangre judía, ni negra. Su momento de mayor gloria fue cuando en 1939 convocaron en el Madison Square Garden de Nueva York una manifestación en favor de América, en la que las banderas norteamericanas se codearon con las cruces gamadas.

La Legión de Plata de William Dudley Pelley se creó en 1933 y cualquier norteamericano se podía afiliar a ella a condición de que no fuera ni judío ni afroamericano. La Legión nunca fue excesivamente popular y en su momento de mayor esplendor apenas tuvo más de 15.000 miembros. Su ideología era racista, anticomunista, antidemocrática, pro-fascista y antisemita. Su mayor logro fue que inspiró a Sinclair Lewis su novela “Eso no puede pasar aquí”, en la que imagina la llegada al poder de un presidente fascista con unas ideas muy semejantes a las de los nazis.

La base social de los movimientos que he tratado hasta ahora era la clase media baja con miedo a la pauperización, una base social bastante similar a la que aupó a los nazis en Alemania. Pero en EEUU parte del gran capital también miró con buenos ojos a Hitler y sus muchachos. El más notorio,- pero no el único-, fue Henry Ford.

Henry Ford editó en 1920 el libro “El judío universal: el mayor problema mundial”, que recopilaba los artículos antisemitas que había publicado en su periódico The Dearborn Independent. El antisemitismo de Ford tiene mucho en común con el de Hitler. En ambos casos el odio hacia los judíos no es religioso, sino racial. La idea de que son un germen nocivo que hay que controlar en aras de la higiene social les es común, aunque Ford nunca habría pensado en la aniquilación física de los judíos. La similitud de pensamientos era tan grande que Ford es el único norteamericano mencionado, y elogiosamente, en el Mein Kampf. Aunque hay quienes afirman que Ford influyó sobre el antisemitismo de Hitler, yo lo dudo. Para cuando Hitler leyó a Ford su antisemitismo ya estaba conformado en todos sus detalles. Hitler debió de ver en el antisemitismo de Ford simplemente una confluencia de ideas que le reafirmaba en sus creencias. Donde Ford sí que influyó sobre Hitler fue en la idea del Volkswagen, el coche accesible al pueblo, algo similar a lo que había sido el Ford T.

 

EL NAZISMO NO TERMINÓ EN 1945: EL CASO COLLINI

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Cuando la gente se moría por ser amiga de Hitler (3)

Por Emilio de Miguel Calabia

Bukubuku (ABC), 15 ABRIL 2022

Hitler no sólo encandiló al mundo anglosajón. También tuvo sus simpatizantes en el mundo de habla hispana. No obstante, en este mundo tuvo mucho más eco Mussolini. El fascismo italiano, del que se tuvo conocimiento en el mundo de habla hispana mucho antes que del nazismo alemán, despertó simpatías muy pronto. Sus simpatizantes valoraban su sentido del orden, cómo había logrado rejuvenecer Italia, su defensa de la familia, su democracia orgánica (siempre hay que echarse a temblar cuando alguien adjetiva la palabra “democracia”; nunca suele ser inocuo); asimismo la conciencia de un común origen latino resultaba atractivo a muchos de sus seguidores, inspirados por ensoñaciones de destinos imperiales. Cuando el nazismo llegó al mundo hispano, no fueron muchos los que supieron adentrarse en su pensamiento. Para la mayor parte, no fue más que la variante germánica del fascismo alemán.

 

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Cuando la gente se moría por ser amiga de Hitler (y 4)

Por Emilio de Miguel Calabia

Bukubuku (ABC), 20 ABRIL 2022

 

¿Y en España? ¿Cuántos filonazis hubo? Fascistas y admiradores de la Italia de Mussolini los hubo a puñados, pero la fascinación por la Alemania nazi es harina de otro costal. En este caso, hubo dos barreras que para muchos fueron insalvables: la oposición del nazismo al cristianismo, su exaltación de lo ario que llevaba implícita la denigración de lo latino y sus políticas raciales; puede que el antisemitismo dejase indiferentes o incluso entusiasmase a algunos. Otra cosa era enterarse de que los mediterráneos morenos y bajitos eran seres humanos de segunda. En todo caso, los filonazis hispanos, que existieron, se preocuparon por borrar sus huellas después de 1945.

Resulta curioso que si uno guguelea “inglaterra+filonazis+Hitler” o “EEUU+filonazis” inmediatamente le salen resultados relevantes. En cambio, si guguelea “españoles+nazis+Hitler”, los primeros resultados hablan de los prisioneros españoles en los campos de concentración nazis o de los soldados republicanos españoles que combatieron en las filas aliadas. Por ello, la búsqueda en este caso ha sido algo más laboriosa.

El filonazi más notorio de España es Ramón Serrano Súñer, el cuñadísimo de Franco, que entre 1938 y 1942 ejerció un poder desmedido. El sueño de Serrano Súñer era que España se convirtiera en un cruce entre campamento militar y palacete fascista. Más tarde, el Estado totalitario alemán, al que pudo visitar, le hizo todavía más tilín. Serrano Súñer estaba convencido de que España debía de entrar en la II Guerra Mundial del lado de la Alemania nazi. A sus simpatías filonazis se sumaba su convicción de que Alemania ganaría la guerra y sacaríamos más tajada si nos aliábamos a ella. Lo curioso es que tanto Hitler como su Ministro de Exteriores Ribbentrop tenían en muy baja estima a ese filonazi entusiasta. Hitler comentaría: “Ya en mi primera entrevista con él experimenté un sentimiento de repulsión, y eso que nuestro embajador, con total ignorancia de los hechos, me lo presentó como el más ardiente germanófilo de España”. Muchos años después, tras décadas apartado del poder, y cuando pensaba en blanquear su imagen ante la Historia, Serrano Súñer afirmaría que “Hitler era, evidentemente, un loco atroz, un loco que derivó en criminal. Después de tratarle en nueve ocasiones llegué a la conclusión de que era un gran histrión. Le he visto hacer todos los papeles: de hombre terrible, de hombre tierno, de hombre razonable, de hombre intolerable”.

Los generales franquistas podían ser de simpatías monárquicas, falangistas o meramente conservadoras. Filonazis no había tantos. Ojo, distingo entre los filonazis por ideología y aquéllos que se arrimaban a la Alemania nazi, porque pensaban que iba a ganar la guerra y esperaban obtener alguna prebenda. Uno de los pocos que he oído consistentemente decir que era filonazi, es Agustín Muñoz Grandes, el general que lideró la División Azul.

Muñoz Grandes tal vez fuera el único español al que Hitler admiró de verdad. Hitler comentó en su momento: “En la primera ocasión, condecoraré a Muñoz Grandes con la Cruz de Hierro con Hojas de roble y brillantes. Será una buena inversión. Los soldados, sea cual fuere su origen, se entusiasman siempre por un jefe valeroso”. Y lo cumplió, aunque no lo hizo movido únicamente por la valentía del general, sino que tenía una agenda oculta: “Será difícil encontrar a personas capaces de resolver la situación política española. Debemos promover tanto como podamos la popularidad de Muñoz Grandes, que es un hombre enérgico, y por ello el más adecuado”. Hitler, que detestaba a Serrano Súñer y encontraba a Franco demasiado gallego, jugueteó con la idea de buscar el reemplazo de Franco por un general filoalemán, que pudiera meter más a España en la guerra del lado alemán. Le llegaron a Franco los ecos de la jugada y en un pispás, le dio a Muñoz Grandes una patada hacia arriba, designándole a un puesto de relumbrón, pero sin mando directo sobre tropas.

El nazismo atrajo a más intelectuales españoles de los que pensaríamos. El primero acaso fuera Ramiro Ledesma Ramos, quien en sus tiempos de estudiante se había interesado por Martin Heidegger. Él fue de los primeros en interesarse por el ascenso del partido nazi y su periódico, “La Conquista del Estado”, publicaría extractos del “Mein Kampf”. Como el nazismo haría en Alemania, Ledesma Ramos abogaría por aprovechar el espíritu revolucionario de la clase obrera, redirigiéndolo hacia el nazismo. No es tan descabellado como suena. Los extremos se tocan y no pocos obreros comunistas alemanes terminaron en el bando nazi. Nunca sabremos cómo habría evolucionado ideológicamente Ledesma Ramos, dado que fue fusilado al comienzo de la Guerra Civil.

Otro de los primeros filonazis fue Ernesto Giménez Caballero, aunque se trata de un personaje tan incalificable, que no sé si esa etiqueta o cualquier otra le corresponde. Giménez Caballero iba de fascista, de futurista y de cualquier cosa que espantase a los burgueses sensatos. En sus inicios Ledesma y Giménez Caballero simpatizaron y colaboraron juntos, siendo Giménez Caballero uno de los colaboradores de “La Conquista del Estado”. Pero Giménez Caballero no pasaría a la Historia tanto por su literatura y su filosofía, como por sus boutades. La principal de ellas: que Pilar Primo de Rivera se casase con Hitler, para unir lo germánico con lo mediterráneo, como habían estado unidos durante los Austrias, y acaso engendrasen a un nuevo Carlos V, al que Giménez Caballero se refirió una vez en estos términos: “nuestro hitleriano, nuestro racista germánico, con sus ojos color de lago y avidez de águila cabalgando entre cebizas, encinas jupiterinas, árboles cesáreos”.

Otra historia de Giménez Caballero, que no sé si creerme; pero con él todo era posible. El hispanista Arturo Farinelli le presentó al siniestro Goebbels y trabaron algún tipo de amistad estrafalaria. La nochebuena de 1941 Giménez Caballero cenó en casa de los Goebbels. A éste le regaló un capote de luces para que torease a Churchill y con los niños montó un belén. Incluso dijo que hubo un amago de flirteo mutuo entre él y la bellísima Magda Goebbels.

Si tuviera que resumir esta entrada, diría que Hitler apareció en la escena política europea como algo novedoso. Un hombre joven, capaz de plantarle cara al comunismo y que traía un discurso distinto del de los caducos líderes demócratas, que cada vez fascinaban menos al electorado. Desde la lejanía, uno podía hacerse un Hitler a medida: podía obviar la parte racista de su mensaje e insistir en el antibolchevismo, podía subrayar la recuperación económica y olvidarse de cómo había dinamitado la democracia. Sus seguidores fueron variados: miembros de la élite resentidos o atemorizados ante el ascenso del bolchevismo, nacionalistas ambiciosos, antisemitas furibundos y, finalmente, tipos chuscos a lo Giménez Caballero

 

El Duque de Windsor haciendo el saludo nazi en Alemania en 1937

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Las olvidadas «bestias judías» que colaboraron en las barbaridades de la Gestapo nazi

En «Esto no estaba en mi libro de la Segunda Guerra Mundial», Jesús Hernández investiga la figura de los escasos reos que ayudaron al Tercer Reich a «extorsionar a su propio pueblo»

Por Manuel P. Villatoro

ABC, 31 JULIO 2018

 
 

Ríos de tinta se han vertido sobre las atrocidades cometidas por los nazis contra los judíos. Y no es para menos ya que, hasta que Adolf Hitler acabó con su imperio del terror suicidándose en el «Führerbunker» el 30 de abril de 1945, sus SS se vanagloriaban de ser el brazo ejecutor encargado de borrar de la faz de la Tierra a aquel pueblo. No en vano, los líderes de estos fanáticos se ganaron a la postre el sobrenombre de «Bestias nazis» por su barbarie y crueldad. Lo que se suele olvidar es que, al calor de la brutalidad de estos fanáticos, creció también un minúsculo grupo de semitas que aprovecharon aquella triste coyuntura para traicionar a sus compatriotas por propia voluntad.

 
El volumen, sin duda, corrobora a golpe de dato que nuestro pasado navega entre claros y oscuros. «La existencia de esos despreciables personajes dinamita esa paradigmática historia de buenos y malos y demuestra que no todos los judíos fueron tan inocentes», explica el autor en declaraciones a ABC.

Con todo, la obra no solo recoge las historias del escaso número de judíos que traicionaron a su propio pueblo para ganarse el favor de los nazis, sino que trata de desvelar también otros episodios escondidos de la Segunda Guerra Mundial como la segregación racial que hubo en el ejército de los Estados Unidos (cuando comenzó la contienda apenas 4.000 negros vestían el uniforme norteamericano) o las matanzas de oficiales polacos que organizó el camarada Stalin a principios de 1940.

«En sus páginas, el lector podrá conocer hechos de todo tipo, desde curiosos e insólitos, hasta trágicos y deplorables, pero teniendo todos en común que, por un motivo u otro, han quedado fuera de lo que habitualmente se explica del conflicto», añade.

 

Incendio del Reichstag, 1933

Diversas motivaciones

Tal y como explica Hernández a ABC, lo primordial al hacer referencia a estos personajes es incidir en que existieron dos tipos muy diferentes de judíos que apoyaron a los nazis. Los primeros fueron hombres y mujeres extorsionados que no tuvieron más remedio que entregar a su pueblo para evitar la crueldad germana.

«En este caso era cuestión de mera supervivencia», señala el historiador. Por el contrario, en el segundo grupo se incluye a todos aquellos que decidieron por propia voluntad aprovecharse de las ventajas que les ofrecían los hombres de Hitler a cambio de traicionar a sus vecinos y amigos. «Estos últimos son los que trato en el libro», desvela.

En este segundo grupo destacaron personajes tan turbios como Mordechai Chaim Rumkowski, un empresario judío que se convirtió en un auténtico déspota cuando fue puesto al frente de la asamblea encargada de dirigir el gueto de Lodz. «Entre otras tantas cosas, exigía favores sexuales a las mujeres bajo amenaza de incluirlas en las listas de deportados, que él confeccionaba», señala el autor. Por si fuera poco, este ambicioso anciano se excusaba ante sus compatriotas afirmando que, gracias a sus selecciones, lograba aplacar la ira de los nazis y evitaba que las matanzas fuese todavía mayores. El final de este personaje fue tan cruel como lo fue toda su vida.

 

Rumkowski rozaba la locura, pero hubo un colaboracionista todavía más sádico que él: Abraham Gancwajch. Este polaco comenzó a «trabajar» con las temibles SS a partir de 1939 y, cuando fue organizado el gueto de Varsovia, recibió el encargo de organizar una policía dedicada a combatir el contrabando y delatar a todo aquel que estuviese tramando algo contra el Tercer Reich. Nuestro protagonista fue mucho más allá. Bajo sus órdenes, sus agentes instauraron un régimen del terror basado en la extorsión económica, el chantaje y el chivatazo.

Lo más preocupante es que, para evitar que la población del gueto atacase a sus agentes, Gancwajch adoptó una estrategia que, a la postre, sería replicada por el famoso Pablo Escobar: dar dinero a los más pobres del recinto para intentar forjarse una imagen de benefactor. Al observar que su poder crecía cada vez más, los alemanes acabaron deteniéndole.

Pero la crueldad no tenía solo rostro de hombre. En Berlín, por ejemplo, se hizo famosa una judía que delató a 2.300 de sus compatriotas durante la Segunda Guerra MundialStella Kübler, apodada el «Veneno rubio», aceptó trabajar para la Gestapo como espía después de que sus agentes amenazaran con deportarla, junto a sus padres, a un campo de concentración.

En palabras de Hernández, comenzó a trabajar para ellos por obligación, pero pronto se «empleó a fondo» en su nueva tarea. De hecho, continuó con ella después de que su familia fuese asesinada en Auschwitz. «En un sorprendente giro de los acontemientos, en esta nueva etapa actuó con auténtico entusiasmo en la localización de los judíos que trataban de sobrevivir ocultos», completa el historiador.

 

Jesús Hernández, durante la entrevista - ABC

 

1-¿Qué llevó a algunos judíos a colaborar con los alemanes? ¿Era una práctica habitual?

Yo distingo entre los judíos que se vieron obligados a colaborar con los nazis, por ejemplo, en los campos de concentración, y los que se aprovecharon de esa relación para alimentar sus ansias de poder, y robar y extorsionar a su propio pueblo. En el primer caso era cuestión de mera supervivencia, mientras que en el segundo, que es el que trato en mi libro, se dio un aprovechamiento de esas terribles circunstancias para cometer delitos impunemente. Por lo que he podido saber, ese colaboracionismo corrupto era habitual en todos los guetos.

2-Los personajes de su obra son totalmente desconocidos...

Sí, esos judíos que colaboraron de manera entusiasta con los nazis, obteniendo innobles ventajas a costa del sufrimiento de su propio pueblo, ¿pueden ser también considerados como víctimas de aquella persecución? Mediante libros, novelas y películas distinguimos claramente a los verdugos, los nazis, de las víctimas inocentes, los judíos. Pero la existencia de esos despreciables personajes dinamita esa paradigmática historia de buenos y malos, demostrando que no todos los judíos fueron tan inocentes. Está claro que su existencia resulta perturbadora, por lo que es normal que los historiadores prefieran no mirar hacia esa incómoda “zona gris”.

3-¿Cuáles eran las tareas más habituales que los nazis les encargaban?

La misión fundamental era mantener el orden en el interior de los guetos. Si esas miles de personas hambrientas y desesperadas se sublevaban podían poner en apuros a los alemanes, como se vio en el levantamiento del gueto de Varsovia en marzo de 1943. De ello se encargaría la Policía Judía. También había que confeccionar las listas de deportados y de bienes a confiscar. Por otro lado, los nazis necesitaban delatores que les informasen de cualquier movimiento subversivo. Sin esta amplia colaboración, no sabemos si se hubieran salvado muchas vidas, pero está claro que a los alemanes les hubiera sido bastante más difícil gestionar su política de guetos.

 

«La misión fundamental de los judíos que colaboraron con los nazis era mantener el orden en el interior de los guetos»

 

4-¿Qué les llevaba a utilizar reos para controlar lugares como el Gueto de Varsovia?

Para mantener esa calma en los guetos resultaba más efectivo confiar la organización a los propios judíos. Si hubieran tenido que ser los alemanes los que confeccionasen las listas, patrullasen las calles y montasen todo el dispositivo para las deportaciones, el riesgo de desórdenes habría sido mayor, así como el desgaste personal. Curiosamente, hubo campos de exterminio que siguieron el mismo esquema, funcionando con apenas personal alemán, siendo los propios prisioneros los que hacían casi todo el trabajo. Resulta tan desconcertante como turbador esa especie de exterminio autogestionado.

5-Afirma que personajes como los miembros de la Policía Judía del Gueto de Varsovia eran, en ocasiones, más violentos que los propios nazis. Un comportamiento que también se veía en los “kapos” de los campos de concentración...

Creo que a esta cuestión debería responder un psicólogo, pero me aventuro a decir que quizás querían despegarse lo más posible del resto de judíos, que se sabían condenados. Mostrando brutalidad te acercabas más a los nazis, lo que representaba la salvación, y te alejabas de aquéllos que iban a ir al matadero. Sería algo así como la exaltada fe del converso. Igualmente, si a una persona con tendencias violentas le das poder, dará rienda suelta a esa crueldad que lleva dentro. Eso lo sabían los nazis, por lo que solían escoger como “ kapos” a delincuentes comunes, que actuaban como perros de presa contra los otros prisioneros.

 

Mordechai Chaim Rumkokski

 

6-Quizá el ejemplo de maldad (o locura) más destacado de este grupo sea el de Mordechai Chaim Rumkokski… ¿Hasta dónde llegaban sus excentricidades?

Chaim Rumkowski era el presidente del Consejo Judío o Judenrat del gueto de Lodz y parece un personaje salido de la imaginación de un escritor. Puesto a dedo por los nazis, una vez en su cargo se creyó una especie de monarca absoluto. Se desplazaba en una destartalada carroza con escolta, acuñó una moneda propia, el rumkie, y emitió sellos de correos con su efigie.

Por esos delirios de grandeza, la gente le apodaba Chaim I. Instauró una especie de dictadura, reprimiendo huelgas y protestas, además de a sus opositores, todo con el visto bueno de los nazis, encantados con que reinase el orden en el gueto. Como muestra de su baja catadura moral, exigía favores sexuales a las mujeres bajo amenaza de incluirlas en las listas de deportados, que él confeccionaba, unas listas en las que figurarían unos veinte mil niños. Pero eso no le sirvió para sobrevivir. Él y su familia subirían al último tren con destino a Auschwitz, en donde fue linchado por unos judíos que lo reconocieron.

7- Otro de ellos fue Abraham Gancwajch, un hombre que, según afirma en su obra, estaba seguro de que los alemanes iban a ganar la guerra.

Quizás sea el personaje, de entre este detestable elenco, que provoca mayor repulsión. Creó una red colaboracionista en el gueto de Varsovia, con la protección directa de la Gestapo, a quienes reportaban cualquier sospecha. A cambio tenían pista libre para dedicarse al contrabando, el mercado negro y la extorsión. Incluso cometían secuestros, exigiendo un pago para no acusar a la víctima de cualquier cosa ante los nazis.

También impulsó iniciativas benefactoras para la comunidad, pero no eran más que tapaderas, como una ambulancia que usaba para el contrabando. Esa banda mafiosa contaba con unos cuatrocientos miembros, lo que da idea de su relevancia. No sé si Gancwajch creía de verdad que los alemanes ganarían la guerra, aunque eso era lo que aseguraba. Lo cierto es que vivió muy bien bajo el dominio nazi.

 

«Czerniakow se encargaba de confeccionar las listas de bienes a confiscar y de los judíos que debían ser enviados a los campos de exterminio»

 

8-Por otro lado, otros personajes como Adam Czerniaków se mostraron más «humanos», si es que puede decirse así.

Adam Czerniakow estaba al frente del Judenrat del gueto de Varsovia. Se encargaba de hacer cumplir las órdenes de los alemanes y de confeccionar las listas de bienes a confiscar y de los judíos que debían ser enviados a los campos de exterminio. Su Policía Judía conducía a los deportados a los puntos de embarque. Al menos, trató de salvar vidas cuando los alemanes ordenaron una deportación masiva, en julio de 1942. Cuando vio que no podía hacer nada para evitarla, tuvo un rasgo de dignidad suicidándose.

9-¿Cree que puede existir perdón para los judíos que traicionaron a su propio pueblo? ¿Lo recibieron por parte del pueblo polaco?

Los judíos han preferido correr un tupido velo sobre esos personajes ya que, como he dicho, su existencia supone una quiebra del esquema que se ha forjado sobre aquella persecución. De hecho, los pocos miembros de la Policía Judía que fueron juzgados tras la guerra fueron discretamente absueltos. El perdonarles ahora públicamente, o siquiera analizar y debatir el papel que jugaron, sería ponerlos bajo el foco, y no creo que estén interesados en ello.

En cuanto a los polacos, no me consta ninguna reacción, quizás porque el exterminio de los judíos también es un tema incómodo, debido a que el antisemitismo estaba entonces bastante extendido entre la sociedad polaca, así que tampoco les interesa demasiado revolver aquellos asuntos.

10-¿Cómo es posible que la IIGM sea uno de los conflictos mejor documentados de la historia y, a pesar de todo, siga sorprendiéndonos día tras día?

El caudal de acontecimientos fue brutal, la cifra de protagonistas fue ingente y el escenario fue planetario, y todo ello concentrado en poco espacio de tiempo, por lo que si una cosa abunda son historias interesantes que contar. Además, observo que los historiadores se suelen centrar siempre en los mismos temas, obviando otros que, como el que nos ocupa, resulta realmente atractivo y estimulante. Todo ello hace que aquel conflicto represente un filón realmente inagotable.

11-¿Cuál es el siguiente trabajo que tiene en la mente Jesús Hernández?

Ahora acaba de salir a la venta en la editorial Roca una edición ampliada y actualizada de mi libro " Hechos insólitos de la Segunda Guerra Mundial" y en noviembre, si los dioses quieren, se publicará mi vigesimotercera obra, dedicada a grandes atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, con la que espero también sorprender al lector, ya que he recogido un buen número de hechos que, inexplicablemente, apenas han sido tratados por los historiadores.

 

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Kapos, un tema que muchos judíos no quieren abordar

A la comunidad judía le duele todo debate sobre los kapos judíos para controlar judíos en los campos de concentración de los alemanes nazis. La susceptibilidad es elevada, repleta de reproches y también mitos urbanos. De alguna manera ocurre tal como con los peronistas, que nunca abordaron los detenidos-desaparecidos en la democracia (25/05/1973 a 24/03/1976).

U24, 5 MAYO 2019

 

"Krankemann llegó al campo de concentración con la segunda remesa de criminales alemanes, trasladados desde Sachsenhausen el 29 de agosto de 1940. Se había hecho objeto de la inquina de muchos de los representantes de las SS, pero contaba con el respaldo de Karl Fritsch, el Lagerführer, y Palitzsch, el Rapportführer. Krankemann, hombre tremendamente obeso, acostumbraba sentarse en la apisonadora gigante que se empleaba para allanar la explanada situada en el centro del campo de concentración, destinada a pasar lista a los internos. 

-La primera vez que lo vi -comenta Jerzy Bielecki, uno de los primeros presos en llegar a Auschwitz- estaban apisonando la plaza situada entre los dos bloques, y el peso de la máquina era tal que las veinte o veinticinco personas que componían la unidad apenas eran capaces de hacerla avanzar. Krankemann los fustigaba con un látigo mientras gritaba: "¡más rápido, perros!".

Bielecki fue testigo de cómo se obligaba a trabajar a aquellos reclusos en la nivelación del terreno sin un descanso en todo el día. A la caída de la tarde, uno de ellos se desplomó de rodillas sin poder levantarse. Entonces, Krankemann ordenó a los demás que hiciesen pasar la colosal apisonadora por encima del compañero que se hallaba postrado. 

-Yo ya estaba acostumbrado a presenciar toda clase de muertes y apaleamientos -afirma Bielecki-; pero lo que vi en aquella ocasión hizo que se me helase la sangre en las venas(...)".

Laurence Rees,
"Auschwitz. Los nazis y la solución final"
(Planeta DeAgostini 2006. Pág. 60).

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"(...) Afirma que personajes como los miembros de la Policía Judía del ghetto de Varsovia eran, en ocasiones, más violentos que los propios nazis. Un comportamiento que también se veía en los “kapos” de los campos de concentración (...)

Creo que a esta cuestión debería responder un psicólogo, pero me aventuro a decir que quizás querían despegarse lo más posible del resto de judíos, que se sabían condenados. Mostrando brutalidad te acercabas más a los nazis, lo que representaba la salvación, y te alejabas de aquéllos que iban a ir al matadero. Sería algo así como la exaltada fe del converso. Igualmente, si a una persona con tendencias violentas le das poder, dará rienda suelta a esa crueldad que lleva dentro. Eso lo sabían los nazis, por lo que solían escoger como “ kapos” a delincuentes comunes, que actuaban como perros de presa contra los otros prisioneros."

Manuel P. Villatoro,
Diario ABC, Madrid

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"Karl, el líder del Bloque 13, no tiene parangón en perforar a un recién llegado. Le encanta hablar y se emborracha con alcohol de papa que obtiene en condiciones que han permanecido desconocidas. Tiene ojos locos y nos despierta por la noche para pronunciar largos discursos en una actitud teatral, de pie sobre una mesa. Ordena a los intérpretes traducir al ruso primero, porque está aprendiendo ese idioma; luego se acuesta, pero exige que nos quedemos para escuchar la traducción a otros idiomas, lo que debe hacerse en voz baja para no perturbar su sueño. Él cree que el francés es una lengua degenerada y que a menudo no traduce al lenguaje de Descartes sus lecciones morales y su limpieza. Él parece castigarnos.

Karl tiene un sentido del humor muy personal. Una noche, después de una alerta, anunció que tomó la decisión de no usar su látigo para golpearnos. Delante de nosotros, lo arroja al fuego y es traído por el sonriente Stubendiest. Luego, corriendo hacia las filas en pánico, aturde a media docena de desdichados, incluido un viejo coronel francés que se había sentado detrás de nosotros para dormir. (...)"

Louis Maury,
"Cuando el odio levanta sus templos",
(Louviers, SNEP, 1950).

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"(...) Esta categoría incluye "Kapos", el "Blockälteste", jefe de cuartel (...) que mantenía el orden en los cuarteles de los campamentos; y también los líderes del equipo de trabajo, liderando un comando de trabajadores.

Tenían sus delegados: el "líder del bloque" contaba con la asistencia del "Schreiber", una secretaria y el equipo de "Stubendienste" ("hombres tristes"), disciplinaban dentro de un bloque, distribuían sopa y vestimenta, realizaban tareas domésticas en la cuadra. Un poco menos importante en la jerarquía del "Bloque", el "Frisper", el barbero que afeitaba a los deportados y garantizaba la higiene."

Les Kapos

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“A veces se dice, aunque sea una opinión poco extendida que los dirigentes judíos y las organizaciones judías en los países donde se desarrolló la masacre fueron los responsables de las atroces dimensiones de la catástrofe, y que, sin su ayuda, los alemanes no habrían logrado llevar a cabo el exterminio a tal escala”.

Yitsjak Olshan

Tribunal Supremo de Israel.

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Según The Holocaust Encyclopedia, editada por Walter Laqueur y J. T. Baumel (New Haven & London: Yale University Press, 2001), Kapo (Funktionshäftlinge, o sea presos funcionarios) era el jefe de una unidad en un campo, aunque el término también se utilizó para referirse a cualquier colaborador nazi. 

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Había diferentes tipos de campos: de trabajo y de trabajos forzados, de exterminio, de tránsito y de prisioneros de guerra. Con el tiempo la distinción entre campos de concentración y campos de trabajo se hizo difusa, ya que en los de concentración se realizaban trabajos forzados. 

El funcionamiento de los campos partía de un principio de delegación en el que los nazis “cedían” una parte de su autoridad en las víctimas, para ahorrar recursos humanos y rehuir futuras acusaciones. Así se atribuía a los prisioneros la responsabilidad de la organización rutinaria del campo. 

Uno de los prisioneros, el “decano de los judíos”, era el responsable de la buena gestión de cada campo. Tenía a sus órdenes a cierto número de “funcionarios”, tales como el “administrador del campo”, los “gendarmes”, los jefes de barracón, los jefes de equipos de trabajo, todos conocidos con el nombre de kapos. Todos dependían directamente del “decano”. 

Los kapos conducían a los prisioneros al lugar de trabajo, supervisaban su labor y los llevaban de vuelta al campo; resultaban responsables del reparto de la comida y de las horas de sueño. Eran prisioneros privilegiados, estaban exentos de trabajos forzados y disfrutaban de raciones alimentarias más generosas. Con este sistema los nazis lograron trastocar las referencias entre el bien y el mal en los prisioneros. 

Sin embargo, algunos kapos no fueron colaboradores y se comportaron honorablemente, manteniendo una cierta integridad moral que mejoró notablemente la vida en los campos, llegando a ser respetados por el conjunto de los presos. 

Por ejemplo, Walter Krämer fue kapo de la enfermería del campo de Buchenwald y en 1999 fue declarado "justo entre las naciones". 
 
La figura del Kapo aparece en muchos libros: desde "Si esto es un hombre", de Primo Levi; a " El hombre en busca de sentido", de Viktor Frankl, y también en la autobiografía de Elie Wiesel, "La noche."
 
La película "Kapò", de Gillo Pontecorvo (1959) ganó una nominación al Oscar.
 
También aparecen "kapos" en "La vida es bella", de Roberto Benigni; "La decisión de Sophie", de Alan J. Pakula"Nuit et brouillard", de Alain Resnais; "Portero de noche", de Liliana Cavani; "El fotógrafo de Mauthausen", de Mar Targarona; etc.

La palabra probablemente viene del italiano: "Capo" es cabeza.

Según la Jewish Virtual Library, kapo es una contracción del término eufemístico Kameradschaftspolizei, algo así como "policía de camaradas".
 
Según Robert D. McFadden, ganador de un premio Pulitzer en 1996, la palabra procede del término Lagerkapo ("capitán de campo").
 
En el caso de que la palabra proviniese del italiano, no sería un término de origen militar, sino que probablemente llegara con obreros migrantes quienes se referían al capataz u oficial albañil que ejerce funciones de capataz en una obra de construcción.  

Posiblemente así pasó la palabra Kapo ya de forma temprana en el campo de concentración de Dachau (a 13 km. de Múnich, escenario de castigos crueles y modelo del sistema de campo eficiente) al lenguaje propio de los deportados (Lagerszpracha).  

En el campo de concentración de Auschwitz se usó el término kapo en las órdenes (Arbeitskommandos) que prohibieron explícitamente la participación de los kapos en los grupos de trabajo. 

No realizaban trabajos manuales sino que ejercían funciones de supervisión, y tenían más posibilidades de supervivencia. 

La decisión de las SS (Schutzstaffel) de escoger a uno u otro prisionero como Kapo era táctica, y su objetivo era que las órdenes se transmitieran de la forma más fluida posible y se impusiesen sin escrúpulos. 

También hubo antiguos integrantes de la SA (Sturmabteilung o 'camisas pardas', organización paramilitar nazi desarticulada en la Noche de los Cuchillos Largos, del 30/06/1934) u otros presos políticos. 

En el campo de Ravensbrück, la SS elegía en un comienzo con frecuencia a prisioneros clasificados como 'antisociales' o 'criminales' para desempeñarse como Funktionshäftlinge.

Hacia 1941 se prefería a prisioneros políticos porque podían ser más eficientes y disciplinados.

Sin embargo, en varios campos de concentración se decidió un "servicio de orden judío" (Jüdischer Ordnungsdienst), heredero de la "policia judía" de los ghettos.

Un dato no menor: todo cambio de la estructura de administración de un campo conllevaba el cambio de la estructura de los kapos.

Obviamente era un privilegiado: escapaba del trabajo forzoso y podía obtener alimentos más fácilmente. A menudo vivía en una habitación privada en un extremo del pabellón.

La historia

"Lo que se necesita decir en general es que se debe hacer una distinción entre aquellos que se ofrecieron como voluntarios para las SS o la Gestapo y aquellos que pensaron que salvarían sus vidas cooperando. No puedes decir que Patty Hearst jugó el mismo papel que sus secuestradores. Lo mismo es cierto de cualquier kapo".

Rabbi Marvin Hier

"Hay una diferencia crítica entre los Barbies del mundo (N. de la R.: Klaus Barbie Altmann), los victimarios, y los Tannenbaums (N. de la R.: Jacob Tannenbaum, judío polaco que fue kapo en Görlitz), tan tristes, trágicos y despreciables como eran. Fueron víctimas. Eran personas que sucumbieron a un estrés increíble ".

Henry Siegman, el director ejecutivo del Congreso Judío Americano

En julio de 1934, el jefe de las SS, Heinrich Himmler, designó a Theodor Eicke, en ese momento jefe del campo de Dachau, como Inspector de Campos de Concentración y Unidades de Guardias. Estas unidades, que pasaron a ser conocidas como Unidades Calavera, eran los guardianes de los campos de concentración. 

En su nuevo puesto, Eicke tenía a su cargo la organización de la vida y los castigos de los prisioneros, con el objetivo primario de quebrantar la oposición al régimen nazi.

Entre 1936 y 1942, casi todos los campos fueron desmantelados, excepto Dachau, y se construyeron campos nuevos y más grandes: Sachsenhausen, Buchenwald, Mauthausen, Flossenburg, Ravensbrück, Auschwitz, Majdanek, Natzweiler, Neuengamme y Stutthof.

Al comenzar la 2da. Guerra Mundial, los nazis establecieron campos de trabajo, de trabajos forzados y de “reeducación”. Desde 1937 muchas empresas aprovecharon el trabajo forzado de judíos alemanes, luego austríacos y, posteriormente, de todo el territorio nazi, alojándolos en campos de concentración o en condiciones parecidas. 

A partir del verano de 1938 los judíos fueron confinados en los campos de concentración por su sola condición de judíos, especialmente después del pogrom de noviembre de 1938 (Kristallnacht - La Noche de los Cristales), cuando fueron arrestados 36.000. Ese número creció y creció, en especial después de la invasión a la Unión Soviética. 

A fines de 1941 y comienzos de 1942, se establecieron los campos de exterminio en Chelmno, Treblinka, Sobibor y Belzec. Majdanek y Auschwitz, construidos originalmente en Polonia como campos de concentración, más adelante expandidos para funcionar también como centros de exterminio: Birkenau (Auschwitz II).

Desde febrero de 1942 hasta el final de la guerra, los prisioneros de los campos de concentración fueron obligados a trabajar en la industria de armamentos para la economía de guerra alemana. 

En ese momento, las SS crearon una oficina económico-administrativa central (Wirtschaftsverwaltungshauptamt, WVHA) para supervisar la utilización de prisioneros de los campos de concentración como mano de obra en empresas estatales y privadas. 

Los prisioneros tenían indicado lo que debían hacer durante el día. Si un prisionero no obedecía una orden era severamente castigado con azotes, confinamiento, privación de alimentos, etc. Los reclusos eran clasificados de acuerdo a su país de origen y al motivo por el cual estaban confinados. 

A algunos se les confiaron posiciones de supervisión o administrativas, como la de “alcalde” de la habitación, del bloque o del campo, o como kapos (capataces laborales). 

Esos puestos, que acarreaban ciertos privilegios, se otorgaban inicialmente a prisioneros alemanes, y en Auschwitz, a polacos. Pero hubo casos de judíos alemanes y judíos polacos.

Primo Levi cita en su obra el caso de prisioneros políticos alemanes utilizados como kapos por la SS para mantener el orden en campos con una gran número de prisioneros judios como Auschwitz. 

Había prisioneros políticos que en esta "zona gris" ética y moral utilizaban la violencia y coacción contra sus compañeros judíos. A cambio se beneficiaban de mejores condiciones materiales.

En octubre de 1942, la WVHA ordenó la remoción de los judíos de todos los campos de concentración dentro del Reich y su deportación a Auschwitz o Majdanek.

 

Museo Histórico Judío

 

El debate

La historiadora israelí Idith Zertal, en su libro "La Nación y la Muerte - la Shoah en el discurso y la política de Israel", abordó el tema de los Kapos (págs. 129 a 151).

Muchos de los supervivientes de los campos de exterminio fueron kapos, eso es algo conocido. En algunos casos, fueron señalados por otros compañeros sobrevivientes.

Dicha confrontación moral entre presuntos colaboradores de todo tipo -incluyendo a judíos- y sobrevivientes fue un tema conflictivo, debatido en Israel en 1950, con motivo de la legislación de punición de los nazis y sus colaboradores.

El debate jurídico de dicha ley en el Parlamento israelí –Knéset– fue el 1er. reconocimiento público de laShoá, y se decidió dotar al Estado israelí de medios legales para llevar a los tribunales judiciales a colaboradores surgidos de entre la masa de supervivientes judíos

No fue una legislación para juzgar a criminales nazis dado que pocos nazis culpables pondrían voluntariamente un pie en Israel sino que, según el ministro de Justicia, Pinjas Rosen, el texto “incumbe también a quienes cumplieron las órdenes de los nazis y, por desgracia, no tenemos la certeza de que algunos de ellos se encuentren entre nosotros, por pocos que sean. Aunque su número no supere.... el de los hombres justos buscados en vano en Sodoma, aunque sean muy escasos los delitos contemplados aquí, esta ley está justificada”. (Actas de la Knéset – sesión 131 – pág. 1148)

La ley pretendía calmar a una sociedad horrorizada y contrariada por el comportamiento de otros judíos durante la Shoá

Israel incorporó ese enfoque en su Código Penal para purgarse como sociedad de su vergüenza judía, "purificar el ambiente entre los supervivientes que habían inmigrado y lavar el honor de los inocentes". (Comentarios de las Actas de la Knéset).

Primo Levi“La participación en la culpa de los colaboradores individuales, grandes o pequeños (...) es siempre difícil de determinar. Es un juicio que querríamos confiar sólo a quien se haya encontrado en condiciones similares y haya tenido ocasión de experimentar por sí mismo lo que significa vivir en una situación apremiante (...) La condición de ultrajado no excluye la de culpable y, muchas veces, la culpa es objetivamente grave, pero no sé de ningún tribunal humano en el cual se puede delegar su valoración."

Durante la década de 1950, ocurrieron unos 40 juicios aplicando esa ley, incluyendo el del kapo Yaakov Honigman, con testimonios de los supervivientes, y descargos de los imputados, la rutina del terror, la opresión y los abusos cometidos.

Todos los juzgados antes los tribunales en virtud de dicha ley –con la excepción del ex oficial SS, Adolf Eichmann. en 1961-, fueron ciudadanos judíos, inmigrantes supervivientes que a su llegada a Israel fueron reconocidos por otros supervivientes, a veces por casualidad.

Hannah Arendt en su libro "Los Orígenes del Totalitarismo", pág. 545, afirma que eran “inocentes en todos los sentidos”, pues no estaban allí en virtud de un acto que hubieran cometido sino por el hecho de ser judíos.

Arendt establece una distinción entre la situación de los dirigentes judíos en sus ciudades y comunidades durante el terror nazi, y la de los prisioneros de los campos de concentración y exterminio.

Según ella, por terrible que fuese la opresión alemana, los primeros podían negarse a desempeñar el papel de dirigentes y rehuir la colaboración con la maquinaría mortífera nazi, mientras que la capacidad de elección de los segundos era prácticamente inexistente, debido a las condiciones de opresión, terror y violencia en que vivían. 

 

 

Los “colaboradores” más relevantes a los que se juzgó eran los comandantes y agentes de la policía judía de los guetos.

Hay que tener en cuenta que con sus acciones participaban en redadas y detención hasta de niños y los entregaban a la Gestapo

O ayudaban a los nazis a reunir a los judíos de algunas ciudades con vistas a una “selección”.

Incluso en estos casos y pese a que hubo condenas el Tribunal Supremo llegó a absolverse o rebajar la pena de esos colaboradores. El tema es harto conflictivo y doloroso

El juez Moshe Landau, del Tribunal Supremo israelí, afirmó que no era posible  "(...) condenar a los hombres corrientes que no supieron elevarse a tales cimas de moralidad, a causa de la opresión de un régimen cuyo principal objetivo era borrarlos de la faz de la Tierra (...) No debemos atribuir al legislador la intención de exigir un nivel de moralidad que el público no puede alcanzar, tanto más cuanto se trata de normas instauradas post factum. No nos engañemos pensando que, al juzgar según un criterio de pura moralidad los actos cometidos allí por nuestros hermanos perseguidos, aliviaremos la angustia por la catástrofe que sufrió nuestro pueblo”.

Hubo juicios que entraron en el absurdo como el caso de Elsa Trank, en agosto de 1950, en Tel Aviv. Ella fue acusada de crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, y otros delitos cometidos cuando era responsable del Módulo 7 del campo de mujeres de Auchwitz – Birkenau en el 2do. semestre de 1944. Se la acusó de golpear y someter a malos tratos a numerosas prisioneras de su módulo, de haber obligado a más de 800 reclusas a permanecer arrodilladas durante horas, antes y después de pasar lista, de no socorrer a las que se desvanecían, etc.

Los hechos fueron cometidos por Elsa Trank cuando tenía 18 años.

En verdad, "(...) la pérdida de toda humanidad, el desmoronamiento de toda referencia conocida del sentido del bien, la naturaleza arbitraria de los procesos vigentes en los campos, la exposición al frío y a otras penurias, la desnutrición, la brutalidad transformaron a los prisioneros de Auchwitz en “lobos” miserables, debilitados, congelados, famélicos, enfermos y violentos en ocasiones, que hacían acopo de sus últimos recursos para sobrevivir. “Hemos oído testimonios según las cuales las mujeres no se compadecían de sus hermanas, ni siquiera de sus madres”, declararon los jueces. (...)". 

El tribunal de Tel Aviv dictaminó que aunque Elsa Trank también estaba recluida como individuo perseguido, su comportamiento de golpear con las manos y obligar a estar de rodillas a prisioneras a modo de castigo, no puede considerarse en atención a las circunstancias exteriores como “crimen de guerra”, y que ella era culpable de agresión con lesión pero aceptó parcialmente el argumento de la defensa según el cual, en varios casos, la acusada había actuado con el fin de evitar consecuencias más graves que la violencia ejercida por ella. 

Después de constatar que Elsa Trank había sido recluida en condiciones muchos peores desde 1942 –antes de ser nombrada kapo de su módulo–, que había sufrido y que ninguna de sus acciones probaba que se identificara con los alemanes, los jueces la condenaron a 2 años de prisión a partir de la fecha de su detención. Y ya habían transcurrido 2 años desde su detención de modo que Elsa fue liberada el mismo día de la sentencia.

 

Presos en trabajos forzados construyendo el canal Dove-Elbe en Alemania, 1941-1942. Los Kapos llevan brazaletes blancos y negros. (Museo Memorial del Holocausto de USA)

 

El caso Kastner

“Cada uno de los miembros de los Judenräte es un criminal, un colaborador de los nazis” declararon en Israel grupos de izquierda, “todo hombre sabe que llega un momento en que más vale morir que transgredir ciertas reglas”. 

Un motivo importante fue que los Jundenräte que lograron emigrar a Israel, a menudo estaban ligados a la clase dirigente y a los principales partidos políticos israelíes, y algunos ocupaban puestos de responsabilidad en el Estado. Avraham Berman que había formado parte de las estructuras clandestinas del gueto de Varsovia, se refirió a “la maldita policía judía del gueto” y los Jundenräte como “esclavos voluntarios de los asesinos hitlerianos” –citado por Avraham Berman, Actas de la Knéset – vol. 14, 18/05/1953, pág. 1339.

Aun así hubo juicios de gente que formaban los Jundenräte, como el 'caso Kastner', que comenzó con una denuncia individual pero la supuesta víctima fue demandado por difamación por Kastner quien ya era vocero del Ministerio de Comercio e Industria de Israel.

El fiscal Maljiel Grunwald incriminó a Kastner le acusío de haber colaborado con los nazis en Hungría; haber declarado a favor del oficial de las SS Kurt Becher en los juicios de Nüremberg, facilitando su absolución; haber organizado la salida de Hungría de un tren con 1.685 judíos privilegiados salvando a su propia familia y a muchos de sus amigos o asociados; haberse embolsado fondos que no le correspondían, etc. 

Kastner ya había sido motivo de denuncias, rumores y acusaciones aunque sin pruebas suficientes para iniciar una investigación judicial. 

Pero un texto redactado por Grunwald fue tomado en consideración y se abrió un proceso con el objeto de depurar los hechos. Sin embargo, en lugar de un juicio “normal”, tal como en casos anteriores, donde el denunciado podía demostrar su inocencia de colaborar con los nazis, en este caso, el Estado judío acusó a Grunwald por difamación. 

Luego, el juicio escapó del control “político”, y el acusado Grunwald, con la ayuda de un juez independiente, pudo exponer en su defensa un alegato y acusación contra Kastner. Finalmente Grunwald fue absuelto y el tribunal no pudo lavar el honor de Kastner, tal como pretendía el Fiscal General, ni pudo exorcizar el demonio de la Shoá, ni resolver la cuestión de los Jundenräte, "y puede que nunca se resuelva", tal como declaró posteriormente el presidente del Tribunal Supremo Israelí. 

Kastner fue asesinado en Tel Aviv en mayo de 1957, un año antes de su absolución por el Tribunal Supremo.

 

Antiguo cementerio judío en Berlín

 

 

 


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