LA VIDA DE DISRAELI, por André Maurois (Parte 10)

INDICE DE ENTRADAS DE "LA VIDA DE DISRAELI"

***

VIDA DE DISRAELI

 

LIBRECAMBIO 

GUIAS JURÍDICAS

 

Concepto

El librecambio preconiza la circulación de mercancías entre los países sin ningún tipo de obstáculo por parte de los Estados. Se considera que el libre comercio favorece la actividad económica y por tanto los Gobiernos no deben frenar su desarrollo.

Antecedentes 

Este pensamiento está ampliamente aceptado en la actualidad, pero sus inicios no fueron tan fáciles a finales del siglo XVIII e inicios del XIX. En esas fechas hubo un complicado sistema de tarifas aduaneras que seguía fielmente las ideas mercantilistas, considerándose que un país debe producir todo lo que precisa e incluso puede exportar, es decir, siempre preservando una balanza comercial con superávit. El librecambio tuvo un largo camino que recorrer hasta su plena aceptación después de la Segunda Guerra Mundial en la mayoría de los países. Se inició su tortuoso camino en 1786, con el Tratado de Eden, con la rebaja de algunas tarifas comerciales entre Gran Bretaña y Francia, pero la guerra entre ambos países cerró toda posibilidad de librecambio y hubo que esperar hasta 1820 cuando volvieron por el camino del libre comercio.

En 1824 el Gobierno británico siguió reduciendo los aranceles (cuatro millones de libras esterlinas anuales), aunque de todos modos continuaba vigente un sistema general de rígido proteccionismo. Se intentaba racionalizar el comercio exterior mejorando el sistema arancelario, es decir que en definitiva se buscaba mejorar la situación de la hacienda pública. Se eliminaron las prohibiciones de importaciones y las primas a la exportación de los productos que no beneficiaban al erario público. Estudiando el comercio exterior se fijó una tarifa máxima del 30 %, cuando lo habitual en esas fechas todavía era del 57 %, con el propósito puramente operativo de reducir el contrabando.

Pese a que todavía había una clara preferencia por el producto británico, se aceptó el principio de reciprocidad con otros países y el Committee on Import Duties en su estudio del comercio exterior británico destacó que entre los 1.146 artículos con algún tipo impositivo, tan solo 17 artículos representan el 94,5 % de los ingresos totales en 1840. Hasta un total de 531 artículos casi no se comerciaban, debido a que los impuestos de aduana eran tan elevados que se desincentiva su importación. Después de este estudio de mercado, el ministro Peel, en 1842, redujo sustancialmente los aranceles británicos al 5 % para las materias primas, 12 % para los artículos semimanufacturados y 20 % para las manufacturas (salvo alcoholes y vinos). Esta reducción arancelaria se hizo paralelamente con la imposición del impuesto sobre la renta, así que el Estado no perdía en sus ingresos y facilitó el desarrollo viable del librecambio.

En 1845 incluso se derogaron los derechos de aduana de 450 artículos y se rebajaron muchos otros y finalmente el paso decisivo fue la derogación de las Leyes sobre los cereales, Corn Laws, en 1846, que protegía los cereales ingleses frente a los extranjeros con impuestos arancelarios. Este cambio sustancial coincide con el cambio en la economía británica, que era más industrial que agraria y a la reducción sustancial en los costes del transporte. Con estos cambios y avances tecnológicos en 1881, Gran Bretaña importaba alimentos y materias primas y al mismo tiempo, era un gran productor y exportador de bienes manufacturados.

Para alcanzar este punto, hubo fuertes tensiones entre los intereses del jornalero y del obrero a la vez que durante mucho tiempo hubo una fuerte polémica entre proteccionistas y librecambistas. Los precios agrarios se mantuvieron ficticiamente altos para proteger la principal actividad de Gran Bretaña hasta 1850. Con la derogación de las Corn Laws, los granjeros sufrirán las consecuencias a la vez que son los que pagan una parte muy elevada de los impuestos. Sus dificultades serán tales que muchos vendieron sus tierras y los jornaleros se encontraron sin trabajo. En 1850 el 65 % de la población activa británica estaba todavía en el sector primario. Puede resultar sorprendente que el Gobierno no “defendiera” esta actividad, pero cabe destacar que durante tres o cuatro décadas tuvo prosperidad la agricultura “pese” a la liberalización. Se incrementaron las rentas y los beneficios; se ampliaron las áreas cerealistas: la maquinaria mejoró, se invirtió en ganadería y en sus instalaciones (edificios, drenajes, carreteras). Paralelamente se produce una fuerte emigración a la ciudad; entre 1841-1861 se estima que fueron 1.300.000 campesinos, mientras se siguió mejorando e invirtiendo en el campo: drenajes, fabricación de tubos de drenaje, compra de abono, fabricación de superfosfatos de cal, etc.

De todos modos no todo fueron aciertos, ya que muchos aplicaron fertilizantes que perjudicaron al campo. Para mejorar la ciencia agraria crearon instituciones como la Real Sociedad Agrícola, centro de intercambio de las mejoras investigadas por nuevos profesionales para dirigir las grandes haciendas con métodos modernos.

En definitiva, el proceso del librecambio estuvo íntimamente ligado con el progreso económico del siglo XIX y el desarrollo industrial.

Con el librecambio se favoreció al productor más eficiente y competitivo con independencia del lugar de origen. De este modo, se rompió con los postulados mercantilistas y se abrieron al mundo al liberalismo. Otro salto fundamental se produce en 1860 con el tratado Cobden-Chevalier entre Gran Bretaña y Francia, que posibilitó otro período de libre comercio que duraría hasta la gran depresión de 1873. Nuevamente la solución defendida por los Estados fue volver al proteccionismo, que duraría hasta la Primera Guerra Mundial y no se saldría definitivamente de sistemas no librecambistas hasta después de la Segunda Guerra Mundial. En Breton Woods se crea un sistema en donde se defiende un mercado abierto, primero con el GATT (General Agreement on Tariffs and Trade) y desde los años 90 con la OMC (Organización Mundial de Comercio).

♦♦♦♦♦

 

 

 

 

LA VIDA DE DISRAELI

Por André Maurois*

PARTE 10

*Traducción del francés por Remee de Hernández 

 

 

VII

LEADER

 

Los grandes espíritus deben esperar el éxito de grandes variedades, de grandes talentos y de nada más. (Disraeli.)

 

Amarguras de la victoria... en su larga carrera hacia la muerte, los hombres imaginan algunos altos agradables. Unos pasos más, y estará terminada la etapa del día y se gozará del reposo al lado del fuego; pero en el continuo curso del tiempo no existen altos ni reposos. Cada noche se mira el pasado como un sueño y como un misterio el porvenir.

El gigante que despreció a David yacía a través del camino. Las tropas conservadoras, divididas en dos bandos, huían por caminos opuestos. Lord John Russell y sus liberales, sin adversarios, se apoderaban del Poder. En aquella barahunda, ¿Qué sería de Benjamín Disraeli?

Había aprendido mucho durante aquellos cinco años de lucha. Jueces severos, Manners y Benticnk lo habían encontrado buen compañero de armas. Supo ganar su confianza sabiendo que la merecía. Aun cuando se conceptuaba muy superior a Bentinck y sentía unos deseos irresistibles de ser leader del partido, estaba resuelto a servir como teniente, sin rencillas, mientras que Bentinck ostentara el mando. Sabía que la lealtad y el valor son más provechosos para un hombre que el brillo de sus ropajes o de sus discursos; que la falsa grandeza no resiste y que la fidelidad a un partido, aun ingrato, era una virtud política indispensable. Valía más, mucho más, que el joven dandi que ingresó en el Parlamento en 1837.

Pero su situación no estaba consolidada. Los amigos de Peel, Gladstone, Graham y todos los intelectuales del partido, lo odiaban, y juraron no unirse jamás a él. En la corte, la reina, y sobre todo, el príncipe Alberto lo consideraban como un ambicioso sin principios, quien por despecho torturó al caro y digno sir Robert. Los gentileshombres campesinos, que durante la emoción de la batalla lo siguieron sin reflexionar, se retrajeron después. Aun cuando ya no vestía más que de negro, la forma de su rostro hacia que entre ellos semejase un ibis o un flamenco extraviado en un gallinero ingles. Cuando el sol alumbraba los bancos conservadores, todos los rostros se ponían más blancos, y el suyo, más oscuro. Su erudición los inquietaba, y para tranquilizarlos trataba de apagar los destellos de su espíritu. Después de sostener una  conversación con él, un poderoso terrateniente declaró que Disraeli no era un hombre muy inteligente, pero era seguramente un buen hombre. Buena impresión, pero demasiado rara.

En resumen: los conversadores estaban espantados de haber derrotado a Peel. Testigos de aquella caída, no podían creer aun en ella. ¿Cómo un malabarista hebraico, de bucles negros, pudo hacer desaparecer de aquel modo a tan grande y hermosa figura? En la imaginación de aquellos hombres la persona de Disraeli iba unida, no ya a ningún ridículo, sino a un siniestro prestigio. Tras la careta del dandi había aparecido un mago poderoso, pero nefasto. Lo más grave era que lord Stanley, leader, del partido proteccionista en la Cámara de los Lores y su verdadero jefe, no sintió nunca simpatía por Disraeli. Ya no hubiera seguido diciendo, como en otros tiempos: <Si ese pillo ingresa, yo me retiro.> Confesaba que durante aquellos cinco años la conducta de Disraeli no le había dado motivos para dudar de su lealtad; pero le inspiraba aquel hombre una hostilidad casi física. Stanley era un gran señor del siglo XVIII, indolente y burlón, de carácter altanero y modales alegres. Alardeaba de hacerlo todo bastante bien y nada demasiado bien. Traducía a Homero en versos ingleses bastantes pasaderos. Uno de sus caballos fue el segundo en llegar en el Derby; más no tenia programa político, y nada le hubiera molestado tanto como el tener que redactar uno. Sentía horror por el retorno a los principios y las explicaciones de conducta. Le agradaba el que se tuviera el completo dominio de sí mismo y que se fuera negligente. El pánico de Peel lo había irritado. La áspera ambición de Disraeli no le desagradaba menos. Hombre brusco, pronto cansado de la lucha, le temía a la duradera actividad de los plebeyos. Aun reconociendo el talento e incluso la honradez -¿por qué no?-  de Disraeli, juzgaba que estaba en su derecho al no invitarlo a comer en su casa, y, por tanto, a no tenerlo como colega en la dirección del partido.

 

 

En aquel momento, cuando lo que importaba era serenar a un Parlamento desconfiado y disipar el aire de extrañeza acumulado alrededor de su nombre, Benjamín Disraeli, M.P., cometió la acción menos razonable que imaginarse pueda: publicó una novela mística.

Esta novela, titulada Tancredo, era la historia de un joven señor ingles que realiza una peregrinación al Santo Sepulcro para tratar de comprender el misterio asiático. Era ante todo, con respecto al autor, un pretexto para desarrollar su teoría del judaísmo y la de la Iglesia. Para Disraeli, el papel de la Iglesia era defender, en medio de una sociedad materialista, ciertos principios semíticos expuestos en los dos Testamentos, y de los que eran los principales la creencia del papel divino y del espiritual en este mundo. Era un lugar común entre los espíritus superficiales el hablar de Disraeli diciendo de él:<Es un oriental.> Clasificación inexacta, juicio un tanto desprovisto de matices. Educado a la inglesa, formado por el pensamiento británico, rodeado de amigos ingleses y apasionadamente ligado a Inglaterra, estaba aun más lejos de un judío oriental que de un hombre como Jorge Bentinck. Pero difería mucho también de sus amigos los ingleses de origen. Tenia de particular con los orientales el doble sentimiento de desear los bienes terrenales y darse cuenta de su vacuidad.

Tancredo era un libro extraño, valiente e imprudente. Chocó mucho. Caryle juzgó insoportables las <charlatanerías judías> (1) de Disraeli y preguntó: < ¿Durante cuánto tiempo aun seguiría John Bull permitiéndole a este absurdo mono que bailara sobre su vientre?>

(1)En realidad, las calificó de cotorreo. (N.de la T.)

Felizmente para Disraeli, muchos de sus colegas de partido no leían de ordinario. Más poco tiempo después de la caída de Peel, las circunstancias lo llevaron a exponer su doctrina en plena Cámara de los Comunes. Lionel de Rotchschild había sido elegido como parlamentario por la ciudad de Londres, y no podía tener allí asiento por exigir la ley del juramento por la fe de cristiano. Lord John Russell, fiel a la doctrina liberal de que <todo inglés nacido en Inglaterra tiene derecho a todos los beneficios de la Constitución>, propuso la supresión de la formula. Todo el partido proteccionista votó contra Russell, salvo Disraeli y Bentinck, y este último lo hizo tan solo por su amistad con Disraeli. Este pronunció un gran discurso, en el que explicó ante una Cámara atónita que es el más nefasto de los errores para un partido conservador el perseguir a los judíos, la raza esencialmente conservadora, a la que se arroja, por la revolución y el desorden, a los cuales aportan una temible dirección intelectual. En cuanto a él, votaría por los judíos, pero como cristiano.

-Enseñáis a vuestros hijos la historia de los judíos; leéis a vuestros pueblos en los días de fiesta las hazañas de los héroes israelitas; cada domingo para cantar las alabanzas al Todopoderoso o encontrar consuelo a vuestros dolores, buscáis la expresión de tales sentimientos en los cantos de los poetas judíos. En proporción exacta con la sinceridad de vuestra fe, debéis desear la realización de este acto de justicia natural...

La Cámara escuchaba con impaciencia, y de diferentes puntos de ella se le gritó: <! Oh! !Oh!> más de ello dedujo Disraeli el siguiente pensamiento:

-No puedo permanecer en esta Cámara mientras exista un equívoco en cuanto a mis opiniones sobre el particular para mí. Fueren cuales fueren las consecuencias para mi, no puedo expresar un voto que no estuviese conforme con lo que creo deben ser los verdaderos principios religiosos...Sí, como cristiano, no tomaré sobre mí la terrible responsabilidad de excluir a los que pertenecen a la religión en cuyo seno nació mi Señor y mi Salvador.

Se sentó luego en medio de un profundo silencio. Ni uno solo de los miembros de su partido lo aplaudió. En los bancos de la oposición, lord John Russell se volvió hacia su vecino y le dijo con admiración: <¡Necesita mucho valor un jefe de partido para defender de ese modo unas doctrinas que causan horror a sus amigos!>

***

 

 

El partido comunicó a Bentinck que su conducta en el asunto de Rotschild no había sido aprobada, por lo cual presentó su dimisión de leader. Poco tiempo después fue encontrado muerto en un campo. Cayó de bruces. Los médicos diagnosticaron un espasmo del corazón. Era un hombre poco acostumbrado al trabajo intelectual. La variación de costumbres que se impuso y la privación de sus habituales ejercicios alteraron su salud. Además, una pena muy honda lo había aniquilado. Su única ambición consistía en ganar el Derby, y nunca logró satisfacerla; mas he aquí que uno de los caballos que vendió para consagrarse a la política Surplice, acababa de alcanzar tal galardón en esa carrera. Fue una decepción muy dura; pero lord Jorge no lamentaba nunca haber hecho lo que consideraba como un deber. En sus últimos días, cuando sus amigos le suplicaban que tomase un poco de reposo, respondía: <Quien salve su vida, la perderá.> Su muerte causó mucha tristeza a Disraeli. Se había ligado de todo corazón a aquel amigo un poco tosco, pero justo, que mas de una vez respondió a los que dudaban de su teniente.<No tengo la pretensión de saber mucho; pero de hombres y de caballos, si que entiendo.>

Al desaparecer Bentinck, perdía Disraeli uno de sus más sólidos apoyos. Cuando se pensó en la elección de un nuevo leader se pronunciaron muchos nombres, menos el suyo. Stanley le escribió una carta, cortés en la forma, pero insolente en el fondo, para inducirle a que sirviese a las órdenes de un jefe nominal, encargándolo del trabajo efectivo, mientras el otro ostentaría el titulo de leader. Disraeli se negó a aceptar todos los riesgos sin el honor del título. La marcha de Peel y de sus amigos dejó a los proteccionistas sin orador, y cuando en el partido conservador, donde contaban con Gladstone y varios más, se hubiera visto precisado a esperar mucho tiempo su promoción, la escisión lo colocaba en el primer lugar, con la venia de los demás o sin ella. Stanley resistió mientras pudo; por fin emitió la idea de hacer dirigir el partido en la Cámara de los Comunes por un comité de tres miembros: Granby, Herries y Disraeli. <Sieyes, Roger Ducos y Napoleón Bonaparte>, comentó un ministro viejo al conocer la noticia.

Tres semanas después se dejó de hablar de los otros dos, y Disraeli apareció ante todos como el leader oficial de la oposición. Lord Melbourne, que aun vivía, recordó entonces a aquel muchacho de cabello rizado que le respondió en casa de Carolina Norton: <Quiero ser primer ministro.>

-Por Dios-dijo, este hombre lo será.

***

 

 

Era, en efecto, un gran paso dado en el camino del Poder aquel de presentarse en la Cámara como jefe reconocido de un gran partido; pero una idea que se dibujaba cada día más clara en el espíritu de Disraeli era la de que en Inglaterra, y sobre todo en cierta sociedad política, un hombre no representaba nada si no poseía unas tierras, y no juzgaba absurdo tal prejuicio.

Un terrateniente, al pasearse por sus fincas, hablando con sus granjeros, se entera del verdadero estado de los sentimientos y de las necesidades, oye las quejas de los agricultores y mide el alcance de las leyes que ha votado. Un habitante de Londres que se pasa la vida entre los salones y las Cámaras no puede ser más que un teórico. El espíritu necesita, a intervalos frecuentes, ponerse en contacto con la tierra. Después de una temporada de vida urbana, la paz y la belleza de la naturaleza vegetal calman el tumulto de las ideas. Disraeli amaba apasionadamente los arboles y las flores. Desde hacía mucho tiempo soñaba con adquirir una gran casa en el condado de Bucks, al cual se ligó.

Cerca de Bradenham había una en venta. Era el castillo de Hughenden. Disraeli y sus hermanos estuvieron en él con mucha frecuencia durante su niñez, para jugar primero y para coquetear mas tarde. Conocía el hermoso parque, los enormes bosques de hayas y de pinos, los lomos ondulantes de las praderas, el riachuelo del valle y sus truchas emboscadas, la terraza abrigada por una florida pérgola. Más de cien veces escucharon relatar la historia de la finca, que fue donada a Odo, obispo de Bayeux, por Guillermo el Conquistador. Ricardo de Monfort vivió en ella, así como el famoso conde de Chesterfield. Nada le hubiera agradado tanto a Disraeli como el llegar a ser señor de Hughenden, pero no tenia capital. Cuando contrajo matrimonio, sus deudas de juventud, unidas a los intereses exigidos por los usureros y a las deudas de aquellos amigos suyos por los cuales salió garante, se elevaban a veinte mil libras. Su parte en la herencia de su padre seria de diez mil libras, y el señor D´Israeli estaba dispuesto a invertir esa cantidad en la adquisición de una tierra; pero el castillo y sus bosques valían treinta y cinco mil libras ¿Dónde encontrarlas?

En vida de lord Bentick, Disraeli le confesó su deseo, y como lord Jorge juzgase conveniente que uno de los jefes del partido agrícola fuese a su vez gentilhombre campesino, se ofreció a prestarle, con sus hermanos, la enorme suma. En principio, el convenio estaba hecho. Isaac d´Israeli compró Hughenden para su hijo. Poco después murió, a la edad de ochenta y un años, sin casi darse cuenta de ello, escuchando hasta el último momento la lectura de Sara. Aquel mismo año, y antes que fuese pagado el castillo, murió a su vez lord Jorge Bentinck; pero Disraeli encontró la misma generosidad en los hermanos de sus amigo. Les explicó con una franqueza pueril y atrevida que la vida le sería poco grata, e inútil para el partido, si no le era posible ostentar cierto boato. Eran hombres aptos para comprender la imposibilidad de vivir de otro modo, y Dizzi le pudo escribir a Mary-Ann;

<Ya está todo arreglado, y ya eres castellana de Hughenden.>

Aquella compra hubiera sido justamente censurada por toda persona razonable, pero ¿podía Disraeli, por carecer de unas miserables monedas de oro, dejar escapar la ocasión que se le presentaba de poseer un castillo casi semejante a los de sus novelas: una iglesia edificada en el mismo parque, la casita del cura, un riachuelo, unas tierras, una gran alameda, como un palacio natural, en donde las hojas se entrecruzan formando ojivas sobre una alfombra de hierbas y de musgo?...Ya Mary-Ann, perfecta castellana, trazaba senderos en el bosque de pinos, que ellos llamaban el bosque alemán, y colocaba bancos rústicos. Disraeli daba grandes paseos  a pie, y su mujer lo acompañaba en un cochecito arrastrado por un poney.

Octubre. Los bosques se revisten con la librea de otoño. Los tilos y los alerces tiñen sus hojas amarillentas. Los arboles rojizos centellean al sol. Acá y allá, un roble o un olmo conservan su verdor como en pleno verano. El señor y la dama de Hughenden regresan lentamente hacia el castillo. El tiene cuarenta y cinco años, y ella, cincuenta y siete; pero se inclinaba sobre su hombro con toda ternura, y ella se apoyaba en él con toda su coquetería. En la terraza, unos pavos reales lucen sus colas, magníficos y majestuosos. <Mi dear lady, ¿para qué quieres una terraza si no tienes también pavos reales?>

 

 

VIII

OBSTACULOS

 

<Por Dios!, este hombre lo será.> Lord Melbourne era más optimista aun que Disraeli, quien se veía separado del Poder por un recorrido muy pesado y sembrado de obstáculos.

Primera barrera.- Aun cuando en la Cámara representaba al partido, no se sentía respetado. El partido conservador era Fausto, y Disraeli, Mefistófeles. <Le devolveré la fuerza y la juventud, pero con una condición: la de permanecer siempre a su lado.> Fausto soportaba al diablo, pero le amaba poco. Todos reconocían que el nuevo leader cumplía bien su obligación. Cuando no estaba en la Cámara, compulsaba libros azules, tomaba notas y preparaba discursos. Mary-Ann era la encargada de mantener el contacto con el mundo, y Dizzi dejaba ver, por fin, su gran desprecio por la frivolidad, que la necesidad de agradar le obligaba a mantener oculto. Era frecuente que pasara la velada en tener en casa de un amigo, sin pronunciar una palabra. Parecía tan absorto en sus ideas, que apenas si alguien se atrevía a hablarle. Pero los whigs enviaban sobre él a Stanley unos informes semejantes a los que un funcionario colonial podía facilitar al gobernador sobre un jefe indígena recientemente sometido. <Tengo la intuición de que se juzga comprometido y  permanecerá fiel.> Durante las vacaciones parlamentarias se vigilaba hasta su rostro:<Me entero de que Disraeli se exhibe con unos bigotes; eso es muy lamentable. Debía llamar la atención por su talento y no por su apariencia y su vestimenta exagerada. Confío en que no hará esas excentricidades más que en el campo, bajo los árboles del Bucking-hamshire, y que en enero se presentará en sociedad en forma más humana.>

Eran injustificados tales temores. Su indumento era irreprochable. Había desaparecido los anillos y las cadenas; solo llevaba, en invierno como en verano, una levita oscura. Si en sus comienzos  pudo disgustar su actitud febril, ya la Cámara podía mostrarse satisfecha de su inmovilidad. Durante las sesiones permanecía sentado en su banco, con la cabeza alta, los brazos cruzados y estrechamente unidos al cuerpo y los ojos entornados. No se le podía mirar sin evocar las antiguas estatuas de piedra de Egipto. Si era atacado con violencia, fingía dormir. Si el ataque lo hería en lo vivo, miraba con desenfado el extremo de uno de sus pies, o bien tiraba un poco del puño de su camisa. Era la única señal de vida que hubiera podido notar el observador más minucioso. Aun en los pasillos se deslizaba sin ruido, como una sombra ajena a la presencia de objetos exteriores. Cuando hablaba, lo hacía sin gestos ni efectos de voz. Únicamente en el momento en que iba a pronunciar  una palabra muy jocosa, sacaba su pañuelo de su bolsillo izquierdo, lo colocaba en su mano derecha y tosía ligeramente  -A-hem-, se pasaba el pañuelo debajo de su nariz, lanzaba el pullazo y volvía a poner el pañuelo en su manos izquierda. Por otra parte, la disciplina del cuerpo había arrastrado la del espíritu. El, tan nervioso en otro tiempo, había logrado dominarse por completo, por lo menos en apariencia. Si alguien le contradecía, respondía siempre: <Acaso...>, y variaba de conversación.

Segunda barrera.- El partido proteccionista carecía de doctrina. <¿Cómo? -hubiera dicho Stanley-. ¿Y la protección?> La protección no podía servir de programa a un gran partido. Un partido ha de tener una fe. No se pueden enardecer las imaginaciones de los hombres con leyes aduaneras, y únicamente la imaginación conduce a los hombres. Además, los hechos demostraban que el crimen de Peel no era tan grande como se había creído. <¿Qué es lo que hemos sostenido contra Peel? -decía Disraeli-. Que el libre cambio arruinaría a los granjeros y no haría bajar el coste de la vida.> Y, sin embargo, el coste de la vida había bajado y los granjeros estaban más prósperos que en tiempos de la ley sobre los trigos. Era acaso una casualidad; quizá era debido al tiempo, a las cosechas, y pudiera suceder que en lo futuro un cambio de clima los llevara a la hora de la protección; la agricultura no estaba arruinada. Restablecer las leyes sobre el trigo era, pues, una idea loca; levantaría al país y acabaría con el partido. La protección no estaba solamente muerta, sino además condenada.

Tal actitud irritaba a todos. Los liberales ansiaban ver a sus adversarios ligados por un siglo a aquella política maldecida. Lord Stanley preguntaba, no sin apariencias de razón:

-¿Valía la pena de apostrofar tanto al señor Robert Peel para luego imitarlo?

No tenía Stanley ni lugar ni ganas de reflexionar sobre el valor real del libre cambio. El tenia su billar, sus caballos, se había unido a una política proteccionista, y luego, ¡al diablo las consecuencias! El fiel John Manners, a su vez, juzgaba que el honor ordenaba gritar:<! Abajo los impuestos sobre la renta y hurra por la Aduana!>

Las viejas leyendas de infidelidad política volvían a circular. Punch caricaturizaba a Disraeli, representándolo unas veces como un fuego fatuo perseguido en vano por granjeros decepcionados; otras, como un camaleón que, puesto sobre una mesa, era mirado con curiosidad por John Bull, y otras, en fin, como un seductor pueblerino al que un padre severo, enseñándole a su hija Agricultura, preguntaba: <¿Cuáles son sus intenciones?>

ENTIERRO ROBERT PEEL

 

Tercer obstáculo.-  Mientras vivió el señor Peel, era imposible, sin contar con él, rehacer un partido conservador unido. En un principio, Disraeli halló muy molesto el sentarse en el mismo banco en que lo hiciera el hombre cuya vida había roto, separado de él tan solo por Gladstone. Desde que lo hubo derrotado, sir Robert se le había hecho simpático. Solo hablaba de él para alabarlo. Si la ausencia de Gladstone podía colocarlos uno al lado del otro, Disraeli llamaba a un amigo y le rogaba se sentara entre ellos, a fin de evitar al señor Robert una penosa vecindad. Pero Peel lo miraba sin cólera y lo observaba con gravedad. El éxito póstumo de su política había calmado su orgullo. Su aspecto era de nuevo tranquilo y casi dichoso. Una noche, al sentarse Disraeli tras un bello discurso, Gladstone , que estaba al lado de Peel, le oyó a éste aprobar en voz baja.

Aquella noche, la sesión se prolongó hasta las cinco de la mañana; Disraeli al llegar a su casa, la encontró, como siempre, iluminada, se acostó, durmió bien, se levantó muy tarde, y su mujer le persuadió de que diera con ella un paseo en coche. Al atravesar Regent´s Park, dos jinetes extranjeros detuvieron su carruaje:<Señor Disraeli, le interesará saber que el señor Robert Peel ha sido tirado por su caballo y que lo han llevado a su casa en grave estado.> < ¿Grave? - preguntó Disraeli-. !Confío en que no sea así! Su pérdida sería una gran desgracia para este país.>

Los dos extranjeros parecieron sorprendidos y se alejaron.

La noticia era cierta. Peel había salido a caballo durante la mañana. Estaba fatigado por la sesión de la noche antes; su caballo, rebelde, lo había arrojado al suelo. Sus sufrimientos eran tan grandes, que los médicos no habían podido explorar completamente las heridas; la señora Peel estaba tan desesperada, que no se le permitía entrar en la habitación del enfermo, al que la pena causaba verdaderas convulsiones. Una multitud conmovida rodeaba la casa y esperaba noticias.

Por la tarde, los Londonderry dieron una gran fiesta rustica en una casita de recreo cubierta de rosas, en las orillas del Támesis. La señora Londonderry servía el té a sus invitados en tazas de oro macizo. El dueño de la casa estrechó la mano de Disraeli con afectuosa ansiedad, y luego desapareció. Cuando volvió, un gran rato después, murmuró:<No hay esperanza alguna...> Había volado hasta la casa de Peel mientras que los violines por él encontrados tocaban y sus invitados tomaban helados.

Al siguiente día, en el Carlton, Gladstone dijo:

-Peel ha muerto en paz con todo el mundo, hasta con Disraeli.

Rachel representó aquella noche Bayaceto en francés, y todo Londres acudió para oírla. Se hacía raro el pensar que sir Robert no volvería a ocupar más su banco. <Había realizado su labor -dijo Bulwer a Disraeli-, y ningún hombre sobrevive a su obra terminada.> ¿Por qué? Bulwer se tornaba sentencioso. Disraeli deploraba sinceramente la pérdida de su vecino. Sin embargo, muerto Peel, parecía más fácil el atraerse a los peelistas y hacerlos entrar en su partido. Pero los peelistas permanecieron refractarios. Juzgaban indigno de su devoción a la memoria de Peel el unirse tan pronto a su enemigos, y no querían servir a las órdenes de Disraeli, de quien habían sido sus jefes. Supieron con sorpresa que Dizzi estaba dispuesto a abandonar la dirección de los Comunes a un veterano peelista. Tanta abnegación les extrañó hasta llegar a la incredulidad, pues no coincidía con el sujeto tal y como lo habían imaginado. Pronto hubo ocasión de poner a prueba su sinceridad. En minoría, al tratarse de una moción radical, lord John Russell dimitió. Lord Stanley fue llamado por la reina. Lo recibió, no sin inquietud, porque el regio matrimonio era librecambista. Stanley, con su elegante franqueza, dijo a la soberana que su partido contaba con pocos hombres de talento y no veía casi medio de encontrar entre ellos los elementos para un Ministerio. Conferenció con Disraeli y le dijo: <¿Será posible hallar en la Cámara de los Comunes, sin el apoyo de los peelistas, a seis o siete conservadores casi inteligentes?> Stanley lo dudaba. Disraeli le respondió que si el partido lograba el apoyo de Gladstone y sus amigos, sacrificándolo a él como leader, estaba dispuesto a dicho sacrificio. Luego deslizó algunos nombres, el del señor Henley, por ejemplo. Lord Stanley se encogió de hombros, pero no puso dificultades. Ese era su modo de proceder.

Al siguiente día, hacia las doce, Stanley se hizo anunciar a Disraeli en Grosvenor´s Gate. Se le hizo subir al primer piso y pasar a la habitación azul. Tenía el rostro radiante, la mirada alegre; levantó, como hacía con frecuencia, sus cejas burlonas, y dijo:<Well! ¡Estamos lanzados!> Y tornó a ponerse serio. <Le he prometido a la reina que trataré de formar un Gobierno.> Ella le hubo de preguntar a quien contaba confiar la dirección de la Cámara de los Comunes, y él nombro a Disraeli. Me desagradó su conducta para con el pobre Robert Peel, y la muerte de éste no tiende a disminuir ese sentimiento...> Lord Stanley respondió: <Señora, el señor Disraeli había de crearse una posición, establecerse una reputación de orador brillante. Los hombres que se encuentran en esas condiciones hacen y dicen cosas que pueden evitar los que han encontrado ya su vida trazada.  Nadie ha aprendido tanto como él en la escuela del Parlamento, y su tono ha variado por completo.><Eso es cierto -dijo al reina-; pero confió en que habiendo logrado tan elevada posición, será en adelante moderado. Lo acepto con la garantía de usted.> <Ahora -le explicó lord Stanley a Disraeli, lleno de emoción al escuchar aquel relato-, voy a escribir a Gladstone rogándole que venga  a verme.>

 

 

La entrevista con Gladstone fue un fracaso completo. Los peelistas, para formar parte del Ministerio, exigían un abandono oficial de la política de protección, un a modo de acto de contricción, y eso no podía consentirlo el orgulloso lord Stanley. Conservó, a pesar de todo, su buen humor, y citó en su casa, para el día siguiente, a sus amigos de la Cámara de los Lores y a los miembros de la de los Comunes que le indicó Disraeli; pero cuando éste vio reunida en el esplendido comedor de su jefe a toda aquella asamblea, perdió confianza. Aquel señor Henley que él alquiló estaba sentado en una silla, con las dos manos apoyadas sobre un enorme bastón, con las negras cejas unidas y la mirada ayuna de todo pensamiento, con el aspecto de un vigilante de cárcel que aguarda una reprimenda por brutalidad. Los demás eran de su misma altura. En cuanto hablaron, Stanley cambió una mirada con Disraeli, comprendiendo éste lo que ocurría en la imaginación de su jefe. Aquel hombre espiritual y delicado no podría soportar por mucho tiempo tal espectáculo, lo echaría todo a rodar. Ya Disraeli había comenzado a formar un vasto programa, a imaginar un Ministerio de mucha duración, unas elecciones favorables, y he de aquí que la aventura se terminaba antes de comenzar. ¡Ah, si él hubiese sido jefe! !Con cuanta paciencia hubiera intentado formar lentamente a sus colegas! Pero no lo era, y había de aguantar los caprichos de aquel fatigado gran señor. La meta casi alcanzada huía ante él, acaso para siempre.

Lord Stanley le hizo seña de levantarse y se le llevó al otro extremo de la habitación.

-Esto no marchará nunca-le dijo.

-No es, en efecto, un conjunto muy brillante; pero no se precipite demasiado.

Stanley volvió a la mesa y expuso que su deber consistía en rehusar el honor de formar un Gobierno, particularmente por carencia de miembros de la Cámara de los Comunes. Uno de los whigs, Beresford, dio un respingo y afirmó a lord Stanley que en el Carlton había varios hombres de valor que esperaban ser llamados.

-¿Quién está en el Carlton?- preguntó con impaciencia lord Stanley.

-Deesdes -dijo Beresford.

-¡Bah! No son nombres que yo pueda someter a la reina. Well, my lords gentlemen; quedo muy reconocido por la amable presencia de todos;  pero esto ha terminado.

Los reunidos se dispersaron, confusos. Henley quedó silencioso y sombrío. Beresford tenía el aspecto de un hombre que acaba de perder toda su fortuna a la ruleta, y continuaba declarando que Deesdes era un hombre de primer orden.

Cuando Stanley explicó en la Cámara de los Lores su negativa a formar un Ministerio, estableció un brillante paralelo entre la nulidad de su propio partido y el brillo del grupo peelista. No era siempre tarea fácil la de teniente de lord Stanley.

 

 

 

 

 

 


Sé el primero en comentar

Deja tu opinión

Tu dirección de correo no será publicada.


*