LA LEY DE HIERRO DE LA OLIGARQUÍA, por Dalmacio Negro (y Parte 2).

LA LEY DE HIERRO DE LA OLIGARQUÍA, por Dalmacio Negro (Parte 1).

LA LEY DE HIERRO DE LA OLIGARQUÍA

(Parte 2/2)

La dirección de cualquier sociedad estatal, independiente de la institucionalización de su “forma de gobierno”, yace en las manos de una minoría manipuladora constituida por los que ostentan el poder, bien los oficiales y legítimos, o los no oficiales e invisibles. Es esta minoría la que, como en toda organización colectiva, maneja los hilos de la maquinaria estatal. Descubriendo esa oligarquía dominante y dirigente se penetra en el núcleo del proceso del poder. 

«El Estado debe estar basado, igual que otras sociedades, en algún sentimiento de intereses comunes y obligaciones entre sus miembros [el consenso social, que no es lo mismo que el consenso político que une a las oligarquías separándolas del pueblo]. Pero la coerción es ejercida regularmente por un grupo gobernante para obligar a la lealtad y a la obediencia y esta coerción supone inevitablemente que los gobernantes controlan a los gobernados y les “explotan” para sus propios propósitos».

La tiranía democrática —la tiranía de la mayoría dirigida por los oligarcas— adviene cuando el Derecho, devenido mero transmisor de los deseos o caprichos de los gobernantes, no da ya ninguna seguridad, imponiéndose la obediencia pasiva, no como obediencia política, sino como antesala de la servidumbre voluntaria. Todo ello, por supuesto “en nombre del pueblo” y “por el pueblo y para el pueblo”.

Según Maurice Duverger, la opinión política es siempre el resultado de la propaganda, que, por cierto, reobra sobre las élites.

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Por Dalmacio Negro Pavón

LA LEY DE HIERRO
Dalmacio Negro Pavón (Madrid, 1931) Catedrático emérito de ciencia política y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

 

17.- La forma del gobierno vertebra o pretende vertebrar el orden o régimen político, que es como la piel del orden social entero. Mientras no lo vertebre conectándolo con la sociedad civil, existirá una situación política; si lo vertebra, la situación se transforma en régimen u orden.

El problema consiste, describe Loewenstein, en que «no existe en absoluto una relación causal entre la estructura del mecanismo gubernamental y la localización fáctica del poder. La dirección de cualquier sociedad estatal, independiente de la institucionalización de su “forma de gobierno”, yace en las manos de una minoría manipuladora constituida por los que ostentan el poder, bien los oficiales y legítimos, o los no oficiales e invisibles. Es esta minoría la que, como en toda organización colectiva, maneja los hilos de la maquinaria estatal. Descubriendo esa oligarquía dominante y dirigente se penetra en el núcleo del proceso del poder. Esta situación extraordinariamente complicada será simplificada, con su manera de pensar unilateral, por los marxistas, al presentar un esquema blanco-negro de la clase capitalista dominante y el explotado proletariado. Por otra parte, prosigue Loewenstein, la teoría neopluralista de la dinámica socioeconómica y política, tiende a insistir en el supuesto equilibrio de las fuerzas sociales concurrentes y a ignorar totalmente la existencia de una clase dominante» (70).

El historiador E. H. Carrr escribe: «El utópico que sueña que es posible eliminar el egoísmo en política y basar una sistema político sólo en la moralidad, no atina en el blanco, al igual que el realista que cree que el altruismo es una ilusión y que toda acción política se basa en el egoísmo» (71).

Schumpeter perdió muchas simpatías con su tesis de que la democracia es algo “residual”, pero mucho más recientemente, Panebianco coincide con Stephen Krasner, en que lo que suele llamarse “democracia liberal” es hipocresía organizada(72).

En fin, la célebre frase de Lincoln “la democracia es el gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo”, es un peligroso sofisma, pues omite los efectos de la ley de hierro. El dictum de Lincoln es una prueba de como la omisión o ignorancia de la ley de hierro induce al autoengaño (73).

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18.- Según la concepción clásica, lo opuesto a la democracia no es la oligarquía, sino lo que llamaban los griegos la demagogia o democracia radical en contraposición a la democracia moderada. La demagogia sobreviene cuando el régimen se ha impuesto al gobierno, por decirlo así sin guardar las formas.

Puede ser una forma de gobierno muy persistente y cohabitar apariencialmente con las formas puras o buenas del gobierno. Comienza normalmente cuando al derivar la oligarquía en plutocracia, el mando del dinero, su degeneración es tan intensa, que el poder dinerario corrompe las instituciones, incluidas las más ajenas a la política como pueden ser las iglesias, poniéndolas a disposición de los ricos, o bien adoptando la forma de oclocracia (la fórmula del populismo) cuando la degeneración de los que mandan, gentes mediocres y corrompidas extraídas de la masa, corrompe todo sistemáticamente, tanto la vida pública como la privada utilizando el poder político (74).

 

Descubriendo esa oligarquía dominante y dirigente se penetra en el núcleo del proceso del poder.

 

Plutocracia y Oclocracia suelen acabar mezclándose en lo que llamaba Maquiavelo «lo stato licenzioso«. En el proceso de generalización de la oligarquía o de la “democratización”, se llega a un punto en el que, decía Aristóteles, «todas las causas que hemos citado de la oligarquía pura y extrema y de la democracia radical, hay que referirlas también a la tiranía, pues éstas vienen a ser tiranías repartidas de la democracia radical» (75).

La tiranía democrática —la tiranía de la mayoría dirigida por los oligarcas— adviene cuando el Derecho, devenido mero transmisor de los deseos o caprichos de los gobernantes, no da ya ninguna seguridad, imponiéndose la obediencia pasiva, no como obediencia política en el sentido de J. Freund, sino como antesala de la servidumbre voluntaria. Todo ello, por supuesto “en nombre del pueblo” y “por el pueblo y para el pueblo”.

Según Maurice Duverger, la opinión política es siempre el resultado de la propaganda, que, por cierto, reobra sobre las élites. Pareto pensaba que era ésta una de las causas de su declive inevitable al hacer del gobierno un desgobierno.

Es interesante distinguir la dictadura de la oligarquía, a fin de aclarar que la democracia y la dictadura no son necesariamente opuestas como pretende el modo de pensamiento totalitario.

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19.- Decía Ortega: «mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar sino una exquisita mixtura de ambas cosas». El mando dictatorial se limita a obligar, y para entender la oposición de los griegos a la dictadura hay que tener en cuenta que concebían la política como un arte medicinal para curar los males de la vida colectiva, idéntica para ellos a la vida de la Ciudad.

El dictador sería como el “cirujano de hierro” de Joaquín Costa. Mas, al suspender o suprimir por definición la libertad política suprimía la libertad de la Polis y con ella la ciudadanía, y eso era para los griegos una forma bárbara de gobernar, una tiranía. Palabra que designaba originariamente una forma monárquica, a veces como un cumplido, antes que Platón y Jenofonte le dieran la connotación peyorativa que acabó por imponerse (76). Los griegos descubrieron la política como el arte de sanar la Polis  (77), pero en vez apelar a la dictadura discurrieron las formas mixtas de gobierno.

Hay tres interesantes ejemplos clásicos de la dictadura: uno, que sirve para ilustrar que significa la oligarquía como forma trascendental del gobierno, es, paradójicamente, la Atenas democrática de Periclés, el general autor de la célebre Oración fúnebre por los muertos en la guerra del Peloponeso transmitida por Tucídides (78). Europa ha heredado sobre todo de esa Atenas la idea de la democracia como la forma de gobierno más libre y, según eso, la forma perfecta del gobierno y del orden o régimen político.

La democracia ateniense fue posible gracias a que la sostenía en la trastienda el prestigio de ese general, una especie de dictador en la sombra o protector de la república ateniense -se podría decir que demócrata a fuer de liberal- (79), con cierta semejanza con Cromwell, quien no quería ser dictador por cuestión de principios y se presentaba como protector de la República. Es muy conocido que Sócrates ironizaba diciendo que quien mandaba en realidad, no eran los demócratas sino la hijastra de Pericles, pues su mujer mandaba en el general y en ella mandaba su hija. Como observó Aristóteles, a diferencia de la oligarquía, la democracia incluye a los ciudadanos más pobres y débiles, de modo que el prestigio de Pericles sirvió para que pudieran participar en la vida política.

El segundo ejemplo es el romano. Mientras en Grecia los politai o ciudadanos pertenecían a la Polis, en Roma, la Urbs o Ciudad —Civitas—pertenecía jurídicamente a los cives, los ciudadanos (80). Los romanos, un pueblo de juristas, tenían mentalidad campesina. Celosos del Derecho, eran menos arcaizantes y naturalistas que los griegos y tenían un sentido de la política —regida por el principio salus populi suprema lex esto—, más amplio, más concreto y más jurídico.

En la Urbs, la dictadura era un recurso legal para afrontar las situaciones excepcionales, que tenía originariamente un estatuto jurídico especial consistente sustancialmente en extender a la vida civil la potestad de origen sagrado del imperator, el jefe militar que disponía del ius vitae ac necis absoluto en el campo de batalla. A diferencia del juez, cuyo modo de sentenciar o decir el derecho viene de dicare, ius dicare, algo así como indicar el ius (81), la palabra dictadura deriva del verbo dicere: el dictador dice qué hay que hacer sin contradicción posible.

Para los romanos, la dictadura era como una pócima necesaria para salvaguardar la salud de la Ciudad cuando los mores, las costumbres éticas —la Cortesía, la Sittlichkeit hegeliana— y el Derecho son incapaces de cumplir su función y peligra la libertad colectiva, de la Ciudad. Era una institución legal para situaciones límite o excepcionales, intensamente políticas, en las que estaba en cuestión la existencia de la Civitas. El dictador estaba por encima del Derecho y sus decisiones eran leyes en un sentido mucho más fuerte y abarcador que las decisiones judiciales, puesto que se referían a los intereses colectivos.

Solamente se le exigía que salvase la situación restaurando la normalidad –el orden político que garantiza el orden social- en el plazo máximo de seis meses. La dictadura era una situación intensamente política, cuyo objeto no consistía tanto en administrar la cosa pública, asunto relativamente secundario en esos casos, como en decidir lo pertinente. El dictador disponía de todos los poderes con la reserva de que, si bien Aristóteles distinguió ya las ramas legislativa, ejecutiva y judicial, la antigüedad desconocía la división de poderes, impensable para los griegos y los romanos. El poder político era para ellos el ejecutivo”.

El tercer ejemplo es el de Inglaterra. Donoso Cortés observó que la dictadura se establece allí en situaciones excepcionales suspendiendo sin más trámite el principio constitucional England abhorr coalitions —al parecer ahora en decadencia— y uniéndose o aliándose para gobernar el gobierno y la oposición, sin distinguir entre los poderosos y los débiles. La dictadura clásica es una situación política que suspende provisionalmente el orden o régimen, pues el gobierno no tolera ni tiene oposición, ya que, dadas las circunstancias, queda en suspenso la libertad política en virtud del citado principio salus populi suprema lex esto, a la vez que protege las demás libertades, siempre que no obstaculicen ese supremo principio político (82).

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20.- En estos tiempos de inflación democrática, se olvida demasiado la dictadura democrática, típica de los gobiernos totalitarios, favorable retóricamente a los desfavorecidos y oligárquica y despótica en la práctica (83).

Tocqueville y Stuart Mill previnieron contra ella utilizando una expresión más dura pero más exacta: la tiranía de la opinión pública -que su padre James Mill consideraba infalible- a causa del predominio de las pasiones igualitarias, más propias de los tiempos democráticos que de la democracia como forma del gobierno en sentido estricto. Es importante advertir, que si ya Maquiavelo (coincidiendo con el Hierón de Jenofonte) había negado la distinción entre rey y tirano, sustituyéndola por la figura del Príncipe, más neutral en tanto designa el actor político (84), el uso, bajo la influencia de la ideología, ha confundido la tiranía en su acepción peyorativa y la dictadura, de manera parecida a como Montesquieu popularizó la confusión, no menos perniciosa para el análisis político, entre despotismo y tiranía al servirse de la forma de gobierno persa para comparar y criticar subliminalmente la Monarquía Absoluta, en rigor una dictadura comisoria hereditaria (85), que devino Despótica ilustrada después de Luis XIV (86). El gobierno persa era en realidad despótico, lo que para los europeos de entonces, representados en este caso por los franceses, equivalía a tiránico.

En este orden de cosas, hay que sumar el predominio de la sociología sobre la política con la idea, no menos neutralizadora, de Max Weber, de la ciencia social Wertfrei, libre de valores, es decir libre de consideraciones morales y éticas. El neutralismo inherente al modo de pensamiento político estatal ha desviado así la atención de conceptos como tiranía, despotismo, oligarquía y dictadura, debido a sus connotaciones emocionales “antidemocráticas” (87).

Efectivamente, otra causa de que se hable menos de la oligarquía que de la dictadura, consiste sin duda, en que la mayoría de los regímenes que se presentan como democráticos, son en realidad oligárquicos (se habla de democracia deficiente, de democracia precaria, de déficit democrático, etc.). Julien Freund, que en 1987 consideraba ya impolíticos a la mayoría de los regímenes europeos (88), seguramente diría hoy que son antipolíticos. El alemán Hans Magnus Enzensberger (89) y el francés Hervé Kempf (90) por ejemplo, discrepan de la corrección política al sostener sin reservas que la Unión Europea es un tinglado oligárquico (91).

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21.- Dejando aparte la anarquía, que como indica el prefijo «an» carece de principio y por tanto de forma, en la clasificación griega de las formas de gobierno, monarquía y oligarquía son las únicas que aluden a la autoridad; las demás se refieren al mando. Desde el punto de vista del mando, debiera decirse monocracia y oligocracia.

En efecto, igual que Monarquía se compone de las dos palabras griegas monos, que significa uno, y arkhos, de arkhé, principio, principal, autoridad por ser forma originaria, ocurre lo mismo con la palabra Oligarquía en la que oligos significa pocos (92). Es el mando de varios, lo que se significa más exacta y neutralmente con la palabra Oligocracia, pues cracia, de kratos, es mando, del verbo mandar, krattein. No obstante, se utiliza menos que oligarquía en la que arkhos encierra, en cierto modo correctamente de acuerdo con la referencia de Ferrero a los genios “invisibles” de la Ciudad, la referencia a la auctoritas, en tanto alude al principio u origen natural incluyendo indirectamente el saber, propio de la auctoritas (igual que Monarquía), en contraste con Oligocracia, que se limita a indicar el número de los que mandan con o sin auctoritas. Esa palabra, en realidad más un término que una palabra, igual que Monocracia y las que aluden al mando como una función, es quizá más moderna que oligarquía, que tampoco debió ser peyorativa hasta que degeneró en la práctica democrática griega (93).

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22.- Gonzalo Fernández de la Mora es uno de los raros escritores políticos que han prestado una atención especial a la oligarquía en tiempos recientes.

Si bien no distingue entre régimen, el lugar de las influencias y poderes indirectos (94), y gobierno, el lugar del poder político, la define como «la forma trascendental de gobierno»; “abarca”, dice lapidariamente, todas las formas del gobierno (95). Es decir, trasciende a todas las formas del gobierno, a las que es inmanente. Así pues, todo gobierno es inevitablemente oligárquico, tanto por su naturaleza como por su dependencia del régimen, que puede intensificar o disminuir el grado de oligarquización y por tanto de parcialidad, del gobierno.

El objetivo teórico de la democracia es la desinmanentización de la oligarquía, aunque en la práctica podrá sólo contenerla o disminuirla mientras sea efectiva la libertad política. Según la experiencia, basta que la oligarquía no rebase los límites, ciertamente imprecisos, de lo tolerable según el êthos; depende del estado de las virtudes (96).

Sostenía Gramsci, que, de hecho, todo gobierno es dictadura más hegemonía cultural: el régimen —que el escritor italiano transformó en la sociedad política— enlaza el poder político con el ámbito de lo prepolítico (la sociedad civil en el sentido gramsciano, más amplio que el hegeliano-marxista) (97), y la cultura hace que la opinión pública lo reconozca (o no) como poder público.

Ahora bien, sin faltarle razón en casos concretos y a largo plazo, Gramsci se equivocaba al afirmar dogmáticamente que «la conquista del poder cultural es previa a la del poder político», debido a que identificaba prácticamente la ideología, en tanto religión secular (en el sentido de Raymond Aron), con la cultura (98). Los hechos prueban que la posesión del poder político facilita la conquista del poder cultural para aumentarlo y transformarse en dictadura empleando lo que llamaba Arangurenla persuasión coercitiva”.

Maquiavelo, tan admirado por Gramsci, sabía muy bien que la política tiene tres aspectos muy distintos, que pueden ser fases sucesivas: conquistar el poder, conservarlo y aumentarlo. La conquista depende de la virtú del príncipe, el hombre político, il principe o principal; la conservación es asunto de la prudencia política; y aumentar el poder puede ser un asunto muy peligroso si choca con otros poderes exteriores; aumentarlo en la sociedad es la tentación de las oligarquías, sobre todo cuando “cristalizan” en el sentido de Pareto, pues entonces se mezclan y confunden el gobierno y el régimen.

Lo cierto es que, como decía James Bryce, el mundo no ha conocido más forma de gobierno que el de unos pocos y que todo gobierno necesita el apoyo de la opinión. En el siglo XVIII, escribió David Hume en su brevísimo y suculento ensayo “Sobre los primeros principios del gobierno”: «La opinión es el único fundamento del gobierno, y esta misma alcanza igual a los gobernantes más despóticos y militares que a los más populares y libres». Lo ejemplificaba así: «El sultán de Egipto o el emperador de Roma pueden manejar a sus inermes súbditos como simples brutos, a contrapelo de sus sentimientos e inclinaciones; pero tendrán que contar al menos con la adhesión de sus mamelucos o de sus cohortes pretorianas» (99).

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23.- El primer filósofo político fue Platón, aunque, según Alberto Buela, es posible que el primer texto que habla de la distinción propiamente política sea un fragmento del presocrático de mediados del siglo V (a. C.) Alcmeón de Crotona, citado por Heinimann como el primero, probablemente, que se interesó por la medicina en relación con el nomos. Tucídides fue también seguramente el primero en mencionar la oligarquía: «El pueblo, decía en su Historia de las guerras del Peloponeso, es la totalidad y la oligarquía sólo una parte», la relacionada con los pudientes.

Conforme a la máxima de Ovidio ingenium mala saepe movent (las cosas malas mueven el ingenio) el gran pensamiento político suele aparecer cuando van mal las cosas. Y así ocurrió en Grecia, la cuna de ese modo o forma de pensamiento: la crisis de la Polis, que como se sabe a posteriori iniciaba su decadencia —los pensadores griegos sólo sabían que estaban en crisis—, suscitó la filosofía política como una necesidad.

Platón la fundó en República (100), obra de mala fama en tiempos no lejanos, precisamente por no entender, entre otras cosas (101), que la figura del filósofo rey, que combina la autoridad y el poder (102), es precisamente el contrapunto a la oligarquía e incluso, según la interpretación de Arendt, de la misma política, limitada por abajo por la labor de la esclavitud y por arriba por la sabiduría de los filósofos (103).

Como las Póleis estaban muy enfermas, concibió Platón la política como un arte medicinal basado en la experiencia, para sanar los males que corroían el alma colectiva de la Polis igual que las pasiones las almas individuales. La causa de la enfermedad de la Polis era la división entre ricos y pobres, entre los oligarcas y el resto de los ciudadanos, manejados empero por la demagogia de oligarcas como los treinta tiranos de Atenas, que sucedieron a Pericles y condenaron a muerte a Sócrates por criticar la falsa democracia existente. Por eso suprime Platón la propiedad en perjuicio de los ricos, propone la comunidad de mujeres para evitar la influencia de los afectos y pone un médico al frente de la Ciudad ideal. Un rey que como filósofo, palabra que significaba en aquellos tiempos amigo de la sabiduría, es decir, imitador del saber propio de los dioses, que conocen intuitivamente la verdad de la realidad, es inmune a las emociones, los sentimientos, los afectos y los intereses, y busca el bien de la Ciudad, el koinón ágathón o bien común de todos los ciudadanos.

Partiendo de estas premisas, tras indagar en El político, las posibles formas puras del gobierno de la Polis (como formas políticas), reconoce Platón: «es difícil encontrar el rey ideal, el poder del monarca debe sustituirse por la dictadura de la ley» (302 a ss). En Leyes resolvió el problema de la oligarquía … eludiéndolo, al abordar cómo podría ser una Ciudad terrena buena. Para ello introdujo el Derecho reconociéndole autoridad, a fin de que los hombres se atengan al “hilo de oro” de la ley, que al orientar la conducta mantiene el equilibrio en la vida colectiva, e inventó la forma mixta de gobierno (104) combinando la sabiduría o auctoritas suprema del filósofo-rey (antecedente de los Espejos de príncipes corrientes en el siglo XV), que al ser uno garantiza también la unidad de la Polis, con la libertad política o potestas de la democracia de propietarios.

La forma mixta era para los griegos el equivalente a la moderna división de poderes, idea que surgió confusamente en el curso de la guerra civil inglesa (1640-1649), siendo el segundo paso la teoría de la Constitución equilibrada (105).

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24.- En todo caso, al ser muy pequeñas las Póleis griegas y los politai o ciudadanos una fracción de la población total, la democracia de unos pocos era de hecho una oligarquía frente al resto. Algo así como lo que planteaba Hume en el ensayo citado, poniendo como ejemplo la Cámara de los Comunes inglesa, donde “el peso del poder” coincidía con “el peso de la propiedad”.

O sea, la oligarquía política coincidía con la económica (106). Este es el rasgo característico de la oligarquía como forma del gobierno: la unión del poder político y el económico; el gobierno de los adinerados, había dejado escrito Aristóteles en su Política (1291b, 7-13). Hoy, hay que añadir el poder de los medios de comunicación, que permite hablar de la reducción de la democracia a la “democracia mediática(107).

Cuando Tocqueville y Stuart Mill alertaban contra la tiranía de la opinión pública, sólo existía la prensa escrita, pero gran parte de la población europea era analfabeta. Por otra parte, salvo en Estados Unidos, si se tiene en cuenta la existencia de la esclavitud, la democracia se circunscribía a una parte de la población, igual que en las Póleis griegas, pero salvo los esclavos hasta la guerra civil de Secesión todos eran ciudadanos. Sin perjuicio de las diferencias obvias, Europa coincidía en los mejores casos con los griegos en la restricción a unas minorías de la ciudadanía plena, es decir, de la libertad colectiva, mientras existieron sistemas electorales censitarios. Tocqueville advirtió ya que al ser muy distintas las condiciones norteamericanas para la democracia política, la europea corría el riego de falsificarse. Por otra parte, la democracia es en Norteamérica una consecuencia de la República —algo incapaz de imaginar Montesquieu en una gran nación—, no al revés como en Europa, donde la democracia promueve las tendencias republicanas.

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25.- No obstante, se criticaba entonces más duramente que hoy el carácter oligárquico de los gobiernos. Montesquieu, había propuesto ya como remedio, siguiendo a Locke, la separación de poderes (108) sin tocar el fondo del asunto, que, explica agudamente Odo Marquard, constituye un caso especial de la división general de poderes que se da en la realidad (109), como consecuencia natural de la diversidad de los modos o formas de pensamiento (110).

Escribe Marquard citando a Montesquieu: «Sólo hay libertad individual allí donde el individuo no está sometido a la intervención exclusiva de un único poder exclusivo, sino que existen varios poderes (independientes entre sí) que, al agolparse para intervenir sobre el individuo, se entorpecen y limitan entre sí: los hombres cobran su libertad individual frente a la intervención exclusiva de cada uno de ellos, sólo porque cada uno de esos poderes restringe y debilita la intervención de todos los demás» (111).

Tocqueville observó más tarde que la aplicación a la vez formal y material de este principio cautelar en los Estados Unidos y, coherentemente, el rechazo del parlamentarismo, instituía un republicanismo que, combinando formalmente la monocracia (presidencialismo), la aristocracia (en realidad oligarquía) y la democracia, diferenciaba sustancialmente la democracia norteamericana de la europea.

En lo que concierne a Inglaterra, la nación que disfrutaba entonces de más libertad política, Hobbes había denunciado ya, especialmente en Behemoth, su libro sobre la guerra civil, el carácter oligárquico del Parlamento, frente al que postulaba la Monarquía Absoluta. Tras la Revolución francesa, cuyo régimen burgués inequívocamente oligárquico contó en la isla con admiradores como Price, contra quienes escribió Burke sus famosas Reflexiones, volvieron a la carga, como se indicó antes, el liberal Bentham y sus seguidores, entre ellos Stuart Mill. La crítica más radical fue empero, seguramente, la del conservador Coleridge, sucesor político de Burke al frente de la escuela de este signo.

Unos y otros denunciaron el gobierno inglés como clasista. Las críticas, sobre todo las de los benthamitas, consiguieron que comenzara a ampliarse el censo electoral en 1832, tardándose empero casi un siglo en llegar al sufragio universal, lo que no significa que Inglaterra sea una democracia (112).

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26.- En Francia, se planteó la cuestión durante la Restauración y se agudizó al establecer la Monarquía de Julio, que le sucedió en 1830, en la que la gran burguesía llegó por fin al poder (113), el primer Estado liberal de Derecho. Una forma estatal que, decía Miglio, añade al monopolio de la fuerza (114) «la “privatización” progresiva de todos los conflictos “internos” mediante la imposición sistemática a todos los súbditos-ciudadanos del recurso a los tribunales estatales para solucionar todas sus controversias» (115)

El Estado liberal burgués de Derecho, ligado al parlamentarismo, implica un giro radical en el êthos estatal: éste se carga unilateralmente de contenido económico (116) al tener que afrontar las consecuencias de la Revolución Industrial y el protagonismo de la historia, introducido por la revolución francesa en el pensamiento  (117). Durante los dieciocho años que duró el régimen, estuvo en vigor un sistema censitario abierto teóricamente a todos pero monopolizado por la gran burguesía, muy cerrado en la práctica.

Una causa principal era que los liberales en general y en particular los doctrinarios franceses inventores del Estado liberal de Derecho, recelaban de la extensión del derecho al sufragio. Francia no había recuperado aún el nivel económico anterior a 1789 y la mayoría de los alrededor de veintiséis millones de habitantes eran campesinos vinculados a las antiguas dependencias más o menos feudales: al caciquismo, degeneración definitiva del feudalismo, que aparece en el tránsito de las sociedades campesinas a las industriales. Cierto que el censo, basado en la propiedad —de ahí el famoso enrichissiez-vous! de Guizot—, se abrió a los talentos y ciertas profesiones.

Con todo, los electores no llegaban a 500.000 al producirse la Revolución de 1848. Los revolucionarios introdujeron el sufragio universal y se cumplió lo que habían previsto los liberales: Luis Napoleón, quien, decía Tocqueville, «si hubiera sido un hombre de genio no hubiera sido jamás Presidente de la república», apoyado por las masas, deslumbradas en parte por tratarse del sobrino de Napoleón el corso, se hizo fácilmente con el poder absoluto en 1852 y acto seguido restauró el Imperio de su tío. La gran burguesía muy vinculada al Estado, una parte muy influyente era saintsimoniana, impulsó el crecimiento económico. Una importante consecuencia fue el descrédito del liberalismo por su oposición al sufragio universal: a pesar de haberse confirmado sus recelos, quedó tachado de aliado natural de la oligarquía (118).

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27.- La Gran Revolución había legitimado el gobierno oligárquico y bajo la Restauración y sobre todo bajo el régimen censitario de la Monarquía de Julio, prosperaron las ideologías anarquistas y socialistas, que salieron a la luz en 1848 (119); esta revolución consolidó la separación de lo social —del orden social— de lo político —del orden político—, que de ser abarcador pasó a ser dominador (120). La marxista socialdemócrata, cuyo heraldo fue el Manifiesto comunista de Carlos Marx, estaba destinada a ser la versión preponderante, aunque en Francia tuvo más importancia la proudhoniana hasta después de la Gran Guerra. Marx captó la naturaleza oligárquica del Estado, la utilización de sus estructuras por la burguesía como instrumento de dominación, y, haciendo suyas las críticas liberales y conservadoras, propuso sustituirlo por la dictadura del proletariado hasta completar el proceso revolucionario con la desaparición de las clases y, con ellas, de todo rastro de la oligarquía. Ahora bien, la dictadura del proletariado (concepto que, a decir verdad, Marx no elaboró, pero veía que, dada la situación, era la única vía hacia la democracia) tenía que ser un gobierno oligárquico, por muy transitorio que fuese.

Lenin haría luego del partido como “vanguardia del proletariado”, el órgano oligárquico de esa dictadura. En lo que interesa ahora, se introdujo así el nuevo concepto de dictadura revolucionaria que constituye la causa principal de los equívocos en torno a esa forma del gobierno unido a la utilización de la historia (la interpretación económica de la historia) como arma política. Doctrinalmente es una suerte de dictadura impersonal cualitativamente distinta de la concepción tradicional de la dictadura como dictadura personal de carácter comisorio para restablecer el orden, es decir, en principio limitada y a término, característica esta última que no se daba en las Monarquías absolutas, que, como se ha recordado antes, eran dictaduras comisarias permanentes al ser hereditarias (121).

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28.- En Alemania, el Rechtsstaat surgió como una evolución de las patriarcales Monarquías absolutas luteranas a partir del Polizeistaat (122). La doctrina del Estado de Derecho alemán fue articulada principalmente por Robert von Mohl y Julius Stahl, a quien se debe por cierto la doctrina de la Monarquía Constitucional. Su desarrollo ulterior, inspirado por el también conservador Lorenz von Stein, otro de los maestros de Marx, acabará diferenciando la socialdemocracia en la versión marxista revolucionaria antiestatista y en la legalista reformista o evolucionista que acepta el constitucionalismo y el Rechtsstaat.

Sucintamente: la idea del Estado de Derecho, la organización mediante las leyes del aparato estatal depositario del poder político, estaba ya en el Leviathan de Tomás Hobbes. Para Hobbes, escribe A. de Muralt, «la ley, es un precepto que extrae su poder obligatorio [como un deber moral], no de la bondad de lo que prescribe, sino de la voluntad y la autoridad de quien la instituye» (123).

En general, tras la revolución francesa, la teoría del Estado como Estado de Derecho resultó de combinar l’État liberal bourgeois de Droit francés, asentado en la Nation (Política), titular de la soberanía en el sentido ascendente, con el Rechtsstaat alemán, asentado en el Volk, cuya soberanía en el sentido descendente ostentaron el Monarca, el Parlamento de Weimar, el Führer, y desde la Ley Fundamental de Bonn los partidos (Parteienstaat).

En el Estado de Partidos, decía G. Leibholz, presidente del Tribunal Constitucional, desaparece la representación, a fin de integrar a las masas en el Estado. Es una concepción próxima a la teoría del Estado de Rudolf Smend (o inspirada por ella), según la cual la estatalidad es una forma de integración, idea de indudables raíces luteranas (124). Por eso, reducía la separación de poderes, que es un freno a la oligarquía, a mera separación de funciones si bien consideraba que los jueces no eran órganos políticos (125).

Dos observaciones: la primera, la diferencia entre el êthos del Estado de Derecho francés y el alemán: l’État-Nation es de origen laicista aunque puede quedarse en laico, mientras el origen del Volkstaat es el Estado-Iglesia luterano; la segunda se refiere a que el Parlamento, la cabeza visible de la oligarquía, es consustancial en ambos casos al Estado de Derecho o Rechtsstaat.

Pero en Alemania, donde Bismarck lo llamaba despreciativamente “la casa de las frases”, de hecho sólo desde la Ley de Bonn, salvo el breve paréntesis de la entreguerra anterior a Hitler, bajo la Constitución de Weimar.

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29.- El Estado de Derecho es el “Leviatán domado”, expresión con la que titula E. Denninger un interesante libro (126), por el liberalismo. La doma no impide que la expresión “Estado de Derecho” sea un pleonasmo ingenuo, pues, aparte de que el aparato estatal es el soporte ideal de la oligarquía por el terror que inspira su existencia debido a su solidez y su fuerza -«non est potestas super terram, qua comparatur ei», decía Hobbes- (127), la experiencia demuestra que todo Estado, incluidos el Soviético, el Nacionalista y otros por el estilo, sólo puede existir y funcionar como Estado de Derecho.

La crítica del pleonasmo (128) ha comenzado a derribar el mito, o la superchería, del Estado de Derecho y se habla cada vez más del Estado Constitucional, como si cambiando el nombre mejorase la cosa. “Estado Constitucional” presupone que la Constitución expresa los valores sociales objetivos del momento, no los de la oligarquía.

Decía Hegel en La constitución de Alemania (129): «lo que ya no puede concebirse ha dejado de existir», pero «la expresión sigue empleándose sobre todo con el fin de legitimar el poder político y burocrático».

Por otra parte, hay que distinguir desde Hobbes entre el Estado y la Sociedad, correspondiéndole a la sociedad política la mediación entre ambos.

La sociedad política, un concepto de Gramsci, la constituyen en principio la burocracia y los partidos, definidos por von Stein como la vía por la que la sociedad civil penetra en el Estado a través de la representación. Sin embargo, con el tiempo, la sociedad política se ha identificado con el Estado e, inversamente a su concepto, ha llegado a ser la vía por la que el Estado penetra en la sociedad civil en la medida en que los partidos, consensuados entre sí a efectos de patrimonializar el Estado, colonizan la sociedad civil apoyándose en la burocracia. Junto a otros organismos como los sindicatos, doctrinalmente intermediarios, se han constitucionalizado de hecho o de derecho como órganos estatales, especialmente en el Estado de Partidos, que predomina en Europa. Muchas cosas fundamentales dependen del grado en que la sociedad política esté separada o no del Estado.

Los partidos son oligárquicos internamente y cuando son de hecho o de derecho órganos estatales, se comportan oligárquicamente frente a los respresentados, pues en modo alguno son inmunes a la ley de hierro. Es un tema muy estudiado a partir de Gaetano Mosca en 1884, Robert Michels en 1911, Moisei Ostrogorski en 1912 (130) y Wilfredo Pareto en 1917. Estos cuatro autores pusieron en claro ese rasgo fundamental de los partidos y, sin insistir en ello, la naturaleza trascendental de la oligarquía, destacada en cambio por Fernández de la Mora (131).

A estos escritores podrían añadirse Schumpeter, James Burnhan, el historiador E. H. Carr, etc. Escribe este último: «El Estado debe estar basado, igual que otras sociedades, en algún sentimiento de intereses comunes y obligaciones entre sus miembros [el consenso social, que no es lo mismo que el consenso político que une a las oligarquías separándolas del pueblo]. Pero la coerción es ejercida regularmente por un grupo gobernante para obligar a la lealtad y a la obediencia y esta coerción supone inevitablemente que los gobernantes controlan a los gobernados y les “explotan” para sus propios propósitos» (132).

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30.- El jurista político Mosca afirmaba en sus Elementos de ciencia política (1884) que, en todas las formas de gobierno, el poder verdadero y real reside en una minoría dirigente «y aun admitiendo que el descontento de las masas llegara a destronar a la clase dirigente, aparecería necesariamente en el seno de la masa misma otra minoría organizada que pasaría a desempeñar el oficio de dicha clase. De otro modo, sería destruida toda organización y toda estructura social» (133).

El sociólogo Pareto reiteró la misma idea en su Tratado de sociología general (1917): «con sufragio universal o sin él, de hecho siempre gobierna una oligarquía». Añadió empero a la clase política, en la que distinguió los “zorros” de los “leones” utilizando la metáfora de Maquiavelo, las diversas élites que pululan inevitablemente en torno a ella. Al efecto, expuso una teoría muy interesante sobre la vida de las élites u oligarquías, que acaban enrocándose, cristalizándose; devienen “élites extractivas”, dice ahora Daron Acemoglu.

Cristalizadas, confunden la sociedad política con el Estado, separándose de la sociedad civil como si fuesen dos mundos distintos (134). La sociedad política da lugar entonces a lo que llama García-Trevijano una “sociedad aparente”, como es evidente en el caso del Estado de Partidos (135).

En relación con la democracia, llegó Pareto a una conclusión pesimista parecida a la de Rousseau, quien negaba avant la lettre, la imposibilidad de que el pueblo como un todo ejerza la soberanía, uno de los grandes mitos modernos. Decía Pareto: «la democracia, tomando el término en sentido estricto, ni ha existido ni existirá jamás. Es contra el orden natural que gobierne el gran número y que los pocos sean gobernados».

El pueblo como tal nunca ha sido soberano ni podrá serlo más que imaginativamente. La “soberanía” popular es un mito. A lo sumo, será la mayoría del pueblo a menos que se aplique la paradoja de la libertad. Y en todo caso, la voluntad del pueblo es la de los políticos influidos por los grupos de interés, los lobistas profesionales y los activistas. Afirmar que debe ser el soberano no quiere decir que lo sea; es incurrir en la “falacia naturalista” denunciada por Moore.

Una prueba es que el mismo Rousseau formuló para remediarlo, en el Contrato social, la citada “paradoja de la libertad”, antecedente de la corrección política, que, como decía E. Jünger (136). lleva a emboscarse en el sistema a quienes quieran permanecer libres. Pues, según esa célebre paradoja, se obliga al discrepante a ser libre, dado que la perfección de la mítica volonté générale, sugerida por la teología ocasionalista de Malebranche, radica en su uniformidad.

Quizá por ser una tesis imaginativa, Rousseau no dice nada sobre el modo concreto de conseguirlo. Pero “las guerras del pueblo” de la revolución francesa, fueron ya posibles gracias a la conscripción forzosa. Otro mito de la democracia es su pacifismo. El pacifismo democrático es siempre contra algo o alguien, como se ve paladinamente todos los días.

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31.- En conclusión, el gobierno perfecto, el régimen perfecto, la Constitución perfecta, la Ciudad ideal, que es el fin de la religión democrática como trasunto político de la Civitas Dei agustiniana, es imposible a causa de la ley de hierro, de la que quiere escaparse el pensamiento utópico, un modo de pensamiento de mal gusto, decía Jouvenel, puesto que elude la realidad. En virtud de esa ley, ni siquiera pueden postularse como futuribles. La obstinación en conseguirlo pertenece a la que llamaba Michael Oakeshott la política de la fe (137), cuya última ocurrencia es cambiar la naturaleza humana, el meollo de la cuestión antropológica” suscitada por fanáticos de la religión democrática.

La política realista es la que el mismo pensador llamaba la política del escepticismo, o, parodiando al relativista postmoderno Zagrebelsky, la política de la duda (138).

Como la ley de hierro de la oligarquía es trascendente e inexorable al ser una ley de la naturaleza humana, los problemas políticos no tienen solución: sólo cabe el compromiso (139). Las “soluciones” de problemas políticos son impolíticas o antipolíticas, pues, en el mejor caso, el de las dictaduras comisarias, no son propiamente políticas, en tanto cualquier forma de dictadura presupone la puesta entre paréntesis de la libertad política. Mas, precisamente por esto, la dictadura es tan intensamente política, que sus decisiones para poner fin a la situación excepcional alteran el orden jurídico. Por ejemplo, frenando manu militari a la oligarquía o reconduciéndola hacia el bien común o el interés general.

El único remedio normal frente a la oligarquía, más bien un paliativo, es la política del justo medio (el mesotés de Aristóteles), que suscita cierto optimismo dentro del pesimismo escéptico: que la libertad política de la democracia, la mayoría, limite el poder de las oligarquías —las minorías— mediante el peso de los números por dos medios: controlando a los representantes y a la sociedad política y promocionando electoralmente la movilidad política y social que impida la cristalización de la sociedad política y de las élites en castas. Montesquieu, otro típico representante de la tradición del juste milieu (140), añadió la división del poder mediante la tajante separación de las tres potestades supremas según la conocida fórmula le pouvoir arrête le pouvoir (141), y la existencia de poderes sociales en la sociedad civil libres e independientes, institucionalizados como formas de autogobierno intermediarias entre ella y el poder político (142).

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32.- La democracia política, si es en verdad política, presupone la igualdad de todos ante la ley, la separación de los poderes en su origen (no en el Estado o Gobierno) (143), decisiva en la democracia moderna como observaron los autores norteamericanos de El federalista (144), y la representación como ejercitación de la libertad política -que no se reduce obviamente al derecho a votar-, garantizada mediante leyes que presupongan esa separación. Sin embargo, sobre todo allí donde reina el parlamentarismo, la igualdad de todos ante la ley está falsificada por la ingente cantidad de leyes y medidas que privilegian continuamente a unos en detrimento de otros, la división de poderes es ilusoria porque el Parlamento depende del ejecutivo y la representación es nula dado que se prohíbe el mandato imperativo, la libertad de controlar directamente los representados a los representantes. Prevalece en cambio el sistema electoral proporcional, caldo de cultivo de la partidocracia. Este sistema es el que conviene a las oligarquías, pues, como advirtió el mismo Rousseau, «en el instante en que un pueblo se da representantes, ya no es libre; no lo es en absoluto».

FIN

 

LA LEY DE HIERRO DE LA OLIGARQUÍA

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CITAS:

70. Op. loc. cit., p. 47. Una dificultad es el carácter confuso de la élite dominante, cuando la forma de gobierno no es claramente oligárquica (obviamente, procura ocultarlo).

71. Op. cit. 7, p. 151.

72. El poder, el Estado, la libertad. La frágil constitución de la sociedad libre. Madrid, Unión Editorial 2009. Concl., p. 332. Salvo error, a pesar del objeto del libro, la palabra oligarquía no aparece ni una sola vez.

73. Cf. V. Sorrentino, op. cit. 3, pp. 119 y ss.

74. Camille Desmoulins escribió en otoño 1793: «Se ha dicho que para prosperar en un país absoluto era un gran mérito ser mediocre. Veo que esto puede ser verdad en los países republicanos». Pero la democracia no favorece sólo el protagonismo político de los mediocres, sino el de los audaces, resentidos, ignorantes, tontos, dementes y tarados, desalmados, etc.; el Lumpenproletariat decía Marx, aunque muchos procedan de las clases altas y educadas.

75. Política (ed. de S. Rus Rufino). Madrid, Tecnos 2011. V, 1312 b), p. 385. Sobre la interpretación aristotélica de la palabra tiranía, Á d’Ors,

76. Vid. A. Andrewes, The Greek Tyrants. Londres, Hutchinson University 1969.

77. Fue quizás Alcmeón de Crotona el primero en apelar a la medicina. Vid. F. Heinimann, op. cit. IV, 2, p. 174.

78. Es muy interesante esta observación de Strauss: «Tucídides, el historiador, estaba obligado a dejar que el Pericles de su obra elogiase a Atenas. Pero hizo todo lo que pudo para impedir que se confundiera la Oración fúnebre de Pericles con un elogio de la propia Atenas». La ciudad y los hombres. III,1, p. 205. Tucídides era partidario de la política fundada en la libertad política, no de la democracia, anacrónicamente, podría decirse que fue un liberal.

79. «En su aristocrática independencia, escribe C. M. Bowra, siguió la política que consideraba justa, y en vez de anticiparse a los deseos del pueblo, intentaba primero infundir en ellos sus propios principios. Esto reflejaba su integridad moral, de la que su famosa incorruptibilidad en asuntos de dinero era un ejemplo más. Conservó en una época democrática un alto desapasionamiento que tenía visos de una sociedad más selecta. Esto marca casi todo lo que de él conocemos y lo distingue decisivamente de los que le sucedieron en la dirección de los destinos de Atenas». La Atenas de Pericles. Madrid, Alianza 1970. 4, p.67.

80. Vid. Á. d’Ors, “El no-estatismo de Roma”.

81. Vid. R. Domingo, Teoría de la “auctoritas”. Pamplona, Eunsa 1987. I, 3, a), p. 86 y ss.

82. Es fundamental la distinción entre dictadura comisaria —para resolver la situación y proteger las libertades civiles y personales (que no obstante quedan más o menos mermadas según los casos), y la dictadura revolucionaria, cuya finalidad es cambiar la sociedad, por lo que no distingue las formas de las libertades. Para todo esto, C. Schmitt, La dictadura. Desde los comienzos del pensamiento moderno de la soberanía hasta la lucha de clases proletaria. Madrid, Revista de Occidente 1968.

83. Vid. por ejemplo, G. Hermet, El pueblo contra la democracia. Madrid, Instituto de Estudios Económicos 1989.

84. Vid. L. Strauss, Meditación sobre Maquiavelo. Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1964.

85. Sin perjuicio de lo que dice Schmitt, cf.. N. Henshall, The Myth of Absolutism. Change and Continuity in Early Modern European Monarchy (Nueva York, Longman Publishing 1992). R. G. Asch/H. Durchhardt (eds.), El absolutismo (1550-1700), ¿Un mito? Revisión de un concepto historiográfico clave. Barcelona, IdeaBooks 2000.

86. Cf. D. Negro, Historia de las formas del Estado.

87. Loewenstein ofrece una clasificación sociológica, no política, de los tipos de regímenes, distinguiendo entre tipos de gobierno autocráticos y democrático constitucionales. Divide los autocráticos en autoritarios y totalitarios. Op. cit., III y IV.

88. Politique et impolitique. París, Fayard 1987.

89. El gentil monstruo de Bruselas o Europa bajo tutela. Barcelona, Anagrama 2011.

90. L’oligarchie ça suffit, vive la démocratie. París, Éditions du Seuil 2011.

91. La Unión Europea ha derivado en una suerte de confederación o sindicato de las oligarquías nacionales, que, para afrontar la crisis financiera y moral provocada por ellas, funciona como una sociedad de socorros mutuos para sostener a los gobiernos sindicados. Bastantes de ellos han convertido el Estado en un centro de negocios de los oligarcas y de explotación legal del resto. La crisis actual lo está poniendo en evidencia.

92. Cf. Á. d’Ors, Forma de gobierno y legitimidad familiar. Madrid, Ateneo 1960. El razonamiento de d’Ors sobre la Monarquía hereditaria, puede aplicarse igualmente a la Oligarquía, que sería más antigua que la palabra Aristocracia.

93. Conforme al razonamiento de d’Ors, Monarquía y Oligarquía serían modos originarios de designar las formas del gobierno. Oligarquía significaría el gobierno de los poderosos en tanto propietarios, señores naturales en el sentido de la palabra alemana Herrschaft, hasta que se transformaron en dominadores basados en el poder en el sentido de Macht.

94. Vid. C. Schmitt, “Coloquio sobre el poder… ”.

95. La partitocracia. Madrid, Instituto de Estudios Políticos 1977. I, 5, p. 83 y I, 4, B), p 83.

96. Sobre el êthos —el carácter o la personalidad colectiva— como el lugar donde verdaderamente mora, habita, reside el hombre, J.L.L. Aranguren, Ética. Madrid, Revista de Occidente 1959. II. M. Granell, La vecindad humana. Fundamentación de la Ethología. Madrid, Revista de Occidente 1969.

97. «En el interior de la sociedad, decía Gramsci, se verifica lo que llamaba Croce “el perpetuo conflicto entre la Iglesia y el Estado”, en el que Iglesia viene a representar la sociedad civil en su conjunto…y el Estado representa [como sociedad política] todos los intentos de cristalizar permanentemente una determinada fase de desarrollo, una determinada situación». La política y el Estado moderno. Barcelona, Planeta 1985. II, p. 158. La Iglesia no representa ya a la sociedad civil, controlada por el Estado, al que en cierto modo, seducida por la democracia, se la ha entregado.

98. Gramsci vinculaba la cultura al sentido común, que determina «el nivel de cultural de las masas». «Es la filosofía de los no filósofos, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los distintos ambientes sociales y culturales en que se desarrolla la individualidad moral del hombre». Cit. en G. Moget,”La concepción de la cultura en Gramsci”. P. Togliatti, C. Luporini, G. della Volpe y otros, Gramsci y el marxismo. Buenos Aires, Proteo 1985. Pp. 120-121. Para Gramsci era fundamental la dominación o control del sentido común por los “intelectuales orgánicos” a fin de conseguir la “hegemonía” cultural en la sociedad civil, origen y causa de la sociedad política.

99. Escritos políticos. Madrid, Unión Editorial 1975. 3. «Incluso el poder más omnímodo y colosal quebraría en pocos instantes y sus más eficaces e imponentes instrumentos quedarían automáticamente reducidos a la nada, si por un momento todos sus súbditos, todos sus fieles subordinados, decidieran espontánea y unánimemente negarle obediencia». G. Ferrero, El Poder. 8, p. 87. Por eso, escribe Ferrero en otro lugar, «si los hombres temen siempre al poder al que están sometidos, también el poder que les somete teme siempre a la colectividad sobre la que impera». 4, p. 41. Sobre la obediencia política, J. Freund, La esencia de lo Político. Madrid, Ed. Nacional 1969.

100. Whitehead destacaba la importancia de República, diciendo que todo  el pensamiento occidental es una serie de notas a pié de página de esa obra de Platón. Sobre quien fue el primer filósofo político hay quiénes opinan, siguiendo a Cicerón, que fue Sócrates; Aristóteles decía que el planificador Hippodamo de Mileto y Strauss que fue Aristóteles, “el descubridor de la virtud moral”. Vid. La ciudad y los hombres, I.

101. Vid. D. Frede, “Platon, Popper und der Historizismus”. En E. Rudolph (Ed.) Polis un Kosmos.

102. La auctoritas se refiere al saber y para los antiguos, la physis, la Naturaleza, cuya esencia es lo divino, era la autoridad originaria. De ahí los oráculos y los augures y, en contraposición la figura platónica del filósofo rey. En las culturas monoteístas (judaísmo, cristianismo, islam), Dios es la auctoritas suprema, que en Él se identifica con el poder. En el cristianismo, la auctoritas corresponde a la Iglesia, siendo el papa, vicarium Christi, la auctoritas suprema terrenal en la católica. En el cristianismo protestante la auctoritas está unida a la potestas temporal.

103. Op. cit.. pp. 61-62.

104. Vid. E. Gallego, Sabiduría clásica y libertad política. La idea de Constitución mixta de monarquía, aristocracia y democracia en el pensamiento occidental. Madrid, Ciudadela 2009.

105. Sobre estos precedentes, M. J- C- Vile, Constitutionalism and the Separation of Powers. Indianapolis, Liberty Fund 1998. II y III.

106. Esto no impidió que los continentales admirasen la forma de gobierno inglesa a partir de la llamada “revolución gloriosa” por la historiografía whig, Macauley estableció que fue una revolución “conservadora”. En realidad, esa revolución gloriosa consagró la oligarquía como la forma del gobierno, tal como previó Hobbes y criticaron el propio Hume y luego Bentham y Coleridge entre otros. El historiador Steve Pincus se aparta recientemente de la historiografía whig en 1688. La primera revolución moderna (Barcelona, El Acantilado 2013). Sostiene que fue la primera y auténtica revolución moderna antes que la francesa; es decir, una revolución oligárquica.

107. «Lo cierto es, decía Francisco Javier Conde en 1952, que uno de los instrumentos más manejables es el hombre mismo. La prensa, la radio, la televisión, la maquinaria de los partidos las drogas, el ejército, la fábrica, el cine [no existía todavía internet], son instrumentos con los que el hombre ejerce poder sobre los demás. Es una nueva manera de apoderamiento», concluía pesimista, que «alcanza a zonas más profundas del hombre, casi se diría que toca al hondón mismo de la persona. No es sólo, explicaba, que los nuevos saberes y técnicas hayan acrecido el poder de dominación, lo han cambiado cualitativamente. A ese cambio cualitativo responde el modo totalmente nuevo como el hombre actual siente en sí mismo el apoderamiento». Un poco más adelante aclara que se trata de «un nuevo tipo de obediencia: la obediencia como sumisión». Escritos y fragmentos políticos II. Madrid, Instituto de Estudios Políticos 1974. “Las elites políticas en la sociedad contemporánea”, pp. 153 y 155.

108. Hablando de la hegemonía de la sociedad civil, decía Gramsci: «La división de los poderes y toda la discusión habida para su realización y la dogmática jurídica nacida con su instauración, son el resultado de la lucha entre la sociedad civil y la sociedad política de un determinado período histórico, con un cierto equilibrio inestable de las clases, determinado por el hecho de que ciertas categorías de intelectuales (al servicio directo del Estado, especialmente la burocracia civil y militar) están todavía ligadas a las viejas clases dominantes». Op. cit., p. 158.

109.  «Quien quiere bien al individuo, debe impedir las instancias todopoderosas, debe por tanto cultivar su división: la división de poderes». Individuo y división de poderes. Estudios filosóficos. Madrid, Trotta 2012, p. 62. No obstante, en la esfera política es imposible dividir el poder. El poder político, que es el ejecutivo, es indivisible. El quid de la cuestión consiste en separar los poderes allí donde están reunidos en virtud de la doctrina política-jurídica de la soberanía de Bodino o por cualquiera otra causa. Es decir, devolver el Derecho al pueblo, … lo que implica restaurarlo y suprimir la Legislación…; la cuestión de si el llamado poder legislativo no es una ficción sumamente útil para el poder y perjudicial para el pueblo. Es diferente en la sociedad civil, en la que actúan poderes o potestades sociales, no políticas. Aunque sean de origen netamente económico, esos poderes pueden contribuir eficazmente a contrarrestar al ejecutivo. El más eficaz es el de la familias, las unidades morales y económicas más pequeñas, discutiendo los impuestos u oponiéndose a ellos en tanto propietarias, puesto que es el tesoro público lo que alimenta la expansión y la acción del  ejecutivo. Un poder político sin dinero es impotente. De ahí la necesidad de limitar y controlar los impuestos y el crédito.

110.  Entre la escasísima literatura sobre las formas o modos de pensamiento H. Leisegang, Denkformen. Berlín, W. de Gruyter 1928. A. N. Whitehead, Modos de pensamiento. Buenos Aires, Losada 1944.

111. Ibidem. Id., p. 62. Marquard se apoya en Leisegang.

112. Inglaterra ha tenido siempre la ventaja sobre el Continente, de que los electores controlan mejor a los representantes al ser mayoritario el sistema electoral,. En el Continente, se impuso en cambio el sistema proporcional que refuerza la tendencia oligárquica. Al respecto, A. García-Trevijano, La Teoría Pura de la República. Madrid, El buey mudo 2010.

113. Vid. J. Lhomme, La Gran Burguesía en el poder. 1830-1880. Barcelona, Lorenzana 1965.

114. «La historia del Estado moderno,…es la historia de una larga lucha por obtener lo que llama Weber el monopolio de la fuerza legítima”, cuya prerrogativa más alta consiste en el derecho-deber de establecer quiénes son los “enemigos”: aquellos contra los cuales la guerra será por tanto legítima». G. Miglio, La regolarità della politica, II. Milano, Giuffrè 1988. 31: “Guerra, pace, diritto”, pp. 766-767.

115. Ibidem. Id.

116. El régimen censitario es inequívocamente oligárquico. Escribe J. Baechler: «El siglo XIX, en Europa y en sus trasplantes exóticos, se caracteriza por dos fenómenos extraños, en tanto extraños a la condición humana conocida hasta entonces: una tendencia a la pacificación interior y exterior y una transferencia de energía social sobre lo económico. La tendencia era tan fuerte que devino posible esperar el fin próximo de todo conflicto. La transferencia era tan masiva que lo económico invadía las conciencias y pudo operar como el fundamento último de todo». Démocraties. “Remarques liminaires”, p. 10. Esto significa un cambio fundamental en el régimen oligárquico al vincularse unilateralmente a la economía industrial como consumación de la transformación definitiva del antiguo poder político jurisdiccional. Precisaba Carl Schmitt: el Estado custodio del Derecho (Jurisdiktionstaat) (Fritz Kern) prevalece «en épocas de concepciones jurídicas estables y de la propiedad consolidada, en el que la justicia está separada de lo Político o Estado»; el Estado Gubernativo (Regierunstaat) o Administrativo o, incluso «según la especie y la duración de la transformación, un Estado Legislativo parlamentario»…«El Estado legislativo (Gestzgebungstaat) es el vehículo típico de una era reformista-revisionista-evolucionista, equipada con programas de partido, que trata de realizar el “progreso” mediante leyes justas, de un modo legal-parlamentario». Tras este Estado, afirmaba Schmitt, «hallamos menos un êthos que un gran pathos». «El Estado Administrativo (Verwaltungstaat) puede apelar a la necesidad objetiva, a la situación real, a la fuerza coercitiva de las relaciones, a las necesidades de la época y a otras justificaciones no basadas en normas, sino en situaciones fácticas»…encontrando «su principio existencial en la conveniencia, en la utilidad…». Legalidad y legitimidad. Madrid, Aguilar 1971. Pról. pp. 11-13.

117. Vid. H. Arendt, Op. cit., p. 18 y ss.

118. Cuando la opinión pública decae, está manipulada, o no existe, irrumpen poderes indirectos, particulares, que usurpan el poder público, un poder impersonal, el de la “gente” decía Ortega, y se intensifica la oligarquización. La oposición de los liberales se fundaba en que el poder público refleja o representa la opinión pública, de la que desconfiaban dadas las circunstancias francesas: su defensa del principio censitario no era ideológica sino prudencial. Su pecado consistió en que, excesivamente dependiente el régimen de la gran burguesía, que fue la que subió al poder en la revolución de julio de 1830, el censo no aumento en una proporción mayor a lo largo de los dieciocho años. Con el sufragio universal, se apoderó del poder público un poder particular. Para todo esto, L. Díez del Corral, El liberalismo doctrinario. Madrid, Instituto de Estudios Políticos 1956. Cf. las observaciones de M. Fioravanti sobre los liberales y el Estado en Los derechos fundamentales. Madrid, Trotta 2007. 3.

119.  En este momento, la revolución se hizo social, como advirtiera Lorenz von Stein en 1842 en su famosa Geschichte der sozialen Bewegung in Frankreich von 1789 bis auf unsere Tage. Darmstadt, Wissenschaftliche Buchgesellsschaft 1972.

120. Cf. J. Donzelot, L’invention du social. Essai sur le déclin des passions politiques. París, Fayard 1984. Tocqueville, testigo de la revolución del 48, dio fe con su famoso discurso en la Asamblea nacional contra el derecho al trabajo. La separación entre lo social y lo político motivó también el todavía más famoso Discurso sobre la dictadura de Donoso Cortés. La tecnocracia, que privilegia lo económico frente a lo social, acentúa la absurda separación entre lo político y lo social añadiendo la separación de lo económico. La política, parte de la ética, es omnicomprensiva. Con la famosa frase de Ortega, es “la piel de todo lo demás”.

121. Vid. C. Schmitt, La dictadura.

122. Para esto, E. Bussi, Evoluzione storica dei tipi di Stato. Milán, 3ª ed. Giuffrè 2002.

123. La estructura de la filosofía política moderna. Madrid, Istmo 2002 II, p. 83. Muralt cita a continuación el párrafo de De cive en el que afirma Hobbes: «la ley no es un consejo sino un mandato que se define así: la ley es el mandato de aquella persona (hombre o asamblea) cuyo precepto contiene la razón de la obediencia. De forma que los preceptos de Dios a los hombres, del Estado a los ciudadanos y, en general, de todos los poderosos a los que no pueden ofrecer resistencia, se han de llamar sus leyes….Cumplir lo que se ordena por ley es un deber». Tal es la naturaleza de la Legislación en contraste con la del Derecho.

124. En la teoría de la integración de Smend influyó sin duda su preocupación por la integración armoniosa de la Alemania católica y la luterana en el Estado (un problema que había inspirado la teoría de Hegel del Rechtsstaat). Vid. los artículos de Smend sobre tema religioso recogidos en Staatsrechliche Abhandlungen. Berlin, Duncker & Humblot 1968.

125. Aunque no se ocupa de la ley de hierro, conserva su interés el librillo de W. Hennis sobre la anterior República Federal Alemana, Die missverstandene Demokratie. Demokratie, Verfassung, Parlament. Studien zu deutsche Problemen. Friburgo de Brisgovia, Herder 1973.

126. Der gebändigte Leviathan. Baden-Baden, Nomos 1990.

127. Vid. M. Revelli, La política perdida. 1. pp. 26 y ss. «El papel de la fuerza, incluso en los Estados democráticos más avanzados, es realmente más constante y más notable de lo que los demócratas más sentimentales quisieran admitir». E. H. Carr, op. cit. 13, p. 290.

128. «Como ha denunciado Hayek, dice Angelo Panebianco, prueba de la irreversible perversión del ideal (además de la práctica) del Estado de Derecho es el hecho de que, a cualquier mandato burocrático, se le revista todavía de la pompa y la majestad de la ley, sin que que ello suscite especial oposición, con tal que lo emita un Parlamento». Op. loc. cit. Vid. la crítica del pleonasmo y sus derivados por A. García-Trevijano en Op. cit., II, pp. 330ss.

129. Madrid, Tecnos 2010.

130. La democracia y los partidos políticos. Madrid, Trotta 2008.

131. Cf. para todo esto G. Fernández de la Mora en La partitocracia y “La oligarquía, forma trascendental de gobierno”. Revista de Estudios Políticos. nº 205 (1976).

132. Op. cit. 7, p. 150.

133. Antología de esa obra preparada por N. Bobbio sobre la ed. de 1939, editada con el título La clase política. México, Fondo de Cultura 1984. II, 12, p. 108. Sobre Mosca, E. A. Albertoni, Gaetano Mosca y la formación del elitismo político contemporáneo. México, Fondo de Cultura 1992.

134. De Pareto, Forma y equilibrio sociales. Madrid, Revista de Occidente 1966. Escritos sociológicos, Madrid, Alianza 1987. Sobre Pareto, F. Borkenau, Pareto. México, Fondo de Cultura 1978.

135. Escribe García-Trevijano: la sociedad aparente se rige por dos principios: el de la sustitución de la verdad por una ficción sistemática al estilo de la filosofía del como sí de Vaihinger —como si la representación fuese auténtica, como si hubiese libertad política, como si hubiese democracia,…— y la imposición de la norma social de salvar o guardar las apariencias; por ejemplo, la corrección política. Op. cit. II, p. 241.

136 . La emboscadura. Barcelona, Tusquets 1983.

137. La política de la fe y la política del escepticismo. México, Fondo de Cultura 1998.

138. Contra la ética de la verdad. Madrid, Trotta 2010. Este autor habla en realidad de la ética de la duda.

139. Vid. B. de Jouvenel, La teoría pura de la política. Madrid, Revista de Occidente 1972. Las oligarquías sustituyen el compromiso por el consenso político para enmascarar sus intereses como si fuesen los del consenso social y disfrazar sus actos como convenientes para el pueblo. El consenso in politicis es profundamente inmoral y corruptor. Ernst Gellner observa que hace que sea más importante el control legítimo de la educación —con el añadido de la propaganda y el control de la información—, que el “monopolio legítimo de la violencia”. Falsifica la voluntad de los representados, que descansa en el consenso social. En contraste, el compromiso político es, utilizando una expresión de E. H. Carr, «una coordinación de moralidad y poder».

140. De acuerdo con Marquard, la política del escepticismo sería una consecuencia de la filosofía de la finitud: el hombre es un ser finito. Aceptando la realidad, el escepticismo troca el pesimismo en un moderado optimismo. (Op. cit., p. 17 ss. y 62). Encajaría en el realismo de la Weltanpassung, la adaptación al mundo de Max Weber, cit. por Portinaro (Op. cit., p. 17), inclinada al compromiso.

141. Montesquieu separó el legislativo, el ejecutivo y el judicial, aunque consideraba que, en puridad, este último no es un verdadero poder político, pues representa la supremacía del Derecho: es autoridad. Hobbes, quien distinguía el poder tributario, el legislativo y el ejecutivo, creía que se destruían entre sí; Locke distinguía el legislativo, el ejecutivo y el federativo; Bejamín Constant añadió sin mucho éxito el poder neutro. Vid. A.C. Pereira Menaut, Op. cit. 4, pp. 147-164. La no mención del judicial por los autores ingleses se debe a la peculiar posición de los jueces en relación con el Commonlaw, que, continuando la tradición medieval de la omnipotentia iuris, prevalece —o prevalecía— sobre la política. Es significativo, que «el concepto Estado de Derecho no existe verdaderamente ni en el Reino Unido ni en los Estados Unidos: la expresión rule of law, que es allí la equivalente, refleja de hecho un pensamiento diferente. La rule of law es el reino del derecho, que es primero y unificado, y al que está sometido el Estado igual que todo sujeto de derecho». L. Cohen-Tanugi, La métamorfose de la démocratie. París, Odile Jacob 1989. IV, p. 120. Los statute law no son Legislación, sino una forma de aclaraciones del Common-law.

142. Las formas principales de autogobierno son la familia, las asociaciones de la sociedad civil y el municipio (Cf. J. Althusio, La Política metódicamente concebida e ilustrada con ejemplos sagrados y profanos. Madrid, Centro de Estudios Constitucionales 1990). La Monarquía Absoluta socavó las libertades comunales y la revolución francesa lo consumó; el Estado de Derecho regula las asociaciones libres y, en el siglo XX, comenzó el aniquilamiento de las libertades de la familia, intensificado por los sistemas fiscales socialdemócratas y, recientemente, por la recepción en la esfera política de la ideología de género y sus variantes. El único contrapoder institucional que subsiste en Occidente es la Iglesia, muy mermada también por la acción del poder político y la influencia del modo de pensamiento ideológico. De hecho, ha perdido la auctoritas al no ejercerla como si prefiriese a los poderosos a pesar de su doctrina social.

143. La desmitificación del pensamiento político moderno suscita un problema que no cabe abordar ahora: desde el punto de vista de la omnipotentia iuris, ¿tiene algún sentido el “poder” legislativo?

144. A. Panebianco dedica el cap. V del libro citado a esta cuestión. Omite, como es habitual, que la primera y más radical división de poderes es entre el poder (autoridad) espiritual y el poder temporal. Pero la Iglesia renunció a la autoridad con la teoría de Bellarmino de la potestas indirecta de la Iglesia sobre el el Estado, ambos como sociedades perfectas. ¿Es la Iglesia una sociedad? El Estado, ¿es una sociedad y además perfecta?

 

LA LEY DE HIERRO DE LA OLIGARQUÍA

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