¿QUIÉNES SOMOS NOSOTROS?, por Juan Carlos Rodríguez Ibarra. «No sé qué corazón hay que tener para pensar que un joven de 16 años quiere entrar en nuestro país para asaltarnos cuando el arma que trae en su mochila son las notas escolares».

Por Paul Krugman

 
Eric Ogden/Trunk Archive
 

La semana pasada, la Oficina de Estadísticas Laborales informó que la inflación era mucho más alta de lo que casi todo el mundo predijo, y los inflacionistas —personas que siempre predicen un aumento desenfrenado de los precios y que siempre se equivocan— aprovecharon la noticia para usarla como prueba de que ahora sí viene el lobo.

Sin embargo, los mercados financieros se lo tomaron con calma. Las acciones cayeron al conocerse la noticia, pero pronto recuperaron la mayor parte de las pérdidas.

Los rendimientos de los bonos solo subieron un poco al conocerse la noticia y terminaron la semana justo donde empezaron: es decir, bastante bajos.

¿Por qué tan poca reacción a las noticias sobre la inflación? Se puede suponer que parte de la respuesta es que, una vez que los inversionistas tuvieron tiempo de digerir los detalles, se dieron cuenta de que había pocos indicios de un aumento de la inflación subyacente; se trataba de una incidencia pasajera que reflejaba aumentos extraordinarios en los precios de los autos usados y las habitaciones de hotel.

No obstante, más allá de esto, está lo que creo que es la comprensión de que aunque estamos logrando un éxito espectacular, casi milagroso, en la derrota de la COVID-19, una vez que la pandemia se disipe es probable que nos encontremos en un entorno de tasas de interés bajas y sostenidas como resultado de la débil demanda de inversión. Y la principal razón de ese entorno de tasas de interés bajas es la caída de la fertilidad, que implica un crecimiento lento o incluso negativo del número de estadounidenses en la edad laboral más productiva.

Este problema no es nuevo. El informe del censo del mes pasado, que muestra el menor crecimiento de la población estadounidense desde la década de 1930, no hace sino confirmar lo que todos los que estudian el tema ya sabían. Y Estados Unidos llega relativamente tarde a esta fiesta. La población en edad laboral de Japón ha estado disminuyendo desde mediados de los años noventa. La zona del euro está en declive desde 2009. Incluso China está empezando a parecerse a Japón, como resultado de su política de un solo hijo.

¿El estancamiento o la disminución de la población es un gran problema económico? No tiene por qué serlo. De hecho, en un mundo con recursos limitados y grandes problemas medioambientales, hay argumentos a favor de la reducción de la presión demográfica. Pero en una economía de población plana tenemos que pensar en las políticas de manera diferente que en los días en que los baby boomers maduros se sumaban con rapidez a la fuerza de trabajo potencial.

Bueno, permítanme admitir que hay un problema real: una población que envejece significa menos trabajadores activos por cada jubilado, lo que plantea algunos problemas presupuestales. Sin embargo, este problema suele exagerarse. ¿Recuerdan todo el pánico sobre cómo la Seguridad Social no podría sobrevivir a la carga de los boomers que se jubilan? Pues bien, muchos boomers ya se jubilaron; para 2025 se habrá producido la mayor parte del crecimiento del número de beneficiarios por trabajador causado por la jubilación de los baby boomers. A pesar de ello, no hay crisis.

No obstante, el bajo crecimiento de la población supone otro problema. Para mantener el pleno empleo, la economía de mercado debe convencer a las empresas de que inviertan todo el dinero que los hogares quieren ahorrar. Sin embargo, gran parte de la demanda de inversión está motivada por el crecimiento de la población, ya que las nuevas familias necesitan casas recién construidas, los nuevos trabajadores requieren la construcción de nuevos edificios de oficinas y fábricas, etc.

Así que el bajo crecimiento de la población puede causar una persistente debilidad del gasto, un fenómeno que el economista Alvin Hansen identificó en 1938 y que llamó con torpeza “estancamiento secular”. Hace poco, Larry Summers retomó el término y el concepto y me parece que en este tema tiene razón.

El estancamiento secular puede ser un problema, porque si las tasas de interés son muy bajas, incluso en tiempos de bonanza, no hay mucho margen para que la Reserva Federal las disminuya durante las recesiones. A pesar de ello, un mundo de tasas de interés bajas también puede ofrecer importantes oportunidades en materia de políticas, si estamos dispuestos a pensar con claridad.

Porque lo que estamos viendo es un mundo inundado de ahorros que no tienen a dónde ir: los hogares están deseosos de prestar dinero, pero las empresas no ven suficientes oportunidades de inversión (el bitcóin no cuenta). ¿Por qué no poner el dinero al servicio del bien común? ¿Por qué no pedir un préstamo barato y utilizar los fondos para reconstruir nuestra infraestructura ruinosa, invertir en la salud y la educación de nuestros hijos, etc.? Esto sería bueno para nuestra sociedad, bueno para el futuro, y también proporcionaría un colchón contra futuras recesiones.

¿Y qué pasa con la carga de la deuda? Bueno, la deuda federal como porcentaje del PIB es el doble de lo que era en 1990, pero los pagos de intereses de la deuda solo son de la mitad. Eso es lo que ocasiona el bajo costo de los préstamos, que en gran medida son un subproducto del estancamiento demográfico.

Entonces, ¿las propuestas de infraestructura y familia del gobierno de Joe Biden son el tipo de cosas que tengo en mente? Son un paso gratificante en la dirección correcta. Pero no son tan ambiciosas como aparentan y en mi opinión son demasiado responsables desde la perspectiva hacendaria: el gobierno está muy preocupado por el pago de sus planes.

La cuestión es que, nos guste o no, vamos a vivir durante mucho tiempo con un crecimiento demográfico muy lento. Y tenemos que empezar a pensar en las políticas económicas teniendo en cuenta esa realidad. 

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Paul Krugman se unió a The New York Times como columnista de opinión en 1999. Es profesor distinguido de la Universidad de la Ciudad de Nueva York y en 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Ciencias Económicas por sus trabajos sobre el comercio internacional y geografía económica. @PaulKrugman

 

Paul Krugman, Premio Nobel de Ciencias Económicas, 2008

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¿QUIÉNES SOMOS NOSOTROS?

Hemos bautizado a los niños marroquíes con el apodo de menas como si fueran componentes de una banda de criminales que vienen a asaltar nuestro país

Por Juan Carlos Rodríguez Ibarra

Vozpópuli

Dos niños marroquíes sobre un muro en la nave de primera acogida del polígono del Tarajal. Europa Press

 

Usted que está empezando a leerme, piense lo siguiente: su nieta, su hijo, su mujer, su padre o su madre, su hermano han nacido en el África subsahariana. No tuvieron la suerte que tuvo usted y que tuve yo que nacimos en un país como España o como Francia o como Alemania. No hicimos nada para tener esa suerte. Ellos tampoco hicieron nada para tener esa desgracia. A usted y a mí nos criaron nuestros padres. Para no enfermar -o si lo hacíamos- contábamos con un excelente sistema sanitario. Hemos contado con médicos que nos curaron cuando lo necesitamos. Pudimos iniciar nuestro desarrollo intelectual acudiendo a magníficos centros educativos donde nos encontramos con profesores y maestros que nos enseñaron y nos prepararon para poder enfrentarnos a los retos y desafíos de la sociedad. Ellos, que nacieron en esa África subsahariana, no tuvieron esas oportunidades educativas, sanitarias, profesionales y personales. Su único delito fue haber nacido en el lugar equivocado. Nacieron más al sur que nosotros. Como hemos visto en estos días, si muchos de los que se tiraron al agua para llegar a nuestro país hubieran nacido un metro más acá, hubieran gozado de todos los derechos de los que disponemos usted y yo. Solo un metro es la distancia que separa la democracia del autoritarismo, los derechos humanos de la falta de oportunidades, la guerra de la paz.

 

No sé qué corazón hay que tener para pensar que un joven de 16 años quiere entrar en nuestro país para asaltarnos cuando el arma que trae en su mochila son las notas escolares

 

Ni usted ni yo hicimos nada para tener más derechos que ellos. Solo nacimos un metro más acá. A mí me da vergüenza escuchar a algunos políticos hablar de los que nacieron un metro más allá en el tono ofensivo en el que se expresan. No sé qué corazón hay que tener para pensar que un joven de 16 años quiere entrar en nuestro país para asaltarnos cuando el arma que trae en su mochila son las notas escolares para poder seguir estudiando en este país que se declara como un Estado social y democrático y de derecho; democracia y derechos que se les niega a esos niños que se tiraron al mar para ganarse esta tierra.

 Hoy nos parece aberrante que en el siglo V antes de Cristo, los griegos inventores de la democracia, de las matemáticas y de la filosofía, defendieran la esclavitud.  Dentro de cien años, se pensará en lo indigno que supondrá que los inventores de Internet, de la física cuántica, los que llegaron a la Luna y a Marte, no se avergonzaran de dejar morir a miles de personas que trataban de escapar de la miseria, las guerras y el absolutismo para llegar a la vieja Europa a buscar una vida mejor para ellos y para sus hijos.

 

Más de 50 millones de turistas vengan a nuestro país a disfrutar de nuestro sol y de nuestras playas. Esa invasión, que estamos deseando que se produzca, no altera nuestro sistema de vida

 

Un país como el que disfrutamos usted y yo se vuelve loco pidiendo que la pandemia pase lo más pronto posible para que más de 50 millones de turistas vengan a nuestro país a disfrutar de nuestro sol y de nuestras playas. Esa invasión, que estamos deseando que se produzca, no altera nuestro sistema de vida. Esa invasión no conoce fronteras. Nadie pide que se les prohíba la entrada o que se les devuelva a sus países de origen. Esa invasión que deja euros no asusta. Nos asustan los niños que vienen con lo puesto; que quieren estudiar aquí y por eso vienen con sus cuadernos de notas. Los hemos bautizado con el apodo de menas como si fueran componentes de una banda de criminales que vienen a asaltar nuestro país. Es de alabar el trabajo que hacen las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y los soldados que el gobierno español ha enviado a Ceuta para defender nuestra frontera.  

Racismo y xenofobia

¿Quiénes son esos que, siendo menores de edad, se tiran al mar en pateras o nadando y arriesgan su vida para vivir entre nosotros? Más que preguntar quiénes son ellos, habrá que preguntarse ¿quiénes son esos de nosotros que tienen tan mal corazón y tan pocos escrúpulos amenazando con no apoyar al gobierno de Andalucía si acoge a niños muertos de hambre y de frío? Quien prefiera el sillón de gobernante a la compasión de seres inocentes no merece ni el sillón ni el voto.  ¿Dónde está la iniciativa de los partidos democráticos para evitar ese racismo, esa xenofobia? ¿Qué nos pasa para que nada se revuelva en nuestros corazones cuando vemos a esos niños llegar a nuestras costas envueltos en mantas y tiritando de frio? ¿Qué nos pasa? Por qué no pensamos que esos inmigrantes son exactamente iguales a los inmigrantes españoles que por millones marchaban con lo puesto a otros países, sin conocer idiomas diferentes al suyo, con otras culturas, con otras costumbres. 

Cuando algunos preguntan ¿quiénes son ellos? La respuesta debería ser ¿y quiénes somos nosotros? ¿Somos los europeos que durante varias generaciones hemos dicho que los derechos humanos son universales? Si lo somos, apliquémonos el cuento. ¿Somos los europeos que defienden los valores democráticos? Si defendemos la democracia, bienvenido a todo aquel que quiera vivir en democracia, o ¿la democracia es sólo para nosotros y dictadura para los otros?

 

 

 

 

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