HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA. PRÓLOGO, por Alfonso Torres de Castilla (1863).

ÍNDICE: HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA

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HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA

Por Alfonso Torres de Castilla, 1863

PRÓLOGO

Los estigmas de la intolerancia se han descargado siempre sobre las más claras inteligencias

DEDICADO A LOS INTOLERANTES DE TODOS LOS PARTIDOS Y CREENCIAS

 

Grandes han sido los errores de hombres y de pueblos; repugnantes sus vicios, sus crímenes horribles, inauditas sus iniquidades. Por cualquier parte que abramos el libro de la Historia, no vemos más que páginas escritas con sangre; persecuciones y lágrimas, desolación y exterminio, y los papeles de víctima y de verdugo alternativamente representados por los defensores de todas las ideas buenas o malas, grandes o mezquinas, sublimes o ridículas, a que las humanas sociedades han debido ora su fundación o su decadencia, ora su progreso, su estancamiento o su ruina.

En nombre de las religiones y de los dioses y sus cultos, cuyos derechos e intereses pretendían salvar, los politeístas paganos martirizan, degüellan y exterminan centenares de miles de cristianos, en los primeros siglos de nuestra Era. Nada basta a saciar su fanatismo ni la saña de su odio contra los que profesan la nueva fe. Todo sacrificio les parece pequeño para aplacar a sus irritadas divinidades.

Vencedores a su turno, los cristianos cambiaron el papel victimas por el de verdugos, y persiguieron con implacable furor a los vencidos paganos y gentiles primero, a judíos y mahometanos después, y, lo que es más repugnante todavía, se persiguieron unos a otros, multiplicando los tormentos; y excediendo en fanática crueldad a sus antiguos adversarios, hicieron cuanto estuvo en su mano para comprometer y deshonrar la religión de amor y de paz revelada por el Redentor, que pedía a su Padre en el Calvario el perdón de su enemigos.

Los espantosos horrores del fuego, de la sed y del hambre, del quebrantamiento de los huesos y descoyuntamiento de las articulaciones, para destruir a los que recíprocamente se llamaban malos cristianos, reemplazan a los acerados dientes y agudas garras de los tigres y leones que desgarraban vivos aun y palpitantes a los hombres, en los siglos precedentes, no por ser malos, sino por ser buenos cristianos.

No hay raza ni pueblo que deje de llevar su contingente a esta gran hecatombe: no hay rincón de tierra que se libre de su furia. No hay principio político ni fe religiosa en cuyo nombre no se cometan crímenes horrorosos, sangrientas carnicerías, persecuciones injustas que deshonran a la humanidad y que oscurecen y manchan los gloriosos timbres de sus más brillantes civilizaciones; de tal suerte que, si por sus efectos deberíamos juzgar a los principios políticos y a las creencias religiosas que han sucesivamente regido la conciencia de los hombres y las humanas sociedades, preciso seria hacerlas responsables de un cumulo de errores, vicios, crímenes y miserias tales, que exceden a cuantas a las malas pasiones se atribuyen, y que han afligido y degradado a las razas humanas, para mengua suya según vemos, lo mismo en los antiguos que en los modernos fastos de la Historia. Pero no; buenos o malos, erróneos o verdaderos, efímeros o eternos, humanos o divinos, los principios y doctrinas que han iluminado la mente del hombre no son responsables de sus vicios ni crímenes, que de más hondos manantiales proceden. Y no se crea que pretendamos menguar la importancia, grande por cierto, de ideas ni doctrinas, siquiera entren en la esfera de efectos o causas secundarias. La responsabilidad pertenece en primer lugar a la ignorancia de la humanidad, que solo bajo la acción del tiempo se desenvuelve y perfecciona, comprendiendo y aplicando de diverso modo creencias, principios y doctrinas, y abandonando las que por buenas equivocadamente tuvo a medida que se ilustra su inteligencia y su razón se esclarece. Es la ignorancia quien le ha hecho tomar por luz las tinieblas, por mentira la verdad; quien le ha inducido a interpretar torpemente las nociones más sencillas y claras; quien, confundiendo en su mente la idea de la rectitud con la de la intolerancia, le ha llevado a la consagración de tan funestos extravíos.

He aquí por qué, aunque la consideremos como un efecto, no podemos menos que denunciar la intolerancia ante el tribunal de la razón, como el vicio más temible y que más daños ha causado a las sociedades de todos los tiempos y de todas las latitudes.

La intolerancia ha sido la mas funesta emanación de la ignorancia, el más peligroso de los vicios que han corroído las entrañas de los hombres, llenando de espanto sus almas y desolando sus hogares, precisamente por no haberse presentado con el odioso y repulsivo carácter de crimen o de vicio, sino antes bien, cubierta con el blanco cendal de la virtud y rodeada de la aureola del heroísmo, supuesta defensora de los sentimiento y creencias más caras al hombre.

Los crímenes perpetrados por la intolerancia se han cometido con objeto de defender ya la libertad o la religión, ya la patria o la propiedad, ora la tradición o la ciencia, ora el orden o el progreso, lo mismo los privilegios que la igualdad ante la ley.

Verdad es que muchas veces los perseguidores, solo usaban contra sus víctimas la influencia de objetos, de instituciones o doctrinas tan amadas, como una careta tras de la cual procuraban esconder con refinada astucia sus intereses personales, sus mal satisfechas pasiones, su codiciosa ambición. Mas si tales fueron las secretas miras de no pocos, no es menos cierto que la mayoría ha perseguido y quemado, o contribuido a perseguir y quemar vivos a sus semejantes, abreviando con cruentas torturas su miserable vida, con la mejor buena fe: no por el placer de destruirlos ni aniquilarlos, no por saciar un bajo instinto de venganza, impulsada por el móvil de los intereses personales, sino con la pretensión de servir a los sagrados derechos de la justicia, de labrar la ventura de la sociedad y de asegurar a sus víctimas en la otra vida de felicidad eterna; convirtiendo de este modo la mas bárbara de las crueldades, el más repugnante e irreparable de los crímenes, al destrucción de sus semejantes, en un acto laudable y meritorio, por la funesta convicción de que, no solo la sociedad, sino también sus mismas victimas recibían un señalado favor; de que los verdugos hacían una obra de caridad, un acto misericordioso a los ojos del mundo y a los de su propia conciencia.

En nombre de la libertad, como en nombre del orden, en la esfera política; por la salud de la patria lo mismo que por el prestigio y autoridad de los reyes o de los gobiernos imperantes en las naciones, con el noble objeto de servirlos, de salvarlos tal vez, la intolerancia ha santificado los crímenes mas estupendos y vergonzosos, dándoles toda la apariencia de virtudes, de acciones sublimes, dignas de encomio, de recompensa, de eterna memoria.

Incendios de campos y ciudades; grandiosos monumentos del arte demolidos; templos profanados; niños arrancados del seno de sus madres afligidas; castas doncellas prostituidas y arrojadas cual bestias hediondas al lodo de los lupanares; ancianos decrépitos pasados al filo de la espada; extrañamientos y expatriaciones en masa; razas esparcidas en los desiertos como torbellinos de arena arrebatados por los huracanes; naciones subyugadas por el hierro y el fuego; pueblos sumergidos en lo profundo del mar, arrojados a la corriente de los ríos y sepultados bajo las derruidas techumbres de sus moradas, y saqueos, ruinas, esterminios y desolaciones infinitas, cuya contemplación horroriza y aflige el alma, haciéndola desesperar del humano entendimiento, que a tantos estragos se acostumbra y que tales horrores santifica; tal es el espectáculo que las obras de la intolerancia nos ofrecen a cualquier lado que volvamos la vista para estudiar la vacilante marcha de la humana especie al través de los siglos.

¿Y sobre quién han caído sus golpes más furibundos? ¿Quiénes han sido las víctimas preferidas, inmoladas en su holocausto?

Desde la cicuta que puso fin a la noble vida del más grande de los filósofos de la Antigua Grecia, hasta los potros de la Inquisición española en que tantos infelices padecieron y espiraron; desde la hoguera en que murió Savonarola hasta los calabozos y destierros en que a Gallardo, Argüelles, Martínez de la Rosa y a tantos otros ilustres patricios sumió el intolerante fanatismo de los realistas vencedores en 1814 y 1823, y los homicidios y deportaciones en que el segundo imperio francés fundó su restauración, los estigmas de la intolerancia se han descargado siempre sobre las más claras inteligencias; han ensangrentado los pechos más varoniles; han mancillado las almas más puras, los espíritus más elevados; martirizando los corazones más tiernos y sensibles, lo mismo que las más indomables voluntades.

La intolerancia ha buscado en la destrucción del hombre la destrucción de la idea, y arrancando con tenazas ardientes los pedazos de su carne palpitante, y descuartizándolo, crucificándolo, reduciéndolo a cenizas, o arrojándolo a la arena del Circo para alimento de las fieras, ha esperado que con él se extinguiría la idea que acariciara en su mente. Pero las ideas que no tienen sangre que verter, carne que desgarrar, ni huesos que quemar, y escapaban ilesas, a pesar de la intolerancia, lo mismo de entre las garras de los leones del circo romano; si eran erróneas o injustas, para comparecer ante el tribunal de la razón humana y ser arrojadas de su alma y condenadas, por el único medio con que las ideas pueden serlo, por la comparación con ideas más justas y verdaderas; no por la destrucción del hombre, en cuya mente se abrigaban, sino por el convencimiento y la demostración; que las ideas solo con ideas se combaten y destruyen.

El pensamiento es inmaterial como el alma de quien emana, y no pueden llegar hasta él las ofensas inferidas a la materia. Si la idea es verdad, el martirio de su poseedor solo puede servir para purificarla y santificarla; y elevándola sobre la helada atmósfera del calabozo en que espira, sobre los negros torbellinos del humo de la hoguera en que queman vivo, o sobre la cruz en que clavan al que por ella perece, se ostenta cual radiante aureola, lávaro de fuego en que fijan las atónitas miradas del mundo, y burlando la rabia impotente de la ciega intolerancia, penetra en todas las inteligencias precisamente por los mismos medios empleados para extirparla. Así la intolerancia solo ha logrado hacer odiosas las instituciones que defendía, convertir en templos sus mazmorras, y entregar a la adoración de los hombres los instrumentos de sus suplicios y la memoria de sus víctimas, y a la execración de los venideros tiempos los nombres de sus perseguidores.

¿Quién al penetrar en estos mustios y sombríos monumentos, cuyos nombres están en la memoria de todo el mundo, mansiones del crimen y de la iniquidad, conocidas como prisiones de Estado, o bajo cualquiera otra denominación, desde los plomos de Venecia hasta la Inquisición de Sevilla, desde la torre de Londres hasta el Castillo de Spielberg, desde la Bastilla hasta la Cárcel de Corte, desde Bicetre a las minas de Siberia, de la ciudadela de Amberes hasta la de Barcelona, desde el calabozo de las Tiranías secretas hasta los presidios de Lambesa, no ha sentido conmovida su alma por un profundo sentimiento, mezcla de odio y de piedad, de horror y de veneración al recordar los nombres, y la triste historia con ellos, de tantos varones ilustres, que honran a la humanidad, por sus virtudes o su energía, su abnegación o su ciencia, y que sufrieron en ellas martirios tan crueles, pareciéndole que el eco los repetía como una eterna e inapelable condenación de las oscuras y bárbaras edades atravesadas por la sociedad, en que las ideas, las opiniones o creencias han podido ser consideradas actos criminales; perseguidos y condenados los que las profesaban, y a tratamientos más duros sometidos, que los asesinos, ladrones, incendiarios y parricidas?

Molay, Juana de Arco, Jerónimo de Praga, Tomás Moro, Fisher, Miguel Servet, Savonarola, Campanella, Vanini, Antonio Pérez, Juana Grey, Fran Luis de León, Galileo, Spinoza, Silvio Pellico, Madama Roland, Gallardo, Martínez de la Rosa, Riego y todos cuantos de la intolerancia fueron víctimas, son dignos de las ardientes simpatías que han inspirado, cualesquiera que fuesen sus errores o la falsedad de sus ideas u opiniones sobre cosas humanas o divinas, y por más que pudiesen ser condenables sus doctrinas; que yo no tengo misión de examinar, ni mucho menos de juzgar aquí.

Al escribir la historia de sus persecuciones, al referir sus martirios y padecimientos, no pretendemos hacer la apología de las doctrinas que sustentaban ni de la fe religiosa o política a que debieron los honores de la persecución; la Historia y la Filosofía las han juzgado o las juzgarán. No es la historia de las ideas, sino la de los hombres que por ellas padecieron la que vamos a referir, con objeto de ofrecer a nuestro contemporáneos, reunidos en un cuadro general de horrores, la injusticia, inutilidad y los desastrosos efectos de las persecuciones, a fin de inspirarles repugnancia hacia ellos, para que puedan apreciar bajo su verdadero aspecto hombres y acontecimientos oscurecidos o desfigurados por la mala fe o la pasión que guiaron la pluma de muchos de sus historiadores y biógrafos, y probarles que el uso de tan bárbaros medios empleados para extirpar el error producen siempre efectos opuestos a los que sus autores se proponen.

Como no vamos a juzgar sus ideas; como para nosotros, los perseguidos son igualmente víctimas dignas de respeto, independientemente de la bondad de las creencias o instituciones que representaban, fuesen cristianos o judíos, católicos, protestantes o mahometanos, realistas o constitucionales, monárquicos o republicanos, no podemos menos de ser imparciales, colocándonos a tal altura, que nos permite considerar con el más frío y severo criterio el variado y grandioso objeto, asunto de nuestros históricos estudios. La intolerancia, los medios que ha empleado para extirpar el mal, es lo que, por los sucesos mismos, más que por nuestros juicios, resultarán condenados; y confiamos en que será tal la luz que arrojen de sí, que llevarán al ánimo del lector la certidumbre de que la extirpación del mal, o en otros términos, del error, con todas sus consecuencias, no puede obtenerse por el martirio del cuerpo, sino por la educación del alma; que la violencia nada enseña, y que la ciencia moderna ha demostrado teórica y prácticamente cuan absurdos, anticristianos y antihumanitarios son los argumentos sobre que pretenden sus partidarios sustentarla.

La experiencia de dos mil años debe ser suficiente para enseñar a todos los fanáticos, que la intolerancia solo ha logrado, en definitiva, hacer pasar por las horcas caudinas a los que tuvieron en ella más fe y que más confiaron en su eficacia, para dominar o exterminar a cuantos no participaban de sus creencias.

No hablemos de gentiles ni paganos, a quienes no salvó de la extinción de sus religiones en Europa, la sanguinaria intolerancia con que persiguieron a los discípulos del Redentor, como facineroso en un oscuro rincón de Judea crucificado. El ejemplo sería concluyente; pero los hay más modernos y más eficaces todavía por ser más humanos. Vengamos a tiempos más recientes y fijemos la vista en las funestas discordias que desde los primeros siglos de la era cristiana produjeron el error, y las falsas interpretaciones dadas a los libros santos por los que profesaban la religión de Jesús.

Mientras que en los países en que, durante muchos siglos, la persecución contra los protestantes, como en Italia, por ejemplo, ha sido implacable, el pueblo se transforma de religioso en fanático, de fanático en supersticioso, y de supersticioso en escéptico, suprime los conventos, y en la misma Roma se rebela contra el Papa; en los Estados Unidos y en la Inglaterra, donde no pueden imponer sus creencias, donde no tienen más armas que la persuasión, el número de católicos aumenta cada día. La intolerancia no solo tiene la virtud de inspirar simpatías hacia los perseguidos y sus ideas, sino de hacer odiosas las ideas en cuyo nombre se llevan a cabo las persecuciones, haciéndolas responsables de las faltas o de la ignorancia de sus fanáticos defensores.

¿Quién no sabe que, a los excesos de la intolerancia, en sus nombres perpetrados, han debido muchas instituciones su ruina?

¿Quién más que la intolerancia, encarnada en todos sus elementos constitutivos, originó a la Monarquía borbónica de Francia los horrores de su caída? ¿Qué mayores enemigos tuvo la República francesa de los últimos años del pasado siglo, que los horrores por muchos de sus defensores cometidos?

¿Quién más que el ciego fanatismo y la bárbara crueldad del tribunal de la Inquisición, manifestación la más perfecta del espíritu de intolerancia, perjudicó a la religión católica, de quien se suponía salvaguardia?

¿Y no hemos visto sucesivamente a realistas, republicanos e inquisidores católicos exterminados por los defensores de las mismas ideas que habían tan ferozmente perseguido primero, por idénticos medios que los empleados por ellos para exterminar a los que pensaban de diversa manera? ¿No hemos visto la Inquisición y sus instrumentos y defensores, quemados y exterminados a la luz del día, en las mismas poblaciones, teatros en otros tiempos de sus autos de fe? ¿Los profundos calabozos en que nobles y reyes sepultaban vivos y dejaban olvidados, sin más forma de proceso, a los que no creían en su procedencia divina, o a los que mejor les venía en talante, llenos de reyes, príncipes y nobles; y morir, en la guillotina, a los que, cortando cabezas con su tajante cuchilla, querían extirpar las rancias ideas que condenaban en las personas de nobles y de reyes?

¿De qué les sirvieron a unos y a otros sus crueldades, ni los efímeros triunfos de sus ideas a la intolerancia debidos? ¿Y a cuántas doctrinas falsas no ha dado la intolerancia, con sus injustas persecuciones, una popularidad que sin ellas no hubieran alcanzado jamás? Así pues, no escribimos estas páginas solo en beneficio de los que se ven por sus ideas perseguidos, sufriendo los violentos arranques o la sistemática opresión de sus verdugos: tan presentes tenemos a los verdugos como a las víctimas, a los perseguidores como a los perseguidos.

No guía nuestra pluma el odio contra los que en lágrimas y sangre se empaparon, extraviados por su ciega ignorancia, que les hacía buscar el bien por caminos en que solo perdición podían encontrar; no ¡harto fueron y serán maldecidos y execrados, y sobre ellos y sus descendientes recaen las espantosas consecuencias de sus faltas! Ni se crea tampoco que pretendamos negar su responsabilidad; pero justo es dar la importancia que se merecen, tanto al influjo de los tiempos en que vivieron, cuanto a los errores que mamaron en la cuna, y que se acostumbraron a considerar como verdades inconcusas y máximas incontrovertibles. Por eso no vamos a presentarlos a la humanidad por blanco de sus odios, sino como víctimas de sus errores; como enfermeros atacados de un mal contagioso, a cuyos estragos al fin habían de sucumbir, sin valerles el ser sus agentes propagadores.

Considerando la intolerancia como carencia de ilustración, y examinándola en su aspecto histórico, encontraremos en su estudio el criterio a cuya luz podamos apreciar los grados de verdadero progreso alcanzados por cada pueblo.

Decidnos hasta donde llega la intolerancia de una nación y las formas con que se presenta, y os diremos hasta que altura se halla sumergida en los antros tenebrosos de la barbarie.

Si la intolerancia está arraigada en las conciencias, bien puede asegurarse, que no solo se manifestará en las instituciones y las leyes, bajo las formas más depresivas de la dignidad humana, sino que, y es lo peor, las costumbres estarán de tal modo impregnadas de su letal espíritu, que serán insufribles para todos los que de él no participen. Por el contrario, si el alma logró emanciparse de la tiranía de este mal espíritu, las falsas ideas o las viciosas interpretaciones que lo engendraron habrán perdido su perniciosa influencia en las costumbres; y las instituciones en que todavía se revele, vendrán a ser como letra muerta. Así vemos en Europa modificarse los códigos y las leyes en sentido inverso de la intolerancia, que durante muchos siglos fue el rasgo característico de todos los pueblos; y gracias al influjo de la ilustración que nos facilita mejor inteligencia de las ideas, cuyas falsas interpretaciones nos condujeron simultáneamente a los estragos de la intolerancia del fanatismo, del embrutecimiento y de la miseria que son su inevitable cortejo, vamos aunque muy lentamente progresando y oponiendo al intolerante espíritu, de que aún no han podido desprenderse, las obras de los legisladores, la acción eficaz de la opinión pública, que nos hace concebir las más lisonjeras esperanzas para el porvenir de las razas europeas.

En vano sistemas e instituciones, resto de nuestra antigua barbarie, se levantan como un triste recuerdo y como un obstáculo opuesto a la satisfacción del espíritu del siglo. Esos restos de un pasado sombrío y vergonzoso no son más que cuerpos sin alma, cuyas manifestaciones son un puro anacronismo, incapaz de hallar eco en el alma de las generaciones contemporáneas, a pesar de los inauditos esfuerzos de los insensatos que quisieran galvanizarlos, para sumergirnos de nuevo en un período de tinieblas, asilamiento y atraso, semejante a los que tan negro borrón imprimen en la historia de las naciones.

Por fortuna y honra de la época actual, el espíritu de tolerancia ha penetrado en la mente de los hombres con el aura de la nueva vida a que el progreso conduce a todas las naciones, y volvieron para siempre la espalda a los viejos ídolos, en cuyas sangrientas aras sacrificaron tantas vidas y tesoros; y los desaforados gritos de los falsos profetas que quisieran volverlos al sendero de perdición abandonado, son voces que claman en desierto y se pierden en el aire sin eco que las repita.

Las hogueras de la Inquisición no volverán ya a arrojar en torno nuestro sus fatídicos resplandores; y si las persecuciones políticas y religiosas son todavía posibles en Europa, gracias a la letra de antiguas leyes o reminiscencias de un rancio fanatismo deslizadas en las modernas; influyamos en cuanto las leyes lo permitan sobre la conciencia de los legisladores y sobre el espíritu público que debe revelarse en ellas, para que desaparezcan de entre nosotros los desastrosos residuos de la intolerancia, que pudo explicarse, pero nunca justificarse en otros tiempos: los que echan de menos las hogueras de Torquemada y los exterminios de Tolosa y de la noche de San Bartolomé, son los que más han de ganar en ello.

Hemos hasta aquí sumariamente expuesto el objeto altamente humanitario que guía nuestra pluma, la idea de que nos proponemos desenvolver y las razones en que se fortalece nuestra profundísima convicción de que en la historia de las persecuciones políticas y religiosas más importantes de nuestra era se encuentra la confirmación de la tesis que hemos procurado demostrar, a saber: Que las persecuciones contra las personas, fundadas en las opiniones que profesan, son contrarias al más simple buen sentido y producen efectos contrarios a los que sus autores se proponen. Réstanos ahora iniciar al lector en el plan o método que hemos seguido para el desenvolvimiento de nuestro trabajo.

Confesamos ingenuamente, que a pesar de ser una idea por largo tiempo en nuestra mente acariciada, de haber durante muchos años reunido materiales de inestimable precio, y de infundirnos aliento para llevarla a cabo las instancias y consejos de amigos competentes en la materia, siempre nos ha parecido una empresa muy superior a nuestras débiles fuerzas; y más de una vez, desalentados por su magnitud y sus dificultades, la hemos abandonado y deseado encontrar una cooperación eficaz, que aligerando la carga facilitara el llevarla a término feliz. El estado en que hace algún tiempo se encuentra la vieja Europa nos ha hecho comprender que hoy más que nunca es una necesidad, agravada por las circunstancias, la publicación de una obra de la índole de esta que hace tiempo teníamos comenzada; y aguijoneados por el sentimiento del deber, hemos dado de mano a nuestros escrúpulos de insuficiencia, y concluido el tantas veces interrumpido trabajo, contando para su éxito, más con la benevolencia del público, que con su escaso mérito.

Una materia tan vasta, que como que abraza la Historia de Europa en los doce últimos siglos, requería un trabajo especial de condensación, corriéndose además el peligro de que fuese difusa y que adoleciese de confusión si se seguían los sucesos por datas: teniendo esto en cuenta, hemos creído que el método más sencillo y el más a propósito al mismo tiempo para poner de relieve los acontecimientos y los hombres más importantes que figuran en nuestra Historia, era el de agrupar en cada libro cuanto se refiere a la persecución contra los que profesaban una idea política, una verdad o un error religioso, siquiera perteneciesen a diversos países y no pudiera seguirse rigurosamente el orden cronológico. De este modo nuestro trabajo se desenvuelve en cuadros históricos, cada uno de los cuales forma un cuerpo, u obra especial, que es independiente de los otros, a pesar de estar ligado al conjunto por la idea dominante. Este sistema tiene, entre otras ventajas, la de hacer la lectura más fácil y atractiva.

Así, pues, tanto por el objeto como por la variedad de materias que abraza, de ideas, hombres, épocas y países que describe, como por el método con que están escritos estos estudios históricos, son una obra completamente nueva, sin procedente en la literatura histórica, y cuya importancia y magnitud son a nuestro juicio más que suficientes para disculpar las imperfecciones de que adolezca.

 

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PRÓXIMA ENTRADA: HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA: LOS MANIQUEOS Y LOS ALBIGENSES: INTRODUCCIÓN.

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EL AUTOR: Bajo el pseudónimo de "Alfonso Torres de Castilla", se ocultaba FERNANDO GARRIDO TORTOSA

Placa en homenaje a Fernando Garrido en la Alameda de San Antón de Cartagena (España). Dice: Fernando Garrido Tortosa, 1821-1885. Escritor y político cartagenero . Republicano, Socialista y Masón. Diputado a las Cortes entre 1869 y 1873. En 1920 esta Alameda recibió su nombre. Cartagena, 28 de febrero de 2015.
Fernando Garrido Tortosa

 

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