LA VIDA DE LOS MÁS SABIOS, por Henry D. Thoreau

El conocimiento no puede sustituir la sabiduría

Jiddu Krishnamurti 

 

En nuestra búsqueda de conocimientos, con nuestros deseos codiciosos perdemos el amor, atrofiamos nuestro sentido de la belleza, la sensibilidad se vuelve crueldad, nos volvemos más y más especializados y menos integrados. El conocimiento no puede sustituir la sabiduría, ninguna clase de explicación, ninguna acumulación de hechos liberará al hombre del sufrimiento. El conocimiento es necesario, la ciencia tiene su lugar; pero si la mente y el corazón están sofocados por el conocimiento, y si la causa del sufrimiento encuentra una explicación convincente, la vida se vuelve vana y sin sentido. ¿Es eso lo que nos sucede a la mayoría? Nuestra educación nos hace cada vez más superficiales, no nos ayuda a desvelar las capas profundas de nuestro ser, y nuestras vidas se vuelven más desequilibradas y vacías. La información, conocer los hechos, aunque sean muchos, es algo limitado por naturaleza. La sabiduría es infinita, incluye el conocimiento y la forma de actuar; pero nos aferramos a una rama y creemos que es todo el árbol. Conociendo una parte nunca seremos conscientes de la dicha de lo total. El intelecto no puede conducirnos a lo total porque es un segmento, una parte.

«No puede producirse un cambio fundamental si la mente recurre a la disciplina o se ciñe a un patrón, tanto si este patrón es el de la sociedad, el de un maestro, como si lo establece el propio pensamiento.»

Es urgente que cambiemos. Hemos vivido muchas guerras, destrucción, violencia, terror, desdicha... y, si no se produce un cambio radical, seguiremos en el mismo viejo camino. Para cambiar radicalmente –y no solo aceptar un nuevo conjunto de eslóganes o consagrarnos al Estado o a la Iglesia, para comprender de verdad la revolución fundamental y necesaria con la idea de poner fin a toda esa desdicha– es esencial descubrir si existe una acción que no sea egocéntrica. Es evidente que la acción siempre será egocéntrica mientras no experimentemos verdaderamente por nosotros mismos el hecho de que solo existe el pensamiento y no el pensador. Una vez lo experimenten, verán cómo el esfuerzo adquiere un significado muy diferente. 

«Actualmente nos esforzamos para conseguir un resultado para llegar a ser, para convertirnos en algo. Si estoy enfadado, si soy ambicioso o cruel, me esfuerzo para no serlo. Pero ese esfuerzo es egocéntrico, porque todavía quiero ser algo, aunque quizá de forma negativa. Todavía hay ambición, o sea, violencia.»

Así que, si tengo que cambiar radicalmente sin ese motivo egocéntrico, debo explorar en profundidad la cuestión del cambio.  Esto quiere decir que tengo que pensar de forma diferente por completo, lejos del colectivo, del ideal, de la costumbre, de la disciplina, de la práctica, etcétera. Tengo que investigar quién es el pensador y qué es el pensamiento, y descubrir si el pensamiento es diferente del pensador. Aunque el pensamiento se haya separado a sí mismo y haya establecido al pensador aparte, este sigue siendo parte del pensamiento. Y, mientras el pensamiento sea violento, el mero control del pensamiento por parte del pensador no tiene ningún valor. Así que la pregunta es: ¿puede la mente darse cuenta de que es violenta, sin dividirse a sí misma, sin tratar de deshacerse de la violencia?

En realidad, este no es un problema muy complejo. Si ustedes y yo, que lo estamos debatiendo, pudiéramos examinarlo cuidadosamente como individuos, veríamos cuán extraordinariamente sencillo es. Quizá se nos escapa su significado, porque creemos que es muy complejo. No lo es. El hecho simple es que no existe un experimentador sin una experiencia; el experimentador es la experiencia, no están separados. Pero mientras el experimentador se separe y demande más experiencia, mientras quiera cambiar esto por aquello, no podrá haber ninguna transformación fundamental.

No puede producirse ningún cambio radical mientras la mente piense en términos de acción de acuerdo con su interés egocéntrico, por muy noble que sea. El mero cultivo de la virtud no es virtud

 

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LA VIDA DE LOS MÁS SABIOS

Por Henry D. Thoreau

“En lo que se refiere a lujos y comodidades, la vida de los más sabios ha sido siempre más sencilla y sobria que la de los pobres. Los antiguos filósofos chinos, hindúes, persas y griegos fueron una clase de gente jamás igualada en pobreza externa y riqueza interna. Igual reza para con los más modernos reformadores y bienhechores de la raza. Nadie puede ser observador imparcial y certero de la raza humana, a menos que se encuentre en la ventajosa posición de lo que podríamos llamar pobreza voluntaria. Hoy hay profesores de filosofía, pero no filósofos. Y, sin embargo, es admirable enseñarla, porque en un tiempo no lo fue menos vivirla. Ser un filósofo no consiste meramente en tener pensamientos sutiles, ni siquiera en fundar una escuela, sino en amar la sabiduría hasta el punto de vivir conforme a sus dictados una vida sencilla, independiente, magnánima y confiada. Estriba en resolver algunos de los problemas de la vida, no sólo desde el punto de vista teórico, sino también práctico. El filósofo va por delante de su época incluso en su forma externa de vivir”.

 

 

La mayoría de lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino obstáculo cierto para la elevación de la humanidad.

 

LA VIDA DE LOS MÁS SABIOS Y LOS MAYORES BIENHECHORES DE LA HUMANIDAD HA SIDO MÁS SENCILLA Y SOBRIA QUE LA DE LOS POBRES

 

En lo que se refiere a estos lujos y comodidades, la vida de los más sabios ha sido siempre más sencilla y sobria que la de los pobres. Los antiguos filósofos chinos, hindúes, persas y griegos fueron una clase de gente jamás igualada en pobreza externa y riqueza interna. No es mucho lo que sabemos de ellos, pero es notable que sepamos tanto.

Igual reza para con los más modernos reformadores y bienhechores de la raza. Nadie puede ser observador imparcial y certero de la raza humana, a menos que se encuentre en la ventajosa posición de lo que podríamos llamar pobreza voluntaria. El fruto de una vida de lujo no es otro que éste, ya sea en la agricultura, en el comercio, en la literatura o en el arte.

Hoy hay profesores de filosofía, pero no filósofos. Y, sin embargo, es admirable enseñarla, porque en un tiempo no lo fue menos vivirla. Ser un filósofo no consiste meramente en tener pensamientos sutiles, ni siquiera en fundar una escuela, sino en amar la sabiduría hasta el punto de vivir conforme a sus dictados una vida sencilla, independiente, magnánima y confiada. Estriba en resolver algunos de los problemas de la vida, no sólo desde el punto de vista teórico, sino también práctico.

 

 

El éxito de los grandes eruditos y pensadores es como el de los cortesanos, distinto del que disfruta el rey y aun el hombre cabal; aquellos se suceden en su conformismo, para vivir prácticamente como lo hicieran sus padres, y no son en modo alguno progenitores de una raza más noble. Pero ¿por qué degeneran los hombres? ¿Qué hace que las familias se  extingan? ¿Cuál es la naturaleza de esa abundancia que enerva y destruye las naciones? ¿Estamos seguros acaso de que no se ha introducido ya en nuestra vida?

El filósofo va por delante de su época incluso en su forma externa de vivir. No se alimenta, cobija, viste y calienta como sus contemporáneos. ¿Cómo se puede ser filósofo sin mantener el propio calor vital por métodos mejores que los del resto de los hombres?

 

LOS PUDIENTES, TERRIBLEMENTE EMPOBRECIDOS, NO HAN HECHO MÁS QUE ACUMULAR BASURA, FRAGUANDO ASÍ SUS PROPIOS GRILLETES DE ORO Y PLATA

 

Una vez que el hombre es calentado de las diversas formas que he descrito ¿qué más desea? Seguramente, no más de lo que ya es suyo con creces: alimento en abundancia, mejores y más espléndidas casas, fuego incesante y más vivo, y otras cosas parecidas. Satisfechas estas necesidades, cabe otra alternativa, además de la obtención de lo superfluo: aventurarse en la vida, toda vez que ya ha dado comienzo a su vacación de haceres más humildes.

La tierra se revela apropiada para la semilla, puesto que ésta ha proyectado su raicilla hacia abajo y puede elevar ahora su tallo con confianza. ¿Para qué ha enraizado el hombre tan firmemente en la Tierra, sino para elevarse hacia los cielos en igual medida? Pues las plantas más nobles son valoradas por el fruto que sacan al fin al aire y a la luz, lejos del suelo, y justamente no se las trata como a las comestibles más humildes que, aun siendo quizá bienales, son cultivadas sólo hasta que han completado su raíz, y a menudo se las rasa con ese objeto, de manera que la mayoría de la gente no llega siquiera a conocerlas en flor.

Lejos de mi intención el prescribir reglas a los hombres de naturaleza fuerte y valiente, capaces de cuidar de sus asuntos doquiera se encuentren, y que acaso construyan y gasten con más magnificencia que los opulentos sin empobrecerse por ello y sin saber siquiera en qué (si en realidad hay personas tales como las he soñado); ni tampoco a aquellos que hallan ánimo e inspiración, precisamente, en el actual estado de las cosas, que acarician y miman con el fervor y entusiasmo de amantes -entre los cuales yo, en cierto modo, me incluyo-, ni estoy hablando para quienes cuentan con un buen empleo en cualquier circunstancia y son conscientes de ello; hablo, pues, para la gran masa de descontentos, que se quejan ociosamente de la dureza de su sino y de los tiempos que corren en vez de tratar de mejorarlos. Los hay que culpan enérgicamente y desconsoladamente a otros porque, dicen, cumplen con su deber.

Y tengo también en mi mente a aquellos, al parecer pudientes, que en realidad pertenecen a una clase terriblemente empobrecida, que ha acumulado basura y que no sabe cómo hacer uso o deshacerse de ella, y que de esta forma ha fraguado sus propios grilletes de oro o plata.

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HENRY DAVID THOREAUWalden.

 

 

 

 


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