FILOSOFÍA, por Jesús Nava

No presumo de haber hallado la mejor filosofía, pero sé que entiendo la verdadera” (Spinoza).

"Nadie, repito, ha podido ver los hombres sin observar que, cuando prósperos viven, se jactan todos, aun los más ignorantes, de tan grande sabiduría, que les rebajaría recibir un consejo. Sorpréndeles la adversidad; hállanse indecisos; piden consejo a cualquiera, y por absurdo, frívolo e irracional que sea, síguenle ciegamente. Pronto y al menor indicio vuelven a esperar mejor porvenir o a temer mayores males.

Si mientras les domina el temor ocúrreles incidente que recuerda un bien o un mal ya pasados, auguran inmediatamente que el porvenir les será propicio, o que les será funesto, y cien veces engañados por el éxito, no dejan nunca de creer en presagios buenos y malos. Si presencian algún fenómeno extraordinario y admirable, dicen que el tal prodigio es prueba de la ira divina, del enojo del Eterno; y entonces, al no orar ni hacer sacrificios, llámanlo impiedad esos hombres, guiados por la superstición, y que lo que es religión ignoran. Quieren que toda la naturaleza sea cómplice de su delirio y, fecundos en ridículas ficciones, la interpretan de mil maravillosos modos.

Por donde se ve que los hombres más dados a toda clase de superstición son también los que más desmedidamente apetecen bienes completamente inseguros; apenas vislumbran un peligro, como no pueden socorrerse, imploran el divino auxilio con lágrimas y oraciones; a la razón (en efecto impotente para trazarles segura ruta al vano objeto de sus deseos) la llaman ciega, y a la humana sabiduría cosa inútil; pero los delirios de la imaginación, los sueños, todo género de extravagancias y puerilidades, son a sus ojos respuestas con que Dios satisface sus deseos. Dios detesta a los sabios. No en nuestro espíritu, sino en las fibras de los animales grabó sus decretos. El idiota, el loco, el ave, son los seres que anima con su hálito, los que nos revelan el porvenir

La verdadera causa de superstición, lo que la conserva y entretiene es, pues, el temor".

 Spinoza, "Tratado teológico político", prefacio.

 

«El poder de la naturaleza es, en efecto, el poder mismo de Dios que ejerce un derecho soberano sobre todas las cosas; pero como el poder universal de toda la naturaleza no es sino el poder de todos los individuos reunidos, resulta de aquí que cada individuo tiene un cierto derecho sobre todo lo que puede abrazar, o en Otros términos, que el derecho de cada uno se extiende basta donde alcanza su poder.» 

( Spinoza, "Tratado teológico político", capítulo XVI.).

 

«Ved, pues, de qué modo puede establecerse una sociedad y mantenerse la inviolabilidad del pacto común sin lesionar el derecho natural. De este modo cada individuo transfiere su poder a la sociedad, la cual, por esto mismo, tendrá sobre todas las cosas el derecho absoluto de la naturaleza, es decir, la soberanía, de suerte que cada uno estará obligado a obedecerla, ya de un modo libre, ya por temor del suplicio.»

( Spinoza, "Tratado teológico político", capítulo XVI.).

 

«La sociedad en que domina este derecho se llama democracia, la cual puede definirse: Asamblea de todos los hombres que poseen comunalmente (colegiadamente) derecho soberano sobre todo lo que cae en la esfera de su poder. Se sigue que la suma potestad no está limitada (obligada) por ley alguna, y que todos están obligados a obedecerla en todo, porque esto es lo que todos han debido establecer de acuerdo, tácita o expresamente, cuando le han transferido el poder de defenderse, es decir, todo su derecho.» 

(Spinoza, "Tratado teológico político", capitulo XVI.)."

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Diagrama de la metafísica de Spinoza

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FILOSOFÍA

Por Jesús Nava

 

Muchos pensadores han hablado de la sabiduría con desigual fortuna y han señalado el camino empinado que conduce hasta ella. Pero sólo uno entre mil he hallado que, con benevolencia y dulzura, dirija a sus lectores un solícito “ruego” de “avanzar” con él “a paso lento”, por la vía del entendimiento, hacia el conocimiento del alma humana y su suprema felicidad.

EL CRISTO DE LOS FILÓSOFOS

Quien tenga el coraje de acompañar a este hombre, por el camino interior que él transitó primero, no sólo logrará conocerse, sino que podrá sentir y experimentar con absoluta certeza que somos eternos. Su nombre: Baruch de Spinoza.

 

 

En ninguna otra filosofía hay salvación. El es el Cristo de los filósofos, según Gilles Deleuze, y el Moisés de los librepensadores, a juicio de Feuerbach. A sus pies he educado mi mente y gracias a él he aprendido casi todo lo que sé. Si alguna inteligencia espiritual he llegado a alcanzar, se la debo a Spinoza, aunque sea íntegramente mía la responsabilidad por toda la ignorancia en que aún yazgo.

En cierto modo, estas páginas constituyen mi modesto pero agradecido homenaje al amable restaurador de la “antigua y verdadera filosofía”, que si bien nunca presumió de haber elaborado la mejor filosofía,  afirmó saber que entendía la verdadera. En palabras de Lessing: “No hay más filosofía que la de Spinoza”. O como reconoció Bergson“Todo filósofo tiene dos sistemas, el suyo propio y el de Spinoza”. De todo ello quiero dar fe aquí.

FILOSOFÍA Y RELIGIÓN

La filosofía profunda es, en el fondo, verdadera religión; y la auténtica religión no es otra cosa que filosofía pura. El ámbito natural de la verdadera filosofía es el estudio y conocimiento de las cosas perennes o eternas.

En esto se distingue de manera fehaciente de la ciencia o del arte, manifestaciones del espíritu a las que sirve de inspiración, pero con las que no debe ser confundida en modo alguno. El arte aporta belleza y placer; la ciencia, conocimiento y progreso; la espiritualidad filosófica, alegría y libertad.

Abogo, pues, abiertamente por una filosofía religiosa y una religión filosófica. Que yo distinga la religión, como es obligado hacerlo, de las confesiones religiosas que la falsean o corrompen, y procure diferenciar la filosofía de las escuelas filosóficas que la complican o confunden, no resta ni un ápice de certeza a mi convicción de que, sin la unión con lo divino, la mente humana no alcanzará jamás la dicha inefable de la libertad completa y que, sin racionalidad filosófica, la religión derivará siempre en vano misticismo o peligrosa superstición.

ÉTICA, POLÍTICA Y FELICIDAD

Es más, sólo bajo la guía e inspiración de una sana espiritualidad podremos encontrar los sabios preceptos de una ética racional y las reglas prudentes de una política realista que nos alumbren el camino hacia una nueva sociedad; aquella que todas las almas nobles presienten como posible, y anticipan como real, cuando son capaces de vivir felices, entre otros hombres, obrando con generosidad, justicia y lealtad.

Es cierto que el camino que lleva a la verdadera felicidad es muy difícil de alcanzar; pero, si raramente se encuentra, y no se consigue sin “gran trabajo”, es posible hallarlo, sin embargo.

Aunque entrar por esta estrecha vereda es decisión de cada particular, podemos lograr una sociedad, organizada de tal modo, que facilite la consecución de tan alto grado de perfección para el mayor número posible de individuos. Se trata, pues, de poner la política y todas las ciencias al servicio de la felicidad.

Una sociedad así es posible para los hombres, si se les da la oportunidad de vivir bajo un régimen político benigno que garantice la libertad individual y colectiva, asegure la concordia social mediante leyes justas e iguales para todos, les procure una buena educación que les sirva de timón en la vida, y siembre en sus mentes consejos fraternales que sean como semillas de unas buenas costumbres.

Entonces, si no todos, al menos los más sensatos, bajo la guía de su propio juicio, podrán llevar libremente la forma de vida que más les plazca y hacer honestamente lo que sienten que es mejor.

EL CAMINO QUE LLEVA A LA LIBERTAD

De estos temas, y otros semejantes, trataremos en esta bitácora. No soy profesional de la filosofía, la política o la religión, ni estoy adscrito a ninguna institución académica, partido político o grupo religioso. Ni siquiera simpatizo con ellos, por muy necesarios que sean considerados.

Mucho me temo que los más, esto es, la desdichada mayoría, apenas encontrarán aquí algo que les agrade por algún motivo; los menos, o sea, la dichosa minoría, casi nada que no sepan ya. Escribo sobre estos temas porque necesito hacerlo y porque considero necesario que se haga. Eso es todo.

Aunque me esforzaré por expresar mis ideas con palabras adecuadas, que no ofendan a nadie, no es agradar lo que busco, sino hablar claro y decir la verdad. Espero, de esta manera, animar a cualquiera que necesite alcanzar la excelencia y esté dispuesto a adentrarse sin temor por el camino que lleva a la libertad.

Si lo consiguiere, siquiera en parte, lograría mi propósito; y esa sería mi recompensa. Si no, me habré limitado a cumplir con mi deber; y esa es toda la gloria a que aspiro.

Vale.

Filosofía Digital, 25/11/2005

 

 

 


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