GLOBALISTAS VS PATRIOTAS, LA NUEVA DISTOPÍA; Elecciones EE.UU. 2020: ‎«¡Abrid los ojos!», ‎por Thierry Meyssan. «Oceanía nunca ha estado en guerra con Eurasia»

ELECCIÓN PRESIDENCIAL ESTADOUNIDENSE 2020

‎¡Abrid los ojos!‎

Red Voltaire, 10 noviembre de 2020
 
 
El 46º presidente de los Estados Unidos de América, Joe Biden.

 

Muchos creen ver en el resultado de esta elección presidencial estadounidense el triunfo ‎de los demócratas y de un senador senil. Error. Lo que estamos viendo es la victoria de ‎la corriente puritana sobre la tendencia jacksoniana. Es una victoria que no refleja ‎en nada las opiniones políticas de la ciudadanía estadounidense y sólo encubre la crisis ‎de civilización en la que su país está hundiéndose. 

La elección presidencial estadounidense de 2020 viene a confirmar la tendencia general surgida ‎desde la disolución de la Unión Soviética: la población estadounidense vive una crisis de ‎civilización y se dirige inexorablemente hacia una nueva guerra civil, que debería desembocar ‎lógicamente en el fraccionamiento de su país. Esa inestabilidad también pondría fin al estatus de ‎hiperpotencia que aún mantiene Occidente. ‎

Para entender lo que está sucediendo es necesario sobreponerse al espanto que sobrecoge a las ‎élites europeas ante el anuncio de la desaparición que la potencia que las protege desde hace ‎tres cuartos de siglo y mirar con honestidad la historia mundial de los 30 últimos años. Hay que ‎hacer un profundo recuento de la historia de Estados Unidos y analizar nuevamente su ‎Constitución. ‎

La hipótesis de la disolución de la OTAN y de los Estados Unidos de América

‎Cuando, al cabo de tres cuartos de siglo de dictadura, se derrumbó la Unión Soviética, todos ‎los que deseaban verla desaparecer quedaron sorprendidos. Durante años la CIA había ‎organizado un sabotaje sistemático de la economía soviética y denigrado todas sus realizaciones, ‎pero no había previsto que los pueblos pudieran llegar a derrocarla… en nombre de los ideales ‎de Occidente. ‎

Todo comenzó con una catástrofe a la que el Estado no supo responder: el accidente nuclear de ‎Chernobil, en 1986. Un cuarto de millón de soviéticos tuvieron que huir definitivamente de ‎su propia tierra. Tal muestra de incompetencia marcó el fin de la legitimidad del régimen ‎soviético. A partir de aquel momento, en sólo 5 años los aliados reunidos en el Pacto ‎de Varsovia recuperaron su independencia y la Unión Soviética se desmembró. Las juventudes ‎comunistas asumieron la concretización de aquel proceso, que a última hora fue desvirtuado por ‎el alcalde de Moscú, Boris Yeltsin, a la cabeza de un equipo formado en Washington. ‎El subsiguiente saqueo de los bienes de la colectividad y el desplome de la economía provocado ‎por ese saqueo significaron para la nueva Rusia un siglo de retroceso. ‎Un proceso similar debería llevar a la desaparición de Estados Unidos. El país perderá su fuerza ‎centrípeta y sus vasallos acabarán abandonándolo antes del derrumbe final. Sólo tendrán ‎posibilidades de salir mejor quienes hayan abandonado el barco antes del hundimiento. ‎Normalmente, la OTAN debería extinguirse antes que Estados Unidos, de la misma manera que el ‎Pacto de Varsovia se extinguió antes que la URSS. ‎

La fuerza centrífuga que afecta a Estados Unidos

‎Con sólo 200 años de historia, Estados Unidos es muy joven como país. Su población aún sigue en ‎plena formación, con oleadas sucesivas de inmigrantes provenientes de las más diversas regiones ‎geográficas. Siguiendo el modelo británico, esos inmigrantes se unen en comunidades, según ‎su origen, comunidades que conservan su propia cultura y no se mezclan con las demás. ‎El llamado melting pot fue un concepto que en realidad existió sólo con el regreso de los ‎soldados negros que combatieron en la Segunda Guerra Mundial y la abolición de la segregación ‎que finalmente suscitó, en tiempos de Eisenhower y Kennedy, pero que finalmente desapareció. ‎

La población estadounidense suele desplazarse mucho de un Estado a otro. Desde la Primera ‎Guerra Mundial y hasta el fin de la guerra de Vietnam, los estadounidenses trataban de convivir ‎en ciertos barrios. Aquella movilidad de la población se perdió durante una veintena de años. Y ‎desde la disolución de la URSS los estadounidenses han vuelto a dividirse en guetos, pero ‎no en función de criterios “raciales” sino de diferencias culturales. De hecho, Estados Unidos ya ‎es un país dividido. ‎

Estados Unidos ya no es una nación sino 11 naciones diferentes. ‎

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Distribución geográfica de las 11 comunidades culturales rivales que hoy existen en ‎Estados Unidos.‎ Fuente: Colin Woodard

 

El conflicto interno de la cultura anglosajona

‎La mitología estadounidense vincula la existencia del país a los 67 «Padres Peregrinos» que ‎llegaron a América a bordo del buque Mayflower. Era un grupo de fanáticos cristianos ingleses ‎que ya vivía en «comunidad» en los Países Bajos y que logró que la Corona le asignara la misión ‎de instalarse en el «Nuevo Mundo» para combatir allí el imperio español. Un grupo desembarcó ‎en el actual Massachusetts, donde instauró una sociedad sectaria: la colonia de Plymouth, ‎en 1620. Eran cristianos que imponían a sus mujeres el uso del velo y aplicaban durísimos ‎castigos corporales a quien pecaba y se alejaba de la «Vía Pura», doctrina que dio lugar a que ‎fuesen llamados «puritanos». ‎

Los estadounidenses de hoy ignoran tanto la misión política de los «Padres Peregrinos» como su ‎sectarismo y les rinden homenaje durante la celebración conocida como Thanksgiving o Día de ‎Acción de Gracias. Aquellos 67 fanáticos religiosos han tenido una influencia considerable sobre ‎un país que hoy cuenta 328 millones de habitantes. Ocho de los 46 presidentes de Estados Unidos –‎entre ellos Franklin Roosevelt, George Bush padre y George Bush hijo– se presentaron como ‎descendientes directos de aquel grupo.

En Inglaterra, otros puritanos –organizados alrededor de Oliver Cromwell– protagonizaron una ‎rebelión, decapitaron al rey, instauraron una República caracterizada por su intolerancia y ‎perpetraron masacres contra los irlandeses, a quienes consideraban herejes por ser «papistas», ‎o sea católicos. Los historiadores británicos designan aquellos hechos como la «Primera Guerra ‎Civil» (1642-1651).‎

Más de un siglo después, los colonos del «Nuevo Mundo» se rebelaron contra los impuestos ‎excesivos que debían pagar a la monarquía británica e iniciaron lo que los historiadores ‎estadounidenses llaman la «Guerra de Independencia» (1775-1783), algo que los historiadores ‎británicos ven como la «Segunda Guerra Civil». Los colonos que pelearon en aquella ‎guerra eran ciertamente gente pobre sometida a durísimas condiciones de trabajo. Pero sus ‎líderes eran descendientes de los «Padres Peregrinos», deseosos de hacer prevalecer su ideal ‎sectario ante la monarquía británica que había recuperado el poder. ‎

Ochenta años después, Estados Unidos se desgarraba con la Guerra de Secesión (1861-1865), ‎conflicto que algunos historiadores estadounidenses designan como la «Tercera Guerra Civil» ‎anglosajona. Ese conflicto estalló entre los Estados que –fieles a la Constitución original– ‎deseaban mantener derechos de aduana para regular la circulación de bienes de un Estado ‎a otro y un grupo de Estados que querían transferir los derechos de aduana al nivel federal y ‎crear así un gran mercado interno. Pero en esa guerra se oponían al mismo tiempo las élites ‎puritanas del norte a las élites católicas del sur, reproduciendo así el conflicto de las dos guerras ‎anteriores. ‎

Hoy se perfila en Estados Unidos una «Cuarta Guerra Civil» anglosajona, nuevamente por ‎iniciativa de las élites puritanas. Esa continuidad se esconde bajo la transformación de esas élites ‎que, incluso sin creer en Dios, conservan el mismo fanatismo. Son esas élites puritanas las que ‎hoy se dedican a reescribir la historia del país. Según ellas, Estados Unidos es un proyecto racista ‎de los europeos que los «Padres Peregrinos» no lograron corregir. Su credo dicta que hay que ‎regresar a la «Vía Pura» mediante la destrucción de todos los símbolos del Mal –como las ‎estatuas de los monarcas, de los ingleses y de los líderes confederados. Predican y hablan lo ‎‎«políticamente correcto», aseguran que existen varias «razas» humanas, escriben «Negro» ‎con mayúscula y «blanco» con minúscula y rinden culto a los abstrusos suplementos del New York ‎Times.‎

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A la entrada de la sede de la «Pilgrim’s Society» (Sociedad de los Padres Peregrinos), ‎Inglaterra y Estados Unidos sostienen la antorcha que ilumina el mundo.‎

La historia reciente de Estados Unidos

‎Cada país tiene sus demonios. Richard Nixon estaba convencido de que el peligro que ‎Estados Unidos tenía que evitar a toda costa no era una guerra nuclear con la URSS sino esta ‎posible «Cuarta Guerra Civil» anglosajona. Fue esa convicción lo que llevó a Nixon a recurrir al ‎especialista en este tema, el historiador Kevin Philips, quien fue su consejero electoral, ‎permitiéndole ganar dos elecciones presidenciales. Sin embargo, los herederos de los «Padres ‎Peregrinos» no aceptaron su lucha y lo hundieron con el escándalo del Watergate –en 1972–, ‎orquestado por el sucesor de Edgar Hoover, el fundador y casi sempiterno director del FBI. ‎

Cuando el poderío estadounidense comenzó a perder fuerza, el grupo de presión imperialista, ‎dominado por los puritanos, puso en el poder uno de los descendientes directos de los ‎‎67 «Padres Peregrinos», el republicano George Bush hijo. Miembros de su administración ‎organizaron un shock emocional (los atentados del 11 de septiembre de 2001) y adaptaron las ‎fuerzas armadas de Estados Unidos al nuevo capitalismo financiero, ante la mirada hipnotizada de ‎sus conciudadanos. Su sucesor, el demócrata Barack Obama, dio continuidad a lo iniciado por la ‎administración del republicano George Bush hijo, adaptando a su vez la economía ‎estadounidense. En aras de llevar a cabo esa tarea, Obama eligió la mayoría del equipo que lo ‎acompañó durante su primer mandato entre los miembros de la Pilgrim’s Society, o sea la ‎‎«Sociedad de los Peregrinos».‎

En 2016 se produjo un acontecimiento disruptivo. Un presentador de televisión que había ‎cuestionado la transformación del capitalismo estadounidense y la tesis oficial sobre los atentados ‎del 11 de septiembre, Donald Trump, se presentó como candidato a participar en la elección ‎presidencial. Comenzó conquistando el Partido Republicano y llegó a la Casa Blanca. Todos ‎los que habían participado en la caída de Richard Nixon arremetieron contra Trump, incluso antes ‎de su investidura como presidente. Finalmente han logrado impedir su reelección rellenando ‎torpemente las urnas. Lo importante es que, durante su mandato, reaparecieron siglos de ‎problemas y rencores de los que no se hablaba abiertamente. La población de Estados Unidos ‎se dividió de nuevo alrededor de los puritanos. ‎

Es por eso que, si bien resulta evidente que una mayoría de estadounidenses estuvo lejos de votar ‎con entusiasmo por un senador senil, me parece erróneo decir que esta elección presidencial ‎de 2020 era un referéndum sobre Donald Trump. En realidad fue un referéndum sobre ‎los puritanos. ‎

Un resultado conforme con el proyecto de los «Padres Peregrinos»

‎Al final de la Guerra de Independencia de Estados Unidos, o Segunda Guerra Civil anglosajona, ‎los sucesores de los «Padres Peregrinos» redactaron la Constitución estadounidense. ‎No ocultaron su intención de crear un sistema aristocrático similar al modelo inglés. ‎Tampoco ocultaron su desprecio por el pueblo. Es por eso que la Constitución estadounidense ‎no reconoce la soberanía del Pueblo sino la de los gobernadores de cada Estado. ‎

El pueblo que había ganado la guerra aceptó ese estado de cosas pero impuso a la Constitución ‎‎10 enmiendas que constituyen la Carta de Derechos (Bill of Rights) y según las cuales la clase ‎dirigente no puede, en ningún caso, violar los derechos de los ciudadanos en nombre de alguna ‎presunta «Raison d’Etat» (Razón de Estado). Aquella Constitución, así enmendada, aún ‎se mantiene en vigor en Estados Unidos. ‎

Si se acepta el hecho, ampliamente comprobado, que en el plano constitucional Estados Unidos ‎nunca ha sido ni es una democracia… no hay razón para indignarse con el resultado de las ‎elecciones. Aunque no está previsto en la Constitución, a lo largo de 2 siglos el voto popular ‎para la elección presidencial ha ido imponiéndose poco a poco en cada Estado de la unión ‎estadounidense. Los gobernadores deben seguir el resultado de ese voto al designar los ‎‎538 delegados o grandes electores, que a su vez deben votar por uno de los candidatos a la ‎presidencia al reunirse el Colegio Electoral. Hay gobernadores que simplemente “rellenaron” ‎las urnas, de manera por demás bastante torpe, tanto que en al menos un condado de cada 10 ‎la cantidad de votos excede la cantidad de habitantes mayores de edad. Digan lo que digan los ‎comentaristas, el hecho es que hoy es perfectamente imposible decir cuántos electores votaron ‎realmente ni a quién habrían querido tener como presidente. ‎

Un futuro sombrío

En esas condiciones, el presidente “electo”, Joe Biden, no podrá ignorar la justificada cólera de ‎los partidarios de su contendiente. Simplemente no podrá unificar a los estadounidenses. Hace ‎‎4 años, yo escribía que Trump sería el Gorbatchov estadounidense. Estaba equivocado. ‎Trump supo dar nuevos bríos a su país. En definitiva, será Joe Biden quien cargará con la culpa ‎de no haber logrado mantener la unidad territorial de su país. ‎

Los aliados de Estados Unidos, que no han percibido la cercanía de la catástrofe, van a sufrir graves ‎consecuencias. ‎

 
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Carta del general francés Delawarde ‎sobre la elección presidencial ‎estadounidense

Más que interrogarse sobre quién acabará siendo declarado ganador de la elección ‎presidencial en Estados Unidos, el general Delawarde expresa su sorpresa ante la ‎demostrada voluntad de los medios de difusión de ignorar los fraudes, ‎aunque ya son evidentes. ‎

 
Red Voltaire, 15 de noviembre de 2020
 

 

Mis queridos amigos:‎

Muchos de ustedes me han preguntado mi opinión sobre lo que ha venido sucediendo en ‎Estados Unidos desde el 3 de noviembre en el marco de la elección presidencial. En mi doble ‎condición de experto en inteligencia y especialista del tema Estados Unidos me han hecho ‎numerosas preguntas que resumiré en 2 grandes grupos: ‎

‎1- ¿Hubo fraude electoral? ¿Es creíble la hipótesis de un golpe de Estado tendiente a invertir el ‎resultado de la elección? ‎

‎2- Si Biden fuese finalmente electo el 8 de diciembre y entronizado el 20 de enero de 2021, ‎‎¿qué consecuencias tendría su llegada al poder?‎

Me esforzaré por responder claramente estas preguntas en las siguientes líneas. ‎

***

¿Tiene el autor algún ‎ conflicto de intereses?

Es importante que cada uno de ustedes sepa, antes de iniciar la lectura de esta carta, si su autor ‎tiene algún conflicto de intereses que pudiese orientar sus palabras sobre el tema que aborda. ‎

Mi respuesta es que no. Es cierto que viví en Estados Unidos, en Kansas, bajo administración demócrata ‎‎(Clinton) entre 1995 y 1998, época de la que guardo un excelente recuerdo. Estuve en ‎Estados Unidos en múltiples ocasiones, antes y después de aquel episodio profesional, visitando a ‎mi numerosa familia cercana –tres de mis hermanas y 48 de sus descendientes directos, todos ‎ciudadanos estadounidenses y residentes en diferentes Estados, gobernados unos por los ‎demócratas y otros por los republicanos. He visitado 46 de los 50 Estados de la Unión. ‎En el verano de 1998 recibí la Meritorius Service Medal de Estados Unidos, en aquel momento ‎bajo administración demócrata. No soy miembro de ninguno de los principales partidos políticos ‎franceses (Les Republicains, Partido Socialista, Rassemblement National, La France Insoumise, ‎LREM-Modem, Europe-Ecologie-Les Verts). ‎

Aunque me expreso a veces con vehemente severidad sobre las «modos de gobierno» ‎estadounidenses, esa severidad no está nunca dirigida al pueblo estadounidense que, como ‎muchos otros pueblos, es más bien generoso y sincero, pero es también ingenuo y está ‎manipulado. ‎

Hoy abrigo grandes reservas, incluso hostilidad, hacia la OTAN, por haber comprobado sus ‎derivas desde 1990, en el marco de mis funciones [1]‎

Mi experiencia en materia de inteligencia me ha llevado a dar cada vez menos credibilidad a la ‎enorme mayoría de las agencias de prensa y medios mainstream, en particular a los de ‎Occidente [2]. ‎

No siento aprecio por la acción y/o «la influencia poderosa y nociva de los grupos de presión» ‎transnacionales sobre el funcionamiento del mundo, independientemente de que sean grupos de ‎presión financieros, mediáticos, comunitarios o de cualquier otra naturaleza. ‎

Después de haber dejado claro todo esto, como autor, pasemos al tema que nos interesa. ‎

 

Contexto pre-electoral de la elección presidencial estadounidense

Desde el fracaso de Hillary Clinton en la elección presidencial de 2016, Estados Unidos se ha ‎dividido profundamente en 2 bandos irreconciliables que se detestan y se han enfrascado en una ‎lucha “a muerte”. Al contrario de lo que la gente cree en Francia o en Europa, esos dos bandos ‎no son los bandos republicano y demócrata, que sólo son las partes visibles del iceberg. Los ‎dos bandos a los que yo me refiero tienen dos concepciones opuestas del mundo: son los ‎‎«soberanistas» y los «globalistas». Los representantes de los «globalistas» los hallamos ‎mayoritariamente entre los demócratas, pero también podemos encontrarlos, aunque en menor ‎proporción, entre los republicanos. ‎

El 24 de septiembre de 2019, desde la tribuna de la Asamblea General de la ONU, Donald Trump ‎claramente escogió su bando, expresó su visión del mundo y declaró la guerra a los globalistas ‎al declarar:

«Como mi bien amado país, todas las naciones representadas en este recinto tienen una ‎historia, una cultura y un legado que aprecian y que merecen ser defendidos y celebrados, y que ‎nos dan una fuerza y un potencial particular. El mundo libre debe abarcar sus cimientos ‎‎“nacionales”. No debe tratar de renunciar a ellos y reemplazarlos…» [3]‎

Segundos después, Donald Trump agregaba:‎

«Si quieren ustedes la libertad, estén orgullosos de su país. Si quieren democracia, aférrense a ‎su soberanía. Si quieren paz, amen su nación. Los jefes de Estado perspicaces siempre ponen ‎el interés de su propio país en primer lugar. El porvenir no pertenece a los globalistas. ‎El porvenir pertenece a los patriotas. El porvenir pertenece a las naciones independientes y ‎soberanas que protegen a sus ciudadanos, que respetan a sus vecinos y que aceptan las diferencias ‎que hacen a cada país especial y único.»‎

Es comprensible para todos que ese discurso pueda suscitar la adhesión de un vasto sector de la ‎población estadounidense, como lo demuestran los más de 73 millones de votos por Trump contabilizados en ‎noviembre de 2020 –o sea, 10 millones más que en 2016, cuando obtuvo menos de ‎‎63 millones de sufragios. Para todos los que creían que Trump estaba perdiendo apoyo, ese ‎‎15% de aumento es una inmensa sorpresa… como en 2016. ‎

Es evidente que el bando de los globalistas no puede aceptar ese «discurso-programa». Así que ‎hará todo lo que pueda por cerrarle al presidente saliente el camino a la reelección. Mayoritario ‎en el «Estado Profundo estadounidense» (Deep State), disponiendo del control de la finanza y ‎de los GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazone, Microsoft y Twitter), disponiendo también del ‎control de la cuasi totalidad de los medios mainstream y de las agencias de prensa anglosajonas ‎y europeas, el bando de los globalistas va a coordinar la acción de sus “brazos armados” para ‎sacar a Donald Trump de la presidencia de Estados Unidos. ‎

El presidente Trump, por su parte, no es estúpido ni está solo. Dispone de un fortísimo apoyo ‎popular, de una mayoría en el Senado, en la Corte Suprema y 27 de los 50 gobernadores de ‎los Estados de la Unión son republicanos. En la Cámara de Representantes, acaba de reducir en ‎‎12 escaños (por ahora…) la ventaja que tenían los demócratas sobre los republicanos. ‎Ha instalado una administración federal que le es mayoritariamente fiel (no totalmente…), ‎ha cambiado a una mayoría de los jueces federales, resistió exitosamente a 2 intentos del ‎Estado Profundo y de los demócratas de destituirlo (el Rusiagate fabricado desde 2016, que ‎acabó desinflándose… porque era falso y los investigadores, los jueces y la opinión pública ‎estadounidense acabaron dándose cuenta, y el intento de destitución iniciado en la Cámara de ‎Representantes, que se fue a pique cuando llegó al Senado).‎

Por cierto, Trump mostró lucidez cuando dijo, en su último discurso electoral, el 2 de noviembre ‎de 2020, en Carolina del Norte: «Si algo he hecho durante mi mandato ha sido poner ‎en evidencia la deshonestidad de los medios.»[4] Los medios mainstream estadounidenses siempre han suscitado y ‎respaldado las acciones antiTrump. ‎

Es en este contexto de tensiones extremas y después de una campaña electoral durante en la que ‎se han visto todos los golpes bajos posibles –de ambas partes– que se produce la elección del 3 ‎de noviembre de 2020. ‎

¿Han sido honestos los medios y los institutos de sondeos o han tratado de manipular a ‎la opinión?

Los medios mainstream estadounidenses –por cierto, al igual que los medios europeos– ‎no brillan precisamente por su honestidad, pluralismo e imparcialidad. Bajo el control de un ‎puñado de multimillonarios, esos medios defienden las causas e intereses de sus «patrones», ‎miembros activos o simples colaboradores del Estado Profundo. Todo se vale, hasta las mentiras ‎más descaradas. Se pone de relieve todo lo que perjudique al adversario (Trump) y se oculta ‎todo lo que pudiera perjudicar al bando al que se quiere beneficiar (Biden). Los periodistas ‎hacen carrera sólo si se someten o/y se autocensuran. Hoy estamos en una situación de ‎‎«guerra informativa» electoral[5]. Los simples mortales encuentran muchas ‎dificultades para informarse correctamente[6].‎

Hace 4 años que esos medios estadounidenses, perfectamente secundados por los medios ‎‎“hermanos” europeos vienen dedicándose, las 24 horas del día, a denigrar la imagen del ‎presidente Trump ante la opinión pública estadounidense, occidental y mundial. Durante ‎los meses anteriores a la elección se apoyaron en sondeos ampliamente sesgados para hacerle ‎creer al pueblo estadounidense y al mundo –como en 2016– que la elección estaba “decidida” y ‎que una gran ola demócrata iba a sumergir el país. Por citar sólo el ejemplo de la Florida, 4 días antes de la elección una amplia mayoría de los sondeos daba a Biden ganador con entre 1 y ‎‎5 puntos… pero el ganador fue Trump por 3,4 puntos. Las diferencias comprobadas entre esos ‎últimos sondeos y el resultado del escrutinio son tales que no puede hablarse del margen de error ‎sino de mentira y manipulación, interesada y… descarada. Esos sondeos y artículos engañosos ‎se repitieron en la casi totalidad de los Estados de la Unión. Los resultados de Trump y del ‎Partido Republicano, el día de la elección, revelaron la envergadura de esas mentiras-‎manipulaciones mediáticas y de los falsos sondeos preelectorales. ‎

 

¿Es creíble la hipótesis de un fraude importante en varios Estados claves el día del escrutinio?

Mi íntima convicción me dice que sí ya que existen, en mi opinión, demasiados índices ‎concordantes tendientes a que la jauría “mediática” occidental –de la que ya sabemos quién ‎la controla– pueda convencerme de lo contrario. Los presidentes de China y Rusia no se ‎equivocan en esperar a que se proclamen resultados oficiales, lo cual no sucederá hasta el 8 de ‎diciembre, antes de felicitar al vencedor, cuando realmente se sepa quién es[7].‎

Estos son los indicios que me hacen dudar de la honestidad del escrutinio. ‎

‎1 – La curiosa precipitación, por demás sospechosa, de la jauría mediática estadounidense, ‎seguida de inmediato por su “hermana” de la Unión Europea –que también sabemos quién ‎la controla– en querer imponer un vencedor cuando todavía no se conocen los resultados ‎oficiales de 5 o 6 Estados. Todos sabemos que esos medios estadounidenses son «partidistas» y ‎que son los más feroces adversarios de Trump. Conocemos su método consistente en criticar, ‎cuestionar, modificar, no reconocer, poner en tela de juicio todos los resultados electorales que ‎no les convienen en todo el planeta (como las elecciones presidenciales de Siria, en 2014; ‎de Venezuela, en 2018; de Bolivia, en 2019, y de Bielorrusia, en 2020, por citar sólo 4). ‎También conocemos su propensión a querer promover, más bien imponer, el candidato que ‎les conviene, sin importar que ese candidato sólo cuente con un apoyo muy minoritario (como en ‎los casos de Francia, en 2017; de Bolivia, en 2019; de Bielorrusia, en 2020. También es el caso ‎de Navalni, quien no representa estrictamente nada en Rusia, y sin embargo nuestros medios ‎nos lo “venden” como el contrincante número 1 de Putin). ‎

‎2 – Las muy desacostumbradas acciones de Google, Facebook, YouTube y Twitter censurando, ‎de manera concertada y simultánea, nada más y nada menos que al presidente de ‎Estados Unidos. Esta colusión evidente de esas ‎grandes empresas de servicios, de las que también sabemos quién las controla, simplemente no es ‎‎“natural” ni democrática… ‎

‎3 – Por primera vez en la historia de Estados Unidos, el voto por correspondencia se utilizó ‎masivamente ya que más de un 42% de los electores que votaron lo hicieron por correspondencia (más de 64 millones), a pesar de ser mundialmente reconocido que ese tipo de voto ‎favorece el fraude electoral.‎
El voto por correspondencia incluso se eliminó en Francia en 1975 porque se juzgó propicio al ‎fraude electoral [8].‎

Dicho sea de paso, es extraño que algunos diputados de la mayoría LREM[9] estén tratando ahora de restablecer en Francia el voto por correspondencia, ‎aprovechando la oportunidad que ofrece la epidemia de Covid-19 [10].
¿Será que esos diputados tienen intenciones de ampliar las posibilidades de fraude en Francia ‎para alcanzar la reelección en las próximas elecciones locales?‎

Afirmar que no hubo el menor fraude electoral en Estados Unidos, con 64 millones de votos por ‎correspondencia, simplemente no es creíble. ‎

Sin asumir por mi cuenta todo el conjunto de denuncias de fraudes emitidas por los republicanos, y ‎enumeradas en un artículo reproducido en Profession Gendarme[11], voy a retener, sin embargo, un solo ejemplo –‎reconocido por los dos partidos, tanto el demócrata como el republicano– que no es ‎por lo tanto cuestionable ni cuestionado. ‎

Según confesó ella misma al New York Times, Abigail Bowen, la secretaria electoral del condado ‎de Shiawassee (Estado de Michigan), agregó, por error según ella, un cero de más en el conteo ‎de los votos de Biden. En vez de inscribir 15 371 votos a favor del demócrata, su equipo ‎agregó 150 371 sufragios. Dado el hecho que en los teclados de computadora la tecla del 0 no está ‎cerca de la tecla del 5, es extraño decir que fue un error involuntario. La secretaria agrega que ‎el error le fue notificado 20 minutos después y que lo corrigió enseguida. (Felizmente alguien ‎se dio cuenta de este error, al parecer involuntario…)‎

Está muy bien que ese error haya sido rectificado… pero eso plantea, de todas maneras, varias ‎interrogantes:

  • ¿Cuántos “errores” de 0 similares a este se cometieron, voluntariamente o no?‎
  • ¿Cuántos “errores” de ese tipo fueron detectados, notificados y corregidos?‎
  • ¿Cuántos de esos “errores” fueron validados en el conteo final?‎
  • ¿Tiene entonces o no razones justificadas un candidato, sea demócrata o republicano, para ‎solicitar que vuelvan a contarse los votos cuando el resultado se sitúa en un margen del 1% en ‎uno de los Estados de la Unión? ¿No es eso lo que se hace en todas las democracias dignas de ‎ese nombre? ¿Acaso es competencia de los medios proclamar un ganador sin disponer de ‎resultados avalados? ‎

Lo que yo observo es que en 5 Estados calificados de swing states[12] los resultados están en ese margen del 1%: se trata de ‎los Estados de Arizona, Georgia, Wisconsin, Pensilvania y Nevada[13]. En esos 5 Estados, Trump encabezaba la votación, pero Biden supuestamente acabó ‎aventajándolo en todos por unos miles de votos gracias a la llegada oportuna, ‎milagrosa, masiva y repentina de votos por correspondencia que le resultaron muy, muy, muy ‎favorables. ‎

A estas alturas ya ustedes habrán comprendido que, en mi opinión, el voto por correspondencia ‎es la puerta abierta al fraude. Cuando ese voto por correspondencia es masivo, el fraude puede ‎hacerse importante y ser ampliamente suficiente para invertir un resultado en el margen del 1%. ‎Es infinitamente poco probable que no haya habido fraudes. No especularé aquí sobre a quién ‎pudieran haber favorecido esos fraudes y estoy seguro de que nunca llegarán a obtenerse todas ‎las pruebas. Digo solamente que los “ingenuos” medios mainstream estadounidenses ‎y europeos, que tanto quisieran negar a Trump el derecho a que vuelvan a contarse los votos, a ‎que se abran investigaciones y a que se realicen verificaciones, esos mismos medios que –‎tratándose de otros países– tanto se preocupan por los conteos de votos y que tan fácilmente ‎denuncian un «fraude electoral», no se engrandecen con todo esto. Sabíamos que Francia y ‎sus periodistas que se mofan del presunto perdedor –porque se llama Trump– transmitían ‎la imagen de una “mediocracia”. Pero, ¿también deben convertirse en una mediacracia que trata ‎de imponernos presidentes y todo lo que debemos pensar, sobre todos los temas? ‎

Abordemos ahora el segundo tema de mi carta. ‎

Si el “globalista” Biden fuese electo el 8 de diciembre y entronizado el 20 de enero de 2021, ‎‎¿qué evolución podemos esperar para el planeta los europeos y los franceses?

Biden es un anciano, de quien todos saben que ya no goza de todas sus facultades mentales ‎–el próximo 20 de enero habrá cumplido 79 años. Debido a ello, si Biden resulta electo, se hallará bajo la ‎influencia de otras personas y tomaría sus decisiones únicamente siguiendo consejos y bajo el ‎‎«estrecho control» de su entorno cercano, emanación del «Deep State» o Estado Profundo y ‎conformado con «globalistas» acérrimos. Es además ese entorno lo que habrá ayudado a Biden ‎a ganar, así que sería ese entorno quien gobernaría, de hecho, Estados Unidos. ‎

Dado su obediencia «neoconservadora», ese entorno de Biden es resueltamente proisraelí y ‎favorable a que se mantenga sobre el planeta una hegemonía absoluta de Estados Unidos. ‎El profundo estudio de ese entorno (biografías, influencias a las que se somete, redes y ‎comunidades de las que forma parte) resultaría muy revelador pero, por desgracia, ‎nada sorprendente. En Francia tenemos los mismos. Habría que prepararse, por ende, con vista a un ‎recrudecimiento de la injerencia agresiva de Estados Unidos tanto en el Medio Oriente (Líbano, ‎Siria, Irak, Irán), por supuesto, a favor de Israel. Pero también en las fronteras de Rusia, en el ‎Mar de China y en Sudamérica. El nuevo equipo de gobierno, brazo armado del «Deep State», ‎creará los pretextos –aunque no existan– e instrumentalizará la nebulosa terrorista, como ‎siempre lo ha hecho Washington en el pasado, para justificar sus actos de injerencia. ‎

Trump logró reducir gradual y considerablemente los bombardeos estadounidenses en el planeta ‎‎(Estados Unidos utilizó 47 000 bombas en 2017, 16 000 en 2018, 12 000 en 2019 y 928 ‎en enero y febrero de 2020, según los últimos datos conocidos) [14]. Trajo de regreso a ‎Estados Unidos gran cantidad de soldados que estaban desplegados fuera del país, principalmente ‎del Medio Oriente. Bajo el primer mandato de Trump, la coalición occidental mató ‎mucho menos gente que bajo los 2 mandatos de su predecesor [el demócrata Barack Obama]. ‎Si un equipo globalista se apodera de la Casa Blanca, esa tendencia podría invertirse a partir de ‎la primavera de 2021… y la sangre correría otra vez. La OTAN sigue sin entender que debería –‎incluso en su propio interés– poner fin a tales derivas. ‎

La mala noticia es que una administración Biden también trataría de implicar a la OTAN, al Reino ‎Unido, a Francia y a la Unión Europea en todos los trabajos sucios que sus estrategas ‎neoconservadores sean capaces de urdir [15]. La mala noticia para Francia es que su dependencia ‎económica (su deuda y el CAC40) y el creciente servilismo hacia Estados Unidos de las élites ‎francesas, formadas precisamente para que sean serviles, le impedirán rechazar todas las ‎invitaciones de Estados Unidos a ser parte de coaliciones creadas en defensa de causas dudosas. ‎

La buena noticia es el hecho que, a ambos lados del Atlántico, los pueblos están empezando a ‎abrir los ojos. Sea o no del agrado de nuestros medios de difusión, de nuestros políticos y de ‎nuestra opinión pública manipulada, el «soberanista» Trump incrementó en un 15% el total de ‎votos que obtuvo en 2016. Sus partidarios controlan la Corte Suprema, el Senado, una mayoría ‎de Estados y se acercan a la paridad en cuanto al número de escaños que controlan en la ‎Cámara de Representantes. Sus partidarios también controlan las zonas rurales estadounidenses. ‎Los demócratas sólo controlan realmente las grandes ciudades. ‎

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En azul, los condados demócratas, en rojo los condados republicanos.‎ Fuente : New York Post‎

En esas condiciones, no será fácil gobernar Estados Unidos y hacer cualquier cosa, sobre todo ‎teniendo en cuenta que la economía estadounidense está en baja y que la deuda es abismal. ‎

Tampoco será fácil gobernar una Unión Europea cuya parte occidental está en bancarrota, con ‎poblaciones a punto de rebelarse, con PIBs en retroceso y presupuestos militares que se verán, ‎quiérase o no, inevitablemente afectados. ‎

En tales condiciones, lo sabio sería dedicarse a resolver sus propios problemas en vez de ir a ‎hacer el papel de sheriff en otras partes del mundo. Lo inteligente sería también no inmiscuirse ‎en los asuntos de Estados soberanos bajo el falso pretexto de luchar contra un terrorismo que ‎nosotros mismos contribuimos ampliamente a crear y a mantener mediante nuestra política ‎exterior calamitosa (hacia países como Libia, Siria, Irak, Yemen, Irán, Rusia, Bielorrusia, ‎Venezuela, Brasil y Bolivia, entre otros) y con posicionamientos oficiales irresponsables ‎insultantes para decenas de países (como en el asunto de las caricaturas)[16]. ‎

Tarde o temprano, una coalición occidental orquestada por globalistas agresivos acabará por ‎romperse los dientes en algún lugar, se asombrará de lo que le ha sucedido, tendrá que bajarse de su pedestal y ‎ser menos arrogante. Se multiplicarán entonces las marchas, las ceremonias fúnebres, las ‎manifestaciones ruidosas y ostentosas contra un enemigo que nosotros mismos habremos ‎provocado y los pueblos tendrán que contar sus muertos y llorarlos. ‎

Basta con ver la “brillante” campaña que han dirigido los gobiernos de los países miembros de tales ‎coaliciones en la llamada «guerra contra el coronavirus» para intuir que tampoco ganaremos ‎la próxima… ‎

 
 
 
 

NOTAS: 

[1] «L’OTAN: artisane de paix ou fautrice de ‎troubles et de chaos?» [En español, “La OTAN: ‎‎¿artífice de la paz o causante de desórdenes y caos?”], General Dominique Delawarde, Revue ‎Méthode, abril-mayo de 2020.

[2] «Le grand naufrage des médias mainstream occidentaux», ‎General Dominique Delawarde, Réseau International, 18 de septiembre de 2020.

[3] «Discurso de Donald Trump en el 74º Período de Sesiones de la Asamblea General de la ONU», ‎por Donald Trump, Red Voltaire, 24 de septiembre de 2019.

[4]Trump Closing Message: “If I’ve Done One ‎Thing, It’s To Expose The Dishonesty In The Media”, Donald Trump, Real Clear Politics, ‎‎2 de noviembre de 2020.

[5] «La Guerre de l’Information», General Dominique Delawarde, ‎‎Réseau International, 14 de abril de 2017.

[6] «Être bien informé: ça se mérite!», General Dominique ‎Delawarde, Réseau International, 29 de marzo de 2018.

[7] China felicitó a Joe ‎Biden el 13 de noviembre de 2020 (NdlR).

[8] «Pour réduire la fraude électorale, le vote par correspondance est supprimé» [En español, “Para reducir ‎el fraude electoral, se suprime el voto por correspondencia”], Le Monde, 13 de noviembre ‎de 1975.

[9] LREM son las siglas de ‎La República en Marcha, el partido –creado de la nada en solo meses– para respaldar la candidatura ‎del actual presidente, Emmanuel Macron, a la elección presidencial francesa de 2017. Nota de la ‎‎Red Voltaire

[10] «Des députés de la majorité ‎proposent de rétablir le vote par correspondance en France, le gouvernement réticent», Julie ‎Pacaud , France Info, 11 de noviembre de 2020.

[11] «La Tempête qui arrive ‎‎(Enquêtes sur les Fraudes Électorales US)», Comité Trump France, Profession ‎Gendarme, 8 de noviembre de 2020.

[12] Los Estados ‎estadounidenses que los especialistas califican como swing states son aquellos donde la ‎mayoría de los electores no suele votar habitualmente por un mismo partido –a veces dan la ‎victoria a un partido y otras veces a otro. Se les llama swing states por oposición a los ‎‎safe states, donde ya se sabe que los electores suelen votar mayoritariamente por el mismo ‎partido –por ejemplo, California se considera un safe state porque suele votar a favor de los ‎demócratas. Nota de la Red Voltaire.

[13]If there’s fraud in the 2020 ‎election, then we must find it”, Miranda Devine, New York Post, 8 de noviembre ‎de 2020.

[14]Combined Forces Air ‎Component Commander 2013-2019 Airpower Statistics”, US Air Force Central, 29 de febrero de 2020.

[15] Ver “Le plan US post 11/9: envahir 7 pays, selon le ‎général US Wesley Clark” [En español, “El ‎plan de Estados Unidos post 11 de septiembre: invadir 7 países, según el general estadounidense ‎Wesley Clark], Wesley Clark, ‎ ‎Reopen911, 20 de octubre de 2011.

[16] «Regreso a las caricaturas de Mahoma ‎¿Se ha vuelto loco el ministerio francés de Educación? ¿O es Francia entera?», por Arno Mansouri, Red Voltaire, 25 de octubre de 2020.

 
 
 

 


 
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