«CINTAS ROJAS», de José López Pinillos (PARMENO): «Cintas Rojas», la novela original de Parmeno de la que Camilo José Cela se apropió y convirtió en su Pascual Duarte».

CINTAS ROJAS, novela José López Pinillos

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Se rumoreaba que algunos censores chupaban de lo censurado, que las tachaduras rojas eran la sangre nutritiva de su vampirismo de creadores. Se decía también que la inteligencia del censor evitaba males mayores y que un informe bien redactado impedía la decapitación del autor censurado. Muchos seguíamos  preguntándonos a finales de los sesenta cómo pasó el corte La Familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, que fue censor en los primeros cuarenta. Preguntarse por las fuentes de tan truculenta trama no tenía mucho sentido, pues las peripecias de Pascual eran conocidas como aproximadamente reales en un pueblo de Extremadura, poco antes de la Guerra. Miguel García Posada fue más lejos acusando a Cela de plagio de una novela corta de Jose Luis López Pinillos, Cintas Rojas, publicada en 1916; ahí está probablemente el Pascual Duarte. Quien quiera comprobarlo que vaya a Cintas Rojas y al articulo de García Posada.

"Madrid canalla", de Javier Villán  (Almuzara, 2014)

 

 

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Bajo la clara influencia de la tradición realista del siglo XIX, y más particularmente de Cintas rojas (1916), una novela corta del escritor naturalista José López Pinillos, se extiende frente a los ojos del lector el ambiente crudo y decadente que encapsula el mundo rural de La familia de Pascual Duarte, cuya primera línea — "Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo" — es el arranque preciso para una historia que, por medio de un lenguaje llano y en ocasiones, con tintes poéticos, muestra la otra cara de la condición humana.

Wikipedia, La Familia de Pascual Duarte

 

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El ABC de Madrid de 8 de julio de 1982 (pag 3) ya asociaba CINTAS ROJAS de Parmeno con LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE.

 

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"La colmena sólo es la versión cateta de Manhattan transfer (de John Dos Passos)"

Fernando Sánchez Dragó

Diario El Mundo, 17 de mayo de 2016 

 

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Cual no seria mi sorpresa al descubrir que Camilo terminaba varios de los capítulos de Madera de boj, y ponía fin a su libro, con una frase mía, que él copiaba y repetía, una y otra vez, sin citarme: hay desde tiempo inmemorial entre Galicia, Cornualles y la Bretaña un legendario camino sembrado con pepitas de oro… frase que yo había escrito en mi casa de Caldetes, y publicado, por vez primera, el veintiuno de agosto de 1998, iniciando con ella un artículo que se llamaba Galicia artúrica y terminaba con una cita célebre del Lawrence de la revuelta árabe: hay dos tipos de hombres; aquellos que al despertar creen que sus sueños fueron ilusión, y aquellos que sueñan despiertos. Estos últimos, dice Lawrence, son los más peligrosos, porque ellos están dispuestos a jugarse la vida por hacer realidad sus sueños. Quien tenga la curiosidad de leer el original inglés de esa cita advertirá que me tomo una cierta libertad, al traducir un texto que Camilo copia y reproduce, sin citar a sus autores, siguiendo mi versión libre [ .. ]. Cuando descubrí mi corta veintena de palabras, sirviendo de broche a varios capítulos y al fin de Madera de boj sentí una cierta tristeza. Me hubiera bastado un guiño para ser feliz; pero el silencio de Camilo hacia el autor de aquella modestísima frase, el rudimentario traductor de Lawrence, eran una punzada gratuita, de la que me sentía víctima innecesaria. El genio verbal de Camilo no estaba necesitado para nada de mi Galicia artúrica.

"Retrato de un artista en el destierro", Juan Pedro Quiñonero 

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El día 1 de mayo de 1993, el diario El País (Babelia, páginas 14 y 15) publica un extenso artículo, firmado por Miguel García-Posada, en el que se le acusa de haber “reelaborado” la novela “Cintas Rojas” (publicada en 1916 y escrita por José Luís Pinillos, “Parmeno”), convirtiéndola en su “Pascual Duarte” 

(...)

Vamos a hacer un breve inciso para referirnos a esta novela de Cela, “Madera de Boj”, recientemente publicada. También respecto a ella se pone en duda su carácter original. En tal sentido, incluso han sido publicados algunos artículos en la prensa, como el que firma el Alcalde de Corcubión, D. Rafael Mouzo Lago, publicado en “La Voz de Galicia” el día 24/10/1999 (pag.. 91), en el que se afirma que en “Madera de Boj” hay “una cierta reproducción de ideas y contenidos” de algunas publicaciones de autores locales.

 

 

 

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Carta dirigida en la inmediata posguerra por Camilo José Cela a la dirección nacional de la Falange triunfadora, solicitando su ingreso en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia

 

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CINTAS ROJAS 

José López Pinillos, "Parmeno" 

A Don Francisco Vigueras 

 

I

En cuanto partió el mozuelo, Rafael Luarca, que espiábale con los ojos entornados, se incorporó y tiróse de la yacija. El sol hundía ya el rosicler de sus espadas matinales en la choza, y teñía de púrpura el camastro, y metíase por el túnel sombrío que daba a la cuadra. Fuera desafiábanse los gallitos, roznaban al fresco las dos mulas bajo el palio de un vetusto alcornoque, algareaban las golondrinas, meciéndose en el viento, y las abejas salían de sus obscuros laboratorios para comenzar su mirífica labor. 

Rafael liaba cachazudamente un cigarro, cuando oyó la voz de su tío.

—¡Eh, Arguasí[1]! Güenos días. No pases sin saludá, que no soy un lobo.

—Perdona, hombre, que no te vi. Güenos y santos.

—¿A Córdoba?

—A la feria[2], a mercá un muleto.

—Pos, suerte.

—Quéate con Dios. Ya te traeré a Sintas Rojas atasajao, pa que duerma la tajá. Rióse Alguacil, y el tío, riéndose también, replicó:

—¡Lo que es hogaño!... Como el Sintas no descubra un Perul[3] hoy por la mañana, me paese que ni le verás el pelo. 

Luarca, irritado, bramó como si le pudiesen oir:

—¡Lo descubrirá! ¡Un Perul y sincuenta roíos Perules!

Y, temblando de impaciencia y de ira, apartó el rústico armatoste del lecho, que era de trozos de olivo sin descortezar, abrió el arca que protegía y extrajo de su vientre las prendas con que se engalanaba en las ocasiones de gran solemnidad: el sombrerín sevillano alicorto y brillantísimo, el pantalón de pana fina como el terciopelo, la chaqueta de lanilla azul, las botas de cuero azafranado, los calcetines con dibujos verdes, los calzoncillos de algodón blancuzco, tan recios que no los llevaría más recios el rey y la camísola de pechera bordada, que sólo podían planchar en los talleres de las artistas cordobesas. Se vistió en un vuelo; guardóse, por coquetería, una saboneta de níquel que no andaba desde que, para probar la solidez de su mecanismo, se la atrelló en la nariz al relojero ambulante a quien se la compró; metióse en la faja al compañero de Albacete[4], y se plantó en la puerta. Su tío, el pilongo señor José, que almorzaba sentado junto a las mulas, llenóse de admiración. 

—¡Vaya un brazo e mar, jinojo!... exclamó clavando en él los ojuelos.

Cintas Rojas pagó el elogio con un mohín despreciativo.

—¿Un brazo e mar? —articuló—. ¡Una charca yena e ranas! ¿Ande tengo yo el dinero pa ser un brazo e mar? 

—Las hechuras valen más que el dinero. Aquí está quien lo dise, Rafaelico.

—¡Hechuras, hechuras!... ¡A vel si ha nasío la que me dé un chavo[5] por las hechuras! ¡La iba a jartal de hechuras! 

El vejete contestó sonriendo:

—Pos abre los ojos y orfatea, que tú encontrarás.

Y de seguro habría encontrado alguna jamona que le protegiera, seducída por su estampa, si su verbo cerril y montuno[6] y su carácter bronce y bravío no hubiesen ahuyentado al amor. Era huesudo y fibroso, de complexión hercúlea, propenso a la cólera, caridelantero y vociferador. Tenía la mirada insolente, la nariz agresiva, la boca enérgica y el entrecejo peludo y aborrascado, propio para subrayar las actitudes furibundas, y envanecíase de ganarle en vigor a los bueyes y en tozudez a los mulos. 

—Güeno —dijo despué de unos instantes de vacilación—. ¿No me quie osté ayudal? 

Meneó el viejo la cabeza melancólicamente, suspiró y rompió a hablar sin mirarle: 

—¡Lo que son los testarúos, San Rafaé de mi arma!..., tripas como cañones de órgano... ¡y me pie que le ayude! 

Se atizó un manotazo en el pecho, cual si se enfureciera, y agregó:

—¿Otavía te he ayudao poco? ¿No te he tenío aquí to el ivierno?

—¿Jorgando[7]? —preguntó con amenazadora lentitud el hastial.

—¡Trabajando! Pero ¿nesesitaba yo trabajaores pa labral este pañuelo[8]?... No es que me duela el pan que te comes, ni que te eche en cara el que te lo comas. Si no que... ¡jinojo!, lo que es te tie con desil[9], con ojeto de que las palabras no se le claven a uno en el gañote. 

—Está bien, tío.

Callaron, y el viejecillo, que torturábase acometido a la vez por los consejos de la miseria y por las instigaciones de la generosidad, rompió el silencio, formulando penosamente una interrogación:

—¿Te hasen dos reales?

—¿Dos reales? ¿Dos reales de una ves?

—Menos da una piedra. Rafaelico.

—Pero si es que me se figura mucha cantidá, tío. Con dos reales compro yo en Córdoba la mesquita y un coche con cuatro cabayos y un levitín[10], y me hasen gobernador y no gúelve usté a verme. No, no quio los dos reales. 

—Pos me has dao una pedrá.

—Lo sé... y me largo pa no darle otra. ¡Salú!

Atravesó de un bote el soladillo, torció por el olivar, desdeñando la estrada, y, minutos después, corría por las tierras de los Merinales, hacia el caserón del marqués, seguro de que habríase refugiado en la campiña para huir del alboroto de la feria. Había laborado en el cortijo, donde pagaban largamente y trataban con humanidad a los jornaleros, y como se despidió sin reñir con los dependientes del prócer, esperaba que le admitieran otra vez. Y, caso de admitirle, ¿qué se opondría a que accediesen a un sencillo ruego? Le hacían falta diez duros. Esos diez duros se los descontarían poco a poco de su salario, y nadie sufriría el menor perjuicio. ¿Se los negaría el marqués, a pesar de sus millones?... ¡Bah! Del marqués, raro, taciturno y gruñón, no se podía decir que fuera avariento. No, no se los negaría. 

Tuvo la suerte de que el dueño de los Merinales, que acababa de llegar a la finca, le recibiera, y con algunos titubeos, hijos de su afán de expresarse con finura, comenzó a exponer su pretensión: 

—Ya sabe el señó marqué que he estao dos años en el cortijo de los Salas... Gúena gente, sin despresiá al señó marqué, por más que D. Lui se las tira de plancheta[11], como si fua título. 

—Al grano.

—Al grano. Como me tuve que dil en Noviembre, cuando ya tenían asituneros en toas partes, pos, siendo yo quien soy vareando, ni cogí la vara. Y figúrese osté: la santa inverná entera y plena, en la chosa e mi tío, donde no engordan ni las arañas, y sin un metá[12]. 

—Al grano, al grano, Cintas Rojas.

—Pero si estoy en er grano, señó marqué. He dicho lo que he dicho pa desil que por la pará de este ivierno, que es cuando yo ahorro, me veo con el agua en la nue y pataleando pa no ajogarme. Y digo ahora que me ajogo si el señó marqué no me echa una mano. 

—¿De qué manera?

—Emprestándome dies duros y metiéndome en la casa.

—Yo —afirmó gravemente— no soy usurero.

—Ni yo me lo he imaginao, señó marqué. Si está me empresta, le emprestará a uno de sus mosos y no pa reventarlo, sino pa haserle un favó. 

—Es que tú no eres un mozo mío.

—No quedrá osté tomarme.

—No quiero tomarte. La frialdad seca e hiriente de la repulsa alteró al gañán.

—¿Y puo sabel por qué no quiere tomarme, don Sarvadol?

—Lo puedes saber. Por insolente y por guapo.

—Güeno, cristiano. No se solfure osté, no se vaya a tragá los dientes. ¿Son de muerto[13]? 

Don Salvador, sin inmutarse, tiró de un cajoncillo, sacó una pistola, y, encañonando a Rafael, que encogióse de hombros despectivamente, repuso con lentitud: 

—De muerto si que van a ser los tuyos, si no te largas.

—¡Ca! —barbotó el amenazado—. ¿A que no dispara osté? ¿Y a que si dispara no me atina?... ¿Van los dies duros? 

El marqués bajó la browning[14], y Luarca se echó a reír.

—¿Ve osté cómo no dispara?... Tiros, a las perdises, que se asustan, señó marqué. «Condiós[15]». 

Le volvió el traspontín, y retiróse con fanfarrona calma, escupiendo blasfemias y mirando de reojo a la servidumbre del señorón, y en el zaguán del caserío, para presumir de guapeza, se detuvo, y encendió un cigarro. El manijero, que llegaba en aquel instante, le interpeló con zumbona alegría: 

—¿Qué te trae por estos andurriales, Fae?... Pero da una vuerta, pa que te miren mis ojos, que vienes más bien jateao[16] que un capitán generá, mardesio. 

—Una vuerta y sien vuertas —exclamó Cintas, girando y pompeándose.

—Qué, ¿a la capitá?

—Como que no hay feria sin mí. Ya me ha yamao el siyetero del gobernadol.

—Pa ti es er mundo, Sintiyas. Yo, con que mañana me dejen dil un rato, me conformo. En la plasa mos veremos. 

—Ayí mos veremos.

¡Claro que se verían! ¿Se había compuesto él para maravillar con su fausto a los gorriones y los zorzales?... Con aquellas botas, con aquel sombrerillo, con aquel terno y con todos los demás lujosos arrequíves había ido seis años a Córdoba, desde que conoció a Guerrita y pasmóse ante la belleza sin par de las luchas del coso, y seguiria yendo para discutir encrestado y para golpear entigrecido en defensa de su héroe, y para animarle con sus baladros y glorificarle con sus palmadas. ¡Qué gran torero el torero cordobés, y qué magnífica, qué asombrosa fiesta la cornuda!... Hombres que entraban en el coso con el gesto desafiador, y que se insultaban o saludábanse gritando; toros que mugían al sentir la bárbara picadura del hierro, y que corneaban con una cólera infernal: caballos que huían relinchando y mordiendo, pisándose las entrañas desgajadas; manchurrones[17] bermejos en la arena; cadáveres de brutos que se estremecian y, para completar el cuadro, olor de vientres partidos y de sangre, rostros exaltados por la temeridad o empalidecidos por el pavor, y palabras que restallaban como látigos y mordían como víboras, que hacían a los lidiadores buscar el triunfo en el riesgo. Cintas Rojas, que salió de la primera corrida medio loco de emoción y dispuesto a trucidar al que no se prosternase ante el Guerra desde entonces sólo pensó en su ídolo y sólo se conmovió al referir y comentar sus portentosas hazañas. Con los ojos velados y la voz ronca, hablaba en las gañanías del pase de pecho, del brinco entre los pitones, del par quebrando[18] y del volapié con que los había aturdido de admiración el coloso, y tenía para elogiarle apasionamientos y delicadezas femeninas. ¡Era tan gallardo, tan fornido, tan ágil, tan sereno y tan valeroso el matador!... A fin de ahorrar el dinero indispensable para verle abatir a los astados, se martirizaba el año entero, privándose de la borrachera de los domingos, de la gargantada de mostagán antes de comer y de las jocundas excursiones navideñas, y ni los picantes estímulos del Carnaval le hacían abrir la bolsa. No; él, mientras segaba, vendimiaba o vareaba, y mientras esgrimía la márcola, el arado o el escardillo, fortalecíase recordando a «su» lidiador y rechazaba así mil viles sugestiones. Pero ¡cómo se desquitaba después! Durante la feria, ¡con qué dulces bellaquerías rascábase el herrín de su forzosa virtud!... Disputas y rugidos, hasta quedarse afónico; vinazo batallador y agudo aroma de sangre, hasta tener los nervios como alambrillos electrizados, y hembras y alcohol, hasta caer deshecho. 

¿Y por un «planchetilla[19]» como Salas, que le había despedido cobardemente, y por un idiota como don Salvador, iba él a quedarse en el campo? ¿Quedarse él, habiendo criaturas con billetes y con duros?... 

Se despidió del manijero, y alejóse sin dirección. ¿A quién recurriría? Cerca de los Merinales no escaseaba la gente con dinero: el señorito de La Garbosa, don Bonifacio el canónigo, tío Juan el acaparador... Pero tío Juan y el señorito estarían en la feria, y al canónigo, por el recelo de sus parientes, no había quien se pudiera acercar. No le quedaba, pues, más que su compadre, y su compadre, que era tan testarudo como él, se había cerrado a la banda. «El año, malisimo, le tenía con una soga al cuello; aún no contaba con los cien duros que le exigirían por San Juan..., y debía juntarlos y comer». Avaricia y pocos deseos de servirle. ¿No costaba el mismo trabajo juntar quinientas pesetas que ciento diez duros? ¡Pues entonces!... Que se apretara un poquitin más la soga el avaro, que para eso era su compadre, o se expondría a que le obsequiaran con un disgustillo, Chuleos con él, no. Claridad, las cartas boca arriba. 

Y con la decisión de ponerlas, dejó atrás los Merinales e hizo rumbo hacia el Cortijuelo.

 

 

II 

Tío Rafael Narices, tío Pedro el Sordo y Sebastián el Cumplío interrumpieron el trabajo cuando les saludó. Narices, que las tenía gigantescas y que se ufanaba del irregular desarrollo de tan interesante facción, era un viejo musculoso, de aventajada estatura, alentado y alegre; tío Pedro, cuarentón, corto de palabras y de grandísima prosopopeya, realizaba el milagro de recobrar el oído siempre que le convenía oír, y distinguíase por la poca extensión de su correa y por la facilidad con que pasaba de los razonamientos a los trastazos; y el Cumplío, cenceño como una espada y bullicioso como unas castañuelas, destacabase por la exquisitez de su cortesía entre los garzones de molino y cortijo. Fue el primero que habló:

—Pa servilte, compañero.

—Y yo a ti, Cumplío, y ala campaña.

La parte más joven de la compaña, el Sordo, se limitó a bajar el testuz, y la parte más vieja, tío Rafael, apretóle la mano y le regaló con una broma: 

—Pos yo, como no te empreste la narí pa que te luscas en el ferial...

—Grasias, amigo. No sabría yevarla con los reaños de osté.

Sebastián aprobó:

—Anque la sabrias yeval, porque tú eres mu macho, no has parlao malamente.

—Dios te lo pague, Cumplío.

Ofreció tabaco; los labriegos confeccionaron unas trancas enormes, y encendiéronlas con voluptuoso regodeo, y el cuarentón, para pagar la fineza, obsequióle con un capcioso aguardiente.

—Empina, que es gloria de Rute.

—Si que es gloria —afirmó, después de paladear el líquido, pasándole el botijuelo al Narices—. Bien se trunfa[20] aquí. 

—¿Trunfar y trabajamos en feria? —preguntó irónicamente tío Rafael—. ¡Que diga mi yerno si trunfamos! 

—A verlo voy. ¿Está en el caserío?

—En el caserío está.

El caserío, albo como una pella de nieve y posado con redomada malicia en un alcor para dominar las tierras del Cortijuelo, no era muy grande; pero tenía una clara sala para el amo, su mujer y el pequeñín, con su buen arcón y su lecho, que sostenía cuatro colchones; otra para la abuela y la mocita; una covacha, en la que arrullábanse con sus ronquidos el Narices y su nieto; una hermosa cocina con poyos, en los que los jornaleros dormían como lirones; amplias cuadras, sobrados espaciosos y extenso corral. Sus muros, de glebas apisonadas y pedruscos, no hubieran resistido victoriosamente el estallido del más liviano proyectil de cañón; pero atajaban el ímpetu brutal de los ventarrones y los taimados ataques de la cellisca, y los dueños del Cortijuelo podían reposar tranquilamente, mientras aullaban los lobos del viento y el granizo tamborileaba en las tejas. Y, por último, su lujo era el lujo simple de las paredes enjalbegadas, del metal brillador, del ganado limpio, del averío craso. 

Cintas Rojas se detuvo un momento frente a la casita. El sol, atravesando la frondosidad de una higuera, teñía de un oro verdoso el soladillo. Un grajo alicortado escarbaba, buscando orugas junto a los polluelos, tan encogido y pusilánime como si jamás hubiese navegado entre las nubes con sus alas enteras, y como si nunca hubiera abierto su pico rojo para graznar en libertad. «¿Qué harían en el caserio?» Escuchó atentamente, y percibió el borbotar de un puchero, el «glu-glu» de un cántaro al vaciarse y el repique sonoro de un almirez. Después oyó una ronca tos, y en seguida unos grititos musicales, que le hicieron sonreir: «¡Ay, la vieja mala, que ya está tosiendo! ¡Ay, que le voy a da una soba!» Era Rosario, la mocita, que, desde el granero, donde estaría peinándose, gritaba a fin de que la abuela, refugiada en su habitación, oyese el gracioso regaño. La madre trabajaría en la cocina, y los hermanillos detrás de las tapias, en la era o en la linde del alcacer, jugarían con sus corderos. Mas ¿y «él»? ¿Había sido él quien vació el cántaro? ¿Le encontraría allí, entre faldas? ¿No le podría hablar sin testigos?... Pero, después de todo, con que le diese el parnés... 

Avanzó decidido, procurando que ablandara su rostro una expresión afable, y entró en la casita. La dueña hallábase sola, y esto le animó. 

—Gente de pa, señá Antonia.

—Dios le guarde, Sintas.

—¿Y ese bicho malo?

—En er corrá lo tiene osté. ¿Le hase farra?

—Pa haserle a osté un favó.

—¿Cuá favó? —Dejarla viuda.

Antonia, por atención, sonrióse para celebrar la chanza, y dijo, fingiendo una chusca medrosía: 

—Enteramente, no me lo mate osté.

—¿Por qué no?

Pasó riéndose al corral, y se encaró con el cortijero, que, en el colgadizo, componía la rueda de un carro. El cortijero, Rafael Luque, era un hombretón agreste, boquirrasgado y cervigudo, que tenía los remos de púgil y el tronco de atleta. Le recibió cordialmente. 

—Güenos días, pinturero.

—Hola, compadre.

—¿Encontró osté?

—Hasta ahora, no.

—Entonses, ¿cómo viene su mersé tan aseñoritao? 

—Porque pienso encontral.

—Enhoragüena.

—Otavía, no. La enhoragüena me la dará osté después de darme los duros. El hombracho le miró fijamente con el rostro ensombrecido, y sin chistar reanudó su tarea. 

—Qué —insistió Cintas Rojas—, ¿no piensa osté dármela, compadre?

—No pienso dársela y me duele. Y me duele tamién —añadió— que sea osté tan desconsiderao. 

—¡Hombre! —exclamó entre burlón y ofendido el pedigüeño.

—Lo soy —articuló con sequedad Luque—. Y como osté lo es iguarmente, me asombra que se porte osté lo mesmo que un chiquiyo. Le dije que no había juntao ni lo que tengo que pagal, y ésa es la fija. Yo no engaño nunca. Tiempo ha tenio osté pa enterarse. 

—Y me he enterao. De lo que no me había enterao es de que su palabra fuera de rey. Cuando osté dise «no», ¿ha de sel «no», compadre? 

—Cuando digo «no», como ahora, porque desil «si» es imposible, ha de sel «no».

—¿Imposible? Con dies duros menos, ¿pedirá osté limosna?

—Con dies duros menos, me veré obligao a reunil dies duros más.

—Pos con reunirlos...

—¡Ya está! ¡Es mu fásil reunirlos! ¡Como ahora yueven duros!... Y güeno va[21]. No me dijuste osté, compadre. 

—¿Yo a osté, no, y osté a mi, si? ¡Viva la República[22]!

—No sea osté pesao, compadre.

—¡Pos venga er dinero!

—¿Has perdio la cabesa? Sintas, no se ponga osté así. Cualquiera pensaría que no me conose osté y quiere acoquinarme. 

Pero el gañán, sin aplacarse, le replicó engallado, y con el ceño aún más torvo:

—Yo no le quiero acoquinal. A mí no me importa que osté se acoquíne. ¡Lo que me importa es yevarme los duros! 

Lo aseveró con una pujanza tan descomunal, desnudando tan cínicamente su pensamiento, que el cervigudo, ya en guardia, comenzó a encenderse en ira. 

—Piense osté un minuto, y fíjese en mis farsiones —barbotó con un sarcasmo hijo de su bizarría—. Fíjese y repare que no son de hético, ni de niño, ni de collón. 

—Sean de lo que sean, ¡quiero mis biyetes!

—¿Por riñones[23]?

—Osté desidirá.

Luque, muy pálido, con la jeta contraída y con un ascua en cada ojo, levantó sus puños como batanes para caer sobre él, y la excitación del peligro hizo que de pronto se agrandase y adquiriese alas en el cerebro tenebroso de Cintas Rojas la negra larva de una vil idea: matar. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? ¿Por qué había saltado durante quince días de desprecio en desprecio y de humillación en humillación? 

Acaso ¿eran sus amigos aquellos verrugas? Y si no lo eran, ¿qué contenía su furia?... ¡Matar matar!... Sacó la faca, la desenvainó con una hábil sacudida para no perder tiempo, y arrojóse contra su rival que, sorprendido, retrocedió para coger algo y defenderse, bramando de cólera. 

—¡Ay, cobardón! ¡Ay, maldita madre, traisionero!

Pudo empuñar una piedra y erguirse; mas sólo se irguió para ahorrarle camino a la cuchilla, que hundióse en su garganta con la celeridad de un rayo, y que zigzagueó como un hurón en una madriguera, partiendo ternillas, vasos y carnes. El púgil, con la pesadez de una encina desarraigada, vaciló un punto, llevóse las manos al cuello, por el que surtia a borbotones la sangre, y se desplomó, mientras que el aire encerrado en sus pulmones se escapaba por la horrenda brecha, sin poder llegar a la boca para engendrar palabras de odio y agonía. 

Cintas Rojas, un poco empavorecido por la rapidez con que habia segado aquella vida, tembló al oír la voz de la casera: «Ya voy, Rafaé». ¿Rafael?... En la familia eran tres los Rafaeles: el padre, el esposo y uno de los hijos; mas para la señá Antonia no había otro Rafael que su compañero, y al muchacho le decía Falico, y al Narices «pae[24]». Dirigíase, pues, al degollado, como si le hubiese oído llamar. «Ya voy, Rafaé». Que viniera, aunque viese, porque después de haber visto no vería un segundo más. Acercóse a la puerta y escuchó. Las gallinas cacareaban, y en la carretera zumbaba el cencerro de un liviano con la fatiga tediosa del camino. Volvió a sonar el «glu-glu» del cántaro, volvió a toser la vieja y volvió a reñir la niña: «¡Por vínchile[25], por vínchile, que no hay una viejarrona peor mandá[26]!...» Y, por fin, se presentó la mujer, y el «guerrista», sonriendo cándidamente para que no desconfiase, la detuvo. 

—¡Arto ahí, güena mosa!

—¿No me ha yamao mi mario?

—¿Su marío?

Los ojos del montaraz, sin que su boca dejase de sonreir, recorrían como dos hienas hartas las ubres y el cuello de la cortijera, buscando indecisos el lugar donde sepultaríase el diente de acero. 

—Su marío —declaró después de una pausa— ya no la pue yamal. ¿No le dije a osté que venía a dejarla viuda? 

La señá Antonia le examinó con un principio de sobresalto. ¿Qué ocultaba aquella sonrisa? Detrás de aquellas palabras de burlón, ¿qué podía haber? Y aquel silencio del corral que no rompía su esposo, ¿qué significaba? Y en aquella mano diestra que su interlocutor escondía, ¿qué hubiese leído? 

—¿Hay mieo, comadre? —exclamó el hastial.

Y aunque lo preguntó con un brillo siniestro en la mirada, la mujer, tranquilizándose de súbito, se echó a reír. 

—¡Sería grasioso! —manifestó avergonzada de sus sospechas—. ¿No oyes tú, Rafaé? 

—Tampoco puede oil.

—Pero ¿me lo ha matao osté der to, der to?

—Tan der to, que los enterraos no están más muertos. Y la cortijera aproximóse al colgadízo y miró, y se le abrieron terriblemente los ojos, y una inspiración de pavorosa angustia le contrajo el pecho, y antes de que lo dilatara para enviar el frenético alarido a las fauces, la cuchilla hízola enmudecer. 

—¡No, escandaleras, no! —mascujó, meneando el hierro, el verdugo—. Aquí no se da er soplo. Descanse osté. 

Cayó para descansar eternamente, y quedóse encogida junto a los pies de su compañero, que, con su gigantesca humanidad, llenaba el colgadizo. El caño de sangre que salía de su garganta mezclábase con la que, tapizando el suelo de rojo, lo convertía en un hediondo almagral. Una contracción espasmódica sacudió el cuerpo, que enderezóse e hizo brotar un ronquido de la tráquea rota, y Cintas, fríamente, tornó a herir. Luego, con la calma de un diablo, como si estuviese en un matadero frente a dos ovejas degolladas, encendió un pitillo y entregóse a la meditación. Lo más importante lo había ejecutado, puesto que Luque, cuyo rostro parecía ya de mármol, sólo molestaría, antes de pudrirse, al cura y a los sepultureros. Y lo había ejecutado con tanta destreza —«madrugando» para evitar el combate, e hiriendo con la sabiduría de un matarife— que el rio que circulaba por las venas del hombretón, al desbordarse impetuoso, no le pudo manchar. Un leve sarpullido en las botas, que borraría un trapo húmedo, y un goterón en los pantalones; pero la pechera, la cazadora y el chaleco estaban como se los puso de limpios. No había, pues, que lamentarse de la suerte. Lo que aún debía realizar era duro, pero no difícil: coger las llaves, matar a la vieja, que hallábase en las últimas, a la muchacha, que se moriría del susto, y a los chiquillos, que sucumbirían como corderuelos, y salir pitando con los duros. 

—Y na más —profirió en voz alta—. Eyos se lo han buscao. Por dies roíos duros... ¡que es lo que da grima! 

Secó la faca en el vestido de la cortijera, se descalzó y metióse en el caserío, a tiempo que la vieja tomaba a toser. 

—Pero mujé, ¿no has tomao una pastiya? —gritó la moza.

—¡Pa lo que me van a servil ya! —murmuró con una vocecilla temblequeante la anciana, segura de que no la oirla su nieta—. ¡Ay, Señol, Señol! 

No la separaba más que un tabique del facineroso, que percibió su alentar asmático y los crujidos que le arrancaba al sillón al rebullirse. 

¿Por qué se quejaría la momia?... ¿Qué esperaba con sus noventa años? Siempre la había visto en su madriguera o en la cocina, junto al fuego, suspirando, clamando o sulfurándose, sin comprender que era una boca inútil, un estorbo... Por malignidad la hubiese perdonado, para que viese cómo se vegetaba en los asilos y aprendiese a tener paciencia. Con indignación trepó lentamente por la escalerilla, apoyándose en la colaña y asentando poco a poco los pies, a fin de que no gimiese la madera, y penetró en el sobrado. Rosarito, que, sin blusa y con un pecho fuera de la camisilla, estaba peinándose frente a un ventanuco, no le sintió, y el archidemonio quedóse a dos varas de la moza, súbitamente cohibido. Un recuerdo le incendió la imaginación, deslumbrándole con su claridad de relámpago: trabajaba él en la viña del canónigo; una noche, después de un festín, estalló una tempestad, y Rosario y otras muchachas que pernoctaron en el caserío, entretuviéronse, recogidas ya en su dormitorio, en medirse las pantorrillas, sin sospechar que los gañanes, que agujerearon previamente las tablas del granero, recreábanse con las bellezas que mostraban con tal candor. La del Cortijuelo, que era la doncella más fornida, entusiasmó a Luarca, y desde entonces hubo menos corcovos en la conducta del jayán, cuando visitaba a la familia de su compadre. ¡Aquellas pantorras tenían tan lechoso blancor y tan aterciopelada opulencia!... Las habia visto en sueños; pensando en su lindura habiase quedado embaído muchas veces durante la vigilia, interrumpiendo su labor, y habia acabado por acariciar la idea de que algún día el único que pudiese contemplarlas sería él. ¡Y ahora, por un miserable avariento, tendría que destruir a la dueña del tesoro!... Pero, en vez de hacerle vacilar, la ira le infundió ánimos para proseguir su ultrainfame tarea

¡Rosario! —murmuró. 

La mocita se tapó el pecho, volvióse vivamente y, desasosegada y ruborosa, intentó huir. 

—¡Sintas, por Dios!... ¿Pa qué ha subido osté? —balbuceó temblando.

—¡No chiyes! —ordenó, arrinconándola, el asesino—. ¡Caya y no te muevas!

—Pero si osté...

—¡Caya o mueres!

La moza rompió a llorar despavorida y, aunque muy bajito y conteniendo los sollozos, continuó hablando: 

—¡No está bien lo que va osté a hasel conmigo!... ¡Osté, que nunca me ha dicho na, que no me quiere!... ¡Y perderla a una sin cariño es un pecao mu remalo, Sintas Rojas! 

¿Perderla?... El desalmado se asombró: pero sin enternecerse ante la dulce y resignada criatura, que, no escuchando otros avisos que los del pudor, temía por su virginidad más que por su vida, decidióse a poseerla y a degollarla después, inexorable. 

—Ven —dijo, cogiéndola por la cintura y arrastrándola hacia un montón de trigo.

—¡Sintas, Dios no le perdonará! —Anda, ven, tontona[27]... ¡Pos si te quio yo má!... Anda...

—¡No, no, no!... ¡Si me quisiera osté, no haria esto! ¡Y pue venil mi madre!...

—¡Qué ha de venil!

—¡Váyase osté! ¡Sintas, por lo que más quiera!

No, no se iría, y ya que Rosario había confundido la hoz de la muerte con la flecha del parvulico ciego[28], no esgrimiría la faca hasta que no se hubiese apagado el fuego lujurioso que socarrábale. Ella lo encendió con sus palabras, puesto que él, hombre decente, sólo subió para matar. 

—¡Echate ahí!

—¡Sintas!...

La derribó, tumbóse junto a ella en el trigo, y, después de haberla sofaldado, comenzaba a acariciarla, cuando hízole palidecer un aullido superdiabólico de una violencia espantable, un aullido en el que vibraban el odio, el miedo, el dolor y la ferocidad, y que hubiese hecho temblar al sano, gemir al doliente y llorar al moribundo. Se acercaba con idéntica prontitud que si hubiese cabalgado sobre el lomo invisible y terrorífico de un ciclón, y Cintas Rojas, seguro de que le anundaba un riesgo, y convencido de que tendría que luchar para vivir, segó con firme pulso, de un solo corte, el cuello que había besado, empuñó una pala y se puso en acecho. 

—Es Coroné —murmuró sombriamente—. Coroné, que los ha debío de venteal.

Y Coronel —un mastin con quijadas de tigre— atravesó ululante la casita, llegó al corral, metíóse en el colgadizo, y al ver los cadáveres de sus dueños, retrocedió arqueándose, con la testa gacha y los pelos erizados, y empezó a gañir, oprimido por el terror. La viejecita llamó empavorecida, y el monstruo, encorajado, precipitóse por la escalera con la pujanza fatal de una exhalación. Había que apagar voces y gañidos; había que restablecer el silencio, apuñalando, triturando o pulverizando, porque alarmar a la gente equivalía a sucumbir. Desembocó por la puertecilla, ansioso de acometer, y no tuvo más que los instantes precisos para levantar la pala y descargar el golpe sobre el perro, que, azuzado por el instinto, le atacó loco de furia; pero el animal abatióse con la nuca rota, y al extinguirse su horrendo ululato, la calma quedó restablecida. 

 

 

La enferma continuaba llamando; mas con tan débil voz...

—Rosarito... Antonia... Hijas...

A una vara del solejar no la hubiesen oido, y el verdugo no se intranquilizó. Que llamara, puesto que nadie podía acudir; pero alguien acudió: alguien que, a juzgar por el leve ruido de sus pasos y por el sosiego con que silbaba, debía de ser muy poquita cosa y debía de estar por completo desprevenido. Mas, si sospechaba, ¿le faltaría vigor para correr desalado y para gritar anhelante? Y ¿cómo escaparia él, si la campiña entera, bajo la presión del espanto, cercaba el Cortijuelo?... A fin de perseguir en buenas condiciones al de los silbidos, si huía, se calzó, y «empalmóse» la faca para salir a su encuentro; mas el recién llegado habló, y su vocecilla le contuvo. Era el hijo mayor de los cortijeros, un zagal de once años, inocente como un palomo, al que no había que temer. 

—¡Agüela, agüela! —chilló alborozadamente—. ¡Ya paresió mi trabuco[29]! ¡Estaba en er vayao! 

—¿Y tu madre? —preguntó la anciana.

—¡Qué sé yo!

—¿No está ahí contigo? 

—Aquí, no, señora.

—¿Ni tu hermana?

—Ni mi hermana.

—¿Y no ha salio tu padre del corrá?

—Que yo sepa...

—¿Ni Sintas Rojas?

—Yo no lo he visto.

—Entonses —articuló penosamente la mujer, después de unos segundos de silencio— ¿quién ha entrao? 

—No sé.

—¡Señol, Señol! —exclamó la vieja con angustia.

—¿Te has puesto mala?

—Mala estoy, hijo mío. Dime: y ahora, ¿por qué no aúya el perro?

—Menos lo sé.

—¿Qué hases?

—Na. Si hubiera estopa... Me gustaría encontrarla pa cargal mi trabuco.

—Yama fuerte a tu padre.

El niño gritó:

—¡Pae, pae, papá!...

—¿No contesta? —interrogó la anciana.

—No contesta.

—Yama a tu madre y más de recio[30] otavía.

—¡Mae, mamá!... ¡Maéee!...

—Parese que no te oye —susurró la abuela.

—No me oye —afirmó el chico, pasmado.

—Pos yama a tu hermana.

—¡Sarito!... ¡Rosaritóoo!... Pero no yores tú.

—Si no yoro... Si es por la tos pícara... Yama otra ves.

—¡Rosaritóoo!

—No, no te responderá. He tosío yo milenta veses sin que me riña...

—¿A que se han largao tos a la huerta del Sordo?... ¡Voy a asomarme a la tapia!

—¡No, no, Falico! ¡No entres en er corrá! ¡No entres, gloria mía!

Pero cuando llegó la gimiente prohibición a los oídos de la criatura, ya había llegado una garra a su boca, y ya el gélido acero calentábase en la sangre que alimentaba su corazón. ¡Cómo escuchó la anciana, con qué arrojo se quiso levantar, y con qué helados sudores de agonía pretendió mover sus inútiles piernas!... ¡Cómo examinaron las paredes sus ojos, cual si fueran pajarillos con ansias de escapar, y con qué increíble energía la sacudió el deseo de que la Hedionda[31] no la arrancase de su sillón!... ¿Oyó el ronquido acérrimo y horrible que brota de una tráquea abierta al salir el aire que quiere y no puede ser maldición, alarido o sollozo? ¿Notó que el influjo de una fuerza sobrenatural hacía lividecer la luz y enturbiaba y enfriaba la atmósfera?... ¿Percibió algún roce viscoso o algún olor pestilencial?... Tal vez no; mas, al aparecer el desalmado, bien claramente leyó en su sonrisa felona y en su fatídica mirada, que se había presentado la Muerte, y sólo apeló a la divina misericordia. 

—¡Dios mío! —gimió con un pavor infinito—. ¡Señal Dios mío, arrecoge mi alma!... ¡En el nombre del Padre, en el santo nombre del Padre!... 

Y la cuchilla dio fin a la obra del terror. Cintas Rojas apartó de un puntapié el cadáver, más liviano que un costal de plumas, y conformóse con formular una pía reflexión: «Ahora está un poquiyo más muerta que estaba». Un poquillo más muerta, y él mucho más sereno, jubiloso y confiado. Tan absoluta era su confianza, que salió incautamente del trascuarto, y no vio que un corpezuelo alebrábase bajo los cobertores de su camita con hórrida febrilidad, no sintió el rumorcillo de unos dientes rechinantes, ni le puso en guardia el sordo tamborileo de un corazón chiquitin, espoleado por el espanto. Todo iba bien. En el caserío no alentaban más pulmones que los suyos, y nadie le podía denunciar. Y los que aún respiraban entre los olivos ¡tardarían tan poco en caer!... Le habían visto, le habían hablado, le acusarían de seguro, y hasta si llegaban a sorprenderle, arrojaríanse contra él, como fieras, para destrozarlo. ¡No, no! ¡Pala y acero! ¡Cráneos hundidos y gargantas abiertas de par en par! Ni perdonaría como un tonto, ni se afligiría como un cobarde, ni procedería como un bruto. Tenían que sucumbir uno a uno sin estrépito y sin defensa, aterrados y sorprendidos, igual que los demás. 

Asomóse a la puerta y voceó:

—¡Eh, tío Rafaelico!

—¿Qué hay?

—Que le quie hablal su hija.

—Corriendito voy.

Oteó, avizorando, desde la ventana de la cocina, y vio al Narices subir ágilmente por el recuesto, y se fijó en que tarareaba una copla. 

—Uno que mardito si se figura que va a moril —mascujó—. Ahí viene a toa máquina y cantando, como si fuera a una boa y no a un entierro, después de habel escuchao a Coroné. ¡Que tengan las criaturas menos estimo[32] que los perros! 

Y, efectivamente, el vejancón, rejuvenecido por la tibieza, la luz y el perfume de Mayo, ascendía con jocunda rapidez, lleno de sol, sin sospechar que de su boca desdentada no volverían a salir más canciones, ni que sus ojos no tomarían a hundirse en el azul resplandeciente de los cielos, porque cada uno de sus pasos era un golpe que daba a fin de abrir su fosa. En el solejar paróse y acarició al grajo, que le conocía. 

—Hola, compañero, patas de bailarín. ¿Hay gasusa?

El de las patas de bailarín percutió con su pico encarnado los pantalones del labriego, y graznó jubilosamente:

—¡Gua, gua, gua, gua!... —Ya sé que te yamas Juan, hijo. 

Cintas, escondido, oprimía la pala de tal modo impaciente, que se tuvo que contener para no plantarse fuera del casucho y agredirle. 

—¡Gua, gua, gua!...

—Anda, ven, bonito. Buscaremos unos pitracos[33].

Primero entró «Juan», con las alas abiertas, balanceándose cómicamente, y después el Narices, que se reía a carcajadas y que se inclinó para atraparle. Y así, como si buscara un tajo para ofrecer el cuello, recibió el golpe atronante, y mordió la tierra desnucado. 

«Juan», con manchurrones bermejos en su casaca de luto, escapóse grajeando, y Cintas Rojas, por un refinamiento de previsión, llevóse a rastras al caído, lo degolló en el corral y tapó con una zalea la sangre que emporcaba el suelo de la cocina. E inmediatamente atrajo a otro condenado. 

—¡Eh, tú, Cumplío! —bramó estentóreamente—. ¡Cumplíooo!... ¡Jay!...

—A la olden —exclamó el interpelado.

—Dile al Sordo que venga. Y jíncale argo pa que se de prisa.

El Cumplío replicó riéndose:

—Jincaselo tú, que yo no vargo pa jincal.

¡Claro que se lo hincaría! Y con gusto, porque el tío Pedro, tan hombretón como su compadre, presumía de serio y de riñonudo, y a él le estomagaban los riñonudos y los serios. Para formalidad y valentía, el hijo de su madre[34]. Y si no que contestaran con sus brechas los seis que ya se hubiesen guardado muy bien de hablar. 

Atalayó nuevamente, junto a la ventana, y contempló al Sordo que, vencido el repecho, acercábase con majestad. 

—¡A él! —murmuró preparándose.

Pero el cuarentón, a quien sin duda habia sorprendido el silencio, se plantó frente al caserío, como un mulo receloso, y anunció a voces su presencia: 

—¡Aquí está un hombre!

El forajido se indignó. Aquel blanco, ¿por qué no entraba? ¿Qué se había olido? ¿Qué cosa hacíale temer? 

Tras de repetir su humilde o altivo «¡Aquí está un hombre!», el Sordo continuó gritando: 

—¡Rafaé!... ¡Tío Falico!... ¡Señá Antonia!... ¡Jay!...

No se atrevió el verdugo a chistar, y el jornalero, con la inquietud pintada en el rostro, después de fijarse atentamente en la casita, exteriorizó sus sospechas formulando en voz alta una desagradable suposición: 

—O se han dío[35], o se han quedao sordos, o toítos se han muerto de repente. Pero como su ánimo era firme, en vez de retroceder, extrajo brios de la inquietud y de la sorpresa para avanzar, y arrancó una verdasca y dirigióse con lentitud hacia el casucho. 

—Amos a vel —exclamó.

—¡Ni a vel ni a oil! —dijo Cintas, derribándole de un zurrido pasmoso—. ¡A moril, sorrastrón!... ¡A moril a mis plantas! 

Le degolló sin necesidad, como al tío Narices, al lado del colgadizo; le tiró sobre el mastin, y con una impavidez orgullosa examinó el tremendo cuadro. Había seis difuntos, contando a Coronel[36], que tenía más caletre, más vigor y más redaños que muchas personas, y entre aquellos difuntos, cuya sangre formaba ríos y lagunas en el corral, había dos —Luque y tío Pedro— que en vida hubiesen derrotado a dentelladas a un lobo. Y, no obstante, allí estaban. Vencidos por su astucia; pero igualmente los hubiera vencido su valor. «Esto —pensó con un sórdido engreimiento— no lo ha hecho nadie con humanos. Y con toros, ni el Guerra, que, para estoquear siete, tuvo que lidiar tres corridas un domingo». Y, en cambio, él, en menos de una hora, con una rústica pala y un cacho de acero, mas con mucha habilidad y mucha decisión, había despabilado a dos temerones, a un sesentón que tenía tantos hígados como narices, a un can de horrífica fiereza, a una estantigua mortecina, a un chicuelo y a dos mujeres... Ocho que fenecieron a sus manos en aquella dura función sin que le auxiliase un chulillo[37] ni le animase una palmada. Pero era igual. Ya aplaudirían al matador cuando su hazaña se descubriese, los mismos que hubieran tocado a rebato para perseguirle, con la intención de verle patear en una horca. Le aplaudirían con su curiosidad, con su rabia, con sus estremecimientos nerviosos, con su lividez, con su pavor.

Sonriéndose, halagado por estos pensamientos, llamó a Sebastián; mas no se escondió para asesinarle por la espalda, sino que, deseoso de estudiar el efecto que produciría su obra en el espectador desprevenido, decidió mostrársela, preparándole así, de paso, a fin de que feneciera cristianamente. 

—Cumplío —díjole en cuanto penetró en la cocina—, ¿ties fuersa de nelvios?

—Regulá tar cua[38]. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque vas a mamarte una solpresa.

—¿Y quién va a dármela?

—Tos.

—¿De qué modo?

—Hombre, si te lo digo, adiós solpresa. Ven al corrá —añadió riéndose.

—Vamos.

—Ten cuidaito, que hay sangre en las losas —advirtió amablemente al fijarse en las manchas Sebastián— Ha rabíao el pobre Coroné y han tenio que matarlo. 

—¿Y ahora me lo dises? —chilló el jornalero con súbita emoción—. ¿A que Coroné le ha mordío a arguien? ¡Esa era la solpresa! 

Entró a escape en el corral, y Cintas Rojas oyó un grito breve y desentonado, que se apagó en un «ay» roto. 

—¿Y tú estabas regulá tar cua de nelvios? —barbotó—. ¡Cumplío, eres una liebre! 

Pero el Cumplío no era una liebre, porque una liebre siquiera habría podido correr; era una estatua: la de la congoja, el asombro y el terror. Con la cara de yeso, con las manos yertas, con el corazón helado, apartó sus miradas de los cadáveres, como si le atrajesen los terribles ojos de Cintas, y quedó fascinado ante el compañero que convertiase de pronto en el más cruel vestiglo. 

—¡Eres una liebre, una roía liebre! —repitió el protervo, lisonjeado por el glacial pavor que le inspiraba al infeliz—. ¡Vergúenza te debía dal! 

Asintió a cabezadas el labrador, que, maleficiado por las pupilas del monstruo, sentíase incapaz de huir, y sollozando, cayó de rodillas. 

—¡No me mates! —gimió con la voz ahilada y el rostro mojado por el llanto—. Yo siempre fui tu amigo. 

—No quio yo amigos tan fulastres[39].

—Pero ¿me vas a matal así?

—Así, y lo siento, porque la cosa es asquerosiya. Paeses una beata, Cumplío.

—¡Perdóname, Rafaé! El miserable se enfureció:

—¿Te has güerto loco?... ¡Anda y saca er cuchiyo y defiéndete, manté! ¡No seas peol que una triste jormiga! ¡Defiéndete, o te breo a guantás! 

—¡Pégame, pero no me mates! ¡Acuéldate de mi vieja[40], Rafaé! Con tantísimo como te ha besao cuando eras chiquitejo, ¿la vas a dejal sin pan? 

—¡La dejas tú, que no te defiendes, cobarde!

—¡No pueo, no pueo!...

—¡Has un podé, mantesón[41]!

—¡No, no pueo!

—Pos entonses, si quies moril como un sacristán, resa. Y se acabaron las pamplinas. He matao aquí a to bicho viviente: a la viejarranca, ar niño, a Coroné... Ahora te toca a ti. No vas a quearte pa simiente de rábanos[42]. 

—¡Perdón, Rafaé!

—¿Pa que estés corriendo jasta que te topes con un siví?... ¡No, que te pues censal mucho! Y alarga la gaita. 

—¡Rafaé!

—Ayúame, que pa argo eres fino, criatura.

—Pero ¿de veras quies matalme?

—Mira si es de veras.

—¡Señol mío Jesucristo! —balbuceó Sebastián horrorizado al ver el lívido resplandor de la cuchilla—. ¡Virgen dela Sierra, ampárame! 

—¡Aquí no! ¡En er sielo, Cumplío! ¡Y no llores y alarga la gaita de una ves! Con la mano zurda le forzó a mostrar el cuello, empujándole en la frente, y mientras el desventurado, de rodillas, con una congoja sobrehumana y un miedo letal encomendábase a Dios, de una fiera puñalada y un limpio tajo le puso en condiciones de llegar a la consoladora y terrible fuente de la misericordia y el castigo. 

Rematada victoriosamente su tarea, Cintas vio en el reloj de su compadre que aún no eran las diez, y quedóse maravillado. Había procedido con una celeridad portentosa, y le sobraba tiempo para todo, ya que, sin apresurarse, a paso de andarín, poníase en la capital, desde el Cortijuelo, en poco más de hora y media. Podía, pues, operar con calma, y, con la lentitud del jornalero rendido que coge su salario, abrió el arcón de Luque, dio con los duros —treinta menos del centenar, efectivamente— guardóselos y tumbóse para descansar en el poyo de la cocina ¡Se estaba allí tan bien, al sol, que, después de unos días de lluvia, calentaba sin socarrar!... ¡Y disfrutábase entre aquellos muros de una paz tan gustosa!... El puchero, al hervir, cantaba, pidiendo que lo espumasen; las gallinas se atracaban de ciertos obscuros cuajarones, temerosas de que las persiguiera el escobón; la perdiz brincaba en su jaula, ansiosa de que la sacasen al solejar... Parecía que una mujer iba a espumar el puchero, que una moza iba a oxear las gallinas y que un hombre iba a colgar en el emparrado la perdiz... Pero entre aquellos muros, en aquel ámbito luminoso y apacible no alentaban ya mujeres, ni mozas, ni hombres, ni viejos, ni muchachos, puesto que la familia entera —su pasado, su presente, su porvenir— había sido exterminada. ¿Entera?... Y de súbito el tigre se acordó de su ahijado, y se incorporó con viva inquietud. ¿Qué sería del Antoñuelo? ¿Cómo no había visto al pequeñín, que jamás se apartaba de su madre? Mas en el acto le tranquilizó su memoria: Al nene, enfermito, querian trasladarle a la ciudad para que le examinaran los médicos, y seguramente estaria ya junto a la hermana de la Antonia, tragando jaropes. Lo celebró, porque, no por maldad —puesto que si le hubiesen favorecido con los diez duros habría continuado siendo una mosca—, sino por egoísmo, habría asesinado al chiquituelo, como a los otros, para impedir que le delatase. Y el chiquituelo ¡era tan riñonudo!... Comprendió que pensando en la criatura acabaría por enternecerse, y para que su debilidad, que le desarmaba, no le hiciese incurrir en tal flaqueza, quiso fortalecer con algún reparo su estómago. La carne del puchero, sancochada y pitracosa[43], burlábase del más perruno apetito; pero los morcones invitaban a hincarles el diente, y Cintas cortó uno y, suspendiendo toda labor mental, púsose a comer. Y ¿qué ocurrió de pronto? ¿Qué ruidillo fue aquel que pretendió competir con el de sus mandíbulas? 

«¡Toc, toc, toc!»

Con la boca abierta, escuchó sin percibir nada; mas, en cuanto la cerró para masticar, le sorprendió nuevamente el ruidillo: 

«¡Toc, toc, toc!»

«¿Goteras sin llovel?» —dijo para sus adentros.

Y si eran goteras; goterillas humildes, globitos de líquida escarlata que habían estado presos en unas venas para mover un corazón, y que, al recibirla libertad, habían atravesado un montón de trigo y unas tablas que agujereó la carcoma, y caían sonoramente y en un tapiz de sol bordaban un lago de carmín. 

«¡Toc, toc, toc!» 

¡Cosa más ridicula!... Esta vez descubrió el valiente la causa del ruido, y el descubrimiento, si bien no le azoró, tampoco sirvióle para acendrar su bizarría. El triste goteo nada tenía de insólito, ni de sorprendente, ni de amenazador, y, sin embargo, turbóse el asesino. 

«¡Toc, toc, toc!» Siendo tan pequeños los globitos, ¿por qué caían con igual velocidad que si fueran de plomo y por qué sonaban tanto al estrellarse?... ¿Y por qué razón enrojecian de tal manera la luz? ¿Y por qué prodigio resplandecían en el suelo como ascuas?... Temió que aquella sangre, que hubiera teñido de rojo los sueños del más pétreo criminal, ruborizara la casita, y los árboles, y las nubes, y para que no le vendiera el milagroso rubor, salió prestamente del caserío y alejóse. 

 

 

III 

Tío Alguacil protestó riéndose a carcajadas: 

—¡No, hijo, Sintiyas; que van a tenel que llevarme atasajao! Y entonses ¿quién te yeva a ti? 

—Güeno. Pos nos tragaremos la penúrtima.

—¡Si nos hemos tragao ya veinte! ¡Si jasta la verruga de la narí la tengo ya borrachuela! 

—¡Y qué importa!

—¿Tan sobrao andas? Pos si desía tu tío que como no descubrieras un Perul no te podrías movel der campo... 

—¿Y qué más Perul que mis ahorros? ¡Treinta chulés como treinta soles, que estaban enterraítos sin que la misma tierra que los tapaba lo supiese! ¡Treinta chulés que, cuando los haiga machacao[44] me van a produsil treinta dolores de barriga!... Pero ¿quién no ve ar Guerra? 

—¡Lo que tira la afisión! —dijo benévolamente el tío Alguacil.

Cintas Rojas palmoteó y púsose a berrear:

—¡Niñiooo!... ¿Estás dulmiendo, roío sangón?...

Hallábanse en el patio de una taberna, junto a un velador lleno de vasos, entre campesinos y chalanes. 

—¿Has llegao hase poco? —preguntó el viejo.

—¡Quite osté! A las dose. Ya he pasao por la calle der matadol, pa ve su casa, y por la de Gondomá, pa asomalme ar Clu, y he dado por el Gran Capitán[45] más güertas que un mulo de noria. En estos días, la custión es no privarse de ningún gusto.

El «niño», un merdellón como un granadero, presentóse y se disculpó con amabilidad. 

—Disimulen ostés. Pero es que ni con seis cuelpos cumpliría uno en estas horitas. ¿Qué van a tomal? 

—Lo mesmo —respondió Cintas Rojas.

—¿Pa los tre?

—¿No he dicho que lo mesmo?... Y por el aire, que me voy a los toros, arma mía.

—Por el aire.

Como la gente se apresuraba a partir, el zangón, menos atareado, sirvióles con relativa rapidez. 

—La convidá, cabayeros... Uno pa el señó —dijo poniendo un «chato» de montilla frente al tío Alguacil—; otro pa osté, y otro pa el amigo, que va a andal... ¡ay, cómo va a andal! 

«El amigo», que era el reloj descompuesto de Cintas, brillaba en el fondo de una ancha copa, llena hasta los bordes de vino, como un quimérico crustáceo. 

—Qué —propuso el anfitrión—, ¿le ayuamos al cangrejete?

—Tú —repuso el invitado, haciendo un mohín de repugnancia.

—Pos hasta verte, Cristo mío.

Apuró la copa de tres o cuatro gargantadas, sin tomar aliento; fingió que por descuido tragábase la saboneta, y para redondear el chiste, se la escupió al rostro al camarero, y, agradecido a las frases de loa, se retiró después de adquirir una hogaza, unas botellas y unos fiambres. 

Frente a la plaza se despidió el tío Alguacil.

—Diviéltete, Sintas.

—Si hay papeletas, le convido a osté.

—Pero ¿no sabes que me asusto de los cuelnos?

—¡Por vía del hombre de estopa!...

En el tendido apiñábase de tal modo «la afición», que no ya en las filas altas, sino en las bajas, donde tomar asiento equivalía a prescindir del espectáculo, era difícil colocarse; pero la dificultad no preocupó lo más mínimo al jornalero, que encajó el nalgatorio en el primer sillón de barrera que encontró desocupado, tan tranquilo como si fuese suyo. 

—Güenas tardes... a los guerristas —exclamó envolviendo en un saludo de hombre urbano una profesión de fe de hombre intransigente. 

Sus vecinos, caballeros de gran vitola, le miraron sin replicar, y ya apretaba el ceño para repetir el saludo con más energía, cuando un hidalgo muy gordo, que mostrábale un papelito, le interpeló: 

—¿Tiene la bondá?

—¿La bondá de qué?

—De dejarme mi sitio.

—No, señol. No tengo la bondá.

El gordo le miró estupefacto.

—Pero, amigo...

—No hay amigo que valga. He yegao antes que osté, y no hay quien me levante.

—Eso lo veremos. ¡Acomodador! ¡Eh, aquí!

Acercóse el acomodador.

—¿Qué se ofrese?

—Que me coloque usté. Ahí va la papeleta.

—Póngale usté un marco —mascujó Cintas, riéndose.

El acomodador, pávido, diole unas vueltas al billete, y exclamó con simpática ingenuidad: 

—Señores, yo soy er nuevo, ¿están ostés?... Es mi primel día de acomodaol, y no sé na de estos líos. Ostés dispensen. Naide nase sabiendo. 

—¡Pero si aquí no hay líos! —afirmó el labrador—. ¡Aquí lo que hay es que yo no me muevo! Desaminen[46] ostés la plasa. ¿Voy a matal a una criatura por un asiento de tendío?... ¡Pa eso la mato por uno de barrera! 

—¿Qué ha dicho de matar? —preguntó, encolerizándose, el pingüedinoso—. ¿Quién me va a matar a mí? 

—El primerito que le saque del perneo[47]. ¡Y no gruña osté, don Tiriya[48], que lo voy a ponel flaco de un dijusto! 

—¿A mí, so tío bestia? Sin arredrarse, abalanzóse al gañán, que alzó la diestra para recibirle con una puñada; pero le contuvo «el nuevo», y los otros espectadores, por egoísmo, cortaron la cuestión. 

—¡Pero, caballeros!

—¡Por Dios!

—¡Parece mentira!

—¿No me ha amenazado? —gritaba el gordo.

—¿Y no ha querido echalme? —argüía el jayán.

Pero sonaron los clarines, y como en el señor adiposo no podia ser mayor la fugacidad de la cólera, ni en Cintas más grande el deseo de aplaudir a su espada, aplacáronse y, con arreglo al laudo de sus vecinos, se arrellanó en el asiento el que lo había pagado y sentóse en el espaldar su primer ocupante. 

Al salir las cuadrillas, el jornalero, deslumbrado, tembloroso, como enloquecido, empezó a gritar: 

—¡Ole!... ¡Vivan los reaños de Córdoba!... ¡Viva la tierra der toreo!... Cuando los lidiadores soltaron los capotillos[49], se encaró con el Guerra, llenando la plaza con su vocejón estentóreo: 

—¡Duro con ese del esparto, Rafaé! ¡Ponlo como una breva maúra, pa que lo saque yo en un espoltón! 

Hubo algunas exclamaciones imprecatorias; mas las ahogaron las palmadas y las risas, y el modrego triunfó. Y desde entonces, con la resistencia de una máquina y con un encono salvaje o un júbilo irracional, charló y discutió con los de su bando y los del bando enemigo, interrumpiendo de vez en vez la cháchara para dirigirse a los lidiadores y elogiar, ofender o rugir. Al aproximarse Guerrita a su primer toro, como el Espartero había matado al suyo con tanto valor que el forajido no le pudo insultar —omisión que teníale desasosegado— para vengarse, obsequió al de Sevilla con un consejo en el que no brillaba precisamente la benevolencia: 

—¡Apriende ahora, Esparteriyo, que no sabes ni andal! ¡Apriende ahí, pato! Y, para ignominia y afrenta del consejero, no sólo recibió «el pato» una lección de andar, sino varias lecciones de huir, porque el Guerrita, asustado por la artera condición del cornudo, lo toreó a brincos, con la agilidad de un titiritero, y a traición, como hubiese derribado a una pantera un prudente padre de familia, lo asesinó, hundiéndole en el cuello la espada. 

El público, menos varias docenas de esparteristas atrabiliarios, que silbaron al matador y aplaudieron al toro, encomió al héroe cordobés por su destreza y su sabiduría. ¡Con qué habilidad atizó el golletazo y qué pronto vio que su enemigo era un sinvergüenza con el que nadie se podia lucir! 

—¡Quinqué[50], señores! —voceaba Cintas Rojas, bajándose con el índice el párpado inferior de su ojo derecho—. ¡Quinqué roío, porque el toro sabía más que dos escribanos! 

—¿Eh, si le toca al del esparto? —gruñó el obeso con regocijada picardía.

—¡Pos lo despeasa! ¡Qué barbaridá de güey!

En cambio, la tercera res, más taimadamente cautelosa, más corpulenta, más fuerte y más cobarde, no le pareció muy difícil de vencer al campesino, y cuando el lidiador sevillano, después de dominarla con su muletilla como un pañuelo y con su leonino corazón, la abatió tumbándose en el testuz y metiendo la espada y el puño en las agujas, limitóse a murmurar despreciativamente, mientras manifestaba «la afición» su tumultuoso entusiasmo: 

—¡Casolidades!... Un hombre que va al susidio y que no se muere porque otavia no le ha yegao la hora de moril. 

Y añadió con benignidad al retirarse al estribo el vencedor:

—¡Bien, pato, bien!... ¡De riñón de mono güélfano! Manda un parte pa que le pongan corgaúras a la Girarda. 

Expresábase con tranquilidad, disimulando muy risueñamente su despecho; pero su amor propio herido manaba sangre. ¿Derrotaría a su campeón, todo arte, reciedumbre, valor y dominio, aquel torpe hombrezuelo de piernas de lana, que no había aprendido más que un quite y tres pases y que siempre se jugaba la vida al matar? ¿Y celebraría tal desdicha la indecorosa y descastada multitud?... Miró al callejón para no ver al torero, que seguía saludando, ni al público, que continuaba jaleándole, y una palabra suelta que llegó a sus oídos hízole escuchar con viva atención. La palabra, «crimen», la había pronunciado un guindilla que, con mucho respeto, dirigíase al señor gordo, y éste, interesado, le interrogó: 

—Pero ¿es tan espantosísimo, Serafín?

—Figúrese osté: ocho mueltos.

—¿Y los asesinos?

—Toavía no hay detayes. La cosa ha pasao en una fincuela que se yama el Cortijuelo. Se sospecha de una partía de gitanos. 

—¡Jesús, Jesús!

—Disen que hay mueltos en toas partes: en la cámara, en la arcoba, en er corrá... ¡Una carniseria! 

—¡Jesús! ¡Malditos gitanos!

A Cintas Rojas se le metió en el cuerpo la alegría de todo el sol que alumbraba la plaza. ¡Gitanos, si, gitanos! Ya tenían ocupación jueces, carceleros y verdugos. Se alejó el guindilla, y el adiposo don José, estremeciéndose, murmuró:

—¡Ocho!... ¡Será horrible, horrible!

¡Sintió unas tentaciones de desmentir al barrigudo!... ¿Por qué horrible? ¿No había que morir alguna vez? ¿Qué era lo horrible: la muerte?... ¡Bah! Lo horrible era el hambre, el dolor, la enfermedad.... demonios que no habían penetrado en el Cortijuelo. ¡El Cortijuelo!... Se acordaba del caserío vagamente, como si desde que lo visitó hubieran transcurrido unos años y no unas horas. La tos de la anciana, el pico encarnado de «Juan», los bramidos del compadre, la equivocación de la mocita, los sollozos del de la finura... Y luego el goterón, lo único que le había alarmado: «¡Toc, toc, toc!» Lo demás... ¡Le parecía tan viejo y tan obscuro lo demás!... Y, sin embargo, todo asombraría a la gente, que estremeceríase, aterrada, como el barrigón. Si le hubiesen revelado de pronto la hazaña del que oprimíale entre sus pantorrillas, ¡con qué brinco de ciervo habríase levantado don Pepe para huir!... Le regocijó la idea, y, conteniendo la risa, deshizo el envoltorio de los fiambres y el pan y le invitó: 

—Un bocao, amigo.

—Gracias.

—Sin grasias. Y ostedes —añadió encarándose con los del laudo— piquen tamién. Yo en los toros tengo que convidal a los que estén a mi verita. Pero lo hago de güena fe, y como lo hago de güena fe, meriendan conmigo o pelean conmigo. Ostés elegirán. 

—Hombre, yo —manifestó jocosamente don Pepe—, entre un cacho de jamón y una torta, la verdá, me quedo con el jamón. 

—Pos al jamón.

Hizo el reparto Cintas, y enorgullecido y excitado por lo que ocurría en el redondel, comenzó a emborrar ávidamente. El cuarto cornudo, bravísimo, acometía con ciega furia, soportaba los puyazos con tanta insensibilidad como si fuera de bronce, y empujaba, volteaba y abría en canal a los jamelgos con una violencia incontrastable. El campesino, fuera de si, movíase como si desde su asiento quisiera ayudarle al bruto a despachurrar caballos, romper tablas y hundir costillas de picador, y gritaba enajenado: 

—¡Jay, toro!... ¡Tú, toro bravo!... ¡Dale, dale a esos tumbones!... ¡Duro ahí!... El Guerra, en un quite, arrodillóse y le limpió el hocico al animal, y este rasgo de audacia pasmó al labriego. 

—¡Ole! ¡Ole, y viva la madre que te parió, rey der mundo! Pero ¿habéis visto ostés cómo le ha limpiao los mocos ar bicho, iguá que si fuese una criaturiya? 

Y agregó, amenazando con una botella al Espartero:

—¡Anda a cogel esparto, tío sirote[51], mantesón, que me caigo en la torre del Oro y hasta en er Girardiyo! 

Mientras banderilleaban a la res, Guerrita, que había saltado al callejón para que le amarrasen un macho, aumentó su júbilo con unas palabras inolvidables. El gordo, que era amigo del lidiador —y tal superioridad hízole crecer un metro en el concepto del cortacabezas— le interrogó cariñosamente[52]: 

—¿Te gusta el berrendiyo, Rafael?

—Como que es canela fina. ¡Grasias a Dios, que ya está uno jarto de marrajos!

—A ver si hay suerte.

—¡No la ha de habel! —replicó soberbiamente el artista—. Le voy a da un pase ayudao, otro ar naturá, pa prepará uno de pecho, otro por arto y otro ayudao por bajo, pa que me se cuadre[53]. Y como me se cuadre, entro, me doblo esta uña en er morriyo, y de la estocá lo jago calbón. 

Y así fue. Guerrita, ejecutando lo que había anunciado, dibujó en un minuto los cinco pases y atizó, acometiendo como un rehilete, una estocada tremenda, y una ráfaga de exaltación delirante privó de sentido común a diez mil criaturas. Cintas Rojas, llorando, pataleando y aplaudiendo, aullaba bravias singularidades: 

—¡Viva Córdoba!... ¡Viva San Rafaé su patrón y viva er califa!... ¡Eso es toreal y metal, cochinos! ¡Jorobalse ahí! ¡Tamal ahi torre del Oro der que sortó por el día er moro! ¡Morilse ahí de asco! 

Los otros señores y don José, pálidos o enrojecidos, chillaban cuanto podían y fraternizaban ya con el fierabrás del cuchillo, que parecíales un hombre de una vez, lleno de simpatía y con unas despachaderas que tumbaban de espaldas. Charlando afectuosamente, comentaron el triunfo del hábil lidiador al apagarse el estrépito de los aplausos, sin envenenar los elogios con censuras para el matador obscurecido, al que hasta Cintas Rojas pareció compadecer, y así, obsequiándose mutuamente con Finuras, y bebiendo en la misma botella, y agasajándose con los fililíes de la amabilidad, hubiesen estado hasta el término de la función si no los hubiera separado un horrendo accidente; Guerrita, el coloso, el portento, el invencible, se descuidó como un torerillo vulgar, y una res estúpida le volteó igual que habría volteado a un pelele, y le hizo una pelota entre sus pitones y le arrojó a tierra con selvático furor. ¡A él, a Guerrita!... Don Pepe y los demás señores que alternaban con el campesino fuéronse a escape para interrogar a los médicos; algunos «aficionados» lamentáronse como histéricas; otros reconvinieron con excesiva confianza a la Divinidad, y hasta que se supo que el glorioso campeón no había padecido más que leves contusiones, nadie se preocupó de lo que pasaba en el ruedo. Y menos que el guerrista más próximo a la locura, un vejete cuya nariz decoraba una verruguilla bermeja, que con un niño macilento en los brazos, entre bigotudos y graves guardias civiles, recorría la plaza con lentitud mirando al público. 

El Espartero estaba ya toreando con su muletilla, y Cintas Rojas, a quien el dolor de la catástrofe le había afilado la lengua, le hostigaba con la flor del repertorio de sus insultos. El primer pinchazo[54] del torero lo castigó con una risilla sarcástica y varios juicios ponzoñosos, y después, al herir con más profundidad el lidiador unas cuantas veces, se apresuró a vaciar el fardel de sus insolencias, sus groserías y sus procacidades para que, si rodaba el cornudo, no se le pudriesen en el cuerpo. Mas el toro, fuerte como una montaña, no quería rodar, y con tres estoques en el morrillo y tragándose su propia sangre se apoyaba en la barrera, a fin de no caer. 

—¡Qué maltirio! —rugió el labriego—. ¿No te da lástima, tripas de coldobán? ¿Ni a degoyal has aprendio, sírote indesente? 

Y entonces le oyó el pequeñín enfermito, y se alebró entre los brazos del viejo de la verruga y rechinaron sus dientes de pavor. 

—¿Qué te pasa, Antoñuelo?

—¡Ayí, ayí!

Los guardias rodearon al niño.

—No llores, hermoso. ¿A quién has visto tú?

—¡Al compadre! ¡Nos va a matal!

—Pero ¿dónde le has visto?

—¡Ayí, ayí abajo! Y le descubrieron todos.

—¿Es, tío Alguacil? —preguntó un guardia.

—Sí es.

—Vamos, buena suerte.

Pusiéronse de acuerdo, y en seguida, en cuanto llegó una pareja al callejón, apostóse otra detrás del banco, y un sargento interpeló al miserable: 

—¡No se mueva, Cintas! Pero Cintas Rojas, que no le sintió y que ni siquiera había reparado en los tricornios, no pensaba en fugarse; Cintas Rojas, frente al matador que, descompuesto y airado, pinchaba al toro en el hocico para que agachase el testuz y le permitiera descabellar, bramaba con indignación generosísima: 

—¡A la jorca, a la jorca! ¡Eso no se hase con un toro, asesino! 

FIN

 

***

 

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NOTAS

[1] Homónimo del personaje de La sangre de Cristo (1907), novela de Pérez Pinillos.

[2] Feria de Córdoba en el mes de mayo.

[3] Perú. Cf. Se usa en frases como «valer un Perú», aplicadas a personas y a cosas, con el significado de «un tesoro» (DUE).

[4] Cf. más adelante la «faca».

[5] Ochavo (DRAE y VA).

[6] «Rudo, rústico, montaraz» (DRAE y VA).

[7] Holgar.

[8] Haciendo clara referencia a las reducidas dimensiones.

[9] Tener que...

[10] «Dim. de levita; levita corta; chaqueta de grandes proporciones» (VA).

[11] Igual que echarla de plancheta.

[12] Dinero (metonimia). El motivo del paro ya aparecía en los días de «huelga forzosa» de La sangre de Cristo, de Frente al mar (1907), y se apunta en algún momento de Los enemigos (1908).

[13] Se refiere a los dientes postizos.

[14] Tipo de la pistola.

[15] Con Dios... Cf. antes «Quéate con Dios».

[16] «Hatear, aderezar, componer» (VA).

[17] Manchones...  

[18] Pase de pecho: el que da el torero de perfil; par quebrando: colocar las banderillas al quiebro.

[19] Cf. antes «tirárselas de plancheta».

[20] Triunfar (asimilación).

[21] Como bueno está.

[22] Expresa idea de despreocupación, desfachatez, ¡viva la Pepa!

[23] A la fuerza, por fuerza.

[24] Padre.

[25] Porvíncheles, porvícheles, porvínchale. «Interj. de sentimiento y conmíseración» (VA).

[26] Cf. mal mandada o malmandada, desobediente.

[27] Aumentativo afectuoso.

[28] Con referencia a Cupido.

[29] «Canutillo de madera en cuyos extremos se ponen dos tacos, uno de los cuales se impulsa con un palito y por compresión del aire expulsa el otro taco, tiratacos» (DRAE y VA).

[30] Hablar de recio; «Hablar en voz alta, con tono elevado» (VA).

[31] Referida a la muerte.

[32] Instinto.

[33] Pitracas. «Piltraca, piltrafa en su dos acepciones» (VA).

[34] Forma expresiva de referirse a la persona.

[35] Ido.

[36] Seis difuntos a su vista, sin contar a la abuela ni a la moza.

[37] Peón de brega.

[38] Recalcando el carácter regular o mediano.

[39] «Falso, despreciable, de ningún valor» (VA).

[40] Referida a la madre.

[41] Aumentatívo de mantés.

[42] Cf. no haber de quedar para simiente de rábanos.

[43] Cf. antes «pitraco».

[44] Gustar (VA).

 


 
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