«El ejercicio del poder», película de Pierre Schoeller

Sobre el ejercicio del poder

Por Leonardo Boff

 

El poder no se define, se ejerce. Con una visión realista podemos distinguir tres formas de ejercicio del poder.

1. El poder del puño. Es el poder autoritario, concentrado en una sola mano, cerrada, y por eso mismo, no participativo y excluyente. Pone bajo censura las opiniones divergentes, castiga las contestaciones, desconfía de los ciudadanos, gobierna infundiendo miedo. La única relación que admite es la adhesión acrítica y el servilismo. Los regímenes dictatoriales y los empresarios-coroneles corporifican el poder del puño.

2. El poder de manos abiertas. Es el poder paternalista. Quien posee el poder lo delega a otros con la condición de mantener el control y la hegemonía. La mano abierta es para dar palmaditas en la espalda facilitando así la adhesión. Las organizaciones populares y los sindicatos son hasta incentivados con tal que no tengan proyecto propio y acepten engancharse al proyecto de los grupos dominantes o del estado centralizador. Es el poder que ha predominado en Brasil a lo largo de nuestra historia política.

3. El poder de manos entrelazadas. Es el poder participativo y solidario, representado por las manos que se entrelazan para reforzarse entre sí y asumir juntas la corresponsabilidad social. El proyecto, su implementación y sus resultados son asumidos por todos. Las organizaciones son autónomas, pero se relacionan libremente con otras, en red, para alcanzar objetivos comunes. Es un poder que sirve a la sociedad en lugar de servirse de la sociedad para otros fines. Es el poder pretendido por la democracia. Solamente este poder posee tenor ético, y sólo a él puede llamársele autoridad. El poder se usa para potenciar el poder de todos. Es el poder-servicio, instrumento de las transformaciones necesarias.

Para imponer límites al demonio que habita el poder (que siempre quiere más poder) se hacen imprescindibles algunas medidas sanadoras. Destaco las principales.

Todo poder debe estar sujeto a un control, normalmente regido por el ordenamiento jurídico, con vistas al bien común. Debe venir por delegación, es decir, debe pasar por procedimientos de elección de los dirigentes que representan a la sociedad. Debe haber división de poderes, para que uno limite al otro. Debe haber rotación en los puestos de poder para evitar el nepotismo y el mandarinismo. El poder debe aceptar la crítica externa, someterse a un rendimiento de cuentas y a la evaluación del desempeño de quienes lo ejercen. El poder vigente debe reconocer y convivir con un contrapoder que le obliga a ser transparente o a verse sustituido por él. El poder tiene sus símbolos, pero deben evitarse títulos que oculten su carácter de delegación y de servicio. El poder debe ser magnánimo, por eso no hay que ensañarse sobre quien fue derrotado, sino valorar cada señal positiva de poder emergente. El poder verdadero es el que refuerza el poder de la sociedad y así propicia la participación de todos. Los portadores de poder nunca deben olvidar el carácter simbólico de su cargo. Los ciudadanos depositan en él sus ideales de justicia, equidad e integridad ética. Por eso deben vivir privada y públicamente los valores que representan para todos. Cuando no existe esa coherencia, la sociedad se siente traicionada y engañada.

Quien ambiciona excesivamente el poder es el menos indicado para ejercerlo. Bien decía san Gregorio Magno, papa y alcalde de Roma: «Usa sabiamente el poder quien sabe gestionarlo y al mismo tiempo sabe resistírsele».

Leonardo Boff

 

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«El ejercicio del poder» (2011)

Película de Pierre Schoeller

 

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FICHA:

Título original
L’exercice de l’État (The Minister)
Año
2011
Duración
112 min.
País
 Francia
Dirección
Pierre Schoeller
Guion
Pierre Schoeller
Música
Philippe Schoeller
Fotografía
Julien Hirsch
Reparto
Olivier Gourmet, Michel Blanc, Zabou Breitman, Laurent Stocker, Sylvain Deblé, Didier Bezace, Jacques Boudet, François Chattot, Gaëtan Vassart, Arly Jover, Eric Naggar, Anne Azoulay, Abdelhafid Metalsi, Christian Vautrin, François Vincentelli, Stéphan Wojtowicz, Ludovic Jevelot, Marc-Olivier Fogiel, Brigitte Lo Cicero, Jade Phan-Gia, Brice Fournier
Productora
Archipel 35 / Les Films du Fleuve
Género
Drama | Política
Sinopsis
A Bertrand Saint-Jean, ministro de Transporte, lo despierta en plena noche su secretario personal para comunicarle que un autobús ha caído por un barranco. No tiene más remedio que dirigirse inmediatamente al lugar del accidente. Empieza así la odisea de un político que debe moverse en un mundo cada vez más complejo y hostil: luchas de poder, caos y crisis económica. (FILMAFFINITY)
Premios
2011: Premios Cesar: Mejor guión original, actor secundario (Blanc) y sonido. 11 nomin.
2011: Festival de Cannes: Premio FIPRESCI (sección «Un certain regard»)
2011: Festival de Mar del Plata: Selección oficial largometrajes a concurso

 

 

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EL EJERCICIO DEL PODER: EL PODER DEL PLASMA 

Por SAMUEL SEBASTIAN

Cine Divergente

 

 

El poder siempre ha ejercido una fascinación en el mundo del arte. De hecho, durante varios siglos, una gran parte de la producción artística se dedicó a reflejar el poder absoluto, desde los emperadores romanos hasta El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, 1935) de Leni Riefenstahl, la atracción visual hacia las imágenes del poder ha sido el foco de atención de los artistas, con el fin de complacer a la clase dirigente. Durante todo este tiempo, todos los modelos de poder siempre se han mostrado como un bloque sin fisuras, un ejemplo a seguir, carente de contradicciones y por encima del bien y el mal. Asimismo, el líder siempre ha sido un guía espiritual capaz de hipnotizar al pueblo y manejarlo a su voluntad. El clímax de esta desmesurada exaltación de la imagen del poder aparece reflejado en la novela 1984 (1949) de George Orwell en la que un líder sin nombre, el Gran Hermano, siempre sonriente y que no envejece nunca, aparece constantemente en todos y cada uno de los lugares de la ciudad e incluso las funcionarios que trabajan para él sienten que forman parte de él (el Gran Hermano te vigila…), como si fueran sus ojos, sus extremidades o su boca. Obviamente, el culto a la personalidad no solo no ha cesado, sino que se ha adaptado a las nuevas circunstancias. La combinación del culto al poder con la democracia parece contradictoria y sin embargo, todos los líderes se aferran al término democracia para disimular su autoritarismo, ya que para ellos la democracia significa esa complacencia del pueblo que tanto necesitan.

Últimamente, los entresijos del poder se han mostrado de diferentes maneras. Desde que es más que evidente que el poder político en muchos casos es solo un títere del poder económico, muchos creadores han apuntado hacia él como verdadero emblema del poder contemporáneo y por ello Wall Street (1987) de Oliver Stone es una interesante película fundacional. En ella, el ejercicio del poder se presenta como algo despiadado, verbalmente violento, ambicioso y contradictorio. Stone, además, nos mostró con habilidad que nos resulta más interesante sumergirse en la cloaca que quedarse sentado mirando la superficie. Algo parecido sucede con El ejercicio del poder  de Pierre Schoeller, que refleja en este caso la cara B  de un gobierno que ha sucumbido ante sus luchas internas pero pretende mantener un aire de solidez que evidentemente no posee. No obstante, dentro de este gobierno corrompido hay una persona, honesta y eficaz, aunque un tanto mediocre en el trato, que tratará de mantener la dignidad. Este es el punto de partida de la última película de Pierre Schoeller, coproducida además por los hermanos Dardenne.

 

 

II. EL EJERCICIO DEL PODER: EL PODER DEL PLASMA

Mirar El ejercicio del poder es como fijarse en las grietas en lugar de ver el edificio completo. Por ello sorprende que el tratamiento que se hace del día a día de la actividad política sea tan directo, sin ambages. En la vida cotidiana del ministro de transportes Betrand Saint–Jean (un impresionante Olivier Gourmet) debe hacer frente tanto a los conflictos sociales cotidianos como a las luchas de poder que se establecen en su ministerio. Igualmente, la presión que sufre continuamente el protagonista se manifiesta en los extraños sueños que tiene cada noche y que no hacen sino aumentar la inquietud en sus momentos de vigilia. Bertrand Saint–Jean desea conjugar sus ambiciones personales con su idea de mejorar la sociedad y terminar con los conflictos sociales. ¿Realmente llega a conseguirlo? Aunque la pregunta nunca se formula de manera manifiesta durante la película, flota durante todo el metraje y en especial cuando visita la humilde casa de su chófer, a medio construir, pero que irradia una felicidad y una calidez que Bertrand Saint–Jean parece que hace tiempo que no disfruta. Por momentos, la película recuerda a un injustamente olvidado film de Warren Beatty, Bulworth (Bulworth, 1997), en el cual un político enloquecía (o, por el contrario, tenía un momento de exuberante lucidez) y decidía comenzar a decir todas las verdades que se había estado callando hasta ahora. No es el caso de Saint–Jean, que es demasiado inseguro para decir lo que piensa, demasiado temeroso para poder herir a alguien y, al mismo tiempo, demasiado débil como para enfrentarse de manera directa a los que detentan el poder porque a su alrededor todo el mundo parece tener más poder que él y sin embargo, estos servidores públicos, ¿prestan atención a la sociedad? ¿De verdad les importa?

 

Cuando hay algún conflicto social, le dan la espalda a la cámara, se cruzan de brazos y miran la pantalla. Pase lo que pase, todo será mensurable en cuestión de votos: una acción X tendrá con coste electoral que se puede equilibrar con otra acción Y, entonces, ¿para qué es necesario contar con la sociedad?

 

A pesar de que Saint–Jean se esfuerza por atender personalmente a los ciudadanos, sus colegas se dedican a mirar la realidad a través de un televisor de plasma. Cuando hay algún conflicto social, le dan la espalda a la cámara, se cruzan de brazos y miran la pantalla. Pase lo que pase, todo será mensurable en cuestión de votos: una acción X tendrá con coste electoral que se puede equilibrar con otra acción Y, entonces, ¿para qué es necesario contar con la sociedad? En España tenemos un aterrador reflejo de esta manera de hacer política: no solo a los políticos les importa un bledo lo que le pase a la sociedad a la que valoran en términos de réditos electorales sino que, como el Gran Hermano de Orwell, a veces se manifiestan ante la sociedad exclusivamente mediante pantallas de televisión, haciendo que aumente así el abismo entre la clase dirigente y los ciudadanos, que sienten como cada vez más como los políticos no pertenecen a la realidad en la que ellos viven.

Por esta razón, el dilema del protagonista y que trata de resolver durante buena parte del filme es entre mantenerse en el poder o ver realizada su vocación de ayuda a la sociedad y él mismo se dará cuenta de que ambas cosas son incompatibles entre sí, precisamente porque no es un político como los demás, sino una rara avis del gobierno.

 

 

III. EL EJERCICIO DEL PODER: UNA VÍA DE ESCAPE

Advertencia: este epígrafe contiene detalles esenciales sobre el desarrollo de la trama de la película

El camino que escoge Saint–Jean está condenado al fracaso. Desde el principio se intuye que alguna cosa pasará de manera inesperada que rompa la estresante vida del ministro, la pregunta es el qué. Su universo deviene tan alucinado como sus propias pesadillas. Por esa razón, cuando de forma inesperada tenga un violento accidente de tráfico, la sensación que el espectador tiene en primer lugar es la de sorpresa, en particular por la espectacularidad y el detalle con el que es mostrado el accidente, pero inmediatamente después aparece una sensación de alivio. Los sentimientos que explora a partir de ese momento Saint–Jean, son nuevos para él, al igual que le sucede con sus alucinadas pesadillas, pero esta vez de forma cruelmente real: la culpa, el vacío, la injusticia misma de la sociedad está contenida en ese accidente, que deviene en la piedra angular de la película.

Final del spoiler

 

EL EJERCICIO DEL PODER INSINÚA MÁS DE LO QUE MUESTRA, SUGIERE MÁS DE LO QUE HABLA Y, EN MUCHAS OCASIONES, SE CONVIERTE EN UN PESADO APARATO VISUAL.

 

Casi ningún personaje genera una mínima empatía, el lenguaje que utilizan los protagonistas es técnico y frío y las subtramas no llegan a desarrollar el interés que requerirían. No obstante, el mayor valor de la película de Schoeller es extracinematográfico y deviene de su situación en el panorama actual: en el filme no hay una crítica panfletaria, ni tampoco una condescendencia con la clase política, es solamente el diario de un grupo de personas que viven en un lugar que cada vez se aleja más del nuestro.

 

 

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El ejercicio del poder

Por Ileana Alamilla

Prensa Libre

 

El objetivo de la política es la toma o conservación del poder. Debería buscar ejercer el mando, imponer autoridad, defender soberanía, con el propósito de alcanzar el bien común. Eso es en el plano ideal, en el ejercicio de la política como ciencia y como arte de lo posible. Lo posible no para beneficios personales, sino para definir el rumbo del desarrollo de un país, encontrando la mejor forma de equilibrar las desigualdades sociales, por respeto a la dignidad humana. 

En nuestros remedos de democracia eso no ha sido así. Es dramático el caso de la dirigencia del anterior partido que hizo gobierno y hoy está encarcelada, casi hacinada en las cárceles improvisadas que la han alojado mientras llega a su siguiente morada, que probablemente será la prisión definitiva, si se prueban, en un juicio imparcial, las imputaciones que se les han hecho. 

Muchos de los implicados en los hechos de corrupción prefirieron las cuantiosas riquezas que el buen nombre. Ahora ya no las van a poder disfrutar. Deshonraron a sus familias y defraudaron a las personas que votaron y creyeron en ellos. Están, además, bajo el escrutinio público, que resulta más lapidario que la propia justicia y causaron un daño irreparable al país y a la población. 

Los políticos en el Congreso siguen siendo señalados, imputados y detenidos. Y en relación con las numerosas denuncias de plazas fantasmas, también se espera que no se aplique el doble rasero y que no se vaya a encubrir a los “otros”, los que gozaron de ese privilegio, trabajando en otro lado y ganando en el Congreso. 

Ahora bien, es importante tener presente que todavía no son todos los que, por años, disfrutaron del jolgorio a costa del erario público y no los ha alcanzado aún el brazo de la justicia. Se consideran con suerte que no existía la Cicig o que los titulares anteriores tenían otros intereses. 

Lo que está sucediendo goza del consiguiente regocijo y beneplácito de la población. Sin embargo, hay que reconocer diferencias, por ejemplo los casos en los que personas, como las enfermeras, resultaron implicadas en el proceso del IGSS, cuya participación en los hechos es debatible, pero que siguen privadas de su libertad, esperando que avance el juicio para que se determine el grado de su responsabilidad. Es decir que no todos los casos son iguales y, aunque no somos nosotros quienes tenemos la facultad de juzgar, hay aspectos humanos que no pueden ser soslayados y que están a la vista. 

Convivir en un estado de Derecho es complicado y es una gran aspiración a la que tenemos que poner enorme empeño. En primer lugar, porque supone la subordinación de gobernantes y gobernados a imperio de la ley, es decir que las autoridades y la población se rijan por un derecho vigente, aspecto que en la práctica es permanentemente violentado. En segundo lugar, porque esa “ley” o norma jurídica no es conocida por la mayoría, sobre todo con lo profuso del ordenamiento jurídico en nuestro país, ante el cual no puede alegarse ignorancia, desuso o práctica en contrario. 

Aspiramos los guatemaltecos (as) a que la política se ajuste al estado de Derecho, pretensión que se ve fortalecida con las acciones tomadas por el MP y la Cicig y ojalá por los justos fallos del OJ. Hay que sentar precedentes que establezcan una ruptura con la práctica existente durante tantos años que llegó a establecer como normal el aprovechamiento privado en el ejercicio del poder público. 

El Estado tiene como finalidad la protección a la persona y a la familia y su fin supremo es la realización del bien común. El ejercicio perverso de la política nos ha alejado de ese noble objetivo. Tenemos el reto de reivindicar la política y de ajustarla al derecho, para que quienes la ejerzan sean personas con ética, responsabilidad y comprometidas con el bienestar social.

 

 

 

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