QUIZ SHOW (El dilema), película de Robert Redford

QUIZ SHOW (El dilema) (1994), de Robert Redford

Por César Bardés
 

 

La televisión es ese ojo que tanto nos observa desde el salón de nuestras casas pero, al principio, fue un objeto de lujuria, algo que descubría un mundo sin asomarse por la puerta. Los concursos fueron no solo un entretenimiento basado en la competición cultural de la época sino también una especie de banco de pruebas para todos aquellos que querían responder las preguntas y así medirse con los grandes gurús que, semana tras semana, aguantaban en los programas que se movían (y se mueven) solo y exclusivamente por los índices de audiencia. El patrocinador mandaba, si no, no había dinero. Si un concursante aguantaba y carecía de imagen, se hacía lo posible por mandarlo a casa. Si un aspirante derrochaba imagen y prestigio, había que mantenerlo y convertirlo en héroe. Al entrar la televisión en las casas, el americano medio decidía a quién invitaría en persona. Al tipo de clase baja, sin carisma y algo fingido o al chico de éxito, universitario, guapo a rabiar y con una certera capacidad para encandilar al público.

Sin embargo, cuando se destapó el escándalo de que las preguntas y sus correspondientes respuestas se daban antes del programa, no se quería procesar a los concursantes. Eso no tenía ningún sentido. Alguien se presentaba al casting, resultaba telegénico, era simpático… ¿iba a rechazar una buena cantidad de dinero por el simple detalle de que se le daba ventaja? Pero se engañaba a la audiencia para que se sintonizara ese canal y no otro, para que todo el mundo pudiera ver la inoportuna propaganda del patrocinador, para que se dieran cuenta de que la inteligencia, de forma subliminal, estaba relacionada con lo que se consumía. El objetivo eran las cadenas televisivas, hoy objetos de inutilidad comprobada por muchas series buenas que nos metan con embudo, y la gente que las financiaba aprovechándose de la credulidad de aquellos que se atrevían a estar delante de esos aparatos diabólicos. Y aún teniendo en cuenta que eran unos tiempos en los que las televisiones daban sus primeros pasos (muchos de ellos aún de calidad), el poder actual y potencial de un medio de comunicación tan extraordinario dejó en agua de borrajas las verdaderas intenciones de la investigación gubernamental. La gente quería televisión. Y hoy la tenemos. En realidad, los concursantes, los seres humanos que cogieron un buen fajo de billetes y se largaron serían humillados pero eso, en el fondo, ¿a quién le importa?

Robert Redford dirigió con precisión y valentía una película que nos habla de que, dejando entrar la televisión en nuestros hogares, dejamos entrar una forma de corrupción que, además, no tenía intención de parar. Tener a la gente pegada a la pantalla era una forma fantástica de distraer de otros problemas mucho más importantes, de realizar los sueños que, desde luego, no cambiaban en nada  las vidas de nadie. En cuanto el ser humano asume una parcela de poder, el resto de seres humanos no importan nada. Solo importa la manipulación y el negocio. Y todos los días, antes de encender el maldito electrodoméstico, deberíamos preguntarnos si realmente merece la pena dar al botón.  

 

 

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QUIZ SHOW (El dilema)

Dirigida por Robert Redford

 

1994 - Quiz Show HD (V.O) - Robert Redford

 
En 1958 el programa concurso de la NBC "Veintiuno" ha logrado alcanzar una gran audiencia. Un concursante judío, Herbie Stempbel (John Turturro), lleva semanas acertando todas las preguntas. Entonces entra en juego Charles Van Doren (Ralph Fiennes), un carismático universitario que proviene de una familia muy influyente. Stempbel sabe que el estudio facilita las preguntas al favorito (Fotogramas).

 

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FICHA:

Título original: Quiz Show

Año: 1994

Duración: 130 min.

País:   Estados Unidos

Dirección: Robert Redford

Guion: Paul Attanasio

Música: Mark Isham

Fotografía: Michael Ballhaus

Reparto Ralph Fiennes, Rob Morrow, John Turturro, Paul Scofield, Mira Sorvino, Allan Rich, David Paymer, Hank Azaria, Christopher McDonald, Johann Carlo, Elizabeth Wilson, George Martin, Paul Guilfoyle, Griffin Dunne, Martin Scorsese, Barry Levinson, Illeana Douglas, Ethan Hawke, Anthony Fusco

Productora Hollywood Pictures / Wildwood Enterprises / Baltimore Pictures

Género: Drama | Años 50. Televisión. Basado en hechos reales

Sinopsis: Entre 1956 y 1959, Charles Van Doren, perteneciente a una prestigiosa familia de intelectuales y profesor de inglés de la universidad de Columbia, se convirtió en uno de los personajes más populares de Estados Unidos gracias a su participación en el concurso de televisión ”Twenty One”. Durante tres años contestó siempre las más variadas y difíciles preguntas. Pero, cuando su popularidad había llegado a todos los rincones del país, estalló el escándalo: uno de los concursantes eliminados denunció que el concurso estaba amañado. (FILMAFFINITY)

Premios: 

1994: Oscar: 4 nomin, incluyendo Película, director, actor sec. (Scofield) y guión adaptado

1994: 4 nominaciones al Globo de Oro, incluyendo director, película drama, actor secundario

1994: Premios BAFTA: Mejor guión adaptado. Nominada a mejor película y actor sec.

1994: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película. 3 nominaciones

1994: Sindicato de Directores (DGA): Nominada a Mejor director

1994: Sindicato de Guionistas (WGA): Nominada a Mejor guión adaptado

1994: Sindicato de Actores (SAG): Nominada a Mejor actor secundario (Turturro)

1994: Asociación de Críticos de Chicago: 3 nominaciones, incluyendo Mejor película

 

 

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ASÍ SE DESTAPÓ EL MAYOR FRAUDE DE LA HISTORIA DE LA TELEVISIÓN

Hace 60 años que Charles Van Doren declaró ante el Congreso de Estados Unidos por su implicación en el amaño del concurso 'Twenty one', que inspiró la película 'Quiz show'.

 
Charles Van Doren en el plató de 'Twenty one' alrededor de 1957.
 
 

En marzo de 2006, Sergio Vila-Sanjuán recomendaba en una columna publicada en el suplemento Culturas de La Vanguardia algunos títulos de historia que se habían editado ese año. Entre ellos se encontraba Breve historia del saber. La cultura al alcance de todos. El libro en cuestión, que era presentado como el “resultado de una vida dedicada a la lectura, a la reflexión y al intercambio de ideas”, estaba firmado por Charles Van Doren, a quien Vila-Sanjuán, siguiendo la nota de prensa facilitada por la editorial Planeta, describía como “filósofo y editor de la Enciclopedia Británica”.

Charles Van Doren era eso, qué duda cabe, pero también era mucho más, aunque ni Vila-Sanjuán ni Planeta lo mencionaban. Era, por ejemplo, hijo de dos escritores de cierto prestigio, Dorothy Van Doren, de soltera Graffe, y Mark Van Doren, poeta que recibió un premio Pulitzer en esa disciplina. También era sobrino del escritor Carl Van Doren, ganador asimismo de un Pulitzer aunque, en este caso, en la categoría de biografía. Por si no fuera suficiente, Charles había estudiado en una escuela de arte neoyorquina, había cursado la carrera de astrofísica, fue estudiante de Cambridge y era doctor en Lengua inglesa por la universidad de Columbia, en la que trabajó como profesor asociado.

Sin embargo y a pesar de ese abultado curriculum, por lo que Charles Van Doren era realmente conocido no era por su talento, preparación académica o inteligencia, sino por haber sido cómplice en uno de los fraudes más importantes de la historia de la televisión, algo en lo que Vila-Sanjuán no reparó y que la editorial Planeta se guardó mucho de incluir en sus comunicados de prensa.

F de fraude

El 2 de noviembre de 1959, Charles Van Doren compareció ante una comisión del Congreso de los Estados Unidos que investigaba el fraude en diferentes programas de televisión. Los estadounidenses estaban pendientes de su testimonio del mismo modo que, unos meses antes, habían estado atentos a su participación en Twenty One. Durante semanas, Van Doren desplegó en ese concurso de la cadena NBC su erudición en casi todos los campos del saber –desde matemáticas a historia, pasando por física, geografía, biología, música, política, literatura y arte– y, tras derrotar a todos sus contrincantes, se había embolsado 129.000 dólares.

Apuesto, joven e inteligente, Van Doren se había convertido en un ídolo de la Norteamérica de los 50. Era el hijo ideal, el novio perfecto, el amigo que todos querían tener, el modelo a seguir para los jóvenes estudiantes y uno de los profesores más demandados por los alumnos de Columbia, universidad que utilizó su popularidad para conseguir más matrículas. Todo iba viento en popa en la vida del muchacho hasta que, un buen día, esa idílica existencia se desmoronó.

En 1958, Eddie Hilgemeier, actor, monologuista y camarero, fue seleccionado para concursar en el programa Dotto. Antes de comenzar la emisión, vio accidentalmente cómo una de las concursantes, Marie Winn, tenía una libreta en la que estaban apuntadas muchas de las respuestas a las preguntas que se iban a realizar ese día. Como estaba planeado, Winn ganó y Hilgemeier acudió a los productores para quejarse, reclamación que fue acallada con un cheque de 500 dólares, primero, y, en una segunda negociación, con otro de 1.000. No obstante, y considerando que las cantidades no eran suficientes, Hilgemeier decidió poner el caso en conocimiento de la prensa y la justicia.

A partir de ese momento, la sospecha sobre el posible amaño de los concursos comenzó a extenderse por toda la televisión estadounidense. Entre otras muchas cosas, la prensa descubrió que los anunciantes decidían qué concursantes debían continuar en los programas porque resultaban más simpáticos o atractivos; que para ello se les filtraban las preguntas y las respuestas; que muchos premios eran inferiores a los que se anunciaban en pantalla; que los prometidos “viajes a París” eran vuelos de ida y vuelta sin alojamiento, lo que apenas permitía estar en la ciudad del amor unas cuantas horas y que los concursantes ensayaban con los directores del programa hasta los gestos que debían poner al acertar o fallar una pregunta.

Como era de esperar, el escándalo salpicó a Twenty One que, efectivamente, también estaba amañado. El encargado de desvelar el engaño fue uno de los antiguos concursantes, Herbert Stempel que, después de haber ganado 49.500 dólares, fue derrotado por Van Doren, no porque fuera más listo que él, sino porque así lo exigieron los productores y anunciantes, que habían comprobado que Van Doren caía mejor a los espectadores y generaba mayores cotas de audiencia.

De hecho, fue la sensación de humillación y desprecio experimentada por Stempel la que le llevó a denunciar el fraude. Según declaró posteriormente a la prensa, no pudo soportar que los responsables de Twenty One le obligaran a fallar preguntas extremadamente sencillas que hasta un alumno de secundaria podría conocer. Entre las que más le dolieron, tener que afirmar que la cuna del gótico era Alemania cuando él, como cualquier bachiller, sabía de sobra que ese estilo arquitectónico había surgido en Francia; o que la cinta que ganó el Oscar a la mejor película de 1954 era La ley del silencio, cuando sabía perfectamente que había sido Marty con Ernest Borgnine porque, curiosamente, era uno de sus filmes favoritos.

Tanto los productores como Van Doren rechazaron las acusaciones. De hecho, el concursante estrella, que ya estaba fuera de la competición porque había sido eliminado del programa por Vivienne Wax Nearing al no saber responder algo tan sencillo como quién era el rey de los belgas, se mostró muy ofendido con el hecho de que alguien pudiera poner en duda su sapiencia. Tanto es así que, convocado por el Gran Jurado, negó muy seguro de sí mismo cualquier implicación en el engaño sin reparar en que podría estar cometiendo perjurio. Una soberbia que, sin embargo, se esfumaría posteriormente cuando fue llamado a responder ante la Comisión del Congreso de los Estados Unidos en noviembre de 1959.

La declaración no será televisada

A pesar de que el tema en cuestión eran los concursos televisivos, la declaración de Charles Van Doren ante la Comisión del Congreso no fue emitida por ese medio de comunicación. El presidente impidió el acceso de las cámaras, aunque sí permitió la entrada a más de 600 curiosos y alrededor de 150 periodistas, que informaron de lo ocurrido tanto en medios nacionales como internacionales pues, a esas alturas, el escándalo habría rebasado las fronteras estadounidenses.

La revista Blanco y Negro, en su edición del 14 de noviembre de 1959, relataba que Van Doren había declarado “balbuceante, entrecortado, nervioso, pero al mismo tiempo con responsabilidad –esta vez sin trucos– su participación en el tremendo fraude a la opinión: cómo sabía previamente las respuestas de las preguntas que se le iban a hacer, cómo había sido comprada su honradez”. Según el semanario español, “sus palabras sonaron patéticas”, especialmente cuando reconoció que “estaba completamente comprometido con un fraude (…). He aprendido mucho en este tiempo. Especialmente en las tres últimas semanas. He aprendido muchísimo sobre la vida… y sobre el bien y el mal”.

Al concluir su declaración, el público en la sala estalló en una gran ovación y uno de los congresistas aprovechó para animarle con un “que Dios le bendiga”, actitudes que fueron afeadas por Steven B. Derounian, congresista republicano, que espetó al testigo “No creo que un adulto de su inteligencia deba ser elogiado por decir la verdad”.

Los alumnos de Columbia, que en un primer momento defendieron la inocencia de su profesor, acabaron siendo de la misma opinión que Derounian y, a partir de entonces, dejaron de confiar en Van Doren. Según relataba el diario ABC, “cuando los estudiantes le ven en la cafetería de la Universidad no le saludan; se cruzan con él en la escalinata principal y vuelven la vista hacia otro lado”. Una hostilidad que acabó provocando que Van Doren abandonase su trabajo como docente y que, gracias a la mediación de su padre, comenzase a trabajar en la Enciclopedia Británica, en la que escribió artículos con pseudónimo hasta que, olvidado el escándalo, fue nombrado editor de la prestigiosa publicación.

De la televisión a la gran pantalla

La historia de Van Doren, fallecido en abril de 2019, fue recuperada a principios de los noventa gracias a The Quiz Show Scandal, documental que se adelantó un par de años a la película Quiz Show, dirigida en 1994 por Robert Redford y protagonizada por John Turturro en el papel de Henry Stempel y Ralph Fiennes, en el de Charles Van Doren. Sin embargo, una década antes de este revival del escándalo de Twenty One, la sombra del fraude volvió a sobrevolar los concursos de la televisión estadounidense por culpa de otro peculiar personaje: Michael Larson.

En 1984, este vendedor de helados y técnico de aire acondicionado saltó a la fama por ganar cuarenta rondas seguidas del programa de preguntas y respuestas Press Your Luck, cifra que suponía 20 veces más que la media de los demás concursantes. Un éxito que le permitió ganar más de 100.000 dólares, cantidad que cuadruplicaba el monto que la CBS consideraba tope para volver a participar en un programa de la cadena. El premio obtenido por Larson era tan inusual, que hizo saltar todas las alarmas: los espectadores pensaron que el concurso estaba amañado y los productores, que Larson hacía trampas.

La realidad no era ni la una ni la otra. La mecánica del concurso era correcta, de hecho, el éxito de Larson radicaba en que se dio cuenta de que el programa, basado en unos paneles luminosos con preguntas y respuestas, respondía a una serie limitada de patrones preestablecidos muy fáciles de memorizar. Por lo tanto, tampoco estaba haciendo trampas.

A pesar de lo asombroso de su hazaña, a diferencia de Van Doren, Michael Larson no tiene película de Hollywood. A cambio, el ilustrador leonés Javi de Castro publicó Larson, el hombre con más suerte del mundo, novela gráfica editada por Modernito Books, que cuenta la historia de este concursante que también hizo historia de la televisión aunque, eso sí, sin trampas.

 

 

 

 

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