Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte XII – La Tierra Final

INDICE DE POST DEL FENOMENO HUMANO- Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE XII-

 

IV.- LA SOBREVIDA 

(…)

Cap. III. LA TIERRA FINAL

1. Pronósticos a eliminar 

2. Las Cercanías

A) La organización de la investigación

B) El descubrimiento del objeto humano 

C) La conjunción Ciencia-Religión 

3. El Término

 

CAPITULO III

LA TIERRA FINAL 

 

Sin el repliegue de la Materia sobre sí misma, hemos reconocido, es decir, sin el quimismo cerrado de las moléculas, de las células y de las ramas filéticas, no hubiera habido jamás ni Biosfera ni Noosfera. La Vida y el Pensamiento, tanto en su aparición como en su desarrollo, están relacionados no ya sólo accidentalmente, sino de forma estructural con los perfiles y el destino de la masa terrestre.

Y he aquí, por el contrario, que ahora, en dirección hacia adelante, acaba de aparecer, con el .objeto de mantener y equilibrar el ascenso de las Consciencias, un Centro Psíquico de deriva universal que trasciende al Tiempo y al Espacio y, por tanto, de naturaleza esencialmente extraplanetaria.

Una Noogénesis que asciende irreversiblemente hacia Omega a través del ciclo estrechamente limitado de una Geogénesis…

Es así como se introduce, de una manera natural, y tiende a adquirir su figura dentro de nuestras perspectivas, el acontecimiento fantástico e inevitable hacia el cual, cada día que pasa, nos va acercando más y más el fin de toda Vida sobre nuestro Globo -la muerte del Planeta-, la fase última del Fenómeno humano.

Nadie se atrevería a representar lo que sería la Noosfera en sus apariencias finales, por poco que se haya entrevisto el increíble potencial de imprevisible acumulado dentro del Espíritu de la Tierra. El fin del Mundo es inimaginable. Hasta cierto punto podemos, utilizando las líneas de aproximación anteriormente construidas, prever la significación y circunscribir las formas de lo que sería insensato querer describir.

Lo que, en un Universo de ser la Tierra final; cómo su habilidad ha de ser. He aquí la trama consciente, no podría dibujarla; lo que tiene lo que, fría y lógicamente, sin Apocalipsis, quisiera sugerir, mucho menos para no afirmar nada que para hacer pensar.

 

 

 

1. PRONÓSTICOS A ELIMINAR

Cuando se habla del fin del Mundo, la idea que se presenta a nuestro espíritu es siempre la de una desgracia.

Cataclismo sideral: he aquí lo que pensamos más frecuentemente. Tantos astros que circulan y nos rozan. Esos mundos que estallan en el horizonte… Dado el juego implacable de los azares, ¿no nos llegará nuestro turno y, con él, nuestra muerte?

Por lo menos una muerte lenta dentro de nuestra prisión. Esto parece inevitable. Desde que la Física descubrió que cualquier clase de Energía se degrada, nos parece que sentimos cómo el calor va descendiendo ya a nuestro alrededor en este Mundo nuestro. Sin embargo, otro descubrimiento, el de la radiactividad, vino a compensar los efectos y retardar la inminencia de este enfriamiento al cual estamos condenados. Los astrónomos nos prometen ahora que si todo se presenta bien quedan todavía unos buenos centenares de millones de años. Y entonces, respiremos. Pero, a pesar de ello, y mientras la caída se retarda, una sombra continúa envolviéndonos.

Y, además, nos preguntamos: ¿estaremos todavía aquí para poder contemplar el ocaso? … Hasta entonces, y descontando las desgracias cósmicas que nos acechan, ¿qué es lo que acontecerá en la capa viviente de la Tierra? Las amenazas intestinas van multiplicándose con la complicación y el tiempo dentro del seno de la Biosfera y de la Noosfera. Invasiones microbianas.

Contrarrevoluciones orgánicas. Esterilidad. Revoluciones. ¡Cuántas maneras de acabar! Y al fin y al cabo serían mejores todas ellas que una larga senectud.

Conocemos ya perfectamente estas eventualidades diversas. Hemos pensado ya en ellas. Leímos sus anticipadas descripciones en las novelas de los Goncourt, de Benson, de Wells, o en las obras científicas firmadas por ilustres. Cada una de ellas resulta perfectamente verosímil. En cada momento podemos llegar a ser aplastados por un enorme bólido. Es verdad. Tomada de manera independiente cada una de las voluntades humanas, puede negarse a sí misma el trabajo de ascender cada vez más alto hacia la unión. También lo admito. Y no obstante, en la medida que implican una idea de accidente prematuro o de caída y apoyándose sobre todo cuanto nos enseña el pasado de la Evolución, creo poder afirmar que no tenemos que temer ninguno de estos desastres. Por muy posibles que puedan ser en teoría, podemos estar seguros, por causa de una razón superior, de que nunca llegarán a producirse.

Y he aquí el porqué.

Catástrofes cósmicas, disgregaciones biológicas o simplemente detención del crecimiento por envejecimiento; todas estas representaciones pesimistas actuales tienen de común el extender sin corrección alguna hacia la Vida entera las características y las condiciones de nuestros fines individuales y elementales. Roturas, enfermedades, decrepitud. Tal cual es la muerte del Hombre, tal será la muerte de la Humanidad.

Ahora bien: ¿tenemos, en realidad, el derecho de generalizar de una manera tan simplista?

Cuando desaparece un individuo, aunque sea antes de la edad correspondiente, otro individuo se halla siempre en disposición de relevarle. Su pérdida, en lo que concierne a la continuación de la Vida, no es en modo alguno irreparable. Pero ¿qué es lo que diríamos en cuanto al caso de la Humanidad?… El gran paleontólogo Matthew, en alguno de sus libros, ha sugerido que si la rama humana desapareciera no tardaría en sucederla otra rama pensante. De todos modos, se guarda muy bien de decir, y ciertamente hubiera tenido dificultades para explicar, en dónde este misterioso brote podría aparecer sobre el Árbol de la Vida tal como lo conocemos.

Si consideramos el conjunto de la Historia, me parece que la situación viene a ser, desde el punto de vista biológico, muy otra.

Por una vez, y sólo por una vez, en el curso de su existencia planetaria la Tierra pudo cubrirse de Vida. De manera semejante, la Vida, por una vez, y sólo por una vez, fue capaz de atravesar el paso de la Reflexión. Una sola’ estación para el Pensamiento, igual que una sola estación para la Vida. Desde este momento, no lo olvidemos nunca, el Hombre viene a constituir la flecha de este Árbol. Como a tal, y con exclusión del resto, se encuentran ahora concentradas en él las esperanzas de futuro de la Noosfera, es decir, de la Biogénesis; es decir, finalmente, de la Cosmogénesis. A partir de ello, ¿cómo el Hombre podría acabar antes de tiempo, o aún detenerse y fracasar, sin que, al propio tiempo, el Universo abortara sobre sí mismo, lo que hemos considerado absurdo?

El Mundo en su estado actual no podría comprenderse; la presencia en el mismo de lo Reflexivo sería inexplicable si no supusiéramos una especie de secreta complicidad entre lo Inmenso y lo ínfimo, con el objeto de caldear, alimentar y sostener hasta el fin, a base de azares y de contingencias y de libertades utilizadas, a la Conciencia aparecida entre ambos. Nos hace falta establecernos en esta complicidad. El Hombre es irreemplazable. Por inverosímil que sea la perspectiva, el Hombre debe terminarse, no necesaria, sin duda, sino infaliblemente.

No ya, pues, una detención, sea cual sea su forma, sino un último progreso que debe presentarse, en su justa hora biológica. Una maturación y un paroxismo. Cada vez más arriba por el camino de aquel Improbable del cual salimos. Si queremos extrapolar al hombre y a la Hominización, y si queremos prever el Fin del Mundo, nos hace falta seguir por esta dirección.

 

 

2. LAS CERCANÍAS

Sin llegar a sobrepasar los límites de las probabilidades científicas, podemos afirmar que la Tierra dispone aún, para desarrollarse, de grandes períodos geológicos. Por otra parte, cuando la observamos en su forma pensante, nos presenta todavía todos los síntomas de una energía en plena expansión. Por una parte, en efecto, comparada con las capas zoológicas que la preceden y cuya vida media es por lo menos del orden de los ochenta millones de años, la Humanidad es tan joven que se la podría calificar de recién nacida. Por otra parte, si observamos los rápidos desarrollos del Pensamiento a lo largo del débil intervalo dé algunas decenas de siglos, esta juventud lleva dentro de sí los indicios y las promesas de un ciclo biológico completamente nuevo. Entre la Tierra final y la Tierra moderna se extiende, pues, de manera muy verosímil, una duración inmensa, la cual está marcada no por un freno, sino por una aceleración y por la evanescencia definitiva de las fuerzas de la Evolución siguiendo la flecha humana.

¿Bajo qué forma y a lo largo de qué líneas-en la hipótesis, la única aceptable, de un éxito-podemos imaginar que, a lo largo de este espacio de tiempo, va a desarrollarse el Progreso?

En primer lugar, bajo una forma colectiva y espiritual. Desde la aparición del Hombre, hemos podido advertir un cierto frenar de las transformaciones pasivas y somáticas del organismo en provecho de las metamorfosis conscientes y activas del individuo considerado en sociedad.

Lo artificial sobrepasando a lo natural. La transmisión oral o escrita se superpone a las formas genéticas (a cromosómicas) de la herencia. Sin negar la posibilidad o incluso la probabilidad de una cierta continuación, en nuestros miembros, y más especialmente en nuestro sistema nervioso, de los pasados procesas de la ortogénesis E, tendería por mi parte a considerar que su influencia, prácticamente insensible desde la emersión del Hamo sapiens, se halla destinada a amortiguarse progresivamente. Como si una especie de ley cuántica rigiera su distribución, las energías de la Vida se diría que no pueden extenderse hacia ‘una región o tomar una nueva forma, sin descender hacia la periferia de éstas. Desde que apareció el Hombre, la presión evolutiva parece haber caído hacia las ramas no humanas del Árbol de la Vida. Y ahora que al Hombre, llegado a su estado adulto, se le han abierto los campos de las transformaciones mentales y sociales, los cuerpos ya no cambian de una manera apreciable, ya no tienen en qué cambiar en la rama humana; o si cambian todavía, ello no será más que bajo nuestro control industrioso. Es posible que nuestro cerebro haya alcanzado ya sus límites orgánicos en cuanto a sus capacidades y en su penetración individual. De todos modos, el movimiento no se detiene. Desde el Occidente al Oriente, la Evolución está ahora ocupada en otro campo, hacia un dominio más rico y más complejo, con todos los espíritus humanos tomados en conjunto; es decir, el Espíritu. La unión en un bloque, inevitable y ya siguiendo su curso, de nuestra Humanidad, más allá de los límites de las naciones y de las razas.

Una vez esto considerado, y a partir del nivel planetario de totalización psíquica y de rebote evolutivo tal cual estamos accediendo, ¿bajo qué líneas de ataque, entre otras, según podemos juzgar del estado presente de la Noosfera, parece que estemos destinados a seguir?

Yo distingo tres líneas principales, en las cuales reaparecen los pronósticos hacia las cuales nos había ya conducido el análisis de las ideas de Ciencia y de Humanidad la organización de la Investigación; la concentración de ésta sobre el objeto humano; la conjunción de la Ciencia y de la Religión.

Tres términos naturales de una misma progresión.

 

A) LA ORGANIZACIÓN DE LA INVESTIGACIÓN

Nos atrevemos a vanagloriarnos de ser una edad de la Ciencia. Y hasta cierto punto, si sólo queremos hablar de una aurora en contraste con la noche que la precede, podemos decir que es verdad. Algo muy enorme nació en el Universo, gracias a nuestros descubrimientos y a nuestros métodos de búsqueda. Algo que, estay convencido de ello, ya no se detendrá jamás. Pero, si es verdad que exaltamos la Investigación y si nos aprovechamos de ella, ¡con qué mezquindad de espíritu y de medios y con qué desorden estamos todavía investigando en la actualidad!

La Ciencia, lo mismo que el arte, y casi se podría decir como el Pensamiento, nació bajo las apariencias de algo superfluo, de una fantasía. Exuberancia interna por encima de las necesidades materiales, acuciantes, de la Vida. Curiosidad de soñadores y de ociosos. Sin embargo, y progresivamente, tanto su importancia como su eficiencia le dieron derecho de ciudadanía. Al vivir en un Mundo, el cual poderlos decir can justicia que revolucionó la Ciencia, hemos aceptado el papel social de esta Ciencia incluso su culto mismo. A pesar de todo ello, la dejamos todavía crecer al azar, casi sin ningún cuidado, como si se tratara de una de estas plantas salvajes cuyos frutos recogen los pueblos primitivos en el bosque. Todo para la producción. Todo para los armamentos. Y, sin embargo, para el investigador y su laboratorio, que hacen decuplicar nuestras fuerzas intelectuales, nada o casi nada todavía. Parecería, en verdad, que los descubrimientos deberían caer periódicamente del cielo ya hechos, como el sol o la lluvia, y que el Hombre no tendría otra cosa que hacer mejor que la de matarse con otros o que la de comer. Intentemos solamente establecer la proporción de energías humanas empleadas, hic et nunc, en la búsqueda de la verdad. De una manera aún más material, busquemos el tanto por ciento de dinero reservado, en los presupuestos del Estado, a la investigación de problemas ya enfocados y cuya solución sería vital para todo el mundo. Quedaríamos en verdad horrorizados. Mucho menos lo destinado a necesidades anuales de la investigación mundial que para un acorazado. Nuestros bisnietos, ¿se equivocarían al pensar que fuimos unos bárbaras?

La verdad es que al estar situados en una época de transición, no llegamos todavía a tener ni la plena conciencia, ni el total gobierno de las nuevas potencias que se acaban de desencadenar. Fieles a las antiguas rutinas, no vemos en la Ciencia más que un nuevo medio de obtener de una manera más fácil las mismas viejas cosas: terreno y pan. Convertimos a Pegaso en un animal de tiro. Y Pegaso se debilita, a menos que empiece a embalarse con su arado. Vendrá un momento, tiene que venir necesariamente, en el que el Hombre, forzado por la desproporción evidente de la yunta, tendrá que reconocer que la Ciencia no es para él una ocupación accesoria, sino una forma esencial de la acción, un derivativo natural abierto de hecho a la saturación de las energías liberadas constantemente por la máquina.

Una Tierra, pues, en la que los «ocios» siempre crecientes y el interés progresivamente en suspenso hallarán su salida vital en el acto de profundizarlo todo, de ensayarlo todo y de continuarlo todo. Una tierra en la que los telescopios gigantes y los fisuradores de átomos van a absorber mucho más oro y van a suscitar más admiración espontánea que todas las bombas y todos los cañones. Una Tierra en la que, ya no sólo para el ejército agrupado y subvencionado de los investigadores, sino para el hombre de la calle, el problema del día será la conquista de un nuevo secreto o de una nueva potencia arrancados a los corpúsculos, a las ostras o a la materia organizada. Una Tierra en donde, como ya está aconteciendo, se dará la vida para saber y para ser, mucho más que para poseer.

He aquí lo que se prepara a nuestro alrededor de una manera inevitable, de acuerdo con la medida propia de las fuerzas que se hallan ante nuestra presencia.

A la manera de aquellos organismos inferiores en los que la retina se halla como extendida por la superficie entera de su cuerpo, la visión humana se ejerce todavía de una manera difusa, entremezclada con los trabajos de la industria y de la guerra. De una manera biológica, sin embargo, esta visión exige individualizarse como función independiente por medio de sus órganos apropiados.

Un poco más y ya la Noosfera habrá hallado sus propios ojos.

B) EL DESCUBRIMIENTO DEL OBJETO HUMANO

Una vez que la Humanidad haya reconocido que su función primera es la de penetrar, de unificar de manera intelectual y de captar, para comprender y dominar aún más las energías que la rodean, ya no habrá ningún peligro para ella de chocar contra un límite exterior de sus desarrollos. Un mercado comercial puede llegar a saturarse. Algún día, si no los sustituimos por otra cosa nueva, acabaremos por vaciar nuestras minas y nuestros pozos de petróleo. De manera aparente, nada en la Tierra puede ser capaz de saturar nuestra necesidad de saber ni de agotar nuestro poder de invención. Y ello porque tanto en un aspecto como en el otro se puede decir: crescit eundo.

Esto, no obstante, no significa que la Ciencia deba propagarse de manera indiferente hacia todas las direcciones de una manera simultánea, como una onda en un medio isótropo. Cuanto más se mira, tanto más se ve. Pero también se ve más hacia dónde hay que mirar. Si la Vida pudo avanzar fue porque, a fuerza de tanteos, pudo hallar sucesivamente los puntos de menor resistencia, en los que lo Real cedió bajo su esfuerzo. Paralelamente, si mañana la Investigación debe progresar, ello habrá de ser de una manera amplia, a base de localizar las zonas centrales, las zonas sensibles, las zonas vivas, cuya conquista asegurará sin esfuerzo el dominio de todo el conjunto.

A partir de este punto de vista se puede predecir que si vamos en realidad hacia una era humana de la Ciencia, esta era será eminentemente una era de la Ciencia humana: el Hombre conocedor, dándose cuenta, por fin, de que el Hombre, «objeto de conocimiento», es la clave de toda Ciencia de la Naturaleza.

El Hombre, este desconocido, ha dicho Carrel. Y hay que añadir: el Hombre, esta solución de todo cuanto nos es posible conocer…

Hasta ahora, sea por prejuicio, sea por temor, la Ciencia ha dado continuamente vueltas alrededor del Objeto humano, sin atreverse a abordarlo cara a cara. En cuanto a su materialidad, nuestro cuerpo parece tan insignificante, tan accidental, tan transitorio, tan frágil… ¿Para qué ocuparse de él? Y, en cambio, desde el punto de vista psicológico, ¡nuestra alma es tan increíblemente sutil y compleja! ¿Cómo podemos concordarla con un Mundo de leyes y de fórmulas?…

Ahora bien: cuanto más nos esforzamos para evitar al Hombreen nuestras teorías, tanto más se van cerrando los círculos que describimos a su alrededor, de la misma manera que si estuviéramos atrapados dentro de su torbellino. Tal como lo recordaba en mi Prefacio, la Física, llevada al extremo de sus análisis, ya no sabe si maneja energía pura o si, por el contrario, lo que tiene en sus manos no es más que Pensamiento. Al término mismo de sus construcciones, la Biología, si realmente obedece a la lógica de sus descubrimientos, se ve conducida a reconocer, en la asociación de los seres pensantes, la forma terminal, en la actualidad, de las construcciones de la Evolución. El Hombre en la base, el Hombre en la cumbre y el Hombre en el centro sobre todo; el que vive, se expande, lucha tan terriblemente en nosotras y alrededor de nosotros. Realmente terminaremos por tener que ocuparnos de él.

Lo que para la Ciencia representa el valor único del objeto humano es, si no me equivoqué a lo largo de estas páginas, este doble hecho:

1), el de representar, individual y socialmente, el estada más sintético bajo el cual nos es accesible la Trama del Universo, y
2), correlativamente, el de ser el punto actualmente más móvil de esta Trama en curso de transformación.

Bajo este doble aspecto, descifrar al Hombre consiste esencialmente en el intento de saber cómo se ha hecho el Mundo y cómo debe continuar haciéndose. Ciencia del Hombre: Ciencia teórica y práctica de la Hominización. Profundización del Pasado y de los Orígenes. Pero todavía más que esto: experimentación constructiva que va persiguiéndose a través de un objeto que se renueva continuamente.

El programa es, pues, inmenso y sin otro final que el del futuro mismo.

En primer lugar, los cuidados y perfeccionamientos del cuerpo humano. Vigor y salud del Organismo. En tanto que vaya durando su fase de inmersión en lo «tangencial», el Pensamiento no puede ascender más que montado sobre sus bases materiales. Ahora bien: en este tumulto de las ideas que acompañan al despertar del espíritu, ¿no nos hallamos en el trance de degenerar físicamente? Se ha dicho que deberíamos enrojecer al comparar nuestra Humanidad, tan llena de sujetos endebles, con esas sociedades animales, en las cuales, sobre centenares de miles de individuos, no falta ni un solo artejo en una sola antena… De hecho, esta perfección geométrica no se halla en la línea de nuestra evolución, orientada toda ella hacia la flexibilidad y la libertad. Y, no obstante, una vez subordinada convenientemente a otros valores, ¿no resulta ser, a la vez, una indicación y una lección? Es cierto que hasta ahora hemos dejado crecer nuestra raza al azar y hemos reflexionado de manera insuficiente sobre el problema de saber por medio de qué procedimientos terapéuticos y morales es necesario, si las suprimimos, reemplazar las fuerzas brutales de la selección natural. Es indispensable que en el curso de los siglos venideros se descubra y se desarrolle, a la medida de nuestras personas, una forma de eugenismo noblemente humana.

Eugenismo de los individuos, y, por consiguiente, también, un eugenismo de la sociedad. Por lo que se refiere a este gran cuerpo, constituido peor todos nuestros cuerpos, encontraríamos más cómodo e incluso nos inclinaríamos a estimar como más seguro que dejáramos a sus contornos que se determinaran por sí mismos por el juego automático de las fantasías y de los empujes individuales. ¡Cuidado con interferir en las fuerzas del Mundo! … Siempre el espejismo del instinto y de la pretendida infalibilidad de la Naturaleza. Y, sin embargo, ¿no es el Mundo todo, precisamente, el que, desembocando en el Pensamiento, espera que repasemos o repensemos, con el fin de perfeccionarlos, los pasos instintivos de la Naturaleza? A sustancia reflexiva, ordenaciones reflexivas. Si existe para la Humanidad un porvenir, este porvenir no puede ser imaginado más que en la dirección de una conciliación armónica de lo Libre con lo Planeado y lo Totalizado. Distribución de los recursos del globo. Regulación de la salida hacia los espacios libres. Utilización óptima de las potencialidades liberadas por la Máquina. Fisiología de las naciones y de las razas. Geo-economía, geo-política, geo-demografía. La organización de la Investigación ampliándose hacia una organización racionalizada de la Tierra. Lo queramos o no, todos los indicios y todas nuestras necesidades convergen en el mismo sentido: nos hace falta, y estamos de manera irresistible en plan de edificarla, por medio y más allá de toda Física, de toda Biología y de toda Psicología, una Energética humana.

Y es precisamente a lo largo de esta construcción, ya empezada de manera todavía oscura, como nuestra Ciencia, por el hecho mismo de haber sido conducida a concentrarse en el Hombre, va a encontrarse de una manera siempre progresiva cara a cara con la Religión.

 

C) LA CONJUNCIÓN CIENCIA-RELIGIÓN

En apariencia, la Tierra Moderna nació de un movimiento antirreligioso. El Hombre autosuficiente. La Razón sustituyéndose a la Creencia. Nuestra generación y las dos precedentes no han oído hablar casi más que de un conflicto entre la Fe y la Ciencia. De tal modo que hubo un momento en el que pudo pensarse que ésta estaba llamada, de manera decidida, a reemplazar a aquélla.

Ahora bien: a medida que la tensión va prolongándose, parece ser que el conflicto debe resolverse visiblemente bajo una forma de equilibrio muy diferente; no por eliminación, ni por dualidad, sino por síntesis. Después de casi dos siglos de luchas apasionadas, ni la Ciencia ni la Fe pudieron llegar a disminuirse mutuamente; por el contrario, se hace bien manifiesto ahora que no podrían desarrollarse normalmente la una sin la otra, y ello por la simple razón de que ambas están animadas por una misma vida. En efecto, ni en su impulso ni en sus construcciones, la Ciencia no puede traspasar sus propios límites sin colorearse de mística y cargarse de Fe.

En primer lugar, en los impulsos. Este punto lo tocamos ya al tratar del problema de la Acción. El hombre no continuará trabajando e investigando más que si conserva el gusto apasionado por la acción. Ahora bien: este gusto está por completo subordinado a la convicción, estrictamente indemostrable en Ciencia, de que el Universo tiene una significación y que puede o incluso que debe conducir, si nos mantenemos fieles, a alguna perfección irreversible. Fe, pues, en el progreso.

Y, en segundo lugar, por sus construcciones. Nos es dado perfectamente considerar de una manera científica un mejoramiento casi indefinido del organismo humano y de la sociedad humana. Pero en cuanto se trata. de materializar prácticamente nuestros sueños, nos damos cuenta en seguida de que el problema se hace indeterminado o incluso insoluble, a menos que admitamos, por medio de una intuición parcialmente suprarracional, las propiedades convergentes del Mundo al que pertenecemos. Fe, pues, en la unidad.

Pero aún hay más. Si nos decidimos, bajo la presión de los hechos, por un optimismo de unificación, nos encontramos de manera técnica ante la necesidad de descubrir, además del impulso que hace falta para llevarnos hacia adelante, además del objetivo particular que debe fijar nuestro camino, el aglutinante o el cemento especial que deberá asociar indispensablemente nuestras vidas sin falsearlas ni disminuirlas. Fe, pues, en un centro soberanamente atractivo de personalidad.

En suma, a partir del momento en que la Ciencia, al superar el estadio inferior y preliminar de las investigaciones analíticas, pasa a la síntesis -una síntesis que culmina naturalmente en la realización de un cierto estado superior de la Humanidad-, inmediatamente se halla conducida a anticipar y a jugar a base del Futuro y del Todo, al propio tiempo que, superándose a sí misma, emerge ya en Opción y en Adoración.

Así, pues, Renán y el siglo XIX no se equivocaban al hablar de una Religión de la Ciencia. Su error fue el de no darse cuenta de que su culto a la Humanidad implicaba la re-integración, bajo una forma renovada, de las mismas fuerzas espirituales de las cuales pretendían desembarazarse.

Cuando, dentro de este Universo móvil en el cual acabamos de despertarnos, observamos las series temporales y espaciales divergir y desenlazarse a nuestro alrededor y hacia atrás, como las capas de un cono, quizá hagamos entonces Ciencia pura. Pero cuando nos volvemos del lado de la Cumbre, hacia la Totalidad y hacia el Futuro, nos resulta también obligado el hacer Religión.

Religión y Ciencia: las dos caras o fases conjugadas de un mismo acto completo de conocimiento, el único que puede abrazar, para contemplarlos, medirlos y acabarlos, el Pasado y el Futuro de la Evolución.

En el refuerzo mutuo de estas dos potencias, todavía antagonistas, en la conjugación de la Razón y de la Mística, el Espíritu humano, por la misma naturaleza de su desarrollo, se halla destinado a encontrar el más remoto extremo de su penetración con el máximo de su fuerza vital. 

 

 

3. EL TÉRMINO

Empujando siempre en las tres direcciones que acabamos de indicar y disponiendo de la enorme duración que le queda para vivir, la Humanidad tiene ante sí inmensas posibilidades.

Hasta el Hombre, la Vida, fácilmente detenida y compartimentada por las especializaciones hacia las cuales se vio forzosamente conducida para poder actuar, se iba fijando y dispersando en cada salto hacia adelante. Después del paso de la Reflexión, gracias a las extrañas propiedades de lo «artificial», que, al separar el instrumento del órgano, permite al mismo ser intensificar y variar de manera indefinida las modalidades de su acción sin perder nada de su libertad, gracias al propio tiempo al prodigioso poder que tiene el Pensamiento de acercar y de combinar, en un mismo esfuerzo consciente, todas las partículas humanas, hemos entrado ya en un dominio completamente nuevo de la Evolución. De hecho, si el estudio del Pasado nos permite una determinada apreciación de los recursos que posee la Materia organizada al estado disperso, no tenemos todavía ninguna idea acerca de la magnitud posible de los efectos «noosféricos». ¡La resonancia de las vibraciones humanas contándose por millones! ¡Toda una capa de conciencia presionando hacia el Porvenir al mismo tiempo! ¡El producto colectivo y aditivo de un millón de años de Pensamiento! … ¿Habremos nunca intentado tan sólo imaginar lo que estas magnitudes representan?

En esta dirección lo más inesperado es tal vez que cabe esperar lo más importante.

Uno puede preguntarse, en primer lugar, si la Vida, bajo la tensión creciente del Espíritu en la superficie del Globo, llegará algún día a forzar de manera ingeniosa las barreras de su prisión terrestre, sea por encontrar el medio de invadir otros astros deshabitados, sea por establecer una relación psíquica con otros focos de conciencia a través del espacio, lo que constituiría un acontecimiento aún más vertiginoso. La reunión y la mutua fecundación de dos Noosferas… Suposición ésta que, a primera vista, puede parecer insensata, pero que al fin y al cabo no hace más que extender el Psiquismo hacia una escala de magnitud tal, que nadie puede objetar en su validez, dentro de las posibilidades de la Materia. La Conciencia construyéndose, pues, finalmente, mediante una síntesis de unidades planetarias. ¿Y por qué no dentro de un Universa cuya unidad astral es la galaxia?

Sin querer en modo alguno descorazonar estas hipótesis, cuya eventualidad, según podemos reflexionar, ampliaría increíblemente las dimensiones de la Noogénesis sin cambiar en nada su forma convergente, ni como consecuencia, la duración finita de la misma, creo no obstante que sus probabilidades son demasiado débiles para que valga la pena considerarlas.

En razón de la extraordinaria complicación y sensibilidad del organismo humano, adaptado de tal manera a las condiciones terrestres, no se llega a entrever casi, aunque fuera capaz de franquear los espacias interplanetarios, de qué forma podría aclimatarse sobre otro astro’.

Además, la inmensidad de las duraciones siderales, de tal manera vastas, no permite sospechar cómo, en dos regiones distintas del cielo, podrían coexistir y coincidir, en dos fases comparables de su desarrollo, dos Pensamientos distintos.

Por estas dos razones, entre otras, imagino que nuestra Noosfera está destinada a cerrarse aislada en sí misma, y que debe ser sobre una dirección no espacial, sino psíquica, por donde ha de hallar, sin necesidad de abandonar ni de desbordar la Tierra, la línea de su evasión.

Es aquí ahora en donde reaparece de una manera perfectamente natural la noción de cambio de estado.

La Noogénesis va ascendiendo de una manera constante en nosotros y a través de nosotros. Hemos reconocido ya las características principales de este movimiento; acercamiento de los granas de Pensamiento, síntesis de individuos y síntesis de naciones o de razas, necesidad de un Foco personal autónomo y supremo para coaligar, sin deformarlas, dentro de una atmósfera de simpatía activa, las personalidades elementales. Todo ello, de nuevo, bajo el combinado efecto de las curvaturas: la esfericidad de la Tierra y la convergencia cósmica del Espíritu, de acuerdo con la Ley de Complejidad y Conciencia.

Pues bien: una vez que, gracias a la aglomeración suficiente de un número también suficiente de elementos, este movimiento de naturaleza esencialmente convergente, haya alcanzado una tal intensidad y una tal cualidad para unificarse aún más, la Humanidad, considerada en su conjunta, deberá, tal como había ya sucedida en las fuerzas individuales del instinto, reflejarse a su vez «puntualmente» sobre sí misma (es decir, en este caso, abandonar su soporte órgano-planetario para excentrarse hacia el Centro trascendental de su concentración creciente), y entonces llegará para el Espíritu de la Tierra el fin y la coronación.

El fin del Mundo: revuelta interior en bloque sobre sí misma de la Noosfera, llegada, de manera simultánea, al máximo extremo de su complejidad y de su centración.

El fin del Mundo; reinversión de equilibrio, separando al Espíritu, ya totalmente construido, de su matriz material, para así hacerlo descansar, entonces con todo su peso, en el seno de Dios-Omega.

El fin del Mundo: punto critico, a la vez, de emergencia y de emersión, de maturación y de evasión.

En relación con el estado físico y psíquico al que llegará nuestro Planeta en las cercanías de su maturación, podemos realizar dos tipos de suposiciones casi contrarias.

En una primera hipótesis, por la que expresamos unas esperanzas hacia las cuales es necesario, en todo caso, orientar nuestros esfuerzos para un ideal, el Mal conocerá su mínimo sobre la Tierra agonizante. Vencidas por la Ciencia, ya no tendremos por qué temer ni la enfermedad ni el hambre bajo sus formas acuciantes. Y aun vencidos por el mismo sentido de la Tierra y por la Significación humana, el Odio y las Luchas intestinas habrán desaparecido bajo los rayos cada vez más cálidos de Omega. Así, pues, alguna unanimidad reinante sobre la masa entera de la Noosfera. Es decir, la convergencia final operándose en la paz. Una tal salida, indudablemente, serla la más armónicamente conforme con la teoría.

Pero puede acontecer también que, al seguir una ley a la cual todavía no escapó nada en el Pasado, el Mal, creciendo con la misma intensidad que el Bien, alcanzará finalmente su paroxismo, él también, bajo una forma específicamente nueva.

No existen cimas ni abismos.

Las potencialidades desprendidas dentro de la Humanidad por el juego interno de su cohesión serán inmensas. Aun es posible que mañana, como lo fue ayer y lo es hoy, esta energía pueda operar de forma discordante. Así, pues, ¿sinergía mecanizante bajo la fuerza bruta?, ¿o sinergía en el seno de la simpatía? Es decir, ¿buscando el Hombre la maturación sobre sí mismo de forma colectiva? 0, de una manera personal, ¿hacia un alga superior a sí mismo? ¿Refutación o aceptación de Omega?… Desde luego, puede nacer un conflicto. En este caso, y por causa del mismo proceso que la agrupa y durante su curso, la Noosfera, llegada a su punto de unificación, se dividiría en dos zonas, atraídas respectivamente hacia dos polos antagónicos de adoración. Así, pues, el Pensamiento nunca unido de una manera completa aquí abajo sobre sí mismo. El amor universal, no llegando a vivificar ni a separar finalmente, con el objeto de consumarla, más que una fracción de la Noosfera, aquella que se decidiese a «dar un paso» fuera de sí misma hacia el Otro. Par una última vez todavía, la ramificación.

Por lo que hace referencia a esta segunda hipótesis, más conforme, ella misma, con los Apocalipsis tradicionales, tres curvas irían ascendiendo quizá a nuestro alrededor y simultáneamente hacia el porvenir: reducción inevitable de las posibilidades orgánicas de la Tierra, cisma interno de la Conciencia crecientemente dividida hacia dos ideales opuestos de evolución, atracción positiva del Centro de los centros en el corazón de los que se vuelven hacia él. Y así, la Tierra acabaría en aquel triple punto en el que, por una coincidencia muy conforme con las maneras de la Vida, se encontrarían estas tres curvas y alcanzarían allí, simultáneamente, su máximo.

Muerte del planeta, materialmente agotado; desgarramiento de la Noosfera en desacuerdo sobre la forma que sería necesario dar a su unidad, y simultáneamente, y dando con ello toda su significación y todo su calor al acontecimiento, liberación del tanto por ciento de Universo que haya conseguido a través del Tiempo, del Espacio y del Mal, sintetizarse de manera laboriosa hasta su meta.

No ya, pues, un progreso indefinido, hipótesis contradicha por la naturaleza convergente de la Noogénesis, sino un éxtasis fuera de las dimensiones y de los marcos del Universo visible.

El éxtasis en la Concordia o en la Discordia; pero tanto en uno-como en otro caso, por un exceso de tensión interior.
Con ello, la única salida biológica conveniente y concebible para el Fenómeno Humano.

Entre aquellos que hayan intentado leer hasta el final estas páginas habrá muchas que cerrarán el libro insatisfechos y recelosos, preguntándose si yo les habré conducido a través de los hechos, de la metafísica o del ensueño.

Pero ¿habrán comprendido bien, los que así vacilen, las condiciones saludablemente rigurosas que la coherencia del Universo que hoy admite todo el mundo impone a nuestra razón? Una mancha que aparece sobre una película. Un electroscopio que se descarga indebidamente. Es ya suficiente para que la Física se vea forzada a aceptar en el átomo fantásticos poderes. De manera semejante, si se intenta encuadrar de manera completa al Hombre, en cuerpo y afina, dentro del dominio de lo experimental, uno se halla obligado a reajustar enteramente y a su medida las capas del Tiempo y del Espacio.

Para conceder un lugar al Pensamiento dentro del Mundo me ha sido necesario interiorizar la Materia, imaginar una energética del Espíritu, concebir, a contracorriente de la Entropía, una Noogénesis ascensional; dar un sentido, una flecha y unos puntos críticos a la Evolución; hacer se replieguen finalmente todas las cosas en un Alguien.

En esta ordenación de valores me pude equivocar sobre muchos puntos. Que intenten, pues, otros hacerlo mejor.

Todo cuanto quisiera es haber hecho sentir, con la realidad, la dificultad y la urgencia del problema, el orden de magnitud y forma a las que no puede sustraerse la solución.

No cabe otra posibilidad que la de un Universo irreversiblemente personalizante, capaz de contener a la persona humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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