“LA ÚNICA IGLESIA QUE ILUMINA ES LA QUE ARDE”. Iglesia, Fascismo y Represión.

[1] “La única iglesia que ilumina es la que arde” (Kropotkin)

Por Marcos Cárdenas

Artículo publicado el 16 de agosto de 2013 en
 
 

Conocido es este adagio popular, que se extendió en la Guerra Civil Española por boca del revolucionario anarquista Buenaventura Durruti, aunque algunos estudiosos comentan que la frase es de Piotr Kropotkin. Caminando por la Alameda y otras calles céntricas, he observado rayados con esta frase en los muros de varias iglesias, y se me vienen a la mente distintas fechas en que han querido “prender fuego” a la Iglesia. El 25 de agosto del 2011 (en el marco de la doble jornada de paro nacional) un grupo de personas prendió fuego a las puertas de la Iglesia de la Gratitud Nacional, ubicada en Alameda con Ricardo Cumming. El 25 de Octubre de 2011, el 16 de diciembre de 2011, el 11 de Septiembre de 2012 y el 07 de mayo de 2013, evacuaron la Catedral de Santiago por aviso de bombas, algunas caseras y otras falsas alarmas. La pregunta que me surge con respecto a estos actos (repudiables en todo caso) es ¿qué iglesia se quería quemar?, ¿qué significan estos signos?

Por un lado, considerar que la quema de las puertas de la Gratitud Nacional y la instalación de artefactos explosivos en la Catedral de Santiago, se enmarcan dentro del descontento (indignación) generalizado contra toda institución, entre ellas el Estado, el Congreso, el Poder Judicial, las FF.AA y de “orden”, las iglesias, entre otras. Por otro lado, sabemos que la presencia de la Iglesia “molesta”, y el violento intento de incendio de este templo y las alertas de bombas es un mensaje clarísimo de incomodidad para un grupo de personas. Trataré de ir más allá: creo que la Iglesia que intentaron quemar fue nuestra Iglesia, porque dejó de ser creíble para vastos sectores de nuestro país.

Es necesario alertar respecto de los peligros de una iglesia que se hace arbitraria, intimista y menos solidaria. Se requiere dar cuenta del porqué necesitamos una institución: necesitamos una Iglesia que ilumine y que nos haga arder; estoy seguro que así nacerá una Iglesia más sencilla, más cercana a la gente, los pobres y excluidos con un lenguaje entendible, como lo soñara hace cincuenta años el Vaticano II.

Duele ver una Iglesia que no tiene nada que decir, o si tiene algo que decir en el caso de nuestros pastores, es para responder en qué van las causas de los sacerdotes acusados de abuso sexual. Duele ver una Iglesia que trata de arreglar “sus asuntos” o “sus problemas” en silencio y no transparenta el mensaje de Jesús (se han dado pasos enormes). Creo que necesitamos con urgencia de una espiritualidad sana, que no controle ni pretenda homogeneizar todo, que no segregue lo profano de lo sagrado: la vida es trigo y cizaña, está mezclada.

Recuerdo que un jesuita (Jorge Costadoat SJ) escribía que el amor “… mucho más tiene que ver con la observancia de los Derechos Humanos, con la superación de la pobreza extrema, que con la proliferación de las estampitas…”. La espiritualidad de Jesucristo acaba con la disociación entre lo pagano y lo sagrado: cuando Jesús sintetice todas las cosas, la hostia no será más venerable que el pan común y corriente. La Eucaristía está incompleta —decía Pedro Arrupe SJ—, mientras haya hambre en el mundo.

La entrevista que le hicieron a Felipe Berríos SJ en el programa de TVN, “El Informante”, también es un intento de “quemar” la Iglesia. El problema de él, es que con el ejemplo de sus obras, mostró cuán absurdo es reducir la doctrina a un código de conducta relativo a la vida sexual de las personas y la fe a un puñado de creencias prodigiosas. Felipe insiste en lo obvio: que la moral no consiste en aplicar un vademécum a los desafíos que nos presenta la vida, sino en discernir lo que, en cada caso, debe estimarse correcto.

Un cura opinante que, en vez de creer que acumula un conjunto de verdades en todas las esferas de la vida, cree que su fe no lo absuelve ni de vacilar ni de decidir. Es absurdo pensar que tener fe es lo mismo que adherir, a pie juntillas, a una ortodoxia, y pensar que cuidar la verdad teológica, es lo más importante de la vida.

No es raro, entonces, que el puñado de católicos que se indignan con el ejemplo de Felipe, guardaran ruin silencio, frente al delincuente de Marcial Maciel.

Es necesario alertar respecto de los peligros de una iglesia que se hace arbitraria, intimista y menos solidaria. Se requiere dar cuenta del porqué necesitamos una institución: necesitamos una Iglesia que ilumine y que nos haga arder; estoy seguro que así nacerá una Iglesia más sencilla, más cercana a la gente, los pobres y excluidos con un lenguaje entendible, como lo soñara hace cincuenta años el Vaticano

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SUMARIO:

[1] “La única iglesia que ilumina es la que arde”, por Marcos Cárdenas

[2] SE HACE PÚBLICA LA BATALLA QUE LIBRAN EN LA CÚPULA DE LA IGLESIA ESPAÑOLA LOS OBISPOS “ANTI PAPA FRANCISCO” Y SUS CONTRARIOS, por ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL

[3] Iglesia, Fascismo y Represión, Primera Parte, por Paco de Jerez

[4] Iglesia, Fascismo y Represión, Segunda Parte, por Paco de Jerez

[5] La Iglesia de Franco, por Julián Casanova

[6] Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España, de 1 de julio de 1937

[7] Morir en fila, por JULIÁN CASANOVA

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[2] SE HACE PÚBLICA LA BATALLA QUE LIBRAN EN LA CÚPULA DE LA IGLESIA ESPAÑOLA LOS OBISPOS “ANTI PAPA FRANCISCO” Y SUS CONTRARIOS

Por ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL

Artículo publicado el 3 de enero de 2019 en
 

“La extrema derecha se lo ha puesto en bandeja a obispos tales como Munilla, Demetrio, Reig y otros…”

 

 

Desde hace decenios un silencio propio de cementerios parecía envolver todo lo que se refería las cuitas y batallas en la cúpula de la Iglesia Católica española. Pero de un poco tiempo esta parte los movimientos telúricos en el seno de la jerarquía eclesiástica han comenzado a irrumpir con fuerza virulenta. Una oposición compuesta por más de una treintena de obispos, caracterizados todos ellos por sus nostalgias franquistas y su olor a naftalina, se resisten panza arriba en contra de las propuestas de reformas dentro de la Iglesia enunciadas por el Papa Francisco.

Bajo el título de “2018: el año en que la Iglesia española se partió en dos”, el periódico “Religión Digital”  publicó un artículo en el que se  proporcionaban datos en torno a   la situación actual de la Iglesia Católica española. Según el citado artículo la Iglesia española se encuentra  gravemente fracturada en su cúspide entre dos sectores aparentemente irreconciliables: los que se encuentran en posiciones abiertamente en contra de las reformas propuestas por el Papa Francisco, y aquellos que son favorables a las mismas. De acuerdo con los datos que proporciona este magazine religioso, los primeros coincidían con los sectores más reaccionarios de la jerarquía eclesiástica, integrados por los prelados leales al nacional-catolicismo franquista. La“fracción” contraria la compondrían diferentes corrientes “liberales”,favorables al seguimiento de las directrices marcadas por el Papa argentino

El autor del artículo y redactor jefe de “Religión Digital”,  Jesús Bastante, no considera, sin embargo, que esta abierta confrontación que se está produciendo suponga para la Iglesia un hecho negativo, sino todo lo contrario.  Estima que después de decenios se ha roto un silencio que tenía desorientados a no pocos fieles de base. Por fin, algunos altos jerarcas de la institución han terminado “quitándose la careta”,presentándose públicamente tal y como ideológicamente piensan.

“No es necesariamente malo, –se dice en el  artículo citando la opinión de un obispo– pero por fin algunos se han quitado la careta. Y sí, la Iglesia, o mejor dicho, los obispos, estamos divididos en dos”.

De acuerdo con el digital, en el momento actual el Episcopado español se encuentra gravemente fragmentado en dos sectores enfrentados y aparentemente irreconciliables, pero que no obstante   continúan presidiendo “una institución hecha jirones”

Más adelante, el artículo que figura en la portada principal del digital, se pregunta sobre cuál ha sido realmente el perfil que la  Iglesia Católica española  ha tenido lo largo del año que acabamos de dejar atrás:

“¿Cuáles son los principales hitos del año que concluye en lo tocante a la Iglesia española? – se pregunta su redactor jefe-.Franco, las inmatriculaciones, los abusos a menores y su respuesta, el alejamiento de una sociedad que, como señalan las encuestas, cada vez está más secularizada, y el grito de los laicos comprometidos son algunos de sus principales perfiles” .

Y agrega esta publicación religiosa:

“Por primera vez en décadas, la Iglesia de base parece querer despertar, y cambiar el formato de la pirámide,favorecidos, desde Roma, por el impulso del Papa Francisco.Una Iglesia que, en cambio, sí supo dar respuesta al drama de los refugiados, mal que le pese a muchos obispos que, ya sin caretas, comienzan a apostar por las políticas anti-Evangelio de Vox” .

Según Jesús Bastante, el desbancamiento  de Rajoy ha cogido laIglesia española fuera de juego, con el paso cambiado, destartalada ysin saber qué decir ni qué hacer. No obstante, en opinión del articulista, la presencia en Roma del Papa Francisco está jugando a favor del sector “progresista” de la jerarquía eclesiástica.

Para Jesús Bastante, dictador Franco  ha continuado marcando durante el 2018, la hoja de ruta de la Iglesia Católica española. Y ello sucede así pese a que -según el periodista- muchos prelados desean que  la Iglesia mire definitivamente hacia adelante. Pero la oposición de los obispos  más reaccionarios que “tratan de resucitar viejos fantasmas  a partir de la figura del general que rigió los destinos de España durante cuatro décadas” sigue siendo extraordinariamente fuerte y poderosa, por una parte.  Y la impericia de los obispos “pro Papa Francisco”, desalentadora. El articulista agrega, igualmente, queel resurgir de la extrema derecha se lo ha puesto en bandeja obispos tales como   Munilla, Demetrio, Reig y otros…

En cualquier caso “Religión Digital” indica que a estas alturas los obispos ‘anti Papa Francisco’han terminado quitándose la careta.De acuerdo con  las estimaciones hechas por el articulista, al menos una treintena de obispos se han manifestado opuestos al pontificado del Papa Francisco, y están intentando “tomar por asalto” la Secretaría General.

 En otra parte del artículo, su autor personaliza con nombres y apellidos cuál es el estado de la correlación de fuerzas  en el seno de la jerarquía eclesial en el momento presente:

“El arzobispo de OviedoJesús Sanz Montes, es el hombre de la restauración, el sustituto natural de Rouco Varela toda vez que Fidel Herráez ya está de retirada. El prelado franciscano es, con mucho, el arzobispo más joven de los que, en 2020, aspirarán a la presidencia (Blázquez, Osoro, Omella o Cañizares ya estarán en edad de jubilación), y quiso comenzar la Reconquista colocando a uno de sus hombres,Jorge Fernández Sangrador, al frente de la portavocía en el Episcopado.

Casi lo logra. Apoyado por Rouco Varela, una treintena de obispos quisieron reflejar, en este nombramiento, la resistencia al estilo que Francisco quiere imponer en nuestra Iglesia y que, en honor a la verdad, los ‘hombres del Papa’ en España, no han sabido implementar. Sin embargo, en una estrategia conjunta, Blázquez, Osoro y Omella consiguieron que el elegido fuera Luis Argüello.

Pero la batalla ya está planteada. Y los obispos ‘anti-Francisco’se han quitado la careta. Los Demetrio, Asenjo, Zornoza, Munilla, Reig, Sanz, Camino, Martínez, Herráez…ya están en campaña. 2019 será muy interesante en este sentido”, concluye escribiendo “Religión Digital”.

Continuaremos informando en la medida en que  nuestras fuentes de información  en relación con  esta  encarnizada “batalla entre príncipes”, ignorada no sólo por  la opinión pública sino, incluso, por amplios sectores de la base de la propia iglesia.

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[3] Iglesia, fascismo y represión

Por Paco de Jerez

Artículo publicado el 29 de junio de 2008 en 

 

Ya desde el 14 de abril de 1931 la Iglesia Católica se manifestó abiertamente contraria a la II República Española. Las figuras de los cardenales Segura y Gomá se convirtieron en el eje del fundamentalismo católico español antirepublicano. Otras personalidades destacadas del clericalismo se significaron por su actividad contra la República. Eugenio Vegas Latapié, fundador de Acción Católica, estuvo implicado en varios intentos de atentados en el Parlamento y contra la figura del presidente de la República Manuel Azaña.Con el golpe de Estado de los militares traidores en 1936, la Iglesia se declara a favor de los golpistas y les presta con entusiasmo todo su apoyo moral, ideológico, material y humano. El obispo de Teruel (beatificado en 1995) pedía el voto en febrero de 1936 para las derechas “por Dios y por España”, organizando y financiando al comienzo de la guerra un grupo de guerrilleros fascistas en las sierras de Albarracín. En la Carta colectiva de los Obispos españoles (subscrita por 43 obispos y 5 vicarios capitulares) a los obispos de todo el mundo con motivo de la Guerra de España, firmada el 1 de julio de 1937, por la que se confirmó el apoyo definitivo de la jerarquía de la Iglesia española al bando franquista, los obispos dicen tener consuelo de poder decir que “al morir sancionados por la Ley, en su inmensa mayoría nuestros comunistas se han reconciliado con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto impenitentes sólo un 2 por ciento, en las regiones del sur no más de un 20 por ciento. Es una prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo”. Y decía el Obispo Miralles de Mallorca: “Sólo un 10 por ciento de estos amados hijos nuestros han rehusado los santos sacramentos antes de ser fusilados por nuestros buenos oficiales“. El cardenal Gomá dijo en Budapest, durante el Congreso Eucarístico celebrado en aquella ciudad en mayo de 1938: “Paz, sí. Pero cuando no quede un adversario vivo“. Este apoyo continuó durante la ejecución de las terribles operaciones de represión de los sublevados contra los fieles al gobierno legal y dio cobertura ética y sirvió de justificación a las atrocidades cometidas en los campos de concentración, en las prisiones y en las cárceles por los franquistas y los en su campaña de exterminio de los contrarios. Estas actuaciones criminales de la Iglesia Católica figuran en textos de decenas de páginas web y en cientos de trabajos, investigaciones y tesis publicados en losúltimos años. En muchos de ellos podemos leer, entre otros muchos ejemplos, los referidos a actuaciones de miembros de la Iglesia durante el desarrollo de la Guerra. Así:

El cura de Valderas (León), con su pistola al cinto, marcaba los objetivos a eliminar por las escuadras de la muerte de los sublevados. En los tres primeros días del golpe y con la colaboración del sacerdote, la represión en este pueblo se llevó por delante a unas 120 personas”.

“El cura de Zafra (Badajoz), Juan Galán Bermejo, alcanzó fama de sanguinario. Cuenta Peter Wyden en su libro “La guerra apasionada”Luciano Zainos, de once ańos,con sus padres y cinco hermanos estaba entre el centenar de aterrorizados ciudadanos que buscaron refugio en el sótano de la catedral. Al asomarse para echar un vistazo, Luciano vio cómo los legionarios entraban al asalto pasando las gruesas puertas tachonadas de gruesos clavos, iban a la caza de presa oculta en la iglesia. Juan Galán Bermejo, que había sido el cura de Zafra (Badajoz) y ahora capellán de la 11ª bandera del 2º Regimiento, estaba entre los asaltantes. Descubrió a un miliciano escondido en un confesionario y lo mató con su pistola, no era ésta la primera de las ejecuciones privadas del padre Galán, que estaba orgulloso de todas. Pocos días más tarde, en el despacho del gobernador civil de Badajoz, Antonio Bahamonde, de la comandancia del general Queipo de LLano, le pidió al padre que le dejase ver la pistola que había usadoen la catedral. Galán la mostró y dijo: “Aquí está. Esta pistola ha librado al mundo de más de un centenar de revolucionarios“. El cura de Zafra se encargó de marcar a quienes debían matar. A preguntas de Marcel Dany, de la Agencia Hava, el cura de Zafra respondía que“to­davía no hemos tenido tiempo de legislar cómo y de qué manera se­rá exterminado el marxismo en Es­paña; por eso, todos los procedi­mientos de exterminio de estas ratas son buenos. Y Dios, en su inmenso poder y sabiduría, los aplaudirá”. El cura Juan Galán siempre portaba una pistola de do­tación sobre la sotana, y fue el eje­cutor directo de unos 750 asesinatos”.

También en Badajoz, “el cura Isidro Lombas (o Lomba) Méndez participó en la represión, pues elaboraba las listas de quienes aún vivían y había que de­tener para llevarlos a la Plaza de Toros. Según puede leerse en un artículo de investigación de Alfredo Disfeito, Andreu García Ribera y Federico Pérez-Galdós publicado en el periódico EL OTRO PAÍS), “aquellas ejecuciones (decía Yagüe), eran gratamente presenciadas por res­petables y ‘piadosas’ damas”, según escri­bió Martínez Bande en La marcha sobre Madrid; también aplaudían “los jovencitos de San Luis, eclesiásticos, virtuosos frailes y monjas de alba-toca”. “Las ametralladoras no paraban. Hasta tal punto que, varias veces, fueron reemplazados los ti­radores. Entre los que nunca faltaban, el cura Isidro Lombas Méndez un gran cazador de rojos…”.

En Navarra, según se recoge en el libro “Navarra 1936. De la esperanza al Horror” editado por Altafaylla, “muchos de los que iban a ser fusilados eran llevados ante el párroco Antonio Ona para ser confesados. Uno de ellos, Julio Pérez , concejal de UGT, resultó malherido tras una penosa huida. Mientras estaba en el hospital, su madre, asidua al confesionario de Antonio Ona , intercedió ante su hijo aunque sólo obtuvo unas palabras que el párroco solía emplear en otros casos: “Mira hija, si lo matan ahora irá al cielo. Si no lo matan, volverá a la andadas y se condenará. ¿Qué mejor momento para morir que ahora que está confesado?”. En ese mismo libro se cuenta cómo Ona partió al frente donde “anduvo luciendo pistola y uniforme de campaña“. Al poco tiempo fue nombrados canónigo de Pamplona y en 1956 ascendió a Obispo de Mondoñedo.

El que más tarde fuera obispo de Bilbao, Antonio Añoverosllevó a cabo la labor de confesor en la matanza de las Bardenas, según relata Galo Vierge en su obra Los culpables (Pamiela).

El cura de Obanos (Navarra), Santos Beguiristáin, participó activamente en la lucha contra los vecinos republicanos de Azagra y destacó por su afición a elaborar listas . Los fusilados (71) los catalogaba como “muertos por el peso de la justicia“.

También es reseñable la historia del entonces párroco de Egüés. Al parecer, por una mera razón de disputa personal (el médico prefería ir a misa a otro pueblo de al lado con cuyo párroco jugaba a cartas) delató a este profesional llegado de Bilbao. Comenzada la guerra un día vinieron a buscar al médico con una orden de detención. Ëste logró saber que detrás de la denuncia estaba el cura.

El cura Fermín Izurdiaga (Pamplona, 1905 -1981), sacerdote, poeta, orador y periodista, fue falangista y fundador de “Arriba España” y de “Jerarquía.Revista negra de la Falange”. En su primer ejemplar quedaba claro el ideario del periódico: “¡Camarada! Tienes obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas. ¡Camarada! ¡Por Dios y por la Patria!”. Tras la Guerra Civil, el diario continuó como divulgador de las consignas del falangismo. Izurdiaga participó en muchos actos de exaltación fascista y era conocido por sus encendidas alocuciones

Un capellán castrense entró en los barrios obreros sevillanos de La Macarena con la columna de legionarios y falangistas “a sangre y fuego”. También el cura de Rociana (Huelva) insistía repetidamente para que se fusilara a más gente en su pueblo, porque las 200 que ya habían asesinado le parecían pocas. Existen además numerosos testimonios de curas disparando ametralladoras desde los tejados en el libro “Historias orales de la guerra civil” de Bullón de Mendoza, A. y de Diego, A.

Y tampoco debemos olvidar el papel que voluntariamente se asignaron a sí mismos muchos sacerdotes durante la represión de postguerra. Por ejemplo:

“En la cárcel franquista de la isla de San Simón, Galicia, un cura con su pistola al cinto se encargaba de administrar justicia y ésta no era divina precisamente”.

Más conocido fue el caso del cura del penal de Ocaña era conocido como el “cura verdugo” porque era el encargado de dar los tiros de gracia. Así puede leerse en los versos de Miguel Hernández, escritos a hurtadillas en 1941 la cárcel de Ocaña poco antes de que lo dejaran morir:

 

Muy de mañana, aún de noche,

Antes de tocar diana,

Como presagio funesto

Cruzó el patio la sotana.

¡Más negro, más, que la noche

Menos negro que su alma

El cura verdugo de Ocaña!

 

Llegó al pabellón de celdas,

Allí oímos sus pisadas

Y los cerrojos lanzaron

Agudos gritos de alarma.

“¡Valor, hijos míos,

que así Dios lo manda!”

Cobarde y cínico al tiempo

Tras los civiles se guarda,

¡Más negro, más, que la noche

Menos negro que su alma

El cura verdugo de Ocaña!

 

Los civiles temblorosos

Les ataron por la espalda

Para no ver aquellos ojos

Que mordían, que abrasaban.

 

Camino de Yepes van,

Gigantes de un pueblo heroico,

Camino de Yepes van.

Su vida ofrendan a España,

Una canción en los labios

Con la que besan la Patria.

 

El cura marcha detrás,

Ensuciando la mañana.

¡Más negro, más, que la noche

Menos negro que su alma

El cura verdugo de Ocaña!

 

Diecisiete disparos

Taladraron la mañana

Y fueron en nuestros pechos

Otras tantas puñaladas.

 

Los pájaros lugareños

Que sus plumas alisaban,

Se escondieron en los nidos

Suspendiendo su alborada.

 

La Luna lo veía y se tapaba

Por no fijar su mirada

En el libro, en la cruz

Y en la “star” ya descargada.

Menos negro que su alma

El cura verdugo de Ocaña!

 

En los libros ”¡Alerta los pueblos!” y “España heroica”, escritos ambos por Vicente Rojo puede leerse: “…cuando los presos estaban “en capilla”, esperando su ejecución para la madrugada, un sacerdote, se acercaba a los condenados con el fin de confesarles, hacerles besar la Cruz de Cristo y señalarles que con toda justicia iban a ser ejecutados, pero que Dios, en su infinita bondad, les perdonaría en el otro mundo; esto para los que aceptaban tal “receta”; para los que se negaban a ello les esperaba una sutil venganza por parte del cura y del oficial del pelotón de ejecución; parece ser que informado dicho “mando” por el representante religioso de la negativa del reo a confesar, comulgar y arrepentirse de sus pecados, se ordenaba al pelotón de fusilamiento lo siguiente: “A ése, no le matéis de primera, dejármelo a mí para el tiro de gracia. Y así se hacia. Cuando el capitán ó teniente, bien cargadito de alcohol, se acercaba al reo, que había recibido varios disparos no mortales de necesidad, se le miraba con ojos de “justiciero” y se le decía estas últimas palabras: “ahora te voy a dar el tiro de gracia, pero viviendo, para que así te des cuenta de que te vas al otro mundo”.

El padre Vendrell, sacerdote jesuita, diría a los republicanos prisioneros que iban a ser fusilados de madrugada: “No tened miedo, porque los moritos tienen muy buena puntería y no os harán ningún daño”, y agregaba con fervor: “Vosotros sí que sois bienaventurados, puesto que conocéis el momento exacto en que ha de veniros la muerte, y así podéis poneros en paz con Dios, que es lo único que debe importaros”.

Enel fichero http://es.geocities.com/gomez_urdanez/quel/pdfs/quelhist7.pdf puede leerse que “…los vencedores, que empezaban a desfilar, eufóricos, en camionetas, con uniformes y armas, eran bendecidos por algún cura de la comarca: en Quel fue muy activo el cura don Higinio Arpón, amigo del también sacerdote calagurritano Francisco Lajusticia, que vestía el uniforme de Falange, con pistola al cinto…“ “…las víctimas quedaban a la espera de que viniera la camioneta, la “camioneta de la muerte”, con hombres de Arnedo y otros pueblos –algunos tristemente famosos-, dispuestos a hacer el trabajo sucio: matar. Con ellos iba a veces ese cura de Calahorra, vestido con el uniforme de la Falange, el ya citado don Francisco… La Rioja Baja, como La Ribera navarra, se pobló de curas con pistola al cinto, boina colorada y actitudes extremadamente criminales….”.

El preso veterano Isaac Arenal Cardiel narra lo siguiente en su libro “95º Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores”“Al capellán de la prisión [de Valdenoceda] le llamábamos “Palo Largo”. Era un individuo de aspecto siniestro o por lo menos nosotros así le veíamos. Era en la “práctica” el director de la cárcel, pues allí se hacía lo que a él le venía en ganas y tenía una “lista negra”…..”Palo Largo” hizo el comentario “cuando tengan que salir en libertad condicional estos réprobos y masones van a saber quien soy yo”. Este individuo tenía la potestad, ilegal a todas luces, pero consentida por el director de retener varias semanas o meses a los reclusos en el momento de comunicarles “su libertad”. Tenían que pasar por él para ver como andaban de religiosidad”.

Por último, vengo a reflejar aquí un extracto de las “Memorias” de Ernesto Sempere Villarrubia“Uno de los episodios más duros que viví en el Penal ocurrió durante la llamada ‘comunión general’ del domingo de Resurrección de marzo de 1941 (tras la festividad de Semana Santa). Semanas antes, los jesuitas de Oña habían preguntado y obtenido los nombres de trece de los presos que podrían tener influencia sobre los demás en labores de captación. Y, entre los elegidos (médicos, ingenieros, un catedrático de instituto, etc.), me incluyeron a mí por no sé que ignorados méritos. En virtud de ello, tuve que soportar el asalto de varios jesuitas, empeñados en que “deberías dar ejemplo como católico; sabemos que lo eres”. Les confirmé mis creencias religiosas pero insistí en que hacía ocho meses que mi padre, republicano, idealista e inocente de delitos de sangre, había sido fusilado. Y yo los asociaba instintivamente con los asesinos. Ante sus protestas, yo porfiaba en mi razonamiento: “Ustedes no serán culpables, pero sus amigos sí.” Nada pudieron conseguir. No sólo no comulgué, si no que, en plena misa solemne y en la consagración, permanecí de pie con un numeroso grupo, mientras el resto de penados y autoridades se arrodillaban. Exteriorizábamos así nuestra protesta por tantos atropellos, por tanto dolor, por tantos muertos en el penal, por tanta ignominia. Aquel acto se tomó como sedición. Durante semanas, estuvimos sometidos al acoso de los responsables del Penal y el ambiente era muy tenso. Una noche, llamaron a formar al grupo llamado ‘Los 13 de la Fama’. Éramos los siguientes: Pablo Ávila Menoyo, Humberto Blanco Moreno, Manuel Castillo García-Negrete, Santiago De la Cruz Touchard, Luis Díaz Serrano, Angel Galarreta Maestre, Pedro Garrigos Sevilla, Juan Antonio Gaya Nuño, Juan José Genose Coronas, José Goicuría Ibarra, Antonio Moraleda Gutiérrez, Manuel Pons Quibus y Ernesto Sempere Villarrubia. La Guardia Civil se presentó en el penal. Nos ataron a todos los compañeros, unos a otros, con alambres. Nos metieron en un camión. Y el camión arrancó. En ese momento, estábamos seguros de que íbamos a ser fusilados..” (en represalia por no comulgar, fueron deportados a la Prisión Provincial de castigo de Las Palmas de Gran Canaria).

 

El padre Pérez del Pulgar, alma del franquista Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo, en una imagen propagandística
El Padre jesuita Martín Colom en misión evangelizadora en la Prisión Especial de regeneración y reforma de Calzada de Oropesa, Toledo, 1941.
Misa en la galería de la Prisión de mujeres de Segovia, en 1954

 

Mujeres presas en la prisión de Segovia
Procesión del Corpus en la cárcel de mujeres de Ventas de Madrid. 1939
Misa en la galería de la Cárcel Modelo de Barcelona. 1946
Esta imagen puede consultarse en el excelente trabajo “Cautivos” de Javier Rodrigo, Editorial Crítica, Barcelona 2005, con el siguiente pie de foto: “campo de de San Pedro de Cardeña [Burgos]. Celebración eucarística”.

 

Misa en el interio de la Cárcel Modelo de Barcelona, con ocasión de la fiesta de La Merced, patrona de los presos. 24 septiembre de 1955

 

Un preso ante la Junta de Libertad Vigilada de la Cárcel Modelo de Barcelona. Dos monjas, un militar, un falangista, el director de la prisión y algún civil más le escrutan atentamente. 3 de abril de 1944

 

Post Scriptum: para el monje benedictino de la abadía de Montserrat Hilari Raguer “la Iglesia española, en la guerra civil, no fue pacífica ni pacificadora…atizó el fuego y se comportó en general de forma muy poco misericordiosa.”.
 
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[4] Iglesia, Fascismo y Represión, Segunda Parte (ver primera el 29/06/2008)

Por Paco de Jerez

Artículo publicado el 1 de diciembre de 2008 en 
 
 
El traidor general Franco, ataviado cual heroico paladín a la búsqueda del Santo Grial y revestido de un aura artúrica, rodeado de sus simbólicos apoyos y sustentos: la Iglesia Católica, el ejército colonial africano, la Falange, el Tradicionalismo y ¿cómo no?, el inefable Santiago Apostol (y su blanco caballo). Origen incierto de la imagen


En estos aciagos días en los que la memoria y el testimonio de verdad y justicia sufren tantos embates por parte de aquellos interesados en seguir perpetuando la desigualdad y la mentira, la Iglesia Católica continúa, veladamente unas veces y a los cuatro vientos otras, con su rearme moral e ideológico y prosigue su particular cruzada en favor de la recuperación de su propia memoria histórica.

 
La sacrosanta Institución, históricamente experta en moldear el presente, ajustándolo de forma harto “caritativa” (ya se sabe, …empieza por uno mismo) a sus intereses y necesidades –aún a costa del sufrimiento y la opresión de decenas de generaciones humanas de desposeídos– siempre se ha caracterizado por reinventar a la manera del Gran Hermano orwelliano su propio pasado y el de sus adversarios, acomodándolo a su conveniencia, recreándolo y maquillándolo, suprimiendo del recuerdo y de los textos coetáneos sus manifiestos errores y fabulando y mistificando hagiográficamente su panegírico de aparentes virtudes, supuestamente heroicas, sacras e inspiradas por el Espíritu Santo.

En línea con este mecanismo recreador de un pasado inexistente, la Iglesia Católica española ha ocultado del conocimiento histórico e historicista de los españoles de a pié su responsabilidad directa en la mayor parte de las guerras, matanzas, calamidades e injusticias sufridas por la humanidad en los últimos 20 siglos. Y particularmente en nuestro país, así lo ha hecho –y aún lo hace– cubriendo con un manto de espeso silencio el oprobioso papel histórico que desempeñó haciendo frente a los ideales de libertad inspirados en la Revolución francesa, al constitucionalismo de 1812, al liberalismo de 1820, al tímido parlamentarismo isabelino, al republicanismo de La Gloriosa y al igualitarismo de finales del XIX y de todo el XX. La católica inspiración del motín de Esquilache y de los 100.000 Hijos de San Luis, las fanáticas conspiraciones involucionistas de las que el cura Jerónimo Merino fue uno de sus máximos exponentes, los desvaríos regicidas del otro cura Merino (Martín), o las intrigas palaciegas del Padre Claret y de la Monja de las Llagas, fueron sólo hechos puramente anecdóticos que permitieron a la plebe y la burguesía del Diecinueve apreciar y comenzar a rechazar la poderosa influencia de una Iglesia retrograda e inmovilista en la vida política y social de España.

Este papel reaccionario, rijosamente (con perdón) autoadjudicado para sí misma por la Jerarquía episcopal patria, se mantuvo y agudizó durante el desarrollo del obrerismo en los treinta primeros años del XX. Herida en su propia alma, viendo amenazados sus privilegios y su holgada posición de poder e influencia y en peligro su cuenta de resultados y su ingente inventario inmobiliario, la Curia y los pastores parroquiales de la Iglesia católica española satanizaron y persiguieron desde el púlpito y desde los medios de comunicación y la clase política reaccionaria en los que tenía influencia, a los individuos y partidos que durante los últimos 200 años defendieron la consecución real de la igualdad, la difusión de la educación y la cultura, el legítimo espíritu de laicismo y secularización de la vida pública y de la enseñanza, la universalización de los derechos políticos y, en suma, la equidad en la distribución de la riqueza y de los excedentes asimétricamente acumulados en manos de unos pocos. Por ello, el mismo 14 de abril de 1931 no sorprendió a nadie que el Cardenal Primado, los Obispos y los párrocos se alzaran fulgurantemente y con verbo pavorosamente encendido contra la II República, una vez proclamada ésta tras la huída y abdicación de Alfonso XIII, aún para la Iglesia rey por la gracia de Dios. “Sois ministros de un Rey que no puede ser destronado, que no subió al trono por votos de los hombres, sino por derecho propio, por título de herencia y de conquista” (Manuel Irurita, obispo de Barcelona). Interpretaba la Iglesia este republicanismo exultante como un intolerable sacrilegio, anatema del que no se libraban los partidos progresistas y colectivistas. Y ya en mayo del 31, el cardenal primado Segura publicó una agresiva pastoral sobre la conducta hostil que los católicos debían seguir ante el nuevo Régimen democrático y progresista, marcando así la pauta beligerante que habría de mantener la Iglesia hasta el tan ansiado por ella aniquilamiento final de la Segunda República y el exterminio de sus dirigentes, defensores y simpatizantes, una vez triunfante el sanguinario golpe de estado fascista del 17 de julio de 1936.

Tras los 40 años de terrible dictadura durante los que la Iglesia se convirtió en la principal institución beneficiaria de las injusticias y de la opresión a la que involuntariamente fue sometida su grey, hoy –finales de 2008– retoma con brío su supuesto papel de víctima de la Guerra Civil y tremola con fruición el macabro martirologio, aprestándose para la nueva batalla con viejos embustes. Pero éstos quedan vacíos y hueros cuando es la propia Iglesia la que habla reveladoramente de su propia crueldad y vesania. Así pudo leerse en la entrada que con fecha del pasado 29 de junio escribí en este blog bajo el título “Iglesia, fascismo y represión” y también en los siguientes textos, selecto florilegio de actitudes, hechos, disparates y barbaridades cometidos por nuestra racial y española Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Veamos algunos de ellos:
Sacerdotes españoles en un plaza de toros no identificada. ¿Años 20 ó 30, siglo XX? Origen incierto de la imagen.
 
“El sacerdote Alejandro Martíne, le contó a Ronald Fraser para su historia oral de la guerra civil que «fue a partir de aquel día [14 de abril de 1931] cuando comprendí que nada se conseguiría por medios legales, que para salvarnos tendríamos que sublevarnos antes o después.»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

Sacerdotes españoles armados posan emplazando una batería ¿durante la guerra civil? Origen incierto de la imagen.
 
 
“Por la sastrería eclesiástica de Benito Santesteban en Navarra, pasó a comienzos del verano de 1936, días antes del «glorioso movimiento nacional», el obispo de Zamora Manuel Arce Ochotorena, quien al despedirse de Santesteban le dijo: «Bueno, si en lugar de sotanas me envías fusiles ¡mejor que mejor! Ya me entiendes.»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
 
Desde un camión militar, monjas hacen el saludo fascista a un grupo de mujeres falangistas con motivo de la entrada en Madrid de las tropas franquistas el 30 de marzo de 1939. Origen incierto de la imagen.
 
 
“Muchos seminaristas y curas fueron los primeros en enrolarse. Animaban al personal a que hicieran lo mismo. Tocaban las campanas buscando gente por los pueblos y colaboraban en el reclutamiento. Era frecuente ver, en esos primeros días, curas y religiosos «con su fusil también al hombro, su pistola y su cartuchera sobre la negra sotana», según la descripción de Marino Ayerra…. …Lo más normal en Navarra, sin embargo, es que los curas se alistaran en el requeté, donde, según Juan de Iturralde, «figuraban capellanes en número tan crecido que se estorbaban unos a otros». Los mozos, con los curas al lado, se confesaban y comulgaban antes de despedirse de los suyos, como si fueran a las cruzadas. Hileras enteras de requetés confesados y arengados por clérigos.”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
Sin ser españolas ni en España, esta imagen realizada en los Estados Unidos de América ilustraría y evocaría la beligerancia de la Iglesia Católica española. Origen incierto de la imagen (probablemente, Archivo Corbis).
 
 
Ramón Palacios García, párroco de la localidad burgalesa de Hormaza, quien se había «ofrecido» desde el mismo día de la sublevación a Falange Española «y en su doble calidad de soldado y ministro del Señor, acudió después allí donde el deber le llamaba», al frente de guerra. Cayó herido «alabando a Dios y vitoreando a España por brindarle Aquél la ocasión de derramar la sangre por su Patria». Según la crónica del Diario de Burgos del 18 de agosto, ese belicoso sacerdote se había incorporado a la «innumerable falange de mártires de la cruzada»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

Sin ser españolas ni en España, esta imagen realizada en los Estados Unidos de América ilustraría y evocaría la beligerancia de la Iglesia Católica española. Origen incierto de la imagen (probablemente, Archivo Corbis).
 
 
“Fueron legión los capellanes enrolados con los carlistas y los falangistas en aquel verano de 1936. La cosa llegó hasta tal extremo que, unos meses después, en las diócesis de Avila y Burgos les tuvieron que llamar la atención por su desmedida disposición al sacrificio“. El ardor guerrero de esa legión de religiosos no tenía freno. Los padres superiores hablaban «con el corazón suelto», en expresión de Juan de Iturralde, incitando a otros a que actuaran igual, castigando y deportando a los pocos pusilánimes que no daban un paso al frente en esa empresa de limpieza y exterminio. Abnegación, disciplina, obediencia, sumisión a la jerarquía (…) Había que militarizarse, escribía el jesuita Francisco Peiró. Pero una «militarización interior», que no se conformase con «ponerse la camisa azul y tomar parte en un desfile». Era una retórica cargada de patriotismo exaltado, de «Dios lo quiere y la Patria lo demanda», de fervoroso apoyo a una «nueva reconquista nacional que está tiñendo con arreboles de sangre la alborada de la España nueva». (…) España, escribía el benedictino Federico Armas en Ecos de Valvanera”, la revista del santuario riojano de ese nombre, «debe ser católica, entera, grande, libre; debe ser una en fe, una en geografía, una en historia, una en imperio». Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

La Cruz, símbolo de la paz, abandera sin embargo esta columna requeté de carlistas que marchan por pueblos, ciudades y frentes asesinando a sus semejantes. Origen incierto de la imagen.
 
 
“En Miranda de EbroFélix Padín recuerda que había un cura, que era de Santander, que se había pasado a los nacionales (…) “pensábamos que era preso también como nosotros y no, resulta que era un cura que se había pasado de los rojos, como decían ellos, a los nacionales, y estaba aquí pues de cura se conoce, y yo lo he visto por aquí estando formados … con un látigo de esos de los negreros, así debajo el brazo. Nunca le vi usarlo, pero las palabras de él eran éstas: “lo mejor para éstos es pegarles cuatro tiros y tirarlos al Bayas, así no sabe nadie dónde están”. Javier Rodrigo, en su obra “Cautivos”, Editorial Crítica.

“Dios, Patria y Rey” era el lema de los carlistas alzados contra el Gobierno legal republicano. Confesaban sus pecados y comulgaban antes del combate, para –con la bendición de sus capellanes– seguir cometiendo las mismas faltas, atrocidades y delitos cinco minutos después. Había que esparcir la semilla de la muerte por toda España. Origen incierto de la imagen.
 
 
“En Alsasua, según el testimonio del entonces párroco Marino Ayerra, los capuchinos «estaban como fuera de sí, poseídos de la exaltación de la hora mesiánica». «Hemos hablado con los requetés», declaraba el padre jesuíta Huidobro, capellán de la Legión, «que lo llenan todo de religioso idealismo, patria y hasta elegancia (…) ¡Cómo hablan de la muerte!… Este espectáculo de un pueblo que sólo sabe rezar y luchar es algo tan grande…». Y fray Justo Pérez de Urbel escribía: «¡Qué estallido de entusiasmo! ¡Qué desprecio a la muerte!”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

El capellán, con uniforme militar, bendice antes de cada combate a las tropas golpistas de requetés que han de seguir cometiendo delitos de lesa Humanidad y crímenes de guerra contra los leales al gobierno republicano. Origen incierto de la imagen.

“Un fraile cordobés le dijo al cura del cementerio de San Rafael que setenta y seis asesinatos en una noche eran pocos: «setecientos deberían ser». Por muchos «culpables e impíos» que mataran, decía un cura de la localidad gaditana de Rota, aún quedarían más: «A todos los descubriremos; todos llevarán su merecido; no se escapará nadie; entendedlo bien ¡NADIE! Hay que limpiar más a fondo y hasta el fin toda la podredumbre que Rusia ha introducido en este pueblo.»” Que purgaran sus culpas, el «haber infiltrado en el pueblo el veneno del marxismo alejándolo de Dios», cuenta Antonio Bahamonde que gritaba enardecido ese cura en los sermones. Y otro cura, Juan Galán, de Zafra, capellán de la Once Bandera, Segundo Tercio de la Legión, se jactaba, mostrando su «pistolita», de que llevaba «quitados de en medio más de cien marxistas». Sermones como los de los curas de Zafra y Rota los escuchó Dionisio Ridruejo, jefe de la Falange en Segovia, a un sacerdote de la catedral de esa ciudad castellana: «La patria debe ser renovada, toda la mala hierba arrancada, toda la mala semilla extirpada… No es este momento para escrúpulos…»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

En la Plaza de Cataluña de Barcelona, sacerdotes y obispos celebran junto al general Yagüe –en primer plano– y a sus tropas criminales golpistas un Tedeum y misa de acción de gracias por haber llegado a la capital condal, el 20 de febrero de 1939. En el camino, han dejado un reguero de muerte y destrucción. Origen incierto de la imagen (muy probablemente, Archivo Corbis).
 
Las brigadas de exterminio de los falangistas, en las que solían encontrarse empotrados los capellanes, actuaban salvajemente y con la conciencia tranquila pues se sabían gozosos de indulgencia y santificados en sus criminales acciones: «Todos tienen oportunidad de confesarse antes de morir y, por lo tanto, pueden ir al cielo…»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

El arzobispo de Santiago, monseñor Muñiz de Pablos, se une al saludo fascista de Franco, junto a la esposa de éste, Carmen Polo. Origen incierto dde la imagen-
 
 
“Desde Navarra, el cura Antonio Ona partió al frente donde “anduvo luciendo pistola y uniforme de campaña“. Al poco tiempo fue nombrado canónigo de Pamplona y en 1956 ascendió a Obispo de Mondoñedo. También llegó a obispo, en este caso de Bilbao, Antonio Añoveros , que se limitó a esta labor de confesor en la matanza de las Bardenas, según relata Galo Vierge en su obra “Los culpables”. Otros textos también dedican un espacio a las actuaciones del luego cura de ObanosSantos Beguiristáin, en Azagra. En el libro de Altayfalla se relata su participación activa en la lucha contra los vecinos republicanos y su afición a elaborar listas . Los fusilados (71) los catalogaba como “muertos por el peso de la justicia“”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

Saludando un nuevo amanecer. Origen incierto de la imagen.
 
 
“En Badajoz, un cura le dijo a Mario Neves (periodista portugués revelador de la matanza de la plaza de toros) que los muertos eran tantos que no era posible darles sepultura inmediata y que sólo la incineración masiva conseguiría evitar que los cadáveres se pudrieran. El 17 de agosto el cura acompañó a Neves al cementerio. Habían derramado gasolina y centenares de cuerpos ardían. El sacerdote, consciente de que el espectáculo desagradaba a Neves, se lo explicó con toda claridad: «Merecían esto. Además, es una medida de higiene indispensable.»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
 
El obispo de Málaga, saluda a la fascista tras la ocupación de la ciudad por las tropas de los rebeldes franquistas y falangistas. Fuente http://www.fuenterrebollo.com
 
 
“(…) Cuando estuve en el penal de Ocaña nos sacaban al patio todos los días para oír misa. ¿Sabes lo que nos decía el padre Rodríguez? Un cura que luego estuvo en Toledo, un cura que llevaba un pistolón debajo de la sotana y que se le notaba el bulto. Nos decía: vosotros rojos, ¿sabéis a lo que tenéis derecho? ¡De la tierra que pisáis hacia el cielo no tenéis derecho a nada! ¡De la tierra que pisáis hacia abajo tenéis derecho a unos centímetros donde enterraros!. Luego este cura Rodríguez cuando tocaba fusilar a una saca, la noche antes te confesaba y por la mañana iba al fusilamiento y se encargaba de dar el tiro de gracia… ¿Qué te parece el pájaro? ¡Eso el cura!”. Entrevista a Victorino F., de 91 años, en Villacañas, Toledo, extraída del trabajo “Las condiciones de vida en la comarca de La Mancha toledana durante la Guerra Civil y Postguerra…” de Isidro Cruz Villegas y Mª Dolores Cruz Villegas, publicado en la recopilación de las actas y ponencias del Congreso “La Guerra Civil en Castilla-la Mancha, 70 años después”, de Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha.
 
Fuente http://www.fuenterrebollo.com
 
 
“El sacerdote jesuíta Alberto Risco escribió en su obra “La epopeya del Alcázar de Toledo”: «Y por eso, con el aliento de la venganza de Dios sobre las puntas de sus machetes, persiguen, destrozan, matan, sin dar tiempo a los fugitivos para tomar tapias y ponerse a salvo.» Arrollaron todo esos legionarios y regulares «embriagados con la sangre»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

El Nuncio del Vaticano, Gaetano Cicognani, reunido con Franco. Origen incierto de la imagen.
 
 
“El falso conde Rossi, jefe de los Camisas Negras fascistas italianos destacados en España, tenía en Mallorca como “asistente a un capellán, «vestido con pantalones de montar, botas, una cruz blanca sobre el pecho y la pistola al cinto»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
El 24 de noviembre de 1938 Franco saluda a sus cómplices desde una de las puertas de la catedral de Burgos, dentro de la cual sería mesiánicamente recibido. Origen incierto de la imagen.
 
“El arzobispo de Santiago Tomás Muniz, en una circular del 11 de noviembre de 1936 ordenaba a los párrocos que se abstuviesen «de dar certificados de buena conducta religiosa a los afiliados a sociedades marxistas». Lo que tenían que hacer los curas era «…certificar en conciencia, sin miramiento alguno, sin tender a consideraciones humanas de ninguna clase»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
El ejército de la sangrienta dictadura rinde pleitesía a la Iglesia Católica española como su principal valedora y beneficiaria. En mayo de 1944, el general Franco, junto con el nuncio Cicognani y el obispo de Madrid-Alcala, Eijo Garay, consagran el monumento al Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles. Origen incierto de la imagen.
 
 
“En la madrugada del 26 de noviembre de 1937 fusilaron en las tapias del cementerio de Zaragoza Mariano Esteban, de Molina de Aragón. En la capilla de la cárcel le contó al padre capuchino Gumersindo de Estella «en tono de queja amarguísimo que la culpa de su fusilamiento la tenía el cura de su pueblo; porque, a una con el alcalde dio malos informes de él, siendo así que la Guardia Civil los dio favorables y buenos». Antes de morir, Mariano Esteban se confesó «muy devotamente» y comulgó «con recogimiento y piedad»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
Octubre, 1936, Santiago de Compostela. Fascistas a la derecha de la imagen, fascistas a su izquierda. Todos saludan a la romana sin el menor reparo. Fuente http://www.fuenterrebollo.com/
 
 
“El 1 de septiembre de 1936 el sacerdote jesuita Antonio Encinas, provincial de León, escribía al padre general de la Compañía de Jesús W. Ledóchowski: «…Condenan, sí, a bastantes a muerte… si quedaran vivos volverían al estado de antes». (…) En 1937 el sacerdote jesuita Constantino Bayle, desde el Centro de Información Católica Internacional de Burgos, publicaba un panfleto, «¿Qué pasa en España?», en el que decía: «…las sentencias de muerte, por desgracia, no pueden ser pocas; porque han sido muchos los crímenes y los criminales, y ningún Gobierno que quiera serlo los ha de dejar impunes»… [porque si] «la mansedumbre heroica» viera el día de mañana libres a esos criminales, se tomaría la justicia por su mano””. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
“El sacerdote jesuita padre Vendrell, que lleva un crucifijo del nueve largo bajo las sotanas, dijo a los republicanos prisioneros que iban a ser fusilados de madrugada: “No tened miedo, porque los moritos tienen muy buena puntería y no os harán ningún daño“, y agregaba con fervor: “Vosotros sí que sois bienaventurados, puesto que conocéis el momento exacto en que ha de veniros la muerte, y así podéis poneros en paz con Dios, que es lo único que debe importaros””. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
Esta imagen puede consultarse en http://www.cadenaser.com/actualidad/articulo/csrcsrpor/20051115csrcsr_1/Tes y enhttp://www.elpais.com/diario/radioytv/?d_date=20051113.
 
En Quintanar estuve 6 meses en la cárcel (…), lo que era una sinvergonzonería era que quien se encargaba de da el tiro de gracia a .los que fusilaban era uno de los sacerdotes que había allí, lo llamaban “El curilla” por la poca cosa que aparentaba físicamente (…)”. Entrevista a F.B.M., de 80 años, en Puebla de Almoradiel, extraída del trabajo ya mencionado más arriba “Las condiciones de vida en la comarca de La Mancha toledana durante la Guerra Civil y Postguerra…” de Isidro Cruz Villegas y Mª Dolores Cruz Villegas.
 
Una nueva muestra de la confabulación de la Iglesia Católica española con los criminales y golpistas comandados por Franco y otros generales traidores. Fuente http://www.fuenterrebollo.com/
 
 
“El coadjutor de la parroquia onubense de La ConcepciónLuis Calderón Tejero, disponía de un fichero de «rojos» realizado durante la República y después de la guerra se convirtió en uno de los «informantes cualificados» del Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
Fuente http://www.fuenterrebollo.com
 
 
Elias Rodríguez Martínpárroco de Salvochea, localidad de la cuenca minera de Huelva, nombraba a los que debían ser detenidos y eliminados tras ser ocupado el pueblo por los militares rebeldes el 25 de agosto”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
El general Francisco Franco, su esposa Carmen Polo, y el cardenal primado Enrique Plá y Deniel, tras recibir el dictador una gran condecoración. Fuente http://www.fuenterrebollo.com/
 
 
“Tras la entrada en el pueblo de la columna de Ramón Carranza y Javier Medina Garvey y la desaparición de vecinos y encarcelamiento de otros muchos, el cura de Rociana, Huelva, Eduardo Martínez Laorden desde el balcón del ayuntamiento advirtió al público lo que se avecinaba: «Ustedes creerán que por mí calidad de sacerdote voy a decir palabras de perdón y arrepentimiento. Pues NO: ¡Guerra contra ellos hasta que no quede ni la última raíz!». El mismo cura, en enero de 1937 envió dos escritos al delegado de orden público de Sevilla, en los que decía que creía que «casi todos» los culpables habían quedado impunes. Tenía la sensación de que había habido «condescendencia injustificada y una falta de celo». Tras solicitar que confiscaran bienes a todos esos rojos del Frente Popular, «culpables evidentemente pues alguno había sido fusilado», se ofrecía para acabar con «tanta lenidad». Dos meses después, se detuvo, juzgó y fusiló a 15 vecinos denunciados por el cura de Rociana”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
Fuente http://www.fuenterrebollo.com

Franco y el cardenal Enrique Plá y Deniel, autor de la pastoral “Las dos ciudades”, en la que se calificó el golpe de Estado como Cruzada. Fuentehttp://www.fuenterrebollo.com

El general Franco recibe a obispos, recién nombrados por él mismo. Origen incierto
 
 
Lo decía Antonio Bahamonde, quien como delegado de Propaganda de los sublevados y mano derecha de Queipo, había vivido el ardor apostólico y guerrero del clero sevillano: «Los sacerdotes católicos de la España nacionalista llevan pistolas para asesinar a sus hermanos; y lo que es mil veces peor, en sus labios, en vez del perdón, llevan palabras de injuria y calumnia.». Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
El general Francisco Franco durante una eucaristía. Fuente http://www.fuenterrebollo.com
 
«El requeté que daba los tiros de gracia [a los fusilados que habían sido sacados de la cárcel de Tafalla por un grupo de requetés el 21 de octubre de 1936, antes de arrastrarlos a la fosa común] era el coadjutor de la parroquia de MurchanteLuis Fernández Magaña, administrador del Conde de Rodezno». Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
El Cardenal Enrique Pla i Deniel y Esteban Bilbao, en evidente complicidad en medios y fines, hacen el saludo fascista para las cámaras. Fuente http://www.fuenterrebollo.com

 
Dos sacerdotes, generosa y castrensemente condecorados y con alta graduación militar, en reposada comandita con un guardia civil de gala, que parece algo abotargado. Origen incierto de la imagen.
 
A mi padre lo mataron por ser de las juventudes comunistas. A mí tío lo mataron en el penal de Ocaña. Un cura lo mató en el patio de la cárcel (…)”. Entrevista a T.V.R., 79 años, mujer de Puebla de Almuradiel, extraída del trabajo ya mencionado “Las condiciones de vida en la comarca …” de Isidro Cruz Villegas y Mª Dolores Cruz Villegas.
 
Franco bajo palio en la catedral de Burgos. 1961. Origen de la imagen incierto

 

Fuente http://www.fuenterrebollo.com

 

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“El párroco de Calamocha, provincia de Teruel, al emitir su «concepto general» sobre un maestro de Badalona en un informe, le sentenciaba como «fusilable»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
Fuente http://www.fuenterrebollo.com

 

El Cardenal Gomá, recibe gozoso la espada ofrendada por el general Franco al Santo Cristo en la iglesia de Santa Bárbara, Madrid 1939, como celebración de la victoria de los traidores alzados contra los legales y constitucionales Estado y Gobierno republicanos. Origen de la imagen incierto.

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Entre la Iglesia Católica española y el ilegal régimen franquista son todo parabienes y rentable complicidad. En Burgos, año de Nuestro Señor de 1945, posan felices para la posteridad Yagüe, capitán general de la V Región Militar, Rodríguez Valcárcel, bobernador civil de la provincia y Jefe del Movimiento, y Pérez Platero arzobispo de Burgos. Origen de la imagen incierto.
 
“El predicador de la iglesia de la Merced de Burgos pedía un castigo implacable para los enemigos de Dios: «Habéis de ser con esas personas, todos hemos de ser, como el fuego y el agua…, no puede haber pactos de ninguna clase con ellos… no puede haber perdón para los criminales destructores de las iglesias y asesinos de los sagrados sacerdotes y religiosos. Que su semilla sea borrada, la semilla del mal, la semilla del diablo. Porque verdaderamente, los hijos de Belcebú son los enemigos de Dios.»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
Franco bajo palio. Origen de la imagen incierto.

Franco y señora, bajo palio. Origen de la imagen incierto.
 
 
“La guerra es “como un plebiscito armado” (cardenal Isidro Gomá); “Benditos sean los cañones si en las brechas que abren florece el Evangelio” (Miguel de los Santos Díaz y Gómara, obispo de Cartagena); La guerra es “necesaria” y “una gran escuela forjadora de hombres” (Enrique Pla y Deniel, obispo de Salamanca); “Paz, sí. Pero cuando no quede un adversario vivo” (cardenal Isidro Gomá, durante el Congreso Eucarístico celebrado en Budapest en mayo de 1938). El 20 de mayo de 1939, exterminada la II República con la muerte de 150.000 españoles y el exilio de 550.000 más, Gomá recibió de Franco, en la iglesia madrileña de Santa Bárbara, el espadón de caudillo victorioso y paseó al dictador bajo palio con varios obispos saludando brazo en alto, al modo fascista”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.
 
Franco y señora, bajo palio. Origen de la imagen incierto.
 
 
Tras la derrota republicana y la confirmación del triunfo golpista, Franco recibió un telegrama del papa Pío XII: «Con inmenso gozo nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros nuestra paternal congratulación por la paz y la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y vuestra caridad”. “Levantando nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V.E., deseada victoria católica España. Hacemos votos porque este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas y cristianas tradiciones que tan grande la hicieron.». Se celebró entonces en Roma un tedeum y «recepción por el final victorioso de la guerra», organizado por el cardenal Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI, con la participación del Colegio Cardenalicio y de la Secretaría de Estado del Vaticano. El rey Alfonso XIII, envió una carta de felicitación por la victoria a Franco, en la que apoyaba la concesión de la Gran Cruz y en la que se ponía «a sus órdenes como siempre para cooperar en lo que de mí dependa a esta difícil tarea seguro de que triunfará y llevará a España hasta el final».
 
Franco y señora, bajo palio. Origen de la imagen incierto.
 
 
70 años después, en octubre de 2007, la Iglesia Católica procedió en solemne ceremonia a beatificar a 500 “martires” todos ellos, por supuesto, miembros de la propia iglesia española –sacerdotes, religiosos, etc– víctimas de represión durante la Guerra Civil, con resultado de muerte. Entre ellos, uno más, se encontraba el ahora beato Gabino Olaso Zabala, padre de la orden de los agustinos. Como los otros beatificados, Olaso fue asesinado en la Guerra Civil a manos de grupos republicanos o anarquistas incontrolados. Pero él, además, también martirizó a otro sacerdote. Es decir, Gabril Olaso, fue torturador 40 años antes, durante los conflictos por la independencia de las Islas Filipinas. Su víctima fue Mariano Dacanay, un sacerdote filipino acusado de simpatizar con un movimiento que pedía la salida de los españoles de la ex colonia asiática. El propio Dacanay contó el martirio sufrido a través a través de sus escritos. “La víctima es obligada a ponerse en cuclillas. Se coloca una fina caña de bambú bajo sus rodillas y se atan a ella sus muñecas con una cuerda, cada una a un lado. En esta posición, la víctima es sólo una pelota con lo que, si intenta moverse, rodará por el suelo. En esta humillante y dolorosa posición, los guardias me golpearon mientras me insultaban cada vez que no les decía lo que querían oír, dejándome el cuerpo terriblemente inflamado y amoratado“. Dacanay describió también el papel de los agustinos durante esta tortura, incluyendo a Olaso. “Él estaba presente durante ese horrendo espectáculo en el que el prior y los siete superiores del seminario, en lugar de solidarizarse con mi sufrimiento por la cruel tortura, contemplaban mi martirio con signos visibles de placer. Incluso pedían a los guardias que me trataran con más crueldad, el padre Gabino Olaso, por ejemplo. Y cuando caía a causa de los golpes y el cansancio, rodando por el suelo, contribuían a mi sufrimiento dándome patadas como si fuera una pelota. Cuando me caí, me golpeé la cabeza contra un poste, hiriéndome. En otra ocasión rodé cerca del padre Gabino, que estaba tranquilamente contemplando la escena, y me dio una tremenda patada en la cabeza que me dejó completamente noqueado“. http://www.20minutos.es/
 
Franco, junto a un Cardenal o Arzobispo, bajo palio. A Dios no parece vérsele por lugar alguno en esta imagen, que pudiera corresponder a los funerales de Estado por el fallecimiento del rey en el exilio Alfonso XIII, en 1941. Origen de la imagen incierto.
 
 
La Iglesia católica aún no ha desmentido estos aberrantes hechos. Y, desde luego, aún no ha pedido perdón por la participación de este sacerdote –y de tantos, muchos otros, como los arriba señalados— en la comisión de crímenes de lesa Humanidad. La conversión de un criminal en beato, sin examen de conciencia, contricción del corazón, propósito de enmienda, confesión de los pecados y cumplimiento de la penitencia, es en sí misma, tan civilmente punible como el propio acto reprobable cometido por el sacerdote criminal. ¿Hasta cuándo las prédicas, pláticas, soflamas y sermones de la Curia y del Episcopado español –culpable y responsable directo de crímenes contra la Humanidad— seguirán engañando a sus confiados fieles?
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Post Scriptum: mucho del espíritu global de esta entrada se lo debo al historiador Julián Casanova y a su apasionante obra “La Iglesia de Franco” (Editorial “Temas de Hoy, colección Historia, ISBN: 978-84-8460-080-0; EAN: 978848460080.También disponible en Editorial Crítica) , de la que han sido tomadas buena parte de las citas aquí reflejadas.
 
 

[5] La Iglesia de Franco

Por Julián Casanova

Miembro del Institute for Advanced Study de Princeton

Artículo publicado el 21 de noviembre de 2018 en
 

El 17 de abril de 1946 Francisco Franco envió una carta a Rigoberto Doménech y Valls, arzobispo de Zaragoza. El español “es el único Estado verdaderamente católico que hoy existe”, le decía el Generalísimo, y por eso le “acechan” la masonería y el comunismo, “por su condición de católico y anticomunista”.

No se trataba de una declaración aislada. Franco pudo comprobar muchas veces a lo largo y ancho de su dictadura lo útil que resultaba ese recurso al catolicismo. Gustaba mucho a los obispos, satisfechos con que los grandes problemas históricos de España hubieran acabado así, con el sueño cumplido de un Estado “verdaderamente católico“, en pleno siglo XX y después de todas las guerras y revoluciones imaginables.

El nacionalcatolicismo, como antídoto perfecto frente a la República laica, el separatismo y las ideologías revolucionarias, tuvo un significado específico para burgueses y terratenientes, para los militares y para un amplio sector de pequeños propietarios rurales y clases medias urbanas. El nacionalcatolicismo resultó una ideología eficaz para la movilización de todos esos grupos que se propusieron desterrar los conflictos sociales y darles una solución quirúrgica. El nacionalcatolicismo, pensaban sus defensores, tenía raíces profundas y lejanas en la historia de España, en la época imperial de los Reyes Católicos, en la Edad de Oro y en la Contrarreforma. De la decadencia posterior eran causantes las diversas herejías extranjeras, el protestantismo, el liberalismo y el socialismo, a las que los malos españoles se habían agarrado. Desde Menéndez Pelayo a finales del siglo XIX hasta los apologetas católicos del orden y la autoridad de los años veinte, esa visión fue repetida en manuales escolares, publicaciones religiosas, cartas pastorales y sermones.

La jerarquía eclesiástica participó desde el principio, en marzo de 1943, en la farsa de las  Cortes franquistas y su presencia se hizo también bien visible en los altos cargos consultivos del Estado. El primado figuraría entre los tres miembros del Consejo del Reino y, junto a otro obispo, en el Consejo de Estado. Además, según la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado aprobada por las Cortes el 31 de mayo de 1947, el “Prelado de mayor jerarquía y antigüedad” formaría parte del Consejo de Regencia en caso de que la Jefatura del Estado quedara “vacante”. Al prelado le acompañarían en ese Consejo de Regencia el presidente de las Cortes y el Capitán General en activo y de mayor antigüedad de los ejércitos de Tierra, Mar o Aire.

El catolicismo español salió triunfante y feliz de esa simbiosis e intercambio de favores que mantuvo con un régimen asesino, levantado sobre las cenizas de la República y la venganza sobre los vencidos. Ese aparato de poder político se mantuvo intacto, con la ayuda de los dirigentes católicos, de la jerarquía eclesiástica y del Opus Dei, pese a que sufrió importantes desafíos desde comienzos de los años sesenta.

Pero, pese a los cambios, la dictadura franquista mantuvo su identidad nacional católica hasta el final, la jerarquía y la mayoría de los eclesiásticos acompañaban con sus ceremonias a las autoridades públicas y tres obispos, nombrados personalmente por Franco, formaban parte del último acto de  las Cortes. El arzobispo Cantero Cuadrado, aquel combatiente de la guerra civil, siguió como miembro del Consejo de Estado y del Consejo del Reino hasta el último suspiro del Caudillo.
Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde murió bendecido por la Iglesia, sacralizado, rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. El panegírico empezó en la Cruzada, arreció con fuerza en la posguerra y continuó hasta después de su muerte. Papas, nuncios apostólicos, obispos, curas, frailes, monjas y católicos de toda condición y sexo le rindieron pleitesía. Era el “enviado de Dios hecho Caudillo”, “el sol”, “el hijo todopoderoso”, “el niño Jesús en el portal de Belén”, y por saber, palabras de José María Pemán, sabía incluso “marchar bajo palio con paso marcial y exacto“.

Canonistas, benedictinos, dominicos y otros eclesiásticos pidieron después de su muerte “la instrucción de la Causa de Canonización de Francisco Franco”. José María García Lahiguera, arzobispo de Valencia en 1975, había dirigido los ejercicios espirituales a Franco y a su esposa en 1949 y 1953, un honor que también tuvieron el beato José María Escrivá de Balaguer y Aniceto Castro Albarrán, aquel canónigo de Salamanca que ya en 1934 publicara  El derecho a la rebeldía.  García Lahiguera en la homilía del funeral celebrado por Franco en Valencia resumió sus tres principales virtudes: “Ser hombre de fe; entregado a obras de caridad, en favor de todos, pues a todos amaba;hombre de humildad“.

Hombre de fe, de caridad y de humildad. Así era Franco, “Caudillo de España por la Gracia de Dios”, según la inscripción que llevaban todas las monedas acuñadas desde 1946.

La Iglesia y el Caudillo caminaron asidos de la mano durante cuatro décadas. Franco necesitó el apoyo y la bendición de la Iglesia católica para llevar a buen término una guerra de exterminio y pasar por enviado de Dios. La Iglesia ganó con esa guerra una paz “duradera y consoladora”, plena de felicidad, satisfacciones y privilegios. La religión sirvió a Franco de refugio de su tiranía y crueldad. La Iglesia le dio la máscara perfecta.

Por eso parece tan extraño, en una sociedad democrática, y a la vez tan lógico, dada esa herencia, que la Iglesia católica vea “inevitable” el entierro de Franco en la Almudena, darle cobijo como “cristiano y bautizado”, y que el Vaticano respalde al arzobispado de Madrid en ese tema.  Es una ocasión excelente para que la Iglesia, sin necesidad de tener que revisar ese pasado, rompa el cordón umbilical más de cuarenta años después del fin de la dictadura.

Ya honró a sus miles de mártires con ceremonias de beatificación. Si el cuerpo de Franco acaba en la catedral de Madrid, contribuirá a mantener viva la memoria de los vencedores de la guerra civil y a seguir humillando a los familiares de las decenas de miles de asesinados por los franquistas, quienes todavía no han encontrado la reparación moral ni el reconocimiento jurídico y político después de tantos años de vergonzosa marginación.

 

 

[6] Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España

Artículo publicado en
 

Pamplona – Gráficas Descansa
1º de Julio de 1937

Venerables hermanos:

1º. Razón de este documento

Suelen los pueblos católicos ayudarse mútuamente en días de tribulación, en cumplimiento de la ley de caridad de fraternidad que une en un cuerpo místico a cuantos comulgamos en el pensamiento y amor de Jesucristo. Organo natural de este intercambio espiritual son los Obispos, a quien puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. España, que pasa una de las más grandes tribulaciones de su historia, ha recibido múltiples manifestaciones de afecto y condolencias del Episcopado católico extranjero, ya en mensajes colectivos, ya de muchos Obispos en particular. Y el Episcopado español, tan terriblemente probado en sus miembros, en sus sacerdotes y en sus Iglesias, quiere hoy corresponder con este Documento colectivo a la gran caridad que se nos ha manifestado de todos los puntos de la tierra.

Nuestro país sufre un trastorno profundo: no es sólo una guerra civil creuntísima la que nos llena de tribulación; es una conmoción tremenda la que sacude los mismos cimientos de la vida social y ha puesto en peligro hasta nuestra existencia como nación. Vosotros los habéis comprendido, Venerables Hermanos, y “vuestras palabras y vuestro corazones nos han abierto” diremos con el Apóstol, dejándonos ver las extrañas de vuestra caridad para con nuestra patria querida. Que Dios os lo premie.

Pero con nuestra gratitud, Venerables Hermanos, debemos manifestaros nuestro dolor por el desconocimiento de la verdad de lo que en España ocurre. Es un hecho, que nos consta por documentación copiosa, que el pensamiento de un gran sector de opinión extranjera está disociado de la realidad de los hechos ocurridos en nuestro país. Causas de este extravió podría ser el espíritu anticristiano, que ha visto en la contienda de España una partida decisiva en pro o contra de la religión de Jesucristo y la civilización cristiana; la corriente opuesta de doctrinas políticas que aspiran a la hegemonía del mundo; la labor tendenciosa de fuerzas internacionales ocultas; la antipatria, que se ha valido de españoles ilusos que, amparándose en el nombre de católicos, han causado enorme daño a la verdadera España. Y lo que más nos duele es que una buena parte de la prensa católica extranjera haya contribuido a esta desviación mental, que podría ser funesta para los sacratísimos intereses que se ventilan en nuestra patria.

Casi todos los Obispos que suscribimos esta Carta hemos procurado dar a su tiempo la nota justa del sentido de la guerra. Agradecemos a la prensa católica extrajera el haber hecho suya la verdad de nuestras declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que debieron (pf) ser ejemplo de respeto y acatamiento a la voz de los Prelados de la Iglesia, las hayan combatido o tergiversado.

Ello obliga al Episcopado español a dirigirse colectivamente a los Hermanos de todo el mundo, con el único propósito de que resplandezca la verdad, oscurecida por ligereza o por malicia, y nos ayude a difundirla. Se trata de un punto gravísimo en que se conjugan no los intereses políticos de una nación, sino los mismos fundamentos providenciales de la vida social: la religión, la justicia, la autoridad y la libertad de los ciudadanos.

Cumplimos con ello, junto con nuestro oficio pastoral- que importa ante todo el magisterio de la verdad – con un triple deber de religión, de patriotismo y de humanidad. De religión, porque, testigos de las grandes prevaricaciones y heroísmo que han tenido por escena nuestro país, podemos ofrecer al mundo lecciones y ejemplos que caen dentro de nuestro ministerio episcopal y que habrán de ser provechosos a todo el mundo; de patriotismo, porque el Obispo es el primer obligado a defender el buen nombre de su patria “terra patrum”, por cuanto fueron nuestros venerables predecesores los que formaron la nuestra, tan cristiana como es, “engendrando a sus hijos para Jesucristo por la predicación del Evangelio”; de humanidad, porque, ya que Dios ha permitido que fuese nuestro país el lugar de experimentación de ideas y procedimientos que aspiran a conquistar el mundo, quisiéramos que el daño se redujese al ámbito de nuestra patria y se salvaran de la ruina de las demás naciones.

2º. Naturaleza de esta carta
Este Documento no será la demostración de una tesis, sino la simple exposición, a grandes líneas, de los hechos que caracterizan nuestra guerra y la dan su fisonomía histórica. La guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos orígenes se hallan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico, religioso e histórico. No sería difícil el desarrollo de puntos fundamentales de doctrina aplicada a nuestro momento actual. Se ha hecho ya copiosamente, hasta por algunos de los Hermanos que suscriben esta Carta. Pero estamos en tiempos de positivismo calculador y frío y, especialmente cuando se trata de hechos de tal relieve histórico como se han producido en esta guerra, lo que se quiere – se nos ha requerido cien veces desde el extranjero en este sentido – son hechos vivos y palpitantes que, por afirmación o contraposición, den la verdad simple y justa.

Por esto tiene este Escrito un carácter asertivo y categórico de orden empírico. Y ello en sus dos aspectos: el de juicio que solidariamente formulamos sobre la estimación legítima de los hechos; y el de afirmación “per oppositum”, con que deshacemos, con toda caridad, las afirmaciones falsas o las interpretaciones torcidas con que haya podido falsearse la historia de este año de vida de España.

3º. Nuestra posición ante la guerra
Conste antes que todo, ya que la guerra pudo preverse desde que se atacó ruda e inconsideradamente al espíritu nacional, que el Episcopado español ha dado, desde el año 1931, altísimos ejemplos de prudencia apostólica y ciudadana. Ajustándose a la tradición de la Iglesia y siguiendo las normas de la Santa Sede, se puso resueltamente al lado de los poderes constituidos, con quienes se esforzó en colaborar para el bien común. Y a pesar de los repetidos agravios a personas, cosas y derechos de la Iglesia, no rompió su propósito de no alterar el régimen de concordia de tiempo atrás establecido. “Etiam dyscolis”: A los vejámenes respondimos siempre con el ejemplo de la sumisión leal en lo que podíamos; con la protesta grave, razonada y apostólica cuando debíamos; con la exhortación sincera que hicimos reiteradamente a nuestro pueblo católico a la sumisión legitima, a la oración, a la paciencia y a la paz. Y el pueblo católico nos secundó, siendo nuestra intervención valioso factor de concordancia nacional en momentos de honda conmoción social y política.

Al estallar la guerra hemos lamentado el doloroso hecho, más que nadie, porque ella es siempre un mal gravísimo, que muchas veces no compensan bienes problemáticos, porque nuestra misión es de reconciliación y de paz: “Et in terra pax”. Desde sus comienzos hemos tenido las manos levantados al cielo para que cese. Y el pueblo católico repetimos la palabra de Pío XI, cuando el recelo mutuo de las grandes potencias iba a desencadenar otra guerra sobre Europa: “Nos invocamos la paz, bendecimos la paz, rogamos por la paz”. Dios nos es testigo de los esfuerzos que hemos hecho para aminorar los estragos que siempre son su cortejo.

Con nuestros votos de paz juntamos nuestro perdón generoso para nuestros perseguidores y nuestros sentimientos de caridad para todos. Y decimos sobre los campos de batalla y a nuestros hijos de uno y otro bando la palabra del apóstol: “El Señor sabe cuánto os amamos a todos en las entrañar de Jesucristo”.

Pero la paz es la “tranquilidad del orden, divino, nacional, social e individual, que asegura a cada cual su lugar y le da lo que le es debido, colocando la gloria de Dios en la cumbre de todos los deberes y haciendo derivar de su amor el servicio fraternal de todos”. Y es tal la condición humana y tal el orden de la Providencia- sin que hasta ahora haya sido posible hallarle sustitutivo- que siendo la guerra uno de los azotes más tremendos de la humanidad, es a veces el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia, aun siendo hija del Príncipe de la Paz, bendice los emblemas (pf) de la guerra, ha fundado las Ordenes Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe.

No es este nuestro caso. La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó, y no creemos necesario vindicarla de la nota de beligerante con que en periódicos extranjeros se ha censurado a la Iglesia en España. Cierto que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados de su conciencia y de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, alzaron en armas para salvar los principios de religión y justicia cristiana que secularmente habían informado la vida de la Nación; pero quien la acuse de haber provocado esta guerra, o de haber conspirado para ella, y aun de no haber hecho cuanto en su mano estuvo para evitarla, desconoce o falsea la realidad.

Esta es la posición del Episcopado español, de la Iglesia española, frente al hecho de la guerra actual. Se la vejó y persiguió antes de que estallara; ha sudo víctima principal de la furia de una de las partes contendientes; y no ha cesado de trabajar, con su plegaria, con sus exhortaciones, con su influencia, para aminorar sus daños y abreviar los días de prueba.

Y si hoy, colectivamente, formulamos nuestro veredicto en la cuestión complejísima de la guerra de España, es, primero, porque, aun cuando la guerra fuese de carácter político o social, ha sido tan grave su represión de orden religioso, y ha aparecido tan claro, desde sus comienzos, que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión católica en España, que nosotros, Obispos católicos no podíamos inhibirnos sin dejar abandonados los intereses de nuestro Señor Jesucristo y sin incurrir el tremendo apelativo de “canes muti”, con que el Profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia; y luego, porque la posición de la Iglesia española ante la lucha, es decir, del Episcopado español, ha sido torcidamente interpretada en el extranjero: mientras un político muy destacado, en una revista católica extranjera la achaca poco menos que a la ofuscación mental de los Arzobispos españoles, a los que califica de ancianos que deben al régimen monárquico y que han arrastrado por razones de disciplina y obediencia a los demás Obispos en un sentido favorable al movimiento nacional, otros nos acusan de temerarios al exponer a las contingencias de un régimen absorbentes y tiránico el orden espiritual de la Iglesia, cuya libertad tenemos obligación de defender.

No; esta libertad la reclamamos ante todo, para el ejercicio de nuestro ministerio; de ella arrancan todas las libertades que vindicamos para la Iglesia. Y; en virtud de ella, no nos hemos atado con nadie- personas, poderes o instituciones – aun cuando agradezcamos al amparo de quienes han podido librarnos del enemigo que quiso perdernos, y estemos dispuestos a colaborar, como Obispos y españoles, con quienes se esfuercen en reinstaurar en España un régimen de paz y justicia. Ningún poder político podrá decir que nos hayamos apartado de esta línea, en ningún tiempo.

4º. El quinquenio que precedió a la guerra
Afirmamos, ante todo, que esta guerra la ha acarreado la temeridad, los errores, tal vez la malicia o la cobardía de quien hubiesen podido evitarla gobernando la nación según justicia.

Dejando otras causas de menor eficiencia, fueron los legisladores de 1931, y luego el poder ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno, lo que se empeñaron en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en el país. La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su espíritu fueron un ataque violento y continuado a la conciencia nacional. Anulando los derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más sustantivo la vida social, que es la religión. El pueblo español que, en su mayor parte, mantenía viva la fe de sus mayores, recibió con paciencia invicta los reiterados agravios hechos a su conciencia por leyes inicuas; pero la temeridad de sus gobernantes había puesto en el alma nacional, junto con el agravio, un factor de repudio y de protesta contra un poder social que había faltado a la justicia más fundamental, que es la que se debe a Dios y a la conciencia de los ciudadanos.

Junto con ello, la autoridad, en múltiples y graves ocasiones, resignaba en la plebe sus poderes. Los incendios de los templos en Madrid y provincias, en Mayo de 1931, las revueltas de Octubre de 1934, especialmente en Cataluña y Asturias, donde reinó la anarquía durante dos semanas; le período turbulento que corre en Febrero a Julio de 1936, durante el cual fueron destruidas o profanadas 411 iglesias y se cometieron cerca de 3000 atentados graves de carácter político y social, presagiaban la ruina total de la autoridad pública, que se vio sucumbir con frecuencia a la fuerza de poderes ocultos que mediatizaban sus funciones.

Nuestro régimen político de libertad democrática se desquició, por arbitrariedad del Estado y por coacción gubernamental que trastocó la voluntad popular, constituyendo una máquina política en pugna con la mayoría política de la nación, dándose el caso, en las últimas elecciones parlamentarias, Febrero de 1936, de que, con más de medio millón de votos de exceso sobre la izquierdas, obtuviesen las derechas 118 diputados menos que el Frente Popular, por haberse anulado caprichosamente las actas de provincias enteras, viciándose así en su origen la legitimidad del Parlamento.

Y a medida que se descomponía nuestro pueblo por la relajación de los vínculos sociales y se desangraba nuestra economía y se alteraba sin tino el ritmo del trabajo y se debilitaba maliciosamente la fuerza de las instituciones de defensa social, otro pueblo poderoso, Rusia, empalmando con los comunistas de acá, por medio del teatro y el cine, con ritos y costumbres exóticas, por la fascinación intelectual y el soborno material, preparaba el espíritu popular para el estallido de la revolución, que se señalaba casi a plazo fijo.

El 27 de Febrero de 1936, a raíz del triunfo del Frente Popular, el KOMINTERN ruso decretaba la revolución española y la financiaba con exorbitantes cantidades. El 1º de Mayo siguiente centenares de jóvenes postulaban públicamente en Madrid “para bombas y pistolas, pólvora y dinamita para la próxima revolución”. El 16 del mismo mes se reunía en la Casa del Pueblo de Valencia representantes de la URSS con delegados españoles de la III Internacional, resolviendo, en el 9º de sus acuerdos: “Encargar a uno de los radios de Madrid, el designado con el número 25, integrado por agentes de policía en activo, la eliminación de los personajes políticos y militares destinados a jugar un papel de interés en la contrarrevolución”. Entre tanto, desde Madrid a las aldeas más remotas aprendían las milicias revolucionarias la instrucción militar y se las armaba copiosamente, hasta el punto de que, al estallar la guerra, contaba con 150000 soldados de asalto y 100000 de resistencia.

Os parecerá, Venerables Hermanos, impropia de un Documento episcopal la enumeración de estos hechos. Hemos querido sustituirlo a las razones de derecho político que pudiesen justificar un movimiento nacional de resistencia. Sin Dios, que debe estar en el fundamento y a la cima de la vida social; sin autoridad, a la que nada puede sustituir en sus funciones creadoras del orden y mantenedora del derecho ciudadano; con la fuerza material al servicio de los sin Dios ni conciencia, manejados por agentes poderosos de orden internacional, España debía deslizarse hacia la anarquía, que es lo contrario del bien común y de la justicia y orden social. Aquí han venido a parar las regiones españolas en que la revolución marxista ha seguido su curso inicial.

Estos son los hechos. Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en justo juicio. Nadie podrá negar que, al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común, – la religión, la justicia, la paz -, estaba gravemente comprometida; y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición (pf) que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejemos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.

Respondemos a un reparo, que una revista extranjera concreta al hecho de los sacerdotes asesinados y que podría extenderse a todos los que constituyen este inmenso transtorno social que ha sufrido España. Se refiere a la posible de que, de no haberse producido el alzamiento, no se hubiese alterado la paz pública: “A pesar de los desmanes de los rojos- leemos- queda en pie la verdad que si Franco no se hubiese alzado, los centenares o millones de sacerdotes que han sido asesinados hubiesen conservado la vida y hubiesen continuado haciendo en las almas la obra de Dios”. No podemos suscribir esta afirmación, testigo como somos da la situación de España al estallar el conflicto. La verdad es lo contrario; porque es cosa documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución marxista que se gestaba, y que habría estallado en todo el país, si en gran parte de él no lo hubiese impedido el movimiento cívico-militar, estaba ordenado el exterminio del clero católico, como el de los derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la implantación del comunismo. Era por Enero último cuando un dirigente anarquista decía al mundo por radio: “Hay que decir las cosas tal y como son, y la verdad no es otra que la de que los militares se nos adelantaron para evitar que llegáramos a desencadenar la revolución”.

Quede, pues, asentado, como primera afirmación de este Escrito, que un quinquenio de continuos atropellos de los súbditos españoles en el orden religioso y social puso en gravísimo peligro la existencia misma del bien público y produjo enorme tensión en el espíritu del pueblo español; que estaba en la conciencia nacional que, agotados va los medios legales, no había más recurso que el de la fuerza para sostener el orden y la paz; que poderes extraños a la autoridad tenida por legítima decidieron subvertir el orden constituido e implantar violentamente el comunismo; y, por fin, que por lógica fatal de los hechos no le quedaba a España mas que esta alternativa: o sucumbir en la embestida definitiva del comunismo destructor, ya planeada y decretada, como ha ocurrido en la regiones donde no triunfó el movimiento nacional, o intentar, es esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible enemigo y salvar los principio fundamentales de su vida social y de sus características nacionales.

5º. El alzamiento militar y la revolución comunista
El 18 de Julio del año pasado se realizó el alzamiento militar y estalló la guerra que aún dura. Pero nótese, primero, que la sublevación militar no se produjo, ya desde sus comienzos, sin colaboración con el pueblo sano, que se incorporó en grandes masas al movimiento que, por ello, debe calificarse de cívico-militar; y segundo, que este movimiento y la revolución comunista son dos hechos que no pueden separarse, si se quiere enjuiciar debidamente la naturaleza de la guerra. Coincidentes en el mismo momento inicial del choque, marcan desde el principio la división profunda de las dos Españas que se batirán en los campos de batalla.

Aún hay más: el movimiento no se produjo sin que los que lo iniciaron intimaran previamente a los poderes públicos a oponerse por los recursos legales a la revolución marxista inminente. La tentativa fue ineficaz y estalló el conflicto, chocando las fuerzas cívico-militares, desde el primer instante, no tanto con las fuerzas gubernamentales que intentaran reducirlo como con la furia desencadenada de unas milicias populares que, al amparo, por lo menos, de la pasividad gubernamental, encuadrándose en los mandos oficiales del ejército (pf) y utilizando, a más del que ilegítimamente poseían, el armamento de los parques del Estado, se arrojaron como avalancha destructora contra todo lo que constituye un sostén en la sociedad.

Esta es la característica se la reacción obrada en el campo gubernamental contra el alzamiento cívico-militar. Es, ciertamente, un contraataque por parte de las fuerzas fieles al Gobierno; pero es, ante todo, una lucha en comandita con las fuerzas anárquicas que se sumaron a ellas y que con ellas pelearán juntas hasta el fin de la guerra. Rusia, lo sabe el mundo, se injertó en le ejercito gubernamental tomando parte en sus mandos, y fue a fondo, aunque conservándose la apariencia del Gobierno del Frente Popular, a la implantación del régimen comunista por la subversión del orden social establecido. Al juzgar de la legitimidad del movimiento nacional, no podrá prescindirse de la intervención, por la parte contraria, de estas “milicias anárquica incontrolables” – es palabra de un ministro del Gobierno de Madrid – cuyo poder hubiese prevalecido sobre la nación.

Y porque Dios es el más profundo, cimiento de una sociedad bien ordenada- lo era de la nación española- la revolución comunista, aliada de los ejércitos del Gobierno, fue, sobre todo, antidivina. Se cerraba así el ciclo de la legislación laica de la Constitución de 1931 con la destrucción de cuanto era cosa de Dios. Salvamos toda intervención personal de quienes no han militado conscientemente bajo este signo; sólo trazamos la trayectoria general de los hechos.

Por esto se produjo en el alma una reacción de tipo religioso, correspondiente a la acción nihilista y destructora de los sin-Dios. Y España quedó dividida en dos grandes bandos militantes; cada uno de ellos fue como el aglutinante de cada una de las dos tendencias profundamente populares; y a su alrededor, y colaborando con ellos, polarizaron, en forme de milicias voluntarias y de asistencia y servicios de retaguardia, las fuerzas opuestas que tenían divida a la nación.

La guerra es, pues, como un plebiscito armado. La lucha blanca de los comicios de Febrero de 1936, en que la falta de conciencia política del gobierno nacional dio arbitrariamente a las fuerzas revolucionarias un triunfo que no había logrado en las urnas, se transformó, por la contienda cívico-militar, en la lucha cruenta de un pueblo partido en dos tendencias: la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima “civilización” de los soviets rusos.

Las ulteriores complicaciones de la guerra no han variado más que accidentalmente su carácter: el internacionalismo comunista ha corrido al territorio español en ayuda del ejército y pueblo marxista; como, por la natural exigente de la defensa y por consideraciones de carácter internacional, han venido en ayuda de la España tradicional armas y hombres de otros países extranjeros. Pero los núcleos nacionales (pf) siguen igual aunque la contienda, siendo profundamente popular, haya llegado a revestir caracteres de la lucha internacional.

Por esto observadores perspicaces han podido escribir estas palabras sobre nuestra guerra: “Es una carrera de velocidad entre el bolchevismo y la civilización cristiana”. “Una etapa nueva y tal vez decisiva en la lucha entablada entre la Revolución y el Orden”. “Una lucha internacional en un campo de batalla nacional; el comunismo libra en la Península una formidable batalla, de la que depende la suerte de Europa”.

No hemos hecho más que un esbozo histórico, del que deriva esta afirmación: El alzamiento cívico-militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada; en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso titular aquellos principios.

Consecuencia de esta afirmación son las conclusiones siguientes:Primera:Que la Iglesia, a pesar de su espíritu de paz, y de no haber querido la guerra ni haber colaborado en ella, no podía ser indiferente en la lucha: se lo impedía su doctrina y su espíritu el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya obra a de realizar la Iglesia en el mundo, y se causaba a la misma un daño inmenso, en personas, cosas y derechos, como tal vez no la haya sufrido institución alguna en la historia; de la otra, cualesquiera que fuesen los humanos defectos, estaba el esfuerzo por la conservación del viejo espíritu, español y cristiano.Segunda:La Iglesia, con ello, no ha podido hacerse solidaria de conductas, tendencias o intenciones que, en el presente o en lo porvenir, pudiesen desnaturalizar la noble fisonomía del movimiento nacional, en su origen, manifestaciones y fines.Tercera:Afirmamos que el levantamiento cívico-militar ha tenido en el fondo de la conciencia popular de un doble arraigo: el del sentido patriótico, que ha visto en él la única manera de levantar a España y evitar su ruina definitiva; y el sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión.Cuarta:Hoy, por hoy, no ha en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ellas deriva, que el triunfo del movimiento nacional. Tal vez hoy menos que en los comienzos de la guerra, porque el bando contrario, a pesar de todos los esfuerzos de sus hombres de gobierno, no ofrece garantías de estabilidad política y social.

6º. Caracteres de la revolución comunista
Puesta en marcha la revolución comunista, conviene puntualizar sus caracteres. Nos ceñimos a las siguientes afirmaciones, que derivan del estudio de hechos plenamente probados, muchos de los cuales constan en informaciones de toda garantía, descriptivas y gráficas, que tenemos a la vista. Notamos que apenas hay información debidamente autorizada más que del territorio liberado del dominio comunista. Quedan todavía bajo las armas del ejército rojo, en todo o parte, varias provincias; se tiene aún escaso conocimiento de los desmanes cometidos en ellas, los más copiosos y graves.

Enjuiciando globalmente los excesos de la revolución comunista española afirmamos que en la historia de los pueblos occidentales no se conoce un fenómeno igual de vesania colectiva, ni un cúmulo semejante, producido en pocas semanas, de atentados cometidos contra los derechos fundamentales de Dios, de la sociedad y de la persona humana. Ni sería fácil, recogiendo los hechos análogos y ajustando sus trazos característicos para la composición de figuras crimen, hallar en la historia una época o un pueblo que pudieran ofrecernos tales y tantas aberraciones. Hacemos historia, sin interpretaciones de carácter psicológico o social, que reclamarían particular estudio. La revolución anárquica ha sido ‘excepcional en la historia’.

Añadimos que la hecatombe producida en personas y cosas por la revolución comunista fue ‘premeditada’. Poco antes de la revuelta habían llegado de Rusia 79 agitadores especializados. La Comisión Nacional de Unificación Marxista, por los mismos días ordenaba la constitución de las milicias revolucionarias en todos los pueblos. La destrucción de las iglesias, o a lo menos, de su ajuar, fue sistemática y por series. En el breve espacio de un mes se habían inutilizado todos los templos para el culto. Ya en 1931 la Liga Atea tenía en su programa un articulo que decía: ‘Plebiscito sobre el destino que hay que dar a las iglesias y casas parroquiales’; y uno de los Comités provinciales daba esta norma: ‘El local o locales destinados hasta ahora al culto destinarán a almacenes colectivos, mercados públicos, bibliotecas populares, casas de baños o higiene pública, etc.; según convenga a las necesidades de cada pueblo’. Para la eliminación de personas destacadas que se consideraban enemigas de la revolución se habían formado previamente las “listas negras” . En algunas, y en primer lugar, figuraba el Obispo. De los sacerdotes decía un jefe comunista, ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco: “Tenemos orden de quitar toda su semilla”.

Prueba elocuentísima de que de la destrucción de los templos y la matanza de los sacerdotes, en forma totalitaria fue cosa premeditada, es su número espantoso. Aunque son prematuras las cifras, contamos unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Los sacerdotes asesinados, contando un promedio del 40 por 100 en las diócesis desbastadas en algunas llegan al 80 por 100 sumarán, sólo del clero secular, unos 6.000. Se les cazó con perros, se les persiguió a través de los montes; fueron buscados con afán en todo escondrijo. Se les mató sin perjuicio las más de las veces, sobre la marcha, sin más razón que su oficio social.

Fue “cruelísima” la revolución. Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie horrenda. En su número: se calculan en número superior de 300.000 los seglares que han sucumbido asesinados, sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas: en Madrid, y en los tres meses primeros, fueron asesinados más de 22.000. Apenas hay pueblo en que no se haya eliminado a los más destacados derechistas. Por la falta de forma: sin acusación, sin pruebas, las más de las veces sin juicio. Por los vejámenes: a muchos se les han amputado los miembros o se les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se les han vaciados los ojos, cortado la lengua, abierto en canal, quemado o enterrado vivos, matado a hachazos. La crueldad máxima se ha ejercido en los ministros de Dios. Por respeto y caridad no queremos puntualizar más.

La revolución fue “inhumana”. No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aún la consagrada a Dios por sus votos. Se han profanado las tumbas y cementerios. En el famoso monasterio románico de Ripoll se han destruido los sepulcros, entre los que había el de Wifredo el Velloso, conquistador de Cataluña, y el del Obispo Morgades, restaurador del célebre cenobio. En Vich se ha profanado la tumba del gran Balmes y leemos que se ha jugado al fútbol con el cráneo del gran Obispo Torras y Bages. En Madrid y en el cementerio viejo de Huesca se han abierto centenares de tumbas para despojar a los cadáveres del oro de sus dientes o de sus sortijas. Algunas formas de martirio suponen la subversión o supresión del sentido de humanidad.

La revolución fue “bárbara”, en cuanto destruyó la obra de civilización de siglos. Destruyó millares de obras de arte, muchas de ellas de fama universal. Saqueó o incendió los archivos imposibilitando la rebusca histórica y la prueba instrumental de los hechos jurídico y social. Quedan centenares de telas pictóricas acuchilladas (pf), de esculturas mutiladas, de maravillas arquitectónicas para siempre deshechas. Podemos decir que el caudal de arte, sobre todo religioso, acumulado en siglos, ha sido estúpidamente destrozado en unas semanas, en las regiones dominadas por los comunistas. Hasta el Arco de Bará, en Tarragona, obra romana que había visto veinte siglos, llevó la dinamita su acción destructora. Las famosas colecciones de arte de la Catedral de Toledo, del Palacio de Liria, del Museo del Prado, han sido torpemente expoliadas. Numerosas bibliotecas han desaparecido. Ninguna guerra, ninguna invasión bárbara, ninguna conmoción social, en ningún tiempo: una organización sabia, puesta al servicio de un terrible propósito de aniquilamiento, concentrado contra las cosas de Dios, y los modernos medios de locomoción y destrucción al alcance de toda mano criminal.

Conculcó la revolución lo más elementales principios del “derecho de gentes”. Recuérdense las cárceles de Bilbao, donde fueron asesinado por las multitudes, en forma inhumana, centenares de presos, las represalias cometidas en los rehenes custodiados en buques y prisiones, sin más razón que un contratiempo de guerra; los asesinatos en masa, atados los infelices prisioneros e irrigados con el chorro de balas de las ametralladoras; el bombardeo de ciudades indefensas, sin objetivo militar.

La revolución fue esencialmente ‘antiespañola’. La obra destructora se realizó a los giros de “¡Viva Rusia!”, a la sombra de la bandera internacional comunista. Las inscripciones murales, la apología de personajes forasteros, los mandos militares en manos de jefes rusos, el expolio de la nación a favor de extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba sobrada del odio al espíritu nacional y al sentido de patria.

Pero, sobre todo, la revolución fue “anticristiana”. No creemos que en la historia del Cristianismo y en el espacio de unas semanas se haya dado explosión semejante, en todas las formas de pensamiento, de voluntad y de pasión, del odio contra Jesucristo y su religión sagrada. Tal ha sido el sacrilegio estrago que ha sufrido la Iglesia en España, que el delegado de los rojos españoles enviado al Congreso de los “sin – Dios”, en Moscú, pudo decir: “España ha superado en mucho la obra de los Soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente aniquilada”.

Contamos los mártires por millares; su testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria; pero casi no hallaríamos en el Martirologio romano una forma de martirio no usada por el comunismo, sin exceptuar la crucifixión; y en cambio hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y máquinas modernas.

El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado al paroxismo, y en los centenares de Crucifijos acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, en los pasquines de Bilbao en que se blasfemaba sacrílegamente de la Madre de Dios, en la infame literatura de las trincheras rojas, en que se ridiculizan los divinos misterios, en la reiterada profanación de las Sagradas Formas, podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices comunista. “Tenía jurado vengarme de ti” – le decía uno de ellos al Señor encerrado en el Sagrario; y encañonado la pistola disparó contra él, diciendo: “Ríndete a los rojos; ríndete al marxismo”.

Ha sido espantosa la profanación de las sagradas reliquias: han sido destrozados o quemados los cuerpos de San Narciso, San Pascual Bailón, la Beata Beatriz de Silva, San Bernardo Calvó y otros. Las formas de profanación son inverosímiles, y casi no se conciben sin subestación diabólica. Las campanas han sido destrozadas y fundidas. El culto, absolutamente suprimido en todo el territorio comunista, si se exceptúa una pequeña porción del norte. Gran número de templos. Entre ellos verdaderas joyas de arte, han sido totalmente arrasados: en esta obra inicua se ha obligado a trabajar a pobres sacerdotes. Famosas imágenes de veneración secular han desaparecido para siempre, destruidas o quemadas. En muchas localidades la autoridad ha obligado a los ciudadanos a entregar todos los objetos religiosos de su pertenencia para destruirlos públicamente: pondérese lo que esto representa en el orden del derecho natural, de los vínculos de familia y de la violencia hecha a la conciencia cristiana.

Nos seguimos, venerables Hermanos, en la crítica de la actuación comunista en nuestra patria, y dejamos a la historia la fiel narración de los hechos en ella acontecidos. Si se nos acusaran de haber señalado en forma tan cruda estos estigmas de nuestra revolución, nos justificaríamos con el ejemplo de San Pablo, que no duda en vindicar con palabras tremendas la memoria de los profetas de Israelí que tiene durísimos calificativos para los enemigos de Dios; o con el de nuestro Santísimo Padre que, en su Encíclica sobre el Comunismo ateo habla de “una destrucción tan espantosa, llevada a cabo, en España, con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiese creído posible en nuestro siglo”.

Reiteramos nuestra palabra de perdón para todos y nuestro propósito de hacerles el bien máximo que podamos. Y cerramos este párrafo con estas palabras del “Informe Oficial” sobre las ocurrencias de la revolución en sus tres primeros meses: “No se culpe al pueblo español de otra cosa más que de haber servido el instrumento para la perpetración de estos delitos”… Este odio a la religión y a las tradiciones patrias, de las que eran exponente y demostración tantas cosas para siempre perdidas, ‘llegó de Rusia, exportando por orientales de espíritu perverso’. En descargo de tantas víctimas, alucinadas por “doctrinas demonios”, digamos que al morir, sancionados por la ley, nuestros comunistas se han reconciliado en su inmensa mayoría con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto impenitentes sólo un dos por ciento; en las regiones del sur no más de un veinte por ciento, y en las del norte no llegan tal vez al diez por ciento. Es prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo.

7º. El movimiento nacional: sus caracteres
Demos ahora un esbozo del carácter del movimiento llamado “nacional”. Creemos justa esta denominación. Primero, por su espíritu; porque la nación española estaba disociada, en su inmensa mayoría, de una situación estatal que no supo encarnar sus profundas necesidades y aspiraciones; y el movimiento fue aceptado como una esperanza en toda la nación; en las regiones no liberadas sólo espera romper la coraza de las fuerzas comunistas que le oprimen. Es también nacional por su objetivo, por cuanto tiende a salvar y sostener para lo futuro las esencias de un pueblo organizado en un Estado que sepa continuar dignamente su historia. Expresamos una realidad y un anhelo general de los ciudadanos españoles; no indicamos los medios para realizarlo.

El movimiento ha fortalecido el sentido de patria, contra el exotismo de las fuerzas que le son contrarias. La patria implica una paternidad; es el ambiente moral, como de una familia dilatada, en que logra el ciudadano su desarrollo total; y el movimiento nacional ha determinado una corriente de amor que se ha concentrado alrededor del nombre y de la sustancia histórica de España, con aversión de los elementos forasteros que nos acarrearon la ruina. Y como el amor patrio, cuando se ha sobrenaturalizado por el amor de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, toca las cumbres de la caridad cristiana, hemos visto una explosión de verdadera caridad que ha tenido su expresión máxima en la sangre de millares de españoles que le han dado la grito de “¡Viva España!” “¡Viva Cristo Rey!”

Dentro del movimiento nacional se ha producido el fenómeno, maravilloso, del martirio – verdadero martirio, como ha dicho el Papa – de millares de españoles, sacerdotes, religiosos y seglares; y este testimonio de sangre deberá condicionar en lo futuro, so pena de inmensa responsabilidad política, la actuación de quienes, depuestas las armas, hayan de construir el nuevo estado en el sosiego de la paz.

El movimiento ha garantizado el orden en el territorio por él dominado. Contraponemos la situación de las regiones en que ha prevalecido el movimiento nacional a las denominadas aún por los comunistas. De estas puede decirse la palabra del Sabio: “Ubi non est gubernatur, dissipabitur populus”; sin sacerdotes, sin templos, sin culto, sin hambre y la miseria. En cambio, en medio del esfuerzo y del dolor terrible de la guerra, las otras regiones viven en la tranquilidad del orden interno, bajo la tutela de una verdadera autoridad, que es el principio de la justicia, de la paz y del progreso que prometen la fecundidad de la vida social. Mientras en la España marxista se vive sin Dios, en las regiones indemnes o reconquistadas se celebra profusamente el culto divino y pululan y florecen nuevas manifestaciones de la vida cristiana.

Esta situación permite esperar un régimen de justicia y paz para el futuro. No queremos aventurar ningún presagio. Nuestros males son gravísimos. La relajación de los vínculos sociales; las costumbres de una política corrompida; el desconocimiento de los deberes ciudadanos; la escasa formación de una conciencia íntegramente católica; la división espiritual en orden a la solución de nuestros grandes problemas nacionales; la eliminación, por asesinato cruel, de millares de hombres selectos llamados por su estado y formación a la obra de la reconstrucción nacional; los odios y la escasez que son secuelas de toda guerra civil; la ideología extranjera sobre el Estado, que tiende a descuajarle la idea y de las influencias cristianas; serán dificultada enorme para hacer una España nueva injertada (pf) en el tronco de nuestra vieja historia y vivificada por su savia. Pero tenemos la esperanza de que, imponiéndose con toda su fuerza el enorme sacrificio realizado, encontraremos otra vez nuestro verdadero espíritu nacional. Entramos en él paulatinamente por una legislación en que predomina el sentido cristiano en la cultura, en la moral, en la justicia social y en el honor y culto que se debe a Dios.

Quiera Dios ser en España el primer bien servido, condición esencial para que la nación sea verdaderamente bien servida.

8º. Se responde a unos reparos
No llenaríamos el fin de esta Carta, Venerables Hermanos, si no respondiéramos a algunos reparos que se nos han hecho desde el extranjero.

Se ha acusado a la Iglesia de haberse defendido contra un movimiento popular haciéndose fuerte en sus templos y siguiéndose de aquí la matanza de sacerdotes y la ruina de las iglesias. – Decimos que no. La irrupción contra los templos fue súbita, casi simultánea en todas las regiones, y coincidió con la matanza de sacerdotes. Los templos ardieron porque eran casas de Dios, y los sacerdotes fueron sacrificados porque eran ministros de Dios. La prueba es copiosísima. La Iglesia no ha sido agresora. Fue la primera bienhechora del pueblo, inculcando la doctrina y fomentando las obras de justicia social. Ha sucumbido – donde ha dominado el comunismo anárquico – víctima inocente, pacífica, indefensa.

Nos requieren del extranjero para que digamos si es cierto que la iglesia en España era propietaria del tercio del territorio nacional, y que el pueblo se ha levantado para librarse de su opresión.- Es acusación ridícula. La Iglesia no poseía más que pocas e insignificantes parcelas, casas sacerdotales y de educación, y hasta de esto se había útilmente incautado el Estado. Todo lo que posee la Iglesia en España no llenaría la cuarta parte de sus necesidades, y responde a sacratísimas obligaciones.

Se le imputa a la Iglesia la nota de temeridad y partidismo la mezclarse en la contienda que tiene dividida a la nación.- La Iglesia se ha puesto siempre del lado de la justicia y de la paz, y ha colaborado con los poderes del Estado, en cualquier situación, al bien común. No se ha atado a nadie, fuesen partidos, personas o tendencias. Situada por encima de todos y de todo, ha cumplido sus deberes de adoctrinar y exhortar a la caridad, sintiendo pena profunda por haber sido perseguida y repudiada por gran número de sus hijos extraviados. Apelamos a los copiosos escritos y hechos que abonan estas afirmaciones.

Se dice que esta guerra es de clases, y que la Iglesia se ha puesto del lado de los ricos.- Quienes conocen sus causas y naturaleza saben que no. Que aun reconociendo algún descuido en el cumplimiento de los deberes de justicia y caridad, que la iglesia ha sido la primera en urgir, las clases trabajadoras estaban fuertemente protegidas por la ley, y la nación había entrado por el franco camino de una mejor distribución de la riqueza. La lucha de clases es más virulenta en otros países que en España. Precisamente en ella se ha librado de la guerra horrible gran parte de las regiones más pobres, y se ha ensañado más donde ha sido mayor el coeficiente de la riqueza y del bienestar del pueblo. Ni pueden echarse en el olvido nuestra avanzada legislación social y nuestras prósperas instituciones de beneficencia y asistencia pública y privada, de abolengo español, y cristiano. El pueblo fue engañado con promesas irrealizables, incompatibles no sólo con la vida económica del país, sino con cualquier clase (pf) de vida económica organizada. Aquí está la bienandanza de las regiones indemnes, y la miseria, que se adueñó ya de las que han caído bajo el dominio comunista.

La guerra de España, dice, no es más que un episodio de la lucha universal entre la democracia y el estatismo; el triunfo del movimiento nacional llevará a la nación a la esclavitud del Estado. La Iglesia de España – leemos en una revista extranjera – ante el dilema de la persecución por el Gobierno de Madrid o la servidumbre a quienes representan tendencias políticas que nada tiene de cristiano, ha optado por la servidumbre.- No es éste el dilema que se ha planteado a la Iglesia en nuestro país, sino éste: La iglesia, antes de perecer totalmente en manos del comunismo, como ha ocurrido en las regiones por él dominadas, se siente amparada por un poder que hasta ahora ha garantizado los principios fundamentales de toda sociedad, sin miramiento ninguno a sus tendencias políticas.

Cuanto a lo futuro, no podemos predecir lo que ocurrirá al final de la lucha. Si que afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un Estado autócrata sobre una nación humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos viejos. Confiamos en la prudencia de los hombres de gobierno, que no querrán aceptar moldes extranjeros para la configuración del Estado español futuro, sino que tendrán en cuenta las exigencias de la vida íntima nacional y la trayectoria marcada por los siglos pasados. Toda sociedad bien ordenada basa sobre principios profundos y de ellos vive, no de aportaciones adjetivas y extrañas, discordes con el espíritu nacional. La vida es más fuerte que lo programas, y un gobernante prudente no impondrá un programa que violente las fuerzas íntimas de la nación. Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia irresponsable de un parlamento fuese sustituida por la más terrible de una dictadura desarraigada de la nación. Abrigamos la esperanza legítima de que no será así. Precisamente lo que ha salvado a España en el gravísimo momento actual ha sido la persistencia de los principios seculares que han informado nuestra vida y el hecho de que un gran sector de la nación se alzara para defenderlos. Sería un error quebrar la trayectoria espiritual del país, y no es de creer que se caiga en él.

Se imputan a los dirigentes del movimiento nacional crímenes semejantes a los cometidos por los del Frente Popular. “El ejército blanco, leemos en acreditada revista católica extranjera, recurre a medios injustificado, contra los que debemos protestar… El conjunto de informaciones que tenemos indica que el terror blanco reina en la España nacionalista con todo el horror que representan casi todos los terrores revolucionarios… Los resultados obtenidos parecen despreciables al lado del desarrollo de crueldad metódicamente organizada de que hacen prueba las tropas”. – El respetable articulista está malísimamente informado. Tiene toda guerra sus excesos; los habrá tenido, sin duda, el movimiento nacional; nadie se defiende con total serenidad de las cosas arremetidas de un enemigo sin entrañas. Reprobando en nombre de la justicia y de la caridad cristianas todo exceso que se hubiese cometido, por error o por gente subalterna y que metódicamente ha abultado la información extranjera, decimos que el juicio que rectificamos no responde a la verdad, y afirmamos que va una distancia enorme, infranqueable, y entre los principios de justicia, de su administración y de la forma de aplicarla entre una y otra parte. Más bien diríamos que la justicia del Frente Popular ha sido una historia horrible de atropellos a la justicia, contra Dios, la sociedad y los hombres. No puede haber justicia cuando se elimina a Dios, principio de toda justicia. Matar por matar, destruir por destruir; expoliar al adversario no beligerante, como principio de actuación cívica y militar, he aquí lo que se puede afirmar de los unos con razón y no se puede imputar a los otros sin injusticia.

Dos palabras sobre le problema de nacionalismo vasco, tan desconocido y falseado y del que se ha hecho arma contra el movimiento nacional.- Toda nuestra admiración por las virtudes cívicas y religiosas de nuestros hermanos vascos. Toda nuestra caridad por la gran desgracia que les aflige, que consideramos nuestra, porque es de la patria. Toda nuestra pena por la ofuscación que han sufrido sus dirigentes en un momento grave de su historia. Pero toda nuestra reprobación por haber desoído la voz de la Iglesia y tener realidad en ellos las palabras del Papa en su Encíclica sobre el comunismo: “Los agentes de destrucción, que no son tan numerosos, aprovechándose de estas discordias (lo de los católicos), las hacen más estridentes, y acaban por lanzar a la lucha a los católicos los unos a los otros. – “Los que trabajando por aumentar las disensiones entre católicos toman sobre sí una terrible responsabilidad, ante Dios y ante la Iglesia”. – “El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, los que quieren salvar la civilización cristiana”. – “Cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, más se distingan por la antigüedad y grandeza de su civilización cristiana, tanto más devastador se manifestará allí el odio de los ‘sin – Dios'”.

En una revista extranjera de gran circulación se afirma que el pueblo se ha separado en España del sacerdote porque éste se recluta en la clase señoril; y que no quiere bautizar a sus hijos por los crecidos derechos de administración del Sacramento.- A lo primero respondemos que las vocaciones en los distintos Seminarios de España están reclutados en la siguiente forma: Número total de seminaristas en 1935: 7401; nobles, 6; ricos, con un capital superior de 10.000 pesetas, 115; pobres, o casi pobres, 7280. A lo segundo, que antes del cambio de régimen no llegaban los hijos de padres católicos no bautizados al uno por diez miel; el arancel es modicísimo, y nulo para los pobres.

9º. Conclusión
Cerramos, Venerables Hermanos, esta ya larga Carta rogándonos nos ayudéis a lamentar la gran catástrofe nacional de España, en que se han perdido, con la justicia y la paz, fundamento del bien común y de aquella vida virtuosa de la Ciudad de que nos habla el Angélicos, tantos valores de civilización y de vida cristiana. El olvido de la verdad y de la virtud, en el orden político, económico y social, nos ha acarreado esta desgracia colectiva. Hemos sido mal gobernados, porque, como dice Santo Tomás, Dios hace reinar le hombre hipócrita por causa de los pecados del pueblo.

A vuestra piedad, añadid la caridad de vuestras oraciones y las de vuestros fieles; para que aprendamos la lección del castigo con que Dios nos ha probado: para que se reconstruya pronto nuestra patria y pueda llenar sus destinos futuros , de que son presagio los que ha cumplido en siglos anteriores; para que se contenga , con el esfuerzo y las oraciones de todos, esta inundación de comunismo que tiende a anular al Espíritu de Dios y al espíritu hombre, únicos polos que han sostenido las civilizaciones que fueron.

Y completad vuestra obra con la caridad de la verdad sobre las cosas de España. “Non est addenda afflictio afflictis”; a la pena por lo que sufrimos se ha añadido la de no haberse comprendido nuestros sufrimientos. Más, la de aumentarlos con la mentira, con la insidia, con la interpretación torcida de los hechos. No se nos ha hechos siquiera el honor de considerarnos víctimas. La razón y la justicia se han pesado en lamisca balanza que la sinrazón u la injusticia, tal vez la mayor que han visto los siglos. Se ha dado el mismo crédito al periódico asalariado, al folleto procaz o al escrito del español prevaricador, que ha arrastrado por el mundo con vilipendio el nombre de su madre patria, que a la voz de los Prelados, al concienzudo estudio del moralista o a la relación auténtica del cúmulo de hechos que son afrenta de la humana historia. Ayudadnos a difundir la verdad. Sus derechos sin imprescriptibles, sobre todo cuando se trata del honor de un pueblo, de los prestigios de la Iglesia, de la salvación del mundo. Ayudadnos con la divulgación del contenido de estas Letras, vigilando la prensa y la propaganda católica, rectificando los errores de la indiferente o adversa. El hombre enemigo ha sembrado copiosamente la cizaña: ayudadnos a sembrar profusamente la buena semilla.

Consentidnos una declaración última. Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la Patria. Son hijos nuestros. Invocamos ante Dios y a favor de ellos los méritos de nuestros mártires, de los diez Obispos y de los miles de sacerdotes y católicos que murieron perdonándoles, así como el dolor, como de mar profundo, que sufre nuestra España. Rogad para que en nuestra patria se extingan los odios, se acerquen las almas y volvamos a ser todos unos en los vínculos de la caridad. Acordaos de nuestros Obispos asesinados, de tantos millares de sacerdotes, religiosos y seglares selectos que sucumbieron sólo porque las milicias escogida de Cristo; y pedid al Señor que dé fecundidad a su sangre generosa. De ninguno de ellos se sabe que claudicara en la hora del martirio; por millares dieron altísimos ejemplos de heroísmo. Es gloria inmarcesible de nuestra España. Ayudadnos a orar, y sobre nuestra tierra, regada hoy con sangre de hermanos, brillará otra vez el iris de la paz cristiana y se reconstruirán a la par nuestra Iglesia, tan gloriosa, y nuestra Patria, tan fecunda.

Y que la paz del Señor sea con todos nosotros, ya que nos ha llamado a todos a la gran obra de la paz universal, que es el establecimiento del Reino de Dios en el mundo por la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la que nos ha constituido Obispos y Pastores.

Os escribimos desde España, haciendo memoria de los Hermanos difuntos y ausentes de la patria, en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, 1º de Julio de 1937

ISIDRO, Card. GOMÁ Y TOMÁS, Arzobispo de Toledo; EUSTAQUIO, Card. ILUNDAIN Y ESTEBAN, Arzobispo de Sevilla; PRUDENDIO, Arzobispo de Valencia; MANUEL, Arzobispo de Burgos; RIGOBERTO, Arzobispo de Zaragoza; TOMAS, Arzobispo de Santiago; AGUSTIN, Arzobispo de Granada, Administrador Apostólico de Almería, Guadix y Jaén; ADOLFO, Obispo de Córdoba, Administrador Apostólico del Obispado Priorato de Ciudad Real; JOSÉ, Arzobispo-Obispo de Mallorca; LEOPOLDO, Obispo de Madrid-Alcalá; MANUEL, Obispo de Palencia; ENRIQUE, Obispo de Salamanca; VALENTIN, Obispo de Solsona; JUSTINO, Obispo de Urgel; MIGUEL DE LOS SANTOS, Obispo de Cartagena; FIDEL, Obispo de Calahorra; FLORENCIO, Obispo de Orense; RAFAEL, Obispo de Lugo; FELIX, Obispo de Tortosa; FR. ALBINO, Obispo de Tenerife; JUAN, Obispo de Jaca; JUAN, Obispo de Vich; NICANOR, Obispo de Tarazona, Administrador Apostólico de Tudela; JOSÉ, Obispo de Santander; FELICIANO, Obispo de Plasencia; ANTONIO, Obispo de Quersoneso de Creta, Administrador Apostólico de Ibiza; LUCIANO, Obispo de Segovia; MANUEL, Obispo de Zamora; MANUEL, Obispo de Curio, Administrador Apostólico de Ciudad Rodrigo; LINO, Obispo de Huesca; ANTONIO, Obispo de Tuy; JOSÉ MARIA, Obispo de Badajoz; JOSÉ, Obispo de Gerona; JUSTO, Obispo de Oviedo; FR. FRANCISCO, Obispo de Coria; BENAJAMIN, Obispo de Mondoñedo; TOMÁS, Obispo de Osma; FR. ANSELMO, Obispo de Teruel-Albarracín; SANTOS, Obispo de Avila; BALBINO, Obispo de Málaga; MARCELINO, Obispo de Pamplona; ANTONIO, Obispo de Canarias; HILARIO YABEN. Vicario Capitular de Sigüenza; EUGENIO DOMAICA, Vicario Capitular de Cádiz; EMILIO F. GARCÍA, Vicario Capitular de Ceuta; FERNANDO ALVAREZ, Vicario Capitular de León; JOSÉ ZURITA, Vicario Capitular de Valladolid.

 

 

[7] Morir en fila

Por JULIÁN CASANOVA

Artículo publicado el 14 de diciembre de 2008 en
 

La religión y el patriotismo ampararon la matanza de varios miles de ciudadanos en Zaragoza durante la Guerra Civil y la posguerra. A cientos de ellos nunca se les inscribió en el registro de defunciones, mientras que otros muchos aparecieron como “hombre o mujer sin identificar”. Al principio, en los meses que siguieron a la sublevación militar, ese terror no necesitó de procedimientos ni garantías previas. Sólo 27 de las 2.598 víctimas registradas en 1936 pasaron por consejos de guerra. A veces, las autoridades judiciales se presentaban para proceder al levantamiento de cadáveres, pero lo normal en esos primeros momentos es que quedaran abandonados a orillas del canal Imperial, en los descampados de Valdespartera o en los barrios rurales que rodeaban a la capital.

Muchos familiares intentaban salvar a sus seres queridos. Y lo que encontraban eran falsas promesas, engaños

Unos meses después, puestos ya en marcha los juzgados militares, legalizado el asesinato por las autoridades golpistas, las ejecuciones se realizaban en las tapias del cementerio de Torrero, muy cerca de la cárcel. Fue testigo de ello Gumersindo de Estella, un padre capuchino que se encargó de la “asistencia espiritual a los reos” y que escribió, en forma de diario, unas memorias estremecedoras en las que describe el rito cotidiano de los fusilamientos, las confidencias de los condenados a muerte o la actitud de una parte del clero católico, empeñado “en acreditar con su sello divino una empresa pasional de odio y violencia”.

La capilla de la cárcel de Torrero de Zaragoza era en realidad un local destinado a “sala de jueces”, donde los días en que había ejecuciones se improvisaba un altar con lo necesario para la misa. Un retrato de Franco presidió la ceremonia hasta que a mediados de 1938 Gumersindo de Estella consiguió que fuera retirado, tras haber señalado insistentemente a las autoridades que “la presencia de Franco en la capilla y en su altar como santo crispaba los nervios de los reos y les causaba feroz indignación porque sabían que las sentencias de muerte eran firmadas por él”.

Entraban los presos en capilla alrededor de las cinco de la mañana. El sacerdote hablaba con ellos, les preguntaba por sus familias, por la causa de la muerte y sobre todo si practicaban la religión. Algunos aceptaban la confesión y la comunión “con recogimiento envidiable”. A otros había que convencerles de la necesidad de “buscar consuelo en lo sobrenatural”. Había quienes no admitían diálogo o se negaban a recibir auxilio espiritual. “No señor, no me invite a practicar la religión”, le dijo un reo el 11 de junio de 1938. “Las derechas están matando en nombre de la religión y hacen la guerra en nombre de la religión. Y una religión que les inspira tanta crueldad, no la quiero”.

A las seis de la mañana, los guardias civiles comenzaban “la faena” de atarles las manos. De la cárcel los trasladaban a las tapias del cementerio en una camioneta. Durante el corto recorrido, continuaban sin cesar los “ayes lastimosos” que el sacerdote trataba de calmar dándoles a besar el crucifijo. Los acompañaba hasta que eran colocados en fila mirando a la tapia. Tras caer derribados por los tiros del pelotón de fusilamiento, les daba la absolución y la extremaunción antes de que el teniente de turno se acercara y descargara “dos o tres tiros de pistola en la cabeza”.

Los que iban a morir le contaban a menudo, minutos antes de los fatales disparos, que habían sido denunciados por sus vecinos, con cualquier pretexto, rencillas personales, políticas, de negocios, que dejaban las manos libres al denunciante mientras al otro lo metían en la fosa. Cuando le confesaban que la denuncia había salido del cura, el padre Gumersindo reflexionaba sobre el daño que ese comportamiento hacía a la religión. Él, como cristiano y sacerdote, “sentía repugnancia ante tan numerosos asesinatos y no podía aprobarlos”, una actitud que contrastaba con la de otros religiosos, “incluso superiores míos, que se entregaban a un regocijo extraordinario y no sólo aprobaban cuanto ocurría, sino aplaudían y prorrumpían en vivas con frecuencia”.

Nada cambió con el final de la guerra, el 1 de abril de 1939: el mismo rito de la muerte, la farsa de los juicios, la desesperación de los presos inocentes. Muchos familiares removían Roma con Santiago para salvar a sus seres queridos. Y lo que encontraban eran largas, falsas promesas, macabros engaños. Como le sucedió a aquella madre que fue el 12 de febrero de 1940 a hablar con Gumersindo de Estella. Estaba contenta porque había sido muy bien recibida en Madrid y confiaba en que su hijo iba a ser indultado. “¡Infeliz!”, anotaba en su diario el fraile capuchino, no sabía la madre que su hijo, Juan García Jariod, escribiente de Caspe de 22 años, tenía la sentencia de muerte firmada por Franco y había sido remitida a Zaragoza para su ejecución. Fue fusilado al día siguiente, 13 de febrero, junto a ocho condenados. Tres días después de su muerte llegó el indulto.

Era tanto el exceso asesino que hasta perfeccionaban el escenario. El 6 de noviembre de 1939, cuando Gumersindo de Estella llegó al cementerio acompañando a los 16 condenados de ese día, observó una novedad. Habían levantado una larga valla de tablones de más de dos metros de alto. Y entre esa valla y la tapia quedaba un espacio de un metro que había sido llenado de tierra. Las miles de balas descargadas desde julio de 1936 habían destrozado la tapia y los disparos traspasaban ya la pared, alcanzando a los ataúdes de los nichos del cementerio.

La mayoría de esos fusilados que constan en los libros de registro del cementerio -más de 3.000 durante la guerra y casi 500 durante la posguerra- fueron enterrados en fosas comunes. Allí permanecieron durante la dictadura de Franco, mientras que ya en 1941 se construyó en el cementerio una capilla-osario para los “caídos de la Cruzada de liberación” y unos años más tarde, en 1953, se levantó en la plaza del Pilar un gran “monumento a los héroes y mártires de nuestra gloriosa Cruzada”.

En 1979, al efectuar unas obras en el cementerio, se descubrieron dos grandes zanjas de 500 metros de longitud por dos de anchura con los restos de numerosos asesinados. En aquella España recién salida de la dictadura nada se hizo por identificarlos, localizar a sus familias, darles una digna sepultura. Con algunas excepciones, los restos fueron trasladados a otra fosa común, enterrados de nuevo en el silencio, aunque el primer Ayuntamiento democrático de Zaragoza levantó allí un monolito en memoria de “cuantos murieron por la libertad y la democracia”. En ese mismo cementerio, hoy, en su entrada principal, lo primero que el visitante contempla es la gran cruz del monumento a los héroes y mártires de la Cruzada, trasladado allí en 1992 desde la plaza del Pilar.

Son los diferentes recuerdos y memorias de aquella guerra y de la larga posguerra, unos omnipresentes y los otros ocultos, silenciados, recuperados con agrios debates políticos. Porque hay quienes creen todavía que desenterrar ese pasado, reconocer a esas víctimas de la guerra y de la dictadura, es “resucitar fantasmas de la peor historia de España y suscita rencores y divisiones”, como dijo hace poco un concejal del PP del Ayuntamiento de Zaragoza. No se trata de fantasmas, sin embargo, sino de miles de víctimas masacradas en nombre del orden, la patria y la religión. Son el rostro visible de una historia que la democracia no puede olvidar.

 

 

 

 

 

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