TARTUFO (El Impostor). «España, macrogranja de tartufos», por Pedro de Tena

TARTUFO

La gangrena de los partidos del turno

Por Jesús Cacho

Vozpopuli, 20 FEB 2022

TARTUFO
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder del PP, Pablo Casado, en una imagen de archivo. Europa Press

 

A caballo entre dos siglos, el Partido Conservador de Cánovas y el Liberal de Sagasta conformaron durante la Restauración alfonsina lo que se dio en llamar el "sistema del turno", una forma de alternancia bipartidista, nacido del Pacto de El Pardo (1885), mediante el cual un partido sucedía a otro en el Gobierno de la nación con la bendición del Palacio Real. El sistema hizo crisis a partir de 1917, víctima de la corrupción galopante de un régimen que mantenía lejos del poder a grandes capas de población en una España rural y agraria, con un escandaloso porcentaje de analfabetos, con el poder en manos de una oligarquía que no pagaba impuestos y un ejército derrotado tras la crisis del 98 que intentó lavar su honor con aventuras como la del Annual; un país, en suma, pobre y recluido sobre sí mismo, alejado de las corrientes de modernidad que soplaban en Europa. La incapacidad del régimen para regenerarse desde dentro, corroído además por las divisiones internas (Romanones contra García Prieto en el Partido Liberal; Dato contra Maura en el Conservador) tuvo su epitafio en la dictadura de Primo de Rivera y, más tarde, en la huida de Alfonso XIII, la proclamación de la República y la Guerra Civil.

Partido Popular (PP) y Partido Socialista Obrero Español (PSOE) han sido los partidos del "turno" de la transición, los pies sobre los que ha caminado un sistema gestado en torno al rey Juan Carlos I en estrecha alianza con ambas formaciones y en un club en el que se dio entrada al nacionalismo burgués catalán y vasco, más el PCE como inevitable pátina democrática. Bajo el paraguas de la Constitución del 78, esta alianza ha protagonizado la época de mayor prosperidad que ha conocido España en su historia, años durante los cuales el cogollo del régimen tejió una tupida red de intereses con las grandes empresas económico financieras de la nación, con el respaldo de unos medios de comunicación a los que se encargó la tarea de mantener a una población embebida en el consumo de espaldas a una corrupción que ya a finales de los ochenta comenzaba a hacer estragos. Los cuatro años del primer Gobierno Aznar fueron seguramente los mejores del periodo. La consiguiente mayoría absoluta le otorgó la posibilidad de enmendar el rumbo de un país que para entonces ya tenía claro dónde estaban los agujeros negros del diseño constitucional (la organización territorial, por ejemplo), pero el virrey de la derecha prefirió emplearse en bodas y bautizos en lugar de abordar el calafateado a fondo que el sistema reclamaba. El crecimiento, que se creyó sin fin -pensó-, lo arreglaría todo.

 

La transición ha muerto, en efecto, pero lo nuevo o por venir no acaba de nacer, víctima la nación de las miserias de unos partidos del "turno" cuya descomposición se ha acelerado en los últimos años a pasos de gigante

 

El destino de la nación cambió para siempre con los atentados del 11-M de 2004, episodio sobre el que siguen existiendo grandes lagunas. La masacre dio paso a un Gobierno presidido por un personaje menor en lo intelectual y moral, empeñado en cuestionar el pacto constitucional y en el rechazo al "abrazo de Vergara" que significó la reconciliación entre vencedores y vencidos tras el final del franquismo. La abdicación de Juan Carlos I, víctima obligada de una corrupción consentida por los jefes de los partidos "dinásticos", marcó en 2014 el final de la transición y la apertura de un periodo de incertidumbre que se prolonga hasta hoy. La transición ha muerto, en efecto, pero lo nuevo o por venir no acaba de nacer, víctima la nación de las miserias de unos partidos del "turno" cuya descomposición se ha acelerado en los últimos años a pasos de gigante. Tras la debacle del Gobierno Zapatero, la sede del PSOE fue tomada al asalto por un aventurero sin escrúpulos que en el otoño de 2016 había sido expulsado de la misma ante el temor del establishment socialista de que terminara haciendo lo que finalmente hizo, aliarse con los enemigos de la nación de ciudadanos libres e iguales para hacerse con el poder. El PSOE de Sánchez no tiene nada que ver con el de un Felipe, y más que un partido es una "partida" que el sujeto controla con mano de hierro y el respaldo de una militancia muy escorada a la izquierda, muy radicalizada. 

La mayoría absoluta del PP tras las generales del 20-N de 2011 fue quizá el último intento del centroderecha por enmendar el rumbo de colisión emprendido por ZP. La valiente decisión de un país que se encomienda al buen hacer de un cirujano dispuesto a acometer las reformas que reclamaba el sistema. La traición de Rajoy dejó a la derecha malherida y rota en los tres bloques que hoy conocemos. Aquella mayoría de 10.866.000 votos cosechada en 2011 quedó reducida a 4.373.000 en las generales del 28 de abril de 2019 que significaron el debut de Pablo Casado al frente de Génova: nada menos que 6.492.000 votos perdidos en la gatera de la incuria por un partido que había dejado de ser útil a los españoles. La repetición electoral del 10-N de 2019 sirvió para que recuperara 674.000 votos del botín perdido, pero sobre todo para constatar la tragedia de un PSOE echado al monte de la izquierda radical que, en poco más de seis meses y en el Gobierno, perdió 720.000 votos, circunstancia que llevó a Pedro Sánchez la misma noche electoral a echarse en brazos de Pablo Iglesias para formar el Gobierno de coalición que hoy ocupa el poder, un acontecimiento llamado a tener graves consecuencias en el futuro español.

En las recientes elecciones autonómicas celebradas en Castilla y León (CyL), el PP perdió 54.916 votos respecto a los cosechados en 2019. Fue la suya una victoria pírrica que dejó graves heridas en el inconsciente colectivo de una cúpula que había planteado ese adelanto electoral como un plebiscito llamado a fortalecer la figura de Casado en detrimento de la de Isabel Díaz Ayuso, una semifinal que, tras repetir movimiento en Andalucía, debía conducirle directamente a la Moncloa. Todo al garete. De modo que no se puede entender lo ocurrido esta semana en Madrid sin valorar la frustración provocada por los resultados de CyL. El PSOE, por su parte, se ha dejado en la cita castellano leonesa una cifra significativamente mayor, exactamente 117.613 votos respecto a los logrados en 2019. La lectura que cabe extraer del episodio es que los partidos garantes de la transición se acercan aceleradamente a su ocaso: a pesar de la potencia de sus maquinarias territoriales, PSOE y PP no despiertan ningún entusiasmo electoral, ya no sirven para la función capital de asegurar el futuro del país.

 

Da la sensación de que Casado no mantiene ningún vínculo con el mundo empresarial, académico, cultural o científico. Un partido sin contacto con la realidad, enfrascado en sus miserables luchas internas

 

Son partidos desconectados del mainstream social. El espectáculo protagonizado esta semana por la cúpula de Génova no podría entenderse en una formación que mantuviera viva esa imprescindible red de valores compartidos con la derecha sociológica a la que dice representar, esa tupida malla de intereses, incluso de afectos, con la sociedad civil, con los centros de poder económico-financieros, con las elites culturales y científicas, porque en ese caso alguien les habría advertido de que lo que han hecho no se podía hacer, alguien habría evitado una voladura que, más que un error, es un crimen que deja inerme a la derecha política y a la propia democracia española. Da la sensación de que Casado no mantiene ningún vínculo con el mundo empresarial, académico, cultural o científico. Un partido sin contacto con la realidad, enfrascado en sus miserables luchas internas, cuyo devenir hacia la irrelevancia banqueros y empresarios contemplan con la mayor de las indiferencias. Gravísima, desde luego, la responsabilidad contraída por esas elites del dinero en la deriva de una formación llamada a defender los principios de economía de mercado que amparan su actividad, elite bien dispuesta, sin embargo, a acudir a cualquier acto -mano tendida a la egipcia manera, rodilleras nuevas- convocado a toque de silbato por Sánchez.

Unos partidos que, alejados de su base social, se han convertido en agencias de colocación, pequeñas estructuras mafiosas fuertemente jerarquizadas y reacias a la entrada de aire fresco -caso de Álvarez de Toledo- susceptible de poner en peligro el statu quo. Tanto en el Gobierno como en la jefatura de la oposición hay poder y dinero bastante como para vivir una vida de confort imposible de alcanzar en el sector privado. La profesionalización de la política ha traído el fruto amargo de la mediocridad más aplastante. Profesionalización y proletarización, fenómeno particularmente llamativo en la derecha en tanto en cuanto el coste de oportunidad del ejercicio político es menor en la izquierda. Los titulados en universidades de prestigio, con posibilidades de iniciar buenas carreras profesionales, huyen de una actividad donde van a cobrar comparativamente bajos sueldos, además de ver su vida privada expuesta al escrutinio público. El resultado de este mecanismo de selección adversa, que diría Sartori, es la llegada al poder de los mediocres, gente dispuesta a defender su sinecura a sangre y fuego contra adversarios o simples compañeros de partido, caso de Díaz Ayuso.

Un camino que indefectiblemente conduce a las cloacas. Las lista de episodios sórdidos en torno a la sede de Génova y sus moradores daría para completar varios volúmenes. Empezando por las acusaciones de corrupción a Rita Barberá, con dimisión y abandono del partido, que provocaron su muerte prematura, y siguiendo por la filtración, desde el ministerio de Hacienda de Cristóbal Montoro, de la declaración tributaria de Esperanza Aguirre en puertas de las municipales madrileñas; la filtración de las sociedades en el exterior del ministro José Manuel Soria para obligarlo a dimitir; el pintoresco ciudadano sirio, confidente del CNI, que sirvió para llevar a Eduardo Zaplana a la cárcel de Picassent; el video con las cremas robadas por Cristina Cifuentes que acabó con su carrera política; la persecución contra Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid (espionaje en Colombia por los mismos detectives a los que ahora han recurrido contra Ayuso y/o montaje en torno al piso en Marbella) que terminó apartándole de la CAM; el seguimiento a Javier Arenas a través de la agencia Método3… La lista sería interminable y la conclusión, clara: el PP es un partido podrido por el uso y abuso de prácticas mafiosas contra sus propios militantes, tan podrido que probablemente ya no sea suficiente con vender la sede de Génova para limpiarlo.

 

El PP es un partido podrido por el uso y abuso de prácticas mafiosas contra sus propios militantes, tan podrido que probablemente ya no sea suficiente con vender la sede de Génova para limpiarlo

 

Poco que añadir en un PSOE convertido en agencia de colocación, caso de los amigos del presidente enchufados en la dirección de las empresas del sector público con sueldos de vértigo, o los más de 800 asesores colocados entre Gobierno y Moncloa, gente en su inmensa mayoría puesta a dedo con cargo al erario. Cientos de millones en la compra de material sanitario a través de sociedades interpuestas, Ábalos o Illa al aparato, y una corrupción más sutil, más difícilmente detectable, como la del marido de la vicepresidenta y ministra de Economía, Nadia Calviñoocupado en el reparto de los fondos UE, o la del marido de la ministra de Energía, Teresa Ribera, y su vigilia desde la Sala de Supervisión Regulatoria de la CNMC del cumplimiento de las decisiones que adopta su esposa, o el caso de ese ministro de Justicia de facto llamado Baltasar Garzón, expulsado de la carrera judicial, abogado del narco desde su despacho privado y pareja de la FGE, Dolores Delgado, o la separación de poderes vertida por el albañal de la demolición del Estado de Derecho. Un partido que se ha apoderado de la Caja, dispuesto a regar con dinero público a un creciente número de colectivos, voto cautivo, con desprecio a la realidad de una deuda pública que no deja de crecer y se yergue como la gran amenaza para las futuras generaciones. 

Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Ahora parece que, de acuerdo con lo políticamente correcto, el problema de PSOE y PP es Vox. La amenaza para la feble democracia española se llama Vox. ¡Qué simplismo tan vano sobre la crisis española! Pero Vox no es el problema, sino la manifestación de la descomposición del PP. Como el Gobierno Frankenstein no es el problema, sino la evidencia del pudridero moral del PSOE. Es por ahí por dónde habría que empezar a abordar el saneamiento del sistema, democratizando los partidos del turno si es que ello fuera posible. Excepción hecha de Díaz Ayuso, no hay en el PP capital político suficiente para contener el tsunami de un Vox camino de la frontera del 20% del voto. No desde luego un Casado incapaz en su mediocridad de romper la burda línea argumental de un Sánchez para quien el PSOE puede perfectamente pactar con los herederos de las pistolas (esos traviesos chicos con los que el ministro Marlaska negocia beneficios penitenciarios), pero el PP no puede hacerlo con Vox en modo alguno.

Incapaz de romper, aunque cabe la posibilidad de que nunca haya querido hacerlo. Los partidos del turno se defienden como gato panza arriba de sus enemigos comunes, unen fuerzas cuando en el horizonte aparece un peligro capaz de poner en riesgo su corrupto duopolio. Lo hicieron en diciembre de 1993, cuando un pletórico Mario Conde, acunado al oído de un Juan Carlos I que auspiciaba un Gobierno de concentración capaz de superar la crisis del felipismo, se convirtió en una amenaza real para PSOE y PP. El propio Conde terminó ofreciendo su cabeza en la bandeja de un Banesto en situación de quiebra. La historia se repite: Casado ha reconocido ante Herrera que "un funcionario de la Administración" le pasó unos papeles "con conceptos de intermediación y también datos fiscales" del hermano de la presidenta madrileña y, en lugar de denunciar la filtración de datos personales desde Moncloa, vía Hacienda, se los guarda con la intención de extorsionarla. El corolario de este episodio es que Sánchez ha subarrendado en Casado la tarea de acabar con su mayor amenaza política, la señora Ayuso, y Pablo ha aceptado gustoso tal cometido. Con independencia de las explicaciones que la aludida deba dar sobre las actividades de su hermano, es evidente que Casado no puede seguir un día más al frente de PP. Incapaz bajo su liderazgo de aglutinar la victoria frente a Sánchez, romper ahora la baraja acerca al PP a la victoria, no le aleja. A veces hay que derribar una ermita para construir una catedral.

 

Con independencia de las explicaciones que Ayuso deba dar sobre las actividades de su hermano, es evidente que Casado no puede seguir un día más al frente de PP. A veces hay que derribar una ermita para construir una catedral

 

La decadencia de los partidos dinásticos, intensificada tras la abdicación real en 2014, ha cogido ya velocidad de crucero. Sensación clara de vacío de poder. Pulsión de país que ha perdido amarre con la realidad del mundo competitivo y globalizado de nuestros días, y navega sin rumbo con los rufianes disputándose el trono sobre los restos del naufragio. Y en medio, en la mayor de las orfandades, el rey Felipe VI, último bastión en pie, tembloroso torreón de una fortaleza asediada por ingentes fuerzas enemigas. ¿Quién apoya hoy al monarca? ¿Dónde están sus defensas? ¿Dónde, el sistema de alianzas que permitió a su padre reinar varias décadas? Un rey a merced del capricho o la necesidad de un Sánchez forzado un día a poner la institución en almoneda para salvar su carrera política. Un rey sujeto por el faldón de las corrupciones paternas, sometido al chantaje de un Gobierno que mantiene a Juan Carlos I en el exilio de Abu Dabi, y con causas abiertas en los tribunales que la señora Delgado nunca acaba de cerrar.

Un país sin liderazgos de ningún tipo, ni en la política ni en la empresa, terreno propicio para el sálvese quien pueda. Caben pocas expectativas a la hora de pensar en la tan demandada regeneración democrática si ha de depender de unos partidos tan moralmente degradados como los citados. Tal vez habría que pensar en dar cristiana sepultura a ambos, como punto de partida para facilitar la irrupción de una nueva clase política digna de servir a este gran pueblo que tantas humillaciones lleva soportando. No nos engañemos, los partidos del "turno", como los de la Restauración, se defenderán cual gato panza arriba. Antes de que desaparezcan definitivamente, como desapareció el PSI y la Democracia Cristiana en Italia, atravesaremos tiempos muy convulsos, porque los beneficiarios del sistema van a ofrecer resistencia, como vienen haciendo desde 2014. No queda ninguna institución de referencia a la que agarrarse, en un país enfrentado a problemas muy serios que podrían alterar una paz social cogida con alfileres. El destrozo es enorme. Y para nuestra desgracia, aquí no tenemos ningún Matarella ni ningún Draghi.

 

Cánovas y Sagasta - Pacto de El Pardo

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Tartufo o El impostor

Jamacor

 

 

Tartufo o el impostor (Tartuffe ou l'Imposteur) es una comedia en cinco actos escrita en versos alejandrinos por Molière y estrenada el 12 de mayo de 1664.

 

Argumento

Orgón es un personaje bastante importante que ha caído bajo la influencia de Tartufo (Tartuffees el nombre dado a la trufa u hongo escondido bajo tierra), un hipócrita beaturrón, que además es bastante torpe. De hecho, los únicos que no se han dado cuenta de la verdadera naturaleza de Tartufo son Orgón y Madame Pernelle. El mediocre y ladino Tartufo exagera la devoción y ha llegado a ser el director espiritual de Orgón. Este aventurero está tratando, además, de casarse con la hija de su benefactor, al tiempo que trata de seducir a la segunda esposa de éste, Elmira, mucho más joven que su marido. Una vez desenmascarado, tratará de aprovecharse de unas donaciones (firmadas) que Orgón le ha transmitido para tratar de echar a éste de su propia casa. Va incluso ante el rey, pero éste, recordando los antiguos servicios que Orgón le prestó, anula dichos papeles y hace que Tartufo sea detenido.

Intenciones de Molière

Al escribir esta obra, Molière ataca un bastión muy influyente: los falsos devotos. Entre ellos se encuentran hombres religiosos sinceros pero también manipuladores conscientes del poder que puede proporcionarles su devoción. Este segundo grupo es el que el autor ataca.

Con la situación doméstica que Molière refleja en el Tartufo quiere reflejar al mismo tiempo la situación política en Francia: Luis XIV, monarca absolutista de poder no discutido (comparable al de un padre de familia), estaba rodeado de una serie de personas que se dieron cuenta de que la única manera de mandar en Francia era acercarse al rey e influirle, presentándose como personas de pleno sentir religioso y moralidad intachable.

Molière quería que la autoridad real se ejerciese y se alejase a esas personas, que fueron las que no permitieron la representación del Tartufo (ni siquiera bajo el título El impostor), por lo que tuvo que alterar su obra en varias ocasiones. De hecho, el último acto enseña cómo la familia sólo puede apelar a una fuerza exterior. Él quería que eso, trasladado al plano político, simbolizase que sólo el rey y la justicia real podían resolver los problemas del pueblo francés.

El rey lo comprendió y levantó la prohibición de la obra en 1669.

 

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TARTUFO (Documental)

Tartuffo: La película perdida (2004)

 

Título original: Tartufo, la película perdida

Año: 2004

Duración: 41 min.

País: España

Dirección: Luciano Berriatúa

Guion: Luciano Berriatúa

Música: Giuseppe Becce (Película muda)

Documental. Coproducción España-Alemania; Pesadillas Digitales.

Sinopsis: Documental sobre la realización del film de F.W. Murnau, "Tartufo o el hipócrita" (1925). (FILMAFFINITY)

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Tartufo o el hipócrita (película, 1925).

Película de F.W. Murnau

 

Tartufo o el hipócrita (Película 1925)

 

Título original: Herr Tartüff

Año: 1925

Duración: 64 min.

País: Alemania

Dirección: F.W. Murnau

Guion: Carl Mayer. 

Obra: Molière

Música: Giuseppe Becce (Película muda)

Fotografía: Karl Freund (B&W)

Reparto: Emil Jannings, Werner Krauss, Lil Dagover, Hermann Picha, Rosa Valetti, André Mattoni, Lucie Höflich

Productora: U.F.A

Sinopsis: Fábula moral basada en la famosa comedia de Moliere sobre la hipocresía de un hombre que quiere adueñarse de una gran fortuna. (FILMAFFINITY)

 

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CUARTO CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE MOLIÈRE: "España, macrogranja de tartufos".

Se cumplen 400 años del nacimiento del dramaturgo Molière, máximo referente de La Comedia Francesa. Lo fundamental del éxito del Tartufismo contemporáneo es su habilidad para no ser descubierto.

Por Pedro de Tena

Libertad Digital

Jean-Baptiste Poquelin (1622-1673) | Cordon Press

 

Hace 400 años que nació en enero, no se sabe exactamente el día pero sí que se bautizó el día 15 de 1622, el gran Molière. Se llamaba, en realidad, Jean-Baptiste Poquelin y el destino - su futuro no parecía ser el de autor teatral a pesar de su buena educación jesuítica -, le convirtió en el máximo referente de la comedia francesa, que lo considera su padre fundador.

Sus obras, a pesar de tres siglos largos transcurridos, se siguen representando con asiduidad y sus tipos ideales, desde el "misántropo" al "hipocondríaco", desde el "avaro" al "burgués" (incluso al "don Juan", gracias a la influencia de Tirso de Molina), son generalmente excusa para la sátira y la burla, no con el fin de reformar radicalmente a los viciosos o de exterminar sus vicios sino con el propósito de encauzar tales defectos presentes en la vida real para la mejora de la convivencia de las personas de carne y hueso. Una estrategia moderada.

Uno de sus grandes personajes es Tartufo, que da título a una de sus comedias más famosas. Ha recordado el pasado día 12 Andrés Amorós en La Mañana de Federico, que "tartufo" es palabra italiana que significa "trufa" (truffe, en francés), un hongo cuya apreciada variedad, la trufa negra, se encuentra enterrada. La trufa se usa mezclada y combinada, como condimento o guarnición, con otros alimentos a los que incorpora sus muy estimadas propiedades.

Hacer una comedia satírica sobre la hipocresía o la impostura de origen religioso que tiene consecuencias familiares, civiles y económicas llevó a Molière a dar el nombre de Tartufo a su personaje principal. Seguramente con ello quiso subrayar el carácter enmascarado y oculto de la simulación que hace el impostor de sus verdaderas intenciones para alcanzar sus fines y tal vez para señalar que son escasos, tanto

Sillón de Moliere en el teatro Comedia Francesa

como las trufas. Quién sabe, si además, tuvo el propósito no explícito de atacar la influencia de la Iglesia en la corte de Luis XIV, a quien servía.

Es el propio Molière quien atina con la esencia misma del tartufismo: "El mal no consiste nunca sino en el escándalo que promueve". Esto es, el mal, el daño, el delito no existen en sí mismos sino en tanto son conocidos y producen condena social restando apoyos e influencia a quien los perpetra. No gustó mucho el asunto a Baudelaire que calificó esta obra de "panfleto" porque entregaba a la canalla cuestiones demasiado graves.

El tartufismo, además de una falta absoluta de principios, se muestra aderezado con la desconfianza (la mayoría de los demás puede ser como uno mismo, ojo); la perfecta simulación (sólo es posible con un gran conocimiento de lo simulado y la detección del prójimo incauto e incapaz de reconocer la mentira) y el dominio absoluto de la táctica y la maniobra para interpretar sin escrúpulos todo lo que ocurre en beneficio propio.

Puede deducirse que el tartufismo es la columna vertebral de la política tal y como es observable, tanto en los regímenes totalitarios (hipocresía para sobrevivir o para dominar) como en los democráticos (hipocresía para alcanzar y conservar el poder).

Esas notas ya fueron destacadas con los nombres de tiranía y demagogia por Aristóteles pero, en realidad, el tartufismo actual va mucho más allá. Es una actitud moral contraria al reconocimiento y defensa de la verdad, al respeto de las normas y leyes pactadas de convivencia y a la debida coherencia con las creencias que se predican. Esto es hoy cosa de héroes.

Lo fundamental del éxito del tartufismo contemporáneo es su habilidad para no ser descubierto, su actividad en el subsuelo social y político de modo que la realidad de su fealdad moral y social no se vea o se vea metamorfoseada en supuesta ejemplaridad. Por ello, cuando un "tartufo" es desabrigado de sus mentiras, aparece como "malhechor del bien" (Benavente dixit) y se precipita en el ridículo.

En la España de hoy todo partido político – deseo que haya alguna excepción – es una universidad de tartufos de serie. Por señalar, digamos que hasta Gregorio Peces Barba fue considerado "Tartufo" Peces Indigno por Federico. Todos lo saben y todos lo sabemos, lo cual da pie a pensar en la forja deliberada de una España ridícula en la que los tartufos ni siquiera se esmeran en disimular que embaucan con beaterías políticas y eslóganes licuados.

Unos pespuntes. Desde el caso de OTAN, no, pero sí, de Felipe González; desde aquello que los programas electorales se hacen para incumplirlos de Tierno Galván o desde la ganadería industrial de Pedro Sánchez y el "probeGarzón al caso de la defensa de la "independencia" del poder judicial de Pablo Casado, pasando por el siniestro espectáculo del 12-M; la simulación peneuvista y socialista sobre la catadura de los asesinos de ETA o la farsa de CIU sobre su respeto a la Constitución o la inconsecuencia moral de los "marqueses de Galapagar", el tartufismo político español, ridículo por evidente y descarado, se ha ido intensificando hasta hacernos creer que es algo natural y que lo raro es que puedan predominar la veracidad y la decencia.

Francisco Sosa Wagner lo explicó más a fondo:

"Si queremos ser sinceros y no militar en el tartufismo, procede proclamar que (los partidos) expresan deficientemente el pluralismo político, concurren muy mal a la formación y manifestación de la voluntad popular y carecen de la condición de instrumento para la participación política (todas las señas de su identidad contenidas en la Constitución). A menudo no respetan la ley y por supuesto ni en su estructura interna ni en su funcionamiento son democráticos. Es decir, que es todo pura falacia… "

 

España se ha ido convirtiendo en una macrogranja política que produce tartufos de manera intensiva

 

O sea, que España se ha ido convirtiendo en una macrogranja política que produce tartufos de manera intensivaClara Campoamor ya estimaba que tartufos de la política eran todos los que predicaban en la calle lo que no soportaban en casa. O sea, casi todos. Además, al arrojarse el sambenito de tartufos los unos a los otros en una ceremonia de la confusión interminable, el público queda perplejo, harto e incapaz de discernir qué es qué y quién es quién.

¿Cómo salir de este tartufismo generalizado? No es sencillo. El genio, y el oportunismo político, de Molière, hizo que el impostor Tartufo, cuando es descubierto ("pecar a calladas no es pecar") y denunciado por sus víctimas, sea castigado por la autoridad superior, entonces el Rey, un poder que superaba y anulaba las tropelías perpetradas por el infame.

El representante real, el "exento", expone al final de la obra :

"Vivimos bajo un príncipe enemigo del fraude, de un príncipe cuyos ojos leen en los corazones y a quien no engaña todo el arte de los impostores. Su alma grande, posesora de fino discernimiento, sabe mirar rectamente todas las cosas. Nunca hay nada que logre tener en extremo entrada a esa alma, ni cae en ningún exceso su firme razón. Siempre da a los hombres de bien gloria inmortal, hace brillar su celo sin ceguera, y el amor por los verdaderos no cierra su corazón al horror que deben inspirar todos los falsos."

 

Pero ¿quién podría representar este papel en nuestra comedia democrática española en la que un Rey, por justo y honrado que sea, no puede intervenir? No cabe duda de que el Poder Judicial. Pero ya ven cómo, a pesar de la letra y el espíritu de la Constitución, casi todos los tartufos políticos del arco parlamentario se esmeran en despiezarlo, ocuparlo y manipularlo para que los tartufos con carné de partido o sus amigos salgan siempre impunes.

 

De triunfar en tal empeño y de vivir hoy en España el Tartufo de Molière, San Tartufo para Arthur Rimbaud, habría vencido a sus víctimas dos veces, una por la estafa moral sufrida y otra por la imposibilidad de obtener justicia.

 

De triunfar en tal empeño y de vivir hoy en España el Tartufo de MolièreSan Tartufo para Arthur Rimbaud, habría vencido a sus víctimas dos veces, una por la estafa moral sufrida y otra por la imposibilidad de obtener justicia.

Coda para el Tartufo más famoso de la política española.

Su fama deriva de la intención política que quiso identificar al personaje de Molière con los miembros del Opus Dei que, por aquel entonces, libraban batalla gubernamental con los, más o menos azules, miembros del régimen franquista. Para hacerlo posible, se encargó una versión de la comedia que hizo Enrique Llovet, un hombre del régimen franquista rolando a la izquierda, y que dirigió Adolfo Marsillach.

Su estreno tuvo lugar el día 3 de octubre de 1969 en el Teatro de la Comedia de Madrid donde José Antonio Primo de Rivera vistió de largo a su Falange en otro octubre, qué coincidencia, de 1933.

El Tartufo de Llovet y Marsillach fue un escándalo político, y así es recordado por quienes lo vivieron. Según Gregorio Morán, que escribió El cura y los mandarines, un retrato de la cultura española de la democracia (el cura es Jesús Aguirre, ex sacerdote y luego duque de Alba), recuerda aquel acontecimiento sin precedentes en plena dictadura franquista:

"La versión del Tartufo de Molière que hizo el dúo Llovet-Marsillach iba dirigida a ridiculizar a los personajes del Opus Dei que controlaban la situación. Su doblez religioso-económica, su descaro, su hipocresía, no necesitaban de un espectador avispado para detectar qué se denunciaba y qué se ponía en solfa. Su estreno…causó estupor. Estábamos en plena utilización del "Caso Matesa", cuya denuncia había sido facilitada por el ministro Fraga y su cuñado Robles Piquer, que para algo controlaban la información, la cultura y lo que les viniera al pelo."

 

La batalla entre los tecnócratas religiosos del Opus y los herederos "azules" del viejo Movimiento se enzarzaron en una dura batalla. Fue entonces cuando Manuel Fraga, amigo de Enrique Llovet, planeó desmarcarse de algún modo del franquismo en el poder con el impulso a esta representación teatral. Marsillach en sus Memorias cuenta que Fraga le dijo: "Mire, Marsillach, a mí no sólo no me molesta que se metan ustedes con el Opus, sino que me divierte."

 

Adolfo Marsillach estrenaba el 3 de octubre de 1969 una polémica versión de la comedia de Molière

 

Pero "el Churchill de Villalba" (así le llama Morán) no previó adecuadamente las consecuencias. Cabreado Franco por una división tan evidente en su régimen, dejó pasar unos pocos días antes de destituir a Fraga y a conceder más poder del disfrutado a los miembros del Opus Dei en su gobierno. Llovet y Marsillach fueron "animados" con suculentas subvenciones a pasear la obra por Iberoamérica por el nuevo ministro opusiano, Alfredo Sánchez Bella.

Hay quien como Cándido aseguró en 2002 en ABC que la obra fue prohibida terminantemente por el régimen, pero otros recuerdan que estuvo ocho meses en cartel con gran éxito de crítica y de público. El propio Marsillach, en el libro ya mencionado, confirma que "la obra llegó hasta final de junio de 1970. Cuatrocientas setenta y dos representaciones con más de ciento cincuenta carteles de no hay billetes" y eso, que precisa, el miedo que sentían todos no cabía en el teatro.

En cualquier caso, una rebelión de aquel calado en un régimen como el franquista fue un acontecimiento político de primer nivel y, seguramente desde entonces, la plena libertad de expresión se fue abriendo paso de forma inexorable.

Imaginen que, en nuestra democracia, las televisiones afines a la coalición del gobierno social comunista, de la Primera a la Sexta, exhibieran una obra, un programa, un documental, un debate, que contuvieran una crítica acerada y visible de sus comportamientos políticos. Sí, sí. Ya sé que es imposible, aunque presumamos de una total libertad de expresión.

 

 

 

 


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