HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA: LOS MANIQUEOS Y LOS ALBIGENSES: INTRODUCCIÓN.

ÍNDICE: HISTORIA DE LAS PERSECUCIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS EN EUROPA

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LOS MANIQUEOS Y LOS ALBIGENSES

 

Cruzada albigense

INTRODUCCIÓN

I.

De qué manera fueron los cristianos perseguidos en los primeros siglos de nuestra Era, no tenemos necesidad de recordarlo aquí. Las mismas persecuciones contribuían al arraigo de sus creencias y al aumento de su número, acrisolando su fe. Irritando su acrecentamiento a los gentiles, los impulsaba a la perpetración de nuevas violencias para destruirlos.

Más ¿por qué los perseguían? Porque profesaban creencias religiosas contrarias a las admitidas como legales. Verdad es, que a esta acusación agregaban las de sediciosos, ateos, y otros crímenes de nefanda inmoralidad; pero todos estos cargos eran secundarios, emanados del primero y fundamental, del de sectarios de una nueva religión.

La intolerancia religiosa de los politeístas paganos inundó el mundo de sangre cristiana durante tres siglos, y su crueldad en definitiva solo produjo efectos contrarios a los que de ella esperaban.

Natural parecía que los cristianos no incurrieran en la misma intolerancia, en la crueldad de que habían sido víctimas; pero no menos rígidos que los paganos, en cuanto pudieron ejercer sobre los poderes públicos la influencia que sus antiguos perseguidores habían perdido, la emplearon en tomar la revancha, llevando a una extremidad sin ejemplo su saña contra el paganismo. Impusieron por fuerza sus creencias; impusieron pena de muerte a los que persistieran en profesar su antigua religión, y destruyeron cuanto pudiera recordarlas a las nuevas generaciones, reduciendo a polvo sus templos, maravillas del arte de la civilización griega y romana. Las ruinas de algunos, que por acaso sobrevivieron a la general destrucción, son considerados todavía como los más perfectos modelos del arte.

 

La cruzada Albigense, 1209-1244

II.

He aquí el extracto de algunas leyes y ordenanzas sacadas de los códigos de los emperadores Constantino, Honorio, Teodosio y otros protectores del Cristianismo, que sirvieron de instrumentos, por sus miras políticas, a la intolerancia y al espíritu de venganza de los cristianos de su tiempo.

Que la superstición cese. Que la locura del culto pagano sea abolida. Que a cualquiera que se atreva a contravenir esta orden se le apliquen las penas impuestas por la ley.

 Y más adelante:

Nosotros queremos que todos renuncien al ejercicio del culto pagano. Si alguno desobedece, que caiga bajo el hacha vengadora. “Ultore gladio steruntur!”

Estas muestras bastan en cuanto al culto: he aquí algunas disposiciones respecto a las personas:

“Prohibición de aproximarse a los templos paganos en ningún sitio ni ciudad”.

“Pena de muerte contra cualquiera que visite los templos, encienda el fuego en los altares, haga libaciones, queme incienso o adorne las puertas con flores”.

“Los que vuelvan a su antigua religión mueran civilmente, y entréguense sus bienes a sus parientes más próximos”.

“Los sacerdotes paganos sean expulsados de la metrópoli y vigilados. Sean castigados con la muerte aquellos que sean cogidos en infraganti delito de practicar el culto”.

“Los gobernadores de las provincias y oficiales públicos son responsables de la ejecución de estas leyes bajo pena capital y confiscación de bienes”.

 Como quien quita la ocasión quita el peligro, mandaron destruir cuanto pudiera incitar a la práctica del culto prohibido:

“Ciérrense, destrúyanse, arrásense los templos”. Y añade la ley: “Porque extirpando los edificios, se extirpa la materia misma de la superstición”.

“Orden de derribar en todas partes las estatuas, imágenes y altares. Que se cierren las escuelas y se arrasen sus edificios”.

“Conságrense las rentas del clero pagano a pagar los sueldos de la tropa".

“Los edificios consagrados a la religión, que no sean destruidos, entren en el dominio del Estado y destínense a usos civiles y públicos”.

“Toda propiedad privada en que se practique el culto antiguo o se queme incienso, sean confiscada en beneficio del Estado”.

 

Santo Domingo y los Albigenses

 

III.

Como el lector comprenderá fácilmente, los cristianos iban, en sus persecuciones contra los paganos, mucho más allá de lo que estos fueron con ellos. Las persecuciones contra los cristianos, si bien terribles en muchas épocas, no estuvieron organizadas y regularizadas de una manera tan perfecta. No es una persecución lo que se proponen con estas leyes, es la extirpación completa, y el resultado probó su eficacia. Si la religión pagana hubiese sido menos decrépita, hubiera sin duda resistido más largo tiempo a tan fuertes medidas. El paganismo, como el imperio, había dado de sí cuanto podía dar, y los emperadores que creyeron prolongar su existencia protegiendo la religión cristiana y ayudándola a extenderse y a destruir a sus rivales por los medios que acabamos de ver, no pudieron conseguir su objeto. Apresuraron la destrucción del paganismo, pero no salvaron el imperio.

"Que todos los templos y santuarios, que no hayan sido aún destruidos, lo sean por orden de los magistrados, y purificados por la Cruz. Si alguno contraviniere a esta ley, que sea castigado con la muerte".

Este fue el último golpe dado al paganismo por Teodosio II. Sobre su ruina se consolidó el poder de la Iglesia católica, que ha seguido patrocinada por los emperadores y reyes de la Europa moderna, como lo fue por los emperadores del Bajo Imperio.

 

Massacre of Albigenses

IV.

 Pero en su honor sea dicho, no incurrieron todos los cristianos en el funesto error de la intolerancia: grandes lumbreras de la cristiandad predicaron opuesta doctrina, más conforme con las creencias que profesaban.

San Pablo en su epístola a Tito, Obispo de Creta, que le preguntaba la conducta que debía seguir con los herejes, le dice que, si no los puede persuadir, se contente con evitar su presencia.

Apenas habían transcurrido algunos siglos, cuando olvidando tan saludables consejos, en lugar de contentarse con esquivar su presencia, llegaron los católicos al extremo de quemar vivos a los que no participaban de sus creencias.

Podría decirse que la herejía nació con la Iglesia, pues se remonta al tiempo de los apóstoles y de los Santos Padres. Conforme con las palabras de Cristo a San Pedro, “se debe perdonar y reconciliar al que cayó en el error, no solo siete, sino setenta y siete veces si es necesario”. En los primeros siglos de la Iglesia, siguióse siempre esta doctrina, y no se excomulgaba a los herejes sino después que se habían empleado todos los medios de dulzura para volverlos al buen camino.

Para impedir la propagación de las herejías, los Padres de la Iglesia encontraban más prudente y más lógico demostrar de palabra o por escrito sus errores, que quemar vivos a los que los tenían por verdades. Los escritos de San Ignacio, San Yrineo, San Clemente de Alejandría, San Dionisio de Corinto, y muchos otros que podríamos citar, son buena prueba de ello.

Siempre que era posible, antes de excomulgarlos, se procuraba tener con ellos una conversación o discusión pública, de las cuales recordamos ahora las de San Justino con Triphon; la de Rodon con Apeles, sectario de Marcion; la de Caius con Proclus, hereje montanista de Roma; la de Orígenes con el heresiarca Berile, obispo de Bokara en Arabia, sobre la divinidad del Verbo; la del mismo Orígenes con los árabes que negaban la inmortalidad del alma; la de Archelaus obispo de Caschara con Manés, jefe de los maniqueos, y otras muchas que podríamos citar, de que hacen mención la Historia de los concilios y los Padres de la Iglesia.

En 235, por ejemplo, el hereje Ammonius se convirtió en las discusiones que tuvieron con él los teólogos en el Concilio de Alejandría. Pero ya antes de concluir el siglo III, en 272, en Concilio reunido en Antioquía acudió al emperador Aureliano contra su obispo, el hereje Pablo, depuesto por él, y que no quería someterse a sus decisiones. Y habiendo el emperador remitido la cuestión al Papa San Félix I, este confirmó la decisión del concilio y Aureliano lo mandó ejecutar.

 

Maniqueismo medieval

V

Como dice con muchísima razón un historiador de la Inquisición, en este primer paso dado contra la doctrina de san Pablo, se encuentra el origen del establecimiento de tribunal tan horrible; porque introduciéndose la costumbre de castigar a los herejes con penas corporales, aunque fuesen ciudadanos pacíficos, sometidos a las leyes, obligaba a aumentarlas desde el momento en que se consideraba a la herejía como un crimen contra las leyes civiles. La mayor o menor severidad de las penas no eran más que una consecuencia de esta medida.

Los castigos impuestos a los herejes por instigación de los obispos y papas cristianos, tanto en el imperio de Oriente, como en el de Occidente, fueron sucesivamente creciendo desde la nota de infamia, la privación de empleos y de honores, la confiscación de bienes, la de testar, la de heredar, la de destierro, la de deportación, hasta la pena de muerte, que se empleó por primera vez contra los maniqueos.

Fue el emperador Teodosio quien en el año 382 promulgó tan barbara ley contra los maniqueos, agregándole la creación de inquisidores y delatores que descubrieran a los culpables.

El noveno concilio de Toledo estableció, en 655, que los herejes serian condenados, según su edad y circunstancias, a la abstinencia o a los azotes.

Como los jueces seglares eran legos en materias religiosas y por consecuencia en la calificación de los delitos de herejía, el clero obtuvo, del siglo IV al VII, de reyes y emperadores, tales privilegios, que en muchos casos el poder judicial fue un derecho del Episcopado.

Con el poder temporal de los Sumos Pontífices creció el rigor de las persecuciones contra los herejes. Indulgencias concedidas a favor de los que morían combatiéndolos primero; después, a los que se consagraban a perseguirlos; obligación de delatarlos impuesta a todos los cristianos, bajo penas de excomunión primero y corporales después;  impunidad del secreto ofrecida a los delatores; confiscación de bienes de los culpables; el tormento, y por último la hoguera y los degüellos en masa, tales han sido las rigurosas medidas empleadas sucesivamente contra los herejes, y más de una vez por estos contra los católicos, aunque en menos proporciones, hasta que una sangrienta historia de muchos siglos de horribles y repugnantes carnicerías, y los progresos de la ilustración, han convencido a la inmensa mayoría de los católicos y a las diferentes sectas protestantes, que también cayeron en los mismo extravíos, de que la violencia no alcanza a donde la benevolencia. Pero entretanto, comencemos el triste relato de las persecuciones contra los herejes , al siniestro resplandor de las hogueras encendidas para exterminar los sectarios de Manes.

 

FIN 

 

 

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