LA VIDA DE DISRAELI, por André Maurois (Parte 14)

INDICE DE ENTRADAS DE "LA VIDA DE DISRAELI"

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La base del Imperio británico no fue el oro, sino la comida 

Por Francis Ghilès
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
 

La necesidad de alimentar a la población fue el gran motor de la construcción y expansión del Imperio británico. ¿Cuál fue la historia de su creación y cómo su presencia en todos los continentes transformó los gustos de sus habitantes?

 

Trabajadoras en una plantación de té india del distrito de Sonitpur. India es el segundo productor de té mundial después de China. (Biju Boro/AFP/Getty Images)

 

A través de 20 comidas, The Hungry Empire, una fascinante aportación a la historia del Imperio británico, nos narra cómo los británicos crearon una red mundial de comercio de alimentos que transportó a personas y plantas de un continente a otro y transformó los paisajes y los gustos culinarios como no ha hecho ningún otro imperio antes ni después. Permitió a Gran Bretaña controlar los recursos comestibles del planeta, desde el bacalao y la carne en salazón hasta las especias, el té y el azúcar . Al llegar al siglo XX, el pan que comía el trabajador corriente se hacía con trigo cultivado en Canadá y la pierna de cordero de los domingos procedía de animales criados en las praderas de Nueva Zelanda.

Al contrario de lo que piensan muchos, el Imperio no se construyó para obtener oro, plata ni piedras preciosas, sino comida. El impulso comercial de los primeros tiempos de la era Tudor y la necesidad de alimentar a la población empujaron a Gran Bretaña a emprender grandes exploraciones y a expandirse para descubrir alimentos cada vez más exóticos. The Hungry Empire se complementa muy bien con A Thirst for Empire . La afición al té generó nuevas normas laborales y una red económica mundial que transformó la cultura del té en China, estimuló las plantaciones en África y el sur de Asia y llevó las hojas de té hasta las mesas y las tiendas de Gran Bretaña.

Lizzie Collingham destaca que la historia de las exploraciones marinas suele centrarse en la búsqueda de las especias, pero que “los pescadores de bacalao de los condados occidentales fueron los primeros ingleses que aprendieron sobre las corrientes y los vientos del Atlántico, unos conocimientos que después ayudaron a los exploradores que salían en busca de una ruta marina hacia las islas de las especias”. La necesidad de buscar nuevos lugares en los que pescar bacalao les llevó a la costa este de Norteamérica, desde donde lo transportaban a Inglaterra, para la recién nacida Royal Navy, y más al sur, a las Islas Canarias, las Azores y España, donde se cambiaba por vino. Estos intercambios convirtieron a Bristol en el centro de una nueva ruta comercial.

Ante la perspectiva de que Amberes no lograra recuperarse de la crisis económica sufrida en la década de 1550, los mercaderes ingleses, que hasta entonces habían dependido de sus contactos europeos para tener acceso a mercancías lejanas, empezaron a buscar rutas directas con los mercados más remotos . Utilizaron la plata española obtenida de la venta de bacalao en salazón para financiar rutas comerciales al Levante, Moscovia y la India Oriental. Entre 1570 y 1689, Inglaterra multiplicó por siete el volumen de su comercio marítimo y se convirtió en una gran potencia marina europea. “Como alimento fácil de transportar y como moneda de cambio, el ‘pobre juan’ (como se denominaba al bacalao) fue uno de los cimientos del Imperio británico”. El bacalao seco y salado era una alternativa barata a la carne. Si se cocinaba mal, era imposible de masticar, pero viajaba bien y duraba mucho tiempo. Para alimentar a la armada de Enrique VIII hacían falta 200.000 bacalaos desecados al año. Al comenzar el siglo XVII, partían ya 100 barcos anuales de los condados occidentales a Terranova, cuyas aguas estaban rebosantes de peces .

Las vastas redes comerciales del primer imperio inglés, del siglo XVI al XVIII, dieron pie al desarrollo de una nueva clase: financieros, empresarios y mercaderes. Su riqueza, procedente del comercio en lugar de la tierra, les dio el poder político y económico suficiente para desafiar a la aristocracia terrateniente y preparó el terreno para la Revolución Industrial y el Imperio británico de los siglos XIX y XX.

Cada capítulo de The Hungry Empire comienza con una comida. Desde la de una familia rural en la Inglaterra del siglo XVIII, en la que los cercamientos han engendrado una masa de pobres sin tierras pero en la que hasta las pequeñas tiendas de pueblo almacenan azúcar, cacao y tejidos indios, a la de esclavos africanos que se alimentan de acederas y berros en una plantación de arroz de Carolina del Norte .

En torno a una selección de comidas notables de diversos continentes y varios siglos, compartimos una iguana al curry con los mineros de diamantes en Guyana, brindamos con ponche de ron junto a los revolucionarios de Norteamérica y compartimos el bacalao en salazón de la última comida de los marineros del Mary Rose (la nave almirante de Enrique VIII). Cada capítulo es un auténtico thriller que mezcla la historia económica y la historia política con los relatos personales y una aguda descripción de los escenarios. Ilustra maravillosamente el ascenso del azúcar, la perspectiva distinta sobre la construcción del Imperio y su papel decisivo en la configuración de la dieta moderna. Cada cosa que comemos hoy contiene una pizca de Imperio.

En el siglo XVII, prácticamente todos los pagos que se hacían en el comercio en el Atlántico tenían que ver, al final, con el azúcar . Los dueños de las plantaciones de azúcar en las Indias Occidentales acumularon grandes riquezas, que gastaban en la importación de bienes de lujo. Los campesinos del oeste de Irlanda, a los que los ingleses habían considerado siempre unos pastores primitivos, prosperaron gracias a la exportación de carne en salazón y mantequilla a las plantaciones. En Inglaterra, productos antes escasos y caros como el cacao, el azúcar y el té se abarataron y pasaron a formar parte esencial de la dieta del pobre, a menudo con consecuencias desastrosas.

Los pobres urbanos del siglo XIX comían pan de trigo cultivado en América y bebían enormes cantidades de té en vez de la tradicional cerveza, rica en calorías. Mientras tanto, las innovaciones en conservación hicieron que alimentos más exóticos como el salmón y la piña fueran habituales. Las sopas de Crosse & Blackwell y las galletas de Huntley & Palmers, con sus propiedades vitalicias, ayudaban a los oficiales en las regiones más inaccesibles . Los platos tradicionales dejaban paso a los importados, a menudo menos nutritivos.

El libro incluye un vívido relato de cómo la Compañía Británica de las Indias Orientales convertía el opio en té, que sustituyó a los productos textiles como la mercancía más valiosa de la compañía. Las importaciones de té en Inglaterra se multiplicaron por 100 entre 1700 y 1774. De nuevo, este capítulo está lleno de detalles fascinantes y conexiones sorprendentes. Desde la última parte del siglo XVIII hasta el final de la presencia británica en India, en 1947, la venta de opio fue la tercera fuente de ingresos para el Gobierno indio, por detrás de los impuestos sobre las tierras y sobre la sal. La historia del desvío de grandes riquezas de India por parte de la compañía y sus agentes a través del comercio con China se ha contado ya en otros sitios, pero en ningún lugar tan bien como en este libro .

A medida que nos acercamos a las páginas finales de este extraordinario relato, ver cómo se dio prioridad a los ciudadanos británicos mientras morían millones de bengalíes añade una nota sombría. Las reglas comerciales del Imperio “siempre habían estado manipuladas a favor de Gran Bretaña, y la guerra (la Segunda Guerra Mundial) intensificó la explotación del colonialismo y, al mismo tiempo, dejó al descubierto la vaciedad de su retórica”. La idea de que estaban rescatando territorios enteros de la negligencia de sus dueños originales siguió siendo un elemento importante de la ideología idealista británica hasta el final.

Gran Bretaña había aprendido la lección de Estados Unidos y empezó a permitir que los territorios habitados por colonos blancos tuvieran cierto grado de autogobierno y, al final, se convirtieran en naciones industrializadas por derecho propio . Pero en los países poblados por no blancos se pusieron trabas al desarrollo de la fabricación y la industria. La función de las posesiones tropicales era proporcionar materias primas a la metrópolis y, a cambio, absorber los productos fabricados en ella. La consecuencia de esta política a largo plazo fue el retraso en el desarrollo de estos países. Tras la independencia, se encontraron atrapados en ese papel de productores de materias primas, a menudo con unas economías precarias y basadas en uno o dos productos a merced de las fluctuaciones de precios en el mercado mundial.

El sector del té fue uno de los primeros y más firmes usuarios de los recursos imperiales para financiar campañas propagandísticas y de presiones políticas a escala mundial, un modelo comercial que persiste todavía hoy y que es crucial para comprender cómo influyen la política y la propaganda en la economía internacional. Con una serie de recursos que combinan el consumo con la virtud, su tema central, Erika Rappaport cuenta con gran detalle la historia del té, desde sus principios como oscura “bebida china” hasta convertirse en una bebida universal investida de propiedades civilizadoras . Además de estudiar su viaje de Oriente a Occidente, que se ha relatado muchas veces, la autora se centra en su utilización con determinados fines.

A principios del siglo XVIII, el movimiento antialcohólico empezó a propagar el consumo de té porque era un placer que no emborrachaba, y los empresarios recurrieron a ese argumento moral para defender que se comerciara libremente con él y, por consiguiente, hubiera un mercado mayor y más abierto para sus productos textiles. Los dueños de las fábricas estuvieron encantados de defender la causa y contar con una fuerza laboral compuesta por trabajadores sobrios, mientras que el té de los misioneros cristianos sirvió para “suavizar el encuentro colonial”. Durante la Segunda Guerra Mundial, servir el té se convirtió en una actividad social y patriótica que elevaba el ánimo de los soldados y tranquilizaba a los refugiados.

La publicidad de esta bebida siempre presentaba los beneficios directos para los consumidores (salud, energía, relajación), y, al mismo tiempo, se aseguraba a quienes lo bebían que estaban participando en un proyecto más amplio y más noble en defensa de la familia, la nación y la civilización. Gracias a siglos de márketing brillante, el té tiene una imagen universal de que contribuye a crear amistades, que es algo que todos los seres humanos buscan. La autora explica el milagro de los mercados pero también las partes más oscuras del capitalismo: las complejas repercusiones del colonialismo británico. Estos dos libros ofrecen una aproximación magistral a los mecanismos del mundo moderno.

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LA VIDA DE DISRAELI

Por André Maurois*

PARTE 14

*Traducción del francés por Remee de Hernández 

 

 

IV

EL JEFE

El jefe. De este modo llamaron ya a Disraeli los conservadores a partir de entonces, y la palabra delataba una gran variación. El aventurero genial tolerado por unos, y cuya autoridad era discutida por otros; en el que con afectuosa familiaridad o gran desdén era llamado Dizzi, se convirtió en objeto de respeto. La edad contribuyó a ello. Si en todos los países la vejez es para un hombre público una virtud, lo es mucho más en Inglaterra. Ningún pueblo es tan sensible a la belleza con que el tiempo orna las cosas. Le agradan los hombres de Estado viejos, gastados y pulimentados por la lucha, como le agradan los cueros antiguos y las maderas viejas. Los conservadores no comprendieron siempre la política de su jefe; pero los condujo a la victoria más completa que hubo ganado el partido. Ello evidenciaba que sus sortilegios, aunque inteligibles, eran poderosos. Descontando algunos ancianos, casi todos los hombres que formaban el partido lo habían conocido siempre a su cabeza, primero a lado de lord Derby y luego solo. Algunos asociaban todavía a su nombre una idea confusa de misterio oriental, pero no era para asustarse por ello. al igual que una portada árabe transportada piedra a piedra por un viejo colonial, y reconstruía sobre un césped muy cuidado, cubriéndose de hiedra y de rosales trepadores, adquiere lentamente una gracia muy inglesa y se una sin desentonar a la verde armonía de cuanto la rodea, así el anciano Disraeli, cargado de virtudes, de manías y de prejuicios británicos, se había convertido en ornato natural del Parlamento y de la sociedad, y si alguna vez un caminante avisado podía descubrir bajo el follaje oscuro la curva un poco extraña de un arco, o la línea de un arabesco, la ligera disonancia no hacía sino aumentar la belleza de la noble ruina, sumándole un ligero matiz de poesía y poder.

Al respeto del partido se unió, a partir de aquel momento, un evidente afecto. Los enemigos declarados se hicieron raros. Casi todos reconocieron la lealtad, la buena voluntad del jefe. Sus adversarios sabían que si podían combatir con ardor a un enemigo digno de él, se mostraba magnánimo con un orador menos fuerte. El ejemplo de Peel y el de Gladstone demostraron que no atacaba nunca a un hombre sin defensa. Durante su breve permanencia en el Poder, en 1868, concedió una pensión a los hijos de leech, el dibujante de Punch que lo combatiera despiadadamente durante treinta años. Entonces, en 1874, su primer gesto consistió en ofrecerle a Carlyle, que fue quien preguntó antaño:< ¿Hasta cuándo toleraría John Bull que aquel absurdo mono bailara sobre su vientre?>, una de las más altas distinciones que tenía a su disposición. Cuando un partidario mas vengativo mostraba extrañeza por su bondad, le respondía: <No me preocupo nunca de vengarme; pero cuando un hombre me ha injuriado escribo su nombre en un papelillo que guardo en un cajón. Es maravilloso el ver como los nombres así coleccionados caen en el olvido.>

Apoyado en una fuerte mayoría, sostenido por la reina, que acogió su vuelta con manifiesta alegría, consiguió por fin lo que tanto deseó durante toda su vida. ¡El Poder! Se borraron los recuerdos de las heridas de la juventud. A ladi Dorothy Nevill, que fue en tiempos confidente de sus angustias, le dijo en cierta ocasión: <Ahora todo marcha bien. Siento asegurada mi posición.> La certeza de la victoria produce un a modo de reposo. Jamás estuvo Disraeli más natural. Sabe que por fin lo aceptaran tan cual es, y se abandona. Su espíritu es menos duro, menos sarcástico. Habla con menos reserva de su triste adolescencia. Entrega un pasado rescatado ya.

Paseando con ladi Derbey, y mostrándole Bradenham, le dijo de pronto:

-Aquí es donde he pasado mi miserable juventud.

-¿Por qué miserable? Seguramente ha sido feliz aquí.

-No en aquel tiempo. Me sentía devorado por una irresistible ambición, y no tenía ningún medio de satisfacerla.

El esnobismo carecía ya de objeto. Cuando algún duque trataba de intimidarlo, decía:

-¿Duques? Yo los hago.

Y era verdad. Estaban lejos los tiempos en que Isaac D´Israeli pedía: What does Ben know dukes? La princesa real es una mujercita por la cual se niega a molestarse por la mañana. La reina es una figura familiar, una antigua amiga, un poco rara, pero a la cual le tiene verdadero cariño. Sí, esta vez está en la cima. Ya no siente aquel inquieto afán de subir más, de dominar. Parece que ya debía de ser feliz; pero a un amigo que lo felicita le responde: <Para mi llega esto demasiado tarde. Déme su edad y su salud.> Y se le oía murmurar:< ¡El Poder!... ¡Ha llegado demasiado tarde! Existió un tiempo en que al despertarme me sentía con fuerzas para mover dinastías y gobiernos; pero ese tiempo pasó.>

Siempre fue un gran admirador de la juventud, y malgastó la suya, porque el punto de partida se encontraba demasiado bajo. Necesitó cuarenta años para alcanzar el nivel de donde partieron Peel, Gladstone, Manners. Desgracias del nacimiento, las más duras de todas, acaso porque son más injustas. Entonces... ¡Llegaba muy tarde! En cuanto tomó posesión del Ministerio, su naturaleza comenzó a debilitarse. Es gotoso y ha de asistir al Parlamento con zapatillas. Padece asma, y el tener que tomar la palabra lo fatiga. No tiene junto a él para atenderlo más que al fiel Montagu Corry.

La gloria no tiene más valor que el poderla ofrecer a aquellos a quien se ama. ¿Qué podía hacer con aquella tan inoportuna?<Si, en efecto; yo debía ser feliz; pero no puedo ocultarle la verdad... Estoy fatigado en grado sumo, y soy profundamente desgraciado...no creo que exista un ser mas desdichado que yo. La fortuna, el éxito, la gloria, hasta el Poder, pueden aumentar la felicidad, pero no pueden crearla. El cariño es el que da la dicha. Me encuentro solo, y para sostenerme no cuento más que con un poco de simpatía, estampada algunas veces en un papel, y aun con parsimonia.es una existencia terrible, casi intolerable. ¿Qué positivo placer puede proporcionar el Poder? Uno tan solo. La multitud de asuntos que permiten olvidarse de uno mismo; pero ¡cuántos sinsabores también!...El viaje durante el cual en cada estación una multitud entusiasta exclama:<¡ Helo aquí!> Los chiquillos que corren, deteniéndose boquiabiertos ante el departamento...Las muchachas que piden autógrafos, las sociedades filarmónicas esperando en la puerta del hotel...> ¡Ah!¡Cuan contraria a su carácter es aquella familiar popularidad! Un día, mientras aguardaba el tren en Swinson, un viajante de comercio, brusco y cordial, se aproximó a él, diciéndole:

-Siempre he votado por usted, señor Disraeli, desde hace veinte años..., y quisiera estrechar su mano.

Disraeli levantó los ojos, y hastiado replicó:

-No lo conozco- y prosiguió su paseo. En semejante caso, Gladstone hubiera estrechado las dos manos del hombre y hubiera anotado el incidente en su diario. Pero el señor Gladstone tenía el entusiasmo de un leñador, y aquel anciano enfermo estaba fatigado. Aun se repiten sus ocurrencias; pero han variado de tono. Apenas si un ligerísimo perfume de ironía flota aun en aquel océano de melancolías.

-¿Estas usted ya completamente bien, señor Disraeli?

-Nadie está completamente bien.

 Y si alguna dueña de casa le pregunta lo que le agradaría que hiciese para divertirlo, respondía:

-¡Ah, déjeme existir!

 

 

En aquel cuerpo vencido subsistía una pasión: el gusto de lo fantástico. Cuando se encontraba solo, obligado por los sufrimientos al silencio  y la inmovilidad, e incapacitado para leer, pensaba con deleite de artista en su maravillosa aventura. ¿Existe en Las mil y una noches un relato de la historia de un zapatero convertido en sultán que sea más pintoresco que su vida? ¿No se han cumplido en todos los detalles los sueños de aquel niño que se tumbaba debajo de los arboles, en un jardín italiano, escuchando el laúd de su abuelo? <Por fin se ha realizado mi ensueño.> Había conservado su inclinación por las narraciones y las costumbres caballerescas. La Joven Inglaterra está latente en aquel viejo corazón. Entre <todas sus abuelas>, como decía burlonamente el embajador de Rusia, se cree en el Tribunal de la reina de la belleza. Reunió a sus amigas en una Orden, y a cada elegida le regalaba un alfiler en forma de abeja. Es evidente que la Orden se compone desde luego de abuelas: ladi Chesterfield, ladi Bradford; pero también se encuentran en ella algunas muchachas, por ejemplo, la princesa Beatriz, con permiso de la reina, y sin duda la gran maestrante es la misma soberana, que él ya no llama la reina, sino el hada.

Osborne. Las sombras verdes reposan la vista después del deslumbramiento del viaje. Desde el castillo se distinguen las velas blancas que recorren la bahía azul. Apenas si el anciano visitante ha tenido tiempo de sentarse un momento en la habitación, la augusta dueña de aquel lugar desea verlo, y baja en seguida. Lo recibe la reina con tanta alegría, que por un momento cree que va a besarlo. Está tan cargada de sonrisa, que parece más joven y casi bonita. Charla y salta por la habitación como un pájaro. Es feliz. Ha encontrado de nuevo a su ministro, el único que le inculca confianza en sí misma, porque la reina ha tenido una vida muy accidentada. Ha sido impopular, muy impopular; ha visto a las gentes de Londres volverle la espalda a su coche por las calles. Al principio, por causa de lord Melbourne, y luego, por el pobre Alberto, al cual el público no perdonaba su origen alemán. Se le reprochó a la reina su interminable luto, y ninguno de sus ministros la defendió.

Todos los whigs sentían celos del trono. Pero el señor Disraeli tenía sobre la monarquía las mismas ideas que la reina. No deseaba, sin duda, que el soberano se opusiera nunca al Parlamento; pero creía que la sabiduría  y la experiencia de un testigo imparcial y duradero son un precioso balasto para el navío del Imperio.

El señor Disraeli expresaba tan bien sus ideas, que la reina las presentía siempre.

-¡Pensar que es usted gotoso! ¡Cuánto debe de sufrir! No debe permanecer en pie. Va usted a tener una silla.

El ministro queda estupefacto ante aquella distinción sin precedente. Nadie se ha sentado jamás durante una audiencia de la reina. Lord Derby le contó en tiempos, como prueba de gran amabilidad, que la reina, viéndolo un día muy enfermo, le dijo:

-Me causa mucha tristeza que la etiqueta no me permita suplicarle que tome asiento.

El señor Disraeli recuerda esos detalles y sonríe con satisfacción; pero no acepta. Puede muy bien permanecer en pie. La reina se muestra cada vez más afectuosa y le abre su corazón con respecto a sus súbditos, y como sabe que es curioso, le enseña su correspondencia más secreta. Habla, habla sin tregua, como Mary-Ann, como pueden hablar las mujeres; pero ha ganado mucho en la estimación intelectual del señor Disraeli. Tiene, en verdad, sentido común, y juzga sin pasión los caracteres. En Gladstone, por ejemplo, descubre claramente el pensamiento. ¡Qué suerte para Disraeli que Inglaterra tenga una reina y no un rey! Durante la cena, la conversación es viva y agradable. Disraeli no se ha sentido jamás tímido. Dice todo cuanto ha de decir en los términos más sorprendentes, y la reina piensa que nunca vio un ser más divertido. La encanta la audaz sencillez con que su ministro le pregunta desde el otro lado de la mesa: <Señora, ¿es cierto que lord Melbourne decía a vuestra majestad: Hará esto, o bien no hará esto otro?>

Algunas veces, cuando están solos, los cumplidos del ministro son más floridos y casi directos; pero la reina lo disculpa pensando que tiene sangre oriental y la reina ama el Oriente. Le agrada tener en pie detrás de su asiento un criado indio, y a la cabeza de sus estados a aquel gran visir ingenioso y sentimental.

Lo invita en todas partes. Le ruega que vaya a Balmoral, en Escocia, donde la vida es más sencilla, más natural. Desgraciadamente, el huésped está a menudo enfermo. Los grandes viajes lo fatigan. La reina envía a su médico, sir William Jenne, a la habitación de Disraeli. El doctor exige que el ministro guarde cama. Por la mañana fue a visitarlo la reina. < ¿Qué piensa usted –les escribió a ladi Chesterfield-  de un ministro que recibe a su soberana con zapatillas y en bata?>

Al verlo tal débil, se siente maternal. Sus relaciones han llegado a ser puramente humanas. Habla de Alberto, hablaba de Mary-Ann. Ministro y soberana encontraron en tiempos la felicidad en el matrimonio. Es un lazo más que los une. A su llegada a Londres recibió una caja de flores.

<El señor Disraeli, muy humildemente, a vuestra majestad:

<Ayer apareció en Whitehall una caja de delicada apariencia. Al abrirla, creyó en un principio que vuestra majestad le había concedido las estrellas de sus ordenes mas principales, y llegó a apoderarse de tal modo de su espíritu esta ilusión, que, habiendo de asistir aquella misma noche a un banquete de gente de estrellas y cintas, no pudo resistir la tentación, al colocar unas nevadillas sobre su pecho, de hacer notar que también él estaba condecorado por una graciosa soberana.

<Durante la noche le asaltó la idea de que todo aquello podía ser un encantamiento, que aquel era sin duda el don de un hada y provenía de otro monarca: el hada Titania cogiendo flores con su corte en una isla deliciosa, y enviando unas flores magas que, según se cuenta, hacen perder la razón a todos los que las reciben.>

 

 

V

LA ACCIÓN

 

Es muy fácil pensar. Obrar es muy dificil, y obrar según nuestro pensamiento es lo más dificil del mundo 

 

En un país fuertemente organizado, que goce de una civilización antigua e intacta, el hombre es menos dueño del Poder que éste lo es del hombre. Un Bonaparte que tras una revolución encuentra el terreno despejado puede imponer a una nación, la forma de su espíritu. Un Disraeli, primer ministro de Inglaterra, no puede moverse fuera de ciertos límites. Los acontecimientos imponen diariamente actos que no se desean. Se pierde el tiempo en reparar los errores de un necio y en luchar contra la testarudez de un amigo. El extender un plan es cosa inútil, y Disraeli había vivido demasiado para ignorarlo.

Ya en los primeros días de su actuación, la reina y los obispos lo obligan a defender un proyecto de ley para poner fin al ritualismo, es decir, a las prácticas romanas, en la Iglesia anglicana. Los clérigos serán perseguidos si sus hábitos o el boato de sus altares ofenden a ojos protestantes. Disraeli siente terror por la legislación eclesiástica, pues sabe de sobra las pasiones que van a despertarse.

Hasta en la pequeña parroquia de Hughenden había una guerra civil entre los partidarios de las mesas petitorias y los de los cepillos. <Mi amigo el vicario hará lo él llama una colecta y yo llamo una cuestación. El recaudo será colocado sobre lo que él llama un altar y los feligreses una mesa.> Pero los obispos son tenaces. La reina hubo de intervenir: <Desea vivamente que el señor Disraeli llegue tan lejos como le sea posible, sin colocar en mala postura a su Gobierno...> Y el primer ministro ha de dedicar las primeras semanas de Poder a enmendar y defender un proyecto que juzga inoportuno; mas las medidas que él desaprueba aumentan durante cierto tiempo su popularidad. La vida tiene esos caprichos.

No desea ver unido su nombre a medidas de represión; quiere, por el contrario, que el advenimiento al Poder del partido conservador se señale por una política generosa. Había llegado el momento de transformar en actos las ideas de Coningsby y Sybil; las leyes se sucedían: igualdad de obligaciones entre empleados y patronos, ampliación de los derechos de las Trade Unión, reducción de las horas de trabajo hasta el límite de cincuenta y seis por semana; descanso del sábado por la tarde, y otras varias mas, de carácter sanitario. El santo y seña del partido, dijo Disraeli, ha de ser: Sanitas sanitatum et omnia sanitas. <Política de pocero>, comentaban los adversarios.

Otra idea que desde su juventud acarició el ministro, y que se instaló con él en el Poder, es la del Imperio. La idea de que en adelante, Inglaterra no pueda ser considerada sin sus colonias. Veinte años antes le propuso a Derby la concesión de representantes a las colonias y la creación del Parlamento imperial. Cuarenta años antes cantó el Poder federal el genio del porvenir.

Cada vez que algún utilitario pretendió demostrar en el Parlamento que las colonias, y la India en particular era florones de la corona demasiado costosos y que  era de desear se renunciase a ellos, se levantó él para recodar que Inglaterra no sería nada de no seguir siendo la metrópoli de un inmenso imperio colonial, y que los anticoloniales, al no considerar más que los resultados financieros, despreciaban las consideraciones políticas, que son las únicas que engrandecen a las naciones. Para organizar aquel Imperio había un programa: la autonomía aduanera imperial, de un impuesto de la Corona sobre las tierras sin cultivar, de un convenio militar y, en fin, de la creación en Londres de un Parlamento imperial. Aquella política era tan nueva y parecía tan osada, que aun no le fue posible aplicarla; pero no desperdició ocasión de hacer resplandecer su sentimiento y la importancia que concedía a los caminos imperiales.

 

 

 

***

 

El 15 de noviembre de 1875, un periodista, Federico Greenwood, fue a ver a lord Derby (1) al Foreign Office.

Había cenado el día antes con un financiero que conocía mucho a Egipto y sabía que el jedive, careciendo de recursos, deseaba empeñar sus ciento setenta y siete mil acciones del Canal de Suez. Existían en total cuatrocientas mil acciones de Suez, y la mayoría se encontraba entre las manos de los capitalistas franceses. Piensa Greenwood que a Inglaterra le interesa la adquisición de las del jedive, porque el Canal es el camino de las Indias. Derby, que siente horror por los grandes proyectos, no se muestra entusiasmado; pero la imaginación de Disraeli se inflama. Le telegrafió al agente inglés en Egipto, y supo que el jedive había concedido opción a un grupo francés por noventa y dos millones, hasta el martes siguiente. El jedive prefería tratar con Inglaterra; pero necesitaba urgentemente dinero, y como el Parlamento había suspendido las sesiones, era difícil llevar a cabo el negocio, porque cuatro millones de libras forman una suma que era imposible extraer sin crédito del presupuesto :< Apenas si tenemos tiempo de respirar; pero es necesario hacer esa operación>, le escribió Disraeli a la reina.

El Gobierno francés no creaba obstáculos: al contrario, el duque de Decazes deseaba vivamente el apoyo de Disraeli contra Bismarck y desanimó a los bancos franceses, que renunciaron a la opción. Pero se necesitaban cuatro millones de libras. El día en que el Gobierno se reunió para deliberar, Montagu Corry aguardaba en la antecámara. El jefe se asomó, y dijo sencillamente:

-¡Sí!

Diez minutos más tarde, Corry estaba en casa de Rotschild, a quien encontró comiendo, y le dijo que Disraeli necesitaba cuatro millones para el día siguiente.

El banquero, que estaba comiendo uvas, cogió un grano, separó la pulpa de la piel y preguntó:

-¿Qué garantías?

-El Gobierno británico.

-Pues los tendrá:

<El señor Disraeli, muy respetuosamente, a vuestra majestad:

<Acaba de arreglarse, señora... ¡Cuatro millones de libras! Y casi inmediatamente. Sólo una casa podía hacerlo: la  de Rothschild. Se han portado admirablemente  adelantado el dinero a interés muy bajo, y toda la parte del jedive está entre vuestras manos, señora.>

La reina quedó encantada. Nunca la había visto tan sonriente Disraeli. Lo invitó a comer, gastándole mil amistosas bromas. Lo que más que nada entusiasmaba al hada era el furor de Bismarck, quien unos días antes declaró particularmente que Inglaterra había cesado de ser una potencia política.

Durante el mando de Gladstone, habiéndose mantenido retraída Inglaterra, y estando Francia abatida por la guerra, el canciller alemán tomó la costumbre  de presentarse como dueño de Europa. Con Disraeli, Inglaterra tenia de nuevo una política extranjera y unas voluntades que deseaba hacer respetar. En 1875, cuando Bismarck, después de haber amenazado a Bélgica, se resolvió contra Francia, Disraeli le escribió a ladi Chesterfield :< Bismarck es en verdad un nuevo Bonaparte, y habrá que ponerle un freno.> Le habló de ello a la reina, quien, aprobándolo, prometió escribir al emperador de Rusia. Esta nación influyó, al mismo tiempo que Inglaterra, en Berlín, y Bismarck se batió en retirada.

El entorno de Inglaterra hacia una política continental había tenido un gran éxito. La reina estaba radiante. ¡Siendo cónsul Disraeli, cuán fuerte se sentía la soberana!

 

(1) Se trataba, naturalmente, del decimoquinto lord Derby, quien con el nombre de Stanley fue discípulo y amigo de Disraeli. El padre había muerto ya. 

 

 

***

 

De pronto, exigió el titulo de emperatriz de las Indias. Ya se trató de ello en 1858, en el momento en que la India, tras unos motines, fue unida a la Corona, y en principio Disraeli se mostraba partidario de ello; pero en 1875 el momento era poco propicio. Disraeli sabía que se atribuiría aquella idea, poco inglesa, al gusto del primer ministro por el oropel oriental. Hizo mil esfuerzos por conseguir de la reina algunos años de paciencia; pero todo fue en vano; era muy tenaz, y hubo que redactar un proyecto de ley.

El público alborotó mucho. Los ingleses no aman los cambios. La reina había sido siempre la reina. ¿Por qué no seguir siéndolo? <El titulo de emperador -decían los puritanos- evoca imágenes de conquistas, de persecuciones y hasta de libertinaje.> Se publicaron libelos: Cómo Little Ben, el <maitre d´hôtel>, varió el rotulo de la hospedería de la reina por el siguiente: Empress Hotel Limited, y lo que resultó: Dizzi-Ben-Dizzi o El huérfano de Bagdad. Los embajadores juzgaron cómicamente el cambio. <Fantasías de artista y fabricante de monarcas por parte de Dizzi -escribía el ministro de Francia-. Fantasía de nuevo rico por parte de la reina; se imagina que eso aumentará su valor, y que sus hijos se colocarán mejor con ese título imperial. Mi opinión es que constituye un desacierto el descorrer de ese modo el velo que ha de cubrir el origen de las coronas. No se debe jugar con esas cosas.  Se nace emperador o rey; pero es muy peligroso hacerse una cosa y otra.>

Dizzi había de tranquilizar a todos. En lo que concernía a los malos recuerdos evocados por la palabra emperador, hizo notar que la edad de oro de la Humanidad fue la época de los Antónimos; en cuanto al título de la reina, se mantendría en Inglaterra en todos los documentos relacionados con Europa; únicamente en los actos relativos de los oficiales (que podía ser llamados a servir en las Indias), se añadiría después de <Defensor de la Fe>, <Emperatriz de las Indias>. A la reina le apenó mucho la oposición con que tropezó su ley y, sobre todo, los ataques personales que sus deseos desencadenaron contra su muy querido señor Disraeli; pero esto sirvió para unirla aun más a él. Cuando por fin estuvo en posesión de su titulo, le escribió una carta, que firmó: Victoria, Regina e Imperatrix con una alegría verdaderamente infantil, y la nueva emperatriz ofreció una cena, en la cual, contra su costumbre, apareció cubierta de joyas orientales que le fueron ofrecidas por los príncipes de las Indias. Al final de la comida, Disraeli, violentando conscientemente la etiqueta, se levantó y pronunció a la salud de la soberana un discurso con tantas imágenes como un poema pérsico, y la reina, lejos de escandalizarse, respondió sonriendo con una inclinación, casi una semirreverencia.

***

 

ILUSTRACION: Disraeli como Gullliver entre gigantes de la Administración Peel

 

De ese modo, el buque político, mecido por las olas de la fortuna, del clima, del favor de la Cámara y del buen humor de la soberana, aguantaba bien el mar. Pero el piloto estaba muy enfermo. Su salud se debilitaba hasta el extremo de que varias veces dijo a la reina que deseaba abandonar la vida política. Era precisamente lo que ella por nada del mundo hubiera admitido. Se le ocurrió que le sería fácil llevar al primer ministro a la Cámara de los Lores, <donde se fatigaría mucho menos, y desde donde podría dirigirlo todo>. Entonces aceptó. Tomó el nombre que antaño hizo dar a tó. Tomo el nombre que antaño hizo dar a Mary-Ann: el de Beaconsfield.

-¡Conde! -dijo con ironía Gladstone cuando conoció aquella nueva hazaña del diabólico-.¡No puedo perdonarle el que no se haya hecho duque!>

Para evitar una escena final conmovedora, pero de mal gusto, habló por última vez en los Comunes la víspera del día en que se anunció la decisión. El secreto fue bien guardado, y los diputados estaban a cien leguas de pensar que escuchaban por última vez a su jefe. Al levantarse la sesión se levantó lentamente, recorrió el salón. En el fondo se volvió, y durante un minuto contempló los bancos, las galerías, el sitio donde pronunció su primer discurso, el banco de la Tesorería, donde había visto la figura maciza y el hermoso rostro de Peel; el banco de la oposición, que él mismo ocupó durante tanto tiempo. Luego volvió, paso ante la butaca del speaker, y envuelto en su amplio abrigo blanco, y apoyado en el brazo de su secretario, salió. Un muchacho que pasaba vio, sin comprender, que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Cuando al día siguiente, en la apertura de la sesión, supieron los diputados la noticia, se formaron grupitos de hombres emocionados. En los bancos se hablaba en voz baja, como si hubiera un ataúd en la sala. Uno de sus adversarios, sir William Harcourt, le escribió: <Nunca imaginé que el cambio fuese tan grande. Toda la caballerosidad, todo el encanto de la política, parece habernos abandonado. Solo nos queda la rutina.> Era el sentir de toda la Cámara. El interés que dedicó aquel anciano al juego de la vida terminó por contagiar a todos los que lo rodeaban. Con él no se sabía nunca como seria el día siguiente, pero se tenía la certeza de que no sería aburrido. <Corregía una inmensa insignificancia.> <La presencia de aquel gran artista  llegó a convertir los debates en una obra de arte>. <No su brillo a los demás.>

Desde que conquistó el poder usó de él para imponer a todos la cortesía y el respeto de la forma. Cuando alguno de sus partidarios interrumpía, se volvía hacia él, lanzándole una mirada de descontento. En una discusión de fianzas llegaba a ver un torneo y se los descubriría a los demás. <Su partida -le escribió Manners- representa para mí el fin de todo interés personal con respecto a la vida de la Cámara de los Comunes>, y sir William Harcourt le decía: <En adelante, aquello será como un juego de ajedrez sin reina: una miserable lucha de peones.> Y al terminar citaba las palabras de Metternich cuando murió Napoleón: <Pensará usted quizá que al saber su muerte me he alegrado de la desaparición de un gran adversario de mi política, y ocurre precisamente lo contrario. He experimentado una sensación de pesar al saber que ya no cambiaré nunca más una palabra con aquella gran inteligencia...><¡Ay!...¡Ay!...escribía otro-. ¡Ya no volveremos a ver a nadie de su altura!... el tiempo de los gigantes pasó.>

Cuando un poco más tarde abrió la reina la sesión del Parlamento, se vio en pie junto a ella una extraña figura inmóvil, drapeada de escarlata y de armiño: era el nuevo lord Beaconsfield. Las más lindas de las señoras de los pares acudieron para verle tomar su asiento. Derby y Bradford fueron sus padrinos. Con perfecta soltura fue a inclinarse, a estrechar manos, a levantar su sombrero como lo exigía la etiqueta, y convertido en leader de la Cámara de los Lores, el mismo día en que penetró en ella, hubo de hablar en esa primera sesión. A los veinticinco años había escrito en El duquesito.

<Una cosa se observa claramente: son necesarios dos estilos diferentes, uno para la Cámara de los Comunes y otro para la de los Lores. Si tengo tiempo durante el transcurso de mi carrera, daré una muestra de cada uno. En la Cámara popular, Don Juan ha de ser mi modelo, y en la otra; El paraíso perdido.>

Se engañó en los dos casos; pero si en los Comunes tardó algún tiempo en renunciar al modo byroniano, mas enterado después, no adoptó nunca el estilo de Milton en los Lores. Existía, en efecto, el matiz; pero era muy sutil y más difícil de expresar que lo que llegó a prever su juventud. La señaló con un tono perfecto.

-Estoy muerto -dijo al salir de la primera sesión-; muerto, pero en los Campos Elíseos.

 

 

 

 

 

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