SORORIDAD Y TOTALITARISMO: «Del día en que me quise solidarizar y me hicieron prisionero de guerra»

El PROCESO: Sobre la totalitarización del gueto

Por "un de tantos"

8 de junio de 2019

 

El primer borrador de este texto lleva escrito más de una semana, concretamente desde el día siguiente a los sucesos que narra. Si tardó tanto en salir a la luz fué para respetar los tiempos y los ritmos de las personas y sensibilidades que se vieron de una forma u otra afectadas.

Con todo creo que es necesario exponer públicamente los hechos lamentables que pasamos a describir, en el convencimiento de la necesidad de una reflexión pública y serena respecto de todo ésto. La verdad siempre es revolucionaria, y ocultar unos sucesos tan graves sólo servirá para evitar que el conjunto del movimiento libertario pueda extraer las oportunas lecciones que pudiesen derivar. Además, mantener en el ámbito privado semejantes humillaciones refuerza la falsa idea de culpabilidad de todos los agredidos.

Por último y no menos importante, escribo esto por necesidad. Para sacar para afuera toda la mierda que tragué sin razón. Escribo con fin terapéutico, para aliviar el dolor. Otros prefieren callar. Yo puedo tragar mierda, pero desde luego que no diré que sabe a fresas.

Es por todo esto que aquí queda la crónica de lo sucedido el sábado en O Aturuxo, desde el parcial punto de vista de uno que no le quedó otra que padecerlo:

 

 

Sobre la totalitarización del gueto: Del día en que me quise solidarizar y me hicieron prisionero de guerra

(NOTA PC: este testimonio está también en gallego en el original) 

 

Ayer, primero de junio, fuimos convocados un numeroso grupo de activistas en la okupa compostelana O Aturuxo das Marías. Se trataba de una "alerta feminista", nos dijeron, era muy importante que fuéramos los hombres de los movimientos contestatarios gallegos, pues las compañeras tenían algo grave que decirnos. Sabíamos que se habían producido algunas agresiones dentro del entorno e intuíamos que aquello sería una llamada de atención colectiva al respecto.

Allí aparecimos más de medio centenar de hombres relacionados de un modo u otro con el entorno activista. Muchos queríamos saber lo que había pasado y nos sentíamos comprometidos a tratar el tema y ofrecer algún tipo de respuesta. Otra gente que estaba convocada no pudo o quiso acudir. Tras una larga espera en la puerta de la okupa abrieron el paso y nos hicieron subir al piso de arriba. Allí, atónitos, nos encontramos con las ventanas y paredes empapeladas con nuestras fotos y nombres; al menos habría un centenar.

De repente irrumpieron las chicas, superaban ampliamente la treintena, venían muy serias y enfadadas. Repartieron rotuladores  y nos dijeron que marcáramos un "si" sobre nuestras fotos los que se reconocieran a sí mismos como agresores. También nos conminaron a denunciar a los demás. Poco a poco la gente comenzó a señalarse a sí misma, en medio de un clima cada vez más enrarecido por la presión grupal. Algunos señalaban también a otros; hubo quién marcó absolutamente todas las fotos, los conociera o no. Fuimos muy pocos los que nos negamos a participar de este proceso autoinculpatorio, el ambiente de condicionamiento colectivo era muy fuerte y opresivo.

Una vez terminado el rosario de denuncias y “confesiones” empezaron a marcar ellas a los que consideraban agresores. Caímos casi todos. No dieron explicaciones y a gritos nos dijeron que no teníamos permitido hablar. Algunos aún seguimos devanándonos los sesos tratando de saber el motivo por el que fuimos señalados. La tensión aumentó. Nos increparon, nos amenazaron, nos gritaron. Nos dijeron que todos éramos violadores, que ninguno era inocente y que, como hombres, encubríamos las agresiones de los demás (y yo que siempre pensé que eso lo hacíamos todxs, independientemente del sexo).

Pública y expresamente nos declararon la guerra, así nos lo dijeron, y manifestaron que querían romper las relaciones con nosotros (los hombres de su entorno). Nos dijeron que ninguno se salvaba, que éramos armas de destrucción masiva, que tendríamos que cortarnos las pollas y meternos cactus por el culo. Leyeron varios manifiestos absolutamente delirantes en un clima de hostilidad creciente. Nosotros, sumisos, agachábamos la cabeza.

Fue entonces cuando comenzaron las agresiones. Primero de forma más localizada, contra gente concreta. Insultos, gritos, bofetadas, escupitajos. Ninguno hicimos ni dijimos nada. Luego vinieron las patadas y los puñetazos. Entiendo que aún se centraban en venganzas concretas por hechos especialmente graves, pero pronto las agresiones se volvieron gratuitas y arbitrarias: una chica le dijo a alguien mientras lo abofeteaba que no sabía quién era pero que no le gustaba su mirada. Ninguno hacíamos nada mientras arreciaba la violencia. El que más hostias llevó fue uno que había pintado un interrogante sobre su foto, parodiando el proceso autoinculpatorio; recibió una auténtica paliza mientras un cordón de mujeres, en actitud chulesca, defendían la agresión. Nunca en mi vida había visto un abuso semejante salvo, quizá, en los lúgubres sótanos de alguna comisaría.

Una vez se hubieron despachado a gusto, nos obligaron a marcharnos, pero antes las chicas formaron un pasillo en la puerta. Según íbamos saliendo comenzaron a repartir golpes: collejas, empujones, bofetadas... Gratuitos, por la cara. Incluso a gente que no había sido señalada como agresora y con un comportamiento escrupuloso e intachable. Daba igual, eran hombres. Esa misma mañana los saludaban con sonrisas y ahora les cruzaban la cara a bofetadas.

Salimos como zombis, las bocas abiertas y la mirada perdida. Apenas hablábamos, incrédulos, tratando de digerir lo que acababa de pasar. Nuestras amigas, nuestras compañeras de lucha, para algunos incluso sus novias, de golpe y porrazo nos trataban del mismo modo que lo haría la policía. Nos acababan de humillar, vejar y torturar de la forma cruel y gratuita típica de los antidisturbios. Puede que alguno lo mereciese, pero la mayoría desde luego que no. Habíamos asistido inermes a un linchamiento público.

Y aún por encima la mayoría de nosotros quedamos marcados como agresores. ¡Sin ni siquiera saber por qué! Una condena sumaria de la que no tenemos derecho a conocer las causas. Ni el propio Kafka habría podido idear un sinsentido tan terrorífico.

No pude evitar acordarme de los procesos autoinculpatorios en las purgas estalinistas, con antiguos revolucionarios asumiendo falsas culpas de camino hacia el cadalso. De las asambleas de “autocrítica” maoísta, basadas en la destrucción del ego de quién cuestionara al partido. De los juicios farsa de Sendero Luminoso, en los que los acusados pedían perdón por sus crímenes y desviaciones antes de ser ajusticiados públicamente con sadismo y crueldad.

En una sorprendente pirueta del destino nosotros nos vimos convertidos en las brujas y ellas en los inquisidores. Aquello fue un auténtico auto de fe, asumiendo culpas que no nos pertenecian bajo el opresivo peso de los dogmas. Tragando inmerecidas humillaciones confundidos por absurdos anatemas ideológicos. Castigados colectivamente en una persecución basada en nuestra condición física y nuestra orientación sexual. Lo que, de toda las vida, se denominó como una auténtica caza de brujas.

Es cierto que las agresiones sexuales merecen un castigo, un rechazo colectivo y la elaboración de análisis y protocolos que permitan reconocerlas y atajarlas. Pero cuando permitimos que la indignación por un hecho horrible provoque respuestas abusivas e indiscriminadas contra colectivos enteros por su condición física o sexual, creamos el caldo de cultivo que desemboca inexorablemente en la creación del discurso totalitario.

Nadie puede negar el patriarcado, los privilegios que tenemos los hombres sobre las mujeres, las agresiones sexuales, la desigualdad estructural. Ni siquiera en lo tocante a nuestros micro-ambientes en el gueto. ¿Pero justifica eso la humillación y la violencia a la que hemos sido sometidos por el mero hecho de ser hombres? Es cierto que las mujeres han sufrido en silencio muchas injusticias durante muchos siglos, es cierto que sufren aún ahora y en nuestros propios círculos numerosas opresiones. Pero en mi opinión eso no justifica una venganza humillante y colectiva contra TODOS los hombres a los que consiguieron reunir. Justo los que acuden a una “alerta feminista”, o sea que muchos de ellos, en cierto modo, son de los pocos que en esta sociedad tratan de cuestionarse sus propios privilegios.

Querían dinamitar las relaciones con el entorno: lo han conseguido. De hecho ya no estoy muy seguro de que exista un “entorno”.

Querían que tuviéramos miedo: han triunfado. Pero aquí el miedo no ha cambiado de bando, solo de género. Y dudo mucho que se extienda más allá de los que simpatizábamos de un modo u otro con su discurso. Ahora sabemos que nuestra condición de hombres, independientemente de nuestros actos, puede acarrearnos venganzas ciegas e irracionales.

Y ahora me asalta una duda: más o menos todos sabíamos en nuestros ambientes las pautas por las que guiarse cuando un grupo de hombres humillaba y agredía colectivamente a mujeres solo por su condición. ¿Qué hacer cuando son ellas las que voluntaria y premeditadamente se sitúan en el papel del agresor? 

 

El Feminismo Populista proporciona argumentos a los más reaccionarios. Destruye el Feminismo desde dentro. Como está pasando con el Socialismo.

 

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Del día en que me quise solidarizar y me hicieron prisionero de guerra: Cando a “sororidade” era un “cactus polo cu”, por A. Vila (un disidente)

(NOTA PC: este es un segundo testimonio, del que disponemos solo en gallego, prefiriendo respetar el idioma al entender que es relativamente fácil su comprensión)

 

- Que llevan ahí? - Sus órganos. - Tienen derecho a ser enterrados con sus cuerpos completos. ("El Último Emperador", Bernardo Bertolucci)

 

Este escrito foi ampliado, para o seu mellor entendemento, o día 01/07/2019, a petición expresa de quen o escribiu orixinalmente. 

O xoves recibín a mensaxe dunha “compa” de Santiago: 

- Mira o sábado convocamos a algúns homes do noso círculo para falar de algo moi importante entre mulleres e homes,por un conflicto de xènero.È moi importante que veñades. È às seis trinta no Aturuxo. 

- Eu¿? - Preguntei certamente sorprendido, xa que non estaba ao corrente de nada, e facía anos que non gardaba unha relación estreita. 

- Si. Que sería? Pensaba. Parecía importante. Fun. 

Cheguei no día cun colega no seu carro e a compa. Foimos ao Aturuxo das Marías onde estabamos convocados. Petamos á porta e abriu unha muller que non coñecíamos de nada, e ela tampouco a nós porque nos preguntou a que íamos. Explicado, díxonos que subíramos á terceira planta. O rostro das mulleres, a maioría descoñecidas para min, era ameazante. Subindo as escaleiras un par de mulleres cada equis escalóns. 

Algunha dicía algo no plan de “veña, subide”. Parecía unha coreografía moi ben orquestrada. Chegado a arriba vexo uns 40 tipos. Busquei rostros coñecidos. Eran compas, e os que non coñecía tamén. Gardaban silencio como un rabaño de ovellas previo a que sexa subido ao camión que se vai dirixir ao matadoiro. Un silencio tétrico (e non, non esaxero). Mirei á dereita e vin unhas 50 fotografías, impresas, colgadas, cos nomes de cada persoa. Todos tipos. 

Cheirei a encerrona. Rápido pensei en todos eses experimentos sociolóxicos como o do Cárcere de Standford, ou a peli “La Ola”. Será por iso que quixen marchar ao momento, pero un colega díxome que agardara. Fixen caso pese a que xa me está parecendo horrible. 

Cinco minutos de espera. Agardando atopei a miña fotografía. Dinme conta que probablemente todos os alí convocados estaban na parede, sinalados. Non daba moito crédito, a verdade. Chegaron as mulleres e formaron filas. Estética militar. Brazos cruzados, detrás as fotografías e diante nós. A unha non lle debía parecer suficiente e mandou levantar dunhas cadeiras a tres compas para que se puxeran de pé. Ela non sentou. Só quería demostrar que ela se sentaría cando quixera e que eles non tiñan ningúndereito, aínda que nin os coñecese. 

Falou unha muller, non lembro quen. Levantou un rotulador vermello e dixo que cada homecollese ese rotulador e escribise a quen consideraba un agresor con un SI na fotografía. A verdade é que iso deberíase parecer moito, cambiando o contexto espazotemporal, a calquera campo de guerra unha vez proclamadxs xs vencidxs, pero neste caso entre “compas”. Confirmaríanme posteriormente que era unha guerra aínda non declarada nese momento. 

Pasarei por alto a cantidade de tipos foron a escribir un “si”. Pensei nun xuízo burgués, onde tes dereito á defensa e onde incluso a confesión de culpabilidade non é proba definitoria. A sustitución que estaban a facer en vez da xustiza ordinaria era, incluso, peor; cando se supón loitamos por outros métodos, tanto na metodoloxía empregada como no fondo. “A que se referían con agresor?”. “Por que escribían un SI os tipos sen se queirapreguntar ou querer aclarar certas cuestións?”. O primeiro podo intuílo en diversas variables: algúns terían motivos reais, descoñezo, pero a maioría, pensaba, sería por medo, ben a perder o seu status social dentro do “gueto” ou ben polo medo físico e/ou psicolóxico, todo mezclado cunha especie de culpa cristiá. Permitídeme a alusión relixiosa, pero aquelo era unha ceremonia. Unha ceremonia de castigo preparada. 

Cando es sinalado nunha parede e 30 persoas mírante con odio repasas a túa historia persoal: “fixen algo moi malo?”; “lembro aquel día que...”. Parei os pensamentos. Calquera persoa que reescriba a súa historia nese contexto é CULPABLE (e tamén víctima con outros condicionantes). 

Ben, os tipos pararon de ir ata o purgatorio a escribir un “si”. Unha tipa saíu de novo: “ninguén máis ten que escribir?”. Vale, había tíos que non foran a escribir nada. Pensei en falar, pero non se podía. Decidín adiantarme e coller un rotu, ir cara a miña fotografía e escribir unha interrogante. Si, volvería escribila por moitos motivos. Escoitei unha risa en alto moi notoria. Vale, unha persoa que debía pensar que eu era un agresor, pero que aíndaasí sempre que ía por Compos me saúdaba cu excesivo sorriso. Unha persoa da que tería moito que falar. Pero non me podía sorprender. Ao fin e ao cabo a persoa que me convocara a aquela encerrona era a mesma que me chamaba “agre” de noite e de risas trala acusación que fora a parar ao meu Facebook fai xa dous anos por unhas conversacións virtuais cunha ex-amiga que nin estaba alí, nin sabía, seguro, nada de nada (e non, nin pensedes en fotografías, nin en vídeos de contido sexual...). “Agre”, logo de vetarme un ano despois a unha cea de solidariedade do CSOA Escárnio e Maldizer. Vaia, era un agresor e as persoas que me acusaban de selo, supostamente empoderadas, non só me sorrían senón que se burlaban do caso: hipócritas. Nunca tiven tempo de ser escoitado, e daba igual, era culpable e daba igual as probas que presentase, o contexto e todo. Un colega xa me alertaba diso: estaba sentenciado. E todo o resto de compas, tanto vinculadas ou non ao feminismo, dicíanme que iso –o que me fixeran– era un despropósito. Chamada de familiares de se iso ía ter repercusións legais. Dose de realidade. Obvio que non.

A miña interrogante era unha interrogante aberta ao debate, tanto do que alí se pretendía, que supostamente ía ser debater sobre as agresións machistas, como do obxectivo real: ahumillación. 

De novo, disposición militar das mulleres. Leron un comunicado. Unha declaración de guerra. Incluída aos compas sentimenntais, cos que supoño -se é que non se trataba dun conto- cortarían relación. 

Ben, logo do comunicado onde facían unha introdución moi dura da realidade doutros países, das violadas nas guerras, chegou a retaíla. O público xa estaba coaccionado. Todo era o mesmo. A refuxiada violada polo captor e a tipa que lía o comunicado que eu nin coñecía.

Chegaron máis palabras: “estades predeterminados a violar”, “castrádevos física ou químicamente”, “sodes todos os violadores”, “vivide cun cactus no cú”, etc.

Manipulación, bioloxicismo por un tubo e un discurso transfóbico. Que pensarán por certo “as compas” trans?

Un texto preparado. Falta de realidade e eu moi distante dende o posicionamento político. Acabaron o discurso. Empezaron as hostias e os escupitajos. Eu non sabía que pasaba alí nin que se xulgaba, ou máis ben se castigaba. Pegaron a compas que dubidaba moito foran o que elas definiran nese texto. Pero eu xa non pertencía a ese gueto vangardista postuniversitario compostelá (por sorte). De repente unha tipa viu contra min. Eu non tiña nome xa. Primeiro fun marcado nunha lista, agora xa non tiña nome. Era “o dos interrogantes”. Viu contra min e empezou a pegarme. Fun o único que me cubrín (que non defenderme). Con ela unha cuadrilla de mulleres, que moitas non coñecía, vixiando que non reaccionase. Caeume algún puñetazo que outro por unha persoa que non coñecía de nada. Seguiron os escupitajos e as bofetadas. O dano físico penso era o de menos. Era a humillación. 

Dez minutos despois non foi suficiente para a que agora sei se chama Lore. “Quedeime con ganas”, berrou, e volveu contra min. Desta vez notouse na miña cara. Non ía deixar que me pegase, pero rapidamente apareceron outras caras antes de que eu reaccionase. 

Caras cheas de odio contra unha persoa que nin coñecían. Eu só vía a brutalidade colectiva e miradas cómplices. Unha ta Isa, que ao parecer fai “teatro da oprimida”, aínda que ese día a súa “obra” era a de opresora. A súa mirada era desafiante e penso que mén deume algún puñetazo, mais non recordo. Unha vez as “carceleiras” pensaron que ocastigo por “rebelarme” era suficiente a frearon. Non me deixaron falar. Iso deixouno claro outra tipa que non coñecía de nada (penso que unha tal Neda): “cala, non fales”. 

Respondín que “vale, que xa estaba ben”. Pero non era suficiente. A miña sumisión non erasuficiente. Estaba sedenta de poder e quere humillarme. Poder, iso que tanto se critica dende o anarquismo, polo menos do que hai fóra de Compostela. E ata que calei e só asentín coa cabeza non parou. Un silencio humillante, como un círculo de rapaces facendo bullyng a outro no patio do instituto. 

“Marchade xa”. Acabara a “función”. Os tipos ían marchando. Unha fila de tipas a cada lado e segundo marchaban os tipos eu escoitaba un bofetón. Que era iso? Podemos chamarlle xa fascismo? Ou quizais “teatro performativo”, role-playing, se aplicamos a neolinguaxe. Era curioso. Algunha desas persoas acoden todos os anos ás Marchas de Teixeiro ou esa mesma mañá acudiran ás Marchas da Cadea. Supoño, visto o visto, a aprender tácticas carcelarias. Máis curioso era aínda que moitas desas tipas pola mañá saudaban e falaban nesta marcha con normalidade cos compas para un par de horas máis tarde pegarlles e humillalos. 

O penúltimo contra min foi un empurrón cando ía baixar as escaleiras. Tampouco a coñecía. Mentres se escoitaban berros de “baixade xa hostia” ou “ti que miras”. O penúltimo foi o empurrón, o último saber que a Lore está dixo algo tal que a ela lle doía facer iso (soavos ese discurso?). 

Ao baixar (permitídeme o sarcasmo) botei de menos un buzón de suxerencias onde pedir que para a próxima me puxeran a bolsa na cabeza. Si, unha bolsa e quedar espido no Aturuxo de Guantánamo. 

Cómpre dicir que a persoa que me convocou coñece o meu estado actual, físico e sicolóxico, por unha enfermidade. O cal non cambiaría nada do meu pensamento nin dos meus actos, nin quero que cambie o dxs demais, pero si penso no concepto que tanto remarcan de “sororidade”. Non sei, debe ser a sororidade do “cactus polo cu”. 

Ben, este é o relato dos feitos. Penso que era necesario xa que agora tentarán maquillar os acontecementos. Pero é o importante ese día? Penso que non. Penso que ese día só foi un paso máis, unha ceremonia, unha escalada. Algo así non nace da noite a mañá. Isto leva alimentándose anos coa disposición do poder político que do gueto están usando algunha xente. Uns círculos que confunden coidados con liña única de pensamento. 

Alienación, traición, comportamentos que entran na guía de calquera definición de secta, fascismo de masas, punitivismo, pensamento burgués individualista, vitimismo como ferramenta de purga e catarsis colectiva, vítimas-cómplices, culpa, etc. 

Queda moito por falar. Queda todo o que non me deixaron. Pero eu escollerei os receptores e moitas e moitos non estades entre elxs. 

Firmado, A. Vila (un disidente).

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El comunicado que les leyeron las feministas antes de agredirles: DECLARACIÓN DE GUERRA (fuente clicando aquí)

Yo iba a hablar de las violencias que atraviesan, superpuestas, los cuerpos de las mujeres migrantes. Yo iba a hablar de Turquía y de Grecia, de Idomeni, de los campos de concentración, de ACNUR y de las voluntarias y activistas. Yo iba a hablar de aquellas que, huyendo, llegan a territorio europeo, y de nuestro rol como colonizadoras humanitarias. Yo iba a hablar, sobre todo, de cómo un madero cualquiera, un Frontex o un militar macedonio, secuestran a mujeres migrantes, las agolpan, las atan, y, sistemáticamente, meten sus pollas, una y otra vez, en sus vaginas que sangran y gritan.

Yo iba a hablar de las madres, que ponen sus culos a disposición de las mafias fronterizas para que sus hijos puedan dejar atrás la guerra. De las porras, los hierros, los palos introducidos sádicamente en los cuerpos de las desposeídas de territorio.

Yo iba a hablar de Grecia, hasta que caí en la cuenta de que tengo al enemigo metido en casa, en mi cama. Hasta que reparé en que sois vosotros, nuestros compañeros, los míos, los que nos violáis sistemáticamente.

Yo iba a hablar de los campos militarizados, hasta que caí en la cuenta de que nuestros violadores están en la Marcha a las Cárceles, en el Encuentro del Libro Anarquista, en el “Aturuxo”, en la “Gentalha”, en el Sar, en Ardora…

Mes de mayo 2019. Desde afuera el movimiento social organizado se ve firme, reflexivo, luchador.

Desde dentro ellos siguen colonizando, abusando e invadiendo nuestros cuerpos. Por sistema. TODOS. Cada noche, una violación, en una cama diferente. En nuestras camas. Al lado de nuestras compañeras, ante la mirada indiferente de los demás. Un nombre, y cuándo sale un nombre, nunca sale solo. Otro nombre. Y otro más. Otro violador, otra hermana violada. Y otra más. La lista, creedme, no tiene fin. Y eso sois todos los señalados, los contados, los identificados, los visibles.

PERO VIOLADORES SOIS TODOS. Esto no es cuestión de unos individuos en concreto.

VIOLADORES SOIS TODOS. ESTÁIS PROGRAMADOS PARA VIOLAR.

Estáis programados para violarnos.

A nosotras, vuestras compañeras de lucha.

Y, ¿cómo vamos a luchar a vuestro lado? ¿Cómo vamos a poner el cuerpo por vosotros si nuestros cuerpos son territorios que vosotros colonizáis?

Yo no puedo. YO NO QUIERO. Yo no quiero exponer mi cuerpo, ni el de mis compañeras, cada vez que nos relacionamos con vosotros.

Yo no quiero que nos sigáis violando en silencio.

Yo no quiero discursos ni grupos de hombres en talleres de maquillaje.

Ni que os alejéis unos meses de nuestros espacios, escondáis la cabeza en un agujero y esperéis

Ni que os apartéis unos meses de nuestros espacios, metáis la cabeza en un agujero y esperéis a que pase el temporal.

Pronto la rabia se diluye, todo se “gestiona”, todo de “olvida”, y vosotros volvéis. Volvéis a ocupar vuestros lugares de violadores.

VOLVÉIS A VIOLARNOS.

Lo que yo quiero, lo que necesitamos, es que dinamitéis vuestra masculinidad. YA.

Reventad a golpe de sodomía, experimentad lo que es ser violado por los tuyos. Ataos a una cama y violaos unos a otros. Podéis escoger: por la boca o por el culo. Vivid con un cactus metido en vuestro culo. Castraos químicamente o físicamente, pero dejad de violarnos. Poned vuestro cuerpo para luchar contra esa lacra que sois vosotros mismos, y preparaos para nuestra insaciable venganza.

Estamos en guerra. Y es una guerra dentro de nuestra trinchera. El cerco se hizo cada vez más pequeño y tenemos un frente abierto en nuestro territorio, en nuestros cuerpos.

Estamos rodeadas y vosotros sois la primera línea enemiga.

Solo quedan dos salidas: ahogarnos en el cerco o reventar a los machos que nos cercan.

Nuestro objetivo a defender: nuestros cuerpos.

Nuestro objetivo a atacar: los vuestros.

Estamos en guerra. Y no es una guerra fría. La guerra nos duele. Nos duele el coño, nos duelen las tripas, nos duele el corazón. Nos duele el cuerpo entero.

Esta guerra nos duele porque nosotras también perdemos. Yo pierdo cuando tengo que asumirme enemiga tuya porque tú prefieres a tu privilegiada polla antes que a mí.

Así estamos.

Todos nuestros espacios infestados de violadores. EXILIO. Festivales, “foliadas”, conciertos, fiestas varias. “Aquí no pasa nada”

EXILIO

Centros sociales, asambleas, colectivos mixtos. “Aquí todos somos feministas”

EXILIO

Mi sexualidad hetero. No queréis dejar de ser machos.

EXILIO

Mis amistades, mis hermanos, “No tenemos herramientas, esto es muy complejo”.

EXILIO

Nuestras respuestas no mixtas. “Parece que no estáis haciendo nada”

NO NOS EXILIAMOS

¡Chorvos! En vez de ir a partirle la cara a un violador de fuera del gueto, partíos vuestra polla, violadores de dentro del gueto.

No sé qué esperábamos.

Preferís perdernos como compañeras, como amigas, como hermanas, antes que asumir que sois un arma de destrucción masiva.

SÍ. Esto es una declaración de guerra.

Y NO. No era a vosotros a quien quería destruir. Pero es que lleváis

TODA

LA PUTA

VIDA

VIOLÁNDONOS.

 

 

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Comunicado de las feministas que humillaron y golpearon a sus aliados varones

https://www.meneame.net/m/Art%C3%ADculos/comunicado-feministas-humillaron-golpearon-aliados-varones

 

Resumen: Feministas del movimiento anarquista/okupa gallego dicen haber sufrido 6 violaciones en una semana por parte de sus compañeros. Preparan una "acción" para la que convocan a un centenar de hombres de los movimientos sociales el 1 de Junio en una sala empapelada con las fotos y los nombres de los citados. Les ordenan señalarse a sí mismos y a sus compañeros como agresores. Después les dicen que todos son violadores y terminan por escupirles y pegarles. El tema sale a la luz y entonces ellas lanzan el comunicado que pongo a continuación justificando lo sucedido.

Antecedentes:

JUSTICIA POR LA MANO - Comunicado 1 J 2019 (fuente original clicando aquí)

"Tratar lo real con honestidad siempre supone ejercer una violencia, hacia una misma y hacia lo existente, porque implica dejarse atravesar el cuerpo y la mente y porque supone entrar en escena para tomar posición y violentar." Valerie solanas (Autora del manifiesto SCUM, donde abogaba por la aniquilación de los hombres)

Aclaración previa: Somos feministas autónomas que nos unimos en la necesidad de dar una respuesta colectiva.

El Aturuxo das Marías fue el escenario. Pudo haber sido cualquier otro.

CONTEXTO

Llegar aquí fue posible gracias al trabajo y las contribuciones de muchas generaciones de compañeras de las cuales heredamos la posibilidad de denuncia y la idea de que la legitimidad de definir que es una agresión, es de la agredida y no del agresor.

Desde hace años hemos empezado a darnos cuenta de que los agresores también militan con nosotras. Esto se materializa con una denuncia pública en 2015 de un agresor y su posterior gestión, proceso que genera la necesidad de la creación de un protocolo contra las agresiones machistas en los movimientos sociales. Este caso supuso un punto de inflexión a la hora de responder públicamente a las agresiones señalando a un militante de dentro de la izquierda y los movimientos sociales de Galicia. En su momento, sacar esto a la luz fue polémico, pero sentó el precedente para que otros agresores dentro de los movimientos sociales se hicieran visibles, y para que nuestros compañeros con quienes compartimos militancia se dieron cuenta de que por estar dentro de los espacios de trabajo políticos no están exentos de ser señalados como agresores.

Algunos hombres comienzan a reconocer su papel como agresores e incluso la estructura que legitima este poder y violencia. El punto central que motivó los eventos de la convocatoria del 1 de junio es que, aunque se reconocen como agresores, nunca se responsabilizarán de serlo. Y continuarán agrediendo.

Lo que ocurrió el sábado 1 de junio no fue una acción aislada, fue una respuesta a una situación de emergencia. Una reacción de autodefensa.

Una semana antes, las chicas se reunieron por unos días para trabajar y compartir tiempo juntas. Aparecieron, entre otros temas, las agresiones, aunque no era el objetivo de la juntanza. Las primeras que aparecieron fueron los que más hemos naturalizado: "un tío que te grita en la calle, un tipo que te toca el culo..."

Llega la noche. Una compañera habla de una violación. Esta vez el violador no es un extraño. Luego otra. Y otra. Y otra. Se hace el silencio. Lloros. Impotencia. Rabia. De repente, las violaciones pasan de la esfera personal a la esfera colectiva. Algunas de ellas han sucedido en los últimos meses, y todas ellos por nuestros compañeros, con quienes compartimos espacios de lucha y, con algunos, muchos aspectos de nuestras vidas. Y nosotras gritamos. Y otras compas ya estaban gritando también. Y otras. Y otras. Y el grito se hizo colectivo.

Aquí está la pregunta: ¿qué estamos haciendo para que deje de suceder? Protocolos, grupos de masculinidades, espacios no mixtos, vetos, debates, pedagogía con las personas más cercanas ... Para llegar a donde estamos este trabajo fue necesario, pero estas agresiones muestran que no son suficientes. Nos duele la vida. Continuamos creando espacios y relaciones personales que consideramos seguras, pero no lo son.

¿Qué es un espacio feminista? ¿En qué medida los centros sociales son espacios seguros? ¿En qué medida estamos cambiando la forma en que nos relacionamos?

Lo cierto es que compartimos espacios con amigos, hermanos, y llevamos años viendo cómo no asumen su responsabilidad en la lucha contra la violencia machista. Finalmente, prefieren mantener sus privilegios a través de la camaradería en lugar de romper con el patriarcado que llevan dentro. Cuando hay una agresión, siempre somos las mujeres las que señalamos; cuando hay actitudes machistas, siempre son nuestras voces las que se alzan. Además de asumir la carga de recibir la agresión, somos nosotras los que tenemos que acompañar, reflexionar, proponer medidas.

¡Estamos hartas! ¡La ira es nuestra también!

¡La guerra ya estaba allí, pero estaba silenciada!

DE LO QUE SUCEDIÓ EN LA CONVOCATORIA

Hombres que estaban directa o indirectamente vinculados con los movimientos sociales de Galicia y con quienes militamos y compartimos lazos afectivos fueron convocados el 1 de junio a las 6.30 pm en el CSOA Aturuxo das Marías.

Abrimos la puerta del espacio media hora después, y a los primeros les ordenamos que subieran al piso superior. El resto siguió un cartel que indicaba que subiesen al tercer piso, dos de ellos llegaron tarde, los que subieron al mismo tiempo que nosotras. En la sala estaban las fotos colgadas con sus nombres escritos en la parte superior (101 en total). Había unos cuarenta varones, nosotras -también éramos unas cuarenta mujeres-, al subir no entrábamos en la habitación, y tuvimos que quejarnos varias veces y decirles que se echasen para atrás, ya que muchas de las chicas todavía esperaban en las escaleras.

Dejamos un rotulador en una silla y les dijimos que se señalen a sí mismos en el caso de considerarse o considerarlos agresores. Una gran mayoría de los hombres presentes salieron a señalarse a sí mismos; muchos de ellos también señalaron a otros. Un hombre escribió un interrogante sobre su fotografía. Dos jóvenes señalaron todas las fotografías. Y al menos cuatro no salieron a marcar. Solo había un marcador, deliberadamente solo uno. Queríamos ver todo el proceso con calma.

Cuando terminaron, presentamos una lista de hombres que sabíamos que habían cometido alguna agresión machista, no necesariamente delincuentes sexuales; acompañando esto con un círculo en sus fotos, para diferenciar nuestras marcas de las suyas. Nuestro listado tenía 48 nombres. Casi todos los que hemos nombrado antes. Casi todos.

Por supuesto leemos un texto; la mayoría de nosotras estábamos llorando. La mayor parte de ellos miraraban hacia el suelo, a la vez que nosotras nos redistribuíamos ocupando más espacio.

En el comunicado les advertíamos de que la convocatoria no era un diálogo y los reconocíamos como lo que eran para algunas, como lo que son para otras: nuestros compañeros de la vida y la lucha; nuestros hermanos. Les dijimos que no podíamos soportar más agresiones, más violaciones, que la violencia excedía los límites de nuestro entendimiento. Les dijimos que seguían sin responsabilizarse de lo que nos hacen, individual y colectivamente. Les dijimos que no podíamos seguir compartiendo espacios con quienes nos atacan y nos violan sistemáticamente. Les dijimos, y esto es fundamental, cuánto dolor nos producía que prefieren sus privilegios a nosotras, a nuestra alianza.

Luego las agredidas ejercimos la violencia física; y esto no fue una violencia programada. Pero éramos conscientes de que esto podría suceder poniéndonos frente a quienes nos agredían.

De los aproximadamente cuarenta asistentes, en ese momento, cuatro de ellos recibieron violencia física:

Uno de ellos tres escupitajos, dos bofetadas y un empujón.

Otro una bofetada.

Otro una bofetada y un empujón.

Y a otro, en dos momentos diferentes, una chica le golpeó y gritó.

De los asistentes, ninguno contraatacó y uno de ellos abandonó el espacio cuando comenzó la violencia física.

Les acusamos, les hacíamos preguntas: "-¿Tú violaste?" "-Sí" "-¿Y me advertiste?" Porque creí que eras mi hermano".

Cuando consideramos que todo estaba dicho, les ordenamos que salieran del espacio. A medida que descendían, ocho mujeres se distribuían entre la puerta del espacio y las escaleras. En esta salida hubo varios que recibieron una respuesta física: hubo un puñetazo, algunas patadas, bofetadas, collejas y algún empujón (sin caer por las escaleras como han dicho).

Todo duró aproximadamente una hora y media.

REAZONES

Antes de presentar las razones aquí, queremos dejar claro que lo que sucedió esta hora y media fue un ejercicio de valentía, pero no por esto no es doloroso. También es necesario hablar de nuestras razones internas antes que de las externas. Este proceso fue muy difícil individualmente y también colectivamente. Pero fue un grito desesperado y necesario después de asumir que nuestros compañeros son los que nos violan y nos atacan sistemáticamente. Muchas veces somos nosotras mismas quienes invisibilizamos las agresiones para seguir priorizando nuestros vínculos, nuestros lazos afectivos.

Este "¡Ya es suficiente!" es el estallido de una situación insostenible. A veces solo desde las ruinas y solo desde lo destruido podemos comenzar a construir... de otra manera. Vamos a hacer lo que sea necesario para que nuestros cuerpos y los de nuestras compañeras estén a salvo. Esto solo se logrará mediante una lucha colectiva y personal de los hombres. Si no, seguirán atacándonos impunemente y ya estamos cansadas, joder! Estamos hartas!

Dicho esto, observamos diferentes reacciones a lo que sucedió el 1 de junio: quién apoya, entiende, asume y tiene la voluntad de revisarse; quien, refugiándose en las formas, invisibiliza, niega e invalida el mensaje o el contenido de fondo; quien nunca creyó en el feminismo y ahora muestra su rostro real al poner su ideología machista sobre la mesa bajo la excusa de lo que sucedió, pasando por una amplia gama de posiciones y actitudes.

Ante todas estas reacciones, queremos agradecer a todos las compañeras que se han allegado a nosotras desde opiniones o posiciones diferentes, pero desde una actitud de escucha y respeto. Gracias también a todas las que nos dieron las gracias, sabiendo que esta acción ha ayudado a otras mujeres la hace más valiosa todavía.

¿Cómo se desaprueba lo que ocurrió el sábado?

En primer lugar, con el cuestionamiento de las formas. Se critica el hecho de ser violentas, de utilizar la acción directa. Es incoherente que las mismas personas que creen en esta práctica en todos los demás aspectos de la lucha, ahora nos acusan de tener comunión con el fascismo. ¿Cómo es posible que se aplauda la autodefensa cuando se enfoca en alguien fuera del movimiento y ahora nos miran escandalizados por el hecho de enfocarla cara adentro? ¿Será que reconocían estas prácticas de manera aislada y no bajo una estructura? ¿Será que tienen miedo al fin de su impunidad? Nos exisgen que seamos pedagógicas, comprensivas, que no utilicemos la acción directa. Nos exigen que ante una situación normalizada de agresiones y violaciones, nuestra respuesta sea una pedagogía continua e infinita, pero no la ira. Pueden entender las lágrimas pero no los puños. ¿Por qué? Porque no asumen la violencia que ejercen contra nosotras como un problema real presente en nuestros espacios. Se analiza de forma aislada, se evita abordar el problema convirtiéndolo en algo ajeno, y se busca que la forma de resolverlo sea privada y no colectiva. 

Quieren que permanezca debajo de la alfombra porque no se admite que existe una cultura de violación de la cual los hombres son participantes debido a su socialización. Por lo tanto, ponen el cuestionamiento en las formas: en la violencia, en los puños, en las fotos... En contraste, no cuestionan su papel y responsabilidad en la violencia ejercida, ni asumen qué llevó a sus compañeras a reconocerse como agredidas, a reconocerlos como agresores. La estrategia es simple: aferrarse a la crítica de las formas para obviar el contenido de fondo. La acción del 1 de junio fue un ejercicio de dignidad colectiva. Uno pone las cartas sobre la mesa: visibilizamos la violencia que ejercen sobre nuestros cuerpos y asumimos la respuesta. Las formas podrían haber sido otras, pero las críticas serían las mismas: se repiten antes de cada acción de autodefensa.

En segundo lugar, se cuestiona una supuesta lógica punitiva. Hemos asumido, desde diferentes posiciones y perspectivas, que era necesario y urgente decirles a nuestros compañeros que ya basta! Esta acción se generó a partir de la ira, pero también con el objetivo de colectivizar un problema, aliviando la necesidad de exponer una realidad que fue ignorada e invisibilizada. Es cierto que existe violencia física, pero esto no significa que provenga de una lógica de castigo, sino de una expresión de repulsión de nuestras entrañas por lo que está sucediendo. Por esta razón, resulta anecdótico cuando se señala que este día tuvo una violencia programada y sistemática. Si esto fuese así, todas responderíamos de la misma manera, con las mismas formas y de la correspondencia de una respuesta a cada ataque. Y esto no fue así.

De aquí en adelante, también nos gustaría señalar que a los que hablan de lógica punitiva, poco les importó usar el sistema de veto como una forma de castigarnos, instrumentalizando una herramienta de autocuidado feminista que garantiza nuestra seguridad; o llevando a cabo una amplia gama de medidas punitivas contra nosotras en diversas áreas de nuestras vidas. De la misma manera, aquellos que critican que señalásemos a nuestros agresores ante las personas presentes el 1 de junio, no tienen reservas en exponer públicamente a las mujeres presentes en la acción. Esta incoherencia o doble rasero es evidente al comparar sus reacciones con nuestra acción el 1 de junio (movilización inmediata de personas y recursos y publicación de varios comunicados) y las reacciones de las mismas personas ante casos de agresión masculina (pasividad, silencio, invisibilización, ridiculización y minimización de la agresión, resistencia ante las medidas de protección de las agredidas, ataques a las agredidas y las personas que las apoyan, y defensa de los agresores).

En tercer lugar, nos llaman irracionales: no tenemos la capacidad de razonar y decidir libremente, o bien actuamos desde el sectarismo, o bien desde una pequeña cúpula que manipula el resto. Así, responsabilizan de toda la acción a unas pocas mujeres, las malas mujeres, las locas, a las que convierten en el enemigo al que odiar y castigar; mientras se infantiliza al resto, a las que convierten en juguetes manipulados, a quienes rescatar y reeducar. Por esta razón, hablar de manipulación de la sorodidad nos parece insultante.

Esta visión está nuevamente mediada por prejuicios y relaciones personales, y responde a una estrategia de dividir y desacreditar la autonomía de quienes decidimos estar allí. En contra, nos reconocemos en nuestra propia diversidad, en la que hay múltiples sentimientos acerca de lo que sucedió, en el que las circunstancias son diferentes, en las que no todas sienten lo mismo. Y esto no es algo que queremos eliminar, ni algo negativo, pero nuestra presencia desde diferentes puntos responde al hecho de que en algún momento de nuestras vidas sentimos la violencia de aquellos a quienes llamamos compañeros. Con esta acción decidimos poner nuestras vidas en el centro.

Cuarto, nos acusan de ir en contra del trabajo realizado por el feminismo. Durante mucho tiempo, hemos entendido que no hay un feminismo, sino un feminismo diverso. También nosotras lo somos, pero es desde el feminismo que cree en la autodefensa que hemos decidido construir esta acción. Queremos enfatizar que nuestra existencia no va en contra de otras formas de hacer, sino que es una más entre las posibles, y es por eso que queremos que se respete.

Estos argumentos, entre otras cosas, fueron los utilizados para desacreditar lo que sucedió el 1 de junio. Un relato construido para crear empatía con los atacantes presentes y no con las mujeres maltratadas. Un sinfín de comunicados inmediatos en los que ellos tienden a victimizarse y acusarnos de no encontrar la manera correcta de evitar que nos ataquen y nos violen. Nos culpan por no dar con boton exacto, con la fórmula mágica, para que revisen sus privilegios y conducta. Pero no hacen, ni en este caso ni en otros, por ponerse en nuestro lugar. Un lugar que no podrían soportar, ya que se comparan a sí mismos para esta hora y media de acción, con colectivos marginados, perseguidos, torturados y asesinados sistemáticamente.

¿Y las consecuencias de estas razones?

Con todo esto, sale a la luz el discurso latente de algunos de nuestros compañeros, que no creen en la veracidad de los agresiones que denunciamos, que no creen en la existencia de violencias estructurales a las sobrevivimos y contra las que luchamos. En resumen, los argumentos que están utilizando para desacreditarnos ya los conocemos: feminazis, locas, exageradas, denuncias falsas ... Por mucho que lo disfrazen, en otras palabras, el fondo es el mismo, y existen los machistas de extrema derecha y de izquierda, los agresores comunistas y anarcas, los que ocupan cargos políticos y los que informalmente ocupan una posición jerárquica.

En este encuentro se reafirman en sus posiciones, en sus privilegios. Defendiendo al amigo agresor se defienden a sí mismos, ya que saben que pueden ser los próximos de los que se haga pública una agresión cometida. En este encuentro van cerrando filas para no tener que escuchar nada más que a sí mismos: es más fácil atacar a las compañeras que trabajar con sus propios privilegios.

Las consecuencias de su elección es la reafirmación del discurso patriarcal más crudo, creando un contexto de devaluación de la lucha feminista en general, e impulsando concretamente un proceso de deshumanización de las mujeres que participaron en la acción y desacreditando la violencia que denunciamos. Esta no es una idea teórica, sino una práctica de violencia que ya se ha ejercido contra varias de nosotras: agresión física, acoso, amenazas de agresión sexual, ... bajo la protección de este discurso patriarcal contra nosotras, porque nadie nos va a creer o a nadie le va a importar que seamos agredidas: simplemente porque hemos expuesto un problema colectivo, dejando en claro que nuestro cuerpo y nuestras vidas están en el centro.

CONTENIDO POLITICO

En esta era de posmodernidad que enfatiza la diversidad que existe en el sujeto "mujeres", casi nos aventuramos a afirmar que ya somos solo una comunidad afectiva; una colectividad unida inexorablemente por un vínculo trágico de subordinación, violencia, terror, sufrimiento y enojo. La ira aparece en nosotras como el instinto de autodefensa; confirma nuestros límites, nos dice que no podemos aguantar más; pero no solo eso: la ira anula el terror, la ira canaliza el sufrimiento y la ira ... la ira responde a la violencia con más violencia.

Ahora nos vemos en la obligación política de explicar la diferencia entre agresión y defensa propia. Hablar de la legitimidad de un determinado tipo de violencia. Cuando somos violadas o agredidas, estamos dentro de una estructura social, política, económica y cultural que apoya, permite y (re) produce tal violación y agresión. Esta estructura se llama patriarcado. Sí, vivimos y nos relacionamos dentro de un sistema de poder patriarcal, somos patriarcado.

Las mujeres se construyen culturalmente dentro de este patriarcado como un sujeto desarmado; un sujeto desarmado es un sujeto indefenso e inofensivo. Este sistema de opresión nos define y nos redefine permanentemente como víctimas y sólo como víctimas; Un sujeto que es concebido como víctima es incapaz de generar daño: solo puede sufrirlo. Esto explica parte de la consternación social que ocurre cuando las mujeres transgreden el imperativo de la indefensión y nos convertimos en victimarias. 

Es lógico, entonces, concluir que cuando nosotras, las agredidas, respondemos con violencia (violencia simbólica y violencia física) a esta otra violencia sistémica, estamos llevando a la praxis la legítima defensa.

Parte de la izquierda, y parte de ciertos feminismos, exclama que la violencia es patriarcal; pero la violencia no lo es, como el poder, no se posee, se ejerce.

El ejercicio de la violencia física por parte de las mujeres es un objeto incómodo y controvertido. Para algunas personas, las mujeres que ejercen violencia simplemente no son mujeres; y, por supuesto, no son feministas. Existe, por otra banda, quien solo aplaude nuestras acciones violentas cuando son hacia otros. Esta anestesia moral ocurre cuando la violencia se dirige a alguien que está lejos. No nos remueve, no nos afecta. Está, por lo tanto, bien.

En este sentido, los hombres que solo ven el error ajeno, vienen a pisar nuestra autodefensa, ocupando rápidamente la primera línea cuando un extraño nos agrede en un bar. Aquellos que quieren defendernos rápidamente, son aquellos que ahora condenan nuestros gritos por estar en contra de ellos. No, las mujeres no pueden señalar a nuestros enemigos por nosotras mismas.

Todo este tipo de comprensiones que intentan anular la acción, a través de la anulación del sujeto que la llevó a cabo, aparece al rescatarte de aquello es socialmente inconcebible: las mujeres humillando, las mujeres ejerciendo la violencia física. Las mujeres que fuimos el sábado 1 de junio serán recordadas, de ahora en adelante, para muchas personas como una imagen de monstruosidad. La misma imagen que habría justificado durante siglos el aislamiento de las mujeres subversivas: desde el retiro social hasta la patologización y el ingreso en instituciones psiquiátricas o penitenciarias.

La lógica punitiva no parte de una lógica neutral, sino sexista; al igual que el propio Estado, es patriarcal: el ejercicio punitivo está bajo el control de los hombres y es desde su punto de vista que se detectan, identifican y castigan las anomalías que perturban su paz social.

Cuando el caso Sanmartín (2015) puso la necesidad de revalorizar y resignificar la violencia desde sufrimiento de la víctima, la búsqueda de una alternativa a la lógica punitiva estuvo muy presente: precisamente por esto se hicieron procesos de acompañamiento, se ofrecieron herramientas de distinta naturaleza y se elaboró un protocolo. Bajo la connotación de que personas distintas, en contextos transformativos, podrían, efectivamente, transformarse a sí mismas; para el caso: dejar de agredir ; es decir, que además de sufrir las agresiones y el cuestionamiento social para hacerlas públicas, asumimos la responsabilidad de reinventar nuevas formas de gestionar tales agresiones fuera de la lógica punitiva del Estado. Pero las agresiones continuarán y las mujeres seguirán sufriendo.

A diferencia de otros casos de denuncia pública, esta vez señalaremos y se señalarán ellos mismos o entre ellos, como agresores a todos los hombres de los movimientos sociales. Esto activa una importante red de afecto y solidaridad que no nos es ajena; Para comprender lo que sucedió el sábado 1 de junio, es esencial tener en cuenta que también fuimos o somos parte de esta red de afecto y solidaridad: algunas de los que estábamos allí no sabíamos que nuestros compañeros agredieron a una o varias de los nuestras hermanas; Otras, simplemente, si lo sabíamos.

Estas, nosotras, habíamos borrado, olvidado, obviado sus agresiones; aprendemos a hacer esto: a borrar, a olvidar, a obviar, para que podamos seguir queriéndolos cómodamente, para poder seguir amándolos y punto. Nuestras alianzas con los hombres nos hicieron dudar, y nuestras dudas llevaron a nuestras hermanas a abandonar los espacios: nuestras dudas llevaron a nuestras hermanas, a nuestras iguales, al aislamiento.

Por lo tanto, algo esencial en el proceso político del 1 de junio es que activando la autodefensa feminista responsabilizamos a todos los hombres en nuestro entorno de las agresiones machistas que tienen lugar en él. Los hombres son sujetos individuales, con sus especificidades, identidades con posibilidad de cambio, de transformación, identidades que no suenan fijas. Pero todos pertenecen al mismo grupo estructural, y por esta razón todos ejercen la violencia patriarcal. Ya sea por preservar un cierto tipo de afecto -camaradería masculina-, o por no trabajar en una deconstrucción colectiva, en una desprogramación, vosotros, nuestros compañeros, seguís creando espacios y relaciones de opresión con las mujeres que tenéis alrededor.

AUTOCRÍTICA

Hacemos autocrítica porque creemos que revisarnos a nosotras mismas es una parte honesta y fundamental de hacer política feminista. Nos enriquece y nos hace prosperar colectivamente.

También sentimos que hemos cometido errores derivados de las prisas. Nos pesa especialmente no haber llamado a todas los compas que queríamos y no haber tenido tiempo de revisar y acordar nuestro lenguaje, pero el estado de emergencia en el que estábamos nos exigió una respuesta urgente. No íbamos a esperar más. Esto significaría continuar exponiendo nuestros cuerpos a posibles agresiones. Necesitábamos una respuesta inmediata. Necesitábamos exteriorizar la ira, apropiárnosla como una herramienta política legítima para nosotras. En esta como en todas nuestras luchas. Así que este sentimiento se expresó en nosotras de diferentes maneras: desde gritos, enfado y golpes hasta lágrimas, culpa, dolor ... tantos sentimientos como chicas estábamos en esa sala.

Esta misma necesidad de urgencia en nuestra respuesta, para realizar una acción-reacción directa en la que los diversos sentimientos se reflejaron en niveles desiguales. Somos conscientes de que tuvimos compañeras que asisten a una solicitud de sorodidad con muy poco tiempo para procesarlo o incluso sin saberlo. Entendemos que esto puede abrir heridas después de haber presionado juicios personales sin previo aviso.

Nuestras voces son diversas, pero un sentimiento común nos atraviesa: hacemos lo que podemos para que nuestros cuerpos estén a salvo. Para que estemos seguras.

Somos conscientes de nuestra transfobia y homofobia interna. Somos responsables de esto. Sabemos que el texto que leímos en la acción tenía un lenguaje opresivo hacia identidades no binarias ni normativas. En el momento anterior a la acción, hicimos una revisión colectiva y superficial del texto, no por eso lbre de lenguaje excluyente. Pero el texto que está circulando es un borrador, un borrador filtrado. No es el texto que se leyó el 1 de junio. Sin embargo, queremos seguir asumiendo y deconstruyendo esta lógica inherente a nosotras. Encontrar las razones para movernos en un contexto binario y blanco, es una pregunta, entre muchas otras, que nos hace reflexionar.

Algunas estamos de acuerdo con la declaración: "todos los hombres son violadores" Otras no. Pero todas compartimos que todas los hombres socializados como tal están programados para violar, insertados, al igual que nosotras, en una cultura de la violación de la que son partícipes. Más conscientemente o menos, tienen una responsabilidad crucial en esta lucha.

También queremos señalar que el texto se interpreta desde un literal, en nuestra opinión, mal intencionada. No se exige la misma coherencia discurso-acción en otros espacios y tipos de lucha. La declaración de guerra, si bien para algunas no es literal, sin duda supone un punto de inflexión. En tanto que muchas de nosotras no queremos seguir compartiendo espacios con hombres socializados en la agresión, otras sí, pero desde otra lógica y desde otras bases de relación muy lejos de las actuales.

Nos centramos en nosotras mismas, nuestra sorodidad de mujeres y establecemos un límite claro y contundente para los agresores.

Asumimos nuestros errores, nuestros privilegios. Nos asumimos incoherentes y contradictorias. Algo que sentimos inevitable al actuar desde lo político, en la formulación de políticas desde lo personal. Reflexionamos, pero también sabemos que si no hacemos nada, nada cambia.

"Tengo la firme convicción de que la acción habla por encima de las palabras, que es necesario desafiar y no intentar convencer y de que el enfado extremo es la verdadera fuerza detrás de todo cambio social " Juliet Belmas

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DESCARGA AQUÍ EL INFORME DEL MINISTERIO JUSTICIA SOBRE EL BORRADOR DE PROYECTO DE LEY ORGÁNICA DE GARANTÍA DEL DERECHO DE  LIBERTAD SEXUAL 

 

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Y mientras nos obstinamos en dividirnos y enfrentarnos y tendemos a las payasadas jurídicas del Ministerio infantil, los del Gobierno senior negocian regalar a las constructoras la Red de Autovías del Estado, pagada íntegramente con cargo a nuestros impuestos, gratuitas desde siempre, que pasarán a devengar un peaje de casi diez céntimos por kilómetro recorrido; todo sea por respetar los mayores beneficios de las constructoras. Así, pasan inadvertidas en el fondo de la sección de economía de los periódicos noticias como ésta que publica El Pais el pasado 4 de marzo.... 

 

 

 

 

 

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