LA VIDA DE DISRAELI, por André Maurois (Parte 13)

INDICE DE ENTRADAS DE "LA VIDA DE DISRAELI"

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Irlanda en el siglo XIX

Por Eduardo Montagut Contreras. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea

LOS OJOS DE HIPATIA

 

Fotografía: En el Customs House Quay, impactante grupo escultórico en bronze llamado Famine Memorial que conmemora a los irlandeses que tuvieron que emigrar en el siglo XIX a causa de la hambruna en el país.

 

El panorama general en Irlanda al comenzar el siglo XIX era el siguiente: fin de su autonomía, ya que desde el comienzo del siglo estaba unida a Gran Bretaña, perdiendo su parlamento, con una Iglesia Anglicana como la única oficial a la que los católicos irlandeses debían sostener pagando una especie de diezmo, una estructura de la propiedad de la tierra favorable a la aristocracia inglesa, y el norte (Ulster) con una fuerte presencia de colonos británicos y protestantes.

El nacionalismo  tuvo en Irlanda un intensísimo desarrollo. Partía de una larga memoria histórica de agravios hacia los ingleses, con hitos sobresalientes como la dureza que los irlandeses tuvieron que sufrir en tiempos de Cromwell. Parte fundamental de este nacionalismo tenía un evidente factor religioso, con la defensa a ultranza de la religión católica frente al anglicanismo, aunque en el siglo XIX hubiera destacados nacionalistas irlandeses de confesión protestante. También conviene resaltar la defensa de la lengua propia, el gaélico.

En los años veinte del siglo XIX surgió la figura de Daniel O’Connell, un abogado católico que decidió adoptar un procedimiento novedoso en el conflicto con Londres: intentar que los irlandeses aprovechasen los beneficios del sistema parlamentario, con el objetivo de obtener la supresión de la Unión. Elegido diputado en 1828, obtuvo la emancipación de los católicos en 1829, y en 1840 lanzó una campaña a favor de la supresión de la Unión, fracasando por la intransigencia británica y porque O’Connell no se decidió ir más allá, ya que rechazaba profundamente el empleo de la violencia. Sus discípulos fundaron la “Joven Irlanda”. La crisis económica de 1845 afectó, indudablemente, al desarrollo de esta organización. Esta durísima crisis es uno de los factores claves para entender la fuerte presencia inmigrante irlandesa en los Estados Unidos.

En el año 1857 y en París se fundó la sociedad republicana de los Fenier. Sus integrantes, los fenios luchaban por la independencia de Irlanda. Diez años después estalló un levantamiento que obligó a Londres a ceder en la cuestión de la Iglesia Anglicana. Esa fue una buena noticia para los campesinos pero Irlanda no se vio libre de graves problemas sociales por las periódicas crisis agrícolas que padeció, agravadas porque el país no tenía ningún desarrollo industrial por decisión inglesa.

A partir de 1870 comenzó a ser perceptible la influencia del Partido Parlamentario Irlandés gracias al liderazgo de Isaac Butt, aunque la gran figura política irlandesa del último tercio del siglo XIX fue la de su sucesor, Charles Parnell, abogado y terrateniente protestante nacido en Irlanda. Su papel en Westminster fue determinante para que Gladstone concibiese la cuestión irlandesa desde otra perspectiva, aceptando el Home Rule, es decir, el gobierno autónomo, a pesar de la impopularidad de esta autonomía entre la clase política y la opinión pública británicas. Gladstone fue, sin lugar a dudas, el político británico del siglo XIX más favorable o comprensivo hacia la realidad irlandesa. Antes de plantearse el Home Rule, comenzó por una vía más moderada de  reformas para reducir el poder de la Iglesia Anglicana, tema tan sensible para los católicos irlandeses, junto con otras de contenido agrario. La más importante fue la conocida como ley de las tres F: renta honesta, protección del arrendamiento e indemnización del arrendatario saliente. Pero los irlandeses consideraban estos cambios como insuficientes.  Se produjeron varios atentados y en Dublín se llegó a reunir una Convención Nacional. Estos hechos llevaron a Parnell a prisión. Pero Gladstone era consciente que debía llegar a algún acuerdo con el político irlandés. Fruto de esas conversaciones es el conocido como Pacto de Kilmaiham, que anulaba las deudas de más de cien mil campesinos irlandeses, indemnizando a los propietarios a cuenta del Tesoro. Parnell salió de prisión.

Salisbury, destacado líder de los conservadores, intentó otra vía para solucionar el conflicto, a través de la posibilidad de otorgar a Irlanda un estatuto similar al de Canadá, con parlamento y gobierno propios. Pero era un tema muy espinoso para los propios conservadores, por lo que Salisbury optó por negociar en secreto. Pero dichas negociaciones salieron a la luz pública. El Partido Conservador no podía presentarse como el defensor de la autonomía irlandesa y dio marcha atrás de forma contundente. La conflictividad en Irlanda siguió acrecentándose. Desde Londres se optó por tratar el problema simplemente como una cuestión de orden público.

Gladstone decidió, en consecuencia y de forma valiente, que había que optar por el Home Rule, por lo que preparó el proyecto de ley de autonomía en 1886, que el Parlamento británico rechazó. El primer ministro británico defendía que no se trataba de la independencia de Irlanda, ni de crear un parlamento independiente ni una constitución federal, sino de terminar con lo que en aquella época se denominaba el problema irlandés a través de la creación de un cuerpo legislativo con sede en Dublín, que tuviera la misión de elaborar las leyes de Irlanda y hacerse cargo de la administración del país, distinguiendo los asuntos propiamente irlandeses de los que permaneciesen como cuestiones del imperio. Pero el proyecto hizo caer a los liberales del poder, afectando gravemente al Partido. Gladstone presentó un segundo proyecto en 1893 con igual falta de éxito. El norte unionista irlandés se resistía a aceptar el Home Rule.

Es importante que nos detengamos en analizar los argumentos de los enemigos del Home Rule, comenzando por los unionistas y lealistas. En principio, el nacionalismo irlandés no los tuvo muy en cuenta, considerando que su oposición no provocaría violencia alguna, a pesar de las amenazas, al respecto. En el norte de Irlanda se temía que de establecerse el Home Rule con un parlamento en Dublín, estaría dominado por los católicos. Poco importaba que Parnell y los principales líderes del Partido Parlamentario Irlandés fueran protestantes. No se podía permitir ningún avance en un sentido autónomo porque podría llevar a la independencia de una Irlanda que terminaría regida por los católicos.

Por otro lado, un sector importante del Partido Conservador británico temía que el Home Rule fuera una cuña nacionalista radical y que, una vez establecido el parlamento dublinés, los irlandeses intentaran ampliar sus poderes, provocando la ruptura del Imperio británico.

 

 

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LA VIDA DE DISRAELI

Por André Maurois*

PARTE 13

*Traducción del francés por Remee de Hernández 

 

 

 

 

 

II

LUTO

Aun cuando ya hubiese cumplido los sesenta años el señor Gladstone, el extraordinario vigor de su temperamento le exigía todavía labores de gigante. Aguardando en el campo, en Haerden, el resultado de las elecciones, algunas veces recorría treinta y tres  millas en el día, y tornaba por la noche ávido de actividad. Con frecuencia talaba en el bosque; era su placer favorito. Se encarnizaba contra aquellos venerables troncos, como lo hubiese hecho contra antiguos abusos. El día 1 de diciembre de 1868 se hallaba en mangas de camisa, levantando el hacha, cuando un telegrafista le entregó un mensaje. La reina le anunciaba la visita del general Grey. El señor Gladstone le dijo a su compañero. ¡Muy significativo!...>, y tornó a su trabajo. Después de unos momentos cesaron los hachazos, y con profunda gravedad dijo: <Tengo la misión de pacificar a Irlanda.>Apuntó en su diario:<El Todopoderoso parece sostenerme y protegerme con miras a alguna gran empresa, aun cuando me sé profundamente indigno. ¡Gloria a su nombre!>

Sostenido de este modo por las fuerzas divinas, y en los Comunes por una gran mayoría consciente de su fuerza atlética y del temple de su espíritu de acero, se sentía invencible. A los golpes de su hacha legisladora caerían algunos de los robles más antiguos del bosque; pero el aire y la luz penetrarían más libremente hasta las plantillas de los claros.

<Hawarden, 13 de enero. Preparado un plan de medidas relativas a la Iglesia de Irlanda. Trabajado en Homero. Talado un tilo.-15 de enero. Talado un fresno. Conversación con el virrey sobre la Iglesia de Irlanda. Trabajado Homero durante la noche.>

Algunas veces apuntaba que un día había sido tan agitado como el mar. Entre tanto, Disraeli, con reuma y asmático, tomaba el sol en la terraza de Hughenden, mirando las flores y los pájaros, pensando en una nueva novela.

Cuando conoció el resultado de las elecciones y su derrota, pensó al pronto en retirarse de la vida política. La costumbre le permitía entonces hacerse conferir la dignidad de par, encontrando así en la Cámara de los Lores un retiro honorable. Tras madura reflexión, le pareció poco airoso el abandonar un partido  vencido y un puesto de combate en la Cámara de los Comunes. Cuando la reina mostró deseos de exteriorizar su gratitud, pidió que Mary-Ann fuese paresa, siguiendo  siendo él el señor Disraeli. Habiendo aprobado la reina aquel proyecto, eligió para su mujer el nombre de Beaconsfield, que era el de un villorrio del condado de Buckingham. Sabia Disraeli que el gran Burke, si hubiese vivido más tiempo, hubiera deseado ser lord Beaconsfield; él mismo creó un lord con ese nombre en Vivian Grey.  Siempre se complugo en colocar sus novelas en la vida. Mary-Ann fue, pues, vizcondesa de Beaconsfield, y Dizzi siguió siendo Dizzi.

***

 

Disraeli y sus amigos. British Prime Minister Benjamin Disraeli (1804-1881, far right) with friends at his home, Hughenden Manor, Buckinghamshire, 1874. left to right: Selina Weld-Forester, Countess of Bradford, Montagu Corry, 1st Baron Rowton (1838 -1903), Orlando Bridgeman, 3rd Earl of Bradford (1819-1898), Susan Charlotte, Lady Wharncliffe, George Herbert, 13th Earl of Pembroke (1850 -1895, foreground), Edward Montagu-Stuart-Wortley-Mackenzie, 1st Earl of Wharncliffe (1827-1899) and Disraeli. (Photo by Henry W. Taunt/Hulton Archive/Getty Images)

 

Aquellos de entre sus amigos que esperaron ataques brillantes contra el Gobierno liberal sufrieron una decepción. Pensaron que la presencia en el Poder de un enemigo de tal categoría obligaría al jefe a superarse; pero nunca se mostró tan dueño de sí mismo, tan perezoso, tan oscuro. Su discurso sobre la Iglesia de Irlanda, ligero y superficial, se pareció a la falda de Colombina: <tul y lentejuelas.> Una vez más, extrañado, el partido conservador se preguntó qué fin perseguía aquel hombre tan misterioso. ¿Le bastaba ya el haber gustado una vez el mando supremo? ¿Iría a abandonar a sus tropas en el combate? Pero tras la máscara impenetrable y triste, un espíritu despierto velaba y se divertía. ¿Luchar contra aquella mayoría fresquísima, contra el hermoso animal de combate que era Gladstone, de hocico humeante?... ¡Locura! Ya conocía las mayorías. El domador le afloja la cuerda al caballo joven; de este modo se le domará aun más fácilmente. ¿Tiene fuerzas Gladstone? Pues que las emplee. Que trate de pacificar a Irlanda a fuerza de leyes. Irlanda ha resistido golpes más hábiles. Que su hacha ataque las finanzas, la educación, el Ejercito; ya llegará el día de las resistencias y de los abandonos y de los filos mellados. Entonces será el momento de derribar al dios, ya tambaleándose en su zócalo; pero entre tanto, paciencia, paciencia. Que cause extrañeza nuestra calma, agradable contraste junto a aquella agitación.

El efecto dramático de la oposición de aquellos caracteres era tan grande, que ellos mismos parecían complacerse en ello. Algunos días, la comedia parlamentaria llegaba hasta la farsa. En una ocasión, Gladstone, sonoro, admirable, abrumó a su rival dirigiéndole los más violentos epítetos. A cada uno de éstos agachaba la cabeza Disraeli.

Cuando su barbilla alcanzó su pecho, su espalda comenzó a encorvarse. Parecía estar materialmente aplastado por el formidable martilleo de la voz de Gladstone. Por fin éste hizo punto con un puñetazo tan fuerte sobre la mesa que los separaba, que las plumas y los papeles salieron volando. Tomó asiento. La cámara, inmóvil y silenciosa, se preguntó un momento si Dizzi podría levantarse. Entonces se vio a aquella forma postrada levantarse lentamente; primero la cabeza, y el busto luego; por fin se levantó, y en voz tan baja que apenas se le oía dijo:

-El muy honorable gentleman ha hablado con mucha pasión, con mucha elocuencia y, ¡ejem!, violencia. (Una pausa..., una gran pausa.) Pero el daño puede ser reparado.

Se agachó penosamente, recogió uno por uno todos los objetos que dispersó el fogoso Gladstone, los colocó metódicamente sobre la sagrada mesa en su lugar acostumbrado, miró complacido el orden restablecido, y con su más hermosa voz prosiguió.

Aquel fragmento de drama simbólico obtuvo un éxito muy merecido.

Pero tales escenas eran bastante raras. Era evidente que Disraeli por el momento no pretendía derribar a Gladstone. Sus epigramas eran corteses. Un día en que Gladstone se detuvo en medio de una frase, intervino amablemente:<¿Su última palabra?...Revolución.>  A una hija de su rival, que durante una cena le pidió explicaciones sobre cierto ministro extranjero, le repuso:<Es el hombre más peligroso de Europa, exceptuándome a mí, hubiera dicho su padre; yo prefiero decir exceptuando a su padre.>

Su espíritu estaba tan libre, que una vez más fue de la acción a la creación, y trabajaba en una novela: Lotario

Lotario era un joven y noble inglés, heredero de una fortuna disraelina, es decir, sin límites, del cual tres fuerzas representadas por tres mujeres se disputaban el espíritu: la iglesia de Roma, la Revolución internacional y la Tradición británica.

Como es natural, triunfaba la campeona de la Iglesia de Inglaterra, ladi Corisande.

El tema era peligroso, y la ejecución, muy notable. Los tipos y figuras de prelados romanos, de revolucionarios y de políticos ingleses estaban dibujados con extraña exactitud. El libro consiguió un gran éxito. Jamás habían vendido los libreros ingleses una novela de un antiguo primer ministro. En todos los salones se hablaba de Lotario. Caballos, barcos, niños y perfumes recibían el nombre de Lotario y Corisande. La lotariomania llegó hasta América. Únicamente el Parlamento se mostró hostil. El partido conservador sintió la vergüenza de tener por jefe a un novelista, que  por añadidura no carecía de ingenio.

***

 

 

 

Entre tanto se hallaba gravemente enferma Mary-Ann. Desde el año 1866 padecía de un cáncer en el estomago. Lo sabía y se esforzaba por ocultárselo a Dizzi, y él, creyendo que ella lo ignoraba, afectaba hablar con ligereza de aquella enfermedad. Con extraordinario valor seguía haciendo vida de sociedad. En 1872, un joven agregado  de Francia vio en un salón a un ser extraño vestido en forma de pagoda, y que supuso fuese un viejo rajá. Era Mary-Ann, y tras ella, Dizzi, pintado y sepulcral, lucia su ultimo bucle, teñido de negro, sobre su frente desnuda. Como quien ostenta la placa de una Orden, así llevaba Mary-Ann sobre el pecho un enorme medallón con el retrato  de su marido. Tenía a la sazón ochenta años; él, sesenta y ocho. Eran una pareja ridícula y conmovedora.

Les iba siendo difícil cuidar el uno del otro. Algunas veces, inválidos los dos, se escribían de habitación a habitación.

 

DIZZI, A LA SEÑORA DE DIZZI:

Estoy acostado boca arriba; perdona que te escriba con lápiz. Acabas de mandarme la carta más divertida y encantadora que he recibido en mi vida. Superas a Horacio, a Walpole y a la marquesa de Sévigné. Grovesnor´s Gate se ha convertido en hospital; pero un hospital contigo es preferible a un palacio con otra. Tu D***.

 

Ella le contaba a sus amigas:

-Gracias a su bondad, mi vida no ha sido más que una escena de felicidad.

El respondía:

-Llevamos treinta años de matrimonio, y nunca me he aburrido con ella.

Apenas si Mary-Ann podía ya tomar alimento. Una noche, en casa de unos amigos, tuvo una crisis de dolor tal, que le fue imposible ocultarla, y renunció a volver a salir. Entonces, su marido se vio precisado a abandonarla algunas veces; pero no lo hizo nunca sin dirigirle, por corta que fuese su ausencia, innumerables cartas.

 

DIZZI A LA SEÑORA DE DIZZI:

No tengo nada que decirte si no es que te amo, lo cual temo que te parezca un poco soso.

 

LA SEÑORA DE DIZZI A DIZZI:

My own dearest: Te echo muchísimo de menos; te estoy tan agradecida por tu ternura y tu constante bondad...

 

***

Como creía no poder soportar el viaje, pasaron el estío juntos en Londres. Salían en coche, visitaban barrios desconocidos y trataban de olvidar que el parque que se extendía ante sus balcones se llamaba Hyde; mas como se encontraba cada día peor, comenzó a imaginarse que una temporada en Hughenden le sentaría bien; pero nada podía aliviarla. Su estomago no toleraba ningún alimento. Pronto murió, se puede decir que de hambre. Aun recibió con gran gentileza a algunos amigos, y dio con ellos algunos paseos, montada en el cochecito que arrastraba un caballito viejo. En cuanto abandonaba la habitación durante unos minutos, Disraeli hablaba de los sufrimientos de su mujer, y sus visitantes vieron por primera vez aquel rostro impasible trastornado por la emoción. Cuando tuvo la evidencia de que no sanaría, lo telegrafió a Montagu Corry para que fuese a acompañarlo, pues se sentía incapaz de soportar solo la catástrofe. Murió el día 15 de diciembre de 1872. Entre sus papeles fue encontrada la siguiente carta:

<My own dear husband: si abandono esta vida antes que tú, toma las medidas necesarias para que se nos entierre juntos, en la misma tumba; y ahora, que Dios te bendiga, mi bueno, mi querido esposo. Has sido para mí un marido perfecto. Adiós, mí amado Dizzi. No vivas solo, dearest; espero con toda el alma que encontrarás a alguien que te sea tan fiel como tú.

Mary-Ann.>

***

 

 

Las almas más indiferentes, las más duras, sienten el precio humano de un verdadero dolor. La simpatía de todos fue muy viva. Gladstone, olvidando todo rencor político, le escribió una carta conmovedora:

<Creo recordar que nos casamos en el mismo año. Nos ha sido permitido a los dos el gozar durante un cuarto de siglo de la dicha sin tasa. Yo, que no he sufrido aun el golpe que lo hiere, puedo comprender lo que ha debido de ser, lo que es...>

Y le aseguro que en aquellas horas de prueba sufría por él y con él. Era sincero, y sin duda, en aquellos instantes cada uno de los dos rivales apareció ante el otro tal como era en realidad y no deformado por las pasiones. Así ocurre que un loco tenga algunos minutos de tregua, durante los cuales los fantasmas se disipan, y de nuevo las líneas se retuercen, las facciones se crispan y el enfermero se vuelve un monstruo.

Mary-Ann se enorgulleció con justicia de que le evitaba a Dizzi todas las pequeñas preocupaciones que agotan a un espíritu masculino. Desde su casamiento, la casa y la servidumbre fueron para él una máquina perfecta, a la cual no había de dedicar ningún pensamiento. <No existió preocupación que ella no supiese atenuar, ni dificultad que no afrontase. Era la mujer más valiente y mas alentadora que he conocido.>

Ya Mary-Ann muerta, no podía defender a su gran hombre. Toda su fortuna fue vitalicia, y hasta la casa correspondía a los herederos, por lo cual Dizzi hubo de mudarse, refugiándose en el hotel. Abandonar Grosvenor´s Gate, donde pasó treinta y tres años felices fue separarse de nuevo de Mary-Ann. Era la casa donde, noche tras noche, lo aguardó ella, después de las sesiones de la Cámara, con la casa siempre tan alumbrada, que él la veía brillar desde lejos, entre la niebla, cuando volvía tras una jornada dura. Era su hogar el lugar donde el alma y el cuerpo se distienden, donde la crítica se convierte en elogio y la censura en caricia. Tenía la seguridad de no volver  a encontrar la dulzura de un verdadero refugio. La soledad del hotel, la peor de todas, poblada de muebles estúpidos, de comidas tristes y de vecinos desconocidos, seria en adelante su compañera en la vida en Londres. Cuando decía a su cochero: Home, recordaba de pronto que ya no tenía casa, y las lágrimas asomaban a sus ojos. Sin su secretario, que velaba por él como un hijo; sin unos amigos como los Manners, los Rothschild, que lo recogían, hubiera sido un aislado, un solitario; pero por muy delicadas que sean las amistades, no pueden reemplazar la ternura de una mujer. En el silencio de su habitación, en el hotel, espiaba el recuerdo borroso de una voz alegre.

Sus amigos políticos llegaron a temer que el luto fuese pretexto para su retiro; pero sucedió todo lo contrario. No hallando en si mas que pensamientos lúgubres, buscó la actividad y, para no pensar, emprendió de nuevo la lucha.

Quiso la coincidencia que el momento fuese propicio. Su táctica de espera había producido su efecto. Le había aflojado la cuerda a Gladstone, quien obró en mil direcciones; ya no le quedaba más que aprovecharse de los errores que nacen siempre de toda acción:<Tengo la misión de pacificar a Irlanda>, había dicho el leñador de Hawarden, apoyado en su enorme hacha.

Para cumplirla suprimió la Iglesia protestante de Irlanda e hizo votar una serie de leyes destinadas a proteger a los granjeros contra los grandes propietarios. Pero Irlanda estaba menos pacificada que nunca. Unos hombres enmascarados golpeaban a los funcionarios, los policías eran apuñalados, y las casas, destruidas. Durante mucho tiempo el pacificador sufrió aquel escarnio, y, por fin, desesperado, hubo de recurrir a las tropas.

-Recuerdo -dijo Disraeli, sarcástico- haber oído decir el año pasado a uno de los ministros de su majestad: <Cualquiera puede gobernar a Irlanda con tropas y artillería. Cualquiera, en efecto; hasta el muy honorable gentleman.>

En política extranjera, Gladstone admitió el arbitraje en todos los asuntos en que se vio mezclada Inglaterra; pero parecía que el arbitraje le había de ser siempre desfavorable. El orgullo popular estaba molesto. En un teatro representaron a Gladstone recibiendo a una embajada china que iba a pedirle a Escocia. El primer ministro reflexionaba y juzgaba que había tres respuestas razonables: ceder en seguida Escocia, esperar un poco y terminar por ceder o señalar un árbitro. El público encontraba el símil exacto. La reina estaba de acuerdo con el público. No se acostumbraba a Gladstone. Los grandes árboles que se derrumbaban por doquier lo asustaban. Ella había amado el bosque. Inteligente, sencilla y de ideas rectas, no llegaba a comprender los rincones de aquel espíritu complicado. En vano releía sus proyectos de ley, y cuando le mandaba alguna carta explicativa, la entendía aun menos que el proyecto, encontrándola tan oscura como éste. Después de Disraeli, tan flexible, que decía: <Es preciso ante todo que se cumplan los deseos de su majestad>, no podía resistir aquel escocés tan duro, quien, con infinito respeto, le negaba todos sus derechos. Ella velaba por el prestigio de Inglaterra, y, a su entender, Gladstone, lo destruía. Era soberana protestante, y Gladstone despojaba a los protestantes irlandeses. Sentía un respeto demasiado vivo por la Constitución para oponerse al voto del Parlamento; pero deseaba con toda su alma la caida del Ministerio.

 

 

 

En 1873 se pudo prever que no lo desearía mucho tiempo. Todas las elecciones parciales eran favorables a los conservadores. Disraeli preparó con toda minucia la campaña electoral. Con mucha antelación fue nombrado en cada distrito un candidato conservador. En Whitehall se estableció una oficina conservadora central, en donde un director y un estado mayor permanente llevaban al día las listas de las circunscripciones previstas y de las que habían de proveerse. El mismo Disraeli veló porque aquel trabajo se ejecutase en todas partes, y moderando la impaciencia de sus partidarios, se negó a encargarse del Poder antes de que la energía de Gladstone se hubiese agotado en nuevos fracasos. La experiencia le dio a conocer la fragilidad de los Gabinetes que no se ven sostenidos por una fuerte mayoría. Además, todos los síntomas anunciaban el fin. En un discurso que pronunció en Manchester describió los últimos momentos del agonizante Ministerio:

<Aquella anormal excitación, después de llegar al paroxismo, se termina en postración. Algunos buscan refugio en la melancolía, y el eminente jefe alterna entre la amenaza y el suspiro. A mí, que ocupaba un lugar frente a su banco, me recordaba este Ministerio uno de esos paisajes submarinos que se encuentran en las costas de la América del Sur. Se contempla una línea de volcanes extintos. Ni una llama vacila sobre aquellas crestas lívidas. Pero la situación no ha dejado aun de ser peligrosa. La tierra tiembla un poco, y de cuando en cuando se oye el sombrío rugido del mar.>

 

 

 

III

ENTRE SUS ABUELAS

A pesar de los constantes éxitos políticos; el invierno que siguió a la muerte de Mary-Ann fue horriblemente triste. No era solamente porque Dizzi sintiese la muerte del ser más querido del mundo; era también porque no encontraba ya donde satisfacer su inmenso apetito de ternura. La Esfinge entregó su secreto a Mary-Ann: su extremada timidez, timidez nacida durante la niñez, de las persecuciones del colegio, alimentada (bajo la máscara de una audacia aparente) por la hostilidad de sus iguales, apaciguada luego en la madurez por unas amistades incomparables y curada por fin al lograr el Poder, había modelado aquel carácter, impregnándolo de todos sus elementos, privándolo particularmente del verdadero placer de frecuentar la sociedad de los hombres. Necesitaba ser el jefe para sentirse igual a los demás. En la soledad cualquier inglés menos él se hubiera forjado una vida de club; pero esto le horrorizaba:<Hay muchas cosas temibles en la vida -dijo en cierta ocasión-, y una comida de hombres solos es la peor de todas.>

<Necesito –le escribió en otros tiempos a Mary-Ann-  que mi vida sea un perpetuo amor.> El numero de sus años se había duplicado, pero la necesidad perduraba. <Necesito o la más perfecta soledad o la más perfecta simpatía>, escribía después de viudo. Exigencia de hombre herido.

Durante varios meses solo frecuentó las casas de algunos amigos íntimos, pasando todas las vacaciones parlamentarias en Hughenden, en donde clasificaba los papeles de su mujer, conmovido hasta el llanto al encontrar cualquier pliego en el cual se leyeran unas palabras trazadas por ella, hasta el extremo de que una carta escrita con alguna terneza le parecía como la llegada de un buque al naufrago que se encuentra en una isla desierta. Todas esas correspondencias femeninas estaban muertas, y con ellas el encanto y la alegría de esos mil incidentes, cuyo único valor consiste en ser compartidos, pero que son los que saben hacer soportable la interminable aventura de la vida. En primavera, el azar de una visita le hizo, sin embargo, encontrar a dos amigas de la juventud, dos hermanas, ladi Chesterfield, tenia setenta años; Selina, condesa de Bradford, cincuenta y cinco, y las dos eran abuelas. Disraeli les recordó su niñez, vecina de la de ambas (vivieron ellas cerca de Bradenham), y aquel baile de trajes tan brillante, al cual asistió ladi Chesterfield vestida de sultana, y su hermana, la señora de Anson, de esclava griega, con los cabellos sueltos, y ladi Londonderry, de Cleopatra, cargada de rubíes. La señora de Anson había muerto ya, así como Fanny Londonderry; pero ladi Chesterfield y ladi Bradford conservaban gran parte de sus encantos. El encuentro fue agradable; prometieron escribirse y volverse a ver. Al llegar el estío fue invitado Disraeli a ir a pasar unos días en casa de una de las hermanas, y luego, en casa de la otra. Al invierno siguiente solo vivía ya <por la deliciosa frecuentación de las dos personas que más amo en el mundo.>

Eran las dos muy distintas. Ladi Chesterfield, mucho mayor, era más grave y más tierna. Ladi Bradford, más coqueta. Ladi Chesterfield había leído todas las novelas de Disraeli, y su hermana, que comenzó la lectura bostezando, confundía todos los personajes. La mayor, de carácter siempre igual, era mejor amiga, y ladi Bradeford, más exaltada, era la más amada de las dos, a quienes Disraeli escribía en un tono de dulce intimidad. Ladi Chesterfield, que era viuda y septuagenaria, sonreía por ello, pero su hermana, que tenía un marido perfecto y unas hijas que casar, protestaba y amenazaba frecuentemente con suspender la correspondencia si el tono no dejaba de ser tan ardiente. Disraeli no pudo nunca soportar la separación, aunque fuese muy breve, de los seres que amaba, y para asegurarse la compañía de las dos hermanas le propuso a ladi Chesterfield el matrimonio. Ella se negó, en primer lugar, porque le parecía ridículo un casamiento a su edad, pero sobre todo porque Disraeli amaba a su hermana. Se convirtió en confidente.

 

Charles Dickens and Benjamin Disraeli, 1870 (lithograph)

 

El jefe de la oposición buscaba diariamente unos momentos para redactar unas cartas muy tiernas a una u otra de las dos incomparables hermanas.<La más seductora de las mujeres no lo fue nunca tanto como esta tarde lo ha sido usted para mí. Hubiese deseado permanecer allí sentado para siempre, mirando sus movimientos llenos de encanto, escuchando sus brillantes palabras; mas, ¡ay!, de cuando en cuando el horrible pensamiento asaltaba mi imaginación.>

<Esta visita de despedida... ¿No cesaran nunca estas constantes separaciones? Tengo la evidencia de que no existe mayor desgracia que la de tener un corazón que no quiere envejecer.>

Anciano vigoroso y abrumado de trabajo, responsable de la vida de un Imperio, no se sentía diferente del muchacho que fue; acaso el anciano fuese aun más romántico. En el muchacho, la ambición luchó muchas veces victoriosa contra el amor. <He vivido lo suficiente para saber que los escrúpulos del amor tienen su esplendor y su riqueza. Quizá en los ancianos exista  una mayor avidez de felicidad.>

Maravillado al descubrir que aun podía desear una presencia, encontrar un placer en mirar vivir a una mujer, consciente de la belleza de los días pasados a su lado y del reducido número de los que le restaban, no admitía la separación de su amiga.

<Verla, o por lo menos recibir diariamente noticias suyas, es cosa indispensable para mi existencia... Verla en sociedad es un placer singular, muy diferente del de verla sola. Los dos encantadores, como la luz de la luna y la claridad del sol.> Hubiese deseado visitarla cada día; pero ladi Bradford tenía muchas ocupaciones y lo contuvo. < ¡Tres veces por semana es bien poco!> Se celebró un baile de mascaras, al cual quiso el ministro asistir de dominó. Cuando le pidió a Selina una seña que  le permitiese reconocerla le contestó fríamente, aconsejándole que no asistiera a él. Se enojó un poco y se lamentó a su muy querida ladi Chesterfield. Conocido su sentimiento, se le envió una carta más suave, <que apoyó en sus labios>. De este modo jugaba aquel viejo Alcestes con una Celimena madura y encantadora.

Lejos de haber olvidado a Mary-Ann, en su recuerdo escribió, ya durante el resto de su vida, incluso sus cartas de amor, en papel de luto. El símbolo era acertadísimo. Mucho después, un día en que ladi Bradford recibió, por casualidad, una carta escrita en papel blanco, contestó que aquel detalle le había causado mucha alegría. <Me dice usted que le alegró el ver el papel blanco el otro día. Es cosa extraña. Tenía costumbre de pensar que al persistir en su luto la reina cedía a un sentimiento morboso, y he aquí que soy como ella, y probablemente lo seguiré siendo.>

Acababa de clasificar los papeles de Hughenden, entre los cuales encontró múltiples recuerdos de aquel minucioso cariño.

Durante treinta años, y cada quince días, le cortó Mary-Ann el pelo a su marido, y cada vez lo guardó en un sobre sellado. Encontró centenares de ellos. Descubrió también millares de cartas: todas las de Bulwer, de D´Orsay, las del pobre Jorge Smythe y la ultima de ladi Blessington.¡Cuantas sombras lo aguardaban ahora!

Por fin hizo Gladstone unas elecciones. Los sentimientos del publico habían variado tanto, que Disraeli esperaba un importante traslado de votos, acaso una mayoría conservadora. Durante el periodo electoral le escribió diariamente a ladi Bradford. Pronto pudo anunciarle que su partido había triunfado en diez distritos, y en veinte, y en cuarenta, y por fin, que la derrota de Gladstone era completa. Los conservadores consiguieron cincuenta votos de mayoría sobre todos los partidos reunidos, y más de ciento sobre los liberales solos. Estaba, pues, demostrado que un electorado popular podía, como lo había sostenido siempre Disraeli, ser conservador. Todos los antiguos descontentos  del partido olvidaron sus desconfianzas. El Carlton se llenó de una exaltada multitud, que reclamaba al jefe, igual que con sus ladridos reclama la jauría al montero al día siguiente del deshielo. Gladstone decidió dimitir sin aguardar a la apertura del Parlamento, y anunció que dejaría de ser leader del partido. Quería ser un simple diputado y no tener la obligación de asistir con regularidad a las sesiones. Tenía sesenta y cinco años. Era una edad en que los grandes hombres políticos del siglo habían terminado desde hacia tiempo su carrera. Deseaba, sobre todo, ocuparse de asuntos religiosos y prepararse a morir, y le participó a la reina su decisión. Su majestad lo aprobó con una firmeza apenas cortes, e hizo llamar a Disraeli. Uno de los primeros cuidados del nuevo ministro fue el de conseguir para su querida Selina un puesto importante en la casa de la reina.

En la apertura del Parlamento, Disraeli pronunció unas palabras de simpatía dirigidas a Gladstone. Este hubo de reconocer que tal actitud era generosa. Era hombre que sabía ganar como sabia perder.

Sin embargo, cada vez que Gladstone lo recordaba, no podía reprimir un movimiento delator de la indignación que lo embargaba, y sentía crecer su cólera, la implacable cólera de Aquiles.

 

 

 

 

 

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