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Cuentos de Ray Bradbury

Cuentos de Ray Bradbury 

***

El prólogo de Borges a la primera edición de "Crónicas marcianas" en Argentina

 

 

En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido. A principios del siglo xvi, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos. En el siglo xvii, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es clara: para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible; para Kepler ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de Un mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la Posibilidad de una Travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un vehículo de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.

Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del norte denominan science-fiction o scientifiction y del que son admirable ejemplo estas Crónicas. Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la épica, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo —que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena.

Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado —el dark bakward and abysm of Time del verso de Shakespeare—. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.

¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.

Acaso “La tercera expedición” es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado “El marciano”, que encierra una patética variación del mito de Proteo.

Hacia 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas, de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores.

*****
 
 
 

 

SUMARIO Cuentos de Ray Bradbury:

[1] La última noche del mundo

[2] El cohete

[3] Calidoscopio

[4] Los colonizadores

[5] Los hombres de la Tierra

[6] Remedio para melancólicos

[7] Vendrán lluvias suaves

*****

 

 

[1] La última noche del mundo

 

*****

 

[2] El cohete

Ray Bradbury

 

Fiorello Bodoni se despertaba de noche y oía los cohetes que pasaban suspirando por el cielo oscuro. Se levantaba y salía de puntillas al aire de la noche. Durante unos instantes no sentiría los olores a comida vieja de la casita junto al río. Durante un silencioso instante dejaría que su corazón subiera hacia el espacio, siguiendo a los cohetes.

Ahora, esta noche, de pie y semidesnudo en la oscuridad, observaba las fuentes de fuego que murmuraban en el aire. ¡Los cohetes en sus largos y veloces viajes a Marte, Saturno y Venus!

-Bueno, bueno, Bodoni.

Bodoni dio un salto.

En un cajón, junto a la orilla del silencioso río, estaba sentado un viejo que también observaba los cohetes en la medianoche tranquila.

-Oh, eres tú, Bramante.

-¿Sales todas las noches, Bodoni?

-Sólo a tomar aire.

-¿Sí? Yo prefiero mirar los cohetes -dijo el viejo Bramante-. Yo era aún un niño cuando empezaron a volar. Hace ochenta años. Y nunca he estado todavía en uno.

-Yo haré un viaje uno de estos días.

-No seas tonto -dijo Bramante-. No lo harás. Este mundo es para la gente rica. -El viejo sacudió su cabeza gris, recordando-. Cuando yo era joven alguien escribió unos carteles, con letras de fuego: El mundo del futuro. Ciencia, confort y novedades para todos. ¡Ja! Ochenta años. El futuro ha llegado. ¿Volamos en cohetes? No. Vivimos en chozas como nuestros padres.

-Quizá mis hijos -dijo Bodoni.

-¡Ni siquiera los hijos de tus hijos! -gritó el hombre viejo-. ¡Sólo los ricos tienen sueños y cohetes!

 

 

Bodoni titubeó.

-Bramante, he ahorrado tres mil dólares. Tardé seis años en juntarlos. Para mi taller, para invertirlos en maquinaria. Pero desde hace un mes me despierto todas las noches. Oigo los cohetes. Pienso. Y esta noche, al fin, me he decidido. ¡Uno de nosotros irá a Marte!

Los ojos de Bodoni eran brillantes y oscuros.

-Idiota -exclamó Bramante-. ¿A quién elegirás? ¿Quién irá en el cohete? Si vas tú, tu mujer te odiará, toda la vida. Habrás sido para ella, en el espacio, casi como un dios. ¿Y cada vez que en el futuro le hables de tu asombroso viaje no se sentirá roída por la amargura?

-No, no.

-¡Sí! ¿Y tus hijos? ¿No se pasarán la vida pensando en el padre que voló hasta Marte mientras ellos se quedaban aquí? Qué obsesión insensata tendrán toda su vida. No pensarán sino en cohetes. Nunca dormirán. Enfermarán de deseo. Lo mismo que tú ahora. No podrán vivir sin ese viaje. No les despiertes ese sueño, Bodoni. Déjalos seguir así, contentos con su pobreza. Dirígeles los ojos hacia sus manos, y tu chatarra, no hacia las estrellas…

-Pero…

-Supón que vaya tu mujer. ¿Cómo te sentirás, sabiendo que ella ha visto y tú no? No podrás ni mirarla. Desearás tirarla al río. No, Bodoni, cómprate una nueva demoledora, bien la necesitas, y aparta esos sueños, hazlos pedazos.

El viejo calló, con los ojos clavados en el río. Las imágenes de los cohetes atravesaban el cielo, reflejadas en el agua.

-Buenas noches -dijo Bodoni.

-Que duermas bien -dijo el otro.

Cuando la tostada saltó de su caja de plata, Bodoni casi dio un grito. No había dormido en toda la noche. Entre sus nerviosos niños, junto a su montañosa mujer, Bodoni había dado vueltas y vueltas mirando el vacío. Bramante tenía razón. Era mejor invertir el dinero. ¿Para qué guardarlo si sólo un miembro de la familia podría viajar en el cohete? Los otros se sentirían burlados.

-Fiorello, come tu tostada -dijo María, su mujer.

-Tengo la garganta reseca -dijo Bodoni.

Los niños entraron corriendo. Los tres muchachos se disputaban un cohete de juguete; las dos niñas traían unas muñecas que representaban a los habitantes de Marte, Venus y Neptuno: maniquíes verdes con tres ojos amarillos y manos de seis dedos.

-¡Vi el cohete de Venus! -gritó Paolo.

-Remontó así, ¡chiii! -silbó Antonello.

-¡Niños! -gritó Fiorello Bodoni, tapándose los oídos.

Los niños lo miraron. Bodoni nunca gritaba.

-Escuchen todos -dijo el hombre, incorporándose-. He ahorrado algún dinero. Uno de nosotros puede ir a Marte.

Los niños se pusieron a gritar.

-¿Me entienden? -preguntó Bodoni-. Sólo uno de nosotros. ¿Quién?

-¡Yo, yo, yo! -gritaron los niños.

-Tú -dijo María.

-Tú -dijo Bodoni.

Todos callaron. Los niños pensaron un poco.

-Que vaya Lorenzo… es el mayor.

-Que vaya Mirianne… es una chica.

-Piensa en todo lo que vas a ver -le dijo María a Bodoni, con una voz ronca. Tenía una mirada rara-. Los meteoros, como peces. El universo. La Luna. Debe ir alguien que luego pueda contarnos todo eso. Tú hablas muy bien.

-Tonterías. No mejor que tú -objetó Bodoni.

Todos temblaban.

-Bueno -dijo Bodoni tristemente, y arrancó de una escoba varias pajitas de distinta longitud-. La más corta gana. -Abrió su puño-. Elijan.

Solemnemente todos fueron sacando su pajita.

-Larga.

-Larga.

Otro.

-Larga.

Los niños habían terminado. La habitación estaba en silencio.

Quedaban dos pajitas. Bodoni sintió que le dolía el corazón.

-Vamos -murmuró-. María.

María tiró de la pajita.

-Corta -dijo.

-Ah -suspiró Lorenzo, mitad contento, mitad triste-. Mamá va a Marte.

Bodoni trató de sonreír.

-Te felicito. Mañana compraré tu pasaje.

-Espera, Fiorello…

-Puedes salir la semana próxima… -murmuró Bodoni.

María miró los ojos tristes de los niños, y las sonrisas bajo las largas y rectas narices. Lentamente le devolvió la pajita a su marido.

-No puedo ir a Marte.

-¿Por qué no?

-Pronto llegará otro bebé.

-¿Cómo?

María no miraba a Bodoni.

-No me conviene viajar en este estado.

Bodoni la tomó por el codo.

-¿Es cierto eso?

-Elijan otra vez.

-¿Por qué no me lo dijiste antes? -dijo Bodoni incrédulo.

-No me acordé.

-María, María -murmuró Bodoni acariciándole la cara. Se volvió hacia los niños-. Empecemos de nuevo.

Paolo sacó en seguida la pajita corta.

-¡Voy a Marte! -gritó dando saltos-. ¡Gracias, papá!

Los chicos dieron un paso atrás.

-Magnífico, Paolo.

Paolo dejó de sonreír y examinó a sus padres, hermanos y hermanas.

-Puedo ir, ¿no es cierto? -preguntó con un tono inseguro.

-Sí.

-¿Y me querrán cuando regrese?

-Naturalmente.

Paolo alzó una mano temblorosa. Estudió la preciosa pajita y la dejó caer, sacudiendo la cabeza.

-Me había olvidado. Empiezan las clases. No puedo ir. Elijan otra vez.

Pero nadie quería elegir. Una gran tristeza pesaba sobre ellos.

-Nadie irá -dijo Lorenzo.

-Será lo mejor -dijo María.

-Bramante tenía razón -dijo Bodoni

Fiorello Bodoni se puso a trabajar en el depósito de chatarra, cortando el metal, fundiéndolo, vaciándolo en lingotes útiles. Aún tenía el desayuno en el estómago, como una piedra. Las herramientas se le rompían. La competencia lo estaba arrastrando a la desgraciada orilla de la pobreza desde hacía veinte años. Aquélla era una mañana muy mala.

A la tarde un hombre entró en el depósito y llamó a Bodoni, que estaba inclinado sobre sus destrozadas maquinarias.

-Eh, Bodoni, tengo metal para ti.

-¿De qué se trata, señor Mathews? -preguntó Bodoni distraídamente.

-Un cohete. ¿Qué te pasa? ¿No lo quieres?

-¡Sí, sí!

Bodoni tomó el brazo del hombre, y se detuvo, confuso.

-Claro que es sólo un modelo -dijo Mathews-. Ya sabes. Cuando proyectan un cohete construyen primero un modelo de aluminio. Puedes ganar algo fundiéndolo. Te lo dejaré por dos mil…

Bodoni dejó caer la mano.

-No tengo dinero.

-Le siento. Pensé que te ayudaba. La última vez me dijiste que todos los otros se llevaban la chatarra mejor. Creí favorecerte. Bueno…

-Necesito un nuevo equipo. Para eso ahorré.

-Comprendo.

-Si compro el cohete, no podré fundirlo. Mi horno de aluminio se rompió la semana pasada.

-Sí, ya sé.

Bodoni parpadeó y cerró los ojos. Luego los abrió y miró al señor Mathews.

-Pero soy un tonto. Sacaré el dinero del banco y compraré el cohete.

-Pero si no puedes fundirlo ahora…

-Lo compro.

-Bueno, si tú lo dices… ¿Esta noche?

-Esta noche estaría muy bien -dijo Bodoni-. Sí, me gustaría tener el cohete esta noche.

Era una noche de luna. El cohete se alzaba blanco y enorme en medio del depósito, y reflejaba la blancura de la luna y la luz de las estrellas. Bodoni lo miraba con amor. Sentía deseos de acariciarlo y abrazarlo, y apretar la cara contra el metal contándole sus anhelos.

Miró fijamente el cohete.

-Eres todo mío -dijo-. Aunque nunca te muevas ni escupas llamaradas, y te quedes ahí cincuenta años, enmoheciéndote, eres mío.

El cohete olía a tiempo y distancia. Caminar por dentro del cohete era caminar por el interior de un reloj. Estaba construido con una precisión suiza. Uno tenía ganas de guardárselo en el bolsillo del chaleco.

-Hasta podría dormir aquí esta noche -murmuró Bodoni, excitado.

Se sentó en el asiento del piloto.

Movió una palanca.

Bodoni zumbó con los labios apretados, cerrando los ojos.

El zumbido se hizo más intenso, más intenso, más alto, más salvaje, más extraño, más excitante, estremeciendo a Bodoni de pies a cabeza, inclinándolo hacia adelante, y empujándolo junto con el cohete a través de un rugiente silencio, en una especie de grito metálico, mientras las manos le volaban entre los controles, y los ojos cerrados le latían, y el sonido crecía y crecía hasta ser un fuego, un impulso, una fuerza que trataba de dividirlo en dos. Bodoni jadeaba. Zumbaba y zumbaba, sin detenerse, porque no podía detenerse; sólo podía seguir y seguir, con los ojos cerrados, con el corazón furioso.

-¡Despegamos! -gritó Bodoni. ¡La enorme sacudida! ¡El trueno!-. ¡La Luna! -exclamó con los ojos cerrados, muy cerrados-. ¡Los meteoros! -La silenciosa precipitación en una luz volcánica-. Marte. ¡Oh, Dios! ¡Marte! ¡Marte!

Bodoni se reclinó en el asiento, jadeante y exhausto. Las manos temblorosas abandonaron los controles y la cabeza le cayó hacia atrás, con violencia. Durante mucho tiempo Bodoni se quedó así, sin moverse, respirando con dificultad.

Lenta, muy lentamente, abrió los ojos.

El depósito de chatarra estaba todavía allí.

Bodoni no se movió. Durante un minuto clavó los ojos en las pilas de metal. Luego, incorporándose, pateó las palancas.

-¡Despega, maldito!

La nave guardó silencio.

-¡Ya te enseñaré! -gritó Bodoni.

Afuera, en el aire de la noche, tambaleándose, Bodoni puso en marcha el potente motor de su terrible máquina demoledora y avanzó hacia el cohete. Los pesados martillos se alzaron hacia el cielo iluminado por la luna. Las manos temblorosas de Bodoni se prepararon para romper, destruir ese sueño insolentemente falso, esa cosa estúpida que le había llevado todo su dinero, que no se movería, que no quería obedecerle.

-¡Ya te enseñaré! -gritó.

Pero sus manos no se movieron.

El cohete de plata se alzaba a la luz de la luna. Y más allá del cohete, a un centenar de metros, las luces amarillas de la casa brillaban afectuosamente. Bodoni escuchó la radio familiar, donde sonaba una música distante. Durante media hora examinó el cohete y las luces de la casa, y los ojos se le achicaron y se le abrieron. Al fin bajó de la máquina y echó a caminar, riéndose, hacía la casa, y cuando llegó a la puerta trasera tomó aliento y gritó:

-¡María, María, prepara las valijas! ¡Nos vamos a Marte!

-¡Oh!

-¡Ah!

-¡No puedo creerlo!

Los niños se apoyaban ya en un pie ya en otro. Estaban en el patio atravesado por el viento, bajo el cohete brillante, sin atreverse a tocarlo. Se echaron a llorar.

María miró a su marido.

-¿Qué has hecho? -le dijo-. ¿Has gastado en esto nuestro dinero? No volará nunca.

-Volará -dijo Bodoni, mirando el cohete.

-Estas naves cuestan millones. ¿Tienes tú millones?

-Volará -repitió Bodoni firmemente-. Vamos, ahora vuelvan a casa, todos. Tengo que llamar por teléfono, hacer algunos trabajos. ¡Salimos mañana! No se lo digan a nadie, ¿eh? Es un secreto.

Los chicos, aturdidos, se alejaron del cohete. Bodoni vio los rostros menudos y febriles en las ventanas de la casa.

María no se había movido.

-Nos has arruinado -dijo-. Nuestro dinero gastado en… en esta cosa. Cuando necesitabas tanto esa maquinaria.

-Ya verás -dijo Bodoni.

María se alejó en silencio.

-Que Dios me ayude -murmuró su marido, y se puso a trabajar.

Hacia la medianoche llegaron unos camiones, dejaron su carga, y Bodoni, sonriendo, agotó su dinero. Asaltó la nave con sopletes y trozos de metal; añadió, sacó, y volcó sobre el casco artificios de fuego y secretos insultos. En el interior del cohete, en el vacío cuarto de las máquinas, metió nueve viejos motores de automóvil. Luego cerró herméticamente el cuarto, para que nadie viese su trabajo.

Al alba entró en la cocina.

-María -dijo-, ya puedo desayunar.

La mujer no le respondió.

A la caída de la tarde Bodoni llamó a los niños.

-¡Estamos listos! ¡Vamos!

La casa estaba en silencio.

-Los he encerrado en el desván -dijo María.

-¿Qué quieres decir? -le preguntó Bodoni.

-Te matarás en ese cohete -dijo la mujer-. ¿Qué clase de cohete puedes comprar con dos mil dólares? ¡Uno que no sirve!

-Escúchame, María.

-Estallará en pedazos. Además, no eres piloto.

-No importa, sé manejar este cohete. Lo he preparado muy bien.

-Te has vuelto loco -dijo María.

-¿Dónde está la llave del desván?

-La tengo aquí.

Bodoni extendió la mano.

-Dámela.

María se la dio.

-Los matarás.

-No, no.

-Sí, los matarás. Lo sé.

-¿No vienes conmigo?

-Me quedaré aquí.

-Ya entenderás, vas a ver -dijo Bodoni, y se alejó sonriendo. Abrió la puerta del desván-. Vamos, chicos. Sigan a su padre.

-¡Adiós, adiós, mamá!

María se quedó mirándolos desde la ventana de la cocina, erguida y silenciosa. Ante la puerta del cohete, Bodoni dijo:

-Niños, vamos a faltar una semana. Ustedes tienen que volver al colegio, y yo a mi trabajo -tomó las manos de todos los chicos, una a una-. Escuchen. Este cohete es muy viejo y no volverá a volar. Ustedes no podrán repetir el viaje. Abran bien los ojos.

-Sí, papá.

-Escuchen con atención. Huelan los olores del cohete. Sientan. Recuerden. Así, al volver, podrán hablar de esto durante todas sus vidas.

-Sí, papá.

La nave estaba en silencio, como un reloj parado. La cámara de aire se cerró susurrando detrás de Bodoni y sus hijos. Bodoni los envolvió a todos, como a menudas momias, en las hamacas de caucho.

-¿Listos? -les preguntó.

-¡Listos! -respondieron los niños.

-¡Allá vamos!

Bodoni movió diez llaves. El cohete tronó y dio un salto. Los niños chillaron y bailaron en sus hamacas.

-¡Ahí viene la Luna!

La Luna pasó como un sueño. Los meteoros se deshicieron como fuegos de artificio. El tiempo se deslizó como una serpentina de gas. Los niños gritaban. Horas más tarde, liberados de sus hamacas, espiaron por las ventanillas.

-¡Allí está la Tierra! ¡Allá está Marte!

El cohete lanzaba rosados pétalos de fuego. Las agujas horarias daban vueltas. A los niños se les cerraban los ojos. Al fin se durmieron, como mariposas borrachas en los capullos de sus hamacas de goma.

-Bueno -murmuró Bodoni, solo.

Salió de puntillas del cuarto de comando, y se detuvo largo rato, lleno de temor, ante la puerta de la cámara de aire.

Apretó un botón. La puerta se abrió de par en par. Bodoni dio un paso hacia adelante. ¿Hacia el vacío? ¿Hacia los mares de tinta donde flotaban los meteoros y los gases ardientes? ¿Hacia los años y kilómetros veloces, y las dimensiones infinitas?

No. Bodoni sonrió.

Alrededor del tembloroso cohete se extendía el depósito de chatarra.

Oxidada, idéntica, allí estaba la puerta del patio con su cadena y su candado. Allí estaban la casita junto al agua, la iluminada ventana de la cocina, y el río que fluía hacia el mismo mar. Y en el centro del patio, elaborando un mágico sueño se alzaba el ronroneante y tembloroso cohete. Se sacudía, rugía, agitando a los niños, prisioneros en sus nidos como moscas en una tela de araña.

María lo miraba desde la ventana de la cocina.

Bodoni la saludó con un ademán, y sonrió.

No pudo ver si ella lo saludaba. Un leve saludo, quizá. Una débil sonrisa.

Salía el sol.

Bodoni entró rápidamente en el cohete. Silencio. Todos dormidos. Bodoni respiró aliviado. Se ató a una hamaca y cerró los ojos. Se rezó a sí mismo. “Oh, no permitas que nada destruya esta ilusión durante los próximos seis días. Haz que el espacio vaya y venga, y que el rojo Marte se alce sobre el cohete, y también las lunas de Marte, e impide que fallen las películas de colores. Haz que aparezcan las tres dimensiones, haz que nada se estropee en las pantallas y los espejos ocultos que fabrican el sueño. Haz que el tiempo pase sin un error.”

Bodoni despertó.

El rojo Marte flotaba cerca del cohete.

-¡Papá!

Los niños trataban de salir de las hamacas.

Bodoni miró y vio el rojo Marte. Estaba bien, no había ninguna falla. Bodoni se sintió feliz.

En el crepúsculo del séptimo día el cohete dejó de temblar.

-Estamos en casa -dijo Bodoni.

Salieron del cohete y cruzaron el patio. La sangre les cantaba en las venas. Les brillaban las caras.

-He preparado jamón y huevos para todos -dijo María desde la puerta de la cocina.

-¡Mamá, mamá, tendrías que haber venido, a ver, a ver Marte, y los meteoros, y todo!

-Sí -dijo María.

A la hora de acostarse, los niños se reunieron alrededor de Bodoni.

-Queremos darte las gracias, papá.

-No es nada.

-Siempre lo recordaremos, papá. No lo olvidaremos nunca.

Muy tarde, en medio de la noche, Bodoni abrió los ojos. Sintió que su mujer, sentada a su lado, lo estaba mirando. Durante un largo rato María no se movió, y al fin, de pronto, lo besó en las mejillas y en la frente.

-¿Qué es esto? -gritó Bodoni.

-Eres el mejor padre del mundo -murmuró María.

-¿Por qué?

-Ahora veo -dijo la mujer-. Ahora comprendo. -Acostada de espaldas, con los ojos cerrados, tomó la mano de Bodoni-. ¿Fue un viaje muy hermoso?

-Sí.

-Quizás -dijo María-, quizás alguna noche puedas llevarme a hacer un viaje, un viaje corto, ¿no es cierto?

-Un viaje corto, quizá.

-Gracias -dijo María-. Buenas noches.

-Buenas noches -dijo Fiorello Bodoni.

 

*****

 

 

[3] Calidoscopio

Ray Bradbury

 

El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.

-Barkley, Barkley, ¿dónde estás?

Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.

-¡Woode, Woode!

-¡Capitán!

-Hollis, Hollis, aquí Stone.

-Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?

-¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo… Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!

Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.

Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.

-Nos alejamos unos de otros.

Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.

Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.

-Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?

-Depende de tu velocidad y la mía.

-Una hora, supongo.

-Algo así -dijo Hollis, pensativo y tranquilo.

-¿Qué sucedió? -preguntó Hollis al cabo de un minuto.

-El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?

-¿Hacia dónde caes?

-Creo que me estrellaré en el Sol.

-Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, arderé como una cerilla.

Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.

Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.

-¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! -exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!

-¿Quién habla?

-No lo sé.

-Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?

-Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!

-Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?

Una pausa. Seguían separándose unos de otros.

-¿Stimson?

-Sí -replicó por fin.

-Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.

-No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.

-Hay una posibilidad de que nos encuentren.

-Si, sí, seguro -dijo Stimson-. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.

-Es una pesadilla -dijo alguien.

-¡Cállate! -ordenó Hollis.

-Ven y hazme callar -contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria-. Ven y hazme callar.

Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo…, y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.

¡Y seguían cayendo y cayendo!

Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.

-¡Basta!

El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.

Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.

“Da lo mismo -pensó Hollis-. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?”

Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.

Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.

-Hollis, ¿sigues ahí?

Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.

-Aquí Applegate otra vez.

-¿Qué hay, Applegate?

-Hablemos. No podemos hacer otra cosa.

El capitán intervino.

-Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.

-Capitán, ¿por qué no se calla?

-¿Qué?

-Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.

-¡Compórtese, Applegate!

-No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.

-¡Le ordeno que se calle!

-Adelante, vuelva a ordenarlo. -Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más-. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.

Hollis, desesperado, cerró los puños.

-Quiero confesarte algo -prosiguió Applegate-. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.

Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad… Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.

¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

-¿Estás enfadado, Hollis?

-No.

Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.

-Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.

-No tiene importancia.

Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso… El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.

Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?

Uno de los otros hombros estaba hablando.

 

-Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.

“Pero ahora estás aquí -pensó Hollis-. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca.”

Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:

-¡Todo ha terminado, Lespere!

Silencio.

-¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!

-¿Quién habla? -preguntó Lespere temblorosamente.

-Soy Hollis.

Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.

-Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?

-No.

-Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?

-¡Sí, es mejor!

-¿Por qué?

-Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! -gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.

Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.

-¿Y para qué te sirve eso? -gritó a Lespere-. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.

-Estoy tranquilo -contestó Lespere-. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.

-¿Perverso?

Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. “Perverso”. La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.

-Cálmate, Hollis.

Alguien había escuchado su voz sofocada.

Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson… Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la “serenidad”, que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.

-Sé lo que sientes, Hollis -dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada-. No me has ofendido.

“Pero, ¿no somos iguales? -se preguntó un aturdido Hollis-. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra.”

Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.

Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?

Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.

-¿Hollis?

Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.

-Aquí Applegate de nuevo -dijo la voz.

-Sí.

-He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?

-Sí

-Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.

Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.

-Gracias, Applegate.

-No hay de qué. Y anímate, bobo.

-¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?

-¿Stimson?

Todos escuchaban atentamente:

-Debe de haber muerto.

-No lo creo. ¡Stimson!

Volvieron a escuchar.

Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta…

-Es él. Escuchad.

-¡Stimson!

Nadie respondió.

Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.

-No contestará.

-Ha perdido el conocimiento. Dios lo ayude.

-Es él, escuchen.

Una respiración apenas audible, el silencio.

-Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Considérenlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.

Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.

-¡Eh! -dijo Stone.

-¿Qué?

Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.

-Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.

-¿Meteoritos?

-Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, qué hermoso es todo esto!

Silencio.

-Me voy con ellos -prosiguió Stone-. Me llevan con ellos. Estoy condenado. -Y se rió de buena gana.

Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.

-Adiós, Hollis. -La voz de Stone, ya muy debilitada-. Adiós.

-Buena suerte -gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.

-No te hagas el gracioso -dijo Stone.

Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.

Todas las voces iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.

-Adiós.

-Tómatelo con calma.

-Adiós, Hollis -dijo Applegate.

Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.

Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood… Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.

“¿Y yo? -pensó Hollis-. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta… Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra.”

Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz… Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.

“Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro.”

-Me pregunto si alguien me verá -dijo en voz alta.

Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.

-¡Mira, mamá! ¡Mira! -gritó-. ¡Una estrella fugaz!

La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.

-Pide un deseo -dijo la madre del niño-. Pide un deseo.

 

*****

 

 

[4] Los colonizadores

Ray Bradbury

 

Los hombres de la Tierra llegaron a Marte. Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Dejaban mujeres odiosas, trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo; para desenterrar algo, enterrar algo o abandonar algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. El dedo del gobierno indicaba desde carteles de cuatro colores, en innumerables ciudades: Hay trabajo para usted en el cielo. ¡Visite Marte! Y los hombres se lanzaban al espacio. Al principio solo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes de que el cohete dejará la Tierra. Enfermaban de soledad, porque cuando uno ve que su casa se reduce al tamaño de un puño, de una nube, de una cabeza de alfiler, y luego desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que no ha nacido nunca, que no hay ciudades, que no está en ninguna parte, y solo hay espacio alrededor, sin nada familiar, solo hombres extraños. Y cuando los estados de Illinois, Iowa, Missouri o Montana desaparecen en un mar de nubes y, más aún, cuando los Estados Unidos son solo una isla envuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar.

No era raro, por lo tanto, que los primeros emigrantes fueran pocos. Su número creció constantemente hasta superar a los hombres que ya se encontraban en Marte. Los números eran alentadores. Pero los primeros solitarios no tuvieron ese consuelo.

FIN

 

*****

 

 

[5] Los hombres de la Tierra

Ray Bradbury

 

Quienquiera que fuese el que golpeaba la puerta, no se cansaba de hacerlo.

La señora Ttt abrió la puerta de par en par.

-¿Y bien?

-¡Habla usted inglés! -el hombre, de pie en el umbral, estaba asombrado.

-Hablo lo que hablo -dijo ella.

-¡Un inglés admirable!

El hombre vestía uniforme. Había otros tres con él, excitados, muy sonrientes y muy sucios.

-¿Qué desean? -preguntó la señora Ttt.

-Usted es marciana -el hombre sonrió-. Esta palabra no le es familiar, ciertamente. Es una expresión terrestre -con un movimiento de cabeza señaló a sus compañeros-. Venimos de la Tierra. Yo soy el capitán Williams. Hemos llegado a Marte no hace más de una hora, y aquí estamos, ¡la Segunda Expedición! Hubo una Primera Expedición, pero ignoramos qué les pasó. En fin, ¡henos aquí! Y el primer habitante de Marte que encontramos ¡es usted!

-¿Marte? -preguntó la mujer arqueando las cejas.

-Quiero decir que usted vive en el cuarto planeta a partir del Sol. ¿No es verdad?

-Elemental -replicó ella secamente, examinándolos de arriba abajo.

-Y nosotros -dijo el capitán señalándose a sí mismo con un pulgar sonrosado- somos de la Tierra. ¿No es así, muchachos?

-¡Así es, capitán! -exclamaron los otros a coro.

-Este es el planeta Tyrr -dijo la mujer-, si quieren llamarlo por su verdadero nombre.

-Tyrr, Tyrr -el capitán rió a carcajadas-. ¡Qué nombre tan lindo! Pero, oiga, buena mujer, ¿cómo habla usted un inglés tan perfecto?

-No estoy hablando, estoy pensando -dijo ella-. ¡Telepatía! ¡Buenos días! -y dio un portazo.

Casi en seguida volvieron a llamar. Ese hombre espantoso, pensó la señora Ttt. Abrió la puerta bruscamente.

-¿Y ahora qué? -preguntó.

El hombre estaba todavía en el umbral, desconcertado, tratando de sonreír. Extendió las manos.

-Creo que usted no comprende…

-¿Qué?

El hombre la miró sorprendido:

-¡Venimos de la Tierra!

-No tengo tiempo -dijo la mujer-. Hay mucho que cocinar y coser y limpiar… Ustedes, probablemente, querrán ver al señor Ttt. Está arriba, en su despacho.

-Sí -dijo el terrestre, parpadeando confuso-. Permítame ver al señor Ttt, por favor.

-Está ocupado.

La señora Ttt cerró nuevamente la puerta.

Esta vez los golpes fueron de una ruidosa impertinencia.

-¡Oiga! -gritó el hombre cuando la puerta volvió a abrirse-. ¡Este no es modo de tratar a las visitas! -y entró de un salto en la casa, como si quisiera sorprender a la mujer.

-¡Mis pisos limpios! -gritó ella-. ¡Barro! ¡Fuera! ¡Antes de entrar, límpiese las botas!

El hombre se miró apesadumbrado las botas embarradas.

-No es hora de preocuparse por tonterías -dijo luego-. Creo que ante todo debiéramos celebrar el acontecimiento -y miró fijamente a la mujer, como si esa mirada pudiera aclarar la situación.

-¡Si se me han quemado las tortas de cristal -gritó ella-, lo echaré de aquí a bastonazos!

La mujer atisbó unos instantes el interior de un horno encendido y regresó con la cara roja y transpirada. Era delgada y ágil, como un insecto. Tenía ojos amarillos y penetrantes, tez morena, y una voz metálica y aguda.

-Espere un momento. Trataré de que el señor Ttt los reciba. ¿Qué asunto los trae?

El hombre lanzó un terrible juramento, como si la mujer le hubiese martillado una mano.

-¡Dígale que venimos de la Tierra! ¡Que nadie vino antes de allá!

-¿Que nadie vino de dónde? Bueno, no importa -dijo la mujer alzando una mano-. En seguida vuelvo.

El ruido de sus pasos tembló ligeramente en la casa de piedra.

Afuera brillaba el inmenso cielo azul de Marte, caluroso y tranquilo como las aguas cálidas y profundas de un océano. El desierto marciano se tostaba como una prehistórica vasija de barro. El calor crecía en temblorosas oleadas. Un cohete pequeño yacía en la cima de una colina próxima y las huellas de unas pisadas unían la puerta del cohete con la casa de piedra.

De pronto se oyeron unas voces que discutían en el piso superior de la casa. Los hombres se miraron, se movieron inquietos, apoyándose ya en un pie, ya en otro, y los pulgares en el cinturón tamborilearon nerviosamente sobre el cuero.

Arriba gritaba un hombre. Una voz de mujer le replicaba en el mismo tono. Pasó un cuarto de hora. Los hombres se pasearon de un lado a otro, sin saber qué hacer.

-¿Alguien tiene cigarrillos? -preguntó uno.

Otro sacó un paquete y todos encendieron un cigarrillo y exhalaron lentas cintas de pálido humo blanco. Los hombres se tironearon los faldones de las chaquetas; se arreglaron los cuellos.

El murmullo y el canto de las voces continuaban. El capitán consultó su reloj.

-Veinticinco minutos -dijo-. Me pregunto qué estarán tramando ahí arriba.

Se paró ante una ventana y miró hacia afuera.

-Qué día sofocante -dijo un hombre.

-Sí -dijo otro.

Era el tiempo lento y caluroso de las primeras horas de la tarde. El murmullo de las voces se apagó. En la silenciosa habitación solo se oía la respiración de los hombres. Pasó una hora.

-Espero que no hayamos provocado un incidente -dijo el capitán. Se volvió y espió el interior del vestíbulo.

Allí estaba la señora Ttt, regando las plantas que crecían en el centro de la habitación.

-Ya me parecía que había olvidado algo -dijo la mujer avanzando hacia el capitán-. Lo siento -añadió, y le entregó un trozo de papel-. El señor Ttt está muy ocupado -se volvió hacia la cocina-. Por otra parte, no es el señor Ttt a quien usted desea ver, sino al señor Aaa. Lleve este papel a la granja próxima, al lado del canal azul, y el señor Aaa les dirá lo que ustedes quieren saber.

-No queremos saber nada -objetó el capitán frunciendo los gruesos labios-. Ya lo sabemos.

-Tienen el papel, ¿qué más quieren? -dijo la mujer con brusquedad, decidida a no añadir una palabra.

-Bueno -dijo el capitán sin moverse, como esperando algo. Parecía un niño, con los ojos clavados en un desnudo árbol de Navidad-. Bueno -repitió-. Vamos, muchachos.

Los cuatro hombres salieron al silencio y al calor de la tarde.

Una media hora después, sentado en su biblioteca, el señor Aaa bebía unos sorbos de fuego eléctrico de una copa de metal, cuando oyó unas voces que venían por el camino de piedra. Se inclinó sobre el alféizar de la ventana y vio a cuatro hombres uniformados que lo miraban entornando los ojos.

-¿El señor Aaa? -le preguntaron.

-El mismo.

-¡Nos envía el señor Ttt! -gritó el capitán.

-¿Y por qué ha hecho eso?

-¡Estaba ocupado!

-¡Qué lástima! -dijo el señor Aaa, con tono sarcástico-. ¿Creerá que estoy aquí para atender a las gentes que lo molestan?

-No es eso lo importante, señor -replicó el capitán.

-Para mí, sí. Tengo mucho que leer. El señor Ttt es un desconsiderado. No es la primera vez que se comporta de este modo. No mueva usted las manos, señor. Espere a que termine. Y preste atención. La gente suele escucharme cuando hablo. Y usted me escuchará cortésmente o no diré una palabra.

Los cuatro hombres de la calle abrieron la boca, se movieron incómodos, y por un momento las lágrimas asomaron a los ojos del capitán.

-¿Le parece a usted bien -sermoneó el señor Aaa- que el señor Ttt haga estas cosas?

Los cuatro hombres alzaron los ojos en el calor.

-¡Venimos de la Tierra! -dijo el capitán.

-A mí me parece que es un mal educado -continuó el señor Aaa.

-En un cohete. Venimos en un cohete.

-No es la primera vez que Ttt comete estas torpezas.

-Directamente desde la Tierra.

-Me gustaría llamarlo y decirle lo que pienso.

-Nosotros cuatro, yo y estos tres hombres, mi tripulación.

-¡Lo llamaré, sí, voy a llamarlo!

-Tierra. Cohete. Hombres. Viaje. Espacio.

-¡Lo llamaré y tendrá que oírme! -gritó el señor Aaa, y desapareció como un títere de un escenario.

Durante unos instantes se oyeron unas voces coléricas que iban y venían por algún extraño aparato. Abajo, el capitán y su tripulación miraban tristemente por encima del hombro el hermoso cohete que yacía en la colina, tan atractivo y delicado y brillante.

El señor Aaa reapareció de pronto en la ventana, con un salvaje aire de triunfo.

-¡Lo he retado a duelo, por todos los dioses! ¡A duelo!

-Señor Aaa… -comenzó otra vez el capitán con voz suave.

-¡Lo voy a matar! ¿Me oye?

-Señor Aaa, quisiera decirle que hemos viajado noventa millones de kilómetros.

El señor Aaa miró al capitán por primera vez.

-¿De dónde dice que vienen?

El capitán emitió una blanca sonrisa.

-Al fin nos entendemos -les murmuró en un aparte a sus hombres, y le dijo al señor Aaa-: Recorrimos noventa millones de kilómetros. ¡Desde la Tierra!

El señor Aaa bostezó.

-En esta época del año la distancia es solo de setenta y cinco millones de kilómetros -blandió un arma de aspecto terrible-. Bueno, tengo que irme. Lleven esa estúpida nota, aunque no sé de qué les servirá, a la aldea de Iopr, sobre la colina, y hablen con el señor Iii. Ese es el hombre a quien quieren ver. No al señor Ttt. Ttt es un idiota, y voy a matarlo. Ustedes, además, no son de mi especialidad.

-Especialidad, especialidad -baló el capitán-. ¿Pero es necesario ser un especialista para dar la bienvenida a hombres de la Tierra?

-No sea tonto, todo el mundo lo sabe.

El señor Aaa desapareció. Apareció unos instantes después en la puerta y se alejó velozmente calle abajo.

-¡Adiós! -gritó.

Los cuatro viajeros no se movieron, desconcertados. Finalmente dijo el capitán:

-Ya encontraremos quien nos escuche.

-Quizá debiéramos irnos y volver -sugirió un hombre con voz melancólica-. Quizá debiéramos elevarnos y descender de nuevo. Darles tiempo de organizar una fiesta.

-Puede ser una buena idea -murmuró fatigado el capitán.

En la aldea la gente salía de las casas y entraba en ellas, saludándose, y llevaba máscaras doradas, azules y rojas, máscaras de labios de plata y cejas de bronce, máscaras serias o sonrientes, según el humor de sus dueños.

 

 

 

Los cuatro hombres, sudorosos luego de la larga caminata, se detuvieron y le preguntaron a una niñita dónde estaba la casa del señor Iii.

-Ahí -dijo la niña con un movimiento de cabeza.

El capitán puso una rodilla en tierra, solemnemente, cuidadosamente, y miró el rostro joven y dulce.

-Oye, niña, quiero decirte algo.

La sentó en su rodilla y tomó entre sus manazas las manos diminutas y morenas, como si fuera a contarle un cuento de hadas preciso y minucioso.

-Bien, te voy a contar lo que pasa. Hace seis meses otro cohete vino a Marte. Traía a un hombre llamado York y a su ayudante. No sabemos qué les pasó. Quizá se destrozaron al descender. Vinieron en un cohete, como nosotros. Debes de haberlo visto. ¡Un gran cohete! Por lo tanto nosotros somos la Segunda Expedición. Y venimos directamente de la Tierra…

La niña soltó distraídamente una mano y se ajustó a la cara una inexpresiva máscara dorada. Luego sacó de un bolsillo una araña de oro y la dejó caer. El capitán seguía hablando. La araña subió dócilmente a la rodilla de la niña, que la miraba sin expresión por las hendiduras de la máscara. El capitán zarandeó suavemente a la niña y habló con una voz más firme:

-Somos de la Tierra, ¿me crees?

-Sí -respondió la niña mientras observaba cómo los dedos de los pies se le hundían en la arena.

-Muy bien -el capitán le pellizcó un brazo, un poco porque estaba contento y un poco porque quería que ella lo mirase-. Nosotros mismos hemos construido este cohete. ¿Lo crees, no es cierto?

La niña se metió un dedo en la nariz.

-Sí -dijo.

-Y… Sácate el dedo de la nariz, niñita… Yo soy el capitán y…

-Nadie hasta hoy cruzó el espacio en un cohete -recitó la criatura con los ojos cerrados.

-¡Maravilloso! ¿Cómo lo sabes?

-Oh, telepatía… -respondió la niña limpiándose distraídamente el dedo en una pierna.

-Y bien, ¿eso no te asombra? -gritó el capitán-. ¿No estás contenta?

-Será mejor que vayan a ver en seguida al señor Iii -dijo la niña, y dejó caer su juguete-. Al señor lii le gustará mucho hablar con ustedes.

La niña se alejó. La araña echó a correr obedientemente detrás de ella.

El capitán, en cuclillas, se quedó mirándola, con las manos extendidas, la boca abierta y los ojos húmedos.

Los otros tres hombres, de pie sobre sus sombras, escupieron en la calle de piedra.

El señor Iii abrió la puerta. Salía en ese momento para una conferencia, pero podía concederles unos instantes si se decidían a entrar y le informaban brevemente del objeto de la visita.

-Un minuto de atención -dijo el capitán, cansado, con los ojos enrojecidos-. Venimos de la Tierra, en un cohete; somos cuatro: tripulación y capitán; estamos exhaustos, hambrientos, y quisiéramos encontrar un sitio para dormir. Nos gustaría que nos dieran la llave de la ciudad, o algo parecido, y que alguien nos estrechara la mano y nos dijera: “¡Bravo!” y “¡Enhorabuena, amigos!” Eso es todo.

El señor lii era alto, vaporoso, delgado, y llevaba unas gafas de gruesos cristales azules sobre los ojos amarillos. Se inclinó sobre el escritorio y se puso a estudiar unos papeles. De cuando en cuando alzaba la vista y observaba con atención a sus visitantes.

-No creo tener aquí los formularios -dijo revolviendo los cajones del escritorio-. ¿Dónde los habré puesto? Deben de estar en alguna parte… ¡Ah, sí, aquí! -le alcanzó al capitán unos papeles-. Tendrá usted que firmar, por supuesto.

-¿Tenemos que pasar por tantas complicaciones? -preguntó el capitán.

El señor Iii le lanzó una mirada vidriosa.

-¿No dice que viene de la Tierra? Pues tiene que firmar.

El capitán escribió su nombre.

-¿Es necesario que firmen también los tripulantes?

El señor Iii miró al capitán, luego a los otros tres, y estalló en una carcajada burlona.

-¡Que ellos firmen! ¡Ah, admirable! ¡Que ellos, oh, que ellos firmen! -los ojos se le llenaron de lágrimas. Se palmeó una rodilla y se dobló en dos sofocado por la risa. Se apoyó en el escritorio-. ¡Que ellos firmen!

Los cuatro hombres fruncieron el ceño.

-¿Es tan gracioso?

-¡Que ellos firmen! -suspiró el señor Iii, debilitado por su hilaridad-. Tiene gracia. Debo contárselo al señor Xxx.

Examinó el formulario, riéndose aún a ratos.

-Parece que todo está bien -movió afirmativamente la cabeza-. Hasta su conformidad para una posible eutanasia -cloqueó.

-¿Conformidad para qué?

-Cállese. Tengo algo para usted. Aquí está. La llave.

El capitán se sonrojó.

-Es un gran honor…

-¡No es la llave de la ciudad, imbécil! -ladró el señor Iii-. Es la de la casa. Vaya por aquel pasillo, abra la puerta grande, entre y cierre bien. Puede pasar allí la noche. Por la mañana le mandaré al señor Xxx.

El capitán titubeó, tomó la llave y se quedó mirando fijamente las tablas del piso. Sus hombres tampoco se movieron. Parecían secos, vacíos, como si hubiesen perdido toda la pasión y fiebre del viaje.

-¿Qué le pasa? -preguntó el señor Iii-. ¿Qué espera? ¿Qué quiere? -se adelantó y estudió de cerca el rostro del capitán-. ¡Váyase!

-Me figuro que no podría usted… -sugirió el capitán-, quiero decir… En fin… Hemos trabajado mucho, hemos hecho un largo viaje y quizá pudiera usted estrecharnos la mano y darnos la enhorabuena -añadió con voz apagada-. ¿No le parece?

El señor Iii le tendió rígidamente la mano y le sonrió con frialdad.

-¡Enhorabuena! -y apartándose dijo-: ahora tengo que irme. Utilice esa llave.

Sin fijarse más en ellos, como si se hubieran filtrado a través del piso, el señor Iii anduvo de un lado a otro por la habitación, llenando con papeles una cartera. Se entretuvo en la oficina otros cinco minutos, pero sin dirigir una sola vez la palabra al solemne cuarteto inmóvil, cabizbajo, de piernas de plomo, brazos colgantes y mirada apagada.

Al fin cruzó la puerta, absorto en la contemplación de sus uñas…

Avanzaron pesadamente por el pasillo, en la penumbra silenciosa de la tarde, hasta llegar a una pulida puerta de plata. La abrieron con la llave, también de plata, entraron, cerraron y se volvieron.

Estaban en un vasto aposento soleado. Sentados o de pie, en grupos, varios hombres y mujeres conversaban junto a las mesas. Al oír el ruido de la puerta miraron a los cuatro hombres de uniforme.

Un marciano se adelantó y los saludó con una reverencia.

-Yo soy el señor Uuu.

-Y yo soy el capitán Jonathan Williams, de la ciudad de Nueva York, de la Tierra -dijo el capitán sin mucho entusiasmo.

Inmediatamente hubo una explosión en la sala.

Los muros temblaron con los gritos y exclamaciones. Hombres y mujeres gritando de alegría, derribando las mesas, tropezando unos con otros, corrieron hacia los terrestres y, levantándolos en hombros, dieron seis vueltas completas a la sala, saltando, gesticulando y cantando.

Los terrestres estaban tan sorprendidos que durante un minuto se dejaron llevar por aquella marea de hombros antes de estallar en risas y gritos.

-¡Esto se parece más a lo que esperábamos!

-¡Esto es vida! ¡Bravo! ¡Bravo!

Se guiñaban alegremente los ojos, alzaban los brazos, golpeaban el aire.

-¡Hip! ¡Hip! -gritaban.

-¡Hurra! -respondía la muchedumbre.

Al fin los pusieron sobre una mesa. Los gritos cesaron. El capitán estaba a punto de llorar:

-Gracias. Gracias. Esto nos ha hecho mucho bien.

-Cuéntenos su historia -sugirió el señor Uuu.

El capitán carraspeó y habló, interrumpido por los ¡oh! y ¡ah! del auditorio. Presentó a sus compañeros, y todos pronunciaron un discursito, azorados por el estruendo de los aplausos.

El señor Uuu palmeó al capitán.

-Es agradable ver a otros de la Tierra. Yo también soy de allí.

-¿Qué ha dicho usted?

-Aquí somos muchos los terrestres.

El capitán lo miró fijamente.

-¿Usted? ¿Terrestre? ¿Es posible? ¿Vino en un cohete? ¿Desde cuándo se viaja por el espacio? -parecía decepcionado-. ¿De qué… de qué país es usted?

-De Tuiereol. Vine hace años en el espíritu de mi cuerpo.

-Tuiereol -el capitán articuló dificultosamente la palabra-. No conozco ese país. ¿Qué es eso del espíritu del cuerpo?

-También la señorita Rrr es terrestre. ¿No es cierto, señorita Rrr?

La señorita Rrr asintió con una risa extraña.

-También el señor Www, el señor Qqq y el señor Vvv.

-Yo soy de Júpiter -dijo uno pavoneándose.

-Yo de Saturno -dijo otro. Los ojos le brillaban maliciosamente.

-Júpiter, Saturno -murmuró el capitán, parpadeando.

Todos callaron; los marcianos, ojerosos, de pupilas amarillas y brillantes, volvieron a agruparse alrededor de las mesas de banquete, extrañamente vacías. El capitán observó, por primera vez, que la habitación no tenía ventanas. La luz parecía filtrarse por las paredes. No había más que una puerta.

-Todo esto es confuso. ¿Dónde diablos está Tuiereol? ¿Cerca de Estados Unidos? -preguntó el capitán.

-¿Que es Estados Unidos?

-¿No ha oído hablar del continente norteamericano y dice que es terrestre?

El señor Uuu se irguió enojado.

-La Tierra está cubierta de mares, es solo mar. No hay continentes. Yo soy de allí y lo sé.

El capitán se echó hacia atrás en su silla.

-Un momento, un momento. Usted tiene cara de marciano, ojos amarillos, tez morena.

-La Tierra es solo selvas -dijo orgullosamente la señorita Rrr-. Yo soy de Orri, en la Tierra; una civilización donde todo es de plata.

El capitán miró sucesivamente al señor Uuu, al señor Www, al señor Zzz, al señor Nnn, al señor Hhh y al señor Bbb, y vio que los ojos amarillos se fundían y apagaban a la luz, y se contraían y dilataban. Se estremeció, se volvió hacia sus hombres y los miró sombríamente.

-¡Comprenden qué es esto?

-¿Qué, señor?

-No es una celebración -contestó agotado el capitán-. No es un banquete. Estas gentes no son representantes del gobierno. Esta no es una fiesta de sorpresa. Mírenles los ojos. Escúchenlos.

Retuvieron el aliento. En la sala cerrada solo había un suave movimiento de ojos blancos.

-Ahora entiendo -dijo el capitán con voz muy lejana- por qué todos nos daban papelitos y nos pasaban de uno a otro, y por qué el señor Iii nos mostró un pasillo y nos dio una llave para abrir una puerta y cerrar una puerta. Y aquí estamos…

-¿Dónde, capitán?

-En un manicomio.

Era de noche. En la vasta sala silenciosa, tenuemente alumbrada por unas luces ocultas en los muros transparentes, los cuatro terrestres, sentados alrededor de una mesa de madera, conversaban en voz baja, con los rostros juntos y pálidos. Hombres y mujeres yacían desordenadamente por el suelo. En los rincones oscuros había leves estremecimientos: hombres o mujeres solitarios que movían las manos. Cada media hora uno de los terrestres intentaba abrir la puerta de plata.

-No hay nada que hacer. Estamos encerrados.

-¿Creen realmente que somos locos, capitán?

-No hay duda. Por eso no se entusiasmaron al vernos. Se limitaron a tolerar lo que entre ellos debe de ser un estado frecuente de psicosis -señaló las formas oscuras que yacían alrededor-. Paranoicos todos. ¡Qué bienvenida! -una llamita se alzó y murió en los ojos del capitán-. Por un momento creí que nos recibían como merecíamos. Gritos, cantos y discursos. Todo estuvo muy bien, ¿no es cierto? Mientras duró.

-¿Cuánto tiempo nos van a tener aquí?

Hasta que demostremos que no somos sicópatas.

-Eso será fácil.

-Espero que sí.

-No parece estar muy seguro

-No lo estoy. Mire aquel rincón.

De la boca de un hombre en cuclillas brotó una llama azul. La llama se transformó en una mujercita desnuda, y susurrando y suspirando se abrió como una flor en vapores de color cobalto.

El capitán señaló otro rincón. Una mujer, de pie, se encerró en una columna de cristal; luego fue una estatua dorada, después una vara de cedro pulido, y al fin otra vez una mujer.

En la sala oscurecida todos exhalaban pequeñas llamas violáceas móviles y cambiantes, pues la noche era tiempo de transformaciones y aflicción.

-Magos, brujos -susurró un terrestre.

-No, alucinados. Nos comunican su demencia y vemos así sus alucinaciones. Telepatía. Autosugestión y telepatía.

-¿Y eso le preocupa, capitán?

-Sí. Si esas alucinaciones pueden ser tan reales, tan contagiosas, tanto para nosotros como para cualquier otra persona, no es raro que nos hayan tomado por sicópatas. Si aquel hombre es capaz de crear mujercitas de fuego azul, y aquella mujer puede transformarse en una columna, es muy natural que los marcianos normales piensen que también nosotros hemos creado nuestro cohete.

-Oh -exclamaron sus hombres en la oscuridad.

 

 

Las llamas azules brotaban alrededor de los terrestres, brillaban un momento y se desvanecían. Unos diablillos de arena roja corrían entre los dientes de los hombres dormidos. Las mujeres se transformaban en serpientes aceitosas. Había un olor de reptiles y bestias.

Por la mañana todos estaban de pie, frescos, contentos y normales. No había llamas ni demonios. El capitán y sus hombres se habían acercado a la puerta de plata, con la esperanza de que se abriera.

El señor Xxx llegó unas cuatro horas después. Los terrestres sospecharon que había estado esperando del otro lado de la puerta, espiándolos por lo menos durante tres horas. Con un gesto les pidió que lo acompañaran a una oficina pequeña.

Era un hombre jovial, sonriente, si se le juzgaba por su máscara. En ella estaban pintadas no una sonrisa, sino tres.

Detrás de la máscara, su voz era la de un siquiatra no tan sonriente.

-Y bien, ¿qué pasa?

-Usted cree que estamos locos, y no lo estamos -dijo el capitán.

-Yo no creo que todos estén locos -replicó el siquiatra señalando con una varita al capitán-. El único loco es usted. Los otros son alucinaciones secundarias.

El capitán se palmeó una rodilla.

-¡Ah, es eso! ¡Ahora comprendo por qué se rió el señor Iii cuando sugerí que mis hombres firmaran los papeles!

El siquiatra rió a través de su sonrisa tallada.

-Sí, ya me lo contó el señor Iii. Fue una broma excelente. ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí. Alucinaciones secundarias. A veces vienen a verme mujeres con culebras en las orejas. Cuando las curo, las culebras se disipan.

-Nosotros nos alegraremos de que nos cure. Siga.

El señor Xxx pareció sorprenderse.

-Es raro. No son muchos los que quieren curarse. Le advierto a usted que el tratamiento es muy severo.

-¡Siga curándonos! Pronto sabrá que estamos cuerdos.

-Permítame que examine sus papeles. Quiero saber si están en orden antes de iniciar el tratamiento -el señor Xxx examinó el contenido de una carpeta-. Sí. Los casos como el suyo necesitan un tratamiento especial. Las personas de aquella sala son casos muy simples. Pero cuando se llega como usted, debo advertírselo, a alucinaciones primarias, secundarias, auditivas, olfativas y labiales, y a fantasías táctiles y ópticas, el asunto es grave. Es necesario recurrir a la eutanasia.

El capitán se puso en pie de un salto y rugió:

-Mire, ¡ya hemos aguantado bastante! ¡Sométanos a sus pruebas, verifique los reflejos, auscúltenos, exorcícenos, pregúntenos!

-Hable libremente.

El capitán habló, furioso, durante una hora. El siquiatra escuchó.

-Increíble. Nunca oí fantasía onírica más detallada.

-¡No diga estupideces! ¡Le enseñaremos nuestro cohete! -gritó el capitán.

-Me gustaría verlo. ¿Puede usted manifestarlo en esa habitación?

-Por supuesto. Está en ese fichero, en la letra C.

El señor Xxx examinó atentamente el fichero, emitió un sonido de desaprobación y lo cerró solemnemente.

-¿Por qué me ha engañado usted? El cohete no está aquí.

-Claro que no, idiota. Ha sido una broma. ¿Bromea un loco?

-Tiene usted unas bromas muy raras. Bueno, salgamos. Quiero ver su cohete.

Era mediodía. Cuando llegaron al cohete hacía mucho calor.

-Ajá.

El siquiatra se acercó a la nave y la golpeó. El metal resonó suavemente.

-¿Puedo entrar? -preguntó con picardía.

-Entre.

El señor Xxx desapareció en el interior del cohete.

-Esto es exasperante -dijo el capitán, mordisqueando un cigarro-. Volvería gustoso a la Tierra y les aconsejaría no ocuparse más de Marte. ¡Qué gentes más desconfiadas!

-Me parece que aquí hay muchos locos, capitán. Por eso dudan tanto quizá.

-Sí, pero es muy irritante.

El siquiatra salió de la nave después de hurgar, golpear, escuchar, oler y gustar durante media hora.

-Y bien, ¿está usted convencido? -gritó el capitán como si el señor Xxx fuera sordo.

El siquiatra cerró los ojos y se rascó la nariz.

-Nunca conocí ejemplo más increíble de alucinación sensorial y sugestión hipnótica. He examinado el “cohete”, como lo llama usted -golpeó la coraza. -Lo oigo. Fantasía auditiva. -Aspiró. -Lo huelo. Alucinación olfativa inducida por telepatía sensorial. -Acercó sus labios al cohete. -Lo gusto. Fantasía labial.

El siquiatra estrechó la mano del capitán:

-¿Me permite que lo felicite? ¡Es usted un genio sicópata! Ha hecho usted un trabajo completo. La tarea de proyectar una imaginaria vida sicópata en la mente de otra persona por medio de la telepatía, y evitar que las alucinaciones se vayan debilitando sensorialmente, es casi imposible. Las gentes de mi pabellón se concentran habitualmente en fantasías visuales, o cuando más en fantasías visuales y auditivas combinadas. ¡Usted ha logrado una síntesis total! ¡Su demencia es hermosísimamente completa!

El capitán palideció:

-¿Mi demencia?

-Sí. Qué demencia más hermosa. Metal, caucho, gravitadores, comida, ropa, combustible, armas, escaleras, tuercas, cucharas. He comprobado que en su nave hay diez mil artículos distintos. Nunca había visto tal complejidad. Hay hasta sombras debajo de las literas y debajo de todo. ¡Qué poder de concentración! Y todo, no importan cuándo o cómo se pruebe, tiene olor, solidez, gusto, sonido. Permítame que lo abrace -el psiquiatra abrazó al capitán-. Consignaré todo esto en lo que será mi mejor monografía. El mes que viene hablaré en la Academia Marciana. Mírese. Ha cambiado usted hasta el color de sus ojos, del amarillo al azul, y la tez de morena a sonrosada. ¡Y su ropa, y sus manos de cinco dedos en vez de seis! ¡Metamorfosis biológica a través del desequilibrio psicológico! Y sus tres amigos…

El señor Xxx sacó un arma pequeña:

-Es usted incurable, por supuesto. ¡Pobre hombre admirable! Muerto será más feliz. ¿Quiere usted confiarme su última voluntad?

-¡Quieto, por Dios! ¡No haga fuego!

-Pobre criatura. Lo sacaré de esa miseria que lo llevó a imaginar este cohete y estos tres hombres. Será interesantísimo ver cómo sus amigos y su cohete se disipan en cuanto yo lo mate. Con lo que observe hoy escribiré un excelente informe sobre la disolución de las imágenes neuróticas.

-¡Soy de la Tierra! Me llamo Jonathan Williams y estos…

-Sí, ya lo sé -dijo suavemente el señor Xxx, y disparó su arma.

El capitán cayó con una bala en el corazón. Los otros tres se pusieron a gritar.

El señor Xxx los miró sorprendido.

-¿Siguen ustedes existiendo? ¡Soberbio! Alucinaciones que persisten en el tiempo y en el espacio -apuntó hacia ellos-. Bien, los disolveré con el miedo.

-¡No! -gritaron los tres hombres.

-Petición auditiva, aun muerto el paciente -observó el señor Xxx mientras los hacía caer con sus disparos.

Quedaron tendidos en la arena, intactos, inmóviles. El señor Xxx los tocó con la punta del pie y luego golpeó la coraza del cohete.

-¡Persiste! ¡Persisten! -exclamó y disparó de nuevo su arma, varias veces, contra los cadáveres. Dio un paso atrás. La máscara sonriente se le cayó de la cara.

-Alucinaciones -murmuró aturdidamente-. Gusto. Vista. Olor. Tacto. Sonido.

El rostro del menudo siquiatra cambió lentamente. Se le aflojaron las mandíbulas. Soltó el arma. Miró alrededor con ojos apagados y ausentes. Extendió las manos como un ciego y palpó los cadáveres, sintiendo que la saliva le llenaba la boca.

Movió débilmente las manos, desorbitado, babeando.

-¡Váyanse! -les gritó a los cadáveres-. ¡Váyase! -le gritó al cohete.

Se examinó las manos temblorosas.

-Contaminado -susurró-. Víctima de una transferencia. Telepatía. Hipnosis. Ahora soy yo el loco. Contaminado. Alucinaciones en todas sus formas -se detuvo y con manos entumecidas buscó a su alrededor el arma-. Hay solo una cura, solo una manera de que se vayan, de que desaparezcan.

Se oyó un disparo.

Los cuatro cadáveres yacían al sol; el señor Xxx cayó junto a ellos.

El cohete, reclinado en la colina soleada, no desapareció.

Cuando en el ocaso del día la gente del pueblo encontró el cohete, se preguntó qué sería aquello. Nadie lo sabía; por lo tanto fue vendido a un chatarrero, que se lo llevó para desmontarlo y venderlo como hierro viejo.

Aquella noche llovió continuamente. El día siguiente fue bueno y caluroso.

FIN

 

*****

 

 

[6] Remedio para melancólicos

Ray Bradbury

 

-Busquen ustedes unas sanguijuelas, sángrenla -dijo el doctor Gimp.

-Si ya no le queda sangre -se quejó la señora Wilkes-. Oh, doctor ¿qué mal aqueja a nuestra Camila?

-Camila no se siente bien.

-¿Sí, sí?

El buen doctor funció el ceño.

-Camila está decaída.

-¿Qué más, qué más?

-Camila es la llama trémula de una bujía, y no me equivoco.

-Ah, doctor Gimp -protestó el señor Wilkes-. Se despide diciendo lo que dijimos nosotros cuando usted llegó.

-¡No, más, más! Denle estas píldoras al alba, al mediodía y a la puesta de sol. ¡Un remedio soberano!

-Condenación. Camila está harta de remedios soberanos.

-Vamos, vamos. Un chelín y me vuelvo escaleras abajo.

-¡Baje pues, y haga subir al demonio!

El señor Wilkes puso una moneda en la mano del buen doctor.

El médico, jadeando, aspirando rapé, estornudando, se lanzó a las bulliciosas calles de Londres, en una húmeda mañana de la primavera de 1762.

El señor y la señora Wilkes se volvieron hacia el lecho donde yacía la dulce Camila, pálida, delgada, sí, pero no por eso menos hermosa, de inmensos y húmedos ojos lilas, la cabellera un río de oro sobre la almohada.

-Oh -Camila sollozaba casi-. ¿Qué será de mí? Desde que llegó la primavera, tres semanas atrás, soy un fantasma en el espejo: me doy miedo. Pensar que moriré sin haber cumplido veinte años.

-Niña -dijo la madre-, ¿qué te duele?

-Los brazos, las piernas, el pecho, la cabeza. Cuántos doctores, ¿seis? Todos me dieron vuelta como una chuleta en un asador. Basta ya. Por Dios, déjenme morir intacta.

-Qué mal terrible, qué mal misterioso -dijo la madre-. Oh, señor Wilkes, hagamos algo.

-¿Qué? -preguntó el señor Wilkes, enojado-. ¿Olvídate del médico, el boticario, el cura, ¡y amén! Me han vaciado el bosillo. Qué quieres, ¿qué corra a la calle y traiga al barrendero?

-Sí -dijo una voz.

Los tres se volvieron, asombrados.

-¡Cómo!

Se habían olvidado totalmente de Jaime, el hermano menor de Camila. Asomado a una ventana distante, se escarbaba los dientes, y contemplaba la llovizna y el bullicio de la ciudad.

-Hace cuatrocientos años -dijo Jaime con calma- se ensayó, y con éxito. No llamemos al barrendero, no, no. Alcen a Camila, con cama y todo, llévenla abajo y déjenla en la calle, junto a la puerta.

-¿Por qué? ¿Para qué?

-En una hora desfilan mil personas por la puerta -los ojos le brincaban a Jaime mientras contaba-. En un día, pasan veinte mil personas a la carrera, cojeando o cabalgando. Todos verán a mi hermana enferma, todos le contarán los dientes, le tirarán de las orejas, y todos, todos, sí, ofrecerán un remedio soberano. Y uno de esos remedios puede ser el que ella necesita.

-Ah -dijo el señor Wilkes, perplejo.

-Padre -dijo Jaime sin aliento-. ¿Conociste alguna vez a una hombre que no creyera ser el autor de la Materia Médica? Este ungüento verde para el ardor de garganta, aquella cataplasma de grasa de buey para la gangrena o la hinchazón. Pues bien, ¡hay diez mil boticarios que se nos escapan, toda una sabiduría que se nos pierde!

-Jaime, hijo, eres increíble.

-¡Cállate! -dijo la señora Wilkes-. Ninguna hija mía será puesta en exhibición en esta ni en ninguna calle…

-¡Vamos, mujer! -dijo el señor Wilkes-. Camila se derrite como un copo de nieve y dudas en sacarla de este cuarto caldeado. Jaime, ¡levanta la cama!

La señora Wilkes se volvió hacia su hija.

-¿Camila?

-Me da lo mismo morir en la intemperie -dijo Camila- donde la brisa fresca me acariciará los bucles cuando yo…

-¡Tonterías! -dijo el padre-. No te morirás. Jaime, ¡arriba! ¡Ajá! ¡Eso es! ¡Quítate del paso, mujer! Arriba, hijo, ¡más alto!

-Oh -exclamó débilmente Camila-. Estoy volando, volando…

De pronto, un cielo azul se abrió sobre Londres. La población, sorprendida, se precipitó a la calle, deseosa de ver, hacer, comprar alguna cosa. Los ciegos cantaban, los perros bailoteaban, los payasos cabriolaban, los niños dibujaban rayuelas y se arrojaban pelotas como si fuera un tiempo de carnaval.

En medio de todo este bullicio, tambaleándose, con las caras encendidas, Jaime y el señor Wilkes transportaban a Camila, que navegaba como una papisa allá arriba, en la cama-berlina, con los ojos cerrados, orando.

-¡Cuidado! -gritó la señora Wilkes-. ¡Ah, está muerta! No. Allí. Bájenla suavemente…

Por fin la cama quedó apoyada contra el frente de la casa, de modo que el río de humanidad que pasaba por allí pudiese ver a Camila, una muñeca Bartolemy grande y pálida, puesta al sol como un trofeo.

-Trae pluma, tinta y papel, muchacho -dijo el padre-. Tomaré nota de los síntomas y de los remedios. Los estudiaremos a la noche. Ahora…

Pero ya un hombre entre la multitud contemplaba a Camila con mirada penetrante.

-¡Está enferma! -dijo.

-Ah -dijo el señor Wilkes, alegremente-. Ya empieza. La pluma, hijo. Listo. ¡Adelante, señor!

-No se siente bien -el hombre frunció el ceño-. Está decaída…

-No se siente bien… Está decaída… -escribió el señor Wilkes, y de pronto se detuvo-. ¿Señor? -Lo miró con desconfianza.- ¿Es usted médico?

-Sí, señor.

-¡Me pareció haber oído esas palabras! Jaime, toma mi bastón, ¡échalo de aquí! ¡Fuera, señor, fuera!

Ya el hombre se alejaba blasfemando, terriblemente exasperado.

-No se siente bien, y está decaída… ¡bah! -imitó el señor Wilkes, y se detuvo. Pues ahora una mujer alta y delgada como un espectro recién salido de la tumba, señalaba con un dedo a Camila Wilkes.

-Vapores -entonó.

-Vapores -escribió el señor Wilkes, satisfecho.

-Fluido pulmonar -canturreó la mujer.

-¡Fluido pulmonar! -escribió el señor Wilkes, radiante-. Bueno, esto está mejor.

-Necesita un remedio para la melancolía -dijo la mujer débilmente-. ¡Hay en esta casa tierra de momias para hacer una pócima? Las mejores momias son las egipcias, árabes, hirasfatas, libias, todas muy útiles para los trastornos magnéticos. Pregunten por mí, la Gitana, en Flodden Road. Vendo piedra perejil, incienso macho…

-Flodden Road, piedra perejil… ¡más despacio, mujer!

-Opobálsamo, valeriana póntica…

-¡Aguarda, mujer! ¡Opobálsamo, sí! ¡Que no se vaya, Jaime!

Pero la mujer se escabulló, nombrando medicamentos.

Un muchacha de no más de diecisiete años, se acercó y observó a Camila Wilkes.

-Está…

-¡Un momento! -el señor Wilkes escribía febrilmente-. Trastornos magnéticos, valeriana póntica.

-¡Diantre! Bueno, niña, ya. ¿Qué ves en el rostro de mi hija? La miras fijamente, respiras apenas. ¿Bueno?

-Está… -la extraña joven escudriñó profundamente los ojos de Camila y balbuceó-. Sufre de… de…

-¡Dilo de una vez!

-Sufre de… de… ¡oh!

Y la joven, con una última mirada de honda simpatía, se perdió en la multitud.

-¡Niña tonta!

-No, papá -murmuró Camila, con los ojos muy abiertos-. Nada tonta. Veía. Sabía. Oh, Jaime, corre a buscarla, ¡dile que te explique!

-¡No, no ofreció nada! En cambio la gitana, ¡mira su lita!

-Ya sé, papá.

Camila, más pálida que nunca, cerró los ojos.

Alguien carraspeó.

Un carnicero, de delantal ensangrentado como un campo de batalla, se atusaba el mostacho fiero.

-He visto vacas con esa mirada -dijo-. Las curé con aguardiente y tres huevos frescos. En invierno yo mismo me curo con este elixir…

-¡Mi hija no es una vaca, señor! -el señor Wilkes dejó caer la pluma-. ¡Tampoco es carnicero, y estamos en primavera! ¡Apártese, señor! ¡Hay gente que espera!

Y en verdad, ahora una inmensa multitud, atraída por los otros, clamaba queriendo aconsejar una pócima favorita, o recomendar un sitio campestre donde llovía menos y había más sol que en toda Inglaterra o en el Sur de Francia. Ancianos y ancianas, doctos como todos los viejos, se atropellaban unos a otros en una confusión de bastones, en falanges de muletas y de báculos.

-¡Atrás! ¡Atrás! -gritó, alarmada, la señora Wilkes-. ¡Aplastarán a mi hija como una cereza tierna!

-¡Fuera de aquí!

Jaime tomó los báculos y muletas y los lanzó por encima de la multitud, que se alejó en busca de los miembros perdidos.

-Padre, me desmayo, me desmayo -musitó Camila.

-¡Padre! -exclamó Jaime-. Sólo hay un medio de impedir este tumulto. ¡Cobrarles! ¡Que paguen por opinar sobre esta dolencia!

-Jaime, ¡tú sí que eres mi hijo! Pronto, muchacho, ¡pinta un letrero! ¡Escuchen, señoras y señores! ¡Dos peniques! ¡A la cola, por favor, formen fila! Dos peniques por cada consejo. Muestren el dinero, ¡así! Eso es. Usted, señor. Usted, señora. Y usted, señor. ¡Y ahora la pluma! ¡Comencemos!

El gentío bullía como un mar encrespado.

Camila abrió un ojo y volvió a desmayarse.

Crepúsculo, las calles casi desiertas, sólo algunos vagabundos. Se oyó un tintineo familiar y los párpados de Camila temblaron como alas de mariposa.

-¡Trescientos noventa y nueve, cuatrocientos peniques!

El señor Wilkes echó en la alforja la última moneda de plata.

-¡Listo!

-Tendré un coche fúnebre hermoso y negro -dijo la joven pálida.

-¡Cállate! ¿Quién pudo imaginar, oh familia mía, que tanta gente, doscientos, pagaría por darnos su opinión?

-Sí -dijo la señora Wilkes-. Esposas, maridos, hijos, todos hacen oídos sordos, nadie escucha a nadie. Por eso pagan de buen grado a quien los escucha. Pobrecitos, todos creyeron hoy que ellos y sólo ellos conocía la angina, la hidropesía, el muermo, sabían distinguir la baba de la urticaria. Y así hoy somos ricos, y doscientas personas se sienten felices, luego de haber descargado frente a nuestra puerta toda su ciencia médica.

-Cielos, costó trabajo alejarlos. Al fin se fueron, mordisqueando como cachorros.

-Lee la lista, padre -dijo Jaime-. De las doscientas medicinas, ¿cuál será la verdadera?

-No importa -murmuró Camila, suspirando-. Oscurece ya, y esos nombres me revuelven el estómago. Quisiera ir arriba.

-Sí, querida. ¡Jaime, ayúdame!

-Por favor -dijo una voz.

Los hombres que ya se encorvaban, se irguieron para mirar.

El que había hablado era un barrendero de apariencia y estatura ordinarias, de cara de hollín, y en medio de la cara dos ojos azules y traslúcidos y la hendidura blanca de una sonrisa de marfil. De las mangas, de los pantalones, cada vez que se movía, o hablaba con voz serena, o gesticulaba, brotaba una nube de polvo.

-No pude llegar antes a causa del gentío -dijo el hombre, que tenía en las manos una gorra sucia-. Iba ya para casa y decidí venir. ¿He de pagar?

-No, barrendero, no es necesario -dijo Camila.

-Espera… -protestó el señor Wilkes.

Pero Camila lo miró dulcemente y el señor Wilkes calló.

-Gracias, señora. -La sonrisa del barrendero resplandeció como un rayo de sol en el crepúsculo-. Tengo un solo consejo.

Miraba a Camila. Camila lo miraba.

-¿No es hoy la noche de san Bosco, señor, señora?

-¿Quién lo sabe? ¡Yo no, señor! -dijo el señor Wilkes.

-Yo creo que es la noche de san Bosco, señor. Y además, es noche de plenilunio. Pues bien -prosiguió el barrendero humildemente, sin poder apartar la mirada de la hermosa joven enferma-, tienen que dejar a la hija de ustedes a la luz de esta luna creciente.

-¡A la intemperie y a la luz de la luna! -exclamó la señora Wilkes.

-¡No vuelve lunáticos a los hombres? -preguntó Jaime.

-Perdón, señor -el barrendero hizo una reverencia-. Pero la luna llena cura a todos los animales enfermos, ya sean humanos o simples bestias del campo. El plenilunio es un color sereno, una caricia reposada, y modela delicadamente el espíritu, y también el cuerpo.

-Pero, ¿y si llueve? -dijo la madre, inquieta.

-Lo juro -prosiguió rápidamente el barrendero-. Mi hermana padecía de esta misma desmayada palidez. Una noche de primavera la dejamos como una maceta de lirios, a la luz de la luna. Ahora vive en Sussex, verdadero espejo de la salud recobrada.

-¡Salud recobrada! ¡Plenilunio! Y no nos costará un solo penique de los cuatrocientos que nos dieron hoy, madre, Jaime, Camila.

-¡No! -dijo la señora Wilkes-. No lo permitiré.

-Madre -dijo Camila, mirando ansiosamente al barrendero.

El barrendero de cara tiznada contemplaba a Camila, y su sonrisa era como una cimitarra en la oscuridad.

-Madre -dijo Camila-. Es un presentimiento. La luna me curará, sí, sí.

La madre suspiró.

-Éste no es mi día, ni mi noche. Déjame besarte por última vez, entonces. Así.

Y la madre entró en la casa.

El barrendero se alejaba ahora, haciendo corteses reverencias.

-Toda la noche, entonces, recuérdenlo, a la luz de la luna, y que nadie las moleste hasta el alba. Que duerma usted bien, señorita. Sueñe, y sueñe lo mejor. Buenas noches.

El hollín se desvaneció en el hollín; el hombre desapareció.

El señor Wilkes y Jaime besaron la frente de Camila.

-Padre, Jaime -dijo la joven-. No hay por qué preocuparse.

Camila quedó sola, mirando fijamente a lo lejos.

Allá, en la oscuridad, parecía que una sonrisa titilaba, se apagaba, y se encendía otra vez, y luego se perdía en una esquina.

Camila aguardó a que saliera la luna.

La noche en Londres, voces soñolientas en las tabernas, portazos, despedidas de borrachos, tañidos de relojes. Camila vio una gata que se deslizaba como una mujer envuelta en pieles; vio una mujer que se deslizaba como una gata, sabias las dos, silenciosas, egipcias, oliendo a especias. Cada cuarto de hora llegaba desde la casa una voz:

-¿Estás bien, hija?

-Sí, padre.

-¿Camila?

-Madre, Jaime, estoy muy bien.

Y al fin:

-Buenas noches.

-Buenas noches.

Se apagaron las últimas luces. La ciudad dormía. La luna se asomó.

 

 

Y a medida que la luna subía, los ojos de Camila se agrandaba y miraban las alamedas, los patios, las calles, hasta que por fin, a media noche, la luna iluminó a Camila, y la muchacha fue como una figura de mármol sobre una tumba antigua.

Un movimiento en la oscuridad.

Camila aguzó el oído.

Una suave melodía brotaba del aire.

Un hombre esperaba en la calle sombría.

Camila contuvo el aliento.

El hombre avanzó hacia la luz de la luna, tañendo suavemente un laúd. Era un hombre bien vestido, de rostro hermoso, y, al menos ahora, solemne.

-Un trovador -dijo en voz alta Camila.

El hombre, con un dedo sobre los labios, se acercó silenciosamente, y se detuvo pronto junto al lecho.

-¿Qué hace aquí, señor, a estas horas? -preguntó la joven. No sabía por qué, pero no tenía miedo.

-Un amigo me envió a ayudarte.

El hombre rozó las cuerdas del laúd, que canturrearon dulcemente. Era hermoso, en verdad, envuelto en aquella luz de plata.

-Eso no puede ser -dijo Camila-. Me dijeron que la luna me curaría.

-Y lo hará, doncella.

-¿Qué canciones canta usted?

-Canciones de noches de primavera, de dolores y males sin nombre. ¿Quieres que nombre tu mal, doncella?

-Si lo sabe…

-Ante todo, los síntomas: fiebres violentas, fríos súbitos, pulso rápido y luego lento, arranques de cólera, luego una calma dulcísima, accesos de ebriedad luego de beber agua de pozo, vértigos cuando te tocan así, nada más…

El hombre rozó la muñeca de Camila, que cayó en un delicioso abandono.

-Depresiones, arrebatos -prosiguió el hombre-. Sueños…

-¡Basta! -exclamó Camila, fascinada-. Me conoce usted al dedillo. Nombre mi mal, ¡ahora!

-Lo haré -el hombre apoyó los labios en la palma de la mano de Camila, y la joven se estremeció violentamente-. Tu mal se llama Camila Wilkes.

-Qué extraño -Camila tembló, y en los ojos le brilló un fuego de lilas-. ¿De modo que soy mi propia dolencia? ¡Qué daño me hago! Ahora mismo, sienta mi corazón.

-Lo siento, sí.

-Los brazos, las piernas, arden con el calor del verano.

-Sí. Me queman los dedos.

-Y ahora, el viento nocturno, mire cómo tiemblo, ¡de frío! Me muero, me muero, ¡lo juro!

-No dejaré que te mueras -dijo el hombre en voz baja.

-¿Es usted doctor, entonces?

-No, soy sólo tu médico, tu médico vulgar y común, como esa otra persona que hoy adivinó tu mal.

La muchacha que iba a nombrarlo y se perdió en la multitud.

-Sí. Vi en sus ojos que ella sabía. Pero ahora me castañetean los dientes. Y no tengo manta con qué cubrirme.

-Déjame sitio, por favor. Así. Así. Veamos: dos brazos, dos piernas, cabeza y cuerpo. ¡Estoy todo aquí!

-Pero, señor…

-Para sacarte el frío de la noche, claro está.

-Oh, ¡si es como un hogar! Pero señor, señor, ¿no lo conozco? ¿Cómo se llama usted?

La cabeza del hombre se alzó rápidamente y echó una sombra sobre la cabeza de la joven. En el rostro del hombre resplandecían los ojos azules y cristalinos y la hendidura de marfil de la sonrisa.

-Bueno, Bosco, por supuesto -dijo.

-¡No es ése el nombre de un santo?

-Dentro de una hora me llamarás así, sin duda -acercó la cabeza. Y entonces, en el hollín de la sombra, Camila, llorando de alegría, reconoció al barrendero.

-Oh, ¡el mundo da vueltas! ¡Me siento morir! ¡El remedio, dulce doctor, o todo se habrá perdido!

-El remedio -dijo el hombre-. Y el remedio es este…

En alguna parte, los gallos cantaban. Un zapato, lanzado desde una ventana, pasó por encima de ellos y golpeó una cerca. Después todo fue silencio, y luna…

-Chist…

El alba. El señor y la señora Wilkes bajaron en puntillas las escalera y espiaron la calle.

-Muerta de frío, después de una noche terrible, ¡estoy segura!

-¡No, mujer, mira! ¡Vive! Tiene rosas en las mejillas. No, más que rosas. Duraznos, ¡cerezas! Mírala cómo resplandece, ¡toda blanca y rosada! Nuestra dulce Camila, viva y hermosa, sana una vez más.

Padre y madre se inclinaron junto al lecho de la joven dormida.

-Sonríe, está soñando. ¿Qué dice?

-El remedio -suspiró la joven-, el remedio soberano.

-¿Cómo, cómo?

La joven volvió a sonreír, en sueños, con una blanca sonrisa.

-Un remedio -murmuró-, ¡un remedio para la melancolía!

Camila abrió los ojos.

-Oh, ¡madre! ¡Padre!

-¡Hija! ¡Niña! ¡Ven arriba!

-No -Camila les tomó las manos, tiernamente-. ¿Madre? ¿Padre?

-¿Sí?

-Nadie nos verá. El sol asoma apenas. Por favor, bailemos juntos.

Resistiéndose, celebrando no sabían qué, los padres bailaron.

 

*****

 

 

[7] Vendrán lluvias suaves

Ray Bradbury

 

La voz del reloj cantó en la sala:

Tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete.

Como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío.

Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!

En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de tocineta, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.

-Hoy es 4 de agosto de 2026 -dijo una voz desde el techo de la cocina- en la ciudad de Allendale, California -repitió tres veces la fecha, como para que nadie la olvidara-. Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua, gas y electricidad.

En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.

-Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y uno!

Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacones de goma. Llovía fuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en voz baja: “Lluvia, lluvia, aléjate… zapatones, impermeables, hoy.”.

Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía. Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta y descubrió un coche con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra vez.

A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.

Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.

“Las nueve y cuarto”, cantó el reloj, “la hora de la limpieza”.

De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal. Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.

Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.

Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos -las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en cascadas.

Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.

Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa.

La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.

El mediodía.

Un perro aulló, temblando, en el balcón.

La puerta de la calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia.

Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.

El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.

Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos panqueques que llenaban la casa con aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.

Las dos, cantó una voz.

Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.

Las dos y cuarto.

El perro había desaparecido.

En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la chimenea.

Las dos y treinta y cinco.

Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de ensalada de huevo. Sonó una música.

Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.

A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.

Las cuatro y media.

Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.

Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.

De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales.

Era la hora de los niños.

Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.

Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media pulgada de ceniza blanda y gris.

Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las noches eran frescas aquí.

Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.

-Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?

La casa estaba en silencio.

-Ya que no indica lo que prefiere -dijo la voz al fin-, elegiré un poema cualquiera.

Una suave música se alzó como fondo de la voz.

-Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece…

Vendrán lluvias suaves y olores de tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba,
apenas sabrá que hemos desaparecido.


El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.

A las diez la casa empezó a morir.

Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina.

La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las llamas envolvieron el cuarto.

-¡Fuego! -gritó una voz.

Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras las voces repetían a coro:

-¡Fuego, fuego, fuego!

La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.

La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.

Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada.

El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas.

Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las cortinas.

De pronto, refuerzos.

De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de grifo brotó un líquido verde.

El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con una serpiente muerta. Y fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara y fría espuma verde.

Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.

El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.

La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorció en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador. ¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corran, corran! El calor rompió los espejos como hielos invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corran, corran, como una trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron.

En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante…

Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!

Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.

El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de humo.

En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos desayunos de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de tostadas, veinte docenas de lonjas de tocineta, que fueron devoradas por el fuego y encendieron otra vez el horno, que siseó histéricamente.

El derrumbe. El desván se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos.

Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.

La aurora se asomó débilmente por el Este. Entre las ruinas se levantaba solo una pared. Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se elevaba sobre el montón de escombros humeantes:

-Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es…

FIN

“There Will Come Soft Rains”,
Collier’s, 1950

 

 

 

 

 

 

 

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