EDUCACIÓN Y CIUDADANÍA. «El duro trabajo de pensar para saber», por Jesús Nava

HIJOS E HIJAS DE LA VIDA

Por Khalil Gibran

 

 

Y una mujer que sostenía a un niño contra su seno, dijo: Háblanos de los niños.
Y él dijo:

*

Vuestros hijos no son vuestros hijos.
Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de perpetuarse.
Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros.
Y aunque están a vuestro lado, no os pertenecen.

*

Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis cobijar sus cuerpos, pero no sus almas.
Porque sus almas viven en la casa del porvenir, que está cerrada para vosotros, aun para vuestros sueños.
Podéis esforzaros por ser parecidos a ellos, pero no busquéis hacerlos a vuestra semejanza.
Porque la Vida no se detiene ni se distrae en el ayer.

*

Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsadas hacia lo lejos.
El Arquero es quien ve el blanco en la senda del infinito y os doblega con su Poder para que su flecha vaya veloz y lejana.
Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os doblegue.
Porque, así como Él ama la flecha que vuela, ama también la estabilidad del arco y su constancia.

 

* * *

«El duro trabajo de pensar para saber»

Por Jesús Nava

Filosofiadigital.com

 

“Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe;

he aquí el verdadero saber” (Confucio)

 

En otro lugar, ya he dicho que en la Biblia -libro a cuyo estudio en profundidad he dedicado algunos años- hay, junto a otros menospreciables, incluso despreciables-, textos deliciosos que pueden ser muy inspiradores a la hora de meditar sobre los temas eternos de que se ocupan la religión, la filosofía y la ética. No porque resuelvan los problemas que atormentan a los pensadores o meditadores, sino porque los plantean y enuncian con claridad meridiana.

En un capítulo del Libro de los Salmos -colección de poesía religiosa hebrea un tanto desigual, pero que alcanza cimas de belleza espiritual que en nada desmerecen de las del premio Nobel indio Rabindranaz Tagore– su autor, Asaf, se plantea, la cuestión de la maldad humana y el desafío que supone, para el que cree en la bondad y se consagra a la práctica del bien, el observar cómo los malos “prosperan, conservan su vigor, no pasan trabajos ni sufren como los demás mortales, se mofan de los humildes y hablan con altanería de hacer violencia, alcanzan riquezas, ponen su boca contra el cielo y su lengua pasea la tierra”“Por poco resbalo -reconoce el atribulado Asaf, porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los malos”.

Y, a lo que vamos, confiesa finalmente: “Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí…”

No me disculparé por haber hecho esta larga cita, pues deseaba aclarar el origen del título que he dado a este artículo: pensar para saber. Y, de paso, explico por qué considero que el esfuerzo por comprender las cosas que nos afectan en serio es realmente un “duro trabajo”.

Nos vamos a ocupar de la mente: origen, naturaleza y funciones; pero también de su poder innato para ver con claridad las cosas como son, hasta dónde llega su capacidad de entender y qué obstáculos se oponen al verdadero conocimiento.

En cuanto que filósofos o amantes del saber, la sabiduría es nuestro santuario y la filosofía de la mente su atrio. Descalzos de prejuicios y con el debido recogimiento confiamos en que el misterio y el sentido de la vida nos sean revelados de algún modo. La sabiduría nunca defrauda a aquellos de sus hijos que la aman y veneran con constancia.

De las falacias, los sofismas y las soflamas filosófico-morales o religiosos, que agitan o apocan los ánimos, nos ocupamos en otra sección. Allí ya hemos denunciado algunos de los errores intelectuales más comunes en el pensamiento académico convencional, como es el caso del escepticismo.

Frente a quienes se han rendido con armas y bagajes ante la flojera del pensamiento débil, que parece sentirse orgulloso de su incapacidad de saber o entender, declaramos con Spinoza, sin necesidad de caer en dogmatismos insolentes, que “nosotros, al menos, sabemos que algo sabemos”. O como el mismo Confucio advirtió a los que pretenden impresionar a la audiencia alegando que ellos no saben nada: “Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; he aquí el verdadero saber”.

Así que nada de arrogancias ni de falsas modestias. A trabajar duro. Para alcanzar la verdad sólo se requiere, además de la imprescindible necesidad de saber, una voluntad decidida, un plan premeditado, y una mente despejada y libre de prejuicios. Que no son requisitos poco imponentes, dadas las caóticas condiciones en que vive el hombre moderno, pero que pueden ser superados, con mucha perseverancia, por los más valientes y honestos a la hora de pensar. Sí, valientes y honestos.

La pregunta: ¿tendré la inteligencia necesaria y la suerte suficiente para adentrarme en el corazón de la filosofía?, es improcedente. Porque, como decía el poeta, tú tienes tu alma en tu cuerpo como el más pintado. Y, por otro lado, la suerte, buena o mala, a diferencia de lo que ocurre con el buscador de oro, que cava mucho para encontrar poco o nada, no tiene ninguna influencia determinante sobre aquel que busca la verdad sin desmayo. El poder de la mente para alcanzar la sabiduría no está expuesta al azar ni depende en absoluto de la casualidad, sino de su fuerza natural intrínseca.

Las preguntas que deberíamos hacernos, en cambio, son de este tenor: ¿Tendré el coraje moral necesario para salir de la caverna innata de la ignorancia, de ese confortable mundo de sombras en que hemos sido criados y educados, y soportar el dolor de ver la luz de frente? ¿Tendré la honestidad intelectual suficiente para aceptar la verdad y no mentir contra mi razón? Si las respuestas obtenidas para nuestros adentros son positivas, señal segura son de que tenemos una mentalidad filosófica y de que amamos la verdad con la pasión necesaria.

No nos arredremos por los obstáculos que la imaginación, siempre acobardada y loca, nos sugiera. Paso a paso podemos llegar a donde nos propongamos. Así pues, mi consejo final es el de Kant“Atrévete a saber”.

Filosofía Digital, 2006

 

 

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Las lecciones que nos enseña la democracia occidental

Por Javier Barnes

Catedrático de derecho Administrativo

Universidad de Huelva

La Mar de Onuba

 

Nunca se había hablado tanto de democracia. Al fin y al cabo, la democracia es al sistema político lo que el PIB a la economía: un indicador de salud de los poderes públicos. Y, al mismo tiempo, nunca había reinado tanta confusión.

Para conjurar esa situación los expertos parecen desbordados intentando explicar de modo cada vez más asequible y divulgativo en qué consiste la democracia que nos hemos dado. El último título se debe a Sabino CasseseLa democracia y sus límites. Y, sin embargo, ello no basta.

Acaso a la falta de cultura política se unan algunos intentos de colar por la puerta de atrás una versión partidista o deficitaria de la democracia. De entrada, en efecto, pocos parecen distinguir hoy entre tantas especies y adjetivos: democracia liberal, indirecta o representativa; democracia directa o plebiscitaria; democracia popular; democracia iliberal; deliberativa…

Ciertamente, no existe un único modelo de democracia y los procesos y contextos en que ésta se proyecta son diversos, aunque las democracias occidentales participan de principios comunes. Pero el problema es que parece una confusión inducida:

  • De un lado, sirve para ocultar el evidente déficit democrático que subyace a tantas prácticas (con la devaluación del parlamento a la cabeza y la paralela deriva autoritaria dentro de los propios partidos);
  • De otro, pretende sustituir el modelo democrático consagrado en las Constituciones occidentales por el más “rebajado” que algunos sueñan con darse.

Y frente a ello, ¿qué lecciones pueden extraerse de nuestras tradiciones constitucionales? ¿Qué podría recordarse ahora en nuestro caso? He aquí algunas:

Es representativa

La primera de las lecciones es que la democracia occidental es parlamentaria o representativa, esto es, indirecta o “delegativa”. Pero “democracia representativa” significa mucho más de lo que parece, ya que tal expresión constituye una abreviatura que resume otras cosas. Para empezar, no consiente que un simple voto de más pueda legitimar grandes cambios, como parecen creer algunos movimientos populistas, sean “territoriales” o no, porque la democracia occidental garantiza el pluralismo, la igualdad, la centralidad de las libertades, el respeto de las minorías, el diálogo y la primacía del Derecho (cuya vulneración por cierto constituye un acto contrario a la democracia).

La democracia representativa es superior y más genuina que la democracia directa. Salvo a ciertos niveles (local o regional) y en determinadas modalidades (consultas, encuestas), o como poder constituyente, la democracia directa o plebiscitaria presenta serias limitaciones, tanto por la fácil manipulación en que puede incurrirse por más de un concepto (de ahí que haya sido instrumento preciado de los regímenes autoritarios), como por la simpleza de su enfoque (sí o no), incompatible con la complejidad del gobierno contemporáneo, y, desde luego, por su irreversibilidad (pues no admite matices posteriores, que sí permite el parlamento, a medida que se plantean los detalles). Baste recordar el Brexit para decirlo todo.

Como dijera Manuel Chaves Nogales en 1941, testigo directo de las tragedias de su época, “no hay más que una verdad. Hasta ahora no se ha descubierto una fórmula de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia. Es decir, el liberalismo, la democracia.”

La soberanía nacional

En segundo lugar, la soberanía nacional reside en el pueblo en su conjunto, y no en una parte fragmentada del mismo, con exclusión del resto (del mismo modo que los vecinos del quinto no se pueden segregar de la comunidad de propietarios aunque casi la mitad del piso esté de acuerdo, sino que tendrán que luchar por cambiar las reglas democráticamente aprobadas que establecen la pertenencia obligatoria para entre otras cosas compartir gastos comunes).

De esa premisa se sigue, primero, la necesidad de un debate real en el parlamento –abierto por definición a incorporar aportaciones ajenas a las promovidas por el partido en el Gobierno-, y, segundo, el sesgo autoritario que presentan consultas excluyentes (como la auspiciada por el independentismo), en las que a un tiempo se decide convocarla, quién participa y quién no, cuál es la mayoría necesaria de participación y de votos afirmativos, y cuál es el sentido, vinculante o no, del resultado. Un traje a la medida en función de datos previos, con apariencia de democracia.

Investidura

Como tercera lección, la democracia nos enseña que la institución de la investidura en el parlamento de un Presidente de Gobierno no puede usarse para bloquear la formación de Gobierno, si el partido vencedor no cuenta con mayoría absoluta. La Constitución en esos casos da la oportunidad de que otras fuerzas puedan presentar una alternativa de Gobierno. Pero si no lo consiguen, no cabe otra opción democrática que abstenerse a partir de la segunda vuelta. El voto depositado por los ciudadanos en los restantes partidos no puede utilizarse como veto.

Por lo demás, debe recordarse que es al pueblo, no a los afiliados, al que corresponde elegir al Presidente, a través de sus representantes (lo que vale también para el parlamento europeo). Aunque el partido haya propuesto como jefe de filas a un determinado candidato, es el parlamento el que tiene la última palabra, de modo que para la investidura cabrían acuerdos que implicaran movimientos dentro de un partido.

Ahora bien, investido el Presidente, éste no podrá gobernar por decreto-ley, porque la falta de mayoría absoluta no justifica el uso de esta forma de regulación excepcional, que prescinde de la deliberación y votación en el parlamento de cada una de sus medidas. Habrá de debatirse cada proyecto y aprobarse con el apoyo del grupo o grupos parlamentarios que se consigan en cada caso.

La (devaluada) función democrática del Congreso de los Diputados

Por último, el Congreso de los Diputados es la cámara legislativa que tiene por objeto “pensar y decidir en clave global”, esto es, a la luz de las necesidades del conjunto de la sociedad, y no de los intereses locales o parciales. No es el foro donde debatir las diversas posturas de cada pueblo o comunidad, función que corresponde a la otra cámara, al Senado.

La legislación electoral vigente ha convertido, sin embargo, el Congreso en un auténtico senado, privándole de facto de su capital función democrática. Que un partido en una sola circunscripción, sin vocación ni implantación nacionales, tenga fácil representación en el único órgano legislativo al que se le encomienda ponderar los intereses globales del Estado, y pueda imponer en el Congreso elementos parciales y locales, es un verdadero despropósito. Y así todos pierden, la suma y las partes, por menoscabar un pilar de la democracia representativa.

 

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La muerte de la curiosidad

Por Jorge del Palacio

El Mundo

 

Algo pasa cuando el alumno da por supuesto que su catálogo de convicciones es el ojo de la aguja por el que debe pasar la realidad

 

Cuando termina el verano y toca volver a las aulas merece la pena releer el best seller del filósofo Allan Bloom The Closing of the American Mind. Para Bloom, inmortalizado por Saul Bellow en la novela Ravelstein, uno de los principales problemas de la educación universitaria en EEUU era que la mayoría de los estudiantes ya no buscaba ser educada en sentido clásico, sino salir con sus convicciones morales reforzadas. A Bloom le preocupaba la irrupción en los campus universitarios de la moda progresista que deslegitimaba el canon filosófico tradicional por considerarlo xenófobo, racista o imperialista. Hoy se puede decir otro tanto de algunas actitudes conservadoras.

No hay ningún problema en que los alumnos tengan convicciones morales e ideológicas. Ni en el hecho de que estas sean firmes y sólidas. Incluso los prejuicios ayudan a caminar. Pero algo pasa, sin embargo, cuando el alumno que llega a la universidad da por supuesto que su catálogo de convicciones es el ojo de la aguja por el que debe pasar la realidad. Y si la realidad no pasa, peor para ella.

Las carreras científicas suelen aguantar mejor el embate de la moralización del saber. Pero las Humanidades y las Ciencias sociales se encuentran a merced de la moda que discrimina el conocimiento con criterios ideológicos. El alumno conservador siente amenazado su credo anticomunista cuando descubre la amistad histórica de la derecha española con Fidel Castro, de Franco a Fraga. Le ocurre igual al socialista que se enfrenta a la colaboración del PSOE con la dictadura de Primo de Rivera. Lo saludable sería que ambos alumnos recogiesen el guante e intentasen entender la razón de esas paradojas. Descubrirían que el manual de ideologías no agota la política.

Sin embargo se está creando un ecosistema universitario donde la ideología es la única antorcha que ilumina lo que debe ser conocido. El problema de fondo ya no es solo su efecto sobre la polarización del debate público, sino que este moralismo está ahogando el verdadero motor del conocimiento: la curiosidad. La curiosidad extrema puede terminar con una biblioteca en llamas. Pero con su muerte desaparece la mirada sobre el mundo que permite a libros, ideas o personajes históricos hablar con voz propia y no prefabricada. Claro que el precio a pagar por la curiosidad es la posibilidad de que alguien que no es de tu cuerda te sorprenda. Y hasta ahí podíamos llegar.

 

 

 

 


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