YA NO HAY IZQUIERDA NI DERECHA; HOY, TODO ES CAPITALISMO. El caso de Diego Fusaro: La Lucha de clases, ahora, es de Derechas

[1]  Diego Fusaro (Turín, 15 de junio de 1983) es un filósofo, escritor y ensayista de nacionalidad italiana.

Cursó sus estudios en el Liceo «Vittorio Alfieri» de Turín, y posteriormente en la Universidad de Turín (con los profesores Pier Paolo Portinaro, Gianni Vattimo y Enrico Pasini), y la Universidad Vita-Salute San Raffaele de Milán.  Está especializado en Filosofía de la Historia, e Historia de la Filosofía.

Según Raffaele Alberto Ventura, en sus publicaciones ha tratado el pensamiento de Marx desde la óptica del idealismo alemán, acercando a la crítica del sistema capitalista elementos de la tradición comunitarista y soberanista. Sigue las huellas del filósofo italiano Costanzo Preve. Se ocupa además de la  historia de las ideas, y entre los autores estudiados de Fusaro están Reinhart Koselleck, Hans Blumenberg, Baruch Spinoza, Karl Marx, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Johann Gottlieb Fichte, Antonio Gramsci y Giovanni Gentile.

Autodefinido como «pensador marxista», es situado sin embargo por Steven Forti como uno de los principales difusores en Italia de teorías rojipardas que buscarían legitimidad en la izquierda y sacarse de encima la pátina neofascista. Ha apoyado al movimiento antivacunas. 

Fusaro se considera «alumno independiente» de pensadores como Hegel y Marx. Entre los italianos tiene predilección por Gramsci y Gentile, y entre los antiguos cita a Spinoza y Fichte.

Crítico con la denominada teoría de género, en su libro Pensare altrimenti considera que esta constituye el modo que el capitalismo y las élites europeas y estadounidenses usarían para destruir las diferencias sociales entre hombres y mujeres, y desintegrar a la familia, la cuál sería la última fuente de respaldo del individuo. Mantiene que la vivienda es un derecho inalienable del ciudadano, y se ha expresado muchas veces de manera crítica con el sistema bancario internacional, dado que puede privar el individuo de dicho derecho.

Considera al euro como un método de gobierno transnacional, que ha impuesto políticas neoliberales y de austeridad ventajosas para Alemania y el capital financiero.

Colaborador en la revista de la CasaPound,​ Fusaro afirma, además, en referencia a los fenómenos migratorios actuales, que se está produciendo una maniobra supranacional dirigida a obtener dos objetivos: la reducción del salario de los ciudadanos, y la derogación de los derechos de los trabajadores por medio de un «ejército industrial de reserva«. Respecto a lo segundo identificaría la voluntad del Capital de convertir al hombre, en un ser sin identidad y sin raíces, para poderlo así moldear y trasladar según las necesidades.

Remitiéndose al propio Gramsci, Fusaro es un convencido defensor de las tesis meridionalistas sobre la Cuestión meridional y del revisionismo del Risorgimento. Afirma que la Italia meridional ha sido en el pasado, y aún hoy, víctima del neocolonialismo.

https://es.wikipedia.org/wiki/Diego_Fusaro

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SUMARIO: 

[1]  Diego Fusaro (wikipedia) 

[2] Marxismo, Antifascismo e izquierdas fucsias, por Diego Fusaro 

[3] Fusaro como síntoma, por Alba Sidera

[4] Entrevista a Fusaro: » Muchos tontos de izquierda combaten un fascismo inexistente y aceptan el mercado», por Esteban Hernández 

[5] MARX: 11 Tesis (Diego Fusaro) y 6 Escolios (Diego L. Sanromán)

[6] La culpa y el desconcierto: la polémica en torno a la entrevista a Fusaro a examen, por Daniel Bernabé 

 

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«Hoy la violencia y la persecución del pensamiento libre que caracterizó al fascismo surge nuevamente con el nombre de antifascismo»


[2] MARXISMO, ANTIFASCISMO E «IZQUIERDAS FUCSIAS»

«La clase dominante es de izquierda en las costumbres y en la cultura porque ha hecho suyo no el imperativo de Gramsci o Lenin, que en realidad ha repudiado, sino que ha adoptado el de las izquierdas fucsias del 68»

Por Diego Fusaro

 

«Hoy en día – escribe Diego Fusaro, autor de este articulo – una gran parte de las izquierdas ya no son rojas sino fucsias, ya no son la hoz y el martillo, sino el arco iris, usan el antifascismo en ausencia del fascismo como una coartada para no ser anticapitalista en presencia del capitalismo … De modo que las izquierdas ya no defienden las ideas de Gramsci y de Marx, sino que defienden directamente al capital».

 

Es evidente que el tema del antifascismo es absolutamente decisivo. Me gustaría resumir la cuestión de la manera siguiente: en los tiempos de Gramsci o de Gobetti, limitándonos al contexto italiano, el antifascismo era imprescindible y fundamental, estaba, al menos en Gramsci, en función comunista, patriótica y opositora al capitalismo. El problema, sin embargo, se da cuando el antifascismo continúa desarrollándose en ausencia del fascismo o, más precisamente, cuando el fascismo, si con esta expresión nos referimos genéricamente al poder, cambia de rostro.

Entonces, desde Gramsci tenemos que pasar a Pasolini para entender la cuestión. Pasolini en los años 70 había comprendido perfectamente que el nuevo rostro del poder ya no era el clérico-fascista, sino el permisivo, consumista, hedonista. Pasolini decía que el ‘antifascismo arqueológico‘ era una coartada muy cómoda, que permitía, sin demasiado esfuerzo, luchar contra el poder fascista, que ya no existía, y no tomar posición respecto al nuevo rostro del poder: el poder consumista y hedonista. Esta era la función estratégica del antifascismo en ausencia del fascismo, si queremos decirlo así.

En cuanto a los jóvenes grupos fascistas, Pasolini, en los ‘Escritos corsarios’ afirmaba que «son paleofascistas y, por lo tanto, no son fascistas». ¿En qué sentido? En el sentido de que el nuevo fascismo era el de la civilización consumista, un fascismo aún más totalitario que el anterior, un fascismo que conquistaba las almas, mientras que el viejo fascismo, en cambio, creaba una disociación entre las almas y los cuerpos; uno llevaba el uniforme fascista, pero luego, cuando se lo quitaba el fascismo no había afectado el alma, la gente seguía pensando libremente, siendo quizás antifascistas en el alma. En cambio, el nuevo fascismo de los consumos, decía Pasolini, es un fascismo realmente totalitario porque coloniza las almas y no permite que sobreviva la disociación entre el uniforme y el corazón, si queremos llamarla así.

Yo creo, en los pasos de Pasolini, que hoy en día una gran parte de las izquierdas ya no son rojas sino fucsias, ya no son la hoz y el martillo, sino el arco iris, usan el antifascismo en ausencia del fascismo como una coartada para no ser anticapitalista en presencia del capitalismo. De hecho, una gran parte de las izquierdas, que han pasado del internacionalismo proletario al cosmopolitismo liberal, son verdadera y totalmente capitalistas, su programa es el de la ‘sociedad abierta’ capitalista: apertura ilimitada de lo real y lo simbólico, libre circulación de las mercancías y de las personas, modernización avanzada y, por lo tanto, lucha contra todo lo que se opone a la modernización capitalista, tachado de ‘fascista’, ‘regresivo’ y ‘antimoderno’.

De modo que las izquierdas, que ya no defienden las ideas de Gramsci y de Marx, sino que defienden directamente al capital, por lo menos la mayoría de ellas, deben mantener vivo el antifascismo para legitimarse a sí mismas, para que la contradicción no sea evidente; es decir, el hecho de que las izquierdas sean antifascistas ahora que ya no existe el fascismo y no anticapitalistas ahora que el capitalismo avanza más que nunca. Mejor dicho, usan el antifascismo como una excusa para adherirse completamente al fascismo de la civilización del consumo, a la porra invisible de la economía de mercado. Estoy pensando en el caso francés donde las izquierdas forman un frente único en función antifascista contra Le Pen para aceptar totalmente el fascismo de los mercados y de la élite financiera Rothschild, representada por el liberal Macron.

Este es el primer punto fundamental, si el antifascismo era un tema imprescindible en los tiempos de Gramsci hoy se transforma en una coartada para aceptar el cosmopolitismo liberal, por lo tanto, el verdadero antifascismo hoy en día, es el anticapitalismo radical de quienes aún no han vendido el corazón y la cabeza al capitalismo dominante. Con respecto al segundo punto, es evidente, en mi opinión, y no soy el único que apoya esta tesis —en Italia pienso por ejemplo en Costanzo Preve o, más recientemente, en Carlo Formenti—, la lucha de clases hoy pasa necesariamente por la recuperación de la soberanía nacional contra los dispositivos globalistas del mercado, y pasa por lo que el propio Formenti ha llamado el ‘momento populista’.

Resumiendo, el conflicto de clases hoy es el conflicto entre una clase cosmopolita líquido-financiera, por una parte, y las masas nacionales populares, por la otra, estas últimas padecen los efectos de la globalización que yo defino la ‘clase del precariado’, precarizada no solo en el ámbito laboral, a través del contrato de trabajo flexible y sin estabilidad, sino también en el ámbito del mundo de la vida, del Lebenswelt diría Husserl, porque efectivamente los dominados hoy no pueden constituir una familia, tener una estabilidad existencial o participar activamente en la política como ciudadanos del Estado soberano nacional.

Así pues, el conflicto, hoy más que nunca, es evidentemente una lucha entre una ‘global class’ cosmopolita, líquida y financiera, que es de derecha —si queremos usar las viejas categorías— en la economía, y de izquierda en la cultura, y una masa nacional popular que padece la globalización, compuesta por la vieja clase media precarizada y por la vieja clase trabajadora atomizada y reducida a las condiciones del precariado. La clase dominante es, pues, de derecha en la economía y de izquierda en las costumbres y en la cultura. De derecha en la economía porque se ha apoderado del imperativo liberal: privatización, recortes en el gasto público, supresión de los derechos sociales del estado de bienestar. Todo esto ocurre a través de la desoberanización de la economía. Se dice que el objetivo de la ‘cesión de soberanía’ es evitar los conflictos, en realidad es destruir a los Estados soberanos nacionales como espacios de las democracias de los derechos sociales.

No existe en la modernidad otra realidad para los derechos sociales y para las democracias fuera de los Estados soberanos nacionales. Por eso, la expresión de Che Guevara ‘Patria o muerte’ tiene su propia validez incluso hoy, porque no solo reivindica la identidad contra el anonimato impersonal de los mercados, sino también porque reivindica la idea de una soberanía nacional contra los procesos desarraigadores del globalismo capitalista. La clase dominante es de izquierda en las costumbres y en la cultura porque ha hecho suyo no el imperativo de la izquierda anticapitalista de Gramsci o Lenin, que en realidad ha repudiado, sino que ha adoptado el de las izquierdas fucsias del 68, que identifican el comunismo con la liberalización individualista de los consumos y las costumbres; es decir, con las sociedad self-service de los consumidores individuales que tienen toda la libertad que pueden comprar concretamente y se sienten libres como los átomos de Nietzsche, como ultrahombres con voluntad de poder ilimitado, es decir, conciben la libertad como propiedad del individuo desarraigado en comparación con las comunidades liquidadas como autoritarias: la comunidad familiar, la comunidad política, la comunidad religiosa.

Esto es lo absurdo, el fárrago que caracteriza al monstruo del pensamiento único dominante de la élite capitalista, contra el cual, para recuperar un discurso de clase que tutele lo bajo contra lo alto, el trabajo contra el capital, es preciso, evidentemente, resoberanizar a la economía. Este es el tema del hermoso libro de Fazi y Mitchell ‘Reclaiming the State‘ que en italiano salió con el título ‘Sovranità o barbarie’. Hoy las clases dominadas no tienen más remedio que recuperar completamente la soberanía nacional, económica, política y geopolítica y reintroducir formas de lucha de clases en los espacios del Estado soberano nacional para que el Siervo y el Señor, en palabras de Hegel, vuelvan a mirarse a la cara, y se recupere el conflicto de clases imposible de llevar a cabo en los espacios globalizados. Si queremos decirlo de otra manera, el Estado nacional soberano puede ser democrático y socialista.

La economía sin la política y sin el Estado nunca será ni democrática ni socialista, será siempre el humus ideal para el capital cosmopolita, que lo es todo excepto socialista y democrático. De ahí la importancia de lo que yo llamo el soberanismo internacionalista y populista. Soberanismo porque se recupera totalmente la soberanía nacional como base de los derechos y de las democracias del socialismo y de los logros sociales. Internacionalista porque no es el nacionalismo de las derechas regresivas, xenófobas y autoritarias, es un soberanismo internacionalista que se abre a las demás naciones socialistas y democráticas, crea el internacionalismo proletario, como se llamaba un tiempo, que es todo lo contrario tanto del nacionalismo individualista y regresivo, como del cosmopolitismo liberal al que las izquierdas fucsias han vendido sus cabezas y corazones, como ya he dicho antes.

Por esta razón, me parece importante recuperar el principio del soberanismo internacionalista que tiene como base el populismo entendido como teoría del pueblo y para el pueblo, como una visión que se opone a los procesos de posdemocratización administrados por las élites líquido-financieras y reafirma el principio de lo nacional-popular entendido a la manera gramsciana. Un populismo concebido no en sentido regresivo, o sea Trump para que quede claro, sino de manera emancipadora, como han escrito muy bien Laclau y Mouffe, un populismo de izquierda, si queremos usar esta categoría, un populismo cuya finalidad sea la emancipación objetiva de las clases dominadas y que tenga como fundamento la democracia socialista. Este es el punto fundamental que también aparece en las obras de Carlo Formenti. La paradoja es que este discurso, que en otros tiempos se hubiera llamado leninista, marxista o gramsciano, hoy las izquierdas fucsias y arco iris lo consideran fascista.

Es una paradoja porque yo, obviamente, me refiero a Gramsci, a la democracia socialista, al internacionalismo solidario, al lema ‘Patria o muerte’ de Che Guevara, al modelo de soberanismo solidario e internacionalista, a las experiencias bolivarianas de Sudamérica: Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y todas las experiencias del socialismo patriótico antiestadounidense y antiglobalista que, sin duda alguna, no pueden llamarse fascistas. La categoría de fascismo, desde ese punto de vista, nos introduce en una paradoja lógica, actualmente el fascismo se usa como una categoría completamente deshistorizada. El fascismo ya no es solo y esencialmente el de Mussolini, que murió, afortunadamente, en 1945, hoy entendemos por fascismo, doy esta definición, todo lo que no es orgánico del pensamiento único políticamente correcto y éticamente corrupto, más precisamente, el fascismo es, desde el punto de vista del amo cosmopolita no border y de las izquierdas fucsias y arco iris, todo lo que se opone al dominio de la clase dominante, pongo un ejemplo concreto de estos días. Hoy en día una de las tesis dominantes del amo cosmopolita es la apertura de los puertos y de las fronteras. ¿Por qué? Porque todo el mundo debe reducirse a un espacio abierto desregulado para la libre circulación de las mercancías y de las personas cosificadas.

Por consiguiente, quien se opone a esta visión reivindicando el primado de lo humano y lo político, defendiendo la necesidad de regular, a través del primado de lo político y la democracia, los flujos de los capitales, de las personas, de los deseos de consumo, es automáticamente difamado como fascistas por las izquierdas fucsias, para estas todo lo que sea incoherente con el señor cosmopolita, del que son los tontos útiles, es fascista. La paradoja es esta, la resumo así, se difama como fascista todo lo que se opone al orden de la clase dominante ‘sans frontières’, la clase de los globócratas del capital, que difaman como fascista la idea de una intervención estatal en la economía, difaman como fascista el despertar de las clases dominadas, del pueblo oprimido que, como decía Fichte, está por encima de toda autoridad que pretende ser superior.

El pueblo es soberano, la democracia, al fin y al cabo, es la soberanía popular que para ejercerse necesita de un Estado que sea soberano donde el pueblo sea, a su vez, soberano; sin la soberanía del Estado ni siquiera puede haber soberanía en el Estado, la soberanía popular y, por lo tanto, la democracia, la Unión Europea, se fundamenta exactamente sobre esto, eliminar la soberanía de los Estados para aniquilar la soberanía popular en los Estados y, por lo tanto, aniquilar las democracias y los derechos sociales relacionados. De ahí que el antifascismo se convierta, una vez más, en la clave fundamental de las clases dominantes y de las izquierdas de completamiento para deslegitimar todas las propuestas de renovación y democratización del espacio global.

La paradoja es que hoy, como decía Orwell, se subvierte la relación entre los nombres y las cosas, hoy la violencia y la persecución del pensamiento libre que caracterizó al fascismo surge nuevamente con el nombre de antifascismo, en la figura inédita de las brigadas fucsias del antifascismo arco iris y de los escuadrones que en nombre del antifascismo atacan, a menudo no solo metafóricamente, a todos aquellos que no se adhieren al verbo único políticamente correcto de la clase dominante.

Por lo tanto, hoy es preciso tomar conciencia de esto y mantenerse, obviamente, a una distancia segura tanto del fascismo histórico, que ya no existe, como del neoliberalismo cosmopolita actual falsamente progresista al que también las izquierdas se han adaptado con la paradoja que tenemos ante nuestros ojos. Las izquierdas ventilan todas las veces la vuelta del fascismo y, de esta manera, crean un frente único que legitima el cosmopolitismo liberal o, como diría Pasolini, el nuevo fascismo de la civilización glamurosa de los mercados.

Diego Fusaro es filósofo, escritor y ensayista italiano.

 Traducción de Michela Ferrante Lavín

http://canarias-semanal.org/art/25592/marxismo-antifascismo-e-izquierdas-fuccias

 

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Estamos hartos de minorías intolerantes.

Fdo.// LA MAYORÍA TOLERANTE

 

[3] Fusaro como síntoma

El nuevo fascismo, el que tiene éxito, y por tanto el que debería alarmar, es el que sabe apropiarse de Gramsci y Marx
 
Por Alba Sidera
 
 

En Italia tenemos la sensación de que desde fuera nos miran mucho pero nos entienden poco. Nos pasó con Silvio Berlusconi, predecesor de Donald Trump en tantas cosas. Mientras aquí sufríamos sus políticas y, sobre todo, su capacidad para controlar el marco mental colectivo a través del monopolio mediático, su imagen exterior a menudo se reducía a la caricatura de un viejo verde. Y lo es, pero también ha sido quien ha pactado con la mafia y ha embarrado de corrupción todo lo público; quien ha elevado a categoría de orgullo nacional ser menefreghistafurbo –qué me importa la colectividad, lo que cuenta es tener dinero y ser más vivo que los demás–. Y, por supuesto, es el padre de todos los nuevos populistas de derecha y extrema derecha: sin su apadrinamiento, Matteo Salvini no hubiera podido reconvertirse en ultranacionalista italiano y aún estaría atrapado en el micromundo de la Padania –una entidad que tiene de real lo mismo que Tabarnia.

Con el Movimiento 5 Estrellas (M5E) pasó lo mismo. Coincidir en el tiempo con Podemos hizo que erróneamente se les comparase. Tienen poco que ver. “En España, quien más se nos asemeja es Ciudadanos”, dijo un diputado grillino. El M5E es un partido-empresa, y su fundador y propietario, el excéntrico multimillonario Beppe Grillo, lo define como “ni de derechas ni de izquierdas, ni fascista ni antifascista”. Y, lógico, Grillo tendió los brazos a los neofascistas de CasaPound. “He visto su programa y tenemos muchas cosas en común, si quieren unirse al Movimiento los acogeremos con los brazos abiertos”, dijo allá en 2013. A los autodefinidos como “fascistas del tercer milenio” les gustó tanto que, entre una paliza en grupo a un inmigrante y otra, colgaron un banner en su web con la frase. Pero una vez llegaron al poder, tocó mojarse, y la supuesta ambigüedad se desvaneció: los grillini votaban y pactaban con la derecha. Su líder político, Luigi di Maio, quien definió las ONG de salvamento marítimo como “taxistas del mar al servicio de las mafias”, incluso ha elogiado la política económica de Rajoy.
 

El pacto entre el M5E y la Liga de Salvini (un Frente Nacional a la italiana) era lo más natural del mundo. Pero solo hubo dos personajes que presionaron públicamente para que se llevase a término. Uno era Steve Bannon, que había venido a Italia como asesor de la campaña de Salvini. El otro era un aspirante a Steve Bannon: Diego Fusaro. En realidad, Fusaro podría haber quedado más satisfecho, ya que su propósito era que el partido posfascista Fratelli d’Italia también entrase en el gobierno. “¡Qué bonito sería un gobierno de las tres fuerzas populistas!” dijo. No es, pues, que “algunos salvinistas no están en desacuerdo con sus ideas”, como se decía en la entrevista que se publicó en El Confidencial: es que él mismo apadrinó el Gobierno de Salvini.

Por ello en Italia extrañó mucho la presentación que se hizo de Fusaro, y que indujo evidentemente a un error a la hora de situar al personaje. Aquí se le conoce como “el filósofo de los talk-show”, un chico siempre bien vestido, telegénico, que se toma muy en serio a sí mismo, de voz aguda y actitud pedante, que se pasa día y noche repitiendo su mensaje contra la izquierda y el antifascismo y a favor de la política migratoria del Gobierno en cualquier rincón donde le inviten.

En la entrevista que le realizó el periodista Esteban Hernández, aparte de los típicos juegos de prestidigitación argumental, habla de su proyecto: el “populismo soberanista, socialista, patriótico, antiglobalista e identitario”. ¿Han presenciado alguna vez una reunión de neofascistas en Italia? Pues si lo hacen, oirán exactamente las mismas palabras. De haber asistido al último congreso nacional de CasaPound, además, podrían haberlas escuchado de boca del mismo Fusaro, que fue el ponente estrella y el más aplaudido. 

Fusaro, que fue muy precoz (a los 22 ya publicaba), ha ido perfeccionando su discurso reaccionario con los años. A principio de 2014 hizo su primer intento de participar en un acto de CasaPound. Pero, listo como es, lo canceló asegurando, hiperbólico y fantasioso como de costumbre, que ¡la izquierda lo había amenazado de muerte si iba! Ahí inició su relato victimista. “Yo estoy convencido de que hay que dialogar con los fascistas”, dijo entonces en otro acto. “Los que no quieren dialogar con los fascistas son los que van de antifascistas cuando en realidad no hay fascistas [justo tras hablar de ellos] para disimular que no son anticapitalistas”. Es su mantra.

Actualmente Fusaro mantiene una rúbrica muy apreciada por los neofascistas en el demencial periódico orgánico de CasaPound, Il Primato Nazionale, un panfleto lleno de fake news e insultos contra inmigrantes, personas gitanas, feministas y colectivos antifascistas, donde es fácil encontrar citas y elogios a Mussolini. Un artículo del 25 de abril firmado por la redacción se titula: “Mussolini y el puente tendido a los socialistas contra el capital”. Explica que los socialistas antifascistas no supieron apreciar el gesto del generoso Duce de unirse a la lucha contra el capital. Este es su relato: quieren seducir a la izquierda. Como hicieron Mussolini y Hitler.

Pero la izquierda no aprende. Considerar que en la extrema derecha y en el neofascismo no hay cabezas pensantes es un grave error. Las hay, y saben detectar los puntos débiles de sus adversarios. Que la izquierda europea que ha gobernado se ha sometido a los mercados y que poco se diferencia ya de la derecha moderada conservadora o liberal es un hecho. Como lo es que la izquierda se ha apoltronado, alejándose de las calles y dejando campo abierto a que estos espacios los ocupara la extrema derecha

Las periferias italianas están llenas de militantes de CasaPound que hacen voluntariado, recogen alimentos solo para italianos, abanderan el ecologismo y el civismo y limpian los parques, aprovechando para criminalizar la drogodependencia y montar comités para echar de los barrios a inmigrantes, refugiados o personas de etnia gitana. Son neofascistas que de noche amenazan y agreden a colectivos vulnerables mientras de día intentan ir de enrollados. En sus sedes tienen un busto de Mussolini al lado de un póster del Che Guevara. Reivindican a Gramsci y a Pasolini. El nuevo fascismo, el que tiene éxito, y por tanto el que debería alarmar, es este. El que, como viene haciendo desde hace cuarenta años la extrema derecha, sabe apropiarse de Gramsci y Marx. El que consigue confundir a la izquierda, hacerla dudar de sí misma.

La extrema derecha en Europa tiene hoy por hoy dos grandes objetivos. Ambos se encuentran en el eje del discurso de Fusaro. Uno es contraponer los derechos sociales a los civiles: si los trabajadores sufren malas condiciones laborales es porque la izquierda solo se ocupa de los derechos de las mujeres y la comunidad LGTBI. El siguiente paso es suprimir estos derechos. El segundo objetivo es contraponer los últimos (inmigrantes) a los penúltimos (clase trabajadora). “Vienen a robarnos el trabajo” y “la inmigración es un complot de las élites para sustituir los europeos blancos y cristianos por africanos musulmanes”. Pero ¿defienden los intereses de los trabajadores cuando tienen el poder? En Italia se ha demostrado que no. Por cierto, a quienes orbitan alrededor de la extrema derecha no les oirán hablar nunca de sindicatos, de trabajadores autoorganizados. Di Maio y Salvini coinciden en que “los sindicatos son un obstáculo y no defienden a los trabajadores”.

El tratamiento que ha recibido en España ha sorprendido al propio Fusaro, que ni de lejos ha vivido algo parecido en Italia ni en ningún otro país. Él mismo publicó un vídeo en YouTube para hablar del éxito que había tenido la entrevista, dar las gracias al “valiente periodista” y pavonearse de que Alberto Garzón lo hubiese tenido en cuenta. Y se lamentaba, en el tono victimista habitual, de que la “izquierda fucsia arcoiris” le tilde de fascista. “¿Cómo pueden?”, se preguntaba. “¿No ven que hago referencias a Gramsci, al Che Guevara (patria o muerte), Pasolini y a la democracia socialista?”, decía, sin ningún pudor.

La reacción de la izquierda española ante Fusaro ha sido muy sintomática. El diagnóstico es confusión aguda y bajísima autoestima. Si la extrema derecha te adelanta, copiarla es siempre un mal negocio. Lo hizo la izquierda en Italia, se la comieron con doble ración de patriotismo y ¡fuera buenismo! Porque, como enseñó el maestro Berlusconi, cuando compras su marco mental es que ya te han vencido. ¿Y si en vez de eso la izquierda volviese a hacer de izquierda, sin complejos?

Alba Sidera, corresponsal en Italia del periódico El Punt Avui desde el 2012.

Colaboradora, entre otros medios, de Media.cat y La Directa

https://ctxt.es/es/20190703/Politica/27155/berlusconi-diego-fusaro-neofascismo-casa-pound-alba-sidera.htm

 

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ENTREVISTA A DIEGO FUSARO
 

[4] «Muchos tontos de izquierda combaten un fascismo inexistente y aceptan el mercado»

Es uno de los intelectuales más combativos de Italia, pero también uno de los más polémicos por su mezcla de marxismo y soberanismo, de ideas de izquierda y de derecha

Por Esteban Hernández

El Confidencial

 

DIEGO FUSARO

 

Diego Fusaro es uno de los intelectuales más polémicos de Italia, ya que ocupa una posición ideológica que aúna posiciones conservadoras y de izquierda. Es marxista, y sus referentes son GramsciPasolini y Costanzo Preve, al mismo tiempo que antiglobalista y soberanista, y eso le ha llevado a sostener posiciones con las que muchos salvinistas no están en desacuerdo. Varios libros suyos han sido editados en España, tanto por editoriales ligadas a la izquierda, como ‘Antonio Gramsci, la pasión de estar en el mundo’ (Ed. Siglo XXI) o ‘Todavía Marx’ (Ed. El Viejo Topo), o a la derecha, como el recién publicado ‘El contragolpe’ (Ed. Fides). El de Fusaro es un pensamiento heterodoxo, que está destinado a recibir críticas de un lado y de otro, y en no pocas ocasiones ha sido tildado de rojo y de fascista, como también se ha hecho con quienes le han entrevistado, a quienes acusan de blanqueamiento. Pero aquí asumimos gustosos ese riesgo, porque las ideas del filósofo de moda en la política italiana también merecen ser conocidas.

PREGUNTA. Acaba de publicar ‘La notte del mondo’. Explíqueme, por favor, por qué estamos en una noche oscura, en qué punto se cruzan Marx y Heidegger.

RESPUESTA. Mi libro ‘La notte del mondo. Marx, Heidegger e il tecnocapitalismo’ (UTET, 2019) es un intento de razonar según las categorías de Marx y Heidegger sobre lo que Heidegger mismo, con los versos de Hölderlin, define «La noche del mundo». La noche del mundo es una época en la que la oscuridad está tan presente que ya ni siquiera vemos la oscuridad en sí y, por lo tanto, no somos conscientes de esa oscuridad. Heidegger lo expresa diciendo que «es la noche de la huida de los dioses», en la que ya ni siquiera somos conscientes de la pobreza y la miseria en las que nos encontramos. Esta es una situación de máxima emergencia. Por su parte, Marx en los ‘Grundrisse’ decía que «el mundo moderno deja insatisfecho, o si en algo satisface es trivialmente». Es otra manera de decir que estamos efectivamente en la noche del mundo, donde ni siquiera vemos el enorme problema en el que nos encontramos. En el libro empleo las categorías de dos autores muy diferentes, como Marx y Heidegger, para tratar de poner de manifiesto cuáles son las contradicciones de nuestro presente en el que todo el mundo calcula y nadie piensa. En el que la razón económica y técnica, técnico-científica, se ha impuesto como la única razón válida, y pretende reemplazar a todas las demás.

 

El siervo debe luchar por la soberanía nacional-popular como base de la democracia y de los derechos sociales

 

P. Insiste en que el eje político no debe ser izquierda y derecha, sino los de arriba y los de abajo. Y que ideológicamente hay que ser conservadores en cuanto a los valores (arraigamiento, lealtad, familia, eticidad, patria) y de izquierdas (emancipación, socialismo democrático, dignidad del trabajo). ¿Es esa la forma de ser marxista hoy?

R. Sí, creo que la geografía de la política actual ha cambiado profundamente. Hoy hay una especie de totalitarismo liberal que nos permite ser liberales de derecha, liberales de izquierda, liberales de centro, siempre y cuando seamos liberales, siempre, y, por lo tanto, izquierda y derecha se convierten en dos formas diferentes de ser liberales o, precisamente, en liberalismo político y económico, en práctica libertaria en las costumbres y, por supuesto, en atlantista en la esfera geopolítica. Creo que hoy debemos replantearnos una recategorización de la realidad política según la dicotomía alto/bajo o la categoría élite/pueblo, que a veces se utiliza como sinónimo. Esto implica que si la élite, el Señor globalista, es precisamente cosmopolita, a favor de la apertura ilimitada de la libre circulación, el siervo, en cambio, debe luchar por la soberanía nacional-popular como base de la democracia de los derechos sociales. Hoy es preciso restablecer el vínculo entre el Estado nacional y la revolución socialista. Este es el punto fundamental.

 

La UE es la despolitización de la economía y la imposición del interés del capital cosmopolita contra las comunidades nacionales

 

P. ¿Cuál va a ser el futuro de la UE? ¿Se romperá? ¿Qué opciones se abrirían? ¿Cree posible una alianza de los países del norte, como Alemania, Países Bajos, Suecia y demás y otra de los países del sur? ¿Cómo se recompondrá el orden internacional si la UE se hace más débil aún o si se rompe?

R. Debemos ser muy claros al dar una definición de la Unión Europea. La Unión Europea es la unión de las clases dominantes europeas contra las clases trabajadoras y los pueblos de Europa. Es la victoria post-1989 de un capitalismo que se realiza completamente disolviendo los últimos bastiones de resistencia: los Estados soberanos nacionales con el primado de lo político y de la democracia sobre el automatismo total del tecnocapitalismo. Esta es la Unión Europea. Un proceso de globalización, de despolitización de la economía y de imposición del interés del capital cosmopolita contra los intereses de las comunidades nacionales. Por eso, la lucha contra el capitalismo en nuestro continente hoy no puede dejar de ser una lucha contra la Unión Europea. La tragedia es que la izquierda ha abandonado esta lucha, en la medida en que ha pasado del internacionalismo proletario al cosmopolitismo liberal y, por lo tanto, deja que la lucha contra la Unión Europea, contra la globalización capitalista, la lleven a cabo fuerzas que, muy a menudo, no quieren la emancipación humana ni la solidaridad de los trabajadores, tratan simplemente de reaccionar mirando hacia un pasado que ya no existe.

P. ¿Cómo deberían actuar los países de Europa frente a EEUU y China?

R. Creo que Europa puede salvarse solo si recupera, por una parte, sus propias identidades culturales y su pluralidad estructural y, por otra parte, si se libera de la dictadura llamada Unión Europea, que es la dictadura del capital, de los mercados contra los trabajadores y los pueblos, y si se libera del yugo mortal del atlantismo de Washington. Tenemos que apuntar a un eje euroasiático que vaya desde la Rusia de Putin hasta China en función antiatlantista. Debemos liberarnos de esto y cambiar nuestro punto de vista.

 

Hay que huir del cosmopolitismo que destruye a las naciones y del nacionalismo, que es un egoísmo pensado a nivel de la nación

 

P. Insiste en que hay combatir el globalismo, pero tampoco hay que apoyar el nacionalismo. ¿Cuál es la opción?

R. Creo que hoy debemos ir más allá del globalismo y del nacionalismo. Al fin y al cabo, el globalismo no es más que el nacionalismo estadounidense que se ha hecho mundo y, por lo tanto, es una forma de nacionalismo llevado a su máximo desarrollo. Creo que es necesario hacer valer, contra estos dos opuestos, un modelo de internacionalismo entre Estados soberanos solidarios, basados en la democracia, el socialismo y los derechos de las clases más débiles y, en consecuencia, una especie de soberanía internacionalista, democrática y socialista, alejada tanto del cosmopolitismo que destruye a las naciones, como del nacionalismo que es un egoísmo pensado a nivel de la propia nación individual.

P. El Estado es el primado de lo político sobre lo económico. ¿Por eso el mundo global quiere acabar con los Estados?

R. Los Estados nacionales soberanos, en la modernidad, no han sido solo los lugares del imperialismo, del nacionalismo y de las guerras, como repite el orden del discurso dominante, que quiere destruir a los Estados para imponer el primado del capital globalista, donde los Estados se convierten únicamente en los mayordomos del capital. Esta es la visión liberal del Estado. En realidad, los Estados nacionales soberanos también han sido los lugares de las democracias y de las conquistas salariales de las clases débiles. Y es por esta razón que hoy el capital quiere destruirlos, ciertamente no para evitar las guerras o el imperialismo que, de hecho, prosperan más que nunca en el marco posnacional. Hoy el Estado puede representar el único vector de una revolución opositora contra el capital mundialista, tal y como demuestran perfectamente los acontecimientos de los países bolivarianos, como Bolivia, Venezuela o Ecuador que, a pesar de sus límites estructurales, están creando formas de populismo soberanista, socialista, patriótico, anti-globalista e identitario.

 

Muchos tontos que se dicen ‘de izquierda’ luchan contra el fascismo, que ya no existe, para aceptar el totalitarismo del mercado

 

P. Por ideas como estas, a usted se le ha llamado fascista. Sus posturas políticas asustan más a la izquierda que a la derecha. ¿Por qué? En esa demonización, ¿qué papel juegan los medios de comunicación y la Academia?

R. Por supuesto, hoy en día la categoría de ‘fascismo’ se usa de manera completamente deshistorizada y descontextualizada, para demonizar simplemente al interlocutor. Hoy quien reafirma la necesidad de controlar políticamente la economía y, por lo tanto, reintroducir la soberanía contra la apertura cosmopolita, es vilipendiado y tachado inmediatamente de ‘fascista’, ‘rojipardo’ y ‘estalinista’. La categoría de fascismo está, pues, completamente deshistorizada, solo sirve para ocultar el verdadero rostro de lo que Pasolini ya había identificado como el verdadero fascismo de hoy: el de la sociedad de mercado, el totalitarismo de los mercados y de las bolsas de valores especulativas. Este es el verdadero rostro del poder hoy en día, y muchos tontos que se hacen llamar ‘de izquierda’ luchan contra el fascismo, que ya no existe, para aceptar plenamente el totalitarismo del mercado. Estos últimos son los que luchan en Francia contra Le Pen para aceptar de buena gana a Macron. Luchan contra un fascismo que ya no existe para poder aceptar la nueva porra invisible de la economía de mercado. Y, por supuesto, la clase intelectual, el circo mediático y el clero intelectual desempeñan un papel fundamental en este proceso; la tarea de la clase intelectual, académica y periodística es garantizar que los dominados acepten el dominio de la clase dominante en lugar de rebelarse. De modo que, como en la caverna de Platón, amen sus propias cadenas y luchen contra cualquier libertador.

P. Ha insistido en que con una mano nos dan derechos civiles y con otra nos quitan derechos sociales. ¿En esto consisten las llamadas políticas de la diversidad?

R. Los llamados ‘derechos civiles’ hoy en día son, en realidad, ni más ni menos, los derechos del ‘bourgeois’, que Marx había descrito en ‘La cuestión judía’. En otras palabras, son los derechos del consumidor, como diríamos hoy, los derechos del individuo que quiere todos los derechos individuales que puede comprar concretamente. Estoy pensando en los vientres de alquiler, por ejemplo, en la custodia de los niños según el coste del consumidor. Pues bien, hoy estamos asistiendo a un proceso mediante el cual el capital nos quita los derechos sociales, que son derechos vinculados al trabajo, a la vida comunitaria en la polis; anula estos derechos y, en cambio, aumenta los derechos del consumidor, siempre vinculados a un consumo que se lleva a cabo de manera individual, sin cuestionar nunca el orden de la producción y que, de hecho, terminan fortaleciendo el sistema capitalista en lugar de debilitarlo.

Además, crean una especie de microconflictualidad generalizada que actúa como un arma de distracción masiva y, también podríamos decir, como un arma de división masiva permanente. Por un lado, distrae de la contradicción capitalista que ya ni siquiera se menciona, y por otro lado, por así decirlo, divide a las masas en homosexuales y heterosexuales, musulmanes y cristianos, veganos y carnívoros, fascistas y antifascistas, etcétera. Y mientras esto ocurre de manera natural, el capital deja que las personas salgan a la calle por el orgullo gay, por los animales y por todo, pero ¡qué no se atrevan a echarse a las calles para luchar contra la esclavitud de los salarios, contra la precariedad o contra la economía capitalista! De ser así, ahí está la represión, como sucedió en Francia con los chalecos amarillos.

 

El capitalismo ha declarado la guerra a las raíces éticas en el sentido hegeliano, a las formas comunitarias de solidaridad

 

P. Señala que los lazos estables, representados en el matrimonio, se han convertido hoy en revolucionarios. ¿Por qué? ¿Cómo han cambiado las cosas para que algo radicalmente frecuente en la Historia se convierta hoy en revolucionario? ¿En qué consiste el consumismo erótico?

R. El capitalismo actual es flexible y precarizador. Disgrega a toda comunidad humana y quiere ver en todas partes al individuo sin identidad y sin vínculos, al consumidor que entabla relaciones desechables basadas en el consumo. Por eso, el capitalismo hoy ha declarado la guerra a lo que yo, en mi libro ‘Storia e coscienza del precariato. Servi e signori della globalizzazione’ (Bompiani, 2018) llamo las raíces éticas en el sentido hegeliano; es decir, aquellas formas comunitarias de solidaridad que van desde la familia a los organismos públicos como los sindicatos, la escuela, la universidad, hasta completarse en el Estado. Tiene como objetivo romperlas para reducir el mundo a un mercado único, como dijo Alain de Benoist: la sociedad se convierte en un único mercado global. Esta es la razón por la cual hoy en día la reetización de la sociedad, es decir, la revalorización de las raíces éticas en el sentido hegeliano es un gesto revolucionario.

 

Me parece que Podemos últimamente está entrando cada vez más en el frente único del partido único del capital

 

P. Afirma que hay que recuperar a Gramsci y apartarlo de las izquierdas liberal-libertarias que hoy dominan y que son quienes más lo han utilizado últimamente y que encarnan bien lo que Gramsci combatió. ¿Definiría también, por ir al caso español, a Pablo Iglesias o Íñigo Errejón, y a Podemos en general, como un fenómeno cultural de glorificación del capitalismo globalizado?

R. Sí, en lo esencial, Gramsci es todo lo opuesto de lo que está haciendo la izquierda en Italia y en gran parte de Europa, las izquierdas ya no son rojas sino fucsias, ya no son la hoz y el martillo, sino el arco iris. Luchan por el capital y no por el trabajo, luchan por el cosmopolitismo liberal y no por el internacionalismo de las clases trabajadoras. El caso específico de Podemos en España me parece bastante interesante, porque comenzó como fuerza soberanista y socialista, más allá de la derecha y la izquierda, pero me parece que últimamente está entrando cada vez más en el frente único del partido único del capital, y es realmente una lástima porque el partido Podemos originariamente parecía ser un partido de ruptura.

 

La izquierda es demofóbica: odia al pueblo porque el pueblo se le escapa de las manos

 

P. ¿Qué papel debe jugar el intelectual en este escenario?

R. En mi opinión, el intelectual de hoy debe restablecer lo que Gramsci llamaba la «conexión sentimental con el pueblo-nación», es decir, debe volver a conectar el pueblo a la política, a la intelectualidad misma, para que el pueblo salga de la pasividad y se transforme en subjetividad activa, como ya está sucediendo, en la medida en que el pueblo está rebelándose contra la élite cosmopolita. Lo hace votando por el Brexit, lo hace votando por Trump, lo hace votando en Italia contra el referéndum constitucional, lo hace votando en Grecia por el referéndum contra la austeridad de la Unión Europea. Pero el pueblo, dice Gramsci, debe ser ‘interpretado’, necesita de una filología viva, el pueblo es un texto que debe ser interpretado y no dirigido de manera unívoca. Hay que escuchar sus necesidades, sus exigencias, lo que la izquierda hoy no está haciendo; la izquierda es demofóbica, es decir, odia al pueblo, odia al pueblo porque el pueblo se le escapa de las manos, ya no se siente representado por una izquierda amiga del capital y de los amos, en lugar de los trabajadores y del pueblo.

P. Propone recuperar la utilización del italiano frente al inglés, y además de un italiano bien hablado o escrito. Lo entiende como una batalla cultural imprescindible. ¿Por qué?

R. Sí, yo propongo, en contra de la neolengua de los mercados que habla el inglés del ‘spread’, de la ‘spending review’, de la ‘austerity’ y de la ‘governance’, una veterolengua basada en la recuperación del italiano con toda su riqueza, el italiano de Dante y Maquiavelo. Es una batalla cultural de resistencia a la globalización y a ese ‘genocidio cultural’, como lo llamaba Pasolini, que la globalización está llevando a cabo destruyendo las culturas en nombre del único modelo permitido: el consumidor de mercancías, apátrida, posidentitario, que habla el inglés anónimo de los mercados financieros apátridas.

P.S. La entrevista ha sido realizada a través del correo electrónico y la traducción de las respuestas de Fusaro corresponde a su traductora al español, Michela Ferrante Lavín.

 

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[5] MARX: 11 Tesis (Diego Fusaro) y 6 Escolios (Diego L. Sanromán)

www.colaboratorio1.wordpress.com/2010/04/23/marx-11-tesis-diego-fusaro-y-6-escolios-diego-l-sanroman/

23 de abril de 2010

 

 

Hace algunos días o semanas, José Luis Redón llamaba la atención del grupo que Multitud mantiene en Facebook sobre la publicación del último libro de Diego Fusaro, Bentornato Marx! Rinascita di un pensiero rivoluzionario. Según señalaba en su comentario, el texto venía apadrinado por Gianni Vattimo y estaba dando algo que hablar en Italia. A mí me entró la curiosidad, decidí indagar en la Red y me topé con las 11 tesis que vienen a continuación en el blog del autor. He de advertir, desde el principio, que aún no he leído Bentornato Marx! y que, en consecuencia, violo con total descaro la recomendación hecha por Fusaro al comienzo del texto que se puede leer aquí; sin embargo, las tesis me resultaron lo suficientemente interesantes como para verterlas al castellano y someterlas a un breve comentario. Propongo ahora a vuestra consideración tanto sus tesis como mis escolios.

11 Tesis sobre Marx

El Marx que encontraréis en mi libro Bentornato Marx! Rinascita di un pensiero rivoluzionario (Bompiani, 2009, http://www.filosofico.net/bentornatomarx.htm) es del todo incompatible con cualquiera de las formas tradicionales de entender a Marx. Mi Marx es filósofo, libertario, discípulo de Fichte y de Hegel; no marxista, sino idealista; pensador no de lo colectivo, sino de las individualidades particulares liberadas de la alienación, y así sucesivamente. Todos los paradigmas aceptados por inercia quedan patas arriba. Lo que yo propongo es, en definitiva, una “reorientación gestáltica” de Marx: donde hasta ahora habíamos visto un ganso, intentemos ver un conejo. En 1845, Marx escribe las famosas 11 Tesis sobre Feuerbach. Me permito enunciar aquí mis once tesis sobre Marx, que encontraréis desarrolladas (y argumentadas) en el libro. Precisamente porque se trata de “tesis” apresuradas y no argumentadas, pido al lector que tenga paciencia para leer el libro antes de “señalarme con el dedo” y acusarme.

1) Marx no fue en absoluto el fundador del Marxismo, pues el Marxismo fue fundado por Engels y Kautsky bajo la forma de una dogmatización doctrinal del pensamiento de Marx, pensador de la crítica y, por esta misma razón, incompatible con cualquier dogmatización. La Kritik marxiana queda transformada (y, en consecuencia, transfigurada) por Engels y Kautsky en una «Weltanschauung» (visión del mundo) granítica. El marxismo fue, pues, en realidad, un “engelsismo”.

2) Marx tomó distancias con respecto al marxismo, es decir con respecto a la sistematización dogmática de su pensamiento emprendida cuando aún estaba en vida: “Todo lo que sé es que yo no soy marxista”, dijo una vez, y criticó punto por punto al nuevo movimiento marxista (Crítica del Programa de Gotha, que concluye con la expresión sintomática: “dixi et salvavi animam meam”).

3) Marx no fue en absoluto un economista, sino un filósofo, discípulo de Fichte y de Hegel: el movimiento con el que Marx quiere salir de la filosofía para arribar a la ciencia (a partir de La Ideología alemana, del 1845-1846) revela una profunda simetría con el movimiento teórico de Fichte y de Hegel, también ellos teóricos de la superación de la filosofía en la ciencia, entendida esta última como ciencia de la totalidad. “Ein Triumph der deutschen Wissenschaft” (“un triunfo de la ciencia alemana”): así calificará Marx su propio pensamiento en 1866. La referencia geográfica a Alemania es cualquier cosa menos casual: la ciencia alemana era la ciencia de Hegel y de Fichte, la ciencia de la Totalidad.

4) Marx fue un teórico de la individualidad libre, no de la colectividad nivelada. La constante preocupación de Marx es el individuo y su liberación de los mecanismos represivos, esclavizantes y alienantes de la sociedad capitalista. Marx aspira a realizar las promesas incumplidas por el liberalismo y, en primer lugar, la realización efectiva de la libertad del individuo, que sólo es posible bajo la forma de un “libre desarrollo de la individualidades”, solidarias entre sí y titulares de libertades iguales.

5) Marx fue un pensador de la crítica y jamás elaboró un sistema: el suyo es un campo de teorías in fieri, en continua reelaboración conforme al momento histórico. El título de sus obras lo revelan de forma irrefutable: desde la Crítica de la Filosofía Hegeliana del Derecho a El Capital. Crítica de la economía política, pasando por La Sagrada Familia. Crítica de la crítica crítica.

6) Marx fue un filósofo de la historia, que leyó el curso de los acontecimientos como una larga secuencia necesaria y destinada a desembocar en el comunismo como “reino de la libertad” (y no de la igualdad). El esquema hegeliano de la universalización de la libertad (de la libertad de uno a la libertad de todos) queda “futurizado” en Marx, que abre la dialéctica hegeliana al “todavía-no”: la libertad de todos, entendida de manera optimista por Hegel como ya actualizada en el presente, es enviada por Marx al mañana comunista. La filosofía de la historia de Marx sigue siendo la más seductora promesa de felicidad de la que haya sido capaz la modernidad.

7) Quien hoy dice que “Marx ha muerto” lo hace para darle muerte, porque sabe hasta qué punto está todavía vivo y resulta incómodo. “Marx ha muerto”: esta insoportable letanía no es, pues, el acta de un deceso, sino ese exorcismo cuyo fin es el de dar muerte a un ser vivo, cuya capacidad crítica sigue siendo hoy fortísima. Nadie piensa en recordarnos obsesivamente que Platón, Hegel o Kant están muertos…

8 ) No se puede volver a Marx; tan sólo volver a partir de él: de sus teorías, de sus iluminaciones. De Marx salen múltiples senderos, los cuales, dependiendo de cuál se emprenda, permiten adentrarse en la selva o salir de ella. Precisamente porque Marx no concretó sistema alguno (Engels), ni ninguna religión de estado atea y monopolística (Stalin), se puede partir de nuevo de su “obra abierta” para desarrollar nuevas teorías críticas capaces de denunciar las contradicciones con las que está entretejida nuestro presente.

9) Marx es el mayor crítico de la sociedad capitalista (que sigue siendo la nuestra): quien pretenda explicar la actualidad usando exclusivamente las lentes interpretativas marxianas, está sin duda condenado a la miopía; pero quien renuncie por completo a ponerse las lentes interpretativas de Marx, está abocado a la ceguera total. La crítica del presente no puede renunciar a la herencia del código originario marxiano. Alienación, fetichismo de la mercancía, producción como fin en sí misma, desvalorización del mundo humano: son todas ellas categorías que siguen siendo válidas hoy y que permiten someter a crítica el paisaje capitalista contemporáneo.

10) Marx desveló que la esclavitud en el mundo moderno es una esclavitud económica, no política: los obreros, quienes trabajan en los call-centers, etc., son “esclavos del salario” y están sometidos a la extorsión de la “plusvalía”. La nuestra no es la época de la libertad –como repite pomposamente la tradición liberal, de Smith a Popper-, sino una nueva fase de la larga “prehistoria” de la humanidad, marcada por la esclavitud: si se escarba bajo la epidermis de la realidad, se descubre que la libertad formal convive con el sometimiento material-económico de quien se ve constreñido, precisamente porque es formalmente libre, a venderse cotidianamente para poder mantenerse en vida como esclavo del capital (de los obreros a los trabajadores de los call-centers, etc.).

11) Marx no es responsable de las tragedias cometidas en nombre de Marx, del mismo modo que Cristo no lo es de las cometidas en el suyo. Marx es al comunismo del siglo XX lo que Cristo es a las cruzadas. O también: Marx es al marxismo lo que Cristo es al cristianismo; Engels es al marxismo lo que Pablo de Tarso es al cristianismo.
 
Seis Escolios

0.a) “El Marx que encontraréis en mi libro […] es del todo incompatible con cualquiera de las formas tradicionales de entender a Marx”. ¡Cándida osadía la de la juventud, que cree descubrir mundos que nunca nadie hubiera pisado ya antes! ¡Como si, después del siglo y medio que dura el banquete, las hienas filosóficas hubiesen dejado algún tejido sin desgarrar o algún hueso sin roer en el cadáver del Abuelo! A estas alturas, cada cual ha descubierto o se ha construido un Marx a la medida de sus propios fantasmas, y así tenemos Marxes autoritarios y libertarios, Marxes que son marxistas y que no lo son, Marxes filósofos, economistas y ebanistas, Marxes estructuralistas y desestructurados, maquiavélicos y humanistas, Marxes dictatoriales y radicalmente democráticos, Marxes progresistas, liberales y hasta reaccionarios, etcétera, etcétera. El Marx que nunca fue marxista tiene la ventaja de resultar muy simpático, pero el inconveniente de resultar muy poco original.

0.b) “Precisamente porque se trata de “tesis” apresuradas y no argumentadas, pido al lector que tenga paciencia para leer el libro antes de “señalarme con el dedo” y acusarme”. Sea. Pero lo que tenemos delante no es el libro, sino las once tesis, y ante ellas sólo caben dos actitudes: 1. bien las tomamos como un simple reclamo publicitario, en cuyo caso habría que dar por supuesto que se trata de un discurso puramente retórico cuya única función sería incitarnos al consumo del libro, una mercancía como cualquier otra; 2. bien consideramos que el texto tiene un valor sustantivo por sí mismo y que, en consecuencia, es digno de ser tomado en consideración y criticado. Ésta última es la que se asume aquí.

1) Respecto a las tesis 1 y 2, nada hay que objetar ni que añadir, salvo que tal vez la idea de un marxismo sin Marx e incluso contra Marx poco tiene de novedosa y es acaso tan vieja como el propio engelsismo. Ya se dijo que el Marx que nunca fue marxista es un tipo simpático y que además se mantiene a resguardo “de las tragedias cometidas en su nombre”, pero desvincular por completo a Marx de la tradición marxista que lo reivindicó tiene también un riesgo: el de desactivarlo políticamente de una vez por todas.

2) “Marx no fue en absoluto un economista, sino un filósofo, discípulo de Fichte y de Hegel”. Según esta afirmación, Marx habría atravesado centenares de anaqueles repletos de libros de economía sin siquiera mancharse de polvo su inmaculado traje de filósofo, lo cual a todas luces no es cierto. A la segunda idea contenida en el enunciado citado, que hace referencia a las “fuentes originarias” del pensamiento marxiano, yo opondría una doble vía: o bien consideramos que Marx (como Nietzsche y Freud) fue un “enfant naturel”, un “enfant sans père”, como indicase Althusser en Freud et Lacan (1964), con lo que nos ahorramos muchos engorros; o bien mantenemos la vieja propuesta de Lenin, con innegables virtudes didácticas aunque poco más, conforme a la cual dichas fuentes se encontrarían en una triple tradición: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés. Habría que añadir, con todo, que así descuidamos que Marx también recibió el influjo de cierta filosofía inglesa (por ejemplo, Ferguson) o de cierta economía política francesa (Pecqueur, sin ir más lejos) o incluso alemana (Weitling, entre otros, al que cita en varias ocasiones).

3) “Marx fue un teórico de la individualidad libre, no de la colectividad nivelada”. De acuerdo, si se sostiene tal idea con fines polémicos para alejar a Marx de las aberraciones estalinistas, pero no veo la necesidad ni el sentido de tal ejercicio a estas alturas de la historia. Acaso sería más acertado decir que Marx es un teórico de la “colectividad liberada” o, lo que es igual, del comunismo. De este modo se evitan ciertas confusiones y el riesgo de entregar a Marx por enésima vez al bando enemigo. Tal vez me equivoque, pero se diría que Fusaro trata, en sus tesis, de conjurar el temor de algunos posibles clientes: “Tranquilos –les apacigua-, no temáis. Marx no es el monstruo del que siempre os han hablado. En cierto modo, no era más que un liberal algo crítico con las insuficiencias del liberalismo de su tiempo. Podéis leerlo sin miedo al contagio de ideas perversas”.

4) “Quien hoy dice que “Marx ha muerto” lo hace para darle muerte, porque sabe hasta qué punto está todavía vivo y resulta incómodo”. Sin duda. Y una de las múltiples formas que existen de matar a Marx es convertirlo en un simple filósofo. Y lo que es peor: en un filósofo idealista.

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 «El asunto no es que determinada ultraderecha defienda ideas que puedan ser interpretadas de izquierdistas, sino que existe esa posibilidad desde el mismo momento en que la izquierda abandonó esas ideas»


[6] La culpa y el desconcierto: la polémica en torno a la entrevista a Fusaro a examen

Por Daniel Bernabé 

03/07/2019

https://actualidad.rt.com/opinion/daniel-bernabe/319949-culpa-desconcierto-polemica-entrevista-fusaro

 

«No estamos modificando el mundo real para ajustarlo al ideal. Nos contentamos con modificar el ideal, lo cual es mucho más fácil». (G.K. Chesterton).

 

Daniel Bernabé

El 21 de noviembre de 2018 aparece publicada en la revista Estudios de política exterior una entrevista a Aleksandr Duguin realizada por Clara Ramas y Jorge Tamames. El intelectual ruso despierta una enorme curiosidad en muchos países de Europa occidental por sus posiciones que pretenden superar las ideologías de la modernidad, es decir, liberalismo, comunismo y fascismo, así como por su supuesta influencia en el Kremlin. Ramas y Tamames son a su vez dos jóvenes intelectuales españoles con currículo en prestigiosas universidades europeas y próximos el errejonismo que intervienen habitualmente en el debate público.

En la entradilla de la entrevista se explica que «Duguin es uno de los teóricos de relaciones internacionales más controvertidos del planeta», así como que «Duguin ha visitado Madrid a mediados de noviembre para hablar en un acto convocado por organizaciones de extrema derecha». La conversación, pese a su gran interés, pasa desapercibida fuera de los círculos políticos y académicos. Nadie cuestiona que dos intelectuales progresistas entrevisten a una figura que, más allá de sus posiciones, parece ser reclamada por la ultraderecha. El interés por desentrañar una situación mundial donde los ejes ideológicos son cada vez más difíciles de situar parece primar sobre la precaución de dar voz a alguien opuesto a sus posiciones.

«Este pasado 29 de junio, el periodista Esteban Hernández publicaba en El Confidencial una entrevista a Diego Fusaro (…) le han llovido todo tipo de críticas acusándole, como él mismo anticipaba en la entradilla, de blanquear el fascismo». 

Este pasado 29 de junio, el periodista Esteban Hernández publicaba en El Confidencial una entrevista a Diego Fusaro, un intelectual italiano tan controvertido como el propio Duguin. En la entradilla de la entrevista se advierte al lector de que Fusaro es una de la voces «más polémicas de Italia, ya que ocupa una posición ideológica que aúna posiciones conservadoras y de izquierda». También que «eso le ha llevado a sostener posiciones con las que muchos salvinistas no están en desacuerdo» y que en «no pocas ocasiones ha sido tildado de rojo y de fascista». Se hace notar también que Fusaro ha sido publicado en España por editoriales de izquierda y de derecha como Fides, casa que comparte con Duguin.

A Esteban Hernández, a diferencia de Ramas y Tamames, le han llovido todo tipo de críticas acusándole, como él mismo anticipaba en la entradilla a la entrevista, de blanquear el fascismo. La principal ha sido la de no contextualizar suficiente al entrevistado, al parecer «ocultando» –la palabra se repetía y no casualmente– sus vinculaciones con los ultras. Las invectivas han llegado de una parte sustancial del progresismo, con líderes como Garzón entrando en la polémica, con su particular estilo de tirar la piedra y esconder la mano, primero exonerando a Hernández para luego hablar de la existencia de una «izquierda teenager», mediocre intelectualmente y que ejerce de «mosca cojonera», para acabar tildándola de obrerista, opuesta al feminismo e incapaz de analizar los nuevos contextos.

Paradójicamente, además de periodistas y activistas de distinto pelaje, quien más ímpetu ha puesto en criticar a Hernández han sido intelectuales errejonistas como Jorge Lago y Germán Cano, coincidiendo con Garzón en hablar de «viejos dinosaurios de la izquierda» que flirtean con el neofascismo. Se diría que se querían cobrar pieza de Manolo Monereo, histórico dirigente de la izquierda española, la pasada legislatura diputado de Podemos, que expresó su interés por la entrevista y el pensamiento de Fusaro y, más allá, protagonizó junto a Julio Anguita y Héctor Illueca una polémica de similares características el pasado verano.

«Es tan cierto que Fusaro mantiene relaciones con la extrema derecha italiana como que ninguna de las ideas que aparecían en la entrevista podrían ser calificadas de tal forma, ni siquiera algunas de conservadoras».

Al margen de lecturas interesadas, comparando las entradillas de ambas entrevistas, nada con lo que se acuse a Hernández puede salvar a Ramas y Tamames, y nada de lo que deje exentos de crítica a los intelectuales puede dejar en la cuneta al periodista. Entonces, ¿por qué tal polémica, tal campaña de desprestigio lanzada por el progresismo, que ha recordado a la vivida por TVE antes de la entrevista al líder independentista vasco Otegi, lanzada por la derecha?

En primer lugar, y esto es algo que se puede escribir cuando no se está implicado directamente en el asunto, el jaleo contra Hernández hay que leerlo desde la búsqueda de méritos para lograr ascensos políticos, las envidias profesionales mal curadas y las simples rencillas llevadas a lo personal por el carácter incisivo de los artículos del periodista. La jauría, una vez que echa a andar, no entiende de ideología, tan sólo de llenarse el buche con el festín. Pero hay algo más, evidentemente.

Todo la polémica que ha rodeado la entrevista a Fusaro ha tenido un denominador común: nadie ha comentado una línea de la conversación en sí misma. La excusa esta vez era que no se podía obligar al progresismo a considerar las ideas de un ultra. Es tan cierto que Fusaro mantiene relaciones con la extrema derecha italiana como que ninguna de las ideas que aparecían en la entrevista podrían ser calificadas de tal forma, ni siquiera algunas de conservadoras. Y aquí viene la primera almendra de todo el asunto.

«Mientras que la ultraderecha da soluciones mezquinas a problemas reales, el progresismo se dedica o a ignorar esos problemas o a celebrar determinadas conquistas neoliberales como si fueran propias».

El asunto no es que determinada ultraderecha defienda ideas que puedan ser interpretadas de izquierdistas, sino que existe esa posibilidad desde el mismo momento en que la izquierda abandonó esas ideas. Lo preocupante es que no se establezca una discusión diáfana por ver qué elementos han sido usurpados y utilizados como coartada social por parte de los ultras, sino que directamente se tache con alguna etiqueta punitiva a quien haga crónica del fenómeno. Eso llamado «rojipardismo» no es ni siquiera una vulgarización descriptiva como puede serlo el término «izquierda posmoderna», es la incapacidad de asumir que alguien te está robando la cartera y la cerrazón de que el camino emprendido por el progresismo tras 1991 nos ha conducido a una situación donde quien se denomina fuerza del cambio carece de horizontes, evita el conflicto y abjura del orgullo.

Mientras que la ultraderecha da soluciones mezquinas a problemas reales, el progresismo se dedica o a ignorar esos problemas o a celebrar determinadas conquistas neoliberales como si fueran propias. Mientras que la ultraderecha proporciona certezas construyendo guaridas excluyentes, el progresismo se dedica a atomizar identitariamente poniendo a competir a sujetos políticos complementarios. Mientras que la ultraderecha utiliza una épica rebelde y un lenguaje anti-élites, el progresismo intenta vestir los trajes de la moderación y la respetabilidad. Mientras que los ultras mancillan los derechos humanos cuando les viene en gana, el progresismo reniega de las ideas universales y aboga por el relativismo cultural.

«El progresismo mientras aduce que los malos resultados electorales se deben al miedo del hombre cis-hetero-blanco a los avances en derechos civiles. Sus intelectuales no explican por qué la ultraderecha confía en atraer cada vez más voto femenino o por qué el colectivo LGTB ha sido el que mayor apoyo porcentual ha dado al Frente Nacional francés en las pasadas elecciones». 

Por suerte, en España, la ultraderecha representada en Vox carece de algunos de estos atributos, dedicándose casi en exclusiva a la cuestión nacional, la inmigración y las guerras culturales contra el feminismo y el colectivo LGTB. Lo cual no implica que, aún así, sin haber hecho uso de una estética rebelde y un programa con pinceladas sociales, hayan obtenido porcentajes de en torno al 10% en zonas de clase trabajadora en estas últimas elecciones generales. La clase trabajadora no ha votado mayoritariamente, ni en España ni en otros países de Europa, a la ultraderecha. Pero su abstencionismo es notorio, como si estuvieran en el impás del descontento. Otro porcentaje creciente, unido a capas medias incapaces de explicar por qué el sistema capitalista les traiciona, se identifica de forma profunda con un mensaje que culpa a las minorías y a los burócratas de la UE de sus problemas. Más que desposeídos por la globalización, estupefactos con la misma.

El progresismo mientras aduce que los malos resultados electorales se deben al miedo del hombre cis-hetero-blanco a los avances en derechos civiles. Sus intelectuales no explican por qué la ultraderecha confía en atraer cada vez más voto femenino o por qué el colectivo LGTB ha sido el que mayor apoyo porcentual ha dado al Frente Nacional francés en las pasadas elecciones. Tampoco por qué en España la izquierda ha perdido entre diez y quince puntos en las últimas dos décadas, haciendo imposibles gobiernos estables que antes eran habituales. Sirva como dato que en las elecciones municipales, Izquierda Unida obtuvo en 1995 un 11,68% de apoyo, 3493 concejales y más de dos millones y medio de votos, cuando en 2019 sumando los votos de la propia IU, Podemos, Equo y Más Madrid, los votantes eran ciento cuarenta mil menos, el apoyo bajaba al 10,76% y los concejales a 2582. Mientras la clase media aspiracional y los partidos que la representan, como Ciudadanos, parecían llevarse esos porcentajes perdidos.

«Si volvemos contra los progresistas los argumentos empleados por ellos mismos se diría que hay algunos que están muy satisfechos con que la ultraderecha se haya apropiado de algunas ideas antaño patrimonio de la izquierda. Alguien, podríamos pensar, les ha hecho el trabajo para no tener que tratar nunca más con ese concepto tan problemático e incómodo llamado lucha de clases».

Y no lo explican porque eso sería admitir que el progresismo, desde los partidos hasta los activistas, desde los intelectuales hasta su masa social, no sabe qué hacer, cómo enfrentarse a los resultados de la crisis. Vivimos un tiempo donde nos creemos que apelando a la diversidad desaparecerán todos nuestros problemas, que el todo es simplemente la suma de las partes, que la acción política consiste en narrativas pizpiretas. Y no.Atomizar no es una buena idea, sobre todo cuando el resultante es incapaz de encontrar o recordar las complicidades que le unen. Pensar que el todo es la suma de las partes no es una buena idea, sobre todo cuando las partes compiten por su representación en mil pequeñas luchas fratricidas. Pensar que el discurso lo es todo, cayendo en el solipsismo de la lucha cultural no es una buena idea, sobre todo cuando se ha olvidado cómo influir y ordenar en los poderes financieros. Lo peor de todo esto, es que en la época de las primarias y la participación todos estos caminos y decisiones se toman sin tener en cuenta la estupefacción de militantes, simpatizantes y ciudadanos que no comprenden quién ha decidido seguir dándose de cabezazos contra un muro tan colorista.

Si volvemos contra los progresistas los argumentos empleados por ellos mismos, se diría que hay algunos, especialmente tozudos en su ensoñación socioliberal, que están muy satisfechos con que la ultraderecha se haya apropiado de algunas ideas antaño patrimonio de la izquierda. Alguien, podríamos pensar, les ha hecho el trabajo para no tener que tratar nunca más con ese concepto tan problemático e incómodo llamado lucha de clases. Para evitar tener que hablar de la familia, esa construcción inquebrantable ante la acracia financiera. Para no tener que explicarnos por qué si somos cada vez más desiguales parece que sólo nos importa ser ya diferentes. Para poder evitar tratar cuál es el papel del Estado en un contexto donde sólo se concibe para la represión y repartir las pérdidas de los banqueros. Para soslayar que sin soberanía es imposible llevar a cabo cualquier política, por muy inclusiva y transversal que pretenda ser. Para no tener que tratar por qué en España apenas se habla de la iniciativa china de La franja y la ruta o por qué Rusia es visto como un enemigo potencial cuando era uno de nuestros principales clientes en el mercado alimentario.

Se diría que algunos progresistas, antes que reconocer el descrédito de sus propuestas tras los treinta años más ruinosos en términos de victorias políticas y pérdida de derechos, son capaces de asimilar al fascismo a cualquiera que se atreva a contradecirles desde la izquierda.

Alguien, de forma maledicente, comentaba en una red social que estas polémicas son artificiales y que estaban provocadas por algunos periodistas e intelectuales para «vender libros». Es cierto que la mayoría de la gente no está para estas cosas, pero simplemente porque ya ha elegido. Hoy el descreimiento. Mañana quién sabe.

 

 

 

 

 

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