SPINOZA Y EL UNIVERSO ELEGANTE, por Pedro G. Cuartango

“Tu pregunta es la más difícil del mundo. No es algo que pueda responder con un simple sí o no. No soy ateo. No sé si pueda definirme como un panteísta. El problema en cuestión es demasiado vasto para nuestras mentes limitadas. ¿Puedo contestar con una parábola? La mente humana, no importa que tan entrenada esté, no puede abarcar el universo. Estamos en la posición del niño pequeño que entra a una inmensa biblioteca con cientos de libros de diferentes lenguas. El niño sabe que alguien debe de haber escrito esos libros. No sabe cómo o quién. No entiende los idiomas en los que esos libros fueron escritos. El niño percibe un plan definido en el arreglo de los libros, un orden misterioso, el cual no comprende, sólo sospecha. Esa, me parece, es la actitud de la mente humana, incluso la más grande y culta, en torno a Dios. Vemos un universo maravillosamente arreglado, que obedece ciertas leyes, pero apenas entendemos esas leyes. Nuestras mentes limitadas no pueden aprehender la fuerza misteriosa que mueve a las constelaciones. Me fascina el panteísmo de Spinoza, porque él es el primer filósofo que trata al alma y al cuerpo como si fueran uno mismo, no dos cosas separadas”

Entrevista  a Einstein de 1930 publicada en el libro Glimpses of the Great de G. S. Viereck

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SPINOZA Y EL UNIVERSO ELEGANTE

Por Pedro G. Cuartango

 

Enfermo y sintiendo cerca el final, ebrio de orgullo por haber volado a una altura intelectual a la que nadie ha conseguido remontarse, Spinoza se afana en terminar su Ética. Sabe que le falta poco, que su obra será inmortal y que muchos siglos después los hombres seguirán interrogándose sobre su sentido. Spinoza llega, a sus 43 años, a la certeza de que el hombre es una minúscula pieza de ese engranaje que es Dios. Las propias leyes que rigen la física y la naturaleza son modos en los que el Hacedor se manifiesta de forma silenciosa. Ahora los físicos disponen de una teoría global que vale para entender tanto lo muy pequeño como lo infinitamente grande. Hablan de un universo elegante, semejante a una gran orquesta afinada por una mano invisible. Einstein se quedaría boquiabierto. Si Spinoza pudiera levantarse de la tumba, podría decir que él había llegado a una conclusión semejante en su modesta casa de La Haya, porque nada más parecido a los quarks y las cuerdas que su teoría sobre la sustancia, formulada en 1675”.

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Eppo Doeve

ME IMAGINO a Spinoza en una noche de invierno en su modesta vivienda alquilada, llena de libros, con los muebles cubiertos del polvo que producían las lentes que afinaba. Le veo escribiendo febrilmente a la luz de las velas con una pluma, tachando y rehaciendo los textos. Allí está él, totalmente solo, excomulgado del judaísmo y tachado de hereje por sus vecinos. Las calles están desiertas, el viento azota los caminos, pero la mente de Spinoza trabaja en descifrar los grandes enigmas sobre la naturaleza de Dios y el ser humano.

Enfermo y sintiendo cerca el final, ebrio de orgullo por haber volado a una altura intelectual a la que nadie ha conseguido remontarse, Spinoza se afana en terminar su Ética. Sabe que le falta poco, que su obra será inmortal y que muchos siglos después los hombres seguirán interrogándose sobre su sentido.

El filósofo lucha contra la muerte y contra el tiempo, atributos de la sustancia de la que están hechas las cosas. Todos somos sustancia y la sustancia es Dios. Todo lo que ocurre está previsto por las leyes de la Divina Providencia. El mundo y los hombres no tienen un propósito concreto, son la expresión de la naturaleza de Dios.

Spinoza llega, a sus 43 años, a la certeza de que el hombre es una minúscula pieza de ese engranaje que es Dios. Las propias leyes que rigen la física y la naturaleza son modos en los que el Hacedor se manifiesta de forma silenciosa. Yendo incluso más lejos, Spinoza cree que el hombre, la Naturaleza y Dios son lo mismo, porque comparten la misma sustancia.

¿Desvarío de un intelectual sin sentido de los límites? ¿Sueño de un heterodoxo visionario? ¿Soberbia de la razón? Saltemos tres siglos en el tiempo. La teoría de las cuerdas, el último umbral de la física contemporánea, revela que los electrones y los quarks están compuestos de delgadas fibras que vibran de una forma característica. La composición de la materia depende de la vibración de esas cuerdas.

Las cuerdas sirven para explicar el comportamento del átomo y las grandes leyes que rigen el cosmos. Por primera vez, los físicos disponen de una teoría global que vale para entender tanto lo muy pequeño como lo infinitamente grande. Los extremos se tocan porque las partículas subatómicas reproducen la estructura de la materia de la que están hechas las estrellas. Los científicos hablan de un universo elegante, semejante a una gran orquesta afinada por una mano invisible. Einstein se quedaría boquiabierto.

Si Spinoza pudiera levantarse de la tumba, podría decir que él había llegado a una conclusión semejante en su modesta casa de La Haya porque nada más parecido a los quarks y las cuerdas que su teoría sobre la sustancia, formulada en 1675.

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PEDRO G. CUARTANGOperiodista burgalés, nacido en 1955. Tomado de ElMundo.es, 05/08/2009.

 

 

 

 

 

 

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