Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte VI- Démeter

INDICE DE POST´s  EL FENOMENO HUMANO – Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE VI-

 

II.- LA VIDA 

(…)

Cap. III  DEMETER 

1. El hilo de Ariadna 

2. La ascensión de Consciencia 

3. La proximidad de los tiempos 

 

 

CAPÍTULO III

DEMETER

 

¡Demeter! ¡La Tierra-Madre! ¿Un fruto? ¿Qué fruto?… ¿Trata de nacer sobre el Árbol de la Vida?

A lo largo de todo el capítulo que precede hemos hablado de crecimiento para expresar las tendencias de la Vida. Hemos podido, incluso, hasta una cierta medida, reconocer el principio de esta floración, que se nos ha aparecido enlazada al fenómeno de aditividad dirigida. Por acumulación continuada de propiedades (sea cual sea el mecanismo exacto de esta herencia), la Vida viene haciendo “bola de nieve”. Acumula caracteres sobre caracteres en su protoplasma. Va complicándose más y más. Pero ¿qué representa en su conjunto este movimiento de expansión? ¿Exploración operante y definida, como la de un motor? ¿O disparo desordenado en todas direcciones, como el de una explosión?

Todos los investigadores, decía yo, están hoy de acuerdo acerca del hecho general de la existencia de una evolución. Por lo que respecta a la cuestión de saber si esta evolución está dirigida, la cosa cambia. Preguntad en la actualidad a un biólogo si admite que la vida vaya hacia algo al filo de sus transformaciones; nueve veces sobre diez os responderá: “No”, e incluso de una manera apasionada. Que la materia organizada esté en continua metamorfosis, os dirá, e incluso que esta metamorfosis la haga deslizarse con el tiempo hacia formas cada vez más improbables, esto salta a la vista. Pero ¿qué escala podríamos hallar para apreciar el valor absoluto, o simplemente relativo, de estas frágiles construcciones? ¿Con qué derecho decir, por ejemplo, que el Mamífero-aunque fuera el Hombre-es más avanzado y más perfecto que la Abeja o la Rosa?… Hasta cierto punto podemos clasificar los seres dentro de círculos cada vez mayores, siguiendo su distanciación en el Tiempo a partir de la célula inicial. Pero a partir de un cierto grado de diferenciación ya no sabríamos establecer, científicamente, ninguna prioridad entre estas distintas elucubraciones de la Naturaleza. Soluciones diversas, pero equivalentes. Alrededor del centro todos los radios, en todos los azimuts de la esfera, son igualmente buenos. Ya que nada parece conducir a nada.

La Ciencia, en sus ascensiones -e incluso, como lo mostraré luego, la Humanidad, en su marcha-, está dando vueltas’ sin avanzar por el hecho de que los espíritus dudan en reconocer que existe una orientación precisa y un eje privilegiado de evolución. Debilitados por esta duda fundamental, las investigaciones se dispersan y las voluntades no se deciden de verdad a construir la Tierra.

Quisiera hacer comprender aquí el porqué, dejando aparte cualquier antropocentrismo o cualquier antropomorfismo, creo ver la existencia de un sentido y de una línea de progreso en el seno de la Vida, sentido y línea tan perfectamente marcados, incluso, que su realidad, estoy convencido de ello, será admitida por la Ciencia del mañana.

 

 

1. EL HILO DE ARIADNA

Para empezar, dado que se trata, en esta materia, de grados en la complicación orgánica, tratemos de encontrar un orden dentro de la complejidad.

Explorado sin algún hilo director, hay que reconocer que el conjunto de los seres vivos constituye, cualitativamente, un laberinto inextricable. ¿Qué es lo que pasa, adónde vamos a parar a través de esta monótona sucesión de abanicos?… Los seres multiplican, sin duda, con los siglos el número y la sensibilidad de sus órganos. Pero los reducen, asimismo, par especialización. Y por otra parte, ¿qué significa verdaderamente el término de “complicación”? … En realidad existen tantas maneras distintas para un animal para hacerse menos simple… ¿Diferenciación de los miembros? ¿De los tegumentos? ¿De los tejidos? ¿De los órganos sensoriales? Según el punto de vista adoptado, son posibles toda clase de distribuciones. Entre estas múltiples combinaciones, ¿existe realmente alguna que sea más verdadera que las demás, es decir, que dé al conjunto de las vivientes una coherencia más satisfactoria, sea en relación consigo misma, sea en relación con el Mundo en el seno del cual la Vida se halla empeñada?

Faro responder a esta pregunta nos es necesario, pienso yo, volver hacia atrás y reemprender las consideraciones por medio de las cuales trataba antes de fijar las relaciones mutuas entre Exterior o Interior de las Cosas. La esencia de lo Real, decía, podría ser representada por lo que el Universo contiene, en un momento dado, de “interioridad”, y la Evolución en este caso no sería otra cosa, en el fondo, que el acrecentamiento continuo de esta Energía “psíquica” o “radial” en el curso de la Duración, bajo la Energía mecánica o “tangencial”, prácticamente constante a la escala de nuestra observación. ¿Cuál es, por otra parte, añadía, la función particular que entrelaza experimentalmente una a otra, en sus desarrollos respectivos, las dos Energías radial y tangencial del Mundo? Evidentemente, la ordenación: la ordenación a cuyos sucesivos progresas corresponden interiormente, según lo podemos verificar, un crecimiento y una profundización continuos de consciencia.

Invirtamos ahora (sin círculo vicioso, sino por simple ajuste de perspectiva) esta proposición. ¿Nos sentimos entorpecidos para distinguir, entre las innumerables complicaciones experimentadas por la Materia orgánica en ebullición, las que sólo son diversificaciones de superficie de las (¡si es que existen!) que corresponderían a una agrupación renovadora de la Trama del Universa? Pues bien: intentemos solamente reconocer si, entre todas las combinaciones ensayadas por la Vida, algunas no estarían orgánicamente asociadas a una variación positiva de psiquismo en las seres que las poseen. Si resulta ser así, y si mi hipótesis es justa, son ellas, sin duda alguna, las que dentro de la masa equívoca de las transformaciones triviales representan las complicaciones por excelencia, las metamorfosis esenciales; aprehendámoslas y sigámoslas. Poseen probabilidades de conducirnos hacia alguna parte. 

Planteado en estos términos, el problema se resuelve inmediatamente. Sí, es seguro que existe en los organismos vivientes un engranaje de elección para el juego de la conciencia; y basta que nos contemplemos a nosotros mismos para percibirlo: es el sistema nervioso. De manera positiva no aprehendemos más que una sola interioridad en el Mundo: la nuestra directamente, y al mismo tiempo, merced a una equivalencia inmediata, gracias al lenguaje, la de los demás hombres. Sin embargo, tenemos todas las razones para pensar que también en los animales existe un cierto interior que puede ser aproximadamente mensurable de acuerdo con la perfección de su cerebro. Tratemos, pues, de distribuir los seres vivientes par su grado de “cerebralización”. ¿Qué es lo que sucede? Un orden, precisamente aquel orden que buscábamos, se establece, y de una manera automática.

Reconsideremos, para empezar, dentro del Árbol de la Vida, la región que mejor conocemos, puesto que es todavía hoy particularmente vivaz y puesto que formamos parte de la misma: la Rama de los “Cordados”. En este conjunto aparece un primer carácter puesto a la luz desde hace mucho tiempo por la Paleontología: es el hecho de que, de capa en capa, por saltos masivos, el sistema nervioso se va desarrollando y concentrando constantemente. ¿Quién no conoce el ejemplo de esos enormes Dinosaurios, en los cuales la masa cerebral, ridículamente pequeña, no formaba más que un estrecho rosario de lóbulos muy inferiores en diámetro al de la medula en su región lumbar? Estas condiciones recuerdan las que prevalecen por debajo en los Anfibias y en los Peces. Pero si ahora pasamos al estadio superior, a los Mamíferos, ¡qué cambio!

En los Mamíferos, es decir, esta vez en el interior de una misma capa, el cerebro es, por término medio, mucho más voluminoso y plegado que en cualquier otro grupo de Vertebrados. Y no obstante, si se mira más en detalle, ¡cuántas desigualdades aún y qué ordenación sobre todo en el reparto de diferencias! Una gradación de acuerdo con la posición de las Biotas, en primer lugar: en la Naturaleza actual, los Placentarios pasan, cerebralmente, por delante de los Marsupiales. Y también gradación según la edad en el interior de una misma Biota. En el Terciario inferior, puede decirse, los cerebros de los Placentarios (con la excepción de algunos Primates) son siempre relativamente más pequeños y menos complicados que a partir del Neógeno. Esto se verifica de una manera perentoria en algunos phyla extintos, tales los Dinoceráticos, monstruos cornudos cuya caja craneana no ultrapasaba mucho, por la pequeñez y la separación de los lóbulos, el estadio alcanzado por los Reptiles secundarios. Tales también los Condilartros. Pero esto se observa todavía hasta en el interior de una misma línea. En los Carnívoros Eocénicos, por ejemplo, el cerebro, todavía en el estadio marsupial, es liso y bien separado del cerebelo. Y sería fácil alargar la lista. De una manera general, sea cual sea el radio escogido sobre un verticilo cualquiera, resulta raro que no podamos, mientras sea lo suficientemente largo, observar que conduce, con el tiempo, a formas cada vez más “cefalizadas”.

 

Estructura de un cordado

 

Saltemos ahora a otra Rama, la de los Artrópodos y de los Insectos. Igual fenómeno. Aquí dado que nos encontramos con otro tipo de consciencia, es menos fácil una estimación de valores. No obstante, el hilo que nos guía parece aún muy resistente. De grupo en grupo, de edad en edad, estas formas psicológicamente tan lejanas experimentan también, como nosotros, la influencia de la cefalización. Los ganglios nerviosos se aprietan. Se localizan y crecen hacia delante, en la cabeza. Y al mismo tiempo los instintos se complican. Y también simultáneamente se manifiestan (tendremos ocasión de volver sobre ello) extraordinarios fenómenos de socialización. 

Se podría insistir sin cesar en este análisis. He dicho lo bastante para indicar con qué sencillez, una vez cogida la hebra, se deshace el ovillo. Por razones evidentes de comodidad, los naturalistas se hallan conducidos, en la clasificación de las formas organizadas, a utilizar ciertas variaciones en la ornamentación o aun ciertas modificaciones funcionales de aparato óseo. Su clasificación, guiada por ortogénesis que afectan a la coloración y a la nerviación de las alas, o a la disposición de los miembros, o a la forma de los dientes, desenmaraña los fragmentos aislados o incluso el esqueleto de una estructura en el mundo viviente. Pero dado que las líneas así trazadas no expresan más que armonías secundarias de la evolución, el conjunto del sistema no adquiere figura ni movimiento. Desde el instante, por el contrario, en que la medida (o el parámetro) del fenómeno evolutivo es buscado en la elaboración del sistema nervioso, no sólo la multitud de los géneros y de las especies cae dentro del orden, sino que la red entera de sus verticilos, de sus capas, de sus ramas, se eleva como una gavilla trémula. No sólo una repartición de las formas animales, siguiendo su grado de cerebralización, coincide exactamente con los contornos impuestos por la Sistemática, sino que confiere incluso al Árbol de la Vida un relieve, una fisonomía, un impulso, en los cuales es imposible no reconocer el signo de la verdad. Tanta coherencia -y añadamos tanta facilidad, tanta fidelidad inagotable y potencia evocadora en la coherencia- no podría ser un efecto del azar.

Entre las infinitas modalidades en que se dispersa la complicación vital, la diferenciación de la sustancia nerviosa se desprende, tal como la teoría lo hacía prever, como una transformación significativa. Ella da un sentido, y, por consiguiente, prueba que existe un sentido de la evolución.

Esta será mi primera conclusión.

Ahora bien: esta proposición tiene un corolario. En los seres vivientes (éste era nuestro punto de partida), el cerebro es un indicador y una medida de consciencia. En los seres vivientes, acabamos de añadir ahora, se verifica que el cerebro va perfeccionándose constantemente con el tiempo, hasta el punto de que determinada calidad de cerebro aparece esencialmente relacionada con una cierta fase de Duración.

La conclusión última se desprende por sí misma, una conclusión que a la vez verifica las bases y dirige la continuación de nuestra Exposición. Dado que, tomada en su totalidad y a lo largo de cada rama, la Historia Natural de los seres vivos diseña exteriormente el establecimiento gradual de un vasto sistema nervioso, es que ella misma se corresponde interiormente con la instalación de un estado psíquico hecho a la medida de las dimensiones mismas de la Tierra. En superficie, las fibras y los ganglios. En profundidad, la consciencia. Nosotros no buscábamos sino una simple regla para ordenar el embrollamiento de las apariencias. Y he aquí que poseemos (en plena conformidad con nuestras anticipaciones iniciales sobre la naturaleza últimamente psíquica de la evolución) una variable de fondo capaz de seguir en el Pasado y quizá también de definir en el Futuro la verdadera curva del Fenómeno.

¿El problema quedaría resuelto?

Casi diríamos que sí. Pero con una condición, naturalmente, la cual va a parecer dura a algunos prejuicios de la Ciencia. Y es que, por un cambio o por una inversión de plan, vamos a dejar el Exterior para trasladarnos al Interior de las cosas.

 

 

2. LA ASCENSIÓN DE CONSCIENCIA

Reconsideremos desde ahora, tal como se nos ha aparecido en sus grandes líneas, el movimiento “expansivo” de la Vida. Pero esta vez, en lugar de perdernos por entre el dédalo de las ordenaciones que afectan a las energías “tangenciales” del Mundo, intentemos seguir la marcha “radial” de sus energías internas.

Todo se esclarece definitivamente en valor, en funcionamiento y en esperanza…

a) Lo que se descubre al empezar, gracias a este simple cambio de variable, es el lugar ocupado par el desarrollo de la Vida era la historia general de nuestra planeta.

Más arriba, después de haber discutido el origen de las primeras células, habíamos estimado que si su generación espontánea no se produjo más que una sola vez en el curso de los tiempos es debido aparentemente a que la formación inicial del protoplasma estaba ligada a un estado atravesado, sólo por una vez, por el quimismo general de la Tierra. La Tierra, decíamos entonces, debe ser considerada como la sede de una cierta evolución global e irreversible, más importante para que la Ciencia la considere que cualquier otra -de las oscilaciones que corren por su superficie, y la emersión primordial de la materia organizada señala un punto (¡un punto crítico!) sobre la curva de esta evolución.

Después de esto, el fenómeno había parecido perderse en una pululación de ramajes. Lo habíamos casi olvidado. Y he aquí que emerge de nuevo. Con y en la marea (debidamente registrada por los sistemas nerviosos) que lleva la onda viviente hacia cada vez mayor consciencia, vemos reaparecer el gran movimiento de fondo del cual aprehendemos la continuación.

De la misma manera que el geólogo ocupado en enumerar las transgresiones y los plegamientos, el paleontólogo, que fija en el tiempo la situación de las formas animales, está expuesto a no ver en el Pasado más que una serie de pulsaciones monótonas, homogéneas entre sí. En estos cuadros, los Mamíferos suceden a los Reptiles, y los Reptiles a los Anfibios, como los Alpes a las cadenas ciméricas, y éstas a los Montes hercinianos. Ahora podemos y debemos huir de esta perspectiva sin profundidad. Ya no el sinuosoide que sube, sino la espiral que se transforma en hélice. De Capa en Capa zoológica alga pasa y crece sin cesar, por sacudidas, en el mismo sentido. Y este algo es lo más físicamente esencial en el astro en que vivimos. Evolución de los cuerpos simples siguiendo la vía de la radiactividad, segregación granítica de los continentes, aislamiento quizá de las envolturas interiores del Globo y tantas otras transformaciones que, además del movimiento vital, forman, sin duda, una nota continua bajo los ritmos de la Tierra. Desde que la Vida se aisló del seno de la Materia, estos diversos procesos perdieron la cualidad de ser el acontecimiento supremo. Con la primera aparición de los Albuminoides, la esencia del Fenómeno terrestre emigró de manera decidida y se concentró en la película en apariencia tan desdeñable de la Biosfera. El eje de la Geogénesis pasa y se prolonga en adelante por la Biogénesis. Y esto se expresa, en definitiva, en una Psicogénesis

Desde un punto de vista interno, justificado por unas armonías que no harán más que crecer ante nuestros ojos, he aquí los diferentes objetos de nuestra Ciencia dispuestos en su perspectiva y sus verdaderas proporciones. A la cabeza, la Vida, con toda la Física subordinada a ella. Y en el corazón de la Vida, para explicar su progresión, el resorte de una Ascensión de Consciencia.

b) El resorte ‘de la Vida… He aquí una cuestión ásperamente debatida entre las naturalistas desde que el conocimiento de la Naturaleza se halla empujado hacia la comprehensión de la Evolución. Fiel a sus métodos analíticos y deterministas, la Biología continúa queriendo encontrar en los estimulantes externos o estadísticos el principio de los desarrollos de la Vida: lucha para sobrevivir, selección natural… Desde este punto de vista, el mundo animado no ascendería (en la medida en que asciende en realidad) más que por la suma automáticamente regularizada de las tentativas que lleva a cabo para seguir siendo él mismo.

Lejos de mí-voy a repetir nuevamente aquí-la idea de negar la parte que le corresponde-una parte importante e incluso esencial-en este juego histórico de las formas materiales. ¿No lo sentimos en cada uno de nosotros, dado que somos seres vivientes? Determinadas urgencias y sacudidas externas son indispensables para arrancar al individuo de su pereza natural y de sus rutinas adquiridas, para romper, asimismo, periódicamente, los marcos colectivos que le aprisionan. ¿Qué haríamos nosotros sin nuestros enemigos?… Capaz de regular de manera flexible en el interior de los cuerpos organizados el movimiento ciego de las moléculas, la Vida parece que llega a utilizar incluso en sus combinaciones creadoras las amplias reacciones que nacen fortuitamente a través del Mundo entre corrientes materiales y masas animadas. Parece actuar tan hábilmente con las colectividades y los acontecimientos como con los átomos. Pero ¿qué podría esta ingeniosidad y estos excitantes aplicados a una inercia fundamental? ¿Y qué serían, por lo demás, según dijimos, las energías mecánicas mismas sin algún Interior que las alimente? … Bajo lo “tangencial”, lo “radial”. El “ímpetu” del Mundo, traducido por el gran empuje de la consciencia, no puede hallar su primer manantial, no encuentra explicación a su marcha irreversiblemente tendida hacia más altos psiquismos, más que en la existencia de un principio interior al movimiento.

¿De qué manera, con su Exterior completamente respetado en sus determinismos, puede la Vida operar libremente desde el Interior? Esto quizá lo lleguemos a comprender mejor algún día.

Mientras tanto, apenas admitida la realidad de un impulso de fondo, el fenómeno vital adquiere, en sus grandes líneas, una figura natural y posible. Y mejor aún: su misma microestructura se esclarece. Ya que ahora percibimos una nueva manera de explicar, además de la corriente general de la evolución biológica, la marcha y la disposición particular de sus diversos phyla.

Añadamos que si se introduce la distinción esencial (aunque muy poco observada aún) entre una Biología de los pequeños y una Biología de los grandes complejos (como existe una Física de lo Ínfimo y una Física de lo Inmenso), uno se da cuenta de que habría motivo para separar y para tratar de distinta manera dos zonas mayores en la unidad del Mundo organizado: a) por una Parte, la zona (lamarckiana) de los muy grandes complejos (el Hombre sobre todo), en la que domina perceptiblemente el antiazar; y b) de otra parte, la zona (darviniana) de los pequeños complejos (seres vivos inferiores), en las que este mismo antiazar no puede va ser aprehendido, bajo el valor del azar, más que por medio de razonamiento o conjetura: es decir, indirectamente. (Cf. “Resumen” o “Post-facio”.) 

Desde diversos ángulos no dejará de notarse, en las explicaciones que siguen, un pensamiento demasiado lamarckiano (influencia exagerada del “interior” sobre la ordenación orgánica de los cuerpos). Pero que no se olvide que, en la acción “morfogenética” del instinto tal como la entiendo aquí, una parte esencial se deja al juego (darviniano) de las fuerzas externas y del azar. La Vida no procede verdaderamente, más que a golpes de fortuna; pero a golpes de fortuna reconocidos y adquiridos; es decir, psíquicamente seleccionados. Bien comprendido, el “antiazar” neolamarckiano no es precisamente la simple negación, sino que, por el contrario, se presenta como la utilización del azar darviniano. Entre ambos factores existe una complementación funcional, podría decirse “simbiosis”.

Una cosa es verificar que, siguiendo una misma lineación animal, los miembros se hacen solípedos o los dientes carnívoros y otra adivinar de qué manera ha podido producirse esta deriva. En el punto de arranque del radio sobre el verticilo, una mutación. Muy bien. Pero ¿y luego?… Son tan graduales generalmente las modificaciones ulteriores a lo largo de un phylum, tan estable, asimismo, a veces, desde el embrión, el órgano (dientes, por ejemplo) que afectan, que debemos decididamente renunciar a hablar simplemente, en todos esos casos, de supervivencia del más apto o de adaptación mecánica al ambiente y al uso. Pero entonces, ¿qué?

Cuanto más me he enfrentado y he manejado este problema, tanto más se ha impuesto a mi espíritu la idea de que nos hallamos, en este caso, ante un efecto no ya de fuerzas externas, sino de psicología. De acuerdo con nuestra manera actual de hablar, un animal desarrollaría sus instintos parque sus molares se hacen cortantes y sus uñas se convierten en garras. Ahora bien: ¿no es necesario invertir la proposición? Dicho de otra forma: si el Tigre ha alargado sus colmillos y aguzado sus uñas, ¿no habrá sido precisamente porque, siguiendo su línea evolutiva, ha recibido, desarrollado y transmitido un “alma” de carnívoro? Y así de los corredores tímidos, de los nadadores; así de los excavadores, así de los voladores… Evolución de caracteres, sí, pero con la condición de tomar este término en el sentido de “temperamento”. A primera vista, la explicación hace pensar en las “virtudes” escolásticas. A medida que se va profundizando en ella va adquiriendo una verosimilitud cada vez mayor. Las cualidades y los defectos en el individuo se desarrollan con la edad. ¿Por qué-o mejor dicho cómo-no se habrían de acentuar también filéticamente? ¿Y por qué, en estas dimensiones, no habrían de reaccionar sobre el organismo con el objeto de petrificarlo a su imagen? Después de todo, las Hormigas y los Termites llegan a proporcionar a sus guerreros o a sus obreras un exterior adaptado a su instinto. ¿Y no es verdad que conocemos hombres de presa?

 

 

c) Una vez admitido esto, he aquí que van creciendo ante la Biología unos horizontes inesperados. Por razones prácticas evidentes, nos hallamos conducidos para seguir los encadenamientos de los seres vivientes, a utilizar las variaciones de sus partes fosilizables. Sin embargo, esta necesidad de hecho no debe ocultarnos todo cuanto de limitado y de superficial hay en esta disposición. Número de los huesos, forma de los dientes, ornamentación de los tegumentos, todos estos “fenocaracteres” no son en realidad más que el vestido que moldea un soporte más profundo. Esencialmente sólo hay un acontecimiento en curso: la Gran Ortogénesis de todo cuanto vive hacia una mayor espontaneidad inmanente. Secundariamente, por dispersión periódica de este impulso, el verticilo de las pequeñas ortogénesis en que la corriente fundamental se divide para formar el eje interior y verdadero de cada “radiación”. Tendido finalmente por encima de todo ello, como si se tratara de una simple vaina, el velo de los tejidos y la arquitectura de los miembros. Esta es la situación. 

Para expresar, en su verdad, la Historia Natural del Mundo sería, pues, necesario seguirlo por dentro: no ya como una sucesión entrelazada de tipos estructurales que se reemplazan, sino como una ascensión de savia interior germinando en un bosque de instintos consolidados. En lo más hondo de sí mismo, el mundo viviente está constituido por consciencia revestida de carne y de hueso. De la Biosfera a la Especie, pues, todo no resulta ser más que una inmensa ramificación de psiquismo que se va buscando por entre las formas. He aquí hasta dónde nos conduce, seguido hasta su extremo, el hilo de Ariadna.

En el estado actual de nuestros conocimientos no podemos, indiscutiblemente, pretender expresar bajo esta forma interiorizada, “radial”, el mecanismo de la evolución. Pero, en cambio, una cosa se nos aparece. Y es que si en verdad es ésta la verdadera significación del transformismo, la Vida, en la medida misma en que corresponde a un proceso dirigido, no podía ir siempre más lejos en su línea original más que con la condición de experimentar, en un momento dado, algún reajuste profundo.

La ley es formal. Ninguna magnitud en el Mundo (lo recordábamos ya al hablar del nacimiento mismo de la Vida) podría crecer sin desembocar en algún punto crítico, en algún cambio de estado. Existe un límite infranqueable a las velocidades y a las temperaturas. Aumentemos de manera progresiva la aceleración de un cuerpo hasta aproximarnos a las velocidades de la luz: entonces adquiere, por exceso de masa, una estructura infinitamente inerte. Calentémoslo: entonces se funde y después se vaporiza. Y así sucede con todas las propiedades físicas conocidas, mientras la evolución no representaba a nuestros ojos más que una simple marcha hacia lo complejo, podríamos concebir que fuera desarrollándose indefinidamente semejante a sí misma; en efecto, ningún límite superior a la pura diversificación. Ahora que, bajo la maraña históricamente creciente de las formas y de los órganos, se descubre a nuestra mirada el aumento irreversible, no sólo cuantitativo, sino también cualitativo, de los cerebros (y, por tanto, de las consciencias), nos sentimos advertidos de que resultaba inevitablemente esperado un acontecimiento de orden nuevo, una metamorfosis, para cerrar, durante el curso de los tiempos geológicos, este largo período de síntesis.

Ahora habremos de señalar los primeros síntomas de ese gran fenómeno terrestre que culmina en el Hombre.

 

 

3. LA PROXIMIDAD DE LOS TIEMPOS

Volvamos a la onda vital en movimiento, allí en donde la habíamos dejado, es decir, en la expansión da los Mamíferos. O mejor, para situarnos concretamente dentro de la Duración, trasladémonos por medio del pensamiento hacia un mundo tal como nos lo podríamos imaginar hacia finales del Terciario. 

En este momento una gran calma parece reinar sobre la Tierra. Del África meridional hacia América del Sur, a través de Europa y Asia, ricas estepas y tupidos bosques. Después, más estepas y más bosques. Y entre este verdor sin fin, miríadas de Antílopes y de Caballos cebrados; manadas variadas de Probiscídeos, de Ciervos con toda suerte de cornamentas, Tigres, Lobos, Zorras, Tejones, todos muy parecidos a los actuales. En resumen: un paisaje bastante similar al que intentamos preservar por fragmentos en nuestros parques nacionales, en el Zambezee, en el Congo o en Arizona. Salvo algunas formas arcaicas retardadas, se trata de una naturaleza tan familiar que incluso debemos realizar un esfuerzo para convencernos de que en ningún lugar podemos ver ascender el humo de un campo o de un pueblo.

Período de plácida profusión. La Capa de los Mamíferos está ya desarrollada. Y, no obstante, la Evolución no puede detenerse… Algo, en algún lugar, se está ciertamente acumulando, presto a aparecer por medio de otro salto hacia adelante. Pero ¿qué y en dónde?

Con tal de detectar aquello que se está madurando en este momento en el seno de la Madre universal, sirvámonos del índice que ahora podemos manejar. Acabamos de reconocer que la Vida es ascensión de consciencia. Si es que ella progresa aún será, pues, por encima del manto de una Tierra florida secretamente, y en algunos puntos se está elevando secretamente la energía interna. Acá o acullá, la tensión psíquica asciende sin duda en el fondo de las sistemas nerviosos. De la misma manera que un físico o un médico aplican sobre el cuerpo un instrumento delicado, paseemos nuestro “termómetro” de la consciencia sobre esta Naturaleza adormecida. ¿En qué región de la Biosfera, durante el Plioceno, la temperatura está a punto de elevarse?

Busquemos, naturalmente, en las cabezas. 

Aparte de los Vegetales, que evidentemente no cuentan ya’, dos cirios de Ramas, y sólo dos, emergen ante nosotros, en el aire, la luz y la espontaneidad. Del lado de los Artrópodos, los Insectos y del lado de los Vertebrados, los Mamíferos, ¿de qué lado va a decantarse el porvenir y la verdad?

a) Los Insectos.

En los Insectos superiores, la concentración cefálica de los ganglios nerviosos corre parejas con una extraordinaria riqueza y precisión de los comportamientos. Quedamos verdaderamente pensativos cuando vemos vivir a nuestro alrededor este mundo tan maravillosamente ajustado y a la vez tan espantosamente lejano. ¿Competidores? ¿Quizá sucesores?… ¿No sería necesario mejor decir una muchedumbre patéticamente comprometida y luchando dentro de un callejón sin salida?

Lo que parece eliminar de hecho la hipótesis de que los Insectos representen la salida -a simplemente que lleguen a constituir una salida- para la evolución es que, siendo con mucho las primogénitas de los Vertebradas superiores por la época de su expansión, parecen ya “planear” irremediablemente. Después de largos períodos geológicos, en que quizá se complican indefinidamente a la manera de caracteres chinescos, se diría que nunca llegan a cambiar de plan, como si su impulso o metamorfosis de fondo se hallaran detenidos. Y cuando reflexionamos se nos aparecen ciertas razones para este fracaso. 

En primer lugar, son demasiado pequeños. Para el desarrollo cuantitativo de los órganos, un esqueleto externo es una mala solución. A pesar de las mudas repetidas, el caparazón aprisiona y cede rápidamente bajo la influencia de volúmenes interiores acrecentados. El Insecto no puede crecer más allá de algunos centímetros sin hacerse peligrosamente frágil. Ahora bien: por mucho que miremos desdeñosamente a veces a aquello que se refiere a una “cuestión de dimensiones”, no hay duda de que algunas cualidades, par el hecho mismo de estar ligadas a una síntesis material, no pueden manifestarse más que a partir de determinadas cantidades. Los psiquismos superiores exigen físicamente grandes cerebros.

Además, y quizá precisamente por esta cuestión de talla, los Insectos dejan entrever una extraña inferioridad psíquica justo en aquello en lo que estaríamos tentados a considerar su superioridad. Nuestra habilidad queda realmente confusa ante la exactitud de sus movimientos y de sus construcciones. Pero tengamos cuidado con ello. Observada de cerca, esta perfección, no se mantiene más que por la rapidez extremada bajo la cual se endurece y se mecaniza su psicología. El Insecto, según se ha demostrado, dispone para sus operaciones de una franja apreciable de indeterminación y de elección. Sólo apenas iniciados, sus actos parecen cargarse de hábitos y transcribirse pronto en reflejos orgánicamente estructurados. De manera automática y continua, se diría, su conciencia se extravierte para congelarse gradualmente: 

1), en sus comportamientos, en primer lugar, los cuales se van precisando por medio de correcciones sucesivas que se hallan registradas inmediatamente, y

2), a la larga, en una morfología somática, en la que las particularidades del individuo desaparecen absorbidas por la función. De ahí los ajustes de órganos y de gestos que, en buena lógica, maravillaron al gran Fabre. Y de ahí también las ordenaciones, simplemente prodigiosas, que agrupan en una sola máquina viviente el hormigueo de un panal o de una termitero.

Paroxismo de consciencia si se quiere, pero que se derrite de dentro a fuera para materializarse en ordenaciones rígidas. Es decir, el movimiento directamente inverso de una concentración…

b) Las Mamíferos.-

Dejemos, pues, los Insectos y volvámonos hacia las Mamíferos.

Aquí nos hallamos inmediatamente en plena comodidad tan cómodos, que este consuelo podría ponerse en la cuenta de una impresión “antropocéntrica”. Si hallamos un respiro al salir de los panales y de los hormigueros, ¿no sería ello debido al hecho de que entre los Vertebrados inferiores nos sentimos “como en casa”? ¡Oh, la amenaza, siempre suspendida sobre nuestro espíritu, de la relatividad! …

Y, no obstante, no, no nos podríamos equivocar. En este caso, por lo menos, no es una impresión la que nos produce decepción, sino que se trata de nuestra inteligencia, que juzga con el poden que ella posee para apreciar ciertos valores absolutos. No; si un cuadrúpedo revestido de piel se nos aparece tan “animado” en comparación con una hormiga, no es sólo por la razón de que con él nos encontramos como en familia. En el comportamiento de un gato, de un perro, de un delfín, ¡cuánta flexibilidad! ¡cuánto de inesperado!, ¡cuánta importancia dada a la exuberancia del vivir y a la curiosidad! Aquí el instinto no está, como en la Araña o la Abeja, estrechamente canalizado y paralizado en una sola función. Individual y socialmente, se hace flexible. Se interesa, mariposea, disfruta. De hecho, una muy otra clase de instinto que, por su parte, no conoce las límites impuestas al instrumenta par las extremas alcanzados por su precisión. A diferencia del Insecto, el Mamífero, no es ya el elemento estrechamente esclavo del Phylum en el cual apareció. A su alrededor, un “aura” de libertad, un resplandor de personalidad, empieza a flotar. Y por este lado, por este camino, precisamente, se dibujan unas posibilidades, indeterminadas e interminables hacia adelante.

¿Quién, sin embargo, va a lanzarse en definitiva hacia estos horizontes prometedores? Contemplemos de nuevo, pero con mayor detalle, la gran horda de los animales Pliocenos; estos miembros llevados hasta el colmo de la simplicidad y de la perfección; estos bosques de candiles en la cabeza de los ciervos’; estas liras espiraladas en la frente estrellada o barrada de los Antílopes; estas pesadas defensas en el hocico de los Proboscídeos; estos colmillos y estas guillotinas en la boca de los grandes carnívoros… Esta lujuria de formas y de culminaciones, ¿no van a condenar precisamente el porvenir de estas magníficas criaturas? ¿No vienen a marcar con una muerte próxima de estas formas atascadas-sea cual fuere la vitalidad de su psiquismo dentro de un callejón sin salida morfológico? Y todo esto, ¿no representa mejor un fin que un comienzo?…

Sí, sin duda. Pero al lado de los Políclados, de los Estrepsíceros, de los Elefantes, de los Machairodus y de tantos otros, existen todavía los Primates.

 

 

c) Los Primates.-

Por lo que respecta a los Primates, no llegué a pronunciar su nombre más que una o dos veces, de pasada. Todavía no he fijado ningún lugar para estas formas tan cercanas a nosotros al hablar del Árbol de la Vida. Esta omisión era voluntaria. En el punto en que me encontraba en mi exposición, su importancia no se había manifestado todavía; no podían ser aún comprendidos. Ahora, en cambio, después de lo que hemos percibido en cuanto al resorte secreto que mueve la Evolución zoológica, pueden y deben, en este instante fatídico del Terciario terminal, entrar ya en escena. He aquí que llegó su hora.

Morfológicamente, los Primates forman en su conjunto, como los demás grupos de animales, una serie de abanicos o de verticilos encajados, claros en la periferia, difuminados en sus pedúnculos En lo alto, los Monos propiamente dichos, con sus dos grandes ramas geográficas los verdaderos Monos, Catarrinos, del Viejo Mundo, con 32 dientes, y los Platirrinos de América del Sur, con el hocico ensanchado y todos con 36 dientes. Por debajo, los Lemúridos, con un hocico generalmente alargado, con incisivos a menudo proclives. En la misma base, estos dos verticilos escalonados parecen destacarse, en los inicios del Terciario, a partir de un abanico “Insectívoro”, los Tupaidos, de los cuales parecen representar, en forma expansionada, un simple radio’. Pero esto no es todo. En el corazón de cada uno de los verticilos distinguimos un subverticilo central con formas particularmente “cefalizadas”. Del lado lemúrido, los Társidos, minúsculos animales saltadores de cráneo redondo e hinchado, con ojos inmensos, cuyo único superviviente actual, el Tarsio de Malasia, sugiere de manera curiosa un pequeño Hombre. Del lado Catarno, los Antropoides (Gorila, Chimpancé, Orangután y Gibón), Monos sin cola, los mayores y más despiertos de los Monos y que conocemos perfectamente. 

Los Lemúridos y los Társidos, los primeros, tienen su apogeo hacia el fin del Eoceno. En cuanto a los Antropomorfos, empiezan a discernirse en el África a partir del Oligoceno. Sin embargo, es cierto que no llegan a su máximo de diversificación y detalla más que al final del Plioceno, en África, en la India’, siempre en las zonas tropicales o subtropicales. Retengamos esta fecha y esta distribución, puesto que ambas contienen en sí mismas una enseñanza.

Veamos, pues, desde fuera, situados a los Primates, tanto por su forma exterior como en la Duración. Penetremos ahora en el interior de las cosas e intentemos comprender en qué estos animales se distinguen de los demás vistos por su interior.

Aquello que más intriga al anatomista, al primer golpe de vista, cuando observa a los Monos (y sobre todo a los Monos superiores) es el grado sorprendentemente débil de diferenciación marcada por sus huesos. La capacidad craneana es en ellos relativamente mucho más voluminosa que en cualquier otro Mamífero. Pero, ¿qué diríamos del resto? ¿Los dientes? Un molar aislado de Driopiteco o de Chimpancé se confundiría fácilmente con uno de los correspondientes a unos Omnívoros eocénicos, tales como los Condilartros. ¿Las extremidades? Con sus radios absolutamente intactos, conservan el plano y la proporción que tenían en los primeros Tetrápodos del Paleozoico. En el curso del Terciario, los Ungulados han transformado radicalmente la estructura de sus patas; los Carnívoros han reducido y aguzado su dentición; Los Cetáceos se han vuelto fusiformes como los Peces; los Proboscídeos han complicado de manera formidable sus incisivos y sus molares… Y, en cambio, durante este mismo tiempo, los Primates han dejado íntegros su cúbito y su peroné; han preservado celosamente sus cinco dedos; han quedado típicamente trituberculados. ¿Serían, pues, entre los Mamíferos, unos conservadores, y aún los más conservadores de todos ellos? 

No. Pero, en cambio, se han mostrado como los más listos.

Considerada en su óptimo, la diferenciación en un órgano es en sí un factor inmediato de superioridad. Pero, dado que es irreversible, llega también a aprisionar al animal que la experimenta en un camino estrecho y corre el riesgo de desembocar en la monstruosidad y en la fragilidad. La especialización paraliza y la ultraespecialización mata. La Paleontología está hecha de estas catástrofes. Porque eran, hasta el Plioceno, por sus miembros, los más “primitivos” de los mamíferos, los Primates han quedado también como los más libres. Ahora bien: ¿qué es lo que han hecho con esta libertad? La han usado para elevarse, mediante saltos sucesivos, hasta las mismas fronteras de la inteligencia.

Y he aquí ante nosotros, simultáneamente, con la verdadera definición del Primate, la respuesta al problema que nos condujo a contemplar estos animales: “Después de los Mamíferos, al final del Terciario, ¿por dónde va a poder continuar la Vida?

Lo que constituye el interés y el valor de los Primates vemos que es, ante todo, el hecho de representar un phylum de pura y directa cerebralización. El sistema nervioso y el instinto, sin duda, van creciendo también gradualmente en los demás Mamíferos. Sin embargo, en ellos, este trabajo interior ha estado obstruido, limitado, y finalmente detenido por diferenciaciones accesorias. El Caballo, el Ciervo, el Tigre, al propio tiempo que hacían crecer su psiquismo, parcialmente acabaron por estar, como el insecto, prisioneros de los instrumentos de carrera o de presa en que se convirtieron sus extremidades .En los Primates, por el contrario, la evolución, desdeñando y, por consiguiente, manteniendo plástico todo lo demás, ha trabajado directamente sobre el cerebro. Y he aquí por qué en la marcha ascendente hacia la mayor consciencia son ellos los que han llevado la antorcha. En este caso particular y singular, la ortogénesis particular del phylum coincide exactamente con la Ortogénesis principal de la Vida misma: utilizando una expresión de Osborn, de que me voy a valer cambiándole el sentido, diré que es “aristogénesis” y, por consiguiente, ilimitada. 

De ahí esta primera conclusión de que, si en el Árbol de la Vida los Mamíferos constituyen una Rama maestra, la Rama maestra, los Primates, es decir, los cerebromanuales, son la flecha de esta Rama, y los Antropoides el mismo brote en que termina esta flecha ».

Añadiremos ahora que desde entonces es fácil decidir en qué punto de la Biosfera deben detenerse nuestros ojos en espera de lo que tiene que llegar. Por todas partes, según sabíamos ya, las líneas filéticas activas, en su cima, se iban calentando de conciencia. Sin embargo, en una región muy determinada, en el centro de los Mamíferos, allí en donde se forman los más poderosos cerebros jamás construidos, estas líneas se ponen al rojo. E incluso en el corazón de esta zona se alumbra ya un punto de incandescencia.

No perdamos de vista ahora esta línea que se empurpura de aurora.

Después de haber ascendido durante millares de años por el horizonte sobre un punto estrictamente localizado, una llama va a brotar.

¡El pensamiento está ahí!

 

 

 

 

 

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