El sirviente
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Robin Maugham: El sirviente
The Servant, 1948Con El sirviente nos encontramos ante algo breve (muy breve) pero intenso, escrito por un sobrino homosexual del celebérrimo Somerset Maugham; y no, no es gratuito decir desde ya que Robin Maugham era gay, porque la historia de la que hoy les hablo está impregnada de una homosexualidad latente por parte de sus dos protagonistas, el amo Tony, un joven militar de vuelta a casa, y su nuevo, eficaz (hasta el atontamiento) y extraño mayordomo, Hugo Barrett.
La historia está contada por Richard, amigo del frente de Tony, testigo y narrador en muy corta extensión del voraz hechizo que Barrett, un tipo parco en palabras pero exquisito y generoso en habilidades domésticas, va vertiendo sin clemencia sobre su colega.Tony está fascinado por Barrett, un hombre que no le deja hacer nada, absolutamente nada, que no pueda hacer él por su señorito; tan intensa es su fascinación por Barrett, cuya presencia en el hogar pronto se hará densa como la lava, que Tony acabará, incluso, rompiendo relaciones con su bella y deliciosa prometida.
Y es que es difícil que Tony no venere a Barrett, un servil e interesante tipo que le lleva el desayuno a la cama o le ceba a base de pastelitos de queso, innecesarias atenciones que poco a poco y de forma imparable, van convirtiendo al joven soldado en un vago, rechoncho y atontado calzonazos maravillado por su criado.Así, ante la impotente mirada de Richard, vemos la decadencia de Tony, donde también juega un papel importante la adolescente y sensual presunta sobrina de Barrett, que pasará a ser amante del señor de la casa, lo que no hará más que complicar las cosas…
El sirviente bebe mucho de Dorian Gray y de Edgar Allan Poe, y condensa en poco papel mucha tensión, ya sea (homo)sexual o argumental, lo cual ya quisieran muchos novelones actuales, cuyo interés es inversamente proporcional a su longitud.
Peli de 1962 con el siempre ambiguo e interesante Dick Bogarde como Barrett.

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Robin Maugham
Robin Maugham, nace en Londres el 17 de mayo de 1916. Escritor de relatos breves, novelas, ensayos, teatro y guiones cinematográficos; oficial en la II Guerra Mundial; abogado; y II vizconde Maugham de Hartfield.
El éxito de su literatura no llegó sin grandes dificultades, en su primera autobiografía, Escape from the Shadows, Maugham describe tres sombras en su vida: su tío W. Somerset Maugham, su padre y el sentido de culpa que siempre arrastró debido a «las estrictas convicciones sociales de la clase acomodada» que calificaban su homosexualidad como algo perverso.
Después de sus estudios secundarios en Eton y universitarios en el Trinity Hall de Cambridge continuó la tradición familiar y ejerció la abogacía.
Durante la II Guerra Mundial trabajó para el MI6, el servicio de inteligencia, y sirvió en el norte de África y Oriente Medio.
Herido de gravedad en la cabeza por un fragmento de metralla, se retiró del servicio activo en 1944.
Las graves lesiones cerebrales le provocaban momentos de pérdida de noción de su identidad y entorno, pero aun así continuó con su actividad literaria.
En 1960 ocupó un asiento en la Cámara de los Lores.
Entre sus novelas cabe citar: The man with Two Shadows, The Rough and the Smooth, Behind the mirror, Come to dust, The Intruder.
Pero fue con The Servant, llevada al cine en 1963 por Joseph Losey, con la que alcanzó una mayor popularidad.
La diabetes y el abuso del alcohol acabaron con su vida en Brighton el 13 de marzo de 1981.

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El sirviente (1963), película de Joseph Losey
Un intrigante y manipulador mayordomo consigue, gradualmente, dominar la vida del señor al que sirve, aprovechándose de sus debilidades sexuales. Un tenso y adulto drama psicológico que obtuvo excelentes críticas.

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Ficha Técnica
Dirección: Joseph Losey
Producción: Joseph Losey, Norman Priggen
Guion: Harold Pinter
Basada en la novela The Servant(1948) de Robin Maugham
Música: John Dankworth
Fotografía: Douglas Slocombe
Montaje: Reginald Mills
Reparto: Dirk Bogarde, Sarah Miles, Wendy Craig, James Fox, Catherine Lacey, Richard Vernon, Ann Firbank, Doris Knox, Patrick Magee, Jill Melford, Alun Owen, Harold Pinter.País: Reino Unido
Año: 14 de noviembre de 1963
Duración: 115 minutosArgumento
Tony (James Fox), un londinense de fortuna que presume de estar a punto de construir ciudades en Brasil y acaba de comprar una casa en Londres, contrata a Hugo Barret (Dirk Bogarde) como mayordomo. Barret disfruta de su nuevo trabajo, se lleva bien con Tony y ambos se mantienen en estatus social. Sin embargo, la cordial relación existente se desvirtúa cuando Susan (Wendy Craig), la novia de Tony, conoce a Barret. Sospecha del mayordomo por su ubicuidad y pide a Tony que lo despida, pero no lo consigue.
Barret convence a Tony de la necesidad de una doncella para limpiar la casa; presenta a Vera (Sarah Miles), supuestamente su hermana, y la anima para que seduzca a Tony. Una noche, Tony y Susan regresan inesperadamente de pasar unos días en el campo y sorprenden a los dos en la cama de Tony. Pensando que son hermanos, Tony se enfurece con Barret, que aprovecha para confesar que son novios. Barret y Vera descubren la aventura de Tony (con Vera) para consternación de Susan. Tony los despide y Susan se marcha en silencio.
Como Tony dependía totalmente de Barret y Vera, se convierte en un borracho. Al cabo del tiempo, se encuentra con Barret en un pub y éste le cuenta que Vera se ha burlado de los dos. Suplica a Tony que le vuelva a tomar su servicio y lo logra.
Poco a poco se invierten los papeles, Barret cada día tiene más control y Tony se vuelve más infantil. Ambos comienzan un juego perverso de maquinaciones, que van transformando sus papeles de una manera tan sutil como inquietante.

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Descubriendo a Joseph Losey
A propósito de El sirviente (1963)
Revista Mutaciones, 2017

Joseph Losey es un nombre que siempre había tenido en el punto de mira. Como amante del cine, sabía de su existencia y conocía los títulos de sus películas de referencia. Había leído que huyó de los Estados Unidos perseguido por sus ideas marxistas, convirtiéndose en los 60 y los 70 en uno de los nombres de referencia para la intelectualidad europea. Sabía también que era bisexual, que se sentía muy cercano a Bertolt Brecht y que trabajó en varias ocasiones con Harold Pinter. Sin embargo, nunca había visto una de sus películas. El tiempo es limitado y, lo reconozco con cierto remordimiento, los placeres culpables suelen interponerse en el camino del descubrimiento. También es cierto, y quizá digo esto para reconfortarme, que uno no puede dedicar su existencia entera a “lo importante”, o corre el riesgo de convertir el placer en obligación, y eso sería hacerle un flaco favor a aquello que amamos. El caso es que, ahora que el Festival de San Sebastián ha recogido el guante de recuperar la figura de este director inglés, he decidido adentrarme por primera vez en su cine. Tirando del canon que tan bien aprendido tengo, he optado por iniciarme en el mundo de Losey a través de El sirviente, probablemente su filme más emblemático.
Reconozco de antemano que hay un tipo de cine, esencialmente europeo que me estomaga. Es un cine que no se presenta en proceso de búsqueda, sino que aparece, altivo, proclamando que ya ha encontrado todo lo que buscaba. Ese cine (y me vienen a la cabeza Gertrud, de Dreyer y las Histoire(s) du cinema de Godard) te pide que te calles y escuches, como si estuvieras asistiendo a la ponencia de un pensador alemán. La duda es para los débiles, parece afirmar, o, como decía Tarkovski en Esculpir en el tiempo: “No hay nada más carente de sentido que relacionar términos como ‘búsqueda’ o ‘experimento’ con una obra de arte”. Nada más carente de sentido para mí que esa afirmación.
Todo esto viene porque siempre había asumido que la obra de Losey encajaba en esa forma de entender el arte cinematográfico. Por tanto, no me pilla por sorpresa que El sirviente esté llena de grandes conceptos, pero sí me ha sorprendido hasta qué punto el director inglés los envuelve de carne humana. Esta historia sobre la relación de dominación que se establece entre un mayordomo y su señor en el Londres de los 60 plantea muchos de los grandes temas de la época: las relaciones de poder a través del sexo, la lucha de clases, la guerra de sexos, la culpabilidad provocada por las pulsiones ocultas, la decadencia de la aristocracia… Todo de la mano de un guion de fuerte autoría, poblado por todas las obsesiones de Harold Pinter.
Equilibrando lo intelectual y lo emocional, Losey arropa la buscada artificialidad de los diálogos y las situaciones con una puesta en escena que otorga a los personajes una palpitante fragilidad. Incluso el diabólico sirviente, interpretado por un Dirk Bogarde que hace gala de una impresionante gama de registros, resulta cercano y quebradizo a pesar de sus esfuerzos por parecer siempre en control de la situación. Durante buena parte del metraje de El sirviente, sus grandes conceptos se funden con la vida y sus imperfecciones de forma orgánica. Hay una cierta artificiosidad en las composiciones, pero está brillantemente matizada por la fotografía de Douglas Slocombe y el trabajo casi desesperado de los intérpretes. De hecho, esa artificiosidad no hace más que favorecer la sensación de que estamos asistiendo a una charada, una penosa revolución en la que un sirviente y un aristócrata cambian de roles con el único propósito de humillarse y darse placer mutuamente.
Es una pena que, en su último acto, las elipsis se vuelven más bruscas, la planificación más extrema, los diálogos más artificiales y las ideas más evidentes. Los personajes dejan de ser personas para convertirse en conceptos con patas que destruyen el cuidado equilibrio del filme hasta el momento. Es una pena, como digo, porque a partir de ese momento todas esas grandes ideas dejan de aplicarse al ser humano para trabajar sobre la nada, y lo que parecía una narración se convierte en una disertación. Nada malo en ello, supongo, pero da pena descubrir que, donde creías que habías entablado un dialogo, no hay en el fondo otra cosa que un monologo.

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El sirviente
Ausencia-Presencia
Por Laura del Moral
Cine Divergente, 2013
“La imagen no es más que un reflejo, un doble, es decir, una ausencia. Presencia vivida y ausencia real”.

El cine desde su base ya se presenta como un juego de dos, entre el que expone su obra y el que la aprecia, podríamos remitirnos también al teatro de sombras o de máscaras que exponen su dualidad entre el que mira y lo que ve, sin saber si lo que ve son personajes reales o sombras, máscaras en las que se encuentra la raíz del disfraz, de la mutación, del doble.
Parece inevitable haciendo referencia a los dobles no vincular la filmografía de un autor con su vida personal y en un proceso, no necesariamente consciente, hacerlas converger. Joseph Losey, con su forzada condición de exiliado intelectual por sus ideas políticas no es extraño que haya filmado algunas de las obras cinematográficas que mejor reflejan las diferencias sociales y la lucha de clases que puede que no sean más que una careta tras la que se esconden el sufrimiento de los seres más vulnerables y la irremediable soledad humana.

Resulta muy sugestivo traer a colación el estudio de Humboldt sobre las lenguas que expresan la referencia a los individuos por medio de alusiones al lugar que ocupan, lenguas que expresan el “yo” por medio de un “aquí”, el “tú” por un “ahí” y el “él” por un “allí”, es decir -gramaticalmente formulado- que traducen los pronombres personales por adverbios de lugar.
Lugares que se traducen en las posiciones de poder que ocupa una persona en la sociedad, territorios “no comunes” a los que el discurso de Joseph Losey nos conduce para mostrarnos las miserias que pueblan a los seres humanos, tales como la envidia, el deseo de posesión y la dominación de unos sobre otros.
Un autor con una mirada profundamente atormentada y pesimista de la sociedad que en El sirviente (The Servant, 1963) refleja de la forma más sutil y atroz posible, con unos medios narrativos y una puesta en escena puesta a su servicio, una parábola en torno a las relaciones amo-siervo.

Con un guión de Harold Pinter que roza la perfección y que sería merecedor de un profundo análisis frase por frase, una aniquilante economía del diálogo característica de este autor y con unos silencios que abruman por igual se consigue una crónica salvaje de destrucción de la voluntad de un hombre a manos de otro.
El inicio de la película en sus primeros minutos nos revela la esencia de todo el film, no es posible que en una adaptación tan hermética sea casual un primer plano del negocio que aparece detrás de Hugo Barrett (Dick Bogarde): Thomas Crapper & Co (empresa que popularizó el uso de los inodoros) parece indicarnos el origen de ese hombre que camina por la calle y que en un principio no conocemos, una procedencia de los más bajos fondos, de las cloacas.
Seguido de su entrada en la casa de Tony (James Fox) al que sorprende aún dormido al mediodía y que ya define su posición aletargada ante la vida y de la conversación que mantendrán el dueño de la casa y el que será su futuro sirviente, sentado (altura inferior a Tony), escuchando como su jefe (que está de pie) le dice que “la casa requiere muchos cuidados” y necesita a alguien “que se encargue de todo”.

Escribía Friedrich Nietzche en La genealogía de la moral “que la voluntad prefiere querer la nada antes que no querer”, esa voluntad del poder que descansa sobre su esencia misma, sobre el lugar que ocupa la luz y la sombra en la libertad y la ilusión.
En ambos personajes hay servilismo y dominación hasta llegar a la completa inversión de sus papeles, la sumisión es básicamente una manifestación de miedo y es producto de la sociedad, en esta caso, una aristocracia británica ridiculizada en unos planos en los que Losey realiza una parodia de los personajes imitando las estatuas neoclásicas que hay detrás de ellos.
La barroca y expresionista puesta en escena colmada de constantes referencias teatrales e inteligentes detalles simbólicos como la presencia inminente de los espejos que representan la idea del doble, de la imagen distorsionada, del otro.
La música que ayuda a recrear la atmósfera asfixiante, opresiva, una misma canción “All Gone” interpretada por Cleo Laine, con letra de Pinter y diferentes arreglos se repite en los momentos clave de la película y al igual que la casa se convierte en protagonista absoluta.

La casa en El sirviente es una trampa en espiral que lentamente irá devorando a su dueño con una redefinición constante de las zonas de influencia hacia una reversión de la situación inicial donde gradualmente el siervo se apropia del dueño.
El interior a medida que avanza el film se va oscureciendo, se explotan tanto los valores metafóricos como funcionales de la casa, las conexiones explícitas entre arriba y abajo. La casa refleja las contradicciones sociales y humanas y los caracteres de los personajes, según avanza, parecen atrapados en ella, incapaces de salir.

Joseph Losey hizo casi una constante en su cine de la determinación sutil de algunos para socavar y destruir a otros, la intención del director aquí era la de revertir los roles completamente en un determinado momento de la narración.
El juego de la pelota que se produce en la escalera marcará el centro fundamental de la película, esta escena constituiría el centro emocional de la película en un enfoque convencional en la que los personajes dejan de pensar y actúan en términos de emoción lo que marca el centro de la balanza, lo que en La dialéctica del amo y el siervo que formuló Hegel se produciría cuando el poder de uno y otro se invierte entre sí y entonces se revela lo que es un ser humano consciente en un mundo de sensaciones y emociones.
El siervo busca el poder sobre su amo y éste quiere el dominio sobre su empleado, el amo pierde su libertad y se convierte en esclavo de su sirviente cuya propia búsqueda de autoridad también termina en fracaso.

El sirviente es en buena medida una extensión de Eva (Eve, Joseph Losey, 1962) no sólo estilísticamente, los elementos de degradación son importantes en ambos films, en los dos casos un carácter gana y destruye al otro, en cierto modo tanto Eva como Barrett están siendo explotados socialmente y su revancha es a través del sexo y una mentalidad más fuerte que se materializará en este proceso de despojamiento del poder del amo que le encaminará a la destrucción moral, un intercambio de roles que adquiere obvias resonancias eróticas desde la inclusión de Vera (Sarah Miles) hasta las evidentes connotaciones homosexuales entre Hugo y Tony.
Barrett transforma la casa de Tony, las etapas de diseño de la casa reflejan las diferentes etapas de la política de poder y de juego, la estructura se irá distorsionando hasta la parte superior que termina en la trampa absoluta, que es la habitación de Vera.
Hugo cumple todos los deseos de su amo y también su creación y previsión, de tal manera que Tony se vuelve totalmente dependiente de él, reconociendo su necesidad de Barrett se acaba convirtiendo en un animal con ansia de servir a su siervo.

La escalera determina tanto la sección como la planta, el intercambio de energía entre Tony y Barrett convierte el entorno arquitectónico en un campo de juego, real y simbólico de desintegración de una persona a manos de otra.
Debido a este intercambio la película se modifica no solo en el estilo visual sino también en el tempo y en el grado de realidad. Hugo Barrett inicia el juego en la parte inferior de la escalera para acabarlo en la parte superior dominando a Tony enviándole a por una copa de brandy (¡Sírvamela!).
Se invoca a una lucha de poder que implica un sinfín de manipulaciones. Una lucha tanto física como mental y verbal en la que cada frase supone un movimiento.
El predominio constante en el marco de Barrett pone en evidencia su ascenso. Se puede entender con una sola fuente de luz y las grandes sombras de la pared que los personajes solo ven a sus sombras, a sus dobles que son ellos proyectados sobre el cuarto oscuro que es su alma.

Una estructura rítmica inquietante como patrón que nos va conduciendo hacia una sensación palpable de que algún tipo de catástrofe está a punto de suceder en la vida de los personajes, comienza con una narración asimilable a través de una serie de escenas de longitud larga y similar para ir derivando en la alternancia de planos largos y cortos hasta una última etapa cargada de agresivas escenas cortas cerradas con un largo, desconcertante y onírico final, todo ello al servicio de una narración y arquitectura circular que nos transmiten un sentido de infinito imposible de evadir.
Es El sirviente un film clave en el tratamiento del doble en el cine plasmado en una dualidad de la relación del ser humano consigo mismo y su semejante con un profundo análisis psicológico que parece invitar después de su visionado a una desoladora falta de esperanza en ese espíritu presente-ausente, en pugna constante contra si mismo, que nos habita.

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Bibliografía
Hegel, G.W.F., Fenomenología del espíritu. Pre-Textos, 2006.
Humboldt, W.Von, Escritos sobre el lenguaje. Edicions 62,1991.
Nietzsche, F., La genealogía de la moral. Alianza editorial, 2006.
Maugham, R., El sirviente. Cabaret Voltaire, 2009.
Milne, T., Conversaciones con Joseph Losey, Cinemateca Anagrama, 1971.
Palmer,J., Riley,M., The Films of Joseph Losey, Cambridge University Press, 1993.





