PRINCIPIOS FAVORABLES PARA LA LIBERTAD Y LA PROSPERIDAD
«La paz, hermanos, es mejor que la guerra. Vivamos, pues, en paz y amistad, haciéndonos unos a otros todo el bien posible. Los sabios y buenos en ambos bandos lo desean, y debemos cuidarnos de que los necios y malvados entre nosotros puedan evitarlo”.
Thomas Jefferson
¿QUÉ ES UNA REPÚBLICA?, por Thomas Jefferson
“Si hubiera de asignar a esta palabra una idea precisa y definida, diría, pura y simplemente, que significa un gobierno por la masa de los ciudadanos, actuando directa y personalmente, conforme a las normas establecidas por la mayoría; y que todo gobierno es más o menos republicano en la medida en que contenga en su composición una cantidad mayor o menor del ingrediente de la acción directa de los ciudadanos.
Cuanto más lejos del control constante y directo de los ciudadanos, menos ingrediente republicano tiene el gobierno; evidentemente, ninguno donde las autoridades son hereditarias, o autoelegidas; y poco cuando son de por vida, en la medida en que la vida continúe tras el acto de elección”.
A mi regreso de un largo viaje y una prolongada ausencia de casa, encontré el ejemplar de vuestra “Investigación sobre los principios de nuestro Gobierno” que habéis tenido la amabilidad de enviarme, por lo que os ruego que aceptéis mi agradecimiento.
Las dificultades que entraña conseguir libros nuevos en nuestra situación, en el interior y sin una sola librería, son tales que no había podido hallar un ejemplar; y las cartas que se han acumulado durante mi ausencia y que exigían respuesta todavía no me han permitido leer detenidamente toda la obra; sin embargo, seguro como estoy de que usted y yo no podemos disentir sobre los fundamentos del buen gobierno, me sentí impaciente y aproveché los momentos de reposo de mi escritorio para adquirir una apresurada idea del contenido de la obra.
Veo en ella mucho material para profundas reflexiones; mucho que debería confirmar nuestra adhesión en la práctica a los buenos principios de nuestra Constitución y fijar nuestra atención en lo que todavía debe mejorarse. La sexta sección sobre los buenos principios morales de nuestros gobiernos me pareció tan interesante y repleta de sólidos principios que aplacé mi trabajo epistolar hasta haberla leído y considerado detenidamente.
LOS ÓRGANOS Y ESTAMENTOS SIN CONTROL CIUDADANO, UN BORRÓN EN CUALQUIER CONSTITUCIÓN
Además de abundante material de calidad, establece incontestablemente el derecho de dar instrucciones a los representantes y su obligación de obedecerlas.
Igualmente, ambos hemos reprobado y desde siempre el sistema bancario. Lo considero un borrón caído sobre todas nuestras constituciones que, de no limpiarse, terminará por destruirlas, y que ya es aprovechado por los jugadores de la corrupción y está arrasando a medida que avanza, la fortuna y la moral de nuestros ciudadanos.
Considero que la financiación tiene sus justos límites en la redención de la deuda durante el ciclo vital de la mayoría de la generación que la ha contraído; porque toda generación accede igualmente, conforme a las leyes del Creador del mundo, a la libre posesión de la tierra que El hizo para su subsistencia, sin estorbo de sus antepasados, que, como ellos, no eran sino usufructuarios de por vida.
Habéis pulverizado completamente y con todo éxito el sistema de estamentos de Mr. Adams, y su apertura del manto republicano a cualquier sistema jurídico, compatible o no con el derecho natural. Ciertamente, hay que reconocer que la palabra república se puede aplicar con gran vaguedad en cualquier idioma.
Así lo atestiguan las autodenominadas repúblicas de Holanda, Suiza, Génova, Venecia, Polonia.
Si hubiera de asignar a esta palabra una idea precisa y definida, diría, pura y simplemente, que significa un gobierno por la masa de los ciudadanos, actuando directa y personalmente, conforme a las normas establecidas por la mayoría; y que todo gobierno es más o menos republicano en la medida en que contenga en su composición una cantidad mayor o menor del ingrediente de la acción directa de los ciudadanos.
Un gobierno de tal naturaleza está, evidentemente, restringido a límites muy reducidos de espacio y población. Dudo que fuera practicable en una extensión mayor a la de la municipalidad de Nueva Inglaterra.
La primera sombra de este elemento puro, que, como el aire vital puro, no puede por sí solo sostener la vida, se haría visible cuando los poderes de gobierno, divididos, se ejercitaran respectivamente por representantes escogidosya sea pro hac vice (para la ocasión), ya sea por períodos tan cortos que garanticen que cumplirán el deber de expresar la voluntad de sus electores.
HOMBRES QUE CONOCEN SUS DEBERES, MÁS AÚN SUS DERECHOS Y LOS DEFIENDEN, ESO ES EL ESTADO
Consideraría esto como lo más próximo a una república pura que puede conseguirse a gran escala del país o población.
Y tenemos en algunas de nuestras Constituciones estatales ejemplos de ello que, de no ser envenenados por la hechicería del clero, demostrarían su superioridad a pesar de cualquier mezcla con otros elementos; y, simplemente con dosis iguales de veneno, seguirían siendo los mejores.
En otras formas de gobierno, donde las funciones ejecutivas, judiciales y legislativas y las diversas ramas de estas últimas son elegidas más o menos directamente por el pueblo, por períodos de más años, o para toda la vida, o se hacen hereditarias, pueden hallarse otros matices de republicanismo.
Y también donde hay una mezcla de autoridades, algunas dependientes y otras independientes del pueblo.
Cuanto más lejos del control constante y directo de los ciudadanos, menos ingrediente republicano tiene el gobierno; evidentemente, ninguno donde las autoridades son hereditarias, como en Francia, Venecia, etc., o autoelegidas, como en Holanda; y poco cuando son de por vida, en la medida en que la vida continúe tras el acto de elección.
El elemento más republicano del gobierno de nuestro propio Estado es la Cámara de Representantes.
El Senado también lo es el primer año, menos el segundo y así sucesivamente. El Ejecutivo aún menos, porque no es elegido directamente por el pueblo. El Judicial es seriamente antirrepublicano, por ser de por vida; y la espada nacional es blandida, como señaláis, por jefes militares que no responden más que ante sí mismos.
Añadid a ello la constitución viciada de nuestros tribunales de condado (a los que se confía la justicia, la administración ejecutiva, la fiscalidad, la policía, los nombramientos militares del condado y casi todos nuestros asuntos cotidianos), autonombrados “autopreservados”, con autoridad de por vida y en los que es imposible quebrar la perpetua sucesión de cualquier agente que haya tomado posesión de su cargo.
Son, de hecho, el ejecutivo, el judicial y el poder militar de sus respectivos condados, y la suma de los condados constituye el Estado.
Y añadid también que la mitad de nuestros hermanos, que combaten y pagan impuestos, están excluidos, como Ilotas, de los derechos de representación, como si la sociedad se hubiera instituido para la tierra y no para los hombres que la habitan; o como si la mitad de éstos pudiera disponer de los derechos y de la voluntad de la otra mitad, sin su consentimiento.
“¿Qué constituye un Estado?
No los altos baluartes, ni el terraplén trabajado,
El muro espeso o la puerta protegida por el foso;
No las orgullosas ciudades, por agujas y torretas coronadas;
No: hombres, hombres de altas miras;
Hombres que conocen sus deberes;
Más conocen sus derechos; y, conociéndolos, osan defenderlos.
Ellos constituyen un Estado”
En el gobierno general, la Cámara de Representantes es esencialmente republicana; el Senado, casi nada, pues no es elegido directamente por el pueblo, y está defendido mucho tiempo incluso de aquellos que los eligen; el Ejecutivo es más republicano que el Senado, por su mandato más corto, su elección por el pueblo en la práctica (pues sólo votan A en la seguridad de que votará por B) y porque, también en la práctica, parece estarse estableciendo un principio de rotación; el Judiciales independiente de la nación, pues su coacción por medio del juicio de residencia ha demostrado ser inútil.
Por consiguiente, si la fiscalización popular de los órganos de gobierno da la medida de su republicanismo, y confieso que no conozco otra medida, habrá que reconocer que nuestros gobiernos son mucho menos republicanos de que cabía esperar; en otras palabras, que el pueblo ejerce sobre sus agentes un control más irregular del que sus derechos e intereses exigen.
LA FISCALIZACIÓN POPULAR DE LOS ÓRGANOS DEL GOBIERNO DA LA MEDIDA DE SU REPUBLICANISMO
Y esto lo atribuyo, no a la falta de espíritu republicano de quienes elaboraron estas Constituciones, sino la sumisión de los verdaderos principios a las autoridades europeas, a quienes especulan con el gobierno, cuyo temor al pueblo se inspira en el populacho de sus propias urbes y se ha extendido injustamente a los ciudadanos independientes, felices, y por consiguiente, ordenados de los Estados Unidos. Mucho me temo que se ha perdido una oportunidad de oro para reformar esas herejías.
Los funcionarios del poder público rara vez se fortalecen en su disposición a reducirlo, y no es probable que una solicitud desorganizada de las oportunas enmiendas prevalezca sobre una posición organizada. Siempre nos están diciendo que todo va bien; ¿para qué cambiar? “Chista bene, non si muove”, decía el italiano, el que está bien que no se mueva.
Esto es cierto; y, a decir verdad, creo que todo seguiría yendo bien entre nosotros bajo un monarca absoluto mientras no cambie nuestro actual carácter ordenado, industrioso y amante de la paz, si ese monarca estuviera restringido, como lo estaría, por el espíritu adecuado del pueblo. Pero mientras todo sigue ahí, deberíamos precavernos de las consecuencias de su deterioro. Y sigamos confiando en que aún se hará ahorrándonos el dolor de pensar en males que quizá nunca lleguen a producirse.
Desde esta perspectiva del término república, en lugar de decir, como se ha dicho, “que puede significar todo o nada”, podemos decir con certeza y significativamente que los gobiernos son más o menos republicanos en la medida en que contengan más o menos el elemento de la elección popular y el control de su composición; y, convencido como estoy de que la masa de los ciudadanos es el depositario más seguro de sus propios derechos, y especialmente de que los males que emanan de un pueblo embaucado son menos perjudiciales que los derivados del egoísmo de sus agentes, me inclino por la composición de gobierno que contenga ese ingrediente en mayor proporción.
Y creo sinceramente, como vos, que los establecimientos bancarios son más peligrosos que los ejércitos permanentes; y que el principio de gastar dinero para que lo pague la posteridad, aunque adopte el nombre de financiación, no es más que una estafa a gran escala al futuro.
Os saludo con amistad y respeto constante.
La masa de los ciudadanos es el depositario más seguro de sus propios derechos, y los males que emanan de un pueblo embaucado son menos perjudiciales que los derivados del egoísmo de sus agentes
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THOMAS JEFFERSON, Carta a John Taylor, de Caroline (Virginia), escritor político, agricultor y filósofo del liberalismo agrario, desde Monticello, a 28 de mayo de 1816. “Autobiografía y otros escritos”, Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia.

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PRINCIPIOS FAVORABLES PARA LA LIBERTAD Y LA PROSPERIDAD, por Thomas Jefferson
“Me alegra esta oportunidad de someter los arduos asuntos de nuestro gobierno a la sabiduría reunida de la Unión.
Por mi parte, haré todo cuanto esté en mi poder para informar al juicio legislativo, y para llevar a fiel cumplimiento ese juicio.
La prudencia y moderación de vuestras discusiones promoverán, dentro de vuestros propios muros, aquella conciliación que tanto favorece la decisión nacional, estimulando con su ejemplo, entre nuestros miembros, aquel progreso de opinión que tiende a unirlos en objeto y voluntad.
Que todos puedan quedar satisfechos con su orden singular de cosas no debe esperarse, pero me consiento la agradable certeza de que el gran cuerpo de nuestros ciudadanos concurrirá cordialmente en esfuerzos honestos y desinteresados, cuyo objeto es preservar los gobiernos estatales, y el general, en su forma y equilibrio constitucional, mantener la paz exterior y el orden y la obediencia a las leyes en el interior, para establecer principios y prácticas de administración favorables a la seguridad de la libertad y la prosperidad, y para reducir los gastos a aquellos necesarios para los propósitos útiles del gobierno.”
Conciudadanos del Senado y la Cámara de Representantes:
Es una circunstancia de sincera satisfacción para mí que al reunirme con el gran consejo de nuestra nación pueda anunciarle, dentro del margen de certeza razonable, que las guerras y problemas que durante tantos años han afligido a nuestras naciones hermanas han acabado llegando a su fin, y que las comunicaciones de paz y comercio se abren una vez más entre ellas.
NO ES LA FALTA DE BRAVURA LO QUE NOS LLEVA A BUSCAR LA PAZ, SINO EL DESEO CONCIENZUDO DE DIRIGIR NUESTRAS ENERGÍAS A LA MULTIPLICACIÓN DE LA RAZA HUMANA, Y NO A SU DESTRUCCIÓN
Al tiempo que agradecemos devotamente al Ser benéfico, que se ha complacido en inspirarles el espíritu de conciliación y perdón, nosotros debemos agradecerle con peculiar gratitud el hecho de que nuestra propia paz se haya visto preservada durante una estación tan peligrosa, pudiendo tranquilamente nosotros cultivar la tierra y practicar y mejorar aquellas artes tendentes a incrementar nuestras comodidades.

También prevalece entre nuestros vecinos indios un espíritu de paz y amistad; y me complace informarles que los esfuerzos continuados por introducir en ellos los utensilios y la práctica del faenado agrícola y las artes domésticas no han carecido de éxito; que se hacen más y más conscientes de la superioridad de esta dependencia en cuanto a ropas y vituallas sobre los precarios recursos de la caza y la pesca; y podemos anunciar ya que en vez de esa constante disminución de su número, producida por sus guerras y sus carencias, algunos comienzan a experimentar un aumento de población.
Este estado de paz general con el que nos hemos visto bendecidos sólo tiene una excepción. Trípoli, el menos considerable de los Estados de Berbería, planteó exigencias infundadas tanto en derecho como en contenido, permitiéndose declarar la guerra ante nuestra negativa a la hora de aceptar sus exigencias. El estilo de la pretensión sólo admitía una respuesta. Envié un pequeño escuadrón de fragatas al Mediterráneo, con instrucciones de asegurar a ese poder nuestro deseo sincero de permanecer en paz, pero con órdenes de proteger nuestro comercio contra el amenazado ataque. La medida fue oportuna y saludable. El rey ya había declarado la guerra formal. Sus cruceros estaban fuera. Dos habían llegado a Gibraltar. Nuestro comercio en el Mediterráneo estaba bloqueado y en peligro el del Atlántico. La llegada de nuestro escuadrón despejó el peligro. Uno de los cruceros tripolitanos entró en combate con la goleta “Enterprise”, mandada por el teniente Sterret, que había ido como nodriza de nuestros buques mayores, y fue capturado tras dura matanza de sus hombres, sin la pérdida de uno sólo por parte nuestra.
Confío en que la bravura puesta de manifiesto por nuestros ciudadanos en ese elemento será un testimonio para el mundo de que no es la carencia de dicha virtud lo que nos hace buscar su paz, sino un deseo concienzudo de dirigir las energías de nuestra nación a la multiplicación de la raza humana, y no a su destrucción. No estando constitucionalmente autorizado sin la sanción del Congreso ir más allá de la línea de defensa, e inutilizado el navío para perpetrar hostilidades adicionales, tanto éste como su tripulación fueron liberados. El legislativo ponderará, indudablemente, si autorizando medidas ofensivas también nuestra fuerza se situará en pie de igualdad con la de sus adversarios. Comunico toda la información material sobre este tema, a fin de que en el ejercicio de la importante función confiada por la Constitución al legislativo exclusivamente pueda éste formar criterio sobre un conocimiento y consideración de toda circunstancia relevante.
Les presento el resultado del censo obtenido de nuestros habitantes, que servirá para determinar los niveles resultantes de representación e imposición. Contemplamos el rápido crecimiento, y las perspectivas que se nos presenta, no partiendo del daño que puede permitirnos hacer a otros en algún día futuro, sino pensando en la colonización del extenso país todavía vacante dentro de nuestros límites, y la multiplicación de hombres capaces de felicidad, educados en el amor al orden, habituados al autogobierno, que valoran sus bendiciones por encima de todo precio.
¿NO SERÁ EL ESTADO DEMASIADO COMPLICADO Y CARO, Y HABREMOS MULTIPLICADO LOS CARGOS Y LOS FUNCIONARIOS EN PERJUICIO DE LA FUNCIÓN QUE DEBERÍAN PROMOVER?

Otras circunstancias, combinadas con el incremento de los números, han producido un aumento de los ingresos provenientes del consumo en proporción muy superior a la sola población, y aunque los cambios en las relaciones exteriores que ahora se producen tan deseablemente para el mundo puedan afectar durante una temporada esta rama de los ingresos, sopesando todas las probabilidades de gasto como las de ingreso, hay un fundamento razonable de confianza para suponer que actualmente podemos prescindir sin peligro de todos los impuestos internos, incluyendo tasas, sellos, subastas, licencias, portes y azúcares y refinados, a lo cual podría añadirse el gravamen sobre prensa periódica para facilitar el progreso de la información, y que la fuentes restantes de ingresos bastarán para mantener al gobierno, pagar el interés de las deudas públicas, y amortizar los principales en períodos más breves de los previstos por las leyes o las expectativas generales.
Ciertamente, la guerra y eventos adversos pueden cambiar estas perspectivas, pidiendo gastos que los impuestos no permiten; pero los principios de la sensatez no justificarán que gravemos la industria de nuestros conciudadanos para acumular tesoros en vista de guerras venideras no sabemos cuándo, y que quizá sucedieran solamente por las tentaciones ofrecidas en relación con ese tesoro. No obstante, estas perspectivas de reducir nuestras cargas se basan sobre la esperanza de que pueda producirse una reducción notable y al mismo tiempo saludable en nuestros gastos habituales. A tales efectos necesitarían revisión los del gobierno civil, el ejército y la marina.
Al considerar que este gobierno está encargado solamente de las relaciones entre los Estados, y que los Estados mismos se ocupan principalmente de nuestras personas, nuestra propiedad y nuestra reputación, que constituyen el gran campo de las preocupaciones humanas, bien podemos preguntarnos si no será nuestra organización demasiado complicada, demasiado cara, y si no habrán multiplicado innecesariamente los cargos y los funcionarios, a veces en perjuicio de la función que deberían promover. Haré que les presenten un ensayo dirigido a precisar las personas que, bajo empleos públicos de diversos tipos, extraen dinero del Tesoro o de nuestros ciudadanos. El tiempo no ha permitido una enumeración perfecta, por ser las ramificaciones de los cargos demasiado múltiples y remotas para permitir un rastreo completo al primer intento.
Entre aquellos que dependen discrecionalmente del ejecutivo, he comenzado la reducción de lo que se ha considerado necesario. Los gastos del establecimiento diplomático se han reducido considerablemente. Los inspectores de ingresos internos que obstruían la responsabilidad de la institución han sido descartados. Se han suprimido diversos organismos creados por la autoridad ejecutiva, con salarios fijados por ella, lo cual podría sugerir la conveniencia de regular mediante ley ese poder, sometiendo así a inspección y sanción legislativa su ejercicio.
Se emprenderán otras reformas del mismo tipo, con la cautela requerida para prescindir de cosas inútiles sin herir aquellos que se retiene. Pero la gran mayoría de los cargos públicos está establecida por ley y, en consecuencia, sólo la ley puede abolirlas. Si el legislativo considerase oportuno revisar esta lista, ensayando todas sus partes mediante la prueba de la utilidad pública, aseguro que contará con toda la ayuda y el conocimiento provenientes de la información en poder del ejecutivo. Considerando la tendencia general a multiplicar puestos y dependencias y a incrementar los gastos hasta el grado último de carga soportable para el ciudadano, nos conviene aprovechar toda ocasión que se presente para aliviar la sobrecarga; ojalá nunca pueda verse aquí que, tras dejar al trabajo el mínimo de supervivencia, el gobierno mismo consuma el resto de aquello para cuya guarda fue instituido.
LOS PILARES DE NUESTRA RIQUEZA PROSPERAN DE MODO MÁXIMO CUANDO SE ENTREGAN EN GRADO MÁXIMO A LA INICIATIVA INDIVIDUAL

También en el cuidado de las contribuciones públicas encomendadas a nuestra dirección sería prudente multiplicar las barreras contra su disipación, vinculando sumas específicas a cada propósito específico susceptible de definición; desautorizando cualesquiera solicitudes de dinero distintas de la asignación original o que la trasciendan en cuantía; reduciendo el campo indefinido de contingencias y, por consiguiente, limitando los poderes discrecionales sobre el dinero; y volviendo a concentrar en un solo departamento todas las responsabilidades económicas para hacer rápido, eficaz y uniforme el examen. Se les presentará, como de costumbre, una descripción de los ingresos y los gastos del año pasado, preparado por el secretario del Tesoro.
El Secretario de la Guerra ha preparado un meditado informe sobre todos los puestos y estaciones donde se considera oportuno mantener guarniciones, y sobre el número de hombres preciso para cada una. El conjunto es considerablemente inferior a las actuales disponibilidades. Para el excedente no puede indicarse uso particular. Como defensa ante una invasión su número no es nada; y tampoco se considera necesario, ni sin riesgos, que un ejército se mantenga con tal propósito en tiempos de paz. Siendo incierto, inevitablemente, el específico punto de nuestra circunferencia donde un enemigo pueda elegir invadirnos, la única fuerza capaz de estar presta en cada punto y ser competente para oponerse es el cuerpo de los ciudadanos vecinos formados en una milicia. Reclutados sus miembros en los lugares más convenientes, en número proporcionado al invasor enemigo, lo mejor es apoyarse en esa milicia no sólo para oponerse al primer ataque, sino -en caso de amenaza de permanencia- para mantener la defensa hasta que puedan ser aliviados por tropas regulares.
Estas consideraciones hacen importante que en cada sesión continuemos corrigiendo los defectos que de cuando en cuando aparecen en las leyes reguladoras de la milicia, hasta hacerlas perfectas en medida suficiente. Ni ahora ni en cualquier tiempo deberíamos separarnos hasta poder decir que hemos hecho por la milicia todo cuanto haríamos de hallarse un enemigo a nuestras puertas.
Con respecto a la extensión de nuestros preparativos navales, puede esperarse que aparezcan algunas diferencias de opinión; pero, sencillamente, atender a las circunstancias de cada parte de la Unión reconciliará sin duda a todos. Probablemente seguirá siendo necesaria una pequeña fuerza para cumplir servicio en el Mediterráneo. Admite cierta duda saber hasta qué punto ha sido perfectamente comprendida y ejecutada la autorización del legislativo para buscar y establecer enclaves con fines navales. Se les presentará un informe sobre los gastos ya producidos al respecto. En ciertos casos he suspendido o retrasado dichos gastos, a fin de que el legislativo pueda determinar si se necesitan tantas dársenas como se previeron. Como será necesario en cada enclave un superintendente, sus deberes y emolumentos -hasta ahora fijados por el ejecutivo- será un tema más adecuado para la legislación. Se hará también una comunicación de nuestros progresos en la ejecución de la ley concerniente a navíos por vender.
La agricultura, las manufacturas, el comercio y la navegación, los cuatro pilares de nuestra riqueza, prosperan de modo máximo cuando se entregan en grado máximo a la iniciativa individual. Sin embargo, una protección ante dificultades casuales puede, a veces, preverse oportunamente. Si en el curso de las observaciones o las pesquisas de los congresistas pareciesen necesitar cualquier apoyo incluido dentro de nuestros poderes constitucionales, el sentido de su importancia asegura en medida suficiente que ocupará nuestra atención. En efecto, no podemos sino sentirnos ansiosamente solícitos ante las dificultades en que se verá inmerso nuestro comercio exterior.
¿REHUSAREMOS A LOS FUGITIVOS DE LA AFLICCIÓN LA HOSPITALIDAD QUE LOS SALVAJES OFRECIERON A NUESTROS PADRES? ¿NO HALLARÁ LA HUMANIDAD OPRIMIDA ASILO ALGUNO EN ESTE PLANETA?

El sistema judicial de los Estados Unidos, y especialmente aquella parte de él establecida recientemente, se presentará desde luego a la contemplación del Congreso; y para que los congresistas puedan juzgar la proporción en que la institución se aplica a su cometido, he recabado de los diversos Estados y presento ahora al Congreso un informe exacto de todas las causas falladas desde la inauguración de los tribunales, y de las que se hallaban pendientes cuando tribunales y jueces adicionales vinieron en su ayuda.
Y mientras se trata de la organización judicial, merecerá consideración saber si la protección de la inestimable institución de los jurados se ha extendido a todos los casos que conciernen a la seguridad de nuestras personas y propiedades. Siendo esencial también para su valor la selección imparcial, deberemos considerar adicionalmente si esto se halla suficientemente asegurado en aquellos Estados donde son nombrados por un funcionario dependiente de la voluntad ejecutiva, o designados por el tribunal o por personal dependiente de él.
No puedo omitir la recomendación de que se revisen las leyes sobre el tema de la naturalización. Considerando las oportunidades ordinarias de la vida humana, exigir para la ciudadanía una residencia de catorce años representa una negativa para gran proporción de quienes la solicitan, y controla una política seguida desde su primer establecimiento por muchos de esos Estados, todavía considerada beneficiosa para su prosperidad. ¿Rehusaremos a los infelices fugitivos de la aflicción, aquella hospitalidad que los salvajes de los bosques extendieron a nuestros padres cuando llegaron a esta tierra? ¿No hallará la humanidad oprimida asilo alguno en este planeta?
En efecto, la Constitución ha previsto sabiamente que, para acceder a ciertos cargos de confianza importantes, se requiera una residencia suficiente para desarrollar carácter e intención. Pero ¿acaso no pueden comunicarse sin peligro el carácter general y las capacidades de un ciudadano cualquiera que manifieste de buena fe el propósito de embarcar permanentemente con nosotros su vida y fortuna? La única restricción deberá referirse quizá a evitar la usurpación fraudulenta de nuestra bandera, abuso que provoca tantas dificultades y pérdidas para el verdadero ciudadano, y tanto peligro para la nación de verse envuelta en guerra, que ningún esfuerzo debería ahorrarse a fin de detectarla y suprimirla.
Estas son, conciudadanos, las materias concernientes al estado de la nación que me parecieron de importancia para ser sometidas a vuestra consideración en este momento. Algunas otras, de menor peso, o todavía no listas para su comunicación, serán tema de mensajes separados. Me alegra esta oportunidad de someter los arduos asuntos de nuestro gobierno a la sabiduría reunida de la Unión. Por mi parte, haré todo cuanto esté en mi poder para informar al juicio legislativo, y para llevar a fiel cumplimiento ese juicio.
La prudencia y moderación de vuestras discusiones promoverán, dentro de vuestros propios muros, aquella conciliación que tanto favorece la decisión nacional, estimulando con su ejemplo, entre nuestros miembros, aquel progreso de opinión que tiende a unirlos en objeto y voluntad. Que todos puedan quedar satisfechos con su orden singular de cosas no debe esperarse, pero me consiento la agradable certeza de que el gran cuerpo de nuestros ciudadanos concurrirá cordialmente en esfuerzos honestos y desinteresados, cuyo objeto es preservar los gobiernos estatales, y el general, en su forma y equilibrio constitucional, mantener la paz exterior y el orden y la obediencia a las leyes en el interior, para establecer principios y prácticas de administración favorables a la seguridad de la libertad y la prosperidad, y para reducir los gastos a aquellos necesarios para los propósitos útiles del gobierno.
Que todos puedan quedar satisfechos con su orden singular de cosas no debe esperarse, pero me consiento la agradable certeza de que el gran cuerpo de nuestros ciudadanos concurrirá cordialmente en esfuerzos honestos y desinteresados, cuyo objeto es preservar los gobiernos estatales, y el general, en su forma y equilibrio constitucional, mantener la paz exterior y el orden y la obediencia a las leyes en el interior, para establecer principios y prácticas de administración favorables a la seguridad de la libertad y la prosperidad, y para reducir los gastos a aquellos necesarios para los propósitos útiles del gobierno.

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THOMAS JEFFERSON, Primer mensaje anual al Congreso, 8 de diciembre de 1801. Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. FD, 16/08/2008.





