VIOLENCIA TOTALITARIA Y SUMISIÓN (Vasili Grossman). MITOLOGÍA POLÍTICA Y CAUDILLAJE (Ernst Cassirer): DOS CARAS DE UN MISMO MAL

VIOLENCIA TOTALITARIA Y SUMISIÓN

 

MITOLOGÍA POLÍTICA Y CAUDILLAJE

«La intensidad del deseo colectivo encarna en el caudillo. Se declara que los vínculos sociales anteriores -la ley, la justicia, las constituciones- carecen de todo valor. Lo único que queda es el poder místico y la autoridad del caudillo; y la autoridad del caudillo es la suprema ley. Pero ahora son los hombres mismos, hombres de educación e inteligencia, hombres honrados y rectos, que renuncian de repente a la suprema prerrogativa humana. Han dejado de ser agentes libres y personales. De hecho, lo que los mueve es tan sólo una fuerza externa. Actúan como muñecos de un teatro de títeres, y ni siquiera saben que los hilos del espectáculo y de toda la vida individual y social del hombre, quienes los mueven desde ese momento son los caudillos políticos» 

Por Ernst Cassirer

Filosofía Digital

 

En todas aquellas tareas que no requieren esfuerzos especiales y excepcionales, o un valor y resistencia excepcionales, la magia y la mitología no aparecen. Pero siempre que hay una empresa peligrosa y de resultados inciertos, surge una magia elaborada y una mitología conectada con ella.

LA MAGIA Y EL MITO NO HAN SIDO SUBYUGADOS TODAVÍA

Esta descripción del papel de la magia y la mitología en la sociedad primitiva se aplica no menos a las fases muy adelantadas de la vida política del hombre. En situaciones desesperadas, el hombre recurre siempre a medidas desesperadas -y nuestros mitos políticos contemporáneos han sido estas medidas desesperadas. Si la razón nos falla, queda siempre una ultima ratio, queda el poder de lo milagroso y misterioso.

Las sociedades primitivas no se rigen por leyes escritas, estatutos, instituciones o constituciones, declaraciones de derechos o cartas políticas. Sin embargo, inclusive las formas más primitivas de vida social presentan una organización muy clara y muy estricta. Los miembros de estas sociedades no viven en modo alguno en un estado de anarquía y confusión. Pero las mantiene unidas otro poder distinto y aún más fuerte; un ritual definido, basado en concepciones míticas. El poder de estas concepciones es irresistible; jamás nadie las pone en duda.

Más tarde aparecen otras fuerzas políticas y sociales. La organización mítica de la sociedad parece quedar superada por una organización racional. En épocas quietas y pacíficas, en períodos de relativa estabilidad y seguridad, esta organización racional se mantiene fácilmente. Parece estar a prueba de cualquier ataque. Pero en política el equilibrio nunca se establece por completo. Lo que se produce es más bien un equilibrio inestable que un equilibrio estático. En política se vive siempre sobre un volcán. Hay que estar preparados para súbitas convulsiones y erupciones.

En todos los momentos críticos de la vida social del hombre, las fuerzas racionales que resisten el resurgimiento de las viejas concepciones míticas, pierden la seguridad en sí mismas. En estos momentos se presenta de nuevo la ocasión del mito. Pues el mito no ha sido realmente derrotado y subyugado. Sigue siempre ahí, acechando en la niebla, esperando su hora y su oportunidad. Esta hora se presenta en cuanto los demás poderes de vinculación de la vida social del hombre pierden su fuerza, por una razón u otra, y no pueden ya combatir los demoníacos poderes míticos.

LA RACIONALIZACIÓN DEL ANHELO DE CAUDILLAJE

El anhelo de caudillaje aparece tan sólo cuando un deseo colectivo ha alcanzado una fuerza abrumadora y, por otra parte, se ha desvanecido toda esperanza de cumplir este deseo por la vía ordinaria y normal. En estos tiempos, el deseo no sólo se siente hondamente, sino que se personifica. Se ofrece ante los ojos de los hombres bajo una forma concreta, plástica e individual. La intensidad del deseo colectivo encarna en el caudillo. Se declara que los vínculos sociales anteriores -la ley, la justicia, las constituciones- carecen de todo valor. Lo único que queda es el poder místico y la autoridad del caudillo; y la autoridad del caudillo es la suprema ley.

Es manifiesto, sin embargo, que la personificación de un deseo colectivo no pueden llevarla a cumplimiento de la misma manera una gran nación civilizada y una tribu salvaje. Cierto es que el hombre civilizado puede estar sometido a las más violentas pasiones, y cuando estas pasiones llegan a su punto culminante, es capaz de ceder a los impulsos más irracionales. Pero, aún en este caso, no puede olvidar enteramente o rechazar la exigencia de racionalidad. Para poder creer tiene que encontrarle a la creencia ciertas «razones»; tiene que formar una «teoría» que justifique sus credos. Y esta teoría, por lo menos, no es primitiva; por el contrario, es muy elaborada.

El mago, si es el hombre indicado, si conoce los hechizos mágicos, y si sabe utilizarlos en el momento debido y con el debido orden, es dueño de todo. Puede evitar todos los males, puede derrotar cualquier enemigo; domina todas las fuerzas naturales. Todo esto se encuentra tan lejos de la mente moderna que parece completamente inconcebible. Pero, si bien el hombre moderno ya no cree en la magia natural, no ha abandonado en modo alguno la creencia en una especie de «magia social».

Cuando la gente siente un deseo colectivo con toda su fuerza e intensidad, puede ser persuadida fácilmente de que sólo necesita el hombre indicado para satisfacerlo. En este punto, la teoría del culto del héroe de Carlyle dejó sentir su influencia. Esta teoría prometía una justificación racional para ciertas concepciones que, por su origen y tendencia, nada tenían de racionales. Carlyle había afirmado que el culto de los héroes es un elemento necesario de la historia humana. No puede dejar de existir hasta que deje de existir el hombre mismo. La palabra del gran hombre es la sabia palabra curativa en la que todos pueden creer.

Pero Carlyle no concibió su teoría como un programa político definido. La suya era una concepción romántica del heroísmo, muy distinta de la de nuestros «realistas» políticos modernos. Los políticos modernos han tenido que emplear unos medios mucho más drásticos. Tenían que resolver un problema que, en muchos respectos, se parece a la cuadratura del círculo. El político moderno ha tenido que aunar en sí mismo dos funciones completamente distintas y hasta incompatibles. Tiene que actuar a la vez como homo magus y como homo faber. Es el sacerdote de una religión nueva, enteramente irracional y misteriosa. Pero cuando tiene que defender y propagar esta religión, procede muy metódicamente. No deja nada al azar; cada caso lo prepara y premedita cuidadosamente. Esta extraña combinación constituye uno de los rasgos más notables de nuestros mitos políticos.

EL ARTE DE LA PROPAGANDA POLÍTICA: PALABRAS, MAGIA, RITOS, GRUPOS

El primer paso que había que dar era un cambio en la función del lenguaje. En la historia de la civilización, la palabra cumple dos funciones completamente distintas. Para decirlo brevemente, podemos llamar a esta funciones empleo semántico y empleo mágico de las palabras. Aun entre las llamadas lenguas primitivas se encuentra siempre la función semántica de la palabra; sin ella no podría haber lenguaje humano. Pero en las sociedades primitivas la palabra mágica tiene una influencia predominante y abrumadora. No describe las cosas o las relaciones de las cosas; trata de producir efectos y de cambiar el curso de la naturaleza. Esto no puede hacerse sino con un arte mágico elaborado. El mago o brujo es el único que puede manejar la palabra mágica. Pero en sus manos ésta se convierte en un arma de las más poderosas. Nada puede resistir su fuerza. Como dice la bruja Medea en las Metamorfosis de Ovidio, los cantos mágicos pueden lograr hasta que la luna baje de los cielos.

Lo más curioso es que todo esto se produzca en nuestro mundo moderno. Si estudiamos nuestros mitos políticos modernos y el empleo que de ellos se ha hecho, encontraremos para gran sorpresa nuestra que no sólo han transmutado los valores, sino que también han operado una transformación del lenguaje. La palabra mágica tiene la precedencia sobre la palabra semántica. Se han acuñado palabras nuevas, y aun las viejas se emplean con un sentido nuevo; han sufrido un cambio profundo de significación. Nuestras palabras comunes están cargadas de significados; pero estas palabras de último cuño están cargadas de sentimientos y pasiones violentos.

Los hombres que acuñaron estos términos eran maestros en su arte de la propaganda política. Alcanzaron su propósito, la agitación de violentas pasiones políticas, por los medios más simples. Una palabra, o inclusive el cambio de una sílaba en una palabra, a menudo bastaba para este objeto. Al escuchar estas nuevas palabras percibimos en ellas la gama entera de las emociones humanas: odio, cólera, furia, altivez, desprecio, arrogancia, desdén.

Pero el hábil empleo de la palabra mágica no lo es todo. Para que la palabra pueda producir su efecto consumado hay que completarla con la introducción de nuevos ritos. También a este respecto los caudillos políticos han procedido de una manera cabal y metódica, y han logrado un triunfo. Cada acción política tiene su ritual particular. El efecto de estos nuevos ritos es manifiesto. Nada puede adormecer mejor nuestras fuerzas activas, nuestra capacidad de juicio y de discernimiento crítico, ni quitarnos nuestro sentido de la personalidad y la responsabilidad individual, como la persistente, uniforme y monótona ejecución de los mismos ritos. De hecho, en todas las sociedades primitivas que se rigen y gobiernan por ritos, la responsabilidad individual es cosa desconocida. Lo que hay en ellas es tan sólo una responsabilidad colectiva. El verdadero «sujeto moral» no son los individuos, sino el grupo.

LOS HOMBRES MODERNOS, MUÑECOS EN UN TEATRO DE TÍTERES

Hemos aprendido que el hombre moderno, a pesar de su inquietud, o tal vez precisamente por causa de ella, no ha superado realmente la condición de la vida salvaje. Cuando se le somete a las mismas fuerzas, pueden regresar a un estado de completa aquiescencia. No interroga ya su circunstancia; la acepta como algo que se da por descontado.

De todas las tristes experiencias de estos últimos años, ésta es tal vez la más terrible. Puede compararse a la experiencia de Ulises en la isla de Circe. Pero es peor todavía. Circe había transformado a los amigos y compañeros de Ulises en seres de variadas formas animales. Pero ahora son los hombres mismos, hombres de educación e inteligencia, hombres honrados y rectos, que renuncian de repente a la suprema prerrogativa humana. Han dejado de ser agentes libres y personales. Ejecutando los mismos ritos, empiezan a sentir, a pensar y a hablar del mismo modo. Sus gestos son animados y violentos; pero ésta es tan solo una vida artificial y ficticia.

De hecho, lo que los mueve es tan sólo una fuerza externa. Actúan como muñecos de un teatro de títeres, y ni siquiera saben que los hilos del espectáculo y de toda la vida individual y social del hombre, quienes los mueven desde ese momento son los caudillos políticos.

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ERNST CASSIREREl mito del Estado, 1946. Fondo de Cultura Económica, México, décima reimpresión, 2004. Filosofía Digital, 22/10/2006.

 

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VIOLENCIA TOTALITARIA Y SUMISIÓN

Por Vasili Grossman

Filosofía Digital

«La experiencia mostró que en el curso de las campañas de exterminio la mayor parte de la población obedecía hipnóticamente todas las indicaciones de las autoridades. La extrema violencia de los sistemas totalitarios demostró ser capaz de paralizar el espíritu humano en continentes enteros. La violencia del Estado totalitario es tan grande que deja de ser un medio para convertirse en un objeto de culto místico, de exaltación religiosa. Uno de los medios de que se sirve el fascismo para actuar sobre el hombre es la total, o casi total, ceguera. Es sorprendente que aquellos que se encontraban al borde de la tumba fueran tan optimistas. Sobre la base de la esperanza -una esperanza absurda, a veces deshonesta, a veces infame- surgió la sumisión, que a menudo era igual de miserable y ruin. Pero la aspiración innata del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada, pero no aniquilada. El hombre no renuncia a la libertad por propia voluntad. En esta conclusión se halla la luz de nuestros tiempos, la luz del futuro»

VIOLENCIA TOTALITARIA Y SUMISIÓN
Victimas judías llegadas de Hungría al campo de exterminio de Auschwitz, mayo de 1944.

 

Antes del sacrificio del ganado infectado deben adoptarse varias medidas preparatorias: el transporte, la concentración en puntos adecuados, la instrucción de personal cualificado, la excavación de fosas y zanjas.

La población que colabora con las autoridades para llevar el ganado infectado a los mataderos o para capturar los animales dispersos no lo hace por un miedo cerval a los terneros y las vacas, sino por instinto de conservación.

 

EN LAS REUNIONES PREVIAS AL EXTERMINIO MASIVO, COMO EL DE LOS JUDÍOS POR EL FASCISMO O EL DE LOS CAMPESINOS POR EL ESTALINISMO, SIEMPRE HA HABIDO UNA «UNANIMIDAD SILENCIOSA»

Asimismo, en los casos de exterminios masivos de personas la población local no profesa un odio sanguinario contra las mujeres, los ancianos y los niños que van a ser aniquilados. Por ese motivo, la campaña para el exterminio masivo de personas exige una preparación especial. En este caso no basta tan solo con el instinto de conservación: es necesario incitar en la población el odio y la repugnancia.

Fue precisamente en una atmósfera de odio y repulsión como se preparó y se llevó a cabo la aniquilación de los judíos ucranianos y bielorrusos. En un momento anterior, en aquella misma tierra, después de haber movilizado y atizado la ira de las masas, Stalin abanderó la campaña para la aniquilación de los kulaks [campesinos rusos] como clase, la campaña para la destrucción de los degenerados y saboteadores trotskistas-bujarinistas.

 

La experiencia mostró que en el curso de estas campañas la mayor parte de la población obedecía hipnóticamente todas las indicaciones de las autoridades.

 

Luego, hay un minoría particular que ayuda activamente a crear la atmósfera de la campaña: fanáticos ideológicos, sanguinarios que disfrutan y se alegran ante las desgracias ajenas, gente que actúa en beneficio propio en la rapiña de objetos, apartamentos y la ocupación de eventuales puestos vacantes.

 

A la mayoría, sin embargo, la horrorizan las ejecuciones masivas, y esconden su propio estado de ánimo no sólo a sus más allegados, sino a sí mismos.

 

Estas personas llenan salas donde se celebran reuniones dedicadas a las campañas de exterminio; pero,

 

por frecuentes que sean las reuniones y grandes las dimensiones de las salas, no existe casi ningún caso en que alguien haya infringido la unanimidad silenciosa.

 

Y, naturalmente, todavía fue más extraordinario que un hombre, ante un perro que acaso tenga la rabia, no aparte la mirada de sus ojos suplicantes, sino que lo acoja en la casa donde vive junto a su mujer e hijos. Sin embargo también hubo casos así.

La primera mitad del siglo XX será recordada como una época de grandes descubrimientos científicos, revoluciones, grandiosas transformaciones sociales y dos guerras mundiales.

 

LA SUMISIÓN DE LAS MASAS FRENTE A LA BARBARIE TOTALITARIA ES UN HECHO IRREBATIBLE

Pero la primera mitad del siglo XX también entrará en la historia de la humanidad como la época del exterminio total de enormes estratos de la población judía, un exterminio basado en teorías sociales o raciales. Hoy en día se guarda silencio sobre ello con una discreción comprensible.

En ese tiempo, una de las particularidades más sorprendentes de la naturaleza humana que se reveló fue la sumisión. Hubo episodios en que se formaron enormes colas en las inmediaciones del lugar de la ejecución y eran las propias víctimas las que regulaban el movimiento de las colas. Se dieron casos en que algunas madres previsoras, sabiendo que habría que hacer cola desde la mañana hasta bien entrada la noche en espera de la ejecución, que tendrían un día largo y caluroso por delante, se llevaban botellas de agua y pan para sus hijos. Millones de inocentes, presintiendo un arresto inminente, preparaban con antelación fardos con ropa blanca, toallas, y se despedían de sus más allegados.

 

Millones de seres humanos vivieron en campos gigantescos, no solo construidos sino también custodiados por ellos mismos.

 

Y no ya decenas de miles, ni siquiera decenas de millones, sino

 

masas ingentes de hombres fueron testigos sumisos de la masacre de inocentes. Pero no solo fueron testigos sumisos: cuando era preciso votaban a favor de la aniquilación en medio de un barullo de voces aprobador. había algo insólito en aquella extrema sumisión.

 

Por supuesto, hubo resistencia, hubo valentía y tenacidad por parte de los condenados, alzamientos, incluso sacrificios llegado el caso cuando, para salvar a un hombre desconocido y lejano, otros hombres arriesgaban su propia vida y la de su familia.

 

Pero la sumisión de las masas es un hecho irrebatible.

 

EL ESTADO TOTALITARIO CON SU VIOLENCIA ILIMITADA NO SOLO ES CAPAZ DE PARALIZAR EL ESPÍRITU HUMANO, SINO QUE CONSIGUE CONVERTIRSE EN UN OBJETO DE CULTO MÍSTICO Y EXALTACIÓN RELIGIOSA

¿Qué hemos aprendido? ¿Se trata de un nuevo rasgo que brotó de repente en la naturaleza humana? No, esta sumisión nos habla de una nueva fuerza terrible que triunfó sobre los hombres.

 

La extrema violencia de los sistemas totalitarios demostró ser capaz de paralizar el espíritu humano en continentes enteros.

 

Una vez puesta al servicio del fascismo, el alma del hombre declara que la esclavitud, ese mal absoluto portador de muerte, es el único bien verdadero.

 

Sin renegar de los sentimientos humanos, el alma traidora proclama que los crímenes cometidos por el fascismo son la más alta forma de humanitarismo y está conforme en dividir a los hombres en puros y dignos e impuros e indignos.

 

La voluntad de sobrevivir a cualquier precio se expresa en la conciliación del instinto y la conciencia.

 

En la ayuda del instinto acude la fuerza hipnótica de las grandes ideas.

 

Apelan a que se produzca cualquier víctima, a que se acepte cualquier medio en aras del logro de objetivos supremos: la futura grandeza de la patria, la felicidad de la humanidad, la nación o una clase, el progreso mundial.

Y al lado del instinto de supervivencia, al lado de la fuerza hipnótica de las grandes ideas, trabaja también una tercera fuerza: el terror ante la violencia ilimitada de un Estado poderoso que utiliza el asesinato como medio cotidiano para gobernar.

 

La violencia del Estado totalitario es tan grande que deja de ser un medio para convertirse en un objeto de culto místico, de exaltación religiosa.

 

¿Cómo si no cabe explicar las posiciones de algunos pensadores e intelectuales judíos que juzgaron necesario el asesinato de los judíos para la felicidad de la humanidad, que afirmaron que, a sabiendas de eso, los judíos estaban dispuestos a conducir a sus propios hijos al matadero para la felicidad de la patria, dispuestos a realizar el sacrificio que en un tiempo había realizado Abraham?

¿Cómo si no cabe explicar que un poeta, campesino de nacimiento, dotado de razón y talento, escribiera con sentimiento genuino un poema que exalta los años terribles de sufrimientos padecidos por los campesinos, años que engulleron a su propio padre, un trabajador honrado y sencillo?

 

Uno de los medios de que se sirve el fascismo para actuar sobre el hombre es la total, o casi total, ceguera. El hombre no cree que vaya al encuentro de su propia aniquilación.

 

Es sorprendente que aquellos que se encontraban al borde de la tumba fueran tan optimistas.

 

Sobre la base de la esperanza -una esperanza absurda, a veces deshonesta, a veces infame- surgió la sumisión, que a menudo era igual de miserable y ruin.

 

La insurrección de Varsovia, la insurrección de Treblinka, la insurrección de Sobibor, las pequeñas revueltas y levantamientos de los Brenner nacieron de la desesperación más absoluta. Pero, naturalmente, la desesperación total y lúcida no generó sólo levantamientos y resistencia: engendró también el deseo – extraño en un hombre normal- de ser ejecutado lo más pronto posible.

La gente discutía por el puesto en la cola hacia la fosa sangrienta mientras en el aire resonaba un voz excitada, demente, casi exultante:

Judíos, no tengáis miedo. No es nada terrible. Cinco minutos y todo habrá terminado.

 

Todo, todo engendra sumisión, tanto la esperanza como la desesperación. Sin embargo, los hombres, aunque sometidos a la misma suerte, no tienen el mismo carácter.

 

LA ASPIRACIÓN INNATA DEL HOMBRE A LA LIBERTAD ES INVENCIBLE; PUEDE SER APLASTADA , PERO NO ANIQUILADA. EN ESTA CONCLUSIÓN SE HALLA LA LUZ DE NUESTROS TIEMPOS, LA LUZ DEL FUTURO

Es necesario reflexionar sobre qué debió de soportar y experimentar un hombre para llegar a considerar la muerte inminente como una alegría.

 

Son muchas las personas que deberían reflexionar, y sobre todo las que tienen tendencia a aleccionar sobre cómo debería haberse luchado en unas condiciones de las que, por suerte, esos frívolos profesores no tienen ni la menor idea.

 

Una vez establecida la disposición del hombre a someterse ante una violencia ilimitada, cabe extraer la última conclusión, de gran relevancia para entender la humanidad y su futuro.

¿Sufre la naturaleza del hombre una mutación dentro del caldero de la violencia totalitaria? ¿Pierde el hombre su deseo inherente a ser libre? Esta respuesta encierra el destino de la humanidad y el destino del Estado totalitario. La transformación de la naturaleza misma del hombre presagia el triunfo universal y eterno de la dictadura del Estado; la inmutabilidad de la aspiración del hombre a la libertad es la condena del Estado totalitario.

He aquí que las grandes insurrecciones en el gueto de Varsovia, en Treblinka y Sobibor, el gran movimiento partisano que inflamó decenas de países subyugados por Hitler, las insurrecciones postestalinianas en Berlín en 1953 o en Hungría en 1956, los levantamientos que estallaron en los campos de Siberia y Extremo Oriente tras la muerte de Stalin, los disturbios en Polonia, los movimientos estudiantiles de protesta contra la represión del derecho de opinión que se extendió por muchas ciudades, las huelgas en numerosas fábricas,

 

todo ello demostró que el instinto de libertad en el hombre es invencible. Había sido reprimido, pero existía. El hombre condenado a la esclavitud se convierte en esclavo por destino, pero no por naturaleza.

 

La aspiración innata del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada, pero no aniquilada. El totalitarismo no puede renunciar a la violencia. Si lo hiciera, perecería. La eterna, ininterrumpida violencia, directa o enmascarada, es la base del totalitarismo.

 

El hombre no renuncia a la libertad por propia voluntad. En esta conclusión se halla la luz de nuestros tiempos, la luz del futuro.

 

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AUTOR: Vasili Grossman (Berdíchev, 1905 – Moscú, 1964). Escritor y periodista ruso, cubrió con sus crónicas la batalla de Stalingrado y fue el primero en dar noticia al mundo de la existencia de los campos de exterminio nazis. Escritores como Maksim Gorki alabaron en su día la obra literaria de Grossman. 

FUENTE: Vida y destino, Galaxia Gutenberg, 2021.

 

Vasili Grossman