MEDITACIONES METAFÍSICAS, de René Descartes (Presentación, Prólogo y Resumen de las Seis Meditaciones siguientes)

MEDITACIONES METAFÍSICAS

 

DEL "SOLO SE QUE NO SE NADA" AL "COGITO, ERGO SUM"

«La meditación que hice ayer me ha llenado el espíritu de tantas dudas, que ya no me es posible olvidarlas. Y sin embargo, no veo de qué manera voy a poder resolverlas; y como si de pronto hubiese caído en unas aguas profundísimas, quedome tan sorprendido, que ni puedo afirmar los pies en el fondo, ni nadar para mantenerme sobre la superficie. Haré un esfuerzo, sin embargo, y seguiré por el mismo camino que ayer emprendí, alejándome de todo aquello en que pueda imaginar la menor duda, como si supiese que es absolutamente falso, y continuaré siempre por ese camino hasta que encuentre algo que sea cierto o, por lo menos, si otra cosa no puedo, hasta que haya averiguado con certeza que nada hay cierto en el mundo. Arquímedes, para levantar la tierra y transportarla a otro lugar, pedía solamente un punto de apoyo firme e inmóvil; también tendré yo derecho a concebir grandes esperanzas si tengo la fortuna de hallar sólo una cosa que sea cierta e indudable».

Descartes (meditación metafísica segunda)

Sócrates y Descartes

 

Vivimos tiempos carentes de una filosofía sólida. Por ello, nuestras sociedades han dejado de serlo. Y, con ellas, nosotros, los habitantes del páramo helado.

Todo se ha convertido en magma. Magma único. Fluido.

Las cosas no suceden en el vacío de la nada, sino en contextos regidos por distintas fuerzas en pugna, en dinámico movimiento. Vidas, regidas por los deseos. Es la “Filosofía Fluida” Contemporánea. 

Necesitamos reposar los pies en terreno sólido. Necesitamos estabilidad. Para impulsar el movimiento. Para estar vivos. Para recuperar el resuello.

La búsqueda de una base filosófica, capaz de dar impulso a una Filosofía capaz de proporcionarnos convicciones sólidas, a modo de Piedra fundamental en la que apoyar nuestro pensamiento, salvándolo del naufragio que nos mantiene sumidos en la angustia de la incertidumbre, me situó en el Renacimiento, frente a René Descartes, quien plantó la semilla que condujo a los siglos marcados por el idealismo filosófico, solo perturbado con la llegada de Kant.

Desde Aristóteles hasta Descartes, la materia -cuerpo- era algo diferente al espíritu. El Ser Humano era materia y, a la vez, era espíritu. Hasta que Descartes "presentó" la imaginación como parte constitutiva del Hombre. Y, a partir de entonces, la Filosofía se pudo liberar de la materia. ¿Para bien? Se verá.

En el texto de "las Meditaciones" no encontraremos la frase Cartesiana por excelencia, el "Cogito ergo sum", que está en el texto y en la idea de su "Discurso del Método". Cuando escribe "Las Meditaciones", el Método ya había sido publicado, como piedra fundamental de esa gran obra del pensamiento, que solo hoy comienza a desmoronarse. 

Porque, como señala Manuel García Morente, "La historia de la filosofía no es, como muchos creen, una confusa y desconcertante sucesión de doctrinas u opiniones heterogéneas, sino una continuidad real de superaciones históricas necesarias".

Comencemos por el momento en que los escolásticos se topan con los "descubrimientos" de la Nueva Ciencia, ya vislumbrados por la "Filosofía Natural".

Chus

"¿Qué soy, pues? Una cosa que piensa. ¿Qué es una cosa que piensa?".

Descartes

 

Retrato de Rene Descartes (1596-1650) c.1649 (detalle de 32939), Frans Hals

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MEDITACIONES METAFÍSICAS: PRESENTACIÓN

Meditaciones de prima philosophia, in qua dei existentia et animae inmortalitas demonstratur

René Descartes

 

A los señores decanos y doctores de la Sagrada Facultad de Teología de París

SEÑORES:

Es tan justa la razón que me lleva a presentaros esta obra, y estoy seguro que, una vez que conozcáis sus propósitos, hallaréis tan justos motivos para concederle vuestra protección, que pienso que nada mejor puedo hacer, para que la tengáis por recomendable, en cierto modo, que deciros en pocas palabras lo que me he propuesto. Siempre he estimado que las dos cuestiones de Dios y del alma eran las que principalmente requieren ser demostradas, más por razones de filosofía que de teología, pues aun cuando a nosotros los fieles nos basta la fe para creer que hay un Dios y que el alma humana no muere con el cuerpo, no parece ciertamente que sea posible inculcar nunca a los infieles religión alguna, ni aun casi virtud moral alguna, si no se les da primero la prueba de esas dos cosas, por razón natural; y por cuanto a menudo en esta vida propónense mayores recompensas para los vicios que para las virtudes, pocos serían los que prefiriesen lo justo a lo útil, si no fuera porque les contiene el temor de Dios y la esperanza de otra vida: y aun cuando es absolutamente verdadero que hay que creer que hay un Dios, porque así lo enseña la Sagrada Escritura, y, por otra parte, hay que dar crédito a la Sagrada Escritura, porque viene de Dios (y la razón de esto es que, siendo la fe un don de Dios, el mismo que concede la gracia para creer en las otras cosas, puede concederla también para creer en su propia existencia), sin embargo, no se podría proponer esto a los infieles, quienes acaso imaginaran que se comete aquí la falta que los lógicos llaman círculo.

Y por cierto he notado que vosotros, señores, y todos los demás teólogos, no sólo afirmáis que la existencia de Dios puede probarse por razón natural, sino también que de la Sagrada Escritura se infiere que su conocimiento es mucho más claro que el que tenemos de varias cosas creadas, y que es, efectivamente, tan fácil, que los que carecen de él, son culpables; como aparece en estas palabras del libro de la Sabiduría, capítulo XIII, en donde se dice que su ignorancia no tiene perdón, pues si su espíritu ha penetrado tan adentro en el conocimiento de las cosas del mundo, ¿cómo es posible que no hayan reconocido tanto más fácilmente al Señor Soberano?; y en los Romanos, capítulo I, se dice que son inexcusables; y en el mismo lugar dícense estas palabras: porque lo que de Dios se conoce, en ellos es manifiesto, las cuales parecen advertirnos que todo cuanto puede saberse de Dios es demostrable por razones, que no es preciso sacar de otra parte, sino de nosotros mismos y de la mera consideración de la naturaleza de nuestro espíritu. Por todo lo cual, he creído que no sería contrario a la obligación de un filósofo el explicar aquí cómo y por qué vía podemos, sin salir de nosotros mismos, conocer a Dios más fácilmente y más ciertamente que conocemos las cosas del mundo.

 

He creído que no sería contrario a la obligación de un filósofo el explicar aquí cómo y por qué vía podemos, sin salir de nosotros mismos, conocer a Dios más fácilmente y más ciertamente que conocemos las cosas del mundo

 

Y en lo que el alma se refiere, aunque han creído muchos que no es fácil conocer su naturaleza hasta han llegado algunos a decir que las humanas razones nos persuaden de que muere con el cuerpo y que solamente la fe nos enseña lo contrario, sin embargo, por cuanto las tales opiniones fueron condenadas en la sesión 8.a del Concilio Lateranense, bajo León X, el cual ordena expresamente a los filósofos cristianos que contesten a esos argumentos y pongan todas las fuerzas de su ingenio en declarar la verdad, me he atrevido a acometer la empresa en el presente escrito. Sabiendo, además, que la razón principal por que varios impíos no quieren creer que haya Dios y que el alma humana sea distinta del cuerpo, es porque dicen que nadie hasta ahora ha podido demostrar esas dos cosas; aunque yo no soy de su opinión, sino, por el contrario, pienso que la mayor parte de las razones aducidas por tantos grandes personajes, sobre esas cuestiones, son otras tantas demostraciones, si son bien entendidas, y que casi es imposible inventar otras nuevas; sin embargo, creo que nada más útil puede hacerse en la filosofía que buscar de una vez las mejores, con sumo cuidado, y disponerlas en un orden tan claro y exacto que, en adelante, a todo el mundo le conste que son verdaderas demostraciones. Y, por último, varias personas lo han solicitado de mí, porque han tenido conocimiento de que vengo cultivando cierto método para resolver toda suerte de dificultades en las ciencias, método que, a decir verdad, no es nuevo, pues nada hay más antiguo que la verdad, pero que ellos saben que he empleado con bastante fortuna en otras coyunturas, por lo cual he pensado que era deber mío experimentarlo aquí también en tan importante asunto.

Así he trabajado cuanto he podido para poner en este tratado todo lo que he conseguido descubrir mediante ese método. No es que haya recogido aquí todas las razones varias que podrían adelantarse en prueba de tan grande asunto; pues siempre he creído que tal abundancia no es necesaria, sino cuando ninguna de las razones es cierta. He tratado, pues, solamente las primeras y principales, de tal suerte que me atrevo a proponerlas como muy evidentes y muy ciertas demostraciones. Y diré, además, que son tales, que no creo que haya ningún otro camino por donde el ingenio humano pueda descubrir mejores pruebas; que la importancia del tema y la gloría de Dios, a que todo esto se refiere, me obligan a hablar aquí de mí mismo, con alguna mayor libertad de lo que suelo usar. Sin embargo, por muy ciertas y evidentes que me parezcan mis razones, no estoy persuadido de que todo el mundo sea capaz de entenderlas. Así como en la geometría hay algunas que nos han legado Arquímedes, Apolonio, Pappus y otros, las cuales son admitidas por todo el mundo como muy ciertas y evidentes, porque nada contienen que, considerado aparte, no sea muy fácil conocer, y además todas se siguen unas de otras en exacto enlace y dependencia con las anteriores; y, sin embargo, por ser algo largas y exigir un ingenio muy entero, no son comprendidas y entendidas sino por poquísimas personas, así también, aunque yo estimo que las razones de que hago uso aquí igualan y hasta superan en certeza y evidencia a las demostraciones de la geometría, sin embargo, temo que no puedan ser suficientemente entendidas por algunos, no sólo porque son también algo largas y enlazadas unas con otras, sino principalmente porque requieren un ingenio por completo exento de prejuicios y que sea capaz de librarse con facilidad del comercio de los sentidos. Y, a decir verdad, no son tantos en el mundo los que sirven para las especulaciones de la metafísica, como para las de la geometría. Y además, hay esta diferencia: que en la geometría, como todos están hechos a la opinión de que nada se propone sin una demostración cierta, resulta que los que no están del todo versados en esa ciencia, cometen con más frecuencia el pecado de aprobar falsas demostraciones, para dar a entender que las comprenden, que el de refutar las verdaderas. No ocurre otro tanto en la filosofía, pues aquí creen todos que todo es problemático y pocas personas se dedican a investigar la verdad; y aun muchos, deseando adquirir fama de espíritus fuertes, se empeñan en combatir con arrogancia las verdades más aparentes.

 

No ocurre otro tanto en la filosofía, pues aquí creen todos que todo es problemático y pocas personas se dedican a investigar la verdad; y aun muchos, deseando adquirir fama de espíritus fuertes, se empeñan en combatir con arrogancia las verdades más aparentes

 

Por todo lo cual, señores, a pesar de la fuerza que puedan tener mis razones, como pertenecen a la filosofía, no espero que produzcan gran efecto en los espíritus, si vosotros no les concedéis vuestra protección. Pero siendo tanta la estimación que todo el mundo siente por vuestra sociedad y gozando el nombre de la Sorbona de tan grande autoridad, que en lo tocante a la fe ninguna otra compañía, después de los sagrados concilios, ha visto nunca tan respetados sus fallos, y no sólo en cosas de fe, sino también en lo que se refiere a la humana filosofía, pues nadie cree que sea posible hallar mayor solidez y más conocimientos que los que vosotros tenéis, ni más prudencia e integridad en la emisión de los juicios, no dudo que si os dignáis acoger este escrito con el cuidado de favorecerlo corrigiéndolo (pues conozco, no sólo mi flaqueza, sino también mi ignorancia, y no me atrevo a asegurar que no contenga error alguno), y después añadiendo lo que le falte, acabando lo que esté imperfecto, y tomándoos el trabajo de dar más amplia explicación de las cosas que lo necesiten, o al menos de advertírmelas para que yo lo haga; y, por último, cuando las razones con que pruebo que hay un Dios y que el alma humana difiere del cuerpo, hayan llegado a tal punto de claridad y de evidencia, a que estoy seguro pueden llegar que deban ser tenidas por muy exactas demostraciones, si entonces os dignáis autorizarlas con vuestra aprobación y dar testimonio público de su verdad y certidumbre, no dudo, repito, que después de esto, todos los errores y falsas opiniones que han existido tocante a estas dos cuestiones, queden pronto borrados del espíritu de los hombres. Pues la verdad será tal, que los doctos y los hombres de ingenio acatarán vuestro juicio y vuestra autoridad; los ateos, que suelen ser más arrogantes que doctos y juiciosos, renunciarán a su espíritu de contradicción, o hasta quizá lleguen a defender las razones que vean admitidas como demostrativas por todos los hombres de buen ingenio, temiendo que se crea que no las entienden; y, por último, todos los demás se rendirán fácilmente ante tantos y tales testimonios y no habrá nadie que se atreva a poner en duda la existencia de Dios y la distinción real y verdadera del alma humana y del cuerpo.

A vosotros toca ahora apreciar las ventajas que proporcionaría el sólido establecimiento de esta creencia, ya que vosotros conocéis bien los desórdenes que produce el dudar de su verdad; pero sería desconsiderado, por mi parte, seguir recomendando la causa de Dios y de la religión a quienes han sido siempre sus más firmes columnas.

 

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He tratado ya estas dos cuestiones de Dios y del alma humana en el discurso francés que publiqué en el año de 1637 acerca del método para bien dirigir la razón y buscar la verdad en las ciencias. No tuve entonces el propósito de estudiarlas a fondo, sino sólo de pasada, con el fin de colegir, por el juicio que merecieran, de qué modo debía tratarlas luego, pues me han parecido siempre de tanta importancia, que pensaba era conveniente hablar de ellas más de una vez; y el camino que emprendo para explicarlas es tan poco frecuentado y tan apartado de los comunes derroteros, que no he creído fuera útil declararlo en francés y en discurso que pudiese ser leído por todo el mundo, por temor a que los ingenios endebles no fueran a creer que les era permitido caminar por la misma senda.

Ahora bien, habiendo yo rogado, en ese discurso del método, a todos los que hallasen en mis escritos algo digno de censura, que me hicieran el favor de advertírmelo, nada se me ha objetado de notable, sino sólo dos cosas acerca de estas dos cuestiones.

Y quiero contestar ahora en pocas palabras, antes de entrar en más exactas explicaciones.

La primera objeción es que, aunque el espíritu humano, al hacer reflexión sobre sí mismo, no se conoce sino como algo que piensa, no se sigue de ello que su naturaleza o esencia sea solamente pensar: de tal suerte, que la palabra solamente excluye todas las demás cosas, que acaso pudiera decirse pertenecen también a la naturaleza del alma. A esta objeción contesto que no era mi intención, en aquel lugar, excluirlas según el orden de la verdad de la cosa (de la cual no trataba por entonces), sino sólo según el orden de mi pensamiento; de suerte que mi sentido era éste: que nada conocía como perteneciente a mi espíritu, sino que yo era una cosa que piensa o una cosa que tiene en sí la facultad de pensar. Pero mostraré más adelante cómo es que, puesto que no conozco otra cosa que pertenezca a mi esencia, se sigue que, efectivamente, nada más le pertenece.

La segunda objeción es que, aunque yo tengo en mí la idea de una cosa más perfecta que yo, no se sigue que esa idea sea más perfecta que yo, y mucho menos que lo representado por esa idea exista.

Pero contesto que en el vocablo idea hay aquí un equívoco: pues, o puede tomarse materialmente por una operación de mi entendimiento, y en este sentido no puede decirse que, sea más perfecta que yo, o puede tomarse objetivamente por la cosa representada en esta operación, cosa que, aun cuando no se proponga existir fuera de mi pensamiento, puede, sin embargo, ser más perfecta que yo, en razón de su esencia. Pero en el curso de este tratado mostraré ampliamente cómo por sólo tener yo la idea de una cosa más perfecta que yo, se sigue que esta cosa existe verdaderamente.

 

En el curso de este tratado mostraré ampliamente cómo por sólo tener yo la idea de una cosa más perfecta que yo, se sigue que esta cosa existe verdaderamente

 

Además, he visto también otros dos escritos, bastante extensos, sobre esta materia; pero combatían no tanto mis razones como mis conclusiones, empleando argumentos sacados de los lugares comunes de los ateos. Pero como los argumentos de esta especie no pueden hacer ninguna impresión en el ánimo de los que entiendan bien mis razones, y como también los juicios de algunos hombres son tan endebles y poco razonables, que las primeras opiniones que oyen de una cosa, por falsas y alejadas de la razón que sean, suelen persuadirles mejor que una sólida y verdadera aunque posterior refutación de sus opiniones, por eso no quiero contestar aquí, temiendo verme obligado a exponer primero aquellos argumentos.

Sólo diré, en general, que todo cuanto dicen los ateos para combatir la existencia de Dios, depende siempre o de que fingen en Dios afectos humanos, o de que atribuyen a nuestros ingenios tanta fuerza y sabiduría, que tenemos la presunción de querer determinar y comprender lo que Dios pueda y deba hacer; de suerte que todo cuanto dicen no nos ofrecerá dificultad alguna, con tal de que recordemos solamente que debemos considerar nuestros espíritus como cosas finitas y limitadas, y a Dios como un ser infinito e incomprensible.

 

 

Y ahora, después de haber reconocido los sentimientos de los hombres, voy a tratar de Dios y del alma humana y asimismo poner los fundamentos de la filosofía primera; mas ni aguardo alabanzas del vulgo ni presumo que mi libro sea leído por muchos. Por el contrario, a nadie aconsejaré que lo lea, sino a los que quieran meditar en serio conmigo y puedan desligar su espíritu del comercio de los sentidos y librarlo por completo de toda suerte de prejuicios; y demasiado sé que tales hombres son poquísimos en número. Pero los que, sin cuidarse del orden y enlace de mis razones, se entretengan en discurrir sobre cada una de las partes, como hacen muchos, estos tales, digo, no sacarán gran provecho de la lectura de este tratado; y aun cuando acaso encuentren ocasión de sutilizar en varios puntos, mucho trabajo ha de costarles objetar nada que sea apremiante y digno de respuesta.

Y por cuanto no prometo a los demás que les daré satisfacción de buenas a primeras, ni soy tan presumido que crea que puedo prever las dificultades que cada cual ha de percibir, expondré, primeramente, en estas meditaciones los mismos pensamientos por los cuales estoy persuadido de haber llegado a un conocimiento cierto y evidente de la verdad; así, quizá pueda, con las mismas razones que a mí me han convencido, convencer también a los demás; y después de esto, contestaré a las objeciones que me han hecho personas de talento y doctrina, a quienes he enviado mis meditaciones para que las examinen, antes de darlas a la prensa, pues me han hecho tantas y tan diferentes objeciones, que me atrevo a creer que difícilmente habrá quien pueda proponer otras nuevas, que tengan importancia y no hayan sido indicadas.

Por lo cual, suplico a los que lean estas meditaciones que no formen ningún juicio sin haberse tomado el trabajo de leer todas esas objeciones y las respuestas que les he dado.

 

John Baptist de Medina; Rene Descartes (1596-1650); University of Aberdeen

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RESUMEN DE LAS SEIS MEDITACIONES SIGUIENTES

El espíritu y el cuerpo, son en efecto sustancias realmente, distintas unas de otras, lo cual se ve en la sexta meditación; y esto se confirma también en esta misma meditación, porque no concebimos cuerpo alguno que no sea divisible, mientras que el espíritu o el alma del hombre no puede concebirse sino indivisible: pues efectivamente, no podemos concebir media alma, cosa que podemos hacer con el más mínimo cuerpo; de suerte que se conoce que ambas naturalezas no sólo son diversas sino hasta contrarias en cierto modo

 

Hals, Frans; Pays-Bas, Musée du Louvre

 

En la primera propongo las razones por las cuales podemos dudar en general de todas las cosas y, en particular de las materiales, por lo menos mientras no tengamos otros fundamentos de las ciencias que los que hemos tenido hasta hoy. Ahora bien: aun cuando la utilidad de una duda tan general no se vea al principio, es, sin embargo, muy grande, pues nos libra de toda suerte de prejuicios y nos prepara un camino muy fácil para acostumbrar nuestro espíritu a desligarse de los sentidos; por último, es causa de que no sea posible que luego dudemos nunca de las cosas que descubramos que son verdaderas.

En la segunda, el espíritu, que haciendo uso de su propia libertad, supone que ninguna de las cosas de cuya existencia tiene alguna duda existen, reconoce que es absolutamente imposible que, sin embargo, él no exista. Lo que también resulta muy útil, por cuanto, de esta manera, el espíritu distingue fácilmente lo que le pertenece, es decir, lo que pertenece a la naturaleza intelectual de lo que pertenece al cuerpo. Mas como puede suceder que hay quien espere que en este punto exponga yo algunas razones para probar la inmortalidad del alma, creo que debo advertirle que, habiendo procurado no escribir nada en este tratado, sin tener de ello demostraciones muy exactas, me he visto obligado a seguir un orden semejante al que siguen los geómetras, a saber: proponer primero todo aquello de que depende la proposición buscada antes de sacar conclusión alguna.

Ahora bien: lo primero y principal que se necesita para conocer bien la inmortalidad del alma, es formar de ésta un concepto claro y nítido, enteramente distinto de todas las concepciones que podemos tener del cuerpo; esto es lo que se ha hecho aquí. Requiérese además saber que todas las cosas que concebimos clara y distintamente son verdaderas, del modo como las concebimos, cosa que no ha podido probarse hasta llegar a la cuarta meditación. Hace falta además tener una concepción distinta de la naturaleza corporal, concepción que se forma, parte en esta segunda y parte en la quinta y sexta meditaciones. Y, por último, de todo eso hay que concluir que las cosas que concebimos clara y distintamente como sustancias diversas, verbigracia, el espíritu y el cuerpo, son en efecto sustancias realmente, distintas unas de otras, lo cual se ve en la sexta meditación; y esto se confirma también en esta misma meditación, porque no concebimos cuerpo alguno que no sea divisible, mientras que el espíritu o el alma del hombre no puede concebirse sino indivisible: pues efectivamente, no podemos concebir media alma, cosa que podemos hacer con el más mínimo cuerpo; de suerte que se conoce que ambas naturalezas no sólo son diversas sino hasta contrarias en cierto modo. Y si no he tratado más por lo menudo esta materia en el presente escrito, ha sido porque basta para mostrar claramente que de la corrupción del cuerpo no se sigue la muerte del alma, y dar así al hombre la esperanza de otra vida después de la muerte, y también porque las premisas de que puede deducirse la inmortalidad del alma dependen de la explicación de toda la física: primero, para saber que, en general, todas las sustancias, es decir, todas las cosas que no pueden existir sin ser creadas por Dios, son por naturaleza incorruptibles y no pueden nunca cesar de ser, como no las reduzca a la nada Dios, negándoles su concurso; y también para advertir que el cuerpo, tomado en general, es una sustancia, por lo cual tampoco perece: pero que el cuerpo humano, puesto que es diferente de los otros cuerpos, está compuesto de cierta configuración de miembros y otros accidentes semejantes, mientras que el alma humana no está compuesta de accidentes y es una sustancia pura. Pues aun cuando todos sus accidentes están sujetos a cambio, concibiendo, por ejemplo, ciertas cosas, queriendo otras y sintiendo otras, etc., sin embargo, el alma no cambia; el cuerpo humano, por el contrario, se torna cosa distinta con sólo que la figura de algunas de sus partes cambie, de donde se sigue que el cuerpo humano puede bien fácilmente parecer, pero el espíritu o el alma del hombre (no los distingo) es inmortal por naturaleza.

En la tercera meditación, creo haber explicado con bastante amplitud el principal argumento que empleo para probar la existencia de Dios. Pero no habiendo yo querido hacer uso de este punto de ninguna comparación sacada de cosas corporales, a fin de mantener los espíritus de mis lectores tan lejos como sea posible del uso y comercio de los sentidos, quizá hayan quedado no pocas oscuridades (las cuales espero haber aclarado en las respuestas que he dado a las objeciones que me han sido hechas), y entre otras, ésta: ¿cómo la idea de un ser sumamente perfecto, la cual está en nosotros, contiene tanta realidad objetiva, es decir, participa por representación de tantos grados de ser y de perfección, que deba provenir de una causa sumamente perfecta? Esto lo he explicado en las respuestas, mediante la comparación con una máquina muy ingeniosa y llena de artificio, cuya idea se halle en el espíritu de algún obrero. Así como el artificio objetivo de esta idea debe tener alguna causa, a saber: o la ciencia del obrero o la de alguna otra persona que haya comunicado la idea al tal obrero, así también la idea de Dios, que está en nosotros, tiene por fuerza que ser efecto de Dios mismo.

En la cuarta ha quedado demostrado que todas las cosas que concebimos muy clara y distintamente son verdaderas; y al mismo tiempo he explicado en qué consiste la naturaleza del error o falsedad, cosa que debemos necesariamente saber, no sólo para confirmar las precedentes verdades, sino también para entender mejor las subsiguientes. Pero, sin embargo, es de advertir que no trato en ese sitio del pecado, es decir, del error que se comete en la persecución del bien y del mal, sino sólo del que ocurre en el juicio y discernimiento de lo verdadero y lo falso, y que no me propongo hablar de lo que toca a la fe o a la conducta en la vida, sino sólo de lo que toca a las verdades especulativas, que pueden ser conocidas por medio de la luz natural.

En la quinta meditación, además de explicar la naturaleza corpórea en general, he vuelto a demostrar la existencia de Dios por una razón nueva, en la cual, sin embargo, acaso se encuentren algunas dificultades, cuyas soluciones se verán en las respuestas que hago a las objeciones que he recibido; además explico cómo es muy verdadero que la certidumbre misma de las demostraciones geométricas procede del conocimiento de Dios.

Por último, en la sexta, distingo el acto del entendimiento del de la imaginación, describo los signos de esta distinción, muestro que el alma del hombre es realmente distinta del cuerpo y, sin embargo, que está tan estrechamente junta y unida a él, que compone con él como una cosa misma. Expongo todos los errores que vienen de los sentidos, con los medios para evitarlos; por último doy también todas las razones que pueden hacernos inferir la existencia de las cosas materiales, no porque me parezcan muy útiles para probar lo que prueban, esto es, que hay un mundo, que los hombres tienen cuerpos y otras cosas semejantes, de los que nunca ha dudado un hombre sensato, sino porque, al considerarlas de cerca, caemos en la cuenta de que no son tan firmes y evidentes como las que nos llevan al conocimiento de Dios y de nuestra alma, de suerte que estas últimas son las más ciertas y evidentes que pueden entrar en el conocimiento del espíritu humano. Esto es todo cuanto me he propuesto demostrar en estas meditaciones, por lo cual omito aquí muchas otras cuestiones de las que también he hablado por incidencia en este tratado.

 

 

Descartes, Spinoza y el materialismo (Descartes versus Spinoza)