«GLADIO», por Umberto Eco

ENTREVISTA DANIEL GANSER (VIDEO)

OPERACION GLADIO (DOCUMENTAL) 

***

Sábado, 6 de junio

Braggadocio se tomó unos días para poner a punto sus revelaciones y el jueves se encerró en el despacho de Simei toda la mañana. Salió hacia las 11, con Simei que le aconsejaba:

—Controle bien ese dato una vez más, se lo ruego, quiero estar seguro.

—No lo dude —le respondía Braggadocio que irradiaba buen humor y optimismo—. Me veo esta noche con alguien en quien confío y lo vuelvo a verificar otra vez.

Por lo demás, la redacción estaba ocupada toda ella en definir páginas fijas del primer número cero: los deportes, los pasatiempos de Palatino,algunas cartas de desmentido, los horóscopos y las esquelas.

—Jo, por mucho que nos inventemos —dijo en un determinado momento Costanza—, me da que no conseguiremos llenar veinticuatro páginas. Necesitamos otras noticias.

—Está bien —dijo Simei—, Colonna, eche una mano usted también, si es tan amable.

—Las noticias no es necesario inventarlas —observé—, basta con reciclarlas.

—¿Cómo?

—La gente tiene una memoria corta. Les voy a proponer un ejemplo paradójico: todos deberían saber que Julio César fue asesinado en los Idus de marzo, pero las ideas al respecto son confusas; buscamos, entonces, un libro inglés reciente en el que se reconsidere la historia de César y con eso sacamos un titular de impacto, «Clamoroso descubrimiento de los historiadores de Cambridge. César fue asesinado verdaderamente en los Idus de marzo». Contamos la historia de nuevo y ya tenemos una noticia pistonuda. Ahora, con la historia de César he exagerado, vale, pero si se habla del Pio Albergo Trivulzio, de ahí sacamos un reportaje sobre las analogías con la historia del Banco Romano. Es un asunto de finales del siglo diecinueve y no tiene nada que ver con los escándalos actuales, pero escándalo llama a escándalo, basta con aludir a ciertos rumores que corren, y se cuenta la historia del Banco Romano como si fuera de ayer mismo. Creo que Lucidi sabría sacar algo bueno.

—Excelente —dijo Simei—. ¿Y qué hay, Cambria?

—Veo un despacho de agencia, otra virgen que se ha puesto a llorar en un pueblecito del sur.

—Espléndido, ¡saque una noticia con garra!

—Algo sobre la repetitividad de las supersticiones...

—¡Bajo ningún concepto! No somos el boletín de la asociación de ateos y racionalistas. La gente quiere milagros, no escepticismo radical chic.Contar un milagro no equivale a decir que el periódico cree en él, no nos compromete. Se relata el hecho, o se dice que alguien asistió al hecho. Si luego las vírgenes lloran de veras, eso no es asunto nuestro. Las conclusiones las debe sacar el lector, y si es creyente, creerá. Titular a muchas columnas.

Todos se pusieron a trabajar excitados.

Umberto Eco, Numero Cero 

 

 

 

 GLADIO VISTO POR UMBERTO ECO 

(Extracto novela "Numero Cero" de Umberto Eco)

 

—Pero ¿por qué me has traído a mí, aquí?

—Bueno, a alguien tengo que contarle lo que bulle en mi interior; si no, me voy a volver loco. Ser el único que ha captado la verdad puede hacer que te dé vueltas la cabeza. Y aquí nunca hay nadie, excepto de vez en cuando algún turista extranjero que no entiende un pijo. Es que por fin he llegado al stay-behind.

—¿Esteiqué?

—Venga, acuérdate que tenía que decidir qué se haría con el Duce, el vivo, para no dejarlo pudrirse en Argentina o en el Vaticano, y acabar como su doble. ¿Qué hacemos con el Duce?

—¿Qué hacemos?

—Pues, los aliados o quienquiera que actuara por ellos, lo querían vivo, para sacárselo de la manga en el momento oportuno en caso de una revolución comunista o un ataque soviético. Durante la Segunda Guerra Mundial los ingleses coordinaron la actividad de los movimientos de resistencia en los países ocupados por el Eje a través de una red dirigida por una rama de los servicios de inteligencia del Reino Unido, el Special Operations Executive, que fue desmantelado tras el final del conflicto, pero volvió a ponerse en marcha a principios de los años cincuenta, como núcleo de una nueva organización que había de contrarrestar, en los distintos países europeos, una invasión del Ejército Rojo o a los comunistas locales que intentaran un golpe de Estado. La coordinación estaba asegurada por el mando supremo de las fuerzas aliadas en Europa; así nace el stay-behind («estar detrás», «estar más acá de las líneas»), en Bélgica, Inglaterra, Francia, Alemania Occidental, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca y Noruega. Una estructura paramilitar secreta. En Italia hubo un barrunto a partir de 1949, en 1959 los servicios secretos italianos entran a formar parte de un Comité de Planificación y Coordinación, y por fin, en 1964, nace oficialmente la organización Gladio, financiada por la CIA. Gladio: el nombre debería decirte algo porque el gladio es un arma de los legionarios romanos, y por ello decir gladio era como decir fasces o fachoserías por el estilo. Un nombre que podía atraer a los militares jubilados, a los amantes de la aventura y a los nostálgicos fascistas. La guerra había terminado pero mucha gente se solazaba todavía con el recuerdo de los días heroicos, asaltos con dos bombas y en la boca una flor, plomo para el fusil. Eran exrepublicanos de Salò, o idealistas sesentones y católicos, aterrados ante la perspectiva de que los cosacos abrevaran sus caballos en las pilas de agua bendita de San Pedro, pero también fanáticos de la monarquía desaparecida, alguien dice que incluso Edgardo Sogno estaba involucrado. Sí, Sogno, pues aun habiendo sido el jefe de las brigadas partisanas en Piamonte, un héroe, era monárquico hasta la médula y, por lo tanto, vinculado al culto de un mundo desaparecido. A los reclutas se los mandaba a un campo de adiestramiento en Cerdeña, donde aprendían (o recordaban cómo se hacía) a volar puentes, manejar ametralladoras, asaltar de noche a ejércitos enemigos con un puñal entre los dientes, llevar a cabo actos de sabotaje y de guerrilla…

—Pero debían de ser coroneles jubilados, brigadas enfermizos, contables raquíticos, no me los veo trepando a pilares y torretas como en El puente sobre el río Kwai.

—Sí, pero había también jóvenes neofascistas que deseaban liarse a mamporros y apolíticos biliosos que iban por libre.

—Me parece haber leído algo hace un par de años.

—Claro; la red Gladio fue ultrasecreta desde finales de la guerra en adelante, su existencia la conocían solo los servicios y los altos mandos militares, y se les comunicaba exclusivamente a los presidentes del gobierno, a los ministros de Defensa y a los presidentes de la República. Luego, con la caída del Imperio soviético, prácticamente la red perdió su función, y quizá también costaba demasiado; precisamente el presidente Cossiga se dejó escapar algunas revelaciones en el noventa, y ese mismo año Andreotti, presidente del gobierno, dijo oficialmente que sí, que la red Gladio había existido, y no era el caso de poner el grito en el cielo, que era necesario que existiera, que ahora el tema estaba zanjado, y se acabó con los chismes. Nadie montó un drama, prácticamente todos lo olvidaron. Solo Italia, Bélgica y Suiza iniciaron alguna investigación parlamentaria, pero George H. W. Bush se negó a hablar, visto que estaba enzarzado en los preparativos de la guerra del Golfo y no quería que se desprestigiara a la Alianza Atlántica. El tema se acalló en todos los países que se habían adherido al stay-behind, con algún incidente menor; en Francia se sabía desde hacía tiempo que la tristemente famosa OAS había sido creada con miembros del stay-behind francés pero, tras un fracasado golpe de Estado en Argel, De Gaulle recondujo la disidencia al orden. En Alemania era notorio que la bomba del Oktoberfest de 1980 en Múnich se construyó con explosivos que procedían de un escondite del stay-behind alemán; en Grecia fue el ejército staybehind, la Fuerza de Incursión Helénica, la que dio vida al golpe de Estado de los coroneles; en Portugal una misteriosa Aginter Press asesinaba a Eduardo Mondlane, el jefe del Frente de Liberación de Mozambique. En España, un año después de la muerte de Franco, dos carlistas son asesinados por terroristas de extrema derecha; el año siguiente el stay-behind lleva a cabo una matanza en Madrid, en un despacho de abogados vinculados con el Partido Comunista. En Suiza, solo hace dos años, el coronel Aboth, excomandante del stay-behind local, declara en una carta confidencial al Departamento de Defensa que está dispuesto a revelar «toda la verdad» y lo encuentran en su casa, acuchillado con su propia bayoneta. En Turquía están vinculados al stay-behind los Lobos Grises, los que luego se verían implicados en el atentado a Juan Pablo II. Podría seguir, y te he leído solo unos pocos apuntes, pero, como ves, se trata de fruslerías, un homicidio por aquí, un asesinato por allá, asuntos que salían en las páginas de sucesos, y sistemáticamente acababan en el olvidadero. El caso es que los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias. Sucede el hecho X, no puedes obviarlo, pero, como pone en apuros a demasiada gente, en ese mismo número te marcas unos titulones que le ponen a uno los pelos de punta: madre degüella a sus cuatro hijos, quizá nuestros ahorros acaben en cenizas, se descubre una carta de insultos de Garibaldi a Nino Bixio y, hala, tu noticia se ahoga en el gran mar de la información. Pero bueno, a mí me interesa lo que hizo la red Gladio en Italia desde los años sesenta hasta 1990. Debe de haberla liado gorda, habrá estado metida hasta las cejas en movimientos terroristas de extrema derecha, desempeñó un papel en el atentado de la piazza Fontana de 1969, y desde entonces (estamos en los tiempos de las revueltas estudiantiles del sesenta y ocho y de los otoños calientes de los obreros) alguien entendió que podía instigar atentados terroristas para poder cargarle su autoría a la izquierda. Y se dice que metió las narices también la tristemente famosa Logia P2 de Licio Gelli. Pero ¿por qué una organización que debía combatir a los soviéticos se dedica solo a atentados terroristas? Entonces he tenido que volver a considerar toda la historia del príncipe Junio Valerio Borghese.

 

 

Hasta aquí Braggadocio me había hablado de muchos asuntos que habíamos leído en los periódicos, visto que en los años setenta se habló largo y tendido de golpes de Estado militares, de «ruido de sables», y me volvieron a la cabeza habladurías sobre un golpe de Estado anhelado (aunque nunca realizado) por el general De Lorenzo. Pero Braggadocio me estaba recordando ahora el golpe que se dio en llamar de los forestales. Una historia bastante grotesca, que creo que inspiró incluso una película satírica. Junio Valerio Borghese, llamado también «el príncipe negro», había estado al mando de la Decima Flottiglia Mas. Hombre de cierta valentía, se decía, fascista hasta la médula, obviamente se adhirió a la República de Salò y nunca se llegó a entender cómo en 1945, cuando se fusilaba a diestro y siniestro, él consiguió salir indemne y mantener su aureola de purísimo combatiente, boina ladeada, metralleta en bandolera, bombachos típicos de aquella unidad, jerséis de cuello redondo; y eso que tenía una cara que, si lo hubieras visto por la calle vestido como un oficinista no habrías dado ni un duro por él.

Pues bien, Borghese, en 1970, consideró que había llegado el momento de dar un golpe de Estado. Braggadocio opinaba que se había tenido en cuenta que Mussolini iba a cumplir pronto ochenta y seis años, por lo que tenía que regresar cuanto antes del exilio: no se podía seguir esperando visto que ya en el cuarenta y cinco se le veía bastante maltrecho.

—Algunas veces me siento conmovido —decía Braggadocio— por ese pobre hombre; imagínate, si estuvo en Argentina (aunque no pudiera comerse esos chuletones de allá a causa de su úlcera), por lo menos podía mirar la pampa inmensa (aunque mira tú qué gusto, durante veinticinco años); pero si se quedó en el Vaticano, las hubo de pasar canutas: a lo sumo algún paseíto de noche por algún jardín y sopitas servidas por una monja con bigotes, y la idea de haber perdido, con Italia, a su amante, y no poder volver a abrazar a sus hijos; cabe incluso que se le fuera un poco el tarro, todo el día en un sillón rumiando sus antiguas glorias, viendo lo que sucedía en el mundo solo a través de la televisión, en blanco y negro, mientras con la mente obnubilada por la edad pero excitada por la sífilis volvía a los triunfos del balcón del palacio Venecia, a los veranos en los que segaba el trigo con el torso desnudo, besuqueaba a los niños con madres cachondas que le baboseaban las manos, o a las tardes en la sala del mapamundi, donde el camarero Navarra introducía a señoras palpitantes y él, desabrochándose apenas la bragueta de los pantalones de montar, las tumbaba sobre el escritorio y las inseminaba en pocos segundos mientras ellas lanzaban gañidos de perras en celo murmurando oh, Duce mío, Duce mío… Y mientras él recordaba babeando y con la polla floja, alguien le martilleaba el cerebro con la idea de la insurrección cercana. Me acabo de acordar del chiste aquel sobre Hitler, también él exiliado en Argentina, a quien los neonazis quieren convencer de que vuelva a escena para reconquistar el mundo, él está indeciso y titubea un buen rato, porque la edad también le pesa, pero al final se decide y dice que vale, que bien, pero esta vez… malos, ¿verdad que sí?

»En fin —seguía Braggadocio—, en 1970 todo indicaba que un golpe podría funcionar. Al mando de los servicios estaba el general Miceli, también él en la Logia P2, y algunos años después diputado del Movimiento Social Italiano; pues fíjate, sospechoso e investigado por el affaire Borghese, consiguió salir del trance como si nada y murió serenamente hace dos años. Y he sabido de fuente segura que, dos años después del golpe Borghese, Miceli todavía recibió ochocientos mil dólares de la embajada estadounidense, no se sabe por qué y de qué. Borghese podía contar, por lo tanto, con excelentes apoyos en las altas esferas y con la red Gladio, con los veteranos falangistas de la guerra de España, con los ambientes masónicos; también se dijo que entró en juego la mafia, que como sabes siempre tiene algo que ver. Y en la sombra, el Licio Gelli de siempre hostigaba a los carabineros y a los altos mandos militares, que eran ya un hervidero de masones. Escucha bien la historia de Licio Gelli, porque es fundamental para mi tesis. Pues bien, Gelli no lo ha negado jamás, participó en la guerra de España, estuvo en la República Social y trabajó como oficial de enlace con las SS; pero al mismo tiempo toma contacto con los partisanos, y en la posguerra se vincula con la CIA. Así pues, un personaje de ese calibre por fuerza ha de tener las manos metidas en la red Gladio. Y ahora viene lo mejor: en julio de 1942, como inspector del Partido Nacional Fascista, se le encargó la misión de transportar a Italia el tesoro del rey Pedro II de Yugoslavia, sesenta toneladas de lingotes de oro, dos de monedas antiguas, seis millones de dólares, dos millones de esterlinas que el SIM, el Servicio de Información Militar, había requisado. En 1947 el tesoro por fin es devuelto pero faltan veinte toneladas de lingotes y se dice que Gelli los había transferido a Argentina. Argentina, ¿lo pillas? En Argentina, Gelli tiene contactos amistosos con Perón, pero no basta, también con generales como Videla, y de Argentina recibe el pasaporte diplomático. ¿Y quién campa a sus anchas en Argentina? Su brazo derecho Umberto Ortolani, que es, entre otras cosas, el enlace entre Gelli y monseñor Marcinkus. ¿Y entonces? Y entonces todo nos lleva donde está el Duce y donde se está preparando su regreso, y naturalmente hace falta dinero y una buena organización, y apoyos locales. Por eso Gelli es esencial para el plan Borghese.

—La verdad es que contado de esta manera parece convincente…

—Y lo es. Eso no quita que el ejército que reunió Borghese fuera una arlequinada, donde junto a abuelitos nostálgicos (el mismo Borghese tenía ya más de sesenta años) había sectores del Estado e incluso unidades de la guardia forestal, no me preguntes por qué precisamente de la guardia forestal, a lo mejor es que tras la deforestación de la posguerra no tenían nada mejor que hacer. Con todo, semejante caterva habría podido llevar a cabo algo siniestro. Emerge de fuentes procesales posteriores que Licio Gelli tenía que ocuparse de la captura del presidente de la República, que entonces era Saragat, y un armador de Civitavecchia puso a disposición sus mercantes para transportar a las islas Lipari a las persones capturadas por los golpistas. ¡Y no te vas a creer quién estaba implicado en la operación! ¡Otto Skorzeny, el que liberó a Mussolini en el Gran Sasso en 1943! Todavía seguía en circulación, otro al que las purgas violentas de la posguerra no habían tocado, en buenas relaciones con la CIA; su cometido era garantizar que Estados Unidos no pondría objeciones al golpe, con tal de que subiera al poder una junta militar «centro-democrática». Piensa en la hipocresía de la fórmula. Pero lo que las investigaciones sucesivas nunca sacaron a la luz es que Skorzeny, evidentemente, había permanecido en contacto con Mussolini, que le debía mucho, y quizá habría debido ocuparse de la llegada del Duce desde su exilio para dar la imagen heroica que necesitaban los golpistas. Vamos, que todo el golpe se basaba en el regreso triunfal de Mussolini. Pero, ojo al dato: el golpe había sido planeado cuidadosamente a partir de 1969, qué coincidencia, el año de la matanza de la piazza Fontana, pensada ya para que todas las sospechas recayeran en la izquierda y así preparar psicológicamente a la opinión pública a un regreso al orden. Borghese preveía la ocupación del Ministerio de Interior, del Ministerio de Defensa, de las sedes de la RAI y de los medios de telecomunicaciones (radio y teléfonos), así como la deportación de los opositores presentes en el Parlamento. Estas no son fantasías mías porque más tarde se encontró una proclama que Borghese habría debido leer por radio, y que decía más o menos que por fin había llegado el esperado vuelco político, la clase que había gobernado veinticinco años había llevado a Italia al borde de la destrucción económica y moral, las fuerzas armadas y las fuerzas del orden apoyaban la toma del poder de los golpistas. Italianos, debería haber concluido Borghese, al volver a encomendaros nuestra gloriosa bandera tricolor, os invitamos a gritar nuestro incontenible himno de amor, Viva Italia. Típica retórica mussoliniana.

Entre el 7 y el 8 de diciembre (me recordaba Braggadocio) llegaron a Roma muchos centenares de conjurados, empezaron a distribuirse armas y municiones, dos generales se emplazaron en el Ministerio de Defensa, un grupo armado de guardas forestales se apostó en las proximidades de la sedes televisivas de la RAI; en Milán se preparaba la ocupación de Sesto San Giovanni, tradicional baluarte de los comunistas.

—¿Y de repente qué pasa? Mientras todo el proyecto parecía llegar a buen fin, y se podía decir que los conspiradores tenían a Roma en sus manos, Borghese comunica a todo el mundo que la operación queda suspendida. Después se diría que aparatos fieles al Estado se estaban oponiendo a la conjura, pero en ese caso habrían podido arrestar a Borghese el día antes sin esperar a que Roma se llenara de leñadores de uniforme. En cualquier caso, el asunto se liquida casi a hurtadillas, los golpistas se alejan sin incidentes, Borghese se refugia en España, solo unos pocos imbéciles son arrestados, pero a todos se les conceden «arrestos» en clínicas privadas, y algunos de ellos reciben durante su hospitalización la visita de Miceli, que les promete protección a cambio de su silencio. Hay algunas investigaciones parlamentarias de las que la prensa apenas habla; es más, la opinión pública se entera vagamente de los hechos solo tres meses después. Qué sucedió no quiero saberlo, lo que me interesa es por qué un golpe preparado con tanto esmero queda anulado en pocas horas, transformando una empresa tremendamente seria en una farsa. ¿Por qué?

—A ti te lo pregunto.

—Parece ser que yo soy el único que se lo ha preguntado y, desde luego, soy el único que ha encontrado la respuesta, de una claridad meridiana: esa misma noche llega la noticia de que Mussolini, tal vez ya en territorio nacional, dispuesto a hacer su aparición, ha muerto repentinamente, lo cual, a su edad, y traído y llevado como un paquete postal, no es en absoluto inverosímil. El golpe no se produce porque su símbolo carismático ha desaparecido, y esta vez de verdad, veinticinco años después de su presunta muerte.

Los ojos de Braggadocio brillaban, parecían iluminar la letanía de calaveras que nos rodeaban, sus manos temblaban, los labios se cubrían de saliva blancuzca, me había asido por los hombros:

—¡Entiendes, Colonna: esta es mi reconstrucción de los hechos!

—Y si no recuerdo mal, hubo incluso un juicio…

—Pura farsa, con Andreotti que colaboraba para encubrirlo todo, y dieron con sus huesos en la cárcel solo personajes de segundo plano. La cuestión es que todo lo que supimos era falso, o estaba deformado, hemos vivido en el engaño los veinte años siguientes. Ya te he dicho que nunca hay que creer en lo que nos cuentan…

—Y aquí acaba tu historia…

—No, no. Aquí empieza otra y podría no interesarme si lo que sucedió después no hubiera sido la consecuencia directa de la desaparición de Mussolini. Al faltar la figura del Duce, ninguna operación Gladio podía abrigar la esperanza de conquistar el poder, mientras empezaba a volverse cada vez más remota una invasión soviética, porque ya se estaba llegando poco a poco a la distensión. Lo que pasa es que la red Gladio no se disuelve, es más, empieza a ser verdaderamente operativa justo a partir de la muerte de Mussolini.

—¿Y cómo?

—Puesto que ya no se trata de instalar un nuevo poder derribando al gobierno, la red Gladio se une a todas esas fuerzas ocultas que intentan desestabilizar Italia para que a la opinión pública le resulte intolerable el ascenso de la izquierda y de este modo se preparen las condiciones para nuevas formas de represión. Hechas con todos los visos de la legalidad. ¿Te das cuenta de que antes del golpe Borghese había habido pocos atentados, tipo el de la piazza Fontana, y solo ese año empiezan a formarse las Brigadas Rojas e inmediatamente después, en los años siguientes, empiezan las matanzas en cadena? 1973, bomba en la comisaría de Milán; 1974, matanza en la piazza della Loggia en Brescia; mismo año, una bomba de alta potencia estalla en el tren Italicus, Roma-Múnich, doce muertos y cuarenta y ocho heridos, pero, cuidado, a bordo del tren debería haber estado Aldo Moro, y resulta que lo perdió porque algunos funcionarios del ministerio lo hicieron bajar en el último momento para firmar unos documentos urgentes. Y diez años después ahí tenemos otra bomba en el rápido Nápoles-Milán. Por no hablar del caso Moro; todavía hoy no sabemos lo que pasó de verdad. No basta, en septiembre de 1978, al mes de su elección, muere misteriosamente el nuevo papa Albino Luciani. Infarto o derrame cerebral, dijeron, pero ¿por qué hicieron desaparecer de los aposentos papales sus objetos personales, las gafas, las zapatillas, apuntes y el bote de Effortil que evidentemente el viejo tenía que tomarse para la tensión baja? ¿Por qué esos objetos habían de desvanecerse en la nada? ¿A lo mejor porque no era verosímil que a un hipotenso le diera ese ataque? ¿Por qué la primera persona importante que entra inmediatamente después en su habitación es el cardenal Villot? Tú me dirás que era natural, era el secretario de Estado, pero existe un libro de un tal Yallop en el que se revelan algunos hechos: el Papa se habría interesado por la existencia de una camarilla eclesiástico-masónica de la que formarían parte precisamente Villot, los monseñores Agostino Casaroli, el subdirector del Osservatore Romano, el director de la Radio Vaticana y, naturalmente, Marcinkus, el omnipresente monseñor que manejaba a su albedrío el IOR, el banco vaticano, que como luego se descubrió apoyaba fraudes fiscales y lavado de dinero sucio, y cubría otros tráficos oscuros de personajes como Roberto Calvi y Michele Sindona. Los cuales, mira tú por dónde, acabarán en los años siguientes, uno, ahorcado en el puente de Black Friars de Londres, y el otro, envenenado en la cárcel. Y en el escritorio de Luciani encontraron una copia del semanario Il Mondo, abierto por una página sobre la investigación de las operaciones del banco vaticano. Yallop habla de seis sospechosos del homicidio: Villot, el cardenal de Chicago John Cody, Marcinkus, Sindona, Calvi y Licio Gelli, el mismo de siempre, maestre venerable de la Logia P2. Me dirás que todo esto nada tiene que ver con la red Gladio, pero, mira qué coincidencia, muchos de estos personajes tenían que ver con las otras tramas, y el Vaticano había estado implicado en el salvamento y custodia de Mussolini. A lo mejor Luciani descubrió precisamente esto y, aunque habían pasado algunos años de la muerte real del Duce, no quería dejar títere con cabeza en ese clan que preparaba un golpe de Estado desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y te añadiré que, muerto Luciani, el asunto debería haber ido a caer en las manos de Juan Pablo II, que tres años después sufre un atentado por parte de los Lobos Grises turcos, esos Lobos Grises que, como te he dicho, estaban afiliados al stay-behind de ese país… El Papa luego perdona; el autor del atentado, conmovido, expía en la cárcel; en fin, que el pontífice se asusta y deja de ocuparse del tema, entre otras cosas porque a él Italia le importa bien poco y parece más preocupado por combatir las sectas protestantes del Tercer Mundo. De este modo, a él, lo dejan en paz. ¿Te bastan todas estas coincidencias?

—Pero ¿no será esa tendencia tuya a ver conspiraciones por todos lados la que te hace meterlo todo en el mismo saco?

 

Atentado en Italia contra Aldo Moro

 

—¿Yo? Pero si son documentos judiciales, y los encuentras, si sabes buscar en los archivos; lo que pasa es que a la gente se lo han contado deslizando los hechos entre una noticia y otra. Mira el asunto de Peteano. En mayo de 1972, cerca de Gorizia, los carabineros reciben el aviso de que un Fiat 500 está abandonado en una carretera con dos agujeros de bala en el parabrisas. Llegan tres carabineros, intentan abrir el capó y mueren por una explosión. Durante algún tiempo se piensa en una acción de las Brigadas Rojas, pero años después se presenta un tal Vincenzo Vinciguerra. Menudo individuo: evitó el arresto por otro asunto oscuro refugiándose en España, protegido por la red anticomunista internacional, la Aginter Press; ahí, a través de contactos con otro terrorista de derechas, Stefano delle Chiaie, se afilia a Avanguardia Nazionale, luego se larga a Chile y a Argentina, pero en 1978 decide que toda su lucha contra el Estado carecía de sentido y tiene la bondad de entregarse en Italia. Nota, no estaba arrepentido, seguía pensando que había hecho bien en hacer lo que había hecho hasta entonces, y te dirás: ¿por qué se entrega entonces? Yo digo que por necesidad de publicidad, hay asesinos que vuelven al lugar del crimen, asesinos en serie que mandan pistas a la policía porque desean que se los capture porque si no, no salen en primera página, y este Vinciguerra empieza a vomitar confesión tras confesión a partir de ese momento. Asume la responsabilidad del atentado de Peteano, y pone en apuros a los aparatos del Estado que, dice, lo protegieron. Solo en 1984, un juez, Felice Casson, descubre que el explosivo que se usó en Peteano procedía de un depósito de armas de la red Gladio, y lo más intrigante es que la existencia de ese depósito se la había revelado (mira tú por dónde) Andreotti, quien, por lo tanto, sabía y nunca abrió boca. Un experto que trabajaba para la policía italiana (y era miembro de Ordine Nuovo) habría hecho un peritaje según el cual los explosivos empleados eran idénticos a los que usaban las Brigadas Rojas, pero Casson demostró que el explosivo era el C-4, en dotación a los efectivos de la OTAN. En fin, un buen lío pero, como ves, OTAN o brigadistas, por en medio estaba siempre la red Gladio. Lo que pasa es que las investigaciones demuestran que también Ordine Nuovo colaboró con el servicio secreto italiano, el SID, y está claro que si unos servicios secretos militares hacen estallar por los aires a tres carabineros, no será por odio hacia el arma sino para hacer que la culpa recaiga en militantes de extrema izquierda. Para abreviar: entre investigaciones y contrainvestigaciones, a Vinciguerra le condenan a cadena perpetua, desde donde sigue haciendo revelaciones sobre la estrategia de la tensión. Habla de la matanza de Bolonia (o sea que entre una matanza y la otra los contactos existen, y no son imaginaciones mías) y dice que el atentado de la piazza Fontana de 1969 fue planeado para empujar al entonces presidente del gobierno Mariano Rumor a que declarara el estado de emergencia. Añadía, además, te lo leo: «No se puede vivir en clandestinidad sin dinero. No se puede vivir en clandestinidad sin apoyos. Podía elegir el camino que han seguido otros, encontrar otros apoyos, tal vez en Argentina con los servicios secretos. Podía elegir también el camino de la delincuencia. Pero no soy propenso ni a colaborar con los servicios secretos ni a ser un delincuente. Así pues, para recuperar mi libertad tenía únicamente una elección. Que era la de entregarme. Y eso he hecho». Se trata sin duda de la lógica de un loco exhibicionista, pero de un loco que tiene información fidedigna. Y ahí tienes mi historia, prácticamente reconstituida: la sombra de Mussolini, dado por muerto, domina todos los acontecimientos italianos yo diría que desde 1945 hasta hoy, y su muerte real desencadena el periodo más terrible de la historia de este país, implicando al stay-behind, a la CIA, a la OTAN, a la Gladio, a la logia P2, a la mafia, a los servicios secretos, a los altos mandos militares, a ministros como Andreotti y a presidentes como Cossiga, y naturalmente a buena parte de las organizaciones terroristas de extrema izquierda, debidamente infiltradas y manipuladas. Por no decir que Aldo Moro fue secuestrado y asesinado porque sabía algo y habría hablado. Y si quieres, añádele casos criminales menores que aparentemente no tenían ninguna importancia política…

—Sí, la alimaña de la via San Gregorio, la jabonera de Correggio, el monstruo de la via Salaria…

—No me seas sarcástico, quizá aquellos primeros casos de la posguerra no, pero para todo lo demás es más económico, como suele decirse, ver una historia única dominada por una sola figura virtual que parecía dirigir el tráfico desde el balcón del palacio Venecia, aunque nadie lo veía. Los esqueletos —e indicaba a los huéspedes silenciosos que nos rodeaban— pueden salir de noche y poner en escena su danza macabra. Hay más cosas en el cielo y en la tierra, etcétera, etcétera, ya lo sabes. Pero lo que no falla es que, cesada la amenaza soviética, la red Gladio fue relegada oficialmente a la buhardilla, y tanto Cossiga como Andreotti hablaron de ella para exorcizar su fantasma, para presentarla como si se hubiera tratado de algo normal que se dio con el consenso de las autoridades, de una comunidad formada por patriotas, como las Sociedades Carbonaras del siglo diecinueve. Pero ¿de veras ha acabado todo o algunos grupos se resisten a morir y siguen trabajando en la sombra? Creo que todavía nos queda mucho por ver. —Miró a su alrededor, ceñudo—. Pero ahora es mejor salir, no me gusta ese grupo de japoneses que está entrando. Los espías orientales están por todas partes, ahora también China está en el juego, y además, entienden todas las lenguas. Mientras salíamos y volvía a respirar a todo pulmón al aire libre, le pregunté:

—¿Y lo has verificado bien todo?

—He hablado con personas que están al corriente de muchas cosas y le he pedido consejo también a nuestro colega Lucidi. Quizá no lo sepas pero está vinculado con los servicios.

—Ya lo sé. Pero tú, ¿te fías de él?

—Es gente acostumbrada a guardar silencio, no te preocupes. Necesito unos días más para reunir otras pruebas irrefutables, irrefutables repito, y luego me planto ante Simei y le presento los datos de mi investigación. Doce entregas para doce números cero.

Aquella noche, para olvidar los huesos de San Bernardino, llevé a Maia a un restaurante a la luz de las velas. Naturalmente no le hablé de la red Gladio, evité platos en los que fuera necesario deshuesar nada, y poco a poco fui saliendo de mi pesadilla vespertina.

 

Resumen de Número Cero, del autor Umberto Eco

 

Número Cero

Autor: Umberto Eco

Género: Novelas

Idioma: Español

Resumen:

«Los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores. Si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder el tiempo en saber más: el placer de la erudición está reservado a los perdedores. Con estas credenciales se nos presenta el protagonista de Número 0, un tal Colonna, un tipo de unos cincuenta años, baqueteado por la vida, que en abril de 1992 recibe una extraña propuesta del señor Simei: se trata de convertirse en subdirector de un periódico que se va a titular Mañana y que de alguna manera va a adelantarse a los acontecimientos a base de suposiciones y mucha imaginación.

El periódico tendrá un talante popular y un estilo muy cercano al público lector: frases simples, resultonas, que atrapen la atención de quien quiere enterarse de las cosas pero no está dispuesto a pensar. Este supuesto periódico nunca saldrá a la luz, pero sus 12 “Número 0” servirán a quien está financiando a Simei para chantajear a los banqueros y políticos de turno y entrar en las altas esferas del poder. Si finalmente la operación falla, Colonna será el encargado de escribir un ensayo donde se cuenta la “verdadera” historia de un periódico que nunca vio la luz porque su voz honesta ha sido acallada por la casta… y naturalmente el libro lo firmará Simei. Colonna, que hasta la fecha ha malvivido como documentalista para distintos periódicos y editoriales, y en palabras de su ex mujer es un perdedor compulsivo, acepta el reto a cambio de una cantidad considerable de dinero, y arranca la aventura.

Una novela inteligente, divertida y perversa, donde el límite entre la realidad y la mentira, si es que existe, no importa. En ella hay aventura detectivesca, hay amor, pero sobre todo juego. Incluso el lector se convierte en una víctima más de este juego: nada nuevo se nos cuenta, pero la manera en que Eco nos lo cuenta hace que sigamos la trama a uña de caballo, queriendo saber más de algo que ya nos han contado mil veces».

 

Umberto Eco

(Alessandria, Piamonte, Italia, 5 de enero de 1932 -Milán, Lombardía, Italia, 19 de febrero de 2016), fue un escritor, filósofo y profesor de universidad italiano. Autor de numerosos ensayos sobre semiótica, estética, lingüística y filosofía, así como de varias novelas, destacó como crítico literario y semiólogo mucho antes de ser reconocido como escritor. Se hizo mundialmente conocido con la novela “El nombre de la rosa” (1980), la cual fue llevada al cine seis años después.

 

 

 

 

 

[*] Entrevista a Daniele Ganser, autor del libro “Los ejércitos secretos de la OTAN”

 

 

 

[*] Operación Gladio (1992)

DOCUMENTAL DE ALLAN FRANCOVICH

 

 

Originalmente transmitido por la cadena televisiva británica BBC 2 en 1992, en este interesante documento audiovisual dividido en tres episodios ('Los maestros del ring', 'Los que manejan las marionetas' y 'Los soldados de a pie') su director, el documentalista estadounidense Allan Francovich, explora sobre el funcionamiento clandestino de la 'Operación Gladio', un ejército secreto paramilitar de extrema derecha instruido, organizado, operado y financiado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense y El Servicio de Inteligencia Secreto (SIS-MI6) del Reino Unido a través de la OTAN con el fin de crear una situación de alarma y terror en la sociedad que justificara la instauración de un estado policial, atribuyendo la responsabilidad de los atentados terroristas que ellos mismos perpetraban a grupos ideológicos de izquierda para deslegitimizarlos y así ejercer una enorme influencia política bajo el llamado 'terrorismo de falsa bandera'.

 

 

 


 

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