Esbozos de una moral sin sanción ni obligación, de Jean-Marie Guyau – PARTE 8

INDICE de CAPITULOS  «ESBOZOS DE UNA MORAL SIN SANCIóN NI OBLIGACIóN», J. M. Guyau

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Esbozos de una moral sin sanción ni obligación

Jean-Marie Guyau

PARTE 8

Libro primero

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Capítulo IV

El sentimiento de la obligación desde el punto de vista de la dinámica mental como fuerza impulsiva o represiva.

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Capítulo cuarto

El sentimiento de la obligación desde el punto de vista de la dinámica mental como fuerza impulsiva o regresiva

De cualquier manera que se lo represente, metafísica y moralmente, el deber no existe sin poseer con relación a los demás motivos o móviles una cierta potencia psicomecánica; el sentimiento de la obligación moral es una fuerza que obra en el tiempo, en una dirección determinada, con mayor o menor intensidad. Estudiemos las modificaciones que producen en la acción interior del deber esos dos elementos variables: el tiempo y la intensidad.

Un hombre célebre por su decidida integridad, Daumesnil, decía un día a un ministro de Carlos X: Yo no marcho detrás de mi conciencia, ella me empuja. De acuerdo a esta distinción, muy sutil, se pueden dividir las acciones morales en dos categorías: en unas, somos literalmente empujados hacia adelante por el sentimiento de un deber, sin tener tiempo para discutir, para deliberar, para razonar; en las otras, nos dejamos arrastrar detrás suyo, con la conciencia más clara de una resistencia posible, de una cierta independencia, con la idea de una ley, que no nos fuerza a la obediencia. En el primer caso, el sentimiento del deber obra sobre nosotros mediante un impulso repentino; en el otro, su acción es mucho más lenta y más compleja.

Un ejemplo característico de sentimiento moral impulsivo e irreflexivo, nos ha sido proporcionado por unos pobres obreros de una calera en los Pirineos; habiendo descendido uno de ellos al horno para enterarse de no sé qué desperfecto, cayó asfixiado; otro se precipita a socorrerlo y cae. Una mujer, testigo del accidente, pide ayuda; otros obreros acuden.

Por tercera vez un hombre desciende al horno incandescente y sucumbe instantáneamente. Un cuarto, un quinto, saltan y sucumben. No quedaba más que uno; éste avanza y se dispone a saltar, cuando la mujer que se encontraba allí, se aferra a sus vestiduras y, medio loca por el terror, lo detiene en el borde.

Tiempo después, habiéndose trasladado el tribunal, al lugar de los hechos para levantar el sumario, se interrogó al sobreviviente acerca de su irreflexiva abnegación, y, al intentar demostrarle gravemente un magistrado la irracionalidad de su conducta, dio esta respuesta admirable: Mis compañeros se morían; era preciso ir allí. En este ejemplo, el sentimiento de obligación moral había perdido, en efecto, toda base racional; sin embargo, aun era suficientemente poderoso como para arrastrar sucesivamente a cinco hombres al sacrificio inútil de sus vidas. No se dudará, que aquí el sentimiento del deber tiene la forma de un impulso espontáneo, de un desarrollo repentino de la vida interior hacia el prójimo, más que de un respeto reflexivo hacia la ley moral y también de una búsqueda del placer o de la utilidad.

Señalemos, por otra parte, que con el desarrollo de la inteligencia y de la sensibilidad humana, es imposible descubrir el impulso moral en estado casi reflejo sin que se mezclen con él ideas generales y generosas, y hasta metafísicas.

 

 

Otras veces, el sentimiento del deber, en lugar de llevar a la acción, la suspende bruscamente; puede desarrollar entonces lo que Maudsley y Ribet con los fisiólogos llamarían un poder de detención o de inhibición no menos brusco, no menos violento que el poder de impulsión. Yo era todavía un chiquillo de pollerita, cuenta el predicador americano Parker, no tenía más de cuatro años; no había matado jamás la menor criatura; sin embargo, había visto otros niños divertirse destruyendo pájaros, ardillas y otros pequeños animales … Un día en el agua, poco profunda, de un estanque, descubrí una pequeña tortuga jaspeada que se calentaba al sol; levanté mi bastón para golpearla.

… De pronto, algo detuvo mi brazo y oí en mi interior una voz clara y fuerte que decía:

¡Eso está mal! Completamente sorprendido por esta nueva emoción, por este poder desconocido que, en mí y a pesar mío, se oponía a mis acciones, retuve mi bastón suspendido en el aire hasta que hube perdido de vista a la tortuga. Puedo afirmar que ningún acontecimiento en mi vida me ha dejado una impresión tan profunda y tan durable.

En este nuevo ejemplo, la acción repentina de la inclinación es más notable todavía que en el precedente, porque suspende una acción comenzada y opone un obstáculo brusco a la descarga que iba a producirse: es un golpe teatral, una revelación súbita. La potencia del sentimiento es puesta mejor en relieve por una detención que por un impulso, por una prohibición que por una orden; por eso, después de una experiencia de este género, el sentimiento del deber puede ya adoptar para la conciencia reflexiva un carácter místico que no posee siempre en los demás casos. Cuando la inteligencia se halla colocada de una manera tan repentina en presencia de un instinto profundo y fuerte, se siente llevada a una especie de respeto religioso. Así, desde el punto de vista de la dinámica mental pura, donde nos colocamos, el deber puede producir ya un sentimiento de respeto que extrae a la vez de su gran potencia suspensiva y de su origen misterioso.

 

 

La fuerza del sentimiento moral adquiere un carácter cada vez más notable cuando toma la forma, no ya de un impulso o represión súbita, sino de presión interior, de tensión constante. En la mayoría de los casos y en la mayoría de la gente, el sentimiento del deber no es violento, pero sí durable: a falta de la intensidad, tiene para sí al tiempo que es todavía el más poderoso de los factores. Una tensión poco fuerte, pero que obre de una manera continua y constante en el mismo sentido, debe triunfar necesariamente sobre influencias mucho más vivas, pero que se neutralizan recíprocamente. Cuando por primera vez en el alma de Juana de Arco apareció claramente la idea de socorrer a Francia, esta idea no le impidió guardar sus ovejas en la granja, más, tarde, esta misma idea debía desviar toda su vida de joven campesina, cambiar la suerte de Francia y, así, modificar de una manera apreciable a la humanidad. Si consideramos, pues, el sentimiento del deber en sus analogías, no ya con la fuerza viva, sino con la fuerza de tensión, podremos apreciar mejor, ante todo, su poder y, de inmediato, la forma especial que esta fuerza toma en el espíritu: el sentimiento de obligación moral. Esta fuerza de tensión puede corresponder a todo instinto llenando las siguientes condiciones: 1) ser casi indestructible, 2) ser más o menos constante y no tener intermitencias como, por ejemplo, el hambre; 3) hallarse en armonía, y no en oposición, con las demás inclinaciones que favorecen el mantenimiento de la especie consecuentemente con todas las fuerzas sociales, opinión, costumbre, simpatía, educación, etc.

Señalamos, ante todo, que lo que habitualmente se llama obligación moral no siempre comporta la ejecución inmediata del acto, ni tampoco su ejecución de una manera general; acompaña a la idea de un acto posible y no siempre necesario. El deber no es más en ese caso una inclinación irresistible, pero es durable. Como lo ha demostrado Darwin, adquirimos rápidamente la experiencia de que una inclinación no se destruye al ser violada; el descontento que experimentamos después de haberla desobedecido, prueba nuestra impotencia para desarraigar el instinto que hemos tenido el poder de violar. Este instinto puede ser, en cada instante de la duración, inferior a la suma de fuerzas que exige la acción a cumplir, pero aparece en la conciencia como debiendo llenar toda la duración, y adquiere así un poder de nuevo género. Tenemos, pues, entre las fuerzas interiores el sentimiento de una fuerza que no es insuperable, pero que es para nosotros indestructible (o, por lo menos, que nos parece así de acuerdo a una serie de experiencias). La obligación, en este aspecto, es la previsión de la duración indefinida de una inclinación, la experiencia de su indestructibilidad. De esta forma, no hay conciencia clara del lazo de la obligación antes de que haya remordimientos, es decir, persistencia del instinto pese a su violación; la falta es un elemento necesario en la formación de la conciencia moral. En el fondo, es la idea de tiempo la que da su carácter particular a este instinto del deber, en el que Kant veía la manifestación de lo intemporal. En el impulso de la pasión, la intensidad actual de las inclinaciones sólo entra en la suma de las fuerzas que obran sobre el cerebro; el porvenir o el pasado no tienen influencia; ahora bien, el pasado o el porvenir recordados o entrevistos son una condición de la moralidad. La presión de los instintos útiles para la especie se ve acrecentada hasta el infinito, cuando en nuestra imaginación se multiplica por todos los minutos del tiempo. Un ser para llegar a ser moral, debe vivir en la duración. Se conocen los ejemplos mediante los cuales Darwin demuestra que, si los animales tuvieran nuestra inteligencia, su instinto daría lugar a un sentimiento de obligación. Este sentimiento de obligación, feeling, desde el punto de vista dinámico, es independiente de la dirección moral o no moral del instinto; depende solamente de su intensidad, de su duración y de la resistencia o del apoyo que halla en el medio. Supongamos, dice Darwin, para tomar un caso extremo, que los hombres se hubiesen producido en las condiciones de vida de las abejas; no es dudoso que nuestras hembras solteras, al igual que las abejas obreras, considerasen como un deber sagrado matar a sus hermanos, y que las madres intentasen destruir a sus hijas fecundas, sin que nadie viese en ello nada censurable (1).

Ahora, ¿por qué el instinto del deber, que se ha encontrado de hecho en el hombre coincidiendo con el instinto social y humanitario, es tan insaciable y no toma la forma periódica de los otros instintos?

 

 

Hay dos clases de instintos, unos encaminados a reparar un gasto de fuerza, otros a producirlo. Los primeros están limitados por su objeto mismo; desaparecen una vez saciada la necesidad; son periódicos e intermitentes, no continuos. La polifagia, por ejemplo, es una rareza. Los otros tienden muy a menudo a convertirse en continuos, insaciables. Es así que, en ciertos organismos depravados, el instinto sexual puede perder su carácter habitual de periodicidad y regularidad para transformarse en ninfomanía o satiriasis. Todo instinto que lleva a un gasto de fuerzas, puede llegar a convertirse así en insaciable; exceso intelectual, amor al dinero, al juego, a la lucha, a los viajes, etc. Es preciso distinguir también entre los instintos que exigen un gasto de fuerzas variado, y los que exigen siempre el mismo gasto. Los que afectan a un órgano determinado, se agotan muy fácilmente. Los que encierran una serie de tendencias interminadas (como por ejemplo el amor al ejercicio, al movimiento y a la acción) son mucho más difíciles de ser agotados, porque la variedad del gasto constituye una especie de reposo. El instinto social y moral, como fuerza mental, es de ese género; está, pues, entre aquellos que fácilmente llegan a ser insaciables, y continuos.

¿Qué ocurre cuando un instinto cualquiera ha llegado a ser insaciable? Siempre que no se trate de un instinto poco variado en sus manifestaciones, se produce un agotamiento del organismo, que no puede bastar entonces para cubrir el gasto. La ninfómana no tiene hijos. Un gasto cerebral demasiado grande detiene también la fecundidad, mata antes de la edad. El amor exagerado al peligro y a la guerra multiplica los riesgos y disminuye las probabilidades de vida. Pero son raras las inclinaciones que pueden llegar a ser insaciables y favorecer a la especie, sin oponerse a su multiplicación. En primera línea está, naturalmente, la inclinación altruista; era la que mejor podía producir un sentimiento fuerte y persistente después de una satisfacción pasajera. Hasta desde el punto de vista fisiológico, es posible demostrar así la necesaria formación del instinto social y moral.

El instinto estético, que lleva al artista a buscar las formas bellas, a obrar de acuerdo a un orden y una medida, a perfeccionar todo lo que hace, está muy próximo a las inclinaciones morales, y puede, como ellas, originar un cierto sentimiento de obligación rudimentario; el artista se siente interiormente obligado a producir, a crear, y a crear obras armoniosas; una falta de gusto le ofende tan vivamente como una falta de conducta a muchas conciencias populares; experimenta, sin cesar, respecto a las formas, a los colores y a los sonidos, ese doble sentimiento de indignación y admiración que parecería estar reservado para los juicios morales. El mismo artesano, el buen obrero, realiza con complacencia su labor, ama a su trabajo, no puede consentir dejarlo inacabado, no pulir su obra. Este instinto, que debe hallarse hasta en el pájaro que construye su nido, y que se manifiesta con una fuerza extraordinaria en ciertos temperamentos artísticos, en un pueblo como los griegos, sin duda, hubiera podido dar lugar, al desarrollarse, a una obligación estética, análoga a la obligación moral; pero, el instinto estético sólo estaba ligado indirectamente a la propagación de la especie; por esa razón no se ha generalizado bastante, y no ha adquirido una importancia suficiente. Sólo ha tomado real importancia en lo que se refería a la selección sexual; en las relaciones de los sexos, el gusto estético tiene algo de semejante a un lazo moral; si se quiere violentar al disgusto, acaba por producir una serie de remordimientos. El  disgusto que experimenta un individuo por ciertos individuos del otro sexo, se observa hasta en los animales; se sabe que un garañón desdeñará a las yeguas demasiado bastas, a las que se le quiere unir para la generación. En el hombre, ese sentimiento -ligado, por otra parte, a gran cantidad de otros, sociales o morales-, producirá efectos mucho más marcados: las negras cuyos amos querían juntarlas como animales y casarlas por la fuerza con varones por ellos elegidos, han llegado hasta estrangular a los hijos de esta unión forzada (y sin embargo la promiscuidad es frecuente entre los negros). Un hombre que trata de saciar su deseo brutal con una mujer física y estéticamente inferior a él, experimenta de inmediato una vergüenza interior: experimenta el sentimiento de una degradación de la raza. La joven que, no por obedecer a sus padres, se casa con un hombre que le disgusta, puede sentir en seguida un disgusto lo bastante fuerte, lo bastante vecino al remordimiento moral, como para arrojarse por la ventana de la cámara nupcial. En todos estos ejemplos, el sentimiento estético produce los mismos efectos que el sentimiento moral; talento y belleza obligan; como todo poder que descubrimos en nosotros, nos confieren a nuestros propios ojos una dignidad y nos imponen un deber. Si el talento hubiese sido absolutamente necesario a cada individuo para vencer en la lucha de la vida, indudablemente se hubiera generalizado; el arte sería hoy día, un fondo común a los hombres, como la virtud.

 

 

Fuera del instinto moral y estético, uno de los que han podido desarrollarse lo suficiente en ciertos individuos, como para que la escuela inglesa haya visto en él una analogía con el sentimiento de obligación, es la inclinación tan a menudo invocada como  ejemplo por esa escuela: la avaricia. Pero, aún desde el punto de vista estrecho, y hasta grosero, en que nos colocamos aquí, hagamos notar la inferioridad de esa inclinación con relación al instinto moral. La avaricia, al disminuir las comodidades de la vida, produce el mismo efecto que la miseria; no favorece la fecundidad, porque el avaro tiene miedo de tener niños; además, en el niño cuyo desarrollo ha sido molestado por la avaricia paternal, se produce, muy a menudo, una reacción que lo impulsa a la prodigalidad. Finalmente, una razón decisiva, como la avaricia no tiene utilidad social, no ha sido alentada por la opinión pública. Imagínese una sociedad de avaros, cada uno no tendrá mas que un fin, transformar a su vecino en pródigo para apoderarse de su oro; si, no obstante, por un milagro, los avaros se entendiesen perfectamente entre ellos, y se excitasen mutuamente a la avaricia, no se tardaría en ver nacer un deber de parsimonia, sentimiento tan fuerte como muchos otros deberes. Entre nuestros campesinos, y, sobre todo, entre los israelitas, se puede hallar esta obligación poco moral, elevada casi al nivel de los deberes morales. Un miembro de una sociedad avara, se sentiría, indudablemente, más obligado a la parsimonia que, por ejemplo, a la templanza o al valor; experimentaría más remordimientos por haber faltado a la primera obligación, que a las otras.

De lo que precede, se podría deducir, independientemente de muchas otras consideraciones, que los diferentes deberes morales, formas diversas del instinto social o altruista, no podrían dejar de nacer, y que, casi no podrían nacer otros. Una nueva razón que debía asegurar el triunfo del instinto moral, es la imposibilidad de calmar el remordimiento, de hacerlo cesar mediante una buena acción, como se hace desaparecer el hambre. Una vez satisfecha el hambre, la pena, que se ha experimentado, no es más que un vago recuerdo que se desvanece; no ocurre lo mismo con el remordimiento, el pasado aparece como imborrable y siempre doloroso. Por lo demás, todas las necesidades que no son puramente animales, no admiten esa especie de compensaciones que permiten el hambre y la sed. Así ocurre con el amor. Se puede lamentar indefinidamente la hora de amor que ofrecía la mujer amada y que se ha dejado escapar sin haber podido volver a encontrarla jamás: el amante no puede, como en una comedia de Shakespeare, reemplazar una mujer por otra.

 

Sólo vi que era bella

al salir de los grandes bosques silenciosos …

-Sea, no pensemos más en eso -dijo ella-,

y yo, yo pienso siempre en eso …

 

Finalmente, la ventaja más considerable de los instintos morales, como instintos, es que tienen para sí la última palabra. Si me he sacrificado, o bien he muerto, o bien he sobrevivido con la satisfacción del deber cumplido. Los instintos egoístas, se ven siempre contrariados en su triunfo. Gozar de la satisfacción del deber cumplido, es olvidar la pena que se sufrió para realizarlo. Por el contrario, el pensamiento de que se ha faltado al deber, ocasiona alguna amargura, hasta en el placer. En general, el recuerdo del trabajo, de la tensión, del esfuerzo realizado para satisfacer un instinto cualquiera, se borra rápidamente; pero el recuerdo del instinto no satisfecho, persiste tanto tiempo como el instinto mismo. Leandro olvidaba pronto con Hero el esfuerzo realizado para atravesar el Helesponto; no hubiera podido olvidar a Hero en los brazos de otro amante.

 

Mito de Hero y Leandro

 

¿En qué orden ha dado origen el instinto moral, una vez establecido en su generalidad, con su fuerza en tensión constante, a los diferentes instintos morales particulares, cuya fórmula reflexiva constituirá los diferentes deberes? En un orden a menudo inverso al orden lógico adoptado por los moralistas. La mayoría de los moralistas, ponen en primer lugar los deberes hacia sí mismo, la conservación de la dignidad interior; colocan en seguida los deberes de justicia antes que los de caridad. Este orden no tiene nada de absoluto, y, con frecuencia, se ha producido un orden completamente contrario en la evolución de las inclinaciones morales; el salvaje desconoce casi siempre la justicia y el derecho propiamente dichos, pero es capaz de un rasgo piadoso; desconoce la templanza, el pudor, etc., y en caso de necesidad arriesgará la vida por su tribu. La templanza, el valor, son en gran parte virtudes sociales y derivadas. La templanza, por ejemplo, es todavía en las masas una virtud social; si un hombre del pueblo, en el almuerzo a que se le ha invitado, no come ni bebe, como en el restaurante, es más bien por temor a cometer una inconveniencia, o por miedo a una indigestión, que por un sentimiento de delicadeza moral. El valor casi no existe sin un cierto deseo de gloria, de honor; se ha desarrollado mucho, como lo ha demostrado Darwin, a causa de la selección sexual. En fin, los deberes hacia sí mismo, tal como los entiende un moderno, se relacionan en gran parte con los deberes hacia el prójimo.

Los moralistas distinguen los deberes negativos y los deberes positivos, la abstención y la acción. La abstención, que presupone que uno es dueño de sí, suí compos, es anterior desde el punto de vista moral: es la justicia; pero es mucho menos primitiva desde el punto de vista de la evolución. Una de las cosas más difíciles de obtener de los seres primitivos, es, precisamente, la abstención. También lo que se llama derecho y deber estrictos, es casi siempre posterior al deber amplio; ofrece a los pueblos primitivos un carácter con frecuencia menos obligatorio. Arrojarse en medio del combate para socorrer a un compañero, parecerá a un salvaje (y Los australianos, dice Cunningham, aprecian tanto la vida de un hombre como la de una mariposa; llegada la ocasión, no son menos capaces de caridad y hasta de egoísmo. Los polinesios practican el infanticidio sin la menor sombra de remordimiento; pero pueden amar muy tiernamente a los niños que han juzgado conveniente conservar. En el esfuerzo que exige la abstención hay, a veces, un despliegue de voluntad mayor que en la acción, pero, menos visible; de ahí viene que los moralistas se hayan sentido inclinados a atribuirle una importancia secundaria; no se siente el esfuerzo de Hércules, al sostener un fardo con el brazo tendido, precisamente porque el brazo está inmóvil y no tiembla; pero esta inmovilidad cuesta mucha más energía interna que muchos movimientos.

 

 

Hasta ahora, sólo hemos considerado al sentimiento moral, -como un sentimiento consciente de su relación con los otros sentimientos del espíritu humano, pero no razonado en lo referente a su principio y a sus causas ocultas, en una palabra: no filosófico. ¿Qué ocurrirá cuando ese sentimiento se convierta en reflexivo, razonado, cuando el hombre moral quiera explicar las causas de su acción y legitimarla? De creer a Spencer, la obligación moral, que implica resistencia y esfuerzo, debería desaparecer un día para dejar lugar a una especie de espontaneidad moral. El instinto altruista será tan incomparablemente fuerte, que nos arrastrará sin lucha. Ni siquiera mediremos su poder, porque no sentiremos la tentación de resistirle. Entonces se podría decir que la fuerza de tensión que posee la idea del deber, se transformará en fuerza viva a partir del momento en que la ocasión se produzca, y, por decirlo así, sólo tendremos conciencia  de ella como de una fuerza viva. Llegará un día, dice aún Spencer, en que el instinto altruista será tan potente, que los hombres se disputarán la ocasión de ejercerlo, las ocasiones de sacrificio y de muerte.

Spencer va demasiado lejos. Olvida que, si la civilización tiende a desarrollar indefinidamente el instinto altruista, si transforma progresivamente las reglas más altas de la moral en simples reglas de conveniencia social, casi de urbanidad, por otra parte, desarrollada indefinidamente la inteligencia reflexiva, el hábito de la observación interior y exterior, el espíritu científico en una palabra. Ahora bien, el espíritu científico es el gran enemigo de todo instinto: es la fuerza disolvente por excelencia de todo lo que la naturaleza sola ha ligado. Es el espíritu revolucionario; lucha sin cesar contra el espíritu de autoridad en el seno de las sociedades; luchará también contra la autoridad en el seno de la conciencia. Si el impulso del deber, cualquiera que sea el origen que se le atribuye, no se halla justificado por la razón, podrá ser gravemente modificado por el desarrollo continuo de la razón en el hombre. La naturaleza humana -decía un escéptico a Mencio, fiel discípulo de Confucio– es tan maleable y tan flexible que se parece a la rama del sauce; la equidad y la justicia son como un canastillo tejido con ese sauce.  Pero el ser moral necesita creerse una encina de firme corazón, no sentirse, como el sauce, ceder al azar de la mano que lo toca; si su conciencia no es más que un canastillo tejido por el instinto con algunas ramas flexibles, la reflexión podrá deshacer perfectamente lo que el instinto había hecho. El sentido moral perderá entonces toda resistencia y toda solidez. Creemos que es posible demostrar científicamente la ley siguiente: todo instinto tiende a destruirse al transformarse en consciente (2).

Sobre este punto se nos ha hecho, tanto en Francia como en Inglaterra, un cierto número de objeciones que tienden a establecer que las teorías morales no tienen influencia en la práctica. Habíamos demostrado que si, por hipótesis, se despoja al sentido moral de toda autoridad verdaderamente racional, se ve reducido al papel de obsesión constante o de alucinación, porque de ningún modo es un juicio ni una opinión. La conciencia no afirma, ordena, y una orden puede ser prudente o loca, no verdadera o falsa (3).

Pero, diremos a nuestra vez, lo que no ha sido tenido en cuenta y que constituye el carácter de la orden, es que no se explica por razones plausibles, es decir, que corresponde a una falsa visión de la realidad. Toda orden encierra así una afirmación, e implica no solamente locura o sabiduría, sino también error o verdad. De la misma forma, toda afirmación presupone una regla de conducta: un loco no solamente es engañado por las ideas que lo obsesionan, es dirigido por ellas; nuestras ilusiones nos ordenan y nos gobiernan. El sentimiento moral que me impide matar, obra sobre mí como sentimiento, mediante los mismos resortes que la tendencia inmoral que impulsa a un maníaco a matar; ambos somos movidos de igual manera, pero de acuerdo a móviles o motivos contrarios. Es, pues, necesario siempre examinar si mi motivo tiene más valor racional que el del asesino. Todo consiste en eso. Si ahora, para apreciar el valor racional de los motivos, se hace referencia a un criterio puramente positivo y científico, se producirá un determinado número de conflictos entre la utilidad pública y la utilidad personal, que es bueno prever. En cuanto a esperar que el instinto pueda, por sí solo, decidir esos conflictos, no lo creemos; por el contrario, el instinto se hallará en el hombre cada vez más alterado por los progresos de la reflexión.

 

 

No podríamos, pues, ponernos de acuerdo con nuestros críticos de Inglaterra, sobre este punto esencial: ¿no puede la ética, que es una sistematización de la evolución moral en la humanidad, ejercer influencia sobre esta evolución misma y modificar su sentido de una manera importante? En términos más generales, ¿todo fenómeno que toma conciencia de sí no se transforma bajo la influencia de esta misma conciencia? Hemos hecho notar en otra parte que el instinto de la lactancia, tan importante en los mamíferos, tiende actualmente a desaparecer en muchas mujeres. Hay un fenómeno mucho más esencial todavía -el más esencial de todos- el de la generación, que tiende a modificarse de acuerdo a la misma ley. En Francia (donde la mayoría de la gente no está contenida por consideraciones religiosas) la voluntad personal, substituye parcialmente, en el acto sexual, al instinto de reproducción. Por ello el lento crecimiento de la población en nuestro país que produce a la vez nuestra inferioridad numérica respecto a las otras naciones continentales y nuestra superioridad económica (por otra parte muy provisoria y ya comprometida). He aquí un impresionante ejemplo de la intervención de la voluntad en la esfera de los instintos. El instinto, al no ser protegido por una creencia religiosa o moral, resulta impotente para proporcionar una regla de conducta, la regla es sacada de consideraciones completamente racionales y, generalmente, de consideraciones de pura utilidad personal, en ninguna forma de utilidad social. El deber más importante del individuo es, sin embargo, la generación, que asegura la duración de la raza. Así, en muchas especies animales, el individuo sólo vive para engendrar, y la muerte sigue inmediatamente a la fecundidad. Ese deber, primitivo en toda la escala animal, en nuestros días, se encuentra relegado al último término en la raza francesa, que parece perseguir deliberadamente el máximo de infecundidad. No se trata aquí de censurar, sino de hacer constar. La desaparición gradual y necesaria de la religión y la moral absoluta nos reserva muchas sorpresas de ese género; si no hay motivo para asustarse, por lo menos, en un interés científico, es preciso tratar de preverlas.

Otra observación: el simple exceso de escrúpulos puede llegar a hacer desaparecer el instinto moral; por ejemplo, entre los confesores y sus penitentes. Bagehot hace asimismo observar, que al razonar excesivamente sobre pudor, se lo puede debilitar y perder gradualmente. Siempre que la reflexión se ocupa constantemente de un instante, de una inclinación espontánea, tiende a alterarlo. Ese hecho se explicaría tal vez fisiológicamente, debido a la acción moderadora de la substancia gris sobre los centros nerviosos secundarios y sobre toda acción refleja. Siempre ocurre, por ejemplo, que si un pianista toca de memoria un trozo de música aprendido mecánicamente, es preciso que toque con confianza y naturalidad, sin observarse demasiado, sin querer darse cuenta del movimiento instintivo de sus dedos: razonar un sistema de actos reflejos o de hábitos, es siempre trastornarlo (4).

El instinto moral, que la evolución tiende a fortificar en tantas formas, podrá, pues, sufrir alguna alteración debido al desarrollo excesivo de la inteligencia reflexiva. En la moral, es preciso distinguir, sin duda cuidadosamente, las teorías metafísicas y la moral práctica; esta distinción fue hecha por nosotros mismos en otra parte, pero no podemos conceder a los filósofos ingleses que las teorías no influyan jamás sobre la práctica, o que influyen tan poco como ellos sostienen. Pollock y Leslie Stephen comparan la moral a la geometría; las hipótesis relativas a la realidad del deber, nos dice Pollock, no ejercen más influencia sobre la conducta que las hipótesis relativas a la realidad del espacio y a sus dimensiones. Pollock y Leslie olvidan que, si el espacio tiene cuatro dimensiones en lugar de tres, esto no interesa a mis piernas ni a mis brazos que se agitarán siempre en las tres dimensiones conocidas; si, por el contrario, existiese para  mí un medio de moverme de acuerdo a nuevas dimensiones, y eso pudiera serme benéfico de alguna forma, me apresuraría a ensayar, y trabajaría con todas mis fuerzas para destruir mi intuición primitiva del espacio. Es precisamente lo que ocurre en moral: todo un campo de acción, vedado hasta ahora por el fantasma de la idea del deber, se abre algunas veces ante mí; si advierto que no hay ningún mal real, sino por el contrario un beneficio, en que me ejercite en él libremente, ¿cómo no lo aprovecharé? La diferencia entre las especulaciones científicas ordinarias y las especulaciones acerca de la moral, consiste en que las primeras representan simples alternativas para el pensamiento, mientras que las segundas significan al mismo tiempo, alternativas para la acción. Todas las posibilidades advertidas por la ciencia, son aquí realizables por nosotros mismos: es a mí a quien corresponde realizar el hiperespacio.

 

 

El resultado que nos predice Spencer -desaparición gradual del sentimiento de obligación- podría, pues, producirse de una manera completamente diferente a la que él menciona. La obligación moral desaparecería, no porque el instinto moral llegase a ser irresistible, sino, por el contrario, porque el hombre no tendría en cuenta ningún  instinto, razonaría absolutamente su conducta; desarrollaría su vida como unas series de teoremas. Se puede decir que para Vicente de Paul, la obligación moral, en lo que tiene de penosa y austera, había desaparecido; era espontáneamente bueno; pero también se puede decir que para Spinoza había desaparecido igualmente: se esforzó por combatir todo prejuicio moral, sólo obedecía a un instinto en la medida en que podía aceptarlo deliberadamente. Era un ser mucho más racional que moral. No se sometía a la obligación siempre obscura y, por así decirlo, opaca, procedente de su naturaleza moral sino a la obligación clara y transparente que provenía de su razón. Y allí donde esta obligación le imponía un sufrimiento cualquiera, debía experimentar ese sentimiento estoico y de origen intelectual, la resignación, mucho más que ese sentimiento cristiano y de origen místico que es la alegría desbordante del deber cumplido.

Cualquiera que se analice excesivamente, es necesariamente desdichado. Si es, pues, posible que el espíritu de análisis cueste a algunos su moralidad, les costará al mismo tiempo, la felicidad: son sacrificios demasiados grandes como para tentar alguna vez a demasiada gente.

Sin embargo, la tarea del filósofo consiste en razonar sus mismos instintos; debe esforzarse por justificar la obligación, aunque el esfuerzo mismo para justificar el sentimiento moral amenace alterarlo -al hacer que el instinto tenga conciencia de sí mismo, al convertir en reflexivo lo que era espontáneo.

Busquemos en el terreno de los hechos al que, por método, nos hemos restringido, todas las fuerzas que podrán luchar contra la disolución moral y suplir así a la obligación absoluta de los antiguos moralistas (5).

 

 


Notas

1.- Ver The descent of man y nuestra Moral inglesa contemporánea. Se podría buscar una verificación empírica de esas teorías sobre la relación entre el instinto y la obligación; para ello sería preciso continuar de una manera metódica las experiencias comenzadas por Charcot y Richet acerca de lo que llamamos sugestiones morales en el sonambulismo provocado.

De acuerdo a estas experiencias, una orden dada a una sonámbula durante su sueño, es ejecutada algún tiempo después de despertar sin que pueda comprender por sí misma las razones que la han impulsado a obrar; el magnetizador parece haber podido crear así, de pies a cabeza, una tendencia interior, una inclinación que persiste en la sombra que se impone a la voluntad del paciente. En esos  curiosos ejemplos, el sueño de la sonámbula domina y dirige su vida, aún después de su despertar, es como un instinto artificial en estado naciente. He aquí, por ejemplo, un caso curioso observado por Richet. Se trata de una mujer que tenía la manía de no comer lo suficiente. Un día, durante su sueño, Richet le dijo que era preciso comer más. Al despertar había olvidado completamente la recomendación; Sin embargo, al  día siguiente, la religiosa del hospital llamó aparte a Richet para decirle que no comprendía en absoluto el cambio producido en la enferma.

Ahora, dijo, me pide siempre más de lo que le doy. Si el hecho ha sido exactamente observado, hay allí, no sólo la ejecución de una orden particular, sino también un impulso inconsciente muy parecido al impulso natural. En suma, todo instinto natural o moral deriva, según la observación de Cuvier, de una especie de sonambulismo, puesto que nos da una orden, cuya razón ignoramos, oímos la voz de la conciencia, sin saber de dónde viene. Para variar las experiencias, sería necesario ordenar a la paciente no sólo comer, sino por ejemplo, levantarse por la mañana todos los días, trabajar asiduamente. De esta manera se podría llegar a modificar gradualmente el carácter de las personas y el sonambulismo provocado podría llegar a tomar importancia como medio de acción, en la higiene moral de algunos enfermos.

Si se pudiese realmente crear así un instinto artificial, no dudamos que una cierta obligación mística se agregaría -siempre que no se hallase la resistencia de otras inclinaciones preexistentes y más vivaces. Se podría también hacer la experiencia inversa, y ver, si no sería posible, anular, por una serie de órdenes repetidas, tal o cual instinto natural. Se dice que se puede hacer perder la memoria a un sonámbulo, por ejemplo, la memoria de los nombres; se puede aún, de acuerdo a Richet, hacer perder toda la memoria. (Revue Philosophique, 8 de octubre de 1880): agrega: Esta experiencia debe ser intentada con gran prudencia, he visto sobrevivir tal terror y tal desorden en la inteligencia, desorden que ha persistido alrededor de un cuarto de hora, que no desearía volver a empezar a menudo esta peligrosa tentativa. Si se identifica la memoria, como la mayoría de los filósofos, con el hábito y el instinto, se pensará que sería posible también anular provisoriamente o, por lo menos, debilitar, en una sonámbula tal instinto, hasta de los más fundamentales y obligatorios como el instinto material, el pudor. etc. Y ahora sería preciso saber si esta supresión del instinto no dejaría algunas señales después de despertar. Se podría, entonces, investigar la fuerza de resistencia de los diversos instintos, por ejemplo, de los instintos morales y comprobar cuáles son los más profundos y tenaces de las inclinaciones egoístas o altruistas. Se podría, en todo caso, intentar la experiencia para los hábitos o manías hereditarios. Se podría ver si una serie de órdenes o de consejos durante largo tiempo repetidos durante el sueño, podría atenuar la manía de grandeza o de persecuciones. Se ordenaría amar a sus enemigos al loco que se cree objeto de odio, se prohibiría la plegaria de aquel que cree entrar en comunicación directa con Dios. etc.

En otros términos, se intentaría contrabalancear una manía natural, mediante otra artificial creada durante el sueño. Se tendría así, en el sonambulismo, un campo de observaciones psicológicas y morales mucho más rico que el de la locura. Uno y otra son desarreglos del mecanismo mental, pero en el sonámbulo provocado ese desarreglo puede ser calculado y regulado por el magnetizador. Después de la primera edición de este libro han sido intentadas con éxito, muchas experiencias de este género.

2.- Ver nuestra Moral Inglesa Contemporánea, (parte II, libro II). Es lo que nos concede Ribot, (La herencia psicológica. edición, pág. 342) pero agrega: El instinto sólo desaparece ante una forma de actividad mental que lo reemplaza con ventaja … La inteligencia no podría matar al sentimiento moral, más que hallando algo mejor. Seguramente, a condición de que se tome la palabra mejor, en un sentido completamente físico y mecánico; por ejemplo es mejor, es preferible para el cuco poner sus huevos en el nido de otros pájaros, pero esto no parece ser mejor, hablando en absoluto, y sobre todo, para los demás pájaros. Un mejoramiento desde el punto de vista del individuo y hasta de la especie podría, pues, no ser siempre idéntico a lo que llamamos mejoramiento moral. Hay ahí, en todo caso, una cuestión que merece ser examinada: es precisamente la que examinamos en este volumen.

3.- Ver Pollock, en Mind, (tomo IV, pág. 446).

4.- Respecto a este punto ver: Los problemas de la estética contemporánea, pág. 137

5.- Como complemento de los capítulos que acaban de leerse, es esencial la lectura de los capítulos paralelos de Educación y herencia, acerca de la Génesis del instinto moral. Nosotros sólo podemos citar aquí las conclusiones. 

Los análisis precedentes conducen a la siguiente conclusión: ser moral es, en primer lugar, sentir la fuerza de la propia voluntad y de la multiplicidad de las potencias que uno lleva en si; en segundo lugar, concebir la superioridad de las posibilidades que tienen por objeto lo universal, sobre las que sólo tienen objetos particulares. La revelación del deber es, a la vez, la revelación de un poder existente en nosotros y de una posibilidad que se extiende al mayor grupo de seres sobre los cuales tenemos acción. Hay algo de infinito percibido a través de los límites que la obligación particular nos impone, y este infinito no tiene nada de místico. En el deber sentimos, experimentamos como diría Spinoza, que nuestra personalidad puede desarrollarse siempre más, que somos infinitos para nosotros, que nuestro objeto de actividad más seguro es lo universal. El sentimiento de obligación no se refiere a una tendencia aislada sólo en proporción a su intensidad; es proporcional a la generalidad, a la fuerza de expansión y de asociación de una inclinación. Es por esto, que el carácter obligatorio de las tendencias esenciales a la naturaleza humana crece a medida que uno se aleja de la pura necesidad inherente a las funciones groseras del cuerpo.

Hemos señalado, pues, en resumen, los tres estadios siguientes en el desenvolvimiento del instinto moral:

  • Impulsión mecánica que no hace más que aparecer momentáneamente en la conciencia para traducirse en inclinaciones ciegas y en sentimientos no razonados. 
  • Impulsión dificultada, sin ser destruida, que tiende por eso mismo a invadir la conciencia, a traducirse sin cesar en sentimiento y a producir una obsesión
  • Idea-fuerza. El sentimiento moral, al agrupar a su alrededor un número creciente de sentimientos y de ideas, se convierte, no sólo en un centro de emoción, sino en objeto de conciencia reflexiva. Entonces nace la obligación: es una especie de obsesión razonada, una obsesión que la reflexión fortifica en lugar de desvanecer. Adquirir conciencia de deberes morales, es tomar conciencia de poderes interiores y superiores que se desarrollan en nosotros y nos impulsa a obrar, de ideas que tienden a realizarse por su propia fuerza de sentimientos, que, por su misma evolución, tienden a socializarse, a impregnarse de toda la sensibilidad presente en la humanidad y en el universo. 

La obligación moral es, en una palabra, la doble conciencia: 1) de la pujanza y la fecundidad de ideas – fuerzas superiores, que por su objeto se relacionan con lo universal-; 2) de la resistencia de las inclinaciones contrarias y egoístas. La tendencia de la vida al máximo de intensidad y expansión es la voluntad elemental: los fenómenos de impulso irresistible, de simple obsesión perdurable, en fin, de obligación moral, son el resultado de los conflictos o de las armonías de esta voluntad elemental con  todas las demás inclinaciones del alma humana. La solución de estos conflictos, no es otra cosa que la investigación y el reconocimiento de la inclinación normal que encierra en nosotros el mayor número de auxiliares, que se ha asociado a la mayor cantidad de nuestras tendencias duraderas, y que nos envuelve así con los más estrechos lazos. En otros términos, es la búsqueda de la inclinación más compleja y más persistente al mismo tiempo. Ahora bien, estos caracteres pertenecen a lo universal. La acción moral es, pues, como el sonido que despierta en nosotros el mayor número de armonías, las vibraciones, al mismo tiempo, más duraderas y más ricas. (Educación y herencia, pág. 65).

 

 

 

 

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