NICOLÁS MACCHIAVELLO: «Elogio del tumulto», por Amador Fernández Savater

El desorden y el conflicto como germen de la vida política

 
N. Macchiavello y algunas reflexiones filosóficas y políticas en torno a los debates y conflictos del gobierno Argentino durante 2003-2015
 
Por Leandro Pena

 

En este breve artículo nos proponemos exponer algunas ideas sobre la temática del conflicto en Los discursos a la primera Década de Tito Livio de Macchiavello y reflexionar de qué modo y en qué medida existen ciertas correspondencias tanto en el origen como en el fundamento del conflicto con el modo  de gobierno argentino entre 2003-2015.

 

El conflicto como fortalecimiento

Sin duda, el pensamiento de Macchiavello, a través de sus obras y de su vida pública, ha sido uno de los principales acontecimientos acaecidos en el Renacimiento y su repercusión a largo de la historia ha alcanzado innumerables referencias y estudios en lo que a la filosofía política se refiere. Sin embargo, sus ideas filosóficas suelen ser tomadas en su contexto o muchas veces su lectura se acota al Príncipe (1513) mostrando así una idea sesgada del autor. Acotaremos una breve reseña de los apartados 4, 5  de Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1517) sin desdeñar la obra anterior dado que ambas se complementan.

En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1517) el pensador florentino desarrolla sus reflexiones filosóficas de manera anacrónica, retornando al origen de la vida política romana antigua para poder iluminar y proponer, en base aquellas ideas, una posibilidad de unión de los reinos de Italia del S XVI en una sola república. Es interesante observar que el filósofo considera que él origen de la virtud, el de las leyes y el fortalecimiento de vida pública es el conflicto. Lo vemos cuando dice:

“Creo que los que condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan lo que fue la causa principal de Roma, se fijan más en los ruidos y gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron, y consideraran que en toda república hay dos espíritus contrapuestos: el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión entre ambos.”

(N. Macchiavello 1987:39)

 

Como vemos aquí, en esta relectura reflexiva-filosófica el pensador florentino destaca la importancia que ha tenido el conflicto para la conformación de una república. El mismo resulta ser el origen y la esencia de la república, en este sentido, el filósofo no apuesta a un estado de naturaleza humana pre-existente sino a la fuerza política emanada de las voces de los propios ciudadanos que fueron las que hicieron posible cualquier orden político efectivo. Se trata de un orden que no excluye las voces ni de unos ni de otros porque el conflicto nace efectivamente -como lo señalamos en la referencia- de los intereses contrapuestos de los nobles y la plebe. En este sentido el tumulto y fuente de discordia son también el encuentro de realidades y posibilidades económicas, sociales y culturales distintas, lo que hace suponer necesidades diferentes. Por otra parte, vemos también que el florentino señala que hay en la vida política dos grupos bien diferenciados, que poseen necesidades y espíritus distintos y que, en definitiva, las leyes de bien público nacen de los alaridos, gritos y tumultos que se producen de estos grupos diversos y claramente diferenciados. Nótese que el calificativo para unos es el de los grandes y para otros el del pueblo, categorías no menores, los grandes son los nobles, y el pueblo lo que conocemos como plebe.

De esta manera, cuando el tumulto surge en la vida política, emergen los desencuentros y convergen las necesidades propias de cada sector; sin embargo, la esencia de la vida pública es el conflicto porque  es el mismo -según Macchiavello- el que fomenta el orden y mantiene viva la república a través de este movimiento político que genera el tumulto. En efecto,

“No se puede llamar, en modo alguno, desordenada una república donde existieron tantos ejemplos de virtud, porque los buenos ejemplos nacen de la buena educación, la buena educación de las buenas leyes, las buenas leyes de esas diferencias internas que muchos, desconsideradamente, condenan, pues quien estudie el buen fin que tuvieron encontrará que no engendraron exilios ni violencias en perjuicio del bien común, sino leyes y órdenes en beneficio de la libertad pública”

(N. Macchiavello 1987:39)

 

2- Conflicto y libertad

En todo conflicto de intereses existen tensiones y diferencias, estas mismas son las que producen leyes y, por lo tanto, leyes que fomentan el orden de la vida pública; de este modo, lo que la diferencia, sostiene, no es tanto el anquilosamiento de posturas contrapuestas sino el restablecimiento de la libertad pública en beneficio de cada ciudadano mediante la ley. Sería, por tanto, llamativo, un gobierno o un ejercicio de la política donde prime el consenso, las igualdades sean supuestas y se garantice un  orden en la república  bajo la idea del bienestar armónico como constituyente de todo orden civil.

Ahora bien, el pensador florentino piensa que el tumulto que generan los pueblos no está revestido de  un carácter negativo ya que

los deseos de los pueblos libres raras veces son dañosos a la libertad, porque nacen , o de sentirse oprimidos, o de sospechar que pueden llegar a estarlo

(N. Macchiavello 1987:39)

 

Vemos entonces que la propuesta consiste en una óptica que revaloriza la naturaleza humana fundamentando el carácter positivo de los deseos  y también de la racionalidad, en el sentido que el pueblo tiene conciencia de sentirse oprimido o puede sospechar que ello pueda pasarle. En este sentido, Macchiavello hace hincapié no tanto en la fuerza de la nobleza para la emergencia del conflicto sino en la capacidad desiderativa y de discernimiento que los pueblos tienen sobre su presente y sus posibilidades futuras. En este sentido, el pueblo es el que, en definitiva, plantea el conflicto y busca una libertad en la  vida pública mediante la ley; y que los deseos que busca son tan valiosos en su propia naturaleza como en la vida pública.

Algunas cuestiones relevantes para concluir de estas ideas de Macchiavello. En primer lugar, el carácter relevante del conflicto y la participación social para el mismo. En segundo lugar, la necesidad de la ley para poder otorgar la libertad pública. En tercer lugar, y como consecuencia de esto último, resulta sumamente importante cómo la formulación de las leyes otorga el bienestar público y  fomenta la educación y la constitución de ciudadanos formados en la virtud. Finalmente, el carácter positivo del pueblo ya que éste encuentra su libertad a través del conflicto, en este sentido, hay una revalorización de la esencia del pueblo y de su racionalidad en la búsqueda de sus condiciones y posibilidades de legitimación.

 

3- El conflicto, fuente revitalizadora del estado.

Sería pretencioso y osado de nuestra parte sostener que las etapas del gobierno de Néstor Kirchner como de Cristina Kirchner ocurrieron en un momento histórico con características similares a las del renacimiento, esto sería imposible no solo por los actores sin por la historia misma de nuestro país, sin embargo, la formulación del conflicto del florentino permite reinterpretar y hacer una lectura política del gobierno de estos últimos años; quizás aquí a modo de apéndice por la brevedad del escrito.

Sin embargo, si podemos destacar que los innumerables conflictos desatados durante estas etapas presidenciales que datan desde el año 2003 hasta la fecha  y que se caracterizaron por el debate de: ideas políticas, como consecuencia de una revalorización de la vida pública-ciudadana, ideas económicas que atendieron las necesidades colectivas por encima de intereses individuales, e ideas sobre derechos humanos  relegadas en el tiempo y que han saldado en mayor medida una deuda social: Condenar a los responsables de quienes han puesto en jaque la valoración de la identidad personal e individual apropiándose libremente y sin reparos en la vida de otros. Durante estos años de conflictos y de debates permanentes se pudieron ver dos ejes que, bajo diferentes maneras, permanecieron en constante disputa y que atravesaron las ideas políticas antes mencionadas, el eje liberal/neoliberal y de justicia social/dignificación  individual. Teniendo el primero como respaldo, fundamento, y hasta a veces con argumento de los medios masivos de comunicación, algunos intelectuales nacionales y extranjeros, grandes grupos económicos también nacionales y extranjeros, gobiernos (EEUU y España por momentos como por ejemplo), gobernadores de diferentes provincias y algunos representantes propios del gobierno que, con el tiempo y por los vaivenes de la política, trastocaron los valores personales con que habían sido elegidos y se pusieron en la vereda del frente.

El segundo eje fue configurado a partir del segundo puesto en una elección en el año 2003 y cuyo argumento fundamental fue fortalecer las instituciones civiles y poner en debate el paradigma político preestablecido. Durante estos años el conflicto entre los ejes opuestos fue permanente  y los resultados fueron contundentes: Las ideas políticas se vieron propuestas y reflejadas, obviamente mediante conflictos, en la reforma política, la reforma de los diferentes códigos y fundamentalmente en la participación activa de los ciudadanos en la vida pública. Las ideas económicas, lucha de intereses mediante, lograron bajar la desocupación, proponer nuevos modelos de producción, valorizar la economía interna y restituir empresas argentinas que ya no portaban la bandera nacional como estandarte de producción y fomento del trabajo. Las ideas sobre derechos humanos con mayor sesgo unas veces y otras a la par de las anteriores, se hicieron efectivas sin dejar de lado el debate y el concepto de lo que significa ser sujeto, no tanto en términos cuantitativos sino cualitativos, viéndose esto con nitidez en : el juzgamiento y condena  a la junta militar y a todos aquellos que hubieran participado en actos reprobables, convertir los lugares de oprobio en lugares de reflexión sobre la construcción subjetiva-colectiva y problematizando la identidad y la constitución de la propia identidad ciudadana a partir de las consecuencias de hechos aberrantes acaecidos durante la última dictadura militar.

Una lectura sesgada podría aseverar que el país ha sido dividido en dos y un sentido romántico propondría que es necesario reunirnos y unificarnos para lograr estar todos juntos. Algo así como una cosmética política de la unidad. La pregunta que gira en torno a esta disparidad de  criterios, ideas y formulaciones es si: ¿Alguna vez no hubo conflicto en la historia de la política? ¿Alguna vez no existieron aquellos que deseaban ser respetados y reconocidos en su identidad ciudadana? ¿No se ha maquillado el conflicto muchas veces con promesas multicolores? ¿No será el conflicto el fundamento de la libertad individual?

Sin duda, la idea del tumulto del pensador florentino puede teñir de luz los claroscuros y los avatares de un presente mediático y despilfarrador de términos sin una significación clara más allá de los intereses ajenos al Estado argentino. En este sentido, vemos que el conflicto en estos últimos años fue la respuesta a la necesidad misma de configurar: el rol de estado mediante ideas políticas económicas y sociales oponiendo la idea de repartir  a la de conformar  y dando espacio a diferentes sectores de la sociedad que no tenían participación plena en la vida política: las mujeres, los jóvenes, los artistas y los intelectuales, sin que estos conformaran una elite sino, por el contrario, en algunas oportunidades han generado críticas a las resoluciones de conflictos. Tal vez sería interesante repensar algunas ideas del florentino con la forma del ejercicio del poder de este gobierno, teniendo en cuenta las problemáticas detalladas anteriormente y las ideas propuestas como alternativas o como respuestas al conflicto. Teniendo en cuenta que el conflicto ha formado  parte de la praxis constitutiva del gobierno de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner ya que nada quedó librado a la fortuna sino conjuntamente con las dificultades propias de todo vida política: hubo diseño, estructura y formulaciones racionales y argumentadas a la hora de implementaciones políticas, debates sociales y políticos y fundamentos de razón donde prevaleció el interés colectivo por el individual restringido.

 

Si mandas libros a la hoguera, es posible que termines carbonizado como Girolamo Savonarola

 

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Elogio del tumulto

15M, conflicto independentista… Nuestra democracia tiene fobia al conflicto y sin embargo el conflicto es fuente de toda vitalidad y justicia social. 

Amador Fernández-Savater 

 
Cargas en el aeropuerto del Prat, tras conocerse la sentencia a los líderes del Procés

 

«De los tumultos surgieron en Roma todas las buenas leyes» (Maquiavelo)

 

¿Cuál es la principal aportación de Maquiavelo al pensamiento político? Según el filósofo francés Claude Lefort, es la idea de división social. No hay armonía en ningún sitio, toda sociedad se encuentra dividida entre los Grandes que quieren dominar y el pueblo que rechaza ser dominado. Entre ambos hay desunión, tumulto y conflicto. La vitalidad y la justicia de cualquier sociedad se juega siempre en la disposición que da a esa división insuperable.

¿Será el conflicto absorbido, sofocado o tendrá alguna vía abierta para desplegarse? De la respuesta a esta pregunta se deducen según Maquiavelo-Lefort los tipos de organización social: el principado, en el cual las instituciones están por encima de la sociedad y se protegen de sus agitaciones; la república, en la cual la ley se deja afectar por el conflicto y se transforma para darle una respuesta; la anarquía, donde el conflicto no tiene ninguna respuesta y corre el riesgo de pudrirse o convertirse en guerra civil.

En la primera opción, la ley es propiedad de los Grandes y su avidez de poder y riqueza no encuentra ningún freno, la sociedad queda sometida. En la segunda, la rapacidad de los Grandes encuentra un límite, el conflicto del pueblo logra modificar las leyes establecidas, su deseo de no ser gobernados se inscribe en derecho (la creación del tribuno de la plebe en Roma, por ejemplo). En la tercera, la situación se detiene, se estanca o se pudre al no encontrar ninguna forma de elaboración.

Pueblo es lo que no quiere ser dominado. La república es la imposición de la cosa pública al partido de los ricos. Sólo el tumulto, el conflicto que viene de abajo, da lugar a la generación de nuevas leyes y a la libertad política; es el mayor factor de cambio histórico.

Nuestra organización social no se parece en nada a una república, sino que encaja perfectamente con la definición del principado. Pretende ignorar que hay división entre dominantes y dominados, entre gobernantes y gobernados, es ciega al hecho de que siempre hay división, que la división es insuperable. Piensa la arquitectura institucional como una «solución» y un «sistema armónico» donde cada cosa tiene su lugar y su función establecida por siempre jamás: la gente vota, los partidos legislan, la Constitución marca las reglas de juego de la vida en común, los gobernantes disponen y los gobernados acatan.

¿Y si desacatan? Ningún conflicto tiene razón de ser: es un disfuncionamiento, una anomalía, una locura irracional, algo que no debería ser y que no pasaría «si el pueblo entendiese» (la complejidad de la situación, las exigencias de Bruselas, la necesidad de expresarse en los cauces de la ley, etc.). Un poco de pedagogía, vía antidisturbios o tribunal supremo, servirán para explicarle bien las cosas.

Tres ejemplos

Lo llaman democracia pero no lo es. Lo nuestro es más bien un sistema cerrado y al servicio de las exigencias de explotación y poder de los Grandes, una oligarquía con algunos mecanismos internos (pocos) de control recíproco entre los oligarcas, una cultura consensual que tiene verdadera fobia y pavor al conflicto, esto es, al motor de la vitalidad social y de la justicia, un poder elevado sobre la gente común que no se deja afectar o transformar por las reivindicaciones populares.

Algunos ejemplos recientes:

-cuando el rechazo de cómo somos gobernados se expresó en el 15M, el conflicto abierto no afectó para nada a las estructuras de poder ni se tradujo en ninguna ley (ni siquiera la razonabilísima propuesta de ley sobre la vivienda de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca apoyada en miles de firmas y consenso social). El 15M fue reprimido por una parte a través de cargas policiales, heridos y detenidos, sistemas de penalización administrativa vía multas, procesos penales, hasta la ley mordaza finalmente que considera delito gestos activistas básicos como testimoniar sobre la brutalidad policial o circular convocatorias.

Por otra parte, el conflicto fue absorbido por vías de cooptación más sutiles: una cierta incorporación por parte de los políticos de algunas palabras, algunos gestos, algunas demandas, pero sin afectación alguna, sin que esa «integración» supusiese cambio real alguno. Puro maquillaje, cosmética, gestos simbólicos disociados de cambios materiales. Ninguna modificación sustancial en el ámbito institucional. Sólo nuevos condimentos para el «relato» político: símbolos, guiños comunicativos, retóricas y algunos detalles menores (transparencia, primarias).

Sofocando (vía represión o cooptación) el conflicto propuesto por el 15M, se perdió una oportunidad de reinventar nuestra democracia (que no lo es). Los problemas señalados por el 15M no se elaboraron creativamente, simplemente se han congelado y ahora se pudren. Hasta el próximo tumulto.

-el 1 de octubre de 2017, dos millones de personas acuden a votar en un referéndum simbólico por la independencia. Es un gesto de desobediencia que llama la atención sobre la extensión de malestar con respecto a un tipo de encaje territorial, a un tipo de democracia de muy baja intensidad. No se trata simplemente de una cuestión nacional, nacionalista o identitaria, es algo evidente para quien tenga oídos y los use para escuchar. Se expresa ahí un rechazo del sistema político español, hay un deseo de otra situación, de otras reglas de juego, de una república, etc. La respuesta es… ninguna. La represión del 1 de octubre primero, la judicialización de la política después.

Según Maquiavelo, si la vida de Roma fue larga y justas muchas de sus leyes se debió a que la sociedad y la institución era permeable al conflicto. En nuestra sociedad la ley -un instrumento para la vida en común- se convierte en un fetiche sagrado, es decir que no se puede profanar, es decir que no se puede tocar. Al revés, en su nombre se pone fin a todo lo que interrumpe el orden.

Sofocando el conflicto abierto el 1 de octubre, se cierra una oportunidad de reinventar el encaje territorial, las reglas de juego de la convivencia, las hechuras mismas del Estado y el significado mismo de España, algo que no sólo se desea en Catalunya. El conflicto que no encuentra ninguna respuesta o forma de elaboración se pudre, amenaza convertirse en conflicto horizontal entre la propia gente de abajo.

-un tercer ejemplo que no me resisto a poner aunque sea de otra índole: el caso de Podemos. Los líderes de Podemos nos han abrasado los oídos desde su aparición con sus lecturas tan sabias sobre Maquiavelo. Pero, ¿qué encontraban en Maquiavelo? Lo más banal: que lo político es una técnica, que el poder lo es todo, la separación entre moral y política, el juego de tronos (ganar o morir). Ni rastro de la idea más fecunda del florentino: dar espacio a lo que disiente, la fecundidad del conflicto. Todo lo contrario, en un proceso alucinante y un tiempo récord, se ha laminado y expulsado a todos los que pensaban distinto ¡y todo ello sin quitarse el 15M de la boca!

Resultado: se pierde la oportunidad de reinventar la forma-partido y lo que queda de Podemos es una cosa homogénea, por tanto rígida, por tanto débil, por tanto en vías de extinción. A falta de un verdadero balance autocrítico, encarnado, con efectos y no sólo retórico, Íñigo Errejón va por el mismo camino.

Sin conflicto, ni vitalidad ni justicia

Tanto a izquierda como a derecha, «el gobierno es permanentemente enemigo del cambio». La derecha odia con todas sus fuerzas (casi físicamente) cualquier anomalía: desde los manteros hasta las casas okupadas pasando por toda expresión popular ingobernable. La izquierda por su parte tiende a la hipocresía: su sueño -el sueño más que evidente de Pedro Sánchez por ejemplo- es gobernar como la derecha pero con los votos (y la legitimidad) de la izquierda. Y la Nueva Política, por su parte, fetichiza las nociones de «orden» y «estabilidad» como si se pudiese imponer la cosa pública al partido de los ricos (que es trasversal a todos los partidos) sin ningún conflicto o inestabilidad de por medio.

Unos y otros hablan del Estado del bienestar, pero olvidan que este fue justamente un efecto de la división social y la capacidad de conflicto de la gente de abajo. En medio de condiciones muy duras, las luchas obreras consiguieron la reducción de la jornada de trabajo, el aumento de salario, derechos sociales, etc. Nada de armonía, uno se divide en dos: hay patrones y hay obreros, el tumulto se expresa como lucha de clases y el «reformismo» es justamente la plasticidad de la ley en su regulación. Todo eso -con los infinitos claroscuros de la dialéctica entre lucha e integracion de los que no nos vamos a ocupar aquí- ya no existe. El sistema no reconoce la división social, ahora somos todos «empresarios de nosotros mismos». El neoliberalismo desmantela todas las mediaciones que respondían creativamente al conflicto y ya no hay espacio alguno para el resto popular ingobernable. El capitalismo hoy se ha desbocado por ausencia de conflicto.

Si nuestra democracia es tan raquítica y suscita tan poco entusiasmo se debe precisamente a esto: no se deja afectar por los tumultos de abajo, no quiere saber nada de la energía del demos, es incapaz de ninguna fluidez o plasticidad instituyente a no ser que lo pida el Banco Central, convierte lo que es producto y herramienta (la ley) en el factor determinante y primero. El Estado de Derecho, que nació para poner límites a la arbitrariedad del poder, se convierte hoy en un sistema cerrado y sacralizado, enemigo de toda energía instituyente. No nos hemos librado aún de la teología en política.

Desafectada, a esa democracia se la puede llevar el viento, el viento de cualquier «posfascismo» actual. Pero la responsabilidad cae toda del lado de quienes han sostenido una concepción puramente consensual de la democracia.

¿Hay esperanza? Ninguna, mientras seamos pueblo iluso, creyendo que las cosas cambian solas, por la gracia de políticos buenos o de las astucias de la razón en la historia. Alguna, si somos pueblo negativo y desconfiado, pueblo-plebe. «Es una opinión plebeya y un punto de vista negativo suponerle al gobierno una mala voluntad» (Hegel). Es justo el punto de vista que necesitamos, todo el rato. La plebe es justamente el pueblo cuando se hace valer, el que grita «no nos representan», el que sabe que las leyes justas son siempre fruto del tumulto y las ganas de libertad de abajo.

La democracia no es una sociedad armónica o armonizada (tampoco bajo los modelos utópicos de la autogestión o la democracia digital), sino la sociedad que abre paso al conflicto, una sociedad efervescente y abierta al cambio que subordina lo instituido a lo instituyente, esa sociedad que experimentando la inestabilidad consigue obtener la mayor estabilidad, en la que cualquiera (y no sólo los que monopolizan la cosa pública) puede hablar, actuar y ser tenido en cuenta, la sociedad donde la pregunta por la vida buena y la justicia se mantiene abierta, donde la ley es puesta en juego por el conflicto sin ser exactamente su producto. Democracia es sostener la división social, la posibilidad infinita de la división.

En «Mientras dure la guerra», la última película de Amenábar, el personaje de Franco explica su decisión de alargar la guerra en la necesidad de exterminar al otro. «Si no en dos días estaremos en las mismas, los españoles siempre están a la gresca». Es el espíritu de cruzada que aún pervive: hay que suprimir el mal. Pero no se trata de cambiar el franquismo por el imperio de la ley sacralizada e intocable, sino justamente de aprender a convivir con la gresca y elaborarla. Así y sólo así enterraríamos de una vez por todas los restos del dictador. Hay que romper la representación dominante que ve en la división y el conflicto el principio de la decadencia y el declive. El mal es el acicate del bien, de los tumultos surgieron en Roma todas las buenas leyes.

«La república es superior a todos los demás regímenes: se presta al movimiento» (Lefort-Maquiavelo).

 

Referencias:

Maquiavelo: lecturas de lo político, Claude Lefort, Trotta.

Claude Lefort, la inquietud de la política, Edgar Straehle, Gedisa.

La democracia contra el Estado, Miguel Abensour, Colihué.

 

Gracias por las conversaciones a Diego, a Hugo, a las amigas del taller de los lunes.

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La multitud en la historia. Los disturbios populares en Francia e Inglaterra, 1730-1848. George Rudé

Por Victor Benedico

http://elcarburantedelahistoria.blogspot.com.es/2015/03/la-multitud-en-la-historia-los.html
 
 
“La multitud en la historia”, como cualquier otra obra no se puede comprender sin conocer las manos que la elaboraron, pero más aún en este caso; pues la obra de los marxistas británicos, entre ellos George Rudé, esta fuertemente relacionada con su vida, con su militancia y con su contexto histórico. Nuestro autor, de padre noruego y madre británica, que visitó la URSS a comienzos de los años 30, que estuvo apagando los incendios en Londres provocados por los bombardeos nazis, emigrado político a Australia… cumple el perfil de esos jóvenes británicos interesados por la historia que se conocieron en el Grupo de Historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña. Se podrían hacer más aportes bibliográficos, pero de lo que esta claro es que su compromiso político conectó con su profesión, la de historiador.
 
Este estudio trata desde una perspectiva paralela lo que fue la mayor preocupación de los marxistas británicos, la definición de clase como un sujeto histórico, dialéctico y no como una categoría metafísica; paralela porque el sujeto no es la propia clase como lo fue “La formación de la clase obrera en Inglaterra” de Thompson publicado por las mismas fechas, si no la multitud.
 
Como buen marxista una de las motivaciones de su obra es la crítica, la crítica a las visiones elitistas de Le Bon, Burke o Taine que califican como “turba”, “populacho” a cualquier manifestación política venida de abajo, advirtiendo igualmente que no hay que derivar en análisis de estereotipos positivos de los que reconoce sentirse más cercano.
 
El estudio se sitúa también en una de las encrucijadas históricas preferidas de los marxistas, la famosa “transición del feudalismo al capitalismo”; pues aunque lleve el título que lleva perfectamente se podría haber titulado; “la formación política de las clases populares en la transición del feudalismo al capitalismo”.
 
La estructura del libro nos conduce en primer lugar por diferentes revueltas ordenadas cronológicamente y geográficamente; la segunda parte del libro es una síntesis de las características comunes y un análisis global de todo el objeto de estudio. Destaca sobretodo la impresionante meticulosidad a la hora de describir el recorrido geográfico de las revueltas, o las subidas de precios que precisa en cantidad, en mercado y en día, o los nombres de los cabecillas de la multitud, o el número de condenados y su edad, o los deportados.
 
Pero esto no nos tiene que sorprender, pues el estudio sistemático de las fuentes no tomándolas como un ídolo es una característica de los marxistas británicos que antes de caer en la especulación, fuertemente criticada y que engendró debates como el acontecido entre Thompson y Althusser, basaban sus tesis en lo que les dictaba su práctica histórica; esa relación tan difícil de mantener entre la teoría y la práctica.
 
Otra de las grandes cuestiones a destacar es la aplicación de los conceptos de Antonio Gramsci. Mostrar como la multitud no solo actúa por cuestiones prácticas si no también por cuestiones simbólicas y de ideología; lo que el italiano llamó la conciencia práctica y la conciencia teórica. También Rudé dedica un pequeño espacio para hablar de los líderes de esas multitudes, poco conocidos y estudiados, intentado dotar de rostros a la multitud; y cómo la influencia de esos líderes depende de muchos factores entre los cuales destaca la cercanía a las clases sociales en protesta. Hace también una gran diferencia entre los líderes que surgen de la multitud y los líderes ajenos a la multitud y sin embargo está actúa en su nombre; otra muestra más de la importancia del estudio de las situaciones concretas.
 
Rudé, como los marxistas británicos, baja el marxismo, y todo lo que ello supone en su más hondo calado epistemológico, a la práctica histórica. Se les ha situado siempre desde la academia como alejados del marxismo ortodoxo, y desde el marxismo se les ha asignado la categoría, a veces incluso con matices peyorativos, de heterodoxos. ¿Pero no es al estudio de las luchas de clases, alejadas de una visión idealista y mecanicista, y como estas afectan al desarrollo de la historia a lo que se dedican los historiadores marxistas? Por lo menos esto es lo que nos demuestra George Rudé relacionando las revueltas del hambre y su relación con las revueltas políticas, lo que nos demuestra estudiando la multitud en acción, las clases populares “saliendo del cubo de la basura de la historia”, dándole la vuelta a la frase de Trotsky.
 
Para finalizar, estudiando en profundidad la obra y conociendo las bases del marxismo uno no podría decir que Rudé se aleja de la tesis marxista de que con la lucha práctica(condiciones subjetivas, experiencia de clase), con el avance de la industria moderna(fuerzas productivas) esa “multitud” heterogénea preindustrial se acaba convirtiendo, o mejor dicho, una de sus facetas evoluciona hacia el proletariado consciente, hacia la clase obrera, ese sujeto que según el socialismo científico tiene la capacidad de transformar la realidad.
 
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En el momento de su muerte, en 1993, George Rudé era Profesor Emérito de Historia en la Universidad de Concordia, Montreal, donde había trabajado desde 1970. Anteriormente había sido profesor en diversas escuelas de Inglaterra y catedrático de Historia en la Universidad de Adelaida y la Universidad Flinders. Referencia obligada en toda investigación política y social del siglo XVIII, es autor de La Europa revolucionaria, 1783-1815, La multitud en la historia y Revolución industrial y revuelta agraria. El capitán Swing (junto a E. Hobsbawm), todos publicados en Siglo XXI de España, y de The Crowd in the French Revolution (1959), Hanoverian London 1714-1808 (1972), Europe in the Eighteenth Century (1972), Debate on Europe 1815-1850 (1972), Ideology and Popular Protest (1980) y The French Revolution (1994).

 


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